domingo, 27 de octubre de 2013

"Llueve mucho".-

Eso dijo don Mariano cuando los periodistas le preguntaron por la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. La gente, poco habituada a sutilezas, se lo ha tomado como una salida de pata de banco, o como un despropósito de los muchos a que nos tiene acostumbrados. Pero no hay tal. Lo que ocurre es que nuestro ínclito Presidente tiene una visión surrealista de la cosa pública que va más allá de la vulgar percepción del ciudadano común; esa “mayoría silenciosa” tan socorrida, de la que suele echar mano para zurcir descosidos en caso de mareas blancas, verdes,arco iris o rojas.

Casi nadie ignora que el Surrealismo es un automatismo psíquico mediante el cual se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento, fundiendo lo cotidiano con lo inconcebible, y dando origen a imágenes, textos o verbalizaciones aparentemente inconexas de la realidad, pero subyacentes a ella y no sometidas a las reglas de la lógica común. 

Así, desde esa perspectiva, hay que entender el “Llueve mucho” como extrapolación a un mundo por encima de la realidad política. Al coincidir ocasionalmente el comentario del Presidente sobre la lluvia con un mental “¡A ver si se lo tragan!”, bajo un paraguas, se produjo uno de los más bellos momentos del surrealismo político, donde la supuesta incongruencia tiene su ilación lógica en un mundo que trasciende la realidad para convertirse en libre expresión de una mente en perpetua descontextualización de todo sometimiento al pensamiento racional. 

Bueno, eso más o menos, porque este jubilata no logra desentrañar los sinuosos meandros por donde discurren las discurrideras presidenciales. 
  
Y si el improbable lector no está convencido de lo que digo, no tiene más que pararse a pensar en la cantidad de aparentes incongruencias nacidas del vuelo voluntariamente errático de la gaviota genovesa. ¿Acaso el improbable lector se cree que lo del “finiquito diferido” era un barullo mental que se hizo doña Cospedal? Pues no, fue la más bella expresión surrealista de una realidad contradictoria y de difícil explicación si se recurriese al pobre auxilio de elementales herramientas mentales, siempre sujetas a la confrontación con los hechos.

Entresaco aquí algunos de los más bellos hallazgos poéticos de aquel texto:

“… como fue una indemnización en difi…
en forma de simulación…
Simulación…
…o de lo que hubiera sido en diferido,
en partes de una lo que antes era una retribución…
¿Verdad? Pues aquí se quiso hacer”.

No me diga el improbable lector que no hay belleza en la aparente incongruencia de este texto. Es como una visión onírica de la vulgar realidad del pelotazo crematístico, donde se confunden  justificaciones de difícil justificación, trabalenguas y mareos de perdiz, sazonados con un mental “a mí siempre me toca el muerto”. Ni siquiera André Breton, cocido en absenta, hubiese sido capaz de crear un cadavre exquis tan hermosamente absurdo.

Y no digamos si, en un encuentro fortuito, se hubiesen fundido en un abrazo amoroso el “Llueve mucho” de Mariano y la “Indemnización en diferido” de María Dolores sobre la pantalla de un televisor de plasma. Sería, como dijo Isidore Ducasse, comte de Lautrémont, en Les chants de Maldoror: “Bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”.

En esas meditaciones andaba este jubilata cuando, visitando en la Fundación Juan March la exposición  Surrealistas antes del surrealismo, se paró a contemplar la fotografía “Una patata germinada con sus tentáculos flotando en el espacio gris” (literal). Fue una revelación de lo más surreal encontrar la relación entre aquella patata de tentáculos fantasmagóricos y la alusión meteorológica a una sentencia que ha dejado en un ¡Ay! al país.

Mientras que la humanidad sigue sin encontrar respuesta a la gran cuestión de si hay Vida después de la vida, los españoles sabemos con certeza que hay surrealismo después del Surrealismo, y así nos lo demuestran nuestros políticos cada día.


Lo que pasa es que no les comprendemos.

viernes, 18 de octubre de 2013

Esas ideas que llegan con la lectura.-

Un servidor ya sabe que disculparse reiteradamente por errores que no está dispuesto a dejar de cometer puede ser, a ojos del lector, una tomadura de pelo. Y aunque éste considere que insistir en la capacidad pensante del gremio jubilata, como se ha insistido otras veces en esta bitácora, es un error, no dejaré de hacerlo una vez más. Aunque tanta insistencia traiga la sospecha de que esto se dice para que el improbable lector acabe creyéndoselo; creyéndose que los jubilatas somos, de verdad, capaces de pensar.

Los jubilatas somos unos ociosos necesitados de llenar nuestras horas de inactividad con asuntos que, si bien no son importantes, al menos sirvan de coartada y justificación de nuestro estar en el mundo. Y aunque un servidor no haya leído a Martín Heidegger, sabe que su ser-en-el-mundo, cuando se llega a estas edades, es apenas una forma de ser terminal cuya identidad le viene dada por la pensión mensual que le sustenta.

Eso de momento y provisionalmente, porque la sustancia que nos sustenta (la pensión de jubilación) se está convirtiendo en algo tan evanescente como la sanidad y la educación públicas. Ya llevan un tiempo amenazándonos con que nuestra longevidad es un cáncer que va devorando los recursos públicos, de forma que los pensionistas, además de una pasión inútil – que dirían los existencialistas – terminaremos convirtiéndonos en una carga social inasumible.  Pero carga y todo, no hacemos lo que, en el memorial de los claustrales de la universidad de Cervera a Fernando VII, se decía: lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir. Leemos, discurrimos sobre lo leído y, a veces, hasta pensamos.

Porque es el caso que un servidor ha leído estos días atrás un artículo en Le Monde diplomatique sobre la posesión de los bienes materiales y su uso; sobre el tener, el usar y el compartir. Tan afanados estamos en poseer objetos que se nos olvida hasta qué punto nos son útiles o, si bien se piensa, un lastre que acumulamos porque identificamos la posesión con la existencia.

Dice el articulista que la propiedad tiene una dimensión simbólica y una dimensión funcional. En su dimensión simbólica, los objetos hablan de nuestro estatus, de nuestro prestigio social. Un coche último modelo, el apartamento en la playa, están diciendo a quienes nos rodean que estamos bien instalados en la sociedad, que hemos triunfado en esta sociedad donde poseer es un valor en sí. Tenemos bienes materiales más por su valor simbólico que por su utilidad real. A ver quién coños va al apartamento en la playa, aparte los quince días de vacaciones; el resto del año son gastos.

Si pensamos en nuestras propiedades como simples objetos de uso, no en su valor simbólico de representación, podemos llegar a la lamentable convicción de que acumulamos bienes materiales cuya utilidad es escasa y su utilización, mínima. Un ejemplo sencillo servirá: una taladradora en casa, una vez colgados los cuadros, es un trasto inútil por el que hemos gastado un dinero y ocupa un espacio junto con otros mil cachivaches de escasa utilidad. Si bien se piensa, lo que realmente necesitábamos eran varios agujeros en la pared.

De ahí la tendencia de algunos grupos minoritarios a compartir. Un trayecto en coche se puede compartir entre varios, sosteniendo  los costes entre todos. Un apartamento en la playa se puede ceder a quienes, a cambio, te prestarán otros servicios. La taladradora se puede prestar a cambio de la batidora del vecino. Y así… Se intercambian herramientas y servicios, uno se ahorra la compra de objetos y, de paso, se van poniendo frenos a la obsesión consumista.

Nos contaba un sobrino, que ha estado haciendo un Erasmus en Dinamarca (“Turismus”, decía su padre), que en la casa donde vivía había una sola lavadora en el sótano que compartían todos los vecinos del inmueble. Imagínese el improbable lector si ese principio ecológico lo aplicásemos a nuestra vida diaria, la cantidad de máquinas de las que podríamos prescindir, la energía y la contaminación que ahorraríamos.

Y ya puestos, a este jubilata, cuyas discurrideras nunca están ociosas, se le ha ocurrido lo ecológico y económico que resultaría a este país si compartiésemos, por ejemplo, los políticos autonómicos. Con que tuviéramos un equipo que nos lo fuéramos prestando según nos hicieran falta en tal o cual Autonomía, nos saldrían más baratos. Y no digamos de la caterva de asesores; con media docena bien aprovechada y llevada de la Ceca a la Meca, según las necesidades de asesoramiento, nos bastaba. En cuanto a las ventajas ecológicas de ese compartir, serían evidentes: ahorraríamos horas y horas de promesas incumplidas que envenenan el ambiente.

Pero esas cosas se piensan porque - ya se ha dicho al principio - los jubilatas disponemos de demasiado tiempo para darle a las discurrideras. Eso, claro está, mientas la pensión nos dé para estar ociosos; porque cuando los poderes públicos decidan por fin que sí, que somos una carga insoportable y nos condenen a la extinción por la hambruna, ya tendremos bastante ocupación con irnos muriendo por los rincones. 

Pero, mientras tanto, discurrimos, y a ratos, pensamos. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Confidencias sin fundamento (fragmento).-

Encontradas en el fondo de un cajón, al menos, que alguien se entere de que una vez se escribieron para que alguien las leyese.


"Siempre he admirado a los grandes hombres que, conscientes del  decisivo papel jugado por sus personas en el fragmento de historia que les correspondió vivir,  decidieron dejar constancia escrita de su influencia en la sociedad que los hubo de soportar. Y aunque ningún plebiscito refrendara la bondad de sus actos o la conveniencia de su mera existencia como hombre públicos,  tuvieron tan alta estima de sí mismos que ésta era suficiente justificación.

"Hubo una época de mi vida - los largos aunque efímeros años de la juventud - en la que devoraba libros de memorias que, a modo de guías espirituales para un espíritu iluso y crédulo como el mío,  eran la fuente de la que bebía con ansiosos tragos. Fuentes inagotables que manaban a grandes borbotones, cual surgencias geométricas de papel impreso, de los anaqueles de las expurgadas bibliotecas públicas del franquismo. Chorros incontenibles de ideas, vivencias y actos transcendentales – a juicio de sus autores – que, ahora ya lo sé, sólo enmascaraban esa enfermiza obsesión que los humanos tienen por perdurar.

"Ese gusto por sumergirme en las vidas ajenas nacía no del afán de emularlas, sino de la insatisfacción de la mía propia, cuyos horizontes eran de una mediocre y previsible linealidad existencial tal que el resto de mi vida, hasta el momento presente, se ha encargado de confirmar.  Y no quisiera transmitir al improbable lector la falsa sensación de ser un individuo amargado, resentido o depresivo obsesionado por la nimiedad de su propia existencia, sino que la vulgar realidad me empuja a ser sincero, ya que no en las memorias, siquiera en esto.

"No. En absoluto. No piense el feliz humano, que ojea estas desmemorias fraudulentas , encontrarse ante un individuo dispuesto a amargarle el escaso tiempo que puede dedicar a la lectura; ni, mucho menos, desarraigarle con sus lamentos tan encomiable  hábito.

"Que, quien esto escribe, también detesta tropezarse con un libro cuyo contenido enfada porque su autor confundió la benevolencia de los lectores con las confidencias en el diván del siquiatra, obligado – éste sí - a la paciente escucha a causa de sus sustanciosos emolumentos.

"Hay gentes que con menos motivos han abandonado la afición por la lectura, la cual, si bien se mira, es un acto mecánico falto del más elemental incentivo, una vez aprendido su manejo: repetición hasta la saciedad de las infinitas combinaciones de los signos del alfabeto los cuales, agrupados de forma aparentemente aleatoria, significan objetos materiales o conceptos intelectuales de efímera existencia, en cuanto son pensados.

"Y no tendría el acto de la lectura mayor interés si no fuera porque, al discurrir de nuestra vista sobre los signos gráficos, éstos se encaraman en nuestro intelecto donde un demiurgo diligente les da forma inteligible y los preña de sentido. Y no otra es la coartada de  que se sirve la lectura para interesarnos, sino que nos hace sentir pequeños dioses que ponen orden  en un caos de trazos esquemáticos.

"Y esa es una de las razones ocultas de mi atrevimiento a poner en solfa alfabética el cúmulo de mezquinas experiencias que conforman mi transcurrir vital: la posibilidad, que generosamente ofrezco a la humanidad, de transformar los signos alfabéticos en significados cuya percepción intelectiva llevará a los improbables - aunque deseados - lectores míos al convencimiento de que este fraudulento confidente no es más que un usurpador del idioma..."

Y así durante catorce páginas. Menos mal que se quedó en eso, en proyecto. 


sábado, 5 de octubre de 2013

San Fermín Txikito.-.

Pues resulta que la santa y un servidor hemos ido unos días a Pamplona, a visitar a la familia y ver qué colores les sacaba el otoño a los parques iruñeses y a las arboledas que orillan el Arga. Pero no contábamos con que en estos pasados días, finales de septiembre, se celebraba el San Fermín Chiquito en la Navarrería.
Es poco probable – a menos que conozca bien la ciudad y sus costumbres – que el improbable lector haya oído hablar de unos sanfermines chiquitos a principios de otoño. Como se trata de una curiosidad que da para hablar de ella en esta bitácora, pondré en antecedentes al lector ocasional, casual o improbable, pero siempre paciente.

Sepa, pues, el lector que en el barrio pamplonés de la Navarrería existe una iglesia bajo la advocación de San Fermín de Aldapa. Dicen que el templo se levantó en la misma casa donde nació el santo, vaya usted a saber. Lo que sí dice la arqueología es que en este lugar han aparecido los más antiguos vestigios romanos; el descubrimiento de un mosaico y los restos de unas termas así lo acreditan. También hay restos medievales en el subsuelo, de finales del S. XII, correspondientes a un palacio real construido por Sancho VI el Sabio sobre terrenos que le cedieron los vecinos a cambio de privilegios para la repoblación del lugar. A principios del S. XVIII se construyó el actual templo en estilo barroco y la fachada, historicista, es del XIX.

A este jubilata estas fachadas medio neorrománicas, medio neogóticas, con su mezcolanza de elementos ornamentales que lucen algunas iglesias pamplonesas le desbaratan el gusto estético. Pero a ver quién se atreve a decir nada cuando llega ante la catedral y ve ese monumental escenario, sólidamente neoclásico, que Ventura Rodríguez le adosó a la vieja fachada románica. De repente, todo el viejo barrio de la Navarrería pasa del medioevo al Siglo de las Luces y el visitante queda anonadado al ver aquellas columnas colosales soportando un frontón neoclásico tan sólido, macizo y sin fisuras como pretende serlo el dogma trinitario.

Pues eso, que San Fermín Chiquito es ocasión para que la chavalería disfrute de unas fiestas hechas a su medida. Por las calles desfilan gigantes, acompañados de dulzaineros y chistularis, y cabezudos (Kilikis, los llaman) armados de vejigas atadas a un palo, con las que dan zurriagazos a los críos que corretean por allí. También se hacen encierros, solo que los toros son máscaras de cornúpetas, montadas sobre una rueda de bicicleta y un manillar. Lo que divierte a los mayores es que la chavalería corre delante del torico con el mismo afán y la misma cara de susto que si estuviera en un encierro de verdad.

Tiene la Navarrería no sólo su sanfermín txiqui y su célebre fuente desde la que se tiran los extranjeros cocidos en vino en los sanfermines grandes; tiene, sobre todo, la solera que le da el ser el barrio medieval más antiguo de Pamplona, nacido en  torno a la catedral, bajo la protección de Sancho III el Mayor. Cuando uno recorre el casco viejo, en realidad se está moviendo por tres antiguos poblamientos: Navarrería, burgo de San Cernin y población de San Nicolás. Desde el Privilegio de la Unión, dado por Carlos III el Noble en 1423, son un mismo municipio.

Lo que ocurre es que, actualmente, con el chiquiteo y los pinchos de diseño de los bares, resulta difícil distinguir dónde empieza un burgo y terminan los otros. Todo ello forma el Casco Viejo y lo mismo da tomarse un vino en La Mandarra de la Ramos que en el Txoco o en el bodegón Sarriá. En todos se rinde culto a Baco y se practica la alquimia culinaria. A la santa y a un servidor nos gustaba mucho, en tiempos, Casa el Marrano, en San Nicolás, donde ponían unas sardinas de San Sebastián que levantaban la boina. El plato – si había prisas – no lo lavaban de uno a otro comensal, pero las sardinas eran de pistón. Hace años, con esa manía de la higiene, despersonalizaron el lugar; ya no limpian el plato con un migote de pan, así que ahora preferimos el Gaucho, donde cada pincho es una gourmandise, y a ese precio lo cobran.

Un local curioso y no demasiado conocido es el Churrero de Lerín, al comienzo de la Estafeta. Es una churrería que solo abre los domingos por la mañana pero es lugar frecuentado por los peregrinos jacobípetas que se toman allí un chocolate con churros y dejan escritas sus impresiones en las paredes, a veces en un spainglish tipo alcaldesa Botella: Churros with chocolate is very very delicious. Allí te hacen los churros a la medida y, mientras esperas, puedes ojear el diario o echar un trago del porrón con vino dulce que tienen allí encima del
mostrador. Los pamploneses más tradicionales prefieren la churrería de la Mañueta, cerca de la catedral, que abre en sanfermines y otras fiestas de guardar.


Pero no crea el improbable lector que este jubilata va a aquellas tierras solo a tripear, que también ha visitado lugares tan llenos de historia y arte como el monasterio de Irantzu, en Tierra Estella, Olite, con su castillo y callejero medieval, y Ujué, con su impresionante iglesia fortaleza. Todo ello daría para más bitácora, pero uno teme cansar al lector, que ya hace bastante con perder su tiempo ojeando esto que queda escrito. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Un bloguero de antaño.-


El improbable lector sabrá perdonar el anacronismo y el despropósito de suponer que antaño, antes de la invención de Internet y las redes sociales – incluso antes de la invención de la electricidad –, existían blogueros interesados en hablar de lo divino y lo humano, como actualmente lo hacemos los miles de internautas que nos hemos montado un blog a la medida de nuestro ego.

Este jubilata lo dice porque se evidencia una cierta similitud entre ambos casos -como se dirá-, aunque bien es verdad que un poco traída por los pelos. Piense, sin embargo, el lector, por unos momentos, en el paralelismo que existe entre aquellos viejos arbitristas de los S. XVI y XVII en nuestras Españas de los Austria y los tertulianos actuales que, tras sesudos análisis de la actualidad más inmediata, imparten urbi et orbi (ya que vamos a hablar de latines…) soluciones clarividentes a las que nuestros gobernantes no llegan con toda su caterva de asesores.

Estos preclaros tertulianos, como aquellos arbitristas antañones, desmenuzan,  con bien trabadas razones, los males que nos aquejan y proponen soluciones que, de ser tomadas en cuenta por los gobernantes, convertirían a este país en el Reino de Jauja, donde se ataban los perros con longaniza. Pero ni los arbitristas arbitraron soluciones efectivas para los males del antiguo régimen, ni los tertulianos actuales dan con una solución que remedie la decadencia borbónica actual… Pero dejémoslo aquí, que con el cambio de agujas nos hemos ido por otra vía.

Si al improbable lector se le dijese que el autor latino Aulus Gellius es al actual bloguero lo que el Homo Antecesor al urbanita actual, a lo mejor se lo tomaba por mala parte y se rebotaba. Pero sea paciente, que los jubilatas le damos muchas vueltas a las cosas y encontramos concomitancias y parecidos donde otros, más apresurados, no ven más que un patinar de neuronas.

Fue Aulus Gellius un hombre culto de su tiempo (S II, en tiempos del emperador Adriano), que estudió en Roma retórica, gramática y filosofía. Para ampliar conocimientos hizo lo que actualmente podríamos llamar un Erasmus de tres años en Atenas, donde conoció a los más afamados maestros de la época. Quiso dejar constancia del cúmulo de lecturas, notas de curso e investigaciones en un conjunto de escritos que llamó Noctes Atticae (Las Noches Áticas) que forman 20 libros donde da noticias de todos los saberes que llegó a alcanzar. En el prefacio dice que “Commentationes hasce ludere ac facere exorsi sumus”  en la campiña Ática.

Pero no entienda el improbable lector que se trata de 20 libros llenos de materias abstrusas, sino comentarios de una relativa brevedad - escritas en latín entreverado de griego -, donde nos habla asuntos comunes de la época y de conversaciones que tenía con sus maestros y condiscípulos sobre materias de lo más variado. Sirva de ejemplo éste: nos cuenta la curiosidad de por qué las mujeres romanas no juraban por Hércules, ni los hombres por Cástor; sin embargo, unas y otros juraban por Pólux. O este otro, donde explica que en el conuiuium (el banquete) no era aconsejable que hubiese menos de tres ni más de nueve comensales, evitando así que la conversación decayese (por falta de interlocutores) o se convirtiese en un alboroto (por exceso de ellos), y que los temas a tratar fuesen de agradable conversación; ni muy serios, propios de los oradores en el Foro, ni necios, propios de gente sin cultura.

“¡Pues, vaya!” Dirá el improbable lector, “¿A quién coños puede importarle eso?” Pues sí que importa. Gracias a que don Aulo Gelio se pasaba sus noches atenienses escribiendo sus recuerdos y conversaciones con amigos y maestros, conocemos actualmente autores cuyas obras se han perdido con el transcurrir de los siglos. Digamos que esa especie de diario o memorias personales nos han transmitido conocimientos que de otra forma se habrían perdido y que enriquecen un poco más nuestro acervo cultural.

Imagínese el lector escéptico que el ínclito don Aulio hubiese conocido Internet. Hubiese pasado sus noches áticas no escribiendo con un cálamo sobre papiro, sino dándole a la tecla para colgar las entradas en su blog, hablando de todo aquello que conformaba su sociedad, su forma de entender el mundo, y dando opiniones de tanto o más valor que lo hacemos actualmente los blogueros.

 Y ya puestos a establecer concomitancias, un jubilata – con tiempo y ganas – puede llegar a ser bloguero y latinista, sin que exista contradicción entre ambos. Lo de darle a la bitácora semanal, en eso estamos desde hace cuatro años; en cuanto a los latines, lleva más tiempo, pero de eso andamos sobrados los jubilatas. Lo que importa es no quedarse sentado, viendo pasar el tiempo hasta que la Parca nos llame a filas. Que ya se dijo en antiguos latines: Quid iuuat deos inuocare dum hic quietus sedes? Qui ipse se iuuare non uult auxilium deorum non meret. (¿De qué sirve invocar a los dioses mientras estás ahí sentado? Quien no se ayuda a sí mismo no merece la ayuda de los dioses).

Por lo demás, un servidor aspira a una modesta latiniparla de forma que no se diga de él lo que – según cuenta don Julio Caro Baroja – dijo el papa Pío VI de un teólogo aragonés tras leer su tratado teológico deslavazado y farragoso: Quis est iste qui tanta et tam barbare loquitur? (¿Quién es éste que dice tantas y tales barbaridades?).

domingo, 15 de septiembre de 2013

11 de Septiembre.-

Hay fechas que se nos están haciendo míticas a fuerza de eventos cuyo denominador común no es otro que haber coincidido en un determinado día. Es lo que le está pasando a los Once de Septiembre, que parece que el mundo se pone patas arriba  y todo quisque habla de ellos como si fuesen el final del calendario maya o el comienzo de una nueva era. Un servidor ha tenido la curiosidad de ir a la Wikipedia a ver qué decía al respecto. Sorprende la cantidad de sucedidos a lo largo de la historia en tal fecha. Se podría hacer una tesis doctoral.

Pero este jubilata tiene pretensiones más modestas y solo hablará de los Once de Septiembre que ha vivido. Empezando por aquel aciago de 1973, cuando el heroico espadón Pinochet, bajo los auspicios de la CIA y con la bendición de la Casa Blanca, derrocó a Salvador Allende, y propició la experimentación de las teorías de los Chicago boys en las cobayas chilenas.

La cosa ya venía cantada desde el 6 de noviembre de 1970 – dos días después de que Salvador Allende ocupara la presidencia democráticamente – cuando Nixon, ante el Consejo Nacional de Seguridad USA, dijo: “No podemos consentir que la América latina piense que puede iniciar este camino sin sufrir las consecuencias”. Un desastre bien programado que permitió, según nos ha explicado Naomi Klein en La doctrina del Schock. El auge del capitalismo del desastre, instalar el sistema socio-económico  neoliberal del que disfrutamos con sus beneficios de democracia hueca, recortes sociales, paro, corrupción de alta calidad y paraísos fiscales. Nada que, por otra parte, no sepa el improbable lector, pero conviene recordarlo de vez en cuando.

Lo del 2001 y las Torres Gemelas fue de órdago. El belicoso pueblo usamericano, acostumbrado siempre a llevar la guerra fuera de sus fronteras, se encontró con que se la traían a casa y de sopetón. Nuevo schock que ha justificado la pérdida de la privacidad individual y ha constreñido la libertad de los ciudadanos en nombre de la seguridad, mientras fomenta nuestro temor enfermizo a terroristas alkaedianos y fanáticos de toda laya. Se ha escrito tanto sobre el particular que un servidor no tiene mucho que decir al respecto. Solo diré que, harto de que me aterrorizasen con el bombardeo continuo desde los medios de comunicación, acostumbraba a leer el blog francés Réseau Voltaire,  desde donde se propalaban todas las teorías conspiranoicas antiyanquis y ponía en evidencia episodios oscuros como lo del avión – o misil balístico, según ellos – que se empotró en el Pentágono y del que nadie dio explicaciones.

Y aquí, recién horneado, tenemos el 11-S de la Diada, esa fiesta de fervor patriótico-étnico-lingüístico. Según parece, las masas gozosas de allende el Ebro formaron una cadena humana (el pueblo soberano ama las "caenas") para reclamar independencia. Este jubilata, gustosamente se apuntaría a esa independencia a condición que nos independizásemos de la Troika comunitaria, el monoteísmo neolibreral de Milton Friedman, la voracidad empresarial y toda la parafernalia de recortes sociales, equilibro presupuestario según el Artº 135 de la prostituida Constitución Española, colas infinitas del paro, corrupción, evasiones fiscales consentidas y gobernantes ineptos y mendaces. El Etcétera es mucho más largo, pero aquí lo dejo.

Pero, por lo que este jubilata entiende, las masas cataláunicas a lo más que aspiran es a construirse la República Independiente de Ikea, con gobernantes calcaditos a los que quieren dejar aquende el Ebro. 

Es decir: un partido burgués conservador, sobre trincante, confesional católico y entusiasta de las medidas antisociales de uso común a entrambos lados de la frontera. Francamente, para ese viaje no hacían falta alforjas ni cadenas humanas. Ni por mucho que se les caiga la lágrima patriótica cantando Els Segadors. Himno que, por otra parte, como todos los patrióticos, tiene allá en el fondo de sus fervores como un rataplán tipo paso-de-la-oca que se parece como una gota de agua al Oriamendi, al Montañas Nevadas o al Lili Marleen que cantaba la rubia muchachada de la Wehrmacht hitleriana. Ya sé que el improbable lector me acusará de herir sensibilidades que están a flor de piel, pero le juro por todo lo jurable que a un servidor los chunda-chunda patrióticos le horripilan hasta la irracionalidad.

Por eso, si por aquello de la independencia empiezan a sonar tambores de guerra, hagan el favor de olvidarme. Porque uno, a lo más que llegó fue a cabo furriel en la mili y ya le han convocado a demasiadas cruzadas en lo que lleva vivido. Empezando desde niño, que éramos la reserva espiritual de Occidente en permanente cruzada contra el Satán soviético, que luego, ya ves, no era para tanto.

En cuanto a la actualidad, el improbable lector no tiene más que recordar la Cruzada contra el Eje del Mal del 2003, mediante la cual el Trío de las Azores (con el Chema Aznar flequillo al viento) nos incitaba a luchar contra Sadán, aquel moro infiel que terminó ahorcado de malos modos. Anteriormente, en 2002, el inefable ministro Trillo nos había organizado otra cruzada contra la morisma por el peñón de Perejil y no llegamos a las manos con el tradicionalmente "pueblo amigo marroquí" porque el gran hermano  yanqui tenía intereses estratégicos en la zona y a ver si nos dejamos de chiquilladas.

Eso por no hablar de la cruzada permanente contra la pérfida Albión a causa de esa protuberancia rocosa llamada Peñón de Gibraltar, que viene a ser la válvula de escape cada vez que al suelo patrio le aparece una erupción purulenta tipo Bárcenas, Iñaki emborbonado, cajas de ahorro en derribo u otros mil despropósitos que nos estallan a cada dos por tres, y que, dicho sea de paso, dan mucho juego.


Un servidor, para terminar, tiene el privilegio de contar con su personal 11-S. Es el día en que le han operado de cataratas. Fuerza es decir que, a la operación, el jubilata iba con mucha ilusión porque últimamente lo veía todo como asaz turbio. 

El oftalmólogo me dijo que con la lente implantada vería las cosas más claras, pero me temo que fue promesa de político en campaña. Por más esfuerzos que un servidor hace no logra ver el panorama con nitidez. No sé si achacarlo a la merdulencia generalizada que impregna la vida nacional, al oftalmólogo que no me implanto una lentilla de color rosa, o a mi única neurona activa, gripada por la edad y un uso inmoderado.

sábado, 7 de septiembre de 2013

31.-

Tras dos meses fuera de la capital mesetaria y preolímpica, lo primero que se encuentra uno en la Prensa es el alborozo del gobierno porque el paro ha bajado en 31 desempleados durante el mes de agosto. ¡Albricias, Mariano! Ya solo nos quedan por colocar cuatro millones seiscientos noventa y ocho mil setecientos ochenta y tres, según las últimas estadísticas.

Sin ser economista ni nada, si uno hace una sencilla división, le sale que, para dejar el contador de parados a 0, y al ritmo de 31 por mes, necesitaríamos un millón quinientos sesenta y seis mil doscientos sesenta y un meses; lo que equivale a decir que tardaríamos ciento treinta mil quinientos veintiún años y nueve meses; un embarazo muy, muy largo. Pero, como de aquí a cien años, todos calvos, el problema no deja de ser una minucia.

Si llego a saber que la cosa del empleo les  iba tan bien a la señora Báñez y su santa patrona, ni me molesto en volver de vacaciones. Porque este jubilata se ha pasado un par de meses desconectado de toda noticia política por aquello de recuperar un poco de optimismo para afrontar el nuevo curso. Quizás el improbable lector piense que es una actitud egoísta eso de aparcar las preocupaciones políticas durante tanto tiempo. Sin embargo, un servidor es de la opinión que la política debería ser una ocupación, no una preocupación constante. Pero hemos llegado a una situación en que aquélla – la política – es como las muelas, que uno se acuerda de ellas cuando duelen, y nos están doliendo todos los días. ¿Alguien aguantaría un dolor de muelas permanente sin ponerle remedio?

Pues un servidor se ha olvidado de las caries, el mal aliento político y las podredumbres durante un par de meses ¿Y qué? Regresa y se encuentra las cosas de la vida pública donde las dejó, como fosilizadas. El asunto Barcenario sigue donde estaba, aunque sin discos duros, el paro sigue a lo suyo y sin remedio en los próximos ciento treinta mil años. Don Rajoy sigue, inasequible al desaliento, la táctica que dicen seguía su paisano el Invicto, quien tenía en su despacho una mesa con dos cajones. En uno estaban los problemas que resolvería el tiempo; en el otro, los que el tiempo había resuelto. Con una pequeña diferencia, que aquél confiaba en el brazo incorrupto de Santa Teresa, y éste –por Báñez interpuesta – en la Virgen del Rocío. Ambos yerran porque, si la vida política es un dolor permanente de muelas, a quien deberían acudir es a Santa Apolonia, especialista en esos asuntos, según el santoral católico.

De todas formas, no se vaya a creer el improbable lector que he estado tan desconectado como presumo. Ya sabía de la última genialidad de la patronal patria, proponiendo reducir los sueldos a media jornada e incrementar las horas trabajadas sin contraprestación económica. La jugada resulta de antología: pago menos sueldos, aumento la producción a costa del trabajador, cotizo menos a la seguridad social, tengo más ganancias y, como resultado, evado más. Aparte lo de considerar privilegiados a los trabajadores que tienen contrato indefinido, que es para nota si  consiguen convencer al personal de que aquello a lo que aspiramos como derecho para todos sea un privilegio insoportable de algunos.

Creía que solo aquí, en esta cosa costrosa que deberíamos dejar de llamar España - siquiera por no deshonrarla -, la patronal era cavernaria y egoísta, pero hete aquí que  cuecen habas a calderadas en otros países de la próspera Europa. Como muestra, este botón, leído en Le Monde diplomatique de este mes. En 2005, el entonces presidente de la Federación de la Industria Alemana (BDI), Michael Rogowski, dijo (traducción de mi cosecha): La mano de obra tiene un coste, como la carne de cerdo. En el ciclo comercial los precios suben cuando el cerdo escasea. Cuando hay mucho cerdo, los precios bajan.

No es extraño que la patronal española diga lo que dice cuando sabe de buena tinta que en el mercado laboral hay 4.698.783 cerdos/trabajadores estabulados, esperando que algún patrono los compre aunque sea a precio de saldo. Así nos tienen el país, convertido en fábrica de chorizos.

jueves, 29 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, y V.- Fiestas patronales y cochambre.-




El improbable lector que haya seguido estas crónicas veraniegas me habrá oído hablar de la tranquilidad que se respira en este pueblo serrano, de los largos paseos por el monte y por los caminos aledaños, de la placidez y belleza que se respiran a las orillas del Lozoya y de otros pequeños placeres campestres, suficientes para colmar los deseos de sosiego, silencio y naturaleza de este jubilata en vacaciones. Pero desengáñese, no todo, durante este verano en el valle, iba a ser dar bucólicos paseos por robledales y dehesas viendo el apacible rumiar de las vacas u oyendo el murmullo de los arroyos en los pinares umbríos. En los pasados días de mediados de agosto hemos estado en plenas fiestas patronales, que es tanto como decir bullanga hasta las tantas de la madrugada en la plaza de la Villa, borracheras de tamaño natural, estallido de petardos con nocturnidad y alivios de vejiga alcohólica en los rincones más oscuros de nuestra calle.

Que a este jubilata le gusten el silencio y la soledad de los montes no significa que el pueblo soberano no tenga derecho a la fiesta. Faltaría más. Llegan las fiestas patronales, y Rascafría, hasta entonces plácido pueblo de vacaciones, se convierte en una máquina de ruidos fiesteros fuera de control. La plaza de la Villa, cada noche, es el lugar donde una orquesta, con mejor voluntad y empeño que destreza  musical, encabrita su megafonía a tope de decibelios desbocados, haciendo saltar en mil pedazos el sueño nocturno de los que estamos en edad de sopitas y a las once en la cama.

No sería eso tan malo, si al ruido no se unieran la juerga alcohólica – verdadero espíritu de la fiesta – y el incivismo en forma de basuras y orines por doquier. Aunque es algo que no debiera extrañar a este jubilata gruñón y malhumorado por la falta de descanso nocturno; no debiera extrañarle, digo, el indisoluble trinomio de alcohol, ruido y cochambre que vienen a ser la “Marca España” de toda fiesta celtibérica, y que es como la santísima trinidad de todo jolgorio que se precie en el solar patrio.

Hay, junto a una pasarela sobre el Artiñuelo, una estatua en broce, de tamaño natural, que representa a la Manola (“Puta”, le ha escrito en la espalda algún cabestro), una lavandera de este pueblo a la que dedicaron este homenaje, posiblemente porque era una mujer serrana trabajadora y popular entre los suyos. En opinión de este jubilata – opinión de poco peso – en la plaza de la Villa de Rascafría también debería levantarse un monumento a Julito, lo mismo que en la madrileña plaza de Jacinto Benavente hay otro dedicado a un barrendero de los de antaño. Julito es el barrendero municipal al que puede verse cada mañana con su traje de faena impoluto limpiando todas las basuras que el pueblo, en ejercicio de sus soberanas ganas de fiesta,  ha ido tirando al suelo a lo largo del día y la noche. No digo que, en estos días fiesteros, él solo se limpie las calles del pueblo, tarea imposible, pero sí que es representativo de los servicios de limpieza municipales y héroe silencioso y esforzado de la higiene pública, sin la cual este hermoso pueblo estaría más cerca de una gorrinera que de un poblamiento bípedos civilizados.


Y aunque al improbable lector, lo que digo a continuación, pueda parecerle de un naturalismo crudo, no lo dejaré en el tintero: nuestra calle, calle con pavimento de tierra, cada noche de fiesta, al amparo de la oscuridad, es el lugar al que podría llamarse, por puro recochineo, un ninfeo; pero no un ninfeo de aguas cantarinas al estilo de las fuentes romanas, sino de ninfas meonas y flojas de esfínter; porque aquí, en la tapia de nuestra casa, detrás de nuestro coche, vienen las mozas a aliviar su vejiga y dejarnos el presente del clínex húmedo y los humores acuosos de las partes del bajo vientre, cuando no los tampones higiénicos pringosos de...  Los mozos, por el contrario, parecen sentir debilidad por la tapia trasera del frontón, que les sirve de aliviadero de los repentes urinarios. También desde casa tenemos hermosas vistas sobre ese evacuatorio de las urgencias mingitorias del recio mocerío.

Algunas fotos testimoniales de tanta cochambre las tengo, pero ésta no es una bitácora escatológica y le ahorro al lector el desagrado de su visión. Con don Quijote diríamos aquello de Sancho hermano, huele  y no a ámbar. Aquí, en nuestra calle  Ibáñez Marín, para no insistir más, durante las fiestas huele a meo de alta graduación alcohólica.

Y eso por no hablar del pobre Artiñuelo, nuestro arroyo serrano cuyo cauce, tras los días de fiestas, se ha convertido en un basurero espontáneo. Ya se sabe de otras veces, el arroyo es la primera víctima del incivismo carpetónico. A él han ido a parar envases de chuches, de refrescos y cerveza, vasos de plástico, un palet de una obra, un banco desvencijado, un somier, restos de globos de los niños, un cepellón con las plantas arrancada al jardincillo, cartones, papeles…Y eso que, como ha escrito la alcaldesa en el programa de fiestas: Nuestras fiestas patronales 2013 se estrenan con el reconocimiento de Rascafría como el corazón del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, núcleo de la mayor riqueza medioambiental… Pues, por lo que se ve, al pobre Artiñuelo de poco le ha servido. Si se llega a colar una errata que dijera  merdoambiental, lo clava.

Sería injusto si únicamente hablase de incivismo. También estas fiestas son motivo para manifestaciones folclóricas y actos culturales. Existe aquí un grupo folclórico llamado La Trocha, compuesto por una rondalla y bailarines, que montan exhibiciones de bailes regionales y se acompañan con canciones populares. El día de fiesta grande bailaron ante la imagen de la virgen agosteña, que procesionan por las calles el pueblo, y danzaron un complicado paso de baile entrelazando las cintas de colores en torno a una vara tenida en alto. Este año, además,  han confeccionado trajes regionales en papel y nos han hecho una muestra de danzas charras salmantinas, jotas y seguidillas. Es curioso, porque prácticamente todas sus componentes son mujeres, quienes mantienen viva la tradición de las manifestaciones festivas de antaño.

En el salón de actos del Ayuntamiento ha podido verse una exposición de pintura organizada por la asociación cultural Luis Feito, de Oteruelo, donde se exhiben cuadros de tipo paisajístico, retratos y alguna abstracción figurativa. El valle del Lozoya siempre ha sido un acicate para la pintura paisajística de caballete, pero los plenaeristas no parecen abundar mucho por estos parajes. Debe ser que la fotografía digital ha convertido esta actividad artística en una antigualla.

El otro día, en la iglesia parroquial, el cuarteto vocal Ercolani  nos alegró el oído con un recital de madrigales amorosos del S.XVI. Un servidor, oídas las finezas de amor que los madrigalistas dedicaban a sus amadas, no conseguía hacerse a la idea de imaginar a Claudio Monteverdi cantándole Ch´ami la vita mia a una de esas mozas perfumadas en kalimocho que vienen a desaguarse, en cuclillas y con nocturnidad, junto a la tapia de casa. Ni, a esos efluvios de vejiga, yo me atrevería a llamarlos, según canta Giovanni Pierluigi da Palestrina, Chiare fresche e dolci acque.


En fin, en palabras de Pierre Certon, madrigalista francés: Je ne l´ose dire. No, yo tampoco me atrevería a jurarlo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, IV.- El Artiñuelo, un arroyo guay.-

Olmo cerca del collado de la Flecha.
Un servidor tiene debilidad por el Artiñuelo, eso que ni siquiera llega a río discretito y que en plena agostada se convierte en un hilo de agua cuando su cauce atraviesa el pueblo. En estos momentos, cuando escribo esta croniquilla vacacional, su murmullo entra por el balcón abierto y produce un sonido refrescante y apaciguador. Sé que en la capital mesetaria andan cerca de los 40 grados; aquí, al pie de casa, el Artiñuelo no solo nos regala su música acuática, también produce una corriente de aire fresco y húmedo y, si levanto la vista de la pantalla y miro hacia él, veo el trazo verde de la arboleda que crece en sus orillas, las ramas altas que se mecen con sosiego y hasta puedo imaginar las pequeñas truchas que nadan en sus pozas. 

Si a eso se añaden las campanadas que el reloj del ayuntamiento va desgranando con parsimonia, es como si hubiese regresado a aquellos años de infancia que pasé por estos lugares. Solo que ahora sí soy consciente de estos pequeños regalos que hace la naturaleza a quien  quiere apreciarlos. Entonces, niño, el paisaje era donde uno vivía, el medio donde se estaba sin cuestionar su valor estético, tan natural como el aire que se respira; ahora, adulto y jubilata, el paisaje lleva una gran carga de apreciación estética y subjetiva; uno ya no vive espontáneamente inmerso en él, sino que lo aprecia como un equilibrio que la naturaleza hace para mantenerse en su puridad frente a las agresiones de la especie humana que allí donde ve un lugar bello, ve una urbanización parcelable con la que especular económicamente.

Definitivamente, le he cogido cariño a este arroyo de montaña que se domestica en el trazo que cruza el pueblo. Domesticado y todo, este tramo tiene una belleza singular. Además de la vegetación de rivera que le es propia, como las salicáceas, fresnos y matorral, tiene unos chopos añosos, de piel arrugada por los años, servales de cazador, tilos, negrillos y algún madroño… Su cauce, a su paso por Rascafría, es un pequeño vergel.
A su paso por Rascafría

Visto su trazo en el mapa, desde su nacimiento al pie del Collado de la Flecha hasta su desembocadura en el río Lozoya, cerca del lugar que llaman Las Suertes, tiene una longitud de unos seis o siete kilómetros con un desnivel que va desde los 1.900 a los 1.100 metros (en términos aproximados). Tiene como tributario, en torno a los 1.600 m de altitud, al arroyo de la Cancha Redonda, el cual, en su cruce con la pista, luce los tejos más hermosos de estos contornos.
Una de las fuentes del arroyo

El otro día decidí que iba a subir hasta su nacedero, tarea ardua por lo abrupto del lugar y el matorral que es casi intransitable. Mi proyecto era modesto para un montañero, ya que pretendía atacar solamente el trazado superior, el que va desde la pista (a unos 1.600 m de altitud) hasta el pie del collado donde tuviese la fuente más alta.  Para ello tomé el camino que sube hacia el Reventón, que nace a la altura del polideportivo, hasta llegar al Carro del Diablo, donde tomé la pista hacia la derecha. Por cierto que este Carro del Diablo (una piedra caballera característica) a mí siempre me ha parecido una tortuga que soporta sobre su lomo un bolo achatado, como una esfera terrestre irregular. Por alguna razón que ignoro, me recuerda a la cosmogonía de alguna vieja cultura, en la que se representa al universo soportado por una tortuga primigenia.
El Carro del Diablo

Seguí la pista unos dos kilómetros hasta que ésta se cruza con el Artiñuelo. De allí, a huevo, tó p´arriba, por donde pude, entre cambrones, enebros rastreros y zarzas. En estos casos, seguir las huellas que abre el ganado es muy útil. Tienen la costumbre estos animales de abrir entre el matorral pequeños senderos discontinuos para sus desplazamientos en busca de pastos y para llegar a los arroyos a hacer la aguada. No son una autopista, pero ayudan a sortear la maleza y avanzar unos pasos.

Según las enseñanzas montañeras, uno debe alejarse del cauce de los arroyos, siempre enmarañados y muchas veces encajados entre rocas, y subir la loma, por lo general mucho más despejada. Así lo hice, con el arroyo a la vista, hasta llegar a los prados de altura, alomados y cubiertos de hierba jugosa. Lo demás era cuestión de zapatilla y resoplido cuesta arriba.
El Artiñuelo,visto desde la pista hacia abajo

Según se gana altura, el cauce principal se va estrechando y ya solo corre un hilillo de agua. Este arroyo, como cualquier río adulto, dispone de una cuenca acuífera surcada por una retícula de pequeños manaderos encharcados y arroyitos que van aportando caudal, de forma que la fuente más alta hay que considerarla la original. A lo mejor no es la que aporta más caudal, pero como convención resulta útil. Pero a la cumbre no llegué. El pepito grillo de la prudencia me hizo recordar que ando en edad provecta y artrítico de remos, y por aquellos andurriales no había más animal humano que un servidor, así que me eché monte abajo, hasta la pista.

Pista adelante, llegué hasta el cruce con la que sube a las Calderuelas y me entretuve un rato charlando con el bombero forestal que tiene allí una caseta de vigilancia (Collado Vihuelas es la denominación que dan a este punto de observación). Me dijo que era geógrafo de profesión y estaba con contratos de cuatro meses; o sea, este país dilapidando capital humano, del que andamos sobrados.
Puente  a la entrada del pueblo.

Bajé al pueblo a todo correr, aunque me paré un momento a saludar al roble centenario que hay al borde del camino. Como un servidor conoce estos andurriales, acorté pista –siempre un poco aburrida – atrochando, para entrar por el barrio de las Matillas, por el camino junto al Artiñuelo que pasa cerca de las ruinas del molino del Cubo. Por cierto que hay en un prado cercano un mostajo esplendoroso, que está catalogado como árbol singular.


No sé qué opinará el improbable lector, pero a este jubilata el Artiñuelo le parece un arroyo serrano de lo más guay. Es bravío en el monte, umbrío y agreste desde la vieja presa colmatada por los materiales de arrastre, doméstico y risueño mientras cruza el pueblo, y manso hasta su desembocadura en el Lozoya. Y eso es así, de su natural, sin asesor de imagen.