domingo, 31 de mayo de 2009

Las espaldas del Auditorio Nacional.-

Quizás, los improbables lectores de esta bitácora se digan al leer algunos comentarios que dejo en ella, “este tipo es bastante gruñón”. Qué quieres que te diga, paciente lector que me lees ahora, son ventajas de la edad. Gruñir no es sólo una cuestión de esclerosis, también es un mecanismo de autodefensa que se va desarrollando con la edad. Cuando uno lleva vividos dos tercios (aproximadamente) del tiempo que teóricamente – de acuerdo con las estadísticas de longevidad en nuestra sociedad – le toca vivir, el gruñido es el caparazón que se va engrosando para defenderse de las agresiones exteriores. Cuando se es más joven uno soporta mejor las torpezas ajenas. Y no porque sea más comprensivo, sino porque hay cosas más importantes de las que preocuparse y la vida está para beberla, no para preocuparse de los que la chapotean. Pero cuando se van acumulando los trienios vividos, se va llegando al convencimiento de que no hay razón para excusar la mala educación, el incivismo o la falta de consideración hacia los demás.
Hecho este circunloquio, paso a explicarme.
Esta mañana de domingo hemos asistido al último concierto de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. El programa de despedida: Paz en la Tierra, de Arnold Schönberg, y la siempre impresionante Novena Sinfonía del músico de Bonn, don Ludwing. Hablar de la Novena de Beethoven, para un aficionado como yo, es tanto como pretender conocer el nombre del dios bíblico en la zarza ardiente. Es mejor callar y oír. Respecto a la obra coral de Schönberg, uno lleva escuchadas algunas (pocas) de sus composiciones, como aquel sorprendente e incomprensible Pierrot Lunar que tuve la ocasión de conocer hará unos treinta años y que me dejó patidifuso. Por aquellos años yo no había oído hablar de la atonalidad o el dodecafonismo. Después sí he sabido y leído algo más, pero confieso que mi oído está habituado a los sonidos armónicos, a la melodía y al ritmo, y me temo que estoy perdido para la causa de los nuevos campos musicales. Una lástima.
No obstante, su Friede auf Erden (Paz en la Tierra) parece que sí está dentro de la tonalidad tradicional. Es una pieza polifónica que evoca en algún momento la música renacentista y que está al alcance de un casi esclerótico auditivo como yo, a pesar de algunas disonancias propias de su discurso musical. Pero tampoco quería yo hablar de asuntos tan conspicuos porque, como se suele decir, doctores tiene la madre Iglesia que sabrán responder.
De lo que yo quería hablar es de las espaldas. De las espaldas de los oyentes que están en la fila de delante de la tuya. Las sillas y las filas en bancales (empleando un símil de reforestación del antiguo ICONA) del Auditorio están diseñadas de tal forma que, si un espectador se inclina hacia delante, el que está inmediatamente detrás es como si sufriese un apagón de imágenes; deja de ver gran parte de la orquesta, tapada por el paredón de la espalda del / de la individuo/a que está inmediatamente delante y un escalón por debajo de él. Si el de detrás, a su vez, se inclina adelante para buscar un hueco, obliga a hacer lo mismo al que está inmediatamente detrás y por encima. Y así sucesivamente. Puede terminar la cosa en que, de abajo arriba del anfiteatro, haya una ristra de espectadores encorvados, produciendo la sensación de una fila de procesionarias a lo largo del tronco de un pino. Molesto y ridículo ¿No?
Es algo que me pone de los nervios. Sigues el desarrollo de la interpretación y ves cómo (por ejemplo) el director da entrada a las violas, o a los fagotes… De repente, quien está delante de ti decide que, inclinándose hacia delante, va a absorber más detalles de la orquesta, va a disfrutar de una vista más detallada de los pistones que pulsa el maestro del trombón de varas, y te planta la espalda delante de los ojos. ¡Ya se jodió! Tú que esperabas ver el pizzicato de los chelos no ves más que la chaqueta del vecino de delante, o la blusa de la señora y el repeinado de peluquería que abulta lo que un repollo de considerables dimensiones.
Pues eso nos ha ocurrido hoy. Nosotros estábamos en la segunda fila de tribuna y, quienes estaban en la primera, justo encima de la orquesta, andaban a cada rato echándose hacia delante, quizás para ver con detalle las calvas de los intérpretes del viento-metal, o los bonitos peinados de las componentes del coro. Lo cierto es que, a cada movimiento, nos dejaban a oscuras ahora las violas, ahora los oboes y las flautas, más tarde al propio director que, aunque estaba sobre el pedestal, es un poco corto de talla y sólo se alcanzaba a ver esporádicamente la batuta moviéndose como ajena a la mano que la guía.
Cuando el barítono Willard White ha atacado las primeras notas del himno a la alegría: O Freunde, nicht diese Töne! , toda la primera fila se ha abalanzado sobre el pretil, como ganado melómano que se inclina sediento sobre el abrevadero sonoro, con las cabezas en el vacío y mostrándonos una fila de espaldas (todas de la tercera edad, vaya por dios) que ha arruinado, con sus antiestéticas arrugas de chaquetas y blusas repujadas de michelines, los primeros compases y gran parte del Finale de esta soberbia sinfonía.
¿Es mucho pedir a esta pequeña burguesía capitalina semi culta que se quede quieta, con la espalda pegada al respaldo? ¿Es que nunca se ha sentido molesta cuando su vecino de delante le tapaba la orquesta con el costillar? Hombre, si a usted le molesta que se lo hagan ¿Por qué no se acuerda de quien tiene detrás de usted? Es una falta de educación, de consideración hacia los demás, incluso de civismo. Es una actitud tontamente egoísta y antiestética. Y si usted, transportado por el arrobo de sus deliquios estético-musicales, ha olvidado que incordia al prójimo, al menos no olvide que éste ha pagado por ver y oír a la orquesta igual que usted, no para darse una ración de espalda.
Ya lo he dicho, es que me ponen de los nervios…

jueves, 28 de mayo de 2009

Ecologismo consumista.-

O viceversa. El cartel, que reproduzco, nos da esta consigna: Compra esta actitud. Ahorra energía (las pongo en negrita a propósito, para que resalten). Una modelo, en actitud de apagar la pantalla de su ordenador, nos mira en escorzo como invitándonos a imitar su ejemplo.
La verdad sea dicha, la moza del anuncio está buenorra hasta el despatarre, pero no la han puesto ahí para incitar a verdeces a jubilatas como yo, sino para incitar al verde ecológico, al margen de ensoñaciones eróticas.
Más directo y escueto no puede ser el mensaje: Compra - Ahorra, dos imperativos en primera persona del singular que se dirigen sin ambages a cada uno de nosotros, a cada lector.
Leída la consigna, vista la actitud de la moza, uno está dispuesto a comprar y ahorrar lo que le digan; para eso está la publicidad, para incitarnos a hacer lo que nos dicen. Pero lo que no puede evitar la publicidad - en algunos casos - es que el destinatario de su mensaje se pare a pensar. Y lo que enseguida choca al consumidor de consignas, pasada la primera impresión de la maciza de piernas largas, es que allí aparezca una contradicción “compra – ahorra” que no sabe bien cómo resolver.
Uno entiende enseguida que se trata de incitar al ahorro de energía, pero para llegar a ello le están exigiendo que compre, y no cualquier objeto manufacturado, sino “actitud”. Tiene que comprar “actitud”.
Como por tan hermosa moza del anuncio uno estaría dispuesto a comprarr lo que fuera, bien quisiera comprar todos los días, digamos, un kilo de “actitud” o, media docena de unidades de “actitud” (si la venden como los huevos en el súper), pero la industria del consumo no manufactura “actitud”; por lo menos esta actitud de la que habla el anuncio, ni ésta se encuentra en las estanterías del Hipercor o el VIPS.
Dice el diccionario que “actitud” es “postura del cuerpo humano, especialmente cuando es determinada por los movimientos del ánimo, o expresa algo con eficacia”. Eficaz, la actitud de la moza del anuncio, sí lo es, y yo estoy dispuesto a ir apagando todas las pantallas de ordenador que me encuentre al paso. Pero “comprar esta actitud”, eso sí que no lo consigo por más que me lo proponga ¿Cómo voy a “comprar” una predisposición a hacer algo? Además, si de lo que se trata es de “ahorrar” ¿Por qué me incitan a “comprar”? Incitar al consumo del ahorro es tanto como fomentar la inclinación por el consumo, una vez que hacemos del ahorro de energía no una actitud responsable sino un objeto más de consumo. Una forma de trivializar un problema que nos preocupa a todos: el del derroche de energía y la consiguiente polución del medio ambiente.
Yo pediría a los publicistas que no me rompieran la cabeza con consignas de difícil cumplimiento, o, por lo menos, que no pongan una modelo tan atractiva; porque luego me desquicio para complacerla y me armo un lío entre comprar y ahorrar. Lo que yo les propondría, si no lo toman a mal, es que en este caso concreto –como el anuncio está pagado por el Ayuntamiento de Madrid–, en vez de poner a la guapetona de marras, a la que es tan difícil complacer, pusieran a la concejala Botella luciendo cacha(un suponer). Yo pasaría de largo sin leer el anuncio y seguiría apagando la pantalla de mi ordenador, como he hecho hasta ahora.

domingo, 24 de mayo de 2009

Pídeselo al amigo americano, pídeselo a Al Gore.-

La verdad es que llevo semanas viendo un anuncio en las marquesinas al que no había prestado ninguna atención hasta que lo he visto sobrescrito a mano y en tinta azul por alguien indignado por el mensaje que allí se transmite. Esta vez me he parado y he leído “Pídeselo a Al Gore” Al parecer, se trata de "Una iniciativa para conseguir que Al Gore use su influencia mediática contra esta enfermedad llamada desnutrición severa que afecta a más de 19 millones de niños". ¡Hombre! Eso está bien, me dije a bote pronto, así, sin reflexionar.
Yo, por mi condición de miembro de clases pasivas, tengo poca relación con gente importante e ignoro su capacidad y su predisposición para acabar con las injusticias. No por eso he dejado de preguntarme si era cierto que este señor tiene tanto poder como para acabar con el hambre en el mundo. Como el mister Gore fue vicepresidente de los EE. UU he dado por supuesto que sí, que mucha influencia sí que debía tener para llamar la atención sobre las hambrunas que padece la infancia en el Tercer Mundo. Y también me he preguntado que, de ser así, a qué coños espera este señor para ponerle remedio, sin necesidad de que nadie le pida nada. Que alguien me explique qué necesidad tiene don Al Gore de que yo se lo pida para ponerse a la tarea. Si es tan poderoso y tan bien predispuesto, mi opinión poco cuenta.
Pero las cosas no son tan sencillas.
Como cada internauta en situaciones parecidas, he ido corriendo a ver qué se decía al respecto en Internet, la madre de todas las informaciones. Leo “Que se haga esta película depende de ti. Entre todos podemos conseguir que Al Gore dirija esta película”. Para eso piden tu firma y no sé si, además, piden tu dinero.
Veo que algunas páginas que hablan del proyecto están vinculadas a empresas de publicidad “La creatividad sin colorantes ni conservantes” (muy ecológico el eslógan) y a la ONG que ha tenido tan brillante idea. También leo que el patrimonio del señor ha pasado de 2 millones de dólares, en 2000, a 100 millones en 2008, y que dicho patrimonio se mide en más de tres centenares de miles de metros cuadrados, más otras propiedades inmobiliarias (apartamento en Nashville (Tennesse), residencia en Arlington (Virginia), apartamento en San Francisco con 20 habitaciones), es miembro del consejo de Apple y asesor de Google… socio de la empresa Vivendi, y un etcétera sustancioso. Todo al alcance del curioso impertinente que se de un paseo por Internet.
Siendo así la cosa, a un servidor le da un poco de apuro pedirle nada. Demasiado rico e importante como para que haga caso de un simple mortal que, además, no se está muriendo de hambre.
Volviendo al cartel anunciador de su futura película No Hunger, allí se habla de la desnutrición infantil como de una “enfermedad”. Nunca me imaginé que el hambre de los desheredados del planeta fuera una “enfermedad”. Siempre creí que era la consecuencia de una injusta distribución de las riquezas o, dicho sin paliativos, del latrocinio que el sistema económico imperante fomenta. Siendo así, pensar que un gran beneficiario de este sistema injusto vaya a luchar contra él para favorecer a los desheredados, es cree en los Reyes Magos cuando se tienen 50 años. O eres meningítico, o eres un inmaduro sin remisión.
Y, si de todas formas, hubiese que hacer un documental al respecto -ya que nadie parece dispuesto a atacar las causas de la pobreza y el hambre- yo preferiría que lo hiciese Michael Moore, que todavía me acuerdo de la cara de tonto que le sacaba a Bush en Fahrenheit 9/11, cuando le comunicaron los atentados contra las torres gemelas. Al gordito Moore yo sí que le pediría que hiciese la película.
No sé cuántos miles de millones de euros y dólares se han gastado los gobiernos para reflotar los bancos y para que el sistema neoliberal siga funcionando, tampoco sé cuánto dinero hace falta para que los niños (y los mayores) no se mueran de hambre, pero estoy seguro de que si estos dineros se hubieran empleado en el segundo cometido, el hambre y la pobreza del mundo serían un mal sueño. Y no hablo de dar dinero a manos llenas, sino de ayudar al desarrollo de las gentes entre las cuales el hambre es un mal endémico.
Y, ahora que lo pienso, al niño desnutrido del cartel ¿Quién le ha pagado los derechos de imágen?
Para terminar, yo a don Albert Arnold Gore jr. no pienso pedirle nada. No te j...

viernes, 22 de mayo de 2009

Paseo por los tejos del Retiro.-

Desde hacía tiempo quería colgar el enlace que dejo a continuación. Se trata de los tejos que hay en el parque del Buen Retiro de Madrid. El amigo Guillermo García Pérez tuvo la paciencia de ir localizándolos e inventariándolos. Fruto de su esfuerzo ha sido el artículo que podéis ver en dicho enlace.
El árticulo se publicó en el boletín de la Sociedad Ateneista Aire Libre, del Ateneo de Madrid, en el número de diciembre de 2008. Al texto le sigue un croquis del parque donde está marcada la ubicación de cada uno de los tejos, una serie de fichas con la descripción de cada uno de ellos y su tipología, fotografías que ilustran sobre la forma de las hojas, las flores y los frutos, y un plano en color donde, pinchando en cada uno de los círculos, se puede ver una foto de cada ejemplar.
Es una buena excusa para darse un paseo por el Retiro y disfrutar localizando y observando los ejemplares de este interesante árbol.

martes, 19 de mayo de 2009

Mario Benedetti. In memoriam.-

Mario Benedetti, 14 de septiembre de 1920, Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó – 17 de mayo de 2009, Montevideo (Uruguay).
Con motivo de la muerte de Mario Benedetti, una amiga me envía uno de sus poemas, que trascribo a modo de homenaje:


No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
...

(Mario, sit tibi terra levis)

viernes, 15 de mayo de 2009

Tres días en Alameda del Valle.-

Con una excusa suficiente, decidimos Teresa y yo que nos hemos ganado unas pequeñas vacaciones, así que pasamos 3 días en un pequeño hotel que se llama La Posada de Alameda. Teniendo el Valle de Lozoya a 80 kilómetros de Madrid ¿para qué ir más lejos? Preparamos una maleta con un poco de ropa, nos llevamos unos libros y yo echo al coche calzado de caminar por los caminos serranos y allá que nos vamos.
En estos días primaverales el valle está en todo su esplendor, los prados verdean con ese verde jugoso y fresco que son el placer de las vacas y de los tipos como yo. La única diferencia entre ellas y un servidor – aparte que su tracción motora sea sobre cuatro patas, mientras que la mía es sobre dos – es que ellas están en su medio natural y pacen apaciblemente sin que el tráfago de los humanos les interese gran cosa, mientras que yo soy asfaltícola porque el mundo me hizo así, y envidio su vida apacible. No obstante, las vacas y yo sí tenemos algo en común, la rumia, aunque también con una pequeña diferencia: ellas rumian la hierba de los prados y yo rumio el paisaje.
Salir a caminar de madrugada es un placer contraindicado para los perezosos y dormilones acreditados. Hay que sacudirse las telarañas del sueño en cuando empieza a clarear, hacerse un lavado de gato (no es imprescindible), calzarse las botas, abrigarse un poco y decidir hacia dónde encaminar los pasos.
Mientras cruzas el pueblo, la contera del bastón suena sobre el pavimento de las calles aún dormidas (clac, clac, calc…) y rompe la quietud apenas un momento, como si los clac clac, fueran esas migas del cuento de Pulgarcito, que nada más tocar el suelo se las va tragando el silencio. El río es una frontera líquida y azulada que separa al pueblo del monte y que cruzas sin que haya aduanero que te pregunte adonde vas. Cuando estás del otro lado no tienes más que decidir hacia donde dirigirás tus pasos, y eso lo tienes que hacer sobre la marcha, porque si te paras a pensarlo te pasará lo que al burro de Buridán. Sería una lástima que, cruzaras el río, dudases entre las praderas y el bosque, y te murieras de hambre y sed de paisaje por falta de decisión.
Lo mejor es pensárselo poco. Total, sitios a donde encaminarte hay muchos; días de vacaciones no hay tantos, pero el valle, el río, los arroyos, el robledal y, hasta las vacas, seguirán allí cuando vuelvas al cabo de unas semanas o de unos meses. Así que te decides, llegas hasta el helipuerto (esa especie de gran ojo asfaltado que mira hacia el cielo para ser visto desde el helicóptero de socorro), y tomas el camino de la derecha, el que va hacia el paraje que llaman Moroviejo y Santa Ana y que lleva hasta la Majada del Cojo, tomas como referencia la depresión que forma el puerto de Cotos entre el Peñalara y la Bola y, tico-taco, caminas con decisión. La mañana está fría, ayer prometía ser soleada pero hoy las nubes rezuman agua por las laderas de los Carpetanos y puede que te mojes. Pero tú a lo tuyo, has salido a caminar y si llueve, ya escampará. Y si no, siempre tendrás una buena ducha de agua caliente al regresar al hotel.
Lo que más te gusta estos días es internarte por el robledal. Los rebollos están recién brotados y tienen la hoja con tonalidades de un verde claro que contrasta con la negrura de los pinares que manchan la ladera de la Cuerda Larga. Lo que más te gusta es ver esos pequeños arroyos que serpentean entre los robles. Son rumorosos y parlanchines. Los oyes desde el camino y parece que parlotean mientras corren sin pausa desde los neveros hasta el río. Cada una de las irregularidades del terreno dibuja minúsculas cataratas y tú te sientes importante viendo esos Amazonas en miniatura correr a tus pies.
De vez en cuando ves alguna vaca que amamanta a su ternero. Al verte, el ternero se esconde detrás de la madre, ésta levanta la cabeza como midiendo el terreno entre tú y ella, dispuesta a defender a su criatura si te aproximas demasiado. No es el caso, porque tú sabes respetar la intimidad vacuna y dejas una prudente distancia, ni tanta como para que parezca que huyes, ni tan poca como para que la mamá vaca se cabree. Lo malo es cuando te encuentras con ese toro atravesado en el camino. Tú, como humano, te crees con todo el derecho a transitar por allí; él, con sus 400 kilos (o los que sean) te mira como a un ser demasiado escuchimizado como para vaca y de poco atractivo erótico para sus afanes reproductores. Tú le gritas ¡Eh, eh! ¡Aparta, coño! El toro te observa con desgana, se mueve un poco, dejando a la vista su poderoso aparato testicular para que quede claro que, aunque él cede, tiene mayores argumentos, y tú pasas por detrás del bicho con un trotecillo contenido. Sobre todo que no se vaya a creer que le tienes miedo, pero vas lo suficientemente rápido como para ponerte a resguardo en caso de que el animal te vuelva la testuz y te arree un tantarantán que mande al carajo todo tu bucolismo.
Menos mal que las yeguas son más pacíficas. Los potrillos, primero, te miran con curiosidad, luego dan un trotecillo con sus patas larguiruchas y el bípedo humano disfruta de tanta gracia como tienen en sus movimientos.
A lo largo del camino has visto los antiguos campos de labor, con sus terraplenes medio derrumbados, una talanquera con su rampa para cargar el ganado, la cruz de los vaqueros, labrada en buen granito y que te marca el lugar desde el que puedes ir a la ermita de Santa Ana, un abrevadero junto al que crece un espino albar. Los espinos albares, en estos días, están en plena floración, crecen diseminados por el rebollar y dan un olor aromático y fresco, como a bosque recién lavado.
De regreso al hotel, al cruzar de nuevo el río, una cigüeña pasea sus zancas por medio de la corriente a ver qué se pesca. Desde el puente le cantas eso de cigüeña bagueña la casa se te quema…, pero ella no te hace caso, así que le haces una foto y te internas en el pueblo, ya que a las nueve hay que estar de regreso, ducharse y desayunar. Con los deberes hechos, el resto del día (de los días) se dedica a visitar los pueblos del valle, desde los más alejados (San Mamés, Navarredonda, Gargantilla) para ir remontando valle arriba (Lozoya, Pinilla, Alameda, Oteruelo), comer en Rascafría, pasear hasta el Paular, regresar por los Batanes…
Regresamos a Madrid cuando Madrid se vacía con el puente de San Isidro. Viajamos al revés que el resto de los mortales: cuando ellos salen en tropel, nosotros nos vamos a casa. Ventaja de jubilatas.


martes, 12 de mayo de 2009

Sólo son cuentos.- Relato hiperbreve.

Quiso escribirlo tan breve que no encontró palabras.

sábado, 9 de mayo de 2009

A la caza del tejo.-

Alguna vez se me ha escapado alguna queja a propósito de mi escaso dominio de este invento que se llama internet y sus aledaños, como la gestión del un blog. Pues bien, la entrada sobre nuestra expedición por tierras del Sorbe para localizar tejos, colgada el pasado día 5, la borré vaya usted a saber por qué.
Dicen que quien no tenga cabeza, que tenga pies, y esto es lo que me ha ocurrido á mí: que tengo que perder mi tiempo reproduciendo el texto borrado; porque inutil informático lo soy un rato, pero también soy tozudo, y si he dicho que cuelgo esta entrada, es que la cuelgo.
Y en eso estoy. Allá va.

Si alguien tiene paciencia para seguir esta bitácora, se habrá dado cuenta de que en ella cuelgo con bastante frecuencia crónicas de mis andanzas montañeras. Pero es que eso de andar por el monte es algo tan arraigado en mí como natural en las cabras, dicho siempre con el debido respeto para estos ungulados artiodáctilos.
Este sábado, día 2 de mayo, ha sido un día soleado y caluroso por esas tierras tan broncas por donde discurre el Sorbe. Tierra de pinares de repoblación (pino negro), con ejemplares de bosque autóctono relicto: chaparras, enebros y matorral de jara, romero, cantueso, tomillo, torbisco… Todo un muestrario de vegetación mediterránea que nos ha servido de entretenimiento su observación. En cuanto a los terrenos: tierras arcillosas, calizas degradadas, y pizarras en abundancia por la barranquera por donde discurre el Sorbe. Toda una lección de naturaleza para quien se para a observar un poco mientras camina.
Nuestro objetivo: localizar tejos en las inmediaciones del río. Este es el tercer intento que hacemos por estos parajes y, por fin, conseguimos nuestro objetivo al localizar un par de ellos próximos a su curso, en lugares abruptos y de difícil acceso. Los dos que localizamos están río abajo, como dos o tres kilómetros de la presa del Pozo de los Ramos. Para llegar allí hay que hacer un desnivel, barranco abajo, de unos 200 m tomando como referencia la pista que transcurre por el pinar. El acceso, por un camino abandonado, cubierto de matorral y en muy malas condiciones de tránsito.
Para llegar hasta allí tomamos un camino que sale a la izquierda de la carretera de Tamajón a Cogolludo, pasado un puente, y que nos lleva al barranco de la Hoz. Los cortes de la pista en la ladera muestran un terreno de sedimentación formando rañas (esa especie de turrón en plan bruto que es una mezcla de cantos rodados y arcillas) y algunas calizas degradadas en areniscas. En el barranco de la Hoz vemos un quejigo recién brotado. Pista adelante, dejamos a derecha e izquierda otras, hasta llegar al barranco de la Ocibia. Por este paraje observamos bosques de ribera (salicácea, álamos, alisos…), buenos ejemplares de enebro, aliagas, jara, espliego y brezo en flor, torbisco, y, en el pinar de pino negro, vemos uno de ellos que tiene una enorme excrescencia como a 4 m de altura: es como si se le hubiese desarrollado un descomunal tumor de más de tres metros de diámetro. Enorme y nunca visto otro igual. Hacemos fotos.
A las 12:34 h dejamos ya la pista e iniciamos la bajada por un camino pedregoso y cubierto de jara y matorral que nos acerca al borde del profundo valle por donde discurre el Sorbe. Es un paraje de pizarras impresionante por lo abrupto y recortado, que produce una sensación un tanto inquietante por su difícil accesibilidad. Enfrente se ven trazas de antiguos caminos en zigzag, abandonados. Según nuestro amigo Juan, que es quien sabe de estas cosas, por aquí se hicieron prospecciones con la intención de represar el río, pero que estos terrenos pizarrosos suelen tener fallas y diaclasas por donde se producen filtraciones de agua. El talud sobre el que está trazado este camino corresponde a un cerro que se llama la Tonda, donde puede verse un llamativo río de piedras que se extiende ladera abajo.
Y sí, esta vez encontramos un hermosísimo tejo abajo en el barranco. Está a pocos metros de nosotros pero resulta dificilísimo acercarse a él para medirlo, ya que el terreno no es firme y hay zarzas que dificultan el paso. Consigo llegar hasta él con riesgo de perder pie e irme ladera abajo, y mido su perímetro a un metro de altura: tiene 1,70 m de circunferencia. Luego nos acercamos al vado, imposible de transitar a causa de la fuerte corriente de agua. Justo en frente, vemos el segundo tejo, que no tiene un ramaje tan denso como el anterior, pero es pieza que también cobramos. En todo el hondón del barranco, junto al curso de agua, tomamos un tentempié antes de iniciar el regreso.
Acompañando a estas notas, dejo una foto del hermoso tejo que hemos descubierto.

domingo, 3 de mayo de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 2.

Todo o nada.-
Ella me quería sólo a medias y yo la quería toda entera. Llegué a un acuerdo con su otro amante y ahora somos felices.
Desde entonces, ella nos odia.

jueves, 30 de abril de 2009

Este miércoles, por la tarde.-

Teresa y yo hemos ido, ayer miércoles por la tarde, a ver una película en un cine de Callao y, a la salida, hemos bajado la Gran Vía dando un paseo. Al pasar junto al edificio de la Telefónica, vemos uno de esos bobos espectáculos urbanitas que llaman performances art: dos filas de gente joven, situadas a ambos lados de la acera, con sedas raquetas y haciendo como que golpean una imaginaria pelotita de tenis. Parecían lanzársela unos a otros por encima de la cabeza de los viandantes, a la vez que soltaban exclamaciones de esas que dice el juez pista en los torneos: ¡No!, ¡Out! Con la íntima satisfacción de saberse protagonistas de un espectáculo original, los participantes dan saltitos en un supuesto afán de alcanzar la inexistente pelotita con la raqueta, sueltan sus ¡No! ¡Out! y sonríen felices a la nada de su estúpida alegría de "performantes" callejeros.
Mientras los del performance ese se aplican en sus inútiles raquetazos al aire, la gente camina entre ambas filas de esforzados tenistas de atrezzo. Pasa entre el abaniqueo de raquetas, aparentando indiferente ante el espectáculo, como si un performance se lo encontrase uno todos los días dentro de la hamburguesa del McDonald.
Entiendo que esa indiferencia es también una pose, ya que cada urbanita, en la Gran Vía y a estas horas, es un espectáculo de sí mismo y representa, con la seriedad del mediocre, la comedia de su propia superficialidad. Los que hacen fotos del evento con sus cámaras y sus móviles también forman parte de este espectáculo un tanto guiñolesco y cumplen su papel de reporteros gráficos de lo insustancial.
Todo ello es un juego superfluo, efímero y muy cool, que roza las meninges sin mancharlas. A mí, apenas me ha dado para este comentario.
Y ya que estamos puestos, la película que hemos visto es Los abrazos rotos. No me ha convencido porque la historia es un tanto melodramática y sin excesiva originalidad, como de telenovela de sobremesa y sofá casero. Sus personajes son un poco acartonados y las razones del drama poco convincentes, e incluso tópicas. Creo que actores como Elsa Portillo, se merecían algo mejor para lucir sus habilidades de intérprete veterana. Sí que me ha llamado la atención el intenso colorido de los ambientes, porque, siendo tan “colorín neón” (no se me ocurre llamarlo de otra forma) y con una decoración un tanto kitsch, parecía no reñir con la historieta que allí se nos contaba. De cine no sé nada, pero creo que Almodóvar debe tener un sentido especial para la luz y los colores, ya que se queda un paso por detrás de lo cursi y chabacano, y logra no ofender con esa exuberancia colorista de maruja con vestido fiestero y maquillada como para boda de sábado por la tarde.
Y esto es lo que ha dado de sí la tarde del miércoles…

martes, 28 de abril de 2009

El Montón de Trigo.-

Para los que no conozcan la Sierra de Madrid, cuando los montañeros hablamos del Montón de Trigo nos referimos a un pico cuyo perfil, visto desde la distancia, es similar a aquellos montones de este cereal que se formaban en las eras después de la trilla y el aventeo del grano. Queda el nombre y el recuerdo de aquella actividad agrícola en este pico esbelto que está entre el puerto de la Fuenfría y el collado de Tirobarra que lleva a la Pinareja. A sus pies transcurre la antigua calzada romana que, desde Cercedilla, trepa hasta el puerto y se tiende hacia la vertiente segoviana.
Lo de subir al Montón de Trigo este sábado fue a propuesta mía, ya que nunca antes había subido allí. Creo que he ascendido a todas las cumbres que están por encima de los 2.000 m de altitud en el Sistema Central, en el tramo que conocemos genéricamente como "Sierra de Madrid", además de parte de Segovia y Guadalajara; por lo menos, a todas las cumbres y todos los puertos que tienen un nombre que los identifique sobre el mapa topográfico. Pero el Montón de Trigo era un monte que se me había quedado olvidado desde hace decenios que ando pateando la Sierra.
Desde las Dehesas de Cercedilla, marchamos por la calzada hasta el puente del Descalzo, donde llegamos a las 10:30 h. En lugar de continuar por ella, atajamos tomando un sendero a la izquierda, que sube a huevo por la ladera del pinar, hasta que recuperamos la calzada ya muy próxima al puerto de la Fuenfría, donde llegamos a las 10:52 h.
A este puerto llegan, además de la calzada romana, el camino de Segovia y la carretera de la República, que también salta hacia el lado segoviano. Y casi en la confluencia de caminos, un monolito granítico hace referencia a la calzada, construida en tiempos del emperador Vespasiano (S. I de nuestra era). Venía esta vía desde Cauca y Segovia, y saltaba la Sierra en dirección a Meaccum, Titulciam y Complutum (Alcalá de Henares). Curiosamente, este monolito tiene grabada en la parte superior una concha jacobea, que desconcierta un tanto porque parece fuera de lugar. Por eso, conviene decir que desde hace años alguna institución jacobípeta tuvo la ocurrencia de inventarse y trazar un “camino de Santiago” que, iniciándose en el mismísimo kilómetro 0 de la Puerta del Sol, pasa por Colmenar Viejo, Cercedilla, sube el puerto de la Fuenfría siguiendo la calzada romana, y continúa hacia tierras de Segovia, para desembocar en el Camino Francés a la altura de la antigua Asturica Augusta (Astorga). Por eso, uno puede ver las marcas amarilla (señalización propia del Camino) por algunas calles de Madrid, como yo las he visto cerca del Piramidón (el hospital Ramón y Cajal), y por caminos de la Sierra.
Respecto al trazado de la calzada, parece que fue muy modificado en tiempos de Felipe V y hay opiniones autorizadas que marcan el trazado de la vía romana, en alguno de sus tramos, por distinto lugar a lo que nosotros conocemos por tal calzada romana. Como es cuestión de especialistas determinar si es trazado romano o posterior cañada empedrada, dejo aquí este interesante enlace por si alguien quiere informarse:
http://traianus.rediris.es/viasromanas/fuenfria.htm
Volviendo a nuestra marcha, no subimos directamente al Minguete, que es la ascensión habitual desde el puerto hacia el Montón de Trigo, sino que continuamos un poco por la carretera de la República, dirección Segovia, para abandonarla seguidamente y recuperar otro tramo de la calzada romana. El arroyo del Minguete, que baja por la depresión entre éste y el Montón de Trigo, atraviesa la calzada por un badén en la misma, solución que plantearon para que corriese el agua sin inundarla y que sigue operativa.
Siguiendo el curso del arroyo, aguas arriba, llegamos al collado que une una y otra alturas, a las 11:30 (estamos a 1.960 m de altitud). Desde el collado a la cumbre del Montón tardamos media hora más, siguiendo la senda que asciende por la falda y atraviesa una pedrera. Desde arriba (a 2.135 m de altitud) divisamos las cumbres de los alrededores cuando las nieblas se despejan: Siete Picos, de perfil, la Bola del Mundo y, más lejos las Cabezas de Hierro; por el lado de Segovia, a nuestros pies el Collado de Tirobarra y a lo lejos la Pinareja (o cabeza de la Mujer Muerta) y, cubierta por la niebla, la Peña del Oso. A nuestros pies, todos los pinares de Valsaín. El pinar oscuro está moteado de manchas de nieve, y las nubes forman celajes que ocultan a ratos las montañas circundantes.
Como el paseo se nos queda un poco corto, decidimos ir al Minguete, por lo que bajamos hasta el collado, subimos el Minguete, y seguimos por el Bercial para bajar al collado de Marichiva, donde llegamos a las 13:20. Mientras caminamos desde el Minguete por la divisoria interprovincial, vemos que han tirado algunos tramos de la alambrada que separa la reserva de caza del lado segoviano. Posiblemente, obra de cazadores furtivos para que las piezas salgan de la reserva y poder abatirlas, se nos ocurre pensar.
Nos ponemos en Marichiva a las 13:20 h. Protegidos del viento y el frío por la tapia de piedra, comemos nuestros bocadillos y charlamos. Una hora después, iniciamos la bajada por el camino de los puntos rojos, nos cruzamos con el viejo camino de Segovia, y bajamos próximos al arroyo de Majavilán, hasta la fuente de piedra labrada que tiene forma de frontón triangular, cruzamos el portillo metálico y llegamos a los aparcamientos de junto a Casa Cirilo. Son las 15:03 m.
Hemos pisado un poco de nieve, las previsiones meteorológicas pronosticaban lluvias, pero ha habido suerte: sólo hemos tenido nieblas en las zonas altas, y frío, que es lo propio en estos días. Prácticamente toda nuestra marcha ha transcurrido entre pinos silvestres, que forman la gran pinarada de Valsaín. En las zonas altas, enebros rastreros, piornos y pastos de altura. A veces, planeando sobre nuestras cabezas, algún buitre.

jueves, 23 de abril de 2009

23 de Abril, Día del Libro.-

Es cosa sabida que los jubilados, a falta de otras heroicidades, vivimos de las pequeñas anécdotas que nos van surgiendo en el día a día. Un buen número de entre nosotros vive del pasado y sus recuerdos, y se olvida de vivir el presente. También esos viven de sus anécdotas, de cuando eran más jóvenes, sólo que las suyas están ya petrificadas por el paso del tiempo, lo que resulta tedioso para los jubilatas marchosos como un servidor. Así que, habiendo anécdotas recién horneadas, para qué sacarlas del congelador...
La anécdota correspondiente al día de hoy ha surgido mientras estaba haciendo un servicio de voluntario en Solidarios para el Desarrollo, a las puertas del Museo de la Ciudad. Teníamos allí montados nuestros tenderetes donde ofrecíamos libros donados por el Ayuntamiento, a 2 euros (precio simbólico) el ejemplar. Más que una venta, se trataba de dar a conocer las actividades de nuestra O.N.G, especialmente la del envío de bibliotecas a centros escolares de Suramérica.
A media mañana, dos críos de no más de 8 años aparecieron por allí y curiosearon a prudente distancia de nuestro puesto de libros. Yo les invité a acercarse y a hojearlos, preguntándoles si les gustaba la lectura. El más atrevido de ellos me dijo, de entrada, que eso de leer era “un rollo”. Ante mi insistencia de lo divertido que era leer historias en los libros, me contestó, literalmente: “Llevo tres años en ese colegio y no he leído un libro”.
Sin más comentarios, quede aquí constancia de lo dicho por la criatura, futuro directivo de empresa, abogado de prestigio, economista, político... Esto lo supongo porque el barrio corresponde a la burguesía acomodada, y sus retoños no suelen acabar de auxiliar de oficina en la sucursal de un banco.
Y, para celebrar este día con un poco de humor, dejo aquí esta historieta:

El Quijote en Metro.-
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...”
Tenía la garganta seca de tanto leer en voz alta aquel Quijote desencuadernado, así que paró un momento y carraspeó. El metro en el que viajaba, segundo vagón por la cola, estaba entrando en la estación de Ventas. “Una cañita no me vendría mal”, pensó, y, con disimulo, metió la mano en el bolsillo para contar las monedas. “Nada –se decidió–, en cuanto llegue a Ciudad Lineal, me cambio de andén y me vuelvo a Alonso Martínez”.
Según sus cuentas, en el viaje de regreso sacaría, por lo menos, un par de euros más.
Aquella era una forma de sobrevivir como otra cualquiera. Unos tocaban la guitarra en los pasillos del Metro, otros hacían ceniceros con latas de refrescos por las calles del centro, y alguno había que cantaba arias, con voz de bajo profundo, a la puerta del Auditorio los días de concierto. Pero él, como no sabía hacer nada, leía El Quijote en voz alta mientras pedía. O, para ser más exactos, pedía leyendo el Quijote en voz alta. Su oficio era pedir, y lo otro, lo de leer El Quijote, pura casualidad. El libro se lo había encontrado hurgando en un contenedor de papel, y, eso de leerlo en el Metro, fue una ocurrencia de esas que dan con el hambre.
– ¿No será Vd. profesor en paro?–. Siempre había alguno que se lo preguntaba. Esos eran los viajeros más generosos: ponían gesto importante, como si estuvieran socorriendo al mismísimo Cervantes; se rascaban el bolsillo con convicción y, a veces, hasta le daban medio euro.
Pero, no. La verdad es que él ni era profesor, ni tenía profesión. A menos, claro, que llamaran profesión a la de ser pordiosero y, como quien dice, sopista de la beneficencia.
– Un oficio sí que es, no nos engañemos –, decía el gorrilla del tanatorio de la M 30-. Éste llevaba siempre una gorra de plato, de cuando los grises, que se encontró en una papelera. Eso, y un periódico enrollado, eran símbolos de su autoridad como aparcacoches. A la gorra de plato le sacaba brillo todas las noches, después del trabajo, y el periódico lo cogía cada mañana de un contenedor de la avenida de Badajoz, antes de empezar el curro.
El gorrilla era uno de los habituales del albergue municipal y hacía buenas migas con el pedigüeño que leía el Quijote en el Metro. Ambos tenían en común el interés por la letra impresa, herramienta de trabajo que dignificaba el oficio y hermanaba en la necesidad; eso, al menos, decía siempre el gorrilla, al que le salían estas cosas de forma natural, sin tener que pensárselas.
– Claro que, sin menosprecio de las letras, el uniforme siempre impone más –, cavilaba el gorrilla, mientras cepillaba con la manga la visera de su gorra de plato.
Al lector ambulante del Quijote, lo de si son más importantes los uniformes o las letras, le daba un poco igual; a él ese rollo le sonaba de haberlo leído varias veces pidiendo en el Metro. A él lo que de verdad le importaba, era sacarse unos cuantos euros al cabo del día. Si el negocio de la lectura se había dado bien, al terminar la jornada laboral, se tomaba una caña con aceitunas en las cervecerías que hay por Alonso Martínez. Si el curro de pedir no lucía, se iba al refugio municipal a comer el guiso de beneficencia y a echar una parrafada con el gorrilla.
Y eran muchas las veces que recurría al puchero municipal. Cada vez con más frecuencia. Porque cada vez había más gente que pedía en los vagones y los túneles, y por las calles. Tocaban instrumentos y hasta formaban orquestas y todo, y a la gente le gustaba más la música que la coña esa del Quijote. Él, que en lo de pedir siempre había sido un clásico, nunca variaba su estrategia comercial –según le reprochaba el gorrilla–, y así le iba la cuenta de resultados. En cuanto entraba en el vagón, se ponía en medio, carraspeaba para aclarar la voz, y recitaba de un tirón siempre lo mismo:
– Señoras y señores – decía –, es muy triste tener que pedir, pero es más triste tener que robar. Yo soy una persona humana, pobre pero honrado, que me gano la vida leyendo la obra cumbre de la literatura universal, el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Ahora, con el permiso de ustedes, procedo a leer el capítulo tal (y decía el que correspondía leer esa vez).
El discurso, que repetía con pocas variantes, se lo preparó una vez un filólogo alcohólico al que conoció en Las Vistillas, a cambio de dos euros para vino.
Trabajador sí era: podía pasarse todo el día dale que le das pateando líneas de Metro, pero casi siempre se tropezaba con los músicos ambulantes, la mayoría de los países del Este. Y no podía competir con ellos, porque eran más y metían más ruido con sus saxos y sus acordeones.
– Es que, encima, son unos profesionales –, se lamentaba. – Se ve que en esos países todos han hecho una carrera...
– A eso se le llama deslocalización industrial –, le explicaba el gorrilla. – La industria de pedir rinde más aquí, así que se desplaza la mano de obra extranjera. Hasta que se equilibre el nivel de vida, y los pobres sean igual de pobres en todas partes. Entonces dará lo mismo pedir aquí que allá y cada uno se irá a su casa.
– Hasta entonces, no hay otra que apretarse los machos y aguantar -, añadía, filosófico.
El hombre no hablaba a humo de pajas. Todas las mañanas se leía las páginas de economía del primer periódico que sacaba del contenedor, y que usaba para señalar los huecos de aparcamiento en los alrededores del tanatorio. Era lo bueno de su oficio: la gorra le daba autoridad, y el periódico, conocimientos.
Pero, tampoco era tan malo el oficio de pedir, a pesar de tanta competencia. De vez en cuando, se reunían los íntimos del albergue, y compraban la bebida a escote. Se daban cita en el parque del Calero, junto al tornavoz, donde suelen trapichear los camellos con el costo. Hablaban del negocio y hacían rondas con las litronas y el calimocho. Después de soplar del vidrio, la vida tenía otro color.
Cuando empezaban con la penúltima ronda, el pordiosero del Quijote sacaba su libro de pedir. Tras solicitar la venia del respetable –como le enseño el filólogo vinoso–, se mojaba el dedo en la lengua y ponía la yema sobre una página al azar. Trabucando un poco las palabras, leía, pongamos por caso: “... era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”. Y así seguía hasta que tanto Quijote le daba sed.
Los compañeros le oían leer entre trago y trago, y, de vez en cuando, hacían algún comentario a la lectura y organizaban discusiones:
– Coño, tú, a mí ese hombre me suena de algo... Oye ¿A ti te suena ese tío? Sí, hombre, si uno que era de la Mancha... Era de..., era de..., en cuanto me acuerde del pueblo, te lo digo.

martes, 21 de abril de 2009

Las pelusas del Auditorio Nacional.-

Este domingo pasado teníamos entradas para el concierto. Estaban programados el Adagio de la 10ª sinfonía de Mahler y el Concierto para piano y orquesta nº 2 de Bramhs. En su lugar, por razones que desconozco, cambiaron el programa dedicando la sesión a Prokofiev (concierto para piano y orquesta nº 2 en sol menor, op. 16) y a Shostakovich (sinfonía nº 8 en do menor, op. 65).
A mí, Bramhs me pone mucho. Junto con Bach y Beethoven forman la tríada de compositores por los que siento predilección. Pero uno no es de ideas fijas y también admira a estos compositores rusos que conocieron la revolución soviética. Ambos músicos (Prokofiev y Shostakovich) mantuvieron afinidades ideológicas con ella, aunque eso no les libró de la amenaza estalinista. Sufrieron acusaciones de desviacionismo respecto a las directrices del realismo social. Composiciones demasiado “cacofónicas” (en el caso de Prokofiev), afirmaban los ideólogos de la cultura oficial. Más de una vez estuvo Shostakovich en el punto de mira de los defensores de la ortodoxia por no respetar las directrices de la línea oficial, y no se libró de la enemistad de Khrennikov, presidente de la Unión de Compositores de la URSS.
Ser un gran músico en condiciones difíciles de supervivencia merece un respeto.
La música de ambos está influida por las tendencias más modernas del siglo XX, un antiromanticismo marcado y la introducción de disonancias y tendencia a la atonalidad, alejados de la ñoñez oficial del folclore patrio. Una música que requiere atención y un cierto entrenamiento para desentrañarla y disfrutar de sus cualidades sonoras.
Los melómanos autodidactos y de oído poco educado como un servidor, tenemos ciertas dificultades para su comprensión, de ahí la atención con la que yo escuchaba la orquesta a lo largo del concierto, ajeno al devenir del universo mundo en general… Hasta que sucedió.
Ya digo, estaba yo totalmente embebido en la audición de la sinfonía de Shostakovich, con su aire trágico, e impresionado con aquellas descargas de la percusión, similares a las descargas de artillería (no en vano se estrenó en 1943, en plena guerra mundial, con una Rusia arrasada por la invasión nazi, primero, y por la reconquista de su territorio, después), cuando veo que, desde una de las enormes lámparas del techo, empieza a descender indolente, como con displicencia y desgana, una pelusa de buen tamaño.
La pelusa –como esas que se forman debajo de las camas–, con sus filamentos flotantes talmente que de medusa, y semejantes a pequeñísimos tentáculos que parecían asirse a las ondas sonoras, se dejaba mecer en el aire con la ingravidez de un corcho en medio del océano. En su lento descenso, se pavoneaba entre las luces del escenario con la suavidad de un ser grácil e ingrávido, y bien ajena a su vulgar condición de pelotilla polvorienta. Revoloteó por unos instantes sobre las cabezas de las personas sentadas en las primeras filas del coro, y fue a caer próxima a la bocina de una de las trompetas. Allí debió disolverse en partículas de polvo, desintegrada por los potentes sones del instrumento.
Una pelusa desprendida de un lugar tan inaccesible como es el lampadario del Auditorio, en principio, no da ni para una pequeña anécdota. Pero una sucesión de ellas (hasta tres pelusas de grueso calibre, en caída libre), en un mundo de sonoridad y recogimiento, produce una sensación de absurdo y despropósito: la sala en pleno estaba subyugada por la fuerza expresiva de una sinfonía de tanta enjundia con la octava de Shostakovich, y las pelotillas, flota que te flota, perezosas e ingrávidas.
Ver aquellas pelusonas suspendidas en el aire –gruesas y livianas a la vez– descendiendo mansamente, como resistiéndose a la ley de la gravedad, acaba con el devoto recogimiento del melómano más apasionado. Porque aquellos madejones polvorientos eran un esperpento, una visión absurda columpiándose sobre el escenario. Distraída la devota atención del respetable, éste seguía con la mirada las evoluciones de las pelusas e intercambiaba sonrisas y gestos de complicidad.
Para qué decir más. Roto el clímax, con el oído puesto en los sones de la orquesta y el ojo en el revoloteo absurdo de aquellas madejas filamentosas, los espectadores trataban de imaginar sobre qué cabeza irían a posarse. Yo las imaginaba cayendo sobre los timbales y que un redoble de los macillos sobre el parche las trituraría hasta devolverlas a su original naturaleza de polvo en suspensión. No pude gozar de tan sádica visión. Tras su lento descenso, desaparecieron de mi vista entre la masa oscura de los trajes que visten los maestros de la orquesta.
En fin, no es por meterme en asuntos de policía y limpieza del Auditorio, pero creo que una aspiradora, interpretando un sólo con brío a sala cerrada, libraría al respetable de ser distraído por esos volátiles polvorientos y la gente, durante la audición, estaría a lo que hay que estar, y no mirando al cielorraso y papando moscas.

sábado, 18 de abril de 2009

En paradero desconocido.-

Estos días, asuntos familiares me han tenido alejado de mi bitácora internautera, lo que ha provocado una gran inquietud entre los numerosos blogueadores que la visitan. Yo no lo sabía, pero resulta que esta bitácora, nacida de los ocios jubilares, se va haciendo popular entre los navegantes internáuticos y la visitan con más frecuencia de lo que yo suponía. Debe ser porque desde ella no se pretende cambiar el mundo (tampoco rezarle aménes acomodaticios), ni se imparte doctrina ideológica (política, religiosa o social) ni de otro cualquier tipo; o bien porque siempre llama la atención de los veteranos internautas que un jubilata-quasi-analfabeto-en-asuntos-de-informática sea capaz de sacarla adelante y hasta hacerla amena.
Cualquiera que sea la razón, lo cierto es que por ella recalan navegantes a la deriva que terminan siendo asiduos (algunos, no exageremos), como quien atraca en el puerto perdido de una isla que está fuera de las rutas turísticas pero que tiene el exotismo de lo intranscendente, donde uno no tiene que aparentar ser más de lo que es. Me explico: esta bitácora mía es el lugar donde uno puede pasear sus calles en chancletas y visitar sus lugares sin cita previa y sin el envaramiento de una corbata y traje. Es un lugar de andar por casa, como cosa de jubilado en zapatillas.
Pues, como decía, asuntos de salud –que parecen ir por buen camino– me han tenido alejado esta semana y no he hecho anotaciones en la bitácora. Lo cual ha sido motivo, como he dicho, de inquietud por parte de mis asiduos visitantes. En mi ausencia, parece que ha habido un conciliábulo del que ha surgido un representante, de nombre Antonio Moyano, comisionado para pesquisar mi paradero. Al señor Moyano no lo conozco personalmente, pero tengo de él las mejores referencias por terceras personas que sí le conocen a él y me lo han encomiado mucho. Además, sé que es uno de los asiduos lectores de mis bagatelas y, ocasionalmente, crítico ponderado de los comentarios que aparecen de tarde en tarde.
Lo cual me trae a otro asunto. Si los navegantes que hacen aguada en mi isla son ya tantos ¿Por qué ese temor a dejar comentarios? Leer una reflexión, un cuento, un comentario de noticia siempre estimula una respuesta, pero es poco frecuente que el lector deje constancia de su propio punto de vista. No sé si es por timidez, por despreocupación, por agrafía congénita, pero la verdad es que pocos navegantes dejan constancia escrita de su paso. Antonio Moyano, que parece tener tanta influencia entre los internautas aficionados a mi bitácora, debería hacer algo por animarles a la expresión escrita. Y, si se me permite una sugerencia, yo invitaría al señor Moyano a que lo propusiera en la próxima asamblea de visitantes. Espacio para los comentarios hay; censura, ninguna.
Así que ¡Adelante, señor Moyano! Anime usted a la gente a escribir. De lo que aquí quede constancia siempre podremos extraer un florilegio para ilustrar a futuras generaciones. O un compendio de sesudas reflexiones para guía de caminantes. O una antología del disparate para rechifla de lectores ociosos…

domingo, 12 de abril de 2009

Sólo son cuentos.- Oficios raros, 4.

No más rutina.-
La radio local siempre decía de aquella ciudad que era un remanso de paz, una balsa de aceite y otros tópicos al uso que, aunque no eran un derroche de imaginación periodística, reflejaban con bastante exactitud la apacible vida de aquella capital de provincias.
La burguesía local iba los domingos a misa de doce y luego a comprar pasteles para la sobremesa. Los obreros en paro pasaban la tarde en el bar echando la partida y los municipales ponían alguna que otra multa de tráfico. La gente vivía instalada en sus rutinas. Sólo había un poco de bullicio cuando, los días de labor, a media mañana, los funcionarios se desparramaban por las cafeterías para el desayuno. Por lo demás, todo era sosiego y placidez; o si se prefiere, un muermo. La verdad es que tanta placidez era un aburrimiento. Por eso, algo empezó a moverse en aquella ciudad el día que en el periódico provincial apareció el siguiente anuncio:

"Prudencio Azurmendi Buendía
PSICÓPATA.
Iniciará sus actividades a partir del
próximo 1 de octubre.
(Oferta de lanzamiento por comienzo de actividad)"

Al anuncio seguían una sucinta información sobre horarios de atención al público, un teléfono de contacto y una dirección postal en un barrio respetable de la localidad.
Que el asunto empezara a interesar fue cuestión de días. El que más o el que menos sabía qué era eso de psicópata: la mayoría de la gente lo conocía de oír las noticias en la tele y leer los periódicos. Pero nadie podía imaginarse que en una ciudad tan tranquila pudieran tener un psicópata en plantilla, como quien dice. Y, como eran tan tradicionales en sus costumbres, al principio se resistieron a utilizar sus servicios y el psicópata se aburría.
Se comentaba mucho, eso sí, que a partir de ahora la ciudad tendría un aliciente, que la vida ya no sería tan monótona. Un psicópata suelto por la ciudad, en opinión de algunos, ayudaría a sobrellevar el tedio. Había quien se imaginaba, con un estremecimiento de placer, que unos pasos sigilosos le seguían en una noche de lluvia. Alguno se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono a destiempo, pero lo cierto es que el psicópata estaba sin trabajo porque nadie quería romper la rutina de una vida sin sobresaltos.
Fueron las damas de clase acomodada las que pusieron de moda reclamar los servicios del psicópata. Se reunían por las tardes a tomar el té con tortitas y sirope y se aburrían una enormidad, hasta que a una se le ocurrió:
- Chicas, estoy tan aburrida que voy a ir al psicópata.
- Huuuy, qué atrevida –, comentaron sus amigas. – Desde luego, tú siempre dando la nota.
Todas hicieron como que se escandalizaban, pero lo cierto es que sólo era envidia. A todas les entusiasmó la idea, pero ninguna se atrevió a confesarlo.
La dama concertó una cita y se presentó en la consulta de Prudencio Azurmendi. Éste, que era un profesional serio, le explicó las distintas modalidades de comportamientos psicopáticos y la tarifa de precios que se ajustaban a cada uno de los servicios. Ella, que era económicamente solvente, contrató una semana de secuestro con asalto domiciliario y sevicias múltiples.
Una madrugada, de acuerdo con el contrato suscrito, él entró en la alcoba matrimonial, pegó veintitrés cuchilladas al marido de la dama y puso la habitación perdida de sangre. A ella se la llevó arrastrando por los pelos y la encerró en una cámara frigorífica. Durante siete días la tuvo maniatada y colgada de un gancho entre costillares de vaca y ovejas desolladas. Cada noche iba el psicópata, se ponía una bata de charcutero y abría el maletín donde tenía un surtido de cuchillos de carnicería. Regularmente, durante cuarenta y cinco minutos, le daba unos tajos y la amenazaba con rajarle la tripa y sacarle el mondongo. Luego, cuando terminaba la sesión, guardaba las herramientas, doblaba la bata, daba las buenas noches y se iba a acostar.
Fue el mayor éxito social que jamás se conociera en aquella ciudad. La dama apareció a la semana en un vertedero, flaca, desencajada, con ojos de terror y con principios de congelación en las extremidades. Todas sus amistades se desvivían por ir a su casa a que les contara tan terrible experiencia. El diario local lanzó una edición extraordinaria, la emisora hizo una encuesta callejera a micrófono abierto y las personas de orden empezaron a reclamar más seguridad en las calles.
- ¿Y te aburrías mucho todo este tiempo, tan sola? –, le preguntaban sus amigas de toda la vida.
- Qué va, qué va. – Decía ella, tan contenta por ser el centro de atención. – Se pasa más miedo... No te aburres nada, nada... Es el dinero mejor empleado.
A partir de entonces, el trabajo empezó a desbordar al psicópata Azurmendi, porque hasta los médicos del seguro se lo recomendaban a los enfermos neurótico, depresivos, o hipocondríacos de diverso pelaje.
- ¿Dice usted que sufre depresiones? Usted lo que necesita son emociones fuertes. Tome una sesión semanal de tratamiento psicopático, y en dos meses como nuevo –, recetaban los doctores.
Incluso se puso de moda alquilar al psicópata para regalo de cumpleaños. Se reunían varios amigos y, entre todos, pagaban un asalto del psicópata al homenajeado. Todo dependía del dinero recaudado y de las condiciones del contrato, pero en general, el protagonista del día quedaba satisfecho de la sorpresa. Bien porque sufría quemaduras de primer grado a causa del ácido que el psicópata le arrojaba, bien porque éste le tiraba en medio de un pantano con los bolsillos llenos de piedras, o cualquier otra atrocidad ingeniosa. La verdad es que era un regalo original.
La radio y el periódico locales no daban abasto para publicar tantas noticias terroríficas. Los contratos de publicidad de estos medios subieron como la espuma, y hasta la prensa nacional se hizo eco del asunto. También es verdad que la mayoría de la población no podía pagarse el psicópata y se levantaron voces de protesta. Se llegó a hablar de injusticia social y de la necesidad de ampliar el servicio de psicopatía a costa del erario público. El Ayuntamiento, en un pleno extraordinario, decidió convocar un concurso-oposición para cubrir plazas de psicópata diplomado y la oposición municipal tachó al alcalde de oportunismo político y demagogia.
Tanta publicidad se dio al asunto que acudieron psicópatas de todo el país. Al aumentar drásticamente la oferta, se produjo un reajuste en la demanda, provocando una bajada exponencial en los precios, hasta el punto de que sólo los psicópatas chapuceros podían trabajar por tan poco dinero. La mayoría se puso a robar para sobrevivir.
Al principio, Prudencio Azurmendi Buendía ajustó sus honorarios para competir; más tarde, hizo rebajas fuera de temporada y ofertas especiales en Navidad y Semana Santa. Pero era inútil. Había mucha competencia desleal. Sin embargo, como hombre de recursos, consiguió un contrato en la policía científica.
La ciudad, cada mañana, amanecía con sus calles hechas un asco, llenas de víctimas de psicópatas en paro y otros sádicos espontáneos. Él que conocía bien la profesión, ayudó a desentrañar muchos casos y logró un prestigio que, hasta ahora, nadie le discute.
Afortunadamente, aquella capital de provincia tiene ahora el índice más alto de criminalidad del país y a él le espera un brillante provenir. También es cierto que el sueldo de funcionario no da para muchas alegrías, pero al menos no se pone perdido de sangre en el trabajo.
Y lo que es más importante, en aquella ciudad nadie se aburre ya.