jueves, 26 de noviembre de 2009

Una caminata por Siete Picos.-

La previsión meteorológica para el pasado sábado 21, día que hemos subido a Siete Picos (2.038 m. aprox.), era que pasaría un frente lluvioso y que tendríamos agua. Pero qué va, no nos ha caído ni una gota, aunque, eso sí, la temperatura estaba en torno a los 6º C y las nieblas nos han acompañado durante gran parte de la mañana. El viento venía a rachas tan fuertes que nos obligaba a pegarnos contra las paredes rocosas a la espera de que amainara para trepar por los enormes bloques graníticos que forman los picos. Porque es lo que tiene subir hasta aquí, que el acceso desde el puerto es relativamente fácil; así que hay que quemar energías trepando a alguno de los picachos. Una vez puestos al pie de los mismos, la caminata se convierte en un tobogán: trepas por los bloques de granito buscando hendiduras y pasos que den acceso a la cumbre. Una vez allí, echas un vistazo al paisaje, o sea, a la niebla que te rodea, bajas y te vas al pie del nuevo pico donde repites la operación.
Salimos del aparcamiento del puerto de Navacerrada, fuimos hacia el Escaparate y tomamos la loma junto a las pistas de esquí para llegar al pico del Telégrafo. Apenas alcanza éste los 1.975 metros y es de muy fácil acceso. Su nombre le viene de que aquí había una torre del telégrafo óptico que formaba parte de la red de telégrafos que comunicaban los Reales Sitios. Esa torre corresponde a la línea Madrid – San Ildefonso (montada en 1832), con dos estaciones intermedias, una en Hoyo de Manzanares y la otra aquí en Navacerrada, en el cerro del Telégrafo.
Posteriormente, en 1846, esta red sirvió de base para un proyecto más ambicioso con 52 torres: la red que unía la capital del reino con San Sebastián, pasando por Valladolid, Burgos, Miranda y Vitoria. Eran tiempos de las guerras carlistas y cumplía una función militar.
De aquella torre de señales no queda ni vestigio. Se ve que por sustituir una técnica de comunicación tan rudimentaria por otra de acreditada longevidad, en lo alto de las rocas próximas han puesto una imagen religiosa que otea los pasos del desapercibido montañero, a quien nadie le ha preguntado por sus creencias. Si le hubiesen preguntado, quizás éste prefiriera ver representada a la Pachamama por una umbrosa espelunca en la roca.
Recorridos los picos y, después de corretear por los altos riscos, bajamos hacia el collado Ventoso, lo atravesamos y subimos al cerro del mismo nombre para bajar al puerto de la Fuenfría. Desde allí, por la calzada romana, hasta casa Cirilo, donde nos esperaba el autobús. Al pasar por el puente del Descalzo hice una foto al bonito tejo que crece en el arroyo, al pie del propio puente. La dejo aquí, ilustrando este texto.
Más contento que unas pascuas, bien oxigenado, y con ganas de una ducha calentita, regreso a casa y ya estoy pensando en la próxima salida: una marcha de senderismo que nos llevará por tierras de Patones y el embalse del Atazar.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Las ocupaciones del jubilata.-

Muchas, el jubilado tiene muchas ocupaciones. Obligaciones laborales, ninguna, pero su agenda está llena de actividades que podríamos incluir en el capítulo de las “no productivas”, lo que no quiere decir que sean ocupaciones inútiles, simples pérdidas de tiempo, o excusas para pasar el rato.
¿Qué puede hacer un jubilado con todo el tiempo a su disposición? Todo menos remolonear en la cama hasta las mil y una, deprimirse porque su vida es una inutilidad, pasarse el día delante del televisor o enfurruñarse porque ya no comprende la sociedad que le rodea y le parece que “en mis tiempos” el mundo funcionaba mejor. No hay cosa más lamentable que esos jubilados que estorban en casa, de puro inútiles que son, y les mandan a dar vueltas por el parque hasta la hora de la comida.
Aquí, quien suscribe, decidió al poco de engrosar las filas de la legión de clases pasivas, que iba a dedicar parte de su tiempo a actividades de tipo social y se hizo voluntario de una ONG. Un dilema, oiga, eso de encontrar una ONG que le cuadre en función de sus aptitudes. Ya se sabe que hay tropecientas instituciones, fundaciones u organizaciones sin ánimo de lucro que las regentan, y detrás de ellas una ideología que las sustenta. Y uno, que está por la sociedad laica y civil, al margen de directrices ideologías sean religiosas o políticas, se decantó por una organización no muy grande ni excesivamente conocida, implicada en actividades sociales y de cooperación al desarrollo. Y dentro de ella, por un programa que le venía como anillo al dedo, que se adaptaba muy bien a ese barniz cultureta que le ha impregnado a lo largo de su vida. Total, que el jubilata que esto escribe se hizo voluntario del Programa del Libro Solidario.


¿Qué hacemos los que trabajamos dentro de este programa? Hacemos bibliotecas que Solidarios para el Desarrollo envía a países del Sur, donde el acceso al libro es prohibitivo de puro costoso. Formamos bibliotecas para colegios, para centros de formación de educadores y también para cárceles. Pero no sólo eso. También se hacen campañas para dar a conocer nuestra actividad, aprovechando el Día Internacional del Libro, el día de los Museos, o actividades similares y que, aunque sea de una forma tangencial, tengan relación con los libros.
Esta vez hemos montado un chiringuito de libros en la universidad de Somosaguas (aquí en la foto) y allí he pasado un par de días vendiendo (por un precio simbólico, 1 o 2 €) libros a los estudiantes y dando a conocer nuestra actividad. El improbable lector que esto lea puede imaginarse que uno no estaba allí por negocio, que no pierde su precioso tiempo de jubilata marchoso en recaudar unas decenas de euros al cabo del día. Uno está allí para dar a conocer nuestro trabajo. De paso, el jubitala se lo pasa bien entre tanta gente joven, se relaciona con ella, libro mediante, y sale de su corralito mental. Porque ese es uno de los problemas del que anda camino de lo que llaman, con hipócrita condescendencia, la tercera edad, que ve reducido su mundo a la gente de su edad y del resto no tiene más noticias que las que le llegan a través de los media, con sus tergiversaciones y sus anuncios de por medio.
Por eso y más cosas, el jubilata se apunta al voluntariado y a un bombardeo, en cuanto hay ocasión. Que corra el aire…

domingo, 15 de noviembre de 2009

Sólo son cuentos.- Historias de otoño, 2.

Amores que ruedan.-
La conocí por casualidad. Coincidíamos en el bus 95, en la cabecera de línea, a las siete de la mañana, y ocupábamos asientos próximos. Ella leía algún libro y yo ojeaba un periódico deportivo, hasta que un día me fijé en ella con detenimiento. Debía de andar por los cuarenta años y su pelo era castaño y los ojos del mismo color. Vestía siempre faldas que, al sentarse, dejaban asomar el arranque del muslo. Sus manos eran finas y cuidadas, como de secretaria, y no llevaba alianza en los dedos.
Un día me decidí y le hablé: - Coincidimos a diario y usted me gusta mucho. ¿Le importa que me siente a su lado?
Tuvo un momento de desconcierto y me miró con cierta desconfianza, pero mi cara ya le resultaba familiar. Con una sonrisa, entre tímida y maliciosa, aceptó mi atrevimiento y me invitó a ocupar el asiento de al lado. Desde aquel día viajábamos siempre juntos. Charlábamos y nos gastábamos bromas y, casi sin darnos cuenta, empezamos a rozarnos como por descuido.
Enamorarnos fue cuestión de tiempo. A partir de entonces, nos sentábamos en la última fila de asientos del bus, nos cogíamos de las manos y empezamos a besarnos. La gente dejó de existir para nosotros. En nuestro rinconcito, abrazados, mirándonos a los ojos y comiéndonos a besos, el autobús nos acunaba con sus frenazos y acelerones.
Cada día, nuestras vidas empezaban en la parada de cabecera y terminaban media hora después, cuando ella bajaba para tomar el metro. Yo la despedía lanzándole besos como mariposas a través del cristal y ella se volvía un momento, abría los labios en forma de corazón y me lanzaba un beso redondo que llegaba hasta la ventanilla como un anillo de humo. Y mi vida quedaba en suspenso hasta el día siguiente, a las siete de la mañana.
Nunca nos planteamos el futuro; simplemente, vivíamos al día nuestro paraíso rodante, entre caricias y palabras tiernas. Ella llegaba a su parada y bajaba; lanzaba contra la ventanilla sus besos de anillo y la boca del metro se tragaba a mi amor de madrugada envuelta en una masa de gente gris.
Un día se me ocurrió bajar con ella y acompañarla al metro. En el andén, mientras esperábamos su tren, nos besábamos apasionadamente. El tren llegó sin darnos cuenta, se abrieron las puertas y allí, frente a nosotros, apareció mi hija casada. Hacía un par de semanas que tenía trabajo y aquella era su parada.
Ahora, cada mañana, mi mujer me acompaña al autobús. Se pone una bata guateada encima del camisón, se calza las pantuflas y no me deja hasta que el autobús arranca. Mi amor de madrugada se compró un coche y no la he vuelto a ver.

martes, 10 de noviembre de 2009

Releyendo.-

Hace unas semanas cayó en mis manos un viejo ejemplar de la célebre novela de Daudet, Tartarín de Tarascón (Alphonse Daudet, (1840-1897) Aventures Prodigieuses de Tartarin de Tarascon. Flammarion, 1950). Y decidí leerlo.
Recuerdo haber leído las aventuras de Tartarín siendo yo niño de escuela pública, cuando lo de la ayuda americana, que mi madre me hizo un taleguito donde llevaba una jarrita de aluminio para beber en la escuela aquella leche en polvo que el amigo yanqui nos regalaba por ser el bastión de los sagrados valores de la Civilización Occidental frente a la horda marxista de allende los Pirineos.
En aquel entonces leí el libro como cosa de niños. Eran divertidas sus aventuras y un tanto grotescas, razón suficiente para considerarse que era una historia propia para chavales y no lectura de mayores. Al fin y al cabo, se trataba de las aventuras de un francés meridional sanchopancesco que se creía un aventurero quijotil y hacía cosas ridículas.
Esta vez lo he releído pero con ojos curiosos, como de persona mayor; de lector con muchos quinquenios de lectura con estos ojitos que se ha de comer la tierra. Y la nueva lectura tiene más enjundia. Es cierto que las aventuras de Tartarín son ridículamente divertidas, el personaje es un bajito tripudo, fatuo, fabulador y pretencioso, cuyo mayor mérito entre sus convecinos es ser el mejor cazador de gorras de todo el pueblo. Porque Tarascón es un pueblo de cazadores. Solo que en los campos de Tarascón no hay nada que cazar. Para compensar esa carencia, los tarasconenses salen los domingos con sus escopetas, comen bien de sus tarteras, sestean un rato y cazan sus propias gorras. Las tiran al aire, se echan la escopeta a la cara y ¡Pam, pam! a ver quién agujerea más veces su gorra de cazador. Tartarín es el rey de los cazadores de gorras tarasconenses y de ahí su fama y su prestigio social. Tanto, que se corre por aquella ciudad provinciana la falsa noticia de que Tartarín piensa ir a Argelia a cazar leones, y él, fatuo y fantasmón, es incapaz de desmentirlo y no tiene más remedio que ir para quedar bien. En Argelia le engañan un falso príncipe de Montenegro y una morita, le roban el dinero y la impedimenta, mata un borriquillo inocente, y por fin, logra matar un león. Solo que éste es ciego, está amaestrado y lo exhiben de pueblo en pueblo para sacarse unas perras. Regresa a su ciudad seguido por un camello zarrapastroso pero fiel, y es recibido en olor de multitud por los tarasconenses.
Bien. La historia está escrita con gran humor y sus episodios son hiperbólicos, pura exageración para resaltar el ridículo comportamiento del heroico Tartarín frente a una realidad muy otra. Porque Daudet hace burla del carácter mediterráneo de las gentes del Midi: fanfarrones, exagerados y fabuladores, triperos… Representa muy bien este carácter en el propio protagonista, que es bajito, grueso, de barba cerrada y voz potente, pero aburguesado; vive apaciblemente su vida alimentando su imaginación con la literatura romántica de la época: viajes de exploración por África y aventuras con tribus salvajes y cacerías de enormes fieras.
No obstante, la Argelia colonial donde se mueve Tartarín no tiene nada de heroica. El autor dice (entresaco unas de frases): “…esta formidable y chusca Argelia francesa, donde los perfumes del viejo Oriente se mezclan con un fuerte olor a absenta y a cuartel” “…Un pueblo salvaje y podrido al que civilizamos dándole nuestros vicios…” Entre aventuras disparatadas y absurdas, Daudet critica directamente la labor colonial de Francia en tierras argelinas, a las que aquélla trasfiere sus propios vicios, su burocracia farragosa y su desprecio por las gentes que pretende civilizar. Y así, cuando el protagonista se topa con la justicia por matar al león ciego, dice de él: “Vió los apaños judiciales que se trapicheaban en los cafés, el desinterés de los hombres de ley, los dosieres que olían a absenta…” “Conoció ujieres, abogados… todas las langostas del papel timbrado, hambrientas y demacradas, que comían al colono hasta las cañas de las botas y les desmenuzaban hoja a hoja, como a una planta de maíz”.
Creo que el hecho de estar tan bien escrita la novela y ser tan divertidos sus episodios hacen olvidar el trasfondo: la crítica a la labor colonial de Francia en el Norte de África. Es un caso en el que la buena literatura enmascara la intención crítica subyacente y los lectores toman la parte por el todo: las aventuras risibles del cazador provinciano hacen olvidar al lector la realidad de unas tierras colonizadas bajo el paraguas de la civilización occidental, donde predomina la burocracia sobre la iniciativa, la arbitrariedad sobre la justicia, la explotación y el abandono, con pueblos hambrientos golpeados por la miseria, mientras los colonizadores pasan el día en los cafés bebiendo absenta y discutiendo proyectos de reforma.
Las aventuras de este don quijote sanchopancesco, vistas bajo el prisma de la parodia y la ironía - como ya se ha dicho – son el vehículo desenfadado por el que se critica la colonización. Lo cual, viniendo de un hombre del siglo XIX, que llegó a conocer el Tratado de Berlín de 1885 con el reparto de África entre sus depredadores europeos, muestra la lucidez del autor. Podía haber adoptado una visión chovinista –tan francesa, según el tópico– sobre los beneficios de la colonización, pero optó por poner ante los ojos del lector de su época una realidad que deja malparado a su propio país en cuanto administrador y explotador de aquellas tierras argelinas.
Y es que un escritor de novelas puede fabular, divertir y denunciar desmanes. Todo en una obrita tan desopilante como es el Tartarín de Tarascón, que leí siendo niño y releo siendo jubilado.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un poco de sociología parda.-


Esta semana se nos ha ido en cosas de hospitales, con continuas idas y venidas de casa al Doce de Octubre y viceversa. Ya puede uno imaginarse lo que es pasarse el día en un hospital-colmena como es el Doce: un gentío de enfermos y familiares pululando por ascensores y pasillos; un desbarajuste, eso de la localización de servicios sanitarios, con indicadores que desconciertan más que orientan; un tedio las interminables esperas; un afán angustiado por oír el oráculo de la doctora que atiende a nuestro familiar… Y, además, esos largos viajes en metro, porque desplazarse en coche es una abominación y porque, para encontrar plaza en el aparcamiento, necesitas tener a todos los santos de cara y éstos no hacen buenas migas con los que nos confesamos laicos.
Viajar en metro –Línea 5 hasta Callao, trasbordo a Línea 3 hasta la estación del Doce, y regreso– son muchas estaciones y mucho tiempo dentro de los vagones. Aunque uno termine hastiado de tantas horas de espera en la habitación y viaje aburrido y vea indiferente el pasar de estaciones y el trajín de entradas y salidas, no deja de prestar atención a lo que ocurre en su entorno. Ya se sabe cómo es el metro madrileño: un agregado aleatorio de gente ensimismada, individuos sin más vinculación entre ellos que la casual coincidencia física en el mismo trayecto, a la misma hora y en el mismo coche: Mónadas refractarias a toda cohesión.
Si, de regreso a casa y a pesar del tedio acumulado durante las horas de hospital, uno se para a observar la fauna urbanita que viaja, puede hacer sociología de bolsillo. En el metro de Madrid se lee, no sé si más o menos que en los suburbanos de otras ciudades, pero se lee y bastante. Desde que se lanzaron los periódicos gratuitos, siempre hay gente que los ojea y, al salir, los deja sobre el asiento para el siguiente viajero. También se lee novela y abunda últimamente el ejemplar de best-seller tamaño ladrillo de chica incendiaria. También abunda el viajero acusmático, el que se pasa estaciones y más estaciones enchufado a los auriculares de su MP3 (o equivalente). Éste suele presentar una cara de colgao en su nirvana musical y no muestra síntomas de contacto con el mundo terrenal y, a mi parecer, es lo más parecido a un saco de patatas abandonado sobre el asiento. Los del móvil son el único grupo de seres parlantes, presos en la maraña de las redes telefónicas, articulando sonidos que embudan por el minúsculo aparatito; éstos son seres subducidos por la tecnología de la comunicación, incapaces de comunicarse con nadie que no esté a kilómetros de distancia. Y hay los que no hacen más que dejarse llevar; éstos no leen, no escuchan música, no hablan por teléfono, simplemente miran al vacío mientras el convoy va desgranando estaciones. Uno creería que han perdido toda noción del tiempo y el espacio, pero no, en cuanto llegan a su destino recuperan la conciencia al abrirse las puertas y desaparecen andén adelante.
Y están los supervivientes, los que encuentran su sustento en las galerías del metro. Son individuos que logran alcanzar su nivel de subsistencia escarbando en el bolsillo de los viajeros. Todos tienen en común el afán por lograr unas monedillas con las que ir tirando, pero sus tácticas de supervivencia varían en función de su capacidad para atraer la atención. No es lo mismo tocar un instrumento que vender bolsitas de pañuelos o desgranar, con voz plañidera, las desgracias que le han llevado a la necesidad de pedir. De todos ellos he encontrado ejemplos variopintos a lo largo de mis viajes entre el Doce y mi casa. Son los marginados que tienen una existencia apenas perceptible, están pero no se ven, y sólo en el ejercicio de su necesidad adquieren corporeidad ante el viajero de metro por breves minutos. Pero creo que hablaré de ellos en otra ocasión.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Una utopía en el Reina Sofía.-


Aunque lo parezca, no se trata de hacer un pareado. Es que he ido a visitar la exposición sobre el Constructivismo ruso y eso es lo que me ha parecido: los artistas rusos coetáneos de la revolución soviética vivieron ésta con la fe que se pone en las utopías: el arte al servicio de una sociedad nueva.
Antes que nada, no sé si ha sido casualidad el hecho de que en estas semanas haya en Madrid dos exposiciones distintas dedicadas al más representativo de los constructivistas rusos: Aleksandr Rodchenko. Una de ellas en la Fundación Canal, la otra en el Reina.
La primera, la de Fundación Canal, “Rodchenko fotógrafo”, dedicada a su faceta de fotógrafo. Como tal, tuvo la originalidad de cambiar el punto de vista del objetivo fotográfico, de forma que abandonar el encuadre y la posición frontal, heredadas del retrato clásico, para adoptar unas veces la visión angular cenital, y otras en ángulo nadir (de abajo arriba), produciendo imágenes impensables hasta entonces. Trata, así, de mostrar la vida cotidiana vista desde nuevas perspectivas.
La segunda, que lleva por título “Definiendo el Constructivismo”, presenta a la par las obras de Rodchenko y la pintora Liubov Popova. Ambos se suman a la causa de la revolución rusa y ponen su arte al servicio de la sociedad. Ambos cuestionan los principios del arte tradicional y se preguntan qué papel ha de desempeñar el artista en la nueva sociedad socialista. Alejándose de la tradición burguesa, creen que a la expresión artística se ha de llegar disponiendo de los materiales objetivamente, como lo haría un ingeniero, de forma que la producción de obras de arte se atenga a los mismos principios que cualquier objeto manufacturado. Creen en el trabajo colectivo de los artistas y en que éstos han de contribuir a la mejora de la vida cotidiana a través de su arte.
Esta necesidad de ser útiles a la sociedad hace que se muevan en distintos campos de la expresión artística y apliquen el constructivismo a la publicidad, al diseño de libros, a los carteles, la decoración de obras teatrales, diseño para la industria textil… en fin, la fotografía y el cine.
En el otoño de 1921 organizan una exposición que denominan 5 x 5 = 25, donde dan por finalizada su relación con la pintura. Cinco artistas que presentan 5 obras cada uno, y que diseñan cinco portadas para los 25 ejemplares, hechos a mano, del catálogo de la exposición. Aquí plantean el rechazo de la expresión personal en favor de la objetividad. La Popova realiza obras de contenido geométrico sobre cartones o contrachapados sobre los que esparce aserrín para resaltar la materialidad de sus composiciones. Rodchenko esquematiza las suyas hasta reducirlas a líneas porque considera éstas el único elemento esencial en la obra de arte; el color, la textura, la tonalidad son sólo elementos decorativos que imitan la apariencia de las cosas. Incluso en los nombres que dan a sus obras se manifiesta esta tendencia: “composición”, “pintura no objetiva”, “construcción lineal”, “cuadrado y círculo”… Imagino que no están lejos de la influencia del suprematismo, de Malévich.
Una de las salas de la exposición está dedicada a las esculturas, que son la expresión de un acercamiento al mundo de la realidad en sus tres dimensiones, frente a la planitud de la pintura, que representa una realidad fingida. Lo interesante es que Rodchenko llega a la expresión escultórica a partir de figuras lineales, como listones de contrachapado o chapas metálicas. Un salto de la línea a la tridimensionalidad, de la representación a la realidad mediante el uso de materiales de uso cotidiano.
En fin, para no cansar al improbable lector, en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales de París, 1925, Rodchenko es responsable de construir el “Club Obrero”, lugar de ocio colectivo de los trabajadores, donde el confort propio de los clubes burgueses se sustituye por mobiliario funcional geométrico. Allí hay mesas y sillas para lectura de libros y periódicos y un espacio para el juego de ajedrez, cuyos diseños son muy lineales y están desornamentados de todo ringorrango superfluo.
Pues eso, que he disfrutado siguiendo paso a paso la exposición y que la recomiendo a quienquiera que esté interesado en el mundo de las vanguardias artísticas. Tampoco es necesario ser un experto, basta con tener unas nociones básicas previas y observar con detenimiento. Eso sí, lo allí expuesto choca con nuestra educación estética tan pequeño burguesa y adoncenada, acostumbrada a la expresión figurativa y al reflejo de la realidad con sus colorines convencionales. Pero merece la pena el esfuerzo.
¡Ah! Un par de fotos las he sacado de los catálogos, para ilustrar el texto. Nadie se lo tome a mal.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Jubilata y prostático.-

O viceversa. O, a lo mejor, lo de jubilata y prostático es algo que tiene que ver con la edad… Creo que sí, que ambas cosas sobrevienen con la edad, no nos engañemos.
Pero ¿qué dice este hombre? Imagino que pensará el improbable lector de esta bitácora. Pues eso, que digo que arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Si tú, impaciente lector que esto lees, crees que a ti no te va a pasar – lo de ser prostático, digo – lo llevas claro. Espera y verás. En cuanto pases de los 50 y el chorrillo del meo vaya menguando en intensidad, ya me lo contarás.
Por supuesto, por supuesto, me refiero a los lectores, no a las lectoras… Y en este caso, casi estaría dispuesto a afirmar que estamos ante una discriminación positiva al dejar al margen a las féminas. Aunque ellas ya tienen bastante con el climaterio, ahora que caigo.
Viene al caso porque esta semana he ido a la revisión urológica. Una gracia eso de pasar por la consulta del urólogo. Primero te manda los consabidos análisis de sangre y orina, lo que tampoco es para ponerse de los nervios. Lo jodido comienza con la ecografía, que tienes que ir con la vejiga a reventar, como las embarazadas para ver si el fetillo tiene o no pilila, y el radiólogo te empieza a apretar con la alcachofa y te entran ganas de mearle en la bata, y encima te deja pringado con el gel ese que te echa sobre semejante parte.
Pero, cuando vuelves a la consulta del urólogo con los resultados y te dice lo de “Vamos a hacer un tacto rectal. Bájese los pantalones y apoye las manos sobre la camilla”, entonces es cuando te entran sudores fríos. Que a nadie extrañe. Es que los que hemos nacido a mediados del siglo pasado no estamos acostumbrados a según qué prácticas, y eso de verse uno espatarrado y ensartado digitalmente por la retaguardia, aunque sea con profesionalidad médica y sin mediar pasión nefanda, es un trágala.
Por fin, terminadas las manipulaciones rectales, cuando el docto oráculo tiene a bien explicarte qué coños pasa con tu próstata, es para hacerte reproches del tipo: “Pues su P.S.A. está un poquito alto”. Y tú, que no sabes qué es eso, dudas entre justificarte –como si lo del P.S.A alto fuese culpa de tu mala vida pasada– o acojonarte directamente.
Ya digo ¡qué malos tragos los del jubilata! Al final, sales de la consulta con las recetas para las pastillitas que te hacen mear ligero y te vas corriendo al bar más próximo. Una cerveza, que es diurética, y un cigarrillo para compensar los sinsabores pasados.
Y a esperar la revisión del próximo año, sólo que esa vez ni cigarrillo nos van a dejar. ¡Jodidos políticos!

domingo, 25 de octubre de 2009

Senderos, petroglifos y un castro en tierras segovianas.-

Alguna vez ya se ha dicho en esta bitácora que las salidas campestres de la Agrupación Aire Libre se hacen con la intención de disfrutar de la naturaleza y, cuando es posible, complementarlas con alguna actividad cultural. Y la marcha de este sábado pasado ha venido al pelo para los fines propuestos.
Nos hemos movido por las llanuras segovianas, por la comarca de Nieva. Sobre el plano, es como si hubiésemos hecho una gran Y tomando como vértices los pueblos de Domingo García, Bernardos y el cerro del Tomejón. En realidad, no salimos desde el mismo Domingo García, sino junto al cerro donde está la ermita de San Isidro y el roquedo donde hay una abundante muestra de petroglifos. Ésta es una zona de pizarras, algunas de las cuales han aflorado formando roquedos aislados. En las paredes verticales de algunas rocas, pulimentadas por la erosión, hay una abundante colección de grabados rupestres realizados mediante un piqueteado que perfila el dibujo o por un tosco bajorrelieve.
El muestrario de imágenes, guerrero armados y a caballo, escenas de caza, animales como caballos, perros y bóvido, abarca desde el Neolítico hasta la Edad Media. Aunque, para ser más exactos, hasta los tiempos actuales, ya que rompiendo las antiguas figuras hay letreros del tipo “fulanito estuvo aquí”, o las iniciales de algunas personas que han querido dejar constancia imperecedera de su paso por allí y de su incultura manifiesta.
Sobre el cerro, la ermita románica de San Isidro, que no mantiene en pie más que su muros deteriorados y agujereados, por donde uno puede ver retazos de llanura siguiendo el contorno
irregular de los huecos. Tiene de interesante, además, que al pie del ábside se pueden ver aún varias tumbas antropomorfas visigodas tanto de adultos como de niños, muy deterioradas por la erosión. La ermita está en un estado tan lamentable que cualquier día se vendrán abajo algunos de sus lienzos y ya será irrecuperable. El edificio está incluido en la “lista roja del Patrimonio” a causa de su deterioro.
Camino adelante, llanuras cerealistas que rompen su monotonía gracias a que el relieve está un poco alomado. Frente a nosotros, el cerro del Tormejón y, un poco más allá, la depresión por donde discurre el río Eresma. Este cerro del Tormejón es un antiguo castro celtibérico de la época del Hierro, un asentamiento bacceo, que domina la llanura. Está protegido por un gran farallón calizo de paredes verticales y a sus pies discurre el arroyo del mismo nombre y, un poco más allá, el Eresma. Mirando hacia el este pueden verse las choperas del río, con sus vivos colores otoñales. Por el sur pasa la antigua línea férrea que unía Segovia con Valladolid, actualmente en desuso con la nueva línea del AVE. Fue un lugar fácilmente defendible y que domina la llanura circundante, abundante en aguas gracias al arroyo próximo, y al que se accede por una rampa excavada desde el pie del arroyo.
Sobre el cerro hay una ermita cuya primera fábrica es del S. XI que coincide con la repoblación, aunque actualmente no presenta al exterior características que llamen la atención. Al interior, por lo que he leído, se conservan pinturas murales románicas.

La excursión nos llevó hasta la alameda del río, donde el grupo se echó unos cantes y algún baile más o menos acompasado antes de emprender el regreso.
Estas tierras, de apariencia tan desolada en este otoño seco, están cargadas de historia y bien merecen una visita a sus pueblos, muchos de los cuales tienen el nombre de sus antiguos pobladores. Además de Domingo García y Bernardos, existe un Miguel Ibáñez y un Miguelañez, sin olvidar una Armuña (el “huerto” en árabe) que habla del poblamiento árabe en tiempos anteriores a la reconquista. Y sin olvidar, claro está, Nieva, con su iglesia y claustro románico que no puede dejar de visitarse.
Y ya vale, que luego el personal se me cansa de leer…

miércoles, 21 de octubre de 2009

Del Puerto de Santa María a Cádiz con el Adriano.-

Ya estamos de vuelta. No es que me haya olvidado de esta bitácora virtual, no; es que los jubilatas tenemos esas cosas, que un buen día desaparecemos de casa sin dar explicaciones a nadie Son las ventajas de no tener ya un jefe reconocido y mandón, como cuando estábamos en activo.
Pues eso, que hemos pasado diez días en la bahía de Cádiz, viendo amanecer el sol por sobre las dunas del parque natural Los Toruños, junto a Valdelagrana donde teníamos nuestro alojamiento, y viéndolo ponerse sobre el mar, con Cádiz como telón de fondo. Un privilegio estético para los que soportamos las sempiternas obras públicas a las que nos somete el alcalde-faraón de Madrid.
Pero de estos días de aire limpio, placidez y largos paseos por la casi solitaria playa de Valdelagrana no quiero hablar ahora, sino del Adriano Tercero. Este Adriano no es un viejo emperador romano, sino lo que en el Puerto de Santa María llaman popularmente “el vaporcito”. Un viejo vapor construido hace más de 50 años en unos astilleros de Vigo (según la placa que hay en el castillo de proa) y que, desde su botadura, hace regularmente el trayecto entre el Puerto y Cádiz. Se trata de un barquito de dos cubiertas, construido totalmente en madera que atraviesa la bahía en cuarenta minutos y permite disfrutar de una travesía singularmente bella. Viajar en él tiene algo de familiar y entrañable. El acceso está en la cubierta superior y, como ésta es de techo bajo, siempre le advierten a uno que agache la cabeza para no darse un coscorrón. También, cuando va a salir y se anuncia con dos golpes de sirena, advierten a la gente para que se tape los oídos porque el barco será pequeño, pero tiene un “sierenazo” tan potente que puede sobresaltar a turista que llega a creerse protagonista del naufragio en el Titanic.
Tiene el vaporcito su amarre en un muelle sobre el Guadalete, junto a la antigua fuente de las galeras, donde, antes de hacerse a la mar, hacían la aguada las galeras de su majestad. Desciende por la desembocadura del río Guadalete, entre dos largos espigones, atraviesa la bahía meciendo al viajero con un suave oleaje y atraca en el muelle comercial del puerto de Cádiz.
Precisamente, este año cumple 75 la empresa Motonaves Adriano S. L. que es la propietaria del Adriano Tercero. Aunque no tengo datos, sé de oídas que en 1929 se botó el primer barquito, de nombre Covandonga, que hacía la travesía. Éste fue sustituido por el Adriano I, por el Adriano II después, y actualmente está en activo el tercero de ese nombre.
Dejo aquí un par de fotos – mías, y por lo tanto, no muy buenas – del barquito.

viernes, 9 de octubre de 2009

Empecinado en el book crossing ese.-

Abandonar libros en el parque, o, quien dice el parque dice en el Metro, o en las paradas del bus no es tan divertido como parece. ¿Nunca has dejado al azar un libro en un banco del parque? Yo sí: todos los que relaciono al final de esta entrada, más los que dejé dichos en la entrada que colgué el 4 de septiembre pasado. Y no sé si arrepentirme o seguir en el empeño. Por un lado, abandonar un libro es como abandonar un huérfano a la puerta de la inclusa; pero por otro lado, una novela ya leída y ocupando un espacio en un piso pequeño no deja de ser un estorbo.
Nuestra sociedad tiene una cierta inclinación por abandonar estorbos allá donde mejor le pete. No hay más que recordar el tópico de la clásica familia de clase media que se iba de vacaciones a la playa y abandonaba al abuelo prostático en los retretes de una gasolinera. O el abandono del perro doméstico en medio de la carretera porque ya ha crecido y ha dejado de ser esa bolita de pelos juguetona que tanto gustaba a los niños, y es un engorro de cuidado sacarlo todos los días e ir con la bolsita recogiendo la mierda. O el abandono con nocturnidad – preferentemente junto a los contenedores de papel y vidrio – de televisores, microondas, muebles desvencijados, colchones con manchurrones sospechosos, y un enorme y largo etcétera.
Pues, eso, que abandonar un libro, aunque con la mejor intención, produce un ambiguo sentimiento de pequeña traición y de satisfacción. Lo primero, porque no deja de ser un objeto desvalido, hecho de papel y tinta, que un aguacero puede convertir en burujo inservible, o un ágrafo puede rasgar a manotazos con la secreta esperanza de que se hayan dejado dentro un billete de banco a modo de marcador; o que la indiferencia de los paseantes le condene al ostracismo hasta que los de mantenimiento del parque, hartos de verlo allí, lo echen a la bolsa verde donde van a parar todos los desechos.
Lo segundo, lo de la satisfacción, no deja de ser una pequeña vanidad de cultureta empecinado en culturizar a las masas mediante el señuelo del libro perdido en el parque. Porque el practicante del book crossing (en inglés suena a cosa importante) nunca se ha parado a pensar si realmente la gente que pasea por el parque quiere leer. Porque si lo quiere, tiene bibliotecas públicas donde sacar libros gratuitamente, o le regalarán alguno por su cumpleaños, o, puestos a imaginar cosas, decide acercarse a la librería del barrio y comprarlo. Pero no, el cultureta está convencido de su alta misión cultural evangelizadora y sigue sembrando libros por los bancos del Calero.
En esta duda, confieso que la vanidad cultureta me puede y he decidido continuar con el empeño, así que seguiré perpetrando abandonos de libros con la esperanza de que alguien los lea.
Ahí va la última relación de libros que he soltado a vivir su vida:
Alicia en el país de las maravillas.- Lewis Carroll
Archivos de Salem.- Robin Cook.
Artículos de Crítica Literaria.- Mariano José de Larra
Bachiller Trapaza y la Garduña de Sevilla,El.- Castillo Solozano.
Caballero Invisible, El.- Valerio Massimo Manfredi.
Campos de Castilla.- Antonio Machado
Cuentos.- Leopoldo Alas “Clarín”.
Decamerón, El.-Giovanni Boccaccio.
Genio y Figura.- Juan Valera.
Gigoló (y otros cuentos), El.- Françoise Sagan.
Robinsón Crusoe.- Daniel Defoe.
Sombras Recobradas, Las.- Gonzalo Torrente Ballester.
Últimas Horas, Las.- José Juárez Carreño.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La ciencia española no necesita tijeras.-

También esta modesta bitácora quiere hacerse eco del miserabilismo con que los políticos encaran la cuestión de I+D en esta España de nuestros "Gúrteles" florecientes.
Es una lástima que la refrigeración del agua por capilaridad dentro de un botijo sea un invento tan antiguo y, encima, a lo mejor, hasta moro. Si no fuera por eso, nos compensaría sobradamente de los recortes presupuestarios para el 2010.
Pero no hay por qué extrañarse de esta actitud, porque hay antecedentes ilustres que lo justifican . No hay más que recordar la célebre frase de don Miguel: "Que inventen ellos". "Coño", añadiría yo, para que la cosa quedase más castiza y más así, como muy nuestra.
Quede constancia de mi modesta protesta...

domingo, 4 de octubre de 2009

Un paseo por Gredos.-


Como nuestras caminatas son cosa de salir el sábado, solemos desplazarnos a la Sierra de Madrid, que está a dos pasos. Tiene la ventaja de que en poco más de una hora te pones allí donde vas a hacer la marcha y, una vez terminada ésta, antes de anochecer estás de regreso en casa.
Pero esta vez nos hemos ido hasta Gredos, a hacer senderismo por los alrededores de Gavilanes, pueblo de Ávila a media ladera, entre bosques de pinos. Para quien no conozca estos parajes, Gavilanes es pueblo situado a 822 m sobre el nivel del mar, bajo el pico que llaman el Cabezo y tiene a sus pies el valle del Tietar.
Este pueblo, como los restantes de la zona, ha sido tradicionalmente ganadero y con una explotación agrícola de subsistencia. Como los parajes son escarpados pero abundan las aguas, los alrededores del pueblo están llenos de huertos escalonados y en bancales, donde se ha cultivado tradicionalmente el olivo, la higuera, castaños, limoneros, naranjos, nísperos, además de las hortalizas… La lástima es que cada vez está más abandonada la agricultura y se van deteriorando los bancales y los prados aparecen abandonados.
Nuestro paseo se inicia por una de las callejas o camino entre cercas que nos lleva hasta la fuente de la Cerradilla, donde llenamos las cantimploras y cogemos algunos higos de una higuera frondosa que está próxima cuyas ramas cuelgan por encima de la cerca. En estos pueblos de Ávila son famosos los higos, llamados de cuello de dama, que saben a pura miel.
Desde aquí vamos hasta la acequia que toma sus aguas al pie de la pequeña central hidroeléctrica que está junto a la cascada del chorro de Mingo Chico. Caminamos protegidos por la sombra de los pinos resineros que abundan por la zona. Hay que decir que éstas eran tierras de roble melojo (todavía abundan ejemplares), pero que fueron repobladas con el pino negral para la explotación resinera, hoy día abandonada. Abundan por estos parajes la jara, el tomillo, el orégano, especie ésta que está protegida y no se puede arrancar mientras la mata verdea.
La central hidroeléctrica (la “máquina” la llaman allí) es pequeña, construida en 1.934 para proporcionar luz a los pueblos de alrededor, y todavía sigue en funcionamiento. Tiene como característico el disponer del salto de agua más alto de toda España, ya que se toma a 470 metros por encima de la turbina. El lugar donde está es de ensueño, en una quebrada por donde baja el caudal de Mingo Chico, que ha labrado la roca granítica encajando el chorro. Es zona arbolada, fresca y amena, donde uno puede pararse a descansar, tomar la consabida pieza de fruta y oír el agua cayendo sobre la poza que se forma a sus pies.
Hablando con propiedad, el Chorro de Mingo Chico está cauce arriba. Nosotros llegamos a él trepando por un prado fuera de uso, alcanzando una pista que abandonamos al poco, y tomando un camino que nos lleva a una quebrada por donde desciende el chorro.
Como en todos los trabajos se descansa, paramos a comer en un lugar sombreado, bajo los pinos, donde hay tiempo para el bocata, la charla y el sesteo. La bajada la hacemos sin mayores inconvenientes y, antes de entrar al pueblo, nos acercamos a un venero (la fuente de “la tía Andrea”) donde el agua sale por un caño a flor de tierra, abundante y fresca. Volvemos a llenar nuestras cantimploras para refrescarnos de los calores tan fuertes que nos ha hecho a lo largo del día.
Con el recuerdo de nuestra caminata bajo la arboleda, el apacible murmullo del riachuelo y nuestras cantimploras llenas de agua fresca, volvemos a la ciudad, hasta la próxima escapada.

viernes, 2 de octubre de 2009

A propósito de Madrid, sede olímpica, y 3.-

Raspando.-
¡¡¡¡UUUFFFFF!!!! Por qué poco.....
¡Gracias, Dento Pinheiro!

lunes, 28 de septiembre de 2009

A propósito de Madrid, sede olímpica, 2.-

A por ella.-
Fue un día memorable. Centenares de miles de personas fueron convocadas en la plaza de Cibeles para postular la candidatura a los juegos olímpicos. Millares y millares de Juan Sinnombre acudieron desde todos los barrios de la ciudad hasta formar una masa controlada, alegre y festiva.
Saltando zanjas, atravesando obras, bordeando escombros, con las tripas de la Villa y Corte al aire, la marea humana fue absorbiendo individuos hasta convertirlos en un descomunal ganglio impersonal que clamaba con una sola voz: ¡Queremos los juegos!
– ¿Pero, quién los va a pagar? – Preguntó alguien.
La prensa dijo que aquella convocatoria fue un modelo de acto cívico y convivencia ciudadana donde, lamentablemente, nunca podía faltar algún provocador.
Pero fue un incidente aislado. Al fin y al cabo, somos europeos…¿No?

domingo, 27 de septiembre de 2009

Sólo son cuentos.- Historias de otoño, 1.

A crédito.-
Ella era menudita, guapita de cara y pizpireta. Llamó a la puerta de G. y sonrió a la mirilla. G. era cincuentón y vivía solo en el cuarto piso de una calle con nombre de virgen en el barrio de la Concepción. Al oír el timbrazo, se sorprendió de que alguien llamase a su puerta. Resultaba insólito que vinieran a visitarle y su primera intención fue seguir leyendo aquel libro que acababa de comprar.
Pero el timbre sonó por segunda vez con un golpe corto, como para no molestar, pero enérgico, como pulsado por alguien que no se arredra ante el primer fracaso. G., parsimoniosamente, cerró el libro, fue al recibidor y aplicó el ojo a la mirilla. Ella, desde el rellano de la escalera, del otro lado de la puerta, sonreía a quienquiera que la estuviese observando. Lo hacía docenas de veces al día y sabía esperar.
La lente de la mirilla le ofrecía a G. la imagen abombada, como dentro de una pecera, de una cara sonriente: Veintitantos años, poco más de metro cincuenta, pelo tirante y sujeto a la nuca con un prendedor, observó G mentalmente.
- Una estudiante que se gana algún euro haciendo encuestas - se dijo G. mientras abría la puerta.
Ella tenía unos ojos risueños y escrutadores. No dejaba de sonreír pero observaba. Tantos meses llamando a puertas extrañas le habían proporcionado más de un sobresalto, así que había aprendido a ser prudente. Abrazada a una carpeta demasiado gruesa, y mientras hablaba, valoró el aspecto de G.: estatura media, más bien flaco, pelo y barba entrecanos, tenía el aspecto de esos hombres que, cuando pasan de la cincuentena, se vuelven inofensivos.
- ¿...Tarjetas de crédito? – preguntó G., incrédulo. Que fuesen casa por casa ofreciendo tarjetas de crédito le pareció divertido, así que invitó a la muchachita a entrar.
- ... Ya, pero estas son gratis, sin cuota anual como las de los bancos –, decía ella mientras descargaba su carpeta voluminosa sobre la mesa que le indicó G. en su estudio.
- Una campaña para fidelizar clientes –, le explicaba Alicia. Porque ella se llamaba Alicia. Le dijo su nombre nada más entrar, y a G. le cayó simpática Alicia, la vendedora menudita, de sonrisa franca y que decía llamarse así.
La verdad es que él ya tenía una tarjetaa bancaria, pero la mocita le había caído muy bien. Una tarjeta más no iba a ninguna parte; nunca iba a gastar más de lo que le permitía su sueldo de maestro... Así que ella rellenó el cuestionario con los datos que G. le proporcionó, le hizo firmar, dio las gracias e hizo intención de irse.
Pero él no quería quedarse solo tan pronto. Se sentía algo así como enamorado de la juventud de aquella chica, con un amor tan fugaz como el tiempo que durase su presencia en aquella casa. Así que la invitó a un té y le hizo pasar a la sala.
Cuando se despidieron, él le propuso: - Ven la semana que viene y te contrato otra tarjeta.
Al cabo de siete días ella volvió, tomaron un té, y él le contrató una mastercard. Y, a la siguiente semana, otro té y una visa; y a la otra, una dinersclub y otra tacita de té. Así, hasta que no hubo más tarjetas de crédito disponibles y él no tuvo justificaciones para hacerla volver. Entonces pensó que, si ella tenía dinero bastante, no necesitaría trabajar y podría venir a visitarle a menudo. Así que, como tenía tantas tarjetas, pidió un crédito de miles de euros y los guardó en una bolsa de deportes. La citó un día y le entregó el dinero.
Ella no preguntó nada: con este trabajo, conocía gente tan rara... Se limitó a coger la bolsa y tomar unas largas vacaciones en las playas del Brasil. Harta después de meses subiendo y bajando escaleras, se pasaba las horas tumbada en la hamaca, su cuerpo menudito al sol, con una caipirinha fresquita al lado y sin acordarse del hombre de las tarjetas.
G., pacientemente, esperó semana tras semana a que sonara el timbre y apareciese la menuda y pizpireta Alicia. Por fin, un día, un timbrazo corto y enérgico le hizo levantar la vista del libro que leía. Fue a la puerta y observó por la mirilla: un hombre grueso y con gafas oscuras estaba esperando. G. abrió y el hombre de las gafas le entregó un sobre.
- Una citación del juzgado –, le dijo.
Ante el gesto de extrañeza de G., añadió el hombre grueso: - una cuestión de tarjetas de crédito sin fondos, según parece...