sábado, 28 de enero de 2012

El glaciar de Hoyo Cerrado.-

Que perdone el improbable lector por la tardanza. Ya sé, ya sé: si uno decide mantener viva una bitácora, una amistad, un amor correspondido, o cualquier obligación voluntariamente contraída, lo propio es que deje de pedir disculpas y asuma su responsabilidad. Pero, de verdad, créame usted: no sabía que ser jubilata tuviera tantas y tan variadas obligaciones. Es que me disperso y no paro. Tantos palos toco al cabo del día que parezco el hombre-orquesta de las obligaciones inútiles... y la bitácora navega al pairo. Por eso, no me extraña el gesto de conmiseración que ponen algunos de mis familiares cuando, por ejemplo y un poco avergonzado, les confieso que estudio latín. "¿¡¡Latín...!! y para qué? Jubilado y estudiando esa cosa tan inútil". O cuando les confieso otro de mis vicios secretos: escribir relatos. "¿¡¡Cuentos!!? ¡Si nadie te va a publicar...!" Me miran como a bicho flojo de neuronas y piensas -estoy seguro de ello- "Debe ser una modalidad de alzeimer aún sin diagnosticar".
En fin, que entre la incomprensión familiar y las obligaciones inútiles, no sé dónde tengo la cabeza. Por eso, hoy quiero hablar de otra de mis actividades: la montañera (inútil -claro- y peligrosa, según el sanedrín familiar), pero que me proporciona auténticos momentos de dicha al verme triscando por los montes como una capra hispánica bípeda y jubilante.


Fue así: Antes de nada, tomamos un cafelito en Soto del Real y nos acercamos a admirar la colonia de cigüeñas que anidan sobre el tejado de la iglesia. Luego, iniciamos nuestra andadura junto al embalse del Mediano y subimos entre tapias en paralelo al arroyo Mediano Chico. En la pista forestal hay un cartel de la Comunidad de Madrid que, si uno lee de corrido, dice: Monte Hueco de San Blas. pero no, no se trata de un monte hueco propiedad del santo ese de las cigüeñas, se trata de que por la zona hay, o había, una ermita llamada de San Blas en Viejo y por eso el entorno recibe su nombre: Hoyo de San Blas, que visto desde media altura podría semejarse a un gran, gran circo romano cuyo graderío -una tupida pinarada- asciende laderas arriba.

Siguiendo la pista entre pinares, pasamos junto a la antigua casa forestal, hoy sin techumbre, donde puede verse un esplendido ejemplar de cedro. Monte arriba, siguiendo la pista en zigzag que han labrado sobre el entiguo camino, se llega junto a una trampa para cabras montesas. Más arriba puede divisarse otra. Según Juan, estas trampas tienen por objeto capturar cápridos silvestres. La sobrepoblación de esta especie en el entorno de la Pedriza, obliga a atrapar ejemplares que luego reubican en lugares donde no abundan tanto, así que nuestro corazoncito ecológico se tranquiliza al saber que los bichos aquellos no tendrán un mal fin.

Pero es muy cerca de las cumbres donde se encuentra el Hoyo Cerrado, a unos 1770 m de altitud. De aquí, pegando un tirón ladera arriba, se puede llegar en algo más de media hora a la loma de Bailanderos, en la Cuerda Larga. Hoyo Cerrado, para quien no lo sepa, es un pequeño circo glaciar en cuya base puede apreciarse la morrena terminal y lo que fue el pequeño lago formado al cerrarse el glaciar con las piedras arrastradas por los hielos. Actualmente -entienda el improbable lector-, desde hace una enormidad de cientos de años, el lago está colmatado por los materiales de arrastre que se han ido depositando. Un pequeño arroyo serpentea entre la hierba requemada por las heladas, siendo el único y modesto vestigio que queda de aquellas aguas de deshielo que debieron bajar torrencialmente.

No es que uno esté ante los grandes glaciares que aún pueden verse por los Alpes, pero al menos el lugar es un vestigio fósil, en modesto, del antiguo fenómeno de erosión que producía el desplazamiento de los hielos cuando no existía ni asomo de la Comunidad de Madrid, ni su presidenta campo-golfista, ni el FMI, ni las subprimes, ni toda la farfolla del capitalismo financiero que nos amarga los telediarios.

Total, que subimos hasta el glaciar, estuvimos allí, lo cuento y ya he cumplido por esta semana.

jueves, 19 de enero de 2012

Un poco de proselitismo.-




Como me dice un amigo en un correo, los jubilatas de hoy día llevamos una vida "estresante", o sea, que vivimos a tope y llenos de actividades. Cosa que nos retrotrae a aquella anterior situación de cuando éramos laboralmente explotados y productivos y el trabajo nos amargaba la vida. Ahora no es que nos la amarguen nuestras múltiples actividades, pero tantos planes como queremos realizar hacen que nos agobiemos un tantico y que no lleguemos a todo aquello que nos gustaría hacer durante el resto de nuestras vidas.

Lo digo como excusa porque tengo bastante olvidada la bitácora. Pero entienda el improbable lector que estoy más liado que un ministro metiendo tijera en todo aquello que atañe a recortes sociales. Claro que con lo mío, afortunadamente, no se trata de empobrecer a mis conciudadanos, sino de simple falta de tiempo.

Bueno, a lo que vamos. Resulta que aprovecho esta entrada de hoy para hacer proselitismo. Pero un proselitismo, digamos raruno. Por eso, antes de ponerme a ello, bueno será advertir que mi religión me prohibe taxativamente captar prosélitos. Dice su primer y único Mandamiento" "No difundirás tus creencias religiosas so pena de excomunión". Por eso digo que se trata el mío de un proselitismo raruno, ya que no afecta a la verdadera y no propagable religión que he adoptado a falta de otra mejor, sino a una de mis más queridas aunque inútiles (económicamente hablando) actividades: el estudio del latín clásico.

Desde hace ya bastante tiempo estoy empeñado en el aprendizaje de esa lengua "muerta"; muerta según quienes decretaron la defunción de la cultura clásica en aras del economicismo rampante. Y resulta que no está tan muerta, que hay por esos mundos un grupúsculo de cráneos privilegiados capaces de mantener una conversación corriente en el más puro latín clásico, y un servidor está dando los primeros pasos en ese idioma que fue lingua franca europea durante siglos; que fue, además, la lengua en que se estudiaban las ciencias y hablaban las personas cultas hasta casi el S. XVIII.

El caso es que un grupo de personas nos reunimos todos los miércoles por la tarde para aprender latín, hacemos lecturas dramatizadas en esa lengua, también ejercicios de expresión escrita e intercambiamos pequeñas conversaciones. Y la cosa marcha. Pues, hombre, si funciona, -pensaba yo-, si una minoría somos capaces de comunicarnos en tal idioma ¿por qué no decirlo por ahí para general conocimiento y para que otros gocen de ese privilegio?

De ahí lo del proselitismo, lo de ganar nuevos adeptos para la causa latina; porque la cultura clásica es patrimonio de todos y está al alcance de quien tenga conocimientos escolares previos, o no (también hay quien se pone a estudiar chino sin pajolera idea), y quiera esforzarse un poco.

Apuntarse a nuestras clases es tanto o más meritorio y divertido que hacerlo a un partido político, a una religión monoteísta o a un club de fútbol, y bastante más gratificante. Los viejos dioses latinos no son celosos y crueles, como los dioses monoteístas; en todo caso son demasiado humanos. Tampoco obligan a defender una determinada ideología política aunque sea a contadriós, ni a insultar al oponente si mete más goles que nuestro equipo. Y si, de todas formas, quieres hacerlo, pues hazlo en la misma lengua en que Julio César escribía los informes de sus conquistas guerreras, o en que Marcial escribía sus ingeniosos epigramas, o Catulo se quejada de los desamores de la veleidosa Lesbia. Incluso podrás encontrar barroquismos como el del dramaturgo Marcus Pacuvius, quien llama a los delfines Nerei repandirrostrum incurvicerbicum pecus. Bueeeno... esto último es por fardar un poco, que hasta ahí nos queda mucho camino por recorrer.

¿Siente el improbable lector curiosidad por lo que le he dicho? Emplee un poco de su tiempo en entrar en este enlace: http://www.facebook.com/pages/Lat%C3%ADn-Vivo-en-Madrid/207849385937861 y verá cómo gente normalita, entre los veinte y los sesenta y bastantes años estamos en ese empeño. Y si vive en Madrid y quiere venir a conocer este grupo de irreductibles latinistas, pásese el miércoles por la calle San Mateo, número 15, junto al Museo del Romanticismo, entre las seis y media y las nueve de la tarde y nos verá metidos en faena y mas contentos que un sapo flauta en una charca verde. Le recibiremos con un: Salve, amice, quomodo vales?

miércoles, 11 de enero de 2012

Tomando el fresco.-

El sábado pasado un amigo y yo cogimos los arreos de montaña y nos fuimos a la Sierra a tomar el aire fresco. Ese sábado, el día siguiente a Reyes, con la madrugada, tomamos el tren que nos llevaba a Cercedilla para olvidar los tufos de las fiestas pasadas. Camino del Metro, pasé por delante de los contenedores donde se acumulaban todos los desechos de los regalos abiertos el día anterior. No es para dicha la cantidad de envases de cartón, plásticos y papelorios de colorines desbordando contenedores y aceras a mi paso. Tanto como para verme obligado a desplazarme por la calzada, a ratos.
Los que, con la infancia, perdimos la fe y las ficticias ilusiones en los Reyes Magos derrochones, agradecemos que la cruda realidad nos muestre las cosas como son: un gasto descontrolado de todo tipo de artilugios jugueteros a los que los niños no hacen más caso que mientras los están abriendo. Ya se sabe que los jubilatas, a fuerza de cumplir años, hemos sustituidos esas falsas ilusiones por un escepticismo irónico, así que pasamos de cabalgatas y preferimos las caminatas.
Sabemos que, tras tanto regalo -vulgar industria de hiperconsumo fugaz- lo que queda es la paga extra en parada cardio-respiratoria y toneladas de envases inútiles que hay que retirar de la vía pública y reciclar, en el mejor de los casos. Como quien dice, tenemos fundadas sospechas de que, tras los interesados regalos de Sus Majestades de Oriente, siempre hay, de una forma u otra, listos urdangarines dándole al manubrio de la caja registradora. Sin contar, ya digo, las toneladas de la industria del cartonaje convertidas en inútil basura.

Es cierto que los jubilatas no andamos sobrados de ilusiones ilusas, pero tenemos algunas ventajas. Por ejemplo,los que ejercen el poder no nos congelan la pensión (incluso nos la suben un generoso 1%) por aquello de que somos millones de votantes y, si nos cabreamos, podemos irnos con el voto a otra urna más a la izquierda. También tenemos otra gran ventaja: que el transporte nos sale baratito, baratito.

Lo digo, sobre todo, por aquello de poderse ir a la Sierra sin pagar billete de tren, lo que tiene doble ventaja: aparte del ahorro -que se agradece- el hecho de que esta gratuidad nos anime a salir con frecuencia al monte a hacer ejercicio, tomar el aire fresco y limpiarnos los pulmones de la contaminación madrileña que doña Botella, siendo concejada de la cosa medioambiental, negaba con tanta convicción como incompetencia.

Lo cual, a mi parecer, produce un grave desequilibrio en la pirámide de población. Me explico: por aquello del transporte gratis, vamos con frecuencia a la Sierra y, como he dicho, hacemos ejercicio, respiramos aire puro y nos mantenemos sanos. Consecuencia adversa: los que vamos para viejos duramos más, la pirámide de población crece por el vértice mientras se estrecha por la base y, encima, tienen que seguir subiéndonos ese generoso 1% anual de pensión para mantenernos contentos. Que ni por esas.

Pensada la cosa en plan maltusiano y neoliberal, deberían retirarnos la tarjeta de transporte. La Lideresa doña Espe se ahorraría una pasta muy útil, por ejemplo, para abrir un nuevo campo de golf, tan necesario para el asueto de las clases dirigentes; la población vejestoria, obligada a respirar el aire contaminado, se moriría más deprisa; las funerarias e industrias auxiliares (tal que los fabricantes de féretros, coches de muertos, floristerías, imprentas, notarías...) tendrían pingües beneficios que darían como resultado el aumento de los contratos de trabajo. Quién sabe, a lo mejor por ahí se salía de la crisis esa que tenemos que pagar con nuestro menguado IRPF.

Elucubraciones aparte, en la cumbre del Montón de Trigo se estaba francamente bien. El aire era diáfano y puro y las vistas de postal. El Peñalara lucía su cara norte nevada; la Cuerda Larga, alomada y tendida, invitaba a una travesía, y Siete Picos parecía al alcance de la bota montañera. Por el lado segoviano, la Pinareja y el Oso lucían señeros. A nuestros pies, los pinares de Valsaín y, allá a lo lejos, en la Castilla llana, las agujas de la catedral de Segovia.
Todo eso, ya ve el improbable lector, gracias a un abono transporte.

martes, 3 de enero de 2012

La mansedumbre de Nuestra Señora.-

En estos días de turrón a mansalva y felicidad de oficio, he entretenido mis ocios de jubilata curioso releyendo Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo. Atrás quedan los tiempos de escolar, cuando me enseñaron que Berceo fue el mejor representante del Mester de Clerecía y aprendí qué eran el tetrástrofo monorrimo y la cuadena vía, en que escribía su poesía de culto hombre de iglesia, allá por el S. XIII, el monje riojano.

Lo he hecho, su lectura, digo, en una vieja edición de la Cía. Ibero-Americana de Publicaciones (Madrid-Buenos Aires). El librito llegó a mis manos en pésimas condiciones, muy deteriorado, impreso en rústica, en un papel quebradizo y de gran acidez, cuya encuadernación restauré hace unos meses. No tiene año de publicación, pero es algo posterior a 1929, por cierta información que allí se da.


Pues bien, cuando uno pierde la inocencia de los primeros años, y relee viejos autores con ojos nuevos que ya saben distinguir si gato o liebre, descubre que las cosas tienen otro cariz a como recuerda de viejas lecturas de bachiller en letras. Y en esta ocasión, he puesto el interés en observar la fuerte carga ideológica religiosa que informa esta obra.

Ya sé que esto no debería sorprenderme, pues el sentimiento religioso impregnaba -como acutalmente en el mundo musulmán- toda la sociedad medieval. Y un estudiante de Historia, como yo fui en tiempos, no debe juzgar con la mentalidad actual comportamientos, testimonios y sociedades que tenían sus propios criterios de comprensión del mundo que les tocó vivir. Su cosmovisión, según se dice.

Pues eso. Lo digo por la subjetividad de mis comentarios, que siguen: Visto con ojos de lector curioso y convicciones laicas, uno se sorprende al comprobar que la siempre dulce Nuestra Señora tiene, respecto a sus devotos, una actitud de dama de alcurnia, orgullosa de sus prerrogativas y dispensadora caprichosa de favores a sus fieles vasallos, que llega a contravenir, cuando le conviene, las leyes divinas y las naturales. Y, respecto a quienes causaban daños a sus devotos, un ensañamiento que roza la crueldad, sin recatar insultos hacia el protervo.

Al obispo que prohibió decir la misa de Santa María a un clérigo ignorante (quien no sabía más latines que los de esa misa), le amenza: "e tu serás finado hasta el extremo día / ¡Desend verás que vale la sanna de María!". Que la madre de dios, sañuda, amenace con la muerte eterna al obispo es para que éste se eche a temblar: "Fo con estas menazas el obispo espantado..." afirma Gonzalo. ¿Y quién no?

Y a aquel canónigo de Pisa, que se iba a casar porque heredó la fortuna familiar y así se lo exigían sus parientes para que tuviera descendencia, le llama: "Don fol, malastrugado, torpe e enloquido / ¿En qué roidos andas, en qué eres caído?", y hasta se muestra celosa "Assaz eras varón bien casado comigo". Como se ve, mejor era plegarse a su santa voluntad.

Pero lo que más llama la atención es el odio antisemítico que se desprende de algunos de sus milagros, como el del Niño Judío o los Judíos de Toledo. Llega, en una misa de pontifical en la catedral, a incitar a los fieles contra los rabíes de la aljama: "Oíd -dixo- christianos, una extrana cosa: / la gent de iudaísmo sorda e cegaiosa / nunqua contra don Cristo non fo más porfiosa /. Llama a los judíos "los que mala nazieron, falssos e traidores". Y el buen pueblo cristiano asalta la judería: "Movieronse los pueblos, toda la clereçía / fueron a mui grand priesa pora la iudería / Guïólos Jesu Cristo e la Virgo María".

El odio que el cristiano medieval sentía hacia los judíos es un tópico conocido en la literatura de la época, pero que el bueno de Gonzalo lo ponga de exiemplo para alabar a Santa María da idea de lo aberrante que puede ser la religión llevada a su extremo... y de la escasa mansedumbre de la Señora que tan rencorosa se muestra porque sus paisanos dieron muerte a su Hijo trece siglos antes.

Puestos a verle la otra cara a la Historia, me viene a las mientes el célebre Don Suero de Quiñones, tan admirado por los peregrinos jacobípetas. En Hospital de Órbigo, año 1434, organizó las célebres justas del Paso Honrosso en honor y por amor de su dama, donde llegaron a romperse casi 300 lanzas en combate con los caballeros que por allí pasabam camino de Santiago. De este tan noble Don Suero, del que uno encuentra centenares de entradas en Google alabando su gesta caballeresca, es difícil encontrar una sola referencia a las tropelías que perpetró en la aljama de León.

En manos de prestamistas judíos porque, a lo que se ve, llevaba un tren de vida "por encima de sus posibilidades" -tal y como dicen de nosotros los políticos y otros fautores del descalabro económico que sufrimos- resolvió el problema de los vencimientos impagados a taja-cuellos. En un tiempo de disturbios civiles y pesca a río revuelto, Don Suero de Quiñones protagonizó, seguido del entusiasta populacho, el asalto a la judería leonesa y no dejó títere con cabeza.

Lástima que aquellos eran otros tiempos. Si fuesen los actuales, les hubiese sido útil conocer las opiniones del israelí Shlomo Sand y su ensayo La invención del pueblo judío. Habrían aprendido que los judíos no son un pueblo étnicamente distinto al resto, sino una cultura religiosa que tuvo gran capacidad de proselitismo, lo que le llevó a extenderse por el N. de África y el E. de Europa; que fueron los cristianos desde tiempos de Constantino quienes ayudaron a crear el mito de los judíos como pueblo. Claro que, en un apugna entre monoteístas, cultura religiosa o pueblo elegido son motivos suficientes para el odio y el degüello, llegado el caso. No importa que las masas enfervorecidas sean guiadas por Santa María o por un noble arruinado.

Para terminar, si el improbable lector encuentra que la poesía de Berceo, o los actos caballerescos de un noble leonés no están para ser comentados por jubilatas con ínfulas culturetas, que no me lo tome a mal. Aplíqueme lo que decía el monje poeta de San Millán en El Milagro de Teófilo: "...Non quisso que granassen esas tales lavores /ca eran barvechadas de malos lavradores".

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La liquidez como forma de supervivencia.-

El improbable lector dispensará por el título de marras. Este jubilata reconoce que no es título para tiempos navideños. Menos aún para una bitácora como ésta, modelo cajón-de-sastre, donde no se imparte doctrina ni se hacen sesudos análisis sociológicos, economicos, políticos o cualquier otro, nacidos de mentes más lúcidas. Aquí, más bien, se hacen comentarios personales y se habla de pequeñas experiencias, cuyo valor no va más allá de la pura reflexión, por mi parte, y del interés pasajero que puedan despertar en el improbable lector, pero que este jubilata agradece de antemano.

Dicho lo antedicho, el título no pienso cambiarlo.

Por decirlo de una vez, es que he estado leyendo un artículo sobre "Modernidad líquida y fragilidad humana", esa fórmula con la que don Zygmurt Bauman (premio Príncipe de Asturias, 2010) describe las relaciones sociales actuales. Y, por una incongruente asociación de ideas, me ha venido a las mientes el paseo que dimos el otro día mi santa y yo hasta el centro comercial Arturo Soria.

Un centro comercial, éste, lujoso, lleno de boutiques luciendo ropas de precios estratosféricos, adornos ("complementos", los llaman) vistosos de una obsolescencia evidente, y mil futesas de diseño sin valor intrínseco alguno, pero cuyo alto precio radica en que sólo pueden ser adquiridas por gentes de una solvencia a prueba de crisis económicas o laborales. La exclusividad es un signo de riqueza y única forma de estabilidad, y este centro comercial es un escaparate que muestra la liquidez burbujeante del poderío económico.

En la planta baja, en una vitrina próxima al súper Sánchez Romero (un súper para bolsillos con pedigree), se exhiben productos comestibles y bebestibles de exquisitez contratada, adobados con vistosos envoltorio de regalo. Uno da vueltas en torno a la vitrina, observa con ojos golosos los surtidos de turrones, mira con mirada concupiscente los jamones de pata negra, segrega jugos gástricos que nunca deglutirán los sabrosísimos embutidos y admira lo artificioso de sus envoltorios... hasta que cae en la cuenta. Se fija bien en aquel paraíso gastronómico de gourmandises, en sus celofanes, y descubre unos discretos cartelitos rotulados: "FICTICIO".

¡Coño! -se dice uno- si son de pega...

Tan de pega como los vínculos humanos de los que habla el señor Bauman en esta sociedad que define como "líquida". Líquida por falta de consistencia en las relaciones personales, laborales, sociales. Unas relaciones fluctuantes, transitorias y tan desregularizadas como los mercados, cuyo exlusivo objetivo es alcanzar la máxima liquidez y el provecho inmediato.

Este jubilata que aporrea el teclado del ordenador -mientras piensa que lleva vividos algo más de dos tercios de vida (si la cosa no se jode antes)- y cree haber anudado, durante todo ese tiempo, vínculos duraderos, descubre que las relaciones humanas (de pareja, amistades) duran mientras que no te compliquen la vida; que el compromiso y la lealtad asustan en las relaciones personales; que vivimos una sociedad individualista y privatizada, donde "el otro" sólo nos aporta incertidumbre. Vamos, una sociedad inestable, líquida, sin consistencia; mismamente como los mercados fluctuantes, desvinculados de la economía real.

Dice Bauman que la cultura laboral de la flexibilidad arruina la previsión de futuro de los individuos y acaba con el sentido de la experiencia acumulada. Que los parados son "desechos humanos", excedentes, gente innecesaria para el buen funcionamiento de la economía. "Estado del desperdicio", llama a esta sociedad nuestra.

Y yo, que creía en el valor de lo vivido, en la experiencia vital como acumulación de un caudal humano, descubro, asombrado, que ya no producen "liquidez" y son un lastre para la adaptación al medio licuado en que nos movemos. Así, vista su inutilidad, creo que los voy a envolver en un bonito papel de regalo. Pienso ponerles encima un rotulito discreto que diga: FICTICIO.

A lo mejor, mi santa no está de acuerdo. Es de las que creen que la familia y la amistad son rocas contra las que se estrellan las espumas de la posmodernidad licuante.

domingo, 18 de diciembre de 2011

La Navidad en un cuento: El desalojo.-

La Navidad es un bonito cuento con sabor a turrón, a langostino congelado, taponazo de cava, y que trae ese regalo de paga extra que nos proporciona la felicidad de las compras, las cenas en restaurantes y mucha alegría, alegría y placer. Eso hasta pasado el día de Reyes, cuando la vuelta a la normalidad nos traiga de nuevo las estadísticas de paro, la privatización de hospitales, la rebaja de sueldos, el despido de cuatro perras y otras reformas del calendario mariano que con tanta ilusión estamos esperando.
Lo cierto es que, para felicitar las fiestas al improbable lector de esta modesta bitácora, andaba yo pensando si no sería bueno escribirle un cuento navideño. Pero un cuento sin sabor a villancico. Un cuento que no siguiera la corriente de lo usual en estos días de felicidad de oficio. Para eso están - y lo hacen muy bien- los escaparates, los papásnoeles de los centros comerciales, los belenes de corcho, la iluminación navideña.

Yo quería escribirle un cuento que me vino a la cabeza el otro día, al oír una cancion rap, cuyo estribillo decía: "Sólo los peces muertos siguen la corriente". Así que escribí un cuento contracorriente. Este cuento con sabor navideño, que no habla de navidades, ni de peces, ni sigue la corriente fiestera, dice así:


"Nunca trascendió a los medios de comunicación porque era un caso de tantos, pero aquel 28 de diciembre un oficial judicial, acompañado de dos furgones de la policía antidisturbios, se presentó en el Portal de Belén.
- ¿Es usted José el Carpintero? - preguntó al hombrecito de la vara de nardo.

- Para servirle, sí señor - respondió él.

- Pues traigo una orden judicial para que desalojen el Portal.

- Pero, hombre, es que nos acaba de nacer un niño y no tenemos dónde caernos muertos.

-Pues habérselo pensado cuando se refocilaban, amigo. Las reclamaciones al maestro armero.

-Oiga usted -protestó José tímidamente- que nosotros somos pobres pero honrados.

-Las desgracias nunca vienen solas -ironizó el del juzgado-. Desalojen y tengamos la fiesta en paz.

Unos días antes, el tal José, carpintero en paro de larga duración y sin domicilio conocido, y María, su mujer, habían llegado a la ciudad de Belén. María había salido de cuentas y la pareja no tenía dinero para pagarse una pensión, así que, por pura necesidad, ocuparon aquella cuadra desvencijada. Dieron una patada a la puerta y se instalaron dentro. Todo -debieron pensar José y María- antes que el niño, que estaba a punto de nacer, se les muriera de frío en aquellas noches de crudo invierno.

Como les habían retirado la tarjeta sanitaria porque llevaban dos años sin cotizar a la seguridad social, y el hospital de Belén era de gestión privada, María parió a su niño en la cuadra, sobre un montó de heno. Eso fue la noche del 24 de diciembre y al niño, que llamaron Jesús vaya usted a saber por qué, lo acostaron en el pesebre a falta de cuna. Es cierto que en aquel portal había un buey y una mula, los cuales tuvieron que apretarse un poco para que el recién nacido tuviera cama en su pesebre, pero los rumiantes suelen ser gente de buena índole y no protestaron.

A los pastores que había por aquellos andurriales tampoco les pareció mal. Trabajaban a jornal y sabían lo que era pasar necesidad, así que les echaron una mano en lo que podían. Alguno les llevó un cuenco de leche de cabra; otros les dieron un trozo de queso o un tasajo de carne para que fueran matando las hambres. En general, a los vecinos de la zona aquella pareja de okupas, con su recién nacido, les cayó bien y la cosa no parecía que ofreciese mayores poblemas, ni la paz social se vio alterada.

Pero, como dice el refrán, "una cosa piensa la mula, y otra quien la albarda". Y ocurrió que el dueño del portal se enteró de que unos indocumentados se habían metido allí y vivían tan ricamente, sin pagar el IBI, ni las tasas de basura, ni el contrato de arrendamiento, ni todas esas obligaciones fiscales que el Estado voraz carga a los honrados propietarios. Así que fue al juzgado y puso una demanda por desahucio.

Cuando los pastores supieron que iban a echar a aquella pareja, hicieron asambleas en el barrio y decidieron movilizarse. En vez del cartel ese de "Gloria a dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad", que puede verse en los belenes de corcho, llenaron el Portal de pancartas: "El Portal es un bien social", "Ni una familia sin hogar", "Navidad = Igualdad", y otras cosas por el estilo. Hicieron una barrera humana delante del chamizo y ofrecieron resistencia pasiva al desalojo.

Es sabido que la legalidad está para cumplirse, a menos que tengas buenos abogados, así que la cosa se resolvió por estricta aplicación del Artículo 14: al tercer aviso, cargaron los antidisturbios. A porrazos se abrieron paso dentro del portal y pusieron a Jesús, María y José en la puta calle sin más contemplaciones. Como no tenían muebles, el desalojo fue coser y cartar. Cosa de cinco minutos.

Los pastores, eficazmente molidos, volvieron a su aprisco a darse friegas de betadine en los moratones. Los antidisturbios -con la satisfacción del deber cumplido- se fueron a imponer la ley y el orden donde les madasen los amos. Y el agente judicial, ya ejecutado el desahucio, se fue corriendo a la maternidad porque le acababa de nacer un nieto. ¡Ah! Y el propietario del Portal trancó bien la puerta y le puso una cadena bien gorda.

-Cabrones perroflautas, no dan más que disgustos - dicen que dijo.

Nunca más se supo de Jesús, María y José. La Sagrada Familia, esa de que nos hablan cada Navidad, debe ser otra distinta".

martes, 13 de diciembre de 2011

RSTU-23-AX001, enamorado.-

Todos estaban de acuerdo en que aquello no era normal. El androide RSTU-23-AX001 estaba enamorado. En aquel asteroide de nombre Ubicuo, todo el mundo sabía que los androides de la serie RSTU, aparte no sentir emociones -como cualquier utensilio cibernético- cumplían una función social degradada: asistir a los mítines electorales.
En una sociedad evolucionada como aquella de Ubicuo, los políticos eran una casta desconectada de cualquier actividad productiva, social, económica y culturalmente hablando. Eran vestigios de un estadio de civilización inferior que habían sido declarados "Curiosidad Ancestral", lo que les había librado de su extinción.

Dicha casta, cerrada sobre sí misma y desconectada de la vida real del asteroide, mantenía pautas de comportamiento ancestrales que requerían un público entregado que se apasionase por sus discursos y promesas. Y como los asteroidanos de Ubicuo tenían cosas más importantes que hacer antes que ocuparse de las monsergas políticas (grandes promesas, grandes corrupciones, grandes palabras, grandes escándalos...), decidieron crear una masa de androides de raza inferior que clasificaron como de serie RSTU. Estos androides no tenían más cometido que jalear políticos, llenar estadios en época electoral, aplaudir discursos, reponder encuentas sobre preferencias políticas y todas las nimiedades que vienen al caso.

Razón por la cual se fabricaban con materiales de baja calidad y se utilizaba personal no cualificado en su ensamblaje, ya que suponían un costo considerable al erario público de Ubicuo. Por eso sorprendió que el androide 23-AX001 andubiese enamorado como gato en febrero, aunque esta y no otra fue la razón del anormal comportamiento del individuo en cuestión, a saber: la baja calidad de sus materiales.

En efecto, analizados los componentes de 23-AX001, se descubrió que, junto a circuitos no homologados, cableado recuperado de viejos edificios, chapas de hojalata Litoral y antiguas bombillas incandescentes, le habían ensamblado el corazón defectuoso de un cardiaco al que habían implantado otro de óptima calidad. Dada su condición de semi-humano, los Ubicuos se encontraron ante un problema ético que no sabían cómo resolver, así que al androide 23-AX001 le pusieron un bypass en el músculo cardiaco y unos remaches de urgencia en el revestimiento corporal de lata y le dejaron ir.
Pronto se supo que el androide semi-humano no asistía más que a los mítines de una tal Urania D´Khôspedall, por quien sentía una pasión sin limites. El viejo corazón infartado le latía con desacompasado fervor dentro de su revestimiento de hojalata Litoral y atronaba con sus aplausos cualquier intervención de su amada.

Fue una situación inusitada, ya que el resto de los androides filopolíticos (que así los conocían comúnmente los asteroidanos) se limitaban a los gritos de apoyo estandarizados y a los aplausos de manual, de acuerdo con la programación impresa en su memoria RAM. Por un tiempo, en el asteroide Ubicuo fue motivo de distracción ver los debates políticos donde participaba Urania D´Khôspedall y escuchar los gritos de entusiasmo de su enamorado 23-AX001, que producían mucho regocijo entre los televidentes.

Fue una lástima que al androide, en plenas elecciones autonómicas, le diera un zamacuco cardiado al depositar su voto en la urna donde votaban los filopolíticos de la serie RSTU, de acuerdo, no con el programa político, sino con el impreso en sus circuitos. Se le inutilizó el corazón y hubo que someterlo a un nuevo proceso de reciclado. Esta vez, para que no hubiese errores, se le sustitúyó el viejo corazón infartado por una bomba aspirante-impelente de un pozo y se le asignó la denominación RSTU-23-AX001subB.

Y es que en el asteroide Ubicuo se reciclaba todo. Todo menos los políticos, que creían por generación espontánea gracias a su estatuto de "Curiosidad Ancestral".

miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿Qué piensan los poetas?

Me permitirá el improbable lector que le cuente una anécdota que achacan a André Malraux. De forma sucinta, le recordaré que Malraux fue un escritor francés antifascista comprometido. Participó en la guerra civil española con una escuradrilla de aviación que tenía su base en Albacete, hasta que perdió su último aparato en acciones de guerra. Consecuencia de esta experiencia en España, fue la publicación de su novela L´Espoir. Sierra de Teruel, que quiso llevar al cine. Todas las copias de la película se perdieron durante la segunda guerra mundial, excepto una, que se estrenó en 1945. En España no se pudo ver hasta 1975.


Fue, siendo De Gaulle presidente de la República francesa, ministro de cultura (1958-1969) y es aquí donde se sitúa la anécdota: Debía visitar un país extranjero y sus asesores le prepararon un completísimo dossier. Allí había información sobre economía y producción industrial, recursos energéticos, estadísticas, PIB... Los tecnócratas del ministerio hicieron un estudio exahustivo sobre el potencial económico del país en cuestión, pero se olvidadron de un pequeño detalle...


A la vista de aquel expediente cargado de cifras y datos económicos, un poco mosqueado, Malreux les pregunto: Mais que dissent les poètes? Debió pensar algo así como: "Ya, vale, esto está muy bien; pero, para que yo entienda un poco ese país ¿qué dicen sus poetas?


¿A qué ministro actual se le hubiese ocurrido hacer semejante pregunta, suponiendo que le diese el caletre para eso? Porque ¿Qué opinan los poetas de los mercados de futuro? ¿Y de la deuda soberana? ¿Y (por emplear un barbarismo) de las agencias de rating? A los poetas que yo haya leído se les da un ardite la obsesión enfermiza por acumular riquezas. Pero son sensibles a los estragos que este comportamiento causa. Ya don Francisco de Quevedo lo decía en su letrilla satírica sobre don Dinero: ... y pues doblón o sencillo, hace cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero. Y hasta Juvenal, allá por el S. II, lo dijo: Omnia Romae cum pretio. Algo así como: todo tiene un precio en Roma.


Los tecnócratas-políticos (ese pastiche mi chou-mi chèvre, dirían los franceses) que nos van a salvar de la crisis aplicando las mismas fórmulas que nos llevaron a ella, se reirían si algún asesor les dijera que pulsasen la opinión de los poetas. Quizás, al tecno-político deberían haberle pasado, junto con las últimas in-calificaciones de Standard & Poor´s, una nota con El Beneficio, de Rafael Soto Vergés: No ven la vía láctea los mercaderes,/ llevan sus bolsas,traficando, entre los matorrales/ ... Eh, tú ¿Por qué comercias con la necesidad...?


Los tecnócratas de las finanzas, a tavés de sus oráculos mass-media, nos reprenden en nombre del dios voraz Mercado; nos preciden desgracias día a día y nos pregonan austeridad. Confeccionan estadísticas adversas y defienden la recta ortodoxia del ajuste presupuestario. Dicen que vivimos por encima de nuestras posibilidades, que debemos purgarlo trabajando más y más barato. Nos acojonan con debacles económicas para que doblemos la cerviz y emponzoñan nuestras vidas. Y nadie se acuerda de los poetas...


Por eso, dejo estos versos de Gabriel Celaya en su Actividad del Ocio:


Trabajar es divetido,


puede serlo y si no lo es, déjelo usted ahora mismo.


Si de verdad es usted hombre,


debe de comprender que está de vacaciones.


No, nada de obligaciones,


pero sea usted activo en el no de lo inconforme...


Si el trabajo es un juego,


juéguelo; pero nunca se lo tome usted en serio...


No olvide que vive usted


en plena gratuidad. No crea que es quien cree.


No se estire. No se esfuerce.


Y déjese vivir, y extinguir, feliz, leve.


¡Qué alegría, ser mortal


y saber que si nacemos fue sólo para pasar!

martes, 29 de noviembre de 2011

La dehesa de Moncalvillo.-




He tenido la curiosidad de husmear por Internet, antes de ponerme a escribir sobre esta excursión del sábado pasado, y veo que hay suficiente información sobre esta dehesa y las cañadas de Colmenar Viejo como para hacerme desistir.
Pero, no, aquí solo se trataba de dejar constancia de algunas impresiones al paso de caminante, así que me puse a ello. Como otras anteriores, la marcha estaba organizada por Juan y Guillermo, miembro y simpatizante, respectivamente, de la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid. Ellos guiaban un puñado de veteranos andarines en busca del solaz por la naturaleza y del disfrute de los conocimientos que depara el medio en sus aspectos cultural, ecológico, histórico... Veteranos muchos de nosotros, en feliz etapa de juliatería (si se me permite el palabro), no somos devoradores de kilómentos, somos "disfrutadores" de la naturaleza en sentido amplio: o sea, zapatilla, aire libre y cultura... y bocata y sesteo al sol, si se tercia.
Esta dehesa de Moncalvillo tiene 1.350 hectáreas de superficie y forma parte de los municipios de San Agustín de Guadalix y y Pedrezuela. Fue cedida en el S. XV por la familia Mendoza, señores de Guadalajara -éstas eran tierras de Guadalajara antes de la división provincial de Javier de Burgos, en 1835 -, a ambos municipios a condición de que se mantuviese indivisa. Los de Pedrezuela la dividieron entre sus vecinos un siglo más tarde, pero los de San Agustín la mantuvieron en su integridad como propiedad municipal y, gracias a eso, hoy podemos disfrutarla los amantes de la naturaleza.

La dehesa de Moncalvillo, con el cerro de San Pedro enseñoreando el entorno, es uno de los parajes naturales, próximos a Madrid, que se conservan en estado de relativa pureza, en la medida que la mano del hombre ha actuado con moderación, aprovechando sus recursos, ganaderos especialmente, sin causar deterioros excesivos al medio natural. Puede el caminante adentrarse por ella y encontrarse con vacadas sesteantes y dedicadas a la rumia filosófica de su apacible vida, o con pequeños grupos de yeguas con sus crías -también algún garañón al que natura dotó como corresponde- que no temen acercarse al caminante y se dejan retratar con naturalidad y buena pose. Oteando desde el cielo, buitres leonados siempre deseosos de limpiar de carroña el boscaje y que, sospecho, no desdeñarían carroñearse algún senderista que tuviese a bien finar por estos andurriales.






El bosque, sin ser tupido, y visto desde los altozanos, es una alfombra de tonos versodos manchada de matas de encinas y moteada de enebros. Hay otras especies, pero estas dos son las que más abundan y las que le dan su personalidad de bosque mediterráneo. Abundantes herbazales de pasto jugoso, grupos de rocas graníticas pulidas por la erosión y algún arroyuelo, completan la panorámica.

A la dehesa llegamos desde San Agustín de Guadalix, por la calle Félix Rodríguez de la Fuente, que va a dar sobre una pista, la cual nos lleva, tras subir un repecho, a las tapias que la circundan. Nada más entrar, verdea todo el entorno. Cruzamos el canal soterrado del alto Atazar. Monte adelante, junto a una mata de encinas, vemos el suelo sembrado de huesos mondos de una res; puestos a imaginar, uno parece estar ante un yacimiento paleontológico, con esa osamenta vacuna transformada -por arte de la imaginación- en carcasa despiezada del célebre dinosaurio que aparece en los sueños y desvelos de Augusto Monterroso.

Nuestro caminar nos lleva hasta la Vereda de las Tapias de Viñuelas. Esta cañada, por sí sola, merece una visita. Es un trozo de historia aún en pie. con sus 90 varas castellanas de anchura (unos 80 m.), es una autopista medieval por donde transitaron los ganados de la Mesta durante siglos. Las cañadas no eran solo lugar de paso de las merinas y otras reses, sino pastos de aprovechamiento a diente: caminar y comer.

Nosotros, lo de comer el bocata, lo hicimos junto a la ermita de Navalazarza, otra vez dentro de la dehesa. La ermita es un buen edificio con cerca de piedra, remozado, de una nave y con un ábside semicircular adosado a su cabecera y un campanil sobre el hastial. En su interior, una placa de piedra pulida, sobre la pila benditera, dice: A la Virgen de Navalazarza / dedicada por J. Vicente / año + 1861. Según parece, cada verano los cofrades suben la imagen desde el pueblo a que veranee en la ermita y allí queda hasta el otoño.
Nosotros no. Nosotros volvimos a la vereda de las tapias y, desde allí, fuimos al camino viejo de Pedrezuela y a la cañada de Valdepuercos. Por fin, arroyo de Tejada adelante, avistamos Colmear Viejo. El resto, como es habitual: cafelito en el pueblo, charla, regreso a casa y ducha calentita. Como dios manda, podríamos decir, ya metidos en año mariano.

martes, 22 de noviembre de 2011

20-N: Devolver al remitente.-

Como suele ser habitual, estos días pasados he abierto el buzón para retirar toda la basura publicitaria que depositan en él, así como las inevitables cartas de bancos. Todo ello papel inútil que, por higiene, llevo al contenedor de papelotes más próximo. Esta vez, con eso de las elecciones, me ha llegado, además, propaganda electoral de los partidos políticos mayoritarios, más UPyD, que busca hacerse un hueco, y me paré a pensar qué coños iba a hacer con ella. Por fin me decidí: até los sobres con una anilla elástica, les pegué una nota donde decía "Devolver a los remitentes. Gracias", y los eché en el buzón de correos de la plaza Virgen del Romero. Mi conciencia de ciudadano-jubilata responsable se sintió aliviada.

Puesto que a mí me resultaban totalmente inútiles, pensaba que si se las reenviaba a los remitentes (PPSOEUPyD), seguro que éstos podrían reaprovecharlas mandándoselas a los adictos a su causa y así nos ahorrábamos siquiera unos gramos de pasta de papel.

Votar por ellos, me dije, es tiempo perdido, teniendo en cuenta que seguirán la política neoconservadora que les dicte Frau Merkel. Por otro lado, conciencia ecológica le sobra a este jubilata, quien prefiere ver los árboles en pleno esplendor otoñal antes que triturados en vulgar propaganda política.
Pero no se acaban aquí las preocupaciones. Llegada la hora de votar, un servidor debía tomar una actitud responsable, tan responsable como le permitiesen las actuales circunstancias. Durante las últimas semanas se ha oído mucho eso del "voto útil", y uno se siente concernido por esa obligación ética a la hora de depositar un voto que resulte útil para el común de los ciudadanos. Así que va y piensa: lo más útil, según dicen, sería votar a uno de los dos partidos mayoritarios, quienes tienen la suficiente fuerza para sacar adelante su programa político.
Pero eso de la conciencia ciudadana le juega a uno malas pasadas, así que le sigue dando a la máquina de pensar: al PP no puede votarlo, ya que ideológicamente están en las antípodas; al PSOE no le va a votar porque, para hacer la política que ha hecho en los últimos tiempos, ya está el PP que la hará con más convencimiento. Ambos son cautivos de intereses externos a las necesidades de los ciudadanos, aparte que el PP hará recortes sociales por pura convicción ideológica: está en su naturaleza, como está en la naturaleza de las gaviotas alimentarse de carroña. No me quejo, es puro determinismo.

El jubilata, que veía cómo se acercaban las elecciones, se seguía estrujando las meninges y se preguntaba: Veamos, realmente ¿quién manda en esta sociedad global? Pues quién va a ser, se contesta a sí mismo: el sistema financiero. Vale.

¿Quién defiende mejor en Europa -y por lo tanto en España- los intereses de eso que llaman Los Mercados? Pues Frau Merkel.

¡¡¡Eureka!!! Votemos a Frau Merkel y olvidémonos de los intermediario, que nos salen tan caros con sus sueldos y prebendas. ¿No han dado la coña con lo del voto útil? Pues más útil que votar directamente a quien mejor defiende los intereses de los amos del mundo, no hay nada.


Por no cansar al improbable lector: el 20-N me acerqué al cajero del Deutsche Bank que hay en Av. Donostiarra y deposité mi voto: un billete de 5 € con el careto de la citada frau. Pero todavía me asaltó otra duda: ¿Mi voto tendrá la misma calidad que si hubiese votado con un billete de 50 €? Espero que la Junta Electoral no me lo tome en cuenta, máxime cuando nos acercamos a finales de mes y vivo de una pensión congelable.

Pero aún seguía teniendo escrúpulos de conciencia, así que me acerqué al colegio electoral y voté la candidatura EQUO, porque uno acostumbra a perder batallas, pero no la compostura. Viendo la tele el 20-N por la noche, me enteré que los ciudadanos habían dado a ZP una patada en el culo de Rubalcaba. Pobrete, es muy jodido ser epígono en política.

Para que todo fuesen alegrías, en la puerta del colegio electoral, una iluminada bíblica me dio un tríptico -Experiencias después de la muerte-, donde se desarrollaba una argumentación a modo de diálogo, en el que un tal Jorge se reconocía merecedor del infierno por no respetar los mandamientos del dios bíblico: ¿Y qué hace Dios con los culpables? - los envía al infierno.

Siento admiración por la iluminada aquella: se ve que éste que vive la humanidad no le parece bastante infierno y aún nos amenaza con otro en el Más Allá. A lo mejor era un aviso divino para los descarriado que no votamos PP... Pronto saldremos de dudas.

Iluminadas blíbicas aparte, con la satisfacción del deber cumplido (por partida doble), regresé a casa. Por si acaso -andaba yo pensando- he encendido una vela a EQUO y otra al diablo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Ensoñaciones en el Auditorio Nacional.-



A pocas veces que el improbable lector haya leído esta bitácora, sabra que el jubilata que aquí escribe, entre otros defectos -como ser rojelio (con "j") y descreído de las bondades del sistema neocon, por fuerte convencimiento, aparte de alopécico por cosa de la edad y capricho de la naturaleza-, también es un poco cultureta y hasta esteta de bajo perfil. Lo cual, ademas de justificación, le sirve de introducción a los comentarios que siguen.

Pues eso, que este domingo pasado estuve en el Auditorio Nacional escuchando a la OCNE, bajo la dirección de Jesús López-Cobos, en la interpretació de la Sinfonía núm. 8 de Anton Bruckner. De la cualidades musicales de esta sinfonía no me atreveré a decir nada; musicólogos hay que sabrán ilustrar al lector, si es que éste es melómano y está interesado. Lo que me impresió fue la exuberancia sonora de los metales (había cuatro tubas wagnerianas y cinco trompas, amén las trompetas, trombones, tuba clásica) y la energía de la cuerda, cuyos arcos, al moverse, parecían un mar encrespado. Tanta fuerza sonora creo que sólo un romántico germano como Bruckner, wagneriano además, es capaz de productir.

Ya desde el allegro moderato del primer movimiento supe que, durante la audición, mi imaginación flotaría a su capricho sobre aquel mar sonoro sin sujetarse a la disciplina que todo escuchante de música clásica requiere. Y, sí, mi imaginación, caprichosa, se dejó envolver por el raudal sonoro pero fijó su atención no tanto en las cualidades de la obra interpretada, cuanto en algunos de sus ejecutantes. Más bien debería decir "algunas", ya que caí en la cuenta de que la Orquesta Nacional se va nutriendo de jóvenes intérpretes femeninos que, sin darse uno cuenta, van ocupando puestos de instrumentos tradicionalmente reservados a intérpretes masculinos, como la trompa o el contrabajo.

Aunque nada hay más tradicional que el mundo de la música clásica y sus adeptos, a este jubilata le produce satisfacción que sus ejecutantes femeninas hayan empezado a instalarse en los contrabajos, única sección de la familia de las cuerdas que parecía seguir siendo patrimonio masculino. Quizás por lo voluminoso y la envergadura del instrumento, características que deben dificultar bastante su utilización.

Por eso, gran parte del concierto me dediqué a observar a las maestras contrabajistas. Juro que su contemplación me produjo un goce estético con su pizca de leve ensoñación erótica, aunque estos sentimientos nada tenían que ver con las connotaciones místico-religosas que plasma el autor en esta sinfonía. Pero es que también los que vamos entrando por la edad provecta tenemos, de vez en cuando, esos "brotes verdes" que tan pronto marchitaron en la economía nacional. Solo que los nuestros no se refieren a las vulgares obsesiones del materialismo económico, sino a ese mundo de irrealidades y ensoñaciones donde una mujer joven, haciendo vibrar un instrumento como el contrabajo, es capaz de trasportarnos.

Si es posible rozar con con la punta de los dedos la experiencia mística a través del goce estético, este jubilata estuvo a punto de lograrlo al escuchar la 8ª de Bruckner -que él se lo perdone- observando la precisión y la gracia femenina que tenían los movimientos de las jóvenes contrabajistas. Nunca agradeceré bastante que un instrumento tan modesto -por lo grave de su voz y su corto registro- como voluminoso esté también en manos de las féminas. Un servidor pondría en ellas el mundo entero, seguro que sería más armonioso.

viernes, 11 de noviembre de 2011

La niña de los ojos tristes.-

Es un recuerdo recurrente que me aflora entre grandes lagunas de olvido. Yo, entonces, era joven y estaba recién llegado a Madrid; no tenía trabajo, andaba escaso de dinero y me sobraba tiempo. Deambular por las calles del centro era una distracción que no me suponía ningún gasto, si exceptuamos el roce de las suelas contra el asfalto. Pero hasta los más pobres se permitían ese lujo...
Recuerdo que en la calle Arenal, esquina a Hileras, había una tienda en cuyo escaparate -vitrina, más bien- se exhibían tarjetas postales a la venta para turistas. Siempre que pasaba por allí, me paraba a observar una postal que me producía una gran melancolía: una niña, sentadita en el peldaño de una escalera, miraba con enormes ojos azules, con un mirar de infinito desamparo, a los viandantes presurosos. Un gato melancólico, a sus pies, duplicaba esa sensación de tristeza.

El desvalimiento de la niña, de enormes ojos de gato triste, me perseguía hasta la plaza de Ópera y, vez hubo, volvía sobre mis pasos fascinado por aquella mirada azul y solitaria. Entonces, me paraba ante la vitrina y la niña menudita, de inmensos ojos melancólicos, me observaba en silencio. Me observaba y ella comprendía mi soledad. Porque yo también era un solitario que caminaba al azar, sin metas, sin recursos y sin proyectos.

La niña de ojos tristes de la postal se convirtió en mi obsesión. Me acechaba, sentadita en la escalera, tan quietecita y silenciosa. Sus grandes pupilas azules de gato nictálope se limitaban a observarme y sabían que yo volvería, una y otra vez, a la calle Arenal. Y yo volvía. Y la niña menudita, con sus ojos de gato triste, abandonada a su soledad, me miraba en silencio y en su mirada veía mi propia soledad.

Muchas semanas duró mi obsesión por aquella criatura de la postal, hasta que decidí comprarla. Cinco pesetas -lo que valía un puñado de cigarrillos- me costó llevar a mi cuarto de la pensión aquella mirada. Me tumbaba en la cama, con las manos entrelazadas bajo la nuca, y miraba absorto el mirar intenso, claro y melancólico de la niña menudita, que yo había colocado sobre la mesilla de noche. Ella, silenciosa, toda ojos azules, toda ella mirar profundo, me observaba y se compadecía de mi soledad sin trabajo, sin amigos, sin proyectos. Por lo menos, así me lo parecía a mí.

Hace ya mucho tiempo, la guarde entre las páginas de un libro y éste se perdió en el anónimo montón de libros de cualquier estantería. Todavia, hace unos veinte años, cogí ese libro al azar, y al azar descubrí a la niña sentada en la escalera, con sus grandes ojos azules. Pero volvió a perderse entre los libros de mi biblioteca.

Ahora soy un hombre adulto, muy ocupado, y ya no tengo tiempo de pararme ante aquella mirada de gato triste. Sin embargo, de tarde en tarde me acuerdo de ella; entonces, me hago el propósito de buscarla y ponerla sobre mi escritorio. Pero estoy demasiado ocupado y ya no tengo tiempo de mirar aquella mirada melancólica.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Eso de hacer referendos.-




Creo que un día de estos me voy a hacer griego. Aunque sea por simple solidaridad con un pueblo denostado por sus socios ricos y abocado a la pobreza... y por tocar las narices a la Nomenklatura bruselense y sus acólitos.

La verdad es que no estoy muy seguro de si mi decisión -que estoy meditando- se deba más a mis simpatías por los desheredados del euro o a mi hartazgo por estos dirigentes europeos que se palpan la cartera y desconfían de las decisiones de los pueblos que dicen representar.

Durante las horas de insomnio que me sobrevienen a veces, me da por pensar en el Mito de la Caverna del que nos hablaba Platón en su República. Quizás el improbable lector piense que no tiene nada que ver con lo que trato de decir. Pero si uno hace una trasposición del mito o alegoría platónica a los tiempos actuales, no deja de encontrar paralelismos esclarecedores.

Para el filósofo griego, nuestros conocimientos son sólo sombras proyectadas sobre la pared de una cueva, percibidas por esclavos atados con cadenas de forma que no pueden más que mirar hacia el fondo de la misma. Otros hombres, situados a la entrada de la cueva, y con ayuda de la luz de una hoguera, sujetan en alto objetos cuyas sombras se reflejan en el fondo de la pared, de forma que los esclavos creen que las sombras reflejadas son la propia realidad.

Mismamente, mismamente, lo que están haciendo con nosotros. A la luz de la gran hoguera neoliberal -que consume los recursos de los ciudadanos-, financieros, políticos y demás profetas del catastrofismo económico agitan cimbeles de recesión y privatización, cuyas sombras se proyectan en el fondo de la caverna de nuestros miedos irracionales. Así, encadenados a nuestros terrores (la miseria material, las guerras y todos los azotes pasados de que tenemos memoria colectiva), damos por verdadero todo aquello que no son más que sombras que otros manejan en su provecho.

Imagínese el improbable lector que esos esclavos aherrojados (bonita palabra) en el fondo de la espelunca (arcaica, pero también sugerente), se liberan de las cadenas que les obligan a mirar lo que otros quieren que vean, y deciden salir a la luz del sol, mirar la realidad a la cara y decidir cómo afrontarla. Pues esa es la situación actual de los griegos. Se pretendía consultarlos respecto a cómo quieren afrontar esa realidad, pero todas las tripas del euro se alborotan ante semejante ocurrencia ¡Consultar a las víctimas de la crisis!

Ante el alboroto ocasionado, uno se pregunta ¿A qué viene tanto escándalo por parte de "expertos", tertulianos y gacetilleros que pregonan las verdades del amo? ¿No habíamos quedado en que éramos demócratas de toda la vida? Pues hombre, seamos consecuentes y dejemos que decidan.

Lo malo es que ser consecuentes suele dar disgustos. Los islandeses fueron a un referendum y acordaron que banqueros avariciosos y políticos falaces debían ir a la cárcel, y que de la deuda pagarían aquello que fuese justo. Por eso mismo, y por si acaso dábamos una pataleta, no hubo refrendo popular aquí. Escarmentados en cabeza ajena, aquí, en la España nuestra, gobierno y oposición enmendaron a nuestras espaldas la Constitución (¿la enmerdaron?) para que una determinada ideología económica prevaleciera sobre los intereses del común.

Y ahora, un referendum para los griegos... Con tantos miles de millones como han invertido en ellos los bancos europeos, cómo se va a consentir que decidan cómo quieren ser pobres: si estrujados por los intereses de la deuda -que nunca podrán pagar-, o manteniendo un resto de dignidad. Es toda un aparadoja: ellos nos enseñaron la democracia, y ahora se les niega su ejercicio en nombre de la estabilidad del euro y la tranquilidad de los mercaderes. Y los políticos griegos dan marcha atrás, qué remedio...

Este jubilata, por más vueltas que le da, no acaba de entender las sobras chinescas de la economía. Si Grecia pesa solamente el 2% de la economía total europea ¿Tanto riesgo hay de que Europa se nos vaya al carajo por la decisión que pudieran haber tomado? A lo mejor las consecuencias no hubieran sido las previstas; a lo mejor, los griegos, con su referendum, se hubiesen sacudido las cadenas, hubiesen salido de la caverna, se hubiesen meado en la hoguera del chiringuito neoliberal y, tras la humareda consiguiente, brillase de nuevo el sol. A lo mejor, el resto de los pueblos "en situación de riesgo" (como dicen de nosotros) también decidíamos salir de la cueva, afrontar la realidad que tenemos -no la que nos pintan- y nos oreábamos al sol. Quizás descubriésemos que somos más pobres, pero tendríamos buen color y recuperaríamos las ganas de vivir.
Ahora bien, reconozco que hubiese sido una putada para quienes tienen montado el negocio de la covacha, la fogata y los juegos de sombras.

jueves, 27 de octubre de 2011

Una ojeada al Arbol de la Ciencia.-

Por si el improbable lector no se ha dado cuenta, este año se cumple el centenario de la publicación de El Arbol de la Ciencia. Ya sabe de qué se trata, de esa novela-revulsivo que Pío Baroja escribió porque tenía las tripas revueltas con todas las miserias y las mezquindades de la España de su época.

Podía haber vomitado la bilis de su escepticismo sobre aquella lamentable sociedad carpetobetónica y darle la espalda: una sociedad cuya burguesía era de un egoísmo primario y espíritu mezquino, mientras que el pueblo bajo, ignorante y embrutecido, subsistía entre miserias materiales y morales. Pero no lo hizo. Baroja era un observador de la realidad social, un huraño tímido, un escéptico lúcido, e hizo lo que mejor sabía: escribir.
Leer El Arbol de la Ciencia (o la trilogía de La Lucha por la vida) es como leer un tratado de sociología, pero pasado por el prisma de un literato lúcido y sin fe en la humanidad. El lector caminará por las calles de aquel Madrid antisocial de andrajosos y rastacueros (si lee La Busca...), o por un poblachón manchego cerrado sobre sí mismo (si acompaña a Andrés Hurtado -el protagonista- en su ejercicio de médico rural, en El Arbol...). Donde quiera que Baroja extienda su vista, descubrirá que nuestros abuelos de hace un siglo formaban parte de un pueblo en plena degeneración racial a causa de la miseria física, el fanatismo religioso, la ignorancia cultural y el caciquismo político.


Al cabo de cien años de su publicación, El Arbol de la Ciencia casi parece premonitorio de estos tiempos. Uno sustituye con los actuales los datos estrictamente pertenecientes a aquella época histórica, y ve que el sustrato (la incultura como herramienta de control del pueblo, la cesura creciente entre masa popular y dirigentes sociales y económicos, el caciquismo político que controla los resortes del poder) son los mecanismos que siguen rigiendo esta España actual.
Un pequeño ejemplo del bipartidismo caciquil en Alcolea, donde Hurtado ejerce como médico, servirá: Los Ratones (liberales) y los Mochuelos (conservadores): Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraban necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín: tenían unos para otros un "tabú especial", como el de los polinerios. Cuesta poco trabajo hacer la trasposición: miramos a nuestra casta política, sustituimos "Mochuelos" y "Ratones" por esos políticos actuales en los que estamos pensando, y nos encontramos como hace cien años.

Es cierto que ahora no existe un campesinado embrutecido por un trabajo de sol a sol, el fanatismo religioso y el analfabetismo; ni un proletariado urbano a jornal, muriendo de hemoptisis y miseria. Tampoco existe ese señorito pequeño-burgués de provincias que se alimentaba de las mezquindades del casino local y despreciaba cuanto ignoraba.

Ahora somos una enorme clase media tetanizada, acojonada, por todas las amenazas que los fraudes del sistema económico-financiero ciernen sobre nosotros. Ahora, si miramos a nuestro alrededor, no vemos los andrajos de la vecina puestos a orearse en el tendedero de la corrala. Ahora vemos el horror habitual de Somalia mientras nos llevamos la cuchara a la boca, durante el telediario; vemos cómo, en Libia, unos supuestos luchadores por la libertad torturan a muerte a un tirano grotesco y sanguinario que cayó en sus manos; además, oímos, consentimos y callamos cuando nos dicen que van a rescatar los bancos privados (una vez más, y las que haga falta) a costa de los dineros públicos para que no se les hunda el sistema financiero. Y la lista es larga...

Y si alguien se angustia ante la enormidad de los problemas, siempre nos queda la sobredosis de TDT, las tropecientas ligas de fútbol, o sacar a hombros al último torero (maestro Antoñete, lo llamaban sus devotos) gloriosamente abatido por la doble cornada de la edad y el tabaco.

En el mundo de Baroja, la taberna, el prostíbulo y los toros eran las válvulas por donde la sociedad liberaba sus tensiones. Ahora somos más refinados: Los corteingleses están llenos de ropa de temporada, ya leemos en e-book y el dispensador de condones está junto al de cocacolas.

Quizás, el improbable lector, que leyó a Baroja, tenga la impresión de que éste era un hombre de carácter agrio y pesimista. A mí me parece que eso se debe a que probó el fruto del árbol de la ciencia; un fruto amargo como la verdad (Pues la verdad amarga, tal bocado / mi boca escupa con enojo y ira, dice Quevedo, otro atraviliario).

Por eso, según Baroja, algo se nos ha escamoteado en el texto del Génesis, cuando dice: Y Dios seguramente añadió: "Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá" ¿No es un consejo admirable? - Sí, un consejo digno de un accionista de Banco - repuso Andrés.

Pues yo, la verdad, si lo pienso despacio (a salvo todos los matices y todos los avances materiales), allá en el fondo de nuestra sociedad no veo tanta diferencia con la de hace cien años. Lo que nos falta es un Baroja lúcido y pesimista que nos lo cuente...y queramos oírlo.