sábado, 14 de abril de 2012

Boludos en la Red.-

La otra noche, mientras zapeaba, me tropecé con un programa de TV2 en el que hablaba un filósofo argentino muy crítico con los internautas. No llegué a tiempo de enterarme bien de todo el contenido, pero, en los dos minutos escasos que pude verlo, saqué en claro lo siguiente: este señor opinaba que la Red era un maremagnum de "boludos". Gente que abre un blog personal para decir en él cualquier cosa sin sustancia, y expresada de cualquier manera y sin mayor consideración por el lenguaje. Decía, referiéndose específicamente a Argentina, que estaba llena de boludos escribiendo en blogs que eran auténtica basura (no lo dijo con esos términos, pero el sentido iba por ahí); boludos que escribían sin la mínima corrección idiomática y que no tenían derecho a hacer perder el tiempo a sus lectores.

Fue una lástica que llegase yo tan tarde a aquella entrevista, pero saqué en claro su menosprecio por la boludez sin fronteras que contamina la Red. Por supuesto, después de oírle, me sentí aludido. No en vano, desde que transito por la jubilatería, me abrí un blog para impartir doctrina urbi et orbe; para que el mundo mundial sepa de mi ingeniosa concepción del universo, a modo de contertuliano free lance de la internáutica. Ya digo, me sentí aludido, pero, eso no, no me sentí ofendido.

Sé que el señor filósofo no me llamaba a mí boludo a título personal, sino en cuanto miembro anónimo de la "boludez" universal que contamina las comunicaciones internáuticas. Porque este jubilata es uno de tantos y se considera "gente corriente", como en ocasiones ha dicho don Mariano, el chico de la Merkel; y uno, como "gente corriente" que es, se sabe adocenado y justamente reprendido por quienes tienen miras y capacidades intelectuales de más altos vuelos.

A un servidor ya le gustaría, ya, sere un filósofo postmoderno y mediático como Bernard-Henry Lévy, que encima goza del refinado savoir-faire francés; o tener un intelecto reposado como el discreto y difunto José Saramago; o, ya puestos, haber tenido la facundia y mala baba de un Francisco de Quevedo y Villegas para ciscarme, mediante un soneto burlesco, en todo lo que se mueve. Pero, no, sólo soy un jubilata que se ha hecho un hueco en la Red abriendo una bitácora para ir colgando en ella sus modestas impresiones y andanzas.

Pero, al menos, espero del señor filósofo argentino, que salió por La Dos la otra noche, me haga la gracia de reconcerme que, cuando escribo, no voy dándole patadas a la gramática española, mis escritos no carecen de coherencia, ni mis pobres ideas de alguna ilación lógica. Hágalo o no, lo que sí siento es ese despectivo "boludos" que dedicó por junto a sus paisanos blogueros. Sobre todo porque sigo habitualmente el blog de un amigo argentino, quien suele escribir micro relatos con sabor a ultratumba y mundos de las sombras.

Aun y con todo lo dicho, prefiero que me llamen boludo a gilipollas. Lo de boludo tiene un no sé qué de conmiseración; como si te dijeran que eres un corto de entendederas, un tanto faltuco, pero que la culpa no es tuya si la vida te hizo así. Sin embargo, que te llamen gilipollas es cosa más seria. Suena a algo rotundo, definitivo, despectivo hasta el escupitajo. Porque la gilipollez es la necedad humana llevada a un grado supino y sin posible regeneración. El gilipollas lo es por gracia divina y por sus propios méritos (p.e. el señor Beteta con sus cafelitos), y suele tener muy mala leche. Ya digo, el boludo lo es un poco porque le tocó serlo, pero en el fondo tampoco molesta demasiado si no abres su blog.

Porque, puede creerme el improbable lector, si en vez de la boludez universal en que me veo inmerso por culpa de mi bitácora, el señor filósofo argentino nos hubiera llamado gilipollas, me sentiría muy, pero que muy triste. Menos mal que en Suramérica parece como si hablasen un lenguaje más aterciopelado, mientras que aquí lo usamos como una navaja cabritera, para tirar a degüello.

sábado, 7 de abril de 2012

Matar un árbol.-

A pesar de haber escrito un pequeño relato, a modo de elegía funeraria, por la muerte del olmo de nuestro patio (que envié a todos mis contactos pero sin su consentimiento, como suele ser habitual) no me resisto a hablar de él, nuevamente, en esta bitácora. Y es que estos días atrás han talado el negrillo que creció espontáneamente hace ya una decena de años en el patio comunal.
A saber de dónde vino, en alas de su númen vegetal, la simiente que allí arraigó y fructificó. Lo cierto es que brotó en el suelo árido de nuestro patio. Un patio compartido por cuatro comunidades, que ha sido un secarral debido a la incuria de los vecinos durante decenios, desde que en los años cincuenta del siglo pasado, el constructor José Banús levantó el barrio de la Concepción y con él los bloques de casas, en uno de los cuales vivimos desde hace ya catorce años.

Ante la indiferencia del vecindario, el negrillo creció hasta alcanzar la altura de tres pisos y era la única mancha verde que daba un poco de alegría a este secarral donde mira la ventana de mi cuarto de estudio. Año tras año lo hemos visto florecer en primavera y cubrirse de follaje. Era un árbol de buen porte, pero modesto. No tenía pretensiones de árbol de jardin y era, como los perros mil leches, de origen desconocido, por lo que nunca alardeó de su buena planta. Simplemente, la simiente cayó por azar en nuestro patio; allí creció y, en mi opinión, sólo aspiraba a vivir, dar un poco de sombra y servir de cobijo a los gorriones que dormían entre sus ramas.

Pero se ve que su destino estaba escrito desde el momento que cometió la torpeza de brotar demasiado cerca de la fachada de uno de los bloques. Creció con tanta pujanza y ramaje que, para poder desarrollarse, empezó a inclinarse hacia el espacio abierto del patio y la calle, lanzando sus ramás más fuertes al lado contrario al edificio. Así inclinado, con toda su frondosidad, parecía como si quisiera proteger con su sombra tupida a quienes esperaban en la marquesina del bus los días de calor.

Un ventarrón, acompañado de fuerte lluvia, desgajó la copa del negrillo el año pasado. Pero, a pesar del desgarro que se llevó la parte superior del árbol, éste ha sobrevivido con esa herida y ha acudido puntualmente a la floración de esta primavera hasta que, hace pocos días, los presidente de las comunidades de vecinos decidieron condenarle a ser talado. Él, ignorante de su destino, ya apuntaba nuevos brotes y se estaba cubriendo de una capa de verde follaje que prometía ser un alivio de los calores que nos esperan este verano y refugio habitual de los gorriones.

Si en vez de un árbol desgajado, al que una poda cuidadosa le hubiese devuelto su lozanía, se hubiese tratado de un banco o caja de ahorros arruinada por la adminstración dolosa de sus gestores, hubiesen gastado dinero suficiente para salvarlo y que siguiera viviendo. Pero, en esta ciudad de asfalto y prisas ¿A quién coños le importa un árbol roto? Creo que sólo a mí, pues siento su pérdida más que el hundimiento de cualquier entidad financiera.

sábado, 31 de marzo de 2012

Por tierras de la Moraña.-

A veces, los jubilatas ganamos por la mano al resto de los mortales. Cuando ellos se van de vacaciones de semana santa, apretujándose en las carreteras, nosotros ya estamos de vuelta. Son ventajas de la edad: nuestro tiempo es de libre disposición y no estamos sometidos a ese despotismo laboral que nos marca los tiempos de trabajo y asueto. Achacosos, pero marchosos, podría ser el lema de la jubilatería actual.

Por si el improbable lector no lo sabe, las tierras de la Moraña son tierras castellanas del norte de Ávila, cerealistas, soleadas y llanas como la palma de la mano. Puede delimitarse esta comarca, aproximadamente, entre Arévalo, Madrigal de las Altas Torres, Fontiveros y algún pueblo de aquellos contornos. Es tierra de tostón horneado y de buenas legumbres, y el vino de Rivera del Duero no cae a trasmano, lo que es una bención para acompañar el cochinillo asado.
Estas bendiciones gastronómicas ayudan a sobrellevar con buen ánimo tanto personaje histórico, tanta historia como guardan estas tierras y tanto santo como por aquí transitó camino de los altares. Así, en Madrigal de las Altas Torres tuvo su palacio (desde el S. XVI convento de agustinas) el rey don Juan II de Trastámara, padre de Isabel la Católica, a quien la nacieron en esta ilustre y artística villa, y allí se acordaron las capitulaciones del Tratado de Tordesillas. Allí también, en el convento de agustinos, que está extramuros de la villa, murió fray Luis de León. En Fontiveros nació san Juan de la Cruz. En Arévalo nació el célebre, odiado y temido -a partes iguales- director del diario Pueblo, Emilio Romero, a quien se le atribuye la célebre frase de "Es más tonto que un obrero de derechas"; ganado éste que, lamentablemente, abunda más de lo conveniente para la recta marcha de la sociedad.

Y, aunque no venga mucho a cuento, a veces la Historia da pequeños motivos de reflexión, cuando uno se tropieza con ella. La santa y yo asentamos nuestros reales en Arévalo, villa donde abunda un espléndido mudéjar. Mudéjar como el que uno encuentra en tierras leonesas o aragonesas. Puede verse en el torreón del arco del Alcocer, que da paso al recinto medieval de la villa, en los restos de los palacios de linajes y en las iglesias. Estas son tierra que, aparte dar trigo y santos, dan material para construir en ladrillo o en tapial, y para empaparse de historia y arte.


Como decía, la Historia, si uno hace transposición a situaciones actuales, da para pequeñas reflexiones, como a este jubilata le ocurrió con eso de los nacionalismo de aldea mental tan boyantes hoy en día. Es el caso que uno se entera de que Arévalo fue conquistado a la morisma en el S. XI bajo el reinado de Alfonso VI, y fue Raimundo de Borgoña -francés él, y yerno del rey- quien las conquisto y repobló con gentes traídas de Navarra, de Rioja y de Burgos. Topónimos como Noharre, Narros, Naharros son claros al respecto.
Cuando los Amaiuk y cofrades de chapela ideológica defienden el hecho diferencial (creo que así se llama al invento) de la vasco-navarreidad de las tierras norteñas, ignoran que hace ya diez siglos, antepasados suyos y míos, trajeron aquí sus familias, su ganado y sus aperos y trabajaron y defendieron estas tierras como patria suya. Que también habitantes de los montes navarros, vascones y foramontanos bajaron del norte, la azada en una mano y la espada en la otra, a repoblar las fronteras del Duero y llegaron hasta el Tajo. Pero la Historia, cuando conviene, se manipula en el Ministerio de la Verdad orweliano a mayor gloria del campanario de aldea.

El caso es que Arévalo es conocido por su cochinillo asado más que por su mudéjar; más apreciado por sus alubias blancas con chorizo que por su regimiento democrático municipal en la Edad Media. Fue cabecera de la comunidad de Villa y Tierras del mismo nombre, dividida en sexmos, regentada por sexmeros que discutían sus acuerdos municipales en la Casa de los Sexmos, hoy museo histórico de la villa.
Madrigal de las Altas Torres, con ese nombre tan sonoro, es villa abrazada por su óvalo amurallado, y cuyas calles confluyen, a modo de hilos de una tela de araña, en la monumental iglesia de san Felipe Neri. Es una lástima que esté tan a trasmano de las grandes vías de comunicación, porque pasear sus calles, visitar sus edificios monumentales, recorrer el trazo de sus murallas, es un placer para caminantes curiosos y bien avisados de lo que van a encontrar a su paso.

A un servidor, desde aquellas lejanas amanecidas en el Camino de Santiago, en tiempo más jóvenes, las tierras castellanas le enamoran: incluso con su monotonía paisajística son una fuente de disfrute estético. Uno huella sus caminos, y, si le da la melopea heroica, se siente mesnadero de Myo Çid: -Polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga. Cuando mira la dureza del paisaje, recuerda la dureza de los campesinos aferrados a sus tierras en el poema machadiano de Las tierras de Alvargonzález: La codicia de los campos /ve tras la muerte la herencia; /no goza de lo que tiene / por ansia de lo que espera. Si piensa en la devoción que sentía por ella don Miguel de Unamuno, todavía acierta a recordar: Tú me levantas, tierra de Castilla / en la rugosa palma de tu mano / al cielo que te enciende y te refresca / al cielo, tu amo.

Para qué negarlo: uno es más de terrón que de rubias arenas de playa.

lunes, 26 de marzo de 2012

Teoría de Andalucía.



Así titulaba don José Ortega y Gasset un artículo, publicado en el diario El Sol, en abril de 1927, que este jubilata ha leído estas semanas atrás en un ejemplar de la Revista de Occidente de 1942.

Allí habla de los tópicos forjados en el S. XIX, de una Andalucía tierra de bandoleros y contrabandistas, de su supuesta alegría y del cante jondo, para concluir que "Toda esta quincalla meridional nos enoja y fastidia".

A este jubilata le llamó mucho la atención la teoría de don José: lo que tópicamente se ha llamado holgazanería del andaluz es, en realidad, una forma de adaptación para lograr vivir con el mínimo esfuerzo en una tierra rica en recursos naturales; y lo que podría considerarse pereza es un esfuerzo de mínimos para lograr la vida dichosa de lo que debió ser el Paraíso.

A lo mejor es por eso -piensa un servidor, que no tiene las doctas discurrideras del señor Ortega y Gasset-; a lo mejor es porque las teorías económicas neoliberales que está imponiendo el gobierno de la Gaviota Azul son lo contrario a un paraíso donde vivir reposadamente, los andaluces han votado (los que han votado, muchos se han quedado en casa vista la inutilidad del esfuerzo) mayoritariamente opciones de izquierda.

Porque el modelo de vida que el gobierno y la patronal quieren para los trabajadores (el chino acurrucado detrás del mostrador doce horas al día, esperando al chaval que le compre medio euro de chuches y al guripa de las cervezas) no casa bien con la holganza que el andaluz considera ideal de vida; que algunos siempre hemos considerado ideal de vida.

Y aunque uno es hombre del norte, coincide con la actitud del andaluz en cuanto que está más preocupado por vivir que interesado en dejarse explotar impunemente en nombre de frías teoría económicas fraudulentas.

Siempre me ha parecido que Le Droit à la paresse, de Paul Lafargue, debía ser el catecísmo a enseñar en las escuelas primarias, y que el trabajo asalariado es, en verdad, una maldición bíblica, fruto amargo de un dios cruel. Lo cual está a años luz de la mentalidad calvinista, inspirada en el trabajo duro, en la ganancia como signo de la predestinación divina, y que sirve de excusa para la acumulación de riquezas del neoliberalismo que nos corro la entraña social. Y se ve que en esa concepción de la vida como derecho a la holganza y al reparto del trabajo para que todos tengan derecho al descanso, es donde coincidimos los andaluces, Paul Lafague y un servidor. Un acuerdo de esfuerzos míminos para lograr un máximo de felicidad.

Y al chino pesetero y al patrón explotador y al político esquilmador de derechos sociales, que les vayan dando tila. Nosotros a lo nuestro...

domingo, 18 de marzo de 2012

Aunque no lo parezca...



Viajar en el metro madrileño, aunque parezca que no, puede ser una experiencia por demás interesante. No lo digo por aquello de que "Nadie da más por menos", según la propaganda oficial que ha tratado de convencernos de lo baratito que sale comparado con el de otras ciudades europeas. Tampoco lo digo porque nuestras autoridades presuman de tener el mejor metro de Europa. Ya se sabe que la propaganda política va por unos derroteros y la vida real por otros.

A este jubilata lo que realmente le llama la atención no es la auto propaganda de los políticos, es la vida marginal con la que uno se tropieza en los viajes subterráneos; una vida con olor mugre y derrota; una vida hecha de pequeñas trampas para conmover al personal y sacarle una monedas. En fin, me refiero a los marginados sociales que sobreviven pidiendo en el metro.

Es cosa sabida que el metro está lleno de pedigüeños, de indigentes que se ganan la subsistencia contando sus lástimas, más o menos las mismas, entre estación y estación. Son parte del paisaje suburbano, de la misma forma que lo son los apretujones en hora punta o ese sutil olor a sobaquina que te impregna la ropa, aunque salgas de casa recién duchado.

Confieso que un servidor, como cualquier otro, siempre ha hecho por ignorarlos y a llegado a acorazarse ante su exhibición de miseria y derrota. Según norma no escrita, el viajero suburbano entra en el vagón predispuesto a no dejarse conmover por esos desecho sociales, a ignorarlos como con miedo a ser contaminado por su fracaso y su cochambre. Cada cual considera que su propia vida es lo bastante complicada como para no verse en la obligación de aceptar, y remediar como si fueran propias, las desgracias ajenas. De tal forma que acabamos por negarle la existencia al pedigüeño quien, desde el centro del vagón, va desgranando su rosario de hambres físicas y sociales.

Pero, últimamente, he decidido que no, que los indigentes no son transparentes, ni invisibles; que, por muy miserable que resulte su vida, tienen, al menos, dercho a que reconozcamos su existencia. Siquiera durante los pocos minutos que se cruzan en nuestras vidas. Lo cual me ha obligado a mirarlos a la cara y prestarles atención mientras exhiben su penalidades, reales o fingidas. Lo cual no significa que me vea en la obligación de darles una moneda, sino solo que no les niegue el derecho a ser oídos.

Una vez aceptado su derecho a no ser ignorados y puestos a observarlos, se acaba descubriendo que no todos los pobres son iguales, que detrás de cada uno de ellos hay una vida descalabrada por razones distintas.

La otra tarde, mientras viajaba en la Línea 5, entró en el vagón uno de tantos. Era un hombre menudito y de cuerpo enjuto, con su hambre incorporada. Tenía una barba entrecana que bien podría ser como la que he llevado yo durante decenios y unas gafas que le daban un aire modestamente intelectual. Era tímido y tenía una voz poco enérgica, no muy a propósito para dejarse oír en medio de ese ruido con sordina que zumba en los vagones debido a la velocidad del convoy.

Dijo unas palabras respecto a su necesidad de pedir y, en vez de contarnos sus desgracias, como suele ser lo habitual, empezó a recitar un epigrama de Nicolás F. de Moratín, que yo había aprendido siendo niño de escuela: "Admiróse un portugués / de ver que en su tierna infancia / todos los niños en Francia / supiesen hablar francés..." No había intención de humor ni asomo de ironía en su recitado, simplemente era un recurso para llamar la atención. Y lo hacía como con pudor por verse obligado a esa humillación.

Pasó por mi lado, le di una moneda y me dijo: "Gracias, caballero". Pensé que un indigente usando esa fórmula de cortería era alguien capaz de mantener su dignidad a pesar de su fracaso como ser social. Aunque parezca una simpleza decirlo, me di cuenta de que era un ciudadano como cualquiera de nosotros y con derecho a ser reconocido como tal, a pesar de ir hambreando por el metro.

En fin, el otro día caí en la cuenta que los mendigos tienen rostro.

jueves, 8 de marzo de 2012

Emprendedor ¡Para la crisis!

Ya sé que llego un poquito tarde, pero los jubilatas somos lentos de neurona. La idea de la campaña aquella de la Comunidad de Madrid ¡Para la crisis! fue tan brillante que no me resisto a comentarla, aunque sea con tanto retraso.
Parece ser, con eso del desempleo galopante, que las autoridades autonómicas decubrieron un campo de infinitas posibilidades donde ponerle remedio. No se trataba de reindustrializar el país, lo que hubiera supuesto una grave colisión con los intereses exportadores de doña Merkel (al diablo mejor no pisarle el rabo); ni se trataba de potenciar la agricultura de nuestros secanos -que nos lo venden más barato de por esos mundos subdesarrollados); ni siquiera de resucitar la cabaña ganadera (que ya te viene toda la carne envasada); ni siquiera de insuflar nuevo fuelle al ladrillo, cuando el banco no está por la labor del crédito hipotecario. La cosa era mucho más ingeniosa y no comprometía a nada. Era la acreditada táctica de predicar en lugar de dar trigo; de regalar consejos y dar palmaditas en la espalda.
Se trataba de animar a la gente a ser emprendedora y hacer de cada parado un empresario. La cosa, si no lo entiendo mal, funcionaba así: tomas una familia con todos o parte de sus miembros en paro y les dices, mediante hábil campaña publicitaria: ¡Sea emprendedor! Las autoridades, con grandes dosis de optimismo oficial, animan al parado a que emprenda negocios, funde su empresa, se enriquezca, explote a sus trabajadores (la nueva ley de regulación laboral se lo ofrece en bandeja)), desgrave cuanto más rico más impuestos y disfrute de paraísos fiscales... si llega a tener éxito. Si no, como en el parchís, otra vez a la casilla de salida. Al ser gente en riesgo de exclusión social, seguro que no pierden nada por intentarlo. Todo menos ser un lastre en las colas del INEM.

A un servidor, como jubilata en activo, se le ha pasado la hora de ser emprendedor y no tiene otra opción que ir de mirón. Ahora, como no hay obras públicas que mirar desde la valla, he decidido observar las señales de emprendimiento empresarial que abundan por mi barrio. De momento, ricos, ricos de SICAV y negocios Gürtel no abundan mucho por este barrio de la Concepción, pero todo se hubiese andado si hubiese funcionado la campaña de los Emprendedores esos.

Porque materia prima sí hay. Basta con parase a leer la publicidad que echan los nuevos empresarios y que abunda por marquesinas del bus, farolas, semáforos, buzones de comunidades, parabrisas de coches y bocas de Metro. Y sí, he descubierto que mi barrio está lleno de emprendedores. Gente que aguza el ingenio, por ejemplo, para pintar un piso por 390 € y cobrar al final de la fanea. Además, garantizan el buen hacer del trabajo y la limpieza de ejecución. Alguien así, con esos precios de saldo chino, no puede menos que forrarse en cuatro días y hacerse un capitalito en las Islas Caimán de aquí a cuatro meses.

Con eso de ser emprendedores al estilo neoliberal, los chapuzas de antaño se reciclan en "Manitas"; empresarios habilidosos que, con las mínimas infraestructuras (una caja de herramientas), te arreglan muebles, enchufes, persianas; te montan tarimas flotantes, apañan grifos... Además, siguiendo las rectas doctrinas de desregulación neoliberal, no te expedirán factura, con lo que te ahorras el IVA.

También los hay más tradicionales, para quienes la actitud emprendedora se limita a repetir pautas ya marcadas. Es el caso del emprendedor tipo "Compro piso en esta zona", que ya no tiene aquel fuste del Pocero de Seseña o del Florentino Pérez, quienes tan gloriosamente transitaron por el cemento patrio. Aquél se limita a comprar por X y verder por X+1 . No es original pero al menos no molesta en las listas del paro. No hay por qué minusvalorarlo, todos adoran al dios Capital y tienen derecho a buscarse un huequecito en su regazo.

No se vaya a creer el improbable lector que sólo hay emprendedores autóctonos, tambien haylos exóctonos, pero con las mismas ganas de tañer la lira ante el altar del becerro de oro. Es el caso de los curanderos originarios del África profunda, llegados en patera para emprender una nueva vida llena de oportunidades. Son chamanes en contacto con las fuerzas de la Naturaleza que lo mismo te curan un matrimonio desvencijado por el tedio, que te hacen un apaño favorable en un juicio por desahucio, o te arreglan la cosa esa fláccida de entrepierna, o te sacan de la droga en un decir ¡Jesús! Todo ello garantizado al 100% de eficacia.

O quien te vende carne joven de mujer emigrante para eso del trato venéreo, que es negocio suculento y no hay que ser muy emprendedor, pues se trata de empresa de acreditada solvencia. Solo hay que ser bastante hijoputa, pero eso no está reñido con la ética capitalista. Además, puticlub o cajera de un supermerecado, todo es mercado laboral, y en todas partes te putean.

Tienen los emprendedores, además, otra ventaja social. A saber, que al pasar de empleados por cuenta ajena a empresarios, se acaba la explotación laboral por pura eliminación de una de las clases sociales, la más conflictiva. Cada cual es amo de sí mismo y de su chiringuito. Se acabó el malestar social, el patrón explotador, el proletario ocioso. Todo son ganancias y Milton Friedman sonreirá gozoso en su tumba.
¡Ah, si Mariano le diera un empujuncito al invento este!

sábado, 3 de marzo de 2012

Un viaje en invierno.-

Hace ya 39 años que no volvíamos a Ibiza. No es que se trate de un lugar donde uno tenga un interés especial en ir, pero es allí donde había plazas libres en el IMSERSO, y allí fuimos. Ya se sabe cómo somos los jubilatas: al toma, todo el mundo asoma, y si te dan la vaquilla, corre con la soguilla, que decía Sancho. Te dan un viaje a Ibiza o a Torremolinos, pues allá que te vas. La tercera edad no es exigente para esas cosas y come bien, incluso demasiado, en cualquier hotel con bufé libre.

Volver a Ibiza y más formando parte de la tropa jubilata ha sido una experiencia a la que conviene dedicar cinco minutos de reflexión. Uno, en su casa, entre sus cosas, se sabe jubilata, pero no viejo. Ahora bien, entreverado en el lote de un vuelo charter de 180 carcamales tripudos, derrengados, arrugados, pero contentos como niños en patio de recreo, esa es otra cosa. Uno se da cuenta, mal que le pese, que está donde le corresponde: entre gente de una generación que trabajó duro y que ahora aspira a mojarse la tripa en la playa, a que todos los días le pongan paella en el menú, a dormir la siesta, al bailongo de por las noches y a que vayan dando tila al colesterol. O sea, una generación que está apurando los magros restos de una sociedad de bienestar tan enteca como la española, convencida de que a sus nietos, cuando lleguen a estas edades provectas, les van a dar mucho por ahí...
El jubilata es engranaje de una máquina bien engrasada. Incluso siendo inactivo laboralmente, produce beneficios. No sólo a la industria farmacéutica, sino al chiringuito turístico que tenemos montado desde los años del desarrollismo. Porque el jubilata, nada más llegar al hotel, se da cuenta que es el motor económico de la hostelería. No habría hoteles costeros abiertos en invierno si no fuera por las remesas de viejitos jacarandosos que cada semana se apuntan a escursiones guiadas, desbordan los paseos marítimos, las playas, las tiendas de ensaimadas... Yo creo que por eso come con tanto entusiasmo en el bufé; no por llevar la contraria al colesterol y otros males propìos de la edad, sino por dinamizar los sectores productivos de la alimentación y de la distribución. El jubilata viaja, según me parece, porque tiene fe en el sistema y ayuda, con sus excesos gastronómicos de barra libre, a su sostenimiento.


De lo que no estoy tan seguro es que el sistema crea en el jubilata. El día que la Merkel se de cuenta del apaño ese de los viajes gratis para la tercera edad, estoy seguro que a Mariano le va a dar un buen tirón de orejas y se va a acabar la cuchipanda del bufé libre. Entonces -todo llegará- los empleados de hostelería tendrás que buscar trabajo "aunque sea en Laponia" según amable sugerencia de la Patronal, y los improductivos jubilatas irán a tomar el sol junto a las tapias del cementerio, como antaño. Yo no, que seguiré gruñendo, desde esta bitácora, mi poco aprecio por esta sociedad absurda que me acoge en su seno mientras dure la cuerda.
No sé por qué, si dices que vas a visitar esta isla pitiusa, a la gente le da envidia. Envidia, hace 39 años, cuando estuvimos recien casados la santa y yo. Fuimos con 7.000 ptas (Pesetas, con mayúscula, y no los 42 euritos de ahora) que le dieron en la empresa al presentar el libro de familia, y nos dejamos ganar por la luz, por los azules límpidos y por los blancos destellantes. Las calles que subían a Dalt Villa estaban empedradas con cantos irregulares o eran de tierra. los indolentes hippis (paz, amor y canuto) exhibían sus artesanías y sus alamares en la plaza de Armas. Las suecas, inalcanzables, pero siempre tierra de promisión, lucían sus carnes liberadas por las playas y, en general, contra franco vivíamos mejor y teníamos ilusión de que el mundo se iría apañando.

Pero llegas 40 años después, con las flaccideces propias de la edad, con bastante mundo recorrido, y ves las calas llenas de urbanizaciones deshabitada y que, si no es por la amorfa masa jubilata, tan dócil ella, la economía isleña entraría en recesión. Aquellas suecas incalcanzables entonces, hoy son abuelas fondonas, con mamas como odres vacíos. Encima, el Sistema no tiene rostro y no hay contra quién luchar, siquiera como jubilata progre, cosa que siempre queda bien en la bitácora; aunque algunos improbables lectores se me cabrean y lanzan pulladitas.
Total, estuvimos en Ibiza, recorrimos la isla (en el interior no hay urbanizaciones, ni hoteles; sólo bosques de coníferas, campos sin cultivar, en su mayoría, almendros en flor, olivos: verdor, ocres y vida pausada), y volvimos a este Madrid que va a privatizar el agua del Canal, a mayor gloria de la aberración neoliberal a cualquier precio. Por eso, el domingo iremos a la consulta popular, a decir que no, que el agua, como el aire que respiramos, no tiene amos.

martes, 21 de febrero de 2012

El enemigo.-



Los bachilleres lo son ¿Los jubilatas también somos "el enemigo"?






Estas son las armas antisistema que manejo.


Señor comisario, si me muelen a palos, como a los estudiantes, al menos hagan el favor de regalarme un frasco de betadine. La jubilación no da para muchas alegrías.

sábado, 18 de febrero de 2012

Patriotismo de garrafón.-

En estos tiempos de depresión psico-socio-económica generalizada y anonadamiento ciudadano, me han llamado mucho la atención dos noticias de rancio sabor folclórico-patriótico: lo de la vindicación de Gibraltar español, por parte del embajador nuestro, y lo de la muy patriótica queja del gobierno español por lo de los guiñoles del Canal Plus francés.

Yo allí no estuve, pero me imagino la escena. Llega el señor embajador español a la sucursal comunitaria europea de la Plutocracia Financiera, coge en un aparte al representante inglés, le tira de la manga para llamar su atención y le suelta eso de ¡Gibraltar Español! Me imagino la cara del representante de Su Graciosa Majestad Británica, quien debió mirarle como pensando: ¡Joér, cómo está el patio en Spainkigistán!, para decirle a continuación -ya digo que yo no estuve allí, pero me lo imagino - que verdes las habían segado y que allí estaban a lo que había que estar; o sea, a meter tijera en recortes sociales y a rescatar países previamente empobrecidos por los mismos mercados a los que había que tranquilizar.

Hay que ver lo que es la diferente idiosincrasia de los pueblos, me dije: La flema británica frente al trémolo patriótico hispano.

Oída la noticia, y con muchísimo esfuerzo, hice un ejercicio de empatía y me puse en lugar de un gibraltareño. Sólo de pensar que la Roca podía pasar a soberanía española y que aquello se iba a llenar de Camps, de CAM múltiples, de Fabras, de Gúrteles, de Iñakiurdangarines y políticos tipo Esperazaguirres con sus campos de golf en páramos sedientos, se me pusieron los pelos como escarpias.

Uno, de siempre, ha sentido nula simpatía por el despropósito histórico gibraltareño, pero pensé que, ni aún así, los habitantes de la Roca -apretujados entre el meño, los monos y el mar- merecían tan aciago destino como el de los españoles de este lado de la verja.

La otra noticia, la de los guiñoles, también me ha dado que pensar. Llegan los gabachos y empiezan a burlarse de nuestros más sacrosantos valores raciales, nuestros heroicos atletas tipo Nadal o Contador, que tan alto dejan el pabellón hispano allá donde compiten. Con volteriana desvergüenza -cochina envidia, en el fondo- empiezan a decir que si se drogan y todas esas maledicencias que manchar el honor de España toda.

Con justa queja, henchido el pecho de sacrosanta indignación, el gobierno español hace una reclamación vía diplomática. No es bastante que nos tiren los tomates, las fresas y las lechugas en la frontera, es que, encima, mancillan la honorabilidad de nuestros deportistas, esos que representan a nuestro noble macho ibérico; ese noble heredero del Antecesor Ibéricus que, ante el televisor, compite bravamente repanchingado en el tresillo doméstico; o que, desde las gradas de un estadio, vocifera defendiendo los colores de su club y forma una masa compacta en la que no penetra ni un gramo de inquietud ante recortes de sueldo, abaratamiento de despidos, empobrecimiento de la enseñanza, negocios con la salud pública y otras minucias parejas.

Y es que este jubilata tiene una idea equivocada del patriotismo, a lo que se ve. La patria la forman -piensa ingenuamente- el conjunto de los ciudadanos de un país sobre un determinado territorio soberano. Quítele usted los ciudadanos y de la patria sólo le queda un solar urbanizable. Patria es -sigue uno pensando en su ignorancia de estas cosas- que los ciudadanos que la conforman tengan un trabajo digno ("Como Dios manda", diría don MarianoTijeras), unos derechos sociales que les dignifiquen, una enseñanza de calidad para sus hijos, una sanidad pública universal y gratuita, y unas expectativas de futuro. Pero se ve que estas son palabras vanas.

Aquí y ahora, por lo que alcanzo a entender, para nuestros gobernantes patria no son los ciudadanos empobrecidos en sus derechos sociales, sino el viejo recurso a enfervorizar multitudes para ocultar problemas. Es el manido recurso de azuzar al pueblo cabrón (así lo llamaba Tirano Banderas) contra la pérfida Albión y el librepensador gabacho. Si es tal como lo supongo, a mí que no me llamen a filas, esa patria no es la mía. Es la suya y allá ellos con sus intereses inconfesados.

Aunque, después de darle vueltas a la cosa, pienso que a nuestros gobernantes se les ha olvidado un ancestral enemigo: el moro traicionero. Ya que lo tienen tan a mano, no sé a qué esperan para gritar con orgulloso ademán, ahora que a Trillo lo nombran embajador de no sé qué: ¡¡Perejil es Español, coño!!

domingo, 12 de febrero de 2012

Cabos sueltos (confidencias a un lector que nunca existió).-

... En un mundo donde lo único que importa son los logros materiales, la posesión de objetos, la lectura temprana de ¿Tener o Ser? de Erich Fromm, me inclinó por lo segundo. Y así, cuando oigo a la gente importanciosa preguntar: Y tú ¿qué eres?, me acuerdo de mi profesor de Antropología Filosófica, quien comentaba irónicamente: Yo siempre respondo: no soy nada, pero existo mucho. De igual forma, yo he optado por existir lo más posible y no ser socialmente nada, apenas funcionario y, ahora, jubilata.

Me recuerdo como lector desde la infancia, cuando en las casas no había libros (un lujo innecesario para la supervivencia). Deboraba tebeos y los escasos libros que llegaban a mis manos. Sin querer ser pretencioso, te diré que era bien niño cuando leí por primera vez El Quijote. Era un ejemplar editado en 1916 que trajo mi madre de su casa y que había pertenecido a su padre, hombre sin instrucción, pero gran lector. Por supuesto, me saltaba esas historias tan aburridas de la Pastora Dorotea o del Curioso Impertinente.

Lecturas como esa, a tan temprana edad, resultan, forzosamente, perniciosas. Que un hidalgo pueblerino, con un mediano pasar, se hiciese caballero andante para traer la justicia al mundo era una ambición perfectamente inútil y, si me apuras, peligrosa para la buena marcha de la sociedad. Por eso le volvieron cuerdo, a la fuerza, en su lecho de muerte. Yo, por aquellos años, lo ignoraba y me parecía una locura excelsa. Luego, de mayor, la cosa ya no tenía remedio. Y la cosa se complicó al leer, años más tarde, Vida de Don Quijote y Sancho, de aquel cascarrabias de don Miguel de Unamuno. Descubrí lo que tenía de sublime renunciar a la cordura.

Pero ¿para qué hablarte de mis lecturas? He leído de todo y con poco provecho porque he olvidado la mayoría de lo leído. Allá en el fondo, apenas quedan unos posos, semejantes a capas sedimentarias; testimonios geológicos de tantos tiempos perdidos. Estratos calcificados por el tiempo que han formado una costra que, por desgracia, ha enterrado definitivamente esa inocencia con la que veía el mundo durante la niñez. Ahora, sin inocencia para observar el mundo con los ojos del niño que fui, y sin madurez suficiente para afrontarlo con la sagacidad del hombre que debería ser, nado entre dos aguas: la imaginación y la realidad.

Y aún así, no hace tantos años que empecé a dar forma literaria a mis fantasmas particulares. Recuerdo bien mi primer cuento. Tiene fecha de septiembre de 1995 y se llama La Piedra del Peregrino. Lo escribí para una amiga belga con la que hicimos el Camino de Santiago aquel verano. Se llamaba Françoise, estaba recién divorciada y había venido al Camino para tomarse un tiempo de reflexión y poner en orden su vida...

domingo, 5 de febrero de 2012

Ladrones de tiempo.-

No me refiero a la TDT. Lo que allí se ve, en general, nos hace perder el tiempo, pero no nos lo roba. Basta darle al off del mando a distancia para que no nos moleste y podamos dedicar nuestro tiempo a cualquier otra actividad. Últimamente es lo que hago: por las noches, un rato de tele entre 10 y 11,30 para que me sirva de adormidera y para sentirme hombre-masa, no sea que pierda el sentido de la realidad de tanto aislarme de las pequeñas miserias sociales; el resto del tiempo lo ocupan actividades que suponen, de forma modesta, un enriquecimiento cultural en minúsculas.

Lo de ladrones del tiempo va por otros derroteros que luego diré. Si uno sustituye los ratos de tele por lectura, es lo que pasa, que uno deja de recibir información superflua, embarullada y a granel. En su lugar, la lectura proporciona información necesitada de una asimilación pausada para digerirla. A medida que uno lee (es un ejercicio que se hace, necesariamente, con cierta lentitud para comprender lo leído) se van depositando algo así como estratos de información libre de polvo y paja. Éstos van formando un depósito de conocimientos que resultan muy útiles para, antes que nada, ser consciente de que el saber produce inquietud.

Un amigo mío dice que el conocimiento es libertad; yo digo que produce inquietud y hasta infelicidad. Y si no, no hay más que echar un vistazo alrededor para darse cuenta de que los más felices son quienes practican la moral del esclavo: no tienen más obligación que creer, mirar para otro lado y callar. Lo demás se lo dan todo hecho, porque quien manda es quien tiene la responsabilidad y quien se equivoca.

Por eso, leyendo un artículo de don Maurizio Lazzarato (de quien no tengo el gusto), La deuda o el robo del tiempo, me han venido a las mientes antiguas lecturas de textos -él tembién los menciona- del medievalista francés Le Goff sobre la usura y el tiempo. Resumo: según la lógica medieval, el prestamista no te vende sólo el dinero prestado, sino el tiempo que necesitas para pagárselo con intereses. Y el hombre medieval se pregunta: ¿Con qué derecho el prestamista se hace dueño del tiempo que el deudor necesita para devolver la deuda? Si el tiempo es patrimonio de Dios, el prestamista se apodera de algo divino. El prestamista no sólo roba al deudor, roba a Dios.

Hoy, con nuestra mentalidad racionalista y laica, sabemos que el tiempo de una vida pertenece a cada cual y debe disponer de él libremente; también, en cierto modo, a la colectividad en la medida que somos seres sociales. Pero la pregunta subsiste: ¿Con qué derecho el banquero, el financiero, el sistema neoliberal se apoderan de nuestro tiempo? Porque -un ejemplo corriente-, si tenemos que endeudarnos durante 30 años para pagar un piso, nuestro tiempo le pertenece a quien nos prestó el dinero. Nuestra vida se ve abocada a esa gran preocupación: devolver dinero e intereses en los palzos fijados, durante una vida hipotecada. ¿Quién le dio derecho al banquero para apoderarse de nuestro tiempo, el que necesitamos para pagarle la deuda contraída?

Ya ni la vida ni el tiempo nos pertenecen. Como indiviuos y como colectividad nos han hipotecado nuestro tiempo al empobrecernos individual y socialmente. La deuda de los Estados nos roba el derecho a la democracia porque nuestros políticos están al servicio de quieres controlan los flujos económcios y amputan los derechos sociales conquistados por generaciones anteriores. Pero, sobre todo, nos roban el porvenir, el tiempo futuro como portador de expectativas, de posibilidades de mejora y perfeccionamiento. Nosotros (y al menos la próxima generación, como poco) y nuestro tiempo pertenecemos a quienes nos empobrecieron, primero, para luego prestarnos los dineros que necesitamos para sobrevivir como sociedad y como individuos supuestamente libres. Tenemos hipotecado el presente y el futuro. Nuestro tiempo se ha convertido en una herramienta útil para producir beneficios a los prestamistas (especuladores, bancos, financieros...). Nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro futuro, ya no tienen un sentido sagrado, como en el medioevo, sino utilitario en manos de nuestros acreedores. Es un útil que produce intereses.

Como la tele no me va a resolver las preguntas que la lectura me sugiere, prefiero asomarme a la ventana de la cocina y observar a los pajaritos que vienen a comer. En estos días tan crudos de invierno les pongo en un cuenco migas de pan y restos de comida.

Puede decirse que los gorriones son estómagos agradecidos; comen cualquier cosa con tal de sobrevivir: trocitos de espaguetis, lentejas y patata cocida, crema de calabacín, arroz requemado, cortezas de queso... Vienen a tropel y pugnan a ver quién picotea más deprisa y come más. Se roban unos a otros la comida de la boca y siempre hay algún abusón que espanta, a picotazos en la cabeza, a los otros y quiere él sólo comerse lo que he puesto para todos. No tienen sentido de la solidaridad.

Les observo y sospecho que tienen comportamientos demasiado humanos: son egoístas, acaparadores y violentos. Parecen, diría un hombre medieval, hijos de Adán. A mí me parecen, a veces, unos hijos de puta fogueados en Walt Street.

sábado, 28 de enero de 2012

El glaciar de Hoyo Cerrado.-

Que perdone el improbable lector por la tardanza. Ya sé, ya sé: si uno decide mantener viva una bitácora, una amistad, un amor correspondido, o cualquier obligación voluntariamente contraída, lo propio es que deje de pedir disculpas y asuma su responsabilidad. Pero, de verdad, créame usted: no sabía que ser jubilata tuviera tantas y tan variadas obligaciones. Es que me disperso y no paro. Tantos palos toco al cabo del día que parezco el hombre-orquesta de las obligaciones inútiles... y la bitácora navega al pairo. Por eso, no me extraña el gesto de conmiseración que ponen algunos de mis familiares cuando, por ejemplo y un poco avergonzado, les confieso que estudio latín. "¿¡¡Latín...!! y para qué? Jubilado y estudiando esa cosa tan inútil". O cuando les confieso otro de mis vicios secretos: escribir relatos. "¿¡¡Cuentos!!? ¡Si nadie te va a publicar...!" Me miran como a bicho flojo de neuronas y piensas -estoy seguro de ello- "Debe ser una modalidad de alzeimer aún sin diagnosticar".
En fin, que entre la incomprensión familiar y las obligaciones inútiles, no sé dónde tengo la cabeza. Por eso, hoy quiero hablar de otra de mis actividades: la montañera (inútil -claro- y peligrosa, según el sanedrín familiar), pero que me proporciona auténticos momentos de dicha al verme triscando por los montes como una capra hispánica bípeda y jubilante.


Fue así: Antes de nada, tomamos un cafelito en Soto del Real y nos acercamos a admirar la colonia de cigüeñas que anidan sobre el tejado de la iglesia. Luego, iniciamos nuestra andadura junto al embalse del Mediano y subimos entre tapias en paralelo al arroyo Mediano Chico. En la pista forestal hay un cartel de la Comunidad de Madrid que, si uno lee de corrido, dice: Monte Hueco de San Blas. pero no, no se trata de un monte hueco propiedad del santo ese de las cigüeñas, se trata de que por la zona hay, o había, una ermita llamada de San Blas en Viejo y por eso el entorno recibe su nombre: Hoyo de San Blas, que visto desde media altura podría semejarse a un gran, gran circo romano cuyo graderío -una tupida pinarada- asciende laderas arriba.

Siguiendo la pista entre pinares, pasamos junto a la antigua casa forestal, hoy sin techumbre, donde puede verse un esplendido ejemplar de cedro. Monte arriba, siguiendo la pista en zigzag que han labrado sobre el entiguo camino, se llega junto a una trampa para cabras montesas. Más arriba puede divisarse otra. Según Juan, estas trampas tienen por objeto capturar cápridos silvestres. La sobrepoblación de esta especie en el entorno de la Pedriza, obliga a atrapar ejemplares que luego reubican en lugares donde no abundan tanto, así que nuestro corazoncito ecológico se tranquiliza al saber que los bichos aquellos no tendrán un mal fin.

Pero es muy cerca de las cumbres donde se encuentra el Hoyo Cerrado, a unos 1770 m de altitud. De aquí, pegando un tirón ladera arriba, se puede llegar en algo más de media hora a la loma de Bailanderos, en la Cuerda Larga. Hoyo Cerrado, para quien no lo sepa, es un pequeño circo glaciar en cuya base puede apreciarse la morrena terminal y lo que fue el pequeño lago formado al cerrarse el glaciar con las piedras arrastradas por los hielos. Actualmente -entienda el improbable lector-, desde hace una enormidad de cientos de años, el lago está colmatado por los materiales de arrastre que se han ido depositando. Un pequeño arroyo serpentea entre la hierba requemada por las heladas, siendo el único y modesto vestigio que queda de aquellas aguas de deshielo que debieron bajar torrencialmente.

No es que uno esté ante los grandes glaciares que aún pueden verse por los Alpes, pero al menos el lugar es un vestigio fósil, en modesto, del antiguo fenómeno de erosión que producía el desplazamiento de los hielos cuando no existía ni asomo de la Comunidad de Madrid, ni su presidenta campo-golfista, ni el FMI, ni las subprimes, ni toda la farfolla del capitalismo financiero que nos amarga los telediarios.

Total, que subimos hasta el glaciar, estuvimos allí, lo cuento y ya he cumplido por esta semana.

jueves, 19 de enero de 2012

Un poco de proselitismo.-




Como me dice un amigo en un correo, los jubilatas de hoy día llevamos una vida "estresante", o sea, que vivimos a tope y llenos de actividades. Cosa que nos retrotrae a aquella anterior situación de cuando éramos laboralmente explotados y productivos y el trabajo nos amargaba la vida. Ahora no es que nos la amarguen nuestras múltiples actividades, pero tantos planes como queremos realizar hacen que nos agobiemos un tantico y que no lleguemos a todo aquello que nos gustaría hacer durante el resto de nuestras vidas.

Lo digo como excusa porque tengo bastante olvidada la bitácora. Pero entienda el improbable lector que estoy más liado que un ministro metiendo tijera en todo aquello que atañe a recortes sociales. Claro que con lo mío, afortunadamente, no se trata de empobrecer a mis conciudadanos, sino de simple falta de tiempo.

Bueno, a lo que vamos. Resulta que aprovecho esta entrada de hoy para hacer proselitismo. Pero un proselitismo, digamos raruno. Por eso, antes de ponerme a ello, bueno será advertir que mi religión me prohibe taxativamente captar prosélitos. Dice su primer y único Mandamiento" "No difundirás tus creencias religiosas so pena de excomunión". Por eso digo que se trata el mío de un proselitismo raruno, ya que no afecta a la verdadera y no propagable religión que he adoptado a falta de otra mejor, sino a una de mis más queridas aunque inútiles (económicamente hablando) actividades: el estudio del latín clásico.

Desde hace ya bastante tiempo estoy empeñado en el aprendizaje de esa lengua "muerta"; muerta según quienes decretaron la defunción de la cultura clásica en aras del economicismo rampante. Y resulta que no está tan muerta, que hay por esos mundos un grupúsculo de cráneos privilegiados capaces de mantener una conversación corriente en el más puro latín clásico, y un servidor está dando los primeros pasos en ese idioma que fue lingua franca europea durante siglos; que fue, además, la lengua en que se estudiaban las ciencias y hablaban las personas cultas hasta casi el S. XVIII.

El caso es que un grupo de personas nos reunimos todos los miércoles por la tarde para aprender latín, hacemos lecturas dramatizadas en esa lengua, también ejercicios de expresión escrita e intercambiamos pequeñas conversaciones. Y la cosa marcha. Pues, hombre, si funciona, -pensaba yo-, si una minoría somos capaces de comunicarnos en tal idioma ¿por qué no decirlo por ahí para general conocimiento y para que otros gocen de ese privilegio?

De ahí lo del proselitismo, lo de ganar nuevos adeptos para la causa latina; porque la cultura clásica es patrimonio de todos y está al alcance de quien tenga conocimientos escolares previos, o no (también hay quien se pone a estudiar chino sin pajolera idea), y quiera esforzarse un poco.

Apuntarse a nuestras clases es tanto o más meritorio y divertido que hacerlo a un partido político, a una religión monoteísta o a un club de fútbol, y bastante más gratificante. Los viejos dioses latinos no son celosos y crueles, como los dioses monoteístas; en todo caso son demasiado humanos. Tampoco obligan a defender una determinada ideología política aunque sea a contadriós, ni a insultar al oponente si mete más goles que nuestro equipo. Y si, de todas formas, quieres hacerlo, pues hazlo en la misma lengua en que Julio César escribía los informes de sus conquistas guerreras, o en que Marcial escribía sus ingeniosos epigramas, o Catulo se quejada de los desamores de la veleidosa Lesbia. Incluso podrás encontrar barroquismos como el del dramaturgo Marcus Pacuvius, quien llama a los delfines Nerei repandirrostrum incurvicerbicum pecus. Bueeeno... esto último es por fardar un poco, que hasta ahí nos queda mucho camino por recorrer.

¿Siente el improbable lector curiosidad por lo que le he dicho? Emplee un poco de su tiempo en entrar en este enlace: http://www.facebook.com/pages/Lat%C3%ADn-Vivo-en-Madrid/207849385937861 y verá cómo gente normalita, entre los veinte y los sesenta y bastantes años estamos en ese empeño. Y si vive en Madrid y quiere venir a conocer este grupo de irreductibles latinistas, pásese el miércoles por la calle San Mateo, número 15, junto al Museo del Romanticismo, entre las seis y media y las nueve de la tarde y nos verá metidos en faena y mas contentos que un sapo flauta en una charca verde. Le recibiremos con un: Salve, amice, quomodo vales?

miércoles, 11 de enero de 2012

Tomando el fresco.-

El sábado pasado un amigo y yo cogimos los arreos de montaña y nos fuimos a la Sierra a tomar el aire fresco. Ese sábado, el día siguiente a Reyes, con la madrugada, tomamos el tren que nos llevaba a Cercedilla para olvidar los tufos de las fiestas pasadas. Camino del Metro, pasé por delante de los contenedores donde se acumulaban todos los desechos de los regalos abiertos el día anterior. No es para dicha la cantidad de envases de cartón, plásticos y papelorios de colorines desbordando contenedores y aceras a mi paso. Tanto como para verme obligado a desplazarme por la calzada, a ratos.
Los que, con la infancia, perdimos la fe y las ficticias ilusiones en los Reyes Magos derrochones, agradecemos que la cruda realidad nos muestre las cosas como son: un gasto descontrolado de todo tipo de artilugios jugueteros a los que los niños no hacen más caso que mientras los están abriendo. Ya se sabe que los jubilatas, a fuerza de cumplir años, hemos sustituidos esas falsas ilusiones por un escepticismo irónico, así que pasamos de cabalgatas y preferimos las caminatas.
Sabemos que, tras tanto regalo -vulgar industria de hiperconsumo fugaz- lo que queda es la paga extra en parada cardio-respiratoria y toneladas de envases inútiles que hay que retirar de la vía pública y reciclar, en el mejor de los casos. Como quien dice, tenemos fundadas sospechas de que, tras los interesados regalos de Sus Majestades de Oriente, siempre hay, de una forma u otra, listos urdangarines dándole al manubrio de la caja registradora. Sin contar, ya digo, las toneladas de la industria del cartonaje convertidas en inútil basura.

Es cierto que los jubilatas no andamos sobrados de ilusiones ilusas, pero tenemos algunas ventajas. Por ejemplo,los que ejercen el poder no nos congelan la pensión (incluso nos la suben un generoso 1%) por aquello de que somos millones de votantes y, si nos cabreamos, podemos irnos con el voto a otra urna más a la izquierda. También tenemos otra gran ventaja: que el transporte nos sale baratito, baratito.

Lo digo, sobre todo, por aquello de poderse ir a la Sierra sin pagar billete de tren, lo que tiene doble ventaja: aparte del ahorro -que se agradece- el hecho de que esta gratuidad nos anime a salir con frecuencia al monte a hacer ejercicio, tomar el aire fresco y limpiarnos los pulmones de la contaminación madrileña que doña Botella, siendo concejada de la cosa medioambiental, negaba con tanta convicción como incompetencia.

Lo cual, a mi parecer, produce un grave desequilibrio en la pirámide de población. Me explico: por aquello del transporte gratis, vamos con frecuencia a la Sierra y, como he dicho, hacemos ejercicio, respiramos aire puro y nos mantenemos sanos. Consecuencia adversa: los que vamos para viejos duramos más, la pirámide de población crece por el vértice mientras se estrecha por la base y, encima, tienen que seguir subiéndonos ese generoso 1% anual de pensión para mantenernos contentos. Que ni por esas.

Pensada la cosa en plan maltusiano y neoliberal, deberían retirarnos la tarjeta de transporte. La Lideresa doña Espe se ahorraría una pasta muy útil, por ejemplo, para abrir un nuevo campo de golf, tan necesario para el asueto de las clases dirigentes; la población vejestoria, obligada a respirar el aire contaminado, se moriría más deprisa; las funerarias e industrias auxiliares (tal que los fabricantes de féretros, coches de muertos, floristerías, imprentas, notarías...) tendrían pingües beneficios que darían como resultado el aumento de los contratos de trabajo. Quién sabe, a lo mejor por ahí se salía de la crisis esa que tenemos que pagar con nuestro menguado IRPF.

Elucubraciones aparte, en la cumbre del Montón de Trigo se estaba francamente bien. El aire era diáfano y puro y las vistas de postal. El Peñalara lucía su cara norte nevada; la Cuerda Larga, alomada y tendida, invitaba a una travesía, y Siete Picos parecía al alcance de la bota montañera. Por el lado segoviano, la Pinareja y el Oso lucían señeros. A nuestros pies, los pinares de Valsaín y, allá a lo lejos, en la Castilla llana, las agujas de la catedral de Segovia.
Todo eso, ya ve el improbable lector, gracias a un abono transporte.

martes, 3 de enero de 2012

La mansedumbre de Nuestra Señora.-

En estos días de turrón a mansalva y felicidad de oficio, he entretenido mis ocios de jubilata curioso releyendo Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo. Atrás quedan los tiempos de escolar, cuando me enseñaron que Berceo fue el mejor representante del Mester de Clerecía y aprendí qué eran el tetrástrofo monorrimo y la cuadena vía, en que escribía su poesía de culto hombre de iglesia, allá por el S. XIII, el monje riojano.

Lo he hecho, su lectura, digo, en una vieja edición de la Cía. Ibero-Americana de Publicaciones (Madrid-Buenos Aires). El librito llegó a mis manos en pésimas condiciones, muy deteriorado, impreso en rústica, en un papel quebradizo y de gran acidez, cuya encuadernación restauré hace unos meses. No tiene año de publicación, pero es algo posterior a 1929, por cierta información que allí se da.


Pues bien, cuando uno pierde la inocencia de los primeros años, y relee viejos autores con ojos nuevos que ya saben distinguir si gato o liebre, descubre que las cosas tienen otro cariz a como recuerda de viejas lecturas de bachiller en letras. Y en esta ocasión, he puesto el interés en observar la fuerte carga ideológica religiosa que informa esta obra.

Ya sé que esto no debería sorprenderme, pues el sentimiento religioso impregnaba -como acutalmente en el mundo musulmán- toda la sociedad medieval. Y un estudiante de Historia, como yo fui en tiempos, no debe juzgar con la mentalidad actual comportamientos, testimonios y sociedades que tenían sus propios criterios de comprensión del mundo que les tocó vivir. Su cosmovisión, según se dice.

Pues eso. Lo digo por la subjetividad de mis comentarios, que siguen: Visto con ojos de lector curioso y convicciones laicas, uno se sorprende al comprobar que la siempre dulce Nuestra Señora tiene, respecto a sus devotos, una actitud de dama de alcurnia, orgullosa de sus prerrogativas y dispensadora caprichosa de favores a sus fieles vasallos, que llega a contravenir, cuando le conviene, las leyes divinas y las naturales. Y, respecto a quienes causaban daños a sus devotos, un ensañamiento que roza la crueldad, sin recatar insultos hacia el protervo.

Al obispo que prohibió decir la misa de Santa María a un clérigo ignorante (quien no sabía más latines que los de esa misa), le amenza: "e tu serás finado hasta el extremo día / ¡Desend verás que vale la sanna de María!". Que la madre de dios, sañuda, amenace con la muerte eterna al obispo es para que éste se eche a temblar: "Fo con estas menazas el obispo espantado..." afirma Gonzalo. ¿Y quién no?

Y a aquel canónigo de Pisa, que se iba a casar porque heredó la fortuna familiar y así se lo exigían sus parientes para que tuviera descendencia, le llama: "Don fol, malastrugado, torpe e enloquido / ¿En qué roidos andas, en qué eres caído?", y hasta se muestra celosa "Assaz eras varón bien casado comigo". Como se ve, mejor era plegarse a su santa voluntad.

Pero lo que más llama la atención es el odio antisemítico que se desprende de algunos de sus milagros, como el del Niño Judío o los Judíos de Toledo. Llega, en una misa de pontifical en la catedral, a incitar a los fieles contra los rabíes de la aljama: "Oíd -dixo- christianos, una extrana cosa: / la gent de iudaísmo sorda e cegaiosa / nunqua contra don Cristo non fo más porfiosa /. Llama a los judíos "los que mala nazieron, falssos e traidores". Y el buen pueblo cristiano asalta la judería: "Movieronse los pueblos, toda la clereçía / fueron a mui grand priesa pora la iudería / Guïólos Jesu Cristo e la Virgo María".

El odio que el cristiano medieval sentía hacia los judíos es un tópico conocido en la literatura de la época, pero que el bueno de Gonzalo lo ponga de exiemplo para alabar a Santa María da idea de lo aberrante que puede ser la religión llevada a su extremo... y de la escasa mansedumbre de la Señora que tan rencorosa se muestra porque sus paisanos dieron muerte a su Hijo trece siglos antes.

Puestos a verle la otra cara a la Historia, me viene a las mientes el célebre Don Suero de Quiñones, tan admirado por los peregrinos jacobípetas. En Hospital de Órbigo, año 1434, organizó las célebres justas del Paso Honrosso en honor y por amor de su dama, donde llegaron a romperse casi 300 lanzas en combate con los caballeros que por allí pasabam camino de Santiago. De este tan noble Don Suero, del que uno encuentra centenares de entradas en Google alabando su gesta caballeresca, es difícil encontrar una sola referencia a las tropelías que perpetró en la aljama de León.

En manos de prestamistas judíos porque, a lo que se ve, llevaba un tren de vida "por encima de sus posibilidades" -tal y como dicen de nosotros los políticos y otros fautores del descalabro económico que sufrimos- resolvió el problema de los vencimientos impagados a taja-cuellos. En un tiempo de disturbios civiles y pesca a río revuelto, Don Suero de Quiñones protagonizó, seguido del entusiasta populacho, el asalto a la judería leonesa y no dejó títere con cabeza.

Lástima que aquellos eran otros tiempos. Si fuesen los actuales, les hubiese sido útil conocer las opiniones del israelí Shlomo Sand y su ensayo La invención del pueblo judío. Habrían aprendido que los judíos no son un pueblo étnicamente distinto al resto, sino una cultura religiosa que tuvo gran capacidad de proselitismo, lo que le llevó a extenderse por el N. de África y el E. de Europa; que fueron los cristianos desde tiempos de Constantino quienes ayudaron a crear el mito de los judíos como pueblo. Claro que, en un apugna entre monoteístas, cultura religiosa o pueblo elegido son motivos suficientes para el odio y el degüello, llegado el caso. No importa que las masas enfervorecidas sean guiadas por Santa María o por un noble arruinado.

Para terminar, si el improbable lector encuentra que la poesía de Berceo, o los actos caballerescos de un noble leonés no están para ser comentados por jubilatas con ínfulas culturetas, que no me lo tome a mal. Aplíqueme lo que decía el monje poeta de San Millán en El Milagro de Teófilo: "...Non quisso que granassen esas tales lavores /ca eran barvechadas de malos lavradores".