domingo, 10 de junio de 2012

No es lo que parece (aunque nos parece lo que es)


Este sábado pasado hemos ido un amigo y yo a hacer una marcha por los montes próximos a Cercedilla. Subimos a Marichiva y, desde allí, por la senda que lleva a los ojos del río Moros y al collado de Tiro Barra, subimos al Minguete. Los piornales estaban en plena floración y las laderas de los montes alfombradas de un intenso amarillo contrastando con los verdes jugosos del matorral y los verdes oscuros del pinar, como si nos moviéramos en un inmenso cuadro impresionista.

En los nacederos del río Moros nos paramos a disfrutar del silencio sonoro de la naturaleza. El rumor de los arroyos, las llamadas del pájaro carbonero y la brisa serrana que corría entre los pinos nos han hecho olvidar, durante un corto espacio de tiempo, este mundo desabrido de engaños ý desinformaciones interesadas a los que nos someten nuestros gobernantes, lacayos indignos y voluntariosos de un sistema socioeconómico que no nos da respiro.

De vuelta a casa, estaba yo tan a gusto cenando cuando, en el telediario aparece el ministro Del Guindo para decirnos que aquí no pasa ná. Que los que mandan en nuestras vidas y haciendas (FMI, BCE, CEE) nos habían concedido 100.000 millones de euros para sanear la banca española. Hacía apenas un día, con estas orejas que se han de comer la tierra, este jubilata oyó al Mariano afirmar que la banca española no necesitaba un rescate. Por supuesto, cuando lo oí supe que era cosa hecha, y mi único interés era saber cómo iba a atar por el rabo la mosca del rescate bancario con las declaraciones que, en ese momento, estaba haciendo. Pero no ha tenido que hacerlo, para eso tiene a un propio: el ministro Del Guindo que, aunque se le da mal mentir, no le importa.

Y Del Guindo, desde el púlpito del guindo televisivo, va y nos dice que lo de los cien mil millones de euros para la banca española no es “un rescate”, que es “una ayuda”. Hombre, se me ocurre pensar, qué más nos da cómo lo llamen, si acaban de endeudarnos en esos miles de millones que producen mareo. Y añade el Del Guindo que la ayuda se concede en las mejores condiciones posibles; que es asunto que sólo afecta a los bancos, pero que no afectará a los ciudadanos. A continuación, un corresponsal dice que el estado español se hace cargo de la deuda y de los intereses. ¿Y quién es el Estado, los banqueros defraudadores o el común de los ciudadanos? Informaciones y contra informaciones se suceden, mezclan y contradicen en el mismo telediario.

A un servidor, como a cualquier ciudadano medianamente avisado, le molesta la impunidad con la que manipulan mentiras, medias verdades y desinformaciones interesadas. Pero hay algo que este jubilata lleva como un contradiós, y es que toda esta gente haya leído (¿lo han leído?) con tan poco provecho a Orwell y su 1984. Esa burda neolengua que utilizan para no llamar a las cosas por su nombre, ese tosco Ministerio de la Verdad que se han inventado para deconstruir el poso de la historia en función de sus torpes intenciones, ese Gran Hermano televisivo chapucero para embrutecer conciencias, no tienen la categoría, ni por asomo, de la premonición histórica que nos cuenta Orwell en su novela.


Así ve Eneko el rescate
Ya sé que, aunque parezcan y lo sean –torpes- su torpeza tiene una finalidad no confesada: desorientar al ciudadano, volverle temeroso de los males futuros y sumiso ante los presentes – todos ellos presentados como irremediables –, hacerle sentir como un ignorante, incapaz de reconocer y afrontar sus propios problemas y dejar en manos de “los que saben” la responsabilidad.

Ya nos lo advirtió Noam Chomsky en su artículo 10 estrategias de manipulación. También Naomi Klein en su Doctrina del Shock nos dice que todo responde a una estrategia programada. Y sí, nos mantienen en estado de schok permanente: un día estalla el ladrillo en mil pedazos, otro día son las Cajas de Ahorros agusanadas que dejan a sus cuentacorrentistas en un ¡Ay! Un día sí, otro también, son las variopintas corrupciones de políticos y afines; otro día es Bankia que se va al carajo, o la prima de riesgo disparándose. Hoy, penúltima patada en nuestro culo colectivo, un rescate de 100 mil millones de euros que, según el ministro Del Guindo de la Cosa, no es rescate sino ayuda. Mientras, la gente que saca a sus viejos de los asilos para poder vivir con la pensión; los que se quedan sin vivienda pero mantienen la deuda con banco que los expropió, o los niños cuyos padres no pueden pagar el comedor escolar.

La cuestión no está en si los mercados se quedarán o no tranquilos tras esta inyección de dinero en los bancos españoles. Está en saber, por fin, si seguiremos practicando la moral del esclavo y sometiéndonos, o levantaremos la voz.

¿Y si empezamos a movernos un día de estos?

domingo, 3 de junio de 2012

Con la conciencia tranquila


Yo no se al improbable lector, pero a este jubilata, cada vez que oye decir “Mi conciencia está muy tranquila”, le entran ganas de mover la susodicha conciencia a palos, a ver si con cuatro meneos bien dados aquélla sale de su atonía y empieza a servir para algo, aparte de para justificar los enjuagues de su propietario.

No hay en esta Expaña nuestra un prohombre (o una promujer, por aquello de la equiparación de géneros o sexos) que no recurra a la frasecita de marras cada vez que les pillan con los dedos hurgando dentro del cajón de los dineros públicos.

Esta jubilata lleva perdida la cuenta de cuántos políticos o representantes de instituciones públicas se han atrincherado en el argumento de "tengo la conciencia tranquila" para justificar lo injustificable: que los recursos públicos, cuando son administrados más a favor del interesado que del bien común, no son cuestión de conciencia individual, sino de malversación pura y dura. Eso como poco, cuando no se trata de un simple latrocinio ejercido sobre los recursos de la ciudadanía.

Creo que debería quedar absolutamente claro lo siguiente: la conciencia individual, tranquila o no,  no es un resorte de precisión que nos advierte de la inmoralidad de un acto en la esfera de lo público. Los actos de un personaje público, en cuanto ejerce como tal, no se deben regir por una conciencia personal y acomodaticia, sino por el respeto a la legalidad, a la norma establecida y al bien común. Como quien dice, use usted de su conciencia en la esfera privada, le diga lo que le diga ésta, que a nadie le importa, pero en cuanto individuo con responsabilidades públicas, son otras las voces las que dirán si usted obró bien o mal.

A estas reflexiones andaba yo dándole vueltas cuando le oí decir al Presidente del Consejo General de Poder Judicial que tenía la conciencia muy tranquila, tras airearse en los medios eso de que se gastó ciertos dineros del erario en viajes a Marbella, que se alojó en hoteles de categoría y que llevó a un acompañante, todo a cargo de dineros que no salieron de su bolsillo. Mira qué bonito ejemplo en tiempos de escasez y recortes económicos en las instituciones del Estado. Quizás el hecho de ocupar la cúspide de la magistratura estatal le haga creer que tiene privilegios de los que no goza el pueblo mezquino, pero ha olvidado aquella máxima de que la mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino parecerlo.

Y aquí la impresión general es que las castas privilegiadas, instaladas en el poder en supuesta representación del pueblo, ni son decentes ni se molestan en parecerlo. ¿Usted vacía de recursos una Caja de Ahorros, como la CAM que se quedó con parte de mis ahorros, para construir aeropuertos inservibles, para montar Fórmulas 1, para enladrillar la costa? Lo hizo con la mejor de las intenciones y su conciencia está muy tranquila. ¿Que por el camino han aparecido unos Gúrteles para desviar dineros públicos en favor de amiguetes? Nada, debilidades humanas. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo. Lo primero es la familia.

¿Qué usted subvencionó ONG´s urdanganirescas? ¿A quién mejor que a un yerno del rey le vamos a confiar nuestros dineros, más cuando lleva el título de duque de Palma? Mi conciencia está tranquila porque el nombre de la ciudad se lo merece.

Y así desde el alcalde de Villatordillos de los Eriales hasta el magistrado supremo de la nación. Que el improbable lector vaya añadiendo los casos que recuerde; a mí se me escapan de tantos como son.

La conciencia privada es la medida de valor universal, aplicada a los intereses del país cuando éstos colisionan con mis intereses particulares. Ésta podría ser la norma que éstos siguen para hacernos creer que "mi dios y mi conciencia" están por encima de los ciudadanos. ¡¡Y una mierda!! se nos ocurre pensar a los que tenemos que aguantar los dictados de su conciencia y sufrir sus consecuencias.

Este jubilata propondría, no por ética o moral, sino por estética, que dejaran de echar mano a la conciencia cada vez que tengan que justificar lo que, a los ojos del más elemental sentido común, no es más que una tropelía en mayor o menor grado.

Ténganlo claro de una puñetera vez, su conciencia nos importa un carajo. Nos conformamos con que no metan mano al cajón ¿Vale?

lunes, 28 de mayo de 2012

Una escapada a Zamora


Zamora no es Nueva York. ¿Bueno, y qué? Tenemos parientes para quienes N. Y. es la meca de cualquier viajero con vocación cosmopolita y te dedican miradas de conmiseración si confiesas que tú donde has estado es en Zamora. Allí fuimos a celebrar el cumpleaños de la santa.
El viajero, aunque no sea cosmopolita ni docto en la angliparla, llega a Zamora con el disco duro mental lleno de iglesias románicas, de vistas de su catedral con el cimborio gallonado y su cubierta en escamas, sus murallas medievales y la célebre traición de Vellido Dolfos, que cantaba el romance.

Es una de esas ciudades donde la historia y la leyenda se mezclan en proporciones de épica medieval. Recorriendo sus murallas, uno recuerda la historia del cerco de la ciudad - heredada por la infanta doña Urraca de su padre el rey don Fernando – al que la sometió el rey Sancho II de Castilla, y la muerte de éste a manos de Vellido Dolfos, a quien los castellanos siempre consideraron traidor y así andaba en lenguas de romances: Rey don Sancho, rey don Sancho,/ no digas que no te aviso / que de dentro de Zamora, un alevoso ha salido; / llamase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido. / Cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco…
Como el beneficiario del regicidio fue Alfonso VI de León, a los nobles castellanos se les puso la mosca detrás de la oreja y le tomaron juramento en Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano. Fue Rodrigo Díaz de Vivar, portaestandarte del rey Sancho II, quien le tomó juramento y el rey, desde entonces, le tomó ojeriza y le mandó desterrar. Eso dice la leyenda y gracias a ella tenemos el Poema de Mío Cid, la Storia Roderici y a montones de eruditos desmenuzando el romancero para mayor gloria de las letras hispanas.
Lo que no dicen las canciones de gesta, ni recogen los relatos épicos, es que el rey Sancho II murió de forma poco gloriosa, al decir de algunos. Vellido Dolfos salió por el portillo de la Traición (hoy, “Portillo de la Lealtad” por aquello del revisionismo histórico) y convenció al rey de que quería desertar. Se ve que éste era fácil de convencer y muy confianzudo, ya que el caballero Vellido aprovechó cuando el rey estaba exonerando el vientre para clavarle un venablo por la espalda. Como quien dice, tan noble rey murió caído de culo sobre su propia mierda. De ahí que los cantares de gesta callasen ese pequeño detalle. Yo lo he leído por ahí, y así lo cuento. Ni quito ni pongo rey.

Pero se equivoca quien piense que Zamora se quedó estancada entre los versos del romancero. A fines del S. XIX tuvo un desarrollo urbanístico muy considerable con la llegada del ferrocarril y la expansión fuera de las murallas. El resultado puede verlo el visitante de ojos curiosos que pasee por sus calles: todo un muestrario de arquitectura modernista, historicista y ecléctica diseminado por sus calles céntricas.
También la burguesía zamorana estaba al cabo de la calle respecto a las corrientes arquitectónicas de moda a principios del S. XX. Hay ejemplos del modernismo internacional, con abundancia de líneas curvas, combinación de colores y profusión de decoración vegetal. También del que llaman Secesión, con abundancia de líneas rectas y círculos. También encuentra uno referencias a estilos historicistas; todo ello con un admirable gusto por los detalles ornamentales.

Según leo (este jubilata si no lee, no es nadie), el modernismo llegó a esta ciudad de la mano del arquitecto Francisco Ferriol, formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, quien dejó hermosos edificios, como el del Casino, o Casa Tejedor…

Un servidor estuvo alojado en un hotel de estilo modernista, frente al mercado de abastos que es un imponente edificio de carácter industrial en ladrillo y hierro. El entorno daba una idea de la pujanza económica que debió experimentar Zamora en aquellos años y el sentido estético que presidía la arquitectura, en la que se conjugaban utilidad y armonía.

A Zamora hay que ir y verla. De momento, la visita me ha compensado de mi desconocimiento de N. Y. Este jubilata no se vanagloria de ello, pues sospecha que aún no ha perdido el pelo de la dehesa.

domingo, 20 de mayo de 2012

¿Que escribir?

Quizás el improbable lector no lo haya pensado nunca, pero alimentar una bitácora, por muy inmaterial – o virtual, según lo llaman – que resulte la criatura, exige un gasto de energías considerable. No es que uno tenga que comprarle, como a las mascotas domésticas, alimentos en el súper; ni haya que llevar la bitácora al veterinario a que le cure los virus que le entran al ordenador, ni ponerle un chip identificador si, por un casual, se perdiese por esos procelosos mares internáuticos. Ni siquiera el bloguero corre el peligro de verse denunciado ante el juez por abandonar su bitácora cuando se va de vacaciones, o por maltrato.

Una bitácora, por poner un símil, es como una boa. La mía come una vez a la semana y se pasa siete días digiriendo. Yo noto que le aprovecha mi afán en alimentarla porque cada vez es más larga y más abultada. Nació allá por enero del 2009 y ya lleva 245 entradas. Si en vez de ser inmaterial (como digo), virtual (con término al uso), puro fenómeno informático del que no tengo una idea muy clara, fuese una boa constrictor, seguro que habría estrangulado a su dueño hace ya tiempo.

Lo que no significa que sea una mascota inofensiva. Si no físicamente, sí que me devora en otros aspectos tan intangibles como su propia naturaleza: se come mi tiempo, el que necesito para escribir una entrada (o un “post”, según la angliparla). Además, cada vez que se sacude el letargo semanal, empieza a desasosegarme con la pretensión de que le proporcione su ración de opiniones, de relatos de viajes o andanzas montañeras, de impresiones tras alguna visita a alguna exposición, o sobre la lectura del algún libro… En cuanto al contenido no parece muy exigente (es como esa boa de Saint-Exupery, que se tragó un elefante), pero en cuanto a la periodicidad, es de una intransigencia total.

Ya digo, una bitácora te come por los pies con sus exigencias y poco le importa que, ese día que te toca alimentarla, no tengas ganas de ponerte ante el teclado, o en toda la semana anterior no haya habido nada interesante en tu rutinaria vida de jubilata. La criatura, con las (virtuales) fauces abiertas, se te convierte en un monstruo insaciable. Como esos dioses que se inventan los humanos para no sentirse solos frente a sus terrores y que acaban exigiéndole sacrificios para aplacar su divina cólera. Como quien dice, un día creas un Yavé en la zarza ardiente y, cuando te descuidas, terminas prisionero de una religión monoteísta excluyente y posesiva. Con la bitácora, igual.

Ser inventor de una bitácora no te exige cuadrar el círculo de una teología que explique la existencia de un dios que olvidaste haber inventado en un momento de pánico, pero, también a su modo, produce ciertos problemas de conciencia si no cumples el ritual. Por lo que vengo observando, con el paso del tiempo, un grupo de lectores, más asiduos que improbables, han decido que lo que escribes tiene para ellos cierto interés. ¿No es una falta de consideración frustrar sus expectativas semanales? Hasta, si me apuras, es poco caritativo dejarles sin la ración semanal de comentarios “bitacóricos”.

Lo digo, especialmente, por aquellos de mis improbables lectores que, cuando hablo de asuntos de la cosa pública (banqueros, políticos y otras pécora en el candelero) desde mi visión de escéptico aperroflautado y recalcitrante, se irritan y piensan que soy un necio por opinar de cosas que no se me alcanzan. Y yo pienso ¿No es un acto de caridad darles ocasión para que se sientan en posesión de la Verdad? Así, uno no es que actúe con ánimo protervo cuando opina negativamente de aquella ralea social, es que lo hace para que sus lectores de la otra vertiente ideológica tengan posibilidad de ejercer la santa indignación.

Releo lo anterior y me digo, como Lope de Vega en aquel soneto que le mandara hacer Violante, “Contad si son catorce, y está hecho”.

sábado, 12 de mayo de 2012

Petar la bankia.-

Cuando un servidor entró en esto de la jubilación iba con el convencimiento de que llevaba la vida resuelta en su aspecto material: con la hipoteca ya pagada, con una pensión de mediano pasar y unos dineritos a plazo fijo por si acaso algo se torcía. Y, no, no es que se haya torcido algo, es que se está rompiendo estruendosamente, provocando una cadena de explosiones como una traca. Una traca de esas que tienen petardos cada vez más gordos según se va quemando la mecha que los enciende, hasta llegar al bombazo final que te deja las carnes temblando.

Solo que en las tracas de feria sólo hay ruido, mientras que en la traca del mundo financiero, que domina la política y nuestras vidas, cada petardo produce víctimas como si fuese bomba de racimo, mientras esperamos, cada vez más asustados, el gran petardazo final que convierta en fosfatina nuestros derechos sociales, nuestras ilusiones de futuro y nuestras cartillas de ahorro.

Este jubilata, que no tiene otro cometido en su vida, se dedica mucho a leer y gran parte de las horas se le van a en digerir noticias indigestas, como esta última de que Bankia ha petado con la inestimable ayuda de Rodrigo Rato, ese hacha de la macroeconomía que no se enteró de la que tronaba cuando estuvo en el FMI y que, hasta anteayer, presidía el chiringo llamado Bankia No era de extrañar que, a hombre de tanto mérito, el año pasado le pagasen 2,3 millones de sueldo (o sea: 260 años de salario medio interprofesional, según leo). Tampoco es para extrañarse que el nuevo consejero propuesto por el habilidoso sujeto sea un tal Gorrigolzarri, a quien el BBVA le dio 68,7 millones de euros por una jubilación dorada a los 55 años. Como se ve, hay inútiles gloriosos, jubilados de oro y jubilatas del montón.

Buscando información  - perniciosa manía de quien no se conforma con el pasto de los NoDos mediáticos adictos a la cosa - uno lee que, en tiempos del Glorioso Movimiento felizmente finado, dos miembros de la familia Rato, padre y hermano, respectivamente, del que ahora padecemos, dieron con sus huesos en la cárcel en 1966 por ser responsables de la quiebra de dos bancos. De casta le viene al galgo. Uno, sin responsabilidades políticas y, por lo tanto, bastante ignorante de estas cosas, al ver esos antecedentes familiares, piensa que hay que ser poco espabilado para dejarle que administre nuestros dineros.

A este jubilata no le cuadran las cuentas en eso de la política, las finanzas y la ideología al uso. Si en tiempos de dictadura-dura dos prohombres terminaron en el trullo por chanchullos económicos ¿Cómo es que ahora, en esto que llaman democracia, la gente que peta un banco se va de rositas? Poco serio ¿no? eso de verse uno en la obligación de poner como ejemplo de coherencia a un gobierno dictatorial, frente a estos rasca-bolsas de la política que quieren salvar la patria –o lo que quede de ella- a fuerza de exigir austeridad al ciudadano e inyectar dinero en los pufos bancarios.

Y el gobierno, a lo que parece, nacionaliza parte de Bankia, pero aquélla contaminada de los activos tóxicos (todo ese ladrillo y eriales de la célebre burbuja). Los 4.500 millones que ya ha puesto el Estado sobre el tapete de la ruleta Bankia nos los vamos a cobrar los ciudadanos en cemento. Ya digo, este jubilata de macroeconomía ni de alta política no entiende, pero, como dice la copla, “Mariano, yo, de vestidos no entiendo, pero ese que te estás poniendo…” nos está dejando con las vergüenzas al aire. Y lo que es peor: al aire con las desvergüenzas y desfachatez de quienes manejan dineros públicos y privados como si fuesen el coto privado del señor marqués.

Claro que siempre le queda al ciudadano el consuelo de oír frases tan redondas como ésta de Mariano: “El Gobierno está haciendo lo que tiene que hacer y va a hacer lo que está haciendo”. O sea, lo que los lógicos medievales llamaban petitio principii, y que actualmente, con menos miramientos y en román paladino, llamamos marear la perdiz y tocar las pelotas al personal.

Como en estos casos siempre hace falta echar la culpa a alguien (Rato no, que es de los nuestros), andan diciendo los conspicuos del PP que si el gobernador del Banco de España es un calamidad… Por estos derroteros que vamos, cualquier día peta el Banco de España y los pedacitos tendremos que buscarlos en Grecia.

domingo, 6 de mayo de 2012

Con barro en las botas


Seguro que los urbanitas vocacionales nunca han vivido la experiencia doméstica de llegar a casa a las once de la noche y con barro hasta las rodillas, y que la santa te mire como a un mal marido que la abandona para irse de juerga con sus amigotes de montaña.

Pues eso es lo que le ha ocurrido a este jubilata este sábado pasado, que se fue de madrugada a caminar los caminos embarrados de la serranía de Cuenca y regresó a casa de noche y embadurnado en barro rojo. Las huellas terrosas sobre el parqué casero no son la mejor carta de presentación cuando uno llega a las mil en un día de perros, mojado como un pollo, suelta los arreos montañeros escurriendo agua y dice: “Hola, chata ¿Qué tal?” La santa, viendo al individuo que se supone su marido, pero de tal guisa, por toda respuesta, te mira como si hubieras salido a comprar tabaco hace un año sin dar mayores explicaciones, y te suelta un: “Un poquito tarde ¿no?” Tú, que ya sabes de qué va la cosa, callas y te vas a la ducha, a ver si el agua caliente remedia algo tu triste situación. Eso sí, en tu fuero interno te juras que el próximo sábado te vas al monte, a pesar de que se ceben contigo todas las inclemencias del tiempo y te caigan encima todas las tormentas domésticas.

Si uno, en vez de afición a la montaña, la tuviese a la maría, sabría que era un adicto y, a lo mejor, se sometía a una cura de desintoxicación. Pero ni los alcaloides de la coca tienen el tirón de un día en el monte.

Hombre, tampoco fue para tanto. Se trataba de hacer una marcha circular desde Carrascosa de la Sierra a Santa Cristina bordeando la Hoz Somera y, al regreso, recorrer parte de esta hoz, cuyas aguas vierten al río Guadiela. Tienen de especial estos paisajes el ser tierras calizas que han dado lugares a grandes formaciones kársticas, como ésta Somera o su hermana la de Tragavivos. Las corrientes de agua han ido erosionados, durante milenios, estas rocas calizas deleznables, produciendo hundidos, resquebrajaduras, corredores, enormes paredes verticales, mientras que los fenómenos meteorológicos han pulido las rocas con formas caprichosas.

Nosotros bajamos por los Castillejos hasta la hoz. Imagino que el nombre de “castillejos” les viene por esas curiosas formaciones en forma de torres irregulares y tormos, entre los que discurre el camino de bajada. Es terreno donde abunda la vegetación; arriba, pino laricio, enebros arbustivos. Por doquier, pinos, matas de boj, tomillos, gamones, aliagas apenas florecidas, matorral… Lugares donde el hombre apenas ha dejado su huella y el bosque se muestra exuberante y fresco con las lluvias que se empeñan en acompañarnos durante la jornada. 
Recorrer estos parajes no tiene precio. Verse en lo alto de un pasadizo, con el paredón a tu espalda y el precipicio a tus pies (a prudente distancia, eso sí), dispara la adrenalina y el sentido estético. Los ojos miran ansiosos el paisaje y quieren llevarse, a modo de impresiones fotográficas, el vuelo pausado del buitre, el rumor del aire, el olor a plantas aromáticas y humedad boscosa, cada una de las resquebrajaduras caprichosas de la roca, y se encuentran con situaciones tan inverosímiles como ese pino que ha crecido en una pared vertical, agarrado a una grieta, en un equilibrio que a uno se le antoja imposible.
Para qué insistir. La lluvia nos castigó toda la mañana, desde el mirador del Águila apenas divisamos un paisaje brumoso, los caminos arcillosos se pegaban a nuestras botas, en casa me torcieron un poco el morro al llegar tarde y embarrado, pero uno es reincidente y no se arrepiente de esa pasión por los espacios libres, la naturaleza en estado puro, y las sudadas que se pega monte arriba, con el corazón y los pulmones trabajando a plena máquina. Lo jodido de todo esto es que la edad te va avisando y tienes que medir tus fuerzas. Pero siempre nos quedarán los caminos…

domingo, 29 de abril de 2012

Visiones imposibles.-





Una de las pocas alegrías que aún le quedan a ciudadanos como este jubilata es la de disfrutar de exposiciones en salas donde el acceso es libre a cualquiera, interesado o curioso, deseoso de conocer la evolución de artistas como Marc Chagall u Odilon Redon. Es el único vestigio en pie de actividades que, en tiempos más felices y despreocupados, fueron surgiendo como una política de democratización de la cultura

Este jubilata, poco ducho en terrorismo macroeconómico al modo de nuestros políticos y banqueros, siente una enfermiza inclinación a ver en las manifestaciones artísticas mundos de más largo alcance que los vaivenes del IBEX 35 o las calificaciones a la baja de Standard & Poor´s.

Le ve más sentido a ese mundo abigarrado de La guerra, representado por Chagall, donde una cabra blanca, de tamaño desproporcionado al resto de la composición, observa un pueblo ardiendo, mientras sus habitantes huyen en una carreta, una mujer llora junto a su niño en el suelo y un crucificado, desde lo alto de su sufrimiento, es testigo mudo del despropósito. Hay más verdad en este cuadro, cuya composición escapa a la lógica de las convenciones pictóricas, que en el objetivo de déficit cero, que también escapa a la lógica del interés ciudadano.
El enigma que nos plantea Odilon Redon con su visión onírica de una Araña sonriente es menos inquietante que esa amenaza constante de rescatar, con los dineros nuestros, de nuestra sanidad pública, de nuestra educación pública, bancos en riesgo de quiebra porque el chiringuito financiero no deja de temblequear a cada acometida de los facinerosos “mercados”.

Sin darse cuenta, uno se lleva a la sala de exposiciones los temores que atenazan al ciudadano desesperanzado y acaba mezclando dos mundos que viven realidades poco afines: la de los mundos imaginados de Chagall, sin reglas de perspectiva (como tan bien las sabía representar Mantegna), ni equilibrio en la distribución de volúmenes (en el que eran maestros los pintores barrocos), como esos Amantes en el poste en difícil torsión, observados por una cabra de un rojo imposible y un absurdo pájaro de cuerpo blanco y cabeza amarilla, que parecen envolver una casa boca abajo; y, por otro lado, un mundo donde “tranquilizar a los mercados” es un dogma de fe por el que se justifican los atropellos a lo que habíamos dado en llamar estado del bienestar, y que no era más que un mediocre pasar con birra para todos.

Ya ve el improbable lector la confusión mental del responsable de esta bitácora. Éste espera que le sean perdonados los absurdos pensamientos que le vienen a las mientes, cuando, en realidad, queda fascinado por esos verdes alocados, esos azuletes imposibles, esos rojos desproporcionados que dan forma a amantes entrelazados, animales domésticos tocando un violín, aldeas de tejados abigarrados, en un mundo de ensueños distorsionados de Chagall; o esos mundos inquietantes de Redon (una mezcla de lecturas de Poe, darwinismo, misticismo religioso, pintura negra goyesca) de sus litografías, que él llamaba sus Negros.

Pero no todo son mundos de una fantasía inquietante o de difícil desentrañamiento, porque uno queda fascinado ante un Ramo de flores silvestres en un jarrón de cuello largo, donde cada pétalo es una pincelada sabia, luminosa, y Redon nos muestra un puñado de naturaleza aprisionado en un búcaro. Y esos ramos de flores omnipresentes en cada cuadro de Chagall, quizás un símbolo de que la belleza se encuentra en cualquier escena, por incomprensible o incongruenteue nos parezca.
Sale uno de la exposición y se pregunta ¿Las flores que nos ofrece el sistema neoliberal no serán de plástico y fabricadas en China?














domingo, 22 de abril de 2012

Las Tetas de Viana

A quien no conozca estos parajes, hablar de las Tetas de Viana le hará suponer que estamos ante una caminata de connotaciones eróticas, cosa que está bastante lejos de las intenciones de este jubilata caminero. Se trata, más bien de dos cerros testigo, de una altitud máxima de 1133 m, que aparecen enhiestos en tierras de la Alcarria, en el sureste de Guadalajara, bastante próximos a la provincia de Cuenca; corresponden a tierras por donde discurre el alto Tajo y actualmente son Patrimonio Natural.
Este río y sus afluentes fueron labrando, durante milenios, la orografía de estos lugares hasta dejarlos en la situación que actualmente conocemos. Son tierras calizas que corresponden al terciario, cuando un gran lago interior en la Península Ibérica dejó los depósitos sedimentarios, cuyos únicos testigos son estos dos cerros.
De hecho estos dos cerros están formados por rocas calizas de unos 30 m de potencia, asentadas sobre un sustrato arcilloso que se ha ido desmoronando en forma de glacis, que cubren las laderas en suave pendiente, y que permite una rica vegetación. Este jubilata caminante siente una inclinación especial por estas tierras del interior, tradicionalmente abandonadas a un escaso desarrollo económico, lo que ha permitido conservar su naturaleza en estado puro.
Como caminar es disfrutar de la naturaleza y observar la variedad de su vegetación, hemos tenido ocasión de ver una gran variedad de Quercus como chaparras, quejigos; plantas aromáticas como romero y tomillos, aliaga en flor;  arbustos como el boj, enebros, sabinas, y tantas otras variedades que este caminante ignora, pero que allí están a disposición de ojos más expertos.
Dice por ahí un refrán de estos lugares que “las Tetas de Viana muchos las ven, pero pocos las mamam”. Lo que alude a su inaccesibilidad una vez llegados a su base. En efecto, esa boina caliza de unos 30 m de altura hace muy difícil su acceso, debido a sus paredes verticales. En nuestro grupo, tres compañeros arriscados optaron por subir a huevo por una resquebrajadura, mientras que otros tres optamos por el acceso más fácil: existe un caminito que trepa por entre las rocas, enmarcado por sendas cadenas que hacen el efecto de pasamanos, y al extremo, una escalerilla metálica que salva los últimos cuatro o cinco metros de pared vertical.
Es una lástima que este jubilata ya no esté para trepar por la roca viva; la edad, aparte endurecer las articulaciones y restar flexibilidad a los músculos, es una consejera prudente y recomienda medir esfuerzos. Entre una trepa y un ascenso con peldaños, no había duda, y el caso era disfrutar de las vistas sobre el entorno.
Lo que también resulta poco conocido es que por aquí transcurre la Ruta de la Lana. Son caminos por donde transitó el comercio de las lanas de la Alcarria y los paños de Cuenca hasta las ferias de Medina y el Consulado de Burgos, según puede leerse en un librito La Ruta de la Lana. Guía del peregrino a Santiago de Compostela, 1999.
En efecto, por estos paraje hay trazado un poco conocido “camino de Santiago” que sigue estos antiguos caminos desde Cuenca hasta enlazar en Burgos con el camino francés, y estos parajes corresponden a la etapa octava del trazado, entre Valdeolivas y Trillo. Ésta pudiera ser muy bien una ruta a explorar por algún intrépido jacobípeta.
Un servidor pasó por allí, subió a una de las Tetas (con lo que puede decir que sí mamó de ella) disfrutó de los parajes y de buenos compañeros de caminos, y bajó hasta Viana de Mondéjar. Desde allí nos fuimos a recorrer un barranco que desemboca en el Tajo, de nombre La Rambla, y terminamos en Valtablada del Río, donde el respetable acabó con las existencias de cerveza de único bar del pueblo.

sábado, 14 de abril de 2012

Boludos en la Red.-

La otra noche, mientras zapeaba, me tropecé con un programa de TV2 en el que hablaba un filósofo argentino muy crítico con los internautas. No llegué a tiempo de enterarme bien de todo el contenido, pero, en los dos minutos escasos que pude verlo, saqué en claro lo siguiente: este señor opinaba que la Red era un maremagnum de "boludos". Gente que abre un blog personal para decir en él cualquier cosa sin sustancia, y expresada de cualquier manera y sin mayor consideración por el lenguaje. Decía, referiéndose específicamente a Argentina, que estaba llena de boludos escribiendo en blogs que eran auténtica basura (no lo dijo con esos términos, pero el sentido iba por ahí); boludos que escribían sin la mínima corrección idiomática y que no tenían derecho a hacer perder el tiempo a sus lectores.

Fue una lástica que llegase yo tan tarde a aquella entrevista, pero saqué en claro su menosprecio por la boludez sin fronteras que contamina la Red. Por supuesto, después de oírle, me sentí aludido. No en vano, desde que transito por la jubilatería, me abrí un blog para impartir doctrina urbi et orbe; para que el mundo mundial sepa de mi ingeniosa concepción del universo, a modo de contertuliano free lance de la internáutica. Ya digo, me sentí aludido, pero, eso no, no me sentí ofendido.

Sé que el señor filósofo no me llamaba a mí boludo a título personal, sino en cuanto miembro anónimo de la "boludez" universal que contamina las comunicaciones internáuticas. Porque este jubilata es uno de tantos y se considera "gente corriente", como en ocasiones ha dicho don Mariano, el chico de la Merkel; y uno, como "gente corriente" que es, se sabe adocenado y justamente reprendido por quienes tienen miras y capacidades intelectuales de más altos vuelos.

A un servidor ya le gustaría, ya, sere un filósofo postmoderno y mediático como Bernard-Henry Lévy, que encima goza del refinado savoir-faire francés; o tener un intelecto reposado como el discreto y difunto José Saramago; o, ya puestos, haber tenido la facundia y mala baba de un Francisco de Quevedo y Villegas para ciscarme, mediante un soneto burlesco, en todo lo que se mueve. Pero, no, sólo soy un jubilata que se ha hecho un hueco en la Red abriendo una bitácora para ir colgando en ella sus modestas impresiones y andanzas.

Pero, al menos, espero del señor filósofo argentino, que salió por La Dos la otra noche, me haga la gracia de reconcerme que, cuando escribo, no voy dándole patadas a la gramática española, mis escritos no carecen de coherencia, ni mis pobres ideas de alguna ilación lógica. Hágalo o no, lo que sí siento es ese despectivo "boludos" que dedicó por junto a sus paisanos blogueros. Sobre todo porque sigo habitualmente el blog de un amigo argentino, quien suele escribir micro relatos con sabor a ultratumba y mundos de las sombras.

Aun y con todo lo dicho, prefiero que me llamen boludo a gilipollas. Lo de boludo tiene un no sé qué de conmiseración; como si te dijeran que eres un corto de entendederas, un tanto faltuco, pero que la culpa no es tuya si la vida te hizo así. Sin embargo, que te llamen gilipollas es cosa más seria. Suena a algo rotundo, definitivo, despectivo hasta el escupitajo. Porque la gilipollez es la necedad humana llevada a un grado supino y sin posible regeneración. El gilipollas lo es por gracia divina y por sus propios méritos (p.e. el señor Beteta con sus cafelitos), y suele tener muy mala leche. Ya digo, el boludo lo es un poco porque le tocó serlo, pero en el fondo tampoco molesta demasiado si no abres su blog.

Porque, puede creerme el improbable lector, si en vez de la boludez universal en que me veo inmerso por culpa de mi bitácora, el señor filósofo argentino nos hubiera llamado gilipollas, me sentiría muy, pero que muy triste. Menos mal que en Suramérica parece como si hablasen un lenguaje más aterciopelado, mientras que aquí lo usamos como una navaja cabritera, para tirar a degüello.

sábado, 7 de abril de 2012

Matar un árbol.-

A pesar de haber escrito un pequeño relato, a modo de elegía funeraria, por la muerte del olmo de nuestro patio (que envié a todos mis contactos pero sin su consentimiento, como suele ser habitual) no me resisto a hablar de él, nuevamente, en esta bitácora. Y es que estos días atrás han talado el negrillo que creció espontáneamente hace ya una decena de años en el patio comunal.
A saber de dónde vino, en alas de su númen vegetal, la simiente que allí arraigó y fructificó. Lo cierto es que brotó en el suelo árido de nuestro patio. Un patio compartido por cuatro comunidades, que ha sido un secarral debido a la incuria de los vecinos durante decenios, desde que en los años cincuenta del siglo pasado, el constructor José Banús levantó el barrio de la Concepción y con él los bloques de casas, en uno de los cuales vivimos desde hace ya catorce años.

Ante la indiferencia del vecindario, el negrillo creció hasta alcanzar la altura de tres pisos y era la única mancha verde que daba un poco de alegría a este secarral donde mira la ventana de mi cuarto de estudio. Año tras año lo hemos visto florecer en primavera y cubrirse de follaje. Era un árbol de buen porte, pero modesto. No tenía pretensiones de árbol de jardin y era, como los perros mil leches, de origen desconocido, por lo que nunca alardeó de su buena planta. Simplemente, la simiente cayó por azar en nuestro patio; allí creció y, en mi opinión, sólo aspiraba a vivir, dar un poco de sombra y servir de cobijo a los gorriones que dormían entre sus ramas.

Pero se ve que su destino estaba escrito desde el momento que cometió la torpeza de brotar demasiado cerca de la fachada de uno de los bloques. Creció con tanta pujanza y ramaje que, para poder desarrollarse, empezó a inclinarse hacia el espacio abierto del patio y la calle, lanzando sus ramás más fuertes al lado contrario al edificio. Así inclinado, con toda su frondosidad, parecía como si quisiera proteger con su sombra tupida a quienes esperaban en la marquesina del bus los días de calor.

Un ventarrón, acompañado de fuerte lluvia, desgajó la copa del negrillo el año pasado. Pero, a pesar del desgarro que se llevó la parte superior del árbol, éste ha sobrevivido con esa herida y ha acudido puntualmente a la floración de esta primavera hasta que, hace pocos días, los presidente de las comunidades de vecinos decidieron condenarle a ser talado. Él, ignorante de su destino, ya apuntaba nuevos brotes y se estaba cubriendo de una capa de verde follaje que prometía ser un alivio de los calores que nos esperan este verano y refugio habitual de los gorriones.

Si en vez de un árbol desgajado, al que una poda cuidadosa le hubiese devuelto su lozanía, se hubiese tratado de un banco o caja de ahorros arruinada por la adminstración dolosa de sus gestores, hubiesen gastado dinero suficiente para salvarlo y que siguiera viviendo. Pero, en esta ciudad de asfalto y prisas ¿A quién coños le importa un árbol roto? Creo que sólo a mí, pues siento su pérdida más que el hundimiento de cualquier entidad financiera.

sábado, 31 de marzo de 2012

Por tierras de la Moraña.-

A veces, los jubilatas ganamos por la mano al resto de los mortales. Cuando ellos se van de vacaciones de semana santa, apretujándose en las carreteras, nosotros ya estamos de vuelta. Son ventajas de la edad: nuestro tiempo es de libre disposición y no estamos sometidos a ese despotismo laboral que nos marca los tiempos de trabajo y asueto. Achacosos, pero marchosos, podría ser el lema de la jubilatería actual.

Por si el improbable lector no lo sabe, las tierras de la Moraña son tierras castellanas del norte de Ávila, cerealistas, soleadas y llanas como la palma de la mano. Puede delimitarse esta comarca, aproximadamente, entre Arévalo, Madrigal de las Altas Torres, Fontiveros y algún pueblo de aquellos contornos. Es tierra de tostón horneado y de buenas legumbres, y el vino de Rivera del Duero no cae a trasmano, lo que es una bención para acompañar el cochinillo asado.
Estas bendiciones gastronómicas ayudan a sobrellevar con buen ánimo tanto personaje histórico, tanta historia como guardan estas tierras y tanto santo como por aquí transitó camino de los altares. Así, en Madrigal de las Altas Torres tuvo su palacio (desde el S. XVI convento de agustinas) el rey don Juan II de Trastámara, padre de Isabel la Católica, a quien la nacieron en esta ilustre y artística villa, y allí se acordaron las capitulaciones del Tratado de Tordesillas. Allí también, en el convento de agustinos, que está extramuros de la villa, murió fray Luis de León. En Fontiveros nació san Juan de la Cruz. En Arévalo nació el célebre, odiado y temido -a partes iguales- director del diario Pueblo, Emilio Romero, a quien se le atribuye la célebre frase de "Es más tonto que un obrero de derechas"; ganado éste que, lamentablemente, abunda más de lo conveniente para la recta marcha de la sociedad.

Y, aunque no venga mucho a cuento, a veces la Historia da pequeños motivos de reflexión, cuando uno se tropieza con ella. La santa y yo asentamos nuestros reales en Arévalo, villa donde abunda un espléndido mudéjar. Mudéjar como el que uno encuentra en tierras leonesas o aragonesas. Puede verse en el torreón del arco del Alcocer, que da paso al recinto medieval de la villa, en los restos de los palacios de linajes y en las iglesias. Estas son tierra que, aparte dar trigo y santos, dan material para construir en ladrillo o en tapial, y para empaparse de historia y arte.


Como decía, la Historia, si uno hace transposición a situaciones actuales, da para pequeñas reflexiones, como a este jubilata le ocurrió con eso de los nacionalismo de aldea mental tan boyantes hoy en día. Es el caso que uno se entera de que Arévalo fue conquistado a la morisma en el S. XI bajo el reinado de Alfonso VI, y fue Raimundo de Borgoña -francés él, y yerno del rey- quien las conquisto y repobló con gentes traídas de Navarra, de Rioja y de Burgos. Topónimos como Noharre, Narros, Naharros son claros al respecto.
Cuando los Amaiuk y cofrades de chapela ideológica defienden el hecho diferencial (creo que así se llama al invento) de la vasco-navarreidad de las tierras norteñas, ignoran que hace ya diez siglos, antepasados suyos y míos, trajeron aquí sus familias, su ganado y sus aperos y trabajaron y defendieron estas tierras como patria suya. Que también habitantes de los montes navarros, vascones y foramontanos bajaron del norte, la azada en una mano y la espada en la otra, a repoblar las fronteras del Duero y llegaron hasta el Tajo. Pero la Historia, cuando conviene, se manipula en el Ministerio de la Verdad orweliano a mayor gloria del campanario de aldea.

El caso es que Arévalo es conocido por su cochinillo asado más que por su mudéjar; más apreciado por sus alubias blancas con chorizo que por su regimiento democrático municipal en la Edad Media. Fue cabecera de la comunidad de Villa y Tierras del mismo nombre, dividida en sexmos, regentada por sexmeros que discutían sus acuerdos municipales en la Casa de los Sexmos, hoy museo histórico de la villa.
Madrigal de las Altas Torres, con ese nombre tan sonoro, es villa abrazada por su óvalo amurallado, y cuyas calles confluyen, a modo de hilos de una tela de araña, en la monumental iglesia de san Felipe Neri. Es una lástima que esté tan a trasmano de las grandes vías de comunicación, porque pasear sus calles, visitar sus edificios monumentales, recorrer el trazo de sus murallas, es un placer para caminantes curiosos y bien avisados de lo que van a encontrar a su paso.

A un servidor, desde aquellas lejanas amanecidas en el Camino de Santiago, en tiempo más jóvenes, las tierras castellanas le enamoran: incluso con su monotonía paisajística son una fuente de disfrute estético. Uno huella sus caminos, y, si le da la melopea heroica, se siente mesnadero de Myo Çid: -Polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga. Cuando mira la dureza del paisaje, recuerda la dureza de los campesinos aferrados a sus tierras en el poema machadiano de Las tierras de Alvargonzález: La codicia de los campos /ve tras la muerte la herencia; /no goza de lo que tiene / por ansia de lo que espera. Si piensa en la devoción que sentía por ella don Miguel de Unamuno, todavía acierta a recordar: Tú me levantas, tierra de Castilla / en la rugosa palma de tu mano / al cielo que te enciende y te refresca / al cielo, tu amo.

Para qué negarlo: uno es más de terrón que de rubias arenas de playa.

lunes, 26 de marzo de 2012

Teoría de Andalucía.



Así titulaba don José Ortega y Gasset un artículo, publicado en el diario El Sol, en abril de 1927, que este jubilata ha leído estas semanas atrás en un ejemplar de la Revista de Occidente de 1942.

Allí habla de los tópicos forjados en el S. XIX, de una Andalucía tierra de bandoleros y contrabandistas, de su supuesta alegría y del cante jondo, para concluir que "Toda esta quincalla meridional nos enoja y fastidia".

A este jubilata le llamó mucho la atención la teoría de don José: lo que tópicamente se ha llamado holgazanería del andaluz es, en realidad, una forma de adaptación para lograr vivir con el mínimo esfuerzo en una tierra rica en recursos naturales; y lo que podría considerarse pereza es un esfuerzo de mínimos para lograr la vida dichosa de lo que debió ser el Paraíso.

A lo mejor es por eso -piensa un servidor, que no tiene las doctas discurrideras del señor Ortega y Gasset-; a lo mejor es porque las teorías económicas neoliberales que está imponiendo el gobierno de la Gaviota Azul son lo contrario a un paraíso donde vivir reposadamente, los andaluces han votado (los que han votado, muchos se han quedado en casa vista la inutilidad del esfuerzo) mayoritariamente opciones de izquierda.

Porque el modelo de vida que el gobierno y la patronal quieren para los trabajadores (el chino acurrucado detrás del mostrador doce horas al día, esperando al chaval que le compre medio euro de chuches y al guripa de las cervezas) no casa bien con la holganza que el andaluz considera ideal de vida; que algunos siempre hemos considerado ideal de vida.

Y aunque uno es hombre del norte, coincide con la actitud del andaluz en cuanto que está más preocupado por vivir que interesado en dejarse explotar impunemente en nombre de frías teoría económicas fraudulentas.

Siempre me ha parecido que Le Droit à la paresse, de Paul Lafargue, debía ser el catecísmo a enseñar en las escuelas primarias, y que el trabajo asalariado es, en verdad, una maldición bíblica, fruto amargo de un dios cruel. Lo cual está a años luz de la mentalidad calvinista, inspirada en el trabajo duro, en la ganancia como signo de la predestinación divina, y que sirve de excusa para la acumulación de riquezas del neoliberalismo que nos corro la entraña social. Y se ve que en esa concepción de la vida como derecho a la holganza y al reparto del trabajo para que todos tengan derecho al descanso, es donde coincidimos los andaluces, Paul Lafague y un servidor. Un acuerdo de esfuerzos míminos para lograr un máximo de felicidad.

Y al chino pesetero y al patrón explotador y al político esquilmador de derechos sociales, que les vayan dando tila. Nosotros a lo nuestro...