miércoles, 7 de mayo de 2014

Los Humbert y la delincuencia legal.-


Antes que el improbable lector me acuse de plagiario, lo confieso: Los Humbert es el título de un artículo que Pío Baroja publicó en El Tablado de Arlequín, editado por Rafael Caro-Ragio. La fecha de edición no consta, pero el prólogo lo fecha el autor en 1903. El libro lo acabo de comprar en la feria del Libro Antiguo y de Ocasión que estos días se celebra en la capital del reino de Hispanistán.

Si lo saco a colación es porque me ha sorprendido su actualidad. Tanto que me parece estar viviendo en una máquina del tiempo manejada por ineptos que la han averiado para que sigamos como a primeros del siglo XX. Lo que dice Baroja de aquel entonces y lo que vemos ahora vienen a demostrar que el artilugio de nuestra sociedad se oxidó hace más de un siglo y sigue produciendo los mismos despropósitos.

Los Humbert debió ser una familia de ladrones de guante blanco que estafaba a los ricos, se gastaba el dinero - tan honradamente adquirido al robar a ladrones - en obras de arte y en vivir en hoteles de lujo. Don Pío, mi atrabiliario preferido, dice lo siguiente:


“Los Humbert han sido presos. El gobernador, los agentes de policía que hicieron la detención, el embajador de Francia, una porción de señores más, están de enhorabuena.
“Con ellos se regocija el público entero. El comerciante que nos vende bacalo podrido y nos envenena con sus géneros averiados, está que no cabe de satisfacción en el pellejo; el usurero que presta al sesenta por ciento al mes, explica a sus hijos en el seno de la familia lo que es un estafador; el capitalista que expulsa y embarga al inquilino porque no le ha pagado una mensualidad de tres duros, se felicita por el éxito de la policía española.
“No discuto el éxito. Quizá a alguno le asombraría que una familia cuyas señas se habían enviado por la Prefectura de París a Madrid y que vivía en un hotel, no haya sido notada por nuestros agentes de vigilancia en seis mese que vivió entre nosotros; yo no me asombro de esto ni de nada.
"Lo único que sé es que hay gente que ha cometido tantas estafas como los Humbert y que nadie los persigue; es que hay personas que han hecho no sólo estafas, sino grandes infamias, y que viven tranquilamente, respetadas por todo el mundo.
“Será, quizá, romanticismo pueril; será la resultante del sentido anárquico español, que mira con simpatía al bandolero; pero yo, que no daría  la mano a muchos señores respetados que viven en Madrid, se la daría a los Humbert.
“Ellos tenían un sentido alto de la vida, un sentido digno de los hombres del Renacimiento; eran generosos, eran buenos, gustaban rodearse de obras de arte. Habían nacido para ser ricos, no lo fueron, y buscaron la forma de serlo. Desvalijaron a unos cuantos comerciantes sórdidos que trataban de sacar a su capital un interés crecido, y gastaron ese dinero en otras de arte.
“Hay una gran belleza en todo esto; hay más: hay un fondo de equidad, de moral.
“En esta vida triste que padecemos, ante esta sociedad de burgueses sin corazón, de gente mezquina, la infamia cometida extralegalmente es un crimen; la infamia legal es un negocio.
“Ese señor, que fundó una Sociedad minera o de banca, con la que arruinó a media provincia y se enriqueció él, ¿tenía sus libros en regla? ¿Sí? Pues era un negociante de talento. ¿No? Pues era un criminal.
“Haced infamias, pero hacedlas siempre dentro de la ley: no tendréis obstáculo en vuestro paso. La ley actualmente no es, como decía Montesquieu, una tela de araña en donde se enredan las moscas y que deja pasar los moscardones; la ley es la defensa de los fuertes, de los hábiles, de los egoístas. La ley es la que protege al ministro de Hacienda X para hacer un negocio de millones de francos; la ley es la que protege al casero para expulsar al pobre; la ley es la que permite al hombre explotar al hombre; la ley es la que reprime al hambriento cuando pide de comer; la ley es la que castiga al vago por el delito de no tener donde trabajar.
“La ley es inexorable, como los perros: no ladra más que al que va mal vestido.
“Han preso a los Humbert. Yo lo siento, lo siento por ellos, primeramente; lo siento también por los miserables que se estarán ya relamiendo de gusto.”

En estos tiempos que corren, don Pío no hubiera cambiado el sentido de su crítica ni en una jota. Será porque la máquina del tiempo de Hispanistán está gripada. 

martes, 29 de abril de 2014

Celtiberia en su jugo.-

Quizás el improbable lector recuerde que Luis Carandell, en 1970, publicó su Celtiberia Show y que, dos años más tarde, hizo un Bis, visto el éxito de la primera entrega. Allí, de forma anecdótica y con humor que resultaba hasta entrañable, ponía en evidencia lo más costroso de aquella España desarrollista, donde se conjugaba una industrialización a marchas forzadas con una mentalidad cateta.El celtibérico de aquellos años era un pueblo que abandonaba el arado, guardaba la boina en su maleta de cartón y se venía a la ciudad a levantar la patria a golpe de pluriempleo y letras del pisito en Moratalaz.

En estos días de estafas que llaman rescates bancarios, de Bankias preferentes, de realidades manipulables.com y jueces en el banquillo por revolver ciénagas que hieden en cuanto las agitas, el espíritu celtibérico vuelve con pujanza y recupera las esencias patrias. Nos habíamos creído europeos (Somos europe”d”os, decía un viejo chiste de Forges), éramos la octava potencia mundial y nos habíamos sacudido, de una vez para siempre, el pelo de la dehesa.

Eso creíamos. Pero resulta que el show celtibérico vuelve con más pujanza. Eso sí, con un barniz neocon y pos moderno que aparenta ser cosa distinta, pero que en sus entretelas mantiene vivo el viejo espíritu de cutrez intelectual y desplante de “usted no sabe con quién se juega los cuartos”; de patriotismo de peineta y coso taurino y desdenes embroncados en cuanto disientes de la línea oficial del no pensamiento en boga.
No me diga el improbable lector que no es un chou celtibérico hasta las cachas lo de la Lideresa Espe en la Maestranza sevillana, metiéndonos en la talega antiespañola a todos los que nos tiene sin cuidado la cosa de la tauromaquia nacional.

Con su pañoleta y su clavel al pelo, ejerciendo de chulapa en las fiestas sanisidriles (como la hemos visto alguna vez, y esperamos verla este San Isidro) nos retrotrae a la España cañí de cuando los baile de candil a los que asistía de tapadillo Isabel II disfrazada de manola, la reina cachonda, según nos cuenta Valle-Inclán en su Farsa y licencia de la reina castiza


O ese inefable señor Marhuenda, siempre tan cargado de razón, tertuliando por todos los foros del coso ibérico, convenciéndonos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que nos quejamos de puro vicio. A un servidor, cada vez que lo ve en La Sexta, le recuerda a los serviles de los tiempos de cuando Fernando VII usaba paletó. Pura casta, como el jamón ibérico de bellota.

Pero el último teatrillo donde se representa el despropósito celtibérico es el juicio de inhabilitación que le han montado al juez Elpidio Silva por ofender la honorabilidad del banquero Blesa. Y todo porque se excedió mandándolo unos días al trullo, como si lo de Bankia fuese cosa de alguna trascendencia. Es cosa de chiste oír al presidente del tribunal decirle al imputado que no puede hablar, y a éste replicando que hablar sí puede, otra cosa es que le prohíban hacerlo, y enzarzarse en semejante discusión.

Se ve que el señor presidente del tribunal ha olvidado que algo así le pasó a Sancho Panza siendo gobernador de la ínsula Barataria: amenazó a aquel mozo con mandarle a dormir a la cárcel y éste le replicó que allí no dormiría, por más que se empeñase el señor gobernador. Por fin, Sancho, que era hombre de discernimiento, entendió que uno puede pasarse la noche en la cárcel, pero sin dormir si no le da la gana. A Elpidio, por mucho que le digan que no puede hablar, hablar puede, a menos que le corten la lengua. Y, desde luego, la tiene expedita y, por lo que se ve, a estos mandados que le juzgan les va a hacer sudar la sentencia. 

Como es hombre que debe conocer al dedillo las triquiñuelas procesales, estoy seguro que va a marear la perdiz del proceso - de momento, ha recusado a dos miembros del tribunal - hasta convertir éste en un sainete donde el respetable público va a alucinar en colorines. Un Celtiberia show bis que nos va a resarcir de tanto necio importancioso como maneja los destinos de este finiquito diferido que aún seguimos llamando España.

Eso  mientras el señor Arturo Mas no nos monte una Expaña con sus arranques patrióticos periféricos, envuelto en la senyera sobre la que ha bordeado  el lema "Viva mi dueño". A lo mejor, por no contaminarse de la ordinariez celtibérica, nos planta alambradas con concertinas en la frontera del Ebro para que su Catalunya Lliure no se le llene de españoles indocumentados y hambrientos. 

Pero un servidor se piensa quedar de este lado de la alambrada porque el espectáculo está garantizado. Ya digo, lo del juez juzgado, tan quevedesco como el alguacil alguacilado, tiene mucho tomate. De verdad, vivir en un país serio y laborioso resultaría aburrido, así que vamos a dejarnos de mamandurrias y disfrutar de la farsa que se está representando en el Ruedo Ibérico.

miércoles, 23 de abril de 2014

Dos autores dispares para el Día del Libro.-

En estas semanas últimas de convalecencia mis horas transcurren entre lecturas, con dos autores que dedicaron el final de sus respectivas vidas a redactar sus memorias. Uno de ellos, Chateaubriand, con sus Mémoires d´outre-tombe, y el otro, Casanova, con sus Mémoires écrits par lui même. La verdad es que sólo un lector indisciplinado, merecedor de todos los reproches por su incongruente selección de lecturas, hubiese elegido a dos autores tan dispares para leerlos en paralelo; pero es una cuestión  - ésta de la indisciplina lectora - que este jubilata ya ni se la plantea. Un servidor piensa cultivar sus manías hasta la tumba y más allá.

De Giacomo Casanova (1725-1798), quien más, quien menos, sabe que era un seductor que fascinaba a las mujeres con su atractivo y su labia. Según relata a lo largo de sus larguísimas memorias, tuvo relaciones sexuales con más de ciento cuarenta mujeres, de impúberes a maduras, porque sentía auténtica debilidad por el sexo débil. 

Lo que, quizás, sea menos conocido es que se trataba de un hombre culto. Hizo estudios de química y matemáticas, derecho y filosofía, doctorándose en Derecho Civil y Canónico por la universidad de Padua. Teniendo solamente 14 años, recibió las órdenes menores sacerdotales y empezó a seguir la carrera eclesiástica en Venecia, que continuó en Nápoles y Roma, donde fue protegido del cardenal Acquaviva. Su vida disipada y aventurera le llevó a abandonar el estamento eclesiástico y a ganarse la vida ejerciendo distintos oficios, viajando por gran parte de Europa: Venecia, Nápoles, Roma, París, Madrid, para terminar como bibliotecario en Dux, en Bohemia. Allí terminó redactando sus memorias, siendo septuagenario, porque, desdentado como estaba, no podía participar en las reuniones sociales y en la vida galante.

Al leer sus memorias, uno se da cuenta que en aquel siglo XVIII, ser eclesiástico y activista sexual no eran incompatibles. Por lo menos, en ciertas capas sociales, donde la seducción era de buen tono y un cardenal podía tener a su amante en su palacio sin que nadie se escandalizase por algo que entraba dentro de los usos galantes de la época. De Casanova, lo que salta a la vista es su necesidad de presumir de sus conquistas, de lo que hacía gala en las reuniones de la buena sociedad, y de su aceptación sin críticas de la sociedad estamental de la época.

Siendo de origen modesto – sus padres eran empresarios cómicos – toda su vida se codeó con la aristocracia y burguesía acomodada y jamás puso en cuestión la organización social. Sus aventuras sexuales se integran dentro del libertinaje dieciochesco y vienen a confirmar su conformidad con la sociedad tal como la conoce; ni siquiera se permitía las desviaciones sexuales, tipo homosexualidad, socialmente reprochables en su época. Es, simplemente, un aventurero adaptado a las convenciones sociales, que transgrede a su conveniencia, un follador compulsivo y courreur de jupons. Lo que sí resulta muy interesante en sus memorias, aparte esa polvareda de la que hace exhibición, es que retrata los hábitos sociales y da noticias de personajes de la época.

Bien contrario en sus costumbres y moralidad resulta François-René, vizconde de  Chateaubriand (1768-1848). Miembro de la pequeña nobleza bretona, fue un realista convencido y luchó contra el sistema republicano, tras el derrocamiento de Luis XVI. Vivió el exilio en Inglaterra, donde más tarde ejerció de embajador bajo el gobierno de Napoleón Bonaparte. Antes lo fue en Berlín, y más tarde ministro de Asuntos Exteriores. Fue uno de los responsables de que los Cien Mil Hijos de San Luis invadieran España para colocar en el trono, en 1823, al nefasto Fernando VII.

En 1848 se publicaron sus memorias en 42 volúmenes. Éstas no son solo unas confesiones personales, sino que  describe en ellas sucesos políticos y sociales en los que participó. Conoció todos los avatares de la  tormentosa vida política francesa, pues vivió de primera mano la Revolución, la República, el Imperio y la Restauración. Por huir de los desmanes de los sans-coulot al estallar la Revolución francesa, se fue a Norteamérica. Allí viajó por Virginia y Baltimore y conoció a Washington en Filadelfia. Entró en contacto con las tribus indias de los grandes bosques, de las que deja una descripción idealizada, muy en la línea del buen salvaje de Rousseau.

El problema para el lector es que, tango Chateaubriand como Casanova son escritores torrenciales, tan abundantes en sus memorias, que uno necesitaría meses para leer toda su obra. Un servidor se conformará con leer los libros I a XII del primero, y el primer volumen de memorias del segundo, yendo del burgués véneto con su ego descomunal y sus tropelías bien-humoradas al aristócrata bretón, intimista a veces, literato otras, político y siempre cronista de su tiempo.

La capacidad lectora de un jubilata no da para tanta vida como estos dos autores le ponen entre las manos a través de los libros. Aun así, recomienda al improbable lector de esta bitácora que se acerque a ellos y lea algo suyo, aprovechando que celebramos el Día Internacional del Libro. Que uno no pueda conocer tanta literatura como ha producido esta vieja Europa no debe desanimarnos. Ya nos lo decía el aforismo de Hipócrates, pero pasado por el latín: Ars longa, vita brevis.

miércoles, 16 de abril de 2014

Bancos y bancos.-

¿Qué nos viene a la mente cuando oímos la palabra “banco”? Fácil: los desahucios, las preferentes, los casi 108.000 millones que nos ha costado el rescate (según la fiscalización del Tribunal de Cuentas), la sonrisa triunfal de aquella vez de cuando el Rato tocando la campanita de Bankia, el Blesa diciendo al juez que los preferentistas, aunque algunos fuesen analfabetos funcionales, sabían lo que firmaban, y mil otras imágenes y otros tantos despropósitos a los que nos vamos acostumbrado como el perro callejero a la sarna. Por mucho que te rasques, vives con ello. Los bancos son nuestra sarna, la casta política profesional son nuestras pulgas y la ciudadanía el perro flaco. Todo eso, o cosas parecidas, asociamos a la palabra “banco”.

Pero, si el improbable lector se para a pensarlo, caerá en la cuenta de que la palabra “banco” no es un término unívoco y no solo se refiere al fraude múltiple que llaman recesión; también es un asiento, parte del mobiliario urbano que puede verse en los parques públicos. Es instrumento muy útil cuando uno se mueve con muletas, como un servidor ha podido experimentarlo en estos últimos tiempos.

El banco, el de sentarse, cumple su función social de forma discreta, casi sin que nos demos cuenta. Suele pasar desapercibido para quienes tienen andares ágiles, pero son un refugio para aquellos de caminar renqueante, paso tuerto, inseguridad motora, o cualquier otra forma de cojera permanente o temporalmente sobrevenida. Este jubilata, sin ir más lejos, ha experimentado su utilidad a lo largo de las últimas semanas y puede asegurar que los parques públicos, sin bancos, serían como un mar sin puertos donde atracar tras dura travesía.

Por eso, por lo modesto de este mobiliario, un servidor no había caído en la relación que pudiera haber entre ellos y las elecciones al Parlamento europeo el próximo mes de mayo. Seguro que el improbable lector, así al pronto, tampoco le encuentra afinidades, pero haberlas haylas; parecerá mentira, pero en el ayuntamiento se han dado cuenta. Lo que da idea de lo privilegiadas que son las mentes de los asesores que los políticos tienen en nómina. 

A ninguna de las personas que utilizamos los bancos del parque del Calero se nos podría haber ocurrido la relación que pudiera haber entre el sillón al que aspira el señor Arias Cañete en Bruselas, a partir de las elecciones de mayo, y el modesto banco de patas de hierro y travesaños de madera en que nos sentamos.

La verdad, es difícil imaginar que haya una relación entre el sillón en el Parlamento europeo, con su buen sueldo, tan cómodo, con su aire acondicionado en la sala, su conexión a internet  y sus botoncitos para votar sí o no, según lo mande el jefe de filas de la bancada, y el banco de madera expuesto a todas las intemperies: trabajado por los resoles veraniegos, los hielos invernales, las lluvias; con sus cagadas resecas de palomas, sus pintadas, sus tablas a veces rotas, sus cáscaras de pipas o sus colillas regando el entorno. Pero sí, sí la hay – relación, digo – y los asesores de campaña del PP madrileño han caído en la cuenta.

No se sabe bien cómo han llegado a la conclusión de que un culo descansando en un banco público tiene muchas posibilidades de votar al señor Arias Cañete en las próximas europeas si, de un día para otro, el ayuntamiento retira los bancos viejos del parque y pone otros nuevecitos. Y eso es lo que acaba de ocurrir en el parque del Calero, nos han cambiado los bancos viejos por otros recién salidos de fábrica. Precisamente en época de elecciones.

Según la lógica de los diseñadores de campaña del PP - por lo que me malicio -, en un banco público recién estrenado, se sientan muchos culos cuyos propietarios agradecerán el detalle dándoles su voto. Es una forma de suponer que muchos ciudadanos votan según la comodidad de sus postrimerías anatómicas y conviene aprovecharse de tan escaso discernimiento.

Este jubilata, cuyo viejo nalgatorio le sirve para sentarse y no para tomar decisiones, convencido de que no debe confundirse el culo con las témporas, hará lo posible con su modesto voto para que el ministro Cañete no culmine su carrera política con una jubilación cómoda en un cementerio de elefantes con traducción simultánea como es el Parlamento europeo. 

Aunque no se lo crean los organizadores de la campaña, un culo no siempre es un voto.

miércoles, 9 de abril de 2014

Tocando de oído.-


El tiempo es una apisonadora que avanza lentamente. Cuando alguien ha sufrido una avería física que tiene fecha de caducidad, sabe que con paciencia y alguna dosis de optimismo las cosas vuelven a su ser. Lo de la paciencia es inevitable, lo del optimismo es opcional, pero conveniente; una y otro no curan las averías del cuerpo, pero ayudan a sobrellevarlas, mientras el transcurso del tiempo va haciendo el resto.

Tras dos meses y medio ejerciendo de perniquebrado a tiempo completo, tras gastar tres juegos de tacos para las muletas, la invalidez es un huésped molesto que empieza a hacer las maletas y a poner cara de querer irse sin que, quien lo lleva sufriendo durante tantas semanas, lamente su ausencia. Porque, la verdad sea dicha, ser un inválido es un coñazo. En este caso, el paso del tiempo es un aliado y el calendario un amigo plasta que camina despacito pero inexorablemente; mientras,  los osteoblastos van soldando el hueso y el paciente (paciente y optimista por conveniencia) se entera de algunos entresijos de su anatomía.

Este jubilata, la verdad, hasta que no se ha visto en esta situación, ni sabía que tenía osteoblastos, ni que estos se generasen en el periostio y la médula ósea. De la geografía anatómica, sus mecanismos y sus funciones, por lo que se ve, tenemos conocimientos más bien escasos. Se nos tiene que romper algo para que nos enteremos. Así que, como quien dice, tocamos de oído. Nuestro cuerpo es un instrumento complejo que usamos con el mismo desconocimiento que un sordo melódico puede tener para discriminar entre el sonido de una tuba y el de un fagot. 

Lo del símil musical me ha venido a las mientes leyendo un articulito según el cual, una experiencia hecha con varios violinistas afamados, demuestra que éstos son incapaces de distinguir –tocando a ciegas – entre un Stradivarius y un violín de factura actual. Imagínese el improbable lector cómo los simples mortales vamos a ser capaces de conocer todas las teclas que conforman esta especie de orquesta que es nuestra anatomía. A ver quién coños es capaz de pararse a pensar que, cuando nos tomamos el pinchito de tortilla, estamos empleando músculos masticadores con nombres tan raros como masetero, temporal, pterogoideo inferior y superior. Masticamos, tragamos, y lo que ocurra en el interior de nuestras tripas es cosa de mecánica digestiva que no nos compete.

De la misma manera, el inválido provisional cojea por la vida ignorante de que osteoblastos y periostio están remendando su peroné. No tiene otra obligación que llenar las horas mientras la rueda del tiempo avanza lenta pero tenaz, los osteoblastos hacen su trabajo y el calendario se va llenando de crucecitas hasta formar un cementerio de tumbas bien alineadas, cada día con su cruz encima.

El día que el jubilata convaleciente pueda caminar sobre sus dos pies va a tener un serio problema,  porque a ver de qué va a hablar en su bitácora. Chascarse un hueso es un enorme fastidio, pero le da materia de entretenimiento y, con un poco de habilidad, puede sacar materia para hablar de ello durante dos meses y medio. O más, depende de su habilidad narrativa y de la paciencia del sufrido lector. Hoy, sin ir más lejos, los osteoblastos esos, con su labor discreta, han sido excusa perfecta. Mañana, quizás, las sorprendentes aventuras de la rehabilitación  le den materia para dos o tres semanas más.


Y cuando no, ahí están los políticos con sus genialidades diarias para ser materia de inspiración. Sin ir más lejos, podría haber hablado de la lideresa Espe y su aventura del carril bus (acabo de leer "La rebelión de los pinjos"), pero ya ha corrido mucha tinta con eso. Hablar de los osteoblastos, sin duda, es mucho más original.

miércoles, 2 de abril de 2014

Cosas de ficción.-


Estas últimas semanas de cojo provisional se van llenando de lecturas. Ya se ha dicho en una entrada anterior que las muletas proporcionan una movilidad muy limitada, con lo que un jubilata en la flor de la vida se encuentra con problemas para desarrollar actividades que, hasta que se quebró el hueso de la pierna, eran habituales, tales como salir al monte, subir o bajar las escaleras del metro, ir con el carrito de la compra al mercado o asistir a los conciertos del Auditorio Nacional o a los Cursos para Mayores de la UNED.

Esas actividades y otras muchas, que de tan elementales uno olvida, quedan aparcadas a la espera de recobrar la funcionalidad motora. Pasarse el día clavado en una silla es un tormento de baja intensidad pero continuo, que resultaría insoportable si no fuese porque hay vida más allá de donde te puedan llevar tus propios zapatos. Solo que esa vida se mueve en un mundo paralelo a la realidad y solo es alcanzable mediante el chute de ese estimulante (de momento, autorizado) que se encuentra entre las páginas de los libros. La lectura, para entendernos, es como el canuto de marihuana hecho de papel y tinta, relleno de una sustancia alucinógena que te coloca en cuanto le das una bocanada a los primeros párrafos.

De las tablillas sumerias al E-Book,  de la epopeya de Gilgamesh a Moby-Dick, de la escritura cuneiforme al sistema Braille, cuántos incapacitados han superado el tedio de una vida de horizontes limitados gracias a eso que llamamos libro, sea cual sea el soporte de escritura. Pues bien, a este incapacitado provisional, el libro le está proporcionando horas y horas de ocupación que transcurren  lejos de la realidad átona a la que le atan la escayola y las muletas.

Y lo mejor de todo es que no hay límites. Uno puede elegir el universo por el que navegar y ponerse a ello sin más trámites que abrir las páginas y leer. En estas semanas, el universo que este jubilata ha preferido ha sido un escarceo por la literatura francesa. Eso sí, con escaso rigor y un poco a ver qué tiene uno en su biblioteca doméstica. 

Como había leído algo en Internet sobre el preciosismo literario, en el que los conceptos y las palabras se emplean según su dignidad estilística, se me ocurrió leer La princesse de Clèves, de Mme. La Fayette, pura literatura de salón. El planteamiento es simple: casada en un matrimonio de conveniencia, la princesa de Clèves se enamora del duque de Nemours, quien le corresponde con una pasión rendida, pero discreta. La protagonista, en vez de montarse un bonito ménage à trois como era usual en la época, se resiste a sus inclinaciones por el de Nemours, le confiesa su pasión al marido, éste languidece de desamor y termina muriendo de tristeza. Viuda y sintiéndose culpable, en vez de ceder a las castas proposiciones matrimoniales de su amante, se retira a un convento. Lo que cuenta en la obra es la evolución psicológica de los personajes y la expresión de unos sentimientos alambicados, muy del gusto de los salones barrocos parisinos. Si uno lo lee en francés, miel sobre hojuelas.

Como un servidor no es crítico literario, sino lector desbridado, decidí que, para desengrasar, debía leer algo licencioso que hiciera olvidar tanto preciosismo empalagoso y tantos amores asexuados, así que me incliné por la obra de Donatien Alphonse François, que así se llamaba el marqués de Sade. Y en esas estamos. La tesis de Sade tampoco es complicada: para la Naturaleza el vicio y la virtud le son indiferentes. Ahora bien, como el vicio siempre triunfa y la virtud sufre injusticias, mejor ser vicioso y feliz. Entendidos “vicio” y “virtud” en sentido amplio, y traídos a estos tiempos, viene a decir: vale más ser un gürteliano genovés que un desahuciado por Bankia.


Les infortunes de la vertu, en realidad es eso. Si M. de Bressac, cada vez que la virtuosa Sophie desobedece sus maldades, la ata a una encina, la desnuda y la da de verdugazos, es para que quede claro  que el rico y bujarrón marqués de Bressac siempre sacará adelante sus malos propósitos y disfrutará de sus perversiones, mientras que la inocente muchachita irá dando tumbos hasta caer en manos de la justicia, acusada de todas las depravaciones imaginables.

Y si uno se para a pensar en ello, se da cuenta de que la historia de la Princesa de Clèves nos lleva a parecida conclusión. Su vida virtuosa de esposa casta y fiel termina por matar al angustiado marido, siempre en sospechas de cornificación, ella termina marchitando su juventud en un convento, y el apuesto amante, sin catarlo.

Que el improbable lector no se moleste por estas conclusiones tan superficiales que uno saca de sus lecturas, que también lleva en paralelo  otras más profundas, como los Ensayos, del señor de Montaigne. Pero de ello, si llega el caso, se hablará en otra ocasión. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

Elucubrando sin fundamento.-


No fue hasta 5º curso de Historia en la UNED cuando, quien esto escribe, prestó toda la atención que se merecían esas cosas que se llamaban “macroeconomía” y “microeconomía”. Para ser sinceros,  le sonaban estos términos de forma vaga (como a casi todo el mundo), muy como de pasada; era cosa abstrusa que solo debía interesar a los economistas y gente de parecida catadura, y uno era de letras... 

Pero mira por donde, estudiante talludito de Historia (peligrosamente próximo a los 50), hubo de estudiarse el manual  Introducción a la economía para historiadores, de Gabriel Tortella, y con tan ingrato instrumento perdió la virginidad y la absoluta ignorancia en esta delicada materia. La asignatura quedó aprobada, y con ella, adquirida la certeza definitiva de que los Reyes Magos son los padres, según el grosor de su cuenta corriente, y, el sistema económico, avieso como la madrastra de Cenicienta: solo nos quiere de fregonas. 

Como puede ver el improbable lector, por mucho empeño que pusiera en aprobar la asignatura, las nociones de economía pasaron por la mente de este jubilata como los rayos del sol a través del cristal: sin romperlo ni mancharlo. Con lo que, siguiendo el símil anterior, perdió la virginidad sin mayor disfrute.

Sin embargo, ya desde joven, era capaz de distinguir entre la Historia, con mayúscula, y la intrahistoria. En aquella lejana época practicaba un existencialismo carpetovetónico y don Miguel (de Unamuno, ningún otro) era santo al que encendía la mayoría de las velas de las lecturas, y En torno al casticismo, era una especie de catecismo del padre Astete que estudiaba con devoción. 

Aprendí que, si la Historia son un conjunto sucesivo de sucesos (redundante, pero cierto) que se suceden en el tiempo, la intrahistoria no son sucesos que fluyen, sino hechos, a modo de capas geológicas, que se superponen, creando una especie de estratigrafía que da sentido y sustancia a un pueblo. Vamos, si un servidor recuerda aquellas viejas lecturas, la Historia es cambiante, agitada, mientras que la intrahistoria es sólida como el roquedo de los fondos marinos.

Dándole vueltas, en las largas horas de convalecencia, intentaba ver si macro y micro-economía pudieran tener alguna relación con Historia e intrahistoria. Fuese porque son muchas las horas de ocio cuando se tiene una pierna escayolada, fuese porque a lo mejor sí hay una relación, lo cierto es que aparecían ciertas similitudes en la mente poco científica y demasiado imaginativa de quien esto escribe.

¡Coño!, pensaba, Historia y macroeconomía son fluctuantes, dinámicas; son como las olas embravecidas que golpean a los pueblos: guerras, invasiones, migraciones movidas por catástrofes o hambrunas… (en caso de la  Historia); deslocalizaciones, pérdida masiva de empleos, fluctuación enloquecida de capitales (caso de la macroeconomía). Mientras que microeconomía e intrahistoria son modos de entender la vida como en zapatillas; cosa de gente que vive su pequeña historia de cada día intentando mantener sus proyectos vitales, mientras deja un poso de consistencia social que de sentido a eso que llamamos “cultura” con minúsculas: la forma en que vive una colectividad, su manera de entender y luchar por la vida, de sobrevivir.

Si la administración del sueldo mensual, el recibo de la luz, la barra de pan de cada día, son objeto de microeconomía; el sacar la familia adelante con sueldo escaso – o sin él, cuando vienen mal dadas – el dar educación a los hijos cuando hay políticas que adelgazan la educación pública, el alimentar una familia con la pensión del abuelo, son pequeñas heroicidades que forman la intrahistoria de las gentes que, aun no apareciendo en los manuales de Historia, forman el cemento y el cimiento sobre el que se construyen las sociedades.

Tales elucubraciones, fruto de la inactividad, han estado rondando estos últimos días por la mente de éste que es doblemente ocioso (por lo jubilata y lo perniquebrado), con lo que se demuestra lo pernicioso que resulta estar libre de quehaceres. Quizás los macroecónomos deberían cuantificar en magnitudes económicas los miles de millones de euros que se pierden al no aprovechar en cosas de más utilidad productiva tantos miles de millones de neuronas de pensionistas que estamos mano sobre mano. Quizás con tanta energía perdida, debidamente transformada en dineros, se podrían haber rescatado los bancos sin necesidad de producir millones de parados y demás desgracias sociales.

No sé si los gurús macroeconomistas habrán caído en la cuenta de lo difícil que se le está poniendo la intrahistoria al común de los ciudadanos con tanto exprimirles la microeconomía de cada día. Aparte que es una putada.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Un museo sobre silla de ruedas.-

Colmenar de Oreja, plaza mayor.
El prurito de buscar títulos para llamar la atención es una fea costumbre que un servidor confiesa, pero a la que no renuncia. El improbable lector ya entenderá que los museos no se desplazan en carrito de inválidos, sino que este jubilata retuerce el sentido del título para despertar su curiosidad. 

Esto suele ser recurso de mal literato, salvando lumbreras de las letras como Valle-Inclán, maestro en hacer filigranas con el  idioma y darnos títulos como Romance de Lobos, Gerifaltes de Antaño, Divinas Palabras… Un servidor, como la andrajosa Penia a las puertas del opulento Poros (según nos cuenta Sócrates en el Banquete), aspira a las sobras que caen de la mesa donde se banquetean los grandes de la Literatura y consigue migajas como el título de marras. Y se conforma…

Pues eso, inválido provisional, si quería hacer una excursión había de ser recurriendo a una silla de ruedas para los desplazamientos un poco largos, una vez llegado al lugar. Y ya se sabe que las visitas a los museos son fatigosas, con lo que una pierna escayolada no es la mejor ayuda para detenerse ante un cuadro, localizar el mejor ángulo de incidencia de la luz sobre él, acercarse a ver un detalle, inclinarse a leer la cartela, y todos esos pequeños gestos de un visitante de museos.

Museo Ulpiano Checa
El asunto es que, este pasado fin de semana, nos acercamos a Colmenar de Oreja con la intención de visitar el lugar y conocer su museo Ulpiano Checa. El pueblo, próximo a Chinchón, merece una visita cultural y gastronómica; en cuanto al pintor don Ulpiano Checa (Colmenar, 1.860 – Dax (Francia), 1.916), hay un estupendo museo que recoge parte de su obra y en las distintas salas se muestran sus diversas facetas pictóricas. Como en Internet hay información sobrada sobre ambos (pueblo y pintor), un servidor solo hablará de sus pequeñas manías de jubilata ocioso.

Una de esas manías, que apenas se confiesa uno a sí mismo por lo rarunas que resultan, es la afición al art pompier por lo que éste tiene de colorín, de anecdotario, de peli de romanos que uno veía en su juventud y que tanto despertaban la imaginación en aquellos tiempos de sociedad gris plomo, mediocre y aburrida, de cuando nuestro Invicto ferrolano nos pastoreaba con mano parkinsoniana, pero dura. 

El caso es que la pintura de don Ulpiano, una de sus facetas, la referida a la historia de Roma, me ha vuelto a instalar en aquella admiración que yo sentía por un mundo fastuoso, de togas senatoriales, esclavas en desnudos velados, juegos de circo y batallas navales. Sus carreras de cuadrigas, inspiradas en la novela Ben Ur, que sirvieron de modelo para la película homónima hollywoodiense, así como las escenas de Quo Vadis? con aquel Ursus hercúleo salvando del toro bravío a la cristiana de curvas perturbadoras en el Circo Máximo, son imágenes que a uno le reverdecen en estos también años plomizos de rescates bancarios.
A falta del cuadro original, aquí queda un fotograma

El art pompier, con sus ropajes vistosos, sus armas brillantes y sus cascos empenachados, nos presenta un mundo heroico donde la anécdota pasa por ser la realidad histórica; donde todo es grandioso, exuberante, y se contrapone un mundo clásico ideal a la mezquindad de estos tiempos nuestros, dominados por un economicismo zafio. Aquellos pintores de colorín, tan denostados en su momento por su academicismo frente a las nuevas tendencias artísticas como el plenaerismo, el impresionismo y la representación de la naturaleza y la luz en su realidad fugaz, nos presentan una realidad histórica tal como nos hubiera gustado vivirla a cualquiera de nosotros.

Pero, como uno debe conjugar aficiones estéticas con racionalidad, es consciente de que el “arte bombero” (en francés suena mejor) está bien como imaginario, siempre y cuando no se confunda con la realidad histórica. Y como ejemplo, sirva un cuadro espléndido por su dinamismo y grandiosidad heroica como es El barranco de Waterloo. En él la caballería francesa termina despeñándose en el fondo de un barranco, donde el impulso imparable de la carga ahoga a coraceros y caballos en un amasijo de animales, hombres, uniformes vistosos, sables relucientes. Es la escena patética de unos héroes arrastrados a la muerte por un destino ciego. Eso es lo que dice el cuadro, la realidad es muy otra.

El barranco de Waterloo
Este suceso representado por Ulpiano Checa, en aquella batalla tras el exilio de Elba, jamás existió. Fue Víctor Hugo, en sus Miserables, quien describe la escena y el pintor quien la traslada al lienzo como una realidad teatralizada. De forma estética y melodramática se ofrece al espectador un aspecto histórico que pudiera haber sido verdad, pero que no existió más que en la imaginación del novelista romántico y en la escenificación del pintor sobre el lienzo. Un golpe de teatro, puro espectáculo que el observador acepta como hecho verídico, cuando no pasa de verosímil, y da por cierto el episodio de los valientes coraceros haciéndose picadillo en el fondo del barranco.

Y como esta entrada se alarga más de lo usual, para terminar, se recomienda muy vivamente al improbable lector que se acerque por Colmenar de Oreja, visite su plaza mayor, su iglesia parroquial, su teatro, y pasee hasta la ermita del Humilladero, sin olvidar el gran pasadizo en piedra bajo la plaza mayor.
Por supuesto, le gustarán las cabalgadas de los árabes disparando sus espingardas, los piel rojas, los bárbaros invadiendo Roma, y todo el dinamismo que parece surgir de los cuadros de don Ulpiano.

Además, por la zona podrá visitar Chinchón (apenas a 5 kilómetros) y Aranjuez, sin olvidar Villaconejos, donde es fama que sus melones son de mucha más calidad que los recriados en la carrera de San Jerónimo. 

martes, 11 de marzo de 2014

Agasajando a la mensaib.-


Aferrado a las muletas y con pasitos cortos, he seguido la semana pasada esa cosa de tanto relumbrón que han llamado Global Forum Spain, celebrado en Bilbao. O sea, algo que tiene que ver con la afamada Marca España, pero en inglés, para que en esos mundos se enteren de que existe esa marca y está en venta. Como suele ser habitual en esta bitácora cuando se trata de eventos políticos y similares, aquí se habla de ello a destiempo y a toro pasado. Y la verdad es que no hubiese dicho media palabra si no llego a ver la foto que ilustra esta entrada.

Eso de que nuestros políticos en el poder, en un estupendo ejercicio de autocomplacencia, se inventen una mini cumbre de Davos de andar por casa, no es asunto que sorprenda; es una de las muchas añagazas que emplean para convencer al personal (autóctono y foráneo) de que la economía española va viento en popa y que de la crisis económico-social no merece la pena ni acordarse. Ya lo dijo el Gran Timonel Mariano, que habíamos doblado el Cabo de las Tormentas y navegábamos a todo trapo hacia las Islas de las Especias.

La mensaib Christine Lagard, baranda del FMI, vino a decir algo parecido, pero en más prosaico: “España ha girado la esquina”, solo que, añadió, convenía apretar un poco más los machos a la marinería que brega con el velamen del hispano bergantín. Debe ser eso porque el barco (si nos atenemos al símil empleado por don Mariano), lleva aún mucho lastre, o porque esa vuelta a la esquina (según la más pedestre expresión de la mensaib del FMI) la estamos haciendo con demasiadas piedras en los bolsillos; estas piedras son la renta de trabajo, o sea, los sueldos que percibe el personal currante de Hispanistán. Ça va de soi, que diría la señora.

Comoquiera que sea, este jubilata se queda más en la anécdota que en la categoría. Es que eso del besamanos del ministro Guindos a doña Lagard le ha despertado a un servidor recuerdos de cuando aquellas películas de aventuras en la India colonial. Aquellas damas victorianas de tanto empaque, servidas por criados indios reverenciosos que doblaban el lomo y decían “Yes, mensaib”, es la imagen que primero le viene a uno a la cabeza. 

Y, puestos a imaginar paralelismos, uno imagina la caterva de saibs y mensaibs del FMI, BM, BCE y otras instituciones transnacionales que colonizan los recursos de nuestro país; uno piensa en los cipayos indígenas que les sirven de tropas de choque contra la población autóctona; en los grandes hacendados (banqueros, multinacionales, especuladores de lo ajeno) que controlan la producción de riquezas del país colonizado…, y descubre que la película tiene el guion trucado.

Pero, eso, ya casi a un servidor no le sorprende, a fuerza de sabido. El guionista escribe la trama a gusto del productor, que es quien pone los dineros, los saibs controlan el sistema de producción colonial, los gobiernos hacen de cipayos y la plebe se limita a interpretar a la fuerza el papel de extras cuando el guion así lo exige. Lo que aún no sabemos es si aparecerá un Mahatma Gandhi, individual o colectivo, que no esté de acuerdo con la parte contratante de la primera parte y rompa los papeles del reparto.

Mientras, este jubilata, convencido que el gato tiene tres pies, sabe que las fotos de los eventos políticos no son inocentes;  reflejan la realidad que nos quieren transmitir a su conveniencia, pero, fuera de las manipulaciones interesadas, tienen el valor de símbolo. Y ese ministro que rinde pleitesía a la presidenta del FMI simboliza el sometimiento de nuestros gobernantes a una institución no elegida democráticamente por los ciudadanos.

Claro que habrá quien opine que el besamanos del ministro no es el del sirviente reverenciando a la mensaib, sino un gesto caballeresco muy hispano. Pero, si algo tiene de carácter hispano la escena, convénzase el improbable lector de que ésta es totalmente quevedesca: Madre, yo al oro me humillo…

martes, 4 de marzo de 2014

Convalecencia, eternidad.-

Cuando un pie escayolado se convierte en el centro de tu universo, la convalecencia es una eternidad con fecha de caducidad, o por lo menos un remedo de ésta. Porque eterno parece el tiempo a transcurrir entre la mala pata de aquella rotura y el día en que las dos piernas habrán de recuperar su funcionalidad. Este lapso de tiempo en suspensión, que bien puede llevar tres meses o más, para un convaleciente atado a sus muletas es la experiencia que más se puede aproximar a eso que llamamos eternidad.

Es una exageración, claro está, una hipérbole traída por los pelos para tratar de explicar lo enormemente tedioso que resulta ese lapso de tiempo en que uno aparca sus actividades habituales y se somete -a la fuerza ahorcan- al lento transcurrir de las horas, los días, las semanas, los meses… Una eternidad en la que el tiempo parece haberse parado; tan igual a sí mismo, tan plano que parece no existir. Y, si uno no recuerda mal viejas enseñanzas, la suspensión del tiempo es lo que caracteriza ese concepto abstracto que llamamos "lo eterno" .

“Metafísico estás”, dirá el improbable lector, como le decía Babieca a Rocinante en aquel mal soneto de Cervantes. Pero este jubilata averiado no se pone metafísico a fuerza de pasar hambre, como se quejaba el rocín de don Quijote, sino a fuerza de pasar una infinidad de tiempo (plano, monótono) a la pata quebrada.

Ya puestos a hablar de infinitos, de eternidades, aunque sea una ligereza de jubilata ocioso, sin saber bien como, llega a mis manos un ejemplar del Fedón que dormía el sueño del olvido en mi biblioteca casera y empiezo a ojearlo. Ciertamente, una cojera a plazo fijo –por muy tediosa que sea– no tiene por qué producir los mismos efectos anímicos que una pena de muerte, como a la que los atenienses condenaron a Sócrates. Solo que el bueno de Sócrates se tomó la condena con una entereza que para sí quisiera el pernituerto quejoso de su invalidez provisional.


El filósofo esperaba con alegría la muerte porque liberaría su alma de las ataduras del cuerpo. Para que sus amigos lo entiendan, dedica todo su esfuerzo en los diálogos del Fedón a demostrarles la inmortalidad de ésta, haciéndoles ver que lo que llamamos conocimientos no son más que reminiscencias, recuerdos que el alma conserva de una existencia anterior y a esa existencia regresará una vez libre de las limitaciones que impone el cuerpo. Su atadura al cuerpo es un episodio más bien molesto. Soma sema, creo que eran los pitagóricos quienes lo decían: el cuerpo es una tumba.

Si uno lee despacio los diálogos, casi llega al convencimiento de que la muerte de Sócrates a la puesta del sol no es una tragedia; parece más bien que estemos ante un rato de conversación entre amigos para ir pasando unas horas de espera. Tanto es así que incluso el condenado se permite alguna ironía: “…y si después de la muerte no existe nada, habré tenido la pequeña ventaja de no haberos molestado con mis lamentaciones durante el tiempo que me queda de estar entre vosotros”.

Con un par… ¡Y un servidor dando la vara por un hueso roto! Quizás éste sea el momento de sacrificar un gallo a Esculapio.