miércoles, 10 de abril de 2013

El viaje de Turquía.-

No querría este jubilata dar la sensación de que tiene abandonada su bitácora, tras dos semanas sin asomar por ella. Pero es que ha estado de viaje por tierras turquescas y ha regresado a casa con un resfriado que lo ha puesto fuera de circulación por unos días. Ya perdonará el lector este aparente abandono. Han sido causas de fuerza mayor.

Recorrer media Turquía en diez días es labor ardua y que le deja a uno con las entendederas saturadas y con el cuerpo quebrantado, de forma que no ha podido atender a ese puñado de lectores que suelen darse un garbeo por este blog, que también es su casa.

Para ver si el país que encuentro al regreso es el mismo que dejé a la salida, he ido corriendo a ver las noticias de eso que la neoderecha carpetovetónica  llama “la marca España” y que antes llamaba “Patria”; que ahora quiere vender como rufián que rifa puta joven sin desvirgar (aunque esté bien trotada) y que antes defendía con la sangre de quienes ahora mantiene en el paro. O sea, a ver si este país disparatado sigue con lo suyo. Y sí, no me lo han cambiado.

Para convencerme de ello, me ha bastado una noticia leída al azar: los maderos le dicen a una monja que se quite el velo a ver si coincide su cara con la de la foto del DNI. El ayatolá-arzobispo de Madrid se entera y le pega un telefonazo al ministro del Interior para darle una colleja. El ministro se achanta. Pura sabrosura hispánica. Las cosas siguen como estaban antes de salir. Uno, así reconfortado, recupera sus rutinas, y con ellas, su bitácora.

No sé si el improbable lector conoce El viaje de Turquía, un libro que podríamos clasificar dentro del apartado de literatura de viajes. Solo que se escribió en el S. XVI y su autoría no está muy clara. Para unos (la edición que tengo, de la colección Austral) su autor es Cristobal de Villalón. Para un profesor que tuve en la Complu, y según el hispanista Marcel Bataillon, su autor es el médico de Carlos  V, Andrés Laguna.

Describe este libro las aventuras de Pedro de Urde Malas, quien cayó preso de los turcos mientras navegaba en una galera de Andrea Doria y dio con sus huesos cautivos en Constantinopla. Allí, como era un buen urdidor de patrañas, se hizo pasar por galeno e incluso llegó a ser el médico de su amo Zinán Bajá y de la hermana del sultán. Con todo ello, nos va relatando cómo eran los turcos de entonces, cuáles sus costumbres y cómo su sociedad.

Es libro que este jubilata recomienda vivamente aunque advierte, de paso, que el castellano empleado es el propio de aquel siglo, lo que dificulta un poco su comprensión, pero no lo bastante como para quitar el gusto por su lectura. Y ya que Urde Malas huyó de Constantinopla porque su amo no quería darle su carta de libertad, este jubilata y su santa se toman la libertad de ir a aquellas tierras a ver cómo les va a nuestros vecinos del otro extremo del Mediterráneo.

Pero no se vaya a creer el improbable lector que es la primera vez que recorremos aquellas tierras; ésta es ya la cuarta. Es cierto que la anterior fue hace unos veinte años y que las dos primeras – si no recuerdo mal – fueron en 1977 y 79. De aquellas lejanas fechas recuerdo dos cosas aún con viveza: el paseo por la ciudad helenística de Éfeso, a orillas del Egeo, y las tanquetas del ejército por la calle, en Estambul. Hacía un par de telediarios que los militares habían dado un golpe de estado y aquello tenía un aspecto raro, con los sorches, armados de fusiles, haciendo plantón en la calle y los turistas a lo suyo. Eran días de penuria, pues ni siquiera los turistas teníamos qué comer, aparte el arroz con pollo que ponían en los restaurantes. Un día comimos huevos y fue una fiesta gastronómica.

Lo que va de aquella Turquía a la que acabamos de conocer es como comparar la España de los años 50 con la de los 90, solo que ellos están en periodo de crecimiento y nosotros andamos arrastrados como pantuflas desbarbadas. Dicho sin componendas: ellos están empezando a surfear en la cresta de la ola y nosotros andamos como puta por rastrojo.

Creo que merece la pena dedicar una nueva entrada a hablar de este viaje último. En cuanto me libre de otras obligaciones que tengo, me pondré a ello. 

El improbable lector queda debidamente amenazado. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Entre cabezada y cabezada, Bach


A ver cómo le explica este jubilata al improbable lector que, este domingo, ha estado dando cabezadas durante la audición de La Pasión según San Mateo, del maestro Bach. Eso de sestear mientras la Orquesta y Coro nacionales, más la escolanía de niños, desgranaban el texto del evangelista musicalizado por don Johann Sebastian es de una mediocridad tal que uno debería ser, con toda justicia, borrado del libro del Paraíso. Y me refiero a ese paraíso donde el goce estético es el premio que alcanzan aquellos que logran desprenderse de las cascarrias socio ambientales y transcienden – aunque sólo sea un ratito - las vulgaridades de cada día.

No sé si lo he dicho otras veces, pero la Pasión según San Mateo, de Bach, fue una de las primeras audiciones a las que tuve la suerte de asistir al poco de venirme a vivir a Madrid. Andaba yo todavía con el pelo de la dehesa y, en el proceso de desbastamiento provinciano, me pasaba los días corriendo de un museo a una exposición, de allí al teatro o una conferencia, hasta que empecé a asistir a los conciertos de la Orquesta Nacional en el Teatro Real.

Si tenías enchufe, podías entrar gratis en el Real.  Tú esperabas discretamente en la puerta y, cuando el concierto estaba a punto de empezar, el conserje, sobornado por alguien que conocía a alguien al que tu conocías, te dejaba entrar y te ponían una sillita en un rincón. O bien, como cuando fui iluminado por la gracia del dios padre Bach, te mandaban a las galerías de por encima del gallinero, allí donde estaban colgados los focos, y veías a la orquesta como pequeñas cucarachas negras afanándose sobre sus instrumentos. El sonido ascendía en vaharadas hacia las bóvedas del auditorio, semejante al incienso que se quema   ante el altar, y te envolvía en su gracia santificante, arrebatándote hasta ese cielo donde sólo los elegidos – y  unos pocos enchufados, como nosotros ­– podían gozar del paraíso sin ningún merecimiento especial.

Recuerdo aquella Pasión como si hubiera sido una revelación divina. De Herr Bach uno no tenía mayor idea y oír aquellos coros fue lo más parecido al éxtasis que un pardillo puede experimentar. Dudo mucho que nuestra mística Teresa de Cepeda hubiese vivido un deliquio tan intenso. Resultó una experiencia tan arrebatadora que casi ni me di cuenta de que toda la audición me pasé de rodillas. Y no por devoción, sino de pura necesidad. El banco estaba ocupado por otros más madrugadores, así que me puse en un extremo de la galería, arrodillado y con la cabeza asomando por entre la barandilla. Desde entonces creo en dios padre Bach y, ahora, además, en su profeta Ton Koopman.

Dicho lo dicho, difícilmente puede entenderse lo de las cabezadas en el concierto de hoy, menos si es Ton Koopman quien dirige. Ya en una temporada anterior tuve la suerte de verle dirigir también en el Auditorio Nacional y me sorprendió la forma en que es capaz de mover aquella  masa coral y la orquesta, sentado ante un órgano positivo, agitando los brazos, llevándose las manos a la boca para frenar el impulso excesivo de los vocalistas, boqueando como quien acompaña a los cantores con su propia voz, y con una expresión divertida y picarona, como de estárselo pasando estupendamente mientras pone orden en aquella masa.

En mi descargo puedo decir que este sábado me lo he pasado andando por tierras del río Tajuña, entre Abándanes y Cortes de Tajuña, ida por el río y vuelta por el páramo. No es que disfrutar de la naturaleza sea un obstáculo para disfrutar, al día siguiente, de una buena sesión de música clásica, pero es que uno ya no es un mozalbete y tanta actividad le pasa factura en forma de cansancio a tanto el kilómetro. Y eso fue, lo que este jubilata no descansó por la noche le pasó factura en forma de sopores en el Auditorio Nacional el domingo por la mañana.

Por cierto que en esos páramos de Guadalajara puede haber tanta belleza como en una suite para violonchelo del inefable Bach, salvando todas las diferencias, si cambiamos notas musicales por  paisajes. No lo creerá el improbable lector, pero con las botas de caminar, con los ojos ansiosos de paisaje, uno puede describir una sinfonía de colores, de aromas, de soles y lluvias y de silencios. Y, lo que es mejor para los que somos simples mortales, no es necesario ser un divino Bach, basta con acercarse a la naturaleza con una predisposición simple, sin prejuicios asfaltícolas y con el espíritu abierto a los cuatro vientos. La inspiración viene sola, mientras escribes con tus pasos sobre el pentagrama de los caminos.

Lo prometo, la próxima vez que vuelva a quedarme sopa en un concierto me voy a cabrear pero mucho, muchísimo…

domingo, 17 de marzo de 2013

Viajando desde el sillón.-



Anda estos días un servidor haciendo un viaje sorprendente por las montañas del Nepal, camino de Lhasa, la ciudad prohibida. Un viaje sin pasaporte, sin visados y sin autorización para transitar por aquellas tierras. Pero, aunque la aventura parezca arriesgada, no lo es en absoluto, si, como ya he apuntado, resulta que la hago cómodamente sentado en mi sillón de lectura.

Viaje imaginario pero no menos real ya que, si se me permite el doblete, es un viaje vicario. Un viaje por persona interpuesta, como los solemos hacer los lectores. Otros fueron los que se esforzaron, los que sufrieron las penalidades y conocieron lugares extraños y vedados a los ojos occidentales y, ya al regreso, nos lo contaron. Nosotros hemos recorrido ese mismo itinerario, pero caminando con nuestra mirada sobre las líneas de un libro, y tantas veces como leemos estas historias viajeras, las estamos reviviendo.

Somos, si lo permite el improbable lector, demiurgos sedentarios que damos vida, con nuestra curiosidad lectora, a esas historias lejanas en el tiempo y la distancia que vuelven a la existencia por nuestra simple voluntad lectora. No es poco que un modesto lector traiga a la vida hechos que fueron y ya no lo son, incluso una vez muertos sus protagonistas,  por el simple gesto de sumergirse en las páginas de un libro.

Decía, pues, que la curiosidad me ha llevado – mejor dicho, me está llevando, puesto que aún estoy en Tachi tsé y a punto de entrar en Po yul (el país de Po) – a Lhasa.  Ni siquiera los tibetanos de otras regiones se arriesgan a cruzar el país de Po porque sus gentes se dedican al bandidaje y, hay quien dice, son caníbales. Pero se ve que, a pesar de lo inhóspito de aquellas tierras, sus moradores no deben ser tan fieros, puesto que Alexandra David-Néel lo atravesó.

Bueno, sin darme cuenta se me ha escapado. No soy yo quien viaja, es la franco-belga Alexandra David-Néel quien, en 1924 y acompañada por su hijo adoptivo, el lama  Yongden, dedica varios meses a atravesar a pie el país, disfrazada de vieja mendiga tibetana, a pesar de la prohibición a los occidentales de entrar en aquel país.

Este jubilata descubrió a doña Alxandra hace un par de años por pura casualidad, como suelen ocurrir estos encuentros. Un día se tropezó con una frase suya que le impacto: Qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace (“quien viaja y no conoce al otro, no viaja, se desplaza”). El viaje como conocimiento, como descubrimiento es la verdadera razón del viajar y la única forma de que tenga sentido y ensanche nuestra percepción del mundo. El viaje es una riqueza que nos sobreviene si lo hacemos con ojos curiosos y las ventanas de la mente abiertas de par en par, tratando de comprender por qué “el otro” piensa como piensa y vive como vive, por qué es diferente y qué le hace serlo. En fin, viajar no es hacer turismo, incluso aunque uno sea turista, casi única forma de viajar que tenemos hoy en día; uno puede ir en un paquete turístico y dejarse impregnar por los lugares, los paisajes y las personas que los habitan y volver a casa un poco más aprendido de como estaba al salir de ella.

Lo que me trae a la memoria aquel viaje que hicimos la santa y yo en 1999 a Cuba. Dedicamos una semana a patear La Habana y Santiago, a hablar con la gente, a comer en los paladares e impregnarnos de la vida caribeña con la inestimable ayuda de Lázaro, quien había trabajado en el Instituto del Historiador (sede del Cronista de la Habana, que tenía, si no recuerdo mal, rango de ministro) y era hombre letrado por demás. Cuando, al finalizar la estancia nos reencontramos con el “paquete” de turistas con el que habíamos venido, nos miraban como a bichos raritos porque no habíamos pisado las playas de Varadero ni nos habíamos hinchado a mojitos y a los sabrosos bufés libres del hotel, sólo permitidos a los turistas. Les parecía normal que los cubanitos estuvieran allí como sirvientes y camareros, pero sin derecho a gozar de aquellos paraísos. 

Por entonces no conocía yo a doña Alexandra, pero estoy seguro de que ella hubiera tenido un gesto de conmiseración hacia aquellos turistas torrados por el sol caribeño y con la mente abotargada. Nosotros, sin saberlo, hacía ya muchos años que estábamos siguiendo sus consejos de viajar e ir al encuentro de los otros, de tratar de entender y regresar a casa con el morral lleno de experiencias viajeras.

domingo, 10 de marzo de 2013

Coros angelicales.-


La verdad es que este jubilata está hasta la coronilla de tanto turiferario ratzinguerista como ha florecido, estas últimas semanas,  en las tertulias radiofónicas y demás prensa adicta a la cosa de poder divino. Resultan monotemáticos, laudatorios hasta el empalago y tan faltos de crítica que uno ha terminado por hastiarse y está deseando que, de una puñetera vez, se enclaustren los cardenales en la capilla Sixtina y nombren, previa  fumata blanca, otro jefe del estado Vaticano. A ver si la barca de san Pedro tiene nuevo timonel, las aguas del Tiberíades mediático vuelven a su cauce y las fuerzas vivas del tertulianismo radiofónico dejen de quemar incienso, que nos tienen atufados con tanta Su Santidad.

A estas alturas del telediario, uno  prefiere las tropelías del asunto Bárcenas a las babitas místicas que segrega la cofradía de untuosos forjadores de opinión. Al menos, aquél resulta más jugoso porque no hay día que no salga a la luz un nuevo atropello, una explicación disparatada de algún político, o una batería de denuncias judiciales para salvaguardar el buen nombre de quienes lo perdieron hace tiempo. Lo de los angelicales coros laudatorios del papa Benedicto es campo trillado y más monótono que una eternidad tocando la lira en la gloria celestial.

Pues un servidor, no mediatizado por las inacabables tertuliadas, aún recuerda que el cardenal Ratzinger fue nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, o Inquisidor General y, como tal, ejerció con eficacia durante años, hasta el punto que le llamaban el Parzerkardinal. Y, como si fuera la brigada acorazada Brunete espachurrando rojos, con eficacia teutónica, laminó la teología de la liberación hasta no dejar casi vestigios del Concilio Vaticano II ni del compromiso de la Iglesia con los desheredados de la tierra. Lo cual no hay que buscarlo en el séptimo infierno del Dante, sino en los papeles que conservan la memoria histórica del único intento conocido de la Iglesia por tomar partido, en cuanto institución, con los desahuciados de la sociedad.

Como inquisidor general llegó a la conclusión de que la teología de la liberación interpretaba el mundo bajo el esquema de la lucha de clases, lo que era un peligro fundamental para la fe de la Iglesia. Con esta visión, no es extraño que al teólogo Leonardo Boff, en 1985, le montara un proceso digno del seguido contra Galileo y le prohibiera ejercer la enseñanza. Y gracias, que ya no estaban los tiempos para convertirlo en chicharrones en la hoguera. No es de extrañar que el obispo de Recife, Hélder Cámera, se lamentase unos años antes: si doy de comer a los pobres, me llaman santo; si pregunto por qué son pobres, me llaman comunista.

La verdad es que aquel trabajo lo hizo con eficacia germánica y la Iglesia, bajo su predecesor, se convirtió en un berenjenal de congregaciones místicas tipo Opus Dei, Legionarios de Cristo, Neocatecumenalistas que predican no ser su reino de este mundo, pero se alían con los poderosos y ocupan, subrepticiamente, parcelas de poder terrenal. Lo que no le impidió al cardenal Ratzinger, desde el Vaticano y con toda discreción – como suelen hacer estas cosas – interceder por el dictador Pinochet cuando estaba arrestado en Inglaterra por crímenes contra la humanidad.

En fin, el improbable lector perdonará que me meta en este tremedal teológico, pero un servidor veía con mucha simpatía a aquellos eclesiásticos comprometidos con los problemas sociales, que incluso dieron testimonio con sus vidas, como monseñor Romero o el padre Ellacuría y sus compañeros. Además, no es difícil entender que, de la misma forma que acabó con lo mejor que tenía la iglesia católica, ha sido incapaz de poner orden en la misma, con esos turbios asuntos eclesiásticos que se cuecen entre las bambalinas del Vaticano. Consciente de ese fracaso,  derrotado, anciano y enfermo, se va. Tampoco tiene nada de especial.

Aunque, quizás, sí. Sí tiene de especial que algún papa se apee de la silla gestatoria o del papamóvil y dimita, mientras que aquí no dimite ni político inepto, ni corrupto acreditado, ni dios que los crió. Se ve que están muy imbuidos de su sagrada misión. ¡Señor, Señor, qué cruz! 

domingo, 3 de marzo de 2013

Cuando la jefa habla de finiquitos y se lía.-


La cabra siempre tira al monte y el ciudadano, perplejo una vez más, vuelve a lo de siempre, a hablar de esas cosas peregrinas que dicen los políticos desde la tribuna. ¡Es que no hay forma de tomarse un alivio ante tanto disparate, hombre!

Ya el improbable lector - nada más leer el primer párrafo - habrá caído en la cuenta de que este jubilata vuelve a hozar en el lodazal de lo que damos en llamar “política”, esa charca en la que se revuelcan los prohombres y las produjeres que rigen los destinos de la patria mía. Bien quisiera hablar de cualquier otro asunto, pero la vida de este país gira en torno a esas vulgares recurrencias de falsedades oficiales, trabalenguas que confunden más que explican, trapacerías de complejo desentrañamiento, neolenguas de trileros escamoteadores que ocultan realidades evidentes, y toda una sarta de mentidos y desmentidos que se suceden sin solución de continuidad, como esos tiovivos de feria que te dan mil vueltas para dejarte en el lugar donde estabas, pero mareado.

No sé si el sufrido lector habrá entendido lo que acabo de decir, de la misma forma que el sufrido ciudadano es incapaz de entender por qué no se pone un poco de orden en el regimiento de la cosa pública. Pero - este jubilata lo jura - la parrafada anterior no es un trabalenguas para marearle y dejarle in albis. Si bien se mira, la frase de marras, tiene una concatenación lógica desde el punto de vista idiomático. No ocurre lo mismo con ese marear la perdiz cuando, desde el sillón de mando, tratan de explicar lo inexplicable y, encima, con torpeza. 

Total, va uno y escucha, hasta la saciedad y en un montón de medios de comunicación, ese atropello del leguaje y atentado a la inteligencia del que ha hecho gala doña Cospe para contarnos que lo del Bárcenas con el PePe, en realidad, se trataba de un contrato rescindido en diferido, como una simulación de contrato para pagar una indemnización pactada, difiriendo los pagos como si fueran un salario de alguien que estuvo, pero ya no está, pero sigue cobrando…En fin, un lío que no acabo de entender. Menos aún cuando la segunda parte contratante dice que de eso, ni flores. Que él ha sido empleado del PePe hasta hace dos días y que se trata de una revocación ilegal de su contrato, y que les pone una demanda por despido improcedente, y que si le mandan al paro, como lleva ya muchos años cotizando, quiere ver de qué color es la pasta de la indemnización por ese despido.

Lo primero que le viene a la imaginación al ciudadano, tras tanto galimatías, es la escena de Una noche en la ópera en la que Groucho y Chico Marx (marxistas capitalistas, pero con humor disparatado) redactan el contrato de la primera parte contratante con la segunda parte contratante y van arrancando del contrato aquello que no queda muy claro para, al final, dejarlo más confuso aún.

Yo creo que a doña Cospe (en esta comparecencia groucho-marxista del despido diferido) le tenía que haber dado la réplica el señor Floriano, pongamos por caso, de forma que la explicación al alimón hubiese sido explicada con la debida confusión. Y si no, ahí tenían a Pepe Isbert desde lo alto del balcón del ayuntamiento, quien lo tenía bastante más claro: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, porque como alcalde vuestro que soy os debo una explicación”. Como puede ver el improbable lector, la explicación no resultaba tan difícil, sólo hay que tener un poco de soltura con el idioma.

Pero este jubilata, que es poco cinéfilo se ha ido más por el humor agrio de don Francisco de Quevedo, quien veía en su tiempo los mismos o parecidos males de que disfrutamos ahora, y ha encontrado el soneto intitulado Valimiento de la mentira:

Mal oficio es mentir, pero abrigado:
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado
mi boca escupa con enojo y ira;
y ayuno, el verdadero, que suspira,
invidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,
que las mentiras ya quebrantan peñas;
y pidiendo andaré en los mentideros.
...etc
(Soneto que, por cierto, cantó Paco Ibáñez en el Olimpia de París en aquellos años románticos en que contra Franco vivíamos mejor y hasta teníamos ilusiones y todo).

Y aunque la neolengua de la lideresa castellano-manchega prohíba a sus funcionarios emplear el término “desahucios” y otras inconveniencias, siempre estará el señor De Quevedo y Villegas para recordarnos que al mentir con toda la boca sigue llamándosele, en buen castellano, mentira, por mucho que esta verdad sea un bocado amargo.

¡Max, no te pongas estupendo!”, decía don Latino a Max Estrella en Luces de Bohemia. Y este jubilata se lo dice, con todo el respeto que hace al caso, a doña Cospe: ¡¡María Dolores, no te pongas estupenda!! Que ya nos conocemos, coño. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Esos días sin nada que decir.-


A veces ocurre. Pasan los días y uno no tiene nada opinable que echarse al coleto ¿De qué hablaré hoy en mi bitácora? ¿De política, de políticos, de corruptos…? Tal como está el patio de Monipodio, viene todo a ser lo mismo. Hemos llegado a tal nivel de confusión mental que, si nos ponemos a hablar de política no hablamos de los asuntos que atañen a la política en su expresión genuina, sino de chanchullos, de respetables mentiras desde la tribuna del Congreso, de tropelías, de sobre cogimientos y – como diría la  ex Lideresa – de mamandurrias, y otras deyecciones excretadas por esa casta de engañadores contumaces. 

Porque, dicho sólo de pasada, contumacia es lo que define al debate ese del estado de la nación. Contumacia en los engaños y falsas promesas, contumacia en el aferrarse al cargo, contumacia en la ocultación de la corrupción, contumacia en el “Y tú, más”. Además, uno no acaba de entender qué necesidad había de un debate sobre el estado de la nación cuando todos sabemos cómo está la pobrecita: postrada en su camastro y sometida a sangrías, emplastos y lavativas, que la están matando más los remedios que la propia enfermedad. Más que debatida, la tienen abatida y sin levantar cabeza.

Un coñazo, francamente, un coñazo eso de volver sobre esos asuntos. No porque no merezca hablarse de ellos, sino porque acaban convirtiéndose en un tópico socorrido cuando no se sabe de qué hablar y, a fuerza de tanto repetirlos, se convierten en lugares comunes y la protesta pierde el empuje necesario para seguir viva. Mejor se protesta en la calle, como hacen las diferentes asociaciones ciudadanas que, día sí y día también, nos recuerdan la gran estafa del sistema, quien nos hace pagar con paro, con desahucios, con secuestro privado de la salud pública y una lista interminable de atropellos, la bulimia de los banqueros y especuladores y de los gobernantes, sus cómplices.

Así que hoy no toca hablar de política. Estrujándome el magín, pienso: pues podría hablar de caminatas por los montes. La pasión montañera y caminera, en general, es algo que suliveya mucho a este jubilata artrítico, quien, con su espíritu de cabra montaraz, sigue tirando al monte casi cada sábado mientras las articulaciones aguanten y los músculos tractores tengan la bastante flexibilidad para cargar con este cuerpo gentil que se ha de comer el crematorio, y con la mochila y otros arreos inherentes al caso.

Al improbable lector que sea más de fútbol de tele en sillón y cervecita se le hará difícil entender que un tipo que ya no cumplirá nunca más los 65 y que cualquier año de estos se tropieza con los 70, ande con el pío de patear montes cada fin de semana que las circunstancias y la santa se lo permiten. Aferrado al mando del televisor, le resultará difícil  hacerse idea de lo que es disfrutar de las vistas del Atazar, por un decir, desde lo alto del Cancho de la Cabeza; o ver las llanadas manchegas desde lo alto del Rocigalgo; o recorrer el curso del río Perales, río arriba desde el embalse, viendo esas aguas saltarinas corriendo entre rocas graníticas; o caminar por entre el encinar, tachonado de enebros, y sintiendo el olor a tomillo, y viendo a los milanos evolucionar sobre tu cabeza. Eso sí, chupando un frío del carajo, con el moco colgando y con ese olor a sobaquina que se te pone con el esfuerzo caminero. Pequeños inconvenientes que se arreglan con una ducha bien caliente al llegar a casa.

A lo mejor, el improbable lector preferiría que le hablase de las lecturas actuales, ya que no tengo nada mejor de qué hablar; o, a lo mejor, preferiría directamente que me callase, pero esta opción no puede ser, al menos, mientras tenga que colgar la entrada nueva de esta semana. Luego ya, sí, ya no volveré a molestarle hasta la próxima.

El problema de las lecturas es saber si el improbable lector de esta bitácora tiene los mismos hábitos de lectura que este jubilata. Si fuese así, le podría contar mi interés por el mundo clásico romano, por su sociedad, sus costumbres, sus ritos sociales…, o por su organización militar. ¿Sabía que existía un matrimonio per usum? Bastaba que una mujer viviese durante un año seguido bajo el techo de un hombre para que aquélla se considerara su mujer legítima; ¿o que se rompía el contrato matrimonial por la simple fórmula de decirle el hombre a su mujer, ante testigos: res tuas habeto et discede: coge tus cosas y márchate? ¿Sabía que a Julio César, en cuanto tomó la toga viril con diecisiete años,  lo casaron y lo nombraron Flamen Dialis, o sumo pontífice? ¿O que Rea Silvia, la madre de Rómulo y Remo fue virgen vestal y madre sin concurso de varón, como la virgen María en el cristianismo, y que ambas tienen en común haber concebido de un dios?  La verdad es que se trata de antiguallas a las que el ministro de educación Wert miraría con desdén de tertuliano avezado y que al improbable lector no tienen por qué importarle un cagarro de oveja.  Por eso, no hablaré de mis lecturas actuales, ni de nada más.

Y ahora, sí, ya me callo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Obsolescencia



Seguro que el improbable lector, en más de una ocasión, se ha encontrado con un electrodoméstico que se avería, ha llamado al técnico para que se lo repare y éste, aparte cobrarle la visita por el diagnóstico, le dice que le saldrá más caro repararlo que comprar uno nuevo. Entonces, uno corre a la tienda y se compra otro nuevecito, flamante, de líneas y diseño ultramodernos, mientras que el viejo termina en la basura. Con suerte, se reciclarán sus componentes; cuando no, incrementará los millones de toneladas de deshechos que soporta el planeta.

No digo nada nuevo. A cualquiera le ha pasado en un determinado momento y no ha sucedido por casualidad. Es la obsolescencia programada: las cosas se hacen para que duren un determinado tiempo (no demasiado) y, luego, haya que cambiarlas. Quienes las producen mantienen su cadena de fabricación artificialmente, se enriquecen con el deterioro de sus productos y mantienen bien engrasado el sistema productivo del derroche-consumo.

Pues imagínese que esto le ha sucedido a este jubilata. El frigorífico, un mal día, dice que ya no chuta y uno va corriendo a la tienda a ver si un técnico se lo repara. El vendedor le dice que, con doce años que tiene el aparato, lo mejor que puede hacer es tirarlo y comprarse otro. El asunto no es baladí. La santa y un servidor vivimos de nuestras pensiones devaluadas y empezamos a echar cuentas: un frigo nuevo equivale casi a una de nuestras pensiones mensuales, hay que pagar un 21% de IVA y echar un montón de cuentas a ver cómo saldamos el mes sin que los números rojos nos cojan por las partes blandas y nos las retuerzan hasta exprimir el último eurito pensionario.

Este jubilata, que suele darle vueltas a las cosas, empieza pensando por qué no se aplica este criterio a otros ámbitos sociales. Por ejemplo, a los políticos. A ver – se pregunta uno – por qué razón no nos fabricamos unos políticos obsolescentes, cuya duración en el cargo no vaya más allá de unos pocos años y luego los mandamos a reciclar. Como todo el mundo sabe, en cuanto el político lleva unos cuantos años funcionando, empieza a dar problemas: un día concede licencias de obras a cambio de donaciones opacas para su campaña electoral; otro día, te hace aeropuertos sin aviones; otro, usa sus influencias para beneficiar a las grandes empresas y, de acuerdo con el sistema de puerta giratoria, pasa de la política a los puestos directivos de las telefónicas, petroleras o las eléctricas, y de éstas a la política, según el apaño que convenga en cada caso; otras, simplemente, sobre coge dineros negros que no hay bárcenas que nos los blanqueen. Y así ad nauseam

Imagínese el improbable lector que ese mismo criterio se lo aplicamos a los banqueros. Cuando llevan unos cuantos años acaparando dinero y, resultando oneroso por demás el coste social de su mantenimiento, un día decidimos cambiarlos por otros nuevos. Mandamos al banquero antiguo a la chatarra – reciclarlos sale caro y su coste queda por encima de nuestras posibilidades – y éste (el banquero-chatarra) termina desahuciado de un piso cuya hipoteca no ha podido pagar y en la puta calle. Uno más, ni se nota.

Sígame el juego el improbable lector. Imagine, de sobras lo sabe, que los miembros de la gran patronal mantienen gripados los engranajes de eso que llaman con inhumana expresión “mercado de trabajo”. Pues nada, les aplicamos la obsolescencia programada, y pelillos a la mar. Si nos fiamos del criterio precio-calidad, salta a la vista que nos salen más caros que los beneficios que proporcionan a la sociedad que los soporta. Por lo tanto, pongamos unos nuevos más eficaces y aquéllos los reciclamos en trabajadores con contrato-basura y plaza en las colas del INEM. Y que se busquen la vida en la economía sumergida, que habilidades no les faltarán para ello.

Pero, volviendo a lo que nos preocupaba en casa, decidimos llamar a un técnico. Éste nos cambió el termostato del aparato (108,90 €) y nos dijo que estos aparatos viejos (fabricados todavía sin criterios de obsolescencia inmediata) suelen tirar hasta los veintialgunos años.  Total, que le hacemos un corte de mangas al comprar-usar-tirar-comprar de los programadores de obsolescencias y, de paso, descubrimos la teoría de los políticos-banqueros-gran patronal achatarrables  que aquí brindamos al improbable lector para que la ponga en práctica.

Al menos, que sepa que tal teoría existe y es verificable, si nos ponemos a ello.

domingo, 10 de febrero de 2013

Paseata por los Montes de Toledo



Los Montes de Toledo, para este jubilata, son viejos conocidos. Durante años recorrí el cordal próximo a San Pablo de los Montes, entre el puerto del Marchés y el Risco Vicente, todo a lo largo de la cuerda, pasando por el puerto del Robledillo, la Morrilla, la Morra y el Morro Cerrillón, el puerto del Lanchar, y hasta el Alto Peñafiel. Por eso, regresar al cabo de los años a estos caminos ha sido un poco un ejercicio de añoranza, aparte ese vicio tan arraigado que un servidor tiene por la naturaleza y por los paisajes. Y aquí, en estas sierras de cumbres alomadas y escasa altitud, bastante olvidadas de los montañeros, si de algo se puede disfrutar es de hermosos parajes, incluso en estos días centrales del invierno.

En las zonas de pie de monte domina la encina y el terreno adehesado,  hasta no hace tanto tiempo dedicado a la cría de ganado vacuno. En el montano abundan los bosques de robles melojos, fresnos en los arroyos, y chaparras que tachonan las laderas entre el robledal. Donde el bosque autóctono ha desaparecido, el terreno ha sido colonizado, principalmente, por la jara, cuyo olor se nota en el ambiente, incluso en estos días fríos de invierno.

El grupo Senda Clara, con el que caminamos, sale de las Navillas y seguimos la pista que sube al puerto del Marchés, solo que abandonamos ésta para tirarnos hacia la derecha, internándonos por el robledal, siguiendo una senda que está marcada para senderistas, próxima al arroyo en algunos tramos. Como todo el mundo sabe, las pistas son aburridas y monótonas, mientras que los caminos son como pequeños hilos conductores que se adaptan al terreno sin alterarlo, haciendo que el caminante disfrute del paisaje y se sienta parte del mismo.
Cuando yo pateaba esos caminos, el del Marchés se estrechaba ladera arriba hasta convertirse en una trocha apta para rebaños de cabras y caminantes esforzados. En la actualidad es camino ancho, bien allanado y apto para coches todo terreno de esos de lujo que usan los señorones del consorcio banquero-político-gran empresario, con esa pinta pseudo-agraria de cacería, colonia cara, escopeta repetidora y traje de camuflaje de boutique. O sea, poco que ver con el modesto senderista, con su leve olor a sobaquina por aquello del esfuerzo.

En el alto del Marchés, cuando confluye con la pista que corre paralela al cordal, por la otra vertiente, sopla un aire frío que llega desde las tierras llanas de Ciudad Real. Desde allí puede verse (en apreciaciones a ojo de buen montañero), al Oeste, el parque natural de Cabañeros y una dorsal en la que destaca lo que parece ser el Rocigalgo. Si mira en dirección oeste-noroeste, se aprecian las cumbres de Gredos nevadas. Mirando en dirección este-sureste, se ve el espejo alargado e irregular que forman las aguas del embalse de Torre Abrahán y, por allí cerca, la finca y palacio que fuera del general Prin. (Bueno, eso no se aprecia a simple vista, pero sé que está allí y lo digo para quedar como un experto montañero). Y casi a nuestros pies, los baños de la Guarra o del Robledillo. Lo de la “guarra” merece una pequeña explicación: los baños pertenecen al ayuntamiento de San Pablo y se llaman así no porque los regente una señora poco aseada, sino porque, según la tradición sampableña, descubrió sus propiedades una guarra (que así llaman a las cerdas por esas tierras) que siempre iba a bañarse a una charca de aguas salutíferas. Lo que desmiente el tópico de que los cerdos son guarros; por lo contrario, son muy amigos de bañarse, solo que la mayoría de las veces los medios no son los apropiados.

Tomando la pista en dirección al este, llegamos al puerto del Robledillo. Ante nosotros, las antenas repetidoras de telefonía, un poco más allá, la Morrilla y la Morra, que dan directamente sobre San Pablo de los Montes. Damos la vuelta a la cabeza de las Majadillas y seguimos la pista que desciende entre el robledal y que enlaza con el camino del Marchés unas decenas de metros un poco por debajo de la fuente de la Canaleja. Pero antes de eso hemos parado a comer en el valle de la Majadilla, al pie de unos riscos orientados hacia la solana y que nos protegían de los vientos. Aquí, un alma caritativa, tras el bocata, nos regala un dedalito de ron. Sana costumbre ésta, ya que las veces que he caminado con Senda Clara, un montañero de buen corazón ofrece al personal esas gotitas de ron que levantan el espíritu, alivian el cansancio y dan caña a las botas.

La fuente de la Canaleja dicen que tiene una aguas afamadas en todo el contorno, diuréticas y saludables, donde el caminante puede rellenar la cantimplora, aparte de contemplar el paraje con unos robles añosos de gran porte. Desde aquí a las Navillas no queda más que un paseo.
El resto, lo habitual, calzado cómodo, parada cervecera y regreso a casa... hasta el próximo sábado. 

domingo, 27 de enero de 2013

Sobrecogedor.-

Sobre cogido

Nunca acaba de sorprenderle a este jubilata la capacidad de adaptación que tiene nuestra lengua. Es capaz de expresar, con un mismo término, conceptos entre los que no habría forma de establecer una relación ni causal, ni lógica, ni de afinidad. En este caso se trata del término sobrecoger y su derivado sobrecogedor.  Sobrecoger, según la Academia de la Lengua, es “coger de repente y desprevenido”, y también “sorprenderse”, “intimidarse”; y sobrecogedor, en una segunda acepción anticuada es “recaudador”, y a lo mejor por ahí.... Pero, en estos días, corre una nueva acepción que hace referencia a la literalidad del término si se divide en dos: sobre  y coger; esto es: coger (un) sobre. Y quien realiza la acción es un sobre cogedor, es decir, para entendernos de una vez: el individuo (político de profesión, por lo general) que coge un sobre con la pasta. Lo de la pasta no lo dice el término “sobre”, pero va implícito en ello.

No se puede decir que nos haya sobrecogido la noticia, es historia vieja y recurrente: Llegan cuatro mangantes y se reparten un dinero de dudosa procedencia, como la célebre Caja B del PP (que es espíritu puro y nadie ha visto), o los Gúrteles de vario pelaje; o bien, se reparten dineros llegados  a la institución por cauces legales, como los directivos que arruinaron la Caja del Mediterráneo (Ahí está el informe del Banco de España). Mecanismos ingeniosos para ensobrar dineros y repartirlos entre la muchachada, los hay por doquier y no merece la pena insistir, no sea que demos ideas.

Otra cosa que sorprende mucho a este jubilata, y no tendría por qué, es la reacción de los mandantes del PP ahora que les están sacando los colores con eso del sobre cogido, y es que nadie ha recibido un euro B entre las directivas antiguas y modernas. Sobre todo, esos arranques de dignidad ofendida que les llevan a amenazar a troche y moche a todo aquel que se atreva a señalarles con el dedo.

Dándole vueltas al asunto, la explicación debe ser ésta que sigue. En el núcleo de la Gaviota hay dos mundos paralelos: el que gobierna y el que trinca, mundos que entran en contacto a través de aquellos célebres poltergeits que conocimos en las películas de miedo. Los poltergeits pertenecen al mundo inmaterial y se caracterizan por meter ruido y hacer daño a las personas. Ellos, por desprestigiar la honorabilidad de políticos de intachable trayectoria, les meten sobres con dinero en el bolsillo sin que los interesados se den cuenta y luego empiezan a gritar: ¡Ese, ese ha sido...! En realidad, el sobre cogedor es el poltergeit, no el político. A éste, lo más que se le puede reprochar es que no lo hubiese declarado a la Hacienda Pública; pero como no sabía si el sobre era suyo o de quién, pues tampoco es tan grave.

Esta teoría, cuyo desarrollo va inventándose sobre la marcha, tendría un punto flaco: ¿cómo se ponen en contactos ambos mundos? Pero no hay tal flaqueza, porque el contacto con el inframundo sucede a través del despacho del ex tesorero. Recuérdese el caso Naseiro,  donde los jueces estuvieron a punto de encontrar la puerta de comunicación de ambos mundos paralelos, pero fue sobreseído. Como aquella puerta se cerró en falso, pues por ahí han vuelto a aparecer los poltergeits para sobre coger de nuevo a los honrados prohombres de la cosa pública.

Y como a los poltergeits esos les gusta meter ruido, éste ya ha llegado a la prensa extrajera y está alborotando más de lo que conviene. Eso de que les estén sacando en los papeles extranjeros es ya cosa que pasa de color marrón-mierda, dicho sea por asimilar un color tan feo y maloliente a una actividad en la que nadie parece haber participado con conocimiento de causa.

Ya sé que esta teoría suena a absurda, pero cosas más peregrinas nos dicen los dirigentes PP sin sonrojarse. ¿Por qué iba a sonrojarse este jubilata ocioso al confesar su autoría? Por si el improbable lector lo había olvidado, le traslado la pregunta que le hiciera aquel Fabra de Castellón a su nieto: “¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?” Pues a un servidor, la explicación que acaba de inventarse sobre los mundos (sobre cogedores) paralelos, entre Caja B y políticos azules, le parece muy convincente. Si aquel aeropuerto no tiene aviones, ni esta teoría tiene fundamento ¿qué más da? Lo importante es trincar, y este jubilata ya ha trincado la entrada de esta semana.

lunes, 21 de enero de 2013

Por los caminos de Navalagamella.-



Aunque he colgado a primeros de año una humorada sobre la verídica historia de los Reyes Magos, seguida de algunas reflexiones sobre lecturas, ésta era la primera entrada de este año de sustos del 2013 y quise hacerla sobre una marcha que hicimos el Trío de los Tejos por estas tierras madrileñas al suroeste de la provincia, que frecuentamos poco en nuestras andanzas.

Nuestro objetivo era vario. Se trataba de explorar aquellas tierras de pie de monte, ver unas viejas instalaciones militares de cuando la guerra incivil, recorrer parte del curso del río Perales (tributario del Alberche), comprobar qué daba de sí (en cuanto a la posibilidad de hallar tejos en el lugar llamado las Tejoneras), y ver algunos antiguos molinos en las orillas de este río.
A la salida del pueblo tomamos un camino, dirección sur, entre antiguas tapias de piedra, próximo en su inicio a una explanada de material de construcción. Paisaje de dehesas con encinas y enebros, que veremos todo a lo largo de la marcha. Llegados al arroyo Veguillas nos extraviamos un poco hasta dar con la pista de seguimiento del Canal YII, que dejamos a nuestra derecha para llegar a una cantera enorme. 

Desde allí, a la derecha, hay un cerro donde se conservan antiguas casamatas de la guerra civil. Corresponden al cerco que el ejército franquista estableció en torno a Madrid. No se olvide que estamos bastante cerca de Brunete, donde se dio aquella terrible batalla entre las tropas republicanas y franquistas que arrasó la población.
Las casamatas se mantienen en pie – aunque faltas de techumbre –, adoptando una forma escalonada, siguiendo la ladera del cerro. Llama la atención un pequeño edificio semicircular, en forma de ábside abovedado, parcialmente derruido, abierto por uno de sus lados, y con cuatro pequeñas ventanas longitudinales rematadas por un pequeño arco semicircular. Tiene el aspecto de un ábside tosco y la explicación que se nos ocurrió es que se trataba de una capilla. En un lateral tiene una antigua plancha, aglomerado de arena y cal, donde aún pueden distinguirse los vestigios del yugo y las flechas.

Bordeando la zona de seguridad de la cantera, bajamos hasta el río Perales, que recorrimos hasta el embalse. Allí hay un lugar llamado las Tejoneras, donde no se aprecia vestigio de tejos, aunque el lugar es muy umbrío, pero la vegetación predomina la encina y el enebro como plantas de mayor porte, aparte el bosque de rivera, propio de las corrientes de agua. A lo largo del curso del río encontramos un puente de época musulmana, el del  Pasadero. Es de un ojo, en bóveda de medio punto y sillares bien labrados. Por aquí pasaba el camino de Navalagamella a Quijorna y fue, durante el dominio musulmán parte de la vía militar que unía Talamanca del Jarama con el Valle del Tietar y cumplía una función defensiva de la Marca Media contra las incursiones cristianas.

Paramos a comer junto a las tapias de un viejo molino que conserva la tolva por donde se acumulaba el agua para obtener la fuerza motriz que hacía funcionar el ingenio. Es un sistema llamado “de cubo”, que permite acumular agua en ríos de poco caudal. El cubo (un pozo de varios metros de profundidad) está hecho en buenos sillares labrados y se conserva en estupendas condiciones. Del otro lado del río, los restos de otro molino que no nos acercamos a ver.

Seguimos río abajo hasta el embalse del Cerro Alarcón, que también bordeamos hacia la presa. Por aquellos lugares vemos un revolcadero de jabalíes; un par de hoyas, como dos bañeras toscas, de un limo arcilloso. Camino adelante, salimos a la carretera, y, poco antes de entrar en el pueblo, vemos un complejo de varios búnker que fue puesto de mando en el frente de Brunete. De allí, a la iglesia, donde hemos dejado el coche.

Fue una marcha que nos llevó cuatro horas de caminata, sin contar las paradas para la observación del entorno y el preceptivo bocata y rato de conversación y fotos paisajísticas. Una buena forma de comenzar el año, que recomiendo a quienes gusten del senderismo y del disfrute de la naturaleza, así como a quienes quieran aunar el ejercicio físico con el interés por los vestigios históricos.
Ya sabe el improbable lector, hay que activar el músculo y la mente a la par, cosas que no son en absoluto incompatibles.

sábado, 12 de enero de 2013

Antiguallas.-


Los pasados días navideño-fiesteros andaba este jubilata leyendo una antigualla que había caído en sus manos: el Discurso sobre el origen de la desigualdad de los hombres, y el Contrato Social de J-J Rousseau. Uno de esos libros de quiosco, con letras doradas y que no sirven más que para rellenar espacio en las estanterías. Pero hete aquí que la impertinente curiosidad del jubilado (a falta de obras públicas – culpa de la burbuja y la austeridad – en cuya observación entretener sus ocios) le llevó a abrir el libro y empezar a leerlo. Un capricho de ocioso con mucho tiempo que perder, aunque poco dispuesto a invertirlo en “entretenimiento”. Un día habrá que hablar qué distingue el ocio del entretenimiento, que es tanto como decir: la libertad de emplear el tiempo libre (ocio) en contraposición al entretenimiento manipulado. Pero hoy no toca.
El caso es que don Jean-Jacques cuenta el razonamiento que hacía el emperador Calígula. Más o menos, así: el pastor es de naturaleza superior a su rebaño; así, los pastores de hombres –sus reyes– son de natural superiores a los pueblos que gobiernan. De esta analogía concluía que los reyes son dioses, o que los pueblos son animales. Sustituya el improbable lector “reyes” por gobernantes y deje a los pueblos en su naturaleza de rebaño. Luego párese a pensar si no se siente tratado como un animal de rehala.
La analogía que establecía Calígula sobre pastores de pueblos puede muy bien ampliarse a los mandatarios actuales, quienes llevan la masa del rebaño por viejas cañadas de sacrificio y austeridad que terminan en los ranchos de esquileo. Imagínese el improbable lector – por un momento – al rabadán Wert esquilándole a los sufridos borregos el vellón de la educación pública; al gañan Ignacio González, quien pastorea el hato de la Comunidad de Madrid, malvendiendo los carneros de la sanidad pública, o a la cabrera Cospedal poniéndole tapias a los pastos comunes en Castilla la Mancha, y caerá en la cuenta de que va poco del emperador loco a los políticos neoliberales. Y si quiere más analogías, piense en Mariano, mayoral de los rebaños patrios, sacrificando a la masa borreguil porque así se lo exigen. No nos engañemos;  él, por mucho que parezca mandar en el rebaño, no deja de ser el capataz del gremio pastoril. Otros son los amos de cañadas, apriscos, pastos, ovejas y lanas, y tanto él como nosotros lo sabemos.
Y perdonará el improbable lector que, de una anécdota que cuenta Rousseau al comienzo de su Contrato Social, este jubilata haya hecho una categoría. Es cosa sabida que los desocupados no hacemos pensamiento profundo, sino comentarios banales. Pero una idea sí que le ha quedado clara al desocupado que esto escribe, y es que el pacto social es un acuerdo de voluntades según el cual todos y cada uno de los ciudadanos sin excepción renuncia a su interés particular en aras del interés común, única forma de vivir en una sociedad civil y civilizada. Cuando una parte de esta sociedad se apropia de los bienes comunes (educación, sanidad, trabajo, vivienda…) en su exclusivo provecho, el pacto social se rompe y el común de los ciudadanos tiene el derecho (incluso la necesidad – por pura supervivencia del cuerpo social -) de dar por nulo dicho pacto y establecer uno nuevo que restituya la legitimidad social. Dicho en términos asaz vulgares, pero expeditivos: mandarles a tomar por el culo y empezar de nuevo.
Siguiendo con las antiguallas, un servidor se ha puesto a releer la Constitución española de 1978 y encuentra que, si no antigualla propiamente dicha (pues está en vigor… a trompicones), sí está anticuada por inoperante en muchos de sus mandatos. A ojo de ciudadano no perito en la materia, aunque sí preocupado por ella, tiene bastantes artículos que están furruñosos (con sus engranajes roñosos) por falta de funcionamiento. No hay más que leer el Artº 31, “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo…” Áteme usted la mosca de la amnistía fiscal (por ejemplo) por el rabo de este artículo y dígame si éste funciona o está gripado.
Lea el Artº 35.1, “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo… y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia…” Luego, sabiendo que hay ya seis millones de parados y que la patronal propone sueldo de 645,3 euros para los jóvenes, entre otras aberraciones, y vea si este engranaje del artículo 35 no está más oxidado que una falcata celtibérica.
Cuando uno llega al Artº 47, “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias…regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”, y aquí sí que se te suelta la risa floja. Y ya si lees el Artº 128, “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual sea su titularidad está subordinada al interés general”, puedes estar carcajeando durante una semana. Para qué seguir… Pero lea, lea el improbable lector la Constitución y se enterará de que es un trasto inoperante en lo referido al bien común ciudadano.
Por no marear más la perdiz, mientras este jubilata leía el Título II, De la Corona, se estaba acordando de lo que decía el ínclito Jean-Jacques: “Un rey, lejos de proveer a la subsistencia de sus súbditos, saca de ellos la suya, y según Rabelais, un rey no se contenta con poco”. Nosotros tampoco deberíamos contentarnos con dejarnos esquilar el vellón de los derechos sociales… pero, para los que mandan, somos una manada de borregos.
Pues eso.

viernes, 4 de enero de 2013

Verídica historia de los Reyes Magos



Resultó un buen día que los Reyes Magos no venían de Oriente. Sucedió que, según la tradición popular, no avalada canónicamente, los Reyes Magos de Oriente se pusieron en camino siguiendo una estrella. Desde las llanuras del Ganges, desde los desiertos del Eufrates, desde las lejanas fuentes del Nilo, los tres Magos comenzaron su singladura hacia el Próximo Oriente. Siguiendo la estela de aquel astro luminoso, cada uno por su cuenta, se pusieron en camino, convergiendo en un punto indeterminado del que la religiosidad popular no dice media palabra. Desde allí, donde quiera que fuese aquel lugar, los tres viajaron en la misma caravana hacia una aldehuela de Judea, de nombre Behetlem, donde, según los libros sagrados, había nacido un niño de una virgen.

Así lo venían haciendo desde hace, al menos, dos milenios, hasta el año de gracia de MMXIII. Aquel año, cuando llegaron al Portal con sus ofrendas de oro, incienso y mirra, el Sumo Sacerdote les dijo que no, que tanto la tradición como la devoción popular estaban muy equivocados. Que ellos, realmente, de donde procedían era de la lejana Tartessos, allá donde las columnas de Hércules, donde comienza el mare ignotum.

Perplejos, se retiraron a deliberar y consultar los arcanos escritos. Según los sánscritos libros védicos, de acuerdo con las tablillas cuneiformes conservadas en los zigurats de Uruk, y según las tradiciones orales de allende las fuentes del Nilo, ellos, de toda la vida de dios, de donde venían era del Extremo Oriente. Así se lo hicieron saber al Sumo Sacerdote de blancas vestiduras. Pero éste, que era infalible en sus dictados, insistió en que no; insistió en que, según los libros revelados de la verdadera religión, ellos venían de Tartessos y no había más que hablar y que aquello eran habas contadas. Si no les gustaba, que pidieran el finiquito y se buscaran la vida.

“Pues para este viaje no hacían falta alforjas”, dicen que comentó Baltasar. “Jó”, se limitó a opinar Gaspar. “Y ahora ¿qué puñetas hacemos?”, se preguntó Melchor. Era ésta, puede suponerse, una pregunta retórica, ya que la cosa había quedado bastante clara: De ahora en adelante, y a efectos de la cristiandad toda, ellos procedían de la tierra más occidental, de la lejana Bética; exactamente, donde los linces en extinción llevaban una vida de estricta supervivencia.

“No sé de qué os quejáis”, les dijo la mula, “Lo nuestro sí que es una putada. Dicen que nosotros nunca hemos existo”. Fue entonces cuando los Reyes Magos se dieron cuenta que el buey y la mula ya no estaban junto al pesebre del Portal y calentando con su aliento al niño recién nacido, sino en un corral anejo. La mula, con ese mal carácter que tienen los de su especie, tenía un cabreo como para no dicho y lanzaba cagamentos como coces; el buey, sin embargo, sumiso como todos los castrados, mugía bajito su pena al verse desahuciado de las leyendas piadosas.

En efecto, el buey y la mula habían dejado de existir porque el Sumo Sacerdote de albas vestiduras así lo había dicho. Estaba en conexión directa, vía Wifi, con la divinidad y sus enseñanzas eran, a efectos de controversia doctrinal, incuestionables. Aunque desde el punto de vista doctrinal aquello no tenía vuelta de hoja, desde el punto de vista práctico exigía una estrategia para su solución. Y la estrategia fue, acorde con los tiempos que corrían, de tipo comercial.

Es cosa sabida que el Portal era un chamizo de cuatro adobes mal ensamblados y una techumbre de ramas y barro. Tras dos milenios de uso, comenzaba a amenazar ruina y existía el problema de que las autoridades civiles le retiraran el permiso de habitabilidad, mandasen derruir el lugar sacro y, por consiguiente, diesen al traste con el santo negocio.

Por ello, para recabar fondos con que rehabilitarlo, una comisión de teólogos, siguiendo las rectas doctrinas neoliberales,  dictaminaron que no era contrario al dogma convertir al buey y la mula en picadillo. Su carne, debidamente sazonada, y con los controles sanitarios pertinentes, abastecería todos los burger de la Tierra, No en vano se llevaba veinte siglos representando los dichosos animalitos por doquier, así que los había por millares. Había suficiente como para inundar de carne todos los Fats food de la cristiandad durante una larga temporada. Las gentes que acudían en peregrinación a estos comederos no tendrían la menor duda de que las hamburguesas estaban divinas.

Visto que aquellos eran tiempos de reajustes económicos e ideológicos, los Reyes Magos prescindieron de sus coronas, de sus mantos y oropeles y optaron por instalarse en las playas de Huelva, donde montaron un chiringuito de lo más cutre – estética portal de belén – para guiris nórdicos. Allí van capeando la crisis. Eso sí, fieles a la tradición, cada navidad toman un vuelo low cost y se presentan en Belén. Y en vez de incienso, oro y mirra, le llevan unos pescaítos fritos y cervecita bien fría, que el bolsillo no permite más alegrías.