domingo, 30 de agosto de 2009

Termina agosto.-

Encerrado en mi estudio, con una temperatura de 29º C dentro de casa y un ventilador como único artilugio refrigerante, voy pasando este verano. Desde que regresamos de nuestro viaje a Navarra, no nos hemos movido de Madrid. Hemos hecho alguna escapada de urgencia, pero eso no cuenta ya que ha sido por razones de familia y enfermedad. Ha sido peor el remedio que la enfermedad, porque además de andar de médicos de la ceca a la meca, he tenido que soportar la insolencia de los burócratas de la salud pública que tratan al enfermo como un objeto inanimado, un quidam incapaz de entender sus altos conocimientos. Te “derivan” a tal o cual especialista, como dicen ellos con ese lenguaje que pretende ser profesional y no es más que una jeringonza con la que destacar sobre la masa de enfermos que van a molestarles en estos días agosteños, y no te miran a la cara. El cardiólogo del hospital Carlos III ha sido un ejemplo perfecto de galeno-burócrata a que me estoy refiriendo.
Instalado en la rutina de un verano sofocante e interminable, los días van pasando semejantes a sí mismos. Son –por buscarles un símil– como esas pescadillas que se muerden la cola. Se inician sin más expectativa que la esperanza de que vayan pasando las horas y que el nuevo día traiga mudanzas: unos grados menos de temperatura, alguna novedad que rompa la atonía diaria, cualquier cosa que haga este día diferente a los anteriores y a los por venir. Pero, no. Se pone el sol, el termómetro del salón marca 30º C, abres las ventanas para ventilar la casa y el calor exterior se instala dentro. Vuelves a mirar el termómetro del salón: ¡Joder! 31,5º C. Y, cuando al día siguiente te despiertas de madrugada por la calorina, te das cuenta de que éste va a ser exactamente igual a los ya pasados: una nueva pescadilla que se muerde la cola.


Miras por la ventana y el patio es un secarral donde sestean unos cuantos gatos callejeros famélicos. Si observas la alcantarilla donde se recogen las aguas residuales de las fincas que rodean el patio, ves los agujeros de madrigueras que han escarbado en su entorno las ratas. Porque, por raro que pueda parecer, gatos y ratas de alcantarilla conviven en nuestro patio. Ellos deambulan durante el día y se recogen por la noche en un local abandonado que está debajo de casa. Las ratas salen por la noche a la busca de sustento o a tomar el fresco. Dos mundos paralelos, tradicionalmente enemigos, pero que han llegado a un statu quo que les permite ocupar el mismo espacio vital. Los vecinos de las cuatro comunidades, que comparten (compartimos) patio, maleza, gatos y ratas, dejamos pasar los días y los meses entre la incuria y la irresponsabilidad.
En este barrio de la Concepción, muchos patios han sido ajardinados o, simplemente, las comunidades de vecinos pagan un mantenimiento que les libra de yerbajos y habitantes no deseados, pero el nuestro no. En el nuestro, en un extremo, hay un negrillo que brotó espontáneamente hace años y crece a su libre albedrío; en el otro, un espontáneo con pintas de autista ha plantado unos arbolillos y utiliza el trozo de patio como si fuera de su propiedad. Nada de esto libra a nuestro patio de ser un erial en el que la desidia de los vecinos lo convierte en refugio de gatos, ratas y alguna urraca que busca cualquier desperdicio que caiga desde las ventanas.
Dejo una foto -tomada desde la ventana de casa- de los gatos callejeros, tan majos ellos. En cuanto a las ratas, no se dejan retratar. Son muy suyas.
Para qué insistir. Este es el agosto que veo cada día desde la ventana de mi estudio…

viernes, 28 de agosto de 2009

Sólo son cuentos.- Relato de verano, 2

Veinte años de casados son muchos, francamente. La rutina se instala en tu vida y, de repente un día, descubres que ese tipo calvo y de estómago abultado es tu marido. Lo miras como a un desconocido y te preguntas qué hace en tu vida, en tu casa y en tu cama. Pero has de resignarte: es el padre de tus hijos, el que pagaba la hipoteca del piso mientras tú los criabas, y el que ronca por las noches a tu lado.
Lo que más te sorprende es que este alopécico grasiento todavía guste a alguien. Resulta que Geni lleva años enamorada de él. Ahora que lo recuerdas, siempre has estado un poco celosa de ella por esa razón. Pero, en estos momentos, la verdad, no te importaría que se lo llevase; aunque sólo fuera una temporada.
- Oye, Geni, a ti siempre te ha gustado Mariano ¿Verdad?
Geni se pone como la grana y balbucea algunas negativas incongruentes: - ¿A mííí??? ¡¡Nooo!! Nunca... Si tú eres mi mejor amiga... ¡Por Dios! Qué cosas dices, hija. ¡Ni en sueños!
- Si a mí no me importa... Mira, te lo presto durante las vacaciones de verano. Te lo llevas al Caribe y no os molestéis en telefonear.
Geni abre unos ojos como platos, te da las gracias y, loca de alegría, se va a tomar posesión -siquiera temporalmente- de Mariano.
Pero Mariano te despierta de ese sueño tan hermoso. De repente ha dejado de mirar la tele, te sacude por el hombro y te dice: Oye, esposa –, siempre te llama así, el tontolculo – ¿Estabas dormida? Tenías una sonrisa de lo más feliz.
- No, no. Que va – replicas tú, todavía ausente –, sólo me he distraído un poquito.

martes, 25 de agosto de 2009

Islas desaisladas.-

Lo reconozco: no he podido resistirme a la tentación de hacer un comentario. Es lo que nos ocurre a los jubilatas, que nos sobra el tiempo para chorradas.
Una amiga me envió el otro día un vídeo de YouTube donde el Sr. Aznar (insigne político y conferenciante) hace una disertación esclarecedora sobre los distintos tipos de islas que hay en el mundo, su importancia estratégica y su condición de no aislamiento. Verbi gratia: Inglaterra, que, aunque es una isla (gran isla), no está aislada porque se comunica por un túnel con Francia. Vamos, como una especie de península cuyo istmo es un agujero por debajo del suelo del mar. También hay otras islas importantes, aunque sin agujero que las comunique con el continente, como las Islas Azores; precisamente esas donde el ilustre conferenciante, aquel Bush –ex dipsómano de infausta memoria– y Tony Blair –ex presidente de la isla Inglaterra, afortunadamente ya desaislada–, nos convencieron de que Sadán Hussein era muy, pero que muy malo y que la guerra santa era un deber de la Civilización Occidental. Les hicimos caso, fuimos a la cruzada contra el moro perverso, y así nos va… Pero esa es otra cuestión.
Lo que yo quería decir es que hay islas que se le han quedado en el tintero al ilustre conferenciante. Muchas y muchas, pero de todas ellas solamente nos interesa una. Una que es muy nuestra: la Isla Perejil. Porque, vamos a ver ¿Quién no se acuerda de aquel ministro de la Cosa Bélica, don Federico Trillo-Figueroa Martínez-Conde? Ilustre patriota que nos llevó, al ritmo heroico de pífano y atambor guerrero –¡¡Plán-rataplán-plán-plán!!– a la reconquista de aquella isla aislada a la que el moro traidor llama Leila o Tura, y cuyo nombre en cristiano es Isla Perejil, cachito de la España en que nací.
No se entiende que el eximio conferenciante haya sufrido tal olvido si no es por la multitud de sus obligaciones. ¿Cómo ha podido olvidar que Perejil es el pivote sobre el que gira la defensa atlántica? ¿Cómo olvidar que Perejil ya no es una isla aislada, sino indisolublemente unida a occidente y la cultura cristiana gracias a los redaños del Sr. Trillo-Figueroa?
Dicen los que saben que el Sr. Aznar es consejero, asesor (o algo por el estilo) del multimillonario don Ruperto Murdoch, ese señor tan rico, de tendencias ultra conservadoras y con inmenso poder financiero. No tengo nada que decir al respecto, cada cual se gasta el dinero en lo que le apetece. Que yo sepa, un tipo como el señor Murdoch puede darse el gustazo de gastar una pasta larga en asesores con el conferenciante de las islas.
También yo, si fuera rico y tuviera un chiringuito financiero del tamaño del señor Murdoch, tendría en nómina más de un Pepe Gotera para las chapuzas que fueran surgiendo. Lo digo sin malos rollos.
Aquí dejo el enlace donde el señor Aznar alecciona al mundo mundial en cuestión de islas y sus aledaños:

sábado, 22 de agosto de 2009

Eliges tú.-

Teresa y yo tenemos nuestra particular ruta del colesterol que recorremos cada mañana tempranito. Desde nuestro barrio (recién asfaltado, un trozo) hasta Arturo Soria, las calles están jalonadas de anuncios publicitarios que casi siempre me paro a leer porque resultan curiosos. A veces parecen redactados por ágrafos o incompetentes lingüísticos, a veces tienen un mensaje burdo, como para consumidores convencidos, pero, algunas veces, los hay sutiles. De cualquier forma que sea, siempre resultan útiles para ponerse en guardia. Parafraseando a aquel contertuliano testarudo (“De qué se trata, que me opongo”), cuando leo la publicidad, pienso: “A ver qué vende Vd., que no lo compro”.
En estos días, en las marquesinas de la EMT han colgado el anuncio que aparece en la foto. De verdad que lo he leído con mucho detenimiento y, puestos a calificar, yo le daría un sobresaliente al publicista. Eso de que las Marcas líderes venden calidad y que por eso confías en ellas, no puede por menos que convencer a cualquiera. Y eso de que entre tú y ellas exista una relación construida con los años y la experiencia, es como una amistad forjada a lo largo de la vida; algo muy entrañable, que alcanza las fibras del corazón. Y es cosa sabida que, cerca del corazón, llevamos la cartera. Y los publicistas lo saben.
Líderes, Calidad, Confianza, una Santísima Trinidad publicitaria basada en la teología de la liberación consumista que mueve la fe de las masas y promete a sus adeptos el paraíso de la superabundancia.
También el anuncio habla de Calidad, Innovación y Confianza, tres virtudes cardinales que dan sentido a nuestras vidas de homo dilapidator: Teologías todas que nos invitan a disfrutar del paraíso terrenal que se abre a golpe de tarjeta de crédito y cuenta bancaria.
Uno, que es agnóstico en religiones de diverso pelaje, también pone en cuestión la desmedida devoción de la cofradía del Santo Consumo, y, cuando le aseguran que las marcas líderes venden “calidad”, piensa que, lo que realmente le están vendiendo, es una abstracción, un concepto de vago contenido, un flatus vocis, que dirían los nominalistas. Se supone que la “calidad” no es más que el producto bien elaborado, es condición necesaria de la mercancía a vender; una condición sin la cual el objeto no sería vendible dentro de los parámetros exigibles en una sociedad como la nuestra, o lo sería a muy bajo precio, tipo “Todo a Cien”, y con riesgo de un multazo por fraude. A menos que el fraude sea de calidad y ni se note, que también es cosa de marcas líderes (y aunque se note,
como en el servicio que dan las empresas de telefonía).
“Calidad” es una especie de aureola mística –que envuelve los productos exhibidos en las estanterías de los supermercados–, proteica y acomodaticia según el producto a vender. Puede tratarse de la aureola “ecológica”, con sus bonitos colores verde-pradera-de-golf; de la aureola “calidad extra”, en contra etiquetas certificadas por quien la ofrece, en un doble juego de juez y parte; o la aureola “denominación de origen”, donde los jamones, los chorizos, los quesos, vinos y otras gollerías proceden de una feliz existencia de puras esencias incontaminadas al alcance del feliz consumidor.
Y no sólo confías en las marcas líderes porque venden calidad, es que, además, la religión del consumo defiende tu libre albedrío, esa cualidad opuesta al determinismo, que tantos debates teológicos ha promovido. Porque, vamos a ver, qué triste sería la vida del homo dilapidator si no pudiera elegir, si le obligaran a comprar siempre una determinada marca.
Por eso –ya lo dice el anuncio–, porque eres libre: ELIGES TÚ.
Qué gran mensaje.

lunes, 17 de agosto de 2009

Sólo son cuentos.- Relato de verano, 1

El ladrón de tiempo.-
- Disculpe, caballero, que le robe su tiempo –, dijo aquel individuo al asaltarle. Acababa de salir de un portal oscuro, con las solapas de la gabardina levantadas y unas gafas de espejo que le tapaban media cara.
- No es ninguna molestia. No faltaría más –, contestó el incauto. El ladrón de tiempo era persona educada y sus víctimas no eran conscientes del atraco.
- ¿Necesita usted algún tipo de información? – Añadió la víctima. – Si está en mi mano, con mucho gusto...
- Usted no me ha entendido bien, amigo –. Replicó impaciente el ladrón. Le agarró por un brazo y le zarandeó. – Esto es un atraco y quiero que me entregue su tiempo sin rechistar.
El otro, temiendo que le clavase una navaja en el estómago, hizo ademán de desabrochar la correa del reloj de pulsera y entregárselo.
- Es usted imbécil o qué –. El ladrón no pudo evitar un gesto de disgusto. – Le he dicho que quiero su tiempo, no su reloj –. Y añadió, – por si no lo sabía, en casa tengo ochenta y tres relojes de otros tantos majaderos a los que he atracado.
- ¿Y no podría robarme en otro momento? – Preguntó el atracado. – Es que ¿Sabe usted? Tengo cita con el urólogo y sólo quedan veinticinco minutos para la consulta –. Y, mirando el reloj con preocupación, añadió: – Hágase cargo de que tengo muy poco tiempo y no lo puedo perder. Si no le importa que sea otro día...
- Déjese de excusas –, dijo el ladrón de tiempo. – En esta ciudad, todo el mundo dice que le falta tiempo y ya estoy harto. Venga, venga, – añadió con impaciencia –, que no puedo estar aquí una eternidad esperando por su tiempo. Déme todo el que tenga o le hago un chirlo en la yugular.
El hombre que tenía cita con el urólogo empezó a asustarse. – Por favor, por favor –, insistía con lágrimas en los ojos –, si es que me queda ya muy poquito tiempo para la consulta y voy a llegar tarde.
El ladrón de tiempo, francamente enfadado, le replicó: – Se lo advierto por última vez: o me entrega su tiempo, o cometo un disparate. A ver ¿Cuánto tiempo tiene?
Y el otro, mirando su reloj y poniendo cara de preocupación, exclamó: - ¡Joder! Si sólo me quedan catorce minutos para la consulta. Cómo pasa el tiempo ¿Verdad, usted? – Añadió, confianzudo.
El ladrón estaba francamente disgustado. – Claro –, le dijo, – gastan ustedes un tiempo precioso en tonterías y luego dicen que cómo corren las horas. ¿Cuándo van a aprender a ahorrar tiempo?
- Qué razón tiene usted –. Dijo la víctima del ladrón de tiempo –, si es lo que yo digo siempre: si la gente no perdiera tanto tiempo en tonterías nos sobrarían un montón de horas.
- Ahí, ahí le duele -, apostilló el ladrón. – Yo, en casa, se lo tengo dicho a mis hijos: no gastéis tanto tiempo viendo la tele, que el tiempo es oro y a mí me cuesta mucho ganarlo ¿Cree usted que me hacen caso? Pues no. Y así me pasa, que pierdo el día robando el tiempo a los peatones. Llego a casa reventado de tantas horas de trabajo y, encima, la gente, que apenas dispone de tiempo, sólo lleva calderilla de minutos.
- No sé adónde vamos a ir a parar con estos tiempos que corren... – Dijo el que apenas le quedaba tiempo para ir al urólogo.
- Bueno, vamos a lo que estamos, – dijo el ladrón – ¿Cómo anda usted de tiempo?
- Pues, fatal. Qué quiere que le diga – Y consultando de nuevo el reloj: - Sólo me quedan ocho minutos.
- ¡Cómo pasa el tiempo! – Dijo el ladrón, filosófico.
- No se desanime, hombre – dijo la víctima. – Si quiere que le diga la verdad, con usted da gusto quedarse sin tiempo. Usted lo roba sin darse cuenta uno.
El ladrón de tiempo se puso hueco como un pavo. – Es que uno es un profesional. Claro que - añadió con modestia - , he empleado mucho tiempo de mi vida en aprender bien el oficio, y en algo se tenía que notar.
- No lo dude –, afirmó el otro. Y mirando de nuevo el reloj, añadió. – a la consulta no llego, pero el tiempo se ha pasado sin sentir.
- ¿Y, cuánto tiempo le queda aún...? ¿Dice que cinco minutos y medio? – Dijo el ladrón mirando su reloj. – Si coge un taxi, aún llega a tiempo.
- ... Que sí, hombre, que sí –, insistió el ladrón, – que esos minutos corren de mi cuenta –. Y, echándose mano a la cartera, sacó un billete de 5 euros y se lo puso en la mano al atracado. – Coja usted ese taxi y salga zumbando.
- Si no fuese tan justo de tiempo... –, sólo acertó a decir, agradecido, el otro.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una visita a la zona media de Navarra.-




Toda la vida recorriendo Navarra, y hasta hace pocos días no me he enterado de que existía uno de los monumentos barrocos más impresionantes: la basílica de San Gregorio Ostiense. Un templo que ya existía en el S. XIII, pero cuya fábrica actual es barroca, iniciada en el S. XVII.
Quien visita estas tierras advierte enseguida la gran riqueza de construcciones románicas. No en vano, Navarra es la puerta de entrada del camino de Santiago, donde confluyen los cuatro clásicos caminos franceses: las vías Podense, Turonense, Lemovicense y Tolosana. A través de ellas, la arquitectura románica entró en España, y Navarra es un lugar privilegiado en cuanto a la cantidad y calidad de muestras de este estilo arquitectónico.
Sin embargo, no abundan las muestras del barroco, o, por lo menos, quedan oscurecidas por la profusión de los monumentos románicos. Por eso, descubrir que existe un complejo arquitectónico tan rico y exuberante como esta basílica, llama más la atención. Yo tuve la suerte de conocer su existencia en una conversación familiar y decidimos hacer una visita al lugar.
Su fachada tiene la teatralidad de los grandes edificios barrocos, con dos cuerpos de grandes columnas salomónicas, hornacinas con imágenes y un remate absidial, en cuarto de esfera. Al interior, una cúpula octogonal decorada en el estilo rococó propio del S. XVIII. Pero, es mejor darse una vuelta por este lugar para apreciar lo llamativo de su decoración y disfrutar del paisaje circundante. Para hacerse una idea, dejo un par de fotos.

sábado, 1 de agosto de 2009

Gesto por la Paz.-

Llegamos ayer tarde a Pamplona, a las seis, y decidimos que, a las ocho, nos íbamos a acercar a la plaza del Ayuntamiento donde Gesto por la Paz ha convocado un acto silencioso como repulsa a los asesinatos, por parte de la banda etarra, de dos jóvenes guardias civiles en Mallorca. Dar testimonio es algo que está al alcance de cualquier ciudadano. Es fácil, llegas, te unes al grupo, estás en silencio durante un cuarto de hora y te vas a tus quehaceres o diversiones. No hace falta ningún gesto heroico, ningún acto transcendente, sólo se trata de dar testimonio durante quince minutos, y eso no cuesta dinero, ni esfuerzo excesivo, ni es un riesgo superior a echarse a la carretera. No es más que la expresión de una convicción profunda. Sólo hay que decidirse y hacerlo. Por eso, Teresa, Marijose y yo estábamos allí. Gente normal.
Para personas como yo, que detestan las reuniones multitudinarias, ese simple acto testimonial junto a un centenar de personas movidas por una fuerte convicción, es algo que incluso resulta gratificante. Mostrar silenciosamente y en paz el hartazgo ante la sinrazón de esa lotería de la muerte me hace sentir distinto a la masa, que sólo ve en este tipo de noticias un espectáculo que le distrae el tiempo que la noticia está en candelero. Dos muertes que, pasado mañana, serán olvidadas porque seguro que se estrellará algún avión, o porque un descerebrado apuñalará a su compañera, o porque un incendio forestal se habrá llevado por delante la vida de tres o cuatro bomberos… Las muertes son el gran negocio mediático y tan efímeras como la bolsa de palomitas que se comen en la sala de cine. Ayudan a distraer el ocio y poco más.
Recuerdo que nuestra anterior manifestación antietarra en Pamplona sucedió durante los Sanfermines de hace una decena de años, cuando la banda asesinó a sangre fría a Miguel Angel Blanco. Estábamos tan a gusto en fiestas cuando se propagó la noticia de su secuestro. Vivimos con el alma en vilo esos días y nos fuimos a la plaza del Castillo a manifestarnos con rabia contra la sinrazón nazivasquista. Después ya no quedaban ganas de fiesta, así que nos quitamos el pañuelico rojo y nos volvimos a casa. Desde entonces se ha afianzado, cada vez con más fuerza, mi rechazo a los métodos terroristas. Uno tiene unas pocas convicciones éticas absolutamente claras, y ésta del rechazo a la violencia es una de ellas.
En fin. No olvidamos que hemos venido a pasar unos días con la familia, a las fiestas de mi pueblo y ha disfrutar de las tierras navarras, así que quedamos con unos amigos y nos vamos todos a tomar unos vinos, y esos pinchos de diseño que ponen en esta ciudad. Yo, según costumbre, me apunto al clarete bien frío y se me van los ojos por todos los pinchos que se exhiben en la barra. Y en Chez Evaristo los hay bien ricos, y en Casa Juanito las sardinas están cojonudas.
Nadie nos va a quitar las ganas de vivir…

jueves, 30 de julio de 2009

Asfalto fresco.-

Es una forma de decir, claro está. Estos días nos han asfaltado la calle, un hecho que nos ha sorprendido a los vecinos, ya que el barrio de la Concepción es un barrio de clase media-media-de-medios-pelos, lleno de jubilatas y emigrantes; o sea, de una categoría social mediocre, tan mediocre que uno queda sorprendido de que los burocráticos ojos municipales hayan puesto su bondadosa mirada en él y lo premien con un asfaltado nuevecito. Aunque tampoco hay que exagerar, que no asfaltan todo el barrio, sino sólo algunas calles, entre ellas la nuestra. Una lotería.
¿Quién se acuerda de aquellas “operaciones asfalto” de cada verano? Qué tiempos aquellos, cuando nos quejábamos de que el ayuntamiento no hacía más que echar capa sobre capa de asfalto y nos dejaba las calles con su brillante negro mate, un agosto sí y otro también.
En estos últimos años, los que vivimos aquí nos habíamos resignado a ver cómo se agrietaba el asfalto de las calles, se abrían baches acá y acullá, se iban rompiendo baldosas de las aceras, se cegaban alcantarillas y, de paso, nos iban subiendo las tasas municipales, el IBI y otras menudencias impositivas. Como, además, sabíamos que las faraónicas obras de la M 30 habían dejado exhaustas las ubres municipales, no creíamos que quedase nada que ordeñar para la mejora de nuestro barrio.
Leí por ahí algo sobre un informe de Economía y Hacienda a propósito de la deuda municipal: 6.683,9 millones de euros a fecha diciembre de 2008. Lo que supone el 20,8% de la deuda total de la totalidad de todos los municipios españoles. Cuando me enteré que en casa debíamos 4.160 euros (2.080 € por ciudadano madrileño) por poco me declaro apátrida. Si no lo hice no fue por sentimiento patriótico o de pertenencia a ninguna tribu urbana o afinidad afectiva con esta megalópolis insufrible, no lo hice simplemente porque no tengo a dónde ir y toda mi vida laboral no ha dado para una segunda residencia. Ni siquiera en los gloriosos años del ladrillo áureo.
Ahora entiendo que la gente de mi barrio no salga de vacaciones con tanta alegría como otros años. Sólo de pensar que sobre cada cabeza gravita el peso de 2.080 euros de morosidad edílica es para no moverse de casa, aunque las noches estivales se pongan a 30º C. Es una lástima que haya que pasarse el ferragosto sin más recurso que el abanico y el paseo por el parque del Calero al anochecer. Si, al menos, la piscina municipal no llevase dos años en secano y no nos hubiesen agujereado el auditorio donde ponían el cine cada verano… Pero los designios municipales son inescrutables, y lo mismo te dejan sin piscina y cine, que te asfalta la calle sin que tengamos mayores merecimientos para ello.
En fin, el Ayuntamiento de Madrid es una divinidad caprichosa, y de nada sirve declararse ateo.

martes, 28 de julio de 2009

Sólo son cuentos.- Cosas de amores, 5

Paz conyugal.-
Por fin, sosegado su infierno doméstico, se ignoraban en silencio.

viernes, 24 de julio de 2009

De ida y vuelta.-

Este verano nuestras vacaciones serán así, de ida y vuelta. No haremos esos planes que nos llevaban a visitar países lejanos o próximos; o sea, que no saldremos ni siquiera de la península. El exotismo del viaje al extranjero, por lo menos este año, no está a nuestro alcance. Por eso hemos cambiado de estrategia. Que aprieta el calor, maleta y a salir corriendo de Madrid. Son viajes sobre la marcha, decididos a última hora, que nos liberan de la rutina estival en esta ciudad donde el asfalto es un sucedáneo de las calderas de Pedro Botero.
Porque, para cocerse a fuego lento no es necesario pasar por el tedioso trámite de morirse y someterse a ese tribunal sin apelación que dictamina una de estas dos opciones: o te manda a cantar gori-goris por toda la eternidad, revestido de túnica blanca y con coronita brillante sobre el occipucio, o bien te condena a las penas del infierno inferior, a cocerte en calderas de brea hirviente, como nos enseñaban a los niños en la doctrina.
Lo dicho, ya no es necesaria toda una vida de pecado para hervirte a fuego lento. Basta con que vivas en un barrio madrileño, como un servidor. El asfalto, resquebrajado de tanto uso, empieza a recalentarse; las paredes de los edificios haciendo el oficio de acumuladores de calor; los árboles mustios de sequedad, son un anticipo de ese calorín infernal prometido a los depravados. Lo malo es que todos lo sufrimos por aquello de que en esta sociedad se socializan las incomodidades y las penas, lo mismo que se ha hecho con el fracaso del sistema neoliberal.
Supongo que se debe a esta ideología reaccionaria que impera en esta ciudad lo de repartir males entre el común y acaparar provechos para unos pocos, pero lo cierto es que este verano, en nuestro barrio de la Concepción, no funciona el cine de verano y está cerrada la piscina municipal. Si se añade que la gente anda trabajando en precario, a ver quién es el guapo que hace las maletas y se va de vacaciones todo un mes. Y a tomar el fresco al cine del parque no puedes ir. Y la piscina del polideportivo es un agujero enorme de cemento.
En fin, que nosotros andamos de ida y vuelta. Unos días al fresco serrano y otros torrándonos las meninges al sol asfalteño de esta bonita ciudad.
Para mantener el optimismo dejo esta foto donde se ve el Peñalara desde las Presillas.

lunes, 20 de julio de 2009

Perro solo.-

¿Nunca os obsesionais? Releyendo algunas de las entradas de mi bitácora, me he dado cuenta de que yo sí; yo tengo una obsesión bastante tonta, y recurrente, como suelen ser las obsesiones. Se trata de mi empeño en exhibir mi quasi-ignorancia de lo que podría llamarse la cibercultura, esa pasión por las nuevas tecnologías y todas sus manifestaciones. Me refiero al empleo habitual y compulsivo de esos gadgets tecno, llámense iPhone 3G, i-world, iPod, vídeo juegos, redes sociales tipo Facebook o Twitter, Second Life (si sigue existiendo)… y tantos otros de los que ni conozco el nombre, ni sé su utilidad.
Hasta tal punto conforma la cibercultura un mundo con vida propia y dispone de tantos millones de adeptos, que hasta han inventado un nombre específico para designar a éstos: Geeks. Es más, incluso el Pequeño Larousse, en la edición que se prepara para 2010, define Geek como: Persona apasionada por las tecnologías de la información y de la comunicación, en particular por Internet. Pero parece que ser internauta habitual (que yo sí lo soy) no es suficiente. Hace falta, además, ser un apasionado de los comics, de la ciencia ficción, de los videojuegos, de los juegos de rol, de los mangas japoneses… El Geek, dicen, se refugia en el mundo imaginario; es un adulto que no quiere crecer. Toda una vida dedicada a la utilización de los cibercacharros y al mundo virtual de “La Guerra de las Galaxias” o “Star Trek”, o a identificarse con héroes virtuales como la Lisbeth Salander, de “Milenium, o –para no cansar– con el mundo élfico de Tolkien.
A mí la vida no me da para tanto, tengo otras aficiones que nada tienen que ver con toda esta parafernalia y ando sobrado de ellas. Ya lo he dicho otras veces, yo soy un veterano de la Olivetti Studio 88 (180 pulsaciones por minuto), y el rollo este de la cibertecnología me pilló en pleno proceso alopécico y con las neuronas reclamando la prejubilación. Ya es bastante con poner al día mi bitácora.
¿Y todo esto, a qué viene? Pues a propósito de la foto y el titular que he puesto como excusa. A que, si estuviese medianamente cibertecnificado (me chiflan los neologismos raros), cuando ando de viaje dispondría de un portátil con conexión WiFi y podría colgar mis entradas desde cualquier lugar y al momento, en vez de ir contando mis vacaciones por entregas y a toro pasado.
El perro solo y de aire tristón que aquí se ve lo encontré una mañana que iba paseando desde Abanillas hasta Luey, pueblo a 3 kilómetros de distancia. Llovía un poco aquella mañana, no había un alma a la vista – los perros no tienen alma, según Malebranche –, cuando se me cruzó el perro anónimo, solitario y triste. Se limitó a parar un momento, volver la cabeza, mirarme y seguir su camino. Me hubiese gustado hablar un rato con él, pero los lenguajes perruno y humano no tienen puntos de coincidencia lingüística, con lo que la incomunicación era inevitable.
Ya digo, nos cruzamos, me miró, le hice una foto y cada cual se fue por su lado.

viernes, 17 de julio de 2009

Gochos.-

Hablando con propiedad, y para que nadie vea en ello un menosprecio de sexo: gochas. Hay que hilar fino hoy en día con eso de las denominaciones según el género porque enseguida le acusan a uno de sexista. Los dos hermosos ejemplares que aparecen en la foto no son cerdos, sino cerdas; no son gochos (como dicen en León), son gochas. En mi tierra, Navarra, el nombre genérico es “cuto”, y, que yo sepa, no existe el específico para designar a las hembras. No es para menos. Llamarlas “cutas” suena mal y se presta a confusión malintencionada. Hay que pensar que, por muy “cerdas” o “gorrinas” que sean, nada les impide ser decentes. Lo de “gorrinas” es porque también se emplea en mi tierra el término “gorrín”, sobre todo cuando son animalitos pequeños, lechones de esos que terminan sus tiernos días en una fuente bien horneados, doraditos y churruscantes.
Y aunque sea salirse por la tangente, recuerdo que en Navarra existe una canción que se llama “El cuto divino”, que comienza: “En la hermosa ciudad de Tafalla ha rifado un cerdo el santo hospital…” Canción que acostumbramos a cantar Teresa y yo cuando vamos para Pamplona a ver a la familia. Por si acaso a alguien se le ocurre, gradeceré que nadie asocie al cuto divino con mi familia, que todos somos gente de pro…
Hecho este circunloquio, revenons à nos moutons. Porque no quería hablar de las múltiples denominaciones con que se designa a este animal, impuro para musulmanes y judíos, y fuente de placeres gastronómicos para cristianos en general, con independencia de la Iglesia a que se adscriban por asuntos de dogma de más o menos.
Lo que pasa es que las dos gochas, de las que quiero hablar en esta ocasión, me las encontraba yo cada mañana temprano, siempre durmiendo, cuando salía de paseo los días que hemos estado en la aldea de Cantabria donde nos alojábamos. El camino de junto a casa arrancaba con una fuerte pendiente que me hacía resoplar y me despejaba las últimas telarañas del sueño. La cuesta era dura, pero llegaba un momento en que se suavizaba y me permitía recuperar el aliento, momento que aprovechaba para echar un vistazo a mi alrededor. Del otro lado de la cerca del prado, veía, sucesivamente, ovejas pastando y dale que le das al rumio y a la esquila, dos perros que las cuidaban y me ladraban. Uno de ellos con poca convicción, como por cumplir; el otro bajaba a ladrarme hasta la misma cerca, junto a la que dormían las dos gochas. Había por allí, además de las ovejas, las gochas durmientes y los perros ladradores, un par de borriquillos que no me prestaban ninguna atención. Y siempre, siempre que pasaba junto a las marranas, las encontraba durmiendo. El resto de los animales estaban cada cual a lo suyo, pero ellas, duerme que te duerme.
Tumbadas una junto a la obra (“abarloadas” hubiera dicho Torrente Ballester), dormían plácidamente enfrentadas hocico junto a hocico, pezuña con pezuña, barriga con barriga. El caso es que el sol hacía más de una hora que había salido, pero ellas dormían con la placidez de los justos, con la tranquilidad de quien tiene la vida resuelta, con la satisfacción del deber cumplido… Esto último lo digo porque, por su envergadura, su exuberancia carnal, sus abundosas y colgantes mamas, se echaba de ver que eran hembras de cría y no estaban predestinadas al despiece de carnicería.
No hubo madrugada que no pasara por allí y las viese felizmente dormidas. Tanta placidez me decidió a hacerles una foto de recuerdo. Lo malo era el perro aquel que bajaba a ladrarme hasta la cerca, que las sobresaltaba antes de que yo preparase mi cámara y ellas se levantaban con un susto enorme que hacía temblar sus abundantes carnes. En un momento, pasaban de los brazos del Morfeo cerduno a la taquicardia y nunca conseguí retratar su plácido dormir.
Una noche, después de cenar, subimos el Josefo y yo dando un paseo hasta donde las gochas y estaban felizmente dormidas, tan dormiditas, tan amorosamente juntas, que hasta nos dio envidia. Entonces, Jose cogió la manguera y les echó agua para despertarlas. Ellas se levantaron sobresaltadas ¡groing! ¡groing!, protestaban. A nosotros la gamberrada nos dio mucha risa y corrimos camino abajo, no apareciera el dueño y nos diera de palos.
Estos días en Madrid, con el calor que se pasa por las noches, todavía me acuerdo de lo a gusto que dormían las gochas

Envidia cochina, lo reconozco.

miércoles, 15 de julio de 2009

De regreso


De vuelta a casa tras unas cortas vacaciones, venía yo pensando que esto de alimentar un blog resulta un poco coñazo. Como no tengo ordenador portátil, los días que estoy fuera de mi domicilio me resulta imposible dejar comentarios sobre lo que veo o se me ocurre pensar, así que la bitácora se ha quedado en encefalograma plano durante un montón de días y, claro, los pocos lectores que tengo pasan de largo. La fama –pequeña o grande –es efímera.
Al final, este invento viene a ser como las antiguas locomotoras de vapor que, para que anduviesen, había que ir paleando carbón sin parar. Lo que resulta un coñazo, ya lo he dicho. Así que no le veo la gracia a esto de las nuevas tecnologías, que te esclavizan, si quieres estar à la page, como dicen los franceses, o te olvidan como el desodorante.
Pero no me importa. Durante diez días he estado en paradero desconocido, perdido en una aldea de Cantabria, entre prados, vacas, caballos, perros, gatos, moscas que vivían su vida indiferentes al tráfago de las nuevas tecnologías. Y como yo soy más campestre que urbanita, ni me he acordado durante todo este tiempo de que mi bitácora estaba languideciendo de pura inanición.
Eso de levantarme a las siete de la mañana, calzarme las deportivas y echarme al monte a recorrer caminos me ha dejado como un reloj. Abría la ventana y veía los montes llenos de bosques y los prados habitados por sus vacas rumiando la placidez del lugar. Si no llovía, cosa de un par de días o tres, podía ver desde la terraza el mar al fondo. Mirando hacia el Oeste, alcanzaba a ver Peñamellera y los Picos de Europa. Nada que se pareciese a mi barrio, donde desde la ventana no veo más que los bloques de casas que tengo enfrente, y si miro al suelo, no veo más que asfalto recalentado y coches ruidosos.
Confieso que, además de campestre, soy un poco raro. Tenía San Vicente de la Barquera, con su hermosa playa, a 10 kilómetros del alojamiento y no me he puesto el bañador, ni siquiera el pisado la arena. Y eso que ocasiones no han faltado. La Franca, Unquera, Pechón, Santoña…, hemos recorrido bonitos lugares de costa, pero lo del baño es algo que no me pedía el cuerpo.
Pero no hay que preocuparse. Queda todavía mucho verano y seguro que habrá ocasión de acercarse al mar y darse un chapuzón, aunque solo sea para que uno termine pareciendo una persona normal, un turista que cumple el reglamento: tomar el sol, poner a remojo el ombligo, una cervecita en los chiringuitos playeros, paella y siesta.
De verdad que me voy a reformar y comportarme como uno más de los miles de veraneantes que siguen el procedimiento de los manuales del buen turista.

sábado, 4 de julio de 2009

Fuera de onda.-

No es que me lo haya dicho nadie, es que lo he averiguado yo solito: estoy fuera de onda. A ver si me explico. Un servidor ya sabía que en eso de las tecnologías punta andaba muy desfasado, lo que no tiene nada de especial si se consideran mi edad y mi formación: sesentón y de letras.
Cuando hacía el bachillerato tenía problemas con la física, la química y las matemáticas. Era incapaz de hacer la conversión de grados Fahrenheit a grados Celsius, por ejemplo. Hacer formulaciones químicas era para mí como escribir un poema en caracteres de chino mandarín, y a lo más que llegué fue a identificar H20 con el agua del grifo. En cuanto a las matemáticas, resolver una raíz cuadrada era tan difícil como hacer la cuadratura del círculo, y no digo nada de las ecuaciones de segundo grado: eso de despejar las incógnitas x y z era asunto al que no llegaba mi cociente intelectual ni de lejos.
En cuanto a lo de sesentón, ahí sí que declino toda responsabilidad. Me nacieron recién terminada la segunda guerra mundial y desde entonces ya han llovido muchas guerras y he cumplido muchos quinquenios. Soy de los que trabajaron toda su vida con la Olivetti Studio 88 y escribía sobre el teclado con el método ciego, 180 pulsaciones por minuto. Un krak. Pero aquello es pura obsolescencia.
Con estos antecedentes, no tiene nada de extraño que de tecnologías electrónicas ande más bien escaso. Manejo el ordenador, el móvil y el mando de la tele con cierta soltura, pero de ahí no paso.
Total, que uno sabe de sobras que está fuera de onda en lo que respecta a las nuevas tecnologías, así que es consciente de ello y lo acepta. Pero lo que más me descuadra es que también estoy fuera de onda en muchas modas –por llamarlo de algún modo– sociales. Y ahora explico a qué me refiero.
El otro día recibimos en casa una invitación de boda. Formato cuadrangular, cartulina de grano blanco, una franja horizontal azul celeste y una flor de factura infantilista (creo que me ha salido un neologismo), con un taladro en su centro geométrico, ensartada por una cinta azulita con motitas blancas, lo que permite deslizar la florecilla todo a lo largo de la susodicha cinta. Chuli. Guay.
La invitación de boda nos informa que Fulanito y Fulatina tienen el placer de comunicarnos que se casan, cosa que me parece estupenda. Yo ya lo hice hace 36 años y no me he roto nada. La cosa se complica cuando te dicen que la ceremonia será el día D, hora H en la parroquia Tal de tal pueblo cercano a Madrid y el banquete será en el restaurante Cual de un pueblo que está 20 kilómetros más allá de donde se casan. O sea, a 50 kilómetros de mi casa. Pero no es sólo eso; es que, además, se casan en pleno ferragosto, cuando las clases medias estamos en paradero desconocido, huyendo de la calorina esteparia madrileña.
Bien pensado, tampoco esto tiene nada de especial. La familia –porque de familia se trata– te convoca a bodas, bautizos, comuniones, funerales, en los momentos más inoportunos. O sea, que todo lo dicho anteriormente no es una moda social, sino un más de lo mismo, pero tenía que decirlo.
Decía lo de la moda porque, dentro del tarjetón, viene una discreta tarjeta como las de visita. Y en esta tarjeta viene un número de cuenta corriente con sus veinte dígitos (Entidad, Sucursal, Dígito Control, Nº de Cuenta propiamente dicho). Pues eso, que acabo de enterarme que esto es lo más fashion en cuestión de bodas. Lo de la lista de bodas, una antigualla. Lo de dar dinero a los novios en el banquete, entre un “Que se besen” y otro “Que se besen”, una ordinariez. Ahora lo más cool es ingresar discretamente el aguinaldo en la cuenta de los recién casado. Es más discreto, no hay que llamar al furgón blindado para que se lleve el saco con los dineros, la madre de la novia no tiene que cargar con los fajos de billetes toda la noche… Todo son ventajas. Pero a mí me suena a impuesto revolucionario, a mercantilismo, a transacción económica asimétrica (langostinos a cambio de pasta), a “pesca milagrosa” tipo FARC. Te ponen en una lista porque sí, te invitan a una ceremonia tediosa y que suele acabar en divorcio, te mandan a comer los entremeses y el entrecot (¡con estos calores!) a 50 kilómetros de casa, te obligan a soportar todas las geniales vulgaridades alcohólicas durante las horas del banquete (“El polvo de esta noche ya no es ilegal”, gritaban a los novios en la última boda que asistí el verano pasado). Encima, como vas en tu coche, si bebes, te está esperando la Guardia Civil con el aparatito de soplar.
Todo un programa. Y yo ignorante de las nuevas tendencias…

jueves, 2 de julio de 2009

Rarezas de ocioso.-

Cuando me monté esta bitácora (blog lo llaman los conocedores) no tenía más propósito que encauzar por ella parte de mis ocios de jubitala marchoso. Hacer anotaciones en ella (post, las llaman los que saben) ocupa bastante tiempo, ya que uno, en primer lugar, debe pensarse qué coños va a escribir y, en segundo lugar, cómo lo va a escribir. Aquello de si lo que escribe va a interesar al navegante internauta, ni se lo plantea, Puede hacerlo, si quiere, pero es seguro que llegará a conclusiones muy desalentadoras respecto a la popularidad de su bitácora.
Para justificar el vertido de las excrecencias mentales de uno –que apenas interesa a cuatro descarriados– en el universo internaútico, nada mejor que tomar como ejemplo el universo exterior más próximo a nuestro planeta. Hay tal cantidad de chatarra cósmica, de basura espacial flotando sobre nuestras cabezas, con grandes posibilidades de descrismarnos, que verter un poco de residuos mentales en el universo virtual de Internet no debe considerarse ni antiecológico ni perjudicial para la salud.
Es que si se clasificase como delito ecológico, dañina para la salud mental, toda la basura que flota en el gran océano internaútico, Internet sería un mundo tan cancerígeno que ríase usted de Chernobil. Por eso, como hemos decidido que en el pozo sin fondo de la Red se pueden hacer vertidos incontrolados de sustancias mentales sin que hayan pasado el test de calidad intelectual, yo voy a lo mío y hablaré de mis últimas lecturas.
Hay que ver lo que da de sí el tiempo de un jubilado… Estos últimos días ha caído en mis manos un manual sobre Kant (no el propio Manuel Kant) –obsérvese el sutil juego de palabras– y me he puesto a leerlo. Con papel para notas y boli al lado, que la artrosis neuronal me impide una comprensión inmediata del texto. ¿Aburrido…? Ni hablar.
¿Alguna vez has intentado comprender qué función cumplen en nuestro conocimiento el Espacio y el Tiempo? ¿Quién puede imaginar un Espacio vacío o un Tiempo sin una sucesión de sensaciones o experiencias? Pues eso. Espacio y Tiempo resultan imposibles de representarse porque no son realidades en sí. Son las “formas” que tiene nuestra capacidad de conocimiento para comprender el mundo exterior. Son como el recipiente que da forma a su contenido, como una botella transparente que da forma al líquido que contiene.
Imagina que el mundo exterior es un caos de sensaciones, incomprensibles para la mente. Si no fuese por el Espacio y el Tiempo que dan forma y orden al mundo exterior a nuestro conocimiento, no podríamos representarlo ordenadamente. ¿A que no es tan difícil de entender?
No me digas que no sabías que el pensamiento se estructura mediante “juicios analíticos” y “juicios sintéticos”. Los primeros son universales y necesarios, y no necesitan de la experiencia para su comprobación. Por eso los llama “a priori”, porque son previos a toda experiencia. ¿Puedes imaginar un triángulo que no tenga tres lados? Pues eso es un juicio analítico: un triángulo siempre tiene tres lados, tengamos o no experiencia de ello.
Por el contrario, la veracidad de los juicios sintéticos está sujeta a la comprobación experimental ¿Cómo sabemos que la tierra gira alrededor del sol, si no es tras la experimentación científica? Preguntádselo a Galileo, que por poco le dan matarile los inquisidores. Como estos juicios se emiten tras la comprobación experimental, Kant los llama “a posteriori”.
Pues ya ves, en un ratito hemos comprendido cuatro conceptos fundamentales de la teoría kantiana del conocimiento. Y, una vez que coges carrerilla, lo demás es cuestión de paciente lectura. Y, encima, quedas como una persona inteligente. ¿Acaso has visto en la blogosfera del piélago internáutico algún blog de jubilado que hable de estas cosas? Pues, eso… Bueno, a lo mejor sí, porque, como decía el torero, “hay gente pa tó…”
Otro día podríamos hablar de la teoría del conocimiento de monsieur René Descartes. ¿Puedes imaginarte unos pequeños espíritus animales que corren por nuestro cuerpo y llegan a la glándula pineal del cerebro, haciéndola sonar como un badajo? Y eso que monsieur René era un racionalista puro.