miércoles, 21 de junio de 2017

A ver qué pintamos aquí.-


El arte que resiste inflexible es saboteado y condenado al ostracismo. Todo lo demás es desmontado, privado de su sentido y reconstruido de nuevo. El único criterio del procedimiento es alcanzar al consumidor en la forma más eficaz posible. El arte manipulado es el arte del consumidor. 
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Somos una sociedad de gente profundamente infeliz: solitaria, preocupada, deprimida.

Que perdone el paciente lector por todo lo anterior. No es que este jubilata presuma de haber leído con provecho a Theodor Adorno o Erich Fromm – los dioses nos libren del nefando pecado de soberbia intelectual –, es que, de picotear lecturas por aquí y por allá, de forma más bien anárquica, algo se queda siempre almacenado en la trastienda del intelecto de cada cual y aflora cuando menos lo esperas.

Todo lo dicho viene a cuento porque, tanto si son pensamientos prestados como de propia cosecha, me vinieron a la mente el otro día, cuando nos invitaron a asistir a la inauguración de una inusual exposición de pintura de un resobrino de la santa, en la academia Artium Peña. En Madrid hacía un calor del carajo, pero la visita era obligada, tanto por vinculación familiar como por ver personalmente unas pinturas que ya había visto en el muro ese del Facebook del autor, pero faltaba el contacto directo, que es donde de verdad surgen las afinidades o rechazos.

Andaba yo mirando aquel oprobioso devorador de hamburguesas Gordo avergonzando a su familia, cuando la santa, con esa su espontánea aversión hacia los esteticismos fuera de norma que le caracteriza, me pregunto: “¿Pero, de verdad te gusta…?” Y me miró como pensando: “Mira que tener un marido de gustos tan raros...”. “Bueno…, vamos a ver… - contesté - Lo que se dice te gusta, te gusta... A ver cómo le explicaba yo que el realismo expresionista no invita al placer estético, de la misma forma que mi admirado Otto Dix y su expresionismo devastador, retratando la sociedad alemana de la república de Weimar, es cualquier cosa menos armonioso y tranquilizador. Por eso, el régimen nazi lo clasificó de decadente y anti alemán, y quemó gran parte de su obra.

Y si somos sinceros, y no nos ponemos exquisitos, El grito, de Munch, es un horror elevado a los altares del consumo cultural. Un observador sensato se daría la vuelta y pensaría: “A éste, que lo encierren”. Y es que tiene que haber un gramo de locura, de inadaptación a la sociedad niveladora, para que cualquier pintor, por modesto y poco conocido que sea, pueda considerarse artista: Nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae fuit, “Nunca existió un gran genio que no tuviese unos granos de locura”, según Séneca. Y perdone el improbable lector, ya sabe que este jubilata es un poco cultureta y se perece por meter alguna cita culta.

Dos pijos comprando droga, tiene esos gramos, si no de locura, sí de deprimente y absurdo, que me hizo recordar la frase de Fromm que va en la cabecera: Somos una sociedad de gente profundamente infeliz. Insolidaria, deprimida… Dos necios de clase bien que se meten en los bajos fondos a comprar costo o perico, y son observados irónicamente por un grupo de personajes de estética zombi, de mirada vacías y curiosidad de gato que observa al ratón. Mientras, ellos se asustan de su propio atrevimiento por bajar hasta las cloacas de la escala social en busca del chute que dé la felicidad.

Claro que ese mirar con ojos vacíos es común a toda la obra de Guillermo (acabo de darme cuenta de que no había dicho su nombre: Perdona, Guillermo, majo). Viene a ser, piensa el observador, como la constatación que el pintor tiene del vacío interior de sus personajes. No porque éstos carezcan de entidad sobre el lienzo, sino porque son el reflejo de seres sociales como con alma de trapo, viviendo una vida de muertos vivientes que se expresa en esos globos oculares en blanco, muchos de los cuales observan, sin ver, insistentemente al espectador. Son inquietantes, producen desasosiego, no temor porque no son agresivos; es que el espectador, cuando los mira, no encuentra correspondencia en la mirada de los personajes: los ojos están hueros y nuestra mirada choca con su vacío. Y no hay nada peor para un observador de la la pintura como que el personaje te mire desde el cuadro sin ver que estás ahí. No hay forma de empatizar con la escena observada y de ahí la sensación de intranquilidad y esa incomodidad que te sobreviene, como si estuvieses en un lugar donde no debieras.

Incluso cuando están en la intimidad de su casa, o compartiendo una comida familiar, o tomando unas copas en el bar, o de botellón por Malasaña, estos zombis sin agresividad son como mónadas cerradas: están físicamente juntos, pero mentalmente aislados. No parece que tengan mucho que decirse entre ellos y, a lo mejor por eso, algunos miran con curiosidad fuera del cuadro, al espectador, a ver qué impresión le causan. Solo que, aunque parecen sospechar que hay vida fuera del cuadro, su mirada no ve. La incomunicación está garantizada: desde dentro, miran sin ver; desde fuera, miramos sin comprender.

Un servidor, aunque tío postizo del pintor – o a lo mejor por eso –, se siente solidario con su obra y está dispuesto a jurar que su antiesteticismo expresionista es un hallazgo, un camino expresivo que, a lo mejor, produce extrañeza o rechazo estético según los gustos del espectador. Es que expresar la realidad con deformidades es una manera que tiene el artista de ver el mundo y darle forma, lejos de la perfección y la utilidad que nos ofrecen los objetos de consumo tal como los vemos en los anuncios de la tele, que para eso está.

Lo que no tengo claro es cómo, esta visión distorsionada de la realidad, puede encajar en los circuitos comerciales donde se decide qué es arte y qué no, qué marca tendencia y qué no; qué debe cotizarse como valor al alza o quedarse en los márgenes del negocio artístico. Porque visiones inquietantes del mundo se llevan como espectáculo de consumo, de disfrutar un rato y olvidar, no como reflexión. Bastante tenemos con el terrorismo yihadista y las pateras en el Mediterráneo. 

De persistir en esta línea estética, quizás estemos ante un arte de resistencia, minoritario y personal. A lo mejor, aquí se cumplirá lo que dijo don Teodoro Adorno, aquello de que el arte que resiste es saboteado y condenado al ostracismo. Porque, si ha de ser arte apto para el consumo masivo, deberá ser convenientemente manipulado. Así llegará al consumidor envasado, desinfectado, y producirá beneficios a quien tenga la patente. Pero esas miradas inquietantes que miran sin ver, vacías, de ojos en blanco y sin vida, no parecen el mejor camino para el reconocimiento popular y el engorde de la cuenta corriente.

Claro que, a lo mejor, este jubilata no da una en el clavo, pero no por eso se priva de decir lo que aquí deja dicho, lo mismo que Guillermo no se priva de ver su mundo personal como lo ve. Allá cada cual con sus fantasmas y fantasías.

sábado, 10 de junio de 2017

Manspreading o despatarramiento machirulo.-

Una de las mejores cosas que tiene eso de acumular a granel tantos años de vida es que, quienes ejercemos de septuagenario con neuronas en estado operativo, acostumbramos a pasar buenos ratos observando, con cierto despego, la evolución de las modas sociales. Modas que, en el mismo momento de su presentación en sociedad y puesta de largo, han de ser asumidas por quienes se tengan por progresistas y ametrallar con ellas las redes sociales con la fe de un yihadista en los goces del paraíso.  Y lo que es a un servidor, maguer su edad provecta, no hay individuo de su quinta que le gane a progre, ni moda social a la que no busque su intríngulis.

Aparte que esas modas sociales suelen venir acompañadas de novedosas terminologías – si provenientes de la angliparla, mejor que mejor – que enriquecen un montón el acervo lingüístico y cultural del usuario. Y últimamente este jubilata, que dedica grandes esfuerzos a la puesta a punto de su estar en el mundo, ha atesorado varios términos a los que piensa dedicar sus mejores años.  De momento, está dudoso en su preferencia entre el manspreading de jerga brexiteliana y la charge mentale francogálica, aunque también le tiene querencia al machirulo, ese hallazgo tan despectivo que ha inventado el feminismo patrio, o al no menos despectivo carnaca del veganismo ultra ortodoxo.

Como en casa no estamos muy allá en eso del spanglish, he corrido a consultar el Oxford Pocket y éste me asegura que spread es tanto como “extender”, “desplegar algo”, con lo que el manspreadyng viene a ser algo así como “hombre desparramado”. 

Lo que no entiendo bien es a qué viene llamarlo en inglés cuando es costumbre muy carpetovetónica eso del despatarre viril. Ya desde niño recuerdo yo ese gesto tan macho de abrirse de piernas como para dejar la virilidad libre de toda opresión pernil; algo muy de hombre de bragueta prieta y testosterona hasta en la sobaquera, que siempre hemos vivido con normalidad hasta que empezamos a ponernos estrechos de pura postmodernidad. Algo tan racial – y tan nuestro - como cuando veíamos a Javier Barden rascarse con chulería el escroto en Jamón, jamón.

Pero, quizás, lo que ha pasado inadvertido a la respetable progresía urbanita, siempre tan querenciosa de su angliparlancia, es que nuestros vecinos franceses están empezando a hablar de la charge mentale (la carga mental) que soportan las mujeres que viven en pareja con hombres. La acotación de “con hombres” no es baladí, pues el emparejamiento actual es variopinto y no necesariamente heterosexual.

Y para entenderlo, convendría hacer un poco de historia: Es cosa sabida que los hombres de la generación anterior a la nuestra, lo que hacían era estorbar en casa. Por eso, cuando no estaban currando estaban en el bar. Luego llegamos nosotros, que en nuestra juventud empezamos a echar una mano, tal como “Fulano, baja y tráeme el pan”. A partir de esos rudimentos participativos, empezamos a cooperar y luego a asumir tareas equitativamente - con todas las excepciones a que la experiencia dé lugar -. Pero, cuando creíamos que habíamos llegado al cogollo de la corresponsabilidad doméstica, resulta que no, que quien realmente lleva la responsabilidad de la casa es la mujer. 

No es que no trabajemos y le pongamos empeño; es que, cuando hemos terminado la tarea, preguntamos: “Fulanita, cariño, y ahora qué hago…” Ahí, ahí está la carga mental, ese estrujarse de neuronas a que se ve sometida la mujer, a quien se supone (suponemos los hombres) le corresponde la responsabilidad de la organización familiar. Una cosa es compartir tareas y una muy otra, responsabilizarse de las decisiones dentro de la sociedad doméstica.

Se preguntan las feministas francesas: ¿Y por qué la responsabilidad de la organización de tareas ha de recaer exclusivamente sobre la mujer? Fallait demander, dicen ellas que dicen los maridos franceses cuando ven que la mujer no llega a todas las tareas y se siente desbordada: Pues haberlo dicho, mujer, se podría traducir. El hombre está dispuesto a la tarea, “a ayudar”, pero parte del supuesto de que las decisiones, la organización en el hogar las toma la santa. Si hay que bañar a los niños, si hay que hacer la cena, tú me lo dices, chati, y yo hago lo que tú quieras. Y por ahí van los tiros: no es lo mismo la carga mental que el reparto de tareas; no es lo mismo planificar, organizar, que ejecutar tareas. No es lo mismo la responsabilidad de dirigir una casa que trabajar de currito benevolente.

Ya ves improbable lector/lectora (ya que estamos en ello, distingamos géneros, que luego pasa lo que pasa), cuando los hombres creíamos haber hecho nuestro camino de Damasco igualitario, resulta que aún nos queda otra caía del caballo: compartir la carga mental de las decisiones domésticas. No es una queja, es una constatación. Pero, quizás, esto tarde aún en llegar a nuestra progresía, porque como no viene expresado en inglés…

Dicho lo anterior, sobre el particular se puede leer en un artículo de L´Express, número 3438: Penser à tout? Elles en ont ras le bol: hasta los ovarios de pensar en todo, por decirlo así. Y hay una bloguera, Emma, que habla de ello en https//emmaclit.com. Y un comic, “Fallait demander”, sobre este asunto en Facebook, con 162.000 seguidores. Todo ello según el dicho L´Express. 

Ya ves, y aquí nos preocupamos por el despatarre del macho ibérico en los transportes públicos… y creemos que hemos llegado al colmo de la progresía al fustigar tamaña vulgaridad, pero no alcanzamos la sutileza de nuestros vecinos franceses ni de coña.

El caso es que – hablando de nuevas expresiones, como decíamos al comienzo –, cuando recorro las calles de Lavapiés, camino de la UNED Senior, acostumbro a leer letreros, pintadas y cosas así. Y hace semanas que me encontré con un: Ningún machirulo con dientes, o el muy desagradable: Tu mirada me viola, y otros de parecido tenor, que he olvidado, aunque apunté en mi diario. No sé si estos mensajes del feminismo extremo van dirigidos a todos los hombres, incluidos los setentones, por estar estigmatizados con el doble cromosoma XY, o sólo a los que ejercen el machismo en dedicación exclusiva.

También me encontré con un: Fuera carnacas de nuestro barrio, que me tuvo intrigado varios días. Hasta que hice averiguaciones y descubrí que carnaca es término despectivo, empleado por el veganismo, referido a los devoradores de carne. Con lo cual, se nos invitaba de malos modos a largarnos del barrio a todos los omnívoros.

Este jubilata, en su acreditada credulidad, creía que Lavapiés era un barrio abierto, un microcosmos multirracial, ruidoso, multicultural y plurilingüe, pero resulta que no; que es territorio comanche donde puedes tener un mal encuentro con un comando del Frente Popular de Judea o con una cáfila de talibanes del Frente Judaico Popular, o con un fanatismo de diseño que nos expulsa del barrio por comer filetes.

jueves, 1 de junio de 2017

Tierra de Campos, tierra de siempre.-


Que nadie se lo tome a mal si aquí se empieza hablando del poeta romano Horacio sin venir a qué. Pero si éste hubiese vivido por estas tierras de pan llevar donde hemos estado estos días, seguro que de ellas hubiese dicho:

Beatus ille qui procul negotiis,  
ut prisca gens mortalium 
paterna rura bubus exercet suis,
solutus omnis faenore.
(Feliz aquel que lejos de los negocios, trabaja, como los antepasados, los campos paternos con sus bueyes, 
libre de toda usura.)

Y, puestos a echarle latines, aunque éstos más pedestres, en la crónica Albeldense, allá por el S. IX, se habla de Tierra de Campos, de la que se dice: “Campos quos dicunt Goticos usque ad flumem Durium..,” Estos que visitamos estos días son aquellos Campos Góticos que llegaban hasta las orillas del Duero. Campos de gentes bragadas que manejaban la azada y la espada; hoy tierras olvidadas a los márgenes de las modernas autovías o las líneas de alta velocidad.

Y si el jubilata – puede que piense el improbable lector – no hablase de latines ni de tierras resecas donde las amapolas motean el horizonte y el sol castiga los terrones, dejaría de ser ese tipo vetusto y más bien rarito a que nos tiene acostumbrados. 

A lo que un servidor, dándose la réplica a sí mismo, no puede menos que justificarse: los poetas latinos siguen presentes (de hecho, el texto de Horacio estaba escrito en la pared de una casa de Urueña); las llanuras cerealistas de la Castilla profunda existen aunque pasemos de largo y sin mirar; y Tierra de Campos ahí está, olvidada en su soledad y cargada de historia, con sus viejos monumentos que dan fe de que, en tiempos, tuvo pulso vivo y aquí se fraguaba la historia de Castilla.

Un servidor, que se tiene por buen degustador de paisajes – dicho sea sin faltar – está dispuesto a echarse un pulso con cualquiera que achaque de feas y aburridas a estas tierras.  Quizás las llamen feas por su monotonía y su horizontalidad, pero eso no es culpa del paisaje, sino de los ojos con que se miran. No es un paisaje hecho con regla y tiralíneas, sino una sucesión de ondulaciones suaves donde los cereales, en estos días aún de primavera, verdean en grandes manchas, y, a veces, se tachonan del rojo intenso con grandes rodales de amapolas; donde los campos en barbecho tienen esos colores terrosos que brillan con los últimos soles de la tarde; y los pueblos, pegados a la tierra, se impregnan con el color del silencio, del adobe, el ladrillo y el tapial.


La carretera comarcal por la que transitamos es recta hasta perderse en el horizonte y solo rompe su monotonía, a ambos lados de la cinta de asfalto, alguna alameda relicta que se enraíza en esos arroyos casi secos que presumen con nombre de ríos y no son más que un hilo de humedad que atraviesa el llano. Los palomares abandonados dejan ver sus ringleras de columbarios en el trozo de pared de adobe aún en pie, y los montículos que guardan las antiguas bodegas bajo tierra, nos están avisando de que nos aproximamos a algún pueblo: una iglesia de gran porte, una espadaña en ladrillo, unas calles solitarias y casi siempre sinuosas, enmarcadas por tapias de adobes o ladrillos, algunas casas caídas, corrales silenciosos y mucho jolgorio de gorriones, chillidos de golondrinas y vuelo alocado de vencejos.

Así es como, casi sin darnos cuenta, llegamos a Villalpando, lugar donde tendremos por dos días nuestro alojamiento rural. De esta villa, en mi lejana juventud, solo sabía aquella coplilla escabrosa que cantábamos a propósito del gonadario del cura de Villalpando, que llevan cuatro bueyes, niña, y van sudando. Aparte esas escatologías de juventud, nada sabía entonces de que en su castillo palacio estuvo la sede de los Condestables de Castilla en el S. XVI. Castillo fuerte desde el S.XII, propiedad de la familia Velasco, fue incendiado en 1521 durante la guerra de las Comunidades. Aquí estuvieron presos en rehenes, en lo que llaman Cubo de Palacio, el Delfín de Francia y el Duque de Orleans, hijos de Francisco I, una vez que éste fue derrotado en Pavía por el emperador Carlos V. Hoy día, del castillo solo quedan unos paredones desdentados, y aquel célebre cubo, que fue alojamiento forzoso de príncipes, tiene encima un vulgar y antiestético – pero útil, claro está – depósito de agua que marca el perfil del pueblo en la distancia.

Entre los Ss. XII y XIII, durante las guerras fronterizas entre Castilla y León, la villa se amuralló. Quedan en pie dos puertas, la de Santiago y la de San Andrés. Ésta está flanqueada por dos buenas torres, en las que se hizo una recuperación arqueológica que muestra el primitivo talud defensivo que existió antes de levantarse los muros de cal y canto. Algún lienzo de muralla queda en pie, y el recuerdo en el callejero de ser villa cercada: Cerca de San Pedro, Cerca de Santiago… En el interior de la población, un triple ábside en ladrillo, resto de la iglesia mozárabe de Santa María la Antigua, S. XII, y un par de antiguas iglesias o derruidas o tapiadas. 

Una plaza mayor, bien porticada, nos dice que éste es un viejo solar castellano; un convento de clarisas fundado en 1633, rodeado de altas tapias, muros que se cierran a la mirada de los curiosos. Las monjas de clausura, apenas una decena, tampoco están libres en su retiro de las asechanzas del maligno: hace pocos años, dos falsos empleados del gas les estafaron cerca de cuatro mil euros.

Y en el escudo del municipio, esta leyenda tal que así escrita: RANTIA GLORIA EXTOLLE,  un batiburrillo que suena a latín culinario hasta que se le encuentra el sentido: Gloria ex tollerantia, que podría ser: La gloria se alcanza con paciencia.

A unos 27 kilómetros, ya en tierras leonesas, Valderas. Se hizo célebre su ayuntamiento porque en 2013 entró en quiebra, con una deuda de cuatro millones de euros, por culpa de un alcalde manirroto. Pero aquello fue uno de tantos episodios a que nos tienen acostumbrados los de la gaviota genovesa. 

Si por algo es conocido Valderas en el orbe y más allá, es por su bacalao al ajoarriero. Tiene fama merecida de que, si quieres degustar el mejor bacalao, has de traerlo de Islandia y comerlo en El Canario, en Casa Zoilo, que de casta le viene al galgo. Mi santa, que es valderense, recuerda de niña ver a los arrieros y tratantes, en las ferias de ganado, ir a comerlo a la casa de la tía Pita, y los fogones, cada uno con su cazuela encima, adosados a la pared de un largo pasillo. Pues que lo sepa el lector ocasional, si va a Tierra de Campos, pase por Valderas y cómase una buena ración de bacalao hecho en cazuela de pereruela y regado con una botella de prieto picudo. La siesta es obligada.

Pero es que, además, esta villa de Banderas de las Llamas (según su escudo de armas), tuvo un vecino ilustre, el padre Isla, quien vivió su infancia y parte de su juventud aquí. Su campanudo Fray Gerundio de Campazas debió inspirarse en el carácter de aquellas tierras. También vecino ilustre fue Panduro y Villafañe, obispo de Popayán (Colombia), quien fundó el seminario de Valderas en 1738, en un estilo barroco postherreriano y es fábrica sobria y equilibrada, muy digna de verse nada más entrar en la villa. Dicen las malas lenguas que los dineros para la fundación se los trajo de las Indias en arcones donde guardaba arrobas de reales de a ocho, buenos pelucones de plata labrada.

Valderas es villa que tuvo sus tiempos de esplendor. Del S. XVIII se conservan varias casas palacio con fachadas en buena piedra labrada y profusión de escudos heráldicos. Existe una Casa de Arias, cuyo propietario fue ilustre licenciado por la universidad de Bolonia, en cuya fachada hay un escudo de la familia Cabeza de Vaca, de cuyo linaje fue el célebre descubridor Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Una visita por las calles de la villa nos pondrá ante fachadas de casas nobles con sus buenos escudos de armas, una hermosa iglesia bajo la advocación de Santa María del Azogue, cuya torre fortificada perteneció al primitivo castillo, y muy próxima, la plaza mayor, bastante maltratada. Si uno sube por la calle de los Castillos, verá la Casa Osorio, construida en sillería y con un monumental escudo de armas y una ventana ojival en esquina. O puede verse la fachada del palacio de Castrojanillos, neoclásica, con una portada noble de dos cuerpos, enmarcada por columnas de granito y con siete balcones en su piso superior que le dan mucha prestancia.

Y, como apunte de pasadas glorias, vale con lo dicho. Al recorrer sus calles y ver el abandono de sus casas nobiliarias, el viajero no puede por menos que traer a la memoria las coplas de Jorge Manrique:

Los estados e riqueza,
Que nos dexen a deshora
¿Quién lo duda?
Non les pidamos firmeza,
Pues que son d´una señora
Que se muda,
Que bienes son de Fortuna…

Y no es por ponerle melancólico al improbable lector ante pasadas glorias, ni por fastidiarle el paseo con viejos achaques moralistas de menosprecio de corte y alabanza de aldea, al estilo de: Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo... Es que entre el beatus ille de Horacio y las coplas de Manrique, los palomares semiderruídos y los trigales amarilleando al sol, caminar por estas tierras detenidas en la historia y el tiempo invita a sacudirse de encima las prisas y los afanes. 

Pero si la sobredosis de sol, soledad y paisaje - lector improbable, aunque estimado - te parecen un coñazo, tampoco importa: puedes hacerte un selfi ante la tapia que mejor te pete y cuélgalo en Instagram o Facebook. Así tus amigos sabrán que estas tierras existen….