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viernes, 23 de julio de 2021

El verano en el valle, 2. - Puertas al campo.


Hace ya varios años, abrí un archivo fotográfico para coleccionar imágenes de puertas y ventanas. Normalmente, correspondían a viejos edificios, a veces abandonados o semi ruinosos, que tenían el encanto de las cosas caducas, olvidadas y como detenidas en el tiempo. Son imágenes que he ido captando un poco al azar y a capricho, sin un plan preconcebido, y no importa dónde: en viajes por el extranjero, o por todos los lugares de España que hemos visitado o pasado de camino.


Aquí, en el valle de Lozoya, también he encontrado lugares olvidados donde me ha llamado la atención alguna ventana desdentada, cerrada con una reja rústica y adornada con un tiesto desportillado. O algún pajar, tan abundantes por estos pueblos, con su gran portón cerrado con un cerrojo hecho a golpes de forja, o claveteadas sus tablas con esos clavos gruesos que se hacían en la herrería.


Dentro de esa curiosidad, algo me ha llamado la atención últimamente en mis paseos por los caminos del valle: son esas puertas de acceso a los prados. Puertas que no se ajustan a una modalidad definida, a un estilo propio y común de la zona, sino cuyos elementos se basan en la pura improvisación y en la utilización de recursos de desecho: objetos que tuvieron, en general, un uso doméstico y fueron sustituidos por nuevo mobiliario más confortable. Lo que me recuerda ver en muchos prados carcasas de frigoríficos usadas como pesebres, o viejas bañeras que sirven como abrevaderos.

Pero, es de las puertas puestas al campo de las que quiero hablar hoy. Si el caminante tiene la curiosidad de observarlas, no tiene más que pasear por el camino natural que recorre los pueblos del alto valle de Lozoya, que nace cerca del monasterio del Paular. 

Si está sobrado de tiempo y gusta de la naturaleza, podrá pasar por Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla, Lozoya… Y si se ha equipado de un bocadillo, fruta y agua suficiente – y ha madrugado –, puede llegar al Cuadrón, a 34 k. 

V


Verá, a derecha e izquierda del camino, gran cantidad de prados con la hierba recién segada y observará, si siente curiosidad, que los accesos no hay dos iguales, aunque los elementos de cierre suelen ser los mismos: viejos somieres, cabeceros de camas, alambres, tubos, restos de puertas de cuadras, trozos de carteles anunciadores… Pero, sobre todo, somieres de camas que fueron lecho de las gentes de esta zona durante generaciones y que terminaron reutilizados como cierres del prado familiar.


Es lo que mi amigo Juan llama “la civilización del apaño”. Objetos que dejaron de ser útiles y, no implantada aún la sociedad de consumo con ese afán posmoderno por comprar, usar y tirar, comenzaron una nueva vida útil fuera de su primigenia utilidad. Todo es aprovechable mientras cumpla una funcionalidad. Así, con un viejo somier se puede apañar una puerta, con un frigorífico sin puertas y tumbado, se puede hacer un pesebre para el ganado, con una bañera desportillada, un abrevadero para las vacas. Con una cuerda de las de atar las alpacas de hierba, un cierre para sujetar la portilla, de forma que el ganado no se cambie de finca.


La escasez de recursos, la necesidad de reutilizar lo aprovechable y la propia inventiva de las gentes del campo, hicieron que las fincas donde se guardaba el ganado tuvieran su buena (buena por útil y económica, no por su valor estético) puerta atando un somier a un poste clavado junto a la tapia de piedra. Y aun siendo el material tan común, es un entretenimiento para el viandante observar la variedad de cierres de fincas que, utilizados los mismos materiales y cumplido el mismo objetivo, difieren con una estética de la chapuza bien apañada, digámoslo así, que le da cierto toque personal a cada una de ellas.

Por eso, esta vez, quedan aquí unas muestras fotográficas. Para que se vea que nuestros objetos domésticos pueden tener una nueva vida útil, y que éstos dejan su impronta de tosca estética por los campos.

miércoles, 22 de julio de 2020

Muescas (Estival, 2)


Cerca de la presa colmatada del arroyo Artiñuelo, en el arranque de una senda semioculta por la vegetación que sólo conocemos las vacas y yo, hay un roble estrangulado por una yedra, al que hace años bauticé como “el árbol negro”. 

Asfixiado por el abrazo de esa yedra, destaca por su color negruzco en el entorno verdigris del bosque y no se deja atravesar por los destellos de luz que se cuela entre el follaje. Parece criatura del Infierno de Dante, condenada a la negritud vegetal por pecados cometidos en su pasada vida. 

Quizás era el roble más hermoso del entorno. Vanidoso, pavoneaba su hermosura en aquel rincón del bosque, entre otros robles de menor porte, algún majuelo achaparrado, las modestas retamas, las zarzas siempre pinchosas y malhumoradas, y las ortigas que escuecen al acariciar. 

Quizás, con su porte soberbio desdeñaba a los helechos a sus pies, hacía sombra a las mejoranas que crecían en las proximidades buscando rodales de luz, y a las modestas matas de orégano que pasan desapercibidas entre el herbazal. Quizás por eso, su vanidad de criatura más hermosa se vio castigada por un amor posesivo y excluyente de la trepadora que surgió a sus pies; la cual, con la excusa de acariciar su tronco, trepó hacia sus ramas hasta sofocarlas en un abrazo de muerte.

En el tronco de la yedra que lo abraza y estrangula, este jubilata ha ido grabando con su navaja campera nueve muescas. Una por cada año que he recorrido esta senda. Nueve muescas profundas en el brazo nervudo de aquella yedra. Muescas que van cicatrizando con el paso del tiempo y que me sirven de calendario para recordarme la fugacidad de los veranos. La yedra, impertérrita, cierra la herida anual con una corteza dura, y persiste indefinidamente en su abrazo asfixiador, siempre resistente al paso del tiempo.

Este verano he vuelto a la presa colmatada del arroyo. Me he parado a escuchar los sonidos cambiantes y siempre iguales del agua que salta de peldaño en peldaño del aliviadero. A pesar del susurro del agua, no he me he resistido a subir por el camino que lleva hasta el comienzo de la senda donde el árbol negro. He sacado mi navaja y he vuelto a marcar una nueva muesca. La yedra, impertérrita, ha soportado, con indiferencia vegetal, el corte horizontal y profundo como labios blanquecinos que dejaban rezumar gotas de su savia. 

Pasaré varias veces por aquí a lo largo de este verano y siempre me pararé un momento bajo el árbol negro. La yedra, sin prisas, irá cicatrizando la herida, oscureciéndola, hasta que no sea más que una nueva muesca borrosa. Y, cada vez que me pare y cuente las incisiones, ella me recordará, en silencio, que un verano más está pasando y que un año más va tomando posesión de mi edad. 

Ella seguirá con su abrazo de muerte, sosteniendo entre sus ramas al pobre roble prisionero, manteniéndolo en pie a la vez que le va quitando la vida, sin prisas. Mientras, yo sabré que el tiempo pasado – esas nueve muescas en el tronco, más las que te marca la vida – es una yedra tenaz que te circunda, parece abrazarte y sostenerte, mientras se alimenta de la savia de tu propia vida.

Por eso, por aliviarme de pensamientos tristes, bajo de nuevo al arroyo y quedo unos minutos eternos oyendo el rumor del agua y sintiendo las vibraciones del paisaje. El bosque es un cuerpo vivo, múltiple, siempre quieto, arraigado, pero siempre en movimiento a través de los millares y millares de hojas de sus árboles. El arroyo es una hendidura irregular en el paisaje. Siempre idéntico a sí mismo, pero en continuo movimiento de sus aguas. Éstas forman pequeñas cascadas, cuya sonoridad se repite en notas idénticas que armonizan con los murmullos de otros pequeños saltos de agua. Es a modo de un órgano hidráulico de registros cambiantes, donde cada piedra de su lecho, cada pequeño remolino, dan forma a su melodía eterna.

Un juego, el del agua, que combina fluidez, transparencias, reflejos luminosos, notas musicales y una canción que sólo escucha quien sabe degustar el silencio. 

Y en ese silencio, lleno de destellos sonoros, recuerda los ecos de La Soledad Sonora de Juan Ramón Jiménez, y paladea:

Agua honda y dormida, que no quieres ninguna
gloria, que has desdeñado ser fiesta y catarata;
que, cuando te acarician los ojos de la luna,
te llenas toda de pensamientos de plata...

sábado, 27 de julio de 2019

Estival, 2.-Como escuchar el vuelo de una mariposa.-


Sobre esta cima solitaria os miro,
campos que nunca volveréis por mis ojos,
piedra del sol inmensa entero mundo
y el ruiseñor tan débil que
en su borde lo hechiza.
Vicente Alexandre. (En el monumento al hombre del campo, en Alameda del Valle)


¿Alguna vez el improbable lector ha oído cómo suena el vuelo de una mariposa…? ¡Ah, no…? Eso es porque no ha prestado la debida atención. Sin embargo, todo el mundo ha oído hablar del “efecto mariposa”, pues dicen que su aleteo aquí al lado puede provocar un tornado en el otro extremo del mundo. ¿Un aleteo de un lepidóptero puede provocar desastres en tierras lueñes, pero no emitir sonidos armónicos junto al caminante que lo observa? Lo dicho, es que no se le ha prestado la atención debida.

Este jubilata, sin ánimo de ponerse exquisito, yendo la otra mañana por el camino del Palero, y de regreso hacia El Paular,  se paró a observar un grupo de ellas que andaban alborotando en un rosal silvestre, y oyó la música de sus aleteos. Es cierto que hace falta cierto entrenamiento: hay que saber caminar por los senderos del monte y saborear la sonoridad de sus silencios. Para ello es fundamental apagar cualquier aparato emisor de ruidos y desenchufarse de los pinganillos. Si no eres capaz de prescindir del móvil, por ejemplo, ni te molestes. Tampoco es conveniente llevar un cigarrillo encendido; de hecho, es deplorable: aparte de que el herbazal está seco y puedes organizar una chamusquina de órdago, el sabor acre del tabaco atora las papilas gustativas que perciben los sonidos más tenues del entorno. No conviene, ni mucho menos, llevar en la mano  una lata de cerveza o de refresco cocacolero: la gente acostumbra a tirarlas en mitad del monte y eso perjudica gravemente el equilibrio que la naturaleza va tejiendo con tanta paciencia. Eso sin contar que en mitad del bosque, las músicas enlatadas, colillas chuperreteadas, envases de cualquier tipo, son una auténtica guarrería; son como una tos de bronquítico rompiendo la armonía del paisaje sonoro. Si, de verdad, quieres oír el vuelo de una mariposa, olvida esas costumbres de urbanita. Si no, en Rascafría (donde pasamos el verano) hay muchas terrazas donde puedes hablar fuerte, chupar caladas de nicotina y beberte buenas birras. Si, además, eres de esos que van en coche a comprar el pan a cien metros de casa, olvida estas recomendaciones para  oír el aleteo de las mariposas y pasa de largo.

El vuelo de una mariposa, a veces tan errático e imprevisible, es, aunque cueste creerlo, la anotación un tanto alocada en un pentagrama dibujado al azar en un girón de aire, en un instante dado. Con sus idas y venidas, sus bruscos cambios de dirección, su reposo momentáneo sobre una flor u otra (puede ir de una milenrama a un gordolobo, pasando antes - vaya usted a saber el porqué del capricho - por una mata de malvas para saltar a una mejorana). Pero siempre emite una sucesión de sonidos que el caminante debe interpretar. Es como los tacet que John Carge introdujo en su 4’33’’. El ala silenciosa de la mariposa atrapa, con su batir, los sonidos del entorno dibujando un paisaje cuya sonoridad nunca hubiese percibido el oído humano si no fuese porque el aleteo, tan tenue, reuniera el murmullo grave de las hojas escotadas del roble con ese zumbido imperceptible del aire atravesando las hojas de los pinos.

Puede el improbable lector creerlo, tal como se lo estoy contando. Fue el otro día, bajando del Mirador del Robledo, al cruzar el bosque mixto de pinos y roble melojo, de camino a la Casa de la Madera y el Paular. Pero no es la única experiencia. También en el arroyo Aguilón, mientras descansaba sobre una piedra en la orilla, y miraba a un zapatero trepar con pequeños impulsos corriente arriba sobre la lámina de agua… El zapatero es un insecto hemíptero heteróptero, conocido por quienes saben de estas cosas como Gerris lacustris, que se desliza sobre unas almohadillas apicales en el extremo de sus patas, lo que le impide hundirse en el agua. Excurso que se hace aquí para que se vea lo complejas que pueden ser las criaturas minúsculas que el caminante se encuentra en su camino, a poco que se pare a observar el entorno.

Pues eso, estaba observando al zapatero dando enérgicos impulsos corriente arriba para mantenerse en el mismo lugar, cuando una mariposa limonera vino a revolotear por donde estábamos el hemíptero heteróptero de marras y  un servidor. Él empeñado en que no le arrastrara la corriente, y yo en observar sus golpes de remo para mantener el rumbo. Con el revoloteo de la cleopatra limonera, el arroyo empezó a cantar una melodía acuática formada por las notas que producían los pequeños saltos de agua como si se accionase un órgano hidráulico. El zapatero y yo pudimos distinguir – al menos, nos lo imaginamos – la melodía que cantaba un oboe entre los sauces de la orilla deslizándose sobre la superficie quebradiza del agua, la cual, en aquellos instantes, dejaba sonar una trompetería de gotas en cascada cayendo sobre una pequeña poza donde se desperezaba una trucha. Al poco, la limonera, tan volátil e imprevisible, voló aguas arriba, y el zapatero volvió a su empeño de no dejarse arrastrar aguas abajo. Roto el encanto, este jubilata se afianzó sobre sus botas camineras, requirió el bastón de asenderear caminos y siguió con sus ensoñaciones arroyo abajo.

Tal y como te lo cuento, improbable aunque siempre amigo lector.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Divagaciones de ocioso.-


En esta misma bitácora, un sobrino de mi santa (y, por lo tanto, mío en usufructo) me dejó hace años un comentario que recuperé el otro día por azar. Contaba él, a propósito de la gente que se siente defraudada leyendo cosas como la presente, lo que sigue: Un tipo me reclamó los 38 segundos de su vida que había perdido viendo un dibujo animado mío que colgué en mi página Web. De haber podido, se los habría devuelto, pero, eso sí, convertido en rana. A mí, francamente, me parece excesivo convertir en rana a todos los lectores a quienes la lectura de esta bitácora haya defraudado y lleguen a exigirme resarcimiento. La algarabía de croares iba a ser ensordecedora.

Más bien, si es que no tenían bastante castigo con leer las cosas de aquí, les pondría a desentrañar frases culteranistas del tipo:

De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío…

Se iban a enterar de lo que es leerse la fábula de Polifemo y Galatea de un tirón y quedarse ayuno de comprensión y con las entendederas en estado de shock. Seguro que sería un alivio para ellos descubrir que, aquí - dicho a la pata la llana - don Luis de Góngora y Argote nos está diciendo que Polifemo vivía en una gruta. Lo de llamar formidable bostezo de la tierra a la espelunca aquella es un hallazgo que ni el galardonado con el premio de oratoria parlamentaria de este año hubiese  caído en ello.

Y, puesto que, de una forma u otra, siempre salen a relucir las ocurrencias de los políticos en ejercicio del poder, he descubierto que también ellos guardan una cierta relación con otro ilustre barroco: don Francisco de Quevedo y Villegas. Me explico: Don Mariano (hombre de notables ocurrencias) se fue a Nueva York para poder escribir un twit de esos hablándonos del “universo visual de José Luis Borges”, a propósito de una exposición en el Instituto Cervantes. Desliz del que no queda libre nadie que viaje a Nueva York dispuesto a poner twitters. Cosa que es, si bien se mira, una nonada.

El flamante nuevo ministro de Asuntos Exteriores, señor Dastis, fue un poco más allá en respuesta a una interpelación parlamentaria sobre el exilio económico de nuestros jóvenes. Para el gobierno, por lo visto, eso de irse a buscarse la vida por esos mundos es una muestra de inquietud y amplitud de miras, aparte que “irse fuera enriquece”.  Que el país se gaste millones en la preparación de sus jóvenes y que éstos sean explotados en sus conocimientos por países que no gastaron un céntimo en su formación es, por lo visto, amplitud de miras. Siempre pueden volver a casa por Navidad, con una tableta de turrón bajo el brazo. La cosa del ministro ya no sabemos si fue necedad o pura desconexión de la realidad social.

Allá por el S. XII, don Chrétien de Troyes escribió Perceval o la historia del Grial hablando de un caballero galés de nobles sentimientos y gran corazón. Por estos pagos, ese caballero de nobles sentimientos es concejal del PP en el ayuntamiento de Madrid. Con toda su buena intención, en plan cuñado generalmente bien informado, nos advierte de que “el autor del atentado terrorista en Berlín fue un refugiado paquistaní”. Premisa mayor de la que se concluye que todos los refugiados pueden ser terroristas, seguida de la admonición “no hay peores ciegos que los que no quieren ver”. Por lo cual, ACNUR le da una colleja en buen plan recordándole la conveniencia de que los cargos públicos sean prudentes en sus mensajes. Y aquí ya no estamos ante una necedad venial, sino ante pura y dura ideología de cerrojo y alambrada con concertinas.

Es esa contumacia en los despropósitos la que recuerda a este jubilata – aunque sea traído por los pelos – lo que dijo el señor de La Torre de Juan Abad, o sea, Quevedo, en su Origen y definición de la necedad: “El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara por necedad venial, y a la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal”. No se sabe bien si tanta insistencia en la necedad es por falta de caudal de sentido común o por desbordamiento de torpezas, pero cada día tenemos una perla, sea tuitera, sea parlamentaria, y siempre por exceso de palabras y falta de reflexión.

Pero no crea el improbable lector que esto de los despropósitos es atributo exclusivo de los hombres públicos, también entre los de a pie suele darse. Estuvimos la otra mañana en la Fundación Juan March visitando Escuchar con los ojos. Arte sonoro en España 1961-2016. Y por especial deferencia, nos acompañaba don José Iges, comisario de la exposición, quien iba desentrañándonos el sentido de la muestra. Visualizar las obras sonoras en una exposición y hacernos comprender sus cualidades más allá de lo puramente sonoro, en relación con las tecnologías, con el medio expositivo, con la memoria colectiva y con el silencio…, era cuestión que nos tenía pendientes de sus explicaciones.

Una señora del grupo se acercó para decirle que acababa de ver dos fotos de mujeres desnudas en la muestra y que a ver qué pintaban allí. Nuestro guía, como discreto, improvisó una disculpa ocasional y siguió con sus explicaciones. Algunos fuimos a ver aquello y resultó ser un desnudo de mujer en pie, que despertaba tanto interés como si estuviera en hábitos de ursulina. ¡Es una indecencia!, dijo la señora. Una compañera y yo nos miramos sorprendidos y los ojos nos hacían chirivitas de perplejidad. Si aquella dama escandalizada – pensé yo – hubiese llegado a ver El origen del mundo, de Coubert, seguro que se cae espatarrada de la impresión. En fin, estoy seguro de que el comisario de la exposición debió anotar este incidente en su anecdotario particular.

Y, por no alargarme más, sepa el improbable lector que no le odiaré si siente que pierde un tiempo precioso leyendo las cosas de este jubilata y me pide resarcimiento. No le desearé que se convierta en rana por tantos minutos cuantos dedicó a la lectura; ni siquiera le desearé que se convierta en sapo de esos que son besados por princesas de cuento y se transforman en príncipes azules. Ya hay demasiados ociosos de sangre azul con cargo al presupuesto.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Nuestro mundo, un cristal que se hace añicos.-


Quién iba a decirnos que una conjunción astral, fatalidad cósmica provocada por los humanos, nos traería a un mismo tiempo a Trump y a los cristales rotos (metafóricamente) del Palacio de Cristal del Retiro, pero así ha sido: No por casualidad forjamos nuestro destino y luego decimos que es cosa del azar. 

Dicho lo dicho, seguro que el improbable lector quedará perplejo si ve que en el mismo saco de esta bitácora se meten cataclismos cósmicos, azares, cachiza de cristales rotos y políticos reaccionarios recién estrenados. Debe perdonar el desvarío. Poner en orden las ideas es cosa difícil.

Hágase cargo el lector, que aunque improbable, paciente: llega el cronista, entra en el Palacio de Cristal y se lo encuentra deshabitado de objetos que tengan intencionalidad artística; sólo la escueta estructura de metal y cristal que hace de recipiente. Un vacío por dentro donde el espacio está ocupado por sonidos como de cristales rotos que despuntan entre las voces. Una intención de que la propia estructura del edificio sea parte de la escultura sonora que ha ideado un señor de nombre… (A ver, un momento, que lo vea en el folleto...) Un tal Lotahr Baumgarten que este jubilata no tiene el gusto de conocer, pero de quien espera que le sorprenda con una visión original del mundo confuso que vivimos.

¿Qué se puede hacer en una bombonera decimonónica acristalada y vacía? ¿Qué opinión formarse respecto al título de la muestra: El barco se hunde, el hielo se resquebraja? El visitante, ante la nada material con que han vestido el lugar, opta por sentarse en una silla a ver de qué va. Observa con la vista y con el oído – no sabe nada del artista y su obra, pero tiene mucha veteranía en estos avatares y sabe esperar –, recorre el lugar con la mirada y aguza el oído para discriminar sonidos porque, según sospecha, ahí está el busilis. Sabe que el sonido ocupa un espacio y es cuestión de localizarlo mientras sus ojos hacen un paseo sonoro por el recinto.

Hay gente que charla y niños que corretean y chillan. Hay ruidos aleatorios, espontáneos, de origen humano y otros – algo así como chasquidos – hechos con intencionalidad. Hay montones de selfis autocomplacidos, hay un deambular sin objeto y una aparente despreocupación respecto a esa “escultura sonora” que es la intención  última de esta instalación artística.

Entre el barullo de los visitantes, si uno presta atención, empieza a discriminar, cada vez con más nitidez, esos chasquidos como de cristales rotos; mira al acristalamiento del techo, y nada, éste sigue en su lugar. El título de la exposición da la pista: …el hielo se resquebraja. No es ruido de vidrios hechos añicos, estamos ante una escultura sonora inspirada en el deshielo del río Hudson, grabado en audio entre 2001 y 2005. ¿Con qué intención? Hacer que ese romperse de los hielos, en una trasposición de imágenes acústicas, sea un romperse del edificio acristalado. Provocar la sensación de que ese desmoronamiento simbolice la destrucción del propio mundo que hemos construido. Descubrir que nuestro mundo es frágil y que bastan unos bonos basura y un quebrar de Lheman Bhothers para que nuestro barco se hunda; ese Titanic de la economía mundial que choca contra un glaciar de la ambición a la deriva y naufraga entre hielos que se resquebrajan.

¡Ah! El autor se ha puesto trascendente y nos da un toque de atención respecto a nuestra fragilidad como sociedad. Pero los niños siguen correteando y los visitantes adultos “autoselfiseándose” para dejar constancia de que la instalación sonora de Lothar Baumgarten ha existido alguna vez porque ellos estuvieron allí y se autorretrataron sonrientes y olvidadizos de que, de entre los hielos resquebrajados y sobre el barco que hace agua, ha aparecido un Donald Trump, especie de Moisés bíblico con mucha pasta, que llevará a las clases medias americanas, y a nosotros tras ellas, al cruce del Mar Rojo que se abrirá a su paso gracias al cambio climático debidamente negado. Esta es una fatalidad cósmica – como se decía al principio – de nuestra propia cosecha.

Pero no todos los paisajes sonoros de este cronista transcurren entre cristales rotos. También existe el optimismo de la técnica aplicada al sonido. Basta visitar la Fundación Telefónica y oír/ver su 1, 2, 3… ¡Grabando! Desde el fonoautógrafo hasta el mundo digital hay todo un camino de progreso que nos habla del ingenio humano para registrar, cada vez con más perfección, el sonido. Un encuentro amoroso entre la música y la tecnología que ha producido vástagos cada vez más perfectos, pasando por los fonógrafos, los gramófonos, los discos, los magnetofones, hasta los CDs y los MP3.

Pero no es sólo cuestión de perfección técnica, sino de percepción, porque nuestra relación con la música ha cambiado. Hasta la invención de estos aparatos, el sonido era algo efímero, pura fugacidad que se agotaba en su propia ejecución. Estas máquinas lo que hicieron fue aprisionar lo fugaz y obligarlo a un eterno retorno de reproducciones, como en la Invención de Morel, esa novela de Bioy Casares. El Fugitivo enamorado de Faustine, hace que su amor perdure indefinidamente más allá de la muerte, gracias a la máquina que reproduce sus vivencias que una vez fueron grabadas. Nosotros nunca pudimos asistir a la grabación de Así habló Zaratustra por Von Karajan (hecho irrepetible), pero su reproducción por Decca nos permitió oírlo las veces que quisimos en Una odisea del espacio, de Kubric.

Parece, amigo lector (improbable o no) que a este jubilata los paseos sonoros de este otoño le llevan por mundos extraños. Pero no hay por qué alarmarse por el temor a los extravíos: estos paseos son, sobre todo, dentro de su cabeza y absolutamente inofensivos.


lunes, 11 de julio de 2016

Rutinas veraniegas. I.- El rumor del Artiñuelo.


Una de las rutinas más arraigadas en este veraneante setentón, una vez instalado en Rascafría, es dedicar una de sus primeras visitas (seguirán otras a lo largo del verano) al arroyo Artiñuelo. Por si el lector ocasional no lo sabe, el Artiñuelo es el arroyo que nace en el collado de la Flecha, en los Carpetanos, a casi 2000 metros de altitud, y atraviesa Rascafría para rendir su curso en el río Lozoya, que transcurre casi a los pies del pueblo.

Es riachuelo de gran belleza en su trayecto de montaña y en su curso medio, y ha sido encauzado en su recorrido por el pueblo, ya en su tramo final. Como nace en los acuíferos que forman los neveros invernales, en verano acusa el cansancio del estiaje y, llegado agosto, se convierte en un hilillo de agua que se va remansando en las charcas de su trayecto final, como si le faltase fuerzas para llegar a la desembocadura.Pero ahora, estos primeros días de julio, aún baja brioso y cantarín, como aquellos antiguos caminantes que hacían su camino con el hato al hombro y entretenían las horas y las leguas con alguna coplilla en los labios.

Este jubilata, a modo de pleitesía estética, al día siguiente de  habernos instalado, se ha calzado las botas montañeras y ha subido por mitad del robledal, por la desconocida y casi cegada senda Viator, hasta el camino que salta por encima de la vieja presa colmatada del arroyo. Luego, al pie del paredón de piedra, resquebrajado y herido de hendiduras por las que manan las heridas de agua que el tiempo ha ido  abriendo en sus juntas, ha prestado oído al silencio del bosque.

Quizás el improbable lector no haya caído en ello porque es más asfaltícola que boscófilo (palabro para la ocasión y a no repetir), pero  el bosque está lleno de silencios rumorosos. Oír el silencio es un privilegio que se alcanza tras largas caminatas por esos montes, hechas con la humildad y perseverancia del neófito, y es aprendizaje que cada cual ha de hacer sin manual de instrucciones y por su cuenta. Cuando, tras bastantes años de noviciado y centenares de horas de paciente escucha, uno aprende a oír, descubre que el silencio del bosque es ese espacio donde no hay un átomo de aire que no tenga dentro su propia música.

Descubre, asombrado, esa sinestesia que le hace percibir la mínima melodía del aroma que desprende el piorno en flor; descubre, como una revelación, esa leve danza que la flor del espino albar emite para atraer al abejorro que acarreará su polen. Y, si se acerca al arroyo, se sienta a su orilla y escucha su rumor sin pausa, verá, oirá y saboreará, todos los sonidos, frescor y destellos que corretean cauce abajo. Porque el arroyo de montaña – que lo sepas, lector –, en medio del bosque, es el continuum de las composiciones musicales barrocas. Es un fluir de apenas unas notas que se repiten, caracolean entre la espuma, parecen enroscarse unas en otras, para saltar de piedra en piedra cauce abajo y dar paso a nuevas notas que jugarán los mismos juegos indefinidamente.

Mientras el caminante percibe el murmurar silencioso del agua, el robledal entonará su melodía hecha del vibrar imperceptible de sus hojas, de las notas que el pájaro carbonero emite llamando a la compañera, del paso apresurado de un corzo entre el ramaje, el lagarto que se esconde entre la hojarasca, o de la esquila de la vaca en el pastizal, y de tantos y tantos pequeños sonidos, chasquidos, siseos que el oído apenas consigue percibir y que, todos juntos, forman un lenguaje musical que se ofrece al oído de quien se deja mecer como un nonato dentro de ese gran vientre maternal que es la naturaleza.

También es verdad – bucolismo y ensoñaciones aparte - que el caminante se ve comido de moscas y ha de reconocer, mal que le pese, la imperfección de los paraísos terrenales; así que piensa con el clásico: et in Archadia ego…, incluso en la Arcadia las moscas son un coñazo. Te resulta forzoso reconocer que para ellas, las moscas, no eres el rey de la creación sino un cacho de carne jadeante (monte arriba y con estas edades uno resopla con esfuerzo…) cuyas glándulas sudoríparas segregan sabrosos jugos salobres que las vuelven locas. Te bailan delante de los ojos y alguna, más atrevida, pretende libar en tus lacrimales; otras, desvergonzadas, se te quieren colar por los caños de la nariz y las hay que pretenden la espeleología por tus conductos auditivos. Talmente como si fueras una vulgar vaca… En fin: Aquí, gozando de las incomodidades del campo, solía decir el difunto primo Paco.

Sentado al pie de la vieja presa del Artiñuelo, oyendo los saltos del agua cauce abajo, sintiendo sus prisas por abandonar aquella angostura de las montañas, no he dejado de recordar aquellos versos de no sé qué poeta con ribetes y puntillas de ecologista:

Bullicio de espuma y piedra,
Orillas de risco y bosque,
Rumor oscuro y aguas claras,
El arroyo huye.

Desde los altos neveros,
Lejos, aún, la lenta llanura,
Las cumbres con su silencio
Acunan su andadura.

No corras, murmura el viento,
¡Sosiega!, grita el monte,
Aguas abajo serás río
Que enturbiarán los hombres.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Un paseo sonoro desde mi ventana.-


Nunca antes había hecho un paseo sonoro, ni había oído hablar de mapas sonoros. Hasta que Raquel, tutora del curso Senior UNED “Historia cultural, una visión sonora”, nos habló de ello y nos propuso un curioso experimento: Recorrer las calles de Lavapiés, hasta el patio del museo Reina Sofía, el diseñado por Jean Nouvel, y regreso. 

En ese paseo pausado y silencioso que hicimos los participantes, sufrí  - al igual que Saulo cayó del caballo camino de Damasco -  un batacazo que rompió el  odioso ruido, denso y agresor, en fragmentos que resultaron sonidos perfectamente identificables uno a uno. Fue un golpe con fractura de uno de mis tópicos más queridos y consolidados: Madrid es un cúmulo de ruidos insoportables. Fue una especie de pérdida de la inocencia y motivo de cavilaciones posteriores, como si los jubilatas no tuviéramos la vida ya bastante complicada con las mil tareas que nos echamos para ahuyentar los síntomas de la vejez .

Por supuesto, viviendo en una ciudad tan ruidosa como Madrid, hasta ahora había sido incapaz de diferenciar entre el ruido y los sonidos que lo conforman en una melé de cacofonías y agresiones acústicas. Ni siquiera sospechaba que tal cosa pudiera hacerse, separar sonidos, identificarlos y tratar de integrarlos no ya como ruido bruto y amorfo, sino como un paisaje sonoro y con relieves y pliegues acústicos. Por buscar un símil, esos sonidos, con sus acordes disonantes, sus tonos, sus ritmos dispares y contrapuestos, podrían emplearse como una paleta de colores para reflejar los distintos matices que conforman la abstracción de un paisaje cambiante.

Así, el ruido, que se define como un sonido inarticulado, sin ritmo ni armonía y confuso, pasa del caos sin lógica aparente, a ser, para un oído atento, un cosmos racionalizado donde cada uno de sus componentes sonoros ocupa un lugar dentro del universo acústico. 

Y ya que tenía entre las manos un nuevo juguete, como si fuera un niño curioso de la novedad, decidí hurgarle las tripas, ver sus resortes y engranajes, para tratar de entender su funcionamiento. Pero como los experimentos – sobre todo si se es principiante – conviene hacerlos con gaseosa y algunas precauciones para no desparramar las burbujas, el mío lo hice desde la ventana de mi estudio.

Con ese atrevimiento que nace de la fe del neófito, manipulé la prueba en la confianza de que los dioses todo lo perdonan, salvo la estupidez. Decidí dejar que se mezclasen los sonidos que se producen “naturalmente” en la calle con el artificio de los que yo, voluntariamente, provoqué. A saber: el ordenador estaba conectado a Radio  Suiza Clásica, y al pie de la grabadora puse un despertador de petaca, de cuerda, que me acompaña desde que tenía 24 años. Por poner un límite temporal a este paseo sonoro estático (eran los sonidos los que iban y venían, yo estaba sentado en la silla de mi estudio), la duración fue de cuatro minutos treinta y tres segundos.

A decir verdad, la grabación fue un tanto chapucera, por la pobreza de medios y por la incompetencia técnica de un servidor, pero el oído sí estuvo atento. Aun a riesgo del tópico, los ruidos del tráfico, bastante amortiguados porque es calle de poco tránsito, eran el vaivén continuo que hace el oleaje, con picos de intensidad cuando pasaba un autobús, como cuando el mar rompe contra un acantilado. Como sonido melodioso, que destacaba tenuemente sobre aquellos ruidos sordos en forma de ondas un tanto anárquicas, el Quinteto La Trucha, de Schubert. 

Conviene advertir que no había intencionalidad en la elección de esa pieza, es lo que echaban por la radio en ese momento. Sí era intencional la presencia del tic-tac del reloj, con su ritmo mecánico y persistente, que ponía un poco de equilibrio en el arrítmico paisaje sonoro de aquellos 4´33´´. Producía la sensación de que el tiempo del reloj, regular, siempre igual a sí mismo, era de la misma sustancia que el resto de los sonidos que se habían reunido aleatoriamente (con intencionalidad y sin ella).

Con su tozudez de mecanismo cronómetro, el tic-tac sometía a medida la discordancia de frenazos acelerones ruidos de motores, piar de pájaros, vibraciones del aire, quejidos de la silla rotatoria donde tenía aposentadas mis postrimerías, y esa caprichosa presencia de una música radiada que exigía recogimiento, mientras el oído captaba, entre la amalgama de sonidos discordantes, el balanceo melódico del piano que parecía dibujar el fluir de las aguas donde nada despreocupadamente una trucha.

Con todo y haber sido esclarecedor el experimento de desmenuzar los ruidos hasta discriminar y estratificar sonidos, un servidor sigue con sus querencias de toda la vida. Por eso, entre silencios que ya John Cage nos dijo que no existen, no olvidaba la alabanza que fray Luis de León hace de una vida retirada de bullicios y voceríos vanos:

Qué descansada vida  
la del que huye del mundanal ruïdo  
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido...

De forma que este jubilata, como vive anclado en el estruendo del asfalto y no tiene vida recoleta, aprovecha las escapadas por las sendas de los montes para escuchar los sonidos que nacen del silencio de la naturaleza. Y hasta, a ratos, se para a ver las truchas deslizarse por las aguas en las pozas de los arroyos. Mientras, en su cabeza suena la melodía del piano con la que Schubert nos habla de aquella trucha cuya paisaje sonoro es un puro rumor fluctuante.

Nada que ver con la sinfonía brutal del tráfico en horas punta.