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lunes, 20 de julio de 2009

Perro solo.-

¿Nunca os obsesionais? Releyendo algunas de las entradas de mi bitácora, me he dado cuenta de que yo sí; yo tengo una obsesión bastante tonta, y recurrente, como suelen ser las obsesiones. Se trata de mi empeño en exhibir mi quasi-ignorancia de lo que podría llamarse la cibercultura, esa pasión por las nuevas tecnologías y todas sus manifestaciones. Me refiero al empleo habitual y compulsivo de esos gadgets tecno, llámense iPhone 3G, i-world, iPod, vídeo juegos, redes sociales tipo Facebook o Twitter, Second Life (si sigue existiendo)… y tantos otros de los que ni conozco el nombre, ni sé su utilidad.
Hasta tal punto conforma la cibercultura un mundo con vida propia y dispone de tantos millones de adeptos, que hasta han inventado un nombre específico para designar a éstos: Geeks. Es más, incluso el Pequeño Larousse, en la edición que se prepara para 2010, define Geek como: Persona apasionada por las tecnologías de la información y de la comunicación, en particular por Internet. Pero parece que ser internauta habitual (que yo sí lo soy) no es suficiente. Hace falta, además, ser un apasionado de los comics, de la ciencia ficción, de los videojuegos, de los juegos de rol, de los mangas japoneses… El Geek, dicen, se refugia en el mundo imaginario; es un adulto que no quiere crecer. Toda una vida dedicada a la utilización de los cibercacharros y al mundo virtual de “La Guerra de las Galaxias” o “Star Trek”, o a identificarse con héroes virtuales como la Lisbeth Salander, de “Milenium, o –para no cansar– con el mundo élfico de Tolkien.
A mí la vida no me da para tanto, tengo otras aficiones que nada tienen que ver con toda esta parafernalia y ando sobrado de ellas. Ya lo he dicho otras veces, yo soy un veterano de la Olivetti Studio 88 (180 pulsaciones por minuto), y el rollo este de la cibertecnología me pilló en pleno proceso alopécico y con las neuronas reclamando la prejubilación. Ya es bastante con poner al día mi bitácora.
¿Y todo esto, a qué viene? Pues a propósito de la foto y el titular que he puesto como excusa. A que, si estuviese medianamente cibertecnificado (me chiflan los neologismos raros), cuando ando de viaje dispondría de un portátil con conexión WiFi y podría colgar mis entradas desde cualquier lugar y al momento, en vez de ir contando mis vacaciones por entregas y a toro pasado.
El perro solo y de aire tristón que aquí se ve lo encontré una mañana que iba paseando desde Abanillas hasta Luey, pueblo a 3 kilómetros de distancia. Llovía un poco aquella mañana, no había un alma a la vista – los perros no tienen alma, según Malebranche –, cuando se me cruzó el perro anónimo, solitario y triste. Se limitó a parar un momento, volver la cabeza, mirarme y seguir su camino. Me hubiese gustado hablar un rato con él, pero los lenguajes perruno y humano no tienen puntos de coincidencia lingüística, con lo que la incomunicación era inevitable.
Ya digo, nos cruzamos, me miró, le hice una foto y cada cual se fue por su lado.

viernes, 17 de julio de 2009

Gochos.-

Hablando con propiedad, y para que nadie vea en ello un menosprecio de sexo: gochas. Hay que hilar fino hoy en día con eso de las denominaciones según el género porque enseguida le acusan a uno de sexista. Los dos hermosos ejemplares que aparecen en la foto no son cerdos, sino cerdas; no son gochos (como dicen en León), son gochas. En mi tierra, Navarra, el nombre genérico es “cuto”, y, que yo sepa, no existe el específico para designar a las hembras. No es para menos. Llamarlas “cutas” suena mal y se presta a confusión malintencionada. Hay que pensar que, por muy “cerdas” o “gorrinas” que sean, nada les impide ser decentes. Lo de “gorrinas” es porque también se emplea en mi tierra el término “gorrín”, sobre todo cuando son animalitos pequeños, lechones de esos que terminan sus tiernos días en una fuente bien horneados, doraditos y churruscantes.
Y aunque sea salirse por la tangente, recuerdo que en Navarra existe una canción que se llama “El cuto divino”, que comienza: “En la hermosa ciudad de Tafalla ha rifado un cerdo el santo hospital…” Canción que acostumbramos a cantar Teresa y yo cuando vamos para Pamplona a ver a la familia. Por si acaso a alguien se le ocurre, gradeceré que nadie asocie al cuto divino con mi familia, que todos somos gente de pro…
Hecho este circunloquio, revenons à nos moutons. Porque no quería hablar de las múltiples denominaciones con que se designa a este animal, impuro para musulmanes y judíos, y fuente de placeres gastronómicos para cristianos en general, con independencia de la Iglesia a que se adscriban por asuntos de dogma de más o menos.
Lo que pasa es que las dos gochas, de las que quiero hablar en esta ocasión, me las encontraba yo cada mañana temprano, siempre durmiendo, cuando salía de paseo los días que hemos estado en la aldea de Cantabria donde nos alojábamos. El camino de junto a casa arrancaba con una fuerte pendiente que me hacía resoplar y me despejaba las últimas telarañas del sueño. La cuesta era dura, pero llegaba un momento en que se suavizaba y me permitía recuperar el aliento, momento que aprovechaba para echar un vistazo a mi alrededor. Del otro lado de la cerca del prado, veía, sucesivamente, ovejas pastando y dale que le das al rumio y a la esquila, dos perros que las cuidaban y me ladraban. Uno de ellos con poca convicción, como por cumplir; el otro bajaba a ladrarme hasta la misma cerca, junto a la que dormían las dos gochas. Había por allí, además de las ovejas, las gochas durmientes y los perros ladradores, un par de borriquillos que no me prestaban ninguna atención. Y siempre, siempre que pasaba junto a las marranas, las encontraba durmiendo. El resto de los animales estaban cada cual a lo suyo, pero ellas, duerme que te duerme.
Tumbadas una junto a la obra (“abarloadas” hubiera dicho Torrente Ballester), dormían plácidamente enfrentadas hocico junto a hocico, pezuña con pezuña, barriga con barriga. El caso es que el sol hacía más de una hora que había salido, pero ellas dormían con la placidez de los justos, con la tranquilidad de quien tiene la vida resuelta, con la satisfacción del deber cumplido… Esto último lo digo porque, por su envergadura, su exuberancia carnal, sus abundosas y colgantes mamas, se echaba de ver que eran hembras de cría y no estaban predestinadas al despiece de carnicería.
No hubo madrugada que no pasara por allí y las viese felizmente dormidas. Tanta placidez me decidió a hacerles una foto de recuerdo. Lo malo era el perro aquel que bajaba a ladrarme hasta la cerca, que las sobresaltaba antes de que yo preparase mi cámara y ellas se levantaban con un susto enorme que hacía temblar sus abundantes carnes. En un momento, pasaban de los brazos del Morfeo cerduno a la taquicardia y nunca conseguí retratar su plácido dormir.
Una noche, después de cenar, subimos el Josefo y yo dando un paseo hasta donde las gochas y estaban felizmente dormidas, tan dormiditas, tan amorosamente juntas, que hasta nos dio envidia. Entonces, Jose cogió la manguera y les echó agua para despertarlas. Ellas se levantaron sobresaltadas ¡groing! ¡groing!, protestaban. A nosotros la gamberrada nos dio mucha risa y corrimos camino abajo, no apareciera el dueño y nos diera de palos.
Estos días en Madrid, con el calor que se pasa por las noches, todavía me acuerdo de lo a gusto que dormían las gochas

Envidia cochina, lo reconozco.

miércoles, 15 de julio de 2009

De regreso


De vuelta a casa tras unas cortas vacaciones, venía yo pensando que esto de alimentar un blog resulta un poco coñazo. Como no tengo ordenador portátil, los días que estoy fuera de mi domicilio me resulta imposible dejar comentarios sobre lo que veo o se me ocurre pensar, así que la bitácora se ha quedado en encefalograma plano durante un montón de días y, claro, los pocos lectores que tengo pasan de largo. La fama –pequeña o grande –es efímera.
Al final, este invento viene a ser como las antiguas locomotoras de vapor que, para que anduviesen, había que ir paleando carbón sin parar. Lo que resulta un coñazo, ya lo he dicho. Así que no le veo la gracia a esto de las nuevas tecnologías, que te esclavizan, si quieres estar à la page, como dicen los franceses, o te olvidan como el desodorante.
Pero no me importa. Durante diez días he estado en paradero desconocido, perdido en una aldea de Cantabria, entre prados, vacas, caballos, perros, gatos, moscas que vivían su vida indiferentes al tráfago de las nuevas tecnologías. Y como yo soy más campestre que urbanita, ni me he acordado durante todo este tiempo de que mi bitácora estaba languideciendo de pura inanición.
Eso de levantarme a las siete de la mañana, calzarme las deportivas y echarme al monte a recorrer caminos me ha dejado como un reloj. Abría la ventana y veía los montes llenos de bosques y los prados habitados por sus vacas rumiando la placidez del lugar. Si no llovía, cosa de un par de días o tres, podía ver desde la terraza el mar al fondo. Mirando hacia el Oeste, alcanzaba a ver Peñamellera y los Picos de Europa. Nada que se pareciese a mi barrio, donde desde la ventana no veo más que los bloques de casas que tengo enfrente, y si miro al suelo, no veo más que asfalto recalentado y coches ruidosos.
Confieso que, además de campestre, soy un poco raro. Tenía San Vicente de la Barquera, con su hermosa playa, a 10 kilómetros del alojamiento y no me he puesto el bañador, ni siquiera el pisado la arena. Y eso que ocasiones no han faltado. La Franca, Unquera, Pechón, Santoña…, hemos recorrido bonitos lugares de costa, pero lo del baño es algo que no me pedía el cuerpo.
Pero no hay que preocuparse. Queda todavía mucho verano y seguro que habrá ocasión de acercarse al mar y darse un chapuzón, aunque solo sea para que uno termine pareciendo una persona normal, un turista que cumple el reglamento: tomar el sol, poner a remojo el ombligo, una cervecita en los chiringuitos playeros, paella y siesta.
De verdad que me voy a reformar y comportarme como uno más de los miles de veraneantes que siguen el procedimiento de los manuales del buen turista.