viernes, 31 de diciembre de 2010

Madrid, mendigar en navidad.-


El caso es que, estos días navideños, en las calles céntricas de la ciudad ha brotado una gran cosecha de mendigos. No es que los mendigos, indigentes, menesterosos y otros subproductos humanos, regurgitados por nuestra sociedad desigualitaria, estuviesen en embrión bajo las grietas del asfalto a la espera del tiempo propicio para florecer. No. Es que las fiestas navideñas, con su paga extraordinaria, con sus pulsiones consumistas a tope de revoluciones, con su fingido espíritu de amor cristiano a plazo fijo, y con toda la parafernalia aparejada para la ocasión, vienen a ser el caldo de cultivo donde florecen los miserables de la tierra y toman cuerpo y presencia.
Que se me perdone lo dicho hasta aquí y lo que sigue a continuación. No pretendo hacer un alegato contra la injusticia social - que debería ser tarea de todos los días - ni pretendo ponerme trágico para amargar el turrón al improbable lector desde esta bitácora de jubilata ocioso. Ni hablar. Es que, simplemente, me limito a constatar una realidad que se hace más evidente en estos días navideños: los mendigos nos salen de debajo de la alfombra.
Están ahí y a nadie que ande por la calle se le escapa su presencia, a poco que aparte la vista de las luces navideñas y de los escaparates.
Uno se hace cargo de que el mendigo, el que sobrevive a salto de mata, el que ayuna hoy y no come mañana, todos ellos, tienen que aprovechar estos días para rascar el bolsillo del paseante y, activando el mecanismo de su mala conciencia, hacer que éste vaya dejando un reguero de moneditas en los vasitos de plástico, latas, gorras mugrientas o cualquier receptáculo que el indigente utilice para recoger tan menguada cosecha. Y eso de la mala conciencia pequeño burguesa es un mecanismo que se dispara con más facilidad en estas fechas que el resto del año. Un servidor puede dar fe de haber sufrido sus efectos estas navidades.
Porque uno sale a pasear con su santa, Teresa, y camina por Goya, o por Preciados, dispuesto a ver esos escaparates tan atrayentes del Corte Inglés - pongamos por caso - y se encuentra al indigente tumbado en la acera, arrebujado en una manta mugrosa, no se sabe si durmiendo o muriéndose despacito; o al individuo con su cara pintada de payaso triste y un cartón entre las manos que dice "Tengo hambre"; o al joven inmigrante - tan joven que uno se asusta al pensar que éste ha renunciado tan pronto a luchar por una vida digna - con su chupa de adolescente y pelándose de frío, apoyado junto al escaparate del Museo del Jamón. Todos ellos esperando el magro maná de los centimitos que van cayendo del bolsillo del viandante apresurado.
Los ejemplares de infrahumanos (no lo digo por menostrecio, sino por negar sus derechos a la hipocresía del lenguaje políticamente correcto) abundan tanto y son tan variopintos que cada cual puede poner los ejemplos que más le apetezca. A un servidor, personalmente, quien más le impacta es un vejete renqueante sobre una muleta, con unos enormes ojos azules humildes, apostado en el paso de peatones frente al Banco de España, que se te acerca y suplica la limosna con palabras en lengua extraña. El hombre agita delante de tu cara un vasito furruñoso e insiste. Tú das un paso atrás con desagrado y él lo da hacia delante; tú te desplazas un paso hacia un lado y él hace otro tanto; tú miras con impaciencia hacia el semáforo, maldiciendo porque no se pone verde, y él sigue insistiendo con esa mirada azul y porfiada que parece reprocharte: Pero, hombre ¿No ves que estoy aquí? Si es solo una moneda...
Lo que he dicho antes: mala conciencia. Los desheredados del capitalismo es lo que tienen, que son material humano de desecho, antiestéticos, molestos y, encima, tienen un arma que utilizan sin pudor: hacerte sentir mal. Y, a fuerza de exhibir sus penurias y hacer que te sientas responsable de ellas, consiguen que sueltes medio euro a qualquiera de ellos.
Quizás no lo sepan, pero practican una especie de solidaridad gremial que da sus pequeños frutos. Ves tantos miserables de una sola tacada - entreverados con los escaparates corteingleses, con las apetitosas pastelerías, el lujo de las joyerías y las tiendas de moda - y tan necesitados todos ellos, que comienzan a dolerte las tripas de la conciencia.
A uno no lo miras, a otro haces como que no lo ves, al de más allá lo soslayas, y a todos ellos les niegas la existencia con tu indiferencia, pero la impresión de sus miserias se te va acumulando en el fondo de la retina y te baja hasta los entresijos de la conciencia con un regusto amargo. Al final, lo consiguen. Vas con tus bolsas de compra y empiezas a avergonzarte de terner una tarjeta de crédito en el bolsillo, y empiezas, también, a sentirte como un egoísta sin entrañas. Cuando no soportas más tu mala conciencia - de eso se trata - echas mano al bolsillo, sacar medio euro y lo sueltas a cualquiera de ellos, qué importa a cuál ¡Qué alivio! Ya no te duelen las tripas del alma, ya puedes ver escaparates con la conciencia tranquila y ya puedes acariciar la tarjeta de crédito que llevas en la cartera, junto al corazón.
Si los pobres de pedir se sindicasen en un Corral de Monipodio (como en Rinconete y Cortadillo) podrían reunirse al final de la jornada pedigüeña, poner en común la recaudación y, en un acto de justicia distributiva que les niega la sociedad, repartirse las monedas según el principio de a cada cual según sus necesidades. Y podrían - pero no son conscientes de ello - sacar mejor partido a su herramienta, esa de intranquilizar conciencias entre los que tenemos casa, sueldo, familia y la bandeja de turrones sobre la mesa.
Puestos, ya digo, a sindicarse en el gremio de los hambrientos de pan y respeto social, hasta podrían amargarnos las navidades yendo en catervas astrosas por los centros comerciales, gritando su hambre y exigiendo justicia. Pero, puestos a hacerlo, mejor que lo hagan en grupos numerosos, no les vaya a pasar lo que a quel mendigo que vi patear en el lujoso
mercado de San Miguel las otras navidades, proque se atrevió a pedir limosna dentro del recinto.
Por fortuna para nosostros, no son conscientes de la fuerza que puede dar el hambre puesta en común, y cada uno de ellos se encarga de su personal subsistencia. Cada uno va a lo suyo, tal como hacemos nosotros, los que comemos todos los días.
Yo, con un euro que le di a un desarrapado taciturno en vísperas de Navidad, ya me siento feliz hasta después de Reyes ¡Es tan barato!

sábado, 25 de diciembre de 2010

Cuento ejemplar navideño.-


Nunca recibió tantas muestras de solidaridad como aquellas navidades que pretendió vivirlas en solitario. Su mujer, cuya tediosa vida había llegado a la plenitud el día que consiguió parir la parejita, decidió, en un insospechado arranque de autosuficiencia, que cogía a los niños y pasaba la Nochebuena en familia, con su mamá, no sin antes colmar de reproches al marido adusto y misántropo que despotricaba ante el besugo de a 60 euros el kilo.

Él, al verse abandonado en tales fechas, con gesto compungido para ocultar una alegría que se le salía por las comisuras de los labios, le juró con toda desvergüenza que la echaría de menos en noche tan señalada.

Una tortilla francesa y una ensalada serían su cena, mientras escuchaba el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach. Un rato de lectura y la dicha de vivir el silencio serían actos satisfactorios que culminarían sus más íntimas y elementales necesidades.

Pero, ya a media tarde, la suegra le telefoneó para reprocharle el abandono en que dejaba a su familia, a la vez que, sin sutileza ninguna, se hacía en voz alta alguna reflexión sobre la lamentable suerte que había tenido al tocarle tal yerno, más raro que un gato verde y más antisocial que un drogata.

Compañeros de oficina hubo cuyo empeño en llevárselo a casa a cenar fue repelido con gruñidos que le valieron odios para el resto de su vida laboral. Amigos bondadosos y plastíferos estuvieron a punto de echarle la puerta abajo para secuestrarlo en nombre del amor fraterno que emponzoña en estas fechas el espíritu navideño. Hasta los vecinos de al lado, partícipes, a través del tabique, de las broncas familiares, se brindaron con melíflua hipocresía a sentarlo a su mesa. Incluso hubo alguna ONG, de esas que socorren a solitarios y desamparados en los fríos días invernales, que pretendió llevárselo a un comedor comunal donde compartir la sopa de la beneficencia, turrón de DIA y villancicos cantados con voz vinosa por los desheredados de la tierra.

Deprimido por tantos atentados a su intimidad y angustiado por la opresión de una sociedad solidaria a plazo fijo, decidió tirarse por el viaducto, ya que éste sería el único acto estrictamente personal en el que nadie podría interferir.

Caminaba por la calle de Bailén cuando fue observado por una patrulla de la policía municial que, con profesional celo y perspicacia deductiva, fruto de largos años de servicio, se olió la tostada del suicidio e impidió cualquier intento de auto inmolación sobre el asfalto de la vía pública.

Le metieron en el coche celular y se lo llevaron a los calabozos de los juzgados. Allí, un picoleto de buen corazón le dió un café con leche de la máquina y le dejó a solas con sus pensamientos.

Por primera, y única vez en su vida, vivió unas horas de soledad.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Impresionistas y otras impresiones.-


El caso es que esta semana pasada uno ha tenido en casa visita familiar a la que hemos agasajado con un chute de museos que la ha dejado culturizada por largo tiempo. Dijo, cuando llegó de Pamplona, que venía con intención de visitar algún museo y le tomamos la palabra más allá de lo que recomienda el deber de hospitalidad, hasta la pura saturación. Pobre criatura, la cantidad de museos y exposiciones que ha podido ver en estos días...
Últimamente Madrid parece empeñada en homenajear al impresionismo francés. Cuanto más gris e irrespirable se vuelve esta ciudad con la contaminación, y cuanto más sucia con las basuras a medio recoger, mayor es el empeño en mostrarnos las bellezas - siquiera en pintura - de la naturaleza en plena eclosión de colores y luces, los cielos azules y los aires transparentes. Cuanto más marrana está la ciudad, más impresionistas nos echamos al coleto que distraigan al personal de la cochambre municipal.
Si uno posa la vista sobre los raquíticos céspedes con calvas del parque del Calero (por ejemplo), lo que ve es el suelo público tachonado de marrón/mierda de perro por doquier y no esos verdes jugosos y esas pinceladas de colores vivos. Tenía razón quien dijo que va mucho de lo real a lo pintado. La realidad es más fea y más inmediata. Desengañémonos, nadie puede tener un Pissarro o un Monet en casa, pero tiene enormes posibilidades de pisar una cagada de chucho en la acera. La vida es vulgar y feucha, casi no hay ni que decirlo.
Renoir en el Prado, con multitudes ansiosas por hacer colas infinitas para consumir de visu su producción pictórica, y los Jardines impresionistas en el Thyssen y en la Casa de las Alhajas, despliegan toda la gama de colores luminosos y nos muestran la belleza cambiante de la naturaleza, los tonos dorados del atardecer, los primeros soles de la amanecida. Todo es belleza y armonía. Parece como si, de repente, a este Madrid estepario y habitualmente requemado por los soles meseteños y los hielos invernales, le hubiesen brotado todos los bosques, prados y florestas de la dulce Francia. Pero sólo en las salas de los museos.
Ya digo, es curiosa la concentración que estas semanas hay en Madrid de pintura impresionista. Incluso en la Fundación MAFRE, dentro de una interesante muestra de pintura norteamericana, una de las secciones está dedicada al impresionismo autóctono. Claro que uno, en su acreditada ignorancia, desconocía que existiesen impresionistas yanquis, tales como William Merritt Chase o John Henry Twachtman (que jamás lograré recordar).
Uno, que es europeo periférico, por educación y por inclinación es, además, eurocéntrico y se le nota en su barniz cultural. De las corrientes culturales norteamericanas, aparte conocer algunos célebres escritores, como cualquier aficionado a la literatura, apenas sabe de sus movimientos pictóricos. Conoce algo, como todo el mundo del pop art y de su profeta Andy Warhol. Sabe que fue un intento exitoso de transformar la Cultura (con mayúsculas y de élite) en cultura apta para el consumo de masas y que las célebres latas de sopa Campbell´s son un icono yanqui, al igual que la imagen de Marlyn Monroe: objetos de consumo masificado y de fama efímera: Arte de usar y tirar.También ha visto en las exposiciones algunos cuadros de Edgard Hopper, que reflejan la soledad del individuo en la sociedad moderna y que, a su parecer, tienen mucho más valor como testimonio humano que el colorido acrílico de los productos seriados de The Factory.
Pues bien, intentando vencer los prejuicios culturales a los que se siente tan aferrado, un servidor fue a ver la exposición Made in USA en la Fundación MAFRE y tuvo ocasión de observar las corrientes culturales de aquel país a través de su pintura. Desde la pintura paisajística, inspirada en una visión romántica de aquellas tierras casi vírgenes, previas a la industrialización del país y a las grandes migraciones, que cambiaron definitivamente la relación del hombre con la naturaleza, hasta las últimas vanguardias del expresionismo abstracto, allá por los años 40 y 50 del pasado siglo.
Pero, de todas las secciones en que se divide la exposición, quizás la que más le ha impresionado ha sido la dedicada al "realismo urbano", a alguno de cuyos componentes llamaron "precisionistas" por su afán de reflejar la ciudad en su cruda realidad impersonal (prescindiendo de una visión humanizada) como un marco inhóspito e impersonal donde se desenvuelve la sociedad industrial. La técnica que se emplea para mostrar esa sensación de soledad del individuo frente a la megalópolis fabril es la que corresponde en estos casos: colores fríos y planos, esquematización y veticalidad inspiradas en los rascacielos y las chimeneas de las fábricas, volúmenes reducidos a pura geometría, calles trazadas a tiralíneas, ausencia de personas que den vida... Una visión crítica de su propia sociedad industrial. Y uno pensaba que en yanquilandia no hacían más que mirarse el ombligo... Ya digo, uno es que se pone a observar y se le tambalea el sombrajo de los prejuicios culturales.
Uno, desde que lo conoció hace algunos años, siente admiración por Hopper. Y no precisamente porque encuentre belleza en sus obras (para eso están los impresioneistas) sino por la sensación de soledad y distanciamiento que se percibe en sus figuras solitarias, indiferente, que aperecen ignorar al espectador mientras se enfrascan en sus propios pensamiento y soledades. En la exposicón puede verse su obra Domingo, en la que un individuo, sentado en la acera de una calle solitaria, con lo que parece una tienda cerrada a su espalda, fuma a la espera de que vayan pasando las horas de inactividad dominical. Es una escena simple y desoladora. Bien distinta de las representadas por esos pintores barrocos del Prado que te incitan a participar del asunto que se desarrolla dentro del cuadro, mediante el recurso a algún personaje que mira hacia el espectador y le invita con un gesto a introducirse en la escena. Aqui, no. Aquí el espectador es un intruso al que la escena parece decirle: No hay nada que ver, amigo ¡Siga su camino!
Y ya puestos a hablar de arte norteamiricano, en la Fundación Juan March hay una larga muestra del paisajista Asher B. Durand que merece una visita tranquila. Se habla allí de "paisajes terapeúticos", como cuando yo voy a mis marchas serranas. Según parece, el pintor sufría depresiones en Nueva York y le recomendaron disfrutar de la naturaleza. Los bosques, lagos y montañas tienen, según Durand, un poder curativo sobre el espíritu.
... Y por hoy, vale.
Por cierto, la entrada anterior, la de Allumer sa pipe iba un poco de coña. Con tanto ajetreo de visitas estos días pasados, no tuve tiempo de escribir nada, así que coloqué ese pequeño texto en francés. Me explico: Se trata de un ejercicio escolar, de cuando estudiaba en el Instituto Francés. Por entonces, el escritor francés Philippe Delerm puso de moda la literatura minimalista con su obra La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules, y el profe nos mandó escribir un texto minimalista. Yo lo escribí sobre el placer de fumar en pipa.
Pues eso. Que el improbable lector me perdone el desbarre.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Allumer sa pipe.-


Il y a toujours quelque chose d’émouvant et hasardeux, semblable aux sentiments d’un aimant indécis, à l’élection d’une des pipes rangées dans son armoire pipière.
Les yeux glissent amoureux sur chacune d’elles en les caressant mentalement, songeant sa texture, son allure sinueux, la légèreté de son poids. Et ces petits objets de désir, comme concubines dans son gynécée, s’insinuent prêtes à offrir un instant de plaisir au fumeur.
On prend une, en bruyère, et les bouts des doigts parcourent doucement, d’un geste délicat, sa surface. Les formes arrondies de la pipe, sa surface polie, comme une peau lisse et tiède, semblent un sein féminin doux et chaud prêt à la caresse d’une main connaisseuse.
On pose à l’intérieur de la pipe le tabac à petites pincées en le serrant d’un geste moelleux. Quelques petits brins restent prisonniers entre les ongles et la chair des doigts index et pouce, dégageant un subtil arôme, prémonitoire du plaisir de la première bouffée de fume parfumé.
L’allumette, flambeau minuscule, allume le feu au four de la pipe, et un tout petit volcan odorant lance des fumerolles parfumées qui entourent le fumeur dans un nuage bleuté.
Alors on ferme les yeux, on aspire profond et le fume odorant envahit les poumons. Par un second à peines, le fumeur perde la conscience, un tout léger étourdissement lui transporte au paradis et il se sent flotter.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Según costumbre, hablando de oídas.-


Uno se apresura a confesarlo: lo que escribe en esta bitácora no es en absoluto original, porque siempre habla de oídas y no sería decente presumir de un pensamiento fundado en la reflexión profunda. Uno oye cosas y, luego, habla. Si los textos que aquí se vuelcan tuviesen alguna originalidad, seguro, seguro, estarían protegidos por mil royalties, por varios cerrojos de derecho de autor. Es norma de obligado cumplimiento que nadie muestre su originalidad gratuitamente. Pensar, elucubrar o tertuliar en la radio, la tele o el periódico son actividades que están sometidas a precio. Aunque carezcan de originalidad, con tal de que lo parezca, vale. En la bitácora, no (por lo menos, en ésta); no se pretende pasar el gato de la vulgar opinión por la liebre de la originalidad.
La bitácora es un campo franco donde uno puede disparar sus opiniones en cualquier dirección sin necesidad de pasar por inteligente, ni de blindar sus originalidades mediante cláusulas que le garanticen una contraprestación económica. Lo cual supone una doble ventaja: primera, que el improbable lector ya sabe que el fulano de la bitácora la usa como desahogo mental; segunda, que el dicho fulano sabe que el lector no espera gran cosa de sus opiniones, lo que le tranquiliza enormemente y le permite hablar de lo divino y lo humano sin temor a defraudar.
Lo dicho viene al caso, aunque traído por los pelos, porque uno querría hablar de la audición, este domingo pasado, de un concierto en el Auditorio Nacional. En estos tiempos en que los poderes públicos malbaratan el patrimonio estatal y los derechos ciudadanos al pie del altar del Moloch al que llaman “Mercados”, la audición de una sinfonía de Haydn es un bálsamo que le recompone a uno los entresijos del alma atribulada.
Con la sociedad alborotada estos días porque unos miles de personas no pueden (en este puente de la Consti) huir en avión de sus mediocres vidas por unos días; con un gobierno que los pone encima de la mesa frente al colectivo de controladores aéreos, privilegiado y odiado pero en funciones de chivo expiatorio muy a propósito para la ocasión; con un colectivo – éste desfavorecido socialmente - que hemos dado en llamar “parados de larga duración”, al que se le niega hasta el subsidio de subsistencia; con un Gargantúa insaciable – “pasar a manos privadas” dicen que lo llaman – que devora los restos de ese pastel que llamábamos estado del bienestar (contratos fijos, salud pública, educación, infraestructuras, Aenas volátiles)…, no nos queda otra que buscar un alivio momentáneo allá donde lo haya, o donde se halle.
Y uno (qué cómodo ese “uno”, esa forma impersonal de denominarse y hablar como si se tratase de otro) que no es hombre de acción como el Avinareta barojiano; ni disfruta de una ideología maciza y sin fisuras que le permita ir por la vida pisando como con bota militar; y ni siquiera tiene la inocencia de la credulidad domesticada – tan útil para no complicarse la vida –; ese uno, digo, cada vez que puede, se refugia en la trasnochada estética. Estética de andar por casa, claro; estética de clase media: una exposición por aquí, un concierto por allá, un libro, una paseata por la otoñada campestre… Retazos del placer estético a precio módico. Y de eso habla en su bitácora, y lo habla de oídas.
El caso es que Joseph Haydn escribió 106 sinfonías, doce de ellas en la capital inglesa, las llamadas sinfonías londinenses. Es un caso de trabajador prolífico que supo adaptarse a las necesidades del momento. Digamos que “hizo la reconversión industrial” cuando cambiaron las reglas del mercado de la música, aunque suene raro emplear esta terminología para hablar de un músico del S.XVIII. Piénsese que Herr Haydn es hechura del Antiguo Régimen; que vivió una larga carrera musical bajo la protección de la rica familia Esterházy, siendo su maestro de capilla. Cuando le pusieron en la calle, al cabo de 30 años de servicio, un empresario musical le ofreció dar conciertos en Londres, con lo que pasó de ser un sirviente de familia aristocrática a empresario autónomo, dando conciertos en el King´s Theatre de Londres, con gran éxito de público y amejoramiento de su caché y engrosamiento de bolsa.
De este periodo es la sinfonía 102 que escuchamos el domingo y bien me gustaría decir unas palabras sublimes sobre esta obra, o describir la emoción estética que sentí al verla dirigida por Giovanni Antonini, quien parecía tener a la orquesta en la punta de los dedos. Pero me temo que ni yo tengo capacidad para hipérboles musicales, ni el improbable lector me lo iba a aguantar. Sí diré que, de oírla en casa, enlatada en un CD, a oírla en la sala de conciertos va un mundo de cualidades sonoras y matices auditivos que no hay tecnología que lo logre igualar.
Porque el melómano ocasional, cuando encuentra entradas para una audición, no sólo escucha música, sino que la ve brotar de entre las manos del director. Éste es un demiurgo en proceso de creación de un mundo sonoro al que imprime su soplo creador. Un gesto, un movimiento de sus manos, hacen que las notas cosificadas en la partitura cobren vida y discurran como un soplo, se encrespen como oleaje, se rompan en un chisporroteo de luces sonoras, se conviertan en un murmullo armonioso o en un grito de emociones. El espectador se ve envuelto en un mundo sonoro que le transporta – por poco tiempo, bien es verdad – a un mundo ideal donde no cabe la vulgaridad del transcurrir diario. Un mundo donde, como decía un amigo de hace muchos años, se transita de la ética a la estética sin pasar por la mística.
Y, cuando uno pone los pies sobre la tierra y coge el periódico dominical y lee que Ánsar nos amenaza con volver a la política para perpetrar la restitutio Patriae en plan Isla Perejil, uno se teme que hay gente que carece de ética y de estética… y de sentido del ridículo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El tratro y la vida.-


Uno no va mucho al teatro, por razones que no vienen al caso, siendo, como es, el espectáculo que más le gusta. Uno ya sabe desde siempre que el teatro es un artificio, como lo es el cine. Aun así, prefiere el primero al segundo porque lo considera más “natural” y próximo al espectador.
De técnicas cinematográficas – que se le perdone la ignorancia – uno no sabe gran cosa; apenas que un fragmento de escena puede repetirse durante horas hasta conseguir que salga bien; luego, al montarla, se pega a la anterior y a la posterior y ya tiene uno una secuencia aparentemente perfecta y siempre igual a sí misma, no importa cuántas veces se proyecte sobre la pantalla.
En el teatro, no. El actor se la juega a cada representación, y el espectador está allí presente, acechándole, y se remueve inquieto en su butaca si las cosas no salen como debieran. No puede decirle el actor, si se trabuca: “Un momento, hombre, que repito la escena. A ver si ahora le gusta más”. Actualmente somos más circunspectos y apenas nos quejamos, pero en tiempos, ya se sabe, los espectadores no se andaban con miramientos y les tiraban tomates.
Por lo demás, tan artificioso es el teatro como el cine. El escenario teatral no deja de ser un espacio vacío, cúmulo de convenciones a las que llamamos decorados, que aceptamos por realidades. Los actores fingen un personaje que, por gracia de la acción, se transmuta en una persona viviendo su propia vida; viene a ser, como quien dice, un juego de muñecas rusas insertadas una dentro de otra: el actor dentro de la piel del personaje al que transciende como ser de ficción para convertirlo en una persona tan real como estemos dispuestos a creernos. Y el remedo de vida representada, mientras dura la obra, es tan semejante a la realidad que el espectador hace un acto de fe y se lo cree.
Con la única condición, claro está, de que nos encante, de que sea mágico. Esto es, por arte de birlibirloque el espectador se ve trasladado a un mundo maravilloso donde todo es ficción/realidad; lo sabe y no le importa, así que renuncia momentáneamente a su propia existencia y se mete en los entresijos de vidas ajenas que sabe fingidas pero verídicas y, por eso mismo, creíbles.
Ya digo, el teatro es una forma de encantamiento, como lo fue el retablillo de maese Pedro para don Quijote. Don Gaiferos, rescatando a su dama Melisendra de la morisma, era tan real que el caballero de la Triste Figura, por ayudarlos en su huída, sacó su espada y repartió mandobles hasta no dejar títere con cabeza. También a un servidor, de haber podido, le hubiese gustado saltar al escenario y convertirse en un personaje dieciochesco en la Francia que transitaba de la Monarquía a la Revolución. ¡Ah!No lo había dicho antes: la obra que estuvimos viendo fue Beaumarchais, de Sacha Guitry, interpretada por Joseph Mª Flotats.
De Pierre Augustin Caron de Beaumarchais uno sabia, desde el lejano bachillerato, que era dramaturgo y había escrito El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, y poco más. Así que indaga un poco en la vida de este personaje/persona y se encuentra con un hombre de origen modesto – hijo de un relojero – que estuvo al servicio de los dos Luises, XV y XVI, y fue espía, naviero, traficante de armas, prisionero en las cárceles reales, sufrió procesos judiciales muy sonados en su época, defendió la independencia americana y coqueteó con la Revolución francesa y casi le cuesta la cabeza. Una vida digna de representarse sobre un escenario.
Pero, como uno no tiene aptitudes de crítico teatral, poco puede decir salvo la admiración que siente por Flotats y su refinamiento cultural. Ya hace un par de años, tuvo ocasión de verle en La Cena, vis a vis con Carmelo Gómez. Representaban a dos conocidos personajes que vivieron la caída de la monarquía, la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Restauración. Ocuparon altos cargos con Napoleón: el siniestro Fouché, director de la policía, y el taimado Tayllerand, ministro con Napoleón y restaurador de la monarquía en la personal de Luis XVII. Dos personajes, el uno siniestro y el otro depravado que se entendieron muy bien y a los que retrató certeramente Chateaubriand en sus Mémoires d´outre-tombe (por casa hay una edición de Garnier, 1989): “De repente, entró el vicio apoyado en la traición”, dice de ellos cuando los vio en la antecámara del rey.
Pues bien, La Cena nos contó cómo ambos enemigos políticos se alían en defensa de sus personales intereses. Después de ver a Flotats encarnado a Tayllerand en la escena, nunca me he podido imaginar al viejo diplomático dieciochesco más que bajo su aspecto y sus ademanes. Y me temo que, tras verle interpretando a Beaumarchais, cada vez que oiga Las bodas de Fígaro, de Mozart, o El barbero de Sevilla, de Rossini, no podré dejar de identificar en una misma persona a Flotats, Beaumarchais y Fígaro.
Ese Fígaro, enamorado de Rosina, de quien el conde de Almaviva quiere beneficiarse, le echa en cara al noble: “Porque sois un gran señor os creéis un gran genio… Nobleza, fortuna, riquezas… ¿qué habéis hecho para tener tantos bienes? Os habéis tomado la molestia de nacer, y nada más”. Fígaro trae al escenario aires de fronda y revolución, ya que critica al estamento nobiliario en tiempos de una monarquía absoluta. Beaumarchais habla por boca de su personaje y denuncia la injusticia de una sociedad estamental, donde el nacimiento condiciona a las personas. Puro reflejo de la vida.
En estos tiempos, Fígaro les hubiese echado en cara a quienes controlan los capitales especulativos: “Porque sois poderosos os creéis con derecho a saquear las naciones y empobrecer a los pueblos…”
Releo lo anterior y me doy cuenta de que llevo un rato divagando…Pero ¿Quién podría decir que el teatro no es reflejo de la vida?

martes, 23 de noviembre de 2010

La lógica del absurdo como juego.-


Estas últimas semanas ando metido en un taller de escritura por aquello de ponerme al día en cuanto a técnicas literarias y despabilar la imaginación. Es cosa sabida que, a según qué edades, se van muriendo neuronas con más rapidez que se regeneran; por eso, un poco de gimnasia mental siempre ayuda a que las supervivientes no estén anémicas.
Pues el caso es que en el taller este pretenden exprimir el idioma, hacer juegos de manos con él y obligarle a decir lo que habitualmente no dice por falta de habilidad del hablante. Para eso, inventar neologismos inútiles o definir absurdos improbables es un ejercicio muy valorado; así como escribir un texto coherente suprimiendo alguna vocal, o tomar una hoja impresa y, mediante el tachado de palabras o sílabas, lograr que diga algo totalmente diferente. Vamos, lo que llaman un lipograma: le quitas la grasa sobrante al texto y dependiendo de tu habilidad, lograrás un churro o algo ingenioso.
A veces, moverse por las fronteras mentales del idioma obliga a chapotear directamente en lo absurdo. Lo absurdo, como todo el mundo sabe, es una esfera mental con sus propias reglas que, habitualmente, contradicen la lógica y la recta razón.
Ahí va un ejemplo ilustrativo: tengo una cuenta en el banco - millones de personas las tienen - con cierta cantidad de dinero, por la que me dan 0,0 intereses anuales. El banco negocia con mi dinero - y el tuyo, y el tuyo, y... -, no me da explicaciones de en qué lo invierte, ni cuánto gana con él, y encima me cobra 9 euros semestrales por el mantenimiento de la cuenta. Me quejo y me contestan que mantener la cuenta abierta comporta gastos que he de asumir yo, pues es mío el dinero. Al manipular esa enorme masa dineraria - la que, entre todos, hemos dado a los bancos -, corre el riesgo (dice) de sufrir pérdidas y debemos compartir los riesgos. El banco es una institución muy seria que está para ganar dinero, no para perderlo, y hacemos mal en reclamarle algo que nos corresponde.
Le doy a la máquina de la lógica corriente y me pregunto ¿Cómo es posible que mi dinero – y el de millones de personas – le produzca tantos quebraderos de cabeza al banco? ¿Entonces, para qué nos lo pide? ¿Es que el dinero que gana con nuestras perras no compensa sobradamente aquellos supuestos riesgos…?
Hombre – dice el banquero – si le pago intereses, no le cobro gastos y usted se empeña en saber qué hago con su dinero y cuánto gano con él ¿cómo voy a acumular riquezas? ¿Es que usted no ha oído hablar del neoliberalismo?
¿Se da cuenta el improbable lector? Lo que un ciudadano de a pie considera absurdo – aparte de un abuso manifiesto –, en realidad tiene su lógica interna: acumular riquezas a costa de los simples mortales, que no saben qué hacer con su dinero, ni donde guardarlo. Según piensan ellos, nos hacen un favor y aún nos quejamos.
Item más: entre todos los europeos acabamos de comprarnos una isla en ruinas que se llama Irlanda. Las desregulación bancaria, el neoliberalismo duro y la ineptitud de sus políticos han hecho que ese país esté en bancarrota. Nos van a costar unos miles de millones de euros y el gobierno aquel dice que apretará las tuercas a sus conciudadanos pero no tocará las tasas bancarias para que el capital especulativo no huya del país. ¡Hombre, hunden el país y son los únicos beneficiados! Se ve que este absurdo aparente tiene alguna lógica que se nos escapa a los que vamos a pagar los añicos del país ese.
Por eso, no estaría mal llevar el absurdo algo más lejos. Imaginemos – el taller de escritura permite y fomenta inventar situaciones absurdas –, como ha propuesto el ex futbolista francés Éric Cantona, que un millón de personas por aquí, otro millón de personas por allá, va, cada cual a su banco el mismo día, y retira íntegramente sus ahorros. ¿Seguiría prevaleciendo la lógica bancaria, o se daría un batacazo? Yo me paro a pensarlo y me parece orgásmico.
Pues, eso. Llevemos el juego del absurdo a sus últimas consecuencias, y a ver qué pasa. Uno, que conoció desde la lejanía de su mediocre juventud franquista, el Mayo del 68, sigue creyendo en las utopías, literarias o no: Seamos realistas, pidamos lo imposible. A lo mejor, logramos escribir una historia distinta, donde el absurdo aparente tenga sentido y nos vaya algo mejor.
A todo esto, yo quería haber hablado de Jacques Carelman y su catálogo de objetos imposibles, que parecen tener más sentido que el capitalismo especulador. Por eso, dejo la imagen de esa cafetera para masoquistas que permite, con gran comodidad, escaldar la mano que la maneja.

martes, 16 de noviembre de 2010

Una alegoría de Lucas Jordán.-

Hacía ya tiempo que no nos acercábamos al Museo del Prado, y este fin de semana hemos ido. Pero no a hacer esas interminables colas para ver la exposición de Monet, sino para disfrutar viendo y oyendo las explicaciones sobre una pintura de Luca Giordano, llamado también Luca fa Presto por sus contemporáneos (como quien dice: "Lucas el Rápido", por su soltura en el trazo, su facilidad con los pinceles y por su enorme producción). Lucas Jordán para los españoles, era una máquina de pintar, de pincelada rápida y algunos dicen que descuidada, pero de una vistosidad e imaginación sorprendentes. También se le achacó ser un copista de grandes maestros e imitador de coetáneos, debido a su facilidad para aprender y reproducir técnicas y estilos de maestros como Rafael o Rubens.
Este pintor napolitano aprendió el oficio con José Rivera, el Españoleto y recibió la influencia de la obra de Caravaggio. También trabajó con Pietro da Cortona y aprendió de la Escuela Veneciana la luz y el colorido, que tanto influyó en sus obras. En 1692 vino a España, a trabajar en la corte de Carlos II, donde se relacionó con Claudio Coello y Carreño de Miranda. Vamos, que era un krak de la pintura, dicho en terminología actual.
Su obra Rubens pintando la Alegoría de la Paz la datan aproximadamente en 1660, pero se ignora quién se la encargó. Formó parte del patrimonio del VII Marqués del Carpio, Gaspar de Haro y Guzmán, quien fue embajador ante el Vaticano y, luego, en Nápoles, y que negoció, a la par del embajador francés, la paz de Nimega en 1679. También formó parte de la colección del Marqués de la Ensenada, cuyos herederos se la vendieron a Carlos III, pasando, a partir de entonces, a formar parte de la colección real.
Esta alegoría de la paz puede entenderse si nos situamos en su contexto histórico, en un siglo lleno de guerras entre las naciones europeas y con la monarquía austriaca en el ojo del huracán: El S. XVII hereda la guerra del siglo anterior, que se conoce como de los Ochenta Años (terminada en 1648), sufre la guerra de religión de los Treinta Años (finalizada con la Paz de Wesfalia), más la guerra de veinte años con Francia y Tregua de Ratisbona, en 1684. Un siglo turbulento salpicado de frágiles treguas y decaimiento del poderío español, es lo que conoció Lucas Jordán. En fin, para hacerse idea es mejor acudir a los manuales de historia, y uno entenderá que Jordán pintase esta alegoría.


Como obra de su tiempo, pleno barroco, la profusión de personajes alegóricos, la distribución de masas y volúmenes, el dinamismo que envuelve a la obra, le dan una complejidad que requiere tiempo y observación para poder apreciarla en todas sus facetas. Uno, que no pasa de simple y asombrado espectador, dirá lo que buenamente pueda de ella, procurando mantener un mínimo de racionalidad en su explicación.
La composición se divide en dos ambientes bien diferenciados:
Uno, interior y en penumbra, el más próximo al espectador, enmarcado por el muro de la izquierda y la columna de la derecha. Rubens, ataviado como caballero y con la venera de Santiago en su ropaje, pinta la alegoría de la Paz, representada por Venus/Afrodita, quien rechaza con un gesto a Marte/Ares, dios de la guerra, tras la columna. Rubens está con los pinceles en la mano, en actitud reflexiva, modo de expresar que la pintura no es un bajo oficio mecánico, sino un arte liberal. No se olvide que, en la mentalidad estamental de la época, el trabajo manual es propio de gente baja, de menestrales, por lo que el pintor no está dando pinceladas, sino pensando cómo representar el mundo mental que aparece ante su imaginación y ante nuestros ojos tras ser plasmado por él. De ahí que aparezca con símbolos de la Orden de Santiago (nunca perteneció a ella), para mostrar su dignidad y merecimiento social.
El otro ambiente, exterior y más luminoso, donde se ven sendos cañones que atruenan con sus disparos, las columnas del templo de Jano, dios romano protector de la Urbe en caso de guerra (sus puertas permanecían abiertas durante la actividad bélica), y el propio Marte, rechazado por la Paz.
Sobre el pintor vuelan la Fama, que hace sonar su trompeta, Atenea/Minerva, diosa de la sabiduría, y la Abundancia. Todas ellas cualidades de tiempos de paz. Las musas, con instrumentos musicales (una de ellas tañe un laúd, y una ménade una pandereta) contraponen sus sonidos al estrépito de los cañones.
En el ángulo inferior izquierdo, una “Vanitas”, símbolo de la fugacidad de los dones de la paz, y un amorcillo que hace pompas de jabón, para mostrar la fragilidad de sus logros. Casi en el centro de la composición, abajo, en primer plano, un amorcillo con alas de mariposa que tiene en la mano la cinta atada a las patas de una paloma en actitud de elevar el vuelo. Es también de un simbolismo complejo, ya que tanto significa que va a darle suelta como que la impedirá que eleve el vuelo. Vamos, una paz bajo caución.
La complejidad de la mente barroca es algo que se escapa a la linealidad del pensamiento actual. Visto el cuadro, resulta tan abigarrado para nuestra mente racionalizadora y utilitaria que nos perdemos en él. Hay que pensar que el cuadro que pinta Rubens – dentro del cuadro de Jordán – es una realidad ficticia dentro de la realidad física de la composición que estamos viendo. Es como un juego de espejos donde las alegorías aparecen físicamente representadas, a la vez que reflejadas en el lienzo desde el punto de vista de Rubens. Uno, enseguida, piensa en Las Meninas, donde se emplea, con más complejidad, el mismo artificio, o en la Venus del Espejo.
En cuanto al movimiento de la composición, uno casi es incapaz de apreciar todas las fuerzas dispares, centrífugas y centrípetas que le dan dinamismo y lo convierten en un torbellino de energías. Si no, obsérvese en el ángulo izquierdo la disposición de la Paz/Venus/Afrodita y la Musa a sus pies que arrastran la vista en línea oblicua ascendente, introduciéndonos en la composición, hasta que el brazo derecho de la diosa y el izquierdo de la musa coronada de flores, tras la columna, nos empujan a rodear ésta y mirar hacia el exterior, donde está Marte, quien se inclina obligándonos a seguir, con su gesto, la mirada hacia arriba y la izquierda, hasta las diosas que flotan sobre el pintor. Como quien dice, prácticamente hemos recorrido todo el cuadro sin darnos cuenta de las fuerzas que nos movían a ello. Si miramos al angelote que lanza la paloma, veremos que su disposición oblicua hacia la izquierda, en equilibrio inestable, y la paloma en vuelo, nos llevan, de forma imperceptible, hasta posar la mirada sobre el pintor, tan lleno de dignidad. Son dos fuerzas contrapuestas que cierran la composición como en un óvalo. ¿A que sí?
Con esto, vale. Es mejor ir la museo (la obra está en la galería central, muy cerca de La familia de Carlos IV, de Goya. Ya que estamos al lado, mírese un rato y observe ¡qué familia!), sentarse en el banco frontero y observar con ojos críticos y curiosos. Si el continuo pasar de turista te lo permite, claro está.
Una semana de estas tenemos que acercarnos a la iglesia de San Antonio de los Alemanes a ver las pinturas de Francisco Rizi y Carreño de Miranda, donde también Lucas Jordán pintó los paramentos por encargo de Carlos II. Si se tiene ocasión, también hay que visitar el Casón del Buen Retiro, para ver su bóveda pintada con la alegoría de la monarquía hispana. Nosotros la vimos hace meses. Un alucine de simbolismos ¿Sabéis que la monarquía austriaca se dice descendiente de Hércules? Cuanto más decaimiento, más relumbrón. Casi nada.
El texto me ha salido un poco largo, pero me gustó tanto la visita que no me he resistido a hablar de ella. Perdone el improbable lector tanta monserga.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Río abajo.-


En 17 de enero pasado, dejé constancia de una marcha con el grupo de montaña del CSIC, que hicimos por el Manzanares, río arriba, desde los aledaños de Colmenar Viejo hasta Manzanares el Real. Esta vez, con la agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, hemos hecho una marcha río abajo, siguiendo su curso durante una buena cantidad de kilómetros, hasta tropezarnos con la cerca del monte del Pardo. Tramo todo él – recorrido en uno y otro sentido – que corresponde al Parque Natural de la Cuenca Alta del Manzanares.
Quienquiera que vea el Manzanares a su paso por Madrid, embalsado, urbanizado, domesticado y colector de detritus, al que varias depuradoras liberan de su servidumbre de cloaca capitalina, pensará que no merece la pena dedicar una paseata a este río. Pero está en un error. El Manzanares, desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa y su paso por la Pedriza hasta el embalse de Santillana, es un bonito río de montaña que se suaviza curso abajo en un trazo ya sinuoso, encajándose en su discurrir por tierras graníticas, hasta convertirse en un río remansado que forma meandros y arenales cuando entra en tierras del Monte del Pardo, pocos kilómetros más allá del puente de la Marmota.
Esta vez comenzamos a caminar en el Vado del Arcipreste, cerca del puente romano del Batán, bajo el viaducto de la carretera de Cerceda. De este lugar dice Juan Ruíz: “Cerca de aquella sierra hay un lugar muy honrado/ muy santo y muy devoto, de la Virgen del Vado”. En las proximidades, los indicadores nos dicen que por allí pasa una vía pecuaria y el GR 124, sobre el que transcurre parte del camino de Santiago que han trazado desde Madrid.
Como digo, en este tramo hay zonas en las que el río se encaja profundamente. Son tierras graníticas muy erosionadas y cubiertas por un bosque autóctono a veces ralo, a veces denso, donde el curso se adapta a las sinuosidades del terreno, buscando las tierras llanas. Su desnivel entre cotas apenas es apreciable, ya que en una distancia de unos 20 kilómetros, de aquí a Madrid, apenas alcanza una diferencia de nivel de unos 40 metros, de ahí su discurrir pausado.
Los parajes, en todo lo que alcanza la vista, ya digo, están cubiertos por especies propias del bosque mediterráneo, con abundancia de carrascas y enebros de la miera, especialmente, y algún pino disperso, y un sotobosque que jaras, lentisco, rosales silvestres y plantas aromáticas: tomillo, cantueso, y tantas otras especies que desconozco, que dan al paisaje esos tonos pardo-grisáceos y esa belleza discreta de las tierras castellanas. Abajo, en las orillas del río, un bosque de ribera con alamedas y saucedas. A veces, una mancha brillante de amarillos, ocres y oros viejos de algún grupo de chopos en todo su esplendor otoñal.
Todo a lo largo del río, pueden apreciarse los restos de viejos molinos hidráulicos y batanes, que fue una industria floreciente hasta que, a principios del pasado siglo, se represó el río en la presa del Grajal y se construyó la central hidroeléctrica de Navallar, que alimentó de fluido eléctrico a Colmenar. La electricidad dio paso a un tipo de industria más acorde con los tiempos y la energía hídrica fue cayendo en desuso.
Pero ahí están los viejos edificios en buena piedra granítica para dar testimonio de la industria que, desde la edad media, nació y se desarrolló al amparo de la fuerza motriz que proporcionaban las aguas del río.
Cerca de la presa del Grajal, el viejo puente medieval con un arco de medio punto, construido en granito bien labrado. Según leo, corresponde a un camino militar andalusí – para defensa de estas tierras frente a las incursiones cristianas durante la Edad Media – que unía Talamanca del Jarama con el valle del Tietar. Junto a él, y en paralelo, un moderno puente que salva las dos orillas y permite acercarse con coche a estos parajes. Este es un lugar de cómodo caminar, ya que vamos sobre el mismo trazado del canal, que llaman senda de la presa del Grajal.
La caminata, kilómetros más allá, a ratos, se convierte en un rompepiernas porque, aunque vamos río abajo, la irregularidad del terreno nos obliga a bajar hasta las orillas del río para, inmediatamente, volver a subir cerro arriba, por caminos a veces muy erosionados por efectos de las malditas motos de montaña que erosionan el terreno con la misma fuerza que una excavadora. Los montañeros nunca hemos entendido que se pueda disfrutar de la naturaleza montados sobre una máquina ruidosa y pestífera que abre grandes rodadas en los caminos, convirtiéndolos en desaguaderos por donde corren las aguas de lluvia arrastrando piedras y tierra en suspensión y provocando cárcavas que degradan el terreno. Y si no, véase la foto de la izquierda.

Paramos a comer en el puente medieval de la Marmota (en algún lugar he leído que del S. XVIII y no tengo medio de contrastar la información), junto a la tapia que delimita los montes del Pardo. La verdad es que la embocadura de este puente es un poco chocante, ya que, aunque salta el río con un arco de medio punto perfecto, su apoyo sobre la margen izquierda es un poco irregular, quizás para salvar la pendiente. El camino que baja hacia el puente, que presenta todavía restos de la vieja calzada romana, hace un quiebro bastante brusco a la derecha para adaptarse a su acceso y de ahí que el pavimento no mantenga la horizontalidad que se espera de todo puente bien trazado.
Sentados sobre unas rocas, mientras damos cuenta de los bocadillos, nos llenamos los ojos de paisaje y disfrutamos de la soledad de estos parajes. Frente a nosotros, el curso del río se desliza mansamente, ya en terrenos del Pardo vedados al caminante. A lo lejos, el río parece detener su curso entre arenales y semeja un estuario ya en su desembocadura. Pero es una ilusión falsa. Todavía le queda por atravesar la capital y salir en busca del Jarama, del que es tributario.
Regresamos hacia Colmenar Viejo siguiendo la tapia del Pardo y bordeando el cerro de la Marmota, primero, y luego por caminos llanos que se prestan a la charla larga y tendida, como nuestro paso de caminantes avezados. Arriba, algunos edificios para servicio del Canal y, cruzando el camino, antiguos aliviaderos en desuso.
A lo mejor, algún día, hacemos el camino del río entre Madrid y su desembocadura en el Jarama, si la maraña de carreteras, autopistas, vías férreas, nos lo permite.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Hoy hablamos de prensa y culos.-


No sé si por la tele o por algún periódico, me he enterado de que Sakira va a ser la burbuja dorada que alegre nuestras navidades de cava y turrón de supermercado, que a poco más vamos a llegar en nuestros dispendios.
Pues bien, aunque uno anda ya por edad provecta, reconoce su fascinación por el culín de la burbujita de las próximas navidades. Así que, por qué no, hablemos de culos y de prensa.
Allá en los años sesenta del siglo pasado, las alusiones literarias al trasero humano se resolvían en cultos eufemismos que enmascaraban tan rotunda realidad. La culta perífrasis latina que lo definía como ea corporis pars quae nominare non convenit, o sea, “esa parte del cuerpo que no es conveniente nombrar”, tenía su correlato castellano en el famoso dicho: “aquel lugar donde la espalda pierde su honesto nombre”. Éramos entonces muy educados, pero incapaces de llamar culo al culo; esto es, incapaces de llamar por su nombre a las cosas que de verdad importaban.
Bien mirado, aquellos, eran tiempos de subterfugios e hipocresía social; mientras que estos actuales, son tiempos de desinhibición y prensa gratuita.
¡Qué gran invento, eso de la prensa gratuita! El ciudadano de a pie ya no tiene excusas para sacudirse las telarañas mentales mientras viaja en el transporte público. Siempre tendrá a mano un periodiquillo, con grandes titulares, que le informe de la más acuciante actualidad.
Porque ¿qué actualidad puede haber más acuciante las próximas navidades que los vaivenes del culo de Shakira? Esa cantante contorsionista, de culito respingón y carnes bien dispuestas, que es un monumento de utilidad pública. Porque, desengáñese el improbable lector, los traseros de los famosos son un bien público, patrimonio cultural de la sociedad del ocio. Esas nalgas prietas, de simétrica perfección, son un logro social del que todos nos sentimos copropietarios; aunque, por tratarse de un bien escaso, su disfrute queda en manos de unos pocos privilegiados.
El glúteo, digan lo que quieran los pudibundos -si alguno queda-, es el nuevo objeto de culto de la sociedad de la imagen y, en cuanto ideal erótico, un valor intrínseco en sí. Aunque, también es cierto que los traseros más celebrados –ahí está la prensa, que informa y no miente-, están sometidos a las fluctuaciones del mercado por razones externas a su propia esencia, como son la publicidad y la fama. No obstante, aunque se puede especular con su valor de mercado, no ocurre así con su valor estético: éste no es mensurable en euros o dólares. Porque no todo es vil metal: una cosa es la configuración, turgencia y proporción de los traseros de Mónica Belucci o Jennifer López -pongamos por caso- y otra muy distinta la fama, y por ende, el caché de sus propietarias.
Traseros famosos los hay para todos los gustos: masculinos como el de Antonio Banderas o Eduardo Noriega; femeninos, como los de las ya dichas Shakira o Mónica - sin olvidar, para los añorantes, el anca poderosa de Sofía Loren -; y otros muchos que son epicenos o ambiguos, pelo y pluma, de los que la prensa especializada da cumplida cuenta. Todos ellos forman un cosmos de belleza carnal del que bien pudiera abstraerse la noción estética de culo ideal, digna del universo platónico, equivalente a las nalgas de la Venus calipigia, de las que los estetas decadentes siguen enamorados.
Y aunque hay malintencionados que acusan a la prensa de bajas miras, más vale en portada culo de famosa que discurso de político. Por lo menos, en las próximas navidades.

sábado, 30 de octubre de 2010

Orweliana: La Habitación 101.-


Los amigos se lo decían. La familia también. Los conocidos, los compañeros de trabajo, todos. Todo el mundo se lo venía diciendo desde hacía ya tiempo. Incluso en la junta de vecinos, el administrador le advirtió:
– Mire usted, Fulano, esas cosas que escribe no están bien.
Pero Fulano no hacía caso a nadie. Era un crítico del sistema. Según decían, tenía una pluma brillante y mordaz, y, además, una columna diaria en un periódico de prestigio. Allí, con ironía e ingenio, ponía en evidencia a los poderes públicos. Ridiculizaba sus discursos, era mordiente con sus corruptelas e incongruencias y no había Ministerio donde, de Subdirector General para arriba, no se echaran a temblar cada vez que Fulano les sacaba en su columna.
Se sentía tan seguro que ni siquiera se mordía la lengua a la hora de criticar al Ministerio de la Verdad. El Ministerio de la Verdad había nacido en la última remodelación ministerial, cuando un escándalo político-financiero de magnitudes hasta entonces nunca conocidas, había hecho caer al gobierno.
Con el pragmatismo que caracteriza a la clase política, el nuevo gobierno, al adjudicar las nuevas Carteras, decidió crear el Ministerio de la Verdad. Dado que la corrupción es una característica inherente a todo tipo de Poder (democrático, oligárquico, autocrático), este ministerio tendría por misión velar por el buen nombre del Poder. Cualquier escándalo: tráfico de influencias, negocio de armas, transfuguismo por imperativo crematístico, licitaciones amañadas, etc., etc., serían filtrados a través suyo.
La noticia, siguiendo los cauces de la veracidad informativa oficial, debería darse de forma que no alterase el normal transcurrir de la ciudadanía. La paz social debía quedar garantizada ante cualquier escándalo, desde el simple cohecho de un concejal pueblerino hasta el braguetazo extramatrimonial del Subsecretario del Ministerio de la Familia y Asuntos Religiosos. Y el Ministerio de la Verdad tenía esa alta responsabilidad.
– Don Fulano –, le decía cada noche el becario que repartía la correspondencia en la redacción –, aquí le dejo los papeles del ministerio. Y soltaba en la cesta de la correspondencia varios sobres con membrete ministerial.
Y es que en la mesa de Fulano se acumulaban las citaciones, oficios admonitorios, amistosas notas extra oficiales, requerimientos y todo tipo de comunicaciones administrativas producidas por las oficinas del Ministerio de la Verdad. Se decía, incluso, que en las dependencias ministeriales existía un Negociado especializado en la interpretación y exégesis de los textos que Fulano publicaba a diario. Dichos textos eran cotejados con el manual de estilo redactado por el ministerio. Cuando a la verdad oficial no se le correspondía la interpretación periodística de Fulano, se cursaba el correspondiente documento oficial, siguiendo el trámite que marca el procedimiento administrativo.
– Oye, Fulano – le aconsejaba un colega bienintencionado – ándate con ojo, no vayas a terminar en la Habitación 101.
Y es que en los medios periodísticos existía la creencia en la Habitación 101. Nadie, a ciencia cierta, sabía de su existencia. Eran rumores que se propagaban por las redacciones de los periódicos, por las cátedras de las universidades, por los platós de las televisiones, por las empresas editoriales y, en general, por cualquier lugar donde se pudiera generar y difundir una opinión que disintiese de la del Ministerio de la Verdad.
Por si acaso, todo el mundo consultaba el manual de estilo, que el Ministerio de la Verdad repartía con profusión, siempre acompañado con un “Saluda” del Director Gral. de la Recta Opinión. También Fulano tenía uno en un cajón de su mesa de despacho, encuadernado en piel y con cantos dorados, regalo especial del propio Ministro. Era un privilegio exclusivo. Su verba ácida y la incisiva mordacidad de sus artículos le habían hecho acreedor a esta atención tan personal. Incluso, en ocasión memorable, recibió la llamada personal del Sr. Ministro:
– Fulano – le dijo entre otras cosas – con lo bien que usted escribe, se iba a aburrir mucho en la Habitación 101. Pero el Sr. Ministro era un político campechano y todos sabían que nadie le ganaba a bromista en el Hemiciclo, así que Fulano no se sintió amenazado.
Y Fulano seguía escribiendo sus crónicas de la corrupción urbanística, política, financiera. Por su culpa, un día tenía que cesar el alcalde que había adjudicado a dedo una obra a su yerno. Otro día, una inmobiliaria del Gerente de Urbanismo se declaraba en quiebra. Fulano había averiguado que no existía el terreno donde, supuestamente, se iban a construir tres mil viviendas, cuyos adjudicatarios llevaban ya dos años pagando letras.
El día que destapó el asunto de los coches de lujo, se organizó una trifulca monumental en el Congreso de los Diputados. El cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición llevaba años vendiendo coches oficiales -robados en los emiratos árabes- a los presidentes autonómicos, a los alcaldes de las capitales y a los delegados del gobierno. Además la fina nariz periodística de Fulano había descubierto que un sobrino de la ex mujer del Presidente del Supremo Tribunal para el Control de la Pureza en la Aplicación de las Leyes, tenía una empresa donde se blindaban todos los coches que aquel cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición vendía a la clase política.
Nada más salir la crónica de Fulano, el Ministro de la Verdad tuvo que sufrir la interpelación parlamentaria más dura de su vida. Con razón, el Portavoz de la Oposición se preguntaba desde la tribuna del Congreso qué utilidad tenía despilfarrar el dinero del contribuyente en tal Ministerio de la Verdad, si el sufrido contribuyente, encima, se veía obligado a soportar en toda su crudeza la realidad de la corrupción política.
Aquella misma noche, Fulano no apareció por la redacción. De su casa había salido, a la redacción no había llegado. Según decían, se había encontrado con dos amigos y se lo habían llevado de copas…
Cuando a Fulano le introdujeron en la Habitación 101, vio ante sí un encerado de cinco metros de largo por uno y medio de alto. Al lado, un palet con paquetes llenos de barritas de tiza. En el ángulo superior izquierdo de la pizarra, esta frase: Nunca diré la verdad sin permiso, que ya lleva escrita un millón cuatrocientas ochenta y tres mil doscientas veintiocho veces. Cada vez que completa el encerado, éste se borra automáticamente y él empieza a escribir por el ángulo superior izquierdo: Nunca diré la verdad….
Según parece, todavía tiene para siete años más.

miércoles, 20 de octubre de 2010

DNI

Qué pesado es el señor del blog este, pensarán los improbables lectores que lean esta entrada. Verán en ella que vuelvo a hablar de asuntos jubilatas. Conste que no es por obsesión enfermiza, que uno lleva con mucha sandunga lo de las artrosis repartidas por su aparato locomotor y no acostumbra a quejarse; es porque la realidad – en este caso la realidad burocrática – se empeña en mostrarme, a veces como por casualidad, que algunas formas de vida que uno conoció han terminado en el baúl del olvido. Incluso para la Administración, cuyo tempo es más lento que el de la propia sociedad.
El asunto es que este lunes pasado he ido a la comisaría de Ventas a renovar el carné de identidad. El que he tenido durante los últimos 10 años mostraba a un hombre con pelo negro (todo el pelo en su sitio) y barba negra y bien poblada. Cada vez que lo sacaba para identificarme, siempre tenía el temor de que me lo rechazaran porque aquel retrato mantenía una lozanía que no se correspondía con mi fisonomía actual. Venía a ser como la obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, pero con la trama invertida. Al paso de los años yo acumulaba arrugas, perdía pelo y ganaba canas, mientras que la foto del DNI seguía mostrando la tersura de la piel y las pilosidades cabelludas y barbadas negras y al completo. Un drama.
Es lo que tienen las fotos, que son un espejo de efecto retroactivo: te muestran como eras la primera vez que fuiste a Grecia, o cuando viajaste en un falucho por el Nilo el año de la tos… Y de todas las fotos, la peor la del carné. Porque las otras las guardas en un cajón y te olvidas de ellas. Si un mal día tienes un acceso de añoranza por les beaux vieux temps (siento debilidad por los decires gabachos), vas, las sacas, las miras como quien desempolva reliquias venerables. Luego, y por este orden, sueltas una lágrima emocionada por la lozanía perdida, a continuación te cabreas y las vuelves a guardar en la caja de zapatos de donde nunca debieron salir. Pero la del carné, de verdad, es una jodienda permanente: llevas en la cartera la cara de alguien que fue pero ya es otro.
Bueeeno… Lo de la foto de carné ha sido una salida por la tangente. Cuando te das cuenta que hasta la administración territorial ha cambiado, y que el municipio donde te inscribieron recién nacido no consta como tal en la base de datos de la policía, entonces sabes que formas parte de la historia. Y formar parte de la historia – la que se escribe con minúsculas – significa que llevas mucho tiempo vivido.
Nací en una aldea de labradores, en Navarra, que no tenía entidad suficiente para ser ayuntamiento y dependía del de Galar. Galar (que también es uno de mis apellidos) era la cabecera municipal de la cendea del mismo nombre, en la Cuenca de Pamplona, que agrupaba a una docena de aldeas. Me inscribieron en su registro y siempre ha constado en mi documento de identidad que yo era nacido en “Beriáin-Galar”. Al informatizar el Ministerio del Interior los datos de filiación, como Beriáin ya tiene su propio ayuntamiento desde hace muchos años, no consta en la base de datos policial un municipio “Beriáin-Galar” y va y resulta que no me pueden expedir el DNI.
Porque, a efectos de la Administración, no existe un municipio con tal denominación y el DNI (que es un documento muy serio) no puede expedirse incompleto. Como, de acuerdo con la base de datos de Interior, he nacido en un municipio inexistente, me temo que mi nacimiento hay que ubicarlo en el limbo de los lugares sin entidad. Así que, de momento, y mientras la autoridad competente no decida sobre si he nacido o no en un ayuntamiento que aún no existía – Beriáin – cuando vine al mundo, soy un apátrida de patria chica.
Como quien dice, la reforma provincial llevada a cabo por el ministro de Fomento Javier de Burgos, en 1833, me pilla muy a trasmano; la reforma territorial en Comunidades Autónomas de la Constitución de 1978, me pilló ya talludito. Entre medias, mi aldea ha pasado de pedanía a municipio y en mi carné seguía constando una entelequia territorial inexistente a efectos de identificación de mi persona.
Total que, de momento y hasta que la autoridad decida si he nacido en un municipio que se constituyó años después de venir yo al mundo, ando técnicamente indocumentado; o, si se prefiere, con un documento de identificación donde consta un lugar sin existencia legal. Nacido en un no-lugar, estos días llevo una no-existencia legal que me tiene en un ¡ay!
¿Quién ha dicho que la vida del jubilata carece de emociones…?

jueves, 14 de octubre de 2010

Teoría de la tercera edad.-


Pensaba estos días que vivimos unos tiempos en los que nos movemos en categorías prefijadas por pura convención social; encasillamientos en los que nos instalamos y que actúan como certezas que nos liberan de la molestia de pensar. Esa sensación, al menos, es la que he sentido ante algo tan trivial como es haber recibido estos días la tarjetita del abono de transportes de la tercera edad, ésa que certifica – de hecho – que uno ha llegado a los 65 años y es irremisiblemente un jubilado teórico y práctico y a todos los efectos.
Condición de jubilado que lleva aparejadas algunas ventajas sociales (transporte casi gratuitos, viajes del INSERSO, entradas libres a los museos…– Todo eso mientras el programa de festejos neocom no vaya metiendo la tijera –) y un montón de achaques que van tomando posesión de la persona humana (como dicen por ahí) de cada cual; molestos okupas que un día se te instalan en los entresijos del cuerpo y del alma como si fueses una casa en lento proceso de ruina, y no los desalojas por muchas visitas que hagas a la farmacia o al gerontólogo de guardia.
Cuando llegué el otro día al estanco y me dieron el documento de marras, respiré tranquilo, como si, por fin, abandonase ese limbo de imprecisión en el que me he movido estos tres últimos años. Porque un individuo como un servidor, que se jubiló anticipadamente, es un elemento social que aún estaba en edad laboral pero al que la legislación vigente le había permitido esa vía de escape. Vía que uno aprovechó no porque el trabajo le resultara una actividad insufrible – más bien lo contrario: resultaba hasta gratificante y razonablemente bien pagada –, sino por el íntimo convencimiento de que el trabajo asalariado es, simple y llanamente, una maldición bíblica. Un dios justiciero – o rencoroso – según la perspectiva de cada cual, condenó a la humanidad a dedicar gran parte de su vida al trabajo del que otros, menos alcanzados por la maldición bíblica, sacan provecho.
“ In sudore vultus tui vesceris pane, donec reverteris in terram” (Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra), eso, al menos, es lo que – según la Vulgata Latina – dice el Génesis que dijo ese dios bíblico al que – en ese mismo Libro – se dice fue el primer hombre sobre la tierra. Un pesimismo antropológico que siempre he tenido muy presente, con independencia de las connotaciones religiosas en las que se sustentaba. Claro que, en mi descargo, puedo decir que la razón de ver en el trabajo una maldición divina y no una oportunidad de progreso no es del todo mía. A los de mi generación nos educaron dentro de una rancia cultura católica que impregnaba todos los aspectos de nuestras vidas. Si en lugar de haber vivido una infancia y juventud nacional-católicas hubiese nacido en una sociedad calvinista ginebrina, ahora no sería un jubilata que arrastra el lastre del pesimismo social, sino que sería un broker, un banquero intoxicador de economías domésticas mediante subprimes, un acaparador de stock-options o un traficante de armas.
Ya se sabe cuál es la justificación moral del capitalismo: el éxito en los negocios es un signo cierto de predestinación divina. Si triunfas en la vida, si acumulas riquezas, es que Dios te ha señalado con su dedo como a uno de sus elegidos; si eres un asalariado de medios pelos, ese mismo dios te da la espalda. Y no te digo si eres un parado de larga duración: esta vida no es más que un anticipo del infierno por venir.
Si Calvino hubiese tenido sentido del humor, hubiese dicho a los suyos: Al que nace pa´ martillo, del cielo le caen los clavos. Pero el humor les está vedado a los fanáticos religiosos.
Tercera edad, a lo que íbamos. En el juego de la Oca de la vida, la ficha acaba de caer en esa casilla y la etiqueta correspondiente ya es para el resto de lo por vivir. Para huir de ese encasillamiento hay subterfugios muy cotizados: "por dentro me siento joven, estoy lleno de proyectos, mi reloj biológico marca 15 años menos…" Y todas esas técnicas de libro para el refuerzo de la autoestima y negación de la evidencia. Pero la técnica más socorrida en nuestra sociedad es la de la hiperactividad. El abuelo de boina y charla pausada al sol ha dejado paso al jubilata dinámico; el que se monta un blog, el que va al gimnasio, viaja, estudia idiomas, devora actividades culturales.
Cualquier cosa menos una vida sin objetivos. Una huída hacia delante en busca de una juventud que se quedó atrás. Cualquier cosa vale, menos pararse, hacer introspección y pensarse a sí mismo como un ser que algo debe a la sociedad y que ésta le reclama: Puesto que ya no produce, al menos que consuma.
Mira por dónde, uno, de repente, se ve a sí mismo bajo una perspectiva heideggeriana: el jubilado no es más que un ser-para-el-consumo. ¿Para qué sirve un individuo improductivo y con una asignación mensual? La respuesta es evidente: para consumir. En la medida que consume, compra, gasta, justifica su existencia como ser social. De cualquier otra forma, la sociedad no podría soportar el coste de su mantenimiento. Porque la esencia social del jubilata no es ser (improductivo) sino tener (objetos de consumo) en la medida que su jubilación se lo permite.
Eso sí, es fundamental que no piense demasiado. “No piense usted, que la caga”, es lo que le dijo el teniente, según nos contaba Mariano, cuando hacía las milicias universitarias. De ahí lo recomendable de la hiperactividad; quien se dispersa en mil proyectos no tiene tiempo para la reflexión y, falto de mirarse por dentro, no descubre el truco: es utilizado como engranaje de la gran máquina que va triturando lo que el sistema productivo elabora y la publicidad nos incita a consumir.
Pero basta de filosofías de bolsillo. De cualquier forma que uno se sienta, con estas edades u otras, lo que sí es recomendable, para sentirse despreocupadamente feliz, es tener presente el lema de la vetusta universidad de Cervera: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.
Ignarus sum, ergo felix! (Libro de Los Proverbios, apócrifo).

sábado, 9 de octubre de 2010

En torno al Abantos.-



La sierra madrileña no sólo tiene parajes de gran belleza, es que además está cargada de historia. Para caminar por ella no bastan un par de buenas botas y un bocadillo de buen tamaño; es necesario, además, pararse a observar vestigios de antiguas construcciones que siguen en pie y apreciar la existencia de actividades que modificaron el entorno natural. Por eso, el montañero, para disfrutar plenamente de sus andanzas, debe aunar en su caminata el gusto por la naturaleza y el interés cultural. Este es un aspecto que la Agrupación Aire Libre suele cuidar en sus salidas cada vez que hay ocasión para ello.
Esta vez nos hemos movido por parajes que rodean al Abantos. Salimos de la Fuente de las Negras, en los pinares próximos a Peguerinos, siguiendo la antigua cañada real leonesa (creo, que en mis notas no queda claro), para seguir la pista que sube suavemente hasta dar con la cerca del monasterio del Escorial. Esta cerca, construida en piedra en seco (ajustada sin argamasa) la mandó levantar Felipe II, en 1580, para delimitar el bosque real como lugar de caza. Tiene unos 52 kilómetros de perímetro en torno al monasterio, y su interior estaba vedado a los lugareños que habitaban en los alrededores. Dos siglos después, Carlos III ordenó a su arquitecto Juan de Villanueva que reforzara la cerca, elevándose ésta de 1,20 m a 2,5.
Imposibilitados de cualquier actividad económica en el interior del recinto, el paisanaje se dedicó a la explotación del bosque no reservado para el ocio real, ni a las grandes fincas que pasaron a manos privadas tras la Desamortización de Mendizábal. La diferencia entre la vegetación de las fincas preservadas (bosque autóctono; fresno, encina y roble especialmente) y las de libre explotación (convertidas posteriormente en pinares de repoblación) es una muestra de su distinto uso, ya que el bosque autóctono se fue talando para el carboneo: encinares y robledos terminaron convertidos en carbón vegetal, repoblándose posteriormente con el pino común o de Valsaín y otras especies. Según parece, existe una fotografía de primeros del S. XX, antes de su repoblación como pinar, donde se ve toda la ladera del Abantos pelada. Más o menos como la dejaron con el incendio – la voracidad especulativa, ya se sabe – hace unos cuantos años.
Ya cerca del Abantos, saltando un portillo de la cerca, uno puede acercarse a ver el pozo de las nieves de Cuelgamuros, que está a 1670 m de altitud. Fue construido en 1609, tiene 14 m de profundidad y 8 de diámetro, protegido por una sólida construcción en piedra con tejado a dos vertientes. Allí se podían almacenar hasta 230 toneladas de nieve, que luego se bajaba a lomos de acémilas hasta el monasterio o para la venta. Parece que este pozo estuvo en uso hasta 1934. El abandono de su explotación supuso la ruina del edifico que, hace unos años, fue restaurado.
El Abantos (“los” abantos, puntualiza Juan) es un mogote de 1753 m. a plomo sobre El Escorial. El nombre le viene del término “abanto”, que designa a los buitres. Aunque por el lado escurialense tiene aspecto de un pico abrupto, tomado desde Cuelgamuro es un paseo cuesta arriba, sin mayores esfuerzos, siguiendo la cerca de piedra.
Del Abantos al puerto de Malagón no hay más que dejarse llevar por la suave pendiente descendente de la pista. Allí, en el puerto, volvemos a encontrarnos con otro pozo de nieve. Solo que éste está prácticamente cegado y, del edificio que lo protegía, se aprecian apenas los arranques de los muros. Muy próximo y en tierras de Ávila, el pequeño embalse del Tobar. Bajando por la pista asfaltada, llegamos a Los Llanillos, área recreativa sombreada por unos airosos fresnos y cubierta de pinos laricios y silvestres. Buen lugar para dar buena cuenta del bocata y charlar sin prisas.
Y, ya puestos, antes de bajar al pueblo, visitamos el Arboreto Ceballos, junto a la pista forestal asfaltada. Este arboreto recoge una muestra de la vegetación autóctona española y recorrer sus senderos con un guía del parque resulta muy didáctico. Aparte los ejemplares de árboles, arbustos, matorral, uno puede ver reconstruida una antigua carbonera, o el clásico sistema de sangrado de los pinos laricios para recoger su resina. Incluso uno puede conocer cuáles son las plagas más habituales del pinar (procesionaria, escolítidos) y la forma de control de ambas.
Pues, eso, que terminamos nuestra jornada andariega a la entrada del pueblo, nos recoge el bus y nos pone en el tráfago madrileño en un rato. Con la mente puesta en la próxima salida, que será a la Sierra de San Vicente, uno guarda las botas y los arreos del monte y se va a la ducha.

domingo, 3 de octubre de 2010

29 de septiembre, 2010

La otra semana leí un artículo muy interesante en Le Nouvel Observateur, núm. 2393: Les affranchis de Wall Street, donde se ponía en evidencia que los responsables de la última crisis financiera (la que estamos pagando nosotros, no se olvide nunca, por interposición de políticos mediocres y cobardes) están en libertad y más soberbios que nunca. Tras dos años de desatar la crisis, ningún responsable de la crisis de las subprime (créditos inmobiliarios de alto riesgo) ha ido a juicio. Dick Fuld, presidente de Lehman Brothers, cuya quiebra fue el desencadenante del pánico mundial, está libre. Lloyd Blankfein, el patrón de Goldman Sachs, que mezcló productos financieros con las famosas subprime para hacerlos más apetecibles a los inversores, está libre.
Aquellos responsables de las grandes empresas financieras que pasaron por los tribunales norteamericanos, en su mayoría, han quedado libres porque los jurados populares se sentían sobrepasados por la complejidad de los procesos. Pero no bastaba con eso, la impunidad les sienta bien. La culpa es de la “mala suerte” (Dick Fuld, ex patrón de L. Brothers, mantiene que la caída fue causada por las fuerzas incontroladas del mercado y la incorrecta percepción, alimentada por rumores, de que la institución no tenía fondos para hacer frente a sus obligaciones financieras), o es culpa del “gobierno”. Ya se sabe, Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal, era partidario de los valores autocorrectores del mercado. Y así nos fue.
Lo anterior viene a propósito de la huelga general de este 29 de septiembre pasado. ¿Quién paga la crisis? Coño, pues la gente, qué cosas me dices… Descapitalizamos el Estado, o sea, a todos los ciudadanos, para inyectar dinero a los bancos, no sea que se nos hundan y a ver qué hacemos entonces de nuestras tristes vidas sin libreta de ahorros. Y luego, para que no se nos hunda el chiringuito estatal, bajamos sueldos, pensiones, subamos impuestos y, de paso, nos vamos cargando los derechos sociales que queden. Inyectas deporte en grandes dosis, me vas belenestebanizando al personal, y ya tienes un cóctel nutritivo para el funcionamiento neuronal del pueblo soberano.
A propósito de la convocatoria, han corrido muchos comentarios sobre la utilidad de los sindicatos, sobre sus connivencias con el Poder y su escasa efectividad. No olvidemos que viven de dineros públicos, ya que con los aportes de su afiliación no les llegaría ni para el taxi. Son, a juicio de muchos, una herramienta obsoleta y cara. Es como pedalear en una bicicleta de piñón fijo detrás del Ferrari del presidente de la patronal. Pero, aunque los trabajadores no tengan mejor herramienta, es la única de la que disponemos de momento, a menos que los ciudadanos seamos capaces de otras formas de movilización que sustituyan a sindicatos de pacotilla y políticos corruptos e ineptos. Que, de momento, no.
Ya imagino que habrá alguno de mis improbables lectores que tengan ganas de colgarme una notita diciendo: “Háblenos usted de sus lecturas, de sus caminatas montañeras y deje de meterse en camisas de once varas sociales, que no sabe de qué van”. Pues, hombre, no. Me tengo por ciudadano bastante bien informado, y lo que atañe a la sociedad en la que vivo me afecta. Y no es sólo una cuestión social, sino también humana: no se puede mirar para otro lado e instalarse en un limbo de indiferencia y aceptar el enriquecimiento desmedido a costa del empobrecimiento de las clases medias en este apéndice que llamamos Europa y en el que vivimos, y la miseria neta de un tercio de la humanidad en el resto del mundo.
A nadie le gusta ver disminuido su sueldo a causa de un paro y prefiere que la huelga la hagan otros. Es, como poco, cortedad de miras: no es buen negocio, por no perder el pan de hoy, alimentar la injusticia de mañana. Por si acaso, lo dejo dicho: ya cumplí con mi cuota de huelgas generales mientras estaba en activo. Por lo menos, quedó claro que no contaban con mi silencio ni con mi beneplácito.
Si alguno de los improbables lectores no está de acuerdo con lo que digo, que perdone la perorata y siga mi consejo, si le apetece: enchúfese al telecinco que más le plazca y olvide todo lo dicho aquí. Ésta - de momento, y siguiera en su aspecto formal - es una sociedad libre

domingo, 26 de septiembre de 2010

Algo de "cult fiction".-

Lo digo así, entrecomillado, para que nadie imagine que me adorno con plumas ajenas. Soy – cosas de la edad y del devenir histórico – de esos que llegaron demasiado tarde a la educación en angliparla, a pesar de tantos cursos hechos en Adams o CCC con más voluntad que provecho. Lo cual no le impide a uno toparse, a cada paso, con la omnipresente lengua que enseñorea las transacciones capitalistas del imperio neocom. No hablo de la publicidad o la moda (como eso de cambiar “Pasarela Cibeles” por Madrid Fashion Week, que a un servidor le suena a provincianismo acomplejado), hablo de la literatura que cae en las manos de todo lector al que le mueve más la bulimia lectora que el sano criterio selectivo.
Bulimia lectora, creo que la expresión le va bien a la actitud del devorador de literatura de ficción. Un desbarajuste de alimentación libresca, un chute de tinta en vena para que el subidón sea subitáneo. Lo malo, como en todo desarreglo alimentario, es que se devora con prisas y sin comedimiento cualquier cosa que a uno le llegue a las manos y la vista, y luego se encuentra con que está fagocitando algo tan raro como unos relatos de cult fiction. No es que tengan mal sabor, es que, cuando el bulímico del papel impreso empezó a leer-devorar, ni sabía que existiese un género exclusivo, tan anglosajón él, bajo el que se amparaba una determinada forma de narrativa.
Digo mal. Bajo la etiqueta de cult fiction no solamente se acoge una determinada literatura de ficción sino a sus autores, digamos que, de alguna forma, marginales por estar fuera de los grandes circuitos editoriales. Por vía de ejemplo a contrario, el prolífico Vázquez Figueroa nunca será un autor de cult fiction, Paulo Coelho, tampoco; o Ken Follet, o Michel Houellebecq (a éste lo cito para que se me note la culturilla). Si usted, señor autor afamado, tiene una factoría de best sellers en su casa, o sus obras llenan las estanterías de la FNAC, o le llueven los contratos con las editoriales y entrevistas en la tele, se siente. Usted es famoso, rico, o las dos cosas a la vez; pero nada de cult fiction.
Y eso que, según mi diccionario escolar de inglés, la palabreja podría traducirse como “narrativa de culto”. ¿”Narrativa de culto”? Yo también me liaba al principio; los libros de Coelho o de Follet tienen una enorme masa de adeptos que rinde culto a su superproducción libresca; entonces ¿por qué llamar autor de cult fiction a quien es seguido por cuatro lectores raritos? Mira que son complicados en el mundo anglosajón… Pero, sin ayuda del diccionario escolar, fui capaz de entenderlo cuando me di cuenta de la sutileza: El lector-masa no suele tener criterios personales claros a la hora de comprar un libro. Va a la FNAC, al Corte – por un suponer – y se lleva puesta la novela de moda, el autor en candelero, el título de más tirón. El lector adicto a la “narrativa de culto” (pero en inglés), busca una determinada lectura, normalmente de autor poco conocido por el gran público, y así cree cultivar un gusto literario que le da exclusividad. Va por la vida de original, es alguien fuera de lo habitual, o -como dice el propio texto- un snob (otra vez en inglés, que nunca aprendí en CCC).
Por llevar la cuestión al solar hispano, El viaje de Turquía, atribuido por Marcel Bataillon a Andrés Laguna; Don Diego de noche, de Salas Barbadillo, ¿Entran dentro del género cult fiction? Porque, seguro, vas a las estanterías de un centro comercial y no los encuentras.
– Te estás pasando tres pueblos – dirá el improbable lector –, eso es cosa de filólogos, no de lectores en el Metro.
Pero, ¿y Carnivoricios: Devoradores de historias, Humorada futurista o Felicidad de oficio, son relatos clasificables como “narrativa de culto”? Porque estos relatos y algunos más vienen recogidos en la antología Mira qué te cuento, de Fumeke. Y, en mi opinión, este escasamente conocido cuentista, que se oculta bajo un seudónimo que apesta a cajetilla de Ducados, sí que podría entrar en el corralito de marras: Por autor marginal, por fabulador ingenioso y estupendo narrador, muchas de cuyas historias podrían englobarse en ese subgénero de anticipación denominado “futuro distópico”, tan desconocido del gran público. Un autor con todas las cualidades como para que esos cuatro lectores raritos, entre los que me encuentro, andemos por las librerías de barrio o escarbemos en los fondos editoriales arrumbados, a ver si damos con un ejemplar; no como coleccionistas, sino para disfrutar de esos extraños mundos que desarrolla ante los ojos asombrados del lector.
Cuando caí en ello, leyendo a Fumeke, digo, me di cuenta de que me ocurría lo que a aquel personaje de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo. Yo, igual: iba de lector de cult fiction (sin tener pajolera idea de inglés) desde hacía algún tiempo, y no lo sabía.
Por cierto, el libro de relatos que ha motivado las reflexiones del texto anterior, lleva por título genérico Aflter hours y ahora mismo lo miro en mi diccionario escolar.