viernes, 5 de febrero de 2016

Después de haber solazado la vista...

Estos días pasados este servidor llevaba dándole vueltas al magín, a ver si encontraba un asunto para la bitácora, pero ¡Quia! Y no es por falta de noticias o sucesos sucedidos últimamente – el patio patriotico está tal que da para que cualquier contertulio todólogo o bloguero iluminado sienten plaza de hábiles remedia-patrias –, sino por obturación de los mecanismos mentales; esos conductos por donde fluían esas ocurrencias que el atrevido lector de esta bitácora ha tenido ocasión de ver cada vez que se daba una vuelta por aquí

Pudiera ser, piensa uno de sí mismo, caviloso, que el escribidor de esta bitácora se meta en demasiados charcos y berenjenales, embarrando fuentes de aguas claras y hozando huertos ajenos como un gorrín silvestre. Y no me refiero, ya se ha dicho, a la falta de asuntos de que hablar, puesto que el magma del caldero ibérico no anda falto de ruidos políticos, de borbotones y bullangas donde meter la cuchara de mis opiniones, sino al mal uso que este jubilata hace de la única herramienta que le suele sacar de apuros: la imaginación, esa loca de la casa, como la llamaba Teresa de Cepeda en Las Moradas.

Decía de ella (de la imaginación) la de Ávila que era la “tarabilla” del molino, esa pieza de madera que se pasaba el día haciendo ruido para avisar del funcionamiento de las ruedas: la tarabilla parlotea sin tregua, luego el molino está dale que le das a la molienda. Pues bien, esa tarabilla instalada en su caja craneal es la que lleva bastantes días avisandole con su silencio que el molino del escribidor, ese donde lleva a moler sus opiniones, se había atorado. 

Por ver si desatascaba el conducto por donde fluyen las palabras escritas, este jubilata se ha pasado los días de turbio en turbio (citar el Quijote sin citarlo a las claras es marchamo de culto, así que no perdamos ripio) leyendo algún clásico de la lengua castellana, a ver si, al codearse con los buenos literatos, se le pegaba alguna habilidad literaria que le sacase del apuro. Pero ni la riqueza, ni la hermosura, ni el buen decir son cosas que se peguen con el simple roce: si uno nace para martillo, del cielo le caen los clavos, y mejor que se aguante.

Y ya que a grandes males les corresponden grandes remedios, ¿por qué no meterse una rayita de cultismo barroco sin cortar? Y allí fue recurrir al inefable Gracián, abrir su Criticón al azar y leer: Después de haber solazado la vista… no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros trinos, gorjeos, fugas pausas y melodías, con que hacían  en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces, saludando lisonjeras siempre al sol  que nace. Y la pregunta inmediata: ¿Pero con ese estilo literario voy a escribir la entrada de hoy? Seguro que los improbables lectores mandan la bitácora al cajón de correo no deseado, y va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Y eso que la censura que hace el padre Antonio Liperí del libro es de lo más positiva: Contiene,  dice el censor,  muchos y saludables documentos morales, declarados con sutil ingenio y con ingeniosa sutileza, y con un lenguaje gravemente culto y dulcemente picante; y cuanto más picante, más dulce y más provechoso para la buena política y reformación de costumbres, pudiendo preciarse su autor de que miscuit utile dulci, cosas bien dificultosas de juntar. 

Oxímoros incluidos, no están las prisas de los lectores actuales como para pararse en finezas conceptuales ni en cascadas de sutiles ingeniosidades, tipo: Señoreaba el centro una  agradable fuente, equivoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas ya linfas. Ibanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro…

Si el lector, improbable, ocasional, o puede que masoquista, ha llegado hasta aquí, sepa que hay días en que uno no debería ponerse ante la pantalla del ordenador y sí ante la de la tele, a ver si, saturadas sus neuronas de intrascendencias visuales, deja de dar la coña y no lanza ese puñado de caracteres binarios al océano internautico. Que la Red es un sumidero, ya lo sabemos, pero contaminar  a sabiendas el universo virtual con palabrería vana es, cuando menos, un acto de vanidad estúpido.

Pero nos gusta tanto ser estúpidos cuando no sabemos ser otra cosa, con tal de alcanzar los quince minutos de gloria que nos prometió el gurú del Pop-Art... Otro día, para desengrasar, a lo mejor nos inspiramos en ese decir conciso de aquel minimalista del lenguaje que fue Azorín. 

lunes, 25 de enero de 2016

La lupara y la tecla.-

Es conocida la anécdota de Felipe II recomendando sosiego (Sosegaos, sosegaos y decid qué queréis…) a quienes se presentaban ante él en audiencia, anonadados por la majestad del hombre más poderoso del mundo conocido. 

Un poco de sosiego en estos días de estratégicas componendas, de provisionales posiciones políticas de farol, de insinuadas alianzas y globos sonda a ver qué dicen los otros, no nos vendría mal a los ciudadanos. Lo digo porque el cotarro mediático y los mayorales del cortijo patrio andan propalando la sospecha de que el personal empieza a sentirse  arrepentido de haber votado lo que ha votado en diciembre pasado y haber convertido en olla de grillos eso de la gobernanza del país.

¡Sosegaos, coño!, entran ganas de decir a los omniscientes tertulianos de plantilla, a los periodistas de pesebre y fondo de reptiles y a los telediarios de chafarrinón y refrito. ¡Sosegaos, pardiez! Quinientos días estuvieron en Bélgica sin gobierno y el país funcionó tan ricamente; bajó el paro, subieron el PIB y el salario mínimo, aparte otras alegrías, ascendiendo varios peldaños la escalinata que lleva al paraíso neoliberal por delante del resto de Europa.

Aquí, igual. Paciencia y barajar, a ver si nos salen tríos y ases, porque Mariano ya sabemos lo que ha dado de sí y no es cuestión de repetir, que estraga. Veamos qué deciden los de naranja, los de morado y los de rosa en puño; cómo se lo montan, en qué cama se meten y con quién, si hay ménage à trois o acuerdo prematrimonial con divorcio pactado.

Y mientras tanto, a lo mejor se arregla lo del paro ello solito, Santiago y cierraespaña nos milagrea el país y desaparece la lepra de la corrupción, y los españolitos de a pie ganamos varios puntos en el índice internacional de felicidad. Todo menos echarse al agro y tirar de recortada para cazar al oponente político como si fuera alimaña dañina. 

Que parece mentira que haya que decirlo desde una bitácora de un jubilata: que el oponente político no es el enemigo al que eliminar físicamente, darle mulé y olvidarlo en la fosa común. Que luego los muertos son muy suyos y dan mucha guerra; que ya lo ves, los de las fosas franquistas salen de sus agujeros, reclaman sus fueros y niegan el olvido en que los teníamos. 

El de la camiseta con círculo morao y pantalones de mercadillo es un tipo al que unos millones de ciudadanos, a lo mejor amilagrados, tuvieron la ocurrencia de votarle a ver qué pasa cuando saltan por el aire las mayorías absolutas, tan cómodas para legislar, y se acabó el apretar el botón, repantigado en el escaño - traje sastre y corbata de seda - y hay que pararse a discutir una ley ("consensuar" lo llaman) todo el tiempo que haga falta. 

Ya te digo, colega, menos darle gusto al gatillo de la lupara y más darle a la tecla de explicar ideas; menos “después de mí el diluvio” genovés – que ya lo dejó dicho el Rey Sol y murió de venéreas – y más respeto por los ciudadanos que, hartos, votaron para botarles, porque prefieren los leones de las Cortes con rastas de perroflauta mejor que con sobres barceneros y fugas de patrióticos capitales a paraísos fiscales. 

Porque, la verdad, cada vez que aquí se habla de patria con muchos signos de exclamación y se carga la lupara, la gente se mosquea mogollón, o sea. Patriotas son los Pujoles y eso no les ha impedido ordeñar la ubre de la vaca Catalunya Llura hasta exprimirle el 3% de todo capital que se menea en aquella su madre patria; patriota es el hijo de los archipatriotas Aznares y eso no le impide recomendar a sus amigos de pasta larga y maneras de carroñero la ruina para esta España donde pululan rojos de diversos pelajes.

Porque lo de los desfiles con la cabra de la Legión y el zarzuelero "Soldadito español, soldadito valiente...." toca mucho la fibra patriótica y todo eso. Pero anda y háblale de ardores patrióticos al parado de larga duración, al desempleado sin subsidio para sobrevivir o al que no puede pagar el recibo de la luz en invierno... Luego hay gente que va y se queja porque algunos descarriados votan lo que votan y porque hay tanto podemita por ahí suelto que, para más coña, se pasa lo de la lupara por el círculo como si se tratase de la bravuconada  de un mosquetero avinado. 

Se ve que esos antisistema se conocen el soneto con estrambote que Cervantes le dedicó al túmulo de Felipe II:

...y el que dijere lo contrario, miente.
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

sábado, 16 de enero de 2016

De nadaísmo y pelambres.-


Un compañero de curso de la Uned Senior me envía un correo advirtiéndome que este fin de semana se organiza en la Arganzuela un Versódromo con homenaje incluido al Nadaísmo en su Tercera Internacional. Eso de que haya un lugar donde este fin de semana – mientras esto escribo – se corran versos y se homenajee una postvanguardia es algo que reconcilia con la realidad circundante y nos recuerda que ésta no se limita al sobado trajín político de estos días, altercado de corbata o greña, que se cuela por nuestros televisores.

No en vano los organizadores presentan el evento como poesía para autogestionar sentimientos, poesía para el desarraigo mental. Lo cual tiene mucho que ver con el movimiento nadaísta, nacido en Antioquia, Colombia, en 1958, en cuyo manifiesto se dice que El ejercicio poético carece de función social o moralizadora. Es un acto que se agota en sí mismo, el más inútil del espíritu creador.” No sé al improbable lector, pero a un servidor, que un grupo de frikis se dediquen todo un fin de semana a poetizar celebrando una corriente de iluminados postvanguardistas que hicieron de la Nada su manera de estar sobre la tierra, le provoca simpatía.

Simpatía por su propósito de romper con una realidad circundante bastante ramplona, empeñada – por lo que a nosotros toca – en macroeconomías como excusa para repartos asimétricos de cargas; alimentada de escándalos de corrupción que ya aburren más que indignan, y hastiada de patrias fragmentadas o indisolubles y kilómetros de banderas fabricadas en talleres de confección chinos. Los nadaístas, en su inocencia, afirmaban  no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio. No se puede menos que empatizar con ellos, puesto que aspiran a iconoclastas, a rompedores de los ídolos que enajenan nuestro horizonte mental.

Ver nuestra vida política, tras las últimas elecciones, reducida a un hemiciclo donde los grandes debates iniciales tienen como objeto las pelambres de los nuevos diputados o que una diputada traiga colgado un mamoncete de la teta nutricia, o los comentarios sobre la higiene capilar de los bisoños, es más cosa de corrala que de Congreso. A lo mejor, para que haya un poco de sosiego y se esté a lo que hay que estar, convendría que los nuevos asegurasen a los aposentados aquello que dijo el Caballero de los Espejos al de la Triste Figura: Confiesoque vale más el zapato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea. Si las rastas van limpias, si las camisetas de mercadillo no resudan sobaquina, si, lo que es más importante, las conciencias y las faltriqueras no huelen a mangancia, comisión al 3% y trapicheo, pues, Señorías de la vieja hornada, déjenlo estar.

No conviertan ustedes el parlamento en lo que Gracián llamó plaza del populacho y corral del vulgo, y no por las vestimentas, sino por las actitudes. Ya que todos, los de trapillo y los de traje Cortefiel, van a jugar el papel de padres de la patria, que no haya que decir de Vds. que todos eran hombres a remiendos… Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco. Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando.

Deducir del aspecto descuidado la valía personal no es de personas avispadas; es, en opinión de este jubilata, cuestión de clasismo rancio, de cuando Fernando VII usaba paletó; quien no se viste de terno y corbata para ir a apretar el botón en el escaño no es porque no le llegue el sueldo, es porque pasa de pasar por un burgués aposentado en el sistema; y los nuevos, que van de transversales en lo social y de antisistemas dentro de un orden, tienen su propia estética. Y a algunos nos gusta. Este jubilata, sin ir más lejos, no tiene una puñetera corbata en su fondo de armario, aunque sí unos cuantos jerséis y una chaqueta de pana con coderas, como cuando Felipe se codeaba con Willy Brandt y nos hacía creer que era socialista. 

Sea como fuere, la señora vicepresidenta Villalobos debería estar tranquila; antes se le pegaría la ideología de los desgreñados que no la pediculosis. Y la cosa no lleva trazas...

martes, 5 de enero de 2016

Cosas que se leen.-

El Vate Barrantes, en su Oda Heroica a Castroforte, nos cuenta y canta:
Desde las altas alcándaras, caía
El puñetero rosicler del día.

Eran aquellos tiempos convulsos, cuando el espíritu romántico de la época llevó a los próceres de la ciudad a declarar a Castroforte del Baralla cantón independiente frente al ominoso poder central. Sus promotores, todos hermanos masones - los sedicentes Caballeros de la Tabla Redonda - terminaron huidos o ante el pelotón de fusilamiento. Joaquín María Barrantes, el poeta local, murió, no bajo las balas de la represión, sino de un tiro que le descerrajó su amante despechada.  Lo que no fue óbice para que también él pasara a la Memoria Colectiva de los Oprimidos como héroe libertador y poeta; timbre de gloria doblemente heroico, por poetizador de la derrota y por su derrota – en su acepción marinera – poética. (Eso, pizca más o menos, cuenta su cronista de lo imaginario, don Gonzalo, ferrolano de pro).

Este jubilata, perchado en la modesta alcándara de su bitácora, ha visto pasar la bullanga navideña y cultiva, con recogimiento, paciencia y analgésicos, un resfriado de nariz que atrapó el sábado pasado en lo alto de la sierra, allá por el collado de la Parada del Rey. Nada heroico ni digno de recordación si no fuese porque algo tiene que contar en su bitácora de pensionista ocioso. Eso y que, al cabo de tanto tiempo vivido como lleva uno, ha optado, en estas fechas de mazapán, luminarias callejeras y alegría a plazo fijo, por hincarle el diente a El Criticón, de ese jesuita irritable que era Baltasar Gracián.

Dicen los que saben de estos asuntos que El Criticón es una de las mejores novelas del Siglo de Oro. Claro que no es una novela de caballerías, o de fustigación de ellas, al estilo de El Quijote, sino fabulación alegórica, didáctica y moral. El lector, si quiere pasar por sesudo, ha de ir bien apercibido en sus lecturas porque El Criticón es asunto de variadas y sobrepuestas interpretaciones, donde las aventuras de sus personajes centrales, Critilo y Andrenio, no transcurren por los asendereados andurriales del Caballero de la Triste Figura, sino por el duro camino de la perfección moral. Una especie de Hércules en la encrucijada, entre el Abstine de las pasiones y el Sustine de las virtudes.

Lo cual, francamente, para un lector hodierno – diría Gracián, o quedaría muy bien dicho por él – es un coñazo de tamaño king size. Que Andrenio sea un joven inexperto y amigo de toda novedad y mudanza, mientras que su maestro Critilo sea un desengañado del mundo, sus pompas y circunstancias, y paciente desenredador de las asechanzas en las que su discípulo cae a cada paso, es digestión para estómagos sutiles y mentes espiritadas. Si tú, improbable lector, estás más por la última entrega de  Star Wars, con su saga de jedis Joda, Obi-Wan y demás miembros de la orden de la espada luminosa, o por jugar al tetrix en tu Smartphone, mientras viajas en el Metro, haces bien. A quién coños pueden interesarle las disquisiciones morales de un fraile del S. XVII y sus alegorías, oxímoros, antítesis, proverbios y su estilo conceptuoso y más barroco que la madre que lo parió.

Claro que si bien se mira, hasta podría establecerse un paralelismo entre los personajes de la Guerra de las Galaxias y los de El Criticón. Va a modo de ejemplo: Darth Sidious, el vengativo emperador de la Galaxia, bien pudiera ser Falimundo, el rey del Engaño (Veo un monstruo…, no corresponde parte a parte ni dice uno con otro en todo él ¡Qué fieras manos tiene! ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás se vio verdad!). O la princesa Leia Organa con Artemia (Era reina muy celebrada por sus prodigiosos hechos… Llamáse aquella la sabia y discreta Artemia, muy nombrada en todos los siglos, por sus muchas y raras maravillas). Y hasta el maestro Joda podría equipararse con Critilo, quien en este viaje iniciático acompaña y educa al joven Andrenio, o Luke Skywalker en la saga galáctica: un maestro y otro previenen a sus discípulos contra el reverso tenebroso de la Fuerza.

Y si de viajes iniciaticos se tratase, hasta podríamos encontrarle paralelismos con el que realiza don Quijote, seguido del discreto Sancho, en pos de la cordura, que lleva a la muerte. Porque descubrirse cuerdo, libre de todo embeleco, no tiene más finalidad que morirse desnudo de las apariencias que uno encontró a lo largo del camino. O del burlón Voltaire y su Cándido, a quien el maestro Pangloss intenta poner freno a su optimismo, que el mozo mantiene, infortunio tras infortunio. Tout est au mieux, dice el necio del mozo. Il faut cultiver notre jardín, dice Pangross : solo cultivar nuestro interior tiene sentido.

Gracián, Cervantes, Voltaire, son unos puñeteros moralistas, y a este jubilata le han pillado estas navidades con el pie cambiado. Esta no es forma de empezar un nuevo año, cuando nos corroe la incertidumbre de no saber si Mariano Rajoy o Arturo Mas, decepcionados de los avatares y sinsabores de la política, terminarán cultivando su jardín volteriano o se aferrarán a la poltrona patria. 

Haced cuenta – dijo Quirón – que soñáis despiertos ¡Oh, qué bien pintaba el Bosco! Advertid que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, ésos andan por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos.

Este Baltasar Gracián es que no daba puntada sin hilo.
¡Lo que no sepan estos frailes...!

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Navidad 2015: Instrucciones de uso.-



Tiene Vd. en sus manos un producto denominado Navidad Everybody (marca registrada para todo el mundo por Merry Christmas Co.), de consumo enormemente popular pero de alta volatilidad. Por favor, lea atentamente las instrucciones y sígalas, siempre que sea posible, con la máxima fidelidad.

El producto Navidad Everybody, a efectos de consumo responsable, tiene como fechas límite de uso entre el 22 de diciembre, día del sorteo extraordinario de la lotería, y el 6 de enero, día de Reyes. Si el consumidor tuviese dudas al respecto, sepa que estas fechas, en líneas generales, quedan enmarcadas entre el Black Friday y las Rebajas de Enero. Para mayor seguridad, consulte al fabricante.

Cualquier uso que se haga del producto en fechas anteriores o posteriores a las citadas, es abusivo y no está cubierto por el servicio de garantía postventa que la empresa Fechas Entrañables, S. A. (filial para España de Merry Christmas Corporation) tiene establecido ante cualquier defecto de fabricación, presentación o deterioro como consecuencia del proceso de elaboración y distribución. En el bien entendido de que el fabricante no se responsabiliza, bajo ningún concepto, de un uso fraudulento o manipulación indebida que alteren las características tanto intrínsecas como extrínsecas del producto navideño. En cuyo caso, los tribunales ordinarios dirimirán las responsabilidades, en el supuesto de que el usuario se sienta defraudado y optase por demandar al fabricante.

Aunque Fechas Entrañables, S. A. (en adelante FESA) no tiene responsabilidades legales más allá de sus productos navideños, patentados y debidamente identificados mediante su etiqueta contrastada, no puede dejar de alertar a sus compradores respecto a imitaciones y falsificaciones procedentes del mercado oriental (fácilmente identificables por su marchamo “Made in China”). Si el usuario optase por un consumo navideño sin las debidas garantías, será a su riesgo y ventura, sin que FESA esté legalmente obligada a ningún tipo de resarcimiento.

Una vez hechas las recomendaciones generales, se especifican de forma detallada las normas de manipulación del producto Navidad Para Todos:

1.    Navidad Everybody (marca registrada de FESA para España) es, como se ha advertido al comienzo de este folleto, un producto de alta volatilidad, dotado de un sistema de obsolescencia programada que, aunque limita eficazmente sus fechas de óptima utilización, garantiza al cien por cien su aroma, sabor y textura típicamente navideños. 
 
  Por lo tanto, úsese dentro de las fechas previstas en las instrucciones y deshágase de los sobrantes una vez pasado el día de Reyes. Haga un consumo responsable y deposite dentro del contenedor al efecto los deshechos. El Planeta Tierra se lo agradecerá.
   
2.   Navidad Everybody se presenta con un sobre en su interior, denominado "paga extraordinaria". Dispone ésta de una cantidad de euros en función de la capacidad adquisitiva del usuario. Su finalidad es que sea invertida íntegramente en una gama de productos navideños que Vd. podrá conocer a través de la publicidad de los medios audiovisuales, buzoneo y otros medios artesanales sin especificar. También podrá conocerlos a través de las ofertas de supermercado, así como los productos variopintos que le ofrece toda la gama de comercios de su ciudad. Haga un uso generoso de su contenido y, en caso de que éste no cubra sus necesidades consumistas, pida un préstamo bancario.

3.    Navidad Everybody es un producto que da óptimos resultados si se emplea en el medio adecuado. Para su uso en España, nada mejor que ser consumido en familia, a ser posible, en la cena de Noche Buena y comida de Día de Navidad. Su uso en la celebración de Noche Vieja está más recomendado para un tramo de población marcadamente juvenil, aunque la versatilidad del producto permite combinarlo con la cena familiar de fin de año, doce uvas y cotillón.

4.   Aparte del ámbito doméstico, Navidad Everybody logra su mayor eficacia si se emplea en viajes de placer (estaciones de esquí, turismo rural, salidas al extranjero….) o en su defecto, si se va de compras dentro de su propia ciudad. Está contraindicado quedarse en casa sin fomentar el consumo: el producto, debido a su obsolescencia, se deteriora de manera irrecuperable una vez vencida la fecha de caducidad. El fabricante no admitirá, bajo ningún concepto, la devolución de Navidad Everybody que no haya sido desprecintada dentro de las fechas previamente establecidas.

5.       Es fundamental que el producto navideño se dedique especialmente a los niños. Para ello, los regalos de Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás (y cualquier otra variedad local), aparte y especialmente las fiestas de Reyes, son ideales. Dentro de Navidad Everybody hay un lote específicamente infantil (cortesía de FESA), de eficacia probada para habituar al despilfarro a las nuevas generaciones, sin las cuales la sociedad de consumo que disfrutamos se vería gravemente dañada. 
 De nuevo, FESA llama a la responsabilidad de los usuarios para que éstos introduzcan a los niños en los hábitos consumistas, a través de las entrañables fiestas navideñas, de forma que la sociedad, tal como la conocemos, perdure mientras los recursos del planeta lo permitan. 
 Una encuesta sobre el futuro agotamiento de los recursos naturales del planeta, realizada entre nuestros usuarios, encargo de FESA a la prestigiosa agencia demoscópica TIMA-2, concluye que el 71,3 % de los usuarios es partidario del que me quiten lo bailao, porque de aquí a cien años, todos calvos; solo un 28,7 % manifiesta su preocupación en un virgencita, que me quede como estoy. 

6.     Es recomendable el consumo compulsivo de Navidad Everybody, pues no se han descubierto contra indicaciones dignas de resaltar, tras multitud de experimentaciones en cobayas humanas a lo largo de varias generaciones. Los desórdenes gástricos por exceso de ingesta de alimentos y alcohol son un daño colateral que se manifiesta ocasionalmente asociado a nuestros productos navideños, altamente euforizantes, pero son fácilmente remediables con un preparado de farmacia ad hoc y unas horas de descanso.

7.   Cada uno de los componentes que conforman Navidad Everybody puede usarse de forma independiente, en función de la tolerancia de cada consumidor al citado producto, o ser combinados de forma aleatoria, pudiéndose utilizar masiva e indiscriminadamente, sin más riesgo que una leve desorientación respecto a la realidad circundante. La “cuesta de enero” es una reacción normal que advierte de la caducidad definitiva de Navidad Everybody y da por concluidos todos sus efectos.

8.   Si, tras dos semanas de consumo indiscriminado siente una leve depresión, no se alarme: es una reacción normal. Acuda a las rebajas de enero más próximas, o espere a las vacaciones de Semana Santa, otro acreditado producto de Merry Christmas y Asociados, cuyo distribuidor oficial para España es FESA.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

20-D. Buscando votos.-

En Internet.

Luis Barrenas, por así decirlo, era comprador de votos. Bien trajeado, con cartera negra de ejecutivo, iba de puerta en puerta pidiendo el voto. Cuando se quedó sin trabajo no había nada mejor en el mercado laboral. Un reajuste de plantilla le había puesto en la cola del INEM y, por eso, se especializó en  el duro oficio de comprador de votos.

Bien es verdad que se trataba de un trabajo fijo discontinuo, sólo cuando se convocaban elecciones, pero le iba sacando del apuro. Que las elecciones fuesen autonómicas, locales, legislativas o europeas, era una cuestión  marginal. Lo importante en esos casos es que había que solicitar votos, y ese era su cometido. En su nuevo oficio el tipo de elecciones convocadas no era relevante, tampoco lo era la adscripción ideológica del votante. No dejaban de ser matices que no alteraban lo sustancial: hacerse con un buen puñado de votos.

Llamaba al timbre, saludaba con educación y pedía el voto. Había gente comodona que se lo daba enseguida y, encima, le estaba agradecida porque le ahorraba desplazarse al colegio electoral el día de las elecciones. Otros, sin embargo, se resistían y querían saber qué iba a hacer con su voto. En estos casos, Luis les preguntaba por sus preferencias políticas y, de acuerdo con éstas, les prometía lo que querían oír. A unos, que iba a bajar el paro, la gasolina y los impuestos; a otros, que iban a erradicar la delincuencia y controlar la inmigración; a otros, despido libre, recorte salarial y paraísos fiscales. No era lo mismo pedir votos en el barrio de la Elipa que en de Salamanca. Luis Barrenas disponía de una carta muy surtida de promesas electorales y no había más que saber dónde le apretaba el zapato ideológico a cada cual.

– Mire, señora – decía Barrenas – dígame usted sus preferencias ideológicas y yo le improviso un programa político que se chupa los dedos.

Los más duros de convencer eran los que nunca votaban. Esos se guardaban su voto sin usar y se les pasaba la fecha de caducidad. Eran clientes de lo más variopinto. Los había escépticos, indiferentes o – lo que era peor para el negocio de Luis – convencidos de su inutilidad. En tales casos, el surtido de promesas electorales que llevaba en la cartera no solía hacer el efecto previsto, así que recurría a argucias que no se enseñan en los masters de marketing: se lo jugaba a los chinos o improvisaba un juego con tres cubiletes.

– Voto por aquí, voto por allá –, decía. A toda velocidad movía el cubilete de derecha a izquierda, o al revés, y mareaba a los votantes con palabrería de tránsfuga. – Hagan su juego, señores –, y escamoteaba el voto con la habilidad de un trilero. 

Raro era el que se resistía a jugarse el voto. Total, como les salía gratis… Muchos terminaban por cogerle gusto. Algunos se enviciaban tanto que acababan jugándose los votos de la mujer o de los hijos y terminaban endeudados por varias convocatorias electorales. Había que currárselo, pero los votantes ludópatas eran un buen negocio.

Cuando tenía la cartera llena de votos, Luis Barrenas iba a las sedes de los partidos políticos y se los vendía a los directores de campaña. Era lo más duro de su oficio, porque siempre tenía que regatear, aunque nunca los vendía por menos de un 10 por ciento de comisión. Entre lo que sacaba de los votos y el paro el bueno de Luis iba sobreviviendo, aunque él hubiera preferido un contrato fijo con horario de ocho a tres. Pero es lo que tiene vivir en época de crisis…

domingo, 6 de diciembre de 2015

Como vaca sin cencerro.-

Así anda este jubilata desde que anunciaron las elecciones generales para el 20 de este mes. Y no porque no tenga una idea aproximada de hacia dónde dirigir el voto, sino por un problema de solidaridad gremial -  o generacional, si se prefiere -, con la gente nacida en tiempos de los coches con motor de arranque a manivela.

El caso es que salía, la mañana que eso escribo, de comprar del mercado de Las Ventas cuando he visto un tenderete de los de Podemos y me he acercado a que me diesen propaganda, a ver qué promesas electorales nos ofrecían para estas fiestas navideñas. El programa no lo he leído, aunque lo tenían allí en un cuaderno de gusanillo, a disposición de los curiosos. Era un tocho considerable, difícilmente digerible a pie quedo, sin gafas y con el carrito de la compra aparcado en doble fila. Sí me han dado, en su lugar, unos papeles con resúmenes de sus propuestas, que luego he leído en casa.

Pero no se trata de lo que me ha parecido su lectura, que daría para otras solfas. Se trata de la actitud malcarada de un pensionista que me ha visto parado ante los secuaces del de la coleta y hablar con ellos amistosamente, y recoger todos los papeles que me iban dando, atendiendo a sus explicaciones con sonrisa educada, de persona bien criada; porque uno será setentón y eso, y se le escapan los gruñidos por las costuras de la edad, pero tal deterioro sicosomático no empece para saber pedir las cosas con buenas maneras, con independencia del credo político del interlocutor al que uno se dirija.

Pues eso que te estoy contando, paciente aunque improbable lector - cualesquiera que sean tus filias y tus fobias políticas, que yo ahí no entro -, que el colega jubilata de marras me ha mirado con odio, como a traidor a los intereses colectivos del honrado gremio pensionista; como si, por haber confraternizado unos minutos con los antisistema del círculo morado, acabase de cometer un acto execrable, indigno de un miembro del colectivo matusalén.

De rabia que me ha dado, a punto he estado de atropellarle con el carrito de la compra, cuando cruzábamos el semáforo, pero me he contenido por varias razones: primera, porque, a la hora del “pies para qué os quiero”, el carrito no tiene turbo y es muy lento en las arrancadas, aparte que derrapa con facilidad y podría habérseme volcado toda la fruta por la calzada; segunda, porque el provecto de mirada acerva estaba bastante escarranchado y, a lo peor, en la colisión, le rompía una cadera y, por culpa de mi repente irreflexivo, se iba a convertir en una carga para la seguridad social, tan menguada de recursos desde que con ellos pagamos la mangancia de los banqueros; tercera, porque un servidor no es hombre de odios y tiende a la empatía: el pobrete me dio pena con su enrabietada ignorancia.

Tras observar a aquel vejete lanzándome miradas rencorosas a través de sus cataratas, y pasado el primer momento de asombro por mi parte, el incidente me ha hecho reflexionar mientras regresaba del mercado a casa: Llevo leído estos días que los pensionistas votan mayoritariamente al PP; que el caladero donde pesca sus votos la gaviota genovesa está en los mayores de 54 años. A su vez, el gobierno nos dice que va a disponer, si no lo ha hecho ya,  de 7.750 millones de euros del Fondo de Reserva de la Seguridad Social (lo que conocemos como la hucha de las pensiones) para pagarnos a los pensionistas la mensualidad y extraordinaria de diciembre.

Un servidor, que es jubilata profeso y confeso, pero aún goza de una actividad neuronal estándar, mientras empujaba el carrito, he empezado a darle a la máquina de pensar. Millones arriba, millones abajo (doctos habrá que sabrán enmendarme), me salen estas cuentas: En cuatro años de legislatura, el gobierno marianista ha hecho trizas unos 50.000 millones de euros del fondo de pensiones y ya solo quedan 34.220 millones en reserva; una simple división nos dice que queda pasta para cinco extraordinarias (a saber, las del 2016, del 2017 y la extra de verano del 2018). ¿Y después? Dios se la depare buena, hermano.

Hay dos futuribles, pura política ficción que, mientras esperaba que se abriera un semáforo, me han venido a las mientes. Por un lado, que el marianismo resulte derrotado y una fuerza política de izquierdas forme gobierno. No les arriendo las ganancias cuando, a media legislatura, se queden sin alpiste para alimentar viejos, ni me gustaría oír el vociferio desde los bancos de la oposición dextrógira asegurando que el gobierno de los antisistema condena a la hambruna a los ancianos españoles. Si, por el contrario, el partido genovés renueva legislatura, y también se les termina el alpiste – que ese paso lleva la hucha, de tanto meterle mano –, su lógica política les llevará a afirmar, con los aspavientos de rigor, que Zapatero tiene la culpa. El gremio pensionista comulgará con ruedas de molino y maldecirá del de la ceja por la gusa que les está haciendo  pasar. Que no me toquen lo mío – argumentarán –, que los de izquierdas vienen a hacerse ricos y roban más deprisa que los de derechas, que ya lo son por familia.

Ya digo, lo anterior es política ficción y puede que no dé una en el clavo. Uno es jubilata caviloso, no augur, ni cocinador de encuestas.

No se extrañe el improbable lector cuando afirmo que ando como vaca sin cencerro. Por cuestiones de inexorable proceso biológico estoy en posesión de siete lustros vividos, lo que me sitúa en el corral de los viejos que viven de una pensión que sale del fondo de reserva de la Seguridad Social. Pero que la edad y las circunstancias sociales me sitúen en un colectivo carcunda y temeroso – salvo excepciones, que las hay –  del qué pasará si dejan de mandar los de siempre, no significa que haga las mismas rumias del resto del rebaño. 


Aunque uno se sienta como descencerrado y fuera de la onda generacional que le corresponde, al menos no anda como pollo sin cabeza y sabe en qué cesto no tiene que poner el huevo de su voto.
En estos tiempos confusos no es poca certeza.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Entre la mitología y la geometría.-



La iniciación musical de algunos aficionados ha sido muy de andar por casa, como es el caso de este jubilata, pero hay que hacerse cargo: eran tiempos aquellos en que andábamos escasos de todo. 

Recuerdo aquellos vinilos gordos sonando en el pick-up del colegio en el que escuchamos por primera vez Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, o el Aprendiz de Brujo, de Paul Dukas. Apenas aprendimos a diferenciar una corchea de una fusa contándoles los rabitos, o a distinguir un compás de compasillo con sus cuatro negras. Con ese bagaje nos echamos al mundo y, andando el tiempo, hasta terminamos aficionándonos a la música clásica y asistiendo con cierta regularidad a los conciertos, primero en el Teatro Real y luego en el Auditorio Nacional.

De Beethoven, Tchaikovski o Chopin (a lo máximo Debussy) no pasamos en los años de nuestra juventud, hasta que, cuando llevábamos un buen tramo andado de la vida, nos enteramos de que un tal Schömberg había inventado la música atonal y que la escala diatónica era una antigualla. También por aquellas fechas descubrimos a Mahler y no hubo más remedio que aceptar la dura realidad: el frère Jacques que, siendo escolares, cantábamos a dos voces en clase de francés era un carajo a la vela. La música ya no era cosa de violines haciendo trémolos, ni de cuatro exquisitos transidos de gozo estético; era asunto de una complejidad que imponía respeto. Y con esa sensación asistimos a los conciertos, con la sensación de que la música es un mundo proteico en el que puedes gozar de Cecilia Bartoli (de su voz, claro) mientras canta Misera abbandonata, de Salieri, o sobrecogerte con Kindertotenlieder de don Gustav…, o no entender un carajo de lo que la orquesta se trae entre manos.

Cuando don Arnoldo se empeñó en que no existían jerarquías tonales y nos privó del placer de anticipar el final de una melodía con unos compases de antelación; cuando John Cage decidió que se podía componer un 4.33 llenándolo de silencios inexistentes, entonces perdimos definitivamente la inocencia del paraíso terrenal y ya no nos hallamos; comimos el fruto del árbol de la ciencia, saboreamos el amargor de la libertad dodecafónica y nos volvimos descarriados en cuestiones de música. …Como en tantas otras cosas, por otra parte, lo cual no deja de ser un alivio: la ignorancia compartida es buena coartada para el ignorante.

Por eso, cuando este sábado pasado hemos oído el Concierto  para violín y orquesta (Concentric Paths) del inglés Thomas  Adès no hemos dudado que el sonido puede moverse en caminos  concéntricos, o que puede expresar (al menos intentarlo) la ordenación del mundo a partir de alguna forma de geometría musical. El problema es que nos exigen un esfuerzo de comprensión  intelectual donde solo pretendíamos gozar de un pequeño placer sonoro. 

Que el sonido musical se da en una relación matemática entre la longitud de la cuerda y su grosor, es algo que el viejo Pitágoras dejó dicho ya en el S. VI antes de nuestra Era. Pero de eso a los anillos, los senderos y las rondas por las que nos ha llevado el míster Adès con su concierto de caminos concéntricos hay una distancia considerable y está muy lejos de nuestra escasa educación musical, que llega poco más allá del vals de las flores de Tchaikovsky. Un poco pretencioso - hay que confesarlo - se sentía este jubilata cuando, tras la ejecución de Concentric Pahts, estuvo aplaudiendo a la violinista Leila Josefowicz como si fuese un entendido.

Un poco más cerca de nuestras entendederas sí estaban Las Oceánides (Aallottaret, en finlandés, según el programa), de Sibelius. Uno se siente más cómodo entre seres mitológicos griegos o romanos y agradece que la referencia musical sea el Mediterráneo y no los fríos mares del norte. Previa la interpretación de esta obrita  a las arduas geometrías musicales de Thomas Adès, este escuchante, que esto escribe, se dejó llevar por la imaginación y cayó en aquel episodio (lo cuenta Virgilio en su Eneida) de cuando Juno pide a Eolo que alborote los mares dando suelta a todos los vientos para anegar a Eneas y sus compañeros. Ella, a  cambio, le soborna con la carne fresca de sus ninfas: sunt mihi  bis septem praestati corpore Nymphae. De esas catorce ninfas de hermoso cuerpo le ofrece la más hermosa de todas, Deiopea: quarum quae forma pulcherrima, Deiopea.

Algún comentario graciosillo pensaba hacer, ya a toro pasado de la audición, sobre los muy acreditados sobornos de bragueta a los que recurren tanto la diosa Juno como los Gürteles de todo tipo y época, pero don Johan Julius Christian Sibelius no se lo merece (no ha dado ocasión para ello en sus Oceanides), ni tampoco el divino Publio Virgilio Maron. Es demasiado grandiosa la descripción que el poeta hace de la tormenta, como para ocuparse de esos achaques de entrepierna sin rozar la inconveniencia. Insequitur cumulo praeruptus aquae mons, algo así como: sobreviene una ingente montaña de agua con toda su mole...

También en esta sesión del domingo en el Auditorio Nacional hemos oído la sinfonía número 5 de Prokofiev, pero,  por no cansar más al improbable lector - forma discreta de decir que al escribiente se le acabó la verba -,  su comentario quedará para mejor ocasión.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Hábitos de indigencia.-

Tras los atentados de París, que tanto nos han sobrecogido, no está la Verónica para tafetanes. Pero, como la fuerza de una sociedad está en la normalidad con que sus individuos asumen la vida diaria, vivamos como tenemos por costumbre. Por eso, hoy tocaba colgar la entrada en la bitácora y aquí queda. Pese a todo fanatismo.


Cuando todos quieren tener lo mismo, en el mismo lugar y a la vez, el resultado es una cola de longitud directamente proporcional al afán de satisfacción de esa necesidad supuestamente acuciante, multiplicado por tantos individuos cuantos han decidido hacerse con el objeto de sus preferencias en el mismo día y lugar. Supongo que los sociólogos tienen un nombre para este fenómeno de consumo multitudinario a plazo fijo, compulsivo  y realizado a manera de manada disciplinada.

Este jubilata, que ya solo ejerce de ocioso paseante en la villa y corte y no tiene más ciencia que la curiosidad, aunque sí tiempo sobrado para elucubrar, ha estado macerando en sus meninges el asunto de las colas de consumo. Buscando una definición que le acomode, ha dado en llamarlo “hábitos de indigencia”, por darle un nombre que exprese la sensación de carencia de un objeto de consumo, apetecido por una muchedumbre en un momento dado, y no logrado más que tras largas horas de espera; o sea, como quien hacía la cola del pan en las épocas de hambruna de aquellos tiempos de maricastaña.

Aunque la comparación sea un poco traída por los pelos, este hábito de indigencia viene a ser - solo en apariencia - como volver a los gloriosos años del racionamiento, cuando la España franquista de los cuarenta caminaba con paso marcial por el Imperio hacia Dios entre páramos de carpanta crónica y adhesión inquebrantable a la cosa esa del Régimen. Solo que entonces (no habría que decirlo), era por necesidad y ahora (tampoco hay que insistir) por capricho.

Dirá el improbable lector que mis neuronas septuagenarias patinan, pero es que, como todo asunto, la cosa requiere su explicación y ¡Hombre!, todavía no he tenido tiempo de darla. No se dice aquí que la sociedad de consumo no ofrezca recursos hasta la saciedad y que cada cual no pueda gastar su pasta y su tiempo en lo que le pete; lo que aquí se dice es que, cuando la masa consumidora quiere mercarse los mismos bienes, en el mismo lugar y a la vez, el comportamiento es similar al de nuestros abuelos: te pones a la cola del racionamiento y aguantas resignado las horas que haga falta. Vamos, te comportas como un indigente rico en necesidades y pobre en satisfacciones.

La cosa viene al caso porque iba un servidor, la otra mañana, a hacer un mandado al centro de la ciudad cuando, en la Gran Vía, a la altura de la calle Mesonero Romanos, me tropecé con una cola de gente que recorría toda aquella calle, y doblaba por la del Carmen. ¿Cientos de personas esperando comprar un objeto de primera necesidad que falte habitualmente en las tiendas? No. Esperaban para comprar el décimo de lotería de navidad en Doña Manolita.

Una asociación de ideas un tanto heterodoxa – los jubilatas no medimos bien las distancias – me hizo ver que la fe en la diosa Fortuna mueve multitudes confiadas en sus milagros de la misma forma que los devotos hacen cola ante el cristo de Medinaceli: unos y otros esperan remedios milagrosos que encaminen sus vidas. Solo que la Fortuna reparte la pedrea y hasta les tapa los agujeros de la economía doméstica a unos pocos, mientras que la imagen del Cristo proporciona tanto consuelo y resignación cuanto sus adeptos estén previamente dispuestos a encontrar. 

Cada dios reparte los dones a su manera y sus fieles no quedan defraudados. El uno es rico en promesas a cumplir en el otro mundo; la otra, reparte puñados de euros a ciegas, y a quien no, le concede consuelo con el consabido “Lo importante es tener salud”. Los fieles tampoco piden mucho más: un rato de ilusión; lo cual está al alcance de cualquier deidad a poco que se esfuerce.

Lo de practicar el hábito de indigencia tampoco es tan raro en nuestra sociedad de la superabundancia; es más bien un deporte de masas que proporciona mucho entretenimiento a sus practicantes. No hay más que recordar lo de la inauguración, hace pocos días, de esos nuevos almacenes de nombre Primak, también en la Gran Vía, a cuyas puertas se congregaron centenares y centenares de personas con el afán, según he leído, de comprar bragas y calcetines a euro la pieza. Lo que no sé bien es qué dios propiciaba la lluvia de dones que sus feligreses se llevaron en forma de bragas, calcetines y otros textiles de trapillo.

Un clásico nos diría que se trataba de la diosa Abundancia, derramando generosa sobre los fieles consumidores el contenido de su cornucopia, atiborrada de las susodichas bragas y calcetines, o, en su defecto, décimos con reintegro de Doña Manolita. Pero todos sabemos, porque así lo ha dicho Todorov, que Dios ha muerto y las utopías se han ido al carajo, con lo que ni las viejas deidades ni los viejos ideales no parece que estén en condiciones de atender a tanto indigente necesitado de a euro el par de calcetines o de premios de lotería.

Rebus sic stantibus, lo único que se le ocurre a este observador de lo evidente es que, finiquitados dioses y utopías, los destinos de esta sociedad están en manos de una nueva serpiente del Paraíso, a quien hemos dado en llamar Obsolescencia. Ella ofrece la manzana apetecible que convierte a los ciudadanos responsables en consumidores compulsivos, a los artefactos tecnológicos – por muy sofisticados que ellos sean –  en chatarra a plazo fijo, al mundo en un gran vertedero, y a la sociedad en general en indigente de satisfacciones con fecha de caducidad.

De ahí que se formen esas enormes colas para comprar décimos de lotería, teléfonos de ultimísima generación, entrada a conciertos de Justin Bieber, bragas y calcetines, rebajas del Corte Inglés y otros miles de artilugios y caprichos imprescindibles, tan apetecidos como fungibles. 

Un día de estos voy a ponerme en la cola de algo, cuya posesión  inmediata sea tan indispensable para no sentirse un paria, que reúna centenas y centenas y más centenas de pacientes consumidores. Pertenecer al rebaño reconforta mucho, oiga. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

El carné.-

La cosa más anodina que puede ocurrirle a uno, y que de hecho les ocurre a los humanos con la frecuencia inexorable que establece el calendario, es el cumplir años. Tratándose de un acontecer periódico, repetitivo hasta la saciedad, irrelevante por reiterado, y asumido con sentimiento de  fatalidad por algunos, con indiferencia por unos pocos, con resignación por la mayoría, nadie se explica, entre el círculo de amistades, conocidos, compañeros de trabajo y enemigos domésticos en general, la reacción tan desmesurada de NN*.

Hombre de familia, con un status social equiparable al de millones de ciudadanos anónimos, habituado a un trabajo sin relevancia y sin más expectativas que una jubilación mediocre, no era consciente del paso del tiempo porque las autoridades se lo habían cosificado en su carné de identidad. Aquella tarjeta rectangular, de 78x47 mm, llevaba aprisionada entre las dos láminas plastificadas la identidad legal de NN*, con un número de serie que acredita su pertenencia a uno de esos países civilizados, donde, en cuanto nace un ser bípedo dotado de racionalidad – que, como en el ejército el valor, se le supone – se le marca para mejor controlarlo a lo largo de su anónima existencia.

Periódicamente, por quinquenios cumplidos, dicha tarjeta es renovada por la burocracia policial que adhiere a la cartulina la fotografía actualizada del ciudadano, sorprendido en un gesto de perplejidad idiota por el foco desaforado del fotomatón, y deja irremediable constancia de ese pasmo facial que tan íntimamente odiamos.

NN*, escrupuloso cumplidor de  las leyes, se había sometido, con la periodicidad establecida por la autoridad, al cambio de documento, y con él, al cambio de gestos de idiotizado asombro congelado hasta la próxima renovación. Y tales eran su disciplina de fiel ciudadano y la ausencia de cualquier alteración de su transcurso vital, que sólo el final de cada ciclo quinquenal suponía una percepción del transcurso del tiempo.

Imperceptiblemente, la cada vez renovada fotografía del documento de identidad le mostraba el rostro de un tipo - él - que envejecía a saltos de cinco años: unas canas más sobre los huesos temporales, un progreso alopécico  que erosionaba su bosque capilar sobre el frontal, una coronilla frailuna en progresivo y geométrico crecimiento sobre el occipital...

También el rostro mostraba, quinquenio tras quinquenio, las huellas de estos saltos temporales: ojos antaño vivos de curiosidad, aunque siempre perplejos a causa del flash traicionero, cada vez más apagados; arrugas progresivamente más marcadas en torno a ellos; facciones cuya  flaccidez, congelada en la foto de rigor, era una prueba a mínima escala de la atracción gravitacional que el planeta ejerce sobre todo tipo de objetos depositados sobre su superficie. Y así, un sinnúmero de pequeños detalles faciales.

Instalado en el confortable estancamiento del tiempo que el carné le proporcionaba, alterado únicamente por los periódicos sobresaltos correspondientes a los fogonazos del fotomatón que le retrataba las facciones del alma, su vida se detenía entre visita y visita a las oficinas del DNI, de forma que se habituó a cumplir años cada lustro, con absoluto olvido de los cumpleaños anuales.

Quizás por eso, por haberse olvidado de cumplir años como todo el mundo – apreciación en la que coincidieron amigos y enemigos –, el súbito descubrimiento de hallarse en posesión, o más bien, poseído irremediablemente por 50 aniversarios brutal y multitudinariamente presentes, le  trastorno el juicio – según sus amigos –, o acabó por desjuiciarle el poco que le quedaba –según sus más entrañables enemigos–. Y comenzó a comportarse de forma extraña.

El primer síntoma derivado de la  indigesta y subitánea conciencia de anualidades acumuladas fue una insospechada tendencia a la filosofía de mesa camilla, en la que la observación de sus más íntimos entresijos vitales producía un torrente de imparables ¿porqués? enmarañados y de confuso desentrañamiento, para los que ni el propio Jean Paul Sartre hubiese encontrado respuesta razonable.

Descubrió que la existencia se movía entre lo inmanente y lo trascendente, lo cual fue ocasión para largas conferencias en el tresillo del domicilio conyugal. De tal forma, que su santa esposa terminó hecha un lío tratando de discernir entre la inmanencia de las tareas domésticas, actividades que muestran lo contingente y efímero de los actos humanos, y la trascendencia del ser humano en cuanto poseedor de aspiraciones universales.

Por no cansar al lector: harta de las frecuentes jaquecas que tales disquisiciones le producían y de un sentimiento de inferioridad que su marido le inculcaba con sus filosóficas peroratas, la santa, en un insospechado arranque de auto estima, se fugó con un novio de juventud.

Los amigos terminaron por rehuirle cuando se lo encontraban por la calle, temerosos de las elucubraciones que propiciaba un simple: Hombre, fulano ¡qué tal!  Pues semejante fórmula de cortesía, intrascendente y dicha sin mayores intenciones, era ocasión para un discurso de media hora sobre la inanidad y sin sentido de su vida, en particular, y de la de la especie humana en general.

Todavía recuerdo aquel aciago día en que me encontré a NN* por la calle, y un simple ¡Cómo estás! fue suficiente para llegar con dos horas de retraso a la Agencia Tributaria, perder la cita con el Inspector de Hacienda y verme obligado a pagar un multazo de órdago por una declaración en la que había ocultado unos euretes que me hacían falta para la entrada del coche…

Pero como el improbable lector estará ya aburrido de que le cuenten una vida sin horizontes y, seguro, seguro, tiene mejores cosas que hacer, el resto de la historia va a la papelera de reciclaje y un servidor va a ver si desentraña eso que dice  Walter Benjamin sobre el “esteticismo político”. Eso donde dice que el poder político organiza, o fomenta, celebraciones deportivas, grandes asambleas y desfiles festivos, procurando que las masas se expresen, se vean la cara y se sientan protagonistas de su destino, sin que ello implique un cambio real en las condiciones materiales de vida de éstas. 

O sea, la vida misma, tal como la estamos viviendo en los últimos avatares políticos en los que hay quien prefiere ser cabeza de ratón antes que cola de león porque patria y pasta casan bien.