domingo, 19 de mayo de 2013

Filosofeando.-


Anda estos días el jubilata haciendo filosofía de mesa camilla, forma de decir que está dándole vueltas al cupo de intelecto que le ha correspondido en suerte. Ya que tiene en su haber una no sobrada, pero sí suficiente, capacidad natural para la reflexión - que la naturaleza le otorgó gratuitamente - y mucho tiempo para dedicarle, lleva unos días leyendo textos que hablan de textos filosóficos. El improbable lector dirá: ¿Y a mí, qué? Pues eso – piensa el jubilata – como al poco probable lector le tiene sin cuidado, razón de más para dedicarse a sus filosofancias, con independencia de ser leído o no.  

Decir que actualmente no se hace gran Filosofía al estilo de los sistemas filosóficos clásicos (como los de Aristóteles, Kant, Hegel…) no es decir gran cosa. La tendencia en esta sociedad posmoderna y pos-cualquier-cosa es la de ocuparse de temas que tienen más que ver con asuntos culturales y éticos, como la sociedad líquida que ha perdido sus referentes éticos, o los problemas éticos que plantea el mercado globalizado, o los que plantea la investigación biológica, o la tecnología. La filosofía, aunque siga interesada en la comprensión total  del mundo y del ser, parece más dedicada a la parcelación por especializaciones. Vivimos en tiempos de especialización y cada campo es un cosmos en el que investigar, sin que nadie se atreva a integrarlos todos en un gran sistema que los abarque.

Aparte los límites que, según parece, se imponen hoy en día al pensamiento filosófico, dada la complejidad de nuestra sociedad, resulta que la filosofía se mueve en un campo ambivalente, a medio camino entre la ciencia y la literatura. Como la ciencia, se mueve por conceptos; pero, mientras que aquélla da explicaciones verificables por experimentación, la filosofía no puede hacer demostraciones empíricas. Solo puede convencer o seducir mediante el recurso a técnicas de lenguaje que se asemejan a la literatura. Ha de manejar sus conceptos de tal forma que capten la atención del lector para hacerlos comprensibles, de la misma forma que un novelista nos presenta un relato verosímil pero no demostrable por referencia a la realidad. Un penoso destino el del filósofo de hoy, obligado a transformar su proceso intelectual en un relato comprensible para el hombre actual, poco dado a reflexionar sobre conceptos conspicuos, quien necesita de una “historia” atractiva a su imaginación para no perderse en abstracciones de difícil desentrañamiento.

Lo dicho aquí arriba tiene que ver con que, según una reseña sobre la obra del filósofo alemán Odo Marquard (a quien el jubilata no tiene el gusto de conocer), la filosofía ha de adoptar un estilo ligero para hacerse representable. Según este autor, es tan breve la vida y tan escasa la capacidad de atención de los humanos en general, que la única vía de la filosofía para hacerse comprensible es la de la ligereza en su exposición. Esto es, expresar sus conceptos de forma que cada hijo de vecino sea capaz de comprender sus presupuestos. Lo que debe ser la hóstrica de difícil, eso de expresar un pensamiento complejo de una forma liviana para que los individuos, acostumbrados a vivir en una sociedad cambiante, gaseosa y con escasos fundamentos sólidos, sean capaces de leer y entender cosas de tanta seriedad.

El jubilata – como se ha dicho más arriba – al menos se pone a la tarea y lo intenta. Decepcionado por esa falta de adecuación entre el discurso de políticos, economistas, tertulianos verbosos, sesudos analistas de realidades fluctuantes, y la dura realidad social que vivimos como una losa, piensa que la filosofía, en su grado más elemental y adecuado a las entendederas de un profano, le proporciona asideros sólidos contra los envites de neolenguas, falacias interesadas, medias-verdades y todas esas tropelías que están cometiendo con el lenguaje para embrutecer nuestra capacidad de discernimiento.

De consolatione Philosophiae, lo llamaban los antiguos. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Cuando viajas en Metro.-


Este jubilata viaja mucho en metro. Es un transporte rápido, para los pensionistas sigue siendo barato (de momento) y te comunica con cualquier punto de la ciudad. Pero cada vez resulta más penoso. Y no por el hacinamiento en horas punta, por el olor a sobaquillo, o porque te sientas parte del rebaño. No. Es por los desheredados sociales con los que te tropiezas a cada paso, cada vez en mayor número y cada vez más próximos a las clases medias. Es por lo enormemente cruel que resulta ver la indiferencia con que les negamos su presencia entre nosotros.

Un servidor, como cualquier otro usuario (que no cliente), lleva ya mucho tiempo acostumbrado a soportar la bullanga de los músicos ambulantes que se sacan unas perras mientras lees en un rincón. Uno, claro está, sabe que en el vagón de metro no se va a tropezar con un Alfredo Kraus cantando romanzas, ni con un Rostropovich interpretando una suite de Bach al violonchelo. Sabe que el músico ambulante toca su instrumento con más o menos habilidad y que está allí por necesidad, aunque él preferiría actuar en una sala de concierto o en un grupo rok de moda. Así que el jubilata no se queja de ello. Cada cual sobrevive como puede, aparte que eso de echarle una moneda no es preceptivo. 

El viajero sabe también que hay mucha picaresca, individuos que hacen del pedigüeñismo ambulante una forma de vida y te cuentan milongas con una oratoria que para sí la quisieran esos Castelares de torpe verbo de las Cortes. A estos pedigüeños, aunque solo sea por su habilidad retórica, habría que socorrerlos como a especie autóctona, folclórica y de interés cultural.

Pero hay otros marginados, recién incorporados al elenco de los supervivientes en medio hostil. Son esas personas que un día no muy lejano tuvieron casa, trabajo, familia..., y la crisis social y económica ha convertido –de repente y sin darles una preparación adecuada –  en pobres de pedir, faltos de la mínima habilidad para este menester. Gente que, a lo mejor, hasta gozaba de una flamante hipoteca, de unas letras del coche, veraneaba en Benidorm, y ahora se ve desahuciada por la sociedad.

El problema, a ojos de este jubilata, no es tanto la pobreza económica que se ven obligados a soportar, sino el desprecio al que los sometemos. Desprecio que no se manifiesta en gestos de desdén o incomodidad cuando pasan por nuestro lado; es el desprecio de ignorarlos, de negarles su derecho a que los veamos como nuestros semejantes. El viajero está a lo suyo, enfrascado en su lectura, en su iPodid, MP3 (o como se llame); el pobre de reciente factura se pone a su lado, desgrana con torpeza mil disculpas por verse obligado a pedir, termina sus excusas balbucientes, espera una mano que le suelte una moneda mientras recorre el vagón, y nadie le ha visto pasar. Es la indiferencia en estado puro. Es algo tan cruel como vender la sanidad pública a un empresario amiguete, pero en la esfera de lo privado. Y, además, no nos sentimos culpables, como el político neoliberal cuando nos acogota para sacarnos de la crisis en la que sus amos nos metieron.

Excusará el improbable lector si este jubilata le asegura que se conmueve – con la edad se nos afloja la lágrima – cuando ve a aquel hombrecito de chaqueta raída y barba entrecana recitar un poema de Rosalía de Castro, primero en gallego, luego en castellano, con vocecilla casi inaudible. Como el hombre es menudito y de poco bulto, se le ve aprisionado entre las espaldas de los viajeros, contra las que choca su hilillo de voz: “Figueiriñas que prantei / prados, ríos, arboredas /pinares que move o vento…”.  Cuando termina, nadie se ha dado cuenta. Mira a su alrededor, ve la indiferencia en el gesto aburrido de los viajeros y, despacito, comienza a abrirse camino hacia el final del coche, echa una mirada apenada, y, cuando se abren las puertas, se va.

Este jubilata, para no castigar con su indiferencia a estos desheredados, ha decidido que les va a dar unas monedas. No porque el gesto resuelva la injusticia social, ni porque aspire a conseguir un sitial en el paraíso cuya llave tiene Rouco Varela. Piensa hacerlo para que el otro, el expulsado social, ejerza su derecho a ser reconocido como persona en el gesto de quien le pasa una mínima ayuda.

Por cierto, este poema de las Figueiriñas…, de Rosalía de Castro, es la canción del emigrante. Muy a propósito para quien, como el hombrecillo que la recita en el metro, se ve expulsado de su casa, de su trabajo, de su puesto en la sociedad, que eran su patria. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Una de percebes.-


Para un profano, un percebe es un molusco con aspecto de pedúnculo rematado por una uña, aferrado a una roca. Hervido con agua y sal, sin más aditamentos y puesto en el plato, resulta sabroso al paladar, sobre todo si se acompaña con un ribeiro blanco y bien frío. Eso en lo que respecta a la gastronomía.

Pero en lo que respecta a la política, el asunto percebe pierde toda su gracia y se convierte en una especie indigesta. El percebe político, lo mismo que el de mar, se agrupa en grandes colonias, solo que en el primer caso las llamamos partidos mayoritarios. Sus individuos se aferran a la roca del poder y aguantan todos los embates con el único objeto de sacar provecho de su situación y perdurar indefinidamente, aunque las tormentas sociales arrecien y la resaca del cabreo social sea un murmullo sordo que se va encrespando cada vez más.

También está el percebe conformista, el que no se atreve a moverse de su sitio por miedo a perder pequeñas ventajas que, de todas formas, le van arrebatando a pocos y con la amenaza de que, si se mueve y protesta, le sobrevendrán mayores males. Es esa masa social temerosa a la que los tiburones (financieros, banqueros, empresarios depredadores, políticos serviles) están diezmando a grandes bocados.

La idea del percebe, entendido como especie gregaria aferrada a su parcela de poder (caso del político), o a sus temores ante peores tiempos (caso de la masa social), no es mía. Yo sólo la aprovecho porque me viene al pelo. La idea, digo, es de mi amiga Rosa María Artal, quien ha publicado Salmones contra percebes. Cómo ganar la partida a quienes rechazan cambios políticos y sociales. 

En un juego irónico nos propone esta alegoría de salmones remontando la corriente en busca de aguas limpias, frente a percebes amarrados al pedrusco del poder o del temor al cambio. Dos formas en las que los individuos estamos viviendo la sociedad actual. O somos atrevidos y luchamos por el cambio a mejor de la sociedad, o somos temerosos y nos escudamos en la masa compacta como única defensa a nuestra fragilidad individual, y a ver cómo capeamos el temporal.

Este jubilata, cuya pensión no alcanza para muchas degustaciones, también había pensado algo sobre el paralelismo entre casta política y moluscos. Solo que él se había inclinado más por los lamelibranquios, esos bivalvos acéfalos, encerrados en su doble concha que les impide todo contacto con la realidad exterior. ¿Se imagina el improbable lector un percebe sensible ante las cuestiones sociales? Si es un acéfalo, ¿con qué va a pensar? Pues imagínese un político acéfalo lamelibranquio, perpetuado en las agarraderas del poder, mostrando alguna sensibilidad ante los desahucios o el paro.

No negaba don Miguel de Unamuno – puesto que no tenía experiencia en contrario – que quizás los cangrejos, en el interior de su caparazón, resolviesen raíces cuadradas. Nosotros, que no hilamos tan fino como él, tenemos el convencimiento de que estos bivalvos (“acéfalos”, no lo olvidemos) que llamamos políticos, bajo su doble caparazón, son incapaces de entender la desmoralización en que estamos sumidos los ciudadanos. 

Ellos se limitan a asomarse un poco entre sus conchas y asegurar, desde su acefalia congénita,  que la virgen del Rocío creará puestos de trabajo - como dijo esa devota de  las soluciones celestiales, la nunca fogueada en el mercado laboral ministra de Trabajo Báñez -, o que los números macroeconómicos abren una esperanza de recuperación económica, como anda diciendo el aprendiz de brujo Montoro. Eso cuando no nos ilumina con su presencia - a través de  la plasmatoria del televisor - don Rajoy pidiendo paciencia a seis millones de parados porque esto, tal como él lo está montando, en cuatro días queda resuelto el asuntillo y volvemos a ser un país de siesta y birra para todos.

Como el jubilata que esto escribe está convencido de que los galápagos no hacen trigonometría, los cangrejos no resuelven raíces cuadradas y los lamelibranquios (bivalvos encapsulados y sin cabeza)  de la política están embarullando las cuentas para que siempre nos salga a pagar, prefiere enfrascarse en la lectura de Salmones contra percebes. Así, al menos, la fábula de salmónidos y moluscos le aclarará un poco las ideas. Y, ya puestos, opte por nadar contra corriente como un salmón, aunque un poco reumático, que la edad no perdona, oiga. 

jueves, 25 de abril de 2013

Libro y libre.-



“Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte de esta historia y tercera salida de Don Quijote…” que siendo Sancho Panza gobernador de la ínsula Barataria salió de vigilancia con la ronda nocturna, y un par de alguaciles atraparon y le trajeron a un mozo un tanto deslenguado y poco respetuoso con la autoridad del flamante gobernador. Éste le amenazó con cargarle de cadenas y hacerle dormir en la cárcel. El otro porfiaba con que en la cárcel no había de dormir, por mucho gobernador que él fuera.

Entre tantos dimes y dirétes, al final, el mozo se explicó: “Presuponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel y que en ella me echan grilletes y cadenas, y que me meten en un calabozo… Con todo esto, si yo no quiero dormir y estarme despierto toda la noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?”

Perdonará el improbable lector este adobo y revoltijo del texto cervantino y el de mi propia cosecha, pero se me ha ocurrido por aquello de que estos días celebramos la fiesta del libro y de alguna forma hay que homenajearlo.

Cuando este jubilata ha releído últimamente esta aventura sanchesca le ha dado por trasladar el asunto a la actualidad, porque, mutatis mutandis,  parecemos encontrarnos en situación similar. Que las musas del Parnaso me perdonen el agravio al comparar a la actual autoridad competente con Sancho Panza. Más sensatez había en éste que demuestra tener aquélla.

Conocidos los recortes sistemáticos en la educación pública en estos últimos años; sabida la política deliberada de des-culturización y des-conocimiento a la que están sometiendo a las capas sociales con mayores problemas de acceso a la educación, la impresión que se saca es la de que pretenden cargar a los ciudadanos de este país con las cadenas de la ignorancia y hacerles dormir en el calabozo de la incultura por largos años. Solo que no parece el personal muy dispuesto a pegar la pestaña y dormirse en esa prisión de la ignorancia provocada a sabiendas, por muchos grilletes y cadenas de recortes educativos que le echen encima. El  libro es una buena llave para abrir las celdas de esa prisión.

Porque el libro siempre ha sido un vehículo de conocimiento que está al alcance de cualquiera, y el conocimiento es una forma de libertad para la que no hay que hacer grandes revoluciones. Basta tener el empeño en no dormirse en el trullo al que la política antisocial nos está condenando. Basta tener los ojos abiertos, la mente despierta y un libro en la mano. Porque el libro es mucho más que un negocio de editoriales o de autores afamados, es una herramienta que apenas necesita instrucciones de uso y es de fácil adquisición. 

El libro, piensa este jubilata, hace libre a quien lo lee. Y aunque la política carcelaria – en lo cultural, aparte otras – de quienes mandan en nombre del amo neoliberal, convierta este país  en un yermo de ignorancia, bastará el empeño en mantenerse despierto para que no haya cadenas bastantes en este chiringuito - que han dado en llamar “la Marca España” - para adormecernos con el rún-rún de su neolenguaje que todo lo supedita a la macroeconomía.

Recordará el improbable lector la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 y aquella sociedad donde quien tenía un libro era un elemento peligroso. Ahora, que los métodos represivos pasan por el control de mentes y voluntades a través de la omnipresente ideología dominante, les resulta más útil desactivar culturalmente a las masas que quemarles la casa donde guardan los libros. Ahora, un tal ministro Wert – sonriente y tertuliano  profesional – hace esa labor sin estridencias. Dice ser ministro de la cosa de la educación y la cultura, pero si bien se mira, está más cerca de ser aquel pícaro bachiller Trapaza. Un político llevando con dignidad el cargo de la educación nacional  es otra cosa. Cargo, por otra parte, para el que no parece valer ni tener mayores merecimientos.

Nosotros tampoco nos lo merecemos. Ni a él ni a quienes  mandan a los pájaros gaviotos que nos analfabeticen en su propio provecho. Somos ciudadanos, no burros de ramal.

Como dice la sentencia latina: Tolle, lege.

jueves, 18 de abril de 2013

El viaje de Turquía (II)

Cuando éramos críos en aquellos tiempos de “por el Imperio hacia Dios”, bastante brutos y sin más horizonte que el pueblo donde vivíamos, cuando alguien nos amenazaba sin pasar a los hechos, solíamos gritarle a coro” “El que amaga y no da, tiene la mano cagá”.

Pues, aunque sea solo por eso, por no aguantar la rechifla del improbable lector quien, en la entrada anterior, fue amenazado con hablarle nuevamente del viaje a Turquía y ve que la cosa queda en humo de pajas, este jubilata quiere tirar de su cuaderno de notas y recordar un par de cosas.

No sé si el improbable lector sabe que las tierras de Capadocia son un conglomerado de cenizas y barros volcánicos, formando un enorme páramo desértico de color grisáceo con una altitud media de 1200 m sobre el nivel del mar. Da un paisaje de altiplano, bastante desolado y desarbolado y con un clima extremo. Sus materiales, fáciles de labrar por efectos de la erosión, dejan agrupaciones de cerros testigos formando las características “chimeneas de las Hadas”. Quien haya estado allí y ha visto sus ciudades subterráneas, sus iglesias y sus casas rupestres, sabe de qué hablo.  Dicho sea para entrar en materia.

Lo que un servidor trata de explicar es la sorpresa que se llevó cuando se asomó al valle de Ihlara. Desde la llanura miraba al fondo del valle (son paredes de 150 metros de profundidad a plomo y 500 escalones para llegar abajo) y veía al fondo los meandros que forma el río Melendiz, las paredes rocosas verticales y, junto al cauce, el bosque de ribera. La similitud con las hoces del río Duratón son tan evidentes que el viajero cree estar en la estepa castellana.  Pero no, está en mitad de la península de Anatolia.

Pero no acaba aquí la similitud. El valle de Ihlara sirvió como refugio, durante las invasión otomana, a comunidades cristianas. Como testimonio quedan varias iglesias rupestres excavadas en la roca, cuyas bóvedas y paredes se cubren con pinturas bizantinas realizadas al fresco o directamente sobre la roca.

Según parece, esta roca es fácil de trabajar y endurece al contacto con el aire, lo que permitió labrar estos recintos religiosos, reproduciendo la estructura de los templos de superficie. Esto es, con planta en cruz, bóvedas, arcos, columnas, hornacinas… todo ello adornado profusamente con pinturas (entre los Ss. IX y XII). Un servidor recuerda especialmente la iglesia que, en turco, se llama “Bajo los árboles”. Sus pinturas tienen unos tonos amarillos y azules con una luminosidad especial. El programa iconográfico, como en la generalidad de estas iglesias orientales, se basa en escenas de los evangelios y de la Biblia: La dormición de la Virgen, la natividad… De la iglesia llamada “De la serpiente” me viene a la memoria una virgen theotocos (madre de dios) con apóstoles a ambos lados y en el nartex, los padres de la Iglesia.

También el valle labrado por el Duratón sirvió de refugio para comunidades religiosas durante la invasión sarracena. No hay que olvidar la ermita de San Frutos o el monasterio de Ntra. Sra. de los Ángeles de la Hoz. Y si camina por el fondo del valle, encontrará varias cuervas que sirvieron de eremitorios y una pequeña iglesia rupestre llamada de los Siete Altares.

El viajero, siempre dispuesto a dejarse sorprender, no puede por menos de hacerlo en esta ocasión. Encuentra paralelismos no sólo geográficos, sino humanos: antiguos habitantes sorprendidos por la invasión de pueblos extraños, que buscan refugio en lugares recónditos para mantener sus tradicionales formas de vida y creencias.

También le gustaría al viajero recordar que fue una noche a un antiguo karavansar a ver una danza ritual de derviches giróvagos. La orden de los derviches se caracteriza por la búsqueda de la espiritualidad, usando la danza a modo de viaje místico hacia la perfección. Los derviches, con su ropaje talar blanco que vuela a cada giro y su gorro cónico sobre la cabeza, inician su danza con los brazos cruzados sobre el pecho. Lentamente, los van bajando hasta la cintura para subirlos de nuevo a lo alto hasta extenderlos como dos alas. El cuerpo, casi ingrávido, gira sobre sí mismo, mientras el danzante se desplaza en círculos, la mano derecha abierta al cielo, la cabeza ligeramente inclinada sobre el hombro derecho y la mano izquierda hacia el suelo, simbolizando los dones que toma del cielo y esparce sobre la tierra.

Es una sensación de gran equilibrio y armonía la que envuelve al observador, muy a pesar de que enfrente tiene a una turista que bosteza sin mayores miramientos. A través de aquella bocaza abierta en bostezos se podía percibir la vulgaridad del turista que convierte un acto, tan delicado como la danza de los monjes, en puro gesto de consumo que ni comprende, ni respeta. 

En fin, el viajero recorrió lo suyo y tuvo ocasión de rendir visita a antiguos templos dedicados a otras divinidades que aquí vivieron durante siglos. Así, en Aphrodisias, visitó el templo de la hermosa Afrodita y tuvo un recuerdo para las alegrías de los placeres amoroso; también se acercó con reverencia a visitar el antiguo templo de Asclepios, en Pérgamo, donde los devotos acudían a curar sus enfermedades, tal como lo hacen hoy a Lourdes o Fátima.

Este jubilata y viajero no molestó a los viejos y nuevos dioses con súplicas de favores que no espera alcanzar, se limitó a disfrutar de tanta vida como estas tierras conservan desde hace milenios. 

miércoles, 10 de abril de 2013

El viaje de Turquía.-

No querría este jubilata dar la sensación de que tiene abandonada su bitácora, tras dos semanas sin asomar por ella. Pero es que ha estado de viaje por tierras turquescas y ha regresado a casa con un resfriado que lo ha puesto fuera de circulación por unos días. Ya perdonará el lector este aparente abandono. Han sido causas de fuerza mayor.

Recorrer media Turquía en diez días es labor ardua y que le deja a uno con las entendederas saturadas y con el cuerpo quebrantado, de forma que no ha podido atender a ese puñado de lectores que suelen darse un garbeo por este blog, que también es su casa.

Para ver si el país que encuentro al regreso es el mismo que dejé a la salida, he ido corriendo a ver las noticias de eso que la neoderecha carpetovetónica  llama “la marca España” y que antes llamaba “Patria”; que ahora quiere vender como rufián que rifa puta joven sin desvirgar (aunque esté bien trotada) y que antes defendía con la sangre de quienes ahora mantiene en el paro. O sea, a ver si este país disparatado sigue con lo suyo. Y sí, no me lo han cambiado.

Para convencerme de ello, me ha bastado una noticia leída al azar: los maderos le dicen a una monja que se quite el velo a ver si coincide su cara con la de la foto del DNI. El ayatolá-arzobispo de Madrid se entera y le pega un telefonazo al ministro del Interior para darle una colleja. El ministro se achanta. Pura sabrosura hispánica. Las cosas siguen como estaban antes de salir. Uno, así reconfortado, recupera sus rutinas, y con ellas, su bitácora.

No sé si el improbable lector conoce El viaje de Turquía, un libro que podríamos clasificar dentro del apartado de literatura de viajes. Solo que se escribió en el S. XVI y su autoría no está muy clara. Para unos (la edición que tengo, de la colección Austral) su autor es Cristobal de Villalón. Para un profesor que tuve en la Complu, y según el hispanista Marcel Bataillon, su autor es el médico de Carlos  V, Andrés Laguna.

Describe este libro las aventuras de Pedro de Urde Malas, quien cayó preso de los turcos mientras navegaba en una galera de Andrea Doria y dio con sus huesos cautivos en Constantinopla. Allí, como era un buen urdidor de patrañas, se hizo pasar por galeno e incluso llegó a ser el médico de su amo Zinán Bajá y de la hermana del sultán. Con todo ello, nos va relatando cómo eran los turcos de entonces, cuáles sus costumbres y cómo su sociedad.

Es libro que este jubilata recomienda vivamente aunque advierte, de paso, que el castellano empleado es el propio de aquel siglo, lo que dificulta un poco su comprensión, pero no lo bastante como para quitar el gusto por su lectura. Y ya que Urde Malas huyó de Constantinopla porque su amo no quería darle su carta de libertad, este jubilata y su santa se toman la libertad de ir a aquellas tierras a ver cómo les va a nuestros vecinos del otro extremo del Mediterráneo.

Pero no se vaya a creer el improbable lector que es la primera vez que recorremos aquellas tierras; ésta es ya la cuarta. Es cierto que la anterior fue hace unos veinte años y que las dos primeras – si no recuerdo mal – fueron en 1977 y 79. De aquellas lejanas fechas recuerdo dos cosas aún con viveza: el paseo por la ciudad helenística de Éfeso, a orillas del Egeo, y las tanquetas del ejército por la calle, en Estambul. Hacía un par de telediarios que los militares habían dado un golpe de estado y aquello tenía un aspecto raro, con los sorches, armados de fusiles, haciendo plantón en la calle y los turistas a lo suyo. Eran días de penuria, pues ni siquiera los turistas teníamos qué comer, aparte el arroz con pollo que ponían en los restaurantes. Un día comimos huevos y fue una fiesta gastronómica.

Lo que va de aquella Turquía a la que acabamos de conocer es como comparar la España de los años 50 con la de los 90, solo que ellos están en periodo de crecimiento y nosotros andamos arrastrados como pantuflas desbarbadas. Dicho sin componendas: ellos están empezando a surfear en la cresta de la ola y nosotros andamos como puta por rastrojo.

Creo que merece la pena dedicar una nueva entrada a hablar de este viaje último. En cuanto me libre de otras obligaciones que tengo, me pondré a ello. 

El improbable lector queda debidamente amenazado. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Entre cabezada y cabezada, Bach


A ver cómo le explica este jubilata al improbable lector que, este domingo, ha estado dando cabezadas durante la audición de La Pasión según San Mateo, del maestro Bach. Eso de sestear mientras la Orquesta y Coro nacionales, más la escolanía de niños, desgranaban el texto del evangelista musicalizado por don Johann Sebastian es de una mediocridad tal que uno debería ser, con toda justicia, borrado del libro del Paraíso. Y me refiero a ese paraíso donde el goce estético es el premio que alcanzan aquellos que logran desprenderse de las cascarrias socio ambientales y transcienden – aunque sólo sea un ratito - las vulgaridades de cada día.

No sé si lo he dicho otras veces, pero la Pasión según San Mateo, de Bach, fue una de las primeras audiciones a las que tuve la suerte de asistir al poco de venirme a vivir a Madrid. Andaba yo todavía con el pelo de la dehesa y, en el proceso de desbastamiento provinciano, me pasaba los días corriendo de un museo a una exposición, de allí al teatro o una conferencia, hasta que empecé a asistir a los conciertos de la Orquesta Nacional en el Teatro Real.

Si tenías enchufe, podías entrar gratis en el Real.  Tú esperabas discretamente en la puerta y, cuando el concierto estaba a punto de empezar, el conserje, sobornado por alguien que conocía a alguien al que tu conocías, te dejaba entrar y te ponían una sillita en un rincón. O bien, como cuando fui iluminado por la gracia del dios padre Bach, te mandaban a las galerías de por encima del gallinero, allí donde estaban colgados los focos, y veías a la orquesta como pequeñas cucarachas negras afanándose sobre sus instrumentos. El sonido ascendía en vaharadas hacia las bóvedas del auditorio, semejante al incienso que se quema   ante el altar, y te envolvía en su gracia santificante, arrebatándote hasta ese cielo donde sólo los elegidos – y  unos pocos enchufados, como nosotros ­– podían gozar del paraíso sin ningún merecimiento especial.

Recuerdo aquella Pasión como si hubiera sido una revelación divina. De Herr Bach uno no tenía mayor idea y oír aquellos coros fue lo más parecido al éxtasis que un pardillo puede experimentar. Dudo mucho que nuestra mística Teresa de Cepeda hubiese vivido un deliquio tan intenso. Resultó una experiencia tan arrebatadora que casi ni me di cuenta de que toda la audición me pasé de rodillas. Y no por devoción, sino de pura necesidad. El banco estaba ocupado por otros más madrugadores, así que me puse en un extremo de la galería, arrodillado y con la cabeza asomando por entre la barandilla. Desde entonces creo en dios padre Bach y, ahora, además, en su profeta Ton Koopman.

Dicho lo dicho, difícilmente puede entenderse lo de las cabezadas en el concierto de hoy, menos si es Ton Koopman quien dirige. Ya en una temporada anterior tuve la suerte de verle dirigir también en el Auditorio Nacional y me sorprendió la forma en que es capaz de mover aquella  masa coral y la orquesta, sentado ante un órgano positivo, agitando los brazos, llevándose las manos a la boca para frenar el impulso excesivo de los vocalistas, boqueando como quien acompaña a los cantores con su propia voz, y con una expresión divertida y picarona, como de estárselo pasando estupendamente mientras pone orden en aquella masa.

En mi descargo puedo decir que este sábado me lo he pasado andando por tierras del río Tajuña, entre Abándanes y Cortes de Tajuña, ida por el río y vuelta por el páramo. No es que disfrutar de la naturaleza sea un obstáculo para disfrutar, al día siguiente, de una buena sesión de música clásica, pero es que uno ya no es un mozalbete y tanta actividad le pasa factura en forma de cansancio a tanto el kilómetro. Y eso fue, lo que este jubilata no descansó por la noche le pasó factura en forma de sopores en el Auditorio Nacional el domingo por la mañana.

Por cierto que en esos páramos de Guadalajara puede haber tanta belleza como en una suite para violonchelo del inefable Bach, salvando todas las diferencias, si cambiamos notas musicales por  paisajes. No lo creerá el improbable lector, pero con las botas de caminar, con los ojos ansiosos de paisaje, uno puede describir una sinfonía de colores, de aromas, de soles y lluvias y de silencios. Y, lo que es mejor para los que somos simples mortales, no es necesario ser un divino Bach, basta con acercarse a la naturaleza con una predisposición simple, sin prejuicios asfaltícolas y con el espíritu abierto a los cuatro vientos. La inspiración viene sola, mientras escribes con tus pasos sobre el pentagrama de los caminos.

Lo prometo, la próxima vez que vuelva a quedarme sopa en un concierto me voy a cabrear pero mucho, muchísimo…

domingo, 17 de marzo de 2013

Viajando desde el sillón.-



Anda estos días un servidor haciendo un viaje sorprendente por las montañas del Nepal, camino de Lhasa, la ciudad prohibida. Un viaje sin pasaporte, sin visados y sin autorización para transitar por aquellas tierras. Pero, aunque la aventura parezca arriesgada, no lo es en absoluto, si, como ya he apuntado, resulta que la hago cómodamente sentado en mi sillón de lectura.

Viaje imaginario pero no menos real ya que, si se me permite el doblete, es un viaje vicario. Un viaje por persona interpuesta, como los solemos hacer los lectores. Otros fueron los que se esforzaron, los que sufrieron las penalidades y conocieron lugares extraños y vedados a los ojos occidentales y, ya al regreso, nos lo contaron. Nosotros hemos recorrido ese mismo itinerario, pero caminando con nuestra mirada sobre las líneas de un libro, y tantas veces como leemos estas historias viajeras, las estamos reviviendo.

Somos, si lo permite el improbable lector, demiurgos sedentarios que damos vida, con nuestra curiosidad lectora, a esas historias lejanas en el tiempo y la distancia que vuelven a la existencia por nuestra simple voluntad lectora. No es poco que un modesto lector traiga a la vida hechos que fueron y ya no lo son, incluso una vez muertos sus protagonistas,  por el simple gesto de sumergirse en las páginas de un libro.

Decía, pues, que la curiosidad me ha llevado – mejor dicho, me está llevando, puesto que aún estoy en Tachi tsé y a punto de entrar en Po yul (el país de Po) – a Lhasa.  Ni siquiera los tibetanos de otras regiones se arriesgan a cruzar el país de Po porque sus gentes se dedican al bandidaje y, hay quien dice, son caníbales. Pero se ve que, a pesar de lo inhóspito de aquellas tierras, sus moradores no deben ser tan fieros, puesto que Alexandra David-Néel lo atravesó.

Bueno, sin darme cuenta se me ha escapado. No soy yo quien viaja, es la franco-belga Alexandra David-Néel quien, en 1924 y acompañada por su hijo adoptivo, el lama  Yongden, dedica varios meses a atravesar a pie el país, disfrazada de vieja mendiga tibetana, a pesar de la prohibición a los occidentales de entrar en aquel país.

Este jubilata descubrió a doña Alxandra hace un par de años por pura casualidad, como suelen ocurrir estos encuentros. Un día se tropezó con una frase suya que le impacto: Qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace (“quien viaja y no conoce al otro, no viaja, se desplaza”). El viaje como conocimiento, como descubrimiento es la verdadera razón del viajar y la única forma de que tenga sentido y ensanche nuestra percepción del mundo. El viaje es una riqueza que nos sobreviene si lo hacemos con ojos curiosos y las ventanas de la mente abiertas de par en par, tratando de comprender por qué “el otro” piensa como piensa y vive como vive, por qué es diferente y qué le hace serlo. En fin, viajar no es hacer turismo, incluso aunque uno sea turista, casi única forma de viajar que tenemos hoy en día; uno puede ir en un paquete turístico y dejarse impregnar por los lugares, los paisajes y las personas que los habitan y volver a casa un poco más aprendido de como estaba al salir de ella.

Lo que me trae a la memoria aquel viaje que hicimos la santa y yo en 1999 a Cuba. Dedicamos una semana a patear La Habana y Santiago, a hablar con la gente, a comer en los paladares e impregnarnos de la vida caribeña con la inestimable ayuda de Lázaro, quien había trabajado en el Instituto del Historiador (sede del Cronista de la Habana, que tenía, si no recuerdo mal, rango de ministro) y era hombre letrado por demás. Cuando, al finalizar la estancia nos reencontramos con el “paquete” de turistas con el que habíamos venido, nos miraban como a bichos raritos porque no habíamos pisado las playas de Varadero ni nos habíamos hinchado a mojitos y a los sabrosos bufés libres del hotel, sólo permitidos a los turistas. Les parecía normal que los cubanitos estuvieran allí como sirvientes y camareros, pero sin derecho a gozar de aquellos paraísos. 

Por entonces no conocía yo a doña Alexandra, pero estoy seguro de que ella hubiera tenido un gesto de conmiseración hacia aquellos turistas torrados por el sol caribeño y con la mente abotargada. Nosotros, sin saberlo, hacía ya muchos años que estábamos siguiendo sus consejos de viajar e ir al encuentro de los otros, de tratar de entender y regresar a casa con el morral lleno de experiencias viajeras.

domingo, 10 de marzo de 2013

Coros angelicales.-


La verdad es que este jubilata está hasta la coronilla de tanto turiferario ratzinguerista como ha florecido, estas últimas semanas,  en las tertulias radiofónicas y demás prensa adicta a la cosa de poder divino. Resultan monotemáticos, laudatorios hasta el empalago y tan faltos de crítica que uno ha terminado por hastiarse y está deseando que, de una puñetera vez, se enclaustren los cardenales en la capilla Sixtina y nombren, previa  fumata blanca, otro jefe del estado Vaticano. A ver si la barca de san Pedro tiene nuevo timonel, las aguas del Tiberíades mediático vuelven a su cauce y las fuerzas vivas del tertulianismo radiofónico dejen de quemar incienso, que nos tienen atufados con tanta Su Santidad.

A estas alturas del telediario, uno  prefiere las tropelías del asunto Bárcenas a las babitas místicas que segrega la cofradía de untuosos forjadores de opinión. Al menos, aquél resulta más jugoso porque no hay día que no salga a la luz un nuevo atropello, una explicación disparatada de algún político, o una batería de denuncias judiciales para salvaguardar el buen nombre de quienes lo perdieron hace tiempo. Lo de los angelicales coros laudatorios del papa Benedicto es campo trillado y más monótono que una eternidad tocando la lira en la gloria celestial.

Pues un servidor, no mediatizado por las inacabables tertuliadas, aún recuerda que el cardenal Ratzinger fue nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, o Inquisidor General y, como tal, ejerció con eficacia durante años, hasta el punto que le llamaban el Parzerkardinal. Y, como si fuera la brigada acorazada Brunete espachurrando rojos, con eficacia teutónica, laminó la teología de la liberación hasta no dejar casi vestigios del Concilio Vaticano II ni del compromiso de la Iglesia con los desheredados de la tierra. Lo cual no hay que buscarlo en el séptimo infierno del Dante, sino en los papeles que conservan la memoria histórica del único intento conocido de la Iglesia por tomar partido, en cuanto institución, con los desahuciados de la sociedad.

Como inquisidor general llegó a la conclusión de que la teología de la liberación interpretaba el mundo bajo el esquema de la lucha de clases, lo que era un peligro fundamental para la fe de la Iglesia. Con esta visión, no es extraño que al teólogo Leonardo Boff, en 1985, le montara un proceso digno del seguido contra Galileo y le prohibiera ejercer la enseñanza. Y gracias, que ya no estaban los tiempos para convertirlo en chicharrones en la hoguera. No es de extrañar que el obispo de Recife, Hélder Cámera, se lamentase unos años antes: si doy de comer a los pobres, me llaman santo; si pregunto por qué son pobres, me llaman comunista.

La verdad es que aquel trabajo lo hizo con eficacia germánica y la Iglesia, bajo su predecesor, se convirtió en un berenjenal de congregaciones místicas tipo Opus Dei, Legionarios de Cristo, Neocatecumenalistas que predican no ser su reino de este mundo, pero se alían con los poderosos y ocupan, subrepticiamente, parcelas de poder terrenal. Lo que no le impidió al cardenal Ratzinger, desde el Vaticano y con toda discreción – como suelen hacer estas cosas – interceder por el dictador Pinochet cuando estaba arrestado en Inglaterra por crímenes contra la humanidad.

En fin, el improbable lector perdonará que me meta en este tremedal teológico, pero un servidor veía con mucha simpatía a aquellos eclesiásticos comprometidos con los problemas sociales, que incluso dieron testimonio con sus vidas, como monseñor Romero o el padre Ellacuría y sus compañeros. Además, no es difícil entender que, de la misma forma que acabó con lo mejor que tenía la iglesia católica, ha sido incapaz de poner orden en la misma, con esos turbios asuntos eclesiásticos que se cuecen entre las bambalinas del Vaticano. Consciente de ese fracaso,  derrotado, anciano y enfermo, se va. Tampoco tiene nada de especial.

Aunque, quizás, sí. Sí tiene de especial que algún papa se apee de la silla gestatoria o del papamóvil y dimita, mientras que aquí no dimite ni político inepto, ni corrupto acreditado, ni dios que los crió. Se ve que están muy imbuidos de su sagrada misión. ¡Señor, Señor, qué cruz! 

domingo, 3 de marzo de 2013

Cuando la jefa habla de finiquitos y se lía.-


La cabra siempre tira al monte y el ciudadano, perplejo una vez más, vuelve a lo de siempre, a hablar de esas cosas peregrinas que dicen los políticos desde la tribuna. ¡Es que no hay forma de tomarse un alivio ante tanto disparate, hombre!

Ya el improbable lector - nada más leer el primer párrafo - habrá caído en la cuenta de que este jubilata vuelve a hozar en el lodazal de lo que damos en llamar “política”, esa charca en la que se revuelcan los prohombres y las produjeres que rigen los destinos de la patria mía. Bien quisiera hablar de cualquier otro asunto, pero la vida de este país gira en torno a esas vulgares recurrencias de falsedades oficiales, trabalenguas que confunden más que explican, trapacerías de complejo desentrañamiento, neolenguas de trileros escamoteadores que ocultan realidades evidentes, y toda una sarta de mentidos y desmentidos que se suceden sin solución de continuidad, como esos tiovivos de feria que te dan mil vueltas para dejarte en el lugar donde estabas, pero mareado.

No sé si el sufrido lector habrá entendido lo que acabo de decir, de la misma forma que el sufrido ciudadano es incapaz de entender por qué no se pone un poco de orden en el regimiento de la cosa pública. Pero - este jubilata lo jura - la parrafada anterior no es un trabalenguas para marearle y dejarle in albis. Si bien se mira, la frase de marras, tiene una concatenación lógica desde el punto de vista idiomático. No ocurre lo mismo con ese marear la perdiz cuando, desde el sillón de mando, tratan de explicar lo inexplicable y, encima, con torpeza. 

Total, va uno y escucha, hasta la saciedad y en un montón de medios de comunicación, ese atropello del leguaje y atentado a la inteligencia del que ha hecho gala doña Cospe para contarnos que lo del Bárcenas con el PePe, en realidad, se trataba de un contrato rescindido en diferido, como una simulación de contrato para pagar una indemnización pactada, difiriendo los pagos como si fueran un salario de alguien que estuvo, pero ya no está, pero sigue cobrando…En fin, un lío que no acabo de entender. Menos aún cuando la segunda parte contratante dice que de eso, ni flores. Que él ha sido empleado del PePe hasta hace dos días y que se trata de una revocación ilegal de su contrato, y que les pone una demanda por despido improcedente, y que si le mandan al paro, como lleva ya muchos años cotizando, quiere ver de qué color es la pasta de la indemnización por ese despido.

Lo primero que le viene a la imaginación al ciudadano, tras tanto galimatías, es la escena de Una noche en la ópera en la que Groucho y Chico Marx (marxistas capitalistas, pero con humor disparatado) redactan el contrato de la primera parte contratante con la segunda parte contratante y van arrancando del contrato aquello que no queda muy claro para, al final, dejarlo más confuso aún.

Yo creo que a doña Cospe (en esta comparecencia groucho-marxista del despido diferido) le tenía que haber dado la réplica el señor Floriano, pongamos por caso, de forma que la explicación al alimón hubiese sido explicada con la debida confusión. Y si no, ahí tenían a Pepe Isbert desde lo alto del balcón del ayuntamiento, quien lo tenía bastante más claro: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, porque como alcalde vuestro que soy os debo una explicación”. Como puede ver el improbable lector, la explicación no resultaba tan difícil, sólo hay que tener un poco de soltura con el idioma.

Pero este jubilata, que es poco cinéfilo se ha ido más por el humor agrio de don Francisco de Quevedo, quien veía en su tiempo los mismos o parecidos males de que disfrutamos ahora, y ha encontrado el soneto intitulado Valimiento de la mentira:

Mal oficio es mentir, pero abrigado:
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado
mi boca escupa con enojo y ira;
y ayuno, el verdadero, que suspira,
invidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,
que las mentiras ya quebrantan peñas;
y pidiendo andaré en los mentideros.
...etc
(Soneto que, por cierto, cantó Paco Ibáñez en el Olimpia de París en aquellos años románticos en que contra Franco vivíamos mejor y hasta teníamos ilusiones y todo).

Y aunque la neolengua de la lideresa castellano-manchega prohíba a sus funcionarios emplear el término “desahucios” y otras inconveniencias, siempre estará el señor De Quevedo y Villegas para recordarnos que al mentir con toda la boca sigue llamándosele, en buen castellano, mentira, por mucho que esta verdad sea un bocado amargo.

¡Max, no te pongas estupendo!”, decía don Latino a Max Estrella en Luces de Bohemia. Y este jubilata se lo dice, con todo el respeto que hace al caso, a doña Cospe: ¡¡María Dolores, no te pongas estupenda!! Que ya nos conocemos, coño. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Esos días sin nada que decir.-


A veces ocurre. Pasan los días y uno no tiene nada opinable que echarse al coleto ¿De qué hablaré hoy en mi bitácora? ¿De política, de políticos, de corruptos…? Tal como está el patio de Monipodio, viene todo a ser lo mismo. Hemos llegado a tal nivel de confusión mental que, si nos ponemos a hablar de política no hablamos de los asuntos que atañen a la política en su expresión genuina, sino de chanchullos, de respetables mentiras desde la tribuna del Congreso, de tropelías, de sobre cogimientos y – como diría la  ex Lideresa – de mamandurrias, y otras deyecciones excretadas por esa casta de engañadores contumaces. 

Porque, dicho sólo de pasada, contumacia es lo que define al debate ese del estado de la nación. Contumacia en los engaños y falsas promesas, contumacia en el aferrarse al cargo, contumacia en la ocultación de la corrupción, contumacia en el “Y tú, más”. Además, uno no acaba de entender qué necesidad había de un debate sobre el estado de la nación cuando todos sabemos cómo está la pobrecita: postrada en su camastro y sometida a sangrías, emplastos y lavativas, que la están matando más los remedios que la propia enfermedad. Más que debatida, la tienen abatida y sin levantar cabeza.

Un coñazo, francamente, un coñazo eso de volver sobre esos asuntos. No porque no merezca hablarse de ellos, sino porque acaban convirtiéndose en un tópico socorrido cuando no se sabe de qué hablar y, a fuerza de tanto repetirlos, se convierten en lugares comunes y la protesta pierde el empuje necesario para seguir viva. Mejor se protesta en la calle, como hacen las diferentes asociaciones ciudadanas que, día sí y día también, nos recuerdan la gran estafa del sistema, quien nos hace pagar con paro, con desahucios, con secuestro privado de la salud pública y una lista interminable de atropellos, la bulimia de los banqueros y especuladores y de los gobernantes, sus cómplices.

Así que hoy no toca hablar de política. Estrujándome el magín, pienso: pues podría hablar de caminatas por los montes. La pasión montañera y caminera, en general, es algo que suliveya mucho a este jubilata artrítico, quien, con su espíritu de cabra montaraz, sigue tirando al monte casi cada sábado mientras las articulaciones aguanten y los músculos tractores tengan la bastante flexibilidad para cargar con este cuerpo gentil que se ha de comer el crematorio, y con la mochila y otros arreos inherentes al caso.

Al improbable lector que sea más de fútbol de tele en sillón y cervecita se le hará difícil entender que un tipo que ya no cumplirá nunca más los 65 y que cualquier año de estos se tropieza con los 70, ande con el pío de patear montes cada fin de semana que las circunstancias y la santa se lo permiten. Aferrado al mando del televisor, le resultará difícil  hacerse idea de lo que es disfrutar de las vistas del Atazar, por un decir, desde lo alto del Cancho de la Cabeza; o ver las llanadas manchegas desde lo alto del Rocigalgo; o recorrer el curso del río Perales, río arriba desde el embalse, viendo esas aguas saltarinas corriendo entre rocas graníticas; o caminar por entre el encinar, tachonado de enebros, y sintiendo el olor a tomillo, y viendo a los milanos evolucionar sobre tu cabeza. Eso sí, chupando un frío del carajo, con el moco colgando y con ese olor a sobaquina que se te pone con el esfuerzo caminero. Pequeños inconvenientes que se arreglan con una ducha bien caliente al llegar a casa.

A lo mejor, el improbable lector preferiría que le hablase de las lecturas actuales, ya que no tengo nada mejor de qué hablar; o, a lo mejor, preferiría directamente que me callase, pero esta opción no puede ser, al menos, mientras tenga que colgar la entrada nueva de esta semana. Luego ya, sí, ya no volveré a molestarle hasta la próxima.

El problema de las lecturas es saber si el improbable lector de esta bitácora tiene los mismos hábitos de lectura que este jubilata. Si fuese así, le podría contar mi interés por el mundo clásico romano, por su sociedad, sus costumbres, sus ritos sociales…, o por su organización militar. ¿Sabía que existía un matrimonio per usum? Bastaba que una mujer viviese durante un año seguido bajo el techo de un hombre para que aquélla se considerara su mujer legítima; ¿o que se rompía el contrato matrimonial por la simple fórmula de decirle el hombre a su mujer, ante testigos: res tuas habeto et discede: coge tus cosas y márchate? ¿Sabía que a Julio César, en cuanto tomó la toga viril con diecisiete años,  lo casaron y lo nombraron Flamen Dialis, o sumo pontífice? ¿O que Rea Silvia, la madre de Rómulo y Remo fue virgen vestal y madre sin concurso de varón, como la virgen María en el cristianismo, y que ambas tienen en común haber concebido de un dios?  La verdad es que se trata de antiguallas a las que el ministro de educación Wert miraría con desdén de tertuliano avezado y que al improbable lector no tienen por qué importarle un cagarro de oveja.  Por eso, no hablaré de mis lecturas actuales, ni de nada más.

Y ahora, sí, ya me callo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Obsolescencia



Seguro que el improbable lector, en más de una ocasión, se ha encontrado con un electrodoméstico que se avería, ha llamado al técnico para que se lo repare y éste, aparte cobrarle la visita por el diagnóstico, le dice que le saldrá más caro repararlo que comprar uno nuevo. Entonces, uno corre a la tienda y se compra otro nuevecito, flamante, de líneas y diseño ultramodernos, mientras que el viejo termina en la basura. Con suerte, se reciclarán sus componentes; cuando no, incrementará los millones de toneladas de deshechos que soporta el planeta.

No digo nada nuevo. A cualquiera le ha pasado en un determinado momento y no ha sucedido por casualidad. Es la obsolescencia programada: las cosas se hacen para que duren un determinado tiempo (no demasiado) y, luego, haya que cambiarlas. Quienes las producen mantienen su cadena de fabricación artificialmente, se enriquecen con el deterioro de sus productos y mantienen bien engrasado el sistema productivo del derroche-consumo.

Pues imagínese que esto le ha sucedido a este jubilata. El frigorífico, un mal día, dice que ya no chuta y uno va corriendo a la tienda a ver si un técnico se lo repara. El vendedor le dice que, con doce años que tiene el aparato, lo mejor que puede hacer es tirarlo y comprarse otro. El asunto no es baladí. La santa y un servidor vivimos de nuestras pensiones devaluadas y empezamos a echar cuentas: un frigo nuevo equivale casi a una de nuestras pensiones mensuales, hay que pagar un 21% de IVA y echar un montón de cuentas a ver cómo saldamos el mes sin que los números rojos nos cojan por las partes blandas y nos las retuerzan hasta exprimir el último eurito pensionario.

Este jubilata, que suele darle vueltas a las cosas, empieza pensando por qué no se aplica este criterio a otros ámbitos sociales. Por ejemplo, a los políticos. A ver – se pregunta uno – por qué razón no nos fabricamos unos políticos obsolescentes, cuya duración en el cargo no vaya más allá de unos pocos años y luego los mandamos a reciclar. Como todo el mundo sabe, en cuanto el político lleva unos cuantos años funcionando, empieza a dar problemas: un día concede licencias de obras a cambio de donaciones opacas para su campaña electoral; otro día, te hace aeropuertos sin aviones; otro, usa sus influencias para beneficiar a las grandes empresas y, de acuerdo con el sistema de puerta giratoria, pasa de la política a los puestos directivos de las telefónicas, petroleras o las eléctricas, y de éstas a la política, según el apaño que convenga en cada caso; otras, simplemente, sobre coge dineros negros que no hay bárcenas que nos los blanqueen. Y así ad nauseam

Imagínese el improbable lector que ese mismo criterio se lo aplicamos a los banqueros. Cuando llevan unos cuantos años acaparando dinero y, resultando oneroso por demás el coste social de su mantenimiento, un día decidimos cambiarlos por otros nuevos. Mandamos al banquero antiguo a la chatarra – reciclarlos sale caro y su coste queda por encima de nuestras posibilidades – y éste (el banquero-chatarra) termina desahuciado de un piso cuya hipoteca no ha podido pagar y en la puta calle. Uno más, ni se nota.

Sígame el juego el improbable lector. Imagine, de sobras lo sabe, que los miembros de la gran patronal mantienen gripados los engranajes de eso que llaman con inhumana expresión “mercado de trabajo”. Pues nada, les aplicamos la obsolescencia programada, y pelillos a la mar. Si nos fiamos del criterio precio-calidad, salta a la vista que nos salen más caros que los beneficios que proporcionan a la sociedad que los soporta. Por lo tanto, pongamos unos nuevos más eficaces y aquéllos los reciclamos en trabajadores con contrato-basura y plaza en las colas del INEM. Y que se busquen la vida en la economía sumergida, que habilidades no les faltarán para ello.

Pero, volviendo a lo que nos preocupaba en casa, decidimos llamar a un técnico. Éste nos cambió el termostato del aparato (108,90 €) y nos dijo que estos aparatos viejos (fabricados todavía sin criterios de obsolescencia inmediata) suelen tirar hasta los veintialgunos años.  Total, que le hacemos un corte de mangas al comprar-usar-tirar-comprar de los programadores de obsolescencias y, de paso, descubrimos la teoría de los políticos-banqueros-gran patronal achatarrables  que aquí brindamos al improbable lector para que la ponga en práctica.

Al menos, que sepa que tal teoría existe y es verificable, si nos ponemos a ello.

domingo, 10 de febrero de 2013

Paseata por los Montes de Toledo



Los Montes de Toledo, para este jubilata, son viejos conocidos. Durante años recorrí el cordal próximo a San Pablo de los Montes, entre el puerto del Marchés y el Risco Vicente, todo a lo largo de la cuerda, pasando por el puerto del Robledillo, la Morrilla, la Morra y el Morro Cerrillón, el puerto del Lanchar, y hasta el Alto Peñafiel. Por eso, regresar al cabo de los años a estos caminos ha sido un poco un ejercicio de añoranza, aparte ese vicio tan arraigado que un servidor tiene por la naturaleza y por los paisajes. Y aquí, en estas sierras de cumbres alomadas y escasa altitud, bastante olvidadas de los montañeros, si de algo se puede disfrutar es de hermosos parajes, incluso en estos días centrales del invierno.

En las zonas de pie de monte domina la encina y el terreno adehesado,  hasta no hace tanto tiempo dedicado a la cría de ganado vacuno. En el montano abundan los bosques de robles melojos, fresnos en los arroyos, y chaparras que tachonan las laderas entre el robledal. Donde el bosque autóctono ha desaparecido, el terreno ha sido colonizado, principalmente, por la jara, cuyo olor se nota en el ambiente, incluso en estos días fríos de invierno.

El grupo Senda Clara, con el que caminamos, sale de las Navillas y seguimos la pista que sube al puerto del Marchés, solo que abandonamos ésta para tirarnos hacia la derecha, internándonos por el robledal, siguiendo una senda que está marcada para senderistas, próxima al arroyo en algunos tramos. Como todo el mundo sabe, las pistas son aburridas y monótonas, mientras que los caminos son como pequeños hilos conductores que se adaptan al terreno sin alterarlo, haciendo que el caminante disfrute del paisaje y se sienta parte del mismo.
Cuando yo pateaba esos caminos, el del Marchés se estrechaba ladera arriba hasta convertirse en una trocha apta para rebaños de cabras y caminantes esforzados. En la actualidad es camino ancho, bien allanado y apto para coches todo terreno de esos de lujo que usan los señorones del consorcio banquero-político-gran empresario, con esa pinta pseudo-agraria de cacería, colonia cara, escopeta repetidora y traje de camuflaje de boutique. O sea, poco que ver con el modesto senderista, con su leve olor a sobaquina por aquello del esfuerzo.

En el alto del Marchés, cuando confluye con la pista que corre paralela al cordal, por la otra vertiente, sopla un aire frío que llega desde las tierras llanas de Ciudad Real. Desde allí puede verse (en apreciaciones a ojo de buen montañero), al Oeste, el parque natural de Cabañeros y una dorsal en la que destaca lo que parece ser el Rocigalgo. Si mira en dirección oeste-noroeste, se aprecian las cumbres de Gredos nevadas. Mirando en dirección este-sureste, se ve el espejo alargado e irregular que forman las aguas del embalse de Torre Abrahán y, por allí cerca, la finca y palacio que fuera del general Prin. (Bueno, eso no se aprecia a simple vista, pero sé que está allí y lo digo para quedar como un experto montañero). Y casi a nuestros pies, los baños de la Guarra o del Robledillo. Lo de la “guarra” merece una pequeña explicación: los baños pertenecen al ayuntamiento de San Pablo y se llaman así no porque los regente una señora poco aseada, sino porque, según la tradición sampableña, descubrió sus propiedades una guarra (que así llaman a las cerdas por esas tierras) que siempre iba a bañarse a una charca de aguas salutíferas. Lo que desmiente el tópico de que los cerdos son guarros; por lo contrario, son muy amigos de bañarse, solo que la mayoría de las veces los medios no son los apropiados.

Tomando la pista en dirección al este, llegamos al puerto del Robledillo. Ante nosotros, las antenas repetidoras de telefonía, un poco más allá, la Morrilla y la Morra, que dan directamente sobre San Pablo de los Montes. Damos la vuelta a la cabeza de las Majadillas y seguimos la pista que desciende entre el robledal y que enlaza con el camino del Marchés unas decenas de metros un poco por debajo de la fuente de la Canaleja. Pero antes de eso hemos parado a comer en el valle de la Majadilla, al pie de unos riscos orientados hacia la solana y que nos protegían de los vientos. Aquí, un alma caritativa, tras el bocata, nos regala un dedalito de ron. Sana costumbre ésta, ya que las veces que he caminado con Senda Clara, un montañero de buen corazón ofrece al personal esas gotitas de ron que levantan el espíritu, alivian el cansancio y dan caña a las botas.

La fuente de la Canaleja dicen que tiene una aguas afamadas en todo el contorno, diuréticas y saludables, donde el caminante puede rellenar la cantimplora, aparte de contemplar el paraje con unos robles añosos de gran porte. Desde aquí a las Navillas no queda más que un paseo.
El resto, lo habitual, calzado cómodo, parada cervecera y regreso a casa... hasta el próximo sábado.