domingo, 26 de octubre de 2014

Unos días en Menorca.-


¿Quién, cuando se habla de unas cortas vacaciones en Menorca, no piensa inmediatamente en calas recoletas, toalla playera, crema solar y rebozo de arena con panza al sol, vuelta y vuelta? Pues, en este caso, de eso, muy poco; a pesar de que íbamos en un viaje de turismo social con Mundo Senior, sin más obligaciones que tomar el sol y pasear. La santa y un servidor nos hemos dedicado a recorrer la isla, disfrutar de sus paisajes y – rarezas de jubilatas pasados de vueltas – observar las distintas formas de poblamiento que se han dado en ella. Quizás no sea la forma más habitual de aprovechar un viaje a un lugar de turismo de masas, pero sí es muy interesante.

Quizás el improbable lector no lo sepa, pero un servidor se lo cuenta, el 123 a. C., Quinto Cecilio Metelo desembarcó con tropas romanas cerca del cabo más septentrional de la isla (hoy, Cap de Cavallería), en un lugar llamado Sanitja, donde estableció un campamento del que aún se conservan restos. La visita no es recomendable en tiempo de tramontana, como cuando fuimos nosotros, porque puedes terminar arrastrado como una hoja seca.

Pero los asentamientos más antiguos hay que datarlos en la cultura megalítica, en torno al 1000 a. C. La isla está llena de vestigios de la cultura talayótica y enterramientos en navetas. Si uno se da una vuelta por Binissafullet puede hacerse una idea de aquellos asentamientos al ver un talayot, una taula y restos de habitaciones circulares (“cercles” los llaman allí) que fueron habitadas de forma continuada hasta romanos y árabes. Muy cerca, en el parque megalítico de Trepucó, hay un talayot que los ingenieros militares franceses reformaron en 1781 para instalar artillería y lo fortificaron con un muro en forma de estrella, defensa militar típica de la época.

Lo cual nos dio la pista para conocer que, a partir de 1756 y durante algunos años, la isla estuvo en manos francesas. Consecuencia de esta corta dominación es la fundación de la población de Sant Lluís. Fue decisión del gobernador Conde de Lannion para agrupar a la población dispersa en las alquerías de los alrededores. Aparte un pequeño museo etnológico instalado en un viejo molino de viento, el pueblo no tiene más interés que el hecho de que sus calles se trazaron en planta ortogonal, puro racionalismo dieciochesco.

Y ya puestos, era obligada la visita al próximo Es Castell. Su trazado urbanístico es obra del ingeniero militar inglés Patrick Maekelar, quien lo diseñó a partir de la gran Plaza de Armas (hoy, Plaza de la Explanada), en uno de cuyos extremos está la estatua en bronce dedicada a un pregonero inglés, con su casaca, calzas cortas y tricornio. Su traza respondía más a necesidades militares que habitacionales de una población civil. Pero el asentamiento original nació en tiempos de nuestro Carlos I y V de Alemania, como arrabal del castillo de San Felipe, en la desembocadura del puerto de Mahón.

Para descansar de tanta racionalidad urbanística lo propio era acercarse a Binibèquer Vell, un antiguo villorrio de pescadores, hoy un complejo turístico donde se ha mantenido la típica forma constructiva de la antigua aldea, con callejuelas retorcidas por donde no cabría un borriquillo con serones. Casitas blancas y apiñadas unas sobre otras, puertas y ventanas azules, y una sensación – si no fuese porque sabemos que la iniciativa turística lo hizo “typical” a propósito – de estar callejeando por una medina norteafricana.

Los palacios de la nobleza local están muy bien representados en Ciudadela. Nosotros visitamos el palacio Salort, de la familia Martorell. Tiene el edificio una fachada neoclásica coronada por un gran frontón soportado por pilastras acanaladas, rematadas por capiteles jónicos. Hacia la plaza Des Borns tiene una bellísima logia de gusto italiano. 

Y esa catedral construida en gótico catalán, mandada levantar por Alfonso III en S. XIV, con una portada neoclásica adosada a su fachada de poniente, nos hizo recordar (salvando las distancias en cuanto a monumentalidad) a la que Ventura Rodríguez diseñó para la catedral de Pamplona. A este jubilata siempre le ha parecido (salvo opinión autorizada) un pastiche esto de ocultar la fachada de un templo medieval con una especie de retablo pétreo neoclasicista. Siempre me ha parecido que los próceres del Siglo de las Luces se avergonzaban del legado arquitectónico heredado de los siglos oscuros en que la religión del Galileo prevalecía sobre la diosa Razón.

Pero no vaya a pensar el improbable lector que la cosa fue solo de piedras viejas. Hubo unos ratos de playa y brazadas en el mar. También visitamos un par de veces el parque natural de la Albufera d´Es Grau y observamos su vegetación donde abundan los acebuches y lentiscos, entre otras especies. Pero la cosa daría para otra entrada, así que solo se deja dicho para que quede constancia.

Y, además de todo esto, nos quedaba por practicar el gran deporte del jubilado, modelo IMSERSO:  el asalto al autoservicio del hotel: Platos llenos a rebosar con todas las suculencias de colesterol y grasas que ofrece la cocina en serie; abundancia de postres dulces con total menosprecio del sobrepeso y la diabetes; aplicación a rajatabla de la máxima “de lo que no cuesta se llena la cesta”, y bailongo agarrao por la noche. A decir verdad, aquí se habla del jubilata-tipo (modelo Imserso) y de sus previsibles comportamientos, con todas las salvedades que hagan al caso.

Pero sí es cierto que regresamos a casa con las inevitables ensaimadas menorquinas. ¿Se ha visto algo más entrañable y castizo que una turba de jubilados caminando por el aeropuerto cargados de ensaimadas? Mientras siga siendo así, el mundo seguirá siendo un lugar habitable.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

Las aficiones raras.-

Dicen por ahí que todo es opinable y el título de esta entrada también lo es. Solo que aquí se ha optado por este título como concesión a la galería. Si por raro se entiende “escaso”, “poco frecuente”, o expresión similar, entonces sí lo es. Pero no por referirse a aficiones estrafalarias, de tal manera que quien las practica sea un bicho inclasificable para el que no existe casilla entomológica en la que encuadrarlo. Son, por decirlo así, rarezas inocentes, inofensivas y cultivadas en la intimidad y sin ánimo de escandalizar.

Viene al caso porque algún improbable lector le ha reprochado a este jubilata esa afición tan suya a hacer presa en el estupidiario político patrio. Entrada sí, entrada también, se acaba hablando en esta bitácora de las genialidades con que el faunario político autóctono y sus adyacentes andan tocando las meninges al paisanaje, y la cosa acaba siendo previsible. 

“Hoy el jubilata hablará de tal”, piensa el sufrido lector. Es decir, con el material que tenemos a mano: Esta semana podríamos hablar de ese consejero de sanidad de Madrid que llegó a la conclusión de que un guante que tocó una cara nos ha traído la plaga bíblica del ébola; o del putiferio que se ha organizado con las tarjetas negras (¿por qué coños “black”?) de los consejeros de la extinta Caja Madrid y actual sumidero de recursos públicos que es Bankia.

Pero no, esta vez este jubilata tiene el firme propósito de hablar - con circunloquios; o sea, mareando un poco la perdiz -  de una de sus aficiones raras que cultiva con mimo. ¿Alguna vez el lector que pasea por esta bitácora ha oído hablar de una modestísima revista que se llama Mélissa? Melisa (μέλισσα, en griego) es tanto como abeja. Es el título de una publicación bimensual en latín editada en Bruselas por Guy Licoppe y Françoise Deraedt en colaboración con la Maison d´Érasme y la Academia Latina de Roma.  Pues bien, a fuer de jubilata rarito, un  servidor está suscrito a ella y, encima, la lee.  

Los asuntos que en ella se proponen (históricos, filológicos, literarios…) uno podría encontrarlos en otras publicaciones de divulgación cultural, solo que aquí sus autores los escriben en latín. Lo que significa – pásmese el lector inadvertido – que el latín no es la lengua muerta de que nos hablaban en el bachiller (a los que hacíamos Letras), o en la Facultad, sino una lengua tan ágil y fresca como para expresar cualquier idea o noticia de la más inmediata actualidad.  Y no vaya a pensarse que es cosa, eso de cultivar latines actuales, de cuatro sesentones con la chaveta mal encajada, porque es lengua hablada en la actualidad en Europa y América (al menos) por gente docta que la usa como vehículo de comunicación habitual.

Algunos no llegaremos a tanto; a doctos, digo, pero nos sentimos privilegiados ahora que ya balbucimos la lengua y somos capaces de comprender de corrido una conversación y las lecciones impartidas en ese idioma que, durante siglos, fue común al mundo mediterráneo y, hasta el S.XVIII, fue lengua científica.

En estos tiempos en que los más cultos europeos se expresan en latín, se pregunta este jubilata, por qué la política educativa de este país ha casi borrado de los planes de enseñanza las Humanidades, como antiguallas inútiles, convirtiendo los centros docentes en un apéndice del mercado laboral; lugares donde no  se forma universitarios, sino que se fabrica técnicos. Y mira que ya nos lo advirtió don José en su “La barbarie del “especialismo”, donde nos explicaba que la Técnica nace de la cópula entre el capitalismo y la ciencia experimental, pero que no toda técnica es ciencia. Así, los técnicos que salen de las aulas son fuerza de trabajo en reserva, no intelectos operativos.

Pero a ver quién se lo explica al verboso ministro y ex tertuliano Sr. Wert, qui, mea quidem sententia, acumine ingenii non excellet. 

martes, 7 de octubre de 2014

Cobayas.-


“Gracias por haber participado en esta investigación clínica. Quizás usted no recuerde haber dado su consentimiento, pero fue enrolado en diciembre de 2007, al comienzo de la gran depresión. Su tratamiento no ha sido administrado por médicos o enfermeras, sino por políticos, economistas y ministros de finanzas. En el marco de este estudio le han hecho seguir, lo mismo que a millones de personas, uno de los dos protocolos experimentales siguientes: austeridad o reactivación. La austeridad es un medicamento destinado a reducir los síntomas de la deuda y del déficit para tratar la recesión. Consiste en disminuir los gastos gubernamentales en materia de cobertura médica, de asistencia a los parados y de ayuda a la vivienda.”

“Si ha recibido una dosis experimental de austeridad, habrá notado, seguramente, profundos cambios en el mundo que le rodea. Si, en cambio, forma parte del grupo de la reactivación, su vida, posiblemente, no ha sido alterada por el paro y la recesión. Incluso es posible que se encuentre con mejor salud que antes de la crisis…”

Así comienza el artículo Cuando la austeridad mata (Las consecuencias sanitarias de las políticas económicas), publicado por Le Monde diplomatique este mes de octubre. Es lo que tiene dejar de rascarse el ombligo con las noticias domésticas tan llenas de fervores nacional-periféricos que hacen olvidar la realidad de los males sociales, que uno acaba enterándose de haber sido sometido a un experimento quirúrgico-económico. Bueno, un servidor y también el improbable lector: todos convertidos en conejos de indias a los que nos han extirpado derechos sociales: hoy te privatizo hospitales, mañana te recorto ayudas a la dependencia, anteayer te podé los derechos laborales, y así.

El artículo toma los dos ejemplos europeos más contrapuestos del experimento: Islandia y Grecia. El segundo es ese tratamiento para caballos que la Cirujana de Hierro Merkel y su equipo de guardia nos ha impuesto para salvarnos del virus que, previamente, nos inocularon cuando lo de Lehman Broders y las subprimes aquellas. 

Dice el refrán español que quien bien te quiere te hará llorar, y mucho nos deben querer el FMI, el BE, la UEE y sobre todo nuestro gobierno cuando nos tienen quejumbrosos con lo amargo de su medicina. Pero ya se sabe que lo hacen para curarnos de aquel absurdo optimismo de cuando nos creíamos que la educación, la sanidad, los derechos laborales, eran un bien que nos habíamos ganado con el esfuerzo de  las generaciones que nos precedieron; bienes que pensábamos dejar en herencia a las siguientes generaciones. Ahora sabemos que no era más que un préstamo con intereses usurarios que nos vemos obligados a devolver, so pena de desahucio.

Pero no, no éramos más que lustrosas ratas de laboratorio en las que experimentar nuevos medicamentos que demuestren la eficacia de la ideología neoliberal. Y con el fin de que aceptemos la medicación sin rechistar, ahí está la sabia advertencia que a los ciudadanos del Sur hizo la doctora Merkel, quien dijo refiriéndose a Grecia: Estos países pueden ver que el camino iniciado por Grecia no es fácil. Por lo tanto, harán lo que puedan por evitarlo.  Claro aviso para convalecientes díscolos. Por eso nuestro Mariano sigue el tratamiento con tanta sumisión.

Por eso, también, esa resistencia que nació de las asambleas callejeras, de los 15 M, de los Rodea-el-Congreso y mareas de distintos colores que han brotado como sarpullido un poco por todas partes. Un virus resistente, una especie de inmunodeficiencia que por estas tierras recibe el nombre de Podemos, y en Grecia, de Syriza. Si siguen tomándonos por conejillos de indias, quizás estos sarpullidos terminen convirtiéndose en un ébola inmune a toda la farmacopea neocon y a ver qué hacen los Marianos de plantilla con la sanidad desmantelada. “Los experimentos, con gaseosa”, dijo Eugenio D´Ors.

Un servidor, desde su atalaya jubilata, así lo ve y así lo dice. ¿No será contagioso,verdad, doctora?

miércoles, 1 de octubre de 2014

Paraísos.-



El CCCM viene a ser como la CCCP de la extinta Unión Soviética, pero en plan club privado donde se retiran a sestear los viejos elefantes de la política. Es pura coincidencia lo de las iniciales CCC pero unas y otras son un paraíso a su modo. La CCCP (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) aspiraba a ser el paraíso igualitario donde cabrían todos los desheredados de la tierra. El CCCM (Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid) es un paraíso excluyente donde solo caben unos pocos privilegiados.

Diez, exactamente, contando al exministro Ruiz Gallardón. Precisamente ese que hace unos días nos dijo que dejaba todos sus cargos públicos y se retiraba de la política. Claro que, gente que sabe de estas cosas, como Iñaki Gabilondo, ya nos lo pronosticó más o menos así: “Gallardón dice que se va de la política, mañana lo tendremos otra vez”. La verdad, joden los profetas que aciertan. Sobre todo porque algunos ciudadanos ya nos habíamos hecho la ilusión de que don Alberto se retiraría a sus lares para escribir sus memorias y demostrarnos qué lumbrera pierde la Patria con el desaire que le ha hecho Mariano.

Uno se pregunta qué utilidad tiene eso de la CCCM y, según parece, es que se dedican a asesorar en cuestiones de legislación a los municipios madrileños y la comunidad autónoma. Lo cual debe ser algo de absoluta necesidad  para el buen funcionamiento de la cosa pública de la administración madrileña en general; y no hay por qué dudar de ello, para algo fue invento de doña Espe, la Lideresa carismática. 

Lo que no se entiende bien – este jubilata, al menos, no lo alcanza con sus entendederas – es por qué políticos de postín que rompen la baraja y dicen que se van del todo, al día siguiente se montan de nuevo en el coche oficial y se apoltronan en un chiringuito hecho a su medida. Dos ejemplos tenemos en casa: la susodicha doña Espe, quien dijo que dejaba la política y se iba a cuidar a su mamá, y terminó de presidenta del PP en Madrid; y ahora don Alberto, quien no ha tenido tiempo ni de deshacer las maletas de ministro y ya es flamante Consejero consultor de un club exclusivo, por cuya pertenencia le pagamos 5.500 € (impuestos aparte) todos los ciudadanos de esta provincia.

El improbable lector me echará en cara que no hable de otros que han hecho otro tanto o parecido. Le aseguro, sin faltar a la verdad, que un servidor está hecho un barullo y solo recuerda unos pocos. Así, a bote pronto, ahí está el inefable Arias Cañete, que dejó un ministerio anodino por una poltrona en la Eurocámara, más cómoda y con mejor paga. Aparte que le van a nombrar, según dicen, comisario de Acción Climática y Energía, que es como darle las llaves del gallinero a la zorra.


Que hay otros muchos de otro signo político, haberlos haylos. Antiguos dirigentes socialistas, ahora viejos y gordos a quienes cualquier Podemos callejero les espeluzna y no aspiran más que a una vida confortable y a los menos alborotos posibles. En estos momentos me viene a las mientes el señor Leguina, consocio de Gallardón en la CCCM, y don Felipe (el González, no el VI), quien preside un comité de sabios de la Unión Europea y, en sus ratos, asesora a Carlos Slim, el hombre más rico de Méjico y de parte del universo. Que cada cual vaya engrosando la lista a su gusto. Pero que no se olvide: a todos ellos les pagamos su feliz jubilación con largueza. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

El estrafalario peso de la púrpura.-

A veces, en esta bitácora se escapa algún texto burlesco cuando se habla de personajes públicos y este jubilata no siente la necesidad de excusarse por ello. Todo el mundo entiende que la burla que un quídam hace de los poderosos no es más que el peaje que éstos han de pagar por estar en el candelero y disponer de parcelas de poder que ejercen no siempre (o muy pocas veces)  a favor de quienes le pusieron allí con sus votos. Y no digamos si se trata de la casta que llegó a lo más alto de su escala jerárquica sin el concurso de sus feligreses o adeptos, sino encumbrados por especial favor del dedo divino.

Claro que, por si las moscas, un servidor, antes de meter el dedo en el ojo a un personaje, se ha parado a mirar si en el suyo propio hay una paja o una viga evangélica, o una simple catarata. Y descubre que puesto a reírse de estos estrafalarios personajes con los que se topa de vez en cuando, también cuenta con una buena dosis de rarezas en sus propias alforjas. Esas pueden ser cosa de la edad, de la esclerosis neuronal tras tantos quinquenios de actividad, o del simple capricho por ser original frente a tanta mansedumbre mass media como uno observa por ahí cuando se finiquita un banquero o cualquier personaje conspicuo y forrado de pasta.

Pues eso, antes de hablar de ese purpurado obispo de Valencia de la foto, que quiere pasar por ser un cardenal renacentista con su corte y no es más que un anacronismo, un vejete ridículo embuchado en metros y metros de capa roja como un chorizo sobrado de pimentón, un servidor quiere confesar que también es un tanto estrafalario, o friki, en sus gustos. 

Ya hace algún tiempo confesé mi gusto por el latín, lengua que estudio desde hace algunos años, y mi lamentable desconocimiento de la angliparla. Pero, puestos a ser originales, piénsese que el inglés lo habla hasta la alcaldesa de Madrid; o sea, una vulgaridad de aeropuerto y carta menú de chiringuito playero. Aparte que Xavier de Bradomín ya se lo dijo a la Niña Chole cuando navegaba hacia Tierras Calientes, que el inglés era lengua de mercaderes, piratas y herejes.

El caso es que el amigo Chus, también jubilata, también aspirante a chamullar la lengua de Cicerón, me envía las fotos de marras y trae a colación un texto de Erasmo que viene al caso. Se trata de Abbatis et eruditae colloquium (Coloquio entre el abad y la mujer culta). En la pelea dialéctica que mantienen, el abad dice a Magdalia que las Letras son tarea impropia de la mujer, de la misma forma que las alforjas lo son para un buey. Ella, con ironía, le responde: Atqui negare non potes, quin magis quadrent cliteliae bovi, quam mitra asino aut sui: “Pero no puedes negar que le cuadran mejor las alforjas al buey que la mitra al asno o al cerdo”.

No querría un servidor comparar a un mitrado con una acémila o un gorrín, cosa que sí hace Erasmo, pero lo de este obispo tan sobrado de capa roja como escaso de modestia es para tomárselo a coña. A estas alturas del telediario, no parece que la dignidad de un cargo haya que medirla por la longitud de la capa magna que exhibe, sino por la honradez con que se ejerce ese cargo. Si de púrpuras se trata, seguro que te la venden por docenas de varas en cualquier corteinglés. La cantidad es cuestión de potencia en la tarjeta de crédito, y no una muestra de dignidad.


A propósito de tantos metros de púrpura, he echado un vistazo al evangelio de Mateo en la Vulgata – uno, entre otras, tiene esa rareza de ver qué dicen los libros sagrados de los cristianos –,  allí donde Jesús dice a su gente (en latín, ya que estamos en ello): Et qui voluerit inter vos primus esse, erit vester servus: “Y el que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo”. A ver quién es el guapo que se pone a servir a los prójimos liado en tantos metros de oropeles y vestiduras, aparte que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Pero ya vale de dar la coña con los príncipes de la Iglesia, sus ropajes y sus teologías. Nuestra sociedad tiene cosas de más urgencia de qué preocuparse y pasa de armiños. Además, en cuestión de coña anticlerical, Erasmo de Rotterdam lo hacía con más ingenio. Pero siquiera en eso este jubilata es erasmiano, en que prefiere una mujer inteligente a un asno purpurado.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El teatro del mundo.-

El improbable lector perdonará por este título tan barroco que me ha salido, pero a uno le viene a las mientes la carreta de las Cortes de la muerte, guiada por un diablo, con la que se tropezó don Quijote. Iban en ella un ángel, un emperador, un cupido, una dama y un caballero, entre otros personajes, y todos ellos – ya nos lo dejó advertido don Pedro Calderón de la Barca – representaban el gran teatro del mundo. Figurantes que, terminada la función, dejan de interpretar sus papeles. Se despojan de sus ropajes, de forma que ya no hay distinción entre el príncipe de la Iglesia y el criado, el diablo y el rey, quedando todos ellos en simples mortales. El simbolismo quedaba claro: la muerte a todos nos iguala una vez acabada la comedia de la vida.

Durante esta última semana, en la comedia de la vida que nos hacen vivir de figurantes, este jubilata se ha encontrado con dos personajes de quienes no sospechaba que tuviesen corazón: el gran banquero (con nombre de pillaje) de este país que podemos llamar Expaña, que sí lo tenía – corazón, digo – porque un infarto le fundió los plomos, y el emperador Calígula. Del primero no hay más que hablar, ya se ha encargado de su panegírico la Prensa sumisa; y en cuanto al segundo, aquí se habla del que nos legó Albert Camus.

Del programa de la obra.
Ese Calígula, no atrabiliario, como nos cuenta Suetonio en su Vida de los doce Césares, sino cuerdo hasta la crueldad como método. Un Calígula que quiere llevar la lógica hasta sus últimas consecuencias, por encima de la vida y del sufrimiento humano. 

Si, según le exigen sus consejeros aúlicos, el erario público, la buena marcha del sistema económico, están por encima de los propios sentimientos de un emperador, entonces, incluso la vida ha de quedar supeditada a este supremo fin. Así lo entendió Calígula. El ser humano tiene una importancia secundaria; sus sentimientos, sus emociones, su vida toda, tienen un valor escaso y pueden sacrificarse en interés de un sistema que exige todo tipo de sacrificio para su perfecto funcionamiento.

Conocida la premisa – la economía es el supremo bien – no hay límites morales, políticos, de justicia, de humanidad, que impidan sacar la conclusión que la vida, la compasión, el sufrimiento, se pueden violentar hasta la aniquilación.

Pero el banquero nuestro y el emperador romano no se parecen tanto como podría pensarse. El primero tenía una víscera cordial que se le fundió de tanto acumular pasta y poder; el segundo – al menos, el personaje de Camus – tenía un corazón atormentado, era de una sensibilidad enfermiza, y no estaba interesado en el vulgar dinero, sino en ejercer el poder hasta sus últimas consecuencias: su propia muerte, al comprender lo inalcanzable de sus sueños. El primero se conformaba con ser el Master number One de las finanzas y no contaba con morirse; el segundo buscaba una muerte desmesurada y pasar a la Historia. Calígula muere gritando ¡A la Historia, Calígula, a la Historia!, mientras que de nuestro gran banquero sólo nos queda la libreta de ahorros que cada cual tiene en un cajón de la mesilla de noche.

Vulgar destino el de estos tiempos en los que la mezquindad de los poderosos sacrifica la humanidad al logro económico, faltos de un Calígula desmesurado y clarividente, sacrificado por sus propias víctimas, que sólo aspiraba a un imposible.

Aunque no se trata más que de un juego en el escenario de la vida, por esta vez, este jubilata se ha puesto trascendente. Es que leer a Camus o ver su teatro te hace preguntar por el sentido de la vida y de la sociedad que vivimos, aunque solo sea un ratito. Metafísico estás, le decía Babieca a Rocinante; Es que no como, le contestaba éste en aquel soneto de Cervantes. Y es verdad, tampoco nosotros no comemos más que ideología elaborada, digerida y envasada en las cocinas del pensamiento único, y estamos ayunos de ideas que tengan sustancia.

Claro que siempre nos quedará la venganza poética, y podremos acabar como Calígula, gritando (en francés, que queda más patético): Je suis encore vivant!

Pero, coño, qué se habrán creído.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El jubilata como activo tóxico.-

Estos días pasados andaba un servidor leyendo un artículo de Le Monde diplomatique  (nº 725, Agosto 2014) que lleva por título Devenez actionnaire… d´un individu (Conviértase en accionista… de un individuo). La idea que se propone es utilizar al ser humano como inversión capitalista. Y, según parece, la cosa funciona.

Dicho de forma elemental por quien ignora the technical economist´s angliparla, además de no tener muy claro el funcionamiento de la mentalidad neocapitalista, se trata de lo siguiente: Un individuo se contrata como si fuese una inversión en capital humano y pone a la venta acciones sobre sus ganancias futuras entre varios inversores. Éstos le adelantan una determinada cantidad de dinero (varios miles de euros, o dólares) con los que el tipo hace estudios en una universidad de prestigio, o bien se coloca como directivo en una gran empresa, o monta su propio negocio lucrativo. Durante los siguientes 10 años, o los que se acuerde en el contrato de inversión, el tipo entregará el dinero equivalente al 7% (o lo que se estipule) de sus ingresos líquidos como dividendos a los accionistas.

Con ese fin, existen en América compañías como Upstat, Pave o Lumni, donde se pueden firmar estos contratos de capital humano.  Por supuesto, de partida se exige disponer de un buen currículo o presentar unos proyectos atractivos que ofrezcan la suficiente garantía a juicio de los expertos financieros. Así, la fuerza de trabajo pasa de ser una mercancía (caso de un contrato laboral corrientito) a ser producto financiero, transformable en múltiples títulos de propiedad con los que se puede especular.

Según parece, es un negocio bastante corriente en el mundo del fútbol. Un club hace un contrato millonario a una lumbrera del balompié y, para no arriesgar todo su capital, vende acciones de ese fichaje a un fondo buitre. Cuando el futbolista sea revendido a un nuevo club, los especuladores que hicieron la inversión ganarán una plusvalía con la reventa del contrato. Tiene la ventaja de que, siendo una e indivisa la gallina de los goles de oro, su valor de mercado puede dividirse en títulos y éstos ser dispersados entre distintos fondos especulativos.

Dándole vueltas al asunto, este jubilata había pensado en convertirse en capital humano fraccionable en títulos financieros, de forma que, con el capital inicial entregado por los inversores, pudiese mejorar su mediocre nivel de vida. A cambio, aceptaría el compromiso de pagarles el 3% de la pensión hasta el finiquito por defunción. Pero para lograrlo, es fundamental algo de ingeniería financiera que escapa a mis conocimientos de vulgar jubilado.

Lo ideal sería fraccionar estos títulos y mezclarlos, pongamos por caso, con los de un futbolista de postín; tal como hicieron con las hedge funds los especuladores de Wall Street al mezclar hipotecas incobrables con productos financieros sólidos.  Así disfrazados, sería suficiente con que agencias de calificación tipo Standard and Poor’s o Moodys le diesen una valoración AAA+. Seguro que los especuladores a corto me los quitarían de las manos. 

El riesgo que se corre es que, con tanto jubilata a dos velas como hay por el mundo, muchos decidiesen hacer lo mismo que yo tengo pensado. Entonces nos encontraríamos ante un caso – bien conocido tras la última crisis financiera – de productos financieros tóxicos; o, como se les ha dado en llamar, bonos basura. La falta de liquidez llevaría a una nueva crisis económica en la que los bancos de inversión quedarían descapitalizados, ahogándose en el albañal de sus mefíticas subprimes.

Aunque, bien pensado, tampoco es tanto riesgo, y, el negocio, sustancioso. Un jubilata espabilado puede hacerse una pasta con eso de la titulización si coloca, digamos, diez mil títulos a quince euros la unidad. Si, como consecuencia, los activos tóxicos jubilatas ponen en riesgo los fondos especulativos bancarios, no importa. Siempre habrá gobernantes majaderos que saldrán al rescate, inyectando unos miles de milloncejos de euros para que el sistema bancario no pete. 

De verdad, me lo estoy pensando…

domingo, 31 de agosto de 2014

"Pedía para comer".-

Ponerse estupendo y decir que “pedía para comer” es una forma verbal del imperfecto de indicativo, primera o tercera persona del singular, según, es mear fuera del tiesto. Sobre todo, si la frase se la oyes a un indigente mientras viajas en un bus de la Línea 146.

Imagínese el improbable lector que este jubilata, sin haber hecho la descompresión tras varias semanas de vacaciones serranas, viajaba en el 146 cuando un individuo de aspecto un tanto desastrado y gesto más bien humilde, le mira y le dice en voz bajita y como temiendo molestar: Pedía para comer… Lo inmediato que se me ocurrió pensar fue: Por favor, use mejor el presente de indicativo. Puesto que ahora mismo esta pidiendo… Pero era pasarse de listo ¿A quién cojonia le importa el uso correcto de los tiempos verbales cuando se pasa hambre? Lo que importa es ir sacando un dinerillo con el que sobrevivir. Con que el mensaje quede claro, ya vale; y claro sí estaba el mensaje: el hombre, en ese momento, estaba pidiendo una ayuda para poder comer, y lo entendí perfectamente.

Al cabo de un minuto, se dirigió a una muchacha suramericana que estaba un poco a mi izquierda, y le dijo bajito: Pedía para comer… La chica se sintió violenta, como si todo el mundo estuviese pendiente de ella a ver qué hacía; giró la cabeza para otro lado e hizo como si no le hubiera oído. Pasó otro ratito y, esta vez, el pobre se dirigió a una  joven que estaba teléfono en mano: Pedía para comer… La chavala metió la nariz en su wassapp ese, aparentando tener fija toda su atención en la maquinita de los mensajes. El pobre no existía. Quizás, si éste le hubiese “wasapeado” el mensaje, hubiese obtenido contestación. Desde lejos, claro está.

Llegué a casa y le conté el incidente a mi santa. Ella me reconvino: “haberle dado un euro”. Yo le había dado veinte céntimos. ¡Casi nada, darle un euro a un pobre! La mi santa, a veces, es que se pasa tres pueblos. Más de cien mil millones de euros hemos puesto los españolitos sobre la mesa, sin pestañear, para remendar el roto económico que ha causado la estafa bancaria. Pero, ¿un euro a un pobre? Eso son palabras mayores, joder: ¡Para que luego se lo gaste en vicios! Está mejor aceptado socialmente rescatar un banco hundido por la codicia de los banqueros  que soltarle un euro de vellón a un indigente.

En esta bitácora, alguna otra vez ya se ha hablado de los pobres de pedir que abundan por nuestras calles y, aunque sea recurso de mal escribidor citarse a sí mismo, no puedo dejar de hacerlo. Y no porque un servidor vaya por la vida restañando hambrunas ajenas, sino porque la injusticia va más allá de la carpanta de esos desheredados del sistema. Otras veces ya lo he dicho, y lo repito de nuevo: los ignoramos.

Porque la mayor injusticia que todos practicamos es la de ignorar su existencia. La pobreza conviene que sea invisible, así que todos nos atenemos a este principio tranquilizador: Si no la ves, la pobreza no existe. Así que no mires. Además, si te pilla cerca, puede ser hasta contagiosa, como la sarna o los piojos. Los pobres huelen a exclusión social y la exclusión social es la mayor desgracia que puede sobrevenirle a cualquier ciudadano del montón que un día se queda sin trabajo, y los banqueros, los jueces y la policía se confabulan para echarle de su casa, mientras los biempensantes amachambrados en el sistema se indignan porque los chavistas-castristas-antisistema radicales de Podemos han sacado un puñadito de eurodiputados.

Los pobres callejeros, aunque parezca raro, son tan ciudadanos y sujeto de derecho como  nosotros, aunque les huela la ropa a cochambre y el aliento a vino del tío de la bota. Lo menos que uno puede hacer, si le dirigen la palabra para pedirle unas monedas, es mirarles de frente a la hora de decirles “No” y verles la cara que ponen de “Si yo ya lo sabía…” Seguirán sin comer aquel día, pero tú serás consciente de que el pobre existe y de que es mucho más barato que un empresario: el pobre de pedir se alimenta del aire y no de los recortes sociales.

Un servidor tuvo una breve conversación con el indigente de “Pedía para comer” y, como además le había dado 20 céntimos, tranquilizó su conciencia pequeñoburguesa (concepto y palabreja en desuso), y por eso lo cuenta. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Crónicas serranas, IV: Cochambre y medio ambiente.-

Peñalara visto desde las Presillas.
Los humanos somos la única especie predadora del planeta que hace daño en su entorno sin una causa ni necesaria, ni aparente, ni comprensible. Con más frecuencia de la deseada, este jubilata encuentra por los caminos del monte desechos urbanos, puras excrecencias de la sociedad de consumo, arrojadas por algún congénere para el que la naturaleza es un gran depósito de residuos, un vertedero incontrolado que se traga no importa qué desperdicios.


Dentro de los parajes del Parque Natural que un servidor pueda conocer, uno de los lugares más castigados por las hordas - ¿o habrá que decir: piaras? – de urbanitas portadores de detritus es el camino que lleva a la cascada del Purgatorio. Ésta está  en el  Aguilón, tributario del río Lozoya; nace este arroyo  por los altos de la Morcuera, se encaja entre paredes rocosas  y da origen a varias chorreras de una belleza singular. Para su desgracia y la de los amantes de la naturaleza, su cascada del Purgatorio se ha popularizado tanto entre la masa urbanícola que, cada fin de semana, desde las Presillas, es visitada por docenas y docenas de gente en busca de un espectáculo en plan tele, una curiosidad que no puede dejarse de ver ya que está tan cerca. El camino, desde la pasarela a la cascada, está totalmente degradado y polvoriento, erosionado por miles de pies que por allí han pasado en los últimos años, con raíces de árboles al aire porque falta la cobertura vegetal que las protegía.

El primer sábado de agosto, tempranito, antes de que el rosario de procesionarias humanas se pusiera en marcha para invadir aquellos parajes, un servidor estaba ya en la plataforma que da vistas a la cascada. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que gran parte de la plataforma estaba cubierta por residuos desparramados: bolsas, envases de bebidas, latas de refrescos, platos y cubiertos de plástico, restos de comida, todo ello esparcido sobre el suelo de tablones y, parte, sobre el propio lecho del arroyo.

Cinco minutos duró mi visita al lugar, los suficientes para hacer varias fotos testimoniales y regresar, asqueado, hasta la pasarela: allí donde se juntan los dos caminos, y suele sestear una vacada. Por lo menos, pude disfrutar de un paraje bucólico entre prados, aunque agostados, y bosque de rebollos.


Huyendo de los caminos habituales, por no encontrar a los grupos de gente que ya empezaban a menudear, me eché hasta la orilla del arroyo y bajé disfrutando de parajes que conservan su sabor natural. Mientras me ocultaba por aquellos vericuetos de la vista de mis congéneres, iba pensando que tendría que llamar a Medio Ambiente para ver si hacían limpieza del lugar y, de paso, reparaban la valla de madera que está medio desprendida.


Dependencias del parque natural, junto al puente del Perdón
Denunciar esta agresión al medio ambiente y pedir que se hiciera limpieza  fue tarea que me ha tenido un par de días yendo de Caifás a Pilatos. En el ayuntamiento de Rascafría, el funcionario de Atención al Ciudadano al que se lo conté  -  por hablar en términos taurinos -  hizo una faena de aliño, me dio información equivocada y me remitió al centro de acogida de visitantes del parque natural, junto al puente del Perdón. Dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para encontrarme el lugar cerrado porque los lunes y martes no funciona.

Menos mal que en el centro de acogida de visitantes Puente del Perdón me atendieron con amabilidad, les mostré las fotos y me dieron un correo electrónico donde manifestar el desaguisado que había visto. No sé qué podrán hacer respecto a la limpieza del lugar, ya que hay que desplazarse kilómetro y medio caminando desde la pasarela donde sí puede llegar un todo-terreno, llevando a mano los utensilios de limpieza y trayendo la basura.

Pero no es un caso único el de esa falta de respeto por el medio ambiente. El parque natural es un reclamo para cualquier tipo de evento que tenga un cariz más o menos deportivo. Es ocasión para congregar a centenares de personas y montar infraestructuras que, luego, no se desmontan con el mismo cuidado con que se hicieron. Como pequeño ejemplo, ahí queda la foto de dos carteles en el suelo de una prueba deportiva que ningún organizador se molestó en mandar recoger una vez terminada.


Cuando el arroyo es un albañal
O, muestra de la barbarie más absurda, lo ocurrido en Rascafría el pasado 6 de julio, durante la prueba deportivo-solidaria Oxfam Intermon Traiwalker. En la calle Ibáñez Marín, calle de tierra a espaldas del ayuntamiento, muy utilizada por los dueños de perros como defecatorio canino, la organización puso tres retretes químicos. Como la prueba duraba día y medio, por amenizar la noche, montaron un escenario desde el que estuvieron agrediéndonos con ruidos supuestamente musicales hasta las cuatro de la madrugada. 

Ya tenemos experiencia de otras veces: músicas a todo decibelio y alcohol sin control. Como consecuencia, embrutecimiento de algunos especímenes humanos que, esta vez, hicieron exhibición de su irracionalidad arrojando uno de los retretes al Artiñuelo. Al sufrido arroyo fueron a parar los productos químicos que contenía su depósito, junto con el enjuague de orines y heces humanas. Menos mal que el responsable del evento hizo caso de mi advertencia y sacaron la cabina del lecho del arroyo a media mañana.
Divertido ¿A que sí?


Excuso decirle al improbable lector la pobre impresión que este jubilata saca de sus conciudadanos cuando, en las calles del pueblo, en el arroyo que lo cruza, por los caminos, al borde de la carretera del valle, por las pistas entre pinares, va encontrando envoltorios de plástico de todo tipo que los desaprensivos arrojan en plena naturaleza. Ya se lo dijo a nuestra casera una abuela que con dos nietos estaban tirando las cáscaras de pipas al suelo, sentados cerca de una papelera: “Para eso está el ayuntamiento, para que limpie”. Se ve que ensuciar lugares públicos y la propia naturaleza cumple una función social: crear plazas de barrendero.

Cuando me lo contaron, pensaba: ¿No sería mejor formar educadores que enseñasen civismo y  a respetar el medio ambiente? A lo mejor, con este convencimiento, tendríamos menos necesidad de basureros y en su lugar podríamos tener maestros que eduquen bestezuelas humanas y las conviertan en ciudadanos.
Mientras nuestra sociedad esté trufada de irresponsables consumidores, el civismo será nuestra asignatura pendiente. Pero, por favor, que el improbable lector no se preocupe demasiado, son cosas de un jubilata cascarrabias.

miércoles, 30 de julio de 2014

Crónicas serranas, III: Los tejos de la Cancha Redonda.-

Peñalara desde los pastizales de Alameda.
El improbable lector que no sea montañero avezado en los vericuetos Carpetanos no tiene por qué saberlo - ni falta que le hace, seguramente - pero este jubilata se lo cuenta porque lleva ya varias subidas hechas por caminos, por entre piornales y rosales silvestres, entre pinos silvestres y algún canchal que otro. Todo para admirar los hermosos tejos que crecen a lo largo de la cuenca de los arroyos que llaman de la Cancha y de la Redonda y su confluencia con el Artiñuelo en torno a los 1400  metros de altitud.

Son regatos bravíos que nacen allá por los 2000 metros, al pie del Reventón, bajan por los lugares que llaman los Canchos y la Redonda (a veces los topónimos no andan sobrados de imaginación), para llegar, a saltos, como corzos huidizos, hasta  la pista que se tiende perezosa y zigzagueante a unos 1600 metros de altitud. Cruzan bajo ella, con prisas por perderse monte abajo, para unirse antes de tributar en el Artiñuelo. 

Ambos ya Artiñuelo, éste se encaja en un vallejo crespo, cerrado entre roquedos por su margen izquierdo y rebollares en su derecho, para sosegarse en una vieja presa colmatada, cuyo muro resquebrajado rezuma las aguas que se filtran entre las capas de piedra y limo que el tiempo y  la erosión han ido depositando en el interior de su vaso.


Pero ahora no se trata del Artiñuelo, del que ya se ha hablado otras veces y se seguirá hablando cuando haya ocasión. Porque de éste quedan por ver, todavía, sus afloramientos de mármoles en altitudes que deben estar en torno a los 1800 metros. Un fenómeno geológico raro en estas sierras de rocas plutónicas, según los que saben de esto.

Tejo solitario.
Pero, ya digo, ahora se trata del arroyo gemelo de la Cancha Redonda, cuyo nombre sin aristas oculta lo bravío y esquinado de su curso; cuyas aguas saltan entre las piedras del cauce sin darse tregua, transcurriendo por lugares tan abruptos y sombríos que resulta muy difícil seguirlo, e incluso aproximarse a él. Y una vez que se llega, apenas entra la luz del sol, la vegetación es tan tupida y el silencio tan clamoroso que uno se siente como si estuviese profanando un santuario; último refugio donde se han ocultado los antiguos dioses de la naturaleza, sustituidos sus viejos templos por centros comerciales. 

Impresiona la soledad del lugar, la dureza del relieve, las sombras que envuelven aquellos parajes y, por encima de todo, el silencio. Un silencio hecho de rumores entre el ramaje, como si los árboles manifestaran su descontento por la presencia del intruso, y el arroyo dejase oír un murmullo irritado por culpa de ese bípedo que, con sus viejas botas montañeras dentro del cauce, se refresca los sudores a la vez que enturbia las aguas, hasta ese momento transparentes.


Y allí están los tejos. Dispersos, destacando con su negrura sobre los verdes oscuros del pinar, los brezales, piornos, cambrones y la vegetación de ribera. A un servidor el tejo siempre le ha parecido un árbol tímido, aunque, con ese aire fúnebre que tiene y la venenosa taxina que contienen sus hojas, pudiera parecer amenazador. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias; es que necesita soledad, bosques umbríos, escarpes rocosos en los que ocultarse. 

El tejo más joven.
Por eso, porque este jubilata sabe que el tejo ama la soledad y requiere para vivir de los claustros de las torrenteras, siente lástima por el milenario tejo de Valhondillo, en las estribaciones de Cabeza de Hierro. El pobre, con su cuerpo hueco y carcomido, soportando una vejez de 1500 años, se ha convertido en una atracción de feria a la que acuden curiosos por docenas cada fin de semana. Una triste vejez para un dios vegetal. Eso sin hablar de los pobres tejos topiados, asfaltícolas, presos en sus alcorques, que vemos en los parques de la ciudad.

Y, ya que hablamos de sendas de montaña, de arroyos bravos, cómo no recordar a Enrique de Mesa, nuestro poeta de guardia durante este verano de andanzas serraniegas:
Bronco torrente entre los canchos ruge,
Los pinos muertos rebramando salta,
Los piornales de la abrupta orilla
Besa su espuma.


El poeta nada dijo de los tejos agazapados en las torrenteras, por eso este jubilata quiere remediar el poético olvido, y lo hace a su modo. 
El improbable lector se hará cargo. 

viernes, 18 de julio de 2014

Crónicas serranas, II.- Caminos.

Peñalara desde las Arroturas de Rascafría.
Todas las mañanas, nada más levantarnos, la santa y un servidor acostumbramos a dar un paseo desde el pueblo hasta el monasterio de El Paular, ida y vuelta, por el bonito camino paralelo a la carretera y que transcurre, en parte, próximo al río.

En una pradería junto al Lozoya crecen enhiestos, a pesar de su vejez– sólidos, rugosos y casi eternos - un grupo de chopos centenarios que observan al caminante desde su solidez vegetal, a modo de gigantes cansados. Ya eran viejos y rugosos cuando, siendo niño hace casi sesenta años, pasaba cada mañana camino de las clases que, a un grupo de chavales del pueblo, nos daba el hermano José María en el Monasterio.

Desde entonces, este caminante ya ha navegado por muchos senderos y caminos de montaña; siempre buscando el silencio rumoroso de bosques y arroyos y la sensación de grandiosidad que transmite la naturaleza a quien se acerca a ella con pie quedo y ánimo abierto a la contemplación y al disfrute de los grandes espacios.

A veces, por los caminos anchos del  fondo del  valle, mientras se deja llevar por sus botas montañeras un poco al azar, este jubilata se olvida de que vive en la gran ciudad ruidosa, donde el tiempo no es más que un cúmulo de afanes por taponar los agujeros por donde se escapa la vida manchada de vulgaridad, y se entrega a sus ensoñaciones: 
Observar las dehesas donde pacen esas vacas serranas que rumian apacibles su propia existencia, ver corretear por entre las piedras de las tapias a las lagartijas mientras sueña que son minúsculos dinosaurios asustadizos, recordando aquella greguería de Ramón Gómez de la Serna: Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar a un tigre. Así, con la contera de su bastón, el caminante persigue, a modo de juego, a esos pequeños saurios que se esconden en las resquebrajaduras y, por un momento, se cree tan gigante como los antiguos chopos de la orilla del río, solo que sin raíces que lo aten a la tierra.
Camino de los Batanes

Recortándose contra el azul del cielo, observa las evoluciones de los cigoñinos que aprenden a volar. Deslizándose sobre una térmica, casi sin esfuerzos, con leves batidos de alas, se entrenan para emigrar a tierras más cálidas en cuanto el verano empiece a dar muestras de cansancio y el sol vaya declinando su elíptica, aproximándose, cada día un poco más, hacia el perfil de las montañas. Mientras, en el prado, alguna cigüeña adulta, en equilibrio sobre la percha de una sola pata, parece reflexionar con su largo pico apuntando a tierra.

Pero, a veces, uno no camina sobre sus pies, sino con los ojos del espíritu curioso que se deslizan sobre las páginas de un libro. En la biblioteca pública, de manera vicaria, también este caminante recorre los parajes que, hace un siglo, conociera y describiera el poeta y montañero Enrique de Mesa, y lee sus Andanzas Montañeras, y siente – salvando las distancias que van de un poeta caminante a un caminante pedestre – que comparten las mismas emociones, aunque son las palabras del poeta las que mejor expresan esos sentimientos compartidos: Bruñe el sol vivo la seda azul del cielo, y sus rieles de oro recaman el verdor aterciopelado de los pinos.

Y por las tardes, tras las largas paseatas, cuando el sol poniente entra por el ventanal, nuestro apartamento de alquiler se convierte en sala de lecturas: otra forma de recorrer los caminos del mundo desde el sillón. Mientras, el reloj del ayuntamiento va, periódicamente, desgranando campanadas escuetas, poniendo racionalidad en el transcurso del tiempo. El reloj municipal es esa campana cívica que regula, desde hace siglos, los quehaceres de la población; es ese gran invento bajo medieval que liberó a las poblaciones de los burgos industriosos del sometimiento al campanario de las iglesias y a la omnipresencia de la religión en el ritmo de las labores civiles.

Las horas marcadas son, también – piensa este jubilata caminante - un camino que recorremos inexorablemente hasta el final de cada uno de nosotros.  También a don Pío Baroja le llamaron la atención aquellos relojes de campanario en las aldeas vasco-francesas, en cuya esfera estaba escrito: Vulnerant omnes, ultima necat (todas hieren, la última, mata). 

Claro que, nosotros, aún tenemos muchos caminos que recorrer mientras que el reloj municipal, con espíritu cívico y obsesión mecánica, gira en torno a la idea del tiempo y su devenir.