jueves, 25 de agosto de 2016

Rutinas veraniegas,y IV.- Últimas divagaciones.-

En una de mis últimas caminatas de este verano, yendo de Rascafría a Oteruelo por entre los montes de robledo que hay hasta la dehesa boyar de este último pueblo, al salirme de los caminos habituales, encontré los restos de una vaca. Los buitres se habían dado un festín en su momento – digamos que hace ya más de un año – y actualmente solo podían verse los huesos de las patas y las caderas, las quijadas con sus dientes y el cráneo con su buena cornamenta. Del espinazo y el costillar no vi rastro, aunque no debían estar lejos.

Dejándome llevar por lo que supongo es un atavismo de nuestros lejanos tiempos, cuando nuestros ancestros  prehistóricos, quise dejar constancia a modo de trofeo y colgué el cráneo de la rama de un roble. Y, para que quedase testimonio gráfico, en lugar de un dibujo paleolítico en el fondo de una cueva, hice una foto del susodicho cráneo. Lo que venía a ser como el selfi post mortem del cornúpeta.

Y, como no solo vago por los caminos del monte un poco al azar, sino que también mi imaginación vagabundea por el mundo de sus ensoñaciones sin freno, le dio por pensar (a mi imaginación, no a mí, que estaba mentalmente inactivo) qué pensará quienquiera que se tropiece con ese cráneo de vaca de cría, o quizás de toro semental, colgado de un árbol. Lo de si se trataba de cráneo de vaca o toro el ungulado de marras era cosa a dilucidar, imaginaba a falta de otra ocupación más intelectual, y no faltaban razones para ello. La cuestión del sexo, vacuno o toruno, y su función reproductora tenía su relevancia a pesar de su ineficiencia actual, ya que las partes blandas del animal terminaron fagocitadas por buitres u otros carroñeros de aquellos andurriales.

Pues bien, mi imaginación, en sus divagaciones sin lógica y sin freno, se planteaba la misma cuestión que planteó la celebérrima Mariló Montero de TVE respecto al destino del trozo de alma que, teóricamente, pudiera pasar de un donante asesino a un receptor de uno de sus riñones – pongamos por caso. Aplicando el razonamiento de esa sutil teoría defendida en un programa de TVE, bien pudiera ocurrir que la capacidad reproductora del cornúpeta ya citado (sea vaca, sea toro), de manera indiscernible por la humana razón, pero obedeciendo a las leyes ignotas de la transmigración,  pasase al buitre que se comió sus partes blandas reproductoras. Y eso de tal modo que, si fue buitre el  beneficiario de aquel bocado, pudiera cubrir a una vaca, o si fue buitra parir un ternero.

Bien es verdad que reproché a mi imaginación tales desvaríos. Pero como estábamos en medio del robledal y la vacada más próxima no pareció ofenderse por aquellas elucubraciones aberrantes respecto a uno de sus congéneres ya finado, mi imaginación argumentó en defensa de su teoría. Y fue que existían antecedentes mitológicos equiparables, tal como el caprichoso refocile de Pasífae, esposa de Minos, rey  de Creta, con el toro que debería haber sido sacrificado a Poseidón, de cuya coyunda nació el Minotauro. Hecho del que se deriva toda la mitología subsecuente, con el laberinto que Dédalo construyó para encerrar aquel bicho feroce y contranatural, y la saga de Teseo, que lo finó bravamente, y Ariadna que le ayudó a salir del embrollo, y la huida de Dédalo e Ícaro del laberinto en el primer vuelo conocido de la humanidad.

Eso sin hablar –insistía mi imaginación – de los caprichos erótico/taurinos de Zeus, que raptó a Europa siendo una mocita en estado de merecer (no ahora, que es vieja y egoísta), transformado en toro; o aquella ocasión en que convirtió a la inocente Ío en una ternera blanca para ocultar su aventurilla ante la celosa – con razón – esposa/hermana Hera… Y la historia de Argos Panoptes, con sus mil ojos, que vigilaba a la ternera Ío, hasta que Hermes, tañendo un instrumento, logró dormirle hasta el último ojo y le rebanó el pasapán, tal como nos lo cuenta Velázquez en su célebre cuadro, donde se ven los ojos de Panoptes en la cola de un pavo real.

-  Siempre serán mejor estos desvaríos con que entretengo tus andanzas campestres – terminó arguyendo la imaginación mía, y no le faltaba razón – que no andar cazando pokémones por los Carpetanos como un adolescente desnortado.

Todo eso bullía en mi imaginación disipada mientras mis pies tenían buen cuidado de no llevarme contra ningún árbol ni enzarzarme en ningún matorral. Como quien no quiere la cosa, pensaba con los pies mientras divagaba con la cabeza, y no me iba mal. Hasta que me encontré con un ganadero, me puse de charla con él y logré que mi imaginación aceptara los límites de la lógica usual a fin de poder mantener una conversación razonable.

Estaba el ganadero mirando con atención a la congregación vacuna de Oteruelo que había allí, a ver si había algún animal suyo que se había pasado de cercado desde el término de Rascafría. A lo que se ve, el hombre conocía a los animales como el político conoce a sus votantes y dijo que había dos que no eran de aquella troupe, sino de Rascafría, aunque no suyas. Charlamos del precio del pienso y la hierba: 50 pesetas el kilo en el primer caso, 6 en el segundo, porque los ganaderos aún usan en sus tratos la antigua peseta como unida de cuenta.

De regreso al mundo real, pude acompasar los vuelos de la imaginación a los pasos de mis botas, recorrí el camino de Los Navazos y llegué a la carretera y a la entrada a Oteruelo. Allí, en las antiguas escuelas, la sala dedicada a la pintura de Luis Feito, uno de los fundadores de El Paso; luego, la plaza con el antiguo abrevadero y el potro de herrar, y por el antiguo camino del ejido y hoy camino natural del valle, a Rascafría.

A la altura del cementerio nuevo puse en orden el mundo imaginario por el que había vagado durante un par de horas y atravesé el pueblo como una persona normal. Nadie se dio cuenta y pasé desapercibido, como un veraneante más.





miércoles, 10 de agosto de 2016

Rutinas veraniegas, III.- Minucias.-


Pensaba haber titulado esta entrada “Pequeñeces”, pero de repente recordé que ese fue el título que el Padre  Coloma le había puesto a una novela satírica que fustigaba la alta nobleza de la Restauración.  Así Currita Albornoz y Jacobo Téllez-Ponce nada tienen que ver con los pasos campestres en que este jubilata trotacaminos anda metido en su verano serrano. 

Porque, la verdad, andar sin rumbo fijo por los caminos del valle no lleva, por más empeño que le ponga uno, a tropezarse con los aristocráticos personajes  del P. Coloma.  A lo más que te llevan los pasos, dentro de las botas andariegas, es a toparte con una punta de ganado que sestea bajo los robles, a alcanzar un altozano desde el que disfrutar de buenas vistas, a encontrarte matas de poleo aromático, o a llegar a un abrevadero donde puedes refrescarte el pescuezo y los brazos. Porque este entramado de rastros, trochas, senderos, caminos, pistas, donde suele llevar es a enlazar con cualquier otra senda o trocha de ganado que discurre por los vericuetos del bosque, entre fincas ganaderas, y que terminan sacándote a algún camino o pista que te acerque a cualquiera de los pueblos del valle o te dé de bruces con la carretera.


Pues bien, de eso va esta entrada, de las pequeñas cosas, o curiosidades, con las que el caminante se tropieza en su andadura por los caminos del valle. 

Hoy mismo, que he bajado del Alto del Robledillo para seguir un rato el curso del arroyo Santa Ana hasta la ermita del mismo nombre, me he encontrado a un ganadero, sentado en uno de los poyos adosado a la fachada de la ermita. El individuo tenía las narices metidas dentro de la pantalla de su móvil (no sé si andaba a la caza de algún Pokémon), mientras la vacada andaba a sus rumias por acá y acullá. Un escueto “Buenos días” ha sido toda nuestra conversación. Al bucólico Títiro virgiliano le hubiese dado un patatús de pasmo al ver al vaquero dándole con frenesí a las teclas de su móvil en vez de tañer un dulce caramillo al pie de un umbroso fresno. Joder, qué sociedad esta… ha sido la reflexión de este jubilata antes de seguir su andadura.

Si uno pasea hasta el Puente del Perdón, cerca del monasterio de El Paular, y se mete a la finca de Los Batanes (donde el antiguo molino papelero, del que no encuentro memoria escrita), podrá pasear por el “bosque de Finlandia”, así llamado por la cantidad de coníferas y abedules que hay allí. Hay un estanque artificial rodeado de boscaje, con un pequeño embarcadero, donde, si nadie hay por allí, el paseante puede sentarse a disfrutar del silencio y la soledad. Con suerte, verá algún pato silvestre dedicado a sus quehaceres.

También puede que encuentre a alguna pareja de recién casados -ella puro frufrú vaporoso, él de convencional pingüino -, obedientes las órdenes de un fotógrafo, haciéndose las consabidas fotos románticas para el book de bodas. No es infrecuente tropezarse con algunas modelos posando para alguna revista de modas, ataviadas con trapitos muy lucidos  o vaporosos trajes de novia. Sin ir más lejos, la otra tarde, la santa y yo vimos en medio del camino a una jovencita en una especie de deshabillé, con una teta al aire y un niño rubio de escaparate al brazo. Dos fotógrafos la cosían a fotos, pose va, pose viene. Nosotros pasamos justo por al lado sin existencia perceptible para ellos.

Pero, excursos y mamas aparte, lo que quería decir es que, si uno se mete por un caminito poco transitado, próximo al estanque, da con un curioso monumento: dos traviesas puestas en pie, una más alta que la otra, estando la más baja coronada por una rueda metálica dentada. En el fuste de estos maderos, en letras labradas y pintadas de rojo, puede leerse: Bosque el Rotario. Y al pie siete plantones de tejo (variedad baccata).
No sabía que el club Rotario tuviera su presencia por estos lugares tan recónditos. Pero ya se sabe que los poderosos de la tierra enseñorean hasta los confines más insospechados.

Bajando desde el barrio rico de las Matillas hacia la calle Artiñuelo, por el camino junto a la margen izquierda del arroyo (que ya anda menguado de agua), puede uno encontrarse con la cosa más insospechada y más, aparentemente, inútil en aquel lugar: una garita cilíndrica hecha en ladrillo, rematada con una bóveda. A sus pies, una pequeña cacera que pasa por detrás. Es talmente, talmente, como las garitas de vigilancia que había en las instalaciones militares de antaño, solo que está cubierta por una yedra que ha crecido en la capirota de la garita y amenaza con devorarla si los años le dan ocasión para ello. Cada vez que paso por allí me pregunto qué coños de utilidad pudo tener aquello en semejante lugar.

Pero si uno se mete por las anfractuosidades (me gustaba la palabra y por eso…) rocosas que cierran el vallejo donde se encaja el Artiñuelo, curso arriba de la presa colmatada, puede encontrar en la pura roca una calicata de, aproximadamente, de dos por dos de lado y tres metros de profundidad. La hicieron en los años 40 o 50 del siglo pasado en busca de mineral de hierro o wolframio. El lugar es de difícil acceso pero, conociendo su existencia, es curioso de visitar, aunque solo sea por hacer un poco el cabra por aquellos roquedales.


Más  curiosidades, puras pequeñeces veraniegas, podrían contarse en esta entrada a la bitácora jubilata, pero no es cuestión de cansar al improbable lector con las minucias del veraneante asendereado. Otro día hablaremos de cualquier otra cosa.  

miércoles, 27 de julio de 2016

Rutinas veraniegas, II.- Lecturas.


Por más que este jubilata intente no dar palo al agua en todo el verano, nunca ha conseguido estar ocioso en eso de la lectura y la caminería. Leer y caminar (nunca revueltas: cada cosa en su momento) son dos actividades que llenan las horas veraniegas.

Imagínese el lector, ocasional o habitual, de esta bitácora qué duro sería si tuviese que estar mano sobre mano desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche – de la siesta nada se dice, que tiene entidad propia y sus propias maneras de existencia – sin un puñado de letras de imprenta que echarse al coleto del intelecto. Y así durante semanas y con estos calores.

Pues eso. A la hora de planificar la estancia veraniega en este pueblo serrano, aparte el ajuar doméstico  y la munición de boca que hay que traer para eso de la higiene en el vestir y la supervivencia, no puede faltar en el hondón de la maleta un puñado de libros para pasar las horas de la tarde, las horas de canícula; esas horas aperreadas en las que uno no tiene ni ánimos para tirar de su propio cuerpo y queda desparramado en el sofá, con la mente ensopada y su yo transcendental reducido a la inconsciencia. Esas horas, precisamente, son las más propias para despabilar y darle caña al intelecto para que avive el seso y despierte.

Quien esto escribe, lector habitual y un tanto anárquico, así lo hace. Las tardes de verano, mientras el sol amurria a los pájaros y recalienta los caminos, se dedica a leer cualquier cosa que tenga letras de molde. Y ese “cualquier cosa” no lo entiendas, amigo lector, como desmerecimiento del valor de las lecturas que uno se mete entre pecho y espalda, sino como esa falta de criterio que aqueja a un servidor a la hora de racionalizar sus lecturas según temas de interés cultural, narrativo, formativo o informativo. Para que quede más claro: sobre la mesita auxiliar hay una mezcolanza de libros, cada uno por sí interesante según su género, pero dispares, cuyas lecturas se van alternando aleatoria y caprichosamente. Estamos en verano y uno puede darse esos gustos.

Leer a Heródoto (más tras la visita a Irán/Persia que hicimos esta primavera,  y de la que quedó constancia en esa bitacora) y sus guerras médicas no deja de ser una lección sobre el conocimiento que éste tenía de la naturaleza humana. Cuando los Argivos quieren quedar al margen de la expedición de castigo que Jerjes planea contra Atenas y los lacedemonios, Heródoto dice comprenderlos (a los habitantes de Argos) y afirma que, si todos los seres humanos reuniesen en un mismo lugar todas las desgracias que les aquejan, con objeto de intercambiarlas entre sí, una vez vistas las desgracias del prójimo, cada cual se volvería a casa con las suyas propias por considerarlas más llevaderas. 

No dejaban de ser prudentes los ciudadanos de Argos a tenor de lo que cuenta el historiador griego, ya que, según sus cálculos, las huestes persas eran tan descomunales (5.283.220 individuos: infantería, caballería, tropas auxiliares, marinería, sirvientes, esclavos, personal auxiliar para las acémilas y el equipaje, familia –viajaban con mujeres, amantes e hijos–) que cuando llegaron al río Escamandro, cerca de Troya, agotaron sus aguas para dar de beber a la tropa. Y dice que en tierras tracias había un lago de más de 5 k de perímetro que quedó seco sólo con dar a beber a las acémilas que llevaban la impedimenta.

Aunque Heródoto resulta aquí un tanto hiperbólico (en alguna nota leída a pie de página se dice que el ejército persa no debió superar los trescientos mil efectivos), también sabe ser prudente, pues afirma: “Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me siento obligado a creérmelo todo a rajatabla (y que esta afirmación se aplique a toda mi obra)”. ¿Se da cuenta el improbable lector de esta bitácora de por qué hay que leer durante las vacaciones? Hay más sentido común en un libro de lance – éste  fue comprado en una librería de ocasión – que en las promesas de estabilidad política de estas últimas semanas.

La Sombra, de Galdós, es una obrita menor y poco conocida, pero viene a ser como la primera novela freudiana de la literatura española. Que un tal doctor Anselmo se vea corroído de celos porque el mítico personaje Paris (ese que le sopló la dama al rey Agamenón y fue causa de la guerra de Troya) salte de un cuadro de asunto mitológico para ligarse a la legítima esposa del doctor, es cosa de visita al psiquiatra de guardia. La obsesión de protagonista es tal que se cree acosado por un Paris burlón que promete aparentar cornificarle (no deja de ser un personaje/mito sin entidad física, así que de consumar coitos, nada). Su finalidad al cortejar a la dama, según piensa el obsesivo marido, es labrar su desprestigio social y convertirle en el hazmerreir de la buena sociedad madrileña de la época. Tal fijación (suponerse cornificado por un personaje mitológico) lleva al lector a desearle al doctor Anselmo un cornificio en toda regla; eso aunque solo sea por el desasosiego que transmite al lector y por lo mal que trata a la sufrida y santa esposa que no gana para soponcios y sobresaltos por culpa de los celos del marido. 

Menos mal que el autor-narrador toma una actitud distante y crítica respecto a su personaje e  introduce la necesaria lucidez en el relato. Pero, de verdad, a un lector entregado le resulta tan irritante el protagonista con sus obsesiones, que él mismo estaría dispuesto a saltar dentro del relato y darle de patadas en el culo. Y si no lo hace no es por la imposibilidad metafísica de trasladarse de la realidad a la ficción, sino porque a estas horas hace un calor del carajo (son las cinco de la tarde) y uno no está para sofocos ni siquiera imaginarios.

Y así transcurren las tardes veraniegas y las horas caniculares. Eso a pesar de que el vizconde de Chateaubriand (en sus Memorias de Ultratumba), tras ser retenido en Baviera varios días por problemas de pasaporte, después de cruzar a Bohemia se pasea por el bosque en plena noche y tiene un soliloquio con la luna (ella calla, solo está ahí): Un petit morceau de la lune qui entreluisaiet me fit plaisir… O lune! Vous avez raison, mais si je parlais bien de vos charmes, vous savez les services que vour me rendiez: vous éclariez mes pas alors que je me promenais avec mon fantôme d´amour…

De verdad, si no fuese uno tan convencional, también este jubilata se pasearía por el bosque a la luz de la luna en soliloquios alunados y románticos, mientras el cine de verano en el frontón escupe sus músicas y diálogos enlatados, y el respetable público asistente, subyugado por la trepidante acción fílmica, come pipas de girasol. Y tal…


lunes, 11 de julio de 2016

Rutinas veraniegas. I.- El rumor del Artiñuelo.


Una de las rutinas más arraigadas en este veraneante setentón, una vez instalado en Rascafría, es dedicar una de sus primeras visitas (seguirán otras a lo largo del verano) al arroyo Artiñuelo. Por si el lector ocasional no lo sabe, el Artiñuelo es el arroyo que nace en el collado de la Flecha, en los Carpetanos, a casi 2000 metros de altitud, y atraviesa Rascafría para rendir su curso en el río Lozoya, que transcurre casi a los pies del pueblo.

Es riachuelo de gran belleza en su trayecto de montaña y en su curso medio, y ha sido encauzado en su recorrido por el pueblo, ya en su tramo final. Como nace en los acuíferos que forman los neveros invernales, en verano acusa el cansancio del estiaje y, llegado agosto, se convierte en un hilillo de agua que se va remansando en las charcas de su trayecto final, como si le faltase fuerzas para llegar a la desembocadura.Pero ahora, estos primeros días de julio, aún baja brioso y cantarín, como aquellos antiguos caminantes que hacían su camino con el hato al hombro y entretenían las horas y las leguas con alguna coplilla en los labios.

Este jubilata, a modo de pleitesía estética, al día siguiente de  habernos instalado, se ha calzado las botas montañeras y ha subido por mitad del robledal, por la desconocida y casi cegada senda Viator, hasta el camino que salta por encima de la vieja presa colmatada del arroyo. Luego, al pie del paredón de piedra, resquebrajado y herido de hendiduras por las que manan las heridas de agua que el tiempo ha ido  abriendo en sus juntas, ha prestado oído al silencio del bosque.

Quizás el improbable lector no haya caído en ello porque es más asfaltícola que boscófilo (palabro para la ocasión y a no repetir), pero  el bosque está lleno de silencios rumorosos. Oír el silencio es un privilegio que se alcanza tras largas caminatas por esos montes, hechas con la humildad y perseverancia del neófito, y es aprendizaje que cada cual ha de hacer sin manual de instrucciones y por su cuenta. Cuando, tras bastantes años de noviciado y centenares de horas de paciente escucha, uno aprende a oír, descubre que el silencio del bosque es ese espacio donde no hay un átomo de aire que no tenga dentro su propia música.

Descubre, asombrado, esa sinestesia que le hace percibir la mínima melodía del aroma que desprende el piorno en flor; descubre, como una revelación, esa leve danza que la flor del espino albar emite para atraer al abejorro que acarreará su polen. Y, si se acerca al arroyo, se sienta a su orilla y escucha su rumor sin pausa, verá, oirá y saboreará, todos los sonidos, frescor y destellos que corretean cauce abajo. Porque el arroyo de montaña – que lo sepas, lector –, en medio del bosque, es el continuum de las composiciones musicales barrocas. Es un fluir de apenas unas notas que se repiten, caracolean entre la espuma, parecen enroscarse unas en otras, para saltar de piedra en piedra cauce abajo y dar paso a nuevas notas que jugarán los mismos juegos indefinidamente.

Mientras el caminante percibe el murmurar silencioso del agua, el robledal entonará su melodía hecha del vibrar imperceptible de sus hojas, de las notas que el pájaro carbonero emite llamando a la compañera, del paso apresurado de un corzo entre el ramaje, el lagarto que se esconde entre la hojarasca, o de la esquila de la vaca en el pastizal, y de tantos y tantos pequeños sonidos, chasquidos, siseos que el oído apenas consigue percibir y que, todos juntos, forman un lenguaje musical que se ofrece al oído de quien se deja mecer como un nonato dentro de ese gran vientre maternal que es la naturaleza.

También es verdad – bucolismo y ensoñaciones aparte - que el caminante se ve comido de moscas y ha de reconocer, mal que le pese, la imperfección de los paraísos terrenales; así que piensa con el clásico: et in Archadia ego…, incluso en la Arcadia las moscas son un coñazo. Te resulta forzoso reconocer que para ellas, las moscas, no eres el rey de la creación sino un cacho de carne jadeante (monte arriba y con estas edades uno resopla con esfuerzo…) cuyas glándulas sudoríparas segregan sabrosos jugos salobres que las vuelven locas. Te bailan delante de los ojos y alguna, más atrevida, pretende libar en tus lacrimales; otras, desvergonzadas, se te quieren colar por los caños de la nariz y las hay que pretenden la espeleología por tus conductos auditivos. Talmente como si fueras una vulgar vaca… En fin: Aquí, gozando de las incomodidades del campo, solía decir el difunto primo Paco.

Sentado al pie de la vieja presa del Artiñuelo, oyendo los saltos del agua cauce abajo, sintiendo sus prisas por abandonar aquella angostura de las montañas, no he dejado de recordar aquellos versos de no sé qué poeta con ribetes y puntillas de ecologista:

Bullicio de espuma y piedra,
Orillas de risco y bosque,
Rumor oscuro y aguas claras,
El arroyo huye.

Desde los altos neveros,
Lejos, aún, la lenta llanura,
Las cumbres con su silencio
Acunan su andadura.

No corras, murmura el viento,
¡Sosiega!, grita el monte,
Aguas abajo serás río
Que enturbiarán los hombres.


lunes, 27 de junio de 2016

Cuando el respetable pide caenas.-

Debió ser el 5 de mayo de 1814 cuando Fernando VII salió triunfante de Valencia hacia Madrid. La plebe enfervorizada, que veía partir al Deseado, desunció el tiro de caballos de la carroza regia para, como acémila colectiva, tirar de aquélla con entusiasmo. Camino real adelante, ¡Vivan las caenas!, dicen que decía el pueblo soberano.  

Debió ser un 23 de junio (transcurridos ya un par de siglos) cuando los rubios hijos de la pérfida Albión votaron aquello que se había dado en denominar Brexit, a lo que, según dicen, siguió su contrario, que por nombrarlo de algún modo, llamaron Bregret. Incluso, se comentaba en los mentideros periodísticos hispanos, la colonia gibraltareña lamentó, cuestión de apenas un cuarto de hora, estar bajo la enseña de la Union Jack.

Según parece, también aquel mes de junio de aquel mismo año, un día 26, un conglomerado de pueblos sumisos que vivía al norte del monte Calpe - al que los anglos conocían como the Rock - fue a las urnas para decidir que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer; que los experimentos políticos, con gaseosa; y que produce menos desazón un  trinque como los de toda la vida de dios que no un sorpasso de cuatro bolivarianos irredentos, o las ocurrencias de unos sociatas desnortados. Ese día, según cuentan, las gaviotas se pusieron moradas de revolotear por los azules peninsulares.

Este jubilata, claro está, habla de oídas y no por autoridad. Tales sucedidos debieron ocurrir en tiempos pretéritos y solo queda testimonio de ellos en viejos centones de polvorientas bibliotecas. Hoy en día, demócratas de toda la vida, los ciudadanos razonan sus actos políticos y no tiran, como animales de traílla, del carruaje de un individuo de corona en colodrillo, ni premian a quienes esquilman las arcas públicas en ejercicio de su derecho de pernada, consolidado por el hábito del mando a perpetuidad.

Y dirá el improbable lector que a qué coños viene emplear ese lenguaje tan afectado. Pues viene, con su licencia, a que un servidor anda estos días embebido en la lectura de La Fontana de Oro, de Galdós, (también conocido como don Benito el Garbacero), y se le salen por todas las costuras del teclado los modos literarios decimonónicos. Pero será por poco rato, que Galdós es muy escritor y mucho escritor, y otros no sabemos ni apreciar la belleza verdeante de un campo de alcachofas.

Por eso, lector improbable o habitual, no te tomes muy en serio lo que aquí se dice. Pero que lo sepas: este jubilata, aficionado a las viejas historias, echa de menos un Manifiesto de los Persas, redactado por serviles que lo justifiquen, previo a ese acarreo de millones de votos populares que tiran con entusiasmo del carromato de una política neoliberal por  los malos caminos de una Europa que se resquebraja.

Claro que, según se ha dicho más arriba, esto de los votos tirando de un carro traqueteante, en realidad se trata de algo que sucedió en tiempos pretéritos. A partir de ahora, aquí, en estos tiempos, ataremos los perros con longaniza o con largas ristras de chorizos, según se mire. Y por muchos años, que la soberanía popular así lo demanda.

jueves, 16 de junio de 2016

Días de campaña.-

Hay formas y formas de enfrentarse a la campaña electoral en curso, y una de ellas es olvidarse - a modo de higiene mental - de los dimes y diretes de los candidatos; cerrar los oídos a sus previsibles ¡Y tú más! aprovechando venezuelas y otros espantajos basados en lugares comunes que sirven para un roto y un descosido; no hacer caso del manual de tópicos para mentes con paladar de grano gordo, con sus marrullerías de serie y cutrez manifiesta; y, en fin, dedicar todo ese tiempo a hacer algo provechoso: por ejemplo, rascarse la barriga al sol o ponerse al día en algunas lecturas. Más ahora que tenemos tan reciente la feria de libro del Retiro y hace un calorcillo primaveral.

Este jubilata, a pesar de lo dicho más arriba, confiesa que sí ha dedicado un tiempo a ver qué decían los candidatos en el debate a 4 que retransmitieron por varias cadenas. Y lo que más ha gustado, con mucho, – y supongo que a la mayoría de telespectadores – ha sido descubrir que existe una España de ensueño y tul ilusión, donde las cosas van bien y podrán ir aún mejor con dos pequeñas condiciones: Que siga Rajoy atornillado a la poltrona presidencial (condición sine qua non) y que ahorremos en gastos sociales unos 10 mil milloncejos de nada.  Lo que no tenemos muy claro – un servidor al menos – es en qué lugar del cosmos insoldable está esa España de reino de Cucaña, donde los trabajadores se chutan en vena contratos fijos y embaúlan en sus cuentas corrientes pastizales de puerta giratoria, mientras por los azules cielos de la patria vuelan  gaviotas benefactoras.

Quien estuvo un poco plasta, con esa insistencia como de melopea, fue el candidato socialista porque – decía -, en las anteriores elecciones, el señor de azul y el chaval de morado se pusieron de acuerdo para que no prosperara su investidura. Extraños compañeros de cama que hace el oportunismo político, aunque fuese en un fornicio interesado, ocasional, de aquí te pillo y aquí te mato, donde el placer, si lo hubo, consistió joder a un tercero. No fue extraño, a tanto oírselo repetir, que el chico de la coleta pusiese cara compungida y filosófico ademán de “No es eso, no es eso” orteguiano. Aliados naturales, o algo parecido, socialistas y podemitas no estaban, a juicio de Pablo Iglesias, para navajeos rencorosos, sino para un juego de floretes con  punta roma y fintas de exhibición. Pero el pobre Pedro estaba muy dolido por la pasada infidelidad del chaval de la coleta con el señor mayor de azul, y todos lo echamos de ver.

El chico Albert fue, al parecer de este jubilata, un verso libre muy dado al estribillo venezolano y ripio iraní. Si al menos hubiese declamado sus gorgoritos de esencias hispanas en octavas reales, los endecasílabos en rima consonante hubieran maquillado esa obsesión por el chándal bolivariano de Maduro que resulta ya tan monótona como el tetrástrofo monorrimo del mester de clerecía. Monorrima que en Gonzalo de Berceo queda muy propio, pero en un joven cool como Rivera suena a monserga, flojera intelectual y falta de imaginación. Lástima, porque a algunos nos gustaría para España una derecha progresista (si se puede ser conservador y su contrario), culta y comprometida con el fair play; alejada de ese sabor a sobaquina y resabios de arribaspañacoño de la derechona de toda la vida. Se ve que nos queda mucho camino por recorrer y pocas ganas de enmienda.

No es que un servidor quiera dar lecciones a los políticos, que este jubilata está ya solo para opinar sin que se le exijan responsabilidades, pero a lo mejor hubieran necesitado leerse el tratado de urbanidad que Erasmo de Rotterdam escribió para Enrique de Borgoña: De ciuilitate morum puerilium. Lo que recomienda para ser un niño bien criado podría servir para los políticos en campaña: Sint exporrecta supercilia, non aducta, quod est toruitatis… Frons ítem hilaris et explanata… Estén las cejas distendidas, no contraídas, que es cosa de torvedad; la frente, asimismo, alegre y despejada, mostrando en sí un alma bien avenida con su conciencia… Las mejillas tíñalas el pudor natural y biennacido, no afeite ni color postizo.

Vamos, que a nadie desagradaría ver a los aspirantes a monclovita in puris naturalibus, pero no mostrando las vergüenzas que Naturaleza ocultó pudorosamente, sino el aspecto afable que nace de una buena educación y respecto por el oponente. Oponente que, a la postre, ideologice como ideologice, en cuanto le pasen los trastos de gobernar va a tener que apuntarse a eso del pragmatismo y el cómo me las maravillaría yo, si quiere sobrevivir cuatro años amarrado al machito.

sábado, 4 de junio de 2016

Un paseo por los Campos Ardientes.-


Un amigo al que hace unos días le envié por wasap una foto de una cantera griega de la antigua ciudad de Cuma, diciéndole que estaba visitando a la Sibila, me trasladó una pregunta para la adivina: “Ya que estás ahí, pregunta a quién votamos”; y me anticipó: “Yo creo que ni la Sibila lo sabe”. Cumplí con el mandado, esperé con paciencia en el húmedo túnel de sección trapezoidal donde acuden los demandantes en busca de oráculo, y al cabo de una larga e inquieta espera en aquella espelunca donde llegan los olores acres de las solfataras próximas, un fámulo del templo me trajo la respuesta, que, más o menos, entendí así: Suffragii exitum, uotum mittas aut non, anceps erit tibi. Puede imaginar el ocasional lector las vueltas que le di a la frasecita de marras.

Regresé a Varcaturo, lugar donde me he alojado estos días de estancia en tierras napolitanas, estrujándome las neuronas disponibles. No sabía cómo responder a mi amigo que, al parecer, quedaba impaciente en Madrid, esperando una respuesta que le sacase de dudas a la hora de votar el próximo día 26. Por si acaso, con mis rudimentos latinos, después de oídas aquellas palabras enigmáticas, acudí a Virgilio a ver qué dice en su libro VI de la Eneida a propósito de la Cumana y sus oráculos. Y encontré esto a la misma entrada del túnel, grabado en una placa de mármol: Excisum Euboicae latus ingens rupis in atrium quo ducunt aditus centum ostia centum unde ruunt totidem uoces responsa Sybillae. No querría cansar al lector, ya improbable, ya casional o quizás habitual de esta bitácora, pero Virgilio no me sacó de dudas: En la gran ladera de la roca eubóica está excavada una cueva a la que llegan cien accesos, cien puertas donde se escuchan las voces susurrantes, las respuestas de la Sibila.

Total, como tenía que darle una contestación a mi amigo para decirle que tanto si se votaba como si no, las cosas saldrían bien o mal, le escribí:  “Si votas, acertarás o no. Si no votas, acertarás o no”, una respuesta sibilina que me sirvió para salir del paso. Él no se lo pensó apenas un minuto, porque me respondí con rapidez: “Nos ha jodido la adivina. Déjalo y disfruta de tu viaje”. Y eso he hecho… más o menos.

Es difícil disfrutar, así, en plan turista de manada, cuando uno camina por los Campos Flégreos, entre antiguas ciudades sometidas a bradisismo, un poco como le sucedía a Castroforte del Baralla en la Saga/Fuga de J. B. Solo que aquí no es consecuencia de las imaginaciones de un novelista, sino que la tierra se hunde o eleva sobre el nivel del mar a causa del vulcanismo que afecta a toda esta zona. Para ver si percibía el fenómeno, me acodé cerca del Macellum de Pozzuoli, en cuyo centro hay un tholos, templo circular dedicado a Serapis, según los ilustrados dieciochescos. Allí, en la base de las columnas, se aprecian las huellas de moluscos de cuando la tierra queda por debajo del nivel del mar y se filtran las aguas. Pero me di cuenta de que necesitaría, al menos, un año para ver cómo la tierra oscila centímetro arriba, centímetro abajo.

Ya antes, tras la respuesta sibilina de marras, había tomado la vía sacra y subí a la acrópolis cumana, siguiendo la huella de los viejos templos. Vi la piscina sagrada, los vestigios del pequeño templo de Diana, a través de cuya ventana de la cella podía verse la luna llena en determinadas fechas, y los restos del que debió ser espléndido templo de Febo-Apolo. También aquí, nos cuenta Virgilio en su Eneida, libro VI, que Dédalo aterrizó, huido del laberinto cretense con sus alas hechas de cera y plumas de aves, y las dedicó al dios: Redditis his primus terris tibi Phoebi sacrabit remigium alarum posuitque inmania templa. Ofreció en el templo sus “remos alados”, dice poéticamente Virgilio. 


Y ya, como peregrino y admirador de las viejas culturas y sus religiones, terminé de subir la vía sacra hasta lo alto del cerro. Allí está el gran templo de Júpiter, del que solo quedan en pie dos sólidos arcos en ladrillo. Me dejé llevar por la soledad del lugar y sus bellas vistas sobre el mar, con la punta de Miseno al fondo. Recordé que allí tuvo la base naval una escuadra romana, de la que Plinio el Viejo era almirante, de donde salió para rescatar a los huidos de Pompeya, cuando la erupción del Vesubio el año 79 de nuestra era. No pude por menos que recordar lo que Plinio el Joven  le escribió al historiador Tácito, a propósito de cómo fue la muerte de su tío: Petis ut tibi auunculi mei exitum scribam, quo uerius tradere posteris possis (me pides que te escriba sobre la muerte de mi tío, para que así puedas contarselo a la posteridad con más conocimiento).

La droga de los mitos clásicos – en aquellas tierras uno no debe resistirse a ellos – me llevó a visitar el lago D´Averno. Dicen que los pájaros no volaban sobre él porque se asfixiaban a causa de las emanaciones sulfurosas de sus aguas. Es un pequeño lago de agua dulce que ocupa el cráter de un antiguo volcán y que puede pasearse todo alrededor, cuyas orillas están cubiertas de granados en flor, madroños, higueras, fresnos, robles, y viñedos que se mantienen desde época romana. Fue Virgilio, el inevitable Virgio, quien le dio fama de lugar tenebroso, como boca de acceso al infierno por donde entró Eneas para consultar el futuro: Procul, procul este profani, conclamat uates totoque absistite luco (lejos, lejos de aquí, profanos, clama la adivina, y retiraos del bosque sagrado).

Este jubilata, siguiendo las amables indicaciones de la Sibila, se alejó del lago y se acercó a una pizzería. Era casi la hora de la cena. Dudoso entre tanta suculencia, acabó inclinándose por una pizza capricciosa y una cerveza Moretti. Quedaban muchos días por delante…


lunes, 16 de mayo de 2016

Aprendiendo palabras.-

Eso de empezar el texto con un gerundio es como para no seguir leyendo. Más aún cuando se reincide: se comienza el título con uno y se termina la frase con otro. Pero, por favor, ocasional lector, no lo tomes a mal, de alguna forma hay que arrancar.

Por eso es bueno aprender palabras nuevas, sobre todo cuando el aprendizaje se hace a partir de la actividad política nacional. Ya que la vida política de esta España, "este país" o como quiera que se le llame, no da más de sí, moviéndose entre el déjà vu y el escándalo nuestro de cada día, al menos que nos enseñen nuevas expresiones. Será lo único interesante que uno saque de la política nacional.

Y haciendo un  inciso, aunque viene al caso, este jubilata se lo pasó muy bien oyendo/viendo la tertulia de La Noche en 24 Horas en la que un podemita decía de vez en cuando “este país, este país” y un contertulio en vena patriótica le iba contando las veces que no decía “España”. “Oiga, fulano - le reconvenía al final de la perorata - usted acaba de no decir “España” seis veces seguidas”, y adoptaba un gesto de dignidad nacional ofendida bajo su canoso bigote. El otro seguía a lo suyo, que para eso tenía cancha libre y nadie le interrumpía con el manido: ¡Y tú, Venezuela!

También me recuerda la cosa – la política y los sentimientos patrióticos dan mucho juego – cuando, a veces, he comprado productos catalanes en el súper, he leído la etiqueta, y ponía made in Spain, como cosa de país extranjero. En esos casos me ha dado por pensar si no recuerdan que aquellas tierras empezaron a tener entidad propia siendo la Marca Hispánica carolingia. Pero eso de la fibra patriótica es algo muy de cogérsela con papel de fumar, que incluso me han censurado con tachaduras la publicación de una entrada, que llamé “La lupara y la tecla”, porque me permití alguna ligereza zarzuelera en asunto tan serio.

Bueno, sigamos… Lo que de verdad me ha llamado la atención, y posiblemente lo único de interés en la vida política de estas últimas semanas, es que los podemitas, por boca de su mesías, han puesto en circulación una palabra que, como italiana que es, suena la mar de bien: Sorpasso. Francamente, me ha reconfortado saber que no recurrían a la habitual angliparla para introducir nuevos conceptos. Sorpasso = adelantamiento

Se ve que sus inventores quieren dar un acelerón y adelantar a otros competidores en el número de votos y, por ende, escaños. Lo que, a renglón seguido, ha provocado un solidario gesto de compasión de las fuerzas conservadoras hacia la exigua Izquierda Unida. Nunca hasta ahora los ciudadanos habíamos asistido a unas muestras de preocupación tan desinteresada de la derecha española respecto al porvenir de nuestro pequeño partido comunista y de ese muchacho descarriado, de nombre Alberto Garzón. Según se lamentan apenados tertulianos de pesebre mediático y políticos dextrógiros en precampaña, la caperucita roja de Izquierda Unida va a ser triturada entre las moradas fauces podemitas y entonces, ¿qué va a ser de nuestros entrañables izquierdistas de toda la vida?

Y eso que la parábola para ejemplificar el supuesto desastre de la izquierda tradicional marxista ya está implícita en la palabra sorpasso; pero, claro, hay que caer en ello, y los voceros del cotarro patrio están demasiado ocupados intentado salvar del naufragio a nuestra pobre izquierda descarriada. Sorpasso es el título de aquella película de Dino Risi en la que un Vittorio Gassman/Pablo Iglesias, cuarentón y a por todas, invita a subir en su descapotable a un estudiante en época de exámenes, Jean-Louis Trintignant/Alberto Garzón, para correr locas aventuras durante el ferragosto romano.En plan jóvenes alocados, se toman unos botellines, pisan el acelerador, se lo pasan de p. m. y se dan una castaña que deja al ingenuo estudiante para el arrastre. A poco que se observen las concomitancias, hasta lo de los exámenes y el ferragosto coinciden: elecciones y en verano, que no se pueden manifestar con más claridad las coincidencias que el hado dispone.

Claro que nuestra derecha está más por Los Santos Inocentes, trinque ibérico y cortijo en paraíso fiscal. Lo suyo es tener a jornal a Paco el Corto y a Régula para que no vivan por encima de sus posibilidades, mientras el señorito va a sus cacerías offshore de contratos amañados, comisiones al 3%, recortes laborales, austericidio y defensa de los valores tradicionales. Pero, como parece haber ignorado el sorpasso de Dino Risi tanto como haber olvidado el final de los Santos Inocentes, luego se lleva una sorpresa cuando el tonto del lugar, el pobre Azarías, cuelga al señorito de una encina porque le ha matado la milana, y éste, mientras da zapatetas en el aire, nos hace recordar aquello que decía de sí mismo el poeta François Villon:

Au bout de la corde d´une toise
Mon cou saura ce que mon cul pèse
(En el extremo de la cuerda de una toesa, mi cuello sabrá lo que mi culo pesa)


Y ya sabemos que nuestros próceres del "todo por la pasta" se nos han puesto un poco fondones tras estos últimos años de barra libre.