sábado, 31 de enero de 2015

Puerta a puerta.-

No es por hacer sangre con el asunto (ya bastante cachondeo ha corrido por las redes sociales), pero resulta chungo que llamen al timbre de tu casa y pienses: otra vez los pesaos esos que quieren cambiarte la facturación de la luz y el gas. Y abras, dispuesto a decir que no, que no y que no; que ya estuvieron aquí la semana pasada y ya les dije que no, y resulte que no, que esta vez no es el currito trajeado dando la brasa con lo de la facturación de la luz y el gas. Es el bueno de don Mariano, con aire de testigo de Jehová desparejado, que viene a darte las gracias; Grachias, vengo a daros las grachias… Con esa mirada ausente que se le pone, como de andar por las apabardas, cuando se dirige a los simples mortales sin mediación del plasma, y ese rictus-sonrisa a punto de descarrilársele de la boca.

Hombre, don Mariano – piensa el jubilata que abre la puerta en zapatillas de paño – avise usted, hombre, que estas no son manera de presentarse en casa de uno. Todo un señor Presidente del Gobierno andando solo por esos barrios de dios, tan llenos de basuras tiradas por las calles, de contenedores de vidrio y papel desbordados de embalajes, botellas y cristales rotos por doquier, de alcantarillas con el sumidero atascado, de heces de perros tachonando las aceras, de pequeños negocios cerrados y locales de “se vende o alquila”, de papeleras vomitando desperdicios por sus bocas abiertas, de medio ambiente gris-mierda trufado de CO2, de colchones abandonados con nocturnidad en cualquier esquina… En fin, esos barrios madrileños periféricos donde nada se le ha perdido a usted, don Mariano, aparte de algún que otro voto; votos residuales de esa clase modesta, venida a menos por cosa del austericidio, que se ha creído lo de que Stalin se ha reencarnado en el tipo ese de la coleta fláccida que, para escarnio de lo más sagrado, se llama Iglesias.

Pena me da, don Mariano – le diría, si llamase al timbre de mi casa –, pena me da los tragos por los que le hacen pasar sus asesores de imagen. Ni un servidor, que le tiene escasas simpatías políticas, le pondría a patear las calles en solitario, a visitar bibliotecas públicas, farmacias o domicilios particulares. De ser yo el Pedro Arriolas, que dicen que es su asesor aúlico, o el otro, el Moragas, el que le sopla las respuestas difíciles, de verdad se lo digo, haría lo que los serviles de Fernando VII cuando le ponían los faisanes a huevo. No le pueden tener todo el santo día por las calles como alma en pena, importunando a la gente. Usted es el boss, ver si hay un respeto al cargo.

Déjese de populismos que son el estado natural  de las izquierdas resentidas, don Mariano. Lo suyo son las distancias largas: las declaraciones a través del plasma, las conferencias de prensa sin preguntas, las evasivas de “llueve mucho” y los amores interesados que le profesa Frau Merkel. Hágame caso a mí, que le asesoro gratuitamente: es usted un lobo solitario, un incomprendido, la lucecita que se veía por las noches en El Pardo cuando el Invicto - inasequible al desaliento - velaba los sueños de los españolitos. No consienta que su director de campaña, el inefable Floriano, le ponga a patear barrios, puerta a puerta.

Porque, vamos a ver: Si usted llamase a mi puerta, ¿de qué cree que podríamos hablar? ¿Del puñadito de euros que este año nos ha subido  la pensión y de los recorte en las prestaciones de MUFACE? Vivimos realidades paralelas, no se engañe, don Mariano. Su mundo es perfecto y usted todo lo hace bien: baja el paro, sube el consumo, la corrupción es cosa del pasado y pelillos a la mar, y gobernar es tan gratificante como tomarse un cafelito con los amiguetes (el Pons, la Cospe, el Arenas, el Floriano…) mientras charlan de que la jornada ha sido dura, pero provechosa. Así que, siendo todo tan perfecto en su mundo, no se moleste, hombre, en bajar al nuestro y zapatear por los barrios y darnos las gracias. El merito es todo suyo.

Porque de verdad se lo digo, don Mariano, si lo hace - lo de llamar a los timbres -, por casa no aparezca, a menos que venga a leer el contador del gas o el del agua. No me obligue a despacharle con un “Tanta paz lleves como descanso dejas”. Sinceramente se lo digo, no llame a mi timbre, ya nos veremos las caras en las urnas, cuando usted lo tenga a bien, don Mariano. 

domingo, 25 de enero de 2015

Donde más duele.-



Anda la gripe de este año dando más cornás que una vaquilla resabiada, y como a quien esto suscribe ya le ha arreado varios puntazos en lo que va de invierno, no ha tenido el cuerpo para ocuparse de asuntos de más trascendencia. La verdad, entre toses, moqueos, fiebres y otras alegrías gripales no había dedicado mucha atención a la cosa esa de la supervivencia que llamamos pensión por jubilación.

Echando un vistazo retrospectivo a la prensa adicta al “qué suerte que Mariano sea nuestro líder” (leído en ABC, vamos), resulta que la revalorización de las pensiones ya no se vincula al IPC anual, sino a un invento distinto que llaman Índice de Revalorización, donde, entre otros indicadores, se pondera el efecto de sustitución. Lo cual, para un jubilata ignorante de la macroeconomía y, encima, griposo, es de difícil entendimiento; aunque, tras varios paracetamoles y varias sesiones de estornudos, algo logra uno desentrañar del asunto: se trata de la diferencia entre las pensiones que causan baja y las nuevas que entran en el sistema. Lo que, en magnitudes microeconómicas y en palabras del cómico José Mota, significa: las gallinas que entran, por las que salen. Jubilatas y gallinas, todo son estadísticas.

Dicho, para entendernos, en términos de economía en chancletas, la pensión se revaloriza o no en función de los pensionistas que finiquiten a lo largo del año y los nuevos que se den de alta en el sistema. Para no rompernos las entendederas - nunca se insistirá bastante - con abstrusos conceptos que escapan a nuestros conocimientos, significa que si mueren muchos pensionistas ese año y entran menos, la pasta a repartir aumenta; si es al revés, disminuye. Con lo que no es necesario hacer muchos cálculos para comprender que a cualquier jubilado lo que le conviene es que casque un número considerable de viejos improductivos. Puro maltusianismo, lucha por la vida y competición por los recursos escasos. ¡Hay que joderse con la sociedad de mercado, que ni siquiera en estas edades puede uno bajar la guardia!

Lo cual deprime bastante, más cuando el termómetro te dice que tienes 38,5º, toses como si fueras a escupir trocitos de pulmón y andas del sofá a la cama, y de ésta a aquél,  con más languideces de tísica que la Traviata: Follie!... Povera donna, sola, abbandonata in questo popoloso deserto…, El populoso desierto de la jubilación donde los pensionistas nos hemos convertido en competidores por la supervivencia, donde el jubilado con el que te cruzas en el mercado es un parásito que mete su cuchara en tus garbanzos. Aparte de maldita la gracia que te hace saberte en zona de riesgo, que puedes cascarla por culpa de una vulgar gripe y que, encima, tu pensión, la que te has ganado con cuarenta años de cotizante, vaya al bolsillo de un jubilado recién estrenado en el Índice de Revalorización.

Todo lo anterior va dicho en términos generales porque, cuando bajas al terrero del “qué hay de lo mío” y te enteras de que las pensiones se han revalorizado este año un 0,25% y a ti te tocan dos euros al mes, entonces sí que te deprimes. Pero no puedes decir eso de “para poca salud, más vale morirse”, porque entonces tu pensión cambia de beneficiario y aquí no ha pasado nada. 

Pero no puedes evitar ponerte nostálgico. Nostálgico de cuando había esa hucha tan gorda de las pensiones, esa Tierra Prometida que te han arrebatado con malas artes, y lloras, afligido, junto a los ríos de la Babilonia del rescate bancario y el equilibrio presupuestario. Esclavo de una magra pensión, no puedes menos que “Va, pensiero – lamentarte – sull´ali dorate; va, ti posa sul clivi, sul colli…”. Y gracias que la fiebre te ha dado verdiana (lo digo por dom Giuseppe) y no has llegado al total desvarío, lo cual sería síntoma cierto de estar a punto de salir del sistema de pensiones por el expeditivo camino de la Parca.

En fin, no querría cansar más al improbable lector, pero, entre la gripe y el Índice de Revalorización, uno está en un vivo sin vivir en mí. 

domingo, 18 de enero de 2015

De insomnio, ratas y cosas por el estilo.-

Dice la experiencia que cuando se llega a edad provecta el sueño se convierte en un bien escaso que va y viene a trompicones. Quizás no sea norma de obligado cumplimiento entre todos los que han pasado la barrera de la sesentena, pero en este jubilata los insomnios menudean tanto como las promesas de la casta política en campaña, cuando más empeñados están en amachambrarse un acta de diputado. Solo que las promesas son aire y van al aire, mientras que los insomnios se instalan por la noche en tu cabeza  y no te dejan plegar la pestaña.

En estos casos suele haber dos remedios bastante eficaces que un servidor utiliza: la lectura y escuchar música. La primera tiene el inconveniente de que hay que levantarse (la santa duerme y no es cuestión de andar fastidiando). Mientras todo el barrio se mece en los dulces sueños de la recuperación económica que la propaganda oficial susurra al oído del durmiente – el despertar a la realidad cotidiana es cosa más jodida –, el insomne está en su estudio con un libro bajo el flexo, leyendo, pongamos por caso, la carta que Petrarca le escribió a Tito Livio, o desentrañando ese epigrama que Marcial dedicó a un poeta plasta: Nimis poeta es, Ligurine! Inciso: Marcial se pasa de burlas con el pobre poeta empeñado en leerle sus obras que quieras que no: Et stanti legis, et legis sedenti, / currenti legis, et legis cacanti! Casi no necesitan traducción estos versos.

El otro remedio es el de enroscarse los pinganillos de la radio a las orejas y escuchar música. A un servidor lo que le gusta es Radio Clásica de Radio Nacional. Como los horarios del insomnio son imprevisibles, pueden coincidir con distintas programaciones: A veces es El mundo de la fonografía, de Pérez de Arteaga; otras es Contra viento y madera, dedicada a las bandas de música; otras dedicada al canto gregoriano, o Divertimento, que ayuda mucho a que el cerebro vaya desconectándose poquito a poco. Últimamente me estoy dando unas sesiones de zarzuela como nunca. No ha sido un género que me guste especialmente, pero tiene piezas pegadizas y otras de un casticismo chulapo que para sí lo querría la Lideresa de los Madriles en un papel de la Revoltosa: ¡Ay, Mariano de mi vida! ¡Mari Espe de mi alma!

En una de estas noches pasadas tuve ocasión de escuchar al trío cómico Zori, Santos y Codeso cantando Los Ratas, de La Gran Vía. Eso de “Yo soy el rata primero, y yo el rata segundo, y yo el rata tercero…”, “Ay, qué gracia tiene esta ratonera, que se van los ratas de cualquier manera”, me hizo recordar –eran las tantas de la madrugada y el cerebro se me cocía en  el jugo del insomnio– en tanto rata y rato como corretean por las alcantarillas de la vida pública, dando al ciudadano lecciones gratuitas de prestidigitación con los dineros públicos. Ratas y ratos instalados en la respetabilidad de un traje caro y puestos de alta gestión, desde donde cantan eso de Vamos con cuidado sin pestañear, y ya van mil veces que nos chuleamos de la autoridad.

En resumidas cuentas, eso del insomnio es un mundo algo complicado de resolver. Uno tiene sus recursos para ir capeando el temporal, pero una vez que te has subido a ese barco te pasas las noches dando bordadas y no sirven lecturas ni músicas celestiales. La noche que no toca dormir, no toca, ni aun chutándote una pastilla para el sueño. No es que este jubilata lo lamente, ya que ante lo irremediable no caben lamentaciones. Si, al menos, ratas y ratos no le corretearan por entre las horas de vela y la autoridad se decidiera a utilizar un raticida eficaz, el tiempo que durmiese dormiría más tranquilo. 

Pero la cosa va pa´Rato...

domingo, 11 de enero de 2015

Visita a una dama.-

A pesar de que se van cumpliendo años y van quedándose atrás viejas ilusiones que el tiempo ha reducido a recuerdos borrosos; a pesar de aquellos proyectos nunca realizados, pero sin los cuales un día ya lejano no concebíamos que nuestra vida tuviera sentido, aún, entre esas hojarascas de lo que no pudo ser, quedan unos pequeños brotes verdes que resisten a marchitarse tras decenios de vida condenada a la mediocridad bíblica del ganarás el pan y a la mediocridad existencial del vivirás de tu jubilación. Y gracias, que otros ni lo catarán.

Es sorprendente que, tras tantos y tantos años, todavía siga vivo el enamoramiento por una mujer que murió joven, apenas con veinte años, de nacimiento Giovanna degli Alvizzi, florentina ella, de la que este jubilata se quedó prendado allá en sus tiempos mozos, cuando era estudiante en la Complutense. Aquellas clases en las que el profesor de Arte pasaba las filminas y nos descubría, a algunos jóvenes como yo que sólo vivíamos la grisalla del franquismo social, toda la belleza que hay en la pintura renacentista. Nos hablaba de Paolo Ucello y sus caballeros de negra armadura en la batalla de San Romano, o Piero della Francesca con sus retratos enfrentados de los condes de Urbino, o de Mantegna con ese escorzo imposible del Cristo muerto…

Pero fue Ghirlandaio quien, definitivamente, marcó la fascinación por el Cuattrocento italiano. Su  jovencísima y serena Giovanna Tuornabuoni era a los ojos del estudiante enamorado de la belleza, que entonces fui, como  Beatrice para el Dante o Dulcinea para el loco egregio que fue el Caballero de la Triste Figura, un ideal inalcanzable. Una de esas obsesiones estéticas sin las cuales es imposible soportar la vulgaridad del tiempo presente. 

Con la ventaja, frente a ellos, de que uno puede serle infiel sans état d´âme, como aquella vez en Atenas, frente a los ojos almendrados y la sonrisa enigmática de una Kore, que arrebató a este turista sorprendido al borde del éxtasis estético. Claro que, puestos los pies en tierra, con estos antecedentes, el currículo profesional de un servidor no daba para alcanzar grandes metas sociales, andando, como andaba, con la cabeza a pájaros.


El caso es que, volviendo al asunto, jamás habíamos visitado la colección permanente del museo Thyssen, hasta ayer, que fuimos la santa y yo. Y, por lo que recuerdo, nunca había estado frente al retrato de Giovanna Tuornabuoni, teniéndola tan cerca, a penas a media hora de transporte público. Mil veces la había visto en reproducciones, pero nunca antes vi la tabla que pintó Ghirlandaio. Fue una lástima que los ojos que la pintaron no fueron los que la vieron viva -tomó su retrato de una medalla conmemorativa-, ya que la tabla hubiera sido el punto exacto de encuentro entre la mirada de este espectador fascinado y la del pintor que debería haberla conocido.

Aunque idealizada de acuerdo con los cánones renacentistas, debió ser harto hermosa y de buenas prendas personales y morales. Tanto que  el pintor puso una cartela con dos versos de un epigrama de Marcial: Ars utinam mores animumque effigere posses. Pulchrior in terris nulla tabella foret: “Ojalá el arte pudiera representar las costumbres y el alma. No habría en la tierra mejor pintura”.

Y dirá el improbable lector que a qué viene tanto rollo por una joven dama muerta en 1488, que es una pasada de exquisitez para un viejo funcionario anclado en viejas contemplaciones. Y no le faltará razón. Puestos a adorar antiguas bellezas –insistirá el lector- , ahí está Mona Lisa, a la que visitan en peregrinación miles de turistas. El refrendo multitudinario de la Gioconda deja en mantillas a la jovencísima Giovanna, a la que cuatro despistados echan un vistazo distraído.

Pero quien esto escribe sigue en sus trece, porque la masa turística, con sus selfies, no hace más que prostituir de vulgaridad a un personaje al que, para desacralizarlo, ya Marcel Duchamps pintó perilla y bigotito de señorito sexualmente ambidiestro, además de colgarle aquel infamante letrero de L. H. O. O. Q.: Elle a chaud au cul.

lunes, 5 de enero de 2015

De La Mierla a Beleña de Sorbe, caminata, naturaleza y algo de historia.-

La marcha completa,diseñada por Juan F. Romero
No por lugar  pequeño La Mierla deja de tener un pasado honroso como municipio, ya que en su plaza sigue en pie un rollo jurisdiccional que va pregonando su antigua condición de villa. 

Quizás por eso, o por méritos propios del interesado, en la plaza del pueblo pueden verse hasta cuatro placas donde se ensalza, o se hace referencia de ilustre vecino, al buen hacer edilicio del que fue su alcalde D. Félix Perucha Monge. Éste debió ejercer una especie de caciquismo ilustrado que dejó el pueblo como una joya de modernidad, con su teléfono, sus aguas corrientes, su pavimentación y otros servicios de común disfrute vecinal. Tiene, además, este lugar una ermita de la Soledad en las afueras y una fuente medieval, pero como no fuimos a verlas, nada se dice aquí.

Un perro cojo y resignado se solaza  bajo un sol luminoso e
invernal junto a la fuente de la plaza mientras nos equipamos. Bajamos por un camino que nos lleva hacia la rambla de Valmierla, espaciosa, que se encaja entre paredes llenas de cárcavas a las que un pinar de repoblación pone barreras, mientras por nuestra derecha afloran calizas. 

Son éstas tierras de rañas, formadas por cantos rodados de cuarcita, envueltos en una tierra arcillosa de un característico color rojizo. Prácticamente todo nuestro recorrido nos encontraremos con este tipo de terreno, fácilmente erosionable con las lluvias estacionales. Razón por la cual, imagino, en su momento se plantó el pinar de repoblación.

Uno, aparte de ser jubilata y no entender mucho de estas cosas, viendo aquellos paisajes piensa que esa función de sujetar las tierras lo ejerce perfectamente el manto vegetal autóctono. Abunda el matorral oloroso como el tomillo salsero, el romero, la jara, el espliego, a más de las aliagas y vegetación arbustiva de chaparras y enebros y algún chopo. Eso entre otras muchas especies que un servidor no conoce o no vio. Y en cuanto abandonamos la rambla por su lado izquierdo, nos metemos en un bosque precioso, dentro de la modestia de estos paisajes invernales, de enebros de la miera, con sus característicos frutos rojizos en sazón. Camino adelante encontraremos encinas, algunas de buen porte, que se entremezclan con los enebros y, a lo largo de nuestra marcha, el inevitable pino de repoblación en terrazas.

Entramos en la terraza, con su chopera en estas fechas sarmentosa, que ha labrado el río Sorbe; un río que se hace mayor en su encuentro con el río Lillas, allá en Tejera Negra, y que tributa en el Henares. Con toda su modestia de río de tercera, tiene maneras bravías ya que se encaja en las curvas del paisaje y embalsa su caudal en la presa de Beleña. De sus aguas bebemos en Madrid, y conviene que se sepa para que hablemos de él con un poco de respeto, que es río provinciano pero servicial.

En nuestro caminar por cerros tupidos de vegetación y olorosos, a ratos, de plantas aromáticas, Juan y su plano nos ponen ante la vista el pueblo de Beleña de Sorbe. No hay más que cruzar el río sobre la pasarela y, en un rato, nos ponemos allí. Es un pueblo que actualmente sobrevive con escaso paisanaje, al pie de un cerro, en tierras alejadas de cualquier apresuramiento, pero que en sus momentos de gloria fue señorío con castillo y buenos muros, iglesia románica remozada en gótico tardío, y puente medieval sobre el río.

Es lugar de paso entre las tierras de Ayllón y la Campiña de Guadalajara, así que debió tener su interés estratégico durante la dominación árabe. Alfonso XI le dio el título de Señorío de Beleña y éste pasó a formar parte de la familia de los Mendoza con el marqués de Santillana. Si algo merece la pena una visita detallada es la galería porticada de su iglesia; y dentro de aquella, el arco de acceso al templo, de cuatro arquivoltas: en sus dovelas se representa un calendario agrícola (veo que la palabra “mensario” –como ponen en algunos sitios- no aparece en el DRAE).

La galería, orientada al medio día, es un buen lugar donde comer el bocadillo mientras el sol de la tarde nos acaricia la espalda. 

Fueron nuestro banquete unos tientos hambrientos al bocata, traguito de vino para facilitar el pasapán, unas nueces y un poco de chocolate y fruta a modo de improvisadas bodas de Camacho a la  manera caminera.
Y eso fue nuestro aliviar las hambres bajo sagrado, a la pata la llana y no por juramento, como el que hizo don Quijote cuando se le rompió la celada y dijo aquello de no comer pan a manteles ni con la condesa folgar hasta tanto… etc.

Una vez comidos, no era tiempo de folganza, ni había condesa a mano para tal menester, así que cargamos las mochilas, bordeamos el cerro con los paredones del castillo aún en pie y bajamos hacia el río por un camino empedrado que va haciendo zigzag hasta ponernos sobre el puente andalusí que cruza el Sorbe. Regresamos a La Mierla por entre las terrazas del pinar y un rato por la carretera, hasta encontrar el sendero que no devolverá a este pueblo.


Aún tenemos tiempo de acercarnos con el coche a Puebla de Beleña, para echar un vistazo a sus lagunas endorreicas donde anidan aves de paso, pero éste es un invierno seco y las lagunas están vacías como ojo de tuerto y no hay más pájaros que los tres caminantes curiosos. Regresamos a Madrid por la carretera de Burgos. 

A lo lejos se ve el perfil de la capital y una enorme boina pardo-anaranjada (se está poniendo el sol) que es como un puñetazo en el ojo azul del cielo.

domingo, 28 de diciembre de 2014

De la ciudad pensada a la ciudad degradada.-

Las vacaciones son para hacer lo que a uno le venga en gana, podría ser la máxima incluso para los jubilados en ejercicio, como lo es este servidor. Quien quiera que diga  que nosotros no tenemos obligaciones reconocidas y, por lo tanto, estamos siempre vacando, no entiende de la misa la media: las rutinas de cada día son las obligaciones del jubilado, y romper con ellas son sus vacaciones. Así, este jubilata está en vacaciones navideñas y, para que se vea que disfruta de ellas, se ha puesto a leer un libro para el que no había encontrado tiempo, agobiado por los apremios de la rutina diaria que no dejan un hueco libre.

El libro de marras, regalo de mi amigo Chus, es La idea de ciudad.  Antropología de la forma urbana en el Mundo Antiguo, de Joseph Rikwert. Éstas no son lecturas – pensará el improbable lector – como para correrse una juerga de fin de año. Pues no, pero su lectura es más provechosa que el deambular por las calles comerciales, haciendo masa con una multitud de abducidos por el afán consumista de estas fechas, y tiene la doble ventaja de que ilustra, a la par que te ahorra caer en esa boba felicidad navideña de obligado cumplimiento.

En contra de lo  que puedan opinar los técnicos urbanistas – si no he entendido mal al autor –, la organización geométrica de la ciudad no responde tanto a necesidades de habitabilidad, cuanto a un ideal de habitación humana que represente el universo ordenado. El hombre civiliza el espacio informe en el que vive mediante ritos que se plasman en una cierta forma de ordenación territorial. Fundar una ciudad, en la antigüedad clásica, tenía mucho que ver con la racionalización del caos. De la misma forma que el mito de Hércules, con sus doce trabajos, tiene que ver con el sometimiento de las fuerzas naturales a la capacidad racionalizadora del hombre, que pasa de juguete de la naturaleza a ser su dominador. El hombre, o es civilizador, ciudadano, o no es nada.

Por eso, el estratega ateniense Nicias, ante las murallas de Siracusa, les dijo a sus soldados “Vosotros mismos sois la ciudad… Son los hombres, no los muros los que forman la ciudad”. Es algo que, sabido por un general mediocre como Nicias, cinco siglos antes de nuestra Era, es desconocido por los actuales gestores municipales de esta agregación caótica de cemento y ladrillo, de calles abarrotadas de coches y ruidos, de desidia y cochambre que llamamos Madrid. En su ignorancia han olvidado – si es que alguna vez lo supieron – que la ciudad la forman los ciudadanos; la ciudad no es, ni mucho menos, el botín para la especulación económica o el saqueo institucionalizado de los recursos públicos.

Claro que acusarles de ignorancia es no hacerles justicia. No se trata tanto de ignorancia cuanto de desprecio a la propia historia de la ciudad. Desde que los Austrias levantaron la cerca de la ciudad, forma de ritualizar el pomoerium,  y convirtieron un poblachón manchego en capital del Orbe, la ciudad de Madrid no había llegado a un punto de degradación al que la han llevado los actuales munícipes. Por mucha imaginación que uno le eche, no es capaz de imaginar a la actual alcaldesa, con sus tópicos mal trabados y sus balbuceos faltos de sustancia, dirigirse a sus conciudadanos y decirles: Vosotros sois la ciudad, vosotros le dais sentido.

Sólo los que tenemos cierta edad podemos aún recordar aquellos bandos que el ilustrado Tierno Galván dirigía a los ciudadanos de la villa exhortándoles al civismo, no con amenazas, sino con persuasión: 

“Una de las mayores preocupaciones que atosigan a esta Alcaldía es la de la falta de educación cívica. 
Hay algunos madrileños que no tienen conciencia clara de que convivir significa tener respeto a la ciudad y a quienes
viven en ella. Merece especial mención, en cuanto a educación cívica se refiere, el tema de la limpieza urbana: la falta de respeto mutuo, en algún sector del pueblo madrileño, está dejando la ciudad fea, triste y sucia. Aumentar la limpieza de Madrid es 
un quehacer de todos, y también lo es que cada uno de nosotros se convierta en censor de 
los demás, advirtiéndoles que no ensucien o dañen."

El profesor Tierno no sabía en qué manos iba a caer la ciudad que él tanto ayudo a dignificar. Ni nosotros podíamos imaginar que el conchaveo de los munícipes con algunos Florentinos junta-pasta se alimentara de la cochambrez y abandono en que viven nuestros barrios. Alguna responsabilidad, piensa este jubilata, debemos tener los ciudadanos en permitir esta situación. Si cada pueblo tiene los gobernantes que se merecen - según afirmaba Joseph de Maistre -, nuestros merecimientos son, por lo que se ve, enormes.

Este jubilata no es que pida ser gobernado por reyes-filósofos, como en la república platónica, es que se conformaría con no ser gobernado por políticos incompetentes. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

La Navidad, forma de supervivencia.-


Todo presagiaba que iban a ser unas navidades post crisis. Las pantallas de plasma de la Moncloa así lo afirmaban. Las multitudes gozosas que se apiñaban en las calles comerciales, llevaban estampada en la cara la gran sonrisa del consumo. Las luminarias navideñas incitaban al paseo gregario de escaparate en escaparate. 

Quien más, quien menos, hacía cola en la carnicería del súper para comprar el cordero, en la pescadería para comprar los langostinos, en la charcutería para comprar el jabugo. De paso, camino de las cajas registradoras, se llevaba de las estanterías los turrones duros, blandos, guirlaches, mazapanes, polvorones. De la crisis se sale mediante el consumo, era la consigna, y las felices masas impregnadas de alegrías navideñas gastaban sus sueldos de media jornada, sus subvenciones del desempleo, sus magros ingresos de trabajo en negro. Consumo, felicidad. Era Navidad.

Galiano Peláez lo sabía de otros años. Por eso, desde dos semanas antes de navidades estuvo yendo y viniendo al súper de cerca de casa. Con su carrito de la compra a tope de tabletas de turrón, fue haciendo acopio de ellas. Cada mañana, cada tarde, bajaba al súper y llenaba el carrito. Era como una fiebre que le había entrado; no podía pasar un día sin hacer un par de viajes y cargar todas las tabletas que podía: turrones de Jijona, de Alicante, mazapán de Toledo, barras de guirlache, de coco, de praliné, de chocolate con almendras… Todo le servía.

Cuando faltaban unas horas para la cena de Noche Buena, Galiano apagó el teléfono y la tele, atrancó la puerta de casa y bajó las persianas. Detrás del frigorífico levantó un parapeto con las barras de turrón: metro y medio de alto y treinta y cinco centímetros de grosor, cogió el saco de dormir, se escondió dentro y esperó a que pasaran las navidades.

domingo, 14 de diciembre de 2014

A imagen y semejanza.-

Pensando cómo iniciar esta croniquilla semanal, he recurrido al humorismo del arcipreste Juan Ruiz, de quien sé de antemano me habría dado la licencia: Probar todas las cosas el Apóstol manda; / quise probar la sierra, hice loca demanda…, Solo que este jubilata no se ha puesto a  cruzar la sierra el día marceño de San Meder, sino que ha ido a visitar una exposición de pintura cargada de adoctrinamiento religioso la tarde de un sábado decembrino y lluvioso a más no poder.

Desde los lejanos tiempos en que estudiaba Historia del Arte durante la carrera, mi relación con la pintura religiosa ha sido la de mantener una actitud que me permitiera entender su valor estético y cultural, dejando a una distancia prudente su significado doctrinal. De la misma forma que uno puede admirar La familia de Felipe V, de Van Loo, sin por ello sentirse partidario de la monarquía absoluta, igualmente uno puede sentirse subyugado por una Anunciación del Greco sin por ello creerse el mito de un Mesías nacido de una virgen sin concurso de varón, menos aún por la sorprendente intermediación del Paráclito bajo forma de paloma.

El caso es que, venciendo unas prevenciones más que justificadas, me acerco al Centro Cultural de la Villa Fernán Gómez a ver la exposición a Su imagen. Arte, cultura y religión. Ya de antemano sabía lo de El Confidencial; eso que decía en su titular de que “Botella monta una lección de catequesis de dos millones de euros por encargo de Rouco”

Y sí, creo que los de El Confidencial no han exagerado. La exposición es una lección de catequesis con todo lujo de grandes pintores al servicio de la ideología religiosa: el poderoso Rubens con un Sansón y el león, donde el profano no ve al melenudo juez de Israel, sino a Hércules y el león de Nemea, e incluso un episodio similar de la epopeya del Gilgamesh sumerio; o la grácil imagen del  Arcángel san Gabriel, de Gregorio Fernández, que parece flotar en el aire, donde el espectador correoso y más inclinado a la cultura clásica, ve al mensajero de los dioses, Mercurio, solo que sin el caduceo y el petaso alado; pero uno y otro son clavaditos a los mitos que pretenden suplantar.
Y como los artistas citados, aunque con otros asuntos, hay otros primeros espadas de la pintura, como Rivera con su Susana y los viejos, o La virgen del pajarito, de Luis Morales, Velázquez, Lucas Cranach, Tintoretto…

Uno ya va a estos eventos curado de espantos. Interesado en su valor estético y cultural, y conocido el sustrato ideológico sobre el que se basan, el espectador puede, perfectamente, disfrutar de estas obras de arte sin temor a que los paneles que lee y la audio guía que escucha, le lleven al huerto del adoctrinamiento. Ya en junio pasado tuvimos una experiencia parecida, cuando la santa y yo fuimos a Aranda de Duero a visitar Las Edades del Hombre y nos encontramos con que la imaginería que allí se mostraba era la excusa para evidenciar la influencia que la religión católica ha ejercido sobre nuestra cultura. En esta bitácora hablé de ello en su momento.

Pero forzoso es reconocer la debilidad que este jubilata siente por la escatología que la Iglesia católica ha utilizado durante siglos con profusión y efectividad: la caducidad de los bienes terrenales, la presencia de la muerte y el pulvis eris; sobre todo porque es un asunto muy querido por los barrocos y una forma eficaz de aterrorizar a los adeptos, tanto o más que aquella película de Pesadilla en Helm Street en la que Freddy Kruegger hacía escabechinas con total fruición. A mí In ictu oculi, de Valdés Leal, o El sueño del caballero, de Pereda, me ponen mucho. Sobre todo porque los veo como una venganza en diferido.

Imaginar a los poderosos de la tierra aferrándose a sus riquezas en los estertores de la muerte me da un subidón. Imaginar, por un acaso, a un príncipe de la Iglesia, modelo episcopado español, aferrándose con manos sarmentosas a la mitra bordada en hilos de oro, los ojos vidriosos en las últimas ansias agónicas, mientras un confesor sádico le susurra al oído: omnia vanitas, pulvis, cinis... nihil!, es un puntazoNi siquiera el Freddy Kruegger ese descuartizando jovencitas con su motosierra podría proporcionar estremecimientos de tan intenso terror plancentero.

Claro que a nuestra casta sacerdotal autóctona  la veo más cerca de Gutiérrez Solana con su procesión de la muerte y de una España ténebre, clerical de teja y manteo, y doctrinaria hasta el fanatismo. Sin embargo, para que no se le remuevan a uno las bilis con estas funebridades y sosegar los espíritus convulsos, nada mejor que contemplar esos humildes cardos que pintaba el cartujo Sánchez Cotán.

El improbable lector sabrá perdonar esta incapacidad que un servidor tiene para discernir entre la iconografía religiosa y las heterodoxias que le bullen en la cabeza. Si no fuese porque la madre de Amenofis III hubiese quedado embarazada por el dios Amón, o que Rómulo y Remo nacieran de la coyunda forzada de Marte con la vestal Rea Silvia, o que de la fecundación de Danae por Zeus naciera Perseo, uno podría disfrutar estéticamente, por ejemplo, de esas Anunciaciones que tanto abundan en la imaginería católica, sin tener que preocuparse de complicadas justificaciones teológicas.

Es un fastidio ir a una exposición a ver pintura religiosa y pasarse el rato deslindado entre el valor estético de la obra y la carga ideológica que conlleva. Pero, bueno, ya sabemos que el arte no es imparcial… y el espectador es, a veces, beligerante.  

domingo, 7 de diciembre de 2014

Chica fácil.-

La verdad es que no sabría decir si el barrio en que vivo es de bragueta fácil o más proclive que otros al regodeo venal con las pupilas de Putifar. Lo que sí puedo asegurar es que, aparte las basuras que el anémico servicio municipal de limpieza nos deja por las calles, abundan como hongos unas octavillas donde se anuncia sexo mercenario a tanto la hora.

Uno, a estas alturas de la jubilación, no es que se sorprenda demasiado por la abundancia de oferta en eso de los regodeos de la entrepierna, pero no deja de llamarle la atención hasta qué punto la publicidad callejera está democratizando el mercado de la carne pecadora. Basta salir con la bolsa de la compra, camino del mercado de Ventas, y fijarse en los parabrisas de los coches. Allí, sujetos con las escobillas, pueden verse unos papelitos fotocopiados en formato 10,5x7,5 cm donde suele aparecer una fotografía en blanco y negro algo así como con redondeces abultadas. Si uno mira con atención, verá que esas redondeces suelen representar tetas (generalmente gordas) y culos anónimos (también protuberantes), acompañados de textos promisorios de goces con hembras placenteras, números de teléfono y listas de precios.

Igual, igual que las ofertas de supermercado que te echan  en el buzón, pero sin colorines. Ahora que nos han inaugurado un Ahorra Más cerca de casa, en las hojas volanderas de publicidad lo mismo puedes encontrarte ofertas de carne de pollo a tanto el kilo que refocile con masaje incluido a partir de la media hora de servicios putañiles contratados; todo depende del folleto que cojas. Es lo que tiene el libre mercado, que lo mismo te ofertan lubina salvaje a 9 € kilo que chicas de trato complaciente a 20 € los 20 minutos. Todo es negocio y todo es bueno para incrementar el PIB, a ver si de una vez este país sale de la puñetera crisis; sobre todo desde que la prostitución cuenta a efecto de las cuentas macroeconómicas del Estado.

Y hablando de prostitución, no solo como aliviadero venéreo, sino sobre todo como fuente de riqueza y estabilidad económica, y teniendo en cuenta que escribo esto el 6 de diciembre, día de la Constitución, por extraña asociación de ideas se me solapan una y otra. ¿Qué pueden tener en común  ambas, prostitución y constitución, aparte de la rima? ¡Ah!, ya caigo: el reformado artículo 135, que viene a ser como las tarifas que las devotas de Venus aplican a sus clientes para que sus dineros queden bien gastados. También nuestros políticos, rufianes de la cosa pública, prostituyeron el 26 de septiembre de 2011, - por razones bien fundadas, nos dijeron -, a esa moza nacida el 6 de diciembre de 1978. La criatura estaba a punto de cumplir los 33 años y aún tenía las carnes prietas y, si le pedían ese sacrificio los padres de la patria, ella se abriría de piernas para el mercado internacional, ese ricachón que nos presta tanta pasta.

Y vaya si lo hizo, y hasta parece que le ha cogido gusto. Anda el paisanaje como puta por rastrojo, pero la prima de riesgo no se alborota y eso es lo que importa: que el mercado internacional, ese  señor rijoso que tiene la pasta en una mano mientras que con la otra tienta el género, se relaje después de cada revolcón con la buscona necesitada de créditos para subsistir.

Los políticos que empujaron al busconeo a la discreta Constitución (no tenía grandes prendas, pero era decente) para convertirla en una pute respectueusse, debieron pensar que también en la Biblia hay casos parecidos, como el de Tamar y Judá o Judith y Holofernes, donde se muestra que si el fin es provechoso, no hay que ponerse estrecho con los medios empleados. 

Tamar se prostituyó con su suegro Judá y le pidió prendas para no terminar lapidada por mala praxis; Judith se prostituyó con el general enemigo Holofernes y le rebanó el cuello. Ambas son heroínas bíblicas, ejemplos de ingenio y abnegación femenina; así, nuestra sufrida constitución, que llevaba una vida anodina, una vez que le han desvirgado el artículo 135, puede presumir que perdió la virginidad por una buena causa, ya que libró al pueblo español de ser rescatado por las garras de oso de la madama Merkel.  

Este jubilata, que votó con reticencias la Constitución, pero la votó (era eso o el tardofranquismo hasta la consumación de los siglos), todavía no lo tiene claro. No sabe si está ante la criadita de pueblo a la que se benefició el señorito pinturero, o ante la Gran Ramera de Babilonia de quien habla el Apocalipsis, o ante una madre de familia que tuvo un desliz y no hay por qué reprochárselo eternamente. 

Lo que sí queda claro es que los proxenetas que la pusieron en tan malos pasos no merecen nuestros votos. Nunca más. 

domingo, 30 de noviembre de 2014

La importancia de llamarse Nicolás.-

En su obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, Oscar Wilde hace burla de la sociedad victoriana de su tiempo, tan  encorsetada, tan estrecha dentro de sus costuras, en la que un mozo calavera decide aprovechar las convenciones sociales para medrar en sociedad utilizando a su conveniencia esas mismas normas. Llamarse Jack no es relevante, pero hacerse pasar por Ernesto le permite cortejar a una lady de alcurnia y abrirse un hueco en la buena sociedad.

Nada más lejos que pretender una comparación entre esta España actual (Patio de Monipodio o Corte de los Milagros, a elegir) y la  seria Inglaterra victoriana (Ernest en inglés, dicen, suena parecido a Eamest “serio”). Lo cual debe entenderse dicho en favor del solar patrio, ya que no necesitamos imitar los usos de la hipócrita Albión para encontrarnos con situaciones parejas. Nos basta con recurrir a nuestra particular cosecha de pícaros y milagreros y, en un juego de birlibirloque, cambiar un Ernesto por un Nicolás o una Sor Patrocinio, según tomemos la picaresca por la vía secular o la mística. En este caso, es la primera la que nos interesa, porque en la corrala celtibérica, donde se arremolinan y hacen algarabía tanto teles privadas y públicas como prensa adicta a la mano que le da de comer, nos ha aparecido milagrosamente un pequeño aprendiz de brujo que tiene alborotado el cotarro nacional: El pequeño Nicolás.

Así lo ve Tomás Serrano. 
Este jubilata se hace cargo que no es lo mismo un Ernest wildenesco que un Nicolás manchego; no es lo mismo un dandy anglosajón que un chaval de verbo fácil y en mangas de camisa. Pero eso sí, es muy nuestro. Un producto typical spanish, como los chorizos de Cantimpalo, del que no hay por qué avergonzarse. Ellos producen tipos como el doctor Livingston que abren, con sus descubrimientos, los mercados de África a la voracidad expansionista del capitalismo inglés; nosotros, más de andar por casa, nos gloriamos de una especie autóctona universalmente conocida: el pícaro, el hambrón que medra en una sociedad donde la pasta se la llevan unos pocos y todos los demás pagamos a escote.

Nadie niega que el chaval no tenga su mérito. A medio camino entre el pícaro cervantino y el esperpento valleinclanesco, es lo más interesante que nos está ocurriendo en la vida pública de estos últimos tiempos. En esta Corte de los Milagros con parada y fonda en Génova 13, donde Mariano I (ni sí ni no, sino todo lo contrario) rige con mano firme el allá te las compongas, el pequeño Nicolás se nos ha aparecido como la Monja de las Llagas en la corte de Isabel II para amilagrarnos con su verbosidad, sus contactos – reales o supuestos – sus selfies junto a los caretos más conspicuos de la patria. Dispuesto a desfacer entuertos (como el de Cataluña), a remendarle el virgo de su buen nombre a una princesa en apuros por culpa de un juez rigorista, y otras fazañas de andante caballería a cambio de un sustancioso estipendio, es el personaje de moda, el modelo a imitar para todos los jóvenes que van por el mercado laboral hambreando un curro mal pagado.

Con toda sinceridad lo confieso, si fuese joven y no jubilata, querría ser un Petit Nicolás con jeta y palabrería, manipulador y narcisista, antes que un número en la cola del paro, un aspirante a emigrar previa patada en el culo propinada por la madre patria. Por eso, el picaruelo Nicolás tiene toda mi admiración, porque hay que tener los compañones bene pendentes para ponerse al mundo por montera y ser pícaro ingenioso entre pícaros correosos, encantador de serpientes entre tanta víbora hocicuda que puebla la casta; en fin, hay que ser Rinconete entre hampones con tarjeta black  y Sor Patrocinio de las Llagas en la corte milagrera de Trinca la Pasta. Un figura.

Quizás el improbable lector me eche en cara estos símiles literarios empleados, pero piense que la literatura es maestra de la vida. Otros ya nos contaron en términos de ficción lo que vivieron en su época, y quizás solo por eso su época merezca ser recordada. Seguro que la nuestra, que toma los interesados oráculos del dios mercado por verdades inamovibles, no merecerá ser recordada sino porque hubo en ella algún Ginés de Pasamonte que le robó el rucio a algún Sancho mientras éste dormía amachambrado con sus talegas de dinero. Y, además, lo hacía por la cara, a la vista de todos, como un juego de manos de nada por aquí-nada por allá y ¡Hale hop! comisioncita que me levanto.  

Dicen que la Monja de las Llagas, sor Patrocinio, en tiempos de la Reina Cachonda, fue responsable de la caída del gobierno Narváez. A lo mejor, aquí y ahora, el Pequeño Nicolás, con sus fantasías y manipulaciones, le da una patada al palo del sombrajo y se viene abajo el chiringuito, dejando con las vergüenzas al aire a más de un personaje. Está por verse.

Por si acaso, no está de más recordar lo que decía Valle-Inclán:
“Tiene sobre Isabel mucho dominio
La milagrosa monja Patrocinio.
Quien el motivo averiguar anhele,
Cambie la P de Patrocinio a L.”

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Música y silencio.-


La santa y un servidor ya estábamos echando de menos la asistencia a los conciertos del Auditorio Nacional algunos domingos por la mañana, cuando el tarifazo que nos ha impuesto el ministro de la cosa de la cultura nos lo permite. A la inauguración de la temporada no pudimos acudir porque estábamos de viaje, pero, por fin, este domingo pasado hemos hecho nuestra particular rentrée de la temporada  de conciertos de la OCNE.

No sé si alguna vez se ha dicho en esta bitácora, pero se dice ahora: este jubilata es bastante tradicional en cuestión de música clásica. No tanto porque (aparte su particular tríada capitolina: Bach, Brahms, Beethoven) piense que esta triple divinidad representa la quintaesencia de la armonía del universo, cuanto por la falta de una formación musical sólida. Un servidor, sabedor de esas carencias, no está dispuesto a levantarse en armas por la Suite nº 5 para chelo del Divino Bach, frente al Après un rêve de Monsieur Fauré, ni a odiar a Luis de Pablo por su incomprensible Sueños (creo recordar), que un día, para desesperación, tropezó en las orejas de quien esto escribe, allá en el Teatro Real hace unos decenios.

Consciente de tantas lagunas como un servidor tiene en su educación musical, hace ya mucho tiempo que decidí dejar de cogérmela con papel de fumar – no se me malinterprete: la afición melómana – y abrir la mente a las nuevas expresiones musicales que nacieron en el siglo XX, como la dodecafonía, el cromatismo o la hipertonalidad. Por cierto, ese concepto de hipertonalidad no había llegado a mis entendederas hasta este último concierto en el Auditorio, Treno a las víctimas de Hiroshima, del polaco Penderecki: 52 instrumentos de cuerda transmitiéndonos el horror, la angustia y el lamento de los habitantes de aquella ciudad, masacrados en aras de la eficacia bélica.

Esta obra Treno (Lamento), por lo leído después en casa, originalmente se tituló 8´37”. Lo cual, por complicarle la vida a este melómano en zapatillas, me ha hecho recordar esa otra titulada 4´33”, con su triple Tacet, de John Cage. Interpretar una obra triplemente silenciosa en una sala de concierto sin que el respetable se lo tome a mal, tiene su riesgo. A menos que aquél esté advertido de que la mudez del piano le pone en la obligación de ser el intérprete coral del silencio musical. Silencio lleno de sonidos que nacen del rebullir inquieto del espectador en las sillas, de las toses a medio sofocar, del leve crepitar de las hojas del programa en busca de una explicación coherente al silencio del intérprete… 

Los sonidos involuntarios de la masa de asistentes sustituyen a la creatividad del compositor porque, nos viene a decir mister Cage, el silencio puro no existe. Él ya hizo la prueba en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard y descubrió, en medio del silencio atronador, los graves y los agudos de su propia circulación sanguínea y su sistema nervioso. 

Lo cual, puestos a divagar un poco más, desmontó a posteriori una experiencia estética que este jubilata vivió en su visita al desierto de Wadi Rum, en Jordania, junto a la formación rocosa que llaman Los Siete Pilares de la Sabiduría. El beduino que guiaba dijo que si éramos capaces de permanecer callados unos minutos, oiríamos el silencio en estado puro. Un servidor lo oyó; oyó que no había ningún sonido y experimentó, al cerrar los ojos, que estaba en el instante 0´-01” antes del nacimiento del Universo.

Bien es verdad que en aquellos años (exactamente, era la semana santa de 1996) un servidor no había oído hablar de la cámara anecoica de Harvard ni del experimento de John Cage. De entonces acá ha llovido bastante y ha habido tiempo de escuchar obras de Arnoldo Schoenberg y enterarse de qué es eso de la atonalidad y descubrir que ya no es capaz de avanzar un par de notas antes de terminar la frase, como en las composiciones clásicas, porque no existe un núcleo tónico en torno al que organizar la composición.

En fin, que uno ya no puede escuchar con oídos  inocentes la Ofrenda musical del Padre Eterno J. S. Bach sin oír los engranajes de la cámara anecoica de su propio cerebro, donde rebullen conceptos de difícil comprensión como los dichos de “atonalidad”, “hipertonalidad”, “cromatismo”. Uno ya no puede oír, con la sensación de placidez que da la ignorancia, el Capricho para piano, coro y orquesta del Sordo Divino, sin que por entre sus conexiones neuronales le corra  esa advertencia del dicho Arnoldo: “la incapacidad del acorde tonal para imponerse sobre los demás”.

Un servidor tampoco pide tanto, sólo escuchar un poco de música “clásica-clásica”. Menos mal que a Treno siguió el Concierto para piano y orquesta nº 2, de Liszt.  Las manos de la pianista Katia Buniatishvili corrían sobre el teclado con la precisión de quien domina el mundo sonoro y desvela todos los secretos que el melenudo Franz ocultó entre el marfil de las teclas. Además, Katia se nos apareció escultural con un vestido ceñido y escotado, de lamé rojo, que era una gloria verla. La verdad, no solo hizo vibrar al respetable con su interpretación, es que, encima,  la tía estaba como un queso.