miércoles, 27 de abril de 2016

Irán de nuevo.-


Lo primero que aprende el viajero curioso cuando camina por aquellas tierras, y que los autóctonos se encargarán de recordarle, es que el pueblo iraní no es árabe. Es pueblo de religión musulmana y confesión chiita, pero de raíces indoeuropeas, como nosotros, no semíticas. Lo que les diferencia radicalmente de la cultura árabe, ya que tras de sí tienen una larga tradición cultural que les viene desde las antiguas ciudades-estado mesopotámicas. 

En el 500 a.n.e. el imperio aqueménide se extendía desde las orillas del río Indo hasta – según nos cuenta Heródoto – el Danubio en tierra de Tracios, nuestros actuales vecinos rumanos. Si se tiene en cuenta que Alejandro Magno les devolvió la visita y conquistó su imperio, produciéndose una simbiosis entre el helenismo y la cultura persa, verse como viajero en aquel país es un poco como visitar a parientes lejanos de los que perdimos el contacto hace tiempo. Eso aparte la propaganda política adversa, interesada, por razones estratégicas del imperio y sus satélites, en presentárnoslos como satanes instigadores del Eje del Mal. Conviene no olvidar el tronco cultural común y las diferencias impuestas por razones geopolíticas; un aviso para caminantes por si se viaja con los prejuicios bien asumidos.

Y conocerlos no defrauda si uno, además de visitar sus mezquitas, zocos y viejas ciudades en adobe, presta atención a su cultura. 
Algo que sorprende es la pervivencia de la vieja religión mazdeísta persa. Ahouda Mazda era dios al que ya invocaban los emperadores persas. Sus invocaciones pueden verse en placas esculpidas en letra cuneiforme en los palacios de Persépolis: El gran dios es Ahoura Mazda, que creó el cielo, que creó el mundo, que creó al hombre, que creó la felicidad de los hombres, que hizo rey a Jerjes… Por supuesto, este jubilata es incapaz de leer textos cuneiformes en persa antiguo, en babilonio o en elamita, pero se fía de lo que le cuentan los arqueólogos.

Y si el viajero apercibido sigue las huellas de este vieja religión monoteísta (hay algunos dioses menores, pero son comparsa, quizás emanaciones) no podrá por menos que admirar en Yazd las Torres del Silencio. Cuatro cerros pelados cuya cima está cercada por un muro circular, hecho de sillarejos y tapial y en cuyo centro hay un gran pozo. Son los viejos cementerios zoroástricos. Para esta religión, ecologista avant la lettre, que adoraba a los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua, contaminar la pureza de los elementos naturales con la carroña de los cadáveres humanos era impío. Por eso los exponían en estos lugares elevados donde las aves carroñeras se encargaban de mondarlos y, luego, los huesos eran arrojados a los pozos abiertos al efecto.

Y si el viajero piensa que aquello solo es pura arqueología, se sorprenderá al saber que en esta misma ciudad existe un Templo del Fuego zoroástrico donde se conserva viva una llama encendida. Adoradores del fuego, los mazdeístas, según la tradición, cuando la invasión árabe, ocultaron el fuego eterno en un templo  rupestre y lo han mantenido vivo durante siglos. Actualmente, en este templo levantado hace unos 70 años, se mantiene viva la llama. 

Solo que el encanto poético queda un poco mal parado cuando el visitante se entera de que una instalación de gas se encarga de que la llama eterna siga viva. Los adelantos técnicos hacen milagros, pero matan la imaginación. Pero si quiere ver un antiguo templo del Fuego, no deje de observarlo cuando visite en el farallón de Naqsh-e Rustam los bajorrelieves de las tumbas de los reyes aqueménidas.



Y si el improbable lector piensa que el Paraíso es asunto de invención bíblica, va desencaminado, es invención persa. Ellos convirtieron lugares desérticos en paraísos haciendo aflorar el agua, construyendo albercas y surtidores y llenándolos de verdor. Desde las lejanas montañas hicieron construcciones subterráneas, a veces de centenas de kilómetros, con pozos de acceso cada tanta distancia, para levantar vergeles. Y en ellos, el sempiterno ciprés, árbol sagrado. 

Todavía en Abarkuh se conserva un gran ciprés cuatro veces milenario, y de unos dieciseis metros de contorno en su tronco, aunque en la memoria colectiva persa se conserva el recuerdo del de Kachmar, plantado por el propio Zoroastro, según se menciona en el Shahanameh, libro de los Reyes Persas.

Paraíso y poesía, en esta cultura van de la mano. No puede entenderse la poesía persa si no se oye el rumor cercano de un surtidor y se respira el olor de azahar que desprenden los naranjos, o se disfruta de la abundancia de los granados y pistachos. Desde el iwan de un palacio campestre, con una alberca de agua clara corriendo a los pies y dos ringleras de cipreses enmarcándola, dejarse llevar por el espíritu sufí de compenetración con la naturaleza hace que el canto a la amada y al vino transcienda en una visión espiritual. 

Eso, al menos, pudimos entender ante la tumba del poeta Haffe (“Quien sabe el Corán de Memoria”, significa). Aquí está el corazón palpitante de amor de los persas, nos dijo nuestro guía ante su túmulo, guardado bajo un templete de cúpula octogonal sustentada por columnas, y nos recitó uno de sus gacel o poesía de amor místico. A propósito alguien del grupo recordó la influencia del sufismo en  san Juan de la Cruz:
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia transcendiendo.
Yo no supe dónde estaba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo
toda ciencia transcendiendo.

Por eso, transcienda el improbable lector de esta bitácora toda consigna interesada y mediocrizadora (con perdón por la palabreja), levante el vuelo de su curiosidad y, cada vez que se ponga de viaje trate de entender a las gentes del país visitado. Recuerde lo que dijo Alexandra David-Néel: Celui qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace. Y si los modos de vida de otras culturas no le interesan, pues ahí tiene el bufé libre del hotel, y buen provecho le haga.


domingo, 17 de abril de 2016

Irán y regreso.-


O Persia, que algunos no queríamos tanto visitar tierras de Ayatolás como conocer aquellos lugares por los que paseó su curiosidad intelectual el viajero y geógrafo Heródoto, o por donde Jenofonte y sus Diez Mil hicieron su Anábasis desde el mar Egeo hasta casi llegar a Babilonia y su Catábasis de regreso desde Cunaxa (allí Artajerjes II derrotó al pretendiente Ciro el Joven) hasta el mar Negro: (“Thalassa, thalassa”, gritaban entusiasmados los hoplitas griegos cuando por fin vieron el mar). Fue un viaje de ida y vuelta por el imperio persa como mercenarios a sueldo del pretendiente al trono persa Ciro el Joven.

Nosotros, menos aventureros, íbamos armados de nuestras maletas, cámaras fotográficas y las habituales raciones de prejuicios culturales de todo viajero. Hicimos nuestra particular anábasis desde Bilbao, pasando por Estambul para tocar tierras iraníes en Teherán, viajando cómodamente en aviones de la Turkish Airlines. Nuestra obligada catábasis, arrastrando la derrota del cansancio, se inició desde la ciudad sureña de Shiraz, a unos doscientos kilómetros del Golfo Pérsico, con un salto en Estambul y regreso a la patria en Bilbao. De allí, cada cual a su casa.

Para ser más exactos con las cuestiones geográfico-históricas, habría que decir que Jenofonte se movió más por tierras actualmente turcas e iraquíes, mientras que nosotros alcanzamos el corazón del imperio persa, ya que, como Alejandro Magno - pero sin incendiar palacios - visitamos Persépolis y Pasargada. Solo que nosotros no queríamos destronar ningún Artajerjes histórico ni Ayatolá actual. Nos conformamos con visitar sus ciudades (Teherán, el santuario de Qom, Kashan, Yazd, Esfaham, Shiraz), museos, mezquitas, jardines, palacios… y, en la medida de lo posible, observar a sus gentes y costumbres.

Lo de hablar del exotismo de la plaza Naqs-e Jahan, en Esfaham, sus zocos y mezquitas, o de esas Torres del Silencio de la antigua religión zoroástrica en Yazd, la que llaman novia del desierto,  la más antigua población de barro habitada desde hace 3000 años, daría para otras entradas en esta bitácora. Al viajero curioso le gustaría, en esta ocasión, hablar de la gente que vio en sus andanzas, de su talante y costumbres y de la impresión que sacó – subjetiva y sin valor demostrativo – del porvenir del régimen ayatoliano, a la luz de lo observado.

Que en los restaurantes no haya alcohol (a nadie puede extrañarle en un país islámico) pero sí coca-cola o similares, al viajero le dejaba caviloso. Que haya visto por las calles de Teherán algún Burger con su emblema cocacolero en tierras donde el Kebab es plato nacional, habla de que el bloqueo mantenido por el imperio USA al régimen iraní se guarda mucho de impedir la sutil filtración de los usos y modos de vida consumistas, a la espera de una mayor implantación.

Las gentes, amables, observan con curiosidad al extranjero. A veces un adulto es el que pregunta, a veces envían a alguna niña o niño, tímidos y sonrientes, de esos que estudian inglés en el cole, a preguntar: You are from…? En general el intercambio de saludos es inmediato y, sobre todo, el retratarse con los forasteros toda la familia es una especie de deporte popular. 

Y algo que llama la atención, es la cantidad de palitos extensibles de selfi que pueden verse en manos de esta gente, muchos más por kilómetro cuadrado de lo que los usamos aquí. Armados de sus móviles en el extremo del selfi, se fotografían ellos, fotografían cualquier objeto que llame su curiosidad, fotografían a los extranjeros mezclados al alimón con la familia iraní. A este jubilata le invitaron dos jovencitas a fotografiarse junto a ellas y luego andaba caviloso a ver qué interés podían tener unas chicas tan guapas para retratarse con él. Una compañera de viaje tuvo la respuesta: Es que es la experiencia frente a la juventud…, Ah, bueno, siendo así se entiende, pensé yo.

Lo que me hizo recordar que en el palacio de Chehel Sotum de Esfaham, hubo ocasión de ver una curiosa pintura de carácter filosófico (el sufismo y el mazdeísmo están muy presente en esta cultura) que representaba  el diálogo entre un anciano y una jovencita de ojos rasgados. Aquél muestra dos dedos, simbolizando el carácter dualista y contradictorio de la razón, mientras que ésta solo uno para indicar la simplicidad del sentimiento que nace del corazón.

En cuanto al omnipresente velo que cubre la cabeza de las mujeres, es obligatorio por ley, incluso para las extranjeras. Pero hay sutiles formas de protesta, como el llevarlo de colores vistosísimos y sujeto casi en el occipucio, en una especie de equilibrio inestable, y con el pelo suelto. Si la coquetería femenina se mide por el maquillaje, las jóvenes iraníes son coquetas al máximo, más teniendo en cuenta que son mujeres de rasgos regulares, boca de grana y grandes y hermosos ojos, con cejas depiladas; y, cosa que sorprende, es frecuente ver jóvenes con la nariz operada para conseguir un trazo recto. Hasta el punto, comentaron, que algunas se ponían un apósito para simular que se habían operado…

En algunas conversaciones discretas surgió el asunto del velo y, sobre todo las jóvenes de extracción burguesa y las universitarias, manifestaban su radical rechazo. Pero, para que se sepa cuál es la ideología dominante, no hay ciudad donde no se exhiban grandes retratos del Ayatolá Jomeini con su rostro severo. Como si su omnipresencia significara estabilidad del régimen hasta la consumación de los siglos. Solo que el pueblo persa tiene una larguísima tradición de miles de años en los que ha visto caer imperios que el tiempo ha reducido a arqueología. 

También este jubilata, observando aquellos retratos omnipresentes, recordaba que vio, a lo largo de sus viajes, los de Leonidas Brezhnév en la Rusia soviética de los años ochenta; los que mostraban la perenne juventud y ondita en el pelo de Nicolae Ceausescu, cuando visitamos Rumanía en 1982, y los del momificado en vida Fidel Castro por las calles de la Habana. Sin olvidar los omnipresentes símbolos del franquismo de su niñez y juventud que ahora suenan a decimonónico y polvoriento. 

De la misma forma, Jomeini y su régimen teocrático se convertirá en tópico para añorantes. Y lo que puede llegar a ser el colmo de la mediocridad, a este viajero no le cabe duda de que su efigie se verá sustituida, como mucho en una generación, por la del sonriente Coronel Sanders, fundador del Kentuchy Fried Chicken. De momento los Burgers yanquis ya se va abriendo paso en las ciudades inaríes entre chadores y palitos de selfi.

martes, 22 de marzo de 2016

El espectador y lo sublime.-

Para qué nos vamos a engañar, a este jubilata las cosas sublimes le dejan con la mosca detrás de la oreja y le despiertan como una socarronería plebeya que dice mal de sus años de formación académica. Lo que no quita para que sienta como un vibrato de emoción estética ante una obra de arte hermosa. 

Sirva como ejemplo de lo que quiero decir la contemplación de esa joya del Correggio llamada Noli me tangere, con su enorme carga místico-erótica que se desprende de la tensión amorosa entre la carnal Magdalena y el apolíneo Cristo recién resucitado; del dulce erotismo que flota entre ambos, oscilando entre un sí, pero no…; de la pasión amorosa del Cristo indeciso entre los goces que ofrece la hembra rendida a sus pies y los gozos celestiales. Es, dicho en román paladino, un “Quién fuera tu lobo, Caperucita...". No sé si me explico.

Viene al caso porque el pasado fin de semana fui a ver la exposición del augusto Jean-Auguste-Dominique Ingres y recibí una fuerte descarga de tensión estética, aunque decirlo esté mal en un pensionista de medios pelos. Nunca antes había sentido mayor aprecio por Ingres, a quien consideraba dentro de la recta ortodoxia academicista, de fino dibujo y delicado trazo pictórico, pero aficionado a los temas históricos del clasicismo y uno de los padres del Art Pompier tras Jacques-Louis David, su maestro.

Y puestos a confesar desvaríos, no estará de más recordar que en esta misma bitácora se ha profesado una considerable admiración por la temática pompier, de la que son testimonio sendas entradas sobre Jean-Léon Gérôme y nuestro compatriota  Ulpiano Checa, cuyo museo puede visitarse en Colmenar de Oreja. También Ingres en su versión académica es un maestro del gesto heroico, del desnudo clásico y del erotismo que transpiran las hijas de Afrodita en su insinuante abandono.

Admiraba un servidor, en la escena muy  de manual pompier, titulada Aquiles recibiendo los embajadores de Agamenón, el atrevimiento del pintor cuando observé la torsión serpentina de Patroclo. Un cuerpo con un sí es no es de sinuosidad femenina, como desvelando el entreverado equívoco de  una amistad no tan viril entre Aquiles y él. Aunque, para que nadie dudase de lo heroico de la escena, Ingres pinta a este efébico Patroclo tocado con un casco guerrero muy bien empenachado. 

Lo que me llevó a confirmar la sospecha que ya tuve cuando vi, hace cinco años en el Thyssen, la exposición sobre Gérôme. A saber: que tanto desnudo heroico encubría una vía de escape de la libido burguesa decimonónica. Las escenas históricas o épicas eran una honrosa justificación para desvelar lo que la pudibundez de la época ocultaba bajo levitas, macferlanes, refajos, corsés de ballenas y miriñaques: el cuerpo humano en todo su esplendor; eso sí, con un casco de guerrero para hacer de un efebo de femenil contraposoto un héroe homérico. Si la capa todo lo tapa, el casco empenachado tapa cualquier sospecha de erotismo en los ojos del espectador decimonónico… y lo justifica en nombre del Arte.

Y como la cosa en esta visita andaba en clave erótico-heroica, la escena de Ruggero libera a Angélica (un episodio del Orlando Furioso, de Tasso) no me defraudó. Un Ruggiero armado hasta los dientes, montado en un hipogrifo rampante, atraviesa, con su fálica lanza, la garganta de una serpiente marina. Mientras, Angélica, en su espléndida desnudez, en una torsión imposible, gira la cabeza y la vista hacia el heroico caballero en un gesto de erótico abandono que es todo un ofrecimiento de toíta tuya, mi amor... Y no era para menos, que ya don Quijote le advierte al cura de su aldea que la tal Angélica fue una doncella andariega, distraída y un tanto antojadiza y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias como de la fama de su hermosura. Una casquivana, vamos, que se lió con un pajecillo boquirrubio que no tenía dónde caerse muerto.

Me dirá el improbable lector que Ingres es mucho más que un pintor académico e historicista, que sus retratos son de una perfección que admira; que, al fin y al cabo, de esto comía, de hacer retratos, aunque a él lo que le gustaba es la pintura histórica. Eso sin hablar de sus desnudos femeninos de ambiente orientalizante. 

Y ya metidos en harina, ya me gustaría hablar, ya, de la gran odalisca, o del baño turco con su muestrario de carnes femeninas en mil posturas. También me gustaría hablar del homenaje que le dedicó Man Ray al fotografiar la sinuosa espalda de Kiky de Montparnasse como si fuese el violín de Ingres, pero la cosa no da para tanto. Preferiría hablar de una obra suya que no conocía hasta esta visita y que tiene su enjundia: El sueño de Ossian.

Como sin duda el improbable lector sabe, los Cantos de Ossian fue una falsificación del poeta escocés Mcpherson en 1761, que se tuvieron por ciertos hasta la muerte del poeta. No había espíritu romántico de la época que no los aceptara como genuina representación del “espíritu del pueblo”. Incluso el mismísimo Goethe los incluyó en su célebre Las tribulaciones del joven Werther, y hasta son el detonante del lamentable fin del protagonista.

El propio Napoleón I sintió admiración por estos mitos celtas y fue motivo de que Ingres pintara su sueño de Ossian para la estancia del emperador en su palacio de Montecavallo, en Roma. En él, Ossian, con manto rojo y túnica verde, apoyado sobre el arpa, sueña con la saga de Fingal y los héroes celtas que aparecen en un cielo nebuloso de grises y azules pálidos que representan el mundo sin consistencia material.

Hasta los emperadores se dejan embaucar, pensaba un servidor. Y también pensaba en nuestro abate Marchena, quien, pocos años después de lo de Ossian, falsificó un episodio del Satiricón de Petronio, en buen latín y con notas cultas a pie de página que incluso se editó en Suiza. No quedó docto filólogo que no se tragase el embuste, hasta que hubo que declarar el engaño porque aquello pasaba de marrón oscuro y estaba poniendo en ridículo a la intelectualidad de la época.

Hubiese sido un buen asunto, la escena prostibularia que describe Marchena, para que Ingres pintase uno de sus cuadros historicistas: Quid est, inquit, mulier impudentissima? Falsis me pollicitationibus ludis, nocteque prossima fraudas? Ya que pintó aquel tondo enmarcando un gineceo turquesco lleno de carnalidad, podía haber pintado un lupanar pompeyano. Bastaba con ponerles en la cabeza una galea cristata a los clientes para pasar de puteros a heroicos hijos de Rómulo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un paseo sonoro desde mi ventana.-


Nunca antes había hecho un paseo sonoro, ni había oído hablar de mapas sonoros. Hasta que Raquel, tutora del curso Senior UNED “Historia cultural, una visión sonora”, nos habló de ello y nos propuso un curioso experimento: Recorrer las calles de Lavapiés, hasta el patio del museo Reina Sofía, el diseñado por Jean Nouvel, y regreso. 

En ese paseo pausado y silencioso que hicimos los participantes, sufrí  - al igual que Saulo cayó del caballo camino de Damasco -  un batacazo que rompió el  odioso ruido, denso y agresor, en fragmentos que resultaron sonidos perfectamente identificables uno a uno. Fue un golpe con fractura de uno de mis tópicos más queridos y consolidados: Madrid es un cúmulo de ruidos insoportables. Fue una especie de pérdida de la inocencia y motivo de cavilaciones posteriores, como si los jubilatas no tuviéramos la vida ya bastante complicada con las mil tareas que nos echamos para ahuyentar los síntomas de la vejez .

Por supuesto, viviendo en una ciudad tan ruidosa como Madrid, hasta ahora había sido incapaz de diferenciar entre el ruido y los sonidos que lo conforman en una melé de cacofonías y agresiones acústicas. Ni siquiera sospechaba que tal cosa pudiera hacerse, separar sonidos, identificarlos y tratar de integrarlos no ya como ruido bruto y amorfo, sino como un paisaje sonoro y con relieves y pliegues acústicos. Por buscar un símil, esos sonidos, con sus acordes disonantes, sus tonos, sus ritmos dispares y contrapuestos, podrían emplearse como una paleta de colores para reflejar los distintos matices que conforman la abstracción de un paisaje cambiante.

Así, el ruido, que se define como un sonido inarticulado, sin ritmo ni armonía y confuso, pasa del caos sin lógica aparente, a ser, para un oído atento, un cosmos racionalizado donde cada uno de sus componentes sonoros ocupa un lugar dentro del universo acústico. 

Y ya que tenía entre las manos un nuevo juguete, como si fuera un niño curioso de la novedad, decidí hurgarle las tripas, ver sus resortes y engranajes, para tratar de entender su funcionamiento. Pero como los experimentos – sobre todo si se es principiante – conviene hacerlos con gaseosa y algunas precauciones para no desparramar las burbujas, el mío lo hice desde la ventana de mi estudio.

Con ese atrevimiento que nace de la fe del neófito, manipulé la prueba en la confianza de que los dioses todo lo perdonan, salvo la estupidez. Decidí dejar que se mezclasen los sonidos que se producen “naturalmente” en la calle con el artificio de los que yo, voluntariamente, provoqué. A saber: el ordenador estaba conectado a Radio  Suiza Clásica, y al pie de la grabadora puse un despertador de petaca, de cuerda, que me acompaña desde que tenía 24 años. Por poner un límite temporal a este paseo sonoro estático (eran los sonidos los que iban y venían, yo estaba sentado en la silla de mi estudio), la duración fue de cuatro minutos treinta y tres segundos.

A decir verdad, la grabación fue un tanto chapucera, por la pobreza de medios y por la incompetencia técnica de un servidor, pero el oído sí estuvo atento. Aun a riesgo del tópico, los ruidos del tráfico, bastante amortiguados porque es calle de poco tránsito, eran el vaivén continuo que hace el oleaje, con picos de intensidad cuando pasaba un autobús, como cuando el mar rompe contra un acantilado. Como sonido melodioso, que destacaba tenuemente sobre aquellos ruidos sordos en forma de ondas un tanto anárquicas, el Quinteto La Trucha, de Schubert. 

Conviene advertir que no había intencionalidad en la elección de esa pieza, es lo que echaban por la radio en ese momento. Sí era intencional la presencia del tic-tac del reloj, con su ritmo mecánico y persistente, que ponía un poco de equilibrio en el arrítmico paisaje sonoro de aquellos 4´33´´. Producía la sensación de que el tiempo del reloj, regular, siempre igual a sí mismo, era de la misma sustancia que el resto de los sonidos que se habían reunido aleatoriamente (con intencionalidad y sin ella).

Con su tozudez de mecanismo cronómetro, el tic-tac sometía a medida la discordancia de frenazos acelerones ruidos de motores, piar de pájaros, vibraciones del aire, quejidos de la silla rotatoria donde tenía aposentadas mis postrimerías, y esa caprichosa presencia de una música radiada que exigía recogimiento, mientras el oído captaba, entre la amalgama de sonidos discordantes, el balanceo melódico del piano que parecía dibujar el fluir de las aguas donde nada despreocupadamente una trucha.

Con todo y haber sido esclarecedor el experimento de desmenuzar los ruidos hasta discriminar y estratificar sonidos, un servidor sigue con sus querencias de toda la vida. Por eso, entre silencios que ya John Cage nos dijo que no existen, no olvidaba la alabanza que fray Luis de León hace de una vida retirada de bullicios y voceríos vanos:

Qué descansada vida  
la del que huye del mundanal ruïdo  
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido...

De forma que este jubilata, como vive anclado en el estruendo del asfalto y no tiene vida recoleta, aprovecha las escapadas por las sendas de los montes para escuchar los sonidos que nacen del silencio de la naturaleza. Y hasta, a ratos, se para a ver las truchas deslizarse por las aguas en las pozas de los arroyos. Mientras, en su cabeza suena la melodía del piano con la que Schubert nos habla de aquella trucha cuya paisaje sonoro es un puro rumor fluctuante.

Nada que ver con la sinfonía brutal del tráfico en horas punta.

jueves, 25 de febrero de 2016

Con permiso.-


Anda un servidor tan contento estos días, más bien estas semanas, porque el país está a su aire, ingobernado (no ingobernable, ¡cuidado!); o, hablando con más propiedad, gobernado al ralentí. Esto es, con un gobierno al pairo mientras se hace el relevo de guardia. Una especie de interregno donde aún no se sabe si el que está por venir será chicha o limonada; si nos gobernará un centro-izquierda/centro-derecha (tan modositos ellos), o bien un centro-derecha/derecha/centro-izquierda, o quizás lo contrario. O a lo mejor al revés. Cualquier cosa es posible. Menos que entren en el gobierno los “antisistema”. O sea, de los podemitas votados por cinco millones de ciudadanos ni hablamos, que dan yuyu y los mercados se ponen de morros.

Sea como fuere, esta experiencia que nos equipara a los belgas en cuanto al funcionamiento del país sin instituciones con capacidad ejecutiva, es algo muy de agradecer. El experimento demuestra que un país puede funcionar con su run-run habitual durante un tiempo considerable sin necesidad de gobernantes voluntariosos dispuestos a sacarnos de la crisis siguiendo la más estricta ortodoxia neoliberal. 


Y, si nos apuran un poco, pudiera resultar, como en el Ensayo sobre la lucidez, del maestro Saramago, que la gente se acostumbrase a vivir y organizar la sociedad sin clase política. Claro que, por otro lado, tiene el inconveniente -como en la novela- que, pagados de su imprescindibilidad, se volviesen conspiranoicos e intentasen recuperar el poder a cualquier precio.

Aparte el ruido mediático que meten para que no les olvidemos, parece que el ciudadano de a pie está tranquilo y agradece bastante este respiro de mar en calma, y se dedica a sus asuntos de siempre. Los políticos, mientras el ciudadano está a sus afanes, hacen sus cuentas y tantean alianzas en un juego  como de patio de colegio: ahora te ajunto (decíamos de críos), ahora no; si quitas esto de tu programa, quito yo esto del mío y hacemos pachas.

Mecido por la calma chicha de estas últimas semanas, mientras se intercambian cromos, este jubilata se ha dedicado a retomar viejas lecturas de cuando el maestro Azorín caminaba los caminos polvorientos de aquella España del Diecinueve finisecular; deambulaba por aquellas ciudades donde nunca pasaba nada, aparte el tiempo monótono, tedioso y de muy lento transcurrir. Solo alguien como él era capaz de pasear sus calles y descubrir paisajes humanos con sabor a  indiferencia, a conformidad, a mediocridad: Yo veo las vidas opacas, grises y monótonas de los señores de los pueblos en sus casinos y en sus boticas.

Dicen que su escritura es impresionista, que con cortas pinceladas, describe paisajes, personajes y sentimientos. Que bastan unos adjetivos, separados por sendas comas, para dar vida a esas nimiedades que él veía en sus paseos por las viejas ciudades españolas y los caminos: La noche va llegando: por Poniente, el cielo se ilumina con suavidades nacaradas. La llanura inmensa, monótona, gris, sombría, está silenciosa: aparecen tras una loma las techumbres negruzcas del poblado.

Intente el improbable lector, si le apetece, descubrir aquella vieja España provinciana bajo las actuales autopistas. De ella no queda más que la memoria en escritores como Azorín, Baroja o el denostado don Benito “el garbancero”, como le llamaba el deslenguado Valle-Inclán. Sin embargo, si quiere conocer alguno de los males que aquejaban a aquella sociedad, no tiene más que mirar a la situación política actual. Verá que los del 98 veían en la política de su tiempo parecidas lacras a las que vemos nosotros: palabrería sin sustancia, disfrute de prebendas, favoritismo en forma de adjudicaciones a empresarios amiguetes, trapisondas de los partidos para ocultar la corrupción, gentes en el límite de la pobreza… 

En cuestiones de mezquindad política, mutatis mutandis, tenemos lo que ellos tenían. Solo nos falta un Azorín minucioso que nos lo quiera contar con concisión, con expresividad, con unos pocos trazos precisos. A lo mejor hay un poco de poesía en el muladar.


domingo, 14 de febrero de 2016

Quién paga los platos rotos.-

En estos pasados días carnavaleros de titirimundis callejeros acogotados por la pesada maquinaria oficial anti Gora-Alka-Edarra, que hila poco fino en cuanto alguien se sale del camino trillado, preocuparse por la salud económica del Deutsche Bank parece cosa de frívolos ociosos. Más todavía cuando quien lo hace no tiene idea de provecho sobre ese mundo de las altas finanzas; ni ideas, ni conocimientos, aunque sí una cierta preocupación que le reconcome porque, si el Deutsche peta, nos encontraremos ante un déjà vu que nos va a salir por un ojo de la cara, como el que aún estamos pagando. Y además, no habrá cuerpo social que aguante otro envite parecido.

La cosa fue que, huroneando por Internet a la busca de información paralela, o divergente, de la que se cocina en los pesebres mediáticos, mediatizados por los capitales de la industria de la información, o por el fondo de reptiles de las zahúrdas ministeriales, este jubilata fue a dar con una noticia económica sobre los malos resultados del Deutsche Bank, ese acorazado desde el que la Alemania industriosa enseñorea Europa. Dice la noticia que el 2015 fue el año con las mayores pérdidas de su historia, con un agujero en su casco de 6.700 millones de euros.

Uno, en su ignorancia de estas materias, no tiene muy claro qué significa eso de que “los CDS (acrónimo de credit default swaps) del gigante bancario alemán se han disparado hoy 32 puntos hasta los 222 puntos básicos”, y que la prima de riesgo del Deutsche se ha cuadruplicado. Pero ignorar las claves de esa parlería economicista no impide que, a quien lo lea, se le pongan los pelos como escarpias si se para a pensar que ya en el 2008 nos hablaron de credits defaults, subprimes, bonos basura, y de unos tales Lheman Brothers y Goldman Sachs (que debían ser una especie de Deutsche Bank, pero en versión yanqui). Un pepinazo en su línea de flotación hizo que todo el mundo capitalista se pringara de la mierda acumulada en su sentina, y todavía hiede ocho años después.

Imagino la cara de susto que se le pondrá al improbable lector cuando se entere que los swaps sobre la deuda subordinada de un banco tan serio como el Deutsche, orgullo de la economía alemana, ascendieron 56 puntos hasta los 441. Por su culpa, los títulos de la deuda de más riesgo del banco alemán bajaron hasta un mínimo de 70 céntimos, el Dax germano bajó un 3,3% al cierre de la bolsa y aquí, el Ibex 35, un 4,44%, lo que nos tiene la economía en un sinvivir. 

Además, ya sabemos que cuando el Ibex 35 se constipa, los políticos serviles de Hispanistán le ponen parches Sor Virginia que pagamos los hispanistanes a escote. Así que, cumpliéndose la teoría del aleteo de la mariposa que levanta huracanes, como llegue a petar el gigante alemán, aquí nos va a sacudir tal maremoto el chiringuito playero que no va a quedar títere con cabeza.

Por eso, de verdad, un servidor entiende a los políticos de la casta: Entre el sinvivir de los casos de corrupción, las Ritas a las que hay que blindar ante las pesquisas judiciales, los flacos resultados electorales que no dan para apalancar la sinecura del cargo - por un lado -, y el Presidente del Eurogrupo, el impronunciable Jeroen Dijsselbloem, exigiendo un nuevo recorte de 10.000 millones de euros a España - por el otro -, amén el pufo que puede suponernos el desparrame del Deutsche, echar mano de unos titiriteros callejeros (encima contratados por la roja de la Carmena) es un recurso inmejorable para que el respetable no se entere de la misa la media.

Pero ya sabemos que el capitalismo es como la hidra a la que Hércules iba cortando cabezas: por cada una cercenada, le salían dos. Y si no, no hay más que venir a mi barrio. En la sucursal del Deutsche Bank de la Avenida Donostiarra están haciendo obras de remodelación, y eso a pesar de todos los credits defaults swaps, del agujero de 6.700 millones de euros y de sus batacazos en Bolsa. Y si la cosa de la macroeconomía se hace de nuevo añicos, pues no pasa ná; aquí estamos para pagar los platos rotos y lo que ustedes gusten mandar. Siempre se podrá echar mano de algún antisistema con rastas o de algún titirivaina a los que colgar el sambenito goralkaetarra... y el retablillo de don Cristobal y sus héroes de cachiporra continuará como si nada.

Ante todo y sobre todo, en defensa de los valores de Occidente. Claro está.

viernes, 5 de febrero de 2016

Después de haber solazado la vista...

Estos días pasados este servidor llevaba dándole vueltas al magín, a ver si encontraba un asunto para la bitácora, pero ¡Quia! Y no es por falta de noticias o sucesos sucedidos últimamente – el patio patriotico está tal que da para que cualquier contertulio todólogo o bloguero iluminado sienten plaza de hábiles remedia-patrias –, sino por obturación de los mecanismos mentales; esos conductos por donde fluían esas ocurrencias que el atrevido lector de esta bitácora ha tenido ocasión de ver cada vez que se daba una vuelta por aquí

Pudiera ser, piensa uno de sí mismo, caviloso, que el escribidor de esta bitácora se meta en demasiados charcos y berenjenales, embarrando fuentes de aguas claras y hozando huertos ajenos como un gorrín silvestre. Y no me refiero, ya se ha dicho, a la falta de asuntos de que hablar, puesto que el magma del caldero ibérico no anda falto de ruidos políticos, de borbotones y bullangas donde meter la cuchara de mis opiniones, sino al mal uso que este jubilata hace de la única herramienta que le suele sacar de apuros: la imaginación, esa loca de la casa, como la llamaba Teresa de Cepeda en Las Moradas.

Decía de ella (de la imaginación) la de Ávila que era la “tarabilla” del molino, esa pieza de madera que se pasaba el día haciendo ruido para avisar del funcionamiento de las ruedas: la tarabilla parlotea sin tregua, luego el molino está dale que le das a la molienda. Pues bien, esa tarabilla instalada en su caja craneal es la que lleva bastantes días avisandole con su silencio que el molino del escribidor, ese donde lleva a moler sus opiniones, se había atorado. 

Por ver si desatascaba el conducto por donde fluyen las palabras escritas, este jubilata se ha pasado los días de turbio en turbio (citar el Quijote sin citarlo a las claras es marchamo de culto, así que no perdamos ripio) leyendo algún clásico de la lengua castellana, a ver si, al codearse con los buenos literatos, se le pegaba alguna habilidad literaria que le sacase del apuro. Pero ni la riqueza, ni la hermosura, ni el buen decir son cosas que se peguen con el simple roce: si uno nace para martillo, del cielo le caen los clavos, y mejor que se aguante.

Y ya que a grandes males les corresponden grandes remedios, ¿por qué no meterse una rayita de cultismo barroco sin cortar? Y allí fue recurrir al inefable Gracián, abrir su Criticón al azar y leer: Después de haber solazado la vista… no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros trinos, gorjeos, fugas pausas y melodías, con que hacían  en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces, saludando lisonjeras siempre al sol  que nace. Y la pregunta inmediata: ¿Pero con ese estilo literario voy a escribir la entrada de hoy? Seguro que los improbables lectores mandan la bitácora al cajón de correo no deseado, y va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Y eso que la censura que hace el padre Antonio Liperí del libro es de lo más positiva: Contiene,  dice el censor,  muchos y saludables documentos morales, declarados con sutil ingenio y con ingeniosa sutileza, y con un lenguaje gravemente culto y dulcemente picante; y cuanto más picante, más dulce y más provechoso para la buena política y reformación de costumbres, pudiendo preciarse su autor de que miscuit utile dulci, cosas bien dificultosas de juntar. 

Oxímoros incluidos, no están las prisas de los lectores actuales como para pararse en finezas conceptuales ni en cascadas de sutiles ingeniosidades, tipo: Señoreaba el centro una  agradable fuente, equivoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas ya linfas. Ibanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro… Y disculpe el lector tanta insistencia, que ya acabo con las citas.

Si ese mismo lector al que se ha pedido disculpas en el párrafo anterior, ha llegado hasta aquí, sepa que hay días en que uno no debería ponerse ante la pantalla del ordenador y sí ante la de la tele, a ver si, saturadas sus neuronas de intrascendencias visuales, deja de dar la coña y no lanza ese puñado de caracteres binarios al océano internautico. Que la Red es un sumidero, ya lo sabemos, pero contaminar  a sabiendas el universo virtual con palabrería vana es, cuando menos, un acto de vanidad estúpido.

Pero nos gusta tanto ser estúpidos cuando no sabemos ser otra cosa, con tal de alcanzar los quince minutos de gloria que nos prometió el gurú del Pop-Art... Otro día, para desengrasar, a lo mejor nos inspiramos en ese decir conciso de aquel minimalista del lenguaje que fue Azorín. 

lunes, 25 de enero de 2016

La lupara y la tecla.-


Es conocida la anécdota de Felipe II recomendando sosiego (Sosegaos, sosegaos y decid qué queréis…) a quienes se presentaban ante él en audiencia, anonadados por la majestad del hombre más poderoso del mundo conocido. 

Un poco de sosiego en estos días de estratégicas componendas, de provisionales posiciones políticas de farol, de insinuadas alianzas y globos sonda a ver qué dicen los otros, no nos vendría mal a los ciudadanos. Lo digo porque el cotarro mediático y los mayorales del cortijo patrio andan propalando la sospecha de que el personal empieza a sentirse  arrepentido de haber votado lo que ha votado en diciembre pasado y haber convertido en olla de grillos eso de la gobernanza del país.

¡Sosegaos, coño!, entran ganas de decir a los omniscientes tertulianos de plantilla, a los periodistas de pesebre y fondo de reptiles y a los telediarios de chafarrinón y refrito. ¡Sosegaos, pardiez! Quinientos días estuvieron en Bélgica sin gobierno y el país funcionó tan ricamente; bajó el paro, subieron el PIB y el salario mínimo, aparte otras alegrías, ascendiendo varios peldaños la escalinata que lleva al paraíso neoliberal por delante del resto de Europa.

Aquí, igual. Paciencia y barajar, a ver si nos salen tríos y ases, porque Mariano ya sabemos lo que ha dado de sí y no es cuestión de repetir, que estraga. Veamos qué deciden los de naranja, los de morado y los de rosa en puño; cómo se lo montan, en qué cama se meten y con quién, si hay ménage à trois o acuerdo prematrimonial con divorcio pactado.

Y mientras tanto, a lo mejor se arregla lo del paro ello solito, Santiago y cierraespaña nos milagrea el país y desaparece la lepra de la corrupción, y los españolitos de a pie ganamos varios puntos en el índice internacional de felicidad. Todo menos echarse al agro y tirar de recortada para cazar al oponente político como si fuera alimaña dañina. 

Que parece mentira que haya que decirlo desde una bitácora de un jubilata: que el oponente político no es el enemigo al que eliminar físicamente, darle mulé y olvidarlo en la fosa común. Que luego los muertos son muy suyos y dan mucha guerra; que ya lo ves, los de las fosas franquistas salen de sus agujeros, reclaman sus fueros y niegan el olvido en que los teníamos. 

El de la camiseta con círculo morao y pantalones de mercadillo es un tipo al que unos millones de ciudadanos, a lo mejor amilagrados, tuvieron la ocurrencia de votarle a ver qué pasa cuando saltan por el aire las mayorías absolutas, tan cómodas para legislar, y se acabó el apretar el botón, repantigado en el escaño - traje sastre y corbata de seda - y hay que pararse a discutir una ley ("consensuar" lo llaman) todo el tiempo que haga falta. 

Ya te digo, colega, menos darle gusto al gatillo de la lupara y más darle a la tecla de explicar ideas; menos “después de mí el diluvio” genovés – que ya lo dejó dicho el Rey Sol y murió de venéreas – y más respeto por los ciudadanos que, hartos, votaron para botarles, porque prefieren los leones de las Cortes con rastas de perroflauta mejor que con sobres barceneros y fugas de patrióticos capitales a paraísos fiscales. 

Porque, la verdad, cada vez que aquí se habla de patria con muchos signos de exclamación y se carga la lupara, la gente se mosquea mogollón, o sea. Patriotas son los Pujoles y eso no les ha impedido ordeñar la ubre de la vaca Catalunya Llura hasta exprimirle el 3% de todo capital que se menea en aquella su madre patria; patriota es el hijo de los archipatriotas Aznares y eso no le impide recomendar a sus amigos de pasta larga y maneras de carroñero la ruina para esta España donde pululan rojos de diversos pelajes.

Porque lo de los desfiles con la cabra de la Legión y el zarzuelero "Soldadito español, soldadito valiente...." toca mucho la fibra patriótica y todo eso. Pero anda y háblale de ardores patrióticos al parado de larga duración, al desempleado sin subsidio para sobrevivir o al que no puede pagar el recibo de la luz en invierno... Luego hay gente que va y se queja porque algunos descarriados votan lo que votan y porque hay tanto podemita por ahí suelto que, para más coña, se pasa lo de la lupara por el círculo como si se tratase de la bravuconada  de un mosquetero avinado. 

Se ve que esos antisistema se conocen el soneto con estrambote que Cervantes le dedicó al túmulo de Felipe II:

...y el que dijere lo contrario, miente.
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

sábado, 16 de enero de 2016

De nadaísmo y pelambres.-


Un compañero de curso de la Uned Senior me envía un correo advirtiéndome que este fin de semana se organiza en la Arganzuela un Versódromo con homenaje incluido al Nadaísmo en su Tercera Internacional. Eso de que haya un lugar donde este fin de semana – mientras esto escribo – se corran versos y se homenajee una postvanguardia es algo que reconcilia con la realidad circundante y nos recuerda que ésta no se limita al sobado trajín político de estos días, altercado de corbata o greña, que se cuela por nuestros televisores.

No en vano los organizadores presentan el evento como poesía para autogestionar sentimientos, poesía para el desarraigo mental. Lo cual tiene mucho que ver con el movimiento nadaísta, nacido en Antioquia, Colombia, en 1958, en cuyo manifiesto se dice que El ejercicio poético carece de función social o moralizadora. Es un acto que se agota en sí mismo, el más inútil del espíritu creador.” No sé al improbable lector, pero a un servidor, que un grupo de frikis se dediquen todo un fin de semana a poetizar celebrando una corriente de iluminados postvanguardistas que hicieron de la Nada su manera de estar sobre la tierra, le provoca simpatía.

Simpatía por su propósito de romper con una realidad circundante bastante ramplona, empeñada – por lo que a nosotros toca – en macroeconomías como excusa para repartos asimétricos de cargas; alimentada de escándalos de corrupción que ya aburren más que indignan, y hastiada de patrias fragmentadas o indisolubles y kilómetros de banderas fabricadas en talleres de confección chinos. Los nadaístas, en su inocencia, afirmaban  no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio. No se puede menos que empatizar con ellos, puesto que aspiran a iconoclastas, a rompedores de los ídolos que enajenan nuestro horizonte mental.

Ver nuestra vida política, tras las últimas elecciones, reducida a un hemiciclo donde los grandes debates iniciales tienen como objeto las pelambres de los nuevos diputados o que una diputada traiga colgado un mamoncete de la teta nutricia, o los comentarios sobre la higiene capilar de los bisoños, es más cosa de corrala que de Congreso. A lo mejor, para que haya un poco de sosiego y se esté a lo que hay que estar, convendría que los nuevos asegurasen a los aposentados aquello que dijo el Caballero de los Espejos al de la Triste Figura: Confiesoque vale más el zapato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea. Si las rastas van limpias, si las camisetas de mercadillo no resudan sobaquina, si, lo que es más importante, las conciencias y las faltriqueras no huelen a mangancia, comisión al 3% y trapicheo, pues, Señorías de la vieja hornada, déjenlo estar.

No conviertan ustedes el parlamento en lo que Gracián llamó plaza del populacho y corral del vulgo, y no por las vestimentas, sino por las actitudes. Ya que todos, los de trapillo y los de traje Cortefiel, van a jugar el papel de padres de la patria, que no haya que decir de Vds. que todos eran hombres a remiendos… Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco. Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando.

Deducir del aspecto descuidado la valía personal no es de personas avispadas; es, en opinión de este jubilata, cuestión de clasismo rancio, de cuando Fernando VII usaba paletó; quien no se viste de terno y corbata para ir a apretar el botón en el escaño no es porque no le llegue el sueldo, es porque pasa de pasar por un burgués aposentado en el sistema; y los nuevos, que van de transversales en lo social y de antisistemas dentro de un orden, tienen su propia estética. Y a algunos nos gusta. Este jubilata, sin ir más lejos, no tiene una puñetera corbata en su fondo de armario, aunque sí unos cuantos jerséis y una chaqueta de pana con coderas, como cuando Felipe se codeaba con Willy Brandt y nos hacía creer que era socialista. 

Sea como fuere, la señora vicepresidenta Villalobos debería estar tranquila; antes se le pegaría la ideología de los desgreñados que no la pediculosis. Y la cosa no lleva trazas...