miércoles, 20 de mayo de 2020

Covid-19 enclaustrado.-

Ausculta o fili praecaepta magistri: & inclina aurem cordis tui: & et admonitiones pii patris libenter excipe
& efficaciter comple.

Este jubilata, cual monje laico con su ora et labora agnóstico, está pasando el confinamiento dedicado a actividades varias. De esas que están al alcance de gente en edad provecta. Apenas pequeños ejercicios físicos y mentales para desoxidar articulaciones semi artríticas y conexiones neuronales aún en aceptable rendimiento.

Lo del ejercicio físico es por pura disciplina. Romper la tendencia del propio cuerpo hacia la molicie, más en tan largo periodo de inactividad, es como recurrir a aquellos interminables ejercicios de instrucción militar que hacíamos en el campamento los sorches de reemplazo. Entonces no lo sabíamos, pero el “Un-dos, un-dos, ¡¡March!! hacía de nosotros unos hombres de provecho aptos para servir a la patria. Aunque nosotros, angustiados por la supervivencia en medio hostil, andábamos escasos de conciencia patriótica. Sólo aspirábamos a que, al licenciarnos, en la cartilla militar nos pusieran aquello de “Valor: se le supone”, con un ascenso de grado, que yo salí cabo primero en caso de movilización. Un galón tan útil en caso de futuras guerras que, afortunadamente, nunca fueron.  

A estas alturas, a los jubilatas no se nos supone ya nada, ni ardor guerrero ni aptitud laboral; todo se nos da por hecho, rato y consumado: Vivimos de una pensión y con ella alimentamos el ciclo de la microeconomía doméstica. Siempre y cuando no nos atrape el coronavirus, claro está. En cuyo caso, mejor que nos quitemos de en medio para no saturar los escasos recursos sanitarios públicos, siendo como somos viejos inútiles para cualquier servicio. El darvinismo social es un principio básico del capitalismo de shock al que debemos someternos. …Pero no se trata de eso esta vez. Nos movemos en el plano de la anécdota y de ahí no debemos pasar.

Decía que los ejercicios físicos sirven para mantener la disciplina sobre el propio cuerpo, y lo demás: correr más deprisa que nadie, ser el number one en cualquier prueba física, no son más que zarandajas de adeptos al sistema competitivo. Pues, que eso… Que un servidor, a las siete y media de la mañana, está subiendo y bajando escaleras, hasta sobrepasar los setecientos escalones (de subida, claro); o en su defecto, subiendo pisos (y bajándolos) hasta llegar a los 34. Luego, ducha y desayuno, y todo un día por delante.

Respecto al asunto del entrenamiento de las neuronas, resulta bastante más agobiante, la verdad sea dicha. Tantas actividades como surgen y te proponen a diario, llegan a acogotar un poco. El otro día estuve haciendo un listado de todas las propuestas que recibo para ocupar mi tiempo de confinamiento y por poco caigo en una depresión por sobreabundancia de tareas. Surmenage, decíamos cuando éramos jóvenes y con francés en el bachillerato; ahora que somos todos pseudo angliparlantes, decimos stress.

Vea, vea el improbable lector la relación de tareas:
Aparte las clases de Antropología por videoconferencia, los martes por la mañana, y las partidas de ajedrez rápidas (tres días a la semana), más la del torneo de lentas, están los cursos y conferencias que envían desde la UNED Senior, más los vídeos sobre conferencias o restauración de pinturas del Museo del Prado (muy interesantes), que envían los Amigos del Prado, más las clases de encuadernación videoconferenciadas de los lunes por la tarde… Más los enlaces que envía el amigo Chus, o los artículos de El País o El Mundo, de Guillermo. Más toda la información que intercambiamos (muchas veces inútil, cuando no simple basura) amigos, familiares y conocidos, con que nos bombardeamos mutuamente vía guasap. 

Eso sin contar los tres libros en lectura que llevo al retortero (en estos días: Umbral – La rosa y el látigo -, Harari – Homo Deus -, Cervantes – Don Quijote -), más algunos artículos que leo en un agregado de noticias de Internet, más los números atrasados de Le Monde diplomatique; más los cuadernos de La Aventura de la Historia, a la que estamos suscritos… ¡Un sinvivir! Lo cambiaría todo por una caminata por los robledales de Rascafría con la fresca de la mañana.

A pocas semanas más que dure el confinamiento, acabaremos adquiriendo hábitos de monje de clausura y sintiendo fobia del mundo exterior. Ni las caceroladas nos sacarán de nuestro ensimismamiento, ni la kale borroka de la gente guay y su trapío rojigualdo tan celtibérico. Ni siquiera haremos caso de humoristas perspicaces. 

Como el Cándido de Voltaire, seguiremos cultivando nuestro huerto interior: Tace et siste. 

lunes, 4 de mayo de 2020

Correspondencia y confinamiento.-




Siempre hay un roto para un descosido y siempre hay una rutina que alivie un confinamiento. Por eso, siempre habrá alguna tarea que entretenga a un confinado. Pero - por no ser categóricos -, en caso de que no sea así, siempre queda el recurso de papar moscas cuando no hay nada mejor que hacer después de tantas semanas de encierro.
Con independencia de lo dicho, desde siempre existe la correspondencia escrita. Por fuerza de los tiempos y la tecnología, olvidada la péñola de ganso, la tinta ferrogalica con que escribían Teresa de Jesús o Quevedo, y la salvadera; superada la vieja Olivetti Studio 88 hace ya dos decenios, escribimos sobre el teclado del ordenador. Cambian los medios, pero no el afán de la escritura.
Viene al caso porque he estado repasando parte de la correspondencia que hemos intercambiado un amigo, sabio por edad y conocimientos (y/o viceversa), y este jubilata, y he entresacado estos textos, iniciados a propósito de una cita que me envió del escritor francés Pierre Loti:

Mi amigo dice: 30/04. 15:54 h. Asunto : Tripalium, Loti:
Mon aversion pour le travail a été la première chose qui m’ait fait transiger avec ma conscience (Le Roman d’un enfant. P. Loti) 
Y acompañaba una foto de Loti en uniforme de marino.

Contesto yo: 30/04. 19:04 h. RE: Tripalium, Loti:
Pierre Loti me recuerda mis lecturas de juventud e imaginación en vuelo libre.
En 2013 hicimos un viaje a Turquía y, cerca del Cuerno de Oro, estuvimos en la colina de Pierre Loti, con su bonita casa en madera, actualmente (cuando yo estuve) un café de mucho encanto. Se baja de la colina por un camino que transcurre por medio de un cementerio musulmán. Es una sensación de sosiego, caminar entre aquellas sencillas tumbas de tierra, que aún recuerdo. 
De Loti dicen las malas lenguas que, mientras vivió allá, andaba enamoriscado de un efebo al que vestía con ropas de mujer. Yo ni entro ni salgo.
Uno no puede ya viajar, pero la imaginación es un ser alado que se niega a posarse en el nido. Pues eso, J. J.

Y él me cuenta: 03/05. 17:50 h. Asunto, RE: Tripalium, Loti.
Dejo el título original de mi correo, del que ahora no recuerdo su objeto, para recordar a Pierre Lotí, precisamente en un libro en el que mi madre había estampado su nombre como propietaria: Madama Crisantemo, en su traducción al español, editada por Ed. Cervantes, Avda. del Generalísimo Franco 382, Barcelona, sin dato de fecha, cosa tan usual en aquella época, creo que alrededor de 1940. Años después yo la leí en la casa de mi abuelo Milagro en Logroño y efectivamente lo que yo saqué en conclusión era toda una panoplia de imágenes que en aquellos años 1960 eran inusitados, aunque no inéditos y que seguro que me hipnotizaron.
Digo esto pues volví a leerlo hace bien poco, en la misma edición que guardo en casa y esta lectura, sesenta años después, me ha llenado de hartazgo y de conclusiones nada favorables a D. Lotí pues me pareció un ser despreciable, perder su tiempo en describir el matrimonio a término fijo de un francés con una japonesa, dejando casi todo a la imaginación, claro, no como ahora que lo que nos gusta ( o eso creemos, o eso necesitamos, no lo sé) es la profusión de detalles torpes, obvios y más que excusables para una mente no mancillada o deturpada por la inanidad de lo manido. 
En ese sentido, hasta era el libro de Loti más recomendable que algunos actuales; pero, aun así, me vi en la necesidad de acabar su lectura, pues el imperialismo del prota me estaba resultando incomible, inexplicado y digerido como si fuera la cosa más normal del mundo. Y esto era lo que pensaba hoy de este autor, al que no he vuelto a leer ningún otro libro. Quizá me haya perdido alguno estupendo, ¿no?

Y yo le di mi réplica: 03/05. 18:45 h. Asunto: RE: Tripalium, Loti.
Optime Macellarie, La verdad es que Pierre Loti, en mi historial de lecturas, no es más que un recuerdo vago. En mi opinión, hay autores que requieren ser leídos en una época de la vida.  En los años de formación e imaginación desbocada, durante la juventud, leer las aventuras de Jean Tarzán, de Sandokán y los tigres de la Malasia (tengo un tomito editado por Saturnino Calleja, que rescaté de la cuadra de tía Caridad, en 1976, en el pueblo de Teresa), o el Ivanhoe de Walter Scott, o el de Amaya o los Vascos… de Navarro Villoslada, o El Pastelero de Madrigal, de Fernandez y González (que parece el dúo de polis torpes con bombín Hdez. y Fdez. de Tintin)…. O tantos centenares – creo que no exagero – de novelas leídas aquellos años de infancia (recuerdo que leía al P. Coloma), adolescencia y juventud, son una etapa obligada de lector que había que quemar a base de lecturas de todo lo que nos caía en las manos, bajo los ojos y en el pozo sin fondo de la imaginación. Si no eres lector en esas épocas de la vida, ya no lo serán jamás. Luego vives de reminiscencias.
Que, a estas alturas, la mentalidad colonialista y eurocentrista de Loti, a través de sus protas, te suene a rancio me parece normal. Ya no somos lo que éramos cuando leíamos en aquel entonces; hemos evolucionado y dejado atrás nuestro candor, nuestra sociedad tiene otros valores éticos, y, lo peor, hemos perdido la inocencia primigenia del Edén tras devorar (con avidez) los frutos del Árbol de los Libros, del Bien y del Mal.
El ángel exterminador nos ha expulsado del paraíso donde vivimos desnudos de todo conocimiento mientras mirábamos al mundo, a través de la ventana de un libro, como niños asombrados. Ahora somos adultos, seniors (prohibida la molesta senectus del Gaudeamus igitur; y de ser senectos, mejor en versión Brahms),  aspirantes a la supervivencia ante el Covid-15 ese, y a la crisis social y económica que se está gestando, que ya veremos cómo salimos de ella…, Que, por cierto, se nos están juntando cada vez con mayor frecuencia las crisis del sistema capitalista y nos están pillando mayorcitos y ya no estamos en edad de coger el fusil y hacer la revolución, que, por otra parte, no creo que sirva para gran cosa porque alguien se enriquecerá fabricando las balas….,
Y, bueno, como ya vamos desbarrando, es el mejor momento de acabar esta epístola.
Tuyo affmo. y a la espera de una larga charla tête à tête… J. J.

martes, 21 de abril de 2020

El Covid19, un ente intersubjetivo.-


Resulta que me acerqué a casa de mi vecino el depre, a ver si necesitaba algo de la farmacia. 

Bueno, esa era la justificación. En realidad, se trataba de tomarme un respiro. Porque compartir 60 metros cuadrados con la santa durante tantas semanas de encierro, las veinticuatro horas del día, es un ejercicio de convivencia agotador. Requiere algunas válvulas de escape para que la pareja - de los de nuestra generación hablo - funcione en condiciones aceptables de presión y temperatura hasta cumplir el mandato que nos dieron: Hasta que la muerte os separe.

Como decía, fui a visitar a mi vecino el depre por si necesitaba medicinas. Un rato de charla (mascarilla mediante), aunque sea para hablar de lo mal que va el mundo, es una forma de asueto cuando no te dejan salir de casa ni tienes un triste perro que pasear.

Porque, no, perro no tenemos en casa. Así que, por ese lado, no había ni ocasión para una escapada diaria, ni motivo de pelea porque ayer lo sacaste tú y hoy me toca a mí, como discuten cada día los del 5º A. Al pobre chucho lo tienen como un ciringuillo, todo el día perro adentro, perro afuera. 

Lo de los diez minutos aplaudiendo en la ventana y haciendo como que cantas el Resistiré, mientras sonríes al vecindario abalconado, es un alivio, pero dura poco. Lo de cocinar tampoco está mal, pero no tiene gracia cuando la santa se asoma a cada rato por la cocina y te echa un ojo crítico, como diciendo: Eres un chapucero entre los peroles; por mucho que queráis liberaros del complejo machista, los hombres de tu edad nunca tendréis las habilidades culinarias que nos enseñaron nuestras madres a las mujeres de nuestra generación.

Lo que sí tenemos es un carrito de la compra, que es tan dócil como un perrillo casero, pero no anda solo. Y ahí sí que le aventajo a mi contraria, porque yo tengo carné de conducir y ella es bastante torpe manejando vehículos de dos ruedas. Pero con eso del confinamiento responsable, me controla las escapadas y me supervisa la lista de la compra: por menos de diez artículos no me deja salir al súper. Dice que lo hago no por subsistencia, sino como excusa para saltarme el dichoso confinamiento. 

Total, que, con el achaque de la farmacia, fui a visitar a mi vecino el depre, quien estaba parapetado tras una barrera de cajas de clínex y pulverizadores de lejía rebajada en agua.

¿Tú has oído hablar de las entidades intersubjetivas?, me espetó nada más verme.

Por supuesto, ni idea. En las tertulias de la tele, que son pasto habitual de mi intelecto, de esas cosas no se habla, menos habiendo infecciones de coronavirus  a miles y estadísticas imprecisas que dan tanto juego en el pesebre mediático.

Entonces, abrió el libro gordo Homo Deus de Yuval Noah Harari y me leyó: “Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos… Muchos de los agentes importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar.  Pero mientras millones de personas crean en su valor lo podemos utilizar para comprar comida, bebida y ropa…”

¿Y por qué la gente – añadió – cree que tiene sentido creer en el dinero, en la patria, en la religión…? Porque vecinos y amigos, y millones de personas como ellos, tienen la misma opinión. La gente refuerza las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo.

Pues igual con el coronavirus –, sentenció.

Cuando mi vecino el depre se pone estupendo, es que se ha pasado en su cóctel de antidepresivos o se ha intoxicado de lecturas raras.

Estamos viviendo – el tío ya estaba en vena – una pandemia vírica alimentada por una creencia intersubjetiva vivida por millones de personas en todo el planeta y alimentada por las autoridades políticas y sanitarias y la industria farmacéutica. El día que cambie el paradigma mental colectivo, el coronavirus desaparecerá como si nunca hubiera existido. 

Es como el billete de dólar del que habla Harari, mientras creamos en su valor, tendrá valor. El día que los viejos dioses clásicos dejaron de tener creyentes, dejaron de existir.  Y si no me crees, lee El Hostal de los dioses amables, de Torrente Ballester. Con el coronavirus, igual. El día que otra entidad intersubjetiva preocupe a la humanidad, desaparecerá el último infectado del Covid19 ese.

No es más que un episodio más del capitalismo del desastre –, remató. 

Puse cara de paisaje; en mi vida había oído tal cosa.

¿Pero, es que no has leído a Noemí Klein? – me preguntó incrédulo.

Es que como no soy depresivo, no tengo tiempo para esas cosas tan raras que dices – me justifiqué.

De verdad, no sé ni cómo le aguanto estas rarezas a mi vecino el depre. En el fondo, lo hago porque bastante sufre el pobre con su ansiedad de maniaco depresivo recurrente y con sus problemas de autoestima. Yo soy así de buena persona.

A la farmacia baje, pero a por aspirinas.

lunes, 6 de abril de 2020

Cándido en su huerto.-


Estos tiempos de reclusión forzosa invitan, y a veces obligan, a volver la mirada hacia adentro. El aislamiento, la reclusión, la incomunicación física con el próximo, con el amigo, con la familia, empujan a unos al vacío, a otros a la reflexión. Ante la soledad no querida, cada cual, según su disposición, se tropieza con su pequeña nada existencial o, al contrario, abre esa ventana desde la que ver un horizonte interior.

Hay quien descubre su vida como un erial lleno de abrojos o como una capa de asfalto por cuyas grietas nacen pequeños brotes de hastío; un panorama interior desolador y monótono que algunos resuelven haciendo vida de balcón. Así, para olvidar el vacío interior se asoman a la nada exterior de la calle que es, apenas, un paseante con su perro, un jubilado apresurado con el carrito de la compra, un coche de policía con sus destellos azules… 

Pero hay quien abre las puertas de su interior y se dedica con paciencia claustral a laborar su jardin potager, al modo de los monjes medievales. Un jardín/huerto a medio camino entre la utilidad y el ornamento. Así, el lector recluso, para alimentar sus horas de monotonía, labora en sus lecturas buscando distracción y sustento de su soledad forzosa.

O, simplemente, goza la intimidad de su hortus conclusus, su pequeño huerto cerrado donde uno es libre de mirar al cielo y ver las formas caprichosas de las nubes. O, si uno está triste y hastiado de tanta soledad, desde él puede ver ponerse el sol cuarenta y cuatro veces, con el simple gesto de girar su silla en dirección al poniente, como hacía el Principito (Tu sais… quand on est tellement triste on aime les couchers du soleil…)

Ese pequeño huerto bien cercado, con su fuente sellada a miradas ajenas, al enclaustrado le recuerda aquellas lecturas del Cantar de los Cantares en la versión de fray Luis de León, que leyó una vez hace años en una edición de finales del XVIII, con su buen papel verjurado y grafía de sabor a lecturas antañonas. Pero paseando por ese huerto interior no sólo encuentra los frutos de ese cántico místico-erótico (fabus distilans labia tua, mel et lac sub lingua tua, tus labios destilan miel, miel y leche hay bajo tu lengua), sino que también descubre ese fruto agraz de la risa volteriana.

¿Quién no conoce, siquiera de oídas, las desventuras de Cándido? Nosotros, como el bueno de Cándido en el rigor de sus desdichas, sufrimos ahora esa pandemia vírica que nos convierte en reclusos opulentos, con todos los bienes materiales a nuestra disposición, pero sin libertad para disfrutar de algo tan sencillo como es un paseo por el parque del barrio.  Pero no desesperemos. La sonrisa irónica de François-Marie Arouet, nos advierte, por boca de Pangloss el optimista leibniziano, que tout est au mieux, todo sucede para bien. 

Si la esencia del dios leibniziano es la suma de las perfecciones, todos los seres creados derivan su perfección de la esencia de este dios, así que el coronavirus es hechura de sus manos y, por lo tanto, hay un propósito cuya finalidad se nos escapa. Pangloss, el mentor de Cándido, nos hubiera dado una razón optimista, Cándido hubiera soportado la adversidad con paciencia, mientras que el señor Voltaire hubiese esbozado una sonrisa sardónica al ver a la humanidad acojonada ante un enemigo invisible, incoloro, inodoro e insípido.

Pero cada cual, en su pequeño huerto interior, tiene varias parcelas en las que cultiva distintas especies de verduras y frutos, a veces contradictorios, a veces directamente incompatibles, pero siempre dan frutos que alimentan su afán de conocimiento. Andrés Hurtado, el personaje de Baroja, nos hubiera dicho que en el Edén crecían dos árboles: el de la Vida y el de la Ciencia. Solo que el fruto de este árbol estaba prohibido, y de ése, precisamente, es del que queremos alimentarnos. Aunque el conocimiento nos lleve a la desolación.

En nuestro pequeño huerto íntimo, regado con lecturas un tanto anárquicas, la soledad nos ofrece frutos tan dispares como un Principito que abandona su  minúsculo mundo por culpa de una flor caprichosa y engreída (Et je suis née en même temps que le soleil…), un diálogo místico entre los esposos donde aflora el puro deseo erótico: Bésame con los besos de tu boca…, porque tu amor es más dulce que el vino…), un personaje de Baroja que arrastra su pesimismo existencial, un sufrido Cándido que sufre sobre sí todas las desdichas con las que el malvado Voltaire ha querido burlarse del optimismo filosófico de Herr Leibniz…

Y no sólo eso. En nuestro huerto disponemos de un pequeño vivero donde van madurando lecturas que llegarán a su sazón mientras haya coronavirus que nos obligue a la reclusión. Lectura que dan diversos frutos según su naturaleza. Así, un segundo volumen del Libro de las Fundaciones, de Teresa de Cepeda y Ahumada, en una edición de Espasa Calpe, de 1950. En rústica e intonso, doble placer. La vida ejemplar de Ginés de Pasamonte (el de la aventura quijotil con los galeotes), por Diego San José. También en rústica, editado por Biblioteca Hispania, 1916. Y para no andarse por las ramas de viejas lecturas, el Homo Deus de Yuval Noah Harari, con ese optimismo del capitalismo en expansión que nos llevará, a través de la inteligencia artificial, hasta la inmortalidad.

Pero este jubilata se conforma con menos; le basta con cultivar su huerto, como Cándido: Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut cultiver notre jardin.

domingo, 22 de marzo de 2020

Reclusión, aplausos y caceroladas.-


El triunfo de la Muerte. P Brueghel el Viejo.

Vivimos tiempos de consignas y este jubilata no sabe a cuál atender, ni en qué orden. Pensaba que con meterse cada cual en su osera, lavarse las manos e hibernar mientras nos acecha el coronavirus, las responsabilidades ciudadanas del individuo no llegaban más allá.  Pero resulta que no, que los medios de comunicación y, sobre todo las redes sociales, se han llenado de arbitristas que barajan remedios para los males de la patria enferma; de propaladores de falsas noticias – esas fake news tan de moda porque el término español no lo dice en inglés y eso no mola –; y, sobre todo, se ha llenado de dignos, o a veces indignados individuos que reclaman el cumplimiento de consignas de su invención. Consignas que funcionan a modo de catarsis colectiva, como en una tragedia griega, pero vía guasap, twitter y demás. 

Entiéndase. Las consignas no nacen de un capricho del consignero o panfletario; nacen de una necesidad ineluctable de agrupar a la ciudadanía en torno a un gesto sublime de gratitud, o a un gesto indignado de repulsa. Es como un ganglio social en el que los individuos, todos a una, disuelven su individualidad para convertirse en instrumento (ruidoso, más que sonoro) de una emoción colectiva.

Y que perdone el improbable lector por el uso atrevido de términos cultos y en desuso o forzados de sentido, tales como “ineluctable” o “consignero”. El primero se deslizó calamo currente, esto es, al correr de la pluma, si es que vale todavía el símil cuando se escribe en un ordenador. Ya otras veces se ha hecho confesión pública de las manías culturetas de quien suscribe.  

En cuanto al segundo, el de “consignero”, ha caído sobre el papel (otro símil arcaizante porque esto es una pantalla) después de retorcer un rato el magín para decir “propalador de consignas” sin llamarlo así. A decir verdad, “consignero o panfletario” es un uso abusivo – por haber sido dicho sin citar la fuente – que he hecho de una frase encontrada al azar en un escritor de nombre Gonzalo Rojas, quien dice: Nunca fui consignero ni panfletarioUn servidor, aparte de ser poco consignero, no querría ser plagiario y por eso lo deja confesado aquí. 

En cuanto a lo de panfletario, algo sí. Siquiera porque esta bitácora lleva viva desde enero del 2009 y es el desaguadero por donde un servidor, como titular de la misma, ha desaguado todas las ocurrencias que le han pasado del magín a la pluma, sin someterlas a la criba de la recta razón. Pero tampoco es nada de lo que uno deba arrepentirse demasiado. Han sido pequeños eructos, comparados con lo que se vomita por ahí…

Médico con máscara en tiempos de peste.
Pero, volviendo al asunto. El coronavirus ese nos tiene infectados de consignas que corren como el fuego en la pólvora. Consignas del tipo: A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir a los sanitarios; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas para aplaudir a los camioneros que nos abastecen la ciudad; A las 20 h., todo el mundo a las ventanas a aplaudir al personal de los supermercados, que gracias a ellos llenamos el carrito de la compra. Y sigue: A las 18:30 h., idem de idem para homenajear a los fabricantes de papel higiénico, mascarillas y guantes de látex. A las 21 h., todos asomados a las ventanas cantando “Resistiré”… Y más convocatorias multitudinarias a distancia prudencial, que me las callo por no aburrir.

Este jubilata siente respecto por sanitarios, camioneros y reponedores del súper sin necesidad de ningún coronavirus; además de sentir el mismo respeto por cualquier otro trabajador, con independencia de que me sane o me llene la cesta de la compra. Y, si además de aplausos, unos y otros tuvieran un sueldo digno y buenas condiciones laborales, miel sobre hojuelas. Dicho sea por evitar susceptibilidades, que el personal no está para bromas con las cosas de comer.

En cuanto a las consignas indignadas podemitas, eso de convocar una cacerolada el pasado 18 a las 20:30 h., coincidiendo con discurso del rey ahora reinante ha sido lo más sonado. De paso que se protesta por sufrir una monarquía de palo de baraja, se protesta por los negocios turbios del Emérito rey de oros. Emérito que, a pesar de estar caduco, Dios guarde largos años para que dispongamos de un Don Tancredo a quien sacudir la badana cada vez que un virus cualquiera nos saque de nuestras casillas. Ya al paso, diremos que a Pedro Sánchez le dieron otra en mi barrio (y en otros, supongo) la noche del sábado, pero la cosa iba de imitación. La cosa quedó en tablas.

No sé si el improbable lector ha tenido paciencia para leerme hasta aquí. Si lo ha sido (paciente, digo), me alegro porque así ha olvidado por unos minutos el andancio vírico que nos diezma, ya que no otra cosa se pretendía. Si no lo ha sido (paciente, insisto), no seré yo quien se lo reproche, teniendo como tiene cosas más serias de que preocuparse.

De cualquier forma que ello sea, rellenar una página con trivialidades es faena que requiere su tiempo y esfuerzo. Y en mi defensa recurriré a lo que cuenta Cervantes en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote: Dice que había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo, y que fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle ó  en cualquiera otra parte, con el un pié le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota. Y decía a los concurrentes y curiosos: Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro.

Hago mío el sentir del loco: Pensará el lector que es poco trabajo hinchar una bitácora cada quince días. Sepa que incluso las necedades requieren su destreza.

viernes, 13 de marzo de 2020

Acojonavirus en el súper.-

Extracción de la piedra de la locura.

No es por distraer al improbable lector de sus neuras coronavirales, pero este jubilata anda dándole vueltas a lo que dejó dicho Noemi Klein sobre que  “En momentos de crisis, la población está dispuesta a entregar un poder inmenso a cualquiera que afirme disponer de la cura mágica, tanto si la crisis es una fuerte depresión económica, como si es un atentado terrorista”, o una epidemia vírica multiplicada por una pandemia de pánico. Lo último es de mi cosecha; lo cual no tiene rigor sociológico, pero tiene visos de ajustarse a la realidad.

Esta sociedad nuestra no hallará sosiego hasta que un Libertador, Mesías o Profeta fabricado ad hoc por los poderes fácticos nos libere de angustias víricas, de forma que el IBEX-35 recupere su pulso habitual, las estanterías rebosen papel higiénico y la vitrina refrigerada de las pizzas nos muestre sus amables, familiares y variadas ofertas de cuatro estaciones, margarita, queso y salami, y tantas otras suculencias que dan sentido a nuestras vidas de consumidores confiados en las bondades del sistema.

Y como el pánico social es de libre consumo, la santa y yo hemos corrido al Ahorra Más del barrio a reponer la despensa. Siguiendo la estela del terror milenarista colectivo, en plan desabastecimiento bolivariano/venezolano, queríamos llenar el carrito de la compra como para un aislamiento por causa de una guerra nuclear, pero nos dimos cuenta de que sólo necesitábamos dos botellas de aceite (girasol y oliva), un pimiento morrón para un guiso, y un par de cajas de leche. 

Lo único novedoso fue que rescatamos un paquete de tallarines que mostraba su desolada soledad en una estantería desertizada por el acaparamiento compulsivo del respetable.  Aun así, en la cola de la caja, la gente nos miraba raro por llevar una cesta de compra tan poco ajustada a la hambruna colectiva presagiada.

Lo que a un servidor más le sorprendió, aparte la abundancia de munición de boca que desbordaba los carritos, y la consiguiente desolación de las estanterías, fue el acaparamiento de papel higiénico. De dos carritos hasta las trancas que llevaba una pareja de jubilados rengos, un tercio de uno de los carros estaba cargado de rollos. Un minuto de reflexión fue suficiente para entender la lógica del asunto. Tanta y tanta comida llevaban que era normal pensar en su evacuación tras su paso por el tracto digestivo: tanto deglutes, tanto defecas. Así se cumplía el refrán castellano: según come el mulo, así caga el culo.

No se vaya a pensar el improbable lector que un servidor se toma a coña la emergencia sanitaria que estamos sufriendo. Acepta consejo de dondequiera que vengan. Así, aparte de los consejos elementales de higiene personal, no restregarse los ojos ni meterse los dedos en la nariz, no dar la mano a desconocidos, o la conveniencia de hablarse a la distancia de un grito, hay remedios muy respetables que corren vía guasap. 

Ahí va el que me han enviado a mí, por si resultara útil: “Hola. ¿Crees que puedes rezar un Padre Nuestro y pasarlo a 10 personas? Es una vigilia para pacientes con cáncer, y para detener “el coronavirus”.  Solo hay que pasarlo a 10 personas. Yo, con que lo lean los lectores de esta bitácora, creo que llego al cupo. Y piénsese que tiene un doble efecto beneficiosos, pues sirve para el cáncer y para el dichoso coronavirus que tanto nos agobia. Y es gratis.

Se lo consulté a mi vecino el depre, quien se había aislado en una habitación de su casa tras una barricada de cajas de clínex. Bien es verdad que tuve que hablarle a la distancia del palo de la fregona, pero estuvo de acuerdo que mejor era llenar las iglesias de rezadores que los hospitales de infectados. Por una vez se le veía optimista. 

Ante mi sorpresa por su actitud, me confesó aquello que se dice de mal de muchos, consuelo de tontos. Él era un depre solitario al que la depre en turbamulta y sin matices le hacía sentir como el tuerto que reina en el país de los ciegos.  Él era - insistió - un depresivo profesional, mientras que las masas acojonadas, una volatería de pollos sin cabeza. Así que recomendaba muchas cadenas de oración vía guasap.

Un servidor, dicho sea en confianza al siempre estimado e improbable lector, no pudo vencer el natural escepticismo que conlleva la edad. Si los padrenuestros curasen el coronavirus, no los repartirían gratis. Se venderían en el súper y se anunciarían por la tele, e incluso se haría mercado negro. De la misma forma que no salen gratis las mascarillas, los guantes de látex, el jabón desinfectante y el alcohol, que se han puesto a un precio como de estraperlo en posguerra. 

Pero ya se sabe cómo es el infierno de los descreídos, que te ponen un remedio a mano y le das la espalda con dignidad ofendida y grave ademán de intelecto superior. Pero en casa es otra cosa. En casa, por si acaso, la santa y yo, cuando nos besamos, es por los extremos de un palito de selfi. Y no nos va mal.

miércoles, 19 de febrero de 2020

De viejas pretensiones y otras frustraciones literarias.-


Un poco largo el título, ¿Verdad? No se preocupe el lector: el texto no excederá la extensión habitual. No se trata de tumbarse en el diván del psiquiatra y bucear en la maraña del subconsciente. Se trata de que este jubilata, como cualquier hijo de vecino, ha tenido sus ilusiones de juventud, sus pretensiones de notoriedad y sus consiguientes desencantos. Todo dentro del orden natural de las cosas. Nada que merezca una atención excesiva.

El caso es – por entrar en materia – que un servidor dedicó muchas horas de sus años de madurez a escribir relatos. Relatos que iban desde los escarceos en el microrrelato al estilo de Monterroso, hasta esos personajes esperpénticos cuya única gloria es haberse visto reflejados en los espejos deformantes del autor, quien alguna vez se ha dado un garbeo por el callejón del Gato, a imitación del insigne y atrabiliario Don Ramón. Ello sin contar tantos y tantos escritores, de muchos de los cuales no guardo ya memoria, como han pasado ante la vista, siempre ávida, siempre sorprendida, de un servidor. 

Del centenar de cuentos (cantidad aproximada) que escribí, hice una selección para publicar en una edición libre en Internet, a libre disposición de quien quisiera leerlos. Y para justificar mi atrevimiento, escribí un prólogo, parte del cual puede verse a continuación. Si es que el improbable y siempre paciente lector lo tiene a bien.

El texto que sigue está sin retocar ni actualizar. No hay por qué; solo es una curiosidad arqueológica ya momificada. Paz a los muertos. Pues eso, aquí queda, por si el improbable lector - perdone la insistencia - tiene a bien leerlo, el comienzo del prólogo que iba a preceder a una publicación que nunca existió, salvo en la mente ilusa del entonces ilusionado autor:

"Decía un profesor mío en la facultad de Filosofía y Letras que un prólogo es lo que se escribe después del libro, pero se pone antes y nadie lee ni antes ni después. Así que, si el improbable lector quiere saltárselo, no pasa nada por omitir ese engorro de lectura. Los prólogos son como ese amigo impertinente que, cuando esperas dedicarte a algo interesante, te tira de la manga para llamar tu atención y te entretiene con nimiedades.


"Pero una cosa es que el lector se salte el prólogo y otra muy distinta que el autor no cumpla con la obligación de redactarlo. Y en este caso, el autor tiene la doble obligación de hacerlo: primero, porque no hay obra de cierta enjundia que no lo lleve, y en este caso, sea enjundiosa o no, esta obra es el esfuerzo de varios años escribiendo relatos, y conviene que se sepa; segundo, porque hay que explicar la razón de esta edición de andar por casa.

"El lector ya se habrá percatado que este librito no tiene ISBN, ni Depósito Legal, ni editorial, ni pie de imprenta, ni colofón. No tiene ninguno de esos elementos que identifican un libro impreso con todas las de la ley. Tampoco se trata de una edición pirata, sino casera, hecha en el ordenador personal y, como dicen los franceses avec les moyens d´abord; o sea, con los recursos que uno tiene a mano, a falta de un editor profesional y de una imprenta donde imprimir todas estas historias reunidas bajo el título: SI YO TE CONTARA…

"Lo de la ausencia de editor profesional no es porque le falten las ganas al autor, sino porque quien los ha escrito no tiene ni nombre conocido, ni valedores en ese mundo editorial. Es cierto que quien esto escribe tiene nombre propio, incluso pseudónimo con el que firma sus cuentos, pero como autor literario nunca asomó la cabeza, así que es fácil de entender que ningún editor se arriesgase a publicarle. No entra dentro de las buenas prácticas comerciales encontrarse con un montón de ejemplares sin vender y ocupando espacio en los almacenes. Eso un servidor lo comprende y no se hace mala sangre por ser un autor ignorado. No están los tiempos para tirar recursos, ni para fiarse de escritorzuelos que aspiran a una parcelita de la gloria literaria sin mayores merecimientos. No hay más que ver la cantidad de concursos de relatos que se convocan cada año, y la cantidad de incautos que aspiran al Parnaso literario.

"Lo cierto es que, en este oficio inútil de escribidor, este prologuista y cuentista lleva ya una docena larga de años, coleccionando cuentos en el disco duro del ordenador. Hace unas semanas, el ordenador se averió y lo llevé al técnico. Cuál no sería mi disgusto cuando descubrí que parte de los archivos había desaparecido. Escarmentado al ver la pérdida de tantos relatos por culpa de una simple avería y falta de previsión por mi parte al no haber guardado copias, decidí que podía hacer una selección y publicarlos. 

"También hay que decir, en honor a la verdad, que algunos relatos sí han sido publicados. Así, la Agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid publica uno en cada número de su revista, que sale en diciembre. También Grupo Búho, que no sé si aún existe, publicó dos relatos míos y La Crónica de León, el otro verano publicó otros dos, con ilustraciones de Tomás Serrano, y eso para rellenar huecos, sospecho. Si alguno más ha sido publicado, no lo sé o, al menos no lo recuerdo. También va mi agradecimiento para el amigo Juan, quien, con paciencia y buena amistad, vierte mis escritos a formato PDF, consciente de mis limitaciones en esto de la informática.

"Sea como fuere, este autor y autoeditor improvisado agradece, y mucho, a quienes le han sacado algún cuento en papel impreso y a todos sus lectores vía correo electrónico. A fuer de sincero, es de justicia reconocer que la mayoría de los lectores son público cautivo, ya que sus direcciones electrónicas están registradas en la cuenta de correos y, cada vez que perpetro una genialidad, corro a enviársela sin pedirles permiso. Deben entender que, al remitírselas, no se hace por fastidiarles sino por cultivar la menguada autoestima de escritor en las sombras. Porque, - ya comprenderá el paciente lector –, resulta muy duro pasarse una semana escribiendo un cuentito de dos o tres páginas y no encontrar un lector misericordioso que diga: voy a leerle un rato a este pesado, se ha tomado tanto trabajo el pobre…"