miércoles, 18 de septiembre de 2019

La adaptación al medio (Fábula urbana).-


Te lo dan con la jubilación, le dijo a un amigo un jubilado de reciente hornada, señalando al bebé dentro del cochecito que iba empujando. Se ve que, recién jubilado, y en previsión de una depresión poslaboral, le nombraron paseador del nieto. Al hombre se le veía tan feliz con su nuevo oficio de escanciador de biberones.

La anécdota sucedió unos días antes de terminar nuestras largas vacaciones serranas, cuando este jubilata andaba medio depre, pensando en el regreso a la capital del reino y a sus ruidos y contaminaciones habituales. Esta escena me hizo olvidar la angustia vital que me embargaba y recordar que, hace años, allá por el 2005, escribí un relato corto sobre un asunto parecido, en que un jubilado reciente se encontró siendo abuelo sin que mediara consulta previa o consentimiento por su parte. 

Por distraerme, fui al cajón de sastre (entiéndase: memoria externa del ordenador) donde voy arrumbando todos los textos escritos a lo largo de los años y lo rescaté y hoy lo paso a la bitácora. El improbable, y en este caso, paciente lector, juzgará si la historieta ha quedado desfasada o sigue teniendo vigencia.

Así dice esta fábula milesia:

No había amor intergeneracional como el de aquella familia. Lo mejor que le pudo ocurrir al padre, cuando le sobrevino la jubilación, fue que su hija se quedara preñada. Claro que no llegó a esa situación de una forma socialmente aceptable, pero había que reconocerlo, el resultado iba más allá de toda esperanza.

La chica había sido siempre, desde que cumplió los quince, un poco pendón. Se iba de discotecas el fin de semana y no volvía hasta el domingo de madrugada. Ni los cabreos y cagamentos del padre, ni los chantajes emocionales de la madre la sujetaban. Ella, simplemente, el viernes por la tarde se pintaba el ojo, se ponía la minifalda, y desaparecía hasta el domingo por la mañana.

Pero aquella situación cambió radicalmente el día que fue a la farmacia, compró un predictor de esos y le dio positivo: estaba embarazada y no tenía la menor idea de quién podía haber sido el padre. Tampoco le preocupó demasiado, la verdad; podía haber sido cualquiera de aquellos niñatos de discoteca, ciegos de éxtasis. Total, para tener que hacerse cargo de dos inmaduros, mejor se quedaba sólo con el enano a punto de nacer, que siempre sería más manejable.

Además, con esa moda neoliberal de deslocalizar empresas, al viejo lo habían jubilado a la fuerza y estaba insoportable. Si se hacía cargo del que iba a nacer, ella se libraba de dos incordios por el mismo precio: los gruñidos del abuelo y los berridos del nieto. Cuando pasaron los meses de lactancia, buscó trabajo como azafata de congresos y organizó la vida de sus viejos e hijo: la madre preparaba biberones, lavaba culos, planchaba ropa, mientras que el padre hacía la compra de la casa y paseaba al bebé interminables horas por el parque. Mientras tanto, ella, tan mona con su uniforme de azafata, repartía sonrisas en el curro y buscaba una pareja económicamente solvente.

El abuelo asumió el nuevo papel y el salto generacional no fue un problema que enturbiase las buenas relaciones entre éste y el nieto, al menos en los primeros tiempos. El abuelo sacaba el cochecito al parque e iba por donde le apetecía, a las partidas de cartas y a las competiciones de petanca. El nietecito, incapaz de manifestar opinión alguna, se dejaba llevar; se limitaba a succionar el chupete y contestar con gú-gús incomprensibles a las propuestas del abuelo.

Sin embargo, el abuelo era consciente de que, en pocos años, el nieto cambiaría. Sabía que el mocoso, con el tiempo, terminaría exigiendo ropas de marca, móvil de última generación, play station, pasta para discotecas y libre consumo de estimulantes. Y él quería estar preparado para el momento.

Por eso, y aunque ignoraba las últimas tendencias del diseño minimalista, él siguió un proceso de deconstrucción de su propia personalidad. Comenzó por sustituir la gorrilla de jubilado y el jersey de cremallera por una gorra de béisbol y una chupa de marca; sólo usaba pantalones hip hop y playeras como patas de elefante. Cambió la dentadura postiza por otra de implantes con destellos nacarados, y empezó a ir al gimnasio para bajar barriga. Practicaba el aerobic enfundado en bodys de licra y se teñía el pelo de colorines fosforescentes; y hasta se puso un piercing en la lengua.

Descubrió que la vida comienza a los 55, así que se apuntó al botellón de los viernes por la noche y no aparecía por casa hasta el domingo. Llevaba los ligues a casa y mandaba a su mujer al bingo para que no molestara. Como la pensión no le llegaba para sus gastos, empezó a explotar a su hija. Ésta, que ya vivía en pareja con un economista, se había vuelto conservadora y miraba mucho las apariencias; así que llevaba un sofoco detrás de otro. Por librar al niño de la mala influencia del abuelo, lo metió en un colegio religioso y le afilió a los boy scout.

El día que el abuelo llegó con la noticia de que había embarazado a una jovencita, a la hija le dio un ataque de ansiedad y se compró medio Corte Inglés; en el trabajo andaba de mala leche y la echaron por bajo rendimiento. Se volvió depresiva y el economista la abandonó. El niño, que fumaba porros en el cole, pegó a un profesor y le expulsaron. La abuela, imposibilitada de lavar culos de bebé, se había hecho ludópata binguera para superar sus frustraciones.

Sólo el abuelo miraba el futuro con optimismo. Pensaba en lo bien que iba a educar al niño y observaba la redondez de la tripa de su jovencísima pareja. Ésta, para aguantar el aburrimiento de la preñez, tomaba rayitas de coca de vez en cuando y le daba al tarro a escondidas; eso sí, nunca fumó porque, según las autoridades sanitarias, era malo para la salud del feto.

Cuando por fin parió, descubrió que la clase media es un asco, dio puerta a su pareja, le encasquetó el mocoso, y se fue a una comuna de okupas, a vivir su vida. El abuelo volvió al parque a pasear el cochecito de su bebé, a las partidas de cartas y al juego de la petanca. Mientras, su retoño succionaba el chupete y soltaba inarticulados gú-gús de infantil satisfacción.

domingo, 18 de agosto de 2019

Estival, 4.- Otra forma de ver.-

El texto que sigue no es el que podría esperarse de unas apacibles vacaciones serranas, con paseos bucólicos, como los tres anteriores de la serie Estival. Hemos puesto tierra de por medio, y, obligados a huir de la sartén donde se guisa la contaminación acústica de las fiestas de Rascafría, hemos ido a caer en el fuego de los calores madrileños.

Como no valen lamentos, he aprovechado el destierro temporal que me ha traído de los decibelios asesinos a los sudores asfalteños. Tenía pendiente en mi diario de actividades - por sugerencia de Macelarius (Chus para los amigos, o viceversa) - una visita al Reina Sofía para ver una instalación de Olga Ramo que lleva el nombre de  lindalocaviejabruja, y dejarme sorprender por sus propuestas. Además, en el Reina se estaba muy fresquito, y su patio ajardinado es una isla geométrica de sosiego y silencio en medio de la capital del reino. Así que nadie se llame a engaño. El improbable lector queda advertido:

Nadie vaya desapercibido a visitar lindalocaviejabruja al museo Reina Sofía. Cuando entre a la Sala de Protocolo, pasará ante una fregona que parece abandonada momentáneamente, apoyada contra la pared, mientras la señora de la limpieza, se supone, está en cualquier otra tarea. Si uno vuelve sobre sus pasos y se pregunta qué hace ahí esa fregona, tan desubicada, observará que del mocho sale una lengua burlona, o, quizá, amenazante. Que nadie se avergüence por haber pasado antes de largo. No todos somos un Marcel Duchamps capaz de transustanciar un urinario en una fontana. Un mocho de fregona es un mocho, por mucho que nos saque la lengua. Su sitio es el cuarto de las escobas, de acuerdo con nuestro sentido utilitario. Y si la artista – habrá que llamarla así, provisionalmente, por aquello de las convenciones estéticas, que tanta seguridad nos dan – ha decidido que la fregona deje de ser herramienta para ser objeto de reflexión estética, o de denuncia de una sociedad patriarcal que reduce a la lindalocaviejabruja a mera fregatriz, es cosa que el visitante, a lo mejor logrará entender.

Quizás, ese cubo de fregar que el espectador ignoró al pasar, le ponga a la expectativa y descubra que, en la Sala de Protocolo, el vacío aparente del espacio y de sus viejos armarios en madera, no es tal. Es un vacío donde objetos corrientes, tan corrientes en su realidad vulgar que son como no-existencias colonizando un rincón de la pared, o bien ocupando el interior de un armario lleno de nada que merezca nuestra atención en la vida diaria, cobran un sentido. Ese pegote de chupa-chups y caramelos pringosos aferrándose a la pared como una colonia de hongos; o esas docenas de pintalabios, bajo una poco apacible luz rojiza, entrevistos por la rendija de las puertas entreabiertas de un armario; o las puertas cristaleras de un armario, abarrotado de trapos… Objetos sin valor estético, y menos aún, práctico, una vez descontextualizados de su función utilitaria, que toman presencia en una especie de juego del escondite por los rincones más insospechados.  

Todo ello produce una cierta inquietud. No olvidemos que estamos en un espacio tan ordenado, aséptico y sometido a la razón geométrica como son las salas del antiguo hospital del San Carlos. 
Aquí, estos objetos carecen de sentido por lo que tienen de ruptura del orden que les damos en nuestro mundo utilitario. De repente, descubrimos el desorden provocado por el absurdo de tales objetos sin razón aparente en un espacio ordenado y geométrico; y ese desorden produce una cierta desazón, como si se nos escapara el control sobre ellos, porque parecen haber adquirido alguna forma de vida. Y este jubilata, que ya hizo su noviciado en la observación de instalaciones de Sara Ramo, allá por el verano de 2014 en el Matadero, ha de reconocer que esos objetos cotidianos, tan sin aprecio de puro vulgares que son, que vemos y usamos a diario – en su contexto, en su funcionalidad, eso sí – han adquirido como vida propia, una vez perdido su valor de uso, y producen un desasosiego porque los querríamos inanimados, pura herramienta. Al reclamar vida para sí, descabalan nuestro mundo de racionalidad y nos obligan a repensar nuestra forma de ver la realidad. Nos producen desasosiego.

Perdone el improbable lector la insistencia con lo de la fregona, pero de la misma forma que el visitante no la vio al entrar en la Sala de Protocolo, de puro objeto cotidiano que es, cuando visita el Espacio 1, tampoco ve los motivos de la sala empapelada. Un suave color amarillento con motivos, aparentemente, florales. Es lo que uno podría en su casa, en caso de empapelar una habitación. Pero no, el observador, si lo es y se fija en estos motivos de cerca, verá vísceras y trozos de cuerpo humano. Un trampantojo que transforma una casquería humana en un habitáculo doméstico. A modo de advertencia: las cosas no son lo que parecen. Además, una cola como de monstruo, sale de una pared, especie de guiño a Dorothea Tanning y sus esculturas blandas, adscrita al surrealismo, cuya exposición se vio también en el Reina hasta enero de este año, y en esta bitácora se dejó constancia. 

Una cortina oscura da paso a una sala negra como boca de lobo, salvo el escenario que tiene en uno de sus laterales. Tanteando en la oscuridad, dudoso entre quedarse a ver de qué va la cosa o salir corriendo, uno se sienta en un banco y espera. Ex tenebris, lux. Lo mismo que en aquella instalación de Desvelo y traza vista en el Matadero hace cinco años, las tinieblas van dando forma a los objetos y las personas de alrededor. Hay más gente, luego me quedo.

Un telón de trapos variopintos tapa la mitad superior del escenario. Un polichinela de cachiporra golpea el aire con ruido seco; una marioneta, a modo de bruja, se mueve sobre unas llamas; media mujer (de medio cuerpo abajo) taconea sobre unos zapatos rojos disformes mientras un lobo parece acecharla… Y más escenas oníricas que, de puro demediadas por ese telón a media asta, tienen algo incompleto y de absurdo. De repente, aquella cachiporra del polichinela, a gran tamaño, aparece al pie del telón. Es el símbolo de una sociedad machista y patriarcal – el visitante cae en la cuenta enseguida – que es desventrado por manos de una mujer. A modo de vísceras, saca de su interior trapos, papeles, cintas y otros objetos. Este jubilata, por una caprichosa mezcolanza de ideas, no puede dejar de asociarlo a la Venus (yacente, esta vez) de los Trapos de Pistoletto. En ambas imágenes hay provocación. En la Venus, la contraposición de la belleza formal clásica con la miseria de la supervivencia; en Ramos, la rebelión de la fémina contra la dominación del macho patriarcal.

El espectador sale con la sensación de haber estado en un espacio doméstico donde los objetos cotidianos no se comportan como tales. Lo que es un fastidio. Un palo de fregona sacándote la lengua, o un puñado de pelos  a ras de suelo, asomando por bajo un armario bajero, o en una ventana un grupo de recipientes de barro a modo de campo de urnas funerarias…, son un desorden en nuestra vida corriente. Los objetos no tienen por qué comportarse caprichosamente en un mundo material y utilitario tan bien organizado como el nuestro.

A pesar de todo, a lo mejor volvemos otro día, a ver si ponemos un poco de racionalidad en ese caos doméstico.

lunes, 12 de agosto de 2019

Estival, 3.- Para leer el paisaje.-

En la contemplación de un árbol
podríamos pasar
enteramente nuestra
vida.
Giner de los Ríos, 1907 (En una placa del arboreto Giner de los Ríos, frente al monasterio del Paular).



Estos últimos días pasados, en el valle de Lozoya hemos vivido el temor a los incendios que nos acosaban desde el puerto de la Morcuera y desde la vertiente segoviana que da a La Granja. Estos días, un servidor ha sentido rabia y vergüenza de pertenecer a la especie humana que, por pura maldad, convierte en cenizas el medio que le permite la supervivencia. 
A pesar de ello, la vida sigue, aunque las cenizas de lo que fueron bosques ayer nos recuerden que el ser humano arrastra en su naturaleza la miseria de su estupidez congénita. 
Pues bien, a pesar de todo ello, este jubilata escribe sus crónicas estivales, aunque solo sea para demostrarse a sí mismo – y a quien lo lea, si le parece bien – que siempre hay un poco de esperanza; siempre,  porque la contemplación de la naturaleza nos incita a formar parte de ella y nos enseña a no ser su verdugo.

Por eso lo que sigue:


Hágame caso el improbable pero siempre estimado lector si le digo que el paisaje es un libro cuya lectura debe hacerse como las vacas rumian: sin prisas, triturando entre los molares de la imaginación el pasto que hemos ido arrancando brizna a brizna durante esas horas de lento pacer, que es tanto como la rumia sobrevenida de la tranquila contemplación durante un caminar atento por los caminos del monte.

Ya sé, ya… Ya supongo, ya imagino, la sonrisilla irónica que al improbable lector le vendrá a la cara con lo del símil vacuno. Pero recuerde lo que el profesor Tierno Galván, siendo alcalde de Madrid, les dijo a aquellas féminas del común que fueron a darle palique, que había que leer como las gallinas beben agua, despacio, buchito a buchito, levantando la cabeza a cada trago, como reflexionando sobre lo bebido/leído.


Entiendo que resulte difícil digerir esa asimilación del placer estético del paisaje a la lenta rumia vacuna. Más si tenemos en cuenta la fama que, entre los humanos, este animal tiene de ser un tanto estólido y bobalicón. Pues imagínate, lector amigo, improbable o no – y disculpa el tuteo, fruto de la estima en que te tengo –, el símil gallináceo del profesor Tierno para explicar a las chonis cómo debían leer un libro… Y dime si no tenía razón el viejo profesor con lo del beber de las gallinas, o si no la tiene este jubilata con el rumiar vacuno, cuando a la atardecida, por los pinares, crees oír el rumor de una fuente, te aproximas despacito, como al acecho, y Enrique de Mesa, poeta guadarramista, te dice quedo:
Dudosa en la gris penumbra
De una luz crepuscular,
A lo lejos se columbra
La fontana, que se alumbra
Por los claros del pinar.



De ahí la insistencia del caminante en el mirar reposado y el masticar lento del entorno, como de goloso que saborea un paraje que sólo se ofrece a sus ojos y a su paladar. Si te lo tomases con calma, lo de observar y paladear el entorno, entonces no tendrías tan pobre opinión de la humilde rumiosa, amigo lector; y si, además, como este jubilata, hubieses descubierto el paisaje a través de los ojos tranquilos de una vaca ramoneando los brotes tiernos de un fresno.

El cuadro de la naturaleza, visto a través de aquellos ojos vacunos, en lo que tenían de inocentes y asombrados, y también un poco de somnolientos, tiene la ventaja de integrarnos en el paisaje como uno más de sus elementos. El caminante ha de sentirse parte del paisaje para entenderlo, de parecida forma a como Bruce Lee aconsejaba adaptarse a las circunstancias cual el agua lo hace al recipiente que la contiene: ha de ser árbol junto al árbol, piedra cubierta de musgo junto al arroyo y huella de sendero  en el pinar. Y, sobre ese proceso de mimetismo, ha de reflexionar: esa rumia del paisaje de la que se ha hablado al principio. Mirar un paisaje no es solo ver, porque para ver hay que mirar y saber qué se mira.


Es la diferencia entre el observador que contempla, por un lado, y cada uno de los elementos (animales, vegetales, minerales) que conforman el entorno, por el otro: que él, el observador, se sabe ajeno, pero parte integrante mediante un proceso de percepción estética y, si se me permite, intelectual de lo percibido. Según aquel personaje de Molière, la gente no sabe que habla en prosa; los elementos de un paisaje no saben que lo son, pero el caminante sí es consciente de su entorno, lo disfruta a pequeños bocados, lo paladea y querría integrarse en él mediante un proceso – apenas un instante – de aniquilación de su consciencia para ser roca en la sierra, arroyo en el pinar, hierba en el prado.

Aunque, olvidados esos sentimientos alambicados, nos conformaríamos simplemente con estar ahí, si los humanos no fueran tan aficionados a la tea asesina…

sábado, 27 de julio de 2019

Estival, 2.-Como escuchar el vuelo de una mariposa.-


Sobre esta cima solitaria os miro,
campos que nunca volveréis por mis ojos,
piedra del sol inmensa entero mundo
y el ruiseñor tan débil que
en su borde lo hechiza.
Vicente Alexandre. (En el monumento al hombre del campo, en Alameda del Valle)


¿Alguna vez el improbable lector ha oído cómo suena el vuelo de una mariposa…? ¡Ah, no…? Eso es porque no ha prestado la debida atención. Sin embargo, todo el mundo ha oído hablar del “efecto mariposa”, pues dicen que su aleteo aquí al lado puede provocar un tornado en el otro extremo del mundo. ¿Un aleteo de un lepidóptero puede provocar desastres en tierras lueñes, pero no emitir sonidos armónicos junto al caminante que lo observa? Lo dicho, es que no se le ha prestado la atención debida.

Este jubilata, sin ánimo de ponerse exquisito, yendo la otra mañana por el camino del Palero, y de regreso hacia El Paular,  se paró a observar un grupo de ellas que andaban alborotando en un rosal silvestre, y oyó la música de sus aleteos. Es cierto que hace falta cierto entrenamiento: hay que saber caminar por los senderos del monte y saborear la sonoridad de sus silencios. Para ello es fundamental apagar cualquier aparato emisor de ruidos y desenchufarse de los pinganillos. Si no eres capaz de prescindir del móvil, por ejemplo, ni te molestes. Tampoco es conveniente llevar un cigarrillo encendido; de hecho, es deplorable: aparte de que el herbazal está seco y puedes organizar una chamusquina de órdago, el sabor acre del tabaco atora las papilas gustativas que perciben los sonidos más tenues del entorno. No conviene, ni mucho menos, llevar en la mano  una lata de cerveza o de refresco cocacolero: la gente acostumbra a tirarlas en mitad del monte y eso perjudica gravemente el equilibrio que la naturaleza va tejiendo con tanta paciencia. Eso sin contar que en mitad del bosque, las músicas enlatadas, colillas chuperreteadas, envases de cualquier tipo, son una auténtica guarrería; son como una tos de bronquítico rompiendo la armonía del paisaje sonoro. Si, de verdad, quieres oír el vuelo de una mariposa, olvida esas costumbres de urbanita. Si no, en Rascafría (donde pasamos el verano) hay muchas terrazas donde puedes hablar fuerte, chupar caladas de nicotina y beberte buenas birras. Si, además, eres de esos que van en coche a comprar el pan a cien metros de casa, olvida estas recomendaciones para  oír el aleteo de las mariposas y pasa de largo.

El vuelo de una mariposa, a veces tan errático e imprevisible, es, aunque cueste creerlo, la anotación un tanto alocada en un pentagrama dibujado al azar en un girón de aire, en un instante dado. Con sus idas y venidas, sus bruscos cambios de dirección, su reposo momentáneo sobre una flor u otra (puede ir de una milenrama a un gordolobo, pasando antes - vaya usted a saber el porqué del capricho - por una mata de malvas para saltar a una mejorana). Pero siempre emite una sucesión de sonidos que el caminante debe interpretar. Es como los tacet que John Carge introdujo en su 4’33’’. El ala silenciosa de la mariposa atrapa, con su batir, los sonidos del entorno dibujando un paisaje cuya sonoridad nunca hubiese percibido el oído humano si no fuese porque el aleteo, tan tenue, reuniera el murmullo grave de las hojas escotadas del roble con ese zumbido imperceptible del aire atravesando las hojas de los pinos.

Puede el improbable lector creerlo, tal como se lo estoy contando. Fue el otro día, bajando del Mirador del Robledo, al cruzar el bosque mixto de pinos y roble melojo, de camino a la Casa de la Madera y el Paular. Pero no es la única experiencia. También en el arroyo Aguilón, mientras descansaba sobre una piedra en la orilla, y miraba a un zapatero trepar con pequeños impulsos corriente arriba sobre la lámina de agua… El zapatero es un insecto hemíptero heteróptero, conocido por quienes saben de estas cosas como Gerris lacustris, que se desliza sobre unas almohadillas apicales en el extremo de sus patas, lo que le impide hundirse en el agua. Excurso que se hace aquí para que se vea lo complejas que pueden ser las criaturas minúsculas que el caminante se encuentra en su camino, a poco que se pare a observar el entorno.

Pues eso, estaba observando al zapatero dando enérgicos impulsos corriente arriba para mantenerse en el mismo lugar, cuando una mariposa limonera vino a revolotear por donde estábamos el hemíptero heteróptero de marras y  un servidor. Él empeñado en que no le arrastrara la corriente, y yo en observar sus golpes de remo para mantener el rumbo. Con el revoloteo de la cleopatra limonera, el arroyo empezó a cantar una melodía acuática formada por las notas que producían los pequeños saltos de agua como si se accionase un órgano hidráulico. El zapatero y yo pudimos distinguir – al menos, nos lo imaginamos – la melodía que cantaba un oboe entre los sauces de la orilla deslizándose sobre la superficie quebradiza del agua, la cual, en aquellos instantes, dejaba sonar una trompetería de gotas en cascada cayendo sobre una pequeña poza donde se desperezaba una trucha. Al poco, la limonera, tan volátil e imprevisible, voló aguas arriba, y el zapatero volvió a su empeño de no dejarse arrastrar aguas abajo. Roto el encanto, este jubilata se afianzó sobre sus botas camineras, requirió el bastón de asenderear caminos y siguió con sus ensoñaciones arroyo abajo.

Tal y como te lo cuento, improbable aunque siempre amigo lector.

martes, 9 de julio de 2019

Estival, 1.- Caminata por el robledal.-


…Bajo el ala aleve del leve abanico. (Era un aire suave, de pausados giros. De repente, Rubén Darío)

El sol ya ha despuntado. La brisa de primera hora despereza los caminos del robledal. El silencio de la noche pasada hace rato que se ha ido llenando de esos sonidos que, de tan habituales, el oído del caminante no los percibe. Son como los últimos bostezos del bosque antes de decidirse a agitar sus ramas y dejar que los rayos de sol atraviesen su celaje. La grava del camino suena con pequeños chasquidos bajo las botas. Un ritmo regular de pisadas al que sirve de contrapunto el golpeteo rítmico de la contera del bastón.  A lo lejos, un perro ladra inquieto. Sabe que los pasos pausados del caminante, no visto pero sí percibido, son una nota discordante en medio del robledo, como de alguien extraño a las criaturas que habitan el bosque. Ese espécimen concreto de hombre – El Hombre, ese Bípedo borracho de tecnología – se ha internado en el robledo, pisa con aplomo, golpea el suelo con su bastón y camina por los senderos como amo que se sabe respetado por las criaturas que pueblan el bosque.
Pero este hombre en  concreto, el setentón, de barba entrecana y nariz afilada, cabeza rasurada, andares como los de sus antepasados campesinos, y mirada que mira para sus adentros, observa a su alrededor: esos gamones que florecen; las cañaejas con sus mínimas flores amarillas, en torno a una esfera de radios perfectos; un espino albar escondido entre un grupo de robles; el rosal silvestre que exhibe sus flores blancas y de un malva claro, con sus sépalos barbados o no (duo erant barbati, sine barba duo…, que aprendió con los primeros latines); el diente de león con sus vilanos a punto de desperdigarse al menor soplo de brisa…, Ese hombre, inactivo laboral y jubilata vocacional – ambas cosas por fuerza de la edad – querría pararse en un claro del monte y decirle a sus habitantes: a los robles que enseñorean el lugar, a los fresnos de los cercados, a los chopos que hacen hileras, a todas las saucedas junto a las corrientes de agua, a los mostajos dispersos, a los majuelos…; pero también a los  endrinos que se pegan a las tapias de piedra, a las zarzas que lanzan sus zarzos buscando apoyos para colonizar espacios, a las yedras que ahogan árboles con sus abrazos…; y también a los cantuesos que alfombran, a los tomillos que aromatizan a cada pisada que das, a las matas de orégano que creen en los ribazos del camino, al poleo que perfuma algunos prados, incluso a la modesta menta de burro que crece al borde de algunos navazos… También querría hablarle al arrendajo, de plumas coloridas y voz de fumador impenitente; a los rabilargos en bandada y tan desconfiados ellos…; y a los confiados petirrojos, bolitas de plumas anaranjadas que salen al camino a contonearse ante el caminante; y al pinzón, y al carbonero y al gorrión en el alero. A todos ellos y a tantos y tantos habitantes pequeños que ve en torno pero no sabría nombrar, y a las lagartijas y a las culebras de escalera y las bastardas, incluso a las víboras (como aquella que el otro día picó a un niño y se lo tuvieron que llevar en el helicóptero), y a los escarabajos que llaman ciervos voladores, con su torpe vuelo y sus maxilares como enormes cuernos, como de toros inofensivos, y a las puñeteras moscas que vienen a sorberte el sudor del esfuerzo monte arriba, y a las mariposas de vuelo errático, y… 
En fin…, a todos ellos querría decirles el caminante que es uno de los suyos, que le consideren uno de los suyos. Que no le miren como a un extraño; que, cuando le vean errando por los senderos que abrieron las vacas en su mínima trashumancia entre el rodal de hierba donde rumian y el arroyo donde beben, es uno de tantos, es uno de ellos. Eso sí, calza botas de senderismo y lleva un móvil en el bolsillo (por si una urgencia), y una cámara de fotos, y un cuaderno con un boli (para no olvidar, que la memoria enflaquece con los años). Pero, si no fuera porque la edad limita y los prejuicios sociales atan tanto, al jubilata no le importaría haber sido un loco Cardenio con el que se tropezó don Quijote (ese caballero de la Triste Figura que hizo penitencia en la Peña Pobre por la simpar Dulcinea, en camisa (no muy limpia) y con las vergüenzas y las canillas al aire, dando zapatetas como de loco enamorado), un Cardenio en lo más fragoso del monte, saltando de peñasco en peñasco, durmiendo en el hueco de los árboles, con el juicio trastornado por los celos y rabiando por culpa de los desdenes de la hermosa Luscinda. Aunque, bien pensado, eso no, el jubilata no andaría por el bosque alborotando con sus despropósitos a sus habitantes, que tampoco tiene por qué. Disfruta de una pensión digna que le permite internarse en el robledal después de bien aseado y bien desayunado. Liberado de los duros afanes de la supervivencia, solo quiere andar por las sendas a su aire, sintiéndose parte del paisaje. No es mucho pedir.
A lo mejor, si el robledal, si sus criaturas se lo permitieran, el jubilata, a la vez que se internaba en el bosque, se iría desprendiendo del teléfono móvil, de la cámara de fotos, del boli, de la cartera con su DNI y su Visa…, de su condición de bípedo social. A lo mejor, a fuerza de practicar y con todo el verano por delante…

miércoles, 26 de junio de 2019

Divagaciones a propósito.-


La otra tarde, acosado de calores veraniegos, anduve paseando mi taedium vitae por las calles del barrio. Llevado de aquel humor tedioso, empecé a recordar lo que decía Baltasar Gracián al comienzo de la tercera parte de El Criticón, En el invierno de la vejez.

Pues decía, paciente lector que esto lees

Coño – pensará el quizá no tan paciente lector - Al jubilata le ha dado fuerte lo del tedium vite ese. 
Porque, francamente, hay que tener una vida tediosa por demás para ponerse a leer a aquel jesuita del S. XVII, con su coña moralizante y su verba retórica. Como todo escolar de mi generación sabe, se trata de un conceptista de pluma más barroca que una columna torsa con pámpanos y angelotes mofletudos y de minga menguada; un  autor del que ya no se acuerdan ni en las Facultades de Letras. Una rareza de ocioso, vamos.
  
Pues sí, responderé a quienquiera que, con paciencia, siga leyendo esto. Aunque, puede que ese quidam lector ni sea paciente, ni el taedium del jubilata le importe un carajo a la vela. Bastará con que muestre un mínimo interés.

Sea como fuere, insisto, querido aunque improbable lector: es lo que tiene tanto ocio disponible para las clases pasivas, que andamos sobrados de horas huecas. Nos pasamos la vida sin otro quehacer, sin más objeto que irlas viviendo con lo que vamos encontrando a mano para justificar nuestro estar en el mundo. Somos heidegerianos como otros hablan en prosa, sin saberlo

Y un servidor, sin ánimo de hacerse notar por sus extravagancias, llena esas horas de cascarón vacío con lecturas que le señalan como jubilata de gustos un tanto fuera de lo habitual. No es que lo haga a propósito. Es que, a un servidor estas cosas le vienen así, de su natural, como a piñón fijo, y por eso las lleva con paciencia.

Pues perdóneseme por la insistencia, pero Gracián decía en la tercera parte de su Criticón: En el invierno de la vejez; capítulo primero: Honores y horrores de Vejecia, que “No hay error sin autor ni necedad sin padrino”. Y este jubilata, antes que se lo echen en cara, acepta ser el padrino y autor de todas y cada una de sus necedades escritas, dichas e incluso las pensadas para su coleto. Lo cual le excusa de apadrinar las torpezas ajenas, pues con las suyas va servido.

Y es que hay que entenderlo, la gran preocupación de los senectos es el tiempo acumulado a sus espaldas, que tiene esa doble y opuesta condición de pesantez y de evanescencia: De pesantez porque el tiempo que fue ya vivido nos pesa en las artrosis articulares, en las goteras de la salud, en la memoria de lo que no pudimos ser y en la dudosa utilidad de la experiencia acumulada; De evanescencia porque el tiempo vivido no es un patrimonio que se pueda atesorar en la caja fuerte de un banco. Es pura liviandad, es un flujo que cabe en un puñado de la mano. Es algo que pasó in ictu oculi, ya que nos hemos puesto tan barrocos.

Y no es lo malo el tiempo ya pasado, sino su inutilidad. Pongamos un servidor, sin ir más lejos. Lo de ponerse uno a sí mismo como ejemplo no es por vanidad – ya se ha dicho más arriba – sino porque es lo que mejor conoce por experiencia directa. Pues bien, un servidor ha sido funcionario durante años, tiempo y tiempo dedicado a seguir las pautas del procedimiento administrativo. ¿Hay tiempo más sinsustancia, más sin utilidad que el empleado en mover, trienio tras trienio, rimeros de papel timbrado…? Y así toda una vida laboral…

Pues, sí – qué coños, piensa el jubilata –, lo hay. Hay un tiempo más sin sustancia, y más pernicioso aún: El ser – digamos que por un suponer – político palmero en la clá de un parlamento autonómico; y eso por la soldada y la sumisión al partido. Pero esa vulgaridad nos aparta del pensamiento de Gracián,  oportet ne rectam viam discedamus.

Es lo que Gracián llama “la cueva de la nada”, donde se precipitan todas las acciones humanas que transcurren sin gloria y sin provecho. “Tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva”, donde desaparecen aquellos que fueron nada, obraron nada y así vinieron a parar en nada. O sea, la mayoría de todos nosotros. Solo que a esa cuerva de la nada nadie nos empuja: entramos por nuestro pie y pulsando las teclas virtuales de un Smartphone.

Pues ese, lector paciente (si tu paciencia te ha traído hasta aquí), era el objeto de las divagaciones de este jubilata mientras paseaba su taedium vitae por los calores veraniegos de su barrio: la futilidad de la vida, el consumo del tiempo vital sin más finalidad que vivir para consumar la vida, a la vez que consumimos ésta como una oferta de supermercado. 

Pero esas elucubraciones solo duraron un rato. De verdad. Hasta que se me ocurrió cambiar de acera, pasar a donde daba la sombra, y sentarme en una terraza, con una cerveza fresquita.

Y pensando aún en los largos años de jubilata en ejercicio, estuve de acuerdo con aquel personaje de Gracián a quien reprochaban una vida tan sin objeto. Decía: Señores, yo ya lo he probado todo y no hallo oficio ni empleo como no hacer nada. No se me da nada de no ser algo. 

Pudiera ser que, aún así, nos diera por pensar. En cuyo caso, se recomienda lo que aquél jovial personaje gracianesco recomendaba a uno que le pedía consejo para disfrutar una larga vida: Cena poco, usa el foco, in testa capelo è poqui pensieri en el cervelo. ¡Oh la bella cosa!

Sobre todo, poqui pensieri...

Y, si acaso nuestro jesuita aún insistiese con su retórica argumentación: Pudiendo ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la torpeza? Le responderíamos tal  como se definió Pío Baroja en sus memorias de Juventud, egolatría: Yo también soy un puerco de la piara de Epicuro.

Epicuri de grege porcum, que dijo Horacio. Un cutico, como decimos en Navarra, pero culturera.

martes, 11 de junio de 2019

Jubilata en Egipto.-


En 1978 la santa y un servidor fuimos a conocer Egipto. 41 años después, este jubilata ha vuelto allí. La santa no, que, por razones que no vienen al caso, se ha quedado en casa cuidando el hato.

En aquel entonces comenzábamos a viajar y el mundo era un universo por descubrir. Egipto era un sueño al que todo buen viajero debía peregrinar al menos una vez en la vida. Cumplido aquel sueño, nos prometimos volver.

El sueño del regreso se ha realizado a medias, no solo porque uno de nosotros no ha podido ir, sino porque los sueños son efímeros, hechos de una materia tan sutil y evanescente como la ilusión. Porque la ilusión, ya se sabe, tiene la inconsistencia nebulosa de esos amores que reprochaba Catulo a su Lesbia, tan infiel como amada: In vento et rápida oportet scribere aqua: hay que escribirlo en el viento y en el rápido curso de las aguas.

El Egipto recordado de ayer no es el Egipto recorrido hoy. No se debe a que Egipto haya cambiado; ni tampoco sus tumbas, templos, pirámides, sus viejos dioses. Ha cambiado la percepción que va del recuerdo al presente. Han cambiado los ojos que miran y ha cambiado su mirar de ayer a hoy. 
¡Son más de cuarenta años, coño!, se dice el viajero.

Por eso, el viajero reincidente, que pretendía ver en el Egipto de hoy aquél que se trajo grabado en la piel de la memoria, allá en su juventud, ha de olvidar pasadas añoranzas y enfrentarse a la realidad del Egipto actual que uno visita, no al que había recordado durante decenios. 

Una realidad tan sólida e inmutable como esa pirámide de Keops, con sus 2.300.000 bloques de piedra cúbica. Una realidad tan viva como su población, unos 107 millones de personas, viviendo sobre el 7% del territorio, las únicas tierras fértiles; tierras hasta donde llegan los canales de irrigación del Nilo y las aguas subterráneas de su delta.

Egipto, si se observa sobre un mapa, es una pequeña franja de verdor a lo largo del Nilo que se extiende desde la presa de Aswan hasta El Cairo. Tomando la presa de Aswan como referencia, navegando hacia el sur, el lago Nasser es un mar interior de 350 kilómetros de longitud, que puede embalsar 6 mil millones de metros cúbicos de agua. Su capacidad es de unos 150 kilómetros cúbicos; algo así como 5 veces toda el agua embalsada en España. Fluyendo hacia el norte, a partir de El Cairo, el río se muestra generoso y su delta se abre en abanico hasta llegar al Mediterráneo, entre Alejandría y Damietta.

Y si el viajero viaja con el mapa desplegado, costumbre útil para saber dónde se está y adónde se dirige, observará que el curso del río está tachonado de antiguos templos faraónicos. Desde Abú Simbel, el más próximo a la frontera con Sudán, hasta el Mediterráneo con la fuerte influencia greco-romana. 


Templos que el viajero va recorriendo como en peregrinación, paseando sus salas hipóstilas, observando sus bajorrelieves, intentando comprender la teogonía de sus dioses, sus parentescos y sus rencillas familiares. Que no solo los dioses griegos y romanos eran de vida poco ejemplar, sino que los egipcios, tan hieráticos, también se traían sus líos de familia.

Quizás por eso, en el templo de Abydos fuimos a visitar el Osireion, templo subterráneo donde, según la tradición religiosa, estaba enterrada la cabeza de Osiris. Osiris, junto con Isis y Horus, forman la triada de la religión egipcia y, con ser el dios de la vegetación, la fertilidad y la vida, no se libró de la malquerencia de su hermano Seth, quien le dio pasaporte y despedazó su cuerpo en 13 trozos (42 dicen otros) que los dispersó por todo Egipto. Su esposa y hermana Isis reunió amorosamente los pedazos, a excepción del miembro viril que fue devorado por un pájaro en el lago de Menzaleh, cerca de Port Said por más señas. 

La amante esposa yació sobre el dios, digamos que recosido, y concibió a Orus. Los teólogos egipcios nunca explicaron cómo fuera posible la coyunda, habida cuenta que faltaba la pieza fundamental, pero el viajero jamás se hace tal pregunta, aparte que los dioses tienen sus propios recursos, cuya comprensión no alcanza la mente humana.

En el templo de Dendera, templo ptolomeico dedicado a la diosa del amor y la alegría, Athor, el viajero descubrirá la existencia de una antigua deidad, madre de todos los dioses y reina de los cielos. Se trata de Nut, que representa al ciclo solar, y por ello, el ciclo de la vida. Suele ser representada en la bóveda del templo, símbolo de la bóveda celeste, toda ella tachonada de estrellas. 

Tiene forma alargada y arqueada por sus extremos, como si estuviera a cuatro patas (si se permite la vulgaridad), como insinuando un movimiento cíclico, de forma que se traga el sol cada atardecer y éste nace de su matriz cada amanecer. Es diosa que se ganó inmediatamente las simpatías de este jubilata, quien de madrugada salía al balcón a saludar a esta deidad que nos regalaba un sol nuevo cada día.

Pero el ciclo de la vida es complejo en la religión egipcia. Lo mismo está encomendado a una diosa celeste, como Nut, que a un modesto escarabajo pelotero, el scarabaeus sacer. Este escarabajo, empujando su pelotita de estiércol, representa el sol naciente que resucita cada día y también la transformación de la existencia. 

El viajero podrá verlo en las tumbas del Valle de los Reyes y en las inscripciones de las salas hipóstilas y en las ingentes columnas que soportan los arquitrabes de los templos. Este jubilata, que ha vuelto de su viaje con un cierto sentimiento panteísta, a falta de las viejas ilusiones desvanecidas, se ha traído un escarabeo labrado en basalto que corretea por las estanterías de su biblioteca haciendo pelotitas con las briznas del saber que se desprenden del papel impreso.

Pero de eso, quizás, y de las hermosas puestas de sol, y del bullicio nocturno, cuando se rompe el ayuno del Ramadán, hablaremos otro día.  Dii iuvantes.

viernes, 3 de mayo de 2019

Panorama desde la terraza.-



-El problema de España – me dijo mi vecino el depre tres días antes del intento de suicidio – está en la mala fe de sus políticos. 

La última campaña electoral, con sus garrotazos dialécticos al estilo de la pintura goyesca, con las piernas atoradas en el barrizal del insulto y la descalificación, le habían traído por la calle de la amargura.

Y es que los entresijos de la política son alimento habitual de su decaimiento anímico y por eso los cultiva con morosidad y constancia. Siempre que me lo encuentro en el parque, siempre, es motivo de conversación y lamento. Porque, la verdad sea dicha, mi vecino el depre necesita de los políticos, cuanto más odiosos, mejor, como el drogata necesita del caballo: cuanto más cortado con mierda, más le pone.

Por eso, su habitual pesimismo respecto a la clase política en particular y al género humano en general, no hacía prever el casi fatal desenlace. Es el suyo un pesimismo estándar que palía con los cócteles de antidepresivos que le prepara su mujer y las largas paseatas por el parque del Calero. “Camine mucho”, es la consigna. “Piense poco”, es la regla de oro de su psicólogo personal, el cual viene a ser como el coaching que entrena las neuras de mi vecino. La verdad, nada hacía prever esa ventolera que le dio por tirarse de lo alto de la terraza.

-Usted que suele hablar en latín con él – me dijo el comisario que llevaba las negociaciones con el pre suicida– acérquese pausadamente. Háblele con familiaridad y sin levantar la voz. Convénzale para que se baje del pretil y no haga más el gilipollas.

Por lo visto, alguien le había comentado al policía nuestra manía de hablar en latín coloquial durante nuestros encuentros fugaces en el parque. Por eso debió pensar que dos tipos tan raros, seguro se entenderían bien. 

-Ni latín, ni latón – dijo el presidente de la comunidad de vecinos – Un par de hostias bien dadas…

Mi vecino el depre, en un descuido de su mujer, había cogido las llaves de la terraza, había subido, se había encaramado al pretil y juraba que se iba a tirar al patio: cinco alturas que garantizaban un despachurramiento contra el suelo, con informe de forense y orden de levantamiento de cadáver por parte del juez. Una primicia para el pesebre mediático, que esos días andaba escaso de asuntos, pasadas ya las deyecciones noticiables de la última campaña.

A cuatro voces que pegó en plan histérico: “Me tiro, joder, que me tiro”, haciendo ademán de dejarse caer al vacío, la terraza de nuestra finca y las colindantes se llenaron de vecinos y curiosos. Docenas de móviles haciendo selfis con el suicida al fondo, encaramado en el antepecho. El depre en equilibrio inestable sobre la balaustrada; media comisaría del distrito haciendo barrera entre el suicidante y el personal curioseante. En la calle, dos o tres ambulancias del Samur, varios vehículos del 112, un camión de bomberos con escala, coches de policía destellando en azules, jubilados, parados de larga duración, ociosos en general y paseantes ocasionales haciendo tapón en la calzada, coches dando bocinazos, conductores cabreados (“Que se tire de una vez el mamón ese”).

- Por lo que más quieras – le decía al depre su mujer, con lágrimas en los ojos y desgarro en el ademán, mientras éste hacía equilibrios sobre el pretil – Por lo que más quieras…

-Que le hable en latín, coño – me insistió el comisario – a ver si tenemos la fiesta en paz con ese pirao.

Yo, la verdad, desde que soy jubilata he perdido todo protagonismo, así que me sentía como el relator ese que quería ponerle Sánchez al Torra para hablar de independencia sí o no. Orgulloso de mi papel sí me sentía, aunque todas las miradas se las llevaba mi vecino, haciendo equilibrios sobre el murete de la terraza.

- Cave, amice, noli cadere – le dije, avanzando dos pasos.

- Siste! – replicó – Vade retro! Noli progredere! Que me tiro, ¿eh? Mira que me tiro. O me miserum, mala merces insania, sed ómnium pessimum malum solitudo…

- Venga, Fulano – le repliqué – ¿No ves que ni dios te entiende?

Y así seguimos un rato. A veces en latín culinario, a veces en buen castellano. El caso era, según insistía el comisario por lo bajinis, que le diera largas, a ver si entraba en razón y se apeaba del murete.

Y mientras, la mujer, con cara de susto: Por lo que más quieras, Fulano… Por lo que más quieras…

Tras un buen rato pensándoselo, mi vecino el depre dudó si abandonaría la vena clásica, puesto que la masa de curiosos solo entendía la prosa corriente y se le escapaban las sutilezas de la verba latina. Incapaz de decidir entre el romántico “Adiós, mundo cruel”, en plan Don Álvaro o la fuerza del Sino, y el histriónico “Qualis artifex pereo” neroniano, la verdad es que perdió mucho de su vis dramática. Y yo me di cuenta. Y él se dio cuenta de que yo me había dado cuenta. Falto de espectacularidad y dramatismo, no era plan suicidarse.

Se irguió sobre el pretil, miró al fondo del patio, que quedaba muy, muy abajo, hizo ademán de tomar impulso, se oyó un ¡Ohhh! colectivo – a medio camino entre la expectación y el horror – y el ya ex suicida se lanzó del murete. Pero no hacia las fauces del patio, sino al terrazo de la terraza. Se oyó un ¡¡Ahhhh!! de alivio.

-Ya lo decía yo: ni latines, ni leches – gruñó el presidente de la comunidad – Un par de hostias a este imbécil y cada uno a su casa.

Los presentes empezaron a felicitarme y a darme palmaditas. Todos querían hacerse selfis conmigo. Todo el mundo me miraba con simpatía, excepto la mujer del depre, en quien sorprendí una mirada como de resquemor. Y me pareció raro, ya que, desde hacía tiempo, ella me ponía ojitos amorosos. Se ve que ya se había hecho al papel de viuda consolable, y yo le había chafado la oportunidad. Debió ser por eso lo de la mirada de través…

Todo ha vuelto a la normalidad en la escalera. Mi vecino el depre se da largas paseatas por el Calero, se toma sus cócteles de antidepresivos, sufre estupendamente con los debates políticos de la Sexta, execra a TV13 y sus tertulianos, y, de vez en cuando, cuando yo bajo al DIA, echamos unas parrafadas y hablamos sobre lo mal que va el país. Y su mujer, definitivamente, tiene una mirada de reproche cada vez que ella y yo coincidimos en el ascensor.

Pero a mi santa no le he dicho nada de todo esto. Para una vez que tiene un héroe en casa...