sábado, 13 de septiembre de 2014

El teatro del mundo.-

El improbable lector perdonará por este título tan barroco que me ha salido, pero a uno le viene a las mientes la carreta de las Cortes de la muerte, guiada por un diablo, con la que se tropezó don Quijote. Iban en ella un ángel, un emperador, un cupido, una dama y un caballero, entre otros personajes, y todos ellos – ya nos lo dejó advertido don Pedro Calderón de la Barca – representaban el gran teatro del mundo. Figurantes que, terminada la función, dejan de interpretar sus papeles. Se despojan de sus ropajes, de forma que ya no hay distinción entre el príncipe de la Iglesia y el criado, el diablo y el rey, quedando todos ellos en simples mortales. El simbolismo quedaba claro: la muerte a todos nos iguala una vez acabada la comedia de la vida.

Durante esta última semana, en la comedia de la vida que nos hacen vivir de figurantes, este jubilata se ha encontrado con dos personajes de quienes no sospechaba que tuviesen corazón: el gran banquero (con nombre de pillaje) de este país que podemos llamar Expaña, que sí lo tenía – corazón, digo – porque un infarto le fundió los plomos, y el emperador Calígula. Del primero no hay más que hablar, ya se ha encargado de su panegírico la Prensa sumisa; y en cuanto al segundo, aquí se habla del que nos legó Albert Camus.

Del programa de la obra.
Ese Calígula, no atrabiliario, como nos cuenta Suetonio en su Vida de los doce Césares, sino cuerdo hasta la crueldad como método. Un Calígula que quiere llevar la lógica hasta sus últimas consecuencias, por encima de la vida y del sufrimiento humano. 

Si, según le exigen sus consejeros aúlicos, el erario público, la buena marcha del sistema económico, están por encima de los propios sentimientos de un emperador, entonces, incluso la vida ha de quedar supeditada a este supremo fin. Así lo entendió Calígula. El ser humano tiene una importancia secundaria; sus sentimientos, sus emociones, su vida toda, tienen un valor escaso y pueden sacrificarse en interés de un sistema que exige todo tipo de sacrificio para su perfecto funcionamiento.

Conocida la premisa – la economía es el supremo bien – no hay límites morales, políticos, de justicia, de humanidad, que impidan sacar la conclusión que la vida, la compasión, el sufrimiento, se pueden violentar hasta la aniquilación.

Pero el banquero nuestro y el emperador romano no se parecen tanto como podría pensarse. El primero tenía una víscera cordial que se le fundió de tanto acumular pasta y poder; el segundo – al menos, el personaje de Camus – tenía un corazón atormentado, era de una sensibilidad enfermiza, y no estaba interesado en el vulgar dinero, sino en ejercer el poder hasta sus últimas consecuencias: su propia muerte, al comprender lo inalcanzable de sus sueños. El primero se conformaba con ser el Master number One de las finanzas y no contaba con morirse; el segundo buscaba una muerte desmesurada y pasar a la Historia. Calígula muere gritando ¡A la Historia, Calígula, a la Historia!, mientras que de nuestro gran banquero sólo nos queda la libreta de ahorros que cada cual tiene en un cajón de la mesilla de noche.

Vulgar destino el de estos tiempos en los que la mezquindad de los poderosos sacrifica la humanidad al logro económico, faltos de un Calígula desmesurado y clarividente, sacrificado por sus propias víctimas, que sólo aspiraba a un imposible.

Aunque no se trata más que de un juego en el escenario de la vida, por esta vez, este jubilata se ha puesto trascendente. Es que leer a Camus o ver su teatro te hace preguntar por el sentido de la vida y de la sociedad que vivimos, aunque solo sea un ratito. Metafísico estás, le decía Babieca a Rocinante; Es que no como, le contestaba éste en aquel soneto de Cervantes. Y es verdad, tampoco nosotros no comemos más que ideología elaborada, digerida y envasada en las cocinas del pensamiento único, y estamos ayunos de ideas que tengan sustancia.

Claro que siempre nos quedará la venganza poética, y podremos acabar como Calígula, gritando (en francés, que queda más patético): Je suis encore vivant!

Pero, coño, qué se habrán creído.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El jubilata como activo tóxico.-

Estos días pasados andaba un servidor leyendo un artículo de Le Monde diplomatique  (nº 725, Agosto 2014) que lleva por título Devenez actionnaire… d´un individu (Conviértase en accionista… de un individuo). La idea que se propone es utilizar al ser humano como inversión capitalista. Y, según parece, la cosa funciona.

Dicho de forma elemental por quien ignora the technical economist´s angliparla, además de no tener muy claro el funcionamiento de la mentalidad neocapitalista, se trata de lo siguiente: Un individuo se contrata como si fuese una inversión en capital humano y pone a la venta acciones sobre sus ganancias futuras entre varios inversores. Éstos le adelantan una determinada cantidad de dinero (varios miles de euros, o dólares) con los que el tipo hace estudios en una universidad de prestigio, o bien se coloca como directivo en una gran empresa, o monta su propio negocio lucrativo. Durante los siguientes 10 años, o los que se acuerde en el contrato de inversión, el tipo entregará el dinero equivalente al 7% (o lo que se estipule) de sus ingresos líquidos como dividendos a los accionistas.

Con ese fin, existen en América compañías como Upstat, Pave o Lumni, donde se pueden firmar estos contratos de capital humano.  Por supuesto, de partida se exige disponer de un buen currículo o presentar unos proyectos atractivos que ofrezcan la suficiente garantía a juicio de los expertos financieros. Así, la fuerza de trabajo pasa de ser una mercancía (caso de un contrato laboral corrientito) a ser producto financiero, transformable en múltiples títulos de propiedad con los que se puede especular.

Según parece, es un negocio bastante corriente en el mundo del fútbol. Un club hace un contrato millonario a una lumbrera del balompié y, para no arriesgar todo su capital, vende acciones de ese fichaje a un fondo buitre. Cuando el futbolista sea revendido a un nuevo club, los especuladores que hicieron la inversión ganarán una plusvalía con la reventa del contrato. Tiene la ventaja de que, siendo una e indivisa la gallina de los goles de oro, su valor de mercado puede dividirse en títulos y éstos ser dispersados entre distintos fondos especulativos.

Dándole vueltas al asunto, este jubilata había pensado en convertirse en capital humano fraccionable en títulos financieros, de forma que, con el capital inicial entregado por los inversores, pudiese mejorar su mediocre nivel de vida. A cambio, aceptaría el compromiso de pagarles el 3% de la pensión hasta el finiquito por defunción. Pero para lograrlo, es fundamental algo de ingeniería financiera que escapa a mis conocimientos de vulgar jubilado.

Lo ideal sería fraccionar estos títulos y mezclarlos, pongamos por caso, con los de un futbolista de postín; tal como hicieron con las hedge funds los especuladores de Wall Street al mezclar hipotecas incobrables con productos financieros sólidos.  Así disfrazados, sería suficiente con que agencias de calificación tipo Standard and Poor’s o Moodys le diesen una valoración AAA+. Seguro que los especuladores a corto me los quitarían de las manos. 

El riesgo que se corre es que, con tanto jubilata a dos velas como hay por el mundo, muchos decidiesen hacer lo mismo que yo tengo pensado. Entonces nos encontraríamos ante un caso – bien conocido tras la última crisis financiera – de productos financieros tóxicos; o, como se les ha dado en llamar, bonos basura. La falta de liquidez llevaría a una nueva crisis económica en la que los bancos de inversión quedarían descapitalizados, ahogándose en el albañal de sus mefíticas subprimes.

Aunque, bien pensado, tampoco es tanto riesgo, y, el negocio, sustancioso. Un jubilata espabilado puede hacerse una pasta con eso de la titulización si coloca, digamos, diez mil títulos a quince euros la unidad. Si, como consecuencia, los activos tóxicos jubilatas ponen en riesgo los fondos especulativos bancarios, no importa. Siempre habrá gobernantes majaderos que saldrán al rescate, inyectando unos miles de milloncejos de euros para que el sistema bancario no pete. 

De verdad, me lo estoy pensando…

domingo, 31 de agosto de 2014

"Pedía para comer".-

Ponerse estupendo y decir que “pedía para comer” es una forma verbal del imperfecto de indicativo, primera o tercera persona del singular, según, es mear fuera del tiesto. Sobre todo, si la frase se la oyes a un indigente mientras viajas en un bus de la Línea 146.

Imagínese el improbable lector que este jubilata, sin haber hecho la descompresión tras varias semanas de vacaciones serranas, viajaba en el 146 cuando un individuo de aspecto un tanto desastrado y gesto más bien humilde, le mira y le dice en voz bajita y como temiendo molestar: Pedía para comer… Lo inmediato que se me ocurrió pensar fue: Por favor, use mejor el presente de indicativo. Puesto que ahora mismo esta pidiendo… Pero era pasarse de listo ¿A quién cojonia le importa el uso correcto de los tiempos verbales cuando se pasa hambre? Lo que importa es ir sacando un dinerillo con el que sobrevivir. Con que el mensaje quede claro, ya vale; y claro sí estaba el mensaje: el hombre, en ese momento, estaba pidiendo una ayuda para poder comer, y lo entendí perfectamente.

Al cabo de un minuto, se dirigió a una muchacha suramericana que estaba un poco a mi izquierda, y le dijo bajito: Pedía para comer… La chica se sintió violenta, como si todo el mundo estuviese pendiente de ella a ver qué hacía; giró la cabeza para otro lado e hizo como si no le hubiera oído. Pasó otro ratito y, esta vez, el pobre se dirigió a una  joven que estaba teléfono en mano: Pedía para comer… La chavala metió la nariz en su wassapp ese, aparentando tener fija toda su atención en la maquinita de los mensajes. El pobre no existía. Quizás, si éste le hubiese “wasapeado” el mensaje, hubiese obtenido contestación. Desde lejos, claro está.

Llegué a casa y le conté el incidente a mi santa. Ella me reconvino: “haberle dado un euro”. Yo le había dado veinte céntimos. ¡Casi nada, darle un euro a un pobre! La mi santa, a veces, es que se pasa tres pueblos. Más de cien mil millones de euros hemos puesto los españolitos sobre la mesa, sin pestañear, para remendar el roto económico que ha causado la estafa bancaria. Pero, ¿un euro a un pobre? Eso son palabras mayores, joder: ¡Para que luego se lo gaste en vicios! Está mejor aceptado socialmente rescatar un banco hundido por la codicia de los banqueros  que soltarle un euro de vellón a un indigente.

En esta bitácora, alguna otra vez ya se ha hablado de los pobres de pedir que abundan por nuestras calles y, aunque sea recurso de mal escribidor citarse a sí mismo, no puedo dejar de hacerlo. Y no porque un servidor vaya por la vida restañando hambrunas ajenas, sino porque la injusticia va más allá de la carpanta de esos desheredados del sistema. Otras veces ya lo he dicho, y lo repito de nuevo: los ignoramos.

Porque la mayor injusticia que todos practicamos es la de ignorar su existencia. La pobreza conviene que sea invisible, así que todos nos atenemos a este principio tranquilizador: Si no la ves, la pobreza no existe. Así que no mires. Además, si te pilla cerca, puede ser hasta contagiosa, como la sarna o los piojos. Los pobres huelen a exclusión social y la exclusión social es la mayor desgracia que puede sobrevenirle a cualquier ciudadano del montón que un día se queda sin trabajo, y los banqueros, los jueces y la policía se confabulan para echarle de su casa, mientras los biempensantes amachambrados en el sistema se indignan porque los chavistas-castristas-antisistema radicales de Podemos han sacado un puñadito de eurodiputados.

Los pobres callejeros, aunque parezca raro, son tan ciudadanos y sujeto de derecho como  nosotros, aunque les huela la ropa a cochambre y el aliento a vino del tío de la bota. Lo menos que uno puede hacer, si le dirigen la palabra para pedirle unas monedas, es mirarles de frente a la hora de decirles “No” y verles la cara que ponen de “Si yo ya lo sabía…” Seguirán sin comer aquel día, pero tú serás consciente de que el pobre existe y de que es mucho más barato que un empresario: el pobre de pedir se alimenta del aire y no de los recortes sociales.

Un servidor tuvo una breve conversación con el indigente de “Pedía para comer” y, como además le había dado 20 céntimos, tranquilizó su conciencia pequeñoburguesa (concepto y palabreja en desuso), y por eso lo cuenta. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Crónicas serranas, IV: Cochambre y medio ambiente.-

Peñalara visto desde las Presillas.
Los humanos somos la única especie predadora del planeta que hace daño en su entorno sin una causa ni necesaria, ni aparente, ni comprensible. Con más frecuencia de la deseada, este jubilata encuentra por los caminos del monte desechos urbanos, puras excrecencias de la sociedad de consumo, arrojadas por algún congénere para el que la naturaleza es un gran depósito de residuos, un vertedero incontrolado que se traga no importa qué desperdicios.


Dentro de los parajes del Parque Natural que un servidor pueda conocer, uno de los lugares más castigados por las hordas - ¿o habrá que decir: piaras? – de urbanitas portadores de detritus es el camino que lleva a la cascada del Purgatorio. Ésta está  en el  Aguilón, tributario del río Lozoya; nace este arroyo  por los altos de la Morcuera, se encaja entre paredes rocosas  y da origen a varias chorreras de una belleza singular. Para su desgracia y la de los amantes de la naturaleza, su cascada del Purgatorio se ha popularizado tanto entre la masa urbanícola que, cada fin de semana, desde las Presillas, es visitada por docenas y docenas de gente en busca de un espectáculo en plan tele, una curiosidad que no puede dejarse de ver ya que está tan cerca. El camino, desde la pasarela a la cascada, está totalmente degradado y polvoriento, erosionado por miles de pies que por allí han pasado en los últimos años, con raíces de árboles al aire porque falta la cobertura vegetal que las protegía.

El primer sábado de agosto, tempranito, antes de que el rosario de procesionarias humanas se pusiera en marcha para invadir aquellos parajes, un servidor estaba ya en la plataforma que da vistas a la cascada. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que gran parte de la plataforma estaba cubierta por residuos desparramados: bolsas, envases de bebidas, latas de refrescos, platos y cubiertos de plástico, restos de comida, todo ello esparcido sobre el suelo de tablones y, parte, sobre el propio lecho del arroyo.

Cinco minutos duró mi visita al lugar, los suficientes para hacer varias fotos testimoniales y regresar, asqueado, hasta la pasarela: allí donde se juntan los dos caminos, y suele sestear una vacada. Por lo menos, pude disfrutar de un paraje bucólico entre prados, aunque agostados, y bosque de rebollos.


Huyendo de los caminos habituales, por no encontrar a los grupos de gente que ya empezaban a menudear, me eché hasta la orilla del arroyo y bajé disfrutando de parajes que conservan su sabor natural. Mientras me ocultaba por aquellos vericuetos de la vista de mis congéneres, iba pensando que tendría que llamar a Medio Ambiente para ver si hacían limpieza del lugar y, de paso, reparaban la valla de madera que está medio desprendida.


Dependencias del parque natural, junto al puente del Perdón
Denunciar esta agresión al medio ambiente y pedir que se hiciera limpieza  fue tarea que me ha tenido un par de días yendo de Caifás a Pilatos. En el ayuntamiento de Rascafría, el funcionario de Atención al Ciudadano al que se lo conté  -  por hablar en términos taurinos -  hizo una faena de aliño, me dio información equivocada y me remitió al centro de acogida de visitantes del parque natural, junto al puente del Perdón. Dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para encontrarme el lugar cerrado porque los lunes y martes no funciona.

Menos mal que en el centro de acogida de visitantes Puente del Perdón me atendieron con amabilidad, les mostré las fotos y me dieron un correo electrónico donde manifestar el desaguisado que había visto. No sé qué podrán hacer respecto a la limpieza del lugar, ya que hay que desplazarse kilómetro y medio caminando desde la pasarela donde sí puede llegar un todo-terreno, llevando a mano los utensilios de limpieza y trayendo la basura.

Pero no es un caso único el de esa falta de respeto por el medio ambiente. El parque natural es un reclamo para cualquier tipo de evento que tenga un cariz más o menos deportivo. Es ocasión para congregar a centenares de personas y montar infraestructuras que, luego, no se desmontan con el mismo cuidado con que se hicieron. Como pequeño ejemplo, ahí queda la foto de dos carteles en el suelo de una prueba deportiva que ningún organizador se molestó en mandar recoger una vez terminada.


Cuando el arroyo es un albañal
O, muestra de la barbarie más absurda, lo ocurrido en Rascafría el pasado 6 de julio, durante la prueba deportivo-solidaria Oxfam Intermon Traiwalker. En la calle Ibáñez Marín, calle de tierra a espaldas del ayuntamiento, muy utilizada por los dueños de perros como defecatorio canino, la organización puso tres retretes químicos. Como la prueba duraba día y medio, por amenizar la noche, montaron un escenario desde el que estuvieron agrediéndonos con ruidos supuestamente musicales hasta las cuatro de la madrugada. 

Ya tenemos experiencia de otras veces: músicas a todo decibelio y alcohol sin control. Como consecuencia, embrutecimiento de algunos especímenes humanos que, esta vez, hicieron exhibición de su irracionalidad arrojando uno de los retretes al Artiñuelo. Al sufrido arroyo fueron a parar los productos químicos que contenía su depósito, junto con el enjuague de orines y heces humanas. Menos mal que el responsable del evento hizo caso de mi advertencia y sacaron la cabina del lecho del arroyo a media mañana.
Divertido ¿A que sí?


Excuso decirle al improbable lector la pobre impresión que este jubilata saca de sus conciudadanos cuando, en las calles del pueblo, en el arroyo que lo cruza, por los caminos, al borde de la carretera del valle, por las pistas entre pinares, va encontrando envoltorios de plástico de todo tipo que los desaprensivos arrojan en plena naturaleza. Ya se lo dijo a nuestra casera una abuela que con dos nietos estaban tirando las cáscaras de pipas al suelo, sentados cerca de una papelera: “Para eso está el ayuntamiento, para que limpie”. Se ve que ensuciar lugares públicos y la propia naturaleza cumple una función social: crear plazas de barrendero.

Cuando me lo contaron, pensaba: ¿No sería mejor formar educadores que enseñasen civismo y  a respetar el medio ambiente? A lo mejor, con este convencimiento, tendríamos menos necesidad de basureros y en su lugar podríamos tener maestros que eduquen bestezuelas humanas y las conviertan en ciudadanos.
Mientras nuestra sociedad esté trufada de irresponsables consumidores, el civismo será nuestra asignatura pendiente. Pero, por favor, que el improbable lector no se preocupe demasiado, son cosas de un jubilata cascarrabias.

miércoles, 30 de julio de 2014

Crónicas serranas, III: Los tejos de la Cancha Redonda.-

Peñalara desde los pastizales de Alameda.
El improbable lector que no sea montañero avezado en los vericuetos Carpetanos no tiene por qué saberlo - ni falta que le hace, seguramente - pero este jubilata se lo cuenta porque lleva ya varias subidas hechas por caminos, por entre piornales y rosales silvestres, entre pinos silvestres y algún canchal que otro. Todo para admirar los hermosos tejos que crecen a lo largo de la cuenca de los arroyos que llaman de la Cancha y de la Redonda y su confluencia con el Artiñuelo en torno a los 1400  metros de altitud.

Son regatos bravíos que nacen allá por los 2000 metros, al pie del Reventón, bajan por los lugares que llaman los Canchos y la Redonda (a veces los topónimos no andan sobrados de imaginación), para llegar, a saltos, como corzos huidizos, hasta  la pista que se tiende perezosa y zigzagueante a unos 1600 metros de altitud. Cruzan bajo ella, con prisas por perderse monte abajo, para unirse antes de tributar en el Artiñuelo. 

Ambos ya Artiñuelo, éste se encaja en un vallejo crespo, cerrado entre roquedos por su margen izquierdo y rebollares en su derecho, para sosegarse en una vieja presa colmatada, cuyo muro resquebrajado rezuma las aguas que se filtran entre las capas de piedra y limo que el tiempo y  la erosión han ido depositando en el interior de su vaso.


Pero ahora no se trata del Artiñuelo, del que ya se ha hablado otras veces y se seguirá hablando cuando haya ocasión. Porque de éste quedan por ver, todavía, sus afloramientos de mármoles en altitudes que deben estar en torno a los 1800 metros. Un fenómeno geológico raro en estas sierras de rocas plutónicas, según los que saben de esto.

Tejo solitario.
Pero, ya digo, ahora se trata del arroyo gemelo de la Cancha Redonda, cuyo nombre sin aristas oculta lo bravío y esquinado de su curso; cuyas aguas saltan entre las piedras del cauce sin darse tregua, transcurriendo por lugares tan abruptos y sombríos que resulta muy difícil seguirlo, e incluso aproximarse a él. Y una vez que se llega, apenas entra la luz del sol, la vegetación es tan tupida y el silencio tan clamoroso que uno se siente como si estuviese profanando un santuario; último refugio donde se han ocultado los antiguos dioses de la naturaleza, sustituidos sus viejos templos por centros comerciales. 

Impresiona la soledad del lugar, la dureza del relieve, las sombras que envuelven aquellos parajes y, por encima de todo, el silencio. Un silencio hecho de rumores entre el ramaje, como si los árboles manifestaran su descontento por la presencia del intruso, y el arroyo dejase oír un murmullo irritado por culpa de ese bípedo que, con sus viejas botas montañeras dentro del cauce, se refresca los sudores a la vez que enturbia las aguas, hasta ese momento transparentes.


Y allí están los tejos. Dispersos, destacando con su negrura sobre los verdes oscuros del pinar, los brezales, piornos, cambrones y la vegetación de ribera. A un servidor el tejo siempre le ha parecido un árbol tímido, aunque, con ese aire fúnebre que tiene y la venenosa taxina que contienen sus hojas, pudiera parecer amenazador. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias; es que necesita soledad, bosques umbríos, escarpes rocosos en los que ocultarse. 

El tejo más joven.
Por eso, porque este jubilata sabe que el tejo ama la soledad y requiere para vivir de los claustros de las torrenteras, siente lástima por el milenario tejo de Valhondillo, en las estribaciones de Cabeza de Hierro. El pobre, con su cuerpo hueco y carcomido, soportando una vejez de 1500 años, se ha convertido en una atracción de feria a la que acuden curiosos por docenas cada fin de semana. Una triste vejez para un dios vegetal. Eso sin hablar de los pobres tejos topiados, asfaltícolas, presos en sus alcorques, que vemos en los parques de la ciudad.

Y, ya que hablamos de sendas de montaña, de arroyos bravos, cómo no recordar a Enrique de Mesa, nuestro poeta de guardia durante este verano de andanzas serraniegas:
Bronco torrente entre los canchos ruge,
Los pinos muertos rebramando salta,
Los piornales de la abrupta orilla
Besa su espuma.


El poeta nada dijo de los tejos agazapados en las torrenteras, por eso este jubilata quiere remediar el poético olvido, y lo hace a su modo. 
El improbable lector se hará cargo. 

viernes, 18 de julio de 2014

Crónicas serranas, II.- Caminos.

Peñalara desde las Arroturas de Rascafría.
Todas las mañanas, nada más levantarnos, la santa y un servidor acostumbramos a dar un paseo desde el pueblo hasta el monasterio de El Paular, ida y vuelta, por el bonito camino paralelo a la carretera y que transcurre, en parte, próximo al río.

En una pradería junto al Lozoya crecen enhiestos, a pesar de su vejez– sólidos, rugosos y casi eternos - un grupo de chopos centenarios que observan al caminante desde su solidez vegetal, a modo de gigantes cansados. Ya eran viejos y rugosos cuando, siendo niño hace casi sesenta años, pasaba cada mañana camino de las clases que, a un grupo de chavales del pueblo, nos daba el hermano José María en el Monasterio.

Desde entonces, este caminante ya ha navegado por muchos senderos y caminos de montaña; siempre buscando el silencio rumoroso de bosques y arroyos y la sensación de grandiosidad que transmite la naturaleza a quien se acerca a ella con pie quedo y ánimo abierto a la contemplación y al disfrute de los grandes espacios.

A veces, por los caminos anchos del  fondo del  valle, mientras se deja llevar por sus botas montañeras un poco al azar, este jubilata se olvida de que vive en la gran ciudad ruidosa, donde el tiempo no es más que un cúmulo de afanes por taponar los agujeros por donde se escapa la vida manchada de vulgaridad, y se entrega a sus ensoñaciones: 
Observar las dehesas donde pacen esas vacas serranas que rumian apacibles su propia existencia, ver corretear por entre las piedras de las tapias a las lagartijas mientras sueña que son minúsculos dinosaurios asustadizos, recordando aquella greguería de Ramón Gómez de la Serna: Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar a un tigre. Así, con la contera de su bastón, el caminante persigue, a modo de juego, a esos pequeños saurios que se esconden en las resquebrajaduras y, por un momento, se cree tan gigante como los antiguos chopos de la orilla del río, solo que sin raíces que lo aten a la tierra.
Camino de los Batanes

Recortándose contra el azul del cielo, observa las evoluciones de los cigoñinos que aprenden a volar. Deslizándose sobre una térmica, casi sin esfuerzos, con leves batidos de alas, se entrenan para emigrar a tierras más cálidas en cuanto el verano empiece a dar muestras de cansancio y el sol vaya declinando su elíptica, aproximándose, cada día un poco más, hacia el perfil de las montañas. Mientras, en el prado, alguna cigüeña adulta, en equilibrio sobre la percha de una sola pata, parece reflexionar con su largo pico apuntando a tierra.

Pero, a veces, uno no camina sobre sus pies, sino con los ojos del espíritu curioso que se deslizan sobre las páginas de un libro. En la biblioteca pública, de manera vicaria, también este caminante recorre los parajes que, hace un siglo, conociera y describiera el poeta y montañero Enrique de Mesa, y lee sus Andanzas Montañeras, y siente – salvando las distancias que van de un poeta caminante a un caminante pedestre – que comparten las mismas emociones, aunque son las palabras del poeta las que mejor expresan esos sentimientos compartidos: Bruñe el sol vivo la seda azul del cielo, y sus rieles de oro recaman el verdor aterciopelado de los pinos.

Y por las tardes, tras las largas paseatas, cuando el sol poniente entra por el ventanal, nuestro apartamento de alquiler se convierte en sala de lecturas: otra forma de recorrer los caminos del mundo desde el sillón. Mientras, el reloj del ayuntamiento va, periódicamente, desgranando campanadas escuetas, poniendo racionalidad en el transcurso del tiempo. El reloj municipal es esa campana cívica que regula, desde hace siglos, los quehaceres de la población; es ese gran invento bajo medieval que liberó a las poblaciones de los burgos industriosos del sometimiento al campanario de las iglesias y a la omnipresencia de la religión en el ritmo de las labores civiles.

Las horas marcadas son, también – piensa este jubilata caminante - un camino que recorremos inexorablemente hasta el final de cada uno de nosotros.  También a don Pío Baroja le llamaron la atención aquellos relojes de campanario en las aldeas vasco-francesas, en cuya esfera estaba escrito: Vulnerant omnes, ultima necat (todas hieren, la última, mata). 

Claro que, nosotros, aún tenemos muchos caminos que recorrer mientras que el reloj municipal, con espíritu cívico y obsesión mecánica, gira en torno a la idea del tiempo y su devenir. 

domingo, 6 de julio de 2014

Crónicas serranas, I: Locus amoenus?

Peñalara visto desde el río Lozoya, cerca de Las Suertes

Volver a Rascafría, como en los dos veranos anteriores, es recuperar esa vida apacible que transcurre en el fondo del valle, oyendo el rumor saltarín del arroyo Artiñuelo que discurre a los pies de casa, las largas paseatas por los senderos, el aire limpio que nace del boscaje circundante, y esa sensación de que la vida no es ese animal desbocado que nos arrastra en la capital del reino, sino el lento rumiar de las horas silenciosas caminando al paso que marca la propia naturaleza.

La verdad es que este jubilata se deja arrebatar por el bucolismo y, privilegiado como se siente, piensa en aquellos antiguos poetas que hicieron del menosprecio de corte  y alabanza de aldea un ideal de vida. Vienen al recuerdo aquellos versos de Fray Luis de León: Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo/ y sigue la escondida senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido…
Eso hasta que uno camina por las calles del pueblo, levanta la vista y ve las pancartas colgadas en ventanas y balcones: “Así gestiona Patrimonio lo de todos: cerrando el hotel de El Paular. Dejando en la calle a 46 familias. Arruinando al pueblo. Rascafría con los trabajadores”;  “Alcaldesa, respeta el resultado de la consulta popular: 72% de los vecinos hemos votado NO a la gestión del CYII”; “Exigimos al gobierno voluntad para que nos garantice los puestos de trabajo del Paular”; “Alcaldesa, no nos representas”, “El agua no se vende, el agua se defiende” y otros muchos de parecido tenor.

Total, apenas unas pocas horas en la Arcadia feliz y este jubilata se tropieza con los problemas sociales del paro y la desafección de la clase política, esa charca embarrada en la que todos chapoteamos a nuestro pesar. Todavía uno se resiste a aceptar la incómoda realidad y la pasa por el tamiz cultureta, a ver si así es más digerible, y, con gesto pesaroso, recuerda al clásico: Et in Arcadia ego… Incluso en el paraíso existe la desolación y la muerte.

Y si no queremos ponernos trágicos, al menos aceptemos la cruda realidad en toda su vulgaridad: también aquí los intereses económicos prevalecen sobre y empobrecen a poblaciones enteras; también aquí los representantes políticos chocan con la voluntad popular. ¡Qué tiempos jodidos éstos que vivimos, donde no queda un resquicio para las ensoñaciones!


Aunque, al final, no es tanto como uno creía. Véase:
Lo de las aguas de Rascafría es problema que se venía arrastrando, como poco, desde el año pasado por estas fechas, cuando el ayuntamiento decidió ceder su gestión al Canal de Isabel II y los vecinos se soliviantaron porque parte de su patrimonio municipal se ponía, sin más, en manos de una empresa que pasaría – al menos en parte – a gestión privada en un par de telediarios. El agua de Rascafría procede de una toma en una pequeña presa aguas arriba del Artiñuelo y de un manantial en el lugar que se llama Las Suertes, cuando la población se multiplica con la llegada de los veraneantes.

No conozco bien las razones por las cuales la alcaldesa decidió que era menos oneroso para el ayuntamiento ceder un recurso municipal y desentenderse de su administración. Lo cierto es que hubo una oposición vecinal, que se organizó una consulta popular sin respaldo oficial y que de ésta salió un 72% de votos en contra de la gestión por el CYII. Afortunadamente, todo se resolvió de acuerdo con el deseo mayoritario del vecindario y una comunicación del Ayuntamiento al Canal ( de 24 de mayo pasado) rescinde unilateralmente aquel acuerdo tomado sin consentimiento popular.Los vecinos lograron lo que se proponían, pero la alcaldesa está que fuma en pipa.

En cuanto al cierre del hotel Santa María de El Paular, los trabajadores están entre dos fuegos en un conflicto de intereses entre el Patrimonio Nacional (dueño del lugar histórico del Monasterio de El Paular) y la empresa concesionaria de su explotación. Según me cuentan, a punto de terminarse el periodo contratado, la empresa pretende irse si el Patrimonio no se aviene a condiciones económicas más ventajosas. No parece que haya acuerdo, en cuyo caso el hotel se cerrará, sus empleados irán a perder su tiempo en las colas del INEM y el pueblo se quedará sin una fuente de riqueza muy considerable. Pero el ministro Montoro es tan optimista que da pena desengañarle: 46 parados en un pueblo de la sierra ni se notará en las cifras macroeconómicas.


Pero nada hay que hacer: el hotel está cerrado, la santa y yo nos hemos acercado y hemos visto, en el patio del Ave María, todo el mobiliario del hotel puesto bajo los soportales y con cartelitos con un número y referencia y un precio de salida para la subasta que se celebra este fin de semana. Una lástima.


En fin, con estas inquietudes con las que  el veraneante se encuentra al inicio de sus vacaciones, sabe que vivimos en un frágil equilibrio, donde solo la naturaleza prevalece, mientras que nosotros y nuestros problemas venimos a ser tan efímeros como la vida de los ciervos voladores: Esos escarabajos de mandibulas hipertrofiadas (con el bonito nombre de Lucanus cervus) y vuelo torpe que, con frecuencia, me encuentro por los caminos. Los pobres, cuatro años viviendo como larvas en el interior de un roble podrido y apenas un mes en estado adulto; lo imprescindible para la pelea ritual previa al apareamiento y terminar devorados por un arrendajo o un rabilargo.

Diez años tardó Ulises en regresar a Ítaca, mientras que este jubilata, en sus primeras horas en el valle ha pasado de ingenuo roussoniano a preocupado ciudadano. Vamos, lo normal.

miércoles, 25 de junio de 2014

Esas Edades.-


Huyendo de los fastos coronarios de Felipe VI El Preparado, la santa y yo, con escasa vocación de palmeros, hemos puesto asfalto por medio el pasado jueves y hemos ido a visitar Las Edades del Hombre, en Aranda de Duero. 
Se trata de la XIX edición y gira en torno al término cristiano de Eucharistía. El simbolismo de este dogma se hace coincidir con los alimentos básicos del pan y el vino, compartidos en comidas de comunidad fraternal, de forma que el sentido de La Última Cena (del evangelio según San Marcos) es la común unión de toda la cristiandad en un ágape universal. 

Así, la eucaristía sería la acción de gracias por compartir el alimento espiritual que une a todos sus adeptos en un solo cuerpo místico. Y que el improbable lector disculpe por dar estos pespuntes teológicos tan mal hilvanados, pero es que sin comprender este soporte ideológico religioso es difícil entender el objeto de la exposición.

Dicho esto, y siguiendo con el atrevimiento de juicio, este jubilata confiesa que salió bastante decepcionado de la visita. Y esto por dos razones: A pesar de que las diócesis de Castilla y León tienen una riqueza enorme en arte sacro, en esta muestra uno saca la impresión (en símil futbolístico) de que se está jugando en segunda división. A veces, viendo muchas de sus pinturas o esculturas, parece como si las hubieran sacado de viejas sacristías de los pueblos castellanos más recónditos. Es cierto que hay una Última Cena de Murillo, o unos campesinos castellanos, con grandes hogazas, de Vela Zanetti, y otras obras que el desconocimiento de este jubilata no le ha permitido apreciar debidamente, pero, en general, uno recuerda anteriores ediciones de una riqueza artística muy por encima de la muestra actual.

Eso sí, aprendí qué es un bojarte y qué son las lipsanotecas, con lo que mi acervo cultural se vio incrementado en dos términos que difícilmente llegaré a poder usar. De la misma forma que en el museo de arte sacro de Sigüenza, el año pasado, aprendí qué es un oficleido, una especie de bisabuelo de la tuba. Nada como estar jubilado para recrearse en conocimientos perfectamente inútiles. 

La otra razón (y ustedes perdonen la digresión anterior) es que los paneles explicativos parecen más montados con puro  adoctrinamiento ideológico que con intención cultural. Uno echa de menos un plan museístico que muestre la evolución temática de la idea Eucharistía a través de la historia, o una preocupación pedagógica cultural. Lo que aquí parece importar es la justificación del dogma a través de explicaciones que atañen más a emociones y sentimientos religiosos que a la racionalización de un concepto de difícil comprensión para un no iniciado. Quien, siendo creyente, entra convencido, sale convencido. Quien busca arte a través del simbolismo sacro, sale un tanto decepcionado.

Pero que eso no desanime al improbable lector que desee ir a visitar la exposición. Solo la visita a los dos templos donde se ha montado, merece la pena: Santa María la Real, con una bellísima fachada plateresca adosada, en esplendido gótico isabelino, que está celebrando su 500 aniversario, y donde por las noches uno puede admirar un espectáculo de luz y sonido. La otra sede, la iglesia de San Juan Bautista, tiene su origen como fortaleza y conserva una torre almenada. Su fachada, gótica del S. XIV con nueve arquivoltas ojivales, impresiona. El templo se levanta sobre el lugar donde confluyen el río Boceguillas y el Duero, con un interesante puente medieval, y se nota su primitivo carácter defensivo.

Y si uno pasa de sacralidades, dese un paseo por la almendra que forma la antigua población medieval y dedíquese al chiquiteo; unas copas de ribera de Duero ante un buen lechazo y una agradable conversación son motivos suficientes para hacer la escapada. Y si quiere conocer aquellas tierras y pueblos cargados de arte e historia, está en el lugar ideal. Aranda está justo en el cruce de los ejes N-S (Burgos-Madrid) y E-O (Soria-Valladolid). La santa y yo fuimos a visitar el Monasterio premostratense de la Vid y a Peñaranda de Duero, pero no hay lugar para hablar de ello aquí.

En todos los eventos siempre hay una víctima olvidada. En este caso, el “picha-gorda”, que es así como, por lo visto, le llamaban a esa estatua de bronce que representa a un hombre in puris naturalibus, y que estaba, junto a otras, próxima a la iglesia de San Juan Bautista. Por un pudor mal digerido, la autoridad eclesial exigió que fuese retirado, a fin que tanta humanidad que le colgaba por entre las piernas no desdijera del espíritu místico religioso que se desprende de la exposición de arte sacro. 

Lo que no ha parecido entender la clerecía es que, cuanto más desarrollado el órgano reproductor, más facilidades para cumplir el mandato bíblico de “Creced y multiplicaos”. Y si lo que hicieron (lo de retirarlo de su emplazamiento) no fue tanto por el simbolismo fálico cuanto por las promesas carnales que sugiere, erraron de medio a medio. Si no fuera por los goces de entrepierna nos reproduciríamos con la misma desgana que los osos panda, y lo de "henchid la tierra" se hubiese quedado en agua de borrajas. Así que la naturaleza obró con sabiduría, el artista se limitó a dejar constancia y no hay para qué ponerse estrechos, que luego no cabe. 

Pero vaya Vd. y cuénteselo al señor arzobispo de Burgos que dio la orden de extrañamiento. 

miércoles, 18 de junio de 2014

El respetable se indigna.-


Lo que menos se espera uno en la sala de conciertos del Auditorio Nacional de Madrid es que el respetable público se indigne contra la política de derribo cultural programada por el Atila  Wert, ese ex tertuliano de jactanciosa sonrisa y actual Ministro de la Cosa de la Anticultura.

Este domingo pasado  fuimos al concierto de clausura de temporada, en el que se iba a interpretar la misa de réquiem, de Verdi. No pudo ser. Los miembros del Coro Nacional de España llevaban ya un tiempo calentitos por la negativa a cubrir las plazas vacantes por parte del INAEM, y esta semana han decidido plantarse.

En sus inicios, hace ya más de 40 años, el Coro Nacional contaba con 120 miembros, que el próximo septiembre pasarán a sólo 67. Para llegar a esta situación, por parte de los responsables políticos del Ministerio, no ha sido necesario más que esperar cómodamente apoltronados a que los componentes del coro se fuesen jubilando. El tiempo se ha ido encargando de mermar sus efectivos por el simple hecho de su baja laboral al cumplir la edad reglamentaria. No ha sido necesario un ERE, ni un despido masivo, ni una poda traumática; bastaba con el tiempo fuese haciendo labor con su guadaña.

Hay dos formas de hacer política en esta Expaña de indocumentados expertos en el desmantelamiento de la cosa pública: por legislación o por desidia. Mediante la primera se prostituye la Constitución, reformando su Artº 135, que un eufemismo llama “de estabilidad presupuestaria”, y que responsabiliza a los ciudadanos del pago de la deuda odiosa contraída por rescatar los pufos bancarios, amén de toda la legislación antisocial que le cuelga de los bajos; mediante la segunda, basta con cruzarse de brazos y dejar que el deterioro se instale en las instituciones. Ésta es la que han elegido los responsables del INAEM para ir liquidando una agrupación tan respetada por los melómanos madrileños como es el Coro Nacional. La política seguida parece ser: tú no muevas un dedo, que esto se arregla solo.

En la sala, llegada la hora del concierto, no había ni orquesta ni coros, solo el público expectante. Salió al escenario una alta responsable del INAEM para comunicar lo del plante del Coro Nacional y el respetable la recibió al grito de “¡Sinvergüenzas, sinvergüenzas!”. Como se trata gente de clase media, más bien conservadora y poco dada a las algaradas, nadie le regaló los oídos con un “La puta que te parió”, que tampoco hubiera sido inmerecido. Referido, claro está, a esa puta universal, sin rostro definido, responsable de alumbrar a tanto mal nacido que putea al paisanaje carpetovetónico desde sus poltronas y prebendas.

La señora aquella, vista la bronca del respetable, pasó mucho del público presente y se retiró con esa sonrisa petulante que exhiben los instalados en el sistema frente a la indignación de los ciudadanos. Cuando salimos a la calle, subidos en unas gradas que hay en la plaza aneja, los miembros del coro se cubrían la boca con mordazas simbólicas y exhibían siluetas que representaban las bajas de sus miembros, con un gran interrogante. Nos hemos puesto frente a ellos y les hemos dedicado una ovación que ha durado sus buenos 20 minutos, y hemos coreado “Sí se puede, Si se puede”.

Como la desconfianza en los ciudadanos es consustancial al ejercicio del poder, el vestíbulo del Auditorio estaba lleno de seguratas, por si la pequeña burguesía cultureta sacaba los pies del tiesto. En la plaza, policía municipal y un furgón de policía nacional con sus robocops pertrechados con los habituales argumentos disuasorios. Al pasar, miré a los maderos: jóvenes, fortachones y entrenados, y caí en la cuenta: el paro es muy útil porque abunda la materia prima para alimentar los órganos de represión del Estado. Quien consigue plaza, tiene la vida resuelta y libre de responsabilidades laborales: se obedece al amo, y las reclamaciones al maestro armero.

De verdad, créame el improbable lector: es un episodio de tantos, entre tanto dislate anticultural, el que hemos vivido este pasado domingo por la mañana, pero me ha cabreado muchísimo. Lo que de verdad me ha gustado es que, un público tan de orden y nada proclive a la protesta perrofláutica como es el que asiste a los conciertos, estaba verdaderamente indignado por los atentados culturales perpetrados por las hordas wertianas. Lástima que, de puro educado, no les mentó la madre.

Indignez vous!, nos aconsejó Stéphane Hessel. Por algo se empieza.

miércoles, 11 de junio de 2014

Desvelados o reales.-


Estamos viviendo días en que el término “real” no sabemos si se refiere a la realidad o a la realeza. Lo cierto es que estamos en proceso de que el país confunda (interesadamente) una y otra, de forma que no exista la primera sin la segunda. Por eso, este jubilata, atufado por las vaharadas de incienso con que nos están sofocando los mass media y por tanto jabón a la violeta con que perfuman los armiños borbónicos, ha decidido evadirse durante un tiempo de tanto sobo soberano y darse una vuelta por El Matadero.

Qué mejor decisión para olvidar la realidad que nos fabrican que escudriñar una realidad que nos proponen en Desvelo y Traza. Aquí no es la propaganda del sistema quien te construye una realidad a la medida de sus intereses; es el ojo humano, adaptándose a la oscuridad, el que construye imágenes por la pura necesidad de aprehender realidades, aunque sean imaginarias.
El antiguo frigorífico de El Matadero es la nueva caverna de Platón donde el espectador – es un decir, porque uno entra a ciegas – ha de construir, a partir de luces difusas que se van perfilando a medida que el ojo se acostumbra a la oscuridad, realidades que no son más que fragmentos de nada rotos por jirones de luz. 

Digamos que el nervio óptico pone en contacto a los espectadores, que juegan a la ceguera desvelada, con ese pequeño demiurgo que cada cual tiene en su cerebro. Ese diosecillo, caprichoso como todos los dioses, muestra al adepto en cuya maraña neuronal vive,  imágenes que no se sustentan en la realidad; racionaliza sensaciones visuales para que el incauto humano, que se ha prestado al experimento, se auto engañe y busque, desesperadamente, referentes supuestamente sólidos basándose en fantasmagorías. Igualito que los esclavos de la caverna platónica confundían las sombras de su prisión con los objetos tangibles; igualito que los mecanismos del Sistema nos imponen realeza como realidad. A fuerza de insistir, uno acaba por creer en aquello que ve, y la cosa acaba por existir.

Un servidor tuvo problemas para alumbrar, con aquellos pocos jirones de luz que se perfilaban en Desvelo y Traza, cosa que tuviera sustancia; ni siquiera una sustancia tan liviana como la hecha de oscuridades e hilachas de claridades informes. Si los demás presentes en el experimento veían fragmentos de mundos al antojo de su imaginación, a ver por qué coños este jubilata no veía más que manchas lumínicas tan tenues que no le servían ni para imaginarse el caos primigenio donde la diosa razón aún no había introducido orden.

Aquello no traía traza de desvelar mi pobre imaginación, adormecida en un duermevela plano. Al fin, un esfuerzo de voluntad racionalizadora hizo que la imaginación forjara un mundo con cierto orden. De repente, una luz como de noche de luna llena, me hizo ver el perfil de una rama de árbol. A partir de esa realidad provisional, y antes de que la luna se ocultara entre las nubes que parecían como de tormenta, empezó a perfilarse el tronco de un grueso roble (centenario como poco) y el ramaje por entre el cual se apreciaban algunos grises y claridades. 

Al fin, el triunfo de la razón organizó un espacio comprensible por pura necesidad de imponer un poco de orden en tanto barullo de oscuridades. Ya no me sentí un bicho raro; los demás veían, yo también.

Salí de este montaje que llaman “instalación”, pero que también deberían llamar “exposición” en cuanto que el experimento sigue un procedimiento similar a la exposición de una imagen en una cámara oscura, un tanto schopenhaueriano. Si al improbable lector no le molesta el despropósito, claro está. El experimento de Desvelo y Traza me puso en evidencia que los objetos carecen de existencia real fuera de su representación; así, el roble centenario que acababa de ver no tenía más existencia que la expresada a través del fragmento de voluntad universal y pensante que es un servidor.


Creo que haría bien en no meterme en experimentos tan raros, que luego se va la cabeza a pájaros y olvidamos lo esencial: estamos en época de coronación felipesca.  Con las negruras patrias y algunos retazos de luces monárquicas iluminaremos nuestra caverna platónica por otros 39 años.

Y tan felices.