lunes, 31 de agosto de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, y IV.- Una escapada.-

Agosto es mes fiestero y en Rascafría no podía ser de otra manera. Solo que los ruidos nocturnos - o músicas, según otros criterios – se cuelan a lo bruto en nuestra casa de alquiler y en  nuestro dormitorio hasta pasadas las cuatro de la madrugada. Y un servidor, convencido de que un parque natural es lugar donde la contaminación acústica está de sobras, por mucha fiesta patronal que se celebre, hace las maletas y aprovecha para subir a Navarra, a ver a la familia.

Visitar a los primos, oficiar en la cofradía de Pantagruel ante una mesa bien provista (pichoncicos en cazuela, ajoarriero, chilindrón, pimienticos de Lodosa, de postre trenza del Reyno…), tertuliar por las tardes delante de la puerta de casa o hacer excursiones por los pueblos navarros, son actividades casi de obligado cumplimiento.

Alguna vez, siendo mozo, oí cantar esta letrilla: Beriáin es tan pequeño / que no se ve en el mapa /pero criando cutos /nos conoce hasta el papa. Entiéndase por “cutos” a los cerdos, gorrinos o aínos. Beriáin, que fue aldea de agricultores y hoy es como un barrio dormitorio de Pamplona, tiene dos personajes de lustre: el general Marcelino Oraá y este jubilata, ambos nacidos (cada cual en su época, claro),  en la misma casa, a la que en tiempos de mi abuelo llamaban Casa Lecaun.  

Aparte esos lustres, tiene una bonita leyenda: El 12 de abril de 1127 se consagró la catedral románica de Pamplona con la asistencia de numerosos obispos. Pero resulta que tres de ellos quedaron retenidos en Beriáin a consecuencia del desbordamiento del río Elorz y fueron agasajados por los vecinos. En agradecimiento, estos obispos consagraron la iglesia parroquial, la única que se consagró en la  Cuenca de Pamplona, y de eso hemos presumido siempre los beriaineses. Queda como recuerdo de aquel episodio el astelen iru burugorri, o lunes de las Tres Cabezas Rojas (por las tres testas mitradas), leyenda que se conmemora en una placa al pie de la torre. 

Tenía, también, en las afueras, una necrópolis del S. XI al XIII que quedó arrasada en tiempos de la apisonadora inmobiliaria; aunque, a decir  verdad, sus ajuares funerarios y sus enterramientos en cistas modestísimas no daban para mucho interés arqueológico. Se hicieron excavaciones, se levantó un plano con la distribución de las sepulturas, se estudiaron los esqueletos allí depositados y sus escasos ajuares, y la excavadora se llevó todo vestigio por delante. Una fila de chalés clonados e impersonales ocupa su lugar.

Visitar Elizondo, capital del valle de Baztán, resultó muy interesante por su típica arquitectura montañesa y sus casas palaciegas. Lástima que, en lo más granado del pueblo, se veían colgados, de parte a parte de la calle, los trapos negros que simbolizan la mítica patria del irredentismo euskaldúnico, exigiendo el retorno de los morroskos del gatillo patriótico. Se ve que las autoridades locales aún andan con la boina ideológica encasquetada hasta las cejas y las neuronas a falta de oreo.

Más interesante que el aldeanismo étnico resulta recordar que los vecinos de la villa fueron reconocidos como hidalgos por privilegio de Carlos III el Noble y que baztanés era el adelantado Pedro de Ursúa, el de la expedición por el río Marañón. Según es sabido, el guipuzcoano corcovado Lope de Aguirre le envió a la gloria eterna por celos del mando, lo que dio origen a la célebre expedición de los Marañones. Recuérdese La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender.

A Amaiur, o Maya, según la doble grafía de la zona, se accede a través de un vistoso arco dieciochesco y, en su monte Gaztelu, conserva los restos de un castillo medieval,  posteriormente modificado para artillarlo, donde se refugiaron en 1522 los últimos defensores del reino de Navarra frente a las tropas castellano-agramontesas tras la anexión de Navarra al reino de Castilla. Como la sensibilidad eusko-patriótica anda a flor de piel por todas estas tierras, en las cartelas explicativas se habla de “conquistadores”, olvidando que el viejo reino cayó a causa de las guerras banderizas señoriales entre agramonteses (partidarios de la corona francesa), y beamonteses, partidarios de Castilla. 

Si nuestra Navarra hubiera estado del otro lado de los Pirineos, como es el caso de las viejas provincias del reino, la Baja Navarra o Iparralde, ahora seríamos franceses (y el irredentismo seguiría vivo, pero victimizado por otro opresor), pero la estratégica barrera pirenaica jugó a favor del expansionismo castellano. Sin embargo, la Baja Navarra fue abandonada al francés en tiempos del emperador Carlos V sin dar un arcabuzazo.

Zugarramurdi es un caso de manual de histeria colectiva, inducida por las autoridades eclesiásticas en el S. XVII. Creo que no fue ajeno a aquel aquelarre inquisitorial el prior del cercano monasterio de Urdax, quien denunció las prácticas paganas, y por lo tanto demoniacas, de los habitantes del lugar. El proceso inquisitorial de Logroño, de 1610, provocó una locura colectiva en la que los vecinos se acusaban mutuamente de adorar al Gran Cabrón y practicar orgías contra natura en la famosa cueva. 

Hoy día aquello es un hervidero de turistas franceses y españoles que perturba la tranquilidad del lugar. La pobre cueva es actualmente un atrezo brujeril saca-dineros donde el macho cabrío satánico, si apareciese, se vería acosado por docenas de cámaras fotográficas y  smartphones de esos, y no podría ejercer los orgiásticos misterios con su corte brujesca que tanto preocuparon a los señores inquisidores de otrora. El turismo de masas ha jodido el misterioso revoloteo de las sorguiñas por aquellos bosques umbríos y las pócimas del abracadabra se venden en las tiendas de recuerdos con etiquetas made in China, junto con el queso de oveja lacha. Sin embargo, en la cueva se celebra actualmente el solsticio de verano y una bacanal gastronómica de carneros asados, lo que llaman  ziriko-jate, lo cual recuerda viejos esplendores.

Y aunque la montaña navarra es como la chica guapa que a todos gusta, viajar por la Navarra Media es como retroceder a tiempos pretéritos. 

Con sus viejas casas en
piedra, blasonadas, sus viejos castillos palaciegos de cabo de armería o sus iglesias románicas con sus torres fuertes, tiene la belleza del mundo rural  que se ha detenido en el tiempo, un poco alejada del tráfago de la Cuenca de Pamplona, de sus autopistas e industrias. 

Si uno se acerca a Olleta puede ver su interesante iglesia románica (actualmente en obras de restauración), con el puente románico que permite el paso al atrio, o su portada con un crismón en el tímpano y alguna lauda sepulcral semicubierta por la maleza. En el interior, la linterna sobre trompas que están soportadas por dos arcos fajones de las naves y dos apuntados en los laterales. (Si la memoria no me falla y la terminología de Arte no la he olvidado). Y si no, ahí cerca de la carretera general está Barásoain, o, camino de la Valdorba, el Cristo de Cataláin, o Eunate y Torres del Río en el camino francés…

Los castillos de cabo de armería son, dentro de la historia navarra, una característica singular. Se trata de caserones fortificados que pertenecían a las cabezas de linaje, lo más conspicuo y antañón de la nobleza navarra, con asiento en cortes, exentos de hueste y alojamiento de tropas y con  jurisdicción señorial. Los hay medievales, góticos, barrocos, desde adustas casas fuertes a hermosos palacios, según la época. 


El de la foto es el de Sansomain, con ventanas geminadas y rematadas con arcos conopiales en su fachada noble. Como es un coto redondo, de titularidad privada, no pudimos acercarnos más para ver su fachada con detalle.


Y como éstas son crónicas frigiscalpianas – las últimas del  verano -, no está de más volver al valle de Lozoya a terminar el ferragosto. Cuando se entra en el valle por la M-604 desde la autovía de Burgos, pueden verse carteles que dicen: Bienvenido al valle de los neandertales. Se refieren a las excavaciones arqueológicas del Calvero de la Higuera, del otro lado de la cola del pantano de Pinilla. 


Este agosto la campaña de excavaciones no ha comenzado hasta la segunda quincena del mes, supongo que por escasez de dotación económica. Quizás – es un suponer sin fundamento – debido a que, de estos dineros para pagar el bocata de mortadela y la litera en el albergue a los estudiantes que pasan el día de sol a sol con la espátula y el pincelito, ha habido que detraer parte para sustentar la sinecura que se le ha concedido al señorito Wert para que juegue a ser diplomático de la O.C.D.E. en París. A los viejos neandertales tampoco les va a importar gran cosa que excaven en la intimidad de sus cuevas apenas dos semanas al año, ni  los aprendices de arqueólogos aspiran a un porvenir glorioso, apenas a desenterrar algún útil paleolítico.

No hay por qué quejarse por tan poco: lo del señorito Wert es de justicia, ya que, cuando se sirve bien a los intereses del Sistema, éste sabe ser generoso. Sin ir más lejos, este jubilata – que no ha dado un ruido en su vida – disfruta de una capellanía vitalicia en forma de pensión de clases pasivas con la que se va apañando. Ahora bien, chofer ni cocinera, como el ex ministro, de eso no tengo, no...

jueves, 13 de agosto de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, III.- Caminos y molinos.

El jubilata, en oficio de veraneante a tiempo completo, dedica muchas horas a andar por los caminos del valle. Tanto es así que, un poco cansado de trillarlos cada día, arriba y abajo, decide tomar al azar esas pequeñas sendas que atraviesan el bosque de robles, un poco sin orden ni concierto, a ver qué encuentra. 

A veces, son caminitos que el ganado ha ido abriendo para acercarse al río o a los arroyos buscando dónde abrevar; otras, son viejas sendas en total abandono que la gente del valle transitaba en tiempos para ir a la huerta, a las tierras de labor o a los prados. Eran caminos que el desuso ha hecho caer en el olvido y la naturaleza se ha ido encargando de cerrar.

La aventura de meterse por ellos está en descubrir un pequeño manantial, un navazo embarrado por las vacas, donde crecen matas de poleo, aún en flor, sentir algún arrendajo asustado de tu presencia, que grazna entre el ramaje del robledo, o una yeguada que descansa a la sombra de un gran fresno.

Esos caminos, si uno se lo propone, le pueden llevar a conocer lugares interesantes. Así, el jubilata, que siente curiosidad por las viejas artes industriales de este pueblo serrano, ha encontrado un motivo de entretenimiento y aprendizaje, y es localizar y visitar los viejos molinos harineros que, hasta los años sesenta del siglo pasado, estuvieron en funcionamiento. Son pequeñas industrias que tienen su pedigrí, ya que de ellas se hace mención en el catastro del Marqués de la Ensenada, y Pascual Madoz también dio noticias de su existencia. Lástima que actualmente son una pura ruina.

Por el arroyo del Artiñuelo arriba, por el camino que va a la vieja presa, está el molino del Cubo. Hay que pelearse a brazo partido con la maleza si uno quiere acercarse a él o entrar en su recinto. Solamente una pared a dos vertientes se mantiene íntegramente en pie, pobre construcción de sillarejos cogidos con argamasa de arena y cal. Su puerta es un hueco cubierto por un arco rebajado, en ladrillo. Tiene dos ventanas con los montantes también en ladrillo. Era construcción rectangular, con tejado a dos aguas, según muestra la única pared en pie,  y cubierto de tejas árabes. 
En el foso, una piedra de moler, caída sobre los restos de la construcción, ve pasar los días, los años y hasta los siglos sin otra ocupación que cubrirse de zarzas.

El sistema de acumulación de agua era de los que  se llamaban “de cubo”, que permitía recoger una gran cantidad de líquido. Es propio de cursos de agua con fuerte estiaje. Según parece, este molino no molía en verano.

El molino de Briscas – cerca del manantial de Las Suertes, al otro lado del río Lozoya - está en estado aún más ruinoso y entrar en su interior supone cierto riesgo porque los muretes interiores que dividen el recinto tienen las piedras sueltas, y una gran viga maestra, carcomida, lo recorre transversalmente de pared a pared, esperando la mínima excusa para venirse abajo; eso sin contar que hay que entrar a bastonazo limpio, como quien maneja un machete, para abrirse paso entre zarzales.

También es  un edificio de planta rectangular, pero no diáfana, ya que su parte izquierda estaba dividida en tres huecos, separados por dos muretes a medio desmoronarse, y un ventano en uno de esos muros para comunicar dos de dichas habitaciones. Toda la viguería, podrida,  y el entablamento del techo, se amontonan por paredes y suelo. 

En el tercer cubículo, que debía ser el de la maquinaria para la molienda, porque da sobre el foso, caída sobre las ruinas, una buena piedra con dos cinchas circulares de hierro abrazándola y una placa ovalada que dice “Piedras de exposición. Antonio Rivière. Plaza de Matute 10 Madrid”. La alberca que alimentaba la fuerza motriz no se alinea perpendicular, sino transversalmente al edificio.

Este edificio tiene mejores materiales constructivos: los muros son de mampostería, enfoscados con cemento, reforzados con potentes sillares en las esquinas, y la puerta está enmarcada por tres sólidas piezas pétreas de labra sin desbastar. También fue edificio a dos aguas y cubierto con buenas tejas árabes que aún pueden verse por el suelo. Lo que no ha impedido su ruina de pura desidia. 

Sé, (porque las interesadas me lo han contado) que quisieron comprarlo para instalar un museo etnológico, pero los propietarios se negaron, alegando que era de propiedad antigua de la familia. Ahora apenas se divisa la puerta desde el camino y un trozo de muro, todo ello entre zarzas, matorral y vegetación asilvestrada.

El molino de Bartolo es el único que sigue en pie, pero no se puede visitar su interior porque la puerta está protegida por un buen cerrojo con candado. A diferencia de los anteriores, su planta es en L. La construcción es en mampostería reforzada con recercado de ladrillo en las jambas de la puerta y ventanas. Es edificio a dos aguas y cubierto de buena teja árabe.

Dos veranos he tardado en encontrarlo, debido a lo recóndito del lugar. Sobre el plano no había duda de su ubicación, pero sobre el terreno resultaba casi imposible acceder a él. Fue cuestión de serendipia dar con él, gracias a que un paisano me dijo que por allí había un camino que cruzaba el río. Efectivamente, también está al otro lado del río, como el de Bristas, pero el acceso es a través de un camino carretero abandonado que entra en diagonal en el río, por un vado, gira hacia la derecha en ángulo pronunciado y, bajo un terraplén, aparece el edificio. Puestos a averiguar, descubrí un mejor acceso por una senda casi borrada, que sube terraplén arriba, hasta salir a una antena de telefonía, lugar desde donde no se ve vestigio de ese antiguo sendero, por el cual, según me han dicho, en tiempos se bajaba con los borriquillos a las huertas que había por la zona.

Pues, eso. El improbable lector puede ver, si es que ha leído hasta aquí, en qué gasta su tiempo el jubilata veraneante: en descubrir caminos y visitar viejos molinos. Y la cosa da para más, aunque en esta bitácora estival nada se ha dicho de los Batanes, lugar perteneciente a la antigua cartuja de El Paular, donde se abatanaban paños y había un molino papelero. 


Apenas he encontrado referencias bibliográficas y no parece que nadie haya hecho un estudio sobre su sistema hidráulico (hay, al menos, dos estanques y otro menor) y cursos de agua para alimentar la maquinaria. Algo se dice en  “El Sexmo de Lozoya. El Paular y Rascafría, 1790 -1824” de Álvarez Casavera, 1982, tesis doctoral que puede leerse en la biblioteca pública de Rascafría.

Ya ve el paciente lector, con estos calores y por esos caminos…, manías en que dan los jubilados  ociosos.

lunes, 20 de julio de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, II.- Las rutinas del veraneante.-

Vivimos un verano que tiene todas las pintas de ser un crematorio a fuego lento, un anticipo de aquellas calderas de Pedro Botero con que nos amenazaban a los que un día fuimos niños de doctrina y hoy estamos en edad provecta. Esos “provectos” a los que en tiempos pasados se llamaba “viejos” y hoy se les denomina seniors, jubilados, tercera edad, en una colección de eufemismos que intenta ocultar la jodienda de los deterioros físicos y el paso del tiempo. Un lifting verbal para ocultar las arrugas vitales que el tiempo nos va dejando.

No es una queja que este jubilata se crea con derecho a hacer - la de ser jubilado rugoso  mental y físicamente -, ni tienen motivos para ello, por lo menos mientras la pensión nos mantenga por encima del nivel de subsistencia; cosa que va ocurriendo hasta tanto los gobernantes actuales no se terminen de cepillar la hucha de las pensiones, que paso sí llevan de ello. Es más bien la constatación de un par de evidencias: que este verano hace un calor del carajo y que un servidor va para setentón. 

En ninguna de las dos tiene parte responsable. O sí, según se mire: En lo del calor, cosa del cambio climático, como individuo de la especie animal (variedad Sapiens omnivoro) que está esquilmando el planeta, alguna participación tiene; en cuanto a lo de la edad, por la simple razón de haber vivido todo ese tiempo, algo está contribuyendo. Aunque, bien mirado, es una responsabilidad impuesta por las circunstancias. Si uno fuera jupiteriano o venusino, seguro que las circunstancias serían otras y las responsabilidades, distintas. Pero nunca sabremos si allí hay consumo compulsivo, vacaciones estivales y jubilados ociosos y con las ideas torrefactadas.

Le preguntaron a Buda en cierta ocasión por qué, cada día, a la caída del sol, sentado a los pies de un ailanto, se abstraía mirando una ramita que mecía el viento. Así todos los atardeceres, hasta que el cielo se estrellaba. Intrigaba a sus discípulos aquella rutina tan sin sustancia en un hombre capaz de dar respuestas a  grandes angustias de la humanidad como es el afán de eternidad del hombre a pesar de su finitud. Buda les respondió que en el leve mecer de aquellas hojas se concentraba el sentido de la existencia humana.

No sabemos si sus seguidores entendieron la parábola. Este jubilata tampoco está seguro de haber dado con la respuesta, pero la anécdota le sirve perfectamente para justificar una vida de veraneante rutinario. Lejos de los ruidos de la capital del reino, despertándose a la amanecida con el canto de los pájaros (ese jodido mirlo que vive en nuestro pequeño jardín y empieza a alborotar en cuanto despunta el primer rayo de sol), ese chopo airoso que se ve desde la cama, meciéndose contra el azul del cielo y acariciando las  nubes madrugadoras que lo cruzan, son un anticipo de las pequeñas rutinas diarias.

No hay mucho que hacer estos días de canícula (más que canícula, gran perra, que dijo Chus),  si no es calarse el panamá, coger un bastón de punta herrada y echarse a los caminos, buscando la sombra de los robles y los fresnos. O si no, acercarse a la orilla del río, ese pobre Lozoya tan menguado de agua que baja este año, y pasear bajo los pinos de la orilla. En los pastizales próximos, cubiertos por una capa de hierba amarillenta y reseca, las vacas, indiferentes al paso del caminante, sestean bajo los árboles. El paseante, ocioso y sudoroso, se sienta en la orilla del río y, como un nuevo Buda abstraído en el suave mecer de la ramita de ailanto, observa, ve, oye y saborea el murmullo del agua.

No es mucho. El jubilata no tiene la grandeza del maestro Buda, ni ve en el mecerse de las ramas el sentido de la existencia humana, solo busca un poco de frescor mientras piensa en la hucha de las pensiones y en que en cuatro días será setentón: el tiempo de ocio es mucho y da para estas rumias.  

Aunque sí se siente uno un poco franciscano y es cierto que le gustaría departir un rato con los animalejos que habitan el bosque. Pero el hermano arrendajo o el hermano rabilargo, revoloteando entre las ramas del robledo, no gustan de la compañía humana, ni se fían un pelo. La hermana vaca pasa muy mucho del bípedo del sombrero y la garrota, y la hermana cigüeña es gente de altos vuelos y no da pie a una conversación con un vulgar veraneante.

El otro día, sin ir más lejos, cerca del arroyo Aguilón estaba un lagarto verde que se dejó observar durante casi diez minutos. “Hermano lagarto”, le decía con amor fraternal, “charlemos de nuestras cosas”. Él se limitaba a mirarme de hito en hito, no muy convencido de la fraternidad que yo le ofrecía. Bien por desconfianza natural, bien porque yo no dominaba el lenguaje con que Francisco de Asís hablaba al hermano lobo y a la hermana oveja, el lagarto hizo un quiebro y se perdió por una resquebrajadura.

Sin interlocutores, volví a acordarme de la hucha de las pensiones y de lo necesario que me resultaría un lifting de esos que planchan las arrugas de la vida. 

miércoles, 8 de julio de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, I.- Vivimos sobre un museo.-


No estoy seguro de haber escuchado nunca antes el sonido de un rabel, pero sí estoy seguro de que no había tenido uno en mis manos hasta el pasado domingo, día 5 de julio, cuando se inauguró el Museo del Traje Hermanas Miñambres que está en el mismo edificio de nuestro apartamento de alquiler.
El dueño del rabel me lo puso en las manos, pisé sus tres cuerdas con las yemas de los dedos y no se me ocurrió otra que rascarlas con el arco. Nunca lo hubiera hecho, ¡pobre animalito!: empezó a quejarse con estridencias descompuestas hasta que lo devolví a quien bien lo sabía tañer.

Una vez en poder de su amo – estábamos celebrando la inauguración con presencia de varias agrupaciones folclóricas de estas sierras – acompañó, alegre, junto con un pandero, una serie de coplas que cantaban los de Arrabel. Una sí recuerdo, porque hacía alusión a un tejo y con ciertas malicias de doble sentido de connotaciones eróticas. La copla decía así:

En lo alto tu tejado,
Relumbrando un tejo vi.
Nadie daba con el tejo,
Yo con el tejo di.

En la visita a la sala de exposiciones algo aprendí que, posiblemente, el improbable lector ya sabía. Y ello es la diferencia entre un mantón de Manila y un manto de ramo: el primero se hizo popular en España gracias a llamado "galeón de Manila", que hacía la ruta entre Filipinas y Panamá, llevando los tejidos de seda china con la que se confeccionaban estos mantones. El segundo es el pañolón usado en el medio rural hecho de fina lana merina y adornado con un ramo de flores bordadas en una de sus esquinas. De unos y otros hay muestras en la exposición. 


También puede verse una Maya entronizada con su rico ajuar. Si no recuerdo mal, en Colmenar Viejo y en El Molar se siguen celebrando estas fiestas, a la que Caro  Baroja dedicó alguno de sus estudios del folclore peninsular. También en el libro sobre "La Ruta del Arcipreste", de Guillermo Gª Pérez se habla de ello.


No estará de más decir que este pequeño museo es fruto del empeño personal de las hermanas Miñambres, al que llevan años dedicadas, tanto recogiendo material como clasificándolo según sus lugares de origen, para reproducir trajes fieles en su diseño a los usados hace no tantas generaciones en el medio rural. Han sido años de esfuerzo y labor discreta. 

Nosotros, la santa y yo, en estos últimos veranos, las hemos visto afanarse día tras día para equipar el museo, organizarlo, instala luces, montar vitrinas. Siempre con ayuda de familiares o amigos que han aportado sus conocimientos técnicos o han cedido materiales etnográficos que sirven para poner en contexto el conjunto de la sala. Ha sido un proyecto estrictamente privado, sin ayudas oficiales y con más ilusión que medios.

Aunque somos veraneantes ociosos, por el simple privilegio de vivir en el piso de arriba, hemos podido asistir al comienzo de la andadura de esta sala de exposiciones que recibe el nombre de Museo del Traje Hermanas Miñambres. Y lo interesante del asunto no es solo que dos mujeres hayan puesto todo su empeño y sus conocimientos en recoger, clasificar y exhibir prendas de época y de uso habitual en el medio rural hace no más de tres generaciones, sino que el evento es ocasión para descubrir que aún existen personas que mantienen vivo el entusiasmo por recuperar y mantener tradiciones que hemos dado por perdidas desde que el pueblo soberano vive enganchado al Wasap y otros artilugios electrónicos.

En efecto, para la inauguración se dieron cita agrupaciones como La Trocha, grupo de baile del mismo pueblo de Rascafría, cuyas coreografías monta María Miñambres, Entresierras, que monta talleres de música tradicional y enseña a tocar instrumentos como la zamfoña, el grupo de cantos tradicionales Arrabel, o los Miguelitos, grupo de gaiteros de Getafe.  

Pues ya lo sabe el lector, improbable o habitual de esta bitácora, nuestras vacaciones veraniegas van más allá de la vida relajada que se supone en los veraneantes a tiempo completo. Mientras soportamos los calores africanos que nos invaden, nos vamos culturizando de cultura popular.

¡Ah! Y si el improbable lector se da una vuelta por Rascafría, no deje de visitar la exposición: Sábados de 18 a 19 h., domingos de 12 a 13 h.

sábado, 27 de junio de 2015

Legiones de idiotas.-


Dicho sea sin ánimo de señalar. Además, la ocurrencia de contar a los idiotas por legiones no es de un servidor, que no se atrevería a tanto; es cosa de don Umberto Eco, quien aseguraba el otro día en Turín, cuando presentó su novela Número Cero, que vivimos la invasión de los necios a través de Internet, y que “la prensa debería crear un filtro para mejorar la calidad de la información en los medios”. Razón no le falta a don Umberto.

Pero es tiempo perdido. No es ya que quienes usamos las redes sociales nos queramos igualar a los premios Nobel, y como tales, dar rienda suelta a nuestras vulgares opiniones como si brotaran de la mismísima fuente Castalia, es que la prensa (televisiva, impresa, radiofónica) anda más bien despreocupada de criterios de calidad a la hora de dar una información veraz, instructiva y contrastada. Salvo aquellas excepciones que sean al caso. Da la impresión de que han hecho suya aquella frase de Lope de Vega: “… porque como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”. En necio nos hablan y como necios satisfechos lo repetimos en wasaps, twitters, facebooks y demás anglomasificadores de la vulgarización popular.

Cosas de jubilata desocupado lo que sigue, sépalo el improbable lector: En pocos días se me han cruzado ante los ojos lectores la queja por la existencia de tanto bobo internautico acreditado, expresada por don Umberto, y esa noticia sobre el cambio de nombre de un pueblo de Burgos porque el apellido Matajudíos (Castrillo de,) ofendía la común sensibilidad popular, instalada en un buenismo sin compromiso ni criterio. Según la prensa, oída, vista o leída, los sufridos vecinos de este lugar tenían cargo de conciencia porque ellos nunca han matado judíos, ni las crónicas dicen que sus antepasados lo hubiesen hecho. Dicen, para justificar la execrable denominación de “matajudíos”, que fue cosa de un escribano del S. XVII, quien trabucó el nombre de “motajudíos” en “mata…” Escribano del que no se sabe quién fue, ni su nombre, ni - en caso de haber existido - él puede salir de la tumba para dar razón de ese quid pro quo. 

Si algún periodista, antes de escribir de nombres atribuidos a supuestas matanzas o escribanos hipotéticos, se hubiera tomado la molestia de informarse un poco (bastaba con recurrir a Internet) sobre toponimia histórica, hubiera descubierto con sorpresa que “Mata” como topónimo remite a lugar de matorral o monte bajo. Un servidor, sobrado de tiempo, ya lo digo, ha estado huroneando en publicaciones especializadas, que las hay en Internet, y comprueba que los autores, en general, llegan a esa conclusión de signo topobotánico: un topónimo “Mata” se refiere a un lugar de matorral o monte bajo, y muchas veces va seguido de un apellido al que hace alusión por su pertenencia, abundancia o determinada característica orográfica: Así, Matajudíos habría que entenderlo como un monte propiedad de judíos; Matallana por monte o terreno llano; Matalebreras por lugar abundante en liebres.

Y si a los bien pensantes le suena mal lo de Matajudíos y quieren cambiarlo, allá van éstos que he encontrado y que también merecerían ser purgados: Matapijos y Matafrailes. Hay un Sentil de Matapijos cerca de Frómista, creo, y un puente de Matafrailes en el término de Canencia, en el valle de Lozoya. Si un servidor fuese un pijo, el improbable lector esté seguro de que me iba a poner como un basilisco al verme amenazado por un topónimo; si fuese un fraile en riesgo de asesinato toponímico, excomulgaba al mismísimo sursuncorda. Pero, si me parase a averiguarlo durante cinco minutos - por más pijo o fraile que fuera - descubriría que en “matapijos” hay una elisión: “mata de piojos”, y “matafrailes” hace alusión a tierras propiedad del vecino monasterio cartujo de El Paular. Lo de “piojos” tampoco es lo que parece, una cuestión de pediculosis, sino que hace referencia a esas matas con bolitas que se pegan a la ropa como si fueran piojos, según leo en Transmisión oral en la toponimia menor palentina.

Total, que a los pobres vecinos de Castrillo de Matajudíos los tenían en un sinvivir con el asunto de marras hasta que han decidido cambiarse el nombre. Que sea por muchos años. Si alguien se hubiera tomado la molestia de hacer averiguaciones y aconsejarles, no hubieran tenido necesidad de renunciar a su propia historia ni renegar de ella por culpa de dimes y diretes. Pero ya puestos a cambiar el nombre, en lugar de Mota de Judíos (por el cerro próximo), hubieran estado más acertados – en la modesta opinión de este jubilata atrevido – en llamarlo Mata de Judíos. El topónimo hubiera quedado claro hasta para los bienintencionados más lerdos que se escandalizan de un nombre cuyo significado ignoran. Estará de acuerdo conmigo el improbable lector que no es buena idea mover de lugar los topónimos que llevan ahí toda la vida.

Dicho lo dicho, espero comprensión por parte de don Umberto al haberme metido en camisas de once varas toponímicas y hablar a boca llena. También la espero del paciente lector. Pero es que, teniendo esto de la Internet a mano, uno no puede aguantarse sin largar con entusiasmo desmedido y sin ciencia ni conciencia. Y es que los arbitristas internauticos somos legión, señor Eco. 

martes, 16 de junio de 2015

Arroyo de la Gargantilla: caminata con tejos.-


Quienes han hecho de los tejos un espectáculo de moda ecológica, suelen acercarse a Valhondillo a ver el tejo milenario que, con sus entrañas carcomidas y todo, lleva con dignidad de viejo dios vegetal su lentísimo proceso de automoribundia (dicho sea con permiso de Ramón Gómez de la Serna). A este anciano venerable, que tiende su ramaje sarmentoso en torno, como queriendo cubrir pudorosamente su vientre hueco a las miradas de los curiosos, se le calcula una edad que pudiera llegar a los 2.000 años.

Lo que, de ser cierta tanta longevidad, significa que era apenas un plantón recién brotado cuando Cesar Augusto vino a Hispania el año 26 a.n.e. para hacerse cargo de la guerra contra astures y cántabros. Pacata erat fere omnis Hispania (casi toda Hispania estaba pacificada), dice el historiador Lucio Anneo Floro. Derrotados los pueblos montañeses, muchos guerreros preferían envenenarse con una pócima de simientes de tejo antes que entregarse.

También Julio César, en su libro VI de la Guerra de las Galias, nos cuenta que Catuvolco, rey de la mitad de los Eburones, agobiado por los años y no soportando ya las fatigas de la guerra, se suicidó con jugo de tejo: …taxo, cuius magna in Gallia Germaniaque copia est, se exanimavit. (se suicidó con tejo, del cual hay gran cantidad en la Galia y en Germania).

¿Y qué tiene eso que ver con el arroyo de la Gargantilla que se menciona en el título?, se preguntará el improbable lector. Aparte de ser un prurito cultureta de este jubilata, estas viejas historias tienen en común con el citado arroyo la alusión a los tejos, en el primer caso, y su presencia, en el segundo,  porque aparecen próximos a su cauce, ladera arriba. No tan abundantes, ni mucho menos, como los de la Galia y Germania que nos cuenta Julio César, pero haylos. Por eso, el veterano Trío de los Tejos (o sea, Juan, Guillermo y un servidor) decidimos hacer una caminata arroyo arriba para verlos. Es cierto que son tejos que pueden considerarse en plena juventud, ya que tendrán en torno a 80 años, así, a ojo de buen cubero, pero todos sanos, luciendo su porte verde negruzco en manchas dispersas entre los pinos.

Para que el lector curioso de esta afición a los tejos se haga una idea, describiré con brevedad el recorrido que hicimos, siguiendo el itinerario y datos que me ha pasado el amigo Juan F. Romero, y cuyo mapa he incluido: Comenzamos en la pista asfaltada entre San Rafael y El Espinar. Entre la fuente de la Yedra y la de Peña Morena tomamos sendas paralelas al arroyo de la Gargantilla hasta el collado del mismo nombre (1.648 m.), viendo tachones de tejos aquí y allá. Según estimaciones aproximadas, puede que haya una docena larga de ejemplares por el entorno. Desde allí, por pista de tierra, subimos hasta las Lagunillas, pasando por la fuente de los Goyatos.

Si el lector es amigo de disfrutar de la naturaleza, no puede dejar de acercarse a este paraje de las Lagunillas. Grandes praderías verdes, enmarcadas por el bosque de pinos y un azul limpio con nubes algodonosas flotando perezosamente en el cielo. En la planicie verdeante, pequeñas lagunas donde el ganado va a beber. Vacas apacibles y pacedoras, junto con sus crías, yeguas y algún toro semental, forman una estampa idílica donde incluso los caminantes tienen su lugar mientras sosiegan el paso y llenan sus castigados pulmones de urbanita con el aire limpio que ha pasado por el filtro de los pinares.

Desde el collado de las Lagunas (1.670 m.) puede divisarse la sierra de Malagón con sus aereogeneradores y la zona de Cueva Valiente. Tras pasar una puerta metálica, iniciamos la bajada por un camino empinado. A su derecha, y muy próxima, vimos la fuente de los Tejos, a la que llamamos así porque comienza en ella el arroyo de la tejeda de los Poyales, mencionada en una entrada anterior (1 septiembre, 2011. Véase epígrafe "Tejos" de esta bitácora). Una chapa con letras perforadas la llama “fuente del esportón”. Parece que el vaso de esta fuente lo hicieron empleando como horma un esportón, cuyo hueco recubrieron de cemento que el paso y las inclemencias del tiempo han desmoronado. El lugar es lugar de tejos y es más propio este epónimo que no el de una vulgar espuerta.

Siguiendo de cerca el curso del arroyo del Prado Goyato, bajamos hacia el camino del Ingeniero, viendo algunos buenos ejemplares de tejos, y paramos a comer en una pradería, a la sombra de los pinos, mientras una colonia de “arañitas paticortas y panzonas, pero inofensivas” (según pone Juan en sus notas), nos estuvieron correteando por la ropa. El bocata estuvo, según costumbre en el monte, de cinco tenedores; la conversación, distendida, de altura. Lo que se deja dicho aquí por presumir un poco. No en vano estábamos en torno a los 1.500 m de altitud, con la mente bien oxigenada, y porque los temas de la conversa siempre son de interés entre veteranos de la vida y de la montaña.

En nuestra conversación surgió la cuestión de la importancia que suele darse a las primeras citas entre los profesionales y los aficionados a la geobotánica. La existencia de estas tejedas era bien conocida por gabarreros, forestales y montañeses de El Espinar, ya que fueron esquilmadas en los años 40 como consecuencia el hambre y el frío que se pasaba en aquellos tiempos de escasez, y rebrotaron de nuevo, según nos explicó Guillermo. Pero en lo que se refiere a registros escritos, no tenemos conocimiento de que se mencionasen antes de que en esta bitácora se hablase de ellos en la entrada: "Los tejos de los Poyales". Mérito que, modestamente, nos arrogamos el Trío de los Tejos aquí presente. 

Pues bien, vistos los tejos a la subida y a la bajada y comprobada su buena salud, disfrutado el paseo por el pinar, descansados y bien conversados, bajamos a la pista asfaltada de El Espinar a San Rafael, tomamos nuestro coche y fuimos a Cercedilla para tomar el tren que nos acercó a la capital. 

Allí, el calor y el habitual tufillo a carburantes. Un servidor - no podía por menos - tuvo un recuerdo añorante para las vacas de las Lagunillas y su plácido rumiar. 

sábado, 6 de junio de 2015

¡Que vienen, que vienen..!.-

En estos días más veraniegos que primaverales dedico las horas altas de calor, agazapado en la penumbra de mi cuarto de estudio, a la relectura de las ocurrencias poético-filosóficas de ese maestro apócrifo que fue Juan de Mairena. Nunca nadie dijo cuáles eran los títulos académicos de Mairena para ejercer la docencia, ni siquiera aquel viejo profesor de instituto llamado Antonio Machado Ruiz, que parecía conocerle tan bien. 

Según parece, Mairena fue profesor de gimnasia y de retórica, además de un sofístico por convicción didáctica, que impartía sus charlas en la que iba a ser la Escuela Popular de Sabiduría Superior. Proyecto que no pasó de tal porque su maestro, Abel Martín, para quien reservaba la cátedra de Poética y Metafísica, murió joven.

Sumergirme en la lectura de sus sentencias y donaires, pasados ya casi cuarenta años del primer contacto (el ejemplar que uso lo compré el 03.V.77), ha sido como volver a las aulas. Solo que, por no caer en el anacronismo, no lo he hecho como alumno oficial, ni siquiera como oyente de esa Escuela Popular de Sabiduría Superior, sino como leyente. O sea, desde la distancia en el tiempo y por libro interpuesto. Lo cual me permite seguir las enseñanzas del maestro a mi aire, pausadamente, como corresponde a un jubilata. Y lo que es más importante para un leyente, que ni siquiera ha pagado las tasas de matrícula, que la lectura le permite divagar y no seguir el ritmo que marca el maestro. Lo cual, a veces, empuja a uno a la dispersión.

Y así, cuando leí: y el bruto más espeso se carga de razón…, me pareció que había una conexión entre este texto y el revuelo político de estos días port-post-electorales. Me acordé de la argumentación zafia que corre por redacciones de papel y tele, tertulias, declaraciones políticas y conversaciones callejeras de gente asustadiza.  Todo ello a propósito de las hordas de extrema izquierda de Podemos que, según aquéllos, están asaltando las instituciones con pactos torticeros y malas artes totalitarias.

Desbarata, y mucho, el sosiego y el buen discurso de la lectura encontrase esa barahúnda de acusaciones contradictorias, según las cuales, todos estos movimientos surgidos del 15M y de las movilizaciones ciudadanas son, alternativa, indistinta y simultáneamente: nazis, comunistas, etarras, chavistas-bolivarianos, fascistas de la Marcha sobre Roma, castristas, añorantes del emirato, antisistema, viola-monjas quema-iglesias, anti taurinos, talibanes y descamisados con coleta. 

En el fondo, todos sabemos a qué se debe esa cacofonía descalificadora. Que mucha gente amachambrada en las instituciones desde hace quinquenios se iba a quedar sin su cómodo trabajo, ya lo sospechábamos cuando depositamos el voto el 24-M. Que los ciudadanos cambiemos de opción política y los mandemos al olvido no es como para despepitarse y soltar enormidades por esa boca. ¿Sus ex-señorías se han quedado sin sillón? No olviden que era prestado. Además, ¿no ha salido España de la crisis? Pues nada, ya encontrarán otro trabajo, aunque sea de camarero en un chiringuito de playa. 

No alboroten el gallinero; sepan que ustedes no son imprescindibles para que esta sociedad funcione. Piensen que los cementerios están llenos de personajes imprescindibles, de quienes nadie se acuerda. Ni puñetera falta que hace. Tomen ejemplo del modestísimo Miguel de Cervantes, que ni sus huesos se identifican en la huesa común donde  se supone que deberían estar.

Lo que uno pediría, si le dejaran, es lo siguiente: Ya que el miedo a quedarse sin poltrona, sin coche oficial y con el culo de la Gürtel o la Púnica al aire, es tan fuerte como para lanzar tantas invectivas a Podemos y sus franquicias, que al menos lo hicieran manteniendo una cierta coherencia lógica en las tandas de insultos. Aunque solo sea por lástima de las masas asustadizas que se espeluznan ante el temor a la muerte del Mesías neoliberal, escarnecido por los anticristos podemismas; ya es bastante complicada la vida de la gente como para, encima, acojonar al personal con esas burreces que andan soltando a boca llena. Y también, un poco, por respeto a los que observamos el espectáculo de despropósitos sin opción a opinar y ser escuchados.

Rebuznos apocalípticos, los llamaba el maestro Mairena. Rebuznos que retumban por todo el pesebre hispano alborotando el plácido rumiar del rebaño patrio. Rebuzna, que algo queda, podríamos decir parafraseando el dicho de Calumnia, que…, etc. Aunque tanto mejor sería que depusieran esa actitud rebuznante y recordaran lo que en el Quijote se dice en  aquel episodio, cuando los de un pueblo se pusieron a la greña con los del pueblo vecino por rebuznos de más o menos de sus alcaldes: No en balde rebuznaron el uno y el otro alcalde. En fin, no den pábulo a que Sancho tenga que decir de ustedes: Tan a pique están de rebuznar un alcalde como un regidor.

La política, señores – sigue hablando Mairena – es un actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el “apoliticismo”, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis “hacer política”, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros. 

Juan de Mairena era un hombre cabal. Ya te digo, improbable lector.

miércoles, 27 de mayo de 2015

La realidad según se mire.-


Tras estas últimas elecciones municipales y autonómicas, los periodistas le preguntaron a la ya casi exalcaldesa de Madrid una cuestión que debía tener su enjundia, pero que por lo que se ve, de puro obvia que era, este jubilata ha olvidado. La señora Botella, con su habitual facundia discursiva contestó que ella no iba a “hipotizar” sobre el pasado. Nada de lo dicho en aquella entrevista – tanto por parte de los plumíferos del micro como por parte de la edil, ¿o hay que decir “edila”? – sería digno de recordatorio si no fuera porque doña Botella aseguró que no pensaba “hipotizar” sobre la cuestión planteada.

Palabra de la que tomé buena nota por si me servía para un pequeño diccionario que me estoy haciendo, por pura curiosidad, sobre términos en letargo, en desuso, pero rescatados de vez en cuando, o, simplemente, sonoros aunque poco habituales; aparte neologismos con pedigrí, siempre que no sean angloparláticos. “Palabras Regaladas”, le llamo a este juguete de la lengua que me he inventado. Cualquier término en castellano me sirve a condición de que no me lleguen en tropel como razzia de moros (que me agobiaría mucho), sea sugerente, inusual y con buena sonoridad. Piense el improbable lector en la palabra oficleido que descubrí visitando un museo, o serendipia, cuando andaba buscando un libro extraviado en las estanterías, como ya se habló aquí en la entrada anterior de esta bitácora jubilata.

¿Por qué no “hipotizar”, aunque sea palabra a salto de mata e inventada para la ocasión por la ya casi desalcaldada alcaldesa de Madrid? Lo malo, pensando en ello, fue que no se trataba de un neologismo ni de palabra con raigambre y enjundia lingüística que figure en el diccionario de Corominas. “Hipotizar” fue un arranque de majeza cañí, un pronto verbal que le dio a la desalcaldable doña Ana cuando se vio asediada de micrófonos y preguntas. No hay por qué reprochárselo, es su forma de ver la realidad política y expresarla.

No puede decirse que un servidor esté muy interesado en la percepción de la realidad política pasada por el filtro de ciertas ideologías, pero sí en la forma en que expresan esa realidad. O sea, en la manipulación del lenguaje para hacer que éste diga otra cosa distinta a lo que la simple experiencia nos parece estar advirtiendo. Por poner un ejemplo, sin ánimo de enredarse uno en el berenjenal más de lo imprescindible, esa consigna numantina que recorre estos días la portavocía de los genoveses y que viene a decir que – aunque la puñetera realidad diga que se han dado un batacazo – son el partido más votado.

Según y cómo, o sea, mire usted. Uno echa mano de una aritmética elemental y empieza a hacer cálculos con los dedos: treinta y cinco millones de ciudadanos estaban llamados a las urnas; doce pasaron mucho de la papela, así que veintitrés son los que votaron, de los cuales, seis millones optaron por el vuelo de la gaviota. Total, veintinueve millones, de los cuales,  doce porque se la refanfinfla y diecisiete porque miraron para otro lado, ninguno de ellos les dio su voto. Millón arriba, millón abajo, que uno no es estadístico, pero así se hace una idea de a qué llaman mayorías los jefes del cotarro.

Quizás es que, como dijo el inefable Floriano en un vídeo promocional de la cúpula genovesa, les “faltó piel”. A un servidor, que en estos casos de propaganda obvia barrunta lo que no debería, le vino a las mientes esa canción de Juan del Encina que los de Atrivm Mvsicae cantaban en su vinilo Codex Gluteo: ¿Si abrá en este baldrés / mangas para todas tres? / Tres moças d´aquesta villa /desollavan una pija /para mangas a todas tres… / desollavan una pija / y faltóles una tira / para mangas a todas tres. 

Ya se ve que no es problema sólo de algunos mandamases el hecho de que se pongan a desollar una pija y les falte piel para hacer mangas y capirotes, también las mozas del pueblo llano solían encontrarse con esos problemas. Solo que ellas insistían: ...Y faltóles un pedaço / una yba a buscallo / para mangas a todas tres.


Vayan, vayan ustedes y busquen el trozo de piel que le falta a la pija antes de embaulársela. Aquí no tenemos ninguna prisa hasta dentro de cuatro años.