sábado, 20 de mayo de 2017

Por tierras del Cáucaso: Armenia.-


Si el viajero recién llegado al país quiere entender la idiosincrasia del pueblo armenio, será bueno que, una vez en su capital Yerevan, haga algunas visitas. Suba primero al Parque de la Victoria. A sus pies está la ciudad; a lo lejos, el inconfundible perfil de la montaña sagrada de Ararat (5.165 m de altitud), pero que está del otro lado de la frontera con Turquía, un vecino inquietante. 


Al pie de la descomunal estatua levantada en tiempos soviéticos a la Madre Patria, varias piezas de artillería, un tanque T 34, un lanzamisiles Katiusha, diverso material blindado y hasta un avión MIG, todo ello apuntando a Turquía. El viajero sabrá que Armenia formó parte del imperio otomano y su población fue sometida a exterminio, y entenderá el porqué de todo aquel material bélico – obsoleto pero simbólico – apuntando a su temible vecino del sur.

Pero no acabará el visitante de entender ese rencor hacia el vecino turco, a menos que vaya a un cerro próximo donde levantaron el Memorial del Exterminio Armenio, y lo visite. El memorial está formado por un largo muro de basalto, un obelisco puntiagudo, hendido en dos y simbolizando la Grande y la Pequeña Armenia, doce enormes paneles de obsidiana inclinados en círculo en torno a la llama eterna y un edificio que apenas sobrepasa el nivel de calle de la explanada, también en piedra negra. 

En su interior pueden verse documentos y fotos de la represión ejercida sobre el pueblo armenio por parte del sultán Abdul Amid II el Sanguinario, en 1894, (unas 300.000 personas, lo más granado de su sociedad) y del gobierno de los Jóvenes Turcos, iniciado en 1915. El número exacto de exterminados se desconoce, pero se estima en torno a los dos millones y medio de personas, asesinados masivamente u obligados a marchas forzadas en las que morían a miles debido a la falta de alimentos y a causa de la extenuación. Turquía nunca ha reconocido la planificación de este genocidio, aunque los interesados lo pueden documentar.

Este pueblo, que en sus momentos de gloria se extendió desde el mar Negro al Caspio, hoy no tiene salida al mar. Enclavado entre el imperio ruso (zarista primero, soviético después), el imperio otomano y el imperio persa (actual Irán), ha tenido distintos dominadores, según los avatares históricos, y ha vivido una diáspora por todo el mundo. Su lengua y su religión han servido de aglutinantes.

A lo mejor, al lector curioso que viaja por el texto que tiene ante sus ojos, le gustaría que el viajero le hablara de cuestiones más turísticas y de mas entretenimiento como había en Yereban, pero si tiene un poco de paciencia, acompañará a este jubilata a una breve visita  al museo de Matenadaran. Este lugar es el archivo vivo de la lengua armenia, pues se recogen en él 18.000 de los 30.000 manuscritos que existen en el mundo en alfabeto armenio. 


Este alfabeto fue inventado por Mesrop Mashtots en 406. Según mis notas, el matenadaran equivalía al scriptorium  de nuestros monasterios medievales, donde se transcribían y recogían los saberes de la época. Actualmente, el museo forma parte del Programa Memoria del Mundo, de la UNESCO, y es la memoria nacional de este país. Como ve el improbable lector, hemos despachado el asunto de un par de plumazos, pero había que visitarlo si uno quiere comprender la idiosincrasia del pueblo armenio.

Y respecto al aglutinante religioso, el viajero no puede ignorar la existencia de la Iglesia Apostólica Armenia,  bajo cuya obediencia espiritual están todas las comunidades de la diáspora. Para eso, nada como acercarse a la catedral de Echmiadzin, residencia del katolicós o papa de la iglesia armenia. Sus primeras construcciones comenzaron a poco de que el cristianismo se convirtiera en religión oficial del reino en 301. 


El curioso viajero, que ve el mundo a través de los anteojos de un prudente escepticismo, no puede dejar de comparar esta residencia del máximo representante de la iglesia armenia con la del pontífice romano y debe reconocer que aquí no hay la magnificencia y riqueza escandalosa  del Vaticano.

Y si el viajero se para a observar las reliquias aquí conservadas, no deja de llamarle la atención la lanza de Longinos que, según la tradición evangélica, atravesó el costado del Cristo. La forma romboidal plana del fierro, con una cruz incisa en medio, le dan a uno que pensar. Más si recuerda que los legionarios del tiempo de Augusto usaban un pilum, pequeña lanza arrojadiza, con un vástago de madera unido a una varilla metálica rematada por una punta piramidal. Pero ellos están tan seguros de su autenticidad que, según nuestro guía Edgar, nunca han querido someter la pieza a la prueba del carbono 14 para datar su antigüedad. Total, si es la auténtica, para qué pararse en comprobaciones…, deben pensar con la convicción que da la fe de carbonero. Y otro relicario de gran veneración, un trozo de tabla del arca de Noé, varada en el cercano monte Ararat. El poema en tablillas sumerias del diluvio de Gilgamehs, S. XIV a. C, o el relato caldeo que lo sitúa en los montes Zagros no parecen inquietar su creencia en el relato bíblico.

Pero no creas, lector paciente, que aquí se te va a hablar de San Gregorio el Iluminador, fundador el cristianismo en estas tierras, pero sí un poco de santa Hripsimé – cuya iglesia visitamos –, que formaba parte de un grupo de 37 vírgenes cristianas que huyeron del acoso sexual de Dicleciano; y algo hay que apuntar del rey Tirides III, quien también se encaprichó de la santa moza, cosa usual entre los antiguos reyes y los modernos eméritos. El asunto fue que a los poderosos o les satisfaces los caprichos o te las hacen pagar, de dónde el martirio de todas ellas, menos una, santa Ninó que huyó a Georgia, país que evangelizó. Y habla la leyenda piadosa de la grave enfermedad que sufrió el rey como castigo a su maldad y de cómo San Gregorio el Iluminador, que llevaba trece años encerrado en una mazmorra por orden del rey (una cuestión de guerras entre familias poderosas y venganzas) fue y lo sanó. Éste, agradecido, se convirtió al cristianismo y destruyó los templos paganos.  

Lo cual es una pena, porque solo queda un templo pagano en toda Armenia, el de Garni. Es del S. I de nuestra Era, de estilo grecorromano, con un peristilo de 24 columnas jónicas, dedicado a Mitra. En su interior, un flautista nos regaló algunas melodías armenias. El instrumento, al que llaman duduk, está hecho de madera de albaricoquero y es uno de los signos nacionales. Próximas, unas termas romanas, pertenecientes a un complejo palacial del que se conservan el templo helenístico y la base de un palacio sobre el que se construyó un tempo copto de planta de cruz griega. Todo ello sobre un gran cañón que ha labrado el río, y en los escarpes, frutales en plena floración poniendo una mancha de color rosado sobre unas tierras agrestes.

La visita a Armenia dio mucho más de sí, pero a lo mejor, en una nueva entrada del blog hablaremos de ello…

domingo, 7 de mayo de 2017

Por tierras del Caucaso.- Georgia, II



En días previos al viaje por esas tierras a medio camino entre Europa y Asia, andaba este jubilata leyendo un librito de puro entretenimiento: Viajeras intrépidas y aventureras, cuando me tropecé con esta cita de Carmen de Burgos Colombine: “No comprendo la existencia de personas que se levantan todos los días a la misma hora y comen cocido en el mismo sitio. Si yo fuera rica no tendría casa. Tendría una maleta y a viajar siempre”.

De Carmen de Burgos ya tenía este jubilata alguna noticia a través del curso Uned Senior de Literatura y tertulias literarias, y sabía que era mujer de mérito. Nacida en el S. XIX, fue la primera periodista y redactora que ejerció como tal en España, lo que dice mucho de su afán por superar las limitaciones que la sociedad imponía a la mujer en su tiempo. Su espíritu rompedor y adelantado a la época siempre me ha llamado la atención. De haber podido viajar, seguro se hubiese venido con nosotros hasta el Cáucaso y hubiera contado sus experiencias en el Diario Universal, que dirigía Augusto Figueroa. De ella me acordé mientras nuestro autobús daba saltos por aquellas carreteras tan bien provistas de baches.

Describir la sociedad y las formas de vida del pueblo visitado no suele ser tarea fácil para el viajero. Primero, porque recorre tantos lugares y con tantas prisas, que echa en falta el necesario reposo para la observación; en segundo lugar, porque el conocimiento del medio le llega a través de un guía – en este caso, nuestra inestimable Maia – quien mediatiza la información, dando una visión apta para turistas que sientes curiosidad pero tampoco quieren complicarse mucho la vida. Sea como fuere, algunas impresiones anotadas a vuelapluma:

La mayoría de la gente vive en Tblisis (casi la mitad de la población total), dedicada al sector terciario y la administración. De la industria, lo que llama la atención al observador son las grandes fábricas del periodo soviético abandonadas ante el cambio de paradigma económico, pues una economía de uso, con manufacturas hechas para durar (los Lada rusos aún andan por las carreteras, y aquí no soportarían un paso por la ITV), no puede competir con una producción masificada para el consumo, con obsolescencia programada. Pero eso el improbable lector ya lo sabe.

La población que no se concentra en ciudades vive en el campo dedicada a agricultura y ganadería. Mientras viajamos hacia la región vinícola de Kakheti, atravesamos las tierras montañosas de Gombori, y los pueblos que vimos al paso, agrícolas, presentaban un cierto abandono, con casas cerradas, semiderruidas, algunas fincas abandonadas. El viajero supone – no lo sabe con certeza – que el clima, en esta zona montañosa, no ayuda y la gente ha emigrado a la ciudad en busca de oportunidades.

En una entrada anterior se habló de la importancia que la Iglesia ortodoxa y apostólica georgiana tiene en estas gentes. Pasamos ante la residencia del patriarca ortodoxo, actualmente Hilia II, y aquí es donde las explicaciones de nuestra guía pusieron en evidencia la estrecha relación entre religión y nacionalismo. Frente a la dominación  rusa – primero zarista, después soviética – la religión se convierte en una trinchera desde la que se ha defendido la identidad nacional. De hecho, el viajero ya se ha dado cuenta desde los primeros días de estancia en el país, que los monumentos históricos a visitar serán monasterios e iglesias, y que no encontrará ni un museo abierto porque estamos en semana santa y son fiesta de guardar.

Quizás, para recordar que estas tierras están vinculadas a la expansión de las colonias griegas hasta el mar Negro, conviene recordar la expedición de Jasón en busca del vellocino de oro y que le llevó hasta la Cólquide. Según cuentan, con su barco Argos remontó el río Ni (nombre actual), hasta llegar a la corte del rey Eetes (hoy la ciudad de Kutasi, segunda en importancia de Georgia y sede del parlamento). Según dicen por estas tierras, lo del vellocino de oro tiene una base de realidad, ya que en los ríos auríferos, los naturales acostumbraban a introducir pieles de cordero en su lecho para que entre los vellones se fueran depositando las arenas auríferas. Este jubilata no puede confirmar la certeza del viaje, pero cuenta lo que, entre otros autores antiguos, dice Apolonio de Rodas en Las Argonauticas y lo que dice la tradición local.

Nosotros, argonaturas a la moderna, en un bus alemán confortable, atravesamos la sierra de Gombori para entrar en la región vinícola de Kakheti. Esta sierra es una cadena montañosa cuyo pico más alto alcanza los 3.500 m. actúa como divisoria entre los ríos Alazani y Iori y es como una presierra previa al Gran Cáucaso que hace frontera con Rusia por el norte.

Dice la guía (quizás un poco exageradamente) que en Georgia se producen 500 variedades de uva y pondera la calidad de sus vinos. Está en su casa y hace bien. En esta región de Kakheti se sigue elaborando el vino al modo tradicional como hace ocho mil años, emparentado la tradición vitivinícola con el mismísimo patriarca Noé. La uva se pisa o prensa, se maceran juntos el mosto y el hollejo y se fermenta en tinajas de barro. Es vino para consumir en el año y no se puede embotellar. A este proceso tradicional la UNESCO ha reconocido como patrimonio  cultural inmaterial de la humanidad. Solo que ese procedimiento artesanal se lleva haciendo por tierras manchegas desde hace siglos y los lugareños lo llaman “vino de pitarra”.

No debe el viajero contar todo lo que hizo y vio en este viaje, no sea que el lector le tome por presuntuoso y le mire con ojeriza. Como experiencia curiosa, sepa que comimos en Gremi, en la casa de una familia campesina. 
Tanta variedad de platos: ensaladas, verduras, carnes, con distintas sazones, todo rico y abundante, regado con vino de pitarra de la cosecha familiar. A los postres, buena repostería, acompañada de coñac georgiano y chacha, aguardiente destilado por ellos. Antes de los postres, una de las niñas de la familia nos interpreta una pieza al violín. Después, una nena de unos 8 años, también toca su violín entre las interrupciones a puro aplauso de los componentes del grupo, entre los que ha ido haciendo efecto la chacha local y les ha puesto eufóricos. Resulta que una de las hijas de la familia estudia cocina en la Basque Culinary Center – dicho así por aquello del prestigio internacional – de San Sebastián, para que se vea qué pequeño es el mundo. Es motivo suficiente para brindar con aguardiente por la confraternización universal a través de la gastronomía. El grupo, en agradecimiento, le canta a la familia la cruz del Gorbea, las mañanitas y adiós con el corazón. Una foto colectiva, muchas risas de graduación alcohólica y al coche, que queda mucho por correr y visitar.

Por seguir con el espíritu del padre Noé, tan patriarca de estas tierras, en Velistsije paramos a visitar unas bodegas de unos 300 años de antigüedad, que llevan el nombre de la dueña, Numiri. En el sótano se conservan abundantes tinajas en barro cuyas bocas se ven en el suelo de la planta de calle. Nos explican cómo se hacía la limpieza de su interior antes de llenarlas con el vino nuevo. Tiene la bodega una planta superior donde su dueña ha ido acumulando todos los objetos que ha debido encontrar por la zona. 


Una especie de museo etnográfico un poco sin orden ni concierto, pero vistoso: muebles, alfombras, viejos televisores de tubo, una colección de trompas y tubas de cobre, fotos, planchas de carbón… y todo lo que el curioso puede y no puede imaginar. De despedida una degustación de los vinos del lugar que se acompañan de queso blando muy salado para estimular las ganas de beber, y ese pan tan sabroso que hacen en este país.

Más, más lugares visitamos en este viaje georgiano, no se vaya a creer el improbable lector, pero no conviene abusar de su paciencia, y por eso lo dejamos aquí.


martes, 25 de abril de 2017

Por tierras del Cáucaso: Georgia.-

Habrá por ahí – pensaba un servidor mientras andaba por lueñes tierras – algún improbable lector que esté sufriendo en silencio la larga ausencia de esta bitácora. O quizás, esta misma ausencia le ha habituado a no recibir noticias de ella, o a no echarlas de menos, lo que es peor. 

Comoquiera que sea, no es bueno ni para él ni para mí. Para él porque se ve privado de esos momentos de lectura intrascendente en los que no está obligado a tomar partido; para este jubilata, porque la no presencia en la nebulosa internauta es tanto como una condena al ostracismo, la muerte civil en esta charca universal de opiniones donde, si no parloteas, no existes. Así que regreso a ella, a la charca de la cháchara internautica, a croar como una rana más y unirme a este coro de disonancias donde cada uno dice lo que quiere y cada cual entiende lo que le da la real gana.

Dicho esto, pues sí, este jubilata se ha ido semana y media a visitar un par de países del Cáucaso y ha vuelto tan lleno de nuevas experiencias viajeras que no querría dejar de contarle – siquiera algunas de ellas, y sin afán didáctico – al lector expectante o acaso olvidadizo, pero siempre presente en la intención de esta bitácora.

¿…Que estás en Georgia? – me “wuasapeó” mi hermano – Espero que Putin no haga ninguna tontería mientras estáis por esas tierra. Yo entendí su preocupación. Como quien dice, anteayer (en agosto de 2008), Georgia se vio metida en una guerra por reclamar Osetia del Sur y Abjasia como territorios de su Estado. Pero la Madre Rusia apoyó a los disidentes y llevó sus tanques hasta las puertas de Tblisi, la capital, tras ocupar Gori, ciudad natal de Joseph Stalin. La cosa de la geopolítica quedó en que, por mediación de la Unión Europea, los contendientes se retiraron a las posiciones previas al conflicto. Desde entonces, los georgianos se lamen las heridas por la amputación de lo que consideran parte de su territorio.

El asunto no es lo mismo leído en la Wikipedia que oído de boca de Maia, nuestra jovencísima guía, quien vio su pueblo natal ocupado por las tropas rusas. El sentido de frustración y de irredentismo es algo que ha quedado en el espíritu de los georgianos, a lo que se une la vecindad inquietante de los grandes que le rodean: Rusia al N (desde comienzos del S. XIX Georgia fue anexionada al imperio zarista, y tras el bolcheviquismo, una de las repúblicas satélites), más los países islámicos y opuestos en fe religiosa: Azerbaiyán al S.E y Turquía al S.O. Únicamente la pequeña Armenia, al S., es vecino no conflictivo, aunque por aquellas tierra todavía suspiran por la Gran Armenia, como se dirá en otra entrada posterior.

Lo primero que sorprende al viajero es ese alfabeto, como hecho de gusanitos, el nombre impronunciable de los lugares que uno visita (las consonantes deben ganar en proporción de 3/1 a las vocales), y el alarde de religiosidad e influencia de la iglesia ortodoxa en la vida pública. Eso, y que son unos triperos además de buenos bebedores de vino. Uno se sienta a la mesa y le sirven una docena de platos distintos, abundantes en vegetales, legumbres, carnes y variedades de quesos, todo especiado, que el comensal mezcla a placer. Pero la cocina georgiana es tan complicada como su alfabeto, así que aquí se apunta y nada más.

Tbilisi la capital, ciudad que mantiene la belleza de las viejas ciudades medievales, está atravesada por el río Kurá y rodeada de cerros que conservan una fortaleza y antiguas iglesias. Y, cuando el viajero se pone en plan culto y visita lugares, éstos son o iglesias o monasterios. Viejos monasterios existentes desde la implantación del cristianismo, muchas veces fortificados, y a veces disponiendo de un aula donde se impartían los saberes de la época. Son lugares de culto y de cultura. 

Y lo que sorprende al viajero profano, es que su arquitectura religiosa apenas sufre evolución desde los primeros siglos hasta la actualidad. Son edificios sólidos, construidos en piedra volcánica, tova o calizas, de gruesos muros y escasa iluminación. Planta de cruz latina, con una cúpula sobre el crucero, y la curiosidad de que los campanarios suelen ser exentos. Al interior, el iconostasio donde se celebra la consagración, representaciones icónicas murales y una sensación de oscuridad que anima a buscar la luz exterior en cuanto se han hecho media docena de fotos.

Si al improbable lector le cuento que estuvimos en Velistsije, Signapui,  Mtsmjeta, Uplistsije o Tskaltubo, pues como que le va a dar lo mismo, así que no le diré que también estuvimos en Gelati, Kutasi, Motsameta y otras que me callo. Sí le sonará Gori, la cuna del padrecito Stalin, donde se conserva su casa, modestísima, y el vagón blindado que usaba durante la guerra mundial para no estar nunca localizable. 

Próximos a su estatua, los perros callejeros se enroscan sobre la tierra del jardín y duermen sus sueños perrunos, ajenos a la efímera historia del sistema soviético y la escasa gratitud que estas gentes le muestran. Un hombrecillo, con un cajoncito de madera como mostrador, tiene a la venta pequeños recuerdos con la imagen de Stalin. Yo le compré un par de cajas de cerillas donde se ve que al prócer le hicieron un lifting porque exhibe mejillas tersas, pelo entrecano repeinado y bigote de perfecta geometría. Y muchas medallas.

Entre tanto andorrear por el país, atravesamos la sierra de Gombori, cadena montañosa previa al Gran Cáucaso, para entrar en la región vinícola de Kakhti. Nuestra guía Maia, con orgullo patrio, nos dijo que se cultivaban hasta 500 variedades de uva en su país y que la tradición vitivinícola se remonta a 8.000 años, como quien dice a los tiempos del patriarca Noé. El sistema tradicional de elaboración, declarado patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO, se parecía como un huevo a otro huevo a como lo hacía mi primo Servando en los Montes de Toledo: se pisa la uva y el mosto se echa en tinajas junto con el hollejo para que fermente. Es lo que por tierra de garbanzos siempre se ha llamado “vino de pitarra”. Solo que en Georgia es una tradición milenaria, y aquí un atraso tecnológico.

Como son días de recogimiento religioso y pascua de resurrección, el país está a medio gas y los museos no se pueden visitar. Christe Azsca!, “Cristo ha resucitado” dice la gente a modo de saludo cuando uno entra a visitar una de las innumerables iglesias. Pero este jubilata se olvida un tanto de esos piadosos sentimientos y observa el país desde el bus, mientras le llevan de ciudad en ciudad, de iglesia en monasterio. Y ve muchas casas de labranza abandonadas, unas vacas desmedradas andando por el arcén, y gran cantidad de coches de la época soviética abandonados por pueblos, campos  y caminos. Viejos Lada ya en puro esqueleto, que exhalaron su último suspiro mecánico una vez que la economía planificada murió de inanición.

Y si el viajero es observador, verá viejos polígonos industriales, en tiempos del comunismo floreciente grandes complejos fabriles que daban trabajo a millares de obreros, hoy esperando una reconversión industrial que no se sabe si llegará de los fondos comunitarios, con  permiso de la madre Rusia, claro está, que pone un ojo vigilante sobre estos hijos desagradecidos que le hacen guiños a la OTAN y el capitalismo occidental.  

Quizás, la impresión más melancólica la recibió este jubilata viajero en Tskaltubo, ciudad balneario que tuvo su momento de esplendor durante la época soviética. Un paseo antes del desayuno me llevó a recorrer calles solitarias desde las que se veían viejos y enormes hoteles abandonados, con ese aire triste y resentido que se les pone a los edificios a los que se deja languidecer con las heridas del abandono asomándole por puertas y ventanas desdentadas.

Sus hermosos parques estaban en estado salvaje con árboles, arbustos y matorrales que cegaban los paseos, balaustradas que se desmoronan, enrejados comidos por el óxido… Y en lo que fue un campo de fútbol, centenares de ranas croaban en grandes charcas. El soberbio aspecto de antaño se había convertido en penoso olvido de sus grandezas y, para completar el panorama de desolación, varios perros callejeros se acercaban a nuestro bus, buscando la caricia del turista. Ni siquiera esperaban algo de comida, solo que el forastero  les acariciara o, al menos, le permitiera acercarse sin ponerles cara de asco.

Pero que el improbable lector no saque una idea equivocada de lo aquí escrito. Son una apreciación subjetiva que no da razón de la hermosura de aquellas montañas, su abundancia de ríos, la omnipresente  cadena nevada del Gran  Cáucaso en lontananza, y la belleza agreste de los parajes donde se asientan los monasterios. El turista allí se hace viajero y bebe con los ojos todo lo que el paisaje quiere  mostrarle.

Si tienes ocasión, lector paciente, ve y visita el país. No te decepcionará, incluso verás que es otro al que yo te he descrito.

martes, 4 de abril de 2017

Un ejercicio de añoranza.-


Es lo que tiene irse haciendo viejo; bueno, digamos que "senior", miembro de la "tercera edad", jubilata marchoso, y otras formas optimistas de encarar el puñetero paso del tiempo. Es lo que tiene, digo, eso de acumular quinquenios vividos: que cuando se echa la vista atrás, la vida es una aventura de perfiles borrosos, olvidos y falsos recuerdos (o auténticos, que a estas alturas uno ya no está seguro) que van llenando el saco de vivencias en que acabamos convertidos. Por eso, porque, por una debilidad - perdonable, imagino -, esta mañana de abril me he despertado mirandome hacia adentro, a lo lejos en el tiempo, y he encontrado esto que queda aquí escrito. Que nadie se lo tome a mal, solo es literatura de andar por casa, ficción y un poco de auto engaño:

El niño que yo era.

Me llamo JotaJo. Nací en casa Lecáun y aquella tarde se fue la luz. Siendo niño viví en Cortes y mi mundo llegaba, más allá de las huertas, hasta las vías del tren. Mi vida se repartía entre la cocina familiar, la escuela pública y la calle.

En la cocina de casa jugaba, comía, lloraba –con motivos o no, según el humor del niño que yo era– , me lavaban, me reñían o me acariciaban –con motivos o no, según el humor de los mayores–. A mi modo, fui feliz.

La escuela era un mundo duro. Allí aprendí a leer y a escribir, las cuatro reglas y a llevar las orejas limpias. Todos los día, a la entrada, nos hacían cantar “Montañas Nevadas”, y  el mes de mayo, “Con flores a María”. Don José nos castigaba con varas de mimbre y el patio de recreo era un campo de batalla. También allí, fui casi feliz.

La calle era un Amazonas, un desierto africano o un castillo medieval, según. Porque en la calle, yo era yo: un día era corsario inglés o indio de las praderas; otro día, mosquetero, contrabandista o policía. Pero a ser ladrón nunca jugué, porque mi padre era guardia civil. Ser ladrón y vivir en el cuartel de la guardia civil no tenía lógica y mis amigos lo entendían; así que nunca fui ladrón, y bien que lo siento. En la calle, ya lo he dicho, yo era yo y ni me acordaba de ser feliz.

La pubertad, en aquel entonces, era otra cosa. Un día, de repente, me cambió la voz y me gustaron las chicas. También de repente, todo el mundo se confabuló para reñirme: “los mayores no hacen esto, los mayores no hacen aquello”, y descubrí las obligaciones. El niño se me perdió entre las calles del pueblo y terminé en el internado. Yo quería llevármelo conmigo, pero él no se dejó. Nadie me preguntó si yo era feliz.

Siendo joven olvidé al niño. Había que estudiar, había que trabajar, había que labrarse un porvenir y el niño era un estorbo. De adulto estaba muy ocupado y no tenía tiempo de pensar en él. De hecho, el adulto actuaba como si nunca hubiera sido niño. Y así le iba.

Pero un día empecé a escribir y el niño volvió. Fue una cosa rara: me inventé una historia, como si fuera de verdad, y me la creí. Me quedé muy preocupado. Pero otro día, tiempo después, me volvió a pasar: escribí un cuento y me gustó. A mi edad, aquello no era normal, así que fui al médico. El médico me dijo lo de siempre, que era estrés, y me recetó pastillas. Tiré las pastillas y seguí escribiendo.

Ahora, he decidido que quiero ser niño, aquel niño que era pirata, espadachín, bandolero de Sierra Morena... A veces lo encuentro, me siento al ordenador, y él me sopla al oído historias inverosímiles. Unas veces soy un enamorado sin suerte, otras un comedor de cadáveres o un ladrón de tiempo, según me lo cuente el niño que quiero volver a ser. A veces, el niño se pone borde, se enfurruña y se va. Entonces, le busco entre los libros, entre la gente que viaja en metro o dentro de mi cabeza. Si no lo encuentro, me pongo de mal humor y la gente lo nota. En casa piensan que estoy p´allá y los amigos no me aguantan. En el trabajo no doy pie con bola y, en la calle, cruzo los semáforos en rojo.

Y es que nadie sabe que la culpa es de ese niño que me cuenta historias...

miércoles, 22 de marzo de 2017

Libros al peso.-

Siempre nos han dicho que el saber no ocupa lugar. Pero cuando el saber está en los libros impresos, entonces ocupa lugar, tiene forma y volumen, textura, color… y pesa. Es lo que tiene la letra impresa, esa especie de arte de birlibirloque por el cual una construcción del intelecto, sin consistencia física, termina por ser un ladrillo – aquí se dice por su forma de paralelepípedo, no piense mal el improbable lector – de papel prensado. Y es por su condición de ladrillo exfoliable por lo que el saber puede transmitirse del creador al lector sin necesidad de recurrir a la ciencia infusa; y por los azares del mercado, o los gustos del lector, puede comprarse, venderse, reciclarse o terminar como material de saldo.

La condición de pesantez de la letra impresa, una vez cosificada en forma de libro, hace que éste pase por varios avatares – desde el best-seller de moda al libro de lance – en un proceso de espiral degradante que lleva de las estanterías de novedades al cajón de a euro la pieza. Es casi un destino irremediable, la pura supervivencia del libro maltrecho, de hojas amarillentas y sobadas, de cuadernillos desmanguillados, de ediciones de quiosco y novela barata: nace oliendo a tinta fresca y acaba sus días a tanto el kilo.

En esas cosas andaba pensando este jubilata cuya pensión menguante se ha de comer la macroeconomía, cuando el otro día se fue a visitar la Casquería del Libro. Así, tal cual suena. Si el improbable lector tiene afición por los libros y le gustan las librerías de saldo y rebusca, las que sobreviven al margen del negocio editorial y gracias a sus desechos de tienta, no debería dejar de visitar esa casquería donde el libro se presta al sobeteo del curioso; donde los sesos de los Pensamientos, de Blas Pascal, están próximos a las criadillas de algún Alatriste, o cualquier otra combinación de entrañas legibles que el curioso buscón de libros pueda imaginarse.

Todavía no se ha dicho dónde, pero ahora ya, sí: Uno tiene que ir a Lavapiés y acercarse a la zona de las antiguas Escuelas Pías, hoy centro asociado y biblioteca de la UNED. Entre la calle del Tribulete y la de Embajadores; o si prefiere, por la plaza Arturo Barea, encontrará el viejo mercado municipal de San Fernando. Este mercado de abastos tiene una fachada monumental, si se entra por la calle de Embajadores, que desdice su modesta condición de asiento del gremio de tenderos de barrio. Se construyó en 1944 y, como era época en que el franquismo aspiraba a emular las grandezas de cuando en el imperio no se ponía el sol, a su fachada se le dio un aire como de nobleza escurialense, enmarcada entre dos torres rematadas por chapiteles, y perforada por tres vanos coronados por tres sólidos arcos de medio punto sobre pilastras, y con una escalinata en piedra para salvar el desnivel con la calle en cuesta.

A poco que se deambule por el lugar, se dará con la casquería. Estanterías elementales, banastas de plástico, alguna mesa de fortuna, sirven para acumular unos centenares de libros a 10 € el kilo. A excepción de los novelotes súper-gordos, tipo best-sellers, que están en oferta debido a su peso: 8 € por kilo. En algún espacio libre de las paredes, carteles con poesía a pie de calle. El aspecto general, una especie de chamarilería donde conviven libros agrupados según una clasificación elemental: algo de historia, de filosofía, de viajes… y kilos y kilos de literatura. Donde despacha la dependienta, una balanza para pesar el material que al cliente le apetezca llevarse.

Si alguien piensa que es un negocio de venta de libros viejos para ir sobreviviendo mientras llega la añorada prosperidad de antaño, seguro que se equivoca. Hay – le parece a este jubilata – toda una intención de marcar distancias con el usar y tirar, con el consumo de la novedad. El libro viejo, el que termina habitualmente en un contenedor de papel, tiene tanto valor intrínseco como el título más de moda, aunque haya perdido su valor de mercado. Un libro viejo, vendido al peso, inicia una nueva vida al entrar de nuevo en circulación; reutilizarlo es darle nueva oportunidad a la parcela de cultura que contiene en su interior; es una forma de hacer que el valor cultural no quede sometido al consumo o la moda. Eso sin contar con que  no hay lector a quien manosear un libro, escudriñar sus entresijos no le produzca placer. Y aquí uno puede entregarse a ese placer pecaminoso de sofaldearlo por entre las hojas, introducir los dedos ansiosos por entre sus repliegues y notar cómo se te entrega amorosamente, sin esperar de ti más que una lectura placentera. 

Este mercado de abastos de San Fernando, como los de San Pascual o las Ventas de mi barrio, quedó maltrecho debido a la competencia de los súper que abundan por la ciudad, y ha tenido que reinventarse para no morir de inanición. Junto a puestos tradicionales de pescado o carnicerías, hay algunos de artesanía, otros con productos en plan delicatesen y unos baretos muy guapos que dan a la plaza Arturo Barea, donde uno puede tomarse un vino madriles mientras saborea  180 gramos de libro. En el caso de este jubilata, una ración de entresijos de Por tierras de Portugal y España, del visceral don Miguel de Unamuno.

Y si el comprador sale por la calle del Tribulete, otra librería más convencional junto a la dársena del mercado, la Librería del Mercado, con una pinta estupenda. Y calle adelante, camino de la plaza de Lavapiés, otra más: El Coleccionista, dedicado a los tebeos y comics. Eso sin olvidar la librería de la UNED en el centro asociado, apta para universitarios. Y si uno sube por Jesús y María, camino de Tirso de Molina, la librería anarquista Malatesta. 


Y ya camino de la plaza Jacinto Benavente, en la calle Doctor Cortezo, un puesto de fortuna ante la puerta de la asociación Rastro Remar (muebles…, colchones y somieres, enseres, ropas) con libros sin pedigrí, a 1 € la pieza. Y bajando por Carretas hacia Sol una librería de respetable edad: la de Nicolás Moya Librería Médica, fundada en 1862, con un cartel en la puerta: No, no hacemos fotocopias.

Un día habría que hacer el recorrido de esas viejas librerías que sobreviven gracias a la fe y afición que le echan sus propietarios. Sin olvidar los mercadillos de fortuna que nacen espontánea y esporádicamente en la acera, sobre un trozo de sábana vieja, montados por pobres que sustituyen la mendicidad por ese mercadeo al detal con los ejemplares que encuentran en los contenedores de papel. Marginales de la sociedad de consumo que ponen su esperanza en los pocos euros que puedan sacar de algunas viejas novelas que su dueño abandonó en la calle porque necesitaba hacer sitio a un televisor más grande.

domingo, 12 de marzo de 2017

La corrupción, ¿una salida laboral?.-

Alguna vez ya se ha dicho en esta bitácora que cerca de casa hay un parque al que llaman del Calero y viene a ser como un pequeño pulmón vegetal de barrio: Una regular masa de árboles, paseos, bancos, incluso una fuente ornamental de escaso valor estético. En su recinto, un corralito con toboganes y columpios para niños; próximo, un pequeño circuito para patines y bicicletas infantiles; en un extremo, un teatro al aire libre, con graderío y tornavoz, donde en verano echan cine y, a veces, se dan recitales y bailongos populares para disfrute de la jubilatería.

El faunario humano que lo frecuenta suele ser el habitual de un barrio modesto: mamases con sus niños sobreprotegidos; jubilatas, cuáles marchosos en plan ruta del colesterol, cuáles de caminar pausado mientras se va haciendo la sopa en casa, cuáles de movilidad reducida y con sus cuidadores de inmigración y economía sumergida; perros, también sobreprotegidos, de distintas razas y pelajes con sus dueños agrupados según afinidades caninas…

A veces, cuando atravieso el parque, me encuentro con un vecino que viene a filosofar sus rumias vitales a la sombra de la enramada, siempre necesitado de un compañero peripatético a quien confiar sus cuitas mientras deambula entre setos, árboles, perros, niños y viejos.

Cruzaba yo el parque, camino de la parada del 21, cuando me di de bruces con él. La cabeza hundida entre los hombros, el cuerpo arqueado bajo el peso de sus reflexiones, la mirada a la altura de los zapatos, se veía que al hombre le corroía una preocupación de muchos bemoles.

“Que dice el chico que quiere hacerse corrupto”, me espetó nada más verme. Puede imaginarse el improbable lector mi extrañeza. “Que sí, que sí: que quiere ser corrupto” - insistió. Por lo visto, el chaval, cerca de la treintena, dos veces masterizado, becario reincidente, asiduo de las colas del paro y disponible para cualquier explotación laboral, había decidido meterse a corrupto para labrarse un porvenir sin agobios.

“Pero, vamos a ver”, le dije, tratando de entender cuáles eran las aspiraciones del hijo del vecino caviloso, “¿Corrupto tipo yerno de emérito, o bien tipo tarjetas black, o modelo puerta giratoria? ¿O, a lo mejor, en plan político de sobre-cogido genovés, o quizás modelo mordida al 3% y respetabilidad sin fisuras?” La verdad, mi vecino no tenía ni idea. 

“Es que verás – le decía yo –, para ser corrupto respetable o te labras un porvenir en la política o las finanzas, o recurres al clásico braguetazo con infanta casadera de toda la vida. Lo que no puedes es aspirar a corrupto si no tienes un pedigrí porque, si te pillan en un renuncio, cualquier juez te cruje. La verdad es que fuera de esas posibilidades, no eres un corrupto de casta y paraíso fiscal, sino un delincuente común, justiciable con todo el peso de la ley.”

Mis argumentos no eran más que la expresión popular de lo que la gente piensa, pero a él le resultaron suficientes. Entendió que ser corrupto de campanillas era una profesión que no estaba al alcance de su hijo, ni de ningún otro hijo de vecino, precisamente por su extracción popular, por muy titulados que fuesen. Que para ser un corrupto de raza necesitas unos requisitos sociales que no se adquieren en el Media Markt, ni se dan en un barrio de medios pelos como el nuestro. Es algo que viene de casta. A tu paso, los jueces se apartan, los fiscales ponen la toga a tus pies, los bienpensantes te justifican por aquello de “que no te pongan donde haya”, y, tras una temporadita, o no, en un módulo de reinserción, disfrutas de tus ganancias lejos de la voracidad del fisco.

En nuestra charla, nos paramos un rato ante el parquecito infantil. En la acera de enfrente, la tienda de los chinos, la farmacia, una librería, una imprenta y la preceptiva media docena de bares. Dentro del recinto, los críos jugaban, ajenos a su porvenir de mano de obra excedente. “Pobres, – se compadecía mi vecino al ver a aquellos inocentes – jamás llegarán a corruptos”.


“Puede que alguno llegue a fiscal”, le animé. 

El 21 bajaba por Virgen del Sagrario y enfilaba la esquina de José del Hierro. Yo me apresuré hacia la parada. Miré el reloj, ¡coño!, otra vez llego tarde por culpa de este pesao…

miércoles, 1 de marzo de 2017

Deslocalización: Solo para emprendedores.-

Era un negocio evidente, pero había que caer en ello. La penúltima crisis económica que estábamos viviendo hizo que dos tercios de los jóvenes con titulación académica pasásemos, sin solución de continuidad, de la universidad al paro; de allí a los contratos de aprendizaje sin remuneración y de éstos a la emigración, para terminar regresando – los jóvenes titulados éramos una plaga en este mundo globalizado – a casa de nuestros padres para que nos mantuvieran. Como no íbamos a estar mano sobre mano, nos apuntábamos a un módulo de FP a ver si como fontaneros teníamos salida…, pero la burbuja inmobiliaria, que gozaba de inmejorable salud desde hacía más de dos décadas, no dejaba resquicios más que para alguna chapuza.

El problema llegó a ser acuciante. Si las nuevas generaciones no trabajaban, los jubilados no cobraban la pensión; si éstos no tenían dinero, no podían alimentar a los jóvenes en paro. Un problema social en bucle para el que las autoridades políticas no veían solución.  De ahí el programa de jóvenes emprendedores. Era una ocurrencia ingeniosa para evitar un estallido social. Además, no costaba al erario un euro. La idea subyacente era: Joven, ya ves cómo está el patio, así que aguza el ingenio y búscate la vida. Monta una empresa y a quien Dios se la de, san Pedro se la bendiga.  Si lo logras y sobrevives,  nosotros, instalados en el poder, te aplaudiremos.

Además, como la pirámide poblacional se estaba invirtiendo y estábamos llegando al 41% de población mayores de sesenta y cinco años, las previsiones eran de llegar a un colapso demográfico, económico y social en un par de décadas. Los viejos, en esos años, eran como una plaga de langostas. Improductivos y cobrando la pensión, estaban devorando los escasos recursos de que aún disponía el sistema productivo: las camas de los hospitales, los centros de salud, las residencias para ancianos, los centros de ocio para mayores, los viajes del Imserso… No había parque público cuyos bancos no estuviesen ocupados por viejos de baba caediza y taca-taca tomando el sol, o por jubilatas jugando a las cartas, o, simplemente, con los paseos saturados de humanos caducos dejándose llevar por donde quería el perrito que tiraba de la correa. Por las calles de la ciudad deambulaban enjambres de ruinas humanas con el cerebro carcomido por el altzheimer y la policía empleaba todos sus efectivos en restituirlos a sus respectivos domicilios. Las aceras eran un embotellamiento de sillas de ruedas, cada una con su viejo inválido encima. La sociedad era un geriátrico al borde del colapso.

A los jóvenes de mi generación no nos quedaba más horizonte que el botellón de kalimocho, y eso a altas horas de la noche, cuando la plaga de vetustos estaba roncando en sus camas, enchufados a la botella de oxígeno o atiborrados de pastillas. Durante el día, como he dicho, las hordas de carcamales llenaban el parque y no había espacio vital suficiente para nosotros los jóvenes. Hasta que surgió la idea. Estábamos un par de amigos y yo enroscados a una litrona, a la que habíamos añadido un franco de alcohol etílico para alegrar la noche, cuando pasó por nuestro lado una ochentona desorientada y con senilidad aguda.

– Sinvergüenzas – gruñó con su boca llena de arrugas, al vernos darle al octanaje de la birra – Más os valdría estar trabajando. ¡Inútiles!

– ¿Por qué no emigras, vieja? – dijo uno de mis amigos.

– A ésta como no la deslocalices…– comentó el otro, con ingenio etílico.

Precisamente, esa era la idea: deslocalizar viejos. Nunca se nos hubiera ocurrido si no llega a ser por los chupitos de alcohol de etileno. Y es que las grandes ideas nacen en los momentos más insospechados y debido a la confluencia de elementos azarosos, como el alcohol de quemar que le birlé a mi madre y el deambular desorientado de la vieja que nos increpó. De repente, habíamos descubierto la llave con la que entrar en el mundo de los negocios. Acabábamos de dar el gran paso de jóvenes en paro a prometedores empresarios.

Una prospectiva de mercado nos demostró la viabilidad del proyecto. Todos los estudios sobre cargas familiares eran unánimes: los viejos son un estorbo. Tener en casa un anciano enfermo crónico y dependiente es un lastre de difícil solución para los hijos o familiares con ocupaciones laborales. Hay que cambiarles el pañal higiénico todos los días, ponerles el babero para darles la comida, llevarlos al médico o a urgencias cada dos por tres, contratar una persona por horas para que le cuide… Encima, como pertenecen a antiguas generaciones de baja cualificación laboral, siempre estuvieron mal pagados y tenían una pensión de mierda; eso cuando no se trababa de viejas amas de casa semianalfabetas – centenares de miles de ejemplares, ya sin utilidad práctica – a las que el Estado pasaba una ayuda de subsistencia porque nunca cotizaron. En fin, una mina sin explotar. La deslocalización de este material humano de desecho auguraba pingües beneficios.

Evidentemente, nuestro modelo empresarial fueron las grandes firmas de distribución y prêt-à-porter (tipo H&M, Indesit, El Corte Inglés, Carrefour…), quienes hacía ya años habían deslocalizado la industria textil buscando el ahorro de costes de producción y el aumento de beneficios. Si se deslocalizaba la producción para abaratar el coste de los salarios, ¿por qué no deslocalizar el material humano deteriorado por la edad? El ahorro en los costes de atenciones sociales y sanitarias podía suponer un respiro económico para las familias con miembros a su cargo, cuya fecha de caducidad aunque próxima, era de imprevisible cumplimiento. Los viejos viven demasiado, y si padecen una dependencia severa, son eternos

 En fin de cuentas, la materia prima era abundante, la idea era original y los costes de producción, mínimos. Bastaba un puñado de becarios, algunos profesionales sanitarios y unos cuantos expertos en agencias de viajes. Un contrato basura y una expectativa de ganancias extra por objetivos cumplidos, y la empresa disponía de personal dispuesto a todo por conservar su puesto de trabajo.

El país elegido para deslocalizar jubilados sin autosuficiencia era un paraíso: Bangladés. Era un auténtico paraíso para los negocios. Con un salario inferior al dólar por día y trabajador, un régimen laboral desregularizado, mano de obra dócil y abundante, mantener residencias de ancianos tenía un coste sin competencia. Más teniendo en cuenta la permisividad de las autoridades respecto a las normas de seguridad de los edificios. Si alguno se caía por defectos de construcción, carecía de salidas de emergencia en caso de incendio, o cualquier imprevisto, bastaba un soborno para olvidar el incidente.

Los familiares, con tal de deshacerse del abuelo con incontinencia de orina, o de la tía solterona a su cargo y más pobre que las ratas, se apuntaban a la deslocalización de sus miembros más caducos. Podían deslocalizar aquel material familiar en proceso de desguace vital por un modesto coste. Nuestra empresa se quedaba con la pensión del individuo deslocalizado mientras éste viviera. Por pequeña que fuera, y dados los mínimos costes de manutención, instalaciones, exacciones fiscales, y servicio de personal, el balance anual en la cuenta de resultados decía que las ganancias centuplicaban la inversión original. La ecuación era sencilla, a más viejos, más ganancias. Además, esta materia prima, con un 41% de población de mayores en el país de producción geriátrica, y en continuo incremento, su suministro estaba garantizado a unos precios sin competencia y por un espacio de tiempo indefinido.

Una vez montado el negocio de exportación geriátrica, todo han sido años de bonanza económica para nuestro grupo empresarial, que se ha expandido por Tailandia y Vietnam ante el incremento de la demanda de plazas. Actualmente ofrecemos precios sin competencia, ya que hemos negociado salarios inferiores a 87 centavos de dólar por operario y día.

Por eso, nunca entenderé a esos jóvenes faltos de iniciativas, siempre quejándose y perdiendo su juventud en botellones y discotecas. Yo pasé de la litrona a ser miembro de la gran patronal por una idea brillante que puse en práctica. Y es que las autoridades, cuando era joven, tenían toda la razón: quien está en el paro y no es capaz de buscarse la vida, es un parásito social que no merece el apoyo de las instituciones.

Eso sí, conviene que, cuando el  hoy joven improductivo llegue a viejo, el Estado le pase una prestación social sustitutoria para que el negocio funcione. No se puede dejar todo el peso de la economía en manos de los emprendedores como yo. Alguna compensación habíamos de tener por tanto esfuerzo ¿No?