lunes, 6 de julio de 2020

Rascarruidos.-


De nuevo estamos instalados en Rascafría con ánimo de pasar un verano lejos de los calores madrileños, con días dedicados a largas caminatas y tardes de reposadas lecturas, más el paseo medicinal que damos la santa y un servidor a la fresca de la noche, después de la cena.

Pero ya se sabe el refrán: el hombre propone y el turismo gregario dispone, y descompone cualquier proyecto de disfrutar de algo tan elemental y de bajo coste como son la soledad y el silencio. Soledad, silencio y sosiego, valores que la UNESCO debería declarar patrimonio inmaterial de la Humanidad, y así protegerlos de la desidia de gobernantes y ciudadanos.

Este verano, en un alarde de imaginación para fomentar recursos económicos anti crisis Covid-19, la ilustre corporación municipal ha derrochado ingenio. La fórmula no es ingeniosa por lo original sino por ser acumulativa. La idea, en apariencia elemental, tiene la ventaja de que lleva decenios mostrando su efectividad, desde que este país España puso en marcha la reconversión industrial y la clase obrera fabril se recicló en albañiles a destajo y camareros sin horario laboral que los ampare.

Como lo de las subprime del ladrillo parece que va remontando con vuelo de pavo, aleteando mucho pero quedándose en las ramas bajas; con las esperanzas puestas en la birra y el pinchito en barra libre, el consistorio de Rascafría ha autorizado la proliferación de terrazas. Los espacios públicos más codiciados ya no son de uso común del viandante, sino reservas acotadas con barreras, donde campean sillas y mesas, reposo de asentaderas, vasos y botellas.

El pequeño puente de piedra que salta el Arañuelo, un rincón antañón con su pequeño encanto de viejo pueblo, está cortado al escaso tráfico vecinal para disponer de una terraza escalonada donde disfrutar del rumor del arroyo. Lo cual tiene su encanto gastronómico y crematístico. Los bares de la plaza han visto crecer sus espacios aterrazados, bordeando el callejón del frontón y extendiéndose a la rivera del Artiñuelo. Todo para disfrute del turista, ya tan harto del encierro coronavirus y necesitado de una merecida expansión de cafelito, birra y cazuelita sabrosa.

Aparte la masa veraneante satisfecha con las decisiones municipales, quedamos los raros; raros no sé si por escasos (en vías de extinción) o por rarunos (especímenes inclasificables) en nuestra forma de entender el descanso veraniego. Con lo cual creamos un problema de difícil comprensión para la mayoría, por quedar fuera de los hábitos veraniegos.

Es el problema del silencio en un pueblo bullicioso. Ya se ha dicho el valor que aquél tiene para nosotros; algo tan sencillo como leer por la tarde, con el balcón abierto y oyendo el rumor del arroyo y el piar de los pájaros (incluyendo al mirlo que se nos come las frambuesas y las guindas). Es cierto que no tiene valor económico añadido y no cotiza en la caja registradora, pero sosiega el espíritu. Por eso lo de considerarlo un valor inmaterial a proteger. 

Eso del silencio y la lectura hasta que llega la manada de adolescentes a media tarde, se instala tras el ayuntamiento, al otro lado del arroyo, frente a nuestra casa, y pone en marcha una máquina infernal que escupe músicas de aquellas maneras, con largas ráfagas de rap, reggeaton y otras inclasificables por el oído de este jubilata sobrepasado. Tras el rato de descanso de la hora de la cena, vuelven a ocupar el lugar y siguen por su parloteo y músicas enervantes. La tranquilidad no retorna hasta pasadas las dos de la madrugada. Por supuesto, ni distancia de seguridad, ni mascarilla, que es cosa de viejos. En casa, puertas y ventanas cerradas a cal y canto para que el ruido del parloteo y las músicas no se cuele por los resquicios. Eso y un orfidal de vez en cuando.

Total, al borde de la histeria, y temiendo una reacción irascible por mi parte, e imperdonable en un provecto de carácter apacible como un servidor, he escribo al Ayuntamiento, en la confianza de que me leerán antes de borrar el mensaje y dedicarse a menesteres de más interés.  El mensaje es de este tenor, por si el improbable lector tiene a bien dedicarle una ojeada:

“Asunto: Contaminación acústica. Lugar: entre la trasera del ayuntamiento y la ribera del Artiñuelo. Horas: desde media tarde hasta las dos o las tres de la madrugada.
“Explicación: somos un matrimonio mayor que vivimos los meses de julio y agosto en calle ***. En torno a media tarde, un grupo considerable de adolescentes ocupa ese espacio y ponen músicas (rap y otros de parecido valor melódico) a un volumen que nos impide disfrutar por las tardes de la lectura, de la tranquilidad y del silencia que se supone, al menos algunas personas, buscamos en este pueblo que está en medio del Parque Natural. Y por las noches debemos cerrar balcones y ventanas para que el ruido no llegue al dormitorio.

“Me gustaría recordar a los responsables de este Ayuntamiento que los meses de verano, además de las terrazas y el turismo de masas, hay quienes sentimos aprecio por valores de este municipio que parecen olvidados, tales como la soledad, el sosiego y el silencio; aspectos que son un valor inmaterial pero no menos a tener en cuenta que el sonido de las cajas registradoras de los negocios de sus habitantes, para los que deseamos un próspero verano.”

Lo que me recuerda aquella vez, hace la intemerata de años, que cursé una denuncia en la junta de distrito cerca del Auditorio Nacional, por la invasión de la acera con el material de unas obras de una constructora archiconocida. Hice el escrito, adjunté un croquis y lo pasé por registro. Cumplidos los trámites, pregunté a la funcionaria: “Y ahora, quién lo tira a la papelera; ¿Usted o yo?” Muy indignada me contesto: “Aquí lo tramitamos todo”. Según la Ley de Procedimiento Administrativo de aquel entonces, no valía el silencio administrativo, debían darme respuesta en un plazo de tres meses.  Más de treinta años hace de eso y aún espero.

Tenía que haber sido yo quien tirase los tales documentos a la papelera. Le hubiese ahorrado preocupaciones a la Administración Municipal. A lo mejor lo hago esta vez.
Rasca

sábado, 20 de junio de 2020

La nueva normalidad.-


Vamos a ver qué nuevas mentiras nos cuentan hoy, es lo que suele decir mi santa cada vez que se pone ante el televisor a oír las noticias. Y no es cosa de ahora, que llevo oyéndoselo decir cuarenta y siete años, bajo los dos regímenes políticos que nos ha tocado vivir: el dictatorial-nacionalcatólicismo y el parlamentario-borbonismo. Esa frase ritual de la santa siempre me ha parecido una especie de conjuro lanzado sobre el pesebre mediático. Una especie de vade retro a fin de preservar su propio criterio frente a la realidad cocinada en las redacciones y previamente sugerida en los consejos de administración de la prensa adicta.

Un servidor no es tan refractario como la santa, quizás por despecho, quizás por una radical falta de fe en las bondades del sistema. Es decir, lo que la santa llama “nuevas mentiras”, para este jubilata en ejercicio de supervivencia post/Covid-19, no son tales nuevas, sino el habitual sistema propagandístico adaptado a la realidad del momento presente. No son mentiras novedosas, sino las semi verdades que conviene sean propagadas y creídas en cada momento.

Y si no, improbable y siempre paciente lector, dedique un par de minutos a reflexionar sobre ese invento que se va propagando como una pandemia. Me refiero a ese hallazgo publicitario tan genial que llaman “La nueva normalidad”. La era post/Covid-19 (en caso que sea post y no un ocasional receso) nos la presentan como una forma distinta, novedosa y aún imprevisible en sus efectos sobre normalidad. Esta nueva normalidad tendrá la novedad, sobre la vieja normalidad - la nacida de la crisis económica 2007/8 -, que viviremos otras aún no inventadas manipulaciones de la realidad, pero con mascarilla.

Lo cual sí es novedoso. A la dictadura de la ideología dominante (uno llega a añorar al abuelo Marx, ya extinto) habrá que añadir la dictadura de la salud, de la distancia social, y sus contrarios. A saber: desde las heterodoxias del terraplanismo antivacuna de toda laya, hasta los iluminados profetas negacionistas de cualquier evidencia científica. Sin olvidar las habituales histerias colectivas que achacan los males de la humanidad a un chivo expiatorio cuanto más conspicuo, más odiado, tipo Bill Gates. Pero sirve cualquier otro, como las estatuas de los prohombres históricos. Con eso y la barra libre de las redes sociales desbridadas de todo raciocinio, la “nueva normalidad” será un espectáculo digno de ser vivido.

La lástima es que a este jubilata ya no le pilla en edad. Con los huesos duros, las articulaciones encasquilladas, y las sinapsis neuronales en stand by, no va a disponer de recursos propios para ser un espectador activo de la normalidad que dicen será nueva. 

Una novedad no imaginada, algo así como el descubrimiento de América para quienes se acostaron medievales y se despertaron renacentistas. Pero sin Colón, que ya nos vamos cargando sus estatuas de esclavista sin entrañas (en plan Black Lives Matter cabreados), como si los pueblos pudieran enmendar su propia historia flagelándose ante las cámaras de televisión. La iconoclastia historicista solo consuela a los necios, y algunos nos queremos lúcidos.

Nosotros, algo parecido a los colombinos: nos acostamos ayer saliendo de la crisis del capitalismo de las subprime y el ladrillo, y nos amanecemos hoy con la crisis post-Covid19 a la que llamamos Nueva Normalidad. Solo que no disponemos de estatuas que apear de malas maneras para vengarnos de nuestro pasado reciente. Eso, quizás, porque hemos sido gobernados por mediocres oportunistas que no justificaban el esfuerzo de subirlos a una peana. Y en ello seguimos. Por donde quiera que se mire en el ruedo de la política, los morlacos nos salen por las  puertas giratorias ya afeitados y con el agradecimiento a los servicios prestados en forma de sustanciosas sinecuras. 

No vaya a pensar el improbable lector que hay pesimismo en lo susodicho, apenas algo de ironía acibarada. Pero eso está en la naturaleza de los jubilatas provectos y no podemos luchar contra ello.  Paciencia y barajar. El saco de las ilusiones, que llevamos a las espaldas, está agujereado, y por el burato las vamos perdiendo como si fueran miguitas de pan que dejan un rastro, igual que en el cuento de Hansen y Gretel, para volver a casa. 

Solo que, como a ellos, los pájaros del olvido se nos las van comiendo. Al final, en medio del bosque, siempre encontramos la casita de turrón, chocolate y caramelo. Y mientras mordisqueamos el mazapán de sus paredes , la bruja malvada nos encerrará en la jaula de la nueva normalidad, donde nos irá devorando como solía cuando la crisis anterior.

Lo antedicho no es ninguna profecía. Que también  la nueva normalidad pudiera tratarse de un mundo al revés, como decía Juan Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez en aquella memorable sesión del Olimpia:

Érase una vez/ un lobito bueno/al que maltrataban/todos los corderos.
Y había también/un príncipe malo/una bruja hermosa/y un pirata honrado.
Todas estas cosas/había a la vez/ cuando yo soñaba/un mundo al revés.

Pero, francamente, no lo creo.

jueves, 11 de junio de 2020

Rescatado de la memoria.-


En estos días finales de confinamiento Covid-19 he estado hurgando en los archivos de la memoria remota, la del ordenador, claro. Que la mía personal tiene el disco duro bastante saturado y no consigo recordar tanto como llevo escrito. 

Lo cual no se dice por queja, ya que uno escribe, aparte de para improbables lectores, para recordar que uno tenía cosas que decir. Si para don Miguel los libros son los hijos que perduran, porque lo son del espíritu y no de la carne, para este jubilata, la memoria externa de su ordenador son el receptáculo de la prole fruto de su imaginación. Esa imaginación a la que Teresa de Ávila, creo que en Las Moradas, llama la loca de la casa.

Pues bien, fruto de esa imaginación que, a veces, se desboca y a veces desfallece sin causa conocida, es este cuentecito, escrito en 2002, que recupero aquí. No tiene nada de especial, aparte de su brevedad y de su protagonista, un piernas, un quídam de vida rutinaria. Es el tipo de personaje por el que siempre he sentido debilidad: anodino, un átomo de masa entre gentes, un superviviente de la mediocridad; alguien a quien nunca le ocurre nada extraordinario. Por eso, precisamente, lo saco a colación del viejo archivo, lo desempolvo y lo expongo a la curiosidad de quien quiera leerlo.

Su título: Vereda tropical. Y dice así:
  
Vinicio Sosa era uno de tantos. Vivía en el barrio de la Concepción y trabajaba en Cuatro Caminos. Todos los días, a las siete y veinte de la mañana, cogía el metro en Pueblo Nuevo e iba a Avenida de América. Allí, recorría los pasillos buscando el enlace con la Línea 6 y, cada mañana, puntualmente, en el cruce de túneles, oía cantar a aquel músico callejero la melodía de la vereda tropical.

Vinicio echaba una moneda de veinte céntimos sobre la funda de la guitarra y se alejaba tarareando la canción. Y cada día, durante los breves minutos que tardaba en recorrer el túnel, recordaba aquel viaje al Caribe; único lujo de asalariado mediocre que se había permitido. Allí, en Santiago de Cuba, una jinetera mulata le fingió pasión caribeña; fue una semana de amor por un precio razonable. Comían en un paladar próximo al parque Céspedes. En el paladar, el cuarteto Causal, arrimado a una pared que añoraba pasadas blancuras, interpretaba canciones a petición de los presentes.

Lucinda, la jinetera mulata, era moza de un sentimentalismo recurrente.  Siempre que comían en aquel lugar de Santiago de Cuba, pedía a los músicos que interpretasen la vereda tropical y se arrimaba a Vinicio, muslo contra muslo, y éste sentía el torrente de aquella sangre abrasadora. Era lo más parecido a la pasión amorosa que nadie le había dado nunca.

Por eso, cuando en el metro oía al músico callejero, los túneles de Avenida de América, con sus fluyentes masas de gente apresurada, adquirían el calor del Caribe. Entonces, Vinicio cantaba bajito: y me juró querernos más y más aquellas noches junto al mar...  Y de los carteles anunciadores salían airosas palmeras que se mecían al son de la brisa, y negras bembonas que meneaban acompasadamente sus enormes culos, y muchachitas con piel de caramelo que le regalaban sonrisas prometedoras.

Diariamente, Vinicio soñaba su ración de ilusiones mañaneras por el módico precio de una moneda dorada.

Un día, el músico ya no estaba en el sitio habitual. Ni en los días sucesivos. En su lugar había un acordeonista que tocaba valses, pero ya no era lo mismo. Ya no nacieron palmerales en los andenes, ni las muchachas tenían la piel de oro tostado, y la gente se empujaba con malos modos para entrar en los vagones.

Desde entonces, Vinicio compraba el periódico y se enfrascaba en las noticias económicas. Las cotizaciones subían o bajaban según la fluctuación de los mercados, pero el pulso de sus ilusiones marcaba un cardiograma plano.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Covid-19 enclaustrado.-

Ausculta o fili praecaepta magistri: & inclina aurem cordis tui: & et admonitiones pii patris libenter excipe
& efficaciter comple.

Este jubilata, cual monje laico con su ora et labora agnóstico, está pasando el confinamiento dedicado a actividades varias. De esas que están al alcance de gente en edad provecta. Apenas pequeños ejercicios físicos y mentales para desoxidar articulaciones semi artríticas y conexiones neuronales aún en aceptable rendimiento.

Lo del ejercicio físico es por pura disciplina. Romper la tendencia del propio cuerpo hacia la molicie, más en tan largo periodo de inactividad, es como recurrir a aquellos interminables ejercicios de instrucción militar que hacíamos en el campamento los sorches de reemplazo. Entonces no lo sabíamos, pero el “Un-dos, un-dos, ¡¡March!! hacía de nosotros unos hombres de provecho aptos para servir a la patria. Aunque nosotros, angustiados por la supervivencia en medio hostil, andábamos escasos de conciencia patriótica. Sólo aspirábamos a que, al licenciarnos, en la cartilla militar nos pusieran aquello de “Valor: se le supone”, con un ascenso de grado, que yo salí cabo primero en caso de movilización. Un galón tan útil en caso de futuras guerras que, afortunadamente, nunca fueron.  

A estas alturas, a los jubilatas no se nos supone ya nada, ni ardor guerrero ni aptitud laboral; todo se nos da por hecho, rato y consumado: Vivimos de una pensión y con ella alimentamos el ciclo de la microeconomía doméstica. Siempre y cuando no nos atrape el coronavirus, claro está. En cuyo caso, mejor que nos quitemos de en medio para no saturar los escasos recursos sanitarios públicos, siendo como somos viejos inútiles para cualquier servicio. El darvinismo social es un principio básico del capitalismo de shock al que debemos someternos. …Pero no se trata de eso esta vez. Nos movemos en el plano de la anécdota y de ahí no debemos pasar.

Decía que los ejercicios físicos sirven para mantener la disciplina sobre el propio cuerpo, y lo demás: correr más deprisa que nadie, ser el number one en cualquier prueba física, no son más que zarandajas de adeptos al sistema competitivo. Pues, que eso… Que un servidor, a las siete y media de la mañana, está subiendo y bajando escaleras, hasta sobrepasar los setecientos escalones (de subida, claro); o en su defecto, subiendo pisos (y bajándolos) hasta llegar a los 34. Luego, ducha y desayuno, y todo un día por delante.

Respecto al asunto del entrenamiento de las neuronas, resulta bastante más agobiante, la verdad sea dicha. Tantas actividades como surgen y te proponen a diario, llegan a acogotar un poco. El otro día estuve haciendo un listado de todas las propuestas que recibo para ocupar mi tiempo de confinamiento y por poco caigo en una depresión por sobreabundancia de tareas. Surmenage, decíamos cuando éramos jóvenes y con francés en el bachillerato; ahora que somos todos pseudo angliparlantes, decimos stress.

Vea, vea el improbable lector la relación de tareas:
Aparte las clases de Antropología por videoconferencia, los martes por la mañana, y las partidas de ajedrez rápidas (tres días a la semana), más la del torneo de lentas, están los cursos y conferencias que envían desde la UNED Senior, más los vídeos sobre conferencias o restauración de pinturas del Museo del Prado (muy interesantes), que envían los Amigos del Prado, más las clases de encuadernación videoconferenciadas de los lunes por la tarde… Más los enlaces que envía el amigo Chus, o los artículos de El País o El Mundo, de Guillermo. Más toda la información que intercambiamos (muchas veces inútil, cuando no simple basura) amigos, familiares y conocidos, con que nos bombardeamos mutuamente vía guasap. 

Eso sin contar los tres libros en lectura que llevo al retortero (en estos días: Umbral – La rosa y el látigo -, Harari – Homo Deus -, Cervantes – Don Quijote -), más algunos artículos que leo en un agregado de noticias de Internet, más los números atrasados de Le Monde diplomatique; más los cuadernos de La Aventura de la Historia, a la que estamos suscritos… ¡Un sinvivir! Lo cambiaría todo por una caminata por los robledales de Rascafría con la fresca de la mañana.

A pocas semanas más que dure el confinamiento, acabaremos adquiriendo hábitos de monje de clausura y sintiendo fobia del mundo exterior. Ni las caceroladas nos sacarán de nuestro ensimismamiento, ni la kale borroka de la gente guay y su trapío rojigualdo tan celtibérico. Ni siquiera haremos caso de humoristas perspicaces. 

Como el Cándido de Voltaire, seguiremos cultivando nuestro huerto interior: Tace et siste. 

lunes, 4 de mayo de 2020

Correspondencia y confinamiento.-




Siempre hay un roto para un descosido y siempre hay una rutina que alivie un confinamiento. Por eso, siempre habrá alguna tarea que entretenga a un confinado. Pero - por no ser categóricos -, en caso de que no sea así, siempre queda el recurso de papar moscas cuando no hay nada mejor que hacer después de tantas semanas de encierro.
Con independencia de lo dicho, desde siempre existe la correspondencia escrita. Por fuerza de los tiempos y la tecnología, olvidada la péñola de ganso, la tinta ferrogalica con que escribían Teresa de Jesús o Quevedo, y la salvadera; superada la vieja Olivetti Studio 88 hace ya dos decenios, escribimos sobre el teclado del ordenador. Cambian los medios, pero no el afán de la escritura.
Viene al caso porque he estado repasando parte de la correspondencia que hemos intercambiado un amigo, sabio por edad y conocimientos (y/o viceversa), y este jubilata, y he entresacado estos textos, iniciados a propósito de una cita que me envió del escritor francés Pierre Loti:

Mi amigo dice: 30/04. 15:54 h. Asunto : Tripalium, Loti:
Mon aversion pour le travail a été la première chose qui m’ait fait transiger avec ma conscience (Le Roman d’un enfant. P. Loti) 
Y acompañaba una foto de Loti en uniforme de marino.

Contesto yo: 30/04. 19:04 h. RE: Tripalium, Loti:
Pierre Loti me recuerda mis lecturas de juventud e imaginación en vuelo libre.
En 2013 hicimos un viaje a Turquía y, cerca del Cuerno de Oro, estuvimos en la colina de Pierre Loti, con su bonita casa en madera, actualmente (cuando yo estuve) un café de mucho encanto. Se baja de la colina por un camino que transcurre por medio de un cementerio musulmán. Es una sensación de sosiego, caminar entre aquellas sencillas tumbas de tierra, que aún recuerdo. 
De Loti dicen las malas lenguas que, mientras vivió allá, andaba enamoriscado de un efebo al que vestía con ropas de mujer. Yo ni entro ni salgo.
Uno no puede ya viajar, pero la imaginación es un ser alado que se niega a posarse en el nido. Pues eso, J. J.

Y él me cuenta: 03/05. 17:50 h. Asunto, RE: Tripalium, Loti.
Dejo el título original de mi correo, del que ahora no recuerdo su objeto, para recordar a Pierre Lotí, precisamente en un libro en el que mi madre había estampado su nombre como propietaria: Madama Crisantemo, en su traducción al español, editada por Ed. Cervantes, Avda. del Generalísimo Franco 382, Barcelona, sin dato de fecha, cosa tan usual en aquella época, creo que alrededor de 1940. Años después yo la leí en la casa de mi abuelo Milagro en Logroño y efectivamente lo que yo saqué en conclusión era toda una panoplia de imágenes que en aquellos años 1960 eran inusitados, aunque no inéditos y que seguro que me hipnotizaron.
Digo esto pues volví a leerlo hace bien poco, en la misma edición que guardo en casa y esta lectura, sesenta años después, me ha llenado de hartazgo y de conclusiones nada favorables a D. Lotí pues me pareció un ser despreciable, perder su tiempo en describir el matrimonio a término fijo de un francés con una japonesa, dejando casi todo a la imaginación, claro, no como ahora que lo que nos gusta ( o eso creemos, o eso necesitamos, no lo sé) es la profusión de detalles torpes, obvios y más que excusables para una mente no mancillada o deturpada por la inanidad de lo manido. 
En ese sentido, hasta era el libro de Loti más recomendable que algunos actuales; pero, aun así, me vi en la necesidad de acabar su lectura, pues el imperialismo del prota me estaba resultando incomible, inexplicado y digerido como si fuera la cosa más normal del mundo. Y esto era lo que pensaba hoy de este autor, al que no he vuelto a leer ningún otro libro. Quizá me haya perdido alguno estupendo, ¿no?

Y yo le di mi réplica: 03/05. 18:45 h. Asunto: RE: Tripalium, Loti.
Optime Macellarie, La verdad es que Pierre Loti, en mi historial de lecturas, no es más que un recuerdo vago. En mi opinión, hay autores que requieren ser leídos en una época de la vida.  En los años de formación e imaginación desbocada, durante la juventud, leer las aventuras de Jean Tarzán, de Sandokán y los tigres de la Malasia (tengo un tomito editado por Saturnino Calleja, que rescaté de la cuadra de tía Caridad, en 1976, en el pueblo de Teresa), o el Ivanhoe de Walter Scott, o el de Amaya o los Vascos… de Navarro Villoslada, o El Pastelero de Madrigal, de Fernandez y González (que parece el dúo de polis torpes con bombín Hdez. y Fdez. de Tintin)…. O tantos centenares – creo que no exagero – de novelas leídas aquellos años de infancia (recuerdo que leía al P. Coloma), adolescencia y juventud, son una etapa obligada de lector que había que quemar a base de lecturas de todo lo que nos caía en las manos, bajo los ojos y en el pozo sin fondo de la imaginación. Si no eres lector en esas épocas de la vida, ya no lo serán jamás. Luego vives de reminiscencias.
Que, a estas alturas, la mentalidad colonialista y eurocentrista de Loti, a través de sus protas, te suene a rancio me parece normal. Ya no somos lo que éramos cuando leíamos en aquel entonces; hemos evolucionado y dejado atrás nuestro candor, nuestra sociedad tiene otros valores éticos, y, lo peor, hemos perdido la inocencia primigenia del Edén tras devorar (con avidez) los frutos del Árbol de los Libros, del Bien y del Mal.
El ángel exterminador nos ha expulsado del paraíso donde vivimos desnudos de todo conocimiento mientras mirábamos al mundo, a través de la ventana de un libro, como niños asombrados. Ahora somos adultos, seniors (prohibida la molesta senectus del Gaudeamus igitur; y de ser senectos, mejor en versión Brahms),  aspirantes a la supervivencia ante el Covid-15 ese, y a la crisis social y económica que se está gestando, que ya veremos cómo salimos de ella…, Que, por cierto, se nos están juntando cada vez con mayor frecuencia las crisis del sistema capitalista y nos están pillando mayorcitos y ya no estamos en edad de coger el fusil y hacer la revolución, que, por otra parte, no creo que sirva para gran cosa porque alguien se enriquecerá fabricando las balas….,
Y, bueno, como ya vamos desbarrando, es el mejor momento de acabar esta epístola.
Tuyo affmo. y a la espera de una larga charla tête à tête… J. J.

martes, 21 de abril de 2020

El Covid19, un ente intersubjetivo.-


Resulta que me acerqué a casa de mi vecino el depre, a ver si necesitaba algo de la farmacia. 

Bueno, esa era la justificación. En realidad, se trataba de tomarme un respiro. Porque compartir 60 metros cuadrados con la santa durante tantas semanas de encierro, las veinticuatro horas del día, es un ejercicio de convivencia agotador. Requiere algunas válvulas de escape para que la pareja - de los de nuestra generación hablo - funcione en condiciones aceptables de presión y temperatura hasta cumplir el mandato que nos dieron: Hasta que la muerte os separe.

Como decía, fui a visitar a mi vecino el depre por si necesitaba medicinas. Un rato de charla (mascarilla mediante), aunque sea para hablar de lo mal que va el mundo, es una forma de asueto cuando no te dejan salir de casa ni tienes un triste perro que pasear.

Porque, no, perro no tenemos en casa. Así que, por ese lado, no había ni ocasión para una escapada diaria, ni motivo de pelea porque ayer lo sacaste tú y hoy me toca a mí, como discuten cada día los del 5º A. Al pobre chucho lo tienen como un ciringuillo, todo el día perro adentro, perro afuera. 

Lo de los diez minutos aplaudiendo en la ventana y haciendo como que cantas el Resistiré, mientras sonríes al vecindario abalconado, es un alivio, pero dura poco. Lo de cocinar tampoco está mal, pero no tiene gracia cuando la santa se asoma a cada rato por la cocina y te echa un ojo crítico, como diciendo: Eres un chapucero entre los peroles; por mucho que queráis liberaros del complejo machista, los hombres de tu edad nunca tendréis las habilidades culinarias que nos enseñaron nuestras madres a las mujeres de nuestra generación.

Lo que sí tenemos es un carrito de la compra, que es tan dócil como un perrillo casero, pero no anda solo. Y ahí sí que le aventajo a mi contraria, porque yo tengo carné de conducir y ella es bastante torpe manejando vehículos de dos ruedas. Pero con eso del confinamiento responsable, me controla las escapadas y me supervisa la lista de la compra: por menos de diez artículos no me deja salir al súper. Dice que lo hago no por subsistencia, sino como excusa para saltarme el dichoso confinamiento. 

Total, que, con el achaque de la farmacia, fui a visitar a mi vecino el depre, quien estaba parapetado tras una barrera de cajas de clínex y pulverizadores de lejía rebajada en agua.

¿Tú has oído hablar de las entidades intersubjetivas?, me espetó nada más verme.

Por supuesto, ni idea. En las tertulias de la tele, que son pasto habitual de mi intelecto, de esas cosas no se habla, menos habiendo infecciones de coronavirus  a miles y estadísticas imprecisas que dan tanto juego en el pesebre mediático.

Entonces, abrió el libro gordo Homo Deus de Yuval Noah Harari y me leyó: “Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos… Muchos de los agentes importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar.  Pero mientras millones de personas crean en su valor lo podemos utilizar para comprar comida, bebida y ropa…”

¿Y por qué la gente – añadió – cree que tiene sentido creer en el dinero, en la patria, en la religión…? Porque vecinos y amigos, y millones de personas como ellos, tienen la misma opinión. La gente refuerza las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo.

Pues igual con el coronavirus –, sentenció.

Cuando mi vecino el depre se pone estupendo, es que se ha pasado en su cóctel de antidepresivos o se ha intoxicado de lecturas raras.

Estamos viviendo – el tío ya estaba en vena – una pandemia vírica alimentada por una creencia intersubjetiva vivida por millones de personas en todo el planeta y alimentada por las autoridades políticas y sanitarias y la industria farmacéutica. El día que cambie el paradigma mental colectivo, el coronavirus desaparecerá como si nunca hubiera existido. 

Es como el billete de dólar del que habla Harari, mientras creamos en su valor, tendrá valor. El día que los viejos dioses clásicos dejaron de tener creyentes, dejaron de existir.  Y si no me crees, lee El Hostal de los dioses amables, de Torrente Ballester. Con el coronavirus, igual. El día que otra entidad intersubjetiva preocupe a la humanidad, desaparecerá el último infectado del Covid19 ese.

No es más que un episodio más del capitalismo del desastre –, remató. 

Puse cara de paisaje; en mi vida había oído tal cosa.

¿Pero, es que no has leído a Noemí Klein? – me preguntó incrédulo.

Es que como no soy depresivo, no tengo tiempo para esas cosas tan raras que dices – me justifiqué.

De verdad, no sé ni cómo le aguanto estas rarezas a mi vecino el depre. En el fondo, lo hago porque bastante sufre el pobre con su ansiedad de maniaco depresivo recurrente y con sus problemas de autoestima. Yo soy así de buena persona.

A la farmacia baje, pero a por aspirinas.

lunes, 6 de abril de 2020

Cándido en su huerto.-


Estos tiempos de reclusión forzosa invitan, y a veces obligan, a volver la mirada hacia adentro. El aislamiento, la reclusión, la incomunicación física con el próximo, con el amigo, con la familia, empujan a unos al vacío, a otros a la reflexión. Ante la soledad no querida, cada cual, según su disposición, se tropieza con su pequeña nada existencial o, al contrario, abre esa ventana desde la que ver un horizonte interior.

Hay quien descubre su vida como un erial lleno de abrojos o como una capa de asfalto por cuyas grietas nacen pequeños brotes de hastío; un panorama interior desolador y monótono que algunos resuelven haciendo vida de balcón. Así, para olvidar el vacío interior se asoman a la nada exterior de la calle que es, apenas, un paseante con su perro, un jubilado apresurado con el carrito de la compra, un coche de policía con sus destellos azules… 

Pero hay quien abre las puertas de su interior y se dedica con paciencia claustral a laborar su jardin potager, al modo de los monjes medievales. Un jardín/huerto a medio camino entre la utilidad y el ornamento. Así, el lector recluso, para alimentar sus horas de monotonía, labora en sus lecturas buscando distracción y sustento de su soledad forzosa.

O, simplemente, goza la intimidad de su hortus conclusus, su pequeño huerto cerrado donde uno es libre de mirar al cielo y ver las formas caprichosas de las nubes. O, si uno está triste y hastiado de tanta soledad, desde él puede ver ponerse el sol cuarenta y cuatro veces, con el simple gesto de girar su silla en dirección al poniente, como hacía el Principito (Tu sais… quand on est tellement triste on aime les couchers du soleil…)

Ese pequeño huerto bien cercado, con su fuente sellada a miradas ajenas, al enclaustrado le recuerda aquellas lecturas del Cantar de los Cantares en la versión de fray Luis de León, que leyó una vez hace años en una edición de finales del XVIII, con su buen papel verjurado y grafía de sabor a lecturas antañonas. Pero paseando por ese huerto interior no sólo encuentra los frutos de ese cántico místico-erótico (fabus distilans labia tua, mel et lac sub lingua tua, tus labios destilan miel, miel y leche hay bajo tu lengua), sino que también descubre ese fruto agraz de la risa volteriana.

¿Quién no conoce, siquiera de oídas, las desventuras de Cándido? Nosotros, como el bueno de Cándido en el rigor de sus desdichas, sufrimos ahora esa pandemia vírica que nos convierte en reclusos opulentos, con todos los bienes materiales a nuestra disposición, pero sin libertad para disfrutar de algo tan sencillo como es un paseo por el parque del barrio.  Pero no desesperemos. La sonrisa irónica de François-Marie Arouet, nos advierte, por boca de Pangloss el optimista leibniziano, que tout est au mieux, todo sucede para bien. 

Si la esencia del dios leibniziano es la suma de las perfecciones, todos los seres creados derivan su perfección de la esencia de este dios, así que el coronavirus es hechura de sus manos y, por lo tanto, hay un propósito cuya finalidad se nos escapa. Pangloss, el mentor de Cándido, nos hubiera dado una razón optimista, Cándido hubiera soportado la adversidad con paciencia, mientras que el señor Voltaire hubiese esbozado una sonrisa sardónica al ver a la humanidad acojonada ante un enemigo invisible, incoloro, inodoro e insípido.

Pero cada cual, en su pequeño huerto interior, tiene varias parcelas en las que cultiva distintas especies de verduras y frutos, a veces contradictorios, a veces directamente incompatibles, pero siempre dan frutos que alimentan su afán de conocimiento. Andrés Hurtado, el personaje de Baroja, nos hubiera dicho que en el Edén crecían dos árboles: el de la Vida y el de la Ciencia. Solo que el fruto de este árbol estaba prohibido, y de ése, precisamente, es del que queremos alimentarnos. Aunque el conocimiento nos lleve a la desolación.

En nuestro pequeño huerto íntimo, regado con lecturas un tanto anárquicas, la soledad nos ofrece frutos tan dispares como un Principito que abandona su  minúsculo mundo por culpa de una flor caprichosa y engreída (Et je suis née en même temps que le soleil…), un diálogo místico entre los esposos donde aflora el puro deseo erótico: Bésame con los besos de tu boca…, porque tu amor es más dulce que el vino…), un personaje de Baroja que arrastra su pesimismo existencial, un sufrido Cándido que sufre sobre sí todas las desdichas con las que el malvado Voltaire ha querido burlarse del optimismo filosófico de Herr Leibniz…

Y no sólo eso. En nuestro huerto disponemos de un pequeño vivero donde van madurando lecturas que llegarán a su sazón mientras haya coronavirus que nos obligue a la reclusión. Lectura que dan diversos frutos según su naturaleza. Así, un segundo volumen del Libro de las Fundaciones, de Teresa de Cepeda y Ahumada, en una edición de Espasa Calpe, de 1950. En rústica e intonso, doble placer. La vida ejemplar de Ginés de Pasamonte (el de la aventura quijotil con los galeotes), por Diego San José. También en rústica, editado por Biblioteca Hispania, 1916. Y para no andarse por las ramas de viejas lecturas, el Homo Deus de Yuval Noah Harari, con ese optimismo del capitalismo en expansión que nos llevará, a través de la inteligencia artificial, hasta la inmortalidad.

Pero este jubilata se conforma con menos; le basta con cultivar su huerto, como Cándido: Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut cultiver notre jardin.