domingo, 25 de septiembre de 2016

Mayoría silenciosa vocinglera.-


Quince días lleva esta bitácora en silencio, y no es por falta de asuntos de que tratar, sino por una especie de pudor que le ha entrado a este jubilata tras leer en la Internet una entrevista hecha en El Mundo a Gabriel Tortella, doctor economista e historiador, experto en historia económica. Y es que un servidor le tiene mucho respeto al señor Tortella. No en vano gracias a su manual Introducción a la economía para historiadores, aprendí las pocas nociones sobre economía que se agazapan en mi bosque neuronal. Eso fue cuando en quinto curso – en los heroicos tiempos de estudiante en la UNED – me tocó estudiar Historia Económica de España. Se ve que el manual de alguna utilidad debió ser, puesto que aprobé la asignatura y hasta entendí algunos conceptos de macroeconomía.

Le preguntaban a don Gabriel sobre la independencia de Cataluña y él mantenía la tesis de que nunca ha existido una Cataluña-Estado, ni hay fundamentos históricos para sostener tal. Lo que me trajo a la memoria – perdóneme el improbable lector el excurso – algo que dejó escrito un lector ocasional en esta misma bitácora a propósito de tema parecido, si no el mismo. Citando de memoria, venía a decir que patria es un grupo de gente unido en torno a un error histórico y el odio a sus vecinos. Definición que, en mi opinión (no necesariamente acertada), sirve para cualquier patriotismo, sea centralista, periférico, hetero u homo,  bisexual, transexual, neutro, epiceno o ambiguo: cuando se oiga un redoble de tambor y un himno patriótico cantado con fervor por las masas, ¡Temblad, carnes malditas!

Vuelvo al asunto. Claro que el ilustre profesor hablaba también de otros temas de actualidad, cuya responsabilidad (la de las contestaciones del entrevistado) habría que achacárselas al entrevistador, profesional muy inquirente, que quería exprimir las plusvalías periodísticas a su entrevistado. Y hablaba de la mayoría silenciosa, manipulable por publicistas y estadistas, mercaderes y políticos, que era igual de manipulable pero menos silenciosa que antes gracias a los medios de comunicación, cada vez más poderosos, que esta mayoría utiliza con profusión. Entiéndase: Internet, wasap, twitter, facebook y toda la retahíla de redes sociales que nos enmarañan. Decía, textualmente: “Todo el mundo tiene un blog y dice todo tipo de disparates. Yo espero no ser de esa mayoría silenciosa a la que desprecio. Y lo digo bajito.”

Y aquí es donde este jubilata se sintió aludido, en lo de pertenecer a una masa despreciable y decir todo tipo de disparates a través de un blog. Para ver si entraba en esa categoría de masa silenciosa, manipulable a la par que vocinglera, dediqué unos minutos de mi vida a hacer una auto introspección, para observarme en mi condición de ser-en-la-sociedad, en plan heideggeriano. 

La conclusión no fue muy alentadora: a la fuerza ahorcan, pues como individuo cuento poco y soy objeto de todo tipo de manipulación, desde las ofertas en el súper (cuando voy a comprar), pasando por las tertulias de la Sexta, el Informe Semanal de TV1, las consignas de los poderes políticos, la industria textil cuando compro unos vaqueros made in Inditex, o los empleados “asustaviejas” que van de puerta en puerta para cambiarte el contrato del gas o la electricidad. Eso sin contar el vocerío que organizo en las redes sociales con los comentarios en Facebook o las “ocurrencias”, que diría don Mariano en funciones, que cuelgo en esta bitácora. Total, pertenezco a una clase social de medios pelos, vivo en un barrio de viejos pro PP, soy jubilata ya sin hucha de las pensiones y chapoteo en la mayoría silenciosa vocinglera, ¿Cabe mayor mediocridad?

No sería lo malo la conciencia de pertenencia a una masa moldeable a conveniencia, cuya opinión va de un extremo a otro, como las mareas, arrastrada por cuatro ideas mal digeridas, fabricadas al azar por expertos manipuladores de mass media; ni que, por pura honradez intelectual, un entrevistado se vea en la obligación de llamarnos mayoría silenciosa despreciable; lo peor es que no tenemos remedio y seguiremos siendo masa populosa, manipulable tremending toping mientras tengamos un iPad de esos entre las manos. Ya lo decían los clásicos latinos: Contra stulticiam, et Dii frustra pugnant, Incluso los dioses luchan inútilmente contra la ignorancia.


Ahora bien, pertenecer al rebaño libera de responsabilidades y mala conciencia, y con ciento cuarenta caracteres puedes enviar un twit que te haga famoso por veinticuatro horas. No me digas, improbable lector, que no es confortable…

sábado, 10 de septiembre de 2016

Investiduras que se resisten.-

Eso de que seríamos el hazmerreír de Europa si fuésemos a unas terceras elecciones, como dice la Vicepresidenta, tampoco es para tomárselo tan trágicamente. Ni las voces agoreras en plan Oigo, Patria, tu aflicción que corean desde la prensa adicta estabulada en el aprisco mediático.  Total porque a don Mariano le han marrado dos investiduras. Como si el ilustre Registrador fuera imprescindible para el devenir de España en lo universal.

Este jubilata lo dice porque, en situaciones parecidas, los libros de historia suelen ser muy socorridos a la hora de recordarnos hechos similares que ocurrieron en tiempos de Maricastaña. Y ocurrieron, pasaron y fueron olvidados sin que se  resquebrajaran los pilares de la sociedad, ni el mundo se saliera de su órbita. Vamos, que el conocimiento de la historia debería refrenar la soberbia de los políticos y aliviar las inquietudes de su clientela vocinglera. Debería convencerlos de que, pasado el momento del soponcio histórico/histérico, unos y otros son tan prescindibles e indiferenciables como lo son los muertos en los cementerios: polvo, ceniza y olvido.

El avisado lector ya sabe que en el S. XIII, tras la muerte del papa Clemente IV, en la ciudad italiana de Viterbo los cardenales en cónclave se tiraron 34 meses vetando candidatos a cara de perro (desde el 29-11-1268 hasta el 1-9-1271) para, al final, llegar a un apaño: Gregorio X, un papa que hoy llamaríamos de consenso o de compromiso. Una especie de ni fu ni fa, ni pa´ti ni pa´mi. Ni pa´l PP ni pa´l PSOE, que diríamos adaptándolo a las circunstancias actuales.

Y todo porque en aquel cónclave viterbino había dos facciones encontradas: los cardenales franceses, peones de la Casa de Anjou, y los italianos, que siempre han querido un papa de entre los suyos. Hartas del estreñimiento electivo cardenalicio, las autoridades de aquella ciudad emparedaron a los purpurados dentro del palacio, les pusieron a pan y agua y les desmontaron el techo de la sala para que les llegase sin trabas la inspiración del Espíritu Santo. Fueron 34 meses de interregno en los que la cristiandad ni se resquebrajó más de lo habitual, ni sufrió pérdidas irremediables. Si no, ahí tenemos a la Iglesia de Roma, la mejor y más sólida empresa del mundo. Repartiendo dividendos celestiales y haciendo ampliaciones de capital siglo tras siglo.

Imagínese quien esto lea que aquí hiciéramos lo propio con nuestros diputados/electores, pero con los medios apropiados a la situación actual. En lugar de emparedarlos y ponerlos a pan y agua, bastaría con pagarles el salario mínimo interprofesional, 655,20 € mensuales. No sería violento ni coactivo y, de paso, sabrían lo que es currarse el sustento como cualquier hijo de vecino.  Y, además, les pondríamos una UVI móvil junto a los leones del Congreso, no fuera a pasar lo que en Viterbo, donde tres de los veinte cardenales electores murieron. Aquí no queremos padres y madres de la patria difuntos en plena faena electiva, sino que se pongan las pilas y se ganen el menú de cada día.

Y si no llegasen a una propuesta de consenso, tampoco pasaba nada. Bastaría con enviarles a sus casas con el salario base y ya nos buscaríamos otros más espabilados para eso del acuerdo de investidura y algún candidato habría que gustase a tirios y troyanos. Al fin y al cabo solo se trata de hablar para consensuar, y el Parlamento es el lugar apropiado para esa tarea; y si hablan, pero no les cunde, no hay por qué perder las formas: cambiaremos de remesa. Hay mucho lumbreras por ahí con ganas de ser cabeza de cartel, dispuesto a felar micros ante las cámaras y ganarse el jornal en el Parlamento consensuando, legislando, votando... Lo que haga falta para cabalgar sobre el escaño toda la legislatura.

Claro que, con esa obsesión que tiene la clase política por extasiarse ante su propio ombligo, se olvidan de algo mucho peor: la desafección del votante. Y también aquí la Historia en letra impresa suele dar materia de reflexión. Quizás los asesores de Presidencia del Gobierno no le han hablado a su Vicepresidenta de Octave Mirbeau y su panfleto La grève des électeurs (La huelga de los votantes), y han hecho mal. Se trata de una crónica publicada el 28 de noviembre de 1888 en Le Figaro y reeditada en varias ocasiones, hasta 2011. Si no sabían de su existencia, excusas no tienen. En Internet hay una edición en PDF de 2002 de Éditions du Boucher.

Su tesis es sencilla: el sufragio universal es un engaño por el cual los poderosos obtienen con malas artes la aquiescencia de aquellos a quienes oprimen y explotan. El elector no es más que un bípedo pensante, dotado de voluntad – pretendidamente – y orgulloso de su derecho a poner una papeleta dentro de una caja. Papeleta que justificará todos los atropellos que el poderoso quiera ejercer sobre el autoproclamado ciudadano libre, porque lo hace con su libre consentimiento. ¿Haría falta explicarlo tras los últimos “ajustes” económicos que hemos sufrido estos últimos años? ¿Le faltará razón a Monsieur Mirbeau, vistos los recortes en derechos laborales y las menguas en libertades sociales?

No es complaciente M. Mirbeau con los sufragistas activos. ¿Qué más da que voten por Pedro o por Juan, si uno y otro le oprimirán, le engañarán y le robarán? Pero no, el votante tiene sus preferencias y siempre vota por el más ladrón y el más mentiroso. Dice que los corderos que van al matadero, ellos al menos, no votan por el matarife que los matará ni por el burgués que se los comerá. Más bestia que las bestias y más borrego que los propios corderos, el elector nombra a su verdugo y elige a su burgués explotador…

¡¡Y estamos preocupados porque vamos por la segunda votación de investidura fallida…!! Desde el punto de vista del escritor francés – se me ocurre pensar –, somos borregos angustiados porque aún no conocemos el nombre del ladrón que nos robará el vellón. Bípedos votantes ansiosos del esquileo.

Pero si Mirbeau es vehemente en sus invectivas contra los votantes, hay una mirada más sosegada, y es la de Saramago en su Ensayo sobre la lucidez. ¿Y si un día los votantes, hartos de su clase política votasen en blanco? ¿Si deslegitimasen a los mercaderes de la política negándoles su voto? ¿Y, si encima, los ciudadanos fuesen conscientes de que la sociedad funcionaba sin su clase política? Aquí esa experiencia la estamos viviendo con un gobierno al ralentí, en paro cardiaco y solo preocupado por colocar a su peón y que nada cambie. Y a pesar de los aullidos mediáticos, el país está dedicado a sus afanes y se conforma con que la casta política no moleste demasiado.


El improbable lector perdonará las divagaciones de este jubilata, pero he estado espantando el calor a golpe de abanico y elucubraciones, agazapado en la penumbra de mi cuarto de estudio, mientras Cecilia Bartoli me cantaba en la intimidad aquel aria de Händel: Lascia la spina, cogli la rosa; tu vai cercando il tuo dolor… Tu cherches à te faire mal… Incluso en francés suena estupendamente, pensaba, mientras me desaguaba en puros sudores por todos los poros de mi cuerpo. 

Desde sus textos, Octave Mirbeau y José Saramago, cada uno a su modo, se burlaban de nuestra preocupación por colocar a un inquilino en la Moncloa. Pero nos gustaría tanto que, por fin, se sacaran el conejo de la chistera...

viernes, 2 de septiembre de 2016

Ética, estética y política.-



No será un servidor quien insista sobre lo del caso Bárcenas ni saque una letanía de nombres del PP con los sobresueldos que trincaban, o sobre cogían, o como quiera que sea la denominación técnica que convenga al caso. Hiede a alcantarilla sin ventilar. El asunto sobrepasa la capacidad de comentarios de esta modesta bitácora, aparte que insistir en ello aquí sería una redundancia en tono menor que no aportaría nada, así que este jubilata decide ir por libre y fijarse en un aspecto que a nadie parece interesar.

Si le digo al improbable lector que esta calamidad política de sobre cogedores se debe – no lo afirmo, solo lo supongo – a que en la sede de la Gaviota nadie ha leído con provecho a Platón o Aristóteles, seguro que se me descojona entre espasmos de risa.

Pues, mire usted, dándole vueltas al asunto, me ha parecido que no era tanto disparate. Ya sé que un político leyendo La República de Platón o los Libros de Política de Aristóteles, en lugar de tuitear desde el escaño, es una imagen atípica, atópica y anacrónica. El escaño es – según sus detentadores – esa plaza de político de carrera que se adquiere en propiedad y, con todas las sinecuras y prebendas habidas al caso, sirve para aplaudir a los primeros espadas propios, abuchear a los de enfrente, darle al botón del sí o del no según la consigna recibida, y bostezar durante las largas sesiones de debate. Aparte el trinque de la pasta, cuando hay ocasión y merecimientos, que no todos se aferran al trinquete.

Pero, no. La política es algo digno y tiene mucho que vez con la ética, la justicia y con la sabiduría. No tiene más que leerse lo que dice Platón en su Carta VII: “Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que  de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente  filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra”.

Ya sé que pretender de los políticos que sean filósofos o amantes desinteresados de la justicia es pedir peras al olmo, pero, al menos, no deberían olvidar lo que afirma Aristóteles. Éste asegura que la política va estrechamente unida a la moral porque el fin último del Estado es la virtud; política es la formación moral de los ciudadanos y del conjunto de los dirigentes necesarios para su ejercicio. La política, como ejercicio moral, es un conjunto de normas que rigen las relaciones sociales porque su objeto es alcanzar la virtud, y la justicia es su mayor exponente. Total, que ser político, justo y virtuoso viene a ser lo mismo. Ahora, vaya usted a Génova, 13 y trate de explicárselo.

Pero, para este jubilata, que ve el asunto como muy complicado de entender por la grey neocon, no se trata de comportamientos éticos, sino de pura cuestión estética. ¿Puede nadie imaginarse nada más antiestético que el trinque de sobres llenos de pasta? Esos señores tan importantes que se ensobran en el bolsillo puñados de pasta gansa, la verdad es que quedan de lo más antiestético y vulgar. Y resulta estéticamente impresentable que, quienes acaparan dineros que no se han ganado limpiamente, sean los mismos que exigen sacrificios a los ciudadanos y les recorten derechos sociales. A este jubilata le parece de lo más necio, tosco y ordinario, aparte otras consideraciones.

Por eso, aunque solo sea por no quedar feos ante los ciudadanos, los políticos deberían entender el ejercicio de la política como una cuestión ética, donde lo que importa no es el medrar, sino el bien común de todos los miembros de la sociedad. Lo mismo que visten trajes caros y van a su trabajo aseados y bien perfumados, deberían andar con los entresijos de la conciencia sin cascarrias. Porque, aunque no se lo crean, la vulgaridad de “todo por la pasta” es algo muy antiestético y ordinario, y la gente de a pie se está dando cuenta.

Como decía aquel personaje: ¡Un poco de por favor!

jueves, 25 de agosto de 2016

Rutinas veraniegas,y IV.- Últimas divagaciones.-

En una de mis últimas caminatas de este verano, yendo de Rascafría a Oteruelo por entre los montes de robledo que hay hasta la dehesa boyar de este último pueblo, al salirme de los caminos habituales, encontré los restos de una vaca. Los buitres se habían dado un festín en su momento – digamos que hace ya más de un año – y actualmente solo podían verse los huesos de las patas y las caderas, las quijadas con sus dientes y el cráneo con su buena cornamenta. Del espinazo y el costillar no vi rastro, aunque no debían estar lejos.

Dejándome llevar por lo que supongo es un atavismo de nuestros lejanos tiempos, cuando nuestros ancestros prehistóricos, quise dejar constancia a modo de trofeo y colgué el cráneo de la rama de un roble. Y, para que quedase testimonio gráfico, en lugar de un dibujo paleolítico en el fondo de una cueva, hice una foto del susodicho cráneo. Lo que venía a ser como el selfi post mortem del cornúpeta.

Y, como no solo vago por los caminos del monte un poco al azar, sino que también mi imaginación vagabundea por el mundo de sus ensoñaciones sin freno, le dio por pensar (a mi imaginación, no a mí, que estaba mentalmente inactivo) qué imaginará quienquiera que se tropiece con ese cráneo de vaca de cría, o quizás de toro semental, colgado de un árbol. El asunto de si se trataba de vaca o de toro el cráneo del ungulado de marras, era cosa a dilucidar, pensaba a falta de otra ocupación más intelectual. No faltaban razones para ello. La cuestión del sexo, vacuno o toruno, y su función reproductora tenía su relevancia a efectos de mera elucubración mental. No podía ser de otra forma, dada la inoperancia como causa generadora eficiente actual del sexo del animal, debido a que sus partes blandas terminaron fagocitadas por buitres u otros carroñeros de aquellos andurriales.

Pues bien, mi imaginación, en sus divagaciones sin lógica y sin freno, se planteaba la misma cuestión que planteó la celebérrima Mariló Montero, de TVE, respecto al destino del trozo de alma que, teóricamente, pudiera, migrar de un donante asesino a un receptor de uno de sus riñones – pongamos por caso. Aplicando el razonamiento de esa sutil teoría defendida en un programa de TVE, bien pudiera ocurrir que la capacidad reproductora del cornúpeta ya citado (sea vaca, sea toro), de manera indiscernible por la humana razón, pero obedeciendo a las leyes ignotas de la transmigración, pasase al buitre que se comió sus partes blandas reproductoras. Y eso de tal modo que, si fue buitre el  beneficiario de aquel bocado, pudiera cubrir a una vaca, o si fue buitra parir un ternero.

Bien es verdad que reproché a mi imaginación tales desvaríos. Pero como estábamos en medio del robledal y la vacada más próxima no pareció ofenderse por aquellas elucubraciones aberrantes respecto a uno de sus congéneres ya finado, mi imaginación argumentó en defensa de su teoría. Y fue que existían antecedentes mitológicos equiparables, tal como el caprichoso refocile de Pasífae, esposa de Minos, rey  de Creta, con el toro que debería haber sido sacrificado a Poseidón, de cuya coyunda nació el Minotauro. Hecho del que se deriva toda la mitología subsecuente, con el laberinto que Dédalo construyó para encerrar aquel bicho feroce y contranatural, y la saga de Teseo, que lo finó bravamente, y Ariadna que le ayudó a salir del embrollo, y la huida de Dédalo e Ícaro del laberinto en el primer vuelo conocido de la humanidad.

Eso sin hablar –insistía mi imaginación – de los caprichos erótico/taurinos de Zeus, que raptó a Europa siendo una mocita en estado de merecer (no ahora, que es vieja y egoísta), transformado en toro; o aquella ocasión en que convirtió a la inocente Ío en una ternera blanca para ocultar su aventurilla ante la celosa – con razón – esposa/hermana Hera… Y la historia de Argos Panoptes, con sus mil ojos, que vigilaba a la ternera Ío, hasta que Hermes, tañendo un instrumento, logró dormirle hasta el último ojo y le rebanó el pasapán, tal como nos lo cuenta Velázquez en su célebre cuadro, donde se ven los ojos de Panoptes en la cola de un pavo real.

-  Siempre serán mejor estos desvaríos con que entretengo tus andanzas campestres – terminó arguyendo la imaginación mía, y no le faltaba razón – que no andar cazando pokémones por los montes Carpetanos como un adolescente desnortado.

Todo eso bullía en mi imaginación disipada mientras mis pies tenían buen cuidado de no llevarme contra ningún árbol ni enzarzarme en ningún matorral. Como quien no quiere la cosa, pensaba con los pies mientras divagaba con la cabeza, y no me iba mal. Hasta que me encontré con un ganadero, me puse de charla con él y logré que mi imaginación aceptara los límites de la lógica usual a fin de poder mantener una conversación razonable.

Estaba el ganadero mirando con atención a la congregación vacuna de Oteruelo que había allí, a ver si había algún animal suyo que se había pasado de cercado desde el término de Rascafría. A lo que se ve, el hombre conocía a los animales como el político conoce a sus votantes y dijo que había dos que no eran de aquella troupe, sino de Rascafría, aunque no suyas. Charlamos del precio del pienso y la hierba: 50 pesetas el kilo en el primer caso, 6 en el segundo, porque los ganaderos aún usan en sus tratos la antigua peseta como unida de cuenta.

De regreso al mundo real, pude acompasar los vuelos de la imaginación a los pasos de mis botas, recorrí el camino de Los Navazos y llegué a la carretera y a la entrada a Oteruelo. Allí, en las antiguas escuelas, la sala dedicada a la pintura de Luis Feito, uno de los fundadores de El Paso; luego, la plaza con el antiguo abrevadero y el potro de herrar, y por el antiguo camino del ejido y hoy camino natural del valle, a Rascafría.

A la altura del cementerio nuevo puse en orden el mundo imaginario por el que había vagado durante un par de horas y atravesé el pueblo como una persona normal. Nadie se dio cuenta y pasé desapercibido, como un veraneante más.





miércoles, 10 de agosto de 2016

Rutinas veraniegas, III.- Minucias.-


Pensaba haber titulado esta entrada “Pequeñeces”, pero de repente recordé que ese fue el título que el Padre  Coloma le había puesto a una novela satírica que fustigaba la alta nobleza de la Restauración.  Así Currita Albornoz y Jacobo Téllez-Ponce nada tienen que ver con los pasos campestres en que este jubilata trotacaminos anda metido en su verano serrano. 

Porque, la verdad, andar sin rumbo fijo por los caminos del valle no lleva, por más empeño que le ponga uno, a tropezarse con los aristocráticos personajes  del P. Coloma.  A lo más que te llevan los pasos, dentro de las botas andariegas, es a toparte con una punta de ganado que sestea bajo los robles, a alcanzar un altozano desde el que disfrutar de buenas vistas, a encontrarte matas de poleo aromático, o a llegar a un abrevadero donde puedes refrescarte el pescuezo y los brazos. Porque este entramado de rastros, trochas, senderos, caminos, pistas, donde suele llevar es a enlazar con cualquier otra senda o trocha de ganado que discurre por los vericuetos del bosque, entre fincas ganaderas, y que terminan sacándote a algún camino o pista que te acerque a cualquiera de los pueblos del valle o te dé de bruces con la carretera.


Pues bien, de eso va esta entrada, de las pequeñas cosas, o curiosidades, con las que el caminante se tropieza en su andadura por los caminos del valle. 

Hoy mismo, que he bajado del Alto del Robledillo para seguir un rato el curso del arroyo Santa Ana hasta la ermita del mismo nombre, me he encontrado a un ganadero, sentado en uno de los poyos adosado a la fachada de la ermita. El individuo tenía las narices metidas dentro de la pantalla de su móvil (no sé si andaba a la caza de algún Pokémon), mientras la vacada andaba a sus rumias por acá y acullá. Un escueto “Buenos días” ha sido toda nuestra conversación. Al bucólico Títiro virgiliano le hubiese dado un patatús de pasmo al ver al vaquero dándole con frenesí a las teclas de su móvil en vez de tañer un dulce caramillo al pie de un umbroso fresno. Joder, qué sociedad esta… ha sido la reflexión de este jubilata antes de seguir su andadura.

Si uno pasea hasta el Puente del Perdón, cerca del monasterio de El Paular, y se mete a la finca de Los Batanes (donde el antiguo molino papelero, del que no encuentro memoria escrita), podrá pasear por el “bosque de Finlandia”, así llamado por la cantidad de coníferas y abedules que hay allí. Hay un estanque artificial rodeado de boscaje, con un pequeño embarcadero, donde, si nadie hay por allí, el paseante puede sentarse a disfrutar del silencio y la soledad. Con suerte, verá algún pato silvestre dedicado a sus quehaceres.

También puede que encuentre a alguna pareja de recién casados -ella puro frufrú vaporoso, él de convencional pingüino -, obedientes las órdenes de un fotógrafo, haciéndose las consabidas fotos románticas para el book de bodas. No es infrecuente tropezarse con algunas modelos posando para alguna revista de modas, ataviadas con trapitos muy lucidos  o vaporosos trajes de novia. Sin ir más lejos, la otra tarde, la santa y yo vimos en medio del camino a una jovencita en una especie de deshabillé, con una teta al aire y un niño rubio de escaparate al brazo. Dos fotógrafos la cosían a fotos, pose va, pose viene. Nosotros pasamos justo por al lado sin existencia perceptible para ellos.

Pero, excursos y mamas aparte, lo que quería decir es que, si uno se mete por un caminito poco transitado, próximo al estanque, da con un curioso monumento: dos traviesas puestas en pie, una más alta que la otra, estando la más baja coronada por una rueda metálica dentada. En el fuste de estos maderos, en letras labradas y pintadas de rojo, puede leerse: Bosque el Rotario. Y al pie siete plantones de tejo (variedad baccata).
No sabía que el club Rotario tuviera su presencia por estos lugares tan recónditos. Pero ya se sabe que los poderosos de la tierra enseñorean hasta los confines más insospechados.

Bajando desde el barrio rico de las Matillas hacia la calle Artiñuelo, por el camino junto a la margen izquierda del arroyo (que ya anda menguado de agua), puede uno encontrarse con la cosa más insospechada y más, aparentemente, inútil en aquel lugar: una garita cilíndrica hecha en ladrillo, rematada con una bóveda. A sus pies, una pequeña cacera que pasa por detrás. Es talmente, talmente, como las garitas de vigilancia que había en las instalaciones militares de antaño, solo que está cubierta por una yedra que ha crecido en la capirota de la garita y amenaza con devorarla si los años le dan ocasión para ello. Cada vez que paso por allí me pregunto qué coños de utilidad pudo tener aquello en semejante lugar.

Pero si uno se mete por las anfractuosidades (me gustaba la palabra y por eso…) rocosas que cierran el vallejo donde se encaja el Artiñuelo, curso arriba de la presa colmatada, puede encontrar en la pura roca una calicata de, aproximadamente, de dos por dos de lado y tres metros de profundidad. La hicieron en los años 40 o 50 del siglo pasado en busca de mineral de hierro o wolframio. El lugar es de difícil acceso pero, conociendo su existencia, es curioso de visitar, aunque solo sea por hacer un poco el cabra por aquellos roquedales.


Más  curiosidades, puras pequeñeces veraniegas, podrían contarse en esta entrada a la bitácora jubilata, pero no es cuestión de cansar al improbable lector con las minucias del veraneante asendereado. Otro día hablaremos de cualquier otra cosa.  

miércoles, 27 de julio de 2016

Rutinas veraniegas, II.- Lecturas.


Por más que este jubilata intente no dar palo al agua en todo el verano, nunca ha conseguido estar ocioso en eso de la lectura y la caminería. Leer y caminar (nunca revueltas: cada cosa en su momento) son dos actividades que llenan las horas veraniegas.

Imagínese el lector, ocasional o habitual, de esta bitácora qué duro sería si tuviese que estar mano sobre mano desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche – de la siesta nada se dice, que tiene entidad propia y sus propias maneras de existencia – sin un puñado de letras de imprenta que echarse al coleto del intelecto. Y así durante semanas y con estos calores.

Pues eso. A la hora de planificar la estancia veraniega en este pueblo serrano, aparte el ajuar doméstico  y la munición de boca que hay que traer para eso de la higiene en el vestir y la supervivencia, no puede faltar en el hondón de la maleta un puñado de libros para pasar las horas de la tarde, las horas de canícula; esas horas aperreadas en las que uno no tiene ni ánimos para tirar de su propio cuerpo y queda desparramado en el sofá, con la mente ensopada y su yo transcendental reducido a la inconsciencia. Esas horas, precisamente, son las más propias para despabilar y darle caña al intelecto para que avive el seso y despierte.

Quien esto escribe, lector habitual y un tanto anárquico, así lo hace. Las tardes de verano, mientras el sol amurria a los pájaros y recalienta los caminos, se dedica a leer cualquier cosa que tenga letras de molde. Y ese “cualquier cosa” no lo entiendas, amigo lector, como desmerecimiento del valor de las lecturas que uno se mete entre pecho y espalda, sino como esa falta de criterio que aqueja a un servidor a la hora de racionalizar sus lecturas según temas de interés cultural, narrativo, formativo o informativo. Para que quede más claro: sobre la mesita auxiliar hay una mezcolanza de libros, cada uno por sí interesante según su género, pero dispares, cuyas lecturas se van alternando aleatoria y caprichosamente. Estamos en verano y uno puede darse esos gustos.

Leer a Heródoto (más tras la visita a Irán/Persia que hicimos esta primavera,  y de la que quedó constancia en esa bitacora) y sus guerras médicas no deja de ser una lección sobre el conocimiento que éste tenía de la naturaleza humana. Cuando los Argivos quieren quedar al margen de la expedición de castigo que Jerjes planea contra Atenas y los lacedemonios, Heródoto dice comprenderlos (a los habitantes de Argos) y afirma que, si todos los seres humanos reuniesen en un mismo lugar todas las desgracias que les aquejan, con objeto de intercambiarlas entre sí, una vez vistas las desgracias del prójimo, cada cual se volvería a casa con las suyas propias por considerarlas más llevaderas. 

No dejaban de ser prudentes los ciudadanos de Argos a tenor de lo que cuenta el historiador griego, ya que, según sus cálculos, las huestes persas eran tan descomunales (5.283.220 individuos: infantería, caballería, tropas auxiliares, marinería, sirvientes, esclavos, personal auxiliar para las acémilas y el equipaje, familia –viajaban con mujeres, amantes e hijos–) que cuando llegaron al río Escamandro, cerca de Troya, agotaron sus aguas para dar de beber a la tropa. Y dice que en tierras tracias había un lago de más de 5 k de perímetro que quedó seco sólo con dar a beber a las acémilas que llevaban la impedimenta.

Aunque Heródoto resulta aquí un tanto hiperbólico (en alguna nota leída a pie de página se dice que el ejército persa no debió superar los trescientos mil efectivos), también sabe ser prudente, pues afirma: “Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me siento obligado a creérmelo todo a rajatabla (y que esta afirmación se aplique a toda mi obra)”. ¿Se da cuenta el improbable lector de esta bitácora de por qué hay que leer durante las vacaciones? Hay más sentido común en un libro de lance – éste  fue comprado en una librería de ocasión – que en las promesas de estabilidad política de estas últimas semanas.

La Sombra, de Galdós, es una obrita menor y poco conocida, pero viene a ser como la primera novela freudiana de la literatura española. Que un tal doctor Anselmo se vea corroído de celos porque el mítico personaje Paris (ese que le sopló la dama al rey Agamenón y fue causa de la guerra de Troya) salte de un cuadro de asunto mitológico para ligarse a la legítima esposa del doctor, es cosa de visita al psiquiatra de guardia. La obsesión de protagonista es tal que se cree acosado por un Paris burlón que promete aparentar cornificarle (no deja de ser un personaje/mito sin entidad física, así que de consumar coitos, nada). Su finalidad al cortejar a la dama, según piensa el obsesivo marido, es labrar su desprestigio social y convertirle en el hazmerreir de la buena sociedad madrileña de la época. Tal fijación (suponerse cornificado por un personaje mitológico) lleva al lector a desearle al doctor Anselmo un cornificio en toda regla; eso aunque solo sea por el desasosiego que transmite al lector y por lo mal que trata a la sufrida y santa esposa que no gana para soponcios y sobresaltos por culpa de los celos del marido. 

Menos mal que el autor-narrador toma una actitud distante y crítica respecto a su personaje e  introduce la necesaria lucidez en el relato. Pero, de verdad, a un lector entregado le resulta tan irritante el protagonista con sus obsesiones, que él mismo estaría dispuesto a saltar dentro del relato y darle de patadas en el culo. Y si no lo hace no es por la imposibilidad metafísica de trasladarse de la realidad a la ficción, sino porque a estas horas hace un calor del carajo (son las cinco de la tarde) y uno no está para sofocos ni siquiera imaginarios.

Y así transcurren las tardes veraniegas y las horas caniculares. Eso a pesar de que el vizconde de Chateaubriand (en sus Memorias de Ultratumba), tras ser retenido en Baviera varios días por problemas de pasaporte, después de cruzar a Bohemia se pasea por el bosque en plena noche y tiene un soliloquio con la luna (ella calla, solo está ahí): Un petit morceau de la lune qui entreluisaiet me fit plaisir… O lune! Vous avez raison, mais si je parlais bien de vos charmes, vous savez les services que vour me rendiez: vous éclariez mes pas alors que je me promenais avec mon fantôme d´amour…

De verdad, si no fuese uno tan convencional, también este jubilata se pasearía por el bosque a la luz de la luna en soliloquios alunados y románticos, mientras el cine de verano en el frontón escupe sus músicas y diálogos enlatados, y el respetable público asistente, subyugado por la trepidante acción fílmica, come pipas de girasol. Y tal…


lunes, 11 de julio de 2016

Rutinas veraniegas. I.- El rumor del Artiñuelo.


Una de las rutinas más arraigadas en este veraneante setentón, una vez instalado en Rascafría, es dedicar una de sus primeras visitas (seguirán otras a lo largo del verano) al arroyo Artiñuelo. Por si el lector ocasional no lo sabe, el Artiñuelo es el arroyo que nace en el collado de la Flecha, en los Carpetanos, a casi 2000 metros de altitud, y atraviesa Rascafría para rendir su curso en el río Lozoya, que transcurre casi a los pies del pueblo.

Es riachuelo de gran belleza en su trayecto de montaña y en su curso medio, y ha sido encauzado en su recorrido por el pueblo, ya en su tramo final. Como nace en los acuíferos que forman los neveros invernales, en verano acusa el cansancio del estiaje y, llegado agosto, se convierte en un hilillo de agua que se va remansando en las charcas de su trayecto final, como si le faltase fuerzas para llegar a la desembocadura.Pero ahora, estos primeros días de julio, aún baja brioso y cantarín, como aquellos antiguos caminantes que hacían su camino con el hato al hombro y entretenían las horas y las leguas con alguna coplilla en los labios.

Este jubilata, a modo de pleitesía estética, al día siguiente de  habernos instalado, se ha calzado las botas montañeras y ha subido por mitad del robledal, por la desconocida y casi cegada senda Viator, hasta el camino que salta por encima de la vieja presa colmatada del arroyo. Luego, al pie del paredón de piedra, resquebrajado y herido de hendiduras por las que manan las heridas de agua que el tiempo ha ido  abriendo en sus juntas, ha prestado oído al silencio del bosque.

Quizás el improbable lector no haya caído en ello porque es más asfaltícola que boscófilo (palabro para la ocasión y a no repetir), pero  el bosque está lleno de silencios rumorosos. Oír el silencio es un privilegio que se alcanza tras largas caminatas por esos montes, hechas con la humildad y perseverancia del neófito, y es aprendizaje que cada cual ha de hacer sin manual de instrucciones y por su cuenta. Cuando, tras bastantes años de noviciado y centenares de horas de paciente escucha, uno aprende a oír, descubre que el silencio del bosque es ese espacio donde no hay un átomo de aire que no tenga dentro su propia música.

Descubre, asombrado, esa sinestesia que le hace percibir la mínima melodía del aroma que desprende el piorno en flor; descubre, como una revelación, esa leve danza que la flor del espino albar emite para atraer al abejorro que acarreará su polen. Y, si se acerca al arroyo, se sienta a su orilla y escucha su rumor sin pausa, verá, oirá y saboreará, todos los sonidos, frescor y destellos que corretean cauce abajo. Porque el arroyo de montaña – que lo sepas, lector –, en medio del bosque, es el continuum de las composiciones musicales barrocas. Es un fluir de apenas unas notas que se repiten, caracolean entre la espuma, parecen enroscarse unas en otras, para saltar de piedra en piedra cauce abajo y dar paso a nuevas notas que jugarán los mismos juegos indefinidamente.

Mientras el caminante percibe el murmurar silencioso del agua, el robledal entonará su melodía hecha del vibrar imperceptible de sus hojas, de las notas que el pájaro carbonero emite llamando a la compañera, del paso apresurado de un corzo entre el ramaje, el lagarto que se esconde entre la hojarasca, o de la esquila de la vaca en el pastizal, y de tantos y tantos pequeños sonidos, chasquidos, siseos que el oído apenas consigue percibir y que, todos juntos, forman un lenguaje musical que se ofrece al oído de quien se deja mecer como un nonato dentro de ese gran vientre maternal que es la naturaleza.

También es verdad – bucolismo y ensoñaciones aparte - que el caminante se ve comido de moscas y ha de reconocer, mal que le pese, la imperfección de los paraísos terrenales; así que piensa con el clásico: et in Archadia ego…, incluso en la Arcadia las moscas son un coñazo. Te resulta forzoso reconocer que para ellas, las moscas, no eres el rey de la creación sino un cacho de carne jadeante (monte arriba y con estas edades uno resopla con esfuerzo…) cuyas glándulas sudoríparas segregan sabrosos jugos salobres que las vuelven locas. Te bailan delante de los ojos y alguna, más atrevida, pretende libar en tus lacrimales; otras, desvergonzadas, se te quieren colar por los caños de la nariz y las hay que pretenden la espeleología por tus conductos auditivos. Talmente como si fueras una vulgar vaca… En fin: Aquí, gozando de las incomodidades del campo, solía decir el difunto primo Paco.

Sentado al pie de la vieja presa del Artiñuelo, oyendo los saltos del agua cauce abajo, sintiendo sus prisas por abandonar aquella angostura de las montañas, no he dejado de recordar aquellos versos de no sé qué poeta con ribetes y puntillas de ecologista:

Bullicio de espuma y piedra,
Orillas de risco y bosque,
Rumor oscuro y aguas claras,
El arroyo huye.

Desde los altos neveros,
Lejos, aún, la lenta llanura,
Las cumbres con su silencio
Acunan su andadura.

No corras, murmura el viento,
¡Sosiega!, grita el monte,
Aguas abajo serás río
Que enturbiarán los hombres.


lunes, 27 de junio de 2016

Cuando el respetable pide caenas.-

Debió ser el 5 de mayo de 1814 cuando Fernando VII salió triunfante de Valencia hacia Madrid. La plebe enfervorizada, que veía partir al Deseado, desunció el tiro de caballos de la carroza regia para, como acémila colectiva, tirar de aquélla con entusiasmo. Camino real adelante, ¡Vivan las caenas!, dicen que decía el pueblo soberano.  

Debió ser un 23 de junio (transcurridos ya un par de siglos) cuando los rubios hijos de la pérfida Albión votaron aquello que se había dado en denominar Brexit, a lo que, según dicen, siguió su contrario, que por nombrarlo de algún modo, llamaron Bregret. Incluso, se comentaba en los mentideros periodísticos hispanos, la colonia gibraltareña lamentó, cuestión de apenas un cuarto de hora, estar bajo la enseña de la Union Jack.

Según parece, también aquel mes de junio de aquel mismo año, un día 26, un conglomerado de pueblos sumisos que vivía al norte del monte Calpe - al que los anglos conocían como the Rock - fue a las urnas para decidir que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer; que los experimentos políticos, con gaseosa; y que produce menos desazón un  trinque como los de toda la vida de dios que no un sorpasso de cuatro bolivarianos irredentos, o las ocurrencias de unos sociatas desnortados. Ese día, según cuentan, las gaviotas se pusieron moradas de revolotear por los azules peninsulares.

Este jubilata, claro está, habla de oídas y no por autoridad. Tales sucedidos debieron ocurrir en tiempos pretéritos y solo queda testimonio de ellos en viejos centones de polvorientas bibliotecas. Hoy en día, demócratas de toda la vida, los ciudadanos razonan sus actos políticos y no tiran, como animales de traílla, del carruaje de un individuo de corona en colodrillo, ni premian a quienes esquilman las arcas públicas en ejercicio de su derecho de pernada, consolidado por el hábito del mando a perpetuidad.

Y dirá el improbable lector que a qué coños viene emplear ese lenguaje tan afectado. Pues viene, con su licencia, a que un servidor anda estos días embebido en la lectura de La Fontana de Oro, de Galdós, (también conocido como don Benito el Garbacero), y se le salen por todas las costuras del teclado los modos literarios decimonónicos. Pero será por poco rato, que Galdós es muy escritor y mucho escritor, y otros no sabemos ni apreciar la belleza verdeante de un campo de alcachofas.

Por eso, lector improbable o habitual, no te tomes muy en serio lo que aquí se dice. Pero que lo sepas: este jubilata, aficionado a las viejas historias, echa de menos un Manifiesto de los Persas, redactado por serviles que lo justifiquen, previo a ese acarreo de millones de votos populares que tiran con entusiasmo del carromato de una política neoliberal por  los malos caminos de una Europa que se resquebraja.

Claro que, según se ha dicho más arriba, esto de los votos tirando de un carro traqueteante, en realidad se trata de algo que sucedió en tiempos pretéritos. A partir de ahora, aquí, en estos tiempos, ataremos los perros con longaniza o con largas ristras de chorizos, según se mire. Y por muchos años, que la soberanía popular así lo demanda.