jueves, 16 de febrero de 2017

Músicas nocturnas.-

No sé si el improbable lector sabrá que hace unos pocos días (exactamente el día ocho de febrero), murió José Luis Pérez de Arteaga. Creo que nunca le entrevistaron en El Hormiguero, ni era un famosillo de famoseo cutre, sino más bien hombre discreto y de palabra culta. Su voz sonaba en las noches de Radio Clásica. Guiaba a insomnes como este jubilata por las largas horas nocturnas, mostrándonos los caminos melódicos de “El Mundo de la Fonografía”, que era su programa. Y eso no se debe a que algunos anduviésemos sobrados de cultura musical sino a que, por fuerza, nos hemos hecho acusmáticos y melómanos con nocturnidad, porque nuestro reloj biológico – cosa de la edad, según parece –  decidió descompasarse y convertir en vela las horas de sueño, y allá te las apañes.

Cuando las noches son una pelea entre el intentar dormir y la incapacidad de hacerlo, el remedio más socorrido – aquí se habla de una experiencia personal; luego cada cual hace lo que le peta – es enroscarse los pinganillos a las orejas y conectarse a Radio Clásica, a ver qué echan esos frikis del pentagrama. Y como el geniecillo ese que produce el insomnio no entiende de horarios a plazo fijo, lo mismo se te abre la pestaña a las 01:45 que a las 04:27, o las 05:11.

Resignado, te columpias de los auriculares, buscas en el dial el 98.8 de FM y, a lo mejor, te sale un profesor impostado que diserta sobre órganos, organería y organeros en la Península Ibérica, y aprendes que en el monasterio de Mafra (nuestros vecinos portugueses) hay instalados, y en uso, seis órganos. El año pasado, coincidiendo con el tricentenario de la fundación, hubo un concierto en el que funcionaron al unísono todos ellos, y tú los escuchas tan ricamente arrebujado entre tus sábanas.

El insomne en algo ha de entretener la mente y se dedica a sus ensoñaciones. Mientras,de los cientos de tubos borbotan raudales de notas que rebotan por las bóvedas de ese escorial a mayor gloria de Joᾶo V el Magnánimo. Por eso, por estar entretenido, trae a la memoria a Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas, esos personajes del pueblo llano, de Memorial del Convento, que escribió nuestro Saramago, escritor, comunista y panibérico (cualquiera que sea el orden de sus cualidades). Y el insomne hasta se permite flotar en la passarola, esa extraña máquina levitadora de aquel cura fantasioso, Bartolomeu Lourenço de Gusmᾶo, del que también nos habla Saramago en su novela. 

Todo lo cual se dice aquí porque las horas nocturnas de vigilia y con los ojos como platos, pasan lentamente y dan de sí como para discurrir sobre músicas celestiales y literaturas; incluso para aprender que al desvelo los griegos lo llamaban agripnia, aunque no estoy muy seguro de que el insomne sea un agripnioso, cosa que suena fatal, como que da grima. Pero de un tipo que no duerme y elucubra mientras los demás se desconectan, se puede esperar cualquier cosa.

O sea que, durante esas agripnias a horas intempestivas, en cualquier momento de la noche te podías encontrar con el señor Pérez de Arteaga, una especie de musa Euterpe que te iba guiando por el complejo mundo de las grabaciones fonográficas. De su mano, por ejemplo, podías disfrutar del allegretto de la 7ª sinfonía“Stalingrado”, de Shostakovich, con sus obstinados redobles de la caja (ese crescendo imparable que nos remite a Ravel y su “Bolero”) y esos pizzicatos reiterativos de las cuerdas, simbolizando el avance de las tropas alemanas sobre Leningrado, hasta llegar a las disonancias finales, que suenan como el choque de la maquinaria bélica nazi contra la resistencia del pueblo ruso. La habitación, a oscuras, silenciosa, se convierte en un campo de batalla donde el ejército soviético resiste a las tropas nazis y Shostakovich está allí para dejar un testimonio imperecedero. Tú sabes que no pegarás ojo entre tanto fragor, pero casi no te importa.

Y como la noche (fría, lluviosa y desapacible) está como boca de lobo, para conjurar los terrores nocturnos, este jubilata pasa las horas de vela entre insomnios, músicas y ensoñaciones, hasta que suenan las primeras notas de Sinfonía de la mañana a las ocho en punto. Entonces, Martín Llade nos cuenta la historieta de cuando Khachaturian fue a visitar a Dalí, quien le tuvo esperando un par de horas encerrado en una habitación. El pobre músico, a lo mejor por cosa de la próstata, no pudo aguantarse las ganas y se meó en un jarrón etrusco que se le cayó de las manos cuando el pintor, en pelota picada, entró de repente en la habitación bailando la danza del sable.

Y ya con otro ánimo, uno se levanta, va y se mete en la ducha.

domingo, 5 de febrero de 2017

Hablaremos hoy.-


Estos días de lluvia es lo que traen. Uno se enmorriña, se repliega sobre sí mismo y se pone filosófico. En la calle, la lluvia barre ese chapapote inmundo, formado por los detritos que el incivismo de los bípedos consumistas ha ido abandonando por los suelos a la espera del barrendero, que nunca llega. El jubilata, encerrado en su estudio, no quiere dejarse ganar por ese ambiente gris climatológico que se ve a través de los cristales y se respira en las noticias que se cuelan a través de la pantalla de su ordenador, los papeles de prensa, la tele o la radio… 

Por si acaso, para vacunarse contra la grisalla ambiental, escucha a Mahler. Esa marcha fúnebre de su quinta sinfonía sobresalta con el clamor inicial de sus trompetas, y produce un regusto como de tristeza ese tono menor que emplea para que imaginemos un cortejo fúnebre que, a lo mejor – imagina el escuchante –  era un entierro premonitorio de las ilusiones que se nos van muriendo según vemos la deriva del mundo… El adagietto que el músico dedica a Alma, a modo de declaración amorosa, no hace más que envolvernos en un sentimiento de melancolía, a modo de celaje que nos anubla el espíritu. A lo mejor, si escuchásemos La ritirata de Madrid  de Boccherini, alegraríamos un poco ese cuerpo serrano tan depre que tenemos hoy, pero da tanta pereza ir a buscar el CD…

Y el jubilata, que tiene un empacho melancólico a juego con el atrezo medioambiental, escarba en sus meninges a ver si de sus elucubraciones plomizas sale un pensamiento que merezca ser tomado por una reflexión profunda. Pero, ¡qué va! Por más que quisiera deslumbrar al improbable lector con una idea brillante, sus profundidades mentales no llegan más allá de aquella copla murciana: …me puse a considerar las vueltas que da el mundo y las que tiene que dar.

El mundo de las reflexiones profundas no da juego hoy, así que, ¿por qué no ser liviano de pensamiento y hablar de nonadas? Por ejemplo: “Hablemos de Trump, que es como un oso enfurecido, dando zarpazos al aguijón de sus prejuicios, y es cosa que da mucho yuyu al personal”, me digo. A la gente le gustan mucho estos monstruos de parque jurásico, se me ocurre pensar. “No, no. Hablemos de lo del precio del megavatio y la pertinaz sequía”: eso siempre produce recochineo entre el respetable, me digo. Pero, tampoco, porque – ya es casualidad – estos día llueve y nos van a poner el megavatio regalao. 

“Seamos serios” – con tantos problemas que tenemos – “Mejor hablamos de los datos fiscales esos que atropa a escondidas la Generalidad, de los que habla el Santi Vidal, y de la Catalunya Una, Grande y Libre, quintaesencia del wolksgeist hegeliano. Pero, ya que queda en entredicho la integridad nacional, alguien piensa: “Pues yo prefiero que se hable de cuando lo de Trillo, de cuando arrebató la isla Perejil a la morisma”, eso trae un regusto añorante de las viejas glorias patrias; o cuando gritó lo de “¡¡Viva Honduras!!” que la gente siempre se descojona de risa y libera muchas tensiones...

Pero uno sigue tan decaído y melancólico…

Además, hasta empieza a dudar de a qué género deba adscribirse. Dicen que el género es una construcción social al margen de la condición biológica de los sujetos de una sociedad. Pero, según parece, en el uso del lenguaje cotidiano, “género” y “sexo” se equiparan y el genérico “vosotros” se convierte en una impolitesse (micromachismo, creo que lo llaman) cuando se dirige a un colectivo en el que abundan las féminas por goleada. 

Por eso, el otro día, en una charla de los responsables de radio Museo Reina Sofía para los alumnos de un curso Senior, el perorante, hombre joven y de progresía acreditada, decidió que nos trataría de “vosotras” sin menoscabo de nuestro gonadario. No me pareció mal, siquiera por economía de lenguaje. Así el perorante se ahorraba ese reiterativo “vosotros y vosotras”, “amigos y amigas”  (o viceversa, por el delicado equilibrio entre géneros/sexos), “escuchantes y escuchantas”. El “vosotras, amigas escuchantas…” nos lo podría haber dicho tranquilamente, pero no lo hizo, que era persona de recursos oratorios, aunque sometido a las modas sociales. Lo cierto es que este jubilata, al verse envuelto en aquel “vosotras” se sintió liviano y como rejuvenecido.

Y bastante más joven era cuando asistía a los cursos que el Institut Français impartía para funcionarios del Ministerio de Cultura, siempre rodeado de archiveras, restauradoras y bibliotecarias. En aquel grupo, que se consolidó en los varios cursos que hicimos, un servidor no pasó a ser uno más del “vosotras” entre tanta mujer, sino “el chico” por antonomasia entre aquellas mujeres con un nivel profesional y cultural envidiables. Lo cual tenía la ventaja de sentirme como una minoría protegida por aquel matriarcado de intelecto firme y educadas maneras femeniles, aunque, a veces, sometido a un amistoso trato irónico. No se puede ser “el chico” entre tanto mujerío sin pagar ese pequeño peaje, que yo lo pagara con gusto ahora si me viese tratado de igual manera por mujeres de tanto fundamento como aquellas.

Y, ahora que lo pienso, las telarañas de la murria se han ido entre aquellos recuerdos. Pues eso.

jueves, 26 de enero de 2017

Trump y la Patafísica (y otros de aquí).-


Si alguien piensa que la jubilación significa el retiro de toda actividad, que se desengañe. Sólo el esfuerzo de comprender el mundo que nos obligamos a vivir exige más energía y atención que la rutina laboral de cuando éramos pieza del engranaje productivo. Solo que ahora el esfuerzo no es a cambio de un salario, sino para evitar que seamos expulsados de la comprensión de unas formas de vida en estado fluido que hace tiempo nos rompieron los esquemas con los que entendíamos el mundo. 

Vienen a resultar como dice la pintada que Mario Benedetti leyó en una pared de Lima: ahora que sabíamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas, y lo que Zygmunt Bauman trató de explicarnos en su Modernidad líquida. Vivimos una realidad viscosa y movediza que nos embadurna y no nos deja hacer pie firme. Así que, jubilatas que somos y con todo, tenemos que chapotear en un mundo sin referentes claros para mantener el equilibrio. Y eso, aunque nuestras preguntas sean inútiles y las respuestas cambiantes, y el despropósito, la normalidad de cada día.

Por esas caprichosas asociaciones de ideas que surgen durante la lectura – pero que algo tienen que ver con lo anterior –, andaba un servidor leyendo un poema surrealista de ese señorito rojeras que fue Rafael Alberti,

Nueva York.
Un triángulo escaleno
asesina a un cobrador.
El cobrador, de hojalata.
Y el triángulo, de prisa,
otra vez a su pizarra.
Nick Carter no entiende nada.
¡Oh!
Nueva York,

cuando me vino a la mente el Americam first! que lanzó ese espécimen del neocapitalismo populista que llaman Trump, y que tuvo a los limones de Argentina como primera víctima del proteccionismo.

A un servidor, que suele ver la vida a través de sus lecturas y a veces a pesar de ellas, eso de que un señor con nombre de pato de waldisney se ponga a gobernar el imperio desde un mundo de purpurina con retrete de oro, le suena a pesada broma dadá, a incongruencia que solo se explica mediante la lógica patafísica, donde lo normal son las excepciones, con lo que la norma se convierte en excepción de las excepciones. Lo cual explica la existencia de la anormalidad como forma de lo habitual. No sé si me explico. 

Por si el improbable lector no lo sabía, la Patafísica es ciencia que va más allá de la Metafísica aristotélica, y es muy útil para comprender por qué la normalidad, tal como la conocíamos de siempre, no tiene consistencia más que si aceptamos como normal que un señor quiera levantar un muro de muchos miles de kilómetros para que no se le cuelen los zarrapastrosos hispanos – en las Américas -, o aquí – en el solar patrio; también bar Casa Pepe – otro señor dé por normal la ocurrencia de que la electricidad es cara porque no llueve.

Ya sabemos que resulta un pelín complicado entender el mecanismo mental por el cual alguien construye muros muchikilométricos contra el hambre, o fía el precio del kilovatio al régimen pluviométrico de un país soleado que va para erial, pero a esas perplejidades da cumplida cuenta la citada ciencia Patafísica. 

Y si tienen dudas, no dejen de consultárselo a Fernando Arrabal, quien es Sátrapa Transcendental del Colegio de Patafísica y está a punto de nombrar miembro honorario de la docta institución al señor Donaldo. Claro que a la citada docta institución deberían pertenecer por méritos acreditados, y por hacer del absurdo normalidad, a quienes tienen a todo un país haciendo rogativas a la Virgen del Rocío para que baje el paro y a la Virgen de la Cueva para que lluevan megavatios por un tubo.

domingo, 15 de enero de 2017

Una caminata: de la torre de señales a Miaccum.-

Marcha diseñada por Juan F. Romero.

Llama la atención al caminante, cuando atraviesa el pueblo de Collado Mediano, encontrar un monumento con un gran ancla junto a un fuste cilíndrico de piedra labrada. Es difícil imaginar que este pueblo, situado en la presierra madrileña, tuviera algo que ver con las cosas del mar, pero así es. En 1944 la marina española construyó aquí un hospital antituberculoso sobre terrenos cedidos por el municipio, que acogió también a los colladinos afectados por la tuberculosis. Como recuerdo queda este ancla junto a la columna, para simbolizar el hermanamiento.

El amigo Juan Romero nos preparó una caminata  por tierras colladinas para que el veterano Trío de los Tejos pudiésemos disfrutar de un día de naturaleza a golpe de bota montañera, además de un par de visitas interesantes que pueden entrar dentro de la arqueología histórica y la industrial o técnica, dicho sea con minúsculas. Es nuestra costumbre, siempre que sea posible, aunar el esfuerzo caminero con el disfrute de la naturaleza y la observación de bienes culturales que han quedado integrados en el paisaje. Somos, por decirlo así, modestos seguidores de las enseñanzas de la Institución Libre de Enseñanza: ejercicio físico hermanado con naturaleza, cultura y paisaje.

Cerca de la casa de cultura hicimos nuestra primera estación para ver el enorme castaño de indias que no podíamos dejar de visitar. Primero, por su gran porte; segundo, porque siendo su nombre botánico el de aesculus hippocastanum, de tanta enjundia latina, merecía pleitesía. En aquella plazuela, rodeado de coches y desnudo de hojas, parecía como preso y necesitado de espacio donde expandirse y mostrar su majestuosidad de árbol singular. Está recogido este ejemplar en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora de la Comunidad de Madrid.

Entre Collado Mediano y Moralzarzal existe un cerro de 1.330 m. de altitud que recibe el nombre de Cabeza Mediana. Cuando uno llega a su cima se encuentra en una cabeza alomada, con suave curvatura y despejada. Allí, el caminante ve en lo alto una torre, cuadrangular, de líneas simples, con un cierto porte militar, rematada por unas barras metálicas verticales, unidas entre sí por chapas horizontales a ciertas distancias y una esfera móvil que se deslizaba a lo largo de un vástago. Tiene tres cuerpos y el acceso se hacía por el primer piso, con una escalera escamoteable, a fin de evitar asaltos o robos. Es la torre de señales nº 5, de 52 que había en la línea, que enlazaba el telégrafo óptico con origen en el Cuartel de Conde Duque y final en Irún.

El diseño de la línea fue obra del coronel de ingenieros José Mª Mathé, quien lo ideó para comunicar a la Corte con lugares de interés estratégico. Lamentablemente, el sistema de señales ópticas tuvo una vida efímera  (entre 1846 y 1855) porque se impuso rápidamente el telégrafo eléctrico. Aunque no podía competir con él en eficacia, podía enviarse un mensaje cifrado desde Madrid a Irún en tres horas, y si se tiene en cuenta que el correo de la época se hacía a uña de caballo…

Pues eso, estuvimos en el cerro, vimos la torre, afortunadamente restaurada, y algo aprendimos sobre viejos sistemas de comunicación que han quedado en el olvido y a los que, según parece, no se ha dedicado demasiada atención. Son cosas que pertenecen ya a la arqueología técnica, pero que forman parte de nuestra historia contemporánea y, como tal, forman parte del patrimonio del país.

De la misma forma, también un lugar arqueológico de visita interesante, es Miaccum, en una zona de dehesas, de nombre El Beneficio. No se tiene mucha certeza, pero se da por aceptable – hasta que nuevas investigaciones pongan las cosas en su lugar – que es una mansio romana, posada o venta, junto a la vía XXIV antonina; vía secundaria que enlazaba Segovia con Complutum, atravesando por el puerto de la Fuenfría. La posada no debía carecer de comodidades, ya que tenía una sala comedor, dormitorios, cocina (aparecieron restos de abundante menaje en las excavaciones) y hasta un baño con su caldarium y tepidarium. Hubiera hecho las delicias de don Quijote y Sancho, si hubieran encontrado tales comodidades en los tiempos del asendereado caballero. Aquella venta no le hubiese parecido castillo, sino palacio y de muchas campanillas.

Hoy en día el lugar está protegido por una cubierta, aunque cerrado a las visitas. Hay, en las proximidades, un centro de interpretación, también cerrado momentáneamente. Supongo que es debido a la falta de recursos, mientras vemos si del rescate de las autopistas aznariles sobran algunas migajas para emplear en cultura.

Próximo al yacimiento, en el camino de acceso pueden verse unos metros de enlosado que, dicen, es un resto de la calzada, sobre la que corría, pasados los siglos, una cañada de ganados.


En nuestro caminar pasamos por zonas de pinos de repoblación, muchos de ellos afectados por la procesionaria. Se ve que el cuidado del monte no produce dividendos, como los bancos, ni es objeto de rescate como ellos, ni cristo que lo fundó. 
El bosque autóctono está representado por chaparras y enebros (unas cabras andaban comiendo los brotes más tiernos), y donde ha desaparecido el bosque original, matorral con jara o estepa, tomillo, cantueso, algo de herbazal como matas de berceo, y otras especies que este jubilata no conoce o no se fijó en ellas. 

También vimos dos antiguas canteras abandonadas, muestras de la minería propia de aquella zona.  La cantería ha sido, tradicionalmente, una de las actividades económicas de este municipio. Sus canteras de granito se localizaban por la zona del El Chaparral. De allí se extrajo la piedra para el adoquinado de Madrid en el S. XIX. También el plan de adoquinado de carreteras, en 1923, durante el llamado Directorio del dictador Primo de Rivera, sirvió para dar trabajo a los jornaleros del pueblo. Actualmente no hay canteras en explotación, aunque sí en el próximo pueblo de Alpedrete.


Y como muestra del folclore rural, símbolo de una España profunda a dos pasos de la Gran Vía, sepa el improbable lector que, en una finca próxima, un cartelón de notables dimensiones avisaba: Guarda gitano. Javi. Nosotros, caminantes que éramos y gente de paz que estaba de paso, no profesos en la orden de Monipodio, pasamos de largo charlando de nuestras cosas.

Ya de regreso a Collado Mediano, en la dehesa de la Jara, entre fresnos y encinas, entramos a ver un espléndido alcornoque (quercus suber), dizque de unos 300 años de edad, según una tomografía que se le hizo en 2014. Tiene un porte tan majestuoso que despierta admiración, y goza de una salud que para nosotros quisiéramos los que estamos en edad provecta y no alcanzaremos, ni de coña, la suya, por mucha farmacopea que inventen los humanos.

No podía faltar en estas andanzas un rato de asueto para aliviar la carpanta tras tanto trajín caminero, con el bocata que siempre viaja en el fondo de la mochila. Teníamos por recostadero una roca y por manteles los verdes prados, y todo el horizonte por alojamiento. Si alguno de los presentes aspira a más es porque nunca ha caminado por prados, montes y veredas, ni ha respirado el olor que desprende el tomillo cuando tus botas montañeras pasan sobre él. 

Así que, amigo lector, no te quedes en casa que hay mucho que disfrutar fuera del asfalto. Sacúdete la pereza, cálzate las chirucas, coge el morral y ve a conocer la naturaleza antes de que las hordas negacionistas de Trump conviertan el planeta en un erial con alambradas y no tengas más horizonte que la pantalla de tu Iphone.

jueves, 5 de enero de 2017

Comencemos bien.-


Todavía no habíamos terminado en casa de comer los últimos langostinos de estas fiestas cuando, entre mis lecturas, me encontré con esta frase: La vida es una enfermedad mortal de transmisión sexual. Que, a punto de empezar un nuevo año, uno se perciba irremediablemente enfermo de vida, y que, precisamente, el foco de contagio esté allí donde más gustirrinín le da al personal, no es reflexión apropiada para estos últimos días de jolgorio y paga extra. La impertinencia merecería algún tipo de reprensión por lo inapropiada. Pero, si hemos de ser justos, a nadie se debe culpar de la salida de tono si no es a este jubilata que se mete en lecturas raras durante estas fechas navideñas. Bien es verdad que, como impenitente lector, un servidor acostumbra a leer cosas como ésta y algunas más inapropiadas, sin consideración a estas pasadas alegres fiestas de paz, amor y tópicos habituales.

Andaba un servidor tan contento porque, por fin, se había terminado ese año tan ingrato de 2016 (“Año bisiesto, año siniestro”, dicen) y porque el gobierno de la nación, en su generosidad sin límites, nos había subido un cuartillo de punto la pensión, aunque no todo son albricias mientras fundimos los flecos de la extra de navidad. Si uno ha de ser sincero, aparte lecturas raras, el único problema que ha perturbado un tantico la paz doméstica en estas postrimerías del uno y nacimiento del otro año, ha sido que el número de langostinos sobre la mesa era impar y nosotros éramos pares. Andábamos peleándonos, a fuerza de corteses, sobre que ambos queríamos ceder al otro el derecho a disfrutar de aquel marisco desparejado. Al final, por no llegar a las manos por exceso de generosidad, la santa y yo decidimos echárselo a los gatos que andan por la vecindad.

Ya digo, esperábamos el año nuevo con cierta ilusión. Y para que ésta no se desbaratase a la primera de cambio, decidimos poner entre paréntesis las brutalidades habituales de la humanidad (explotación de niños, guerras y carnificios de inocentes y otros etc. tan habituales que ya ni salen en los telediarios) y fijarnos sólo en los dimes y diretes de los políticos y sus aledaños, sus vuelcos de fortuna, y su predestinación a ser carnaza de los media y las redes sociales. Y la primera pieza que se ha cobrado el año es la del heroico reconquistador de la isla Perejil, aquel Trillo-Figueroa que gritó un trepidante “¡Viva Honduras!” en El Salvador. Lo del Yak 42 no es para broma, y menos la indignidad de las autoridades responsables, así que en esta bitácora no se hará coña al respecto.

Lo de Podemos y su juego de las sillas a ver quién se queda sin una donde plantar el culo ya venía del año pasado, y por eso le hemos dedicado menos atención, aparte que andamos con el corazón partío entre pablistas y errejonistas; claro que se nos han escapado varios snif, snif con la tierna carta del señor Iglesias a aquella anciana militante a la que también partieron el corazón. Como este jubilata no ve lo de Juego de Tronos, no puede opinar sobre quién asume qué papel en este remake de los Siete Reinos, así que queda a discreción del improbable lector.

De la Gestora del Psoe, con la sucursal que les ha salido unos portales más abajo en Ferraz, poco se puede esperar. Es espectáculo que dio lo mejor de sí el pasado bisiesto, cuando defenestraron a Pedro, expulsándolo de la comunión de los fieles, y anda ahora desterrado como condotiero sin mesnada para asaltar el susanato.

El señor Rajoy, habitual en este circo, no nos dará muchas sorpresas con su política económica. Una vez descubierta la poción mágica: echo a uno que cobraba 3 y contrato a tres que cobran 1/3 cada uno, las estadísticas de empleo se me ponen por las nubes, y no hay más que dejarlo correr. Lo más gracioso de sus ocurrencias es verle hacer jogging con aires de Aquiles tardígrado y pasmo en la mirada que se empeñan en sacar por la tele. No estoy muy seguro (tan ocupado he estado con los langostinos), pero creo que los nuevos en el gobierno todavía no han hecho los suficientes méritos para despertar el jolgorio twitterino; solo hay que esperar y darles un poco de tiempo a que se aclimaten.

Y, por no dejar a otro de los grandes en el tintero, paso con frecuencia por delante de la sede de Ciudadanos, cerca del puente de Ventas, y siempre me pregunto quién coños pagará el alquiler del local y el personal que trabaja allí. Confío en que no les montarán un desahucio y así puedan dedicarse a sus equidistancias sin angustias presupuestarias. Para una derecha civilizada que parece quieren ser, sería una lástima verles con los muebles en la calle.

Por lo demás, no nos queda más que esperar y ver qué dará de sí este 2017. Por las pintas, debe de ser de la misma casta que los anteriores, así que ojo al dato. Quien avisa no es traidor ni mal amigo, así que amigo lector, amiga lectora (por aquello de la igualdad de género), ojo avizor. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Divagaciones de ocioso.-


En esta misma bitácora, un sobrino de mi santa (y, por lo tanto, mío en usufructo) me dejó hace años un comentario que recuperé el otro día por azar. Contaba él, a propósito de la gente que se siente defraudada leyendo cosas como la presente, lo que sigue: Un tipo me reclamó los 38 segundos de su vida que había perdido viendo un dibujo animado mío que colgué en mi página Web. De haber podido, se los habría devuelto, pero, eso sí, convertido en rana. A mí, francamente, me parece excesivo convertir en rana a todos los lectores a quienes la lectura de esta bitácora haya defraudado y lleguen a exigirme resarcimiento. La algarabía de croares iba a ser ensordecedora.

Más bien, si es que no tenían bastante castigo con leer las cosas de aquí, les pondría a desentrañar frases culteranistas del tipo:

De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío…

Se iban a enterar de lo que es leerse la fábula de Polifemo y Galatea de un tirón y quedarse ayuno de comprensión y con las entendederas en estado de shock. Seguro que sería un alivio para ellos descubrir que, aquí - dicho a la pata la llana - don Luis de Góngora y Argote nos está diciendo que Polifemo vivía en una gruta. Lo de llamar formidable bostezo de la tierra a la espelunca aquella es un hallazgo que ni el galardonado con el premio de oratoria parlamentaria de este año hubiese  caído en ello.

Y, puesto que, de una forma u otra, siempre salen a relucir las ocurrencias de los políticos en ejercicio del poder, he descubierto que también ellos guardan una cierta relación con otro ilustre barroco: don Francisco de Quevedo y Villegas. Me explico: Don Mariano (hombre de notables ocurrencias) se fue a Nueva York para poder escribir un twit de esos hablándonos del “universo visual de José Luis Borges”, a propósito de una exposición en el Instituto Cervantes. Desliz del que no queda libre nadie que viaje a Nueva York dispuesto a poner twitters. Cosa que es, si bien se mira, una nonada.

El flamante nuevo ministro de Asuntos Exteriores, señor Dastis, fue un poco más allá en respuesta a una interpelación parlamentaria sobre el exilio económico de nuestros jóvenes. Para el gobierno, por lo visto, eso de irse a buscarse la vida por esos mundos es una muestra de inquietud y amplitud de miras, aparte que “irse fuera enriquece”.  Que el país se gaste millones en la preparación de sus jóvenes y que éstos sean explotados en sus conocimientos por países que no gastaron un céntimo en su formación es, por lo visto, amplitud de miras. Siempre pueden volver a casa por Navidad, con una tableta de turrón bajo el brazo. La cosa del ministro ya no sabemos si fue necedad o pura desconexión de la realidad social.

Allá por el S. XII, don Chrétien de Troyes escribió Perceval o la historia del Grial hablando de un caballero galés de nobles sentimientos y gran corazón. Por estos pagos, ese caballero de nobles sentimientos es concejal del PP en el ayuntamiento de Madrid. Con toda su buena intención, en plan cuñado generalmente bien informado, nos advierte de que “el autor del atentado terrorista en Berlín fue un refugiado paquistaní”. Premisa mayor de la que se concluye que todos los refugiados pueden ser terroristas, seguida de la admonición “no hay peores ciegos que los que no quieren ver”. Por lo cual, ACNUR le da una colleja en buen plan recordándole la conveniencia de que los cargos públicos sean prudentes en sus mensajes. Y aquí ya no estamos ante una necedad venial, sino ante pura y dura ideología de cerrojo y alambrada con concertinas.

Es esa contumacia en los despropósitos la que recuerda a este jubilata – aunque sea traído por los pelos – lo que dijo el señor de La Torre de Juan Abad, o sea, Quevedo, en su Origen y definición de la necedad: “El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara por necedad venial, y a la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal”. No se sabe bien si tanta insistencia en la necedad es por falta de caudal de sentido común o por desbordamiento de torpezas, pero cada día tenemos una perla, sea tuitera, sea parlamentaria, y siempre por exceso de palabras y falta de reflexión.

Pero no crea el improbable lector que esto de los despropósitos es atributo exclusivo de los hombres públicos, también entre los de a pie suele darse. Estuvimos la otra mañana en la Fundación Juan March visitando Escuchar con los ojos. Arte sonoro en España 1961-2016. Y por especial deferencia, nos acompañaba don José Iges, comisario de la exposición, quien iba desentrañándonos el sentido de la muestra. Visualizar las obras sonoras en una exposición y hacernos comprender sus cualidades más allá de lo puramente sonoro, en relación con las tecnologías, con el medio expositivo, con la memoria colectiva y con el silencio…, era cuestión que nos tenía pendientes de sus explicaciones.

Una señora del grupo se acercó para decirle que acababa de ver dos fotos de mujeres desnudas en la muestra y que a ver qué pintaban allí. Nuestro guía, como discreto, improvisó una disculpa ocasional y siguió con sus explicaciones. Algunos fuimos a ver aquello y resultó ser un desnudo de mujer en pie, que despertaba tanto interés como si estuviera en hábitos de ursulina. ¡Es una indecencia!, dijo la señora. Una compañera y yo nos miramos sorprendidos y los ojos nos hacían chirivitas de perplejidad. Si aquella dama escandalizada – pensé yo – hubiese llegado a ver El origen del mundo, de Coubert, seguro que se cae espatarrada de la impresión. En fin, estoy seguro de que el comisario de la exposición debió anotar este incidente en su anecdotario particular.

Y, por no alargarme más, sepa el improbable lector que no le odiaré si siente que pierde un tiempo precioso leyendo las cosas de este jubilata y me pide resarcimiento. No le desearé que se convierta en rana por tantos minutos cuantos dedicó a la lectura; ni siquiera le desearé que se convierta en sapo de esos que son besados por princesas de cuento y se transforman en príncipes azules. Ya hay demasiados ociosos de sangre azul con cargo al presupuesto.

martes, 13 de diciembre de 2016

Navidades por oficio.-


Si tuviera que elegir una imagen que resumiera esta navidad madrileña que se nos avecina, me quedaría con ésta (manipulada, por supuesto) donde aparece doña Espe retratada en la Gran Vía horra de coches particulares. O sea, un nuevo chou de la inefable señora condesa consorte de Bornos, esta vez en plan: ¡Esto no te lo perdonaré jamás, Manuela, jamás! 

El florón de estas navidades (las pasadas fue lo de los trajes sicodélicos de los Reyes Magos), es una discusión entre ancianas bien bregadas en la vida política – la una, vieja dama destronada que se resiste a caer en el olvido; la otra, con esquinada sonrisa de cordera correosa, disfrazada con piel de lobo soviético – que ha servido para darle vidilla a estas fiestas, siempre semejantes a sí mismas año tras año.

Como la condición de jubilata es tal que el calendario no discrimina entre festivos y laborables (todos son días de ocio), a estas fiestas le quitas las colonias que anuncian por la tele y los rimeros de turrones en el súper, y no sabes si estás en pascua florida o en el black friday ese. Por eso, si se piensa sin pasión política, el hecho de cerrar la Gran Vía al tráfico rodado privado estos días ha sido un acierto. El folclore municipal en forma de lideresa enrabietada está servido para disfrute del público y, lo que es más importante, gracias a ese indignez vous de buena familia, los jubilados de barrio nos acabamos enterando de que esto es navidad.

¡Coño! la Gran Vía sin coches, eso hay que verlo – me dije. 

Ni corto ni perezoso, el otro día cogí mi cámara de fotos y  me fui a inmortalizar el momento. La verdad, no era para tanto; doña Espe se ha alborotado por cosa de poco fuste. Había autobuses y taxis como siempre; había gente por todas partes, como siempre; había comercios triturando tarjetas de crédito como siempre; había indigentes sobreviviendo en territorio hostil, como siempre; había subempleados tipo “Compro oro” o repartidores de propaganda, y vendedores de la ONCE, como siempre. En algo se echaba de ver que sí, que estábamos ya en estas fechas entrañables: en que había, por la Puerta del Sol, muchas loteras en plan de “auténtica lotería de Doña Manolita” y  centenares y más centenares de ilusos haciendo cola ante el establecimiento propiamente dicho de la ya dicha Doña Manolita.

A este jubilata siempre le ha sorprendido la fe que el buen pueblo madrileño le pone a eso del gordo de la lotería. Una fe casi religiosa que les lleva a creer en el misterio de la transustanciación de contratado precario en millonario con cuenta numerada en Islas Caimán. Al final, si bien se mira, todo se reduce a un nuevo episodio de multiplicación de los panes y los peces, en el que algunas centenas de devotos reciben un bocata de pedrea y reintegros, y salen por la tele agitando botellas de champán de oferta.

La fe que el público pone en ese invento de Carlos III viene a ser, mejorando lo presente, como la que se nos quiere despertar con esas promesas de reforma de la Constitución: la Carta Magna ampara a todo quisque, dicen, pero terminan por colarte un artículo 135 para que pagues los gastos de lo que otros dilapidaron de los recursos nacionales. Y es que, en los bombos de la lotería nacional, los números van lastrados para que todos se hagan ilusión, algunos saquen provecho y  Hacienda seamos los de siempre. Eso sí, con luminarias por las calles, árboles navideños ecológicos, hechos de alambre y bombillas de bajo consumo, mucho espumillón y ese espíritu sentimentaloide de a casa vuelve, vuelve por navidad.

Pero no se vaya a creer el improbable lector que este jubilata es un descreído y cascarrabias con ganas de reporculearle las fiestas. Es que la senectud trae aparejadas esas cosas del escepticismo, sea en asuntos de la cosa pública, sea en los sentimientos de paz y amor a piñón fijo. Lo que no obsta para que, en un acto de desagravio a los dioses del libre mercado y tengamos la fiesta en paz, no tenga pensado comprar una lubina salvaje, los tradicionales langostinos congelados, la botella de sidra el gaitero y un surtido de turrones.

Aparte que, dicho todo lo anterior, del Niño ese nacido en Belén nadie se acuerda. Al fin y al cabo sus padres eran unos desplazados como los sirios, pero sin patera, okupas en una propiedad privada de alguien que pagaba el IBI municipal religiosamente. Claro que eso de que naciera en un establo no es relevante, sino fruto del puro azar. Eso, por lo menos, es lo que dijo don José Mª Carulla en su Biblia en verso:

El Hijo de Dios nació en un pesebre,

Donde menos se espera salta la liebre.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Andanzas por Fuerteventura.-


Fuerteventura es una isla de origen volcánico, árida, ventosa, llena de cabras en el interior y de turistas alemanes en la costa. Todo lo cual, exceptuando la baraúnda de guiris en torno al ambigú con barra libre de la piscina del hotel, la hace muy digna de una visita reposada. Y no debe olvidarse, además, que tuvo un vecino ilustre, aunque forzado: don Miguel de Unamuno, al que el dictador Primo de Rivera desterró  a aquella isla, en 1924, porque don Miguel (el de Bilbao, no el del Directorio) no se callaba ni debajo del agua, y ya se sabe que los dictadores tienen poco aguante para con las críticas de los intelectuales.

En Puerto de Cabras, actualmente Puerto del Rosario, vivió varios meses en una pensión que hoy es su casa-museo. Este jubilata, que dedicó muchas horas de su juventud a la lectura de sus obras, no podía por menos que acudir como peregrino añorante por ver si aquella casa aún estaba impregnada del espíritu atormentado de Unamuno, experto en desentrañar las complejidades del fatum hispano y en la ciencia de la cocotología. El lugar (un dormitorio, un despacho, un pasillo en ángulo, un cuarto de baño, una cocina…) tenía ese aire un poco rancio de los espacios que se han enquistado en el tiempo a la espera del regreso de sus viejos inquilinos. Por las paredes, fotos de época y textos con esa característica dureza como de pedernal que ponía don Miguel en sus reflexiones poéticas: ¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime!

Lo primero que observa el viajero curioso que recorre aquellos parajes isleños es el contraste entre la costa, abundante en hoteles y urbanizaciones, y el interior, semidesértico, abrupto, montuoso, con pequeños núcleos de población y hábitat disperso. No puede por menos que detenerse en Betancuria, la primera capital canaria fundada por los castellanos a principios del S. XVI. Es un pueblo de casas construidas en buena piedra volcánica y encaladas, con esas balconadas en madera  labrada que suelen verse en otras islas del archipiélago y cuyo modelo saltó la mar océana para aparecer en las viejas ciudades coloniales de Perú. Sorprende al visitante la escasa visión estratégica y comercial de sus fundadores, ya que está tierra adentro y lejos de los puertos de mar, aunque parece estar enclavada en uno de los lugares más fértiles de la isla.

Si viajar es una forma de conocer, el viajero ha de atravesar el istmo de Jandía, de Costa Calma hacia el pueblo de La Pared, de la costa de sotavento a la de barlovento. Observará que aquellos parajes están cubiertos de unas arenas volcánicas que por allí llaman jable y que dan nombre a la punta más al sur de la isla, Morro Jable. Si viaja en sentido norte, de La Pared hacia Pájara por la FV 605, podrá pararse en el Mirador de Sicasumbre, enclavado en un paraje que es reserva de la biosfera – un hábitat mínimamente modificado por el hombre – donde hay un observatorio astronómico natural con una representación esquemática del sistema solar y un reloj de sol analemático (última aportación  al elenco de este jubilata) con su escala horaria, solsticios y equinoccios, y fechas inscritas en elipses. Es lugar de observación astronómica para los aficionados y, para el viajero que ha subido hasta allí, muy apropiado para sentir la pequeñez del individuo ante una naturaleza inhóspita, bronca e indiferente, donde los vientos recios justifican el nombre de la isla: Fuerte-ventura, tierra de fuertes vientos.

Ya, – se preguntará el improbable lector – ¿pero es que este tipo no ha pisado una playa en ocho días? Pues, hombre, sí; arena sí hemos pisado un par de veces. Si uno baja hacia Morro Jable puede caminar por la playa del Matorral, inconfundible por su faro/falo que crece enhiesto en medio de la planicie. 


Todo este lugar es un parque natural que se llama el Saladar de Jandía, cubierto de vegetación halófila adaptada a la alta salinidad producida por las mareas vivas que la cubren en equinoccios y solsticios…, Y, vale, sí, había muchos turistas por allí, por la zona comercial junto a la carretera. En el paseo marítimo, un esqueleto de cachalote que varó allí, elevado sobre un pedestal. A modo de escultura de Gargallo, todo él hueso esquemático, hecho de costillas que peinan el viento con su forma geométrica.

Y también estuvimos una tarde paseando por la orillita del mar – los pies dentro del agua - por Bahía Calma, en uno de cuyos extremos se practica el nudismo. Francamente, ver a aquellos adoradores del sol luciendo flaccideces, carnes macilentas que no han soportado el paso del tiempo, era una invitación perentoria a girarse, darles la espalda y mirar hacia el mar, allí donde las nubes formaban sus celajes y tamizaban la luz a la caída de la tarde. 

Y para que el improbable lector acabe de creerse que sí anduvimos por lugares typical turísticos sin que nos diese corte ni nada, atravesamos las instalaciones de un gran hotel de apartamentos, por cuyos paseos se contoneaban unos gatos capones, cuyas adiposidades casi ocultaban su original condición de felinos. Con aires displicentes de eunuco en el serrallo, se prestaban a las caricias de las turistas, quienes les pasaban las manos por los lomos adiposos y los barbilleaban.

Bajando por la vía rápida – especie de autopista de la isla, a veces de dos carriles – del aeropuerto hacia Morro Jable, pueden visitarse las Salinas del Carmen, de fines del S. XVIII, actualmente museo y explotación salinera. Sus balsas agrupadas geométricamente, como en planta ortogonal, tienen el color rojizo de  su lecho como de tierra arcillosa. Por allí corretean unas ardillas terrestres, especie invasora procedente de Marruecos y sin predador conocido, que son muy del gusto de los turistas. Las fotografían y dan de comer, fomentando su reproducción, perniciosa para la vegetación escasa de la isla. De nada sirven los carteles que lo advierten; el turista es también una especie alóctona, depredadora, masificada y caprichosa, que engorda el producto interior bruto del país y eso es lo que importa. 

Por no cansar al improbable lector, en nuestras andanzas subimos hasta La Oliva, que fue sede de la comandancia militar de la isla del S. XVIII y parte del XIX. Allí la casa-palacio con torres almenadas en los extremos, llamada de los Coroneles. Fue propiedad de la familia Cabrera Bhetancourt que ejerció el poder militar y político (en plan rancio caciquismo Antiguo Régimen) en la isla durante siglo y medio. En el pueblo, una bonita iglesia bajo la advocación de Ntrª Srª de la Candelaria, con tres naves separadas por arcos de medio punto y soportados por columnas toscanas.


Un mercadillo artesanal, un museo privado, Casa Mané, y poco más. Los paisajes dignos de observación, con altos cerros cónicos y otros erosionados, que parece van a asaltar la planicie sobre la que se extiende el pueblo. En el bar de la casa de cultura sirven un pulpo frito y un queso majorero de chuparse los dedos, más si se acompaña con una copa de vino tinerfeño de Tacoronte.

Más lugares de interés visitamos, entre ellos el ecomuseo de la Alcogida y el molino de Tiscamanita, donde en tiempos se hacía buen gofio, pero esto ya se alarga demasiado y para información están las agencias de turismo. Vaya, vaya el improbable lector y vea la isla fortiventosa, pero si viaja en Iberia Express sepa que lo hará como piojo en costura.