domingo, 22 de marzo de 2015

Una visita al Reina.-

Andaba este jubilata sumido en algunas reflexiones ante La bebedora de ajenjo, del maestro Picasso, en aquella gran sala blanca del Reina Sofía. Observaba la soledad de aquella mujer anónima que ve transcurrir sus horas vacías ante una copa, aislada del bullicio que se supone existía en los cafés parisinos de primeros del Siglo Veinte, cuando caí en la cuenta de que yo mismo estaba en medio de una cantidad enorme de soledades. Éstas, al contrario que las de la mujer cruzada de brazos,  cargada de espaldas y con mirada ausente, eran soledades superficiales, satisfecha cada una de su propia individualidad y dispuestas a dejar constancia de su cómodo estar en el mundo mediante la cámara fotográfica.

Nunca antes había caído en la cuenta de la falta de sustancia a la que han llegado las visitas a los museos. Quien ha recibido una formación, digamos que tradicional, de observación de la obra de arte, es un observador ausente de sí mismo. Querría un servidor – sin ponerse estupendo –  hacerse entender  por el improbable lector para que éste se haga cargo: quien mira la obra de arte se olvida de sí mismo y de que está allí presente observando; puede que de la observación obtenga un placer estético, puede que tenga la suficiente formación como para conocer sus características formales y técnicas, o puede que, simplemente, se pregunte por qué el artista pintó aquellas figuras planas, a grandes manchas, tan semejantes, a veces, a esas pinturas sin sentido de la proporción o de la profundidad que pintan los niños a modo de juego. Pero el observador, conocedor o no, trata de comprender y se vuelca en lo observado, con absoluto olvido de su presencia ante el cuadro.

Pues, mire usted, resulta que la moda es que no; que el observador es protagonista y lo observado, secundario. En la visita de este jueves pasado, por la mañana, a las colecciones del Kunstmuseum Basel en el Reina, de repente, como quien recibe un pescozón mientras está como ausente, pensando en sus cosas, caes en la cuenta de que los Kandinski, los Derain, los Chagall, Picasso o Bracque… no están allí para ser observados. Están porque son la excusa apropiada en un museo para que los observadores se conviertan en objeto de auto observación complaciente. Cuando un cuadro gusta, siempre hay quien se pone al lado y se hace una foto, convirtiendo esa obra pictórica en pretexto para que se sepa que él o ella estuvieron allí; una especie de onanismo narcisista, una auto satisfacción del propio ego a golpe de pixeles.

Pero, bueno, como este jubilata iba a visitar la exposición Fuego Blanco y las colecciones Im Obergster y Rudolf Staecherlin que el Museo Municipal de Basilea ha traído al Reina Sofía, pues se olvidó de los autorretratantes-de-sí-mismos-con-cuadro-como-excusa y se dedicó a lo que importaba.

Para ser sincero, a veces, las obras que allí se ven terminan siendo un gran interrogante para el observador que carece de elementos intelectuales suficientes para entender por qué, por ejemplo,  Mark Rothko pintó un lienzo negro sobre negro. Por más que te digan que aquello es expresionismo abstracto o hayas leído que él daba un sentido de experiencia religiosa a sus obras pictóricas, sigues preguntándote el porqué del negro sobre negro (el espectador se ve obligado a interpretar la obra y, en cierta manera, participa en ella), y con esa duda te vas al siguiente cuadro, a probar suerte un poco más lejos.

¡Hombre!, te dices, qué curioso, un cuadro en gran formato, blanco y cubierto de una tenue retícula grisácea: autora, Agnes Martin. Y piensas, el título me dará la pista; vas a la cartela y ésta te informa: Park, 1965. Pones cara de decir: "Ah, bueno, ya caigo…" y discretamente te alejas unos metros a ver si un poco más allá tienes más suerte en tus indagaciones. 

Levantas la vista y te tropiezas con un Mondrian, una composición geométrica de cuadros, uno de ellos rojo, en la esquina superior izquierda, los demás blancos, todos separados por gruesos trazos negros. Tiras de viejos recuerdos de cuando estudiabas estas cosas en la Complu o en la Uned: abstracción geométrica, colores primarios, repudio de las percepciones sensoriales y de todo formalismo. “Pero, si yo había venido a pasármelo bien”, piensas; pero es lo que tienen las vanguardias, que se acabó la plácida observación de esa pintura academicista tan facilona, donde un violín sobre una mesa es eso mismo, y no, al modo de Juan Gris, una desestructuración geométrica en una visión simultánea e imposible de todos los planos del objeto.

No querría cansar más al personal hablando en jerigonza de  tendencias vanguardistas. Mejor vaya al Reina Sofía a visitar la  doble exposición (Fuego blanco y ¿La guerra ha terminado? Arte en un mundo dividido). Por mi parte, en la próxima visita pienso llevarme la cámara de fotos y hacerme unos selfis con pintas de connaisseur. Estoy harto de pasarme la visita intentando desentrañar elucubraciones pictóricas de artistas que no se sabe bien si se mueven en el realismo abstracto, el suprematismo, el hiperrealismo geométrico, el constructivismo… Uno ya no tiene cabeza para estas cosas.

domingo, 15 de marzo de 2015

Prólogo para una edición que nunca fue.-

Decía un profesor mío en la facultad de Filosofía y Letras que un prólogo es lo que se escribe después del libro pero se pone antes y nadie lee ni antes ni después. Así que, si el improbable lector quiere saltárselo, no pasa nada por omitir ese engorro de lectura. Los prólogos son como ese amigo impertinente que, cuando esperas dedicarte a algo interesante, te tira de la manga para llamar tu atención y te entretiene con nimiedades.

Pero una cosa es que el lector se salte el prólogo y otra muy distinta que el autor no cumpla con la obligación de redactarlo. Y en este caso, el autor tiene la doble obligación de hacerlo: primero, porque no hay obra de cierta enjundia que no lo lleve, y en este caso, sea enjundiosa o no, esta obra es el esfuerzo de varios años escribiendo relatos, y conviene que se sepa; segundo, porque hay que explicar la razón de esta edición de andar por casa.

El lector ya se habrá percatado que este librito no tiene ISBN, ni Depósito Legal, ni editorial, ni pie de imprenta, ni colofón. No tiene ninguno de esos elementos que identifican un libro impreso con todas las de la Ley. Tampoco se trata de una edición pirata, sino casera, hecha en el ordenador personal y, como dicen los franceses avec les moyens d´abord; o sea, con los recursos que uno tiene a mano, a falta de un editor profesional y de una imprenta donde imprimir todas estas historias reunidas bajo el título: SI YO TE CONTARA…

Lo de la ausencia de editor profesional no es porque le falten las  ganas al autor, sino porque quien los ha escrito no tiene ni nombre conocido, ni valedores en ese mundo editorial. Es cierto que quien esto escribe tiene nombre propio, incluso pseudónimo con el que firma sus cuentos, pero como autor literario nunca asomó la cabeza sobre la mediocridad circundante, así que es fácil de entender que ningún editor se arriesgase a publicarle. 

No entra dentro de las buenas prácticas comerciales encontrarse con un montón de ejemplares sin vender y ocupando espacio en los almacenes. Eso un servidor lo comprende y no se hace mala sangre por ser un autor ignorado. No están los tiempos para tirar recursos, ni para fiarse de escritorzuelos que aspiran a una parcelita de la gloria literaria sin mayores merecimientos. No hay más que ver la cantidad de concursos de relatos que se convocan cada año, y la cantidad de incautos que aspiran al Parnaso literario.

Lo cierto es que, en este oficio inútil de escribidor, este prologuista y cuentista lleva ya una docena larga de años, coleccionando  cuentos en el disco duro del ordenador. Hace unas semanas, el ordenador se averió y lo llevé al técnico. Cuál no sería mi disgusto cuando descubrí que parte de los archivos había desaparecido. Escarmentado al ver la pérdida de tantos relatos por culpa de una simple avería y falta de previsión por mi parte al no haber guardado copias, decidí que podía hacer una selección y publicarlos.

Sea como fuere, este autor y autoeditor improvisado agradece, y mucho, a quienes le han sacado algún cuento en papel impreso y a todos sus lectores vía correo electrónico. A fuer de sincero, es de justicia reconocer que la mayoría de los lectores son público cautivo, ya que sus direcciones electrónicas están registradas en mi cuenta de correos y, cada vez que perpetro una genialidad, corro a enviársela sin pedirles permiso. Deben entender que, al remitírselas, no se hace por fastidiarles sino por cultivar la menguada autoestima de escritor en las sombras. Porque, - ya comprenderá el paciente lector –, resulta muy duro pasarse una semana escribiendo un cuentito de dos o tres páginas y no encontrar un lector misericordioso que diga: voy a leerle un rato a este pesado, se ha tomado tanto trabajo el pobre…

Para terminar: en este volumen se han recogido dos o tres cuentos por año, desde 2002 hasta 2013.  La temática es variada y responde, en el mundo de la imaginación, a hechos o situaciones que han ido surgiendo a lo largo del tiempo y que han quedado plasmados en estas historias, a veces irónicas, a veces absurdas, pero siempre manipuladas. No se trataba de reflejar la realidad cruda – es muy ingrata, la puñetera –, sino de retorcerle la nariz a esa misma puñetera realidad para que haga muecas  y nos podamos burlar un poco de ella con sus absurdas gesticulaciones.

Y, si al lector no le gustan las historias que aquí se cuentan, pues ahí tiene la papelera de reciclaje. Nadie lamentará la pérdida, salvo el autor, quien tendrá que resignarse, y definitivamente, a no ser un escritor de culto. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Féminas.-

8 de marzo: día de la mujer.
Déjalo,  ya arreglaras la casa mañana...
A pesar de las múltiples ocupaciones que llenan los días de este jubilata hasta no dejarle reposo, no ha caído en el olvido la celebración del Día Internacional de la Mujer, el pasado domingo día 8. Y no por nada especial, sino porque un servidor 
está rodeado de mujeres en tantas actividades como anda metido durante el presente curso. 

Por alguna razón que aún resulta desconocida para quien esto escribe, en cuanto uno se mueve en esos círculos que podríamos llamar de ocio-cultura, las féminas siempre ganan por goleada con su presencia. Quizás sea porque los hombres de nuestra generación se inclinen más por practicar los deportes de sillón/mando a distancia, o de órdago a la grande sobre el tapete verde de la mesa del bar.

Como quiera que sea, el mujerío – y que nadie se tome como un desplante machista el término empleado – está presente en todas las actividades de ocio-cultura que practica un servidor, de forma que uno acaba por pensar que “el segundo sexo”, como lo llamó Simone de Beauvoir, no debería designar al colectivo femenino sino a los pocos hombres que andamos en tales actividades post jubilares.

No sé si el feminismo militante ha tenido un recuerdo en estos días para quien fue la gran teórica y defensora de la igualdad de sexos, pero sí que, con motivo de la celebración del pasado día 8, nuestra profesora en la Alliance Fraçaise nos pudo en las manos un artículo, Analyse du Deuxième Sexe, sobre el que hemos tenido que hacer un trabajo. Esto me ha hecho recordar algunos de sus conceptos básicos, como el que la mujer sea “el otro” respecto al hombre; que se defina no por su valor en sí sino en relación al hombre, que es el referente; que el “eterno femenino” sea un mito inventado por el hombre para negar la individualidad de cada una de las mujeres, enfrentándolas a un ideal de imposible cumplimiento: la femineidad como aspiración inalcanzable.

Pero, a la vez, con esos resabios que a uno le quedan de su siempre presente educación sexista, no he podido dejar de traer el asunto de la fémina frustrada a la realidad de cada día para concluir que no todas las mujeres están postergadas, ni en la misma medida que en pasadas generaciones. Ocurre, como le suele pasar a cada hijo de vecino, que esa postergación depende en gran medida de las condiciones sociales de cada cual.

Estaba pensado, para qué negarlo, en nuestra inefable lideresa y marquesa consorte, la caza talentos, cuyos talentudos pupilos se han ido convirtiendo en forzosos huéspedes de las prisiones y asiduos visitantes de juzgados. A la vista de cómo pintan las cosas, ¿quién podría decir que doña Espe es “el segundo sexo” o “el otro” postergado respecto a los hombres? Incluso ahora que ha sido designada aspirante a la alcaldía de Madrid, ¿es ella o el bueno de Mariano quien ejerce el papel de macho dominante?: Si alcaldesa, no lideresa del PP madrileño, dice el uno; alcaldesa y, por supuesto, lideresa, dice ella con todos sus redaños. Las zarandajas del “eteno femenino” o la sumisión a la jerarquía masculina no van con la señora, así que – piensa un servidor – la mujer como sumisa del varón es asunto que se cumple según las circunstancias de cada cual.

Y, hablando de las circunstancias de doña Simone, quizás el improbable lector desconozca aquel episodio en que el fotógrafo Art Shay, en 1952, la fotografió desnuda, al descuido, mientras se hacía la toilette en un apartamento de Chicago. Con insouciance de femme libérée, al oír el ¡clic! de la cámara fotográfica, se limitó a reconvenirle: Vous êtes un villain garçon! Puede ver la foto en la portada de Le Nouvel Observateur de 3 de enero de 2008 y  darse cuenta de que no sólo era intelectual feminista. Era, además, una hermosa mujer.

martes, 3 de marzo de 2015

Milagros con botas.-


Ser un andarín impenitente, tanto en variedad montañera como senderista, te lleva a lugares insólitos o desconocidos donde tus botas te obligan a tratar de comprender por qué la naturaleza es así, por qué es tan compleja, o simplemente, a preguntarte por qué lo desconoces casi todo de ella a pesar de que llevas toda tu vida presumiendo de ser su amante rendido, de profesar la ecología como una religión con sus dogmas y todo, dentro de la rama de la estricta observancia.

Lo de “tus botas te obligan…” era una licencia para decir que la afición montañera es más que el simple caminar y hacer kilómetros, cotas y desniveles; uno no puede andar por esos montes sin tratar de comprender los parajes por los que transitas y, en la medida de lo posible, llegar a entender su belleza a través de las formaciones geológicas y la vegetación que encuentras a su paso. Al fin y al cabo, el paisaje es la conjunción de una determinada geomorfología con la vegetación adaptada a los materiales geológicos y el clima de un determinado lugar. O sea, para no complicarnos la vida: “Qué sitio más bonito”, foto y zapatilla, que aún queda mucho camino. 


Si se ha dicho todo lo anterior es porque este jubilata se anonada ante parajes como los que transitamos el sábado pasado con Senda Clara por el Valle de los Milagros, entre Santa María del Espino y Riba de Saelices; o, puestos a recordar a nuestros antepasados paleolíticos, entre la cueva de la Hoz, en el cerro Rata, y la cueva de Casares, que vienen a ser los dos signos de paréntesis entre los cuales discurre el citado valle.

El río Linares, o Salado, es quien ha labrado este valle y transcurre por entre rocas sedimentarias, calizas y pizarras, que dan curiosas formas geológicas: paredones donde pueden verse diferentes capas sedimentarias, alternando arcillas, conglomerados, calizas y otros lugares donde afloran las pizarras. Todos estos materiales, distribuidos y modelados según el buen criterio de la madre Naturaleza, dan origen a formaciones con esa belleza agreste y un tanto tosca que uno encuentra en los entresijos más profundos de Castilla. Paredones donde la erosión ha dejado al aire estratos en los que el caminante es capaz de distinguir areniscas, conglomerados de arcillas y cantos rodados, estratos de calizas… Y entre las rocas erosionadas, buitreras con las clásicas deyecciones blancas churreteando por la pared.

El Linares, pequeño pero caudaloso en esta época del año, discurre a todo lo largo del valle con esa pereza cadenciosa de los viejos ríos venidos a menos con la edad. Deslizándose en un suave desnivel, se toma su tiempo en los abundantes meandro; tan pronto se encaja en las angosturas del valle, retorciendo su curso para adaptarse al terreno, como se explaya en las pequeñas llanuras y sigue un curso recto durante unas docenas de metros, o se embalsa en alguna pequeña represa natural dando la sensación de río acaudalado y abundante en aguas, recuerdo de glorias pasadaS. En general, su curso es sinuoso, como hecho a propósito para evitar que el caminante se distraiga con el paisaje y se vea obligado a saltar de una orilla a otra cada poco trecho. Así, a ojo, dos o tres docenas de veces, siempre con riesgo  de terminar dándose un chapuzón.

Este jubilata, a pesar de andar con un hierro atornillado entre su tobillo izquierdo y el peroné, salió bien librado del empeño y saltó todas las veces que hizo falta de orilla a orilla. Y, cada vez que tomaba impulso, no dejaba de pensar que si algo había de milagroso en este Valle de los Milagros, era precisamente no terminar sentado de culo en mitad del río en uno de los intentos. Pero no, aquí el caminante es ave de paso y no forma parte del paisaje, así que los Milagros son otros.

Los Milagros del  Linares son el Puntal del Milagro, la Peña Eslabrada y el Puntal del Canto Blanco, tres formaciones de rocas sedimentarias (areniscas, conglomerados, calizas) que se mantienen en pie como tres grandes torres, destacando sobre el paisaje como atalayas vigilantes que quisieran proteger tanta belleza agreste como se divisa desde ellas. Lo cual no fue suficiente frente al gran predador bípedo cuando, en 2005, ardieron todos estos parajes – miles y miles de hectáreas arboladas de pinos, robles, sabinos y otras especies – ocasionando la muerte de un retén de bomberos, atrapados en aquel infierno vegetal flameante. 

Hoy aún pueden verse algunos pinos con sus cortezas ennegrecidas y esqueletos de viejos robles descarnados que arañan el cielo, como una súplica inútil, con sus ramas secas. Tras aquel vendaval de fuego que carbonizó los bosques, quedan grandes superficies cubiertas de jara estepa, algunos rodales de pinos, y ejemplares dispersos de enebros y sabinos.

Un servidor querría transmitir al improbable lector la sensación de grandeza que se respira en estos parajes. La grandeza de la Naturaleza que se ha tomado millones de años en transformar los materiales sedimentarios, en distribuirlos en estratos irregulares y labrarlos hasta diseñar unos perfiles de formas tan caprichosas y sorprendentes que el caminante no puede por menos de admirar. Eso sí, con un ojo puesto en el río porque un chapuzón por culpa de estas distracciones, sobre todo ahora que estamos en invierno, enfría cualquier entusiasmo estético.

Para terminar, y por eso de los derechos de autor y similares, las fotos que aquí aparecen unas son de un servidor pero las mejores son de otros excursionistas que las compartieron para que todos tuviéramos un buen recuerdo de este día campestre. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Gente interesante.-

La otra tarde, un amigo también jubilado y un servidor, ambos sobrados de tiempo y de añoranzas, estábamos lamentándonos de la escasa altura de miras y cualidades de nuestros personajes públicos actuales, y nos dio por recordar tiempos y personas de las que ambos habíamos tenido un conocimiento indirecto, pero no por ello menos vivo.

No pudimos por menos que traer a la memoria aquel gran arquitecto brasileño, Dento Mª Pinheiro, que formó parte de la Bauhaus, pues aprendió de Gropius las nuevas tendencias del diseño y tomó como artículo de fe, para el resto de su vida profesional, la máxima de que la forma sigue a la función. Lástima que con el ascenso del nacional-socialismo, Mies van der Rohe tuviera que cerrar la escuela y Pinheiro hubo de irse a trabajar al Nuevo Continente, donde dejó obras tan meritorias que aún siguen sirviendo de ejemplo por sus sorprendentes soluciones arquitectónicas.

Ni mi amigo ni yo tenemos mayor idea de los grandes avances de la arquitectura en aquel periodo histórico, pero tenemos en común el haber sabido de la vida y milagros del insigne arquitecto. Sobre todo mi amigo, que vivió largos años en Brasil, donde trabó amistad con miembros de una rama colateral de aquel, y tuvo la ocasión de visitar la Fundación Pinheiro en Rio de Janeiro y el célebre rascacielos horizontal; bien es verdad que un servidor se carteó brevemente, hace ya algunos años – gracias a un familiar arquitecto que vive en Salamanca – con un sobrino-nieto del arquitecto brasileiro por razones que no vienen al caso ahora. Asunto del que, por otra parte, ya se habló en otro lugar de esta bitácora.

Pero no es de ésto de lo que quería tratar hoy. La añoranza es un vericueto de recuerdos intrincados donde se pierde la noción del tiempo y de la realidad presente. En realidad, andaba un servidor lamentándose de la mediocridad de los tiempos actuales y también de la mediocridad existencial a la que le obliga una pensión suficiente para una digna supervivencia, pero no para moverse por ambientes donde conocer a personas interesantes por su notoriedad en algún campo de la cultura, o por su simple forma de estar en el mundo. Dicho sin ambages, este jubilata lleva una vida corrientita, y se aburre.

Y sí, confieso que esta vez  me equivoqué. Porque, por esos caprichos del azar, hace apenas un par de días, me encontré con el personaje más curioso que uno pueda imaginarse: aristócrata tronado, poseedor de grandes apellidos nobiliarios a la vez que sufridor de un menos que mediocre pasar, cortés de cortesías anticuadas y más demodé que un gramófono frente a un iPad Air – Tablet Wifi de 32 GB de esos. Nada más conocernos – acababa yo de salir de la Alianza Francesa – y estábamos cruzando a la par el paso de peatones de Santo Domingo, se me presentó con toda la retahíla de apellidos sonoros, y dijo llamarse Auguste Villiers de L´Isle-Adam. Me invitó a un café que yo pague porque me pasó la nota con un aristocrático gesto de indiferencia, y me habló de su familia y las extrañas criaturas que había conocido en sus andanzas de aristócrata sablista (si es que puede emplearse un término tan fuera de época en tiempos de estafa mediante tarjetas black).

Presumió de antepasados, algo muy propio de quien lleva los pergaminos familiares dentro de los bolsillos agujereados del pantalón, y me habló de su ilustre recontratartabuelo Philippe de Villiers de L´Isle-Adam, Gran Maestre de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, a quien Solimán el Magnífico desalojó de Rodas tras un largo asedio, y fue a instalarse en Malta con sus caballeros. Yo de su antepasado ya sabía porque hace años visité el viejo castillo de la Orden que sigue en pie en la Rodas medieval. Todo lo cual no fue óbice  para que Auguste pidiera al camarero una ración de churros para acompañar al café y diese por supuesto que yo correría con los gastos.

Pero, en fin, son pequeñas miserias perdonables. Recuerdo que me habló de la hermosa y pálida Véra, una de esas damas que acostumbraban a morir entre los brazos de su amante, lo mismo que murió la prima Concha entre los brazos de Bradomín, tras una noche de deliquios amorosos. Y, hablando de la frágil Véra, no me resisto a transcribir las palabras de Auguste, tan cargadas de emoción – … puis ses longs cils, comme des voiles de deuil, s´étaient abaissés sur la belle nuit de ses yeux – mientras removía el café con leche con un trozo de churro bastante pringoso. Pero ya se sabe que los afanes de la supervivencia imponen su presencia a los más delicados sentimientos. Lo cierto es que la historia de la Pallida Victrix arrebatando a la hermosa dama de los brazos de su amado, me conmovió bastante. Más cuando Auguste me insistió sobre la inefable belleza de la pálida joven, de quien su enamorado juraba: qui verra Véra l´aimera.

Desde mi condición de jubilado fogueado en las mil mediocridades diarias, no dejaba de pensar que no sería la primera dama decimonónica que moría de hemoptisis. Que como historia estaba muy lograda, aunque su sujeto era un tanto socorrido, como cuando la prima de Xavier de Bradomín, o aquella afamada demi-mondaine tísica, Violetta Valery, inmortalizada por Dumas hijo.

Pero mi contertulio ocasional en aquel bar de Jacometrezo insistía en su originalidad a la hora de contar historias a medio camino entre la realidad, la verdad a medio velar y la pura imaginación. Y me habló de la Eva Futura, mujer artificial inventada por Tomás Edison, la cual tenía todas las ventajas de la femineidad y ninguno de los inconvenientes propios de la mujer corriente. Aseguró, bajo palabra de noble arruinado, que era él y no otro quien había puesto los fundamentos de la ciencia ficción, incluso hasta la denominación de androide (Andrèide, la llamaba él), abriendo a la literatura del futuro las enormes posibilidades de los mundos estelares.

La verdad es que, ante los restos de mi café, yo no alcanzaba más que a recordar a R2-D2, esa especie de cafetera cilíndrica con patas de Star Wars. Vista mi escasa imaginación, Auguste Villiers de L´Isle-Adam me miró con cierta condescendencia no exenta de lástima, pidió un bocata de calamares que envolvió en servilletas de papel y guardó en la faltriquera, se levantó, me hizo una leve inclinación de cabeza y se fue con sus apellidos sonoros, sus cédulas nobiliarias y hambres vergonzantes en busca de otro incauto a quien sablear. Pagué la cuenta y, al levantarme para irme, me di cuenta de que el bueno de Auguste había olvidado sobre la mesa un libro: Contes cruels.

sábado, 14 de febrero de 2015

Más rarezas.-

El insomnio prolongado, según parece, provoca algún tipo de reacción en el cerebro del insomne que debe parecerse bastante a las alucinaciones. Un servidor no está en condiciones de asegurar que sea así, pero sí puede afirmar de esas horas nocturnas restadas al sueño, cuando éste se resiste a cumplir con su obligación, que se ocupan en actividades poco habituales, de forma que el común de los mortales no puede por menos que alucinarse si se lo cuentan. La del insomne es una forma de alucinación que llega a través de la lectura, como le ocurría a Alonso Quijano, quien pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio con los malhadados libros de caballerías.

Solo que el insomne que esto suscribe, sin más obligaciones que disfrutar de su jubilatería a tiempo completo – cosa que no es como para quitar el sueño –, no siente afición por los Amadises de Gaula, los Esplandianes o los Pentapolines del Arremangado Brazo. Lo cual no significa que no tenga aficiones tan alucinatorias como el bueno de Alonso Quijano, y que, además, las cultive de forma vergonzante. Porque, vamos a ver, ¿qué podría pensar el improbable lector si se enterase de que las Noches Áticas de Aulo Gelio son lectura frecuente en las largas noches en blanco y con la pupila despejada?

Y, para más inri, el bueno de Gelio, con ese prurito gramático que tiene, le saca punta a textos de otros autores, a los que afea las incorrecciones que aparecen en ellos. En el caso concreto de mi última vela nocturna, a un tal Caeselio Vindicio le reprocha que en sus Lectionum Antiquarum dijera que cor (corazón) era palabra masculina y no neutra. Ya ve el improbable lector qué cuestión más a propósito para una cura de insomnio… Por eso he hablado un poco antes de aficiones vergonzantes, porque uno no puede andar por la vida contando estas cosas tan fuera de lugar. Uno tiene la edad que tiene, pero las neuronas aún no le patinan, solo que se le escapan cosas que debería callar por no ponerse en evidencia. 

Pero el asunto - volviendo a nuestro cultísimo Gelio - no deja de tener su morbo, ya que el contexto se refiere a una frase que dijo el rey seléucida Antíoco III el Grande, a propósito de algo que le había dicho Aníbal sobre que no entrara en guerra con los romanos. Solo que Aníbal, hábil en perfidias púnicas varias, se lo dijo para provocar su orgullo y así incitarle a guerrear. En efecto, Antíoco se traga el anzuelo y dice todo indignado: Hannibal… hortatur ne bellum faciam, quem credidit  esse meum cor?  Como si dijéramos: ¿pero, qué se habrá creído ese Aníbal…? ¿Yo, un rey tan valeroso, que no me atreva a luchar contra los romanos?

Estará de acuerdo conmigo el improbable lector en que, aunque estas no son cuestiones como para andar rompiéndose la cabeza a las cuatro de la madrugada, no dejan de tener su morbo. Que allá por el S. III antes de nuestra Era un rey oriental se dejase liar por un general cartaginés para ser llevado al huerto de una guerra de difícil solución no deja de ser una lección para los tiempos presentes. No hay más que pararse a pensar cómo – por poner un ejemplo –, tras la última crisis financiera y bancaria, los ciudadanos hemos asumido los costes y la culpa de tal estropicio. No tenemos más que mirarnos en el espejo de los griegos para saber lo que nos espera si no damos por bueno el engaño. 

De una forma u otra, te llevan al huerto y haces lo que a ellos les interesa o te hunden el país y luego te lo rescatan conforme a sus intereses. Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant, dijo Tácito (Nueva licencia ésta que un servidor se toma en su triple condición de insomne, jubilata y escribidor) Solo que estas trampas saduceas de las que venimos hablando, leídas en Aulo Gelio, y con tantos siglos de distancia, parecen una anécdota, sin que caigamos en la cuenta de que el engaño a la víctima es recurso utilizado en todos los tiempos.

Después de todo, es posible que el improbable lector mire con ojos más indulgentes al autor de estas elucubraciones nocturnas, ya que sus lecturas no resultan tan descabelladas y de ellas pueden sacarse algunas enseñanzas para los tiempos actuales. Pero si se mira la mediocridad de los personajes del momento, no parece que haya manera de ser engañado por un Aníbal, hábil en añagazas y celadas, ni hay Escipiones Africanos, ni Antíocos, ni Catones como aquel, el Viejo, que cada día daba la barrila en el Senado acabando así sus discursos: ceterum censeo Carthaginem delendam esse (por lo demás, creo que Cartago debe ser destruida).

Aquí y ahora, todo lo más, hemos descubierto el valor de las onomatopeyas en el discurso político (Tic-tac, tic-tac…, o Pim-pam, propuesta, pim-pam); eso sin hablar del recurso a los ordenadores de la Agencia Tributaria para sacar los trapos sucios fiscales de los oponentes políticos, pasándose la confidencialidad de estos datos por el forro del escroto del ministro del ramo. Así que, visto el percal, casi mejor aprovecharemos las largas horas de insomnio para seguir escarbando en las Noches Áticas de Aulo Gelio, aunque éste sea un obseso gramático, se empecine en disquisiciones de género, - que si masculino, que si neutro -, y nos cuente otras mil milongas y antiguallas históricas que aburrirían a personas más centradas que este jubilata insomniado.


domingo, 8 de febrero de 2015

Lecturas truculentas.-

Mientras ojeaba (he estado a punto de escribir: “Ojeando”, pero me he contenido a tiempo) los libros en la mediateca de la Alianza Francesa, encontré éste que lleva por título TOUTE LA VÉRITÉ. Les scandales, drames, énigmes qui ont bouleversé le monde. A lo que se ve, se trata de una recopilación de emisiones radiofónicas de Radio Montecarlo de los años 70 del siglo pasado. Debió ser un programa muy popular en la época ya que, a petición del respetable, se hizo una edición impresa (Grasset, 1976) para que los seguidores de la emisión pudieran leer aquellos episodios que no habían podido escuchar en la radio.

Mientras leía algunos de estos episodios – con especial insistencia en los más truculentos – me acordaba de que, durante mi primera juventud, existía un programa en la Cadena SER que llevaba por nombre “Ustedes son formidables”. El locutor, Alberto Oliveras, te ponía el corazón en un puño hablando de esos dramas populares que acababan resolviéndose gracias a la solidaridad de los radioescuchas, quienes ponían sus picos de dinero como para reunir una cantidad suficiente que permitiera dar un fin feliz a una situación que el locutor se afanaba en mostrarnos extremadamente angustiosa. Se apelaba al buen corazón de las gentes y éstas demostraban que “eran formidables”. A mí - que nunca tuve un duro para darme ese gustazo de ser formidable - me gustaba especialmente porque, como sintonía, sonaba el tercer movimiento de la Sinfonía Nuevo Mundo, de Dvorak.

Pero no es el caso de este programa de Radio Montecarlo, porque en él no se trataba de despertar la solidaridad, sino el morbo popular. Se ve que esa duda de si Stalin había muerto envenenado o de una hemorragia cerebral, o lo cruel del asesinato de Trotsky de un puntazo de piolet que le dio un supuesto amigo, aunque oculto agente estalinista, o cómo pasaportaron con reincidencia a Rasputín, producían un regusto sádico entre las clases populares monegascas y francesas aledañas. De ahí su popularidad. No había historia truculenta que no cupiese en esta emisión y que no despertase ese oculto placer que proporciona el reproche moral frente a seres malvados que acaban recibiendo el justo castigo a sus perversiones.

Ya digo, leyendo algunas de estas historias moralizantes (el malvado siempre acaba sufriendo el  castigo que merece su maldad) me he tropezado con una vieja conocida, Erzebeht Bathory, a la que llamaron la Condesa Sanguinaria. La buena de Erzebeht, allá en la Hungría del S. XV, que se aburría como una ostra en su castillo mientras su marido andaba guerreando, dio en la manía de la perpetua juventud y, mal aconsejada por algunos sirvientes infames, se dedicó a raptar doncellas por los alrededores, a las que desangraba en una pileta donde ella tomaba sus baños de sangre joven y fresca. Eso aparte algunos pequeños caprichos sádicos que se permitía, como desnudar a sus criadas y untarlas de miel para que les mortificaran las moscas y las hormigas.

Pues bien, esta lectura me hizo recordar aquella peli porno de cuando los primeros tiempos del destape y la proliferación de cines X en la pudibunda España, que tuvo la virtud de acabar con las peregrinaciones a Perpiñán de españolitos sexualmente reprimidos. Se trataba de los  Cuentos Inmorales de Valeriam Borowczyk, donde en uno de ellos se relataba la historia de esta condesa del S. XV. Lo bueno de esta historia cinematográfica es que te permitía disfrutar de la visión de Paloma Picasso (en el papel de protagonista) en pelota picada. Verle las carnes blancas y prietas a la hija del pintor, con esos morritos carmín que siempre llevaba, esos ojazos negros y ese tumbao de "aquí estoy yo" que se traía, subía la tensión de los espectadores en muchos kilovatios. Aparte unas duchas colectivas en el castillo (incongruencia que el espectador ni notaba), donde se bañaban, antes de pasar por el desangradero, docenas de doncellicas con sus desnudas y tiernas carnes palpitantes, para gozo del mugiente rebaño de hambrunas carnales que poblaban la sala.

Supongo que, a estas alturas, la Paloma Picasso andará con las carnes más bien fláccidas, y sus antiguos admiradores, sometidos sus miembros a la ley de la gravedad que a todos nos obliga, estarán para pocos empinamientos y alegrías venéreas. Eso sin contar que las carnes otrora apetecibles de la Picasso han hecho olvidar el asunto central: las historias truculentas de Radio Montecarlo.

También leer la historia de  Vacher l´Eventreur, o la de Le Boucher de Hanovre (quien vendía en su carnicería la carne de los muchachos), o la de L´Ogresse de la Goutte d´Or (que ahogaba a los bebés en su regazo) produce un estremecimiento placentero, próximo al sadismo, que tiene, en algún lugar remoto del cerebro, un punto de contacto con el estímulo sexual. Solo que en esta sociedad actual, descreída de las penas del infierno, ya no tienes que ir a confesarte de pensamientos y tocamientos impuros. Cosa que sí ocurría tras aquellas primeras películas donde la lencería ya no ocultaba los dones con que la madre Venus había dotado a las hembras humanas, y el españolito, temeroso aún del infierno y de las secuelas Régimen, encendía una vela a Dios y otra al Diablo.

sábado, 31 de enero de 2015

Puerta a puerta.-

No es por hacer sangre con el asunto (ya bastante cachondeo ha corrido por las redes sociales), pero resulta chungo que llamen al timbre de tu casa y pienses: otra vez los pesaos esos que quieren cambiarte la facturación de la luz y el gas. Y abras, dispuesto a decir que no, que no y que no; que ya estuvieron aquí la semana pasada y ya les dije que no, y resulte que no, que esta vez no es el currito trajeado dando la brasa con lo de la facturación de la luz y el gas. Es el bueno de don Mariano, con aire de testigo de Jehová desparejado, que viene a darte las gracias; Grachias, vengo a darosh las grachias… Con esa mirada ausente que se le pone, como de andar por las apabardas, cuando se dirige a los simples mortales sin mediación del plasma, y ese rictus-sonrisa a punto de descarrilársele de la boca.

Hombre, don Mariano – piensa el jubilata que abre la puerta en zapatillas de paño – avise usted, hombre, que estas no son manera de presentarse en casa de uno. Todo un señor Presidente del Gobierno andando solo por esos barrios de dios, tan llenos de basuras tiradas por las calles, de contenedores de vidrio y papel desbordados de embalajes, botellas y cristales rotos por doquier, de alcantarillas con el sumidero atascado, de heces de perros tachonando las aceras, de pequeños negocios cerrados y locales de “se vende o alquila”, de papeleras vomitando desperdicios por sus bocas abiertas, de medio ambiente gris-mierda trufado de CO2, de colchones abandonados con nocturnidad en cualquier esquina… En fin, esos barrios madrileños periféricos donde nada se le ha perdido a usted, don Mariano, aparte de algún que otro voto; votos residuales de esa clase modesta, venida a menos por cosa del austericidio, que se ha creído lo de que Stalin se ha reencarnado en el tipo ese de la coleta fláccida que, para escarnio de lo más sagrado, se llama Iglesias.

Pena me da, don Mariano – le diría, si llamase al timbre de mi casa –, pena me da los tragos por los que le hacen pasar sus asesores de imagen. Ni un servidor, que le tiene escasas simpatías políticas, le pondría a patear las calles en solitario, a visitar bibliotecas públicas, farmacias o domicilios particulares. De ser yo el Pedro Arriolas, que dicen que es su asesor aúlico, o el otro, el Moragas, el que le sopla las respuestas difíciles, de verdad se lo digo, haría lo que los serviles de Fernando VII cuando le ponían los faisanes a huevo. No le pueden tener todo el santo día por las calles como alma en pena, importunando a la gente. Usted es el boss, ver si hay un respeto al cargo.

Déjese de populismos que son el estado natural  de las izquierdas resentidas, don Mariano. Lo suyo son las distancias largas: las declaraciones a través del plasma, las conferencias de prensa sin preguntas, las evasivas de “llueve mucho” y los amores interesados que le profesa Frau Merkel. Hágame caso a mí, que le asesoro gratuitamente: es usted un lobo solitario, un incomprendido, la lucecita que se veía por las noches en El Pardo cuando el Invicto - inasequible al desaliento - velaba los sueños de los españolitos. No consienta que su director de campaña, el inefable Floriano, le ponga a patear barrios, puerta a puerta.

Porque, vamos a ver: Si usted llamase a mi puerta, ¿de qué cree que podríamos hablar? ¿Del puñadito de euros que este año nos ha subido  la pensión y de los recorte en las prestaciones de MUFACE? Vivimos realidades paralelas, no se engañe, don Mariano. Su mundo es perfecto y usted todo lo hace bien: baja el paro, sube el consumo, la corrupción es cosa del pasado y pelillos a la mar, y gobernar es tan gratificante como tomarse un cafelito con los amiguetes (el Pons, la Cospe, el Arenas, el Floriano…) mientras charlan de que la jornada ha sido dura, pero provechosa. Así que, siendo todo tan perfecto en su mundo, no se moleste, hombre, en bajar al nuestro y zapatear por los barrios y darnos las gracias. El merito es todo suyo.

Porque de verdad se lo digo, don Mariano, si lo hace - lo de llamar a los timbres -, por casa no aparezca, a menos que venga a leer el contador del gas o el del agua. No me obligue a despacharle con un “Tanta paz lleves como descanso dejas”. Sinceramente se lo digo, no llame a mi timbre, ya nos veremos las caras en las urnas, cuando usted lo tenga a bien, don Mariano. 

domingo, 25 de enero de 2015

Donde más duele.-



Anda la gripe de este año dando más cornás que una vaquilla resabiada, y como a quien esto suscribe ya le ha arreado varios puntazos en lo que va de invierno, no ha tenido el cuerpo para ocuparse de asuntos de más trascendencia. La verdad, entre toses, moqueos, fiebres y otras alegrías gripales no había dedicado mucha atención a la cosa esa de la supervivencia que llamamos pensión por jubilación.

Echando un vistazo retrospectivo a la prensa adicta al “qué suerte que Mariano sea nuestro líder” (leído en ABC, vamos), resulta que la revalorización de las pensiones ya no se vincula al IPC anual, sino a un invento distinto que llaman Índice de Revalorización, donde, entre otros indicadores, se pondera el efecto de sustitución. Lo cual, para un jubilata ignorante de la macroeconomía y, encima, griposo, es de difícil entendimiento; aunque, tras varios paracetamoles y varias sesiones de estornudos, algo logra uno desentrañar del asunto: se trata de la diferencia entre las pensiones que causan baja y las nuevas que entran en el sistema. Lo que, en magnitudes microeconómicas y en palabras del cómico José Mota, significa: las gallinas que entran, por las que salen. Jubilatas y gallinas, todo son estadísticas.

Dicho, para entendernos, en términos de economía en chancletas, la pensión se revaloriza o no en función de los pensionistas que finiquiten a lo largo del año y los nuevos que se den de alta en el sistema. Para no rompernos las entendederas - nunca se insistirá bastante - con abstrusos conceptos que escapan a nuestros conocimientos, significa que si mueren muchos pensionistas ese año y entran menos, la pasta a repartir aumenta; si es al revés, disminuye. Con lo que no es necesario hacer muchos cálculos para comprender que a cualquier jubilado lo que le conviene es que casque un número considerable de viejos improductivos. Puro maltusianismo, lucha por la vida y competición por los recursos escasos. ¡Hay que joderse con la sociedad de mercado, que ni siquiera en estas edades puede uno bajar la guardia!

Lo cual deprime bastante, más cuando el termómetro te dice que tienes 38,5º, toses como si fueras a escupir trocitos de pulmón y andas del sofá a la cama, y de ésta a aquél,  con más languideces de tísica que la Traviata: Follie!... Povera donna, sola, abbandonata in questo popoloso deserto…, El populoso desierto de la jubilación donde los pensionistas nos hemos convertido en competidores por la supervivencia, donde el jubilado con el que te cruzas en el mercado es un parásito que mete su cuchara en tus garbanzos. Aparte de maldita la gracia que te hace saberte en zona de riesgo, que puedes cascarla por culpa de una vulgar gripe y que, encima, tu pensión, la que te has ganado con cuarenta años de cotizante, vaya al bolsillo de un jubilado recién estrenado en el Índice de Revalorización.

Todo lo anterior va dicho en términos generales porque, cuando bajas al terrero del “qué hay de lo mío” y te enteras de que las pensiones se han revalorizado este año un 0,25% y a ti te tocan dos euros al mes, entonces sí que te deprimes. Pero no puedes decir eso de “para poca salud, más vale morirse”, porque entonces tu pensión cambia de beneficiario y aquí no ha pasado nada. 

Pero no puedes evitar ponerte nostálgico. Nostálgico de cuando había esa hucha tan gorda de las pensiones, esa Tierra Prometida que te han arrebatado con malas artes, y lloras, afligido, junto a los ríos de la Babilonia del rescate bancario y el equilibrio presupuestario. Esclavo de una magra pensión, no puedes menos que “Va, pensiero – lamentarte – sull´ali dorate; va, ti posa sul clivi, sul colli…”. Y gracias que la fiebre te ha dado verdiana (lo digo por dom Giuseppe) y no has llegado al total desvarío, lo cual sería síntoma cierto de estar a punto de salir del sistema de pensiones por el expeditivo camino de la Parca.

En fin, no querría cansar más al improbable lector, pero, entre la gripe y el Índice de Revalorización, uno está en un vivo sin vivir en mí. 

domingo, 18 de enero de 2015

De insomnio, ratas y cosas por el estilo.-

Dice la experiencia que cuando se llega a edad provecta el sueño se convierte en un bien escaso que va y viene a trompicones. Quizás no sea norma de obligado cumplimiento entre todos los que han pasado la barrera de la sesentena, pero en este jubilata los insomnios menudean tanto como las promesas de la casta política en campaña, cuando más empeñados están en amachambrarse un acta de diputado. Solo que las promesas son aire y van al aire, mientras que los insomnios se instalan por la noche en tu cabeza  y no te dejan plegar la pestaña.

En estos casos suele haber dos remedios bastante eficaces que un servidor utiliza: la lectura y escuchar música. La primera tiene el inconveniente de que hay que levantarse (la santa duerme y no es cuestión de andar fastidiando). Mientras todo el barrio se mece en los dulces sueños de la recuperación económica que la propaganda oficial susurra al oído del durmiente – el despertar a la realidad cotidiana es cosa más jodida –, el insomne está en su estudio con un libro bajo el flexo, leyendo, pongamos por caso, la carta que Petrarca le escribió a Tito Livio, o desentrañando ese epigrama que Marcial dedicó a un poeta plasta: Nimis poeta es, Ligurine! Inciso: Marcial se pasa de burlas con el pobre poeta empeñado en leerle sus obras que quieras que no: Et stanti legis, et legis sedenti, / currenti legis, et legis cacanti! Casi no necesitan traducción estos versos.

El otro remedio es el de enroscarse los pinganillos de la radio a las orejas y escuchar música. A un servidor lo que le gusta es Radio Clásica de Radio Nacional. Como los horarios del insomnio son imprevisibles, pueden coincidir con distintas programaciones: A veces es El mundo de la fonografía, de Pérez de Arteaga; otras es Contra viento y madera, dedicada a las bandas de música; otras dedicada al canto gregoriano, o Divertimento, que ayuda mucho a que el cerebro vaya desconectándose poquito a poco. Últimamente me estoy dando unas sesiones de zarzuela como nunca. No ha sido un género que me guste especialmente, pero tiene piezas pegadizas y otras de un casticismo chulapo que para sí lo querría la Lideresa de los Madriles en un papel de la Revoltosa: ¡Ay, Mariano de mi vida! ¡Mari Espe de mi alma!

En una de estas noches pasadas tuve ocasión de escuchar al trío cómico Zori, Santos y Codeso cantando Los Ratas, de La Gran Vía. Eso de “Yo soy el rata primero, y yo el rata segundo, y yo el rata tercero…”, “Ay, qué gracia tiene esta ratonera, que se van los ratas de cualquier manera”, me hizo recordar –eran las tantas de la madrugada y el cerebro se me cocía en  el jugo del insomnio– en tanto rata y rato como corretean por las alcantarillas de la vida pública, dando al ciudadano lecciones gratuitas de prestidigitación con los dineros públicos. Ratas y ratos instalados en la respetabilidad de un traje caro y puestos de alta gestión, desde donde cantan eso de Vamos con cuidado sin pestañear, y ya van mil veces que nos chuleamos de la autoridad.

En resumidas cuentas, eso del insomnio es un mundo algo complicado de resolver. Uno tiene sus recursos para ir capeando el temporal, pero una vez que te has subido a ese barco te pasas las noches dando bordadas y no sirven lecturas ni músicas celestiales. La noche que no toca dormir, no toca, ni aun chutándote una pastilla para el sueño. No es que este jubilata lo lamente, ya que ante lo irremediable no caben lamentaciones. Si, al menos, ratas y ratos no le corretearan por entre las horas de vela y la autoridad se decidiera a utilizar un raticida eficaz, el tiempo que durmiese dormiría más tranquilo. 

Pero la cosa va pa´Rato...

domingo, 11 de enero de 2015

Visita a una dama.-

A pesar de que se van cumpliendo años y van quedándose atrás viejas ilusiones que el tiempo ha reducido a recuerdos borrosos; a pesar de aquellos proyectos nunca realizados, pero sin los cuales un día ya lejano no concebíamos que nuestra vida tuviera sentido, aún, entre esas hojarascas de lo que no pudo ser, quedan unos pequeños brotes verdes que resisten a marchitarse tras decenios de vida condenada a la mediocridad bíblica del ganarás el pan y a la mediocridad existencial del vivirás de tu jubilación. Y gracias, que otros ni lo catarán.

Es sorprendente que, tras tantos y tantos años, todavía siga vivo el enamoramiento por una mujer que murió joven, apenas con veinte años, de nacimiento Giovanna degli Alvizzi, florentina ella, de la que este jubilata se quedó prendado allá en sus tiempos mozos, cuando era estudiante en la Complutense. Aquellas clases en las que el profesor de Arte pasaba las filminas y nos descubría, a algunos jóvenes como yo que sólo vivíamos la grisalla del franquismo social, toda la belleza que hay en la pintura renacentista. Nos hablaba de Paolo Ucello y sus caballeros de negra armadura en la batalla de San Romano, o Piero della Francesca con sus retratos enfrentados de los condes de Urbino, o de Mantegna con ese escorzo imposible del Cristo muerto…

Pero fue Ghirlandaio quien, definitivamente, marcó la fascinación por el Cuattrocento italiano. Su  jovencísima y serena Giovanna Tuornabuoni era a los ojos del estudiante enamorado de la belleza, que entonces fui, como  Beatrice para el Dante o Dulcinea para el loco egregio que fue el Caballero de la Triste Figura, un ideal inalcanzable. Una de esas obsesiones estéticas sin las cuales es imposible soportar la vulgaridad del tiempo presente. 

Con la ventaja, frente a ellos, de que uno puede serle infiel sans état d´âme, como aquella vez en Atenas, frente a los ojos almendrados y la sonrisa enigmática de una Kore, que arrebató a este turista sorprendido al borde del éxtasis estético. Claro que, puestos los pies en tierra, con estos antecedentes, el currículo profesional de un servidor no daba para alcanzar grandes metas sociales, andando, como andaba, con la cabeza a pájaros.


El caso es que, volviendo al asunto, jamás habíamos visitado la colección permanente del museo Thyssen, hasta ayer, que fuimos la santa y yo. Y, por lo que recuerdo, nunca había estado frente al retrato de Giovanna Tuornabuoni, teniéndola tan cerca, a penas a media hora de transporte público. Mil veces la había visto en reproducciones, pero nunca antes vi la tabla que pintó Ghirlandaio. Fue una lástima que los ojos que la pintaron no fueron los que la vieron viva -tomó su retrato de una medalla conmemorativa-, ya que la tabla hubiera sido el punto exacto de encuentro entre la mirada de este espectador fascinado y la del pintor que debería haberla conocido.

Aunque idealizada de acuerdo con los cánones renacentistas, debió ser harto hermosa y de buenas prendas personales y morales. Tanto que  el pintor puso una cartela con dos versos de un epigrama de Marcial: Ars utinam mores animumque effigere posses. Pulchrior in terris nulla tabella foret: “Ojalá el arte pudiera representar las costumbres y el alma. No habría en la tierra mejor pintura”.

Y dirá el improbable lector que a qué viene tanto rollo por una joven dama muerta en 1488, que es una pasada de exquisitez para un viejo funcionario anclado en viejas contemplaciones. Y no le faltará razón. Puestos a adorar antiguas bellezas –insistirá el lector- , ahí está Mona Lisa, a la que visitan en peregrinación miles de turistas. El refrendo multitudinario de la Gioconda deja en mantillas a la jovencísima Giovanna, a la que cuatro despistados echan un vistazo distraído.

Pero quien esto escribe sigue en sus trece, porque la masa turística, con sus selfies, no hace más que prostituir de vulgaridad a un personaje al que, para desacralizarlo, ya Marcel Duchamps pintó perilla y bigotito de señorito sexualmente ambidiestro, además de colgarle aquel infamante letrero de L. H. O. O. Q.: Elle a chaud au cul.

lunes, 5 de enero de 2015

De La Mierla a Beleña de Sorbe, caminata, naturaleza y algo de historia.-

La marcha completa,diseñada por Juan F. Romero
No por lugar  pequeño La Mierla deja de tener un pasado honroso como municipio, ya que en su plaza sigue en pie un rollo jurisdiccional que va pregonando su antigua condición de villa. 

Quizás por eso, o por méritos propios del interesado, en la plaza del pueblo pueden verse hasta cuatro placas donde se ensalza, o se hace referencia de ilustre vecino, al buen hacer edilicio del que fue su alcalde D. Félix Perucha Monge. Éste debió ejercer una especie de caciquismo ilustrado que dejó el pueblo como una joya de modernidad, con su teléfono, sus aguas corrientes, su pavimentación y otros servicios de común disfrute vecinal. Tiene, además, este lugar una ermita de la Soledad en las afueras y una fuente medieval, pero como no fuimos a verlas, nada se dice aquí.

Un perro cojo y resignado se solaza  bajo un sol luminoso e
invernal junto a la fuente de la plaza mientras nos equipamos. Bajamos por un camino que nos lleva hacia la rambla de Valmierla, espaciosa, que se encaja entre paredes llenas de cárcavas a las que un pinar de repoblación pone barreras, mientras por nuestra derecha afloran calizas. 

Son éstas tierras de rañas, formadas por cantos rodados de cuarcita, envueltos en una tierra arcillosa de un característico color rojizo. Prácticamente todo nuestro recorrido nos encontraremos con este tipo de terreno, fácilmente erosionable con las lluvias estacionales. Razón por la cual, imagino, en su momento se plantó el pinar de repoblación.

Uno, aparte de ser jubilata y no entender mucho de estas cosas, viendo aquellos paisajes piensa que esa función de sujetar las tierras lo ejerce perfectamente el manto vegetal autóctono. Abunda el matorral oloroso como el tomillo salsero, el romero, la jara, el espliego, a más de las aliagas y vegetación arbustiva de chaparras y enebros y algún chopo. Eso entre otras muchas especies que un servidor no conoce o no vio. Y en cuanto abandonamos la rambla por su lado izquierdo, nos metemos en un bosque precioso, dentro de la modestia de estos paisajes invernales, de enebros de la miera, con sus característicos frutos rojizos en sazón. Camino adelante encontraremos encinas, algunas de buen porte, que se entremezclan con los enebros y, a lo largo de nuestra marcha, el inevitable pino de repoblación en terrazas.

Entramos en la terraza, con su chopera en estas fechas sarmentosa, que ha labrado el río Sorbe; un río que se hace mayor en su encuentro con el río Lillas, allá en Tejera Negra, y que tributa en el Henares. Con toda su modestia de río de tercera, tiene maneras bravías ya que se encaja en las curvas del paisaje y embalsa su caudal en la presa de Beleña. De sus aguas bebemos en Madrid, y conviene que se sepa para que hablemos de él con un poco de respeto, que es río provinciano pero servicial.

En nuestro caminar por cerros tupidos de vegetación y olorosos, a ratos, de plantas aromáticas, Juan y su plano nos ponen ante la vista el pueblo de Beleña de Sorbe. No hay más que cruzar el río sobre la pasarela y, en un rato, nos ponemos allí. Es un pueblo que actualmente sobrevive con escaso paisanaje, al pie de un cerro, en tierras alejadas de cualquier apresuramiento, pero que en sus momentos de gloria fue señorío con castillo y buenos muros, iglesia románica remozada en gótico tardío, y puente medieval sobre el río.

Es lugar de paso entre las tierras de Ayllón y la Campiña de Guadalajara, así que debió tener su interés estratégico durante la dominación árabe. Alfonso XI le dio el título de Señorío de Beleña y éste pasó a formar parte de la familia de los Mendoza con el marqués de Santillana. Si algo merece la pena una visita detallada es la galería porticada de su iglesia; y dentro de aquella, el arco de acceso al templo, de cuatro arquivoltas: en sus dovelas se representa un calendario agrícola (veo que la palabra “mensario” –como ponen en algunos sitios- no aparece en el DRAE).

La galería, orientada al medio día, es un buen lugar donde comer el bocadillo mientras el sol de la tarde nos acaricia la espalda. 

Fueron nuestro banquete unos tientos hambrientos al bocata, traguito de vino para facilitar el pasapán, unas nueces y un poco de chocolate y fruta a modo de improvisadas bodas de Camacho a la  manera caminera.
Y eso fue nuestro aliviar las hambres bajo sagrado, a la pata la llana y no por juramento, como el que hizo don Quijote cuando se le rompió la celada y dijo aquello de no comer pan a manteles ni con la condesa folgar hasta tanto… etc.

Una vez comidos, no era tiempo de folganza, ni había condesa a mano para tal menester, así que cargamos las mochilas, bordeamos el cerro con los paredones del castillo aún en pie y bajamos hacia el río por un camino empedrado que va haciendo zigzag hasta ponernos sobre el puente andalusí que cruza el Sorbe. Regresamos a La Mierla por entre las terrazas del pinar y un rato por la carretera, hasta encontrar el sendero que no devolverá a este pueblo.


Aún tenemos tiempo de acercarnos con el coche a Puebla de Beleña, para echar un vistazo a sus lagunas endorreicas donde anidan aves de paso, pero éste es un invierno seco y las lagunas están vacías como ojo de tuerto y no hay más pájaros que los tres caminantes curiosos. Regresamos a Madrid por la carretera de Burgos. 

A lo lejos se ve el perfil de la capital y una enorme boina pardo-anaranjada (se está poniendo el sol) que es como un puñetazo en el ojo azul del cielo.