sábado, 2 de noviembre de 2019

Toma tres tazas.-


Cuando el gato de Cheshire se despidió de Alicia a su manera, esto es, desdibujando su cuerpo y dejándole su sonrisa, le dijo: me voy, que llego tarde. Ella le preguntó que a dónde llegaba tarde, y él, paradójico, contesto: No dónde sino cuándo.

Esta respuesta le ha dado algún quebradero mental al jubilata que esto escribe. Porque, si uno lo piensa despacio, no es en el espacio, sino en el tiempo, donde se puede llegar puntual o no a un lugar determinado. To be on time, o’clok, o algo así, según la omnipresente angliparla. Es el tiempo el que marca cuándo llegas al dónde: si antes, cuando debías, o bien lo has hecho con retraso. En nuestra experiencia de cada día, el lugar es algo sólido, sólito y permanente; es el tiempo fugaz el que decide si estás allí en su momento o fuera de él. Tempori aptari decet, hay que adaptarse al tiempo, dice Séneca. Y que perdone el improbable lector el derrape cultureta y los que seguirán.

Pues imagínese el improbable lector, si Alicia quedó perpleja ante la respuesta del gato sonriente, cómo lo estaba un servidor cuando abrió el buzón y encontró un montón de propaganda electoral. Como en plaza revuelta, allí había propaganda del PSOE, Podemos y Vox en amigable revoltijo postal. Y por partida doble: para la santa y para mí. 

Lo cual me obligó, de momento, a desentenderme de la paradoja espacio-temporal gatuna y centrarme en la paradoja política: si dar mi voto, aun siendo insuficiente para la futura estabilidad política, o no darlo y, como consecuencia - junto a miles de desilusionados - se mantenga la actual inestabilidad política. Tanto si lo doy, como si no, nada garantiza su utilidad por acción o por abstención. Tampoco estoy muy seguro de que lo anteriormente dicho sea una paradoja, una aporía o la conclusión biscornuta de un silogismo cornudo. Pero, sea lo que fuere, aparte que mi voto es una gota en el océano D’Hondt, ¿a qué me molestan con tanto papelote si, para colmo, nunca leo sus proclamas/promesas/programas?

Aunque esta vez he hecho una excepción por aquello de la novedad de nuevos contendientes en liza. “Querido compatriota”, dice el señuelo propagandístico de VOX. Buen arranque para convencer convencidos: llamar “compatriota” al destinatario de la misiva, que es tanto como decirle: estás en nuestro campo, eres de los nuestros, un patriota guay. Lleva implícito el mensaje: tú y yo somos un “Nosotros” porque hay a un “Ellos” adverso. 

Lo que, por extraña asociación de ideas, me hizo recordar aquello que explicaba el profesor de antropología sobre las células espejo en los homínidos: Lo que es igual no lo comas; lo que es desigual es comida o es enemigo. Y hay mucho “desigual” por ahí suelto: los separatistas de manual – estelados o no –, los inmigrantes ilegales gracias al maridaje de las mafias y las ONG’s subvencionadas, los delincuentes que te roban la casa, entran al juzgado por una puerta y salen por la otra, el adoctrinamiento de los niños por la dictadura progre, el plurisexismo promiscuo y el feminismo militante… En la variedad de enemigos está el gusto: De gustibus et coloribus non disputandum est, para gustos, colores.

Y ya puestos, nada como el paraíso social prometido por el PSOE: una legislatura con gobierno estable y capacidad de maniobra, y una tierra siempre prometida mil veces donde mana leche y miel, con un sistema público de pensiones blindado constitucionalmente, eliminación del nefando copago del poltrón Rajoy, sanidad pública de calidad y con recursos suficientes, educación para toda la vida, lucha contra la desigualdad social y a favor del feminismo, transición ecológica de nuestra economía y una ley de eutanasia para abandonar suavemente este mundo ideal tras luengos años de disfrute. Lo que, en lenguaje coloquial, se traduce en un prometer hasta meter. Una vez metido, si te he visto no me acuerdo. Lo habitual, pero es bonito y mola. Dulcia verba serit quien da buenas palabras.

Pero hay quien dice arrimar el hombro para seguir empujando el futuro, según lema de PODEMOS (Unidas). El sorpasso que se quedó por el camino, la coalición gubernamental que quedó en agua de borrajas, el asalto transversal al poder mediante las urnas que nunca fue, fueron coitus interruptus necesitado de la viagra de lo que esta vez presentan como “perseverancia”. Perseverancia que tiene mucho de fe, lo más próximo a la fe religiosa. Nadie persevera si no cree que su perseverancia en el esfuerzo le llevará a la gloria del poder; del poder cambiar, si no lo paradigmas sociales, al menos unos retoques que hagan sentirse importantes a las clases medias urbanas progresistas. Lástima que Sánchez no acabe de fiarse y el fiel de la balanza, llegado el caso, fluctúe entre C’s y PODEMOS (Juntas). In trutina mentis dubia fluctuant contraria…

Ansioso, espero que el cartero traiga, en los próximos días, las promesas de CIUDADANOS y PP. No dejaré de abrir el buzón de correos cada día hasta que este delicioso soma orweliano me libere de inquietudes preelectorales. Dicen que una gota de soma cura toda melancolía y tiene las ventajas del cristianismo y el alcohol juntas. La propaganda electoral también, mismamente. 

No quería caldo, pero tomaré tres tazas.

domingo, 20 de octubre de 2019

Canal de oración.-


Improbable y siempre amigo lector: había pensado escribir sobre el disparate catalán que estamos viviendo, esa fuente de preocupaciones que nos tiene en un sinvivir a causa de la obcecación política, pero he optado por la intrascendencia. No es por negar la preocupante realidad que nos toca vivir, es por manifestar un pequeño gesto de rebeldía como individuo frente a una realidad que nos imponen como a masa inerte, sin darnos opción a cambiarla.
Por eso, dejo escrita esta nonada que, si tienes a bien, puedes leer:

El caso es que, a veces, hay algunos episodios de la vida que se repiten. Son como pequeños fogonazos que iluminan algún recuerdo olvidado en el fondo de la memoria, y que aparece como una premonición del pasado. Es lo que los franceses llaman déjà vu, mientras que por estas tierras lo que quieren dárselas de interesantes dicen: “He tenido un deyavú”, como quien dice he tenido una revelación, y se quedan tan anchos.

Y no suelen ser hechos trascendentes, sino simples sucedidos que un día te llamaron la atención. Por lo menos así suele ser en el pequeño mundo del jubilata. Ya se sabe, los que estamos en edad provecta ya no vivimos de categorías, sino de anecdotario. Como el abuelo Cebolleta de cuando leíamos el TBO siendo niños en los tiempos hambrientos y gloriosos de montañas nevadas, banderas al viento, que cantábamos en la escuela pública.

A lo que importa: Como nos ocurrió la otra tarde. Veníamos la santa y yo de dar el habitual paseo por los aledaños del barrio, cuando se nos acercó un individuo y me puso una octavilla con colorines en la mano. “Comida china”, pensé. El papel traía mucha letra apretada y supuse que era la lista de chopsuey, tres delicias, y cerdo agridulce habituales de esos menús. Pero no. Quien nos dio el papelito tenía cara mística y untuosidad religiosa. Algo murmuró a modo de jaculatoria, y se alejó. Eché un vistazo curioso: proponía una cadena de oración y encuentros con Dios para superar la depresión y hallar la felicidad, o algo así.

Lo que me hizo recordar un sucedido parecido hace ya bastantes años, a consecuencia del cual escribí un pequeño cuento en 2008 que cuelgo a continuación para que el improbable lector tenga unos minutos de asueto. Como puede verse, simple anecdotario.

www.canaldeoración.com
Suena el teléfono. En la pantalla del inalámbrico aparece: “identificación oculta”.
– ¿Diga...?
– ¿... ¿El hermano Mateo Cantueso, por favor? – se oye a través del auricular. Se trata de una voz cantarina, un tanto untuosa, como de alma en estado de gracia.
– Yo..., esto... ¿Pero, ¿quién llama? –  Mateo Cantueso, dubitativo, no acaba de entender. –  Pero, oiga..., es que yo no tengo hermanos.
– Todos somos hermanos en el Señor – replica la voz, llena de cristiana convicción. Y añade:
– Le habla la hermana Catherina. De acuerdo con la normativa vigente, esta conversación será grabada para su seguridad. Hermano Matero ¿Ha oído hablar usted del Canal de Oración? ... ¿Dice que no? Con mucho gusto le informo. Canal de Oración es una nueva forma de conectarse con el Señor.
– Ya, pero es que yo ya tengo tarifa plana y no me va mal – Replica Mateo, que está a punto de colgar.
Es inútil. Aquella voz, meliflua y convincente, va desgranando todas las ventajas de suscribirse a la Nueva Iglesia Telemática www.canaldeoracion.com. Una iglesia de reciente fundación que está abriéndose paso en el mercado de la salvación eterna. Fundada por un lobby de creyentes, con capital no especulativo, procedente de donaciones privadas.  Una forma distinta de conectarse con la Divinidad, sin intermediarios, durante las 24 horas del día. 45 € al mes, IVA incluido y con derecho a retroacción si, al cabo de tres meses, no está satisfecho del producto.
– Es que, verá usted – intenta justificarse Mateo – yo soy más o menos católico. Cosa de la costumbre... Usted me comprende ¿No?
– ¿Alguna vez ha pensado en la cantidad de intermediarios que hay en la Iglesia Católica?   insinúa la voz de la hermana Catherina. Y añade con tono admonitorio:  – Piense, piense usted.
Y Mateo lo piensa por unos instantes. Desde el cura de su parroquia, hasta el Papa en el Vaticano, hay un montón de jerarquías: párrocos, arciprestes, canónigos, obispos, arzobispos, cardenales... Eso sin contar todos los curas, frailes y monjas repartidos por el mundo; a los que hay que añadir catequistas, Damas del Ropero, cofradías, beatas meapilas, devotos comesantos... Prácticamente, las plazas que la iglesia católica tiene asignadas en el cielo ya están reservadas a su nombre. Nadie garantiza a los fieles de a pie que puedan conseguir una, y pensar en la reventa es tontería, siendo un producto tan solicitado.
– ¿Lo ve usted? – le dice la hermana Catherina, convincente.
Como quien tira suavemente del sedal para que el pez no escape, la hermana Catherina va desgranando las ventajas de Canal de Oración:
– Hilo director con la Divinidad, sin intermediarios, a cualquier hora del día o de la noche. Es suficiente entrar en  www.canaldeoracion.com para colmar sus necesidades espirituales. Acceso gratuito al Chat de creyentes, donde podrá intercambiar oraciones, consejos espirituales y recetas de cocina que estimulan el fervor religioso. En caso de avería, o desconexión fortuita, el servicio técnico, atendido por Pastores experimentados, mantendrá su contacto espiritual a través de un teléfono gratuito hasta la reparación.
– Bueno... El caso es que casi me ha convencido – dice Matero con un asomo de duda. – Déjeme usted que me lo piense unos días...
– Le advierto que quedan pocas plazas libres en el Paraíso – dice la hermana Catherina. –  Con tantas Iglesias y religiones como hay por el mundo, la competencia es tremenda. El valor especulativo de las parcelas celestiales está creciendo exponencialmente.  No se lo piense demasiado, es una oportunidad única de la que nunca se arrepentirá. Además – remacha la hermana Catherina – es una oferta limita de lanzamiento. La semana que viene cobraremos un canon de 100 € al hacer la conexión.
Mateo Cantueso cuelga y recapacita. “Vamos a ver qué dice la competencia – piensa – A lo mejor, con tanta concurrencia, están de rebajas y me ahorro unos euros. Además, más vale lo malo conocido...” Entra en el Google y busca una dirección. Luego, coge el inalámbrico y marca un número de teléfono:
– Oiga...  ¿Es el Arzobispado? ¿Les quedan ofertas para ir al cielo?

jueves, 3 de octubre de 2019

Divagaciones sin "acritú".-

Sin acritú, es lo que solía decir aquel Felipe González de cuando era la esperanza blanca de la izquierda española; aquella izquierda que se afanaba en  ventilar el país y sacudir las telarañas franquistas, mientras el compañero Felipe nos iba habituando - una autopista por aquí, un AVE por allá - a creernos ciudadanos europeos. Y fue aquella época cuando el compañero Felipe hizo una gira por la China ex Mao, y allí aprendió que no importa de qué color sea el gato (azul, o rojo), siempre que cace ratones. Y fue por entonces, sin acritú, cuando descubrió que unas pinceladas de socialdemocracia para endulzar la píldora del sistema neocapitalista, eran como un paracetamol cuando tienes gripe: te quita los síntomas y te sientes fresco como una rosa del PSOE. La gripe sigue ahí, pero casi no se nota.

Sin acritú, pero con pasmo, este jubilata ve lo de la política actual del cotarro patrio. Pero lo del pasmo, al jubilata le viene no a causa de la irremediable artrosis neuronal, que todavía no está en edad de ello. Le viene de que las cosas de la polis están enrevesadas con la debida confusión para que el ciudadano no sepa si só o si arre; si vota o se abstiene; si a quién y por qué. No sabe si tragarse la decepción una vez más y hacer como que no te has dado cuenta. O si creer que del caos acaba naciendo el orden. O, más bien, se trata de a río revuelto ganancia de pescadores y tonto el último.

Dicen que allí donde se cierra una puerta, se abre una ventana; que cada fracaso oculta una nueva oportunidad. En estos tiempos confusos a propósito y no por disposición del hado caprichoso, hace días se nos ha cerrado la puerta del acuerdo entre PSOE y Podemos (Unidas), dejando a los votantes levógiros con la miel en los labios y los ojos bisojos de tanto perseguir la bolita dentro del cubilete del trilero.

Pero, según parece, se nos ha abierto, como por arte de birlibirloque, la ventana del Más País, ayer Más Madrid, mañana dios dirá, y todos los deprimidos del voto progre han recibido su pentecostés y se deshacen en lenguas del renacido redentor barbilampiño. Lo que aún no sabemos es a qué altura de piso nos han puesto la ventana salvadora por la cual nos lanzaremos en busca de la tierra prometida donde mana leche y miel de la progresía ecologista. Esa progresía adicta al “me gusta” salvador del planeta, al twitter cabreado con los poderes fácticos, y a las redes sociales en general. Campos de batalla virtuales en los que cada cual pelea cómodamente desde su smartphone sin sudar la camiseta del compromiso a pie de calle.

Sin acritú, pero con despego, este jubilata observa la manada de líderes que se reparten los rebaños ideológicos según colores: morado, rojo (desvaído), naranja, azul, verde…; arcoíris cuajado de banderitas tremolando sobre la charca embarrada de la cosa pública, a modo de cimbeles que atraigan el voto indeciso de tanto desnortado como ha dejado el último rifirrafe entre morados (Unidas) y sociatas (desvaídos). Solo nos falta saber qué colorín pondrán en la enseña del Más País para que acudamos ilusionados, agitando la papela del voto y cantando lo de Mírala, mírala: … mis pasos se pierden entre tanta gente, busco una puerta, una salida donde convivan pasado y presente. Y ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo… 

Pero la Puerta de Alcalá sigue con indiferencia pétrea los avatares de la política. Y aunque cerraron la puerta, la otra, la del entendimiento, a un gobierno de coalición de izquierdas (para no sufrir pesadillas nocturnas), el mocito con cara de niño abrió la ventana de la esperanza errejonista. Está por ver si asomarnos nos dará vértigo de pura ilusión que nos hace. Si, los dioses no lo quieran, hay batacazo, será uno más, que a todo se acostumbra uno. Después de todo, el colegio electoral es un viacrucis donde el ciudadano se mortifica las veces que haga falta.

Pero no se preocupe el improbable lector, no hay acrimonia en las divagaciones del jubilata, ni dedo acusador. No se amarga ni acusa quien da por cierta una sociedad liliputiense donde el gigante es un tentetieso que aguanta los envites, promete, ilusiona al respetable y, a bandazos ideológicos va haciéndose un hueco en el aprisco de la cosa pública. Hay pesebre para todos. Lo que no sabemos es si habrá votos suficientes para alimentar tantas bocas.

Sin acritú, oiga.  

miércoles, 18 de septiembre de 2019

La adaptación al medio (Fábula urbana).-


Te lo dan con la jubilación, le dijo a un amigo un jubilado de reciente hornada, señalando al bebé dentro del cochecito que iba empujando. Se ve que, recién jubilado, y en previsión de una depresión poslaboral, le nombraron paseador del nieto. Al hombre se le veía tan feliz con su nuevo oficio de escanciador de biberones.

La anécdota sucedió unos días antes de terminar nuestras largas vacaciones serranas, cuando este jubilata andaba medio depre, pensando en el regreso a la capital del reino y a sus ruidos y contaminaciones habituales. Esta escena me hizo olvidar la angustia vital que me embargaba y recordar que, hace años, allá por el 2005, escribí un relato corto sobre un asunto parecido, en que un jubilado reciente se encontró siendo abuelo sin que mediara consulta previa o consentimiento por su parte. 

Por distraerme, fui al cajón de sastre (entiéndase: memoria externa del ordenador) donde voy arrumbando todos los textos escritos a lo largo de los años y lo rescaté y hoy lo paso a la bitácora. El improbable, y en este caso, paciente lector, juzgará si la historieta ha quedado desfasada o sigue teniendo vigencia.

Así dice esta fábula milesia:

No había amor intergeneracional como el de aquella familia. Lo mejor que le pudo ocurrir al padre, cuando le sobrevino la jubilación, fue que su hija se quedara preñada. Claro que no llegó a esa situación de una forma socialmente aceptable, pero había que reconocerlo, el resultado iba más allá de toda esperanza.

La chica había sido siempre, desde que cumplió los quince, un poco pendón. Se iba de discotecas el fin de semana y no volvía hasta el domingo de madrugada. Ni los cabreos y cagamentos del padre, ni los chantajes emocionales de la madre la sujetaban. Ella, simplemente, el viernes por la tarde se pintaba el ojo, se ponía la minifalda, y desaparecía hasta el domingo por la mañana.

Pero aquella situación cambió radicalmente el día que fue a la farmacia, compró un predictor de esos y le dio positivo: estaba embarazada y no tenía la menor idea de quién podía haber sido el padre. Tampoco le preocupó demasiado, la verdad; podía haber sido cualquiera de aquellos niñatos de discoteca, ciegos de éxtasis. Total, para tener que hacerse cargo de dos inmaduros, mejor se quedaba sólo con el enano a punto de nacer, que siempre sería más manejable.

Además, con esa moda neoliberal de deslocalizar empresas, al viejo lo habían jubilado a la fuerza y estaba insoportable. Si se hacía cargo del que iba a nacer, ella se libraba de dos incordios por el mismo precio: los gruñidos del abuelo y los berridos del nieto. Cuando pasaron los meses de lactancia, buscó trabajo como azafata de congresos y organizó la vida de sus viejos e hijo: la madre preparaba biberones, lavaba culos, planchaba ropa, mientras que el padre hacía la compra de la casa y paseaba al bebé interminables horas por el parque. Mientras tanto, ella, tan mona con su uniforme de azafata, repartía sonrisas en el curro y buscaba una pareja económicamente solvente.

El abuelo asumió el nuevo papel y el salto generacional no fue un problema que enturbiase las buenas relaciones entre éste y el nieto, al menos en los primeros tiempos. El abuelo sacaba el cochecito al parque e iba por donde le apetecía, a las partidas de cartas y a las competiciones de petanca. El nietecito, incapaz de manifestar opinión alguna, se dejaba llevar; se limitaba a succionar el chupete y contestar con gú-gús incomprensibles a las propuestas del abuelo.

Sin embargo, el abuelo era consciente de que, en pocos años, el nieto cambiaría. Sabía que el mocoso, con el tiempo, terminaría exigiendo ropas de marca, móvil de última generación, play station, pasta para discotecas y libre consumo de estimulantes. Y él quería estar preparado para el momento.

Por eso, y aunque ignoraba las últimas tendencias del diseño minimalista, él siguió un proceso de deconstrucción de su propia personalidad. Comenzó por sustituir la gorrilla de jubilado y el jersey de cremallera por una gorra de béisbol y una chupa de marca; sólo usaba pantalones hip hop y playeras como patas de elefante. Cambió la dentadura postiza por otra de implantes con destellos nacarados, y empezó a ir al gimnasio para bajar barriga. Practicaba el aerobic enfundado en bodys de licra y se teñía el pelo de colorines fosforescentes; y hasta se puso un piercing en la lengua.

Descubrió que la vida comienza a los 55, así que se apuntó al botellón de los viernes por la noche y no aparecía por casa hasta el domingo. Llevaba los ligues a casa y mandaba a su mujer al bingo para que no molestara. Como la pensión no le llegaba para sus gastos, empezó a explotar a su hija. Ésta, que ya vivía en pareja con un economista, se había vuelto conservadora y miraba mucho las apariencias; así que llevaba un sofoco detrás de otro. Por librar al niño de la mala influencia del abuelo, lo metió en un colegio religioso y le afilió a los boy scout.

El día que el abuelo llegó con la noticia de que había embarazado a una jovencita, a la hija le dio un ataque de ansiedad y se compró medio Corte Inglés; en el trabajo andaba de mala leche y la echaron por bajo rendimiento. Se volvió depresiva y el economista la abandonó. El niño, que fumaba porros en el cole, pegó a un profesor y le expulsaron. La abuela, imposibilitada de lavar culos de bebé, se había hecho ludópata binguera para superar sus frustraciones.

Sólo el abuelo miraba el futuro con optimismo. Pensaba en lo bien que iba a educar al niño y observaba la redondez de la tripa de su jovencísima pareja. Ésta, para aguantar el aburrimiento de la preñez, tomaba rayitas de coca de vez en cuando y le daba al tarro a escondidas; eso sí, nunca fumó porque, según las autoridades sanitarias, era malo para la salud del feto.

Cuando por fin parió, descubrió que la clase media es un asco, dio puerta a su pareja, le encasquetó el mocoso, y se fue a una comuna de okupas, a vivir su vida. El abuelo volvió al parque a pasear el cochecito de su bebé, a las partidas de cartas y al juego de la petanca. Mientras, su retoño succionaba el chupete y soltaba inarticulados gú-gús de infantil satisfacción.

domingo, 18 de agosto de 2019

Estival, 4.- Otra forma de ver.-

El texto que sigue no es el que podría esperarse de unas apacibles vacaciones serranas, con paseos bucólicos, como los tres anteriores de la serie Estival. Hemos puesto tierra de por medio, y, obligados a huir de la sartén donde se guisa la contaminación acústica de las fiestas de Rascafría, hemos ido a caer en el fuego de los calores madrileños.

Como no valen lamentos, he aprovechado el destierro temporal que me ha traído de los decibelios asesinos a los sudores asfalteños. Tenía pendiente en mi diario de actividades - por sugerencia de Macelarius (Chus para los amigos, o viceversa) - una visita al Reina Sofía para ver una instalación de Olga Ramo que lleva el nombre de  lindalocaviejabruja, y dejarme sorprender por sus propuestas. Además, en el Reina se estaba muy fresquito, y su patio ajardinado es una isla geométrica de sosiego y silencio en medio de la capital del reino. Así que nadie se llame a engaño. El improbable lector queda advertido:

Nadie vaya desapercibido a visitar lindalocaviejabruja al museo Reina Sofía. Cuando entre a la Sala de Protocolo, pasará ante una fregona que parece abandonada momentáneamente, apoyada contra la pared, mientras la señora de la limpieza, se supone, está en cualquier otra tarea. Si uno vuelve sobre sus pasos y se pregunta qué hace ahí esa fregona, tan desubicada, observará que del mocho sale una lengua burlona, o, quizá, amenazante. Que nadie se avergüence por haber pasado antes de largo. No todos somos un Marcel Duchamps capaz de transustanciar un urinario en una fontana. Un mocho de fregona es un mocho, por mucho que nos saque la lengua. Su sitio es el cuarto de las escobas, de acuerdo con nuestro sentido utilitario. Y si la artista – habrá que llamarla así, provisionalmente, por aquello de las convenciones estéticas, que tanta seguridad nos dan – ha decidido que la fregona deje de ser herramienta para ser objeto de reflexión estética, o de denuncia de una sociedad patriarcal que reduce a la lindalocaviejabruja a mera fregatriz, es cosa que el visitante, a lo mejor logrará entender.

Quizás, ese cubo de fregar que el espectador ignoró al pasar, le ponga a la expectativa y descubra que, en la Sala de Protocolo, el vacío aparente del espacio y de sus viejos armarios en madera, no es tal. Es un vacío donde objetos corrientes, tan corrientes en su realidad vulgar que son como no-existencias colonizando un rincón de la pared, o bien ocupando el interior de un armario lleno de nada que merezca nuestra atención en la vida diaria, cobran un sentido. Ese pegote de chupa-chups y caramelos pringosos aferrándose a la pared como una colonia de hongos; o esas docenas de pintalabios, bajo una poco apacible luz rojiza, entrevistos por la rendija de las puertas entreabiertas de un armario; o las puertas cristaleras de un armario, abarrotado de trapos… Objetos sin valor estético, y menos aún, práctico, una vez descontextualizados de su función utilitaria, que toman presencia en una especie de juego del escondite por los rincones más insospechados.  

Todo ello produce una cierta inquietud. No olvidemos que estamos en un espacio tan ordenado, aséptico y sometido a la razón geométrica como son las salas del antiguo hospital del San Carlos. 
Aquí, estos objetos carecen de sentido por lo que tienen de ruptura del orden que les damos en nuestro mundo utilitario. De repente, descubrimos el desorden provocado por el absurdo de tales objetos sin razón aparente en un espacio ordenado y geométrico; y ese desorden produce una cierta desazón, como si se nos escapara el control sobre ellos, porque parecen haber adquirido alguna forma de vida. Y este jubilata, que ya hizo su noviciado en la observación de instalaciones de Sara Ramo, allá por el verano de 2014 en el Matadero, ha de reconocer que esos objetos cotidianos, tan sin aprecio de puro vulgares que son, que vemos y usamos a diario – en su contexto, en su funcionalidad, eso sí – han adquirido como vida propia, una vez perdido su valor de uso, y producen un desasosiego porque los querríamos inanimados, pura herramienta. Al reclamar vida para sí, descabalan nuestro mundo de racionalidad y nos obligan a repensar nuestra forma de ver la realidad. Nos producen desasosiego.

Perdone el improbable lector la insistencia con lo de la fregona, pero de la misma forma que el visitante no la vio al entrar en la Sala de Protocolo, de puro objeto cotidiano que es, cuando visita el Espacio 1, tampoco ve los motivos de la sala empapelada. Un suave color amarillento con motivos, aparentemente, florales. Es lo que uno podría en su casa, en caso de empapelar una habitación. Pero no, el observador, si lo es y se fija en estos motivos de cerca, verá vísceras y trozos de cuerpo humano. Un trampantojo que transforma una casquería humana en un habitáculo doméstico. A modo de advertencia: las cosas no son lo que parecen. Además, una cola como de monstruo, sale de una pared, especie de guiño a Dorothea Tanning y sus esculturas blandas, adscrita al surrealismo, cuya exposición se vio también en el Reina hasta enero de este año, y en esta bitácora se dejó constancia. 

Una cortina oscura da paso a una sala negra como boca de lobo, salvo el escenario que tiene en uno de sus laterales. Tanteando en la oscuridad, dudoso entre quedarse a ver de qué va la cosa o salir corriendo, uno se sienta en un banco y espera. Ex tenebris, lux. Lo mismo que en aquella instalación de Desvelo y traza vista en el Matadero hace cinco años, las tinieblas van dando forma a los objetos y las personas de alrededor. Hay más gente, luego me quedo.

Un telón de trapos variopintos tapa la mitad superior del escenario. Un polichinela de cachiporra golpea el aire con ruido seco; una marioneta, a modo de bruja, se mueve sobre unas llamas; media mujer (de medio cuerpo abajo) taconea sobre unos zapatos rojos disformes mientras un lobo parece acecharla… Y más escenas oníricas que, de puro demediadas por ese telón a media asta, tienen algo incompleto y de absurdo. De repente, aquella cachiporra del polichinela, a gran tamaño, aparece al pie del telón. Es el símbolo de una sociedad machista y patriarcal – el visitante cae en la cuenta enseguida – que es desventrado por manos de una mujer. A modo de vísceras, saca de su interior trapos, papeles, cintas y otros objetos. Este jubilata, por una caprichosa mezcolanza de ideas, no puede dejar de asociarlo a la Venus (yacente, esta vez) de los Trapos de Pistoletto. En ambas imágenes hay provocación. En la Venus, la contraposición de la belleza formal clásica con la miseria de la supervivencia; en Ramos, la rebelión de la fémina contra la dominación del macho patriarcal.

El espectador sale con la sensación de haber estado en un espacio doméstico donde los objetos cotidianos no se comportan como tales. Lo que es un fastidio. Un palo de fregona sacándote la lengua, o un puñado de pelos  a ras de suelo, asomando por bajo un armario bajero, o en una ventana un grupo de recipientes de barro a modo de campo de urnas funerarias…, son un desorden en nuestra vida corriente. Los objetos no tienen por qué comportarse caprichosamente en un mundo material y utilitario tan bien organizado como el nuestro.

A pesar de todo, a lo mejor volvemos otro día, a ver si ponemos un poco de racionalidad en ese caos doméstico.

lunes, 12 de agosto de 2019

Estival, 3.- Para leer el paisaje.-

En la contemplación de un árbol
podríamos pasar
enteramente nuestra
vida.
Giner de los Ríos, 1907 (En una placa del arboreto Giner de los Ríos, frente al monasterio del Paular).



Estos últimos días pasados, en el valle de Lozoya hemos vivido el temor a los incendios que nos acosaban desde el puerto de la Morcuera y desde la vertiente segoviana que da a La Granja. Estos días, un servidor ha sentido rabia y vergüenza de pertenecer a la especie humana que, por pura maldad, convierte en cenizas el medio que le permite la supervivencia. 
A pesar de ello, la vida sigue, aunque las cenizas de lo que fueron bosques ayer nos recuerden que el ser humano arrastra en su naturaleza la miseria de su estupidez congénita. 
Pues bien, a pesar de todo ello, este jubilata escribe sus crónicas estivales, aunque solo sea para demostrarse a sí mismo – y a quien lo lea, si le parece bien – que siempre hay un poco de esperanza; siempre,  porque la contemplación de la naturaleza nos incita a formar parte de ella y nos enseña a no ser su verdugo.

Por eso lo que sigue:


Hágame caso el improbable pero siempre estimado lector si le digo que el paisaje es un libro cuya lectura debe hacerse como las vacas rumian: sin prisas, triturando entre los molares de la imaginación el pasto que hemos ido arrancando brizna a brizna durante esas horas de lento pacer, que es tanto como la rumia sobrevenida de la tranquila contemplación durante un caminar atento por los caminos del monte.

Ya sé, ya… Ya supongo, ya imagino, la sonrisilla irónica que al improbable lector le vendrá a la cara con lo del símil vacuno. Pero recuerde lo que el profesor Tierno Galván, siendo alcalde de Madrid, les dijo a aquellas féminas del común que fueron a darle palique, que había que leer como las gallinas beben agua, despacio, buchito a buchito, levantando la cabeza a cada trago, como reflexionando sobre lo bebido/leído.


Entiendo que resulte difícil digerir esa asimilación del placer estético del paisaje a la lenta rumia vacuna. Más si tenemos en cuenta la fama que, entre los humanos, este animal tiene de ser un tanto estólido y bobalicón. Pues imagínate, lector amigo, improbable o no – y disculpa el tuteo, fruto de la estima en que te tengo –, el símil gallináceo del profesor Tierno para explicar a las chonis cómo debían leer un libro… Y dime si no tenía razón el viejo profesor con lo del beber de las gallinas, o si no la tiene este jubilata con el rumiar vacuno, cuando a la atardecida, por los pinares, crees oír el rumor de una fuente, te aproximas despacito, como al acecho, y Enrique de Mesa, poeta guadarramista, te dice quedo:
Dudosa en la gris penumbra
De una luz crepuscular,
A lo lejos se columbra
La fontana, que se alumbra
Por los claros del pinar.



De ahí la insistencia del caminante en el mirar reposado y el masticar lento del entorno, como de goloso que saborea un paraje que sólo se ofrece a sus ojos y a su paladar. Si te lo tomases con calma, lo de observar y paladear el entorno, entonces no tendrías tan pobre opinión de la humilde rumiosa, amigo lector; y si, además, como este jubilata, hubieses descubierto el paisaje a través de los ojos tranquilos de una vaca ramoneando los brotes tiernos de un fresno.

El cuadro de la naturaleza, visto a través de aquellos ojos vacunos, en lo que tenían de inocentes y asombrados, y también un poco de somnolientos, tiene la ventaja de integrarnos en el paisaje como uno más de sus elementos. El caminante ha de sentirse parte del paisaje para entenderlo, de parecida forma a como Bruce Lee aconsejaba adaptarse a las circunstancias cual el agua lo hace al recipiente que la contiene: ha de ser árbol junto al árbol, piedra cubierta de musgo junto al arroyo y huella de sendero  en el pinar. Y, sobre ese proceso de mimetismo, ha de reflexionar: esa rumia del paisaje de la que se ha hablado al principio. Mirar un paisaje no es solo ver, porque para ver hay que mirar y saber qué se mira.


Es la diferencia entre el observador que contempla, por un lado, y cada uno de los elementos (animales, vegetales, minerales) que conforman el entorno, por el otro: que él, el observador, se sabe ajeno, pero parte integrante mediante un proceso de percepción estética y, si se me permite, intelectual de lo percibido. Según aquel personaje de Molière, la gente no sabe que habla en prosa; los elementos de un paisaje no saben que lo son, pero el caminante sí es consciente de su entorno, lo disfruta a pequeños bocados, lo paladea y querría integrarse en él mediante un proceso – apenas un instante – de aniquilación de su consciencia para ser roca en la sierra, arroyo en el pinar, hierba en el prado.

Aunque, olvidados esos sentimientos alambicados, nos conformaríamos simplemente con estar ahí, si los humanos no fueran tan aficionados a la tea asesina…

sábado, 27 de julio de 2019

Estival, 2.-Como escuchar el vuelo de una mariposa.-


Sobre esta cima solitaria os miro,
campos que nunca volveréis por mis ojos,
piedra del sol inmensa entero mundo
y el ruiseñor tan débil que
en su borde lo hechiza.
Vicente Alexandre. (En el monumento al hombre del campo, en Alameda del Valle)


¿Alguna vez el improbable lector ha oído cómo suena el vuelo de una mariposa…? ¡Ah, no…? Eso es porque no ha prestado la debida atención. Sin embargo, todo el mundo ha oído hablar del “efecto mariposa”, pues dicen que su aleteo aquí al lado puede provocar un tornado en el otro extremo del mundo. ¿Un aleteo de un lepidóptero puede provocar desastres en tierras lueñes, pero no emitir sonidos armónicos junto al caminante que lo observa? Lo dicho, es que no se le ha prestado la atención debida.

Este jubilata, sin ánimo de ponerse exquisito, yendo la otra mañana por el camino del Palero, y de regreso hacia El Paular,  se paró a observar un grupo de ellas que andaban alborotando en un rosal silvestre, y oyó la música de sus aleteos. Es cierto que hace falta cierto entrenamiento: hay que saber caminar por los senderos del monte y saborear la sonoridad de sus silencios. Para ello es fundamental apagar cualquier aparato emisor de ruidos y desenchufarse de los pinganillos. Si no eres capaz de prescindir del móvil, por ejemplo, ni te molestes. Tampoco es conveniente llevar un cigarrillo encendido; de hecho, es deplorable: aparte de que el herbazal está seco y puedes organizar una chamusquina de órdago, el sabor acre del tabaco atora las papilas gustativas que perciben los sonidos más tenues del entorno. No conviene, ni mucho menos, llevar en la mano  una lata de cerveza o de refresco cocacolero: la gente acostumbra a tirarlas en mitad del monte y eso perjudica gravemente el equilibrio que la naturaleza va tejiendo con tanta paciencia. Eso sin contar que en mitad del bosque, las músicas enlatadas, colillas chuperreteadas, envases de cualquier tipo, son una auténtica guarrería; son como una tos de bronquítico rompiendo la armonía del paisaje sonoro. Si, de verdad, quieres oír el vuelo de una mariposa, olvida esas costumbres de urbanita. Si no, en Rascafría (donde pasamos el verano) hay muchas terrazas donde puedes hablar fuerte, chupar caladas de nicotina y beberte buenas birras. Si, además, eres de esos que van en coche a comprar el pan a cien metros de casa, olvida estas recomendaciones para  oír el aleteo de las mariposas y pasa de largo.

El vuelo de una mariposa, a veces tan errático e imprevisible, es, aunque cueste creerlo, la anotación un tanto alocada en un pentagrama dibujado al azar en un girón de aire, en un instante dado. Con sus idas y venidas, sus bruscos cambios de dirección, su reposo momentáneo sobre una flor u otra (puede ir de una milenrama a un gordolobo, pasando antes - vaya usted a saber el porqué del capricho - por una mata de malvas para saltar a una mejorana). Pero siempre emite una sucesión de sonidos que el caminante debe interpretar. Es como los tacet que John Carge introdujo en su 4’33’’. El ala silenciosa de la mariposa atrapa, con su batir, los sonidos del entorno dibujando un paisaje cuya sonoridad nunca hubiese percibido el oído humano si no fuese porque el aleteo, tan tenue, reuniera el murmullo grave de las hojas escotadas del roble con ese zumbido imperceptible del aire atravesando las hojas de los pinos.

Puede el improbable lector creerlo, tal como se lo estoy contando. Fue el otro día, bajando del Mirador del Robledo, al cruzar el bosque mixto de pinos y roble melojo, de camino a la Casa de la Madera y el Paular. Pero no es la única experiencia. También en el arroyo Aguilón, mientras descansaba sobre una piedra en la orilla, y miraba a un zapatero trepar con pequeños impulsos corriente arriba sobre la lámina de agua… El zapatero es un insecto hemíptero heteróptero, conocido por quienes saben de estas cosas como Gerris lacustris, que se desliza sobre unas almohadillas apicales en el extremo de sus patas, lo que le impide hundirse en el agua. Excurso que se hace aquí para que se vea lo complejas que pueden ser las criaturas minúsculas que el caminante se encuentra en su camino, a poco que se pare a observar el entorno.

Pues eso, estaba observando al zapatero dando enérgicos impulsos corriente arriba para mantenerse en el mismo lugar, cuando una mariposa limonera vino a revolotear por donde estábamos el hemíptero heteróptero de marras y  un servidor. Él empeñado en que no le arrastrara la corriente, y yo en observar sus golpes de remo para mantener el rumbo. Con el revoloteo de la cleopatra limonera, el arroyo empezó a cantar una melodía acuática formada por las notas que producían los pequeños saltos de agua como si se accionase un órgano hidráulico. El zapatero y yo pudimos distinguir – al menos, nos lo imaginamos – la melodía que cantaba un oboe entre los sauces de la orilla deslizándose sobre la superficie quebradiza del agua, la cual, en aquellos instantes, dejaba sonar una trompetería de gotas en cascada cayendo sobre una pequeña poza donde se desperezaba una trucha. Al poco, la limonera, tan volátil e imprevisible, voló aguas arriba, y el zapatero volvió a su empeño de no dejarse arrastrar aguas abajo. Roto el encanto, este jubilata se afianzó sobre sus botas camineras, requirió el bastón de asenderear caminos y siguió con sus ensoñaciones arroyo abajo.

Tal y como te lo cuento, improbable aunque siempre amigo lector.