domingo, 17 de mayo de 2015

Serendipia, o sea.-

De verdad, ha sido casual el tropiezo con ese voquible estrambótico de “serendipia”, término que el improbable lector no encontrará en el diccionario de la Real Academia. Un servidor se ha dado de bruces con esa palabreja por pura chiripa (eso es lo que viene a significar) mientras buscaba un libro perdido en este barullo que es nuestra biblioteca doméstica.

Andaba buscando como un frenético – el ocio excesivo le obliga a uno a dar en manías obsesivo-compulsivas irrefrenables – la biografía que sobre sí mismo escribió el doctor Diego Torres de Villarroel, quien fue catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, disciplina que enseñó durante cinco años, allá por los años treinta de mil setecientos, en tiempos de Felipe V. Claro que él era más aficionado a la astrología que a la matemática (de la cual confiesa que sabía poco) y se ganaba muy bien la vida haciendo almanaques anuales donde hacía predicciones. Es célebre su predicción de la muerte de Luis I, en 1724, quien reinó poco más de doscientos días. Serendipia, feliz coincidencia, que le dio fama de adivino en su época: feliz coincidencia, entiéndase, para él, que vendía sus almanaques como churros en día de feria.

Y serendipia sobre serendipia, también dicen que adivinó la fecha de la Revolución Francesa: “Cuando los mil contarás / con los trescientos doblados / y cincuenta duplicados / con los nueve dieces más…” Eche la cuenta el improbable lector y verá que la cifra da 1790.  Con su fama de mago vino a dar en la casa de la condesa de Arcos a propósito de un fenómeno sobrenatural, un poltergeist , como aquella célebre película de terror, que le valió vivir pensionado durante dos años al amparo de la dicha condesa.

Pero lo cierto es que el libro no se ha dejado ver ni vivo ni muerto. Hurgando en las estanterías altas, feliz casualidad, aparecieron las sentencias y donaires de Juan de Mairena, de don Antonio Machado. De pie sobre la banqueta – equilibrio poco recomendable para un jubilata que hace un año y pico se perniquebró – abierto el libro al azar, la vista tropezó con  la “dialéctica de Martínez”. El maestro Mairena proponía a su discípulo Martínez que hiciese unas diserciones dialécticas sobre la desnudez del cuerpo humano y la libertad de los pájaros. Que el vestido presupone una desnudez previa, o que la jaula pajarera implique un ansia de vuelo libre son nociones que el improbable lector no puede negar ¿Cómo va a saber el pájaro lo que es volar libremente si no ha sufrido un encierro previo? ¿Cómo puede el individuo ser consciente de su desnudez previa si no fuera por el posterior invento del vestido que lo cubre?

De la desnudez humana y la jaula como prisión de vuelos libres a la campaña de elecciones municipales y autonómicas de estas semanas no hay más que deslizarse por una serendipia para darse cuenta de que algo tienen en común, aunque sea por pura casualidad o simple coincidencia. La campaña política viene a ser como los ropajes que cubren la desnudez de las promesas que los políticos hacen a sus posibles votantes. Es de conocimiento del común de ciudadanos que las promesas de campaña, habitualmente, no se cumplen, como es de todos conocidos que, bajo estos ropajes de la promesa fácil, está la desnudez del pronto olvido.

Tiene los políticos en campaña la ventaja de que todos necesitamos verlos vestidos de bellas promesas para ser conscientes de su desnudez de posteriores cumplimientos, aunque sea a toro pasado y con reincidencia manifiesta. Cosa verdaderamente no achacable a los tales (lo de las promisiones y sus incumplimientos), sino a sus votantes, que olvidan, promesa incumplida tras promesa prometida, que el rey se pasea ufano, en pelota picada y con el bolo colgando, por más que sus asesores de imagen quieran convencernos que viste de armiños.

En cuanto a la libertad del vuelo y la jaula que lo limita, dice el alumno Martínez en su disertación que “hay un vuelo coetáneo de las jaulas, un vuelo enjaulado, digámoslo así, pero libre, no obstante, para volar dentro de su jaula, a los cuatro puntos cardinales”. En estos días previos a las votaciones, los ciudadanos, con las alas que les (nos) da la papeleta de voto, vuelan dentro de la jaula a los cuatro vientos, ilusos de libertad, inconscientes de que los alambres que los enjaulan están bien urdidos (urdir: “maquinar y disponer algo con cuidado”, en sentido figurado) por quienes perpetúan el sistema.

Y los perpetuadores del sistema – teorías de la conspiración a un lado – no son solo banqueros, especuladores financieros, corporaciones transnacionales, políticos a sueldo del amo, ideólogos bien untados, estómagos agradecidos, voceros y paniaguados del mejor de los mundos posibles, sino los propios enjaulados. Con su (nuestro) voto dan consistencia a esta jaula a la que damos el bonito nombre de democracia representativa, sin que a nadie se le ocurra abrir la puerta, a ver qué hay del otro lado. Que a lo mejor, el vuelo libre nos marea por falta de límites, o a lo peor es que nuestras alas no dan más que para un vuelo gallináceo. Sea como fuere, dentro de la jaula nos sentimos jodidos, pero seguros.

Como quiera que sea, estas reflexiones fuera de lugar son fruto de una serendipia, un encuentro casual entre la búsqueda de un libro extraviado en las estanterías y el natural pesimismo que sobreviene con el paso del tiempo y eso que llamamos experiencia: o sea, ese peine que la vida nos da para peinarnos cuando ya estamos calvos.  O sea.

viernes, 8 de mayo de 2015

El epíteto homérico.-



Andaba este servidor, jubilata ocioso, buscado asunto para una nueva entrada que colgar en la bitácora, cuando me tropecé con Homero. Bueno, en realidad, con un librito titulado Homero, de José M. Pabón (editado en formato 8º y tapa dura por Labor, en 1947). Por aprovechar la mañana, me había ido a dar una vuelta por la feria del libro antiguo y de ocasión, recién inaugurada, sin idea preconcebida, un poco a ver qué  me encontraba.

El librito de marras no puede decirse que sea una joya bibliográfica, apenas costó 5 euros, pero tenía la particularidad de tener adherido, en su contraportada, un exlibris de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.  La viñeta representa un templo clásico, coronado por frontón triangular sostenido por un arquitrabe con triglifos y metopas que se sustenta sobre un tetrástilo de orden dórico. Ante la escalinata donde se apoyan las columnas, el escudo de la escuela de ingenieros de caminos flanqueado por sendas figuras femeninas cubiertas con el peplo clásico. Total, que lo compré más por el exlibris que por su contenido, recordando aquella colección fallida que empecé hace decenios y que abandoné al poco tiempo debido a que era un capricho caro que mi sueldo de funcionario no me podía costear.

Pero, claro, cuando uno es más lector que bibliómano no se interesa tanto de la  belleza formal del libro cuanto de su lectura. Aunque también, también se disfruta – y mucho – del placer de tener en las manos estos objetos rectangulares hechos de papel y tinta donde se ocultan mundos accesibles solo a quienes se zambullan entre sus hojas. Pues eso, que ya que lo había comprado, no estaba de más leerlo.

Consta de un estudio preliminar sobre el mundo homérico y de varios fragmentos de la Ilíada y la Odisea. Cosa de unas pocas horas de lectura que pueden sacarse de cualquier rato de ocio. 

Hacía tantos años que no leía ninguno de estos poemas épicos que me llamó la atención la forma en que el poeta llama a los héroes y dioses, con epítetos que actualmente nos sonarían grandilocuentes. Pero una vez que el lector se deja arrastrar por el poema (más bien prosa en castellano, ya que un servidor de griego clásico anda ayuno) descubre la belleza que hay en llamar a Atenea “ojizarca” (la de los ojos azules), o al rencoroso Aquiles “el de los pies ligeros”, o a la diosa Iris “la de los pies de viento”, o a Eos, la aurora, “la de los dedos rosados”, o hablar de los “Aqueos de hermosas grebas”.

Y si es a Ulises, en la Odisea, se  le llama indistintamente “divino”, “tracero”, “pacientísimo” (diez años dando tumbos por el Mediterráneo requería muchísima paciencia); y en el encuentro que éste tiene con Atenea en las costas de Ítaca, la diosa le llama no sin cierta admiración “malvado, retorcido, cargado de ardides, ni aun estando en tu patria habías de cesar en tus engaños…”, aunque ella también reconoce de sí misma tener fama entre los dioses de ser “tracera y astuta”. De pillo a pillo el diálogo entre la diosa y el héroe. Y puestos a no ahorrar hermosos epítetos, a Eumeno, el porquero de Ulises – no confundir con el porquero de Agamenón, del que habla el maestro Mairena – le llama “divino porquerizo”.

Pero no solo se encuentran calificativos que hermosean a los personajes, porque en la querella entre Agamenón y Aquiles menudean los insultos. Cuando Agamenón tiene que devolver la esclava Criseida, hija de un sacerdote del dios Febo “el flechador”, y en compensación le arrebata a Aquiles su esclava Briseida, éste, que era de temperamento colérico, le espeta: “Borracho con ojos de perro y corazón de cierva”. Sin embargo, no todo son gestos heroicos y luchas descomunales. La despedida de Héctor y Andrómaca en las puertas Esceas, antes de salir aquél a enfrentarse con Aquiles, es un episodio de tanta ternura que sorprende. Quizás el improbable lector de esta bitácora debería dedicar un poco de tiempo al libro VI de la Ilíada y leer este episodio.

Volviendo a los epítetos homéricos, tuve la mala ocurrencia de hacer una transposición de la edad de bronce de los héroes aqueos y troyanos a nuestra edad de grafeno y wasap. Me puse a pensar qué tal sentaría decir, por ejemplo, de doña Cospe “diosa ojigarza, tú que riges el sublime consejo castellano-manchego”; o advertir al don Mariano, como Apolo le advierte a Diomedes, "No te iguales en tu pensamiento a los dioses, oh, prócer de franca mirada”, y no, no me cuadraba, así que no seguí con el experimento. 

Son tiempos los nuestros en que no se depredan ciudades  tomadas al asalto, ni los dioses bajan del Olimpo a luchar por tirios o troyanos. Bastan una contabilidad B, unas  tarjetas black, un sobre que cambia discretamente de manos para acumular botines en apacibles paraísos fiscales. Ni Agamenón robará la esclava a Aquiles, ni éste matará con saña a Héctor y morirá por una flecha del pusilánime Paris, valiente entre las sábanas y cobarde en la lucha, ni el trapacero Odiseo se pasará diez años dando vueltas como una peonza, perseguido con saña por Poseidón. No, todo es más discreto, un apaño donde no caben los grandes gestos.

Por eso, por olvidar la mediocridad malintencionada de quienes arrasan derechos sociales e infantilizan a las masas, volví a la lectura, a emocionarme con las palabras con las que el viejo rey Príamo suplica a Héctor mientras éste espera, fuera de las murallas, el envite de Aquiles: “Héctor, no te quedes ahí, hijo querido… compadécete de mí, desdichado, a quien el padre Crónida consumirá en la vejez extrema con duro destino, después de contemplar mil desgracias…”

Pues, eso, ¿quién no quiere tener un libro por amigo?

jueves, 30 de abril de 2015

Mientras ladran los perros.-

En estos días que todos los perros del pensamiento económico único ladran a los hijos de Atenea; en estos días que las ménades furiosas del austericidio, presas de locura mística por la ingestión de sobredosis de crack neoliberal, escupen su rabia contra la frágil Syriza; en fin, en estos días en que la prensa afín al no me toquéis el chiringuito que me juego las habichuelas, enseña sus dientes de perro guardián de las esencias del sistema y ayuda a despedazar a la víctima propiciatoria que nació en las urnas griegas, este jubilata se ha fugado a un mundo paralelo y lejano.

No es porque aquel mundo al que hemos huído temporalmente fuese mejor, sino porque la distancia en el tiempo ha suavizado sus aristas y nos ha dejado lo que merece ser conservado. Por situarnos en un espacio de ahora mismo y en un tiempo de aquel entonces, aquí se habla de algunos monasterios medievales visitados por tierras del Midi y el Rosellón-Languedoc en las dos primeras semanas de este mes.

Íbamos buscando – aparte otros intereses viajeros – las huellas de aquellos antiguos “perfectos” cátaros, quienes buscaban desprenderse de los bienes materiales y criticaban a la iglesia romana por su riqueza, poderío y alejamiento de la recta doctrina cristiana. Como es sabido, el papa Inocencio III predicó la cruzada contra albigenses, en 1208, y ésos terminaron pasados a cuchillo o en la hoguera, como el último Perfecto conocido del Languedoc, Guillaume Bélibaste, a quien convirtieron en chicharrones en el castillo de Villerouge-Termenès en 1321.  Lo que casi obliga a hacer una pirueta en el espacio-tiempo – al estilo de las pelis de ciencia ficción – y descubrir ciertos paralelismos: también actualmente la ortodoxia, no religiosa sino económica, no tolera interpretaciones heréticas y envía a la hoguera a estos nuevos perfectos que predican la esperanza de “otro mundo es posible”.

Pero no, este jubilata quería hablar de viejos monasterios de fundación carolingia donde un maestro cantero dejó su impronta en forma de capiteles, modillones o canecillos. Uno de esos artesanos del cincel y la maceta que fue esculpiendo personajes bíblicos, evangélicos y animales míticos por tierras que abarcan desde Navarra, Cataluña, Sur de Francia y la Toscana italiana. Por si el improbable lector no lo supiera, aquí se habla del llamado Maestro de Cabestany. Un maestro cantero, o quizás una escuela de cantería (el área geográfica es muy extensa para una sola persona) cuyas señas personales pudimos ver en dos de los monasterios que visitamos: Sainte-Marie-D´Orbieu, en Lagrasse, tierras del Rosellón, y en St-Papoul, en Castelnaudary, por tierras tolosanas.

Quien observa sus obras cae en la cuenta de que tienen unas características específicas y comunes a todas ellas: grandes ojos almendrados, dispuestos de forma oblicua, cuyos globos oculares están muy marcados y resaltados por los trepados en las comisuras de las pupilas. Frente estrecha y cabelluda, cabeza de forma triangular y bocas de labios estrechos. Sus manos son grandes, descomunales, de dedos muy largos, y los ropajes caen en pliegues al modo de las esculturas clásicas, dando cierta sensación de volumen y movimiento.

Sería una buena peregrinación, para quien tuviera tiempo y medios, y humor para ello, recorrer las viejas iglesias y abadías donde fue dejando muestras de su originalidad. En Cataluña, San Juan de las Abadesas, San Pedro de Roda o Peralada. En el norte de Italia, Prato, Sant Casciano… Y, por supuesto, en el sur de Francia, Sant-Hilaire, Cabestany, o los ya visitados por nosotros  Lagrasse y Saint-Papoul.

Por cierto que San Papoul se hizo célebre en la zona por un milagro curioso. Era discípulo de San Sernin, obispo de Toulousse, quien, a su vez, era maestro del San Fermín pamplonica que echa el capotico a los mozos que corren el encierro. Pues eso, el santo Papoul fue martirizado por el original sistema de rebanarle el cráneo como si fuera una tapadera; finalizada la faena del verdugo, él cogió su cráneo debajo del  brazo y se fue tan campante hasta donde se fundó el monasterio en su honor.

No se sabe si esa trepanación a lo bestia limitó su capacidad cognitiva el tiempo que anduvo con el cráneo en la mano. No debió ser así, ya que al lugar donde vino a ser enterrado le llamaban el país de Cucaña por la riqueza de sus tierras. De haber vivido el santo en nuestros días, seguro que hubiera elegido la Marca España - reino de Jauja donde se ata a los chuchos fieles con ristras de chorizos - para aposentarse. Un país donde el milagro de la recuperación económica es ladrado a los cuatro vientos por los perros guardianes del sistema. Un milagro económico, vamos, gracias a la trepanación craneal colectiva.

Ladran, luego divagamos.

martes, 21 de abril de 2015

Desentrañando a Mr. Fontaner


Recién regresado de un viaje por el Midi, el Languedoc y la Provenza, me encuentro con una invitación para un pase privado de la proyección (que ni es corto ni largo, sino todo lo contrario) de Míster Fontaner.

Se trata de una obra original, realizada en interiores y con medios artesanales, familiar en el sentido más estricto, que se mueve entre la crítica social y el absurdo casero. Un primer pase de la película lleva a la conclusión inmediata de que aquello no tiene ni pies ni cabeza, hasta que algunos detalles, sabiamente semidesvelados al espectador que desconoce las claves, dan la pista sobre otras lecturas más profundas. Todo ello adobado con un extraño sentido del humor que los iniciados podríamos llamar “tomasino”, y una visión absurda de la vida y las relaciones interclasistas que se mueve entre el absurdo existencialista de Beckett y el absurdo marxista de Groucho.

Puede parecer mentira que una película con tan escaso tiempo de proyección – apenas  36 minutos –, tan limitada de escenarios – un cuarto de baño, una cocina, un salón de clase media alta –, y de medios materiales – una caja de herramientas y una barra de pan –,  sea capaz de presentar varios niveles de lectura en función de la visión de partida que adopte el espectador. Porque, hay que decirlo sin ambages, es una obra para espectadores avezados. Si el improbable lector de esta bitácora es un cinéfilo de palomitas y refresco en vaso de papel encerado, cuando la vea anunciada en cartelera, mejor váyase al bingo. La lectura de los cartones bingueros no exige mayor desentrañamiento.

Porque, tras esa aparente anécdota del fontanero que va a arreglar un grifo, se esconde una reflexión en clave de humor de las complejas relaciones que pueden establecerse entre un trabajador de bajo estrato social y un miembro de la clase media profesional. La aparente falta de profesionalidad del primero, vista desde la perspectiva del segundo, y los permanentes desencuentros a que da lugar esa falta de sintonía interclasista, dan origen a unos diálogos en el más puro despropósito.

Puede entenderse, si el espectador lo quiere así, un nivel de lectura en el cual se evidencia un deseo irresistible, por parte de Mr. Fontaner, de tomar posesión, siquiera simbólicamente, de la confortabilidad burguesa del dueño de la casa. Obsérvese que se pone el albornoz (blanco impoluto, un símbolo de distinción) de la madre del propietario y hasta toma posesión de su bañera so pretexto de mera inspección profesional antes de acometer la tarea. Obsérvese también el aparentemente anodino gesto de abrir el frigo y encontrarse un bacalao al ajoarriero del que toma posesión, no simbólicamente, como el albornoz, sino gástricamente. Y lo que podría interpretarse como el culmen de la envidia de clase: el uso del retrete para defecar y  la siesta en el confortable tresillo del salón burgués.

Pero si el espectador tiene un sentido social crítico, observará que el profesional de la fontanería se esfuerza en dignificar su profesión comparándola con la de arquitecto. Entre ambas, aparte las grandes diferencias de consideración social evidentes, establece un nexo de unión en cuanto a las habilidades técnicas que las equiparan. Además, y es significativo de la diferencia entre la conciencia profesional de uno y el sentido puramente crematístico del otro, Fontaner quiere expedir una factura con IVA, mientras que el dueño del piso la quiere en negro, evidenciándose el egoísmo de la clase burguesa frente a la honradez del modesto autónomo.

Y aunque los aparentemente absurdos diálogos entre ambos protagonistas despierten la sonrisa del espectador o les lleven a la franca carcajada, la intencionalidad semiótica del autor va mucho más lejos.  Los despropósitos del diálogo muestran, si el espectador quiere verlo, la confirmación del desencuentro lingüístico. 

Si la lengua común sirve de nexo de unión en un intercambio verbal, todo a lo largo de la proyección se viene a mostrar lo contrario. El propietario del piso no entiende las motivaciones en las que el trabajador se apoya para defender sus criterios profesionales, por más que éste le dé cumplida cuenta empleando sus limitados recursos orales.  La lengua común no une, sino que separa en función del espacio social que ocupe cada cual.  Para un marxista no grouchista, la solidaridad interclasista no existe. Para un marxista grouchesco, siempre nos quedará el fuego de artificio que provoca un diálogo chispeante. El espectador elegirá entre ambos.

Para terminar, habrá que ver si el autor, con sus recursos artesanales y su extraña visión del mundo, decide emplear los próximos diez y siete años en darnos otra pequeña joya filmográfica tan fresca en su aparente sencillez como compleja en la visión de las relaciones sociales; eso sí, trufada con diálogos donde el disparate aparente esconda una visión del mundo que podríamos llamar, y que perdone el improbable lector si suena pedante, woodyallerianamente filosófica. 

domingo, 29 de marzo de 2015

De hoz en hoz.-


Me contaba un amigo que, días atrás, había enviado a una amiga suya el enlace de la anterior entrada que yo había colgado en la bitácora (Visita obligada al Reina). Aquélla, después de leerla, le contestó diciendo que el autor era “un cascarrabias en el museo”. No es que uno sea, precisamente, la alegría de la huerta – la timidez no es buena socializadora –, pero nunca me había visto a mí mismo como gruñón o quisquilloso. Claro que el lector suele ver en el escribidor, a través de sus textos, defectos que éste ignora porque tiene una estima tan alta de sí mismo como para atreverse a escribir y publicarlo. Vamos, una especie de selfi, como los que este jubilata, injustamente tachado de cascarrabias, reprochaba a algunos visitantes de museo.

Por eso, para no verme fustigado por los lectores, esta vez prefiero hablar de la marcha que hicimos los de Senda Clara por la hoz del río Guadiela hasta la del río Cuervo, con final en Solán de Cabras. Y, por que nadie diga que soy gruñón, no hablaré de otra cosa que no sea esas impresiones que el paisaje deja en el caminante. Porque, si de algo puede uno presumir es de su afición a saborear los mil matices visuales, sonoros y hasta olfativos que el entorno desprende, de la misma forma que el catador es capaz de saborear en un buen vino sus matices visuales, aromáticos y gustativos. Salvando todas las distancias, claro. No se puede equiparar a un enólogo de fina nariz con un machaca que calza unas polvorientas botas de montaña y carga un macuto a las costillas.

Hablando de matices olfativos, quizás el caminante apresurado no se para muchas veces a oler el bosque, y debería hacerlo. No huele igual un pinar que un terreno de maquia, con sus plantas aromáticas que van desprendiendo sus aromas a cada pisada: ese olor a tomillo, a romero o a jara. Y en nuestra caminata – sépalo el improbable lector – olía a boj. Todo el sotobosque estaba cuajado de arbustos de boj. Es el suyo un olor penetrante, un poco como agrio, con un punto de amargor, como el de esas ramitas de sabor astringente que uno va mordisqueando mientras camina, pero matizado por el frescor del bosque.

La comparación del olor a boj con las características organolépticas del vino (así lo llaman los expertos) no está traída por los pelos, no vaya Vd. a creer. La uva sauvignon de los buenos vinos bordeleses tiene una molécula que desprende el mismo aroma que este arbusto. Con la ventaja para el caminante de que puede respirar a pleno pulmón litros y más litros de aire aromatizado sin cogerse un pedal que lo deje bolinga.

También, en nuestra caminata por el hondón de la Hoz de Beteta, encontramos matas de avellanos, pero los pobres estaban desnudos de follaje porque aún no ha penetrado en estas tajaduras calizas el calor del sol de primavera. Lo mismo les ocurría a los tilos centenarios arrimados a los paredones labrados a fuerza de erosión y siglos, con raíces agarradas a la roca como manos sarmentosas y ramaje de tonos oscuros, disparado en brazos irregulares buscando la luz que haga brotar sus hojas.  Y, curiosidades que tiene la naturaleza cuando la dejan a su aire, esas pequeñas plantas carnívoras (Pinguicula Mundi dicen los botánicos que se llama) tan mustias y tan fanés que estaban, sin insectos que llevarse a los pétalos. Las vimos con respeto, no por su voracidad, sino por su fragilidad.

Sí daba pena ese inmenso y hermoso pinar de pino negral, con sus bolsas de procesionarias agarradas a las ramas. Verlos infectados producía una  impresión penosa, con esos millares de bolsones algodonosos de los que brotarán, en cuanto se meta el calor, millares y más millares de orugas que van a devorar el bosque. Se ve que las autoridades de Castilla-La Mancha tienen cosas de más preocupación que cuidar sus bosques. La plaga de procesionarias promete ser un finiquito más voraz que el de Bárcenas, diferido hasta que entren los calores. Si doña Cospe no lo remedia. Que no lo remediará, porque mantener su clientela política es más importante que ocuparse de unas puñeteras orugas que ni dan sobresueldos ni largan por esa boca. Pero no es asunto que venga al caso en este momento.

Caminar junto a un río, el Guadiela, de aguas azules, y al pie de un paredón calizo tiene la ventaja de que, para subir al altiplano, hay que hacer un ascenso de unos 300 m. por un camino serpenteante muy a propósito para despertar las ganas de darle un tiento al bocata que todo senderista avisado lleva en la mochila. Pero no, en lo alto del mirador del Armentero entretuvimos las ganas con algún picoteo, mientras disfrutábamos de las hermosas vistas sobre los farallones que ha labrado el río. De allí, atrochando por el pinar, hasta la hoz del río Cuervo con la pretensión de acercarnos al promontorio conocido como Castillo de los Siete Condes. No pudo ser porque el tiempo apremiaba, así que comimos, teniendo la visión de la garganta de Solán frente a nosotros. Y de allí, en paralelo a la hoz, a la cruz de mismo nombre, desde donde podíamos divisar el balneario y embotelladora de Solán de Cabras a nuestros pies.

El regreso a casa, tres horas de bus, fue buena ocasión para cerrar los ojos, descabezar un sueño y soñar que el caminante es un ser un tanto rarito, si bien se mira. Capaz de darse un madrugón y chuparse unos centenares de kilómetros por carreteras secundarias. Total, para meterse en una especie de túnel  boscoso entre paredones y caminar unos kilómetros para darse un sobo laderón arriba para seguir caminando por tierras donde no hay más que árboles y matorral. Todo para terminar en un lugar perdido donde te espera de nuevo el bus que te llevará a casa, sudoroso y cansado. 

Pero el caminante, aunque, en opinión de sus amistades asfaltícolas, sea raro como un gato verde, sabe que, en cuanto pueda, se calzará las botas y volverá a patear esos caminos perdidos por el culo del mundo. Sarna con gusto no pica, dicen.    

domingo, 22 de marzo de 2015

Una visita al Reina.-

Andaba este jubilata sumido en algunas reflexiones ante La bebedora de ajenjo, del maestro Picasso, en aquella gran sala blanca del Reina Sofía. Observaba la soledad de aquella mujer anónima que ve transcurrir sus horas vacías ante una copa, aislada del bullicio que se supone existía en los cafés parisinos de primeros del Siglo Veinte, cuando caí en la cuenta de que yo mismo estaba en medio de una cantidad enorme de soledades. Éstas, al contrario que las de la mujer cruzada de brazos,  cargada de espaldas y con mirada ausente, eran soledades superficiales, satisfecha cada una de su propia individualidad y dispuestas a dejar constancia de su cómodo estar en el mundo mediante la cámara fotográfica.

Nunca antes había caído en la cuenta de la falta de sustancia a la que han llegado las visitas a los museos. Quien ha recibido una formación, digamos que tradicional, de observación de la obra de arte, es un observador ausente de sí mismo. Querría un servidor – sin ponerse estupendo –  hacerse entender  por el improbable lector para que éste se haga cargo: quien mira la obra de arte se olvida de sí mismo y de que está allí presente observando; puede que de la observación obtenga un placer estético, puede que tenga la suficiente formación como para conocer sus características formales y técnicas, o puede que, simplemente, se pregunte por qué el artista pintó aquellas figuras planas, a grandes manchas, tan semejantes, a veces, a esas pinturas sin sentido de la proporción o de la profundidad que pintan los niños a modo de juego. Pero el observador, conocedor o no, trata de comprender y se vuelca en lo observado, con absoluto olvido de su presencia ante el cuadro.

Pues, mire usted, resulta que la moda es que no; que el observador es protagonista y lo observado, secundario. En la visita de este jueves pasado, por la mañana, a las colecciones del Kunstmuseum Basel en el Reina, de repente, como quien recibe un pescozón mientras está como ausente, pensando en sus cosas, caes en la cuenta de que los Kandinski, los Derain, los Chagall, Picasso o Bracque… no están allí para ser observados. Están porque son la excusa apropiada en un museo para que los observadores se conviertan en objeto de auto observación complaciente. Cuando un cuadro gusta, siempre hay quien se pone al lado y se hace una foto, convirtiendo esa obra pictórica en pretexto para que se sepa que él o ella estuvieron allí; una especie de onanismo narcisista, una auto satisfacción del propio ego a golpe de pixeles.

Pero, bueno, como este jubilata iba a visitar la exposición Fuego Blanco y las colecciones Im Obergster y Rudolf Staecherlin que el Museo Municipal de Basilea ha traído al Reina Sofía, pues se olvidó de los autorretratantes-de-sí-mismos-con-cuadro-como-excusa y se dedicó a lo que importaba.

Para ser sincero, a veces, las obras que allí se ven terminan siendo un gran interrogante para el observador que carece de elementos intelectuales suficientes para entender por qué, por ejemplo,  Mark Rothko pintó un lienzo negro sobre negro. Por más que te digan que aquello es expresionismo abstracto o hayas leído que él daba un sentido de experiencia religiosa a sus obras pictóricas, sigues preguntándote el porqué del negro sobre negro (el espectador se ve obligado a interpretar la obra y, en cierta manera, participa en ella), y con esa duda te vas al siguiente cuadro, a probar suerte un poco más lejos.

¡Hombre!, te dices, qué curioso, un cuadro en gran formato, blanco y cubierto de una tenue retícula grisácea: autora, Agnes Martin. Y piensas, el título me dará la pista; vas a la cartela y ésta te informa: Park, 1965. Pones cara de decir: "Ah, bueno, ya caigo…" y discretamente te alejas unos metros a ver si un poco más allá tienes más suerte en tus indagaciones. 

Levantas la vista y te tropiezas con un Mondrian, una composición geométrica de cuadros, uno de ellos rojo, en la esquina superior izquierda, los demás blancos, todos separados por gruesos trazos negros. Tiras de viejos recuerdos de cuando estudiabas estas cosas en la Complu o en la Uned: abstracción geométrica, colores primarios, repudio de las percepciones sensoriales y de todo formalismo. “Pero, si yo había venido a pasármelo bien”, piensas; pero es lo que tienen las vanguardias, que se acabó la plácida observación de esa pintura academicista tan facilona, donde un violín sobre una mesa es eso mismo, y no, al modo de Juan Gris, una desestructuración geométrica en una visión simultánea e imposible de todos los planos del objeto.

No querría cansar más al personal hablando en jerigonza de  tendencias vanguardistas. Mejor vaya al Reina Sofía a visitar la  doble exposición (Fuego blanco y ¿La guerra ha terminado? Arte en un mundo dividido). Por mi parte, en la próxima visita pienso llevarme la cámara de fotos y hacerme unos selfis con pintas de connaisseur. Estoy harto de pasarme la visita intentando desentrañar elucubraciones pictóricas de artistas que no se sabe bien si se mueven en el realismo abstracto, el suprematismo, el hiperrealismo geométrico, el constructivismo… Uno ya no tiene cabeza para estas cosas.

domingo, 15 de marzo de 2015

Prólogo para una edición que nunca fue.-

Decía un profesor mío en la facultad de Filosofía y Letras que un prólogo es lo que se escribe después del libro pero se pone antes y nadie lee ni antes ni después. Así que, si el improbable lector quiere saltárselo, no pasa nada por omitir ese engorro de lectura. Los prólogos son como ese amigo impertinente que, cuando esperas dedicarte a algo interesante, te tira de la manga para llamar tu atención y te entretiene con nimiedades.

Pero una cosa es que el lector se salte el prólogo y otra muy distinta que el autor no cumpla con la obligación de redactarlo. Y en este caso, el autor tiene la doble obligación de hacerlo: primero, porque no hay obra de cierta enjundia que no lo lleve, y en este caso, sea enjundiosa o no, esta obra es el esfuerzo de varios años escribiendo relatos, y conviene que se sepa; segundo, porque hay que explicar la razón de esta edición de andar por casa.

El lector ya se habrá percatado que este librito no tiene ISBN, ni Depósito Legal, ni editorial, ni pie de imprenta, ni colofón. No tiene ninguno de esos elementos que identifican un libro impreso con todas las de la Ley. Tampoco se trata de una edición pirata, sino casera, hecha en el ordenador personal y, como dicen los franceses avec les moyens d´abord; o sea, con los recursos que uno tiene a mano, a falta de un editor profesional y de una imprenta donde imprimir todas estas historias reunidas bajo el título: SI YO TE CONTARA…

Lo de la ausencia de editor profesional no es porque le falten las  ganas al autor, sino porque quien los ha escrito no tiene ni nombre conocido, ni valedores en ese mundo editorial. Es cierto que quien esto escribe tiene nombre propio, incluso pseudónimo con el que firma sus cuentos, pero como autor literario nunca asomó la cabeza sobre la mediocridad circundante, así que es fácil de entender que ningún editor se arriesgase a publicarle. 

No entra dentro de las buenas prácticas comerciales encontrarse con un montón de ejemplares sin vender y ocupando espacio en los almacenes. Eso un servidor lo comprende y no se hace mala sangre por ser un autor ignorado. No están los tiempos para tirar recursos, ni para fiarse de escritorzuelos que aspiran a una parcelita de la gloria literaria sin mayores merecimientos. No hay más que ver la cantidad de concursos de relatos que se convocan cada año, y la cantidad de incautos que aspiran al Parnaso literario.

Lo cierto es que, en este oficio inútil de escribidor, este prologuista y cuentista lleva ya una docena larga de años, coleccionando  cuentos en el disco duro del ordenador. Hace unas semanas, el ordenador se averió y lo llevé al técnico. Cuál no sería mi disgusto cuando descubrí que parte de los archivos había desaparecido. Escarmentado al ver la pérdida de tantos relatos por culpa de una simple avería y falta de previsión por mi parte al no haber guardado copias, decidí que podía hacer una selección y publicarlos.

Sea como fuere, este autor y autoeditor improvisado agradece, y mucho, a quienes le han sacado algún cuento en papel impreso y a todos sus lectores vía correo electrónico. A fuer de sincero, es de justicia reconocer que la mayoría de los lectores son público cautivo, ya que sus direcciones electrónicas están registradas en mi cuenta de correos y, cada vez que perpetro una genialidad, corro a enviársela sin pedirles permiso. Deben entender que, al remitírselas, no se hace por fastidiarles sino por cultivar la menguada autoestima de escritor en las sombras. Porque, - ya comprenderá el paciente lector –, resulta muy duro pasarse una semana escribiendo un cuentito de dos o tres páginas y no encontrar un lector misericordioso que diga: voy a leerle un rato a este pesado, se ha tomado tanto trabajo el pobre…

Para terminar: en este volumen se han recogido dos o tres cuentos por año, desde 2002 hasta 2013.  La temática es variada y responde, en el mundo de la imaginación, a hechos o situaciones que han ido surgiendo a lo largo del tiempo y que han quedado plasmados en estas historias, a veces irónicas, a veces absurdas, pero siempre manipuladas. No se trataba de reflejar la realidad cruda – es muy ingrata, la puñetera –, sino de retorcerle la nariz a esa misma puñetera realidad para que haga muecas  y nos podamos burlar un poco de ella con sus absurdas gesticulaciones.

Y, si al lector no le gustan las historias que aquí se cuentan, pues ahí tiene la papelera de reciclaje. Nadie lamentará la pérdida, salvo el autor, quien tendrá que resignarse, y definitivamente, a no ser un escritor de culto. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Féminas.-

8 de marzo: día de la mujer.
Déjalo,  ya arreglaras la casa mañana...
A pesar de las múltiples ocupaciones que llenan los días de este jubilata hasta no dejarle reposo, no ha caído en el olvido la celebración del Día Internacional de la Mujer, el pasado domingo día 8. Y no por nada especial, sino porque un servidor 
está rodeado de mujeres en tantas actividades como anda metido durante el presente curso. 

Por alguna razón que aún resulta desconocida para quien esto escribe, en cuanto uno se mueve en esos círculos que podríamos llamar de ocio-cultura, las féminas siempre ganan por goleada con su presencia. Quizás sea porque los hombres de nuestra generación se inclinen más por practicar los deportes de sillón/mando a distancia, o de órdago a la grande sobre el tapete verde de la mesa del bar.

Como quiera que sea, el mujerío – y que nadie se tome como un desplante machista el término empleado – está presente en todas las actividades de ocio-cultura que practica un servidor, de forma que uno acaba por pensar que “el segundo sexo”, como lo llamó Simone de Beauvoir, no debería designar al colectivo femenino sino a los pocos hombres que andamos en tales actividades post jubilares.

No sé si el feminismo militante ha tenido un recuerdo en estos días para quien fue la gran teórica y defensora de la igualdad de sexos, pero sí que, con motivo de la celebración del pasado día 8, nuestra profesora en la Alliance Fraçaise nos pudo en las manos un artículo, Analyse du Deuxième Sexe, sobre el que hemos tenido que hacer un trabajo. Esto me ha hecho recordar algunos de sus conceptos básicos, como el que la mujer sea “el otro” respecto al hombre; que se defina no por su valor en sí sino en relación al hombre, que es el referente; que el “eterno femenino” sea un mito inventado por el hombre para negar la individualidad de cada una de las mujeres, enfrentándolas a un ideal de imposible cumplimiento: la femineidad como aspiración inalcanzable.

Pero, a la vez, con esos resabios que a uno le quedan de su siempre presente educación sexista, no he podido dejar de traer el asunto de la fémina frustrada a la realidad de cada día para concluir que no todas las mujeres están postergadas, ni en la misma medida que en pasadas generaciones. Ocurre, como le suele pasar a cada hijo de vecino, que esa postergación depende en gran medida de las condiciones sociales de cada cual.

Estaba pensado, para qué negarlo, en nuestra inefable lideresa y marquesa consorte, la caza talentos, cuyos talentudos pupilos se han ido convirtiendo en forzosos huéspedes de las prisiones y asiduos visitantes de juzgados. A la vista de cómo pintan las cosas, ¿quién podría decir que doña Espe es “el segundo sexo” o “el otro” postergado respecto a los hombres? Incluso ahora que ha sido designada aspirante a la alcaldía de Madrid, ¿es ella o el bueno de Mariano quien ejerce el papel de macho dominante?: Si alcaldesa, no lideresa del PP madrileño, dice el uno; alcaldesa y, por supuesto, lideresa, dice ella con todos sus redaños. Las zarandajas del “eteno femenino” o la sumisión a la jerarquía masculina no van con la señora, así que – piensa un servidor – la mujer como sumisa del varón es asunto que se cumple según las circunstancias de cada cual.

Y, hablando de las circunstancias de doña Simone, quizás el improbable lector desconozca aquel episodio en que el fotógrafo Art Shay, en 1952, la fotografió desnuda, al descuido, mientras se hacía la toilette en un apartamento de Chicago. Con insouciance de femme libérée, al oír el ¡clic! de la cámara fotográfica, se limitó a reconvenirle: Vous êtes un villain garçon! Puede ver la foto en la portada de Le Nouvel Observateur de 3 de enero de 2008 y  darse cuenta de que no sólo era intelectual feminista. Era, además, una hermosa mujer.

martes, 3 de marzo de 2015

Milagros con botas.-


Ser un andarín impenitente, tanto en variedad montañera como senderista, te lleva a lugares insólitos o desconocidos donde tus botas te obligan a tratar de comprender por qué la naturaleza es así, por qué es tan compleja, o simplemente, a preguntarte por qué lo desconoces casi todo de ella a pesar de que llevas toda tu vida presumiendo de ser su amante rendido, de profesar la ecología como una religión con sus dogmas y todo, dentro de la rama de la estricta observancia.

Lo de “tus botas te obligan…” era una licencia para decir que la afición montañera es más que el simple caminar y hacer kilómetros, cotas y desniveles; uno no puede andar por esos montes sin tratar de comprender los parajes por los que transitas y, en la medida de lo posible, llegar a entender su belleza a través de las formaciones geológicas y la vegetación que encuentras a su paso. Al fin y al cabo, el paisaje es la conjunción de una determinada geomorfología con la vegetación adaptada a los materiales geológicos y el clima de un determinado lugar. O sea, para no complicarnos la vida: “Qué sitio más bonito”, foto y zapatilla, que aún queda mucho camino. 


Si se ha dicho todo lo anterior es porque este jubilata se anonada ante parajes como los que transitamos el sábado pasado con Senda Clara por el Valle de los Milagros, entre Santa María del Espino y Riba de Saelices; o, puestos a recordar a nuestros antepasados paleolíticos, entre la cueva de la Hoz, en el cerro Rata, y la cueva de Casares, que vienen a ser los dos signos de paréntesis entre los cuales discurre el citado valle.

El río Linares, o Salado, es quien ha labrado este valle y transcurre por entre rocas sedimentarias, calizas y pizarras, que dan curiosas formas geológicas: paredones donde pueden verse diferentes capas sedimentarias, alternando arcillas, conglomerados, calizas y otros lugares donde afloran las pizarras. Todos estos materiales, distribuidos y modelados según el buen criterio de la madre Naturaleza, dan origen a formaciones con esa belleza agreste y un tanto tosca que uno encuentra en los entresijos más profundos de Castilla. Paredones donde la erosión ha dejado al aire estratos en los que el caminante es capaz de distinguir areniscas, conglomerados de arcillas y cantos rodados, estratos de calizas… Y entre las rocas erosionadas, buitreras con las clásicas deyecciones blancas churreteando por la pared.

El Linares, pequeño pero caudaloso en esta época del año, discurre a todo lo largo del valle con esa pereza cadenciosa de los viejos ríos venidos a menos con la edad. Deslizándose en un suave desnivel, se toma su tiempo en los abundantes meandro; tan pronto se encaja en las angosturas del valle, retorciendo su curso para adaptarse al terreno, como se explaya en las pequeñas llanuras y sigue un curso recto durante unas docenas de metros, o se embalsa en alguna pequeña represa natural dando la sensación de río acaudalado y abundante en aguas, recuerdo de glorias pasadaS. En general, su curso es sinuoso, como hecho a propósito para evitar que el caminante se distraiga con el paisaje y se vea obligado a saltar de una orilla a otra cada poco trecho. Así, a ojo, dos o tres docenas de veces, siempre con riesgo  de terminar dándose un chapuzón.

Este jubilata, a pesar de andar con un hierro atornillado entre su tobillo izquierdo y el peroné, salió bien librado del empeño y saltó todas las veces que hizo falta de orilla a orilla. Y, cada vez que tomaba impulso, no dejaba de pensar que si algo había de milagroso en este Valle de los Milagros, era precisamente no terminar sentado de culo en mitad del río en uno de los intentos. Pero no, aquí el caminante es ave de paso y no forma parte del paisaje, así que los Milagros son otros.

Los Milagros del  Linares son el Puntal del Milagro, la Peña Eslabrada y el Puntal del Canto Blanco, tres formaciones de rocas sedimentarias (areniscas, conglomerados, calizas) que se mantienen en pie como tres grandes torres, destacando sobre el paisaje como atalayas vigilantes que quisieran proteger tanta belleza agreste como se divisa desde ellas. Lo cual no fue suficiente frente al gran predador bípedo cuando, en 2005, ardieron todos estos parajes – miles y miles de hectáreas arboladas de pinos, robles, sabinos y otras especies – ocasionando la muerte de un retén de bomberos, atrapados en aquel infierno vegetal flameante. 

Hoy aún pueden verse algunos pinos con sus cortezas ennegrecidas y esqueletos de viejos robles descarnados que arañan el cielo, como una súplica inútil, con sus ramas secas. Tras aquel vendaval de fuego que carbonizó los bosques, quedan grandes superficies cubiertas de jara estepa, algunos rodales de pinos, y ejemplares dispersos de enebros y sabinos.

Un servidor querría transmitir al improbable lector la sensación de grandeza que se respira en estos parajes. La grandeza de la Naturaleza que se ha tomado millones de años en transformar los materiales sedimentarios, en distribuirlos en estratos irregulares y labrarlos hasta diseñar unos perfiles de formas tan caprichosas y sorprendentes que el caminante no puede por menos de admirar. Eso sí, con un ojo puesto en el río porque un chapuzón por culpa de estas distracciones, sobre todo ahora que estamos en invierno, enfría cualquier entusiasmo estético.

Para terminar, y por eso de los derechos de autor y similares, las fotos que aquí aparecen unas son de un servidor pero las mejores son de otros excursionistas que las compartieron para que todos tuviéramos un buen recuerdo de este día campestre. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Gente interesante.-

La otra tarde, un amigo también jubilado y un servidor, ambos sobrados de tiempo y de añoranzas, estábamos lamentándonos de la escasa altura de miras y cualidades de nuestros personajes públicos actuales, y nos dio por recordar tiempos y personas de las que ambos habíamos tenido un conocimiento indirecto, pero no por ello menos vivo.

No pudimos por menos que traer a la memoria aquel gran arquitecto brasileño, Dento Mª Pinheiro, que formó parte de la Bauhaus, pues aprendió de Gropius las nuevas tendencias del diseño y tomó como artículo de fe, para el resto de su vida profesional, la máxima de que la forma sigue a la función. Lástima que con el ascenso del nacional-socialismo, Mies van der Rohe tuviera que cerrar la escuela y Pinheiro hubo de irse a trabajar al Nuevo Continente, donde dejó obras tan meritorias que aún siguen sirviendo de ejemplo por sus sorprendentes soluciones arquitectónicas.

Ni mi amigo ni yo tenemos mayor idea de los grandes avances de la arquitectura en aquel periodo histórico, pero tenemos en común el haber sabido de la vida y milagros del insigne arquitecto. Sobre todo mi amigo, que vivió largos años en Brasil, donde trabó amistad con miembros de una rama colateral de aquel, y tuvo la ocasión de visitar la Fundación Pinheiro en Rio de Janeiro y el célebre rascacielos horizontal; bien es verdad que un servidor se carteó brevemente, hace ya algunos años – gracias a un familiar arquitecto que vive en Salamanca – con un sobrino-nieto del arquitecto brasileiro por razones que no vienen al caso ahora. Asunto del que, por otra parte, ya se habló en otro lugar de esta bitácora.

Pero no es de ésto de lo que quería tratar hoy. La añoranza es un vericueto de recuerdos intrincados donde se pierde la noción del tiempo y de la realidad presente. En realidad, andaba un servidor lamentándose de la mediocridad de los tiempos actuales y también de la mediocridad existencial a la que le obliga una pensión suficiente para una digna supervivencia, pero no para moverse por ambientes donde conocer a personas interesantes por su notoriedad en algún campo de la cultura, o por su simple forma de estar en el mundo. Dicho sin ambages, este jubilata lleva una vida corrientita, y se aburre.

Y sí, confieso que esta vez  me equivoqué. Porque, por esos caprichos del azar, hace apenas un par de días, me encontré con el personaje más curioso que uno pueda imaginarse: aristócrata tronado, poseedor de grandes apellidos nobiliarios a la vez que sufridor de un menos que mediocre pasar, cortés de cortesías anticuadas y más demodé que un gramófono frente a un iPad Air – Tablet Wifi de 32 GB de esos. Nada más conocernos – acababa yo de salir de la Alianza Francesa – y estábamos cruzando a la par el paso de peatones de Santo Domingo, se me presentó con toda la retahíla de apellidos sonoros, y dijo llamarse Auguste Villiers de L´Isle-Adam. Me invitó a un café que yo pague porque me pasó la nota con un aristocrático gesto de indiferencia, y me habló de su familia y las extrañas criaturas que había conocido en sus andanzas de aristócrata sablista (si es que puede emplearse un término tan fuera de época en tiempos de estafa mediante tarjetas black).

Presumió de antepasados, algo muy propio de quien lleva los pergaminos familiares dentro de los bolsillos agujereados del pantalón, y me habló de su ilustre recontratartabuelo Philippe de Villiers de L´Isle-Adam, Gran Maestre de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, a quien Solimán el Magnífico desalojó de Rodas tras un largo asedio, y fue a instalarse en Malta con sus caballeros. Yo de su antepasado ya sabía porque hace años visité el viejo castillo de la Orden que sigue en pie en la Rodas medieval. Todo lo cual no fue óbice  para que Auguste pidiera al camarero una ración de churros para acompañar al café y diese por supuesto que yo correría con los gastos.

Pero, en fin, son pequeñas miserias perdonables. Recuerdo que me habló de la hermosa y pálida Véra, una de esas damas que acostumbraban a morir entre los brazos de su amante, lo mismo que murió la prima Concha entre los brazos de Bradomín, tras una noche de deliquios amorosos. Y, hablando de la frágil Véra, no me resisto a transcribir las palabras de Auguste, tan cargadas de emoción – … puis ses longs cils, comme des voiles de deuil, s´étaient abaissés sur la belle nuit de ses yeux – mientras removía el café con leche con un trozo de churro bastante pringoso. Pero ya se sabe que los afanes de la supervivencia imponen su presencia a los más delicados sentimientos. Lo cierto es que la historia de la Pallida Victrix arrebatando a la hermosa dama de los brazos de su amado, me conmovió bastante. Más cuando Auguste me insistió sobre la inefable belleza de la pálida joven, de quien su enamorado juraba: qui verra Véra l´aimera.

Desde mi condición de jubilado fogueado en las mil mediocridades diarias, no dejaba de pensar que no sería la primera dama decimonónica que moría de hemoptisis. Que como historia estaba muy lograda, aunque su sujeto era un tanto socorrido, como cuando la prima de Xavier de Bradomín, o aquella afamada demi-mondaine tísica, Violetta Valery, inmortalizada por Dumas hijo.

Pero mi contertulio ocasional en aquel bar de Jacometrezo insistía en su originalidad a la hora de contar historias a medio camino entre la realidad, la verdad a medio velar y la pura imaginación. Y me habló de la Eva Futura, mujer artificial inventada por Tomás Edison, la cual tenía todas las ventajas de la femineidad y ninguno de los inconvenientes propios de la mujer corriente. Aseguró, bajo palabra de noble arruinado, que era él y no otro quien había puesto los fundamentos de la ciencia ficción, incluso hasta la denominación de androide (Andrèide, la llamaba él), abriendo a la literatura del futuro las enormes posibilidades de los mundos estelares.

La verdad es que, ante los restos de mi café, yo no alcanzaba más que a recordar a R2-D2, esa especie de cafetera cilíndrica con patas de Star Wars. Vista mi escasa imaginación, Auguste Villiers de L´Isle-Adam me miró con cierta condescendencia no exenta de lástima, pidió un bocata de calamares que envolvió en servilletas de papel y guardó en la faltriquera, se levantó, me hizo una leve inclinación de cabeza y se fue con sus apellidos sonoros, sus cédulas nobiliarias y hambres vergonzantes en busca de otro incauto a quien sablear. Pagué la cuenta y, al levantarme para irme, me di cuenta de que el bueno de Auguste había olvidado sobre la mesa un libro: Contes cruels.

sábado, 14 de febrero de 2015

Más rarezas.-

El insomnio prolongado, según parece, provoca algún tipo de reacción en el cerebro del insomne que debe parecerse bastante a las alucinaciones. Un servidor no está en condiciones de asegurar que sea así, pero sí puede afirmar de esas horas nocturnas restadas al sueño, cuando éste se resiste a cumplir con su obligación, que se ocupan en actividades poco habituales, de forma que el común de los mortales no puede por menos que alucinarse si se lo cuentan. La del insomne es una forma de alucinación que llega a través de la lectura, como le ocurría a Alonso Quijano, quien pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio con los malhadados libros de caballerías.

Solo que el insomne que esto suscribe, sin más obligaciones que disfrutar de su jubilatería a tiempo completo – cosa que no es como para quitar el sueño –, no siente afición por los Amadises de Gaula, los Esplandianes o los Pentapolines del Arremangado Brazo. Lo cual no significa que no tenga aficiones tan alucinatorias como el bueno de Alonso Quijano, y que, además, las cultive de forma vergonzante. Porque, vamos a ver, ¿qué podría pensar el improbable lector si se enterase de que las Noches Áticas de Aulo Gelio son lectura frecuente en las largas noches en blanco y con la pupila despejada?

Y, para más inri, el bueno de Gelio, con ese prurito gramático que tiene, le saca punta a textos de otros autores, a los que afea las incorrecciones que aparecen en ellos. En el caso concreto de mi última vela nocturna, a un tal Caeselio Vindicio le reprocha que en sus Lectionum Antiquarum dijera que cor (corazón) era palabra masculina y no neutra. Ya ve el improbable lector qué cuestión más a propósito para una cura de insomnio… Por eso he hablado un poco antes de aficiones vergonzantes, porque uno no puede andar por la vida contando estas cosas tan fuera de lugar. Uno tiene la edad que tiene, pero las neuronas aún no le patinan, solo que se le escapan cosas que debería callar por no ponerse en evidencia. 

Pero el asunto - volviendo a nuestro cultísimo Gelio - no deja de tener su morbo, ya que el contexto se refiere a una frase que dijo el rey seléucida Antíoco III el Grande, a propósito de algo que le había dicho Aníbal sobre que no entrara en guerra con los romanos. Solo que Aníbal, hábil en perfidias púnicas varias, se lo dijo para provocar su orgullo y así incitarle a guerrear. En efecto, Antíoco se traga el anzuelo y dice todo indignado: Hannibal… hortatur ne bellum faciam, quem credidit  esse meum cor?  Como si dijéramos: ¿pero, qué se habrá creído ese Aníbal…? ¿Yo, un rey tan valeroso, que no me atreva a luchar contra los romanos?

Estará de acuerdo conmigo el improbable lector en que, aunque estas no son cuestiones como para andar rompiéndose la cabeza a las cuatro de la madrugada, no dejan de tener su morbo. Que allá por el S. III antes de nuestra Era un rey oriental se dejase liar por un general cartaginés para ser llevado al huerto de una guerra de difícil solución no deja de ser una lección para los tiempos presentes. No hay más que pararse a pensar cómo – por poner un ejemplo –, tras la última crisis financiera y bancaria, los ciudadanos hemos asumido los costes y la culpa de tal estropicio. No tenemos más que mirarnos en el espejo de los griegos para saber lo que nos espera si no damos por bueno el engaño. 

De una forma u otra, te llevan al huerto y haces lo que a ellos les interesa o te hunden el país y luego te lo rescatan conforme a sus intereses. Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant, dijo Tácito (Nueva licencia ésta que un servidor se toma en su triple condición de insomne, jubilata y escribidor) Solo que estas trampas saduceas de las que venimos hablando, leídas en Aulo Gelio, y con tantos siglos de distancia, parecen una anécdota, sin que caigamos en la cuenta de que el engaño a la víctima es recurso utilizado en todos los tiempos.

Después de todo, es posible que el improbable lector mire con ojos más indulgentes al autor de estas elucubraciones nocturnas, ya que sus lecturas no resultan tan descabelladas y de ellas pueden sacarse algunas enseñanzas para los tiempos actuales. Pero si se mira la mediocridad de los personajes del momento, no parece que haya manera de ser engañado por un Aníbal, hábil en añagazas y celadas, ni hay Escipiones Africanos, ni Antíocos, ni Catones como aquel, el Viejo, que cada día daba la barrila en el Senado acabando así sus discursos: ceterum censeo Carthaginem delendam esse (por lo demás, creo que Cartago debe ser destruida).

Aquí y ahora, todo lo más, hemos descubierto el valor de las onomatopeyas en el discurso político (Tic-tac, tic-tac…, o Pim-pam, propuesta, pim-pam); eso sin hablar del recurso a los ordenadores de la Agencia Tributaria para sacar los trapos sucios fiscales de los oponentes políticos, pasándose la confidencialidad de estos datos por el forro del escroto del ministro del ramo. Así que, visto el percal, casi mejor aprovecharemos las largas horas de insomnio para seguir escarbando en las Noches Áticas de Aulo Gelio, aunque éste sea un obseso gramático, se empecine en disquisiciones de género, - que si masculino, que si neutro -, y nos cuente otras mil milongas y antiguallas históricas que aburrirían a personas más centradas que este jubilata insomniado.