miércoles, 22 de marzo de 2017

Libros al peso.-

Siempre nos han dicho que el saber no ocupa lugar. Pero cuando el saber está en los libros impresos, entonces ocupa lugar, tiene forma y volumen, textura, color… y pesa. Es lo que tiene la letra impresa, esa especie de arte de birlibirloque por el cual una construcción del intelecto, sin consistencia física, termina por ser un ladrillo – aquí se dice por su forma de paralelepípedo, no piense mal el improbable lector – de papel prensado. Y es por su condición de ladrillo exfoliable por lo que el saber puede transmitirse del creador al lector sin necesidad de recurrir a la ciencia infusa; y por los azares del mercado, o los gustos del lector, puede comprarse, venderse, reciclarse o terminar como material de saldo.

La condición de pesantez de la letra impresa, una vez cosificada en forma de libro, hace que éste pase por varios avatares – desde el best-seller de moda al libro de lance – en un proceso de espiral degradante que lleva de las estanterías de novedades al cajón de a euro la pieza. Es casi un destino irremediable, la pura supervivencia del libro maltrecho, de hojas amarillentas y sobadas, de cuadernillos desmanguillados, de ediciones de quiosco y novela barata: nace oliendo a tinta fresca y acaba sus días a tanto el kilo.

En esas cosas andaba pensando este jubilata cuya pensión menguante se ha de comer la macroeconomía, cuando el otro día se fue a visitar la Casquería del Libro. Así, tal cual suena. Si el improbable lector tiene afición por los libros y le gustan las librerías de saldo y rebusca, las que sobreviven al margen del negocio editorial y gracias a sus desechos de tienta, no debería dejar de visitar esa casquería donde el libro se presta al sobeteo del curioso; donde los sesos de los Pensamientos, de Blas Pascal, están próximos a las criadillas de algún Alatriste, o cualquier otra combinación de entrañas legibles que el curioso buscón de libros pueda imaginarse.

Todavía no se ha dicho dónde, pero ahora ya, sí: Uno tiene que ir a Lavapiés y acercarse a la zona de las antiguas Escuelas Pías, hoy centro asociado y biblioteca de la UNED. Entre la calle del Tribulete y la de Embajadores; o si prefiere, por la plaza Arturo Barea, encontrará el viejo mercado municipal de San Fernando. Este mercado de abastos tiene una fachada monumental, si se entra por la calle de Embajadores, que desdice su modesta condición de asiento del gremio de tenderos de barrio. Se construyó en 1944 y, como era época en que el franquismo aspiraba a emular las grandezas de cuando en el imperio no se ponía el sol, a su fachada se le dio un aire como de nobleza escurialense, enmarcada entre dos torres rematadas por chapiteles, y perforada por tres vanos coronados por tres sólidos arcos de medio punto sobre pilastras, y con una escalinata en piedra para salvar el desnivel con la calle en cuesta.

A poco que se deambule por el lugar, se dará con la casquería. Estanterías elementales, banastas de plástico, alguna mesa de fortuna, sirven para acumular unos centenares de libros a 10 € el kilo. A excepción de los novelotes súper-gordos, tipo best-sellers, que están en oferta debido a su peso: 8 € por kilo. En algún espacio libre de las paredes, carteles con poesía a pie de calle. El aspecto general, una especie de chamarilería donde conviven libros agrupados según una clasificación elemental: algo de historia, de filosofía, de viajes… y kilos y kilos de literatura. Donde despacha la dependienta, una balanza para pesar el material que al cliente le apetezca llevarse.

Si alguien piensa que es un negocio de venta de libros viejos para ir sobreviviendo mientras llega la añorada prosperidad de antaño, seguro que se equivoca. Hay – le parece a este jubilata – toda una intención de marcar distancias con el usar y tirar, con el consumo de la novedad. El libro viejo, el que termina habitualmente en un contenedor de papel, tiene tanto valor intrínseco como el título más de moda, aunque haya perdido su valor de mercado. Un libro viejo, vendido al peso, inicia una nueva vida al entrar de nuevo en circulación; reutilizarlo es darle nueva oportunidad a la parcela de cultura que contiene en su interior; es una forma de hacer que el valor cultural no quede sometido al consumo o la moda. Eso sin contar con que  no hay lector a quien manosear un libro, escudriñar sus entresijos no le produzca placer. Y aquí uno puede entregarse a ese placer pecaminoso de sofaldearlo por entre las hojas, introducir los dedos ansiosos por entre sus repliegues y notar cómo se te entrega amorosamente, sin esperar de ti más que una lectura placentera. 

Este mercado de abastos de San Fernando, como los de San Pascual o las Ventas de mi barrio, quedó maltrecho debido a la competencia de los súper que abundan por la ciudad, y ha tenido que reinventarse para no morir de inanición. Junto a puestos tradicionales de pescado o carnicerías, hay algunos de artesanía, otros con productos en plan delicatesen y unos baretos muy guapos que dan a la plaza Arturo Barea, donde uno puede tomarse un vino madriles mientras saborea  180 gramos de libro. En el caso de este jubilata, una ración de entresijos de Por tierras de Portugal y España, del visceral don Miguel de Unamuno.

Y si el comprador sale por la calle del Tribulete, otra librería más convencional junto a la dársena del mercado, la Librería del Mercado, con una pinta estupenda. Y calle adelante, camino de la plaza de Lavapiés, otra más: El Coleccionista, dedicado a los tebeos y comics. Eso sin olvidar la librería de la UNED en el centro asociado, apta para universitarios. Y si uno sube por Jesús y María, camino de Tirso de Molina, la librería anarquista Malatesta. 


Y ya camino de la plaza Jacinto Benavente, en la calle Doctor Cortezo, un puesto de fortuna ante la puerta de la asociación Rastro Remar (muebles…, colchones y somieres, enseres, ropas) con libros sin pedigrí, a 1 € la pieza. Y bajando por Carretas hacia Sol una librería de respetable edad: la de Nicolás Moya Librería Médica, fundada en 1862, con un cartel en la puerta: No, no hacemos fotocopias.

Un día habría que hacer el recorrido de esas viejas librerías que sobreviven gracias a la fe y afición que le echan sus propietarios. Sin olvidar los mercadillos de fortuna que nacen espontánea y esporádicamente en la acera, sobre un trozo de sábana vieja, montados por pobres que sustituyen la mendicidad por ese mercadeo al detal con los ejemplares que encuentran en los contenedores de papel. Marginales de la sociedad de consumo que ponen su esperanza en los pocos euros que puedan sacar de algunas viejas novelas que su dueño abandonó en la calle porque necesitaba hacer sitio a un televisor más grande.

domingo, 12 de marzo de 2017

La corrupción, ¿una salida laboral?.-

Alguna vez ya se ha dicho en esta bitácora que cerca de casa hay un parque al que llaman del Calero y viene a ser como un pequeño pulmón vegetal de barrio: Una regular masa de árboles, paseos, bancos, incluso una fuente ornamental de escaso valor estético. En su recinto, un corralito con toboganes y columpios para niños; próximo, un pequeño circuito para patines y bicicletas infantiles; en un extremo, un teatro al aire libre, con graderío y tornavoz, donde en verano echan cine y, a veces, se dan recitales y bailongos populares para disfrute de la jubilatería.

El faunario humano que lo frecuenta suele ser el habitual de un barrio modesto: mamases con sus niños sobreprotegidos; jubilatas, cuáles marchosos en plan ruta del colesterol, cuáles de caminar pausado mientras se va haciendo la sopa en casa, cuáles de movilidad reducida y con sus cuidadores de inmigración y economía sumergida; perros, también sobreprotegidos, de distintas razas y pelajes con sus dueños agrupados según afinidades caninas…

A veces, cuando atravieso el parque, me encuentro con un vecino que viene a filosofar sus rumias vitales a la sombra de la enramada, siempre necesitado de un compañero peripatético a quien confiar sus cuitas mientras deambula entre setos, árboles, perros, niños y viejos.

Cruzaba yo el parque, camino de la parada del 21, cuando me di de bruces con él. La cabeza hundida entre los hombros, el cuerpo arqueado bajo el peso de sus reflexiones, la mirada a la altura de los zapatos, se veía que al hombre le corroía una preocupación de muchos bemoles.

“Que dice el chico que quiere hacerse corrupto”, me espetó nada más verme. Puede imaginarse el improbable lector mi extrañeza. “Que sí, que sí: que quiere ser corrupto” - insistió. Por lo visto, el chaval, cerca de la treintena, dos veces masterizado, becario reincidente, asiduo de las colas del paro y disponible para cualquier explotación laboral, había decidido meterse a corrupto para labrarse un porvenir sin agobios.

“Pero, vamos a ver”, le dije, tratando de entender cuáles eran las aspiraciones del hijo del vecino caviloso, “¿Corrupto tipo yerno de emérito, o bien tipo tarjetas black, o modelo puerta giratoria? ¿O, a lo mejor, en plan político de sobre-cogido genovés, o quizás modelo mordida al 3% y respetabilidad sin fisuras?” La verdad, mi vecino no tenía ni idea. 

“Es que verás – le decía yo –, para ser corrupto respetable o te labras un porvenir en la política o las finanzas, o recurres al clásico braguetazo con infanta casadera de toda la vida. Lo que no puedes es aspirar a corrupto si no tienes un pedigrí porque, si te pillan en un renuncio, cualquier juez te cruje. La verdad es que fuera de esas posibilidades, no eres un corrupto de casta y paraíso fiscal, sino un delincuente común, justiciable con todo el peso de la ley.”

Mis argumentos no eran más que la expresión popular de lo que la gente piensa, pero a él le resultaron suficientes. Entendió que ser corrupto de campanillas era una profesión que no estaba al alcance de su hijo, ni de ningún otro hijo de vecino, precisamente por su extracción popular, por muy titulados que fuesen. Que para ser un corrupto de raza necesitas unos requisitos sociales que no se adquieren en el Media Markt, ni se dan en un barrio de medios pelos como el nuestro. Es algo que viene de casta. A tu paso, los jueces se apartan, los fiscales ponen la toga a tus pies, los bienpensantes te justifican por aquello de “que no te pongan donde haya”, y, tras una temporadita, o no, en un módulo de reinserción, disfrutas de tus ganancias lejos de la voracidad del fisco.

En nuestra charla, nos paramos un rato ante el parquecito infantil. En la acera de enfrente, la tienda de los chinos, la farmacia, una librería, una imprenta y la preceptiva media docena de bares. Dentro del recinto, los críos jugaban, ajenos a su porvenir de mano de obra excedente. “Pobres, – se compadecía mi vecino al ver a aquellos inocentes – jamás llegarán a corruptos”.


“Puede que alguno llegue a fiscal”, le animé. 

El 21 bajaba por Virgen del Sagrario y enfilaba la esquina de José del Hierro. Yo me apresuré hacia la parada. Miré el reloj, ¡coño!, otra vez llego tarde por culpa de este pesao…

miércoles, 1 de marzo de 2017

Deslocalización: Solo para emprendedores.-

Era un negocio evidente, pero había que caer en ello. La penúltima crisis económica que estábamos viviendo hizo que dos tercios de los jóvenes con titulación académica pasásemos, sin solución de continuidad, de la universidad al paro; de allí a los contratos de aprendizaje sin remuneración y de éstos a la emigración, para terminar regresando – los jóvenes titulados éramos una plaga en este mundo globalizado – a casa de nuestros padres para que nos mantuvieran. Como no íbamos a estar mano sobre mano, nos apuntábamos a un módulo de FP a ver si como fontaneros teníamos salida…, pero la burbuja inmobiliaria, que gozaba de inmejorable salud desde hacía más de dos décadas, no dejaba resquicios más que para alguna chapuza.

El problema llegó a ser acuciante. Si las nuevas generaciones no trabajaban, los jubilados no cobraban la pensión; si éstos no tenían dinero, no podían alimentar a los jóvenes en paro. Un problema social en bucle para el que las autoridades políticas no veían solución.  De ahí el programa de jóvenes emprendedores. Era una ocurrencia ingeniosa para evitar un estallido social. Además, no costaba al erario un euro. La idea subyacente era: Joven, ya ves cómo está el patio, así que aguza el ingenio y búscate la vida. Monta una empresa y a quien Dios se la de, san Pedro se la bendiga.  Si lo logras y sobrevives,  nosotros, instalados en el poder, te aplaudiremos.

Además, como la pirámide poblacional se estaba invirtiendo y estábamos llegando al 41% de población mayores de sesenta y cinco años, las previsiones eran de llegar a un colapso demográfico, económico y social en un par de décadas. Los viejos, en esos años, eran como una plaga de langostas. Improductivos y cobrando la pensión, estaban devorando los escasos recursos de que aún disponía el sistema productivo: las camas de los hospitales, los centros de salud, las residencias para ancianos, los centros de ocio para mayores, los viajes del Imserso… No había parque público cuyos bancos no estuviesen ocupados por viejos de baba caediza y taca-taca tomando el sol, o por jubilatas jugando a las cartas, o, simplemente, con los paseos saturados de humanos caducos dejándose llevar por donde quería el perrito que tiraba de la correa. Por las calles de la ciudad deambulaban enjambres de ruinas humanas con el cerebro carcomido por el altzheimer y la policía empleaba todos sus efectivos en restituirlos a sus respectivos domicilios. Las aceras eran un embotellamiento de sillas de ruedas, cada una con su viejo inválido encima. La sociedad era un geriátrico al borde del colapso.

A los jóvenes de mi generación no nos quedaba más horizonte que el botellón de kalimocho, y eso a altas horas de la noche, cuando la plaga de vetustos estaba roncando en sus camas, enchufados a la botella de oxígeno o atiborrados de pastillas. Durante el día, como he dicho, las hordas de carcamales llenaban el parque y no había espacio vital suficiente para nosotros los jóvenes. Hasta que surgió la idea. Estábamos un par de amigos y yo enroscados a una litrona, a la que habíamos añadido un franco de alcohol etílico para alegrar la noche, cuando pasó por nuestro lado una ochentona desorientada y con senilidad aguda.

– Sinvergüenzas – gruñó con su boca llena de arrugas, al vernos darle al octanaje de la birra – Más os valdría estar trabajando. ¡Inútiles!

– ¿Por qué no emigras, vieja? – dijo uno de mis amigos.

– A ésta como no la deslocalices…– comentó el otro, con ingenio etílico.

Precisamente, esa era la idea: deslocalizar viejos. Nunca se nos hubiera ocurrido si no llega a ser por los chupitos de alcohol de etileno. Y es que las grandes ideas nacen en los momentos más insospechados y debido a la confluencia de elementos azarosos, como el alcohol de quemar que le birlé a mi madre y el deambular desorientado de la vieja que nos increpó. De repente, habíamos descubierto la llave con la que entrar en el mundo de los negocios. Acabábamos de dar el gran paso de jóvenes en paro a prometedores empresarios.

Una prospectiva de mercado nos demostró la viabilidad del proyecto. Todos los estudios sobre cargas familiares eran unánimes: los viejos son un estorbo. Tener en casa un anciano enfermo crónico y dependiente es un lastre de difícil solución para los hijos o familiares con ocupaciones laborales. Hay que cambiarles el pañal higiénico todos los días, ponerles el babero para darles la comida, llevarlos al médico o a urgencias cada dos por tres, contratar una persona por horas para que le cuide… Encima, como pertenecen a antiguas generaciones de baja cualificación laboral, siempre estuvieron mal pagados y tenían una pensión de mierda; eso cuando no se trababa de viejas amas de casa semianalfabetas – centenares de miles de ejemplares, ya sin utilidad práctica – a las que el Estado pasaba una ayuda de subsistencia porque nunca cotizaron. En fin, una mina sin explotar. La deslocalización de este material humano de desecho auguraba pingües beneficios.

Evidentemente, nuestro modelo empresarial fueron las grandes firmas de distribución y prêt-à-porter (tipo H&M, Indesit, El Corte Inglés, Carrefour…), quienes hacía ya años habían deslocalizado la industria textil buscando el ahorro de costes de producción y el aumento de beneficios. Si se deslocalizaba la producción para abaratar el coste de los salarios, ¿por qué no deslocalizar el material humano deteriorado por la edad? El ahorro en los costes de atenciones sociales y sanitarias podía suponer un respiro económico para las familias con miembros a su cargo, cuya fecha de caducidad aunque próxima, era de imprevisible cumplimiento. Los viejos viven demasiado, y si padecen una dependencia severa, son eternos

 En fin de cuentas, la materia prima era abundante, la idea era original y los costes de producción, mínimos. Bastaba un puñado de becarios, algunos profesionales sanitarios y unos cuantos expertos en agencias de viajes. Un contrato basura y una expectativa de ganancias extra por objetivos cumplidos, y la empresa disponía de personal dispuesto a todo por conservar su puesto de trabajo.

El país elegido para deslocalizar jubilados sin autosuficiencia era un paraíso: Bangladés. Era un auténtico paraíso para los negocios. Con un salario inferior al dólar por día y trabajador, un régimen laboral desregularizado, mano de obra dócil y abundante, mantener residencias de ancianos tenía un coste sin competencia. Más teniendo en cuenta la permisividad de las autoridades respecto a las normas de seguridad de los edificios. Si alguno se caía por defectos de construcción, carecía de salidas de emergencia en caso de incendio, o cualquier imprevisto, bastaba un soborno para olvidar el incidente.

Los familiares, con tal de deshacerse del abuelo con incontinencia de orina, o de la tía solterona a su cargo y más pobre que las ratas, se apuntaban a la deslocalización de sus miembros más caducos. Podían deslocalizar aquel material familiar en proceso de desguace vital por un modesto coste. Nuestra empresa se quedaba con la pensión del individuo deslocalizado mientras éste viviera. Por pequeña que fuera, y dados los mínimos costes de manutención, instalaciones, exacciones fiscales, y servicio de personal, el balance anual en la cuenta de resultados decía que las ganancias centuplicaban la inversión original. La ecuación era sencilla, a más viejos, más ganancias. Además, esta materia prima, con un 41% de población de mayores en el país de producción geriátrica, y en continuo incremento, su suministro estaba garantizado a unos precios sin competencia y por un espacio de tiempo indefinido.

Una vez montado el negocio de exportación geriátrica, todo han sido años de bonanza económica para nuestro grupo empresarial, que se ha expandido por Tailandia y Vietnam ante el incremento de la demanda de plazas. Actualmente ofrecemos precios sin competencia, ya que hemos negociado salarios inferiores a 87 centavos de dólar por operario y día.

Por eso, nunca entenderé a esos jóvenes faltos de iniciativas, siempre quejándose y perdiendo su juventud en botellones y discotecas. Yo pasé de la litrona a ser miembro de la gran patronal por una idea brillante que puse en práctica. Y es que las autoridades, cuando era joven, tenían toda la razón: quien está en el paro y no es capaz de buscarse la vida, es un parásito social que no merece el apoyo de las instituciones.

Eso sí, conviene que, cuando el  hoy joven improductivo llegue a viejo, el Estado le pase una prestación social sustitutoria para que el negocio funcione. No se puede dejar todo el peso de la economía en manos de los emprendedores como yo. Alguna compensación habíamos de tener por tanto esfuerzo ¿No? 

jueves, 16 de febrero de 2017

Músicas nocturnas.-

No sé si el improbable lector sabrá que hace unos pocos días (exactamente el día ocho de febrero), murió José Luis Pérez de Arteaga. Creo que nunca le entrevistaron en El Hormiguero, ni era un famosillo de famoseo cutre, sino más bien hombre discreto y de palabra culta. Su voz sonaba en las noches de Radio Clásica. Guiaba a insomnes como este jubilata por las largas horas nocturnas, mostrándonos los caminos melódicos de “El Mundo de la Fonografía”, que era su programa. Y eso no se debe a que algunos anduviésemos sobrados de cultura musical sino a que, por fuerza, nos hemos hecho acusmáticos y melómanos con nocturnidad, porque nuestro reloj biológico – cosa de la edad, según parece –  decidió descompasarse y convertir en vela las horas de sueño, y allá te las apañes.

Cuando las noches son una pelea entre el intentar dormir y la incapacidad de hacerlo, el remedio más socorrido – aquí se habla de una experiencia personal; luego cada cual hace lo que le peta – es enroscarse los pinganillos a las orejas y conectarse a Radio Clásica, a ver qué echan esos frikis del pentagrama. Y como el geniecillo ese que produce el insomnio no entiende de horarios a plazo fijo, lo mismo se te abre la pestaña a las 01:45 que a las 04:27, o las 05:11.

Resignado, te columpias de los auriculares, buscas en el dial el 98.8 de FM y, a lo mejor, te sale un profesor impostado que diserta sobre órganos, organería y organeros en la Península Ibérica, y aprendes que en el monasterio de Mafra (nuestros vecinos portugueses) hay instalados, y en uso, seis órganos. El año pasado, coincidiendo con el tricentenario de la fundación, hubo un concierto en el que funcionaron al unísono todos ellos, y tú los escuchas tan ricamente arrebujado entre tus sábanas.

El insomne en algo ha de entretener la mente y se dedica a sus ensoñaciones. Mientras,de los cientos de tubos borbotan raudales de notas que rebotan por las bóvedas de ese escorial a mayor gloria de Joᾶo V el Magnánimo. Por eso, por estar entretenido, trae a la memoria a Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas, esos personajes del pueblo llano, de Memorial del Convento, que escribió nuestro Saramago, escritor, comunista y panibérico (cualquiera que sea el orden de sus cualidades). Y el insomne hasta se permite flotar en la passarola, esa extraña máquina levitadora de aquel cura fantasioso, Bartolomeu Lourenço de Gusmᾶo, del que también nos habla Saramago en su novela. 

Todo lo cual se dice aquí porque las horas nocturnas de vigilia y con los ojos como platos, pasan lentamente y dan de sí como para discurrir sobre músicas celestiales y literaturas; incluso para aprender que al desvelo los griegos lo llamaban agripnia, aunque no estoy muy seguro de que el insomne sea un agripnioso, cosa que suena fatal, como que da grima. Pero de un tipo que no duerme y elucubra mientras los demás se desconectan, se puede esperar cualquier cosa.

O sea que, durante esas agripnias a horas intempestivas, en cualquier momento de la noche te podías encontrar con el señor Pérez de Arteaga, una especie de musa Euterpe que te iba guiando por el complejo mundo de las grabaciones fonográficas. De su mano, por ejemplo, podías disfrutar del allegretto de la 7ª sinfonía“Stalingrado”, de Shostakovich, con sus obstinados redobles de la caja (ese crescendo imparable que nos remite a Ravel y su “Bolero”) y esos pizzicatos reiterativos de las cuerdas, simbolizando el avance de las tropas alemanas sobre Leningrado, hasta llegar a las disonancias finales, que suenan como el choque de la maquinaria bélica nazi contra la resistencia del pueblo ruso. La habitación, a oscuras, silenciosa, se convierte en un campo de batalla donde el ejército soviético resiste a las tropas nazis y Shostakovich está allí para dejar un testimonio imperecedero. Tú sabes que no pegarás ojo entre tanto fragor, pero casi no te importa.

Y como la noche (fría, lluviosa y desapacible) está como boca de lobo, para conjurar los terrores nocturnos, este jubilata pasa las horas de vela entre insomnios, músicas y ensoñaciones, hasta que suenan las primeras notas de Sinfonía de la mañana a las ocho en punto. Entonces, Martín Llade nos cuenta la historieta de cuando Khachaturian fue a visitar a Dalí, quien le tuvo esperando un par de horas encerrado en una habitación. El pobre músico, a lo mejor por cosa de la próstata, no pudo aguantarse las ganas y se meó en un jarrón etrusco que se le cayó de las manos cuando el pintor, en pelota picada, entró de repente en la habitación bailando la danza del sable.

Y ya con otro ánimo, uno se levanta, va y se mete en la ducha.

domingo, 5 de febrero de 2017

Hablaremos hoy.-


Estos días de lluvia es lo que traen. Uno se enmorriña, se repliega sobre sí mismo y se pone filosófico. En la calle, la lluvia barre ese chapapote inmundo, formado por los detritos que el incivismo de los bípedos consumistas ha ido abandonando por los suelos a la espera del barrendero, que nunca llega. El jubilata, encerrado en su estudio, no quiere dejarse ganar por ese ambiente gris climatológico que se ve a través de los cristales y se respira en las noticias que se cuelan a través de la pantalla de su ordenador, los papeles de prensa, la tele o la radio… 

Por si acaso, para vacunarse contra la grisalla ambiental, escucha a Mahler. Esa marcha fúnebre de su quinta sinfonía sobresalta con el clamor inicial de sus trompetas, y produce un regusto como de tristeza ese tono menor que emplea para que imaginemos un cortejo fúnebre que, a lo mejor – imagina el escuchante –  era un entierro premonitorio de las ilusiones que se nos van muriendo según vemos la deriva del mundo… El adagietto que el músico dedica a Alma, a modo de declaración amorosa, no hace más que envolvernos en un sentimiento de melancolía, a modo de celaje que nos anubla el espíritu. A lo mejor, si escuchásemos La ritirata de Madrid  de Boccherini, alegraríamos un poco ese cuerpo serrano tan depre que tenemos hoy, pero da tanta pereza ir a buscar el CD…

Y el jubilata, que tiene un empacho melancólico a juego con el atrezo medioambiental, escarba en sus meninges a ver si de sus elucubraciones plomizas sale un pensamiento que merezca ser tomado por una reflexión profunda. Pero, ¡qué va! Por más que quisiera deslumbrar al improbable lector con una idea brillante, sus profundidades mentales no llegan más allá de aquella copla murciana: …me puse a considerar las vueltas que da el mundo y las que tiene que dar.

El mundo de las reflexiones profundas no da juego hoy, así que, ¿por qué no ser liviano de pensamiento y hablar de nonadas? Por ejemplo: “Hablemos de Trump, que es como un oso enfurecido, dando zarpazos al aguijón de sus prejuicios, y es cosa que da mucho yuyu al personal”, me digo. A la gente le gustan mucho estos monstruos de parque jurásico, se me ocurre pensar. “No, no. Hablemos de lo del precio del megavatio y la pertinaz sequía”: eso siempre produce recochineo entre el respetable, me digo. Pero, tampoco, porque – ya es casualidad – estos día llueve y nos van a poner el megavatio regalao. 

“Seamos serios” – con tantos problemas que tenemos – “Mejor hablamos de los datos fiscales esos que atropa a escondidas la Generalidad, de los que habla el Santi Vidal, y de la Catalunya Una, Grande y Libre, quintaesencia del wolksgeist hegeliano. Pero, ya que queda en entredicho la integridad nacional, alguien piensa: “Pues yo prefiero que se hable de cuando lo de Trillo, de cuando arrebató la isla Perejil a la morisma”, eso trae un regusto añorante de las viejas glorias patrias; o cuando gritó lo de “¡¡Viva Honduras!!” que la gente siempre se descojona de risa y libera muchas tensiones...

Pero uno sigue tan decaído y melancólico…

Además, hasta empieza a dudar de a qué género deba adscribirse. Dicen que el género es una construcción social al margen de la condición biológica de los sujetos de una sociedad. Pero, según parece, en el uso del lenguaje cotidiano, “género” y “sexo” se equiparan y el genérico “vosotros” se convierte en una impolitesse (micromachismo, creo que lo llaman) cuando se dirige a un colectivo en el que abundan las féminas por goleada. 

Por eso, el otro día, en una charla de los responsables de radio Museo Reina Sofía para los alumnos de un curso Senior, el perorante, hombre joven y de progresía acreditada, decidió que nos trataría de “vosotras” sin menoscabo de nuestro gonadario. No me pareció mal, siquiera por economía de lenguaje. Así el perorante se ahorraba ese reiterativo “vosotros y vosotras”, “amigos y amigas”  (o viceversa, por el delicado equilibrio entre géneros/sexos), “escuchantes y escuchantas”. El “vosotras, amigas escuchantas…” nos lo podría haber dicho tranquilamente, pero no lo hizo, que era persona de recursos oratorios, aunque sometido a las modas sociales. Lo cierto es que este jubilata, al verse envuelto en aquel “vosotras” se sintió liviano y como rejuvenecido.

Y bastante más joven era cuando asistía a los cursos que el Institut Français impartía para funcionarios del Ministerio de Cultura, siempre rodeado de archiveras, restauradoras y bibliotecarias. En aquel grupo, que se consolidó en los varios cursos que hicimos, un servidor no pasó a ser uno más del “vosotras” entre tanta mujer, sino “el chico” por antonomasia entre aquellas mujeres con un nivel profesional y cultural envidiables. Lo cual tenía la ventaja de sentirme como una minoría protegida por aquel matriarcado de intelecto firme y educadas maneras femeniles, aunque, a veces, sometido a un amistoso trato irónico. No se puede ser “el chico” entre tanto mujerío sin pagar ese pequeño peaje, que yo lo pagara con gusto ahora si me viese tratado de igual manera por mujeres de tanto fundamento como aquellas.

Y, ahora que lo pienso, las telarañas de la murria se han ido entre aquellos recuerdos. Pues eso.

jueves, 26 de enero de 2017

Trump y la Patafísica (y otros de aquí).-


Si alguien piensa que la jubilación significa el retiro de toda actividad, que se desengañe. Sólo el esfuerzo de comprender el mundo que nos obligamos a vivir exige más energía y atención que la rutina laboral de cuando éramos pieza del engranaje productivo. Solo que ahora el esfuerzo no es a cambio de un salario, sino para evitar que seamos expulsados de la comprensión de unas formas de vida en estado fluido que hace tiempo nos rompieron los esquemas con los que entendíamos el mundo. 

Vienen a resultar como dice la pintada que Mario Benedetti leyó en una pared de Lima: ahora que sabíamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas, y lo que Zygmunt Bauman trató de explicarnos en su Modernidad líquida. Vivimos una realidad viscosa y movediza que nos embadurna y no nos deja hacer pie firme. Así que, jubilatas que somos y con todo, tenemos que chapotear en un mundo sin referentes claros para mantener el equilibrio. Y eso, aunque nuestras preguntas sean inútiles y las respuestas cambiantes, y el despropósito, la normalidad de cada día.

Por esas caprichosas asociaciones de ideas que surgen durante la lectura – pero que algo tienen que ver con lo anterior –, andaba un servidor leyendo un poema surrealista de ese señorito rojeras que fue Rafael Alberti,

Nueva York.
Un triángulo escaleno
asesina a un cobrador.
El cobrador, de hojalata.
Y el triángulo, de prisa,
otra vez a su pizarra.
Nick Carter no entiende nada.
¡Oh!
Nueva York,

cuando me vino a la mente el Americam first! que lanzó ese espécimen del neocapitalismo populista que llaman Trump, y que tuvo a los limones de Argentina como primera víctima del proteccionismo.

A un servidor, que suele ver la vida a través de sus lecturas y a veces a pesar de ellas, eso de que un señor con nombre de pato de waldisney se ponga a gobernar el imperio desde un mundo de purpurina con retrete de oro, le suena a pesada broma dadá, a incongruencia que solo se explica mediante la lógica patafísica, donde lo normal son las excepciones, con lo que la norma se convierte en excepción de las excepciones. Lo cual explica la existencia de la anormalidad como forma de lo habitual. No sé si me explico. 

Por si el improbable lector no lo sabía, la Patafísica es ciencia que va más allá de la Metafísica aristotélica, y es muy útil para comprender por qué la normalidad, tal como la conocíamos de siempre, no tiene consistencia más que si aceptamos como normal que un señor quiera levantar un muro de muchos miles de kilómetros para que no se le cuelen los zarrapastrosos hispanos – en las Américas -, o aquí – en el solar patrio; también bar Casa Pepe – otro señor dé por normal la ocurrencia de que la electricidad es cara porque no llueve.

Ya sabemos que resulta un pelín complicado entender el mecanismo mental por el cual alguien construye muros muchikilométricos contra el hambre, o fía el precio del kilovatio al régimen pluviométrico de un país soleado que va para erial, pero a esas perplejidades da cumplida cuenta la citada ciencia Patafísica. 

Y si tienen dudas, no dejen de consultárselo a Fernando Arrabal, quien es Sátrapa Transcendental del Colegio de Patafísica y está a punto de nombrar miembro honorario de la docta institución al señor Donaldo. Claro que a la citada docta institución deberían pertenecer por méritos acreditados, y por hacer del absurdo normalidad, a quienes tienen a todo un país haciendo rogativas a la Virgen del Rocío para que baje el paro y a la Virgen de la Cueva para que lluevan megavatios por un tubo.

domingo, 15 de enero de 2017

Una caminata: de la torre de señales a Miaccum.-

Marcha diseñada por Juan F. Romero.

Llama la atención al caminante, cuando atraviesa el pueblo de Collado Mediano, encontrar un monumento con un gran ancla junto a un fuste cilíndrico de piedra labrada. Es difícil imaginar que este pueblo, situado en la presierra madrileña, tuviera algo que ver con las cosas del mar, pero así es. En 1944 la marina española construyó aquí un hospital antituberculoso sobre terrenos cedidos por el municipio, que acogió también a los colladinos afectados por la tuberculosis. Como recuerdo queda este ancla junto a la columna, para simbolizar el hermanamiento.

El amigo Juan Romero nos preparó una caminata  por tierras colladinas para que el veterano Trío de los Tejos pudiésemos disfrutar de un día de naturaleza a golpe de bota montañera, además de un par de visitas interesantes que pueden entrar dentro de la arqueología histórica y la industrial o técnica, dicho sea con minúsculas. Es nuestra costumbre, siempre que sea posible, aunar el esfuerzo caminero con el disfrute de la naturaleza y la observación de bienes culturales que han quedado integrados en el paisaje. Somos, por decirlo así, modestos seguidores de las enseñanzas de la Institución Libre de Enseñanza: ejercicio físico hermanado con naturaleza, cultura y paisaje.

Cerca de la casa de cultura hicimos nuestra primera estación para ver el enorme castaño de indias que no podíamos dejar de visitar. Primero, por su gran porte; segundo, porque siendo su nombre botánico el de aesculus hippocastanum, de tanta enjundia latina, merecía pleitesía. En aquella plazuela, rodeado de coches y desnudo de hojas, parecía como preso y necesitado de espacio donde expandirse y mostrar su majestuosidad de árbol singular. Está recogido este ejemplar en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora de la Comunidad de Madrid.

Entre Collado Mediano y Moralzarzal existe un cerro de 1.330 m. de altitud que recibe el nombre de Cabeza Mediana. Cuando uno llega a su cima se encuentra en una cabeza alomada, con suave curvatura y despejada. Allí, el caminante ve en lo alto una torre, cuadrangular, de líneas simples, con un cierto porte militar, rematada por unas barras metálicas verticales, unidas entre sí por chapas horizontales a ciertas distancias y una esfera móvil que se deslizaba a lo largo de un vástago. Tiene tres cuerpos y el acceso se hacía por el primer piso, con una escalera escamoteable, a fin de evitar asaltos o robos. Es la torre de señales nº 5, de 52 que había en la línea, que enlazaba el telégrafo óptico con origen en el Cuartel de Conde Duque y final en Irún.

El diseño de la línea fue obra del coronel de ingenieros José Mª Mathé, quien lo ideó para comunicar a la Corte con lugares de interés estratégico. Lamentablemente, el sistema de señales ópticas tuvo una vida efímera  (entre 1846 y 1855) porque se impuso rápidamente el telégrafo eléctrico. Aunque no podía competir con él en eficacia, podía enviarse un mensaje cifrado desde Madrid a Irún en tres horas, y si se tiene en cuenta que el correo de la época se hacía a uña de caballo…

Pues eso, estuvimos en el cerro, vimos la torre, afortunadamente restaurada, y algo aprendimos sobre viejos sistemas de comunicación que han quedado en el olvido y a los que, según parece, no se ha dedicado demasiada atención. Son cosas que pertenecen ya a la arqueología técnica, pero que forman parte de nuestra historia contemporánea y, como tal, forman parte del patrimonio del país.

De la misma forma, también un lugar arqueológico de visita interesante, es Miaccum, en una zona de dehesas, de nombre El Beneficio. No se tiene mucha certeza, pero se da por aceptable – hasta que nuevas investigaciones pongan las cosas en su lugar – que es una mansio romana, posada o venta, junto a la vía XXIV antonina; vía secundaria que enlazaba Segovia con Complutum, atravesando por el puerto de la Fuenfría. La posada no debía carecer de comodidades, ya que tenía una sala comedor, dormitorios, cocina (aparecieron restos de abundante menaje en las excavaciones) y hasta un baño con su caldarium y tepidarium. Hubiera hecho las delicias de don Quijote y Sancho, si hubieran encontrado tales comodidades en los tiempos del asendereado caballero. Aquella venta no le hubiese parecido castillo, sino palacio y de muchas campanillas.

Hoy en día el lugar está protegido por una cubierta, aunque cerrado a las visitas. Hay, en las proximidades, un centro de interpretación, también cerrado momentáneamente. Supongo que es debido a la falta de recursos, mientras vemos si del rescate de las autopistas aznariles sobran algunas migajas para emplear en cultura.

Próximo al yacimiento, en el camino de acceso pueden verse unos metros de enlosado que, dicen, es un resto de la calzada, sobre la que corría, pasados los siglos, una cañada de ganados.


En nuestro caminar pasamos por zonas de pinos de repoblación, muchos de ellos afectados por la procesionaria. Se ve que el cuidado del monte no produce dividendos, como los bancos, ni es objeto de rescate como ellos, ni cristo que lo fundó. 
El bosque autóctono está representado por chaparras y enebros (unas cabras andaban comiendo los brotes más tiernos), y donde ha desaparecido el bosque original, matorral con jara o estepa, tomillo, cantueso, algo de herbazal como matas de berceo, y otras especies que este jubilata no conoce o no se fijó en ellas. 

También vimos dos antiguas canteras abandonadas, muestras de la minería propia de aquella zona.  La cantería ha sido, tradicionalmente, una de las actividades económicas de este municipio. Sus canteras de granito se localizaban por la zona del El Chaparral. De allí se extrajo la piedra para el adoquinado de Madrid en el S. XIX. También el plan de adoquinado de carreteras, en 1923, durante el llamado Directorio del dictador Primo de Rivera, sirvió para dar trabajo a los jornaleros del pueblo. Actualmente no hay canteras en explotación, aunque sí en el próximo pueblo de Alpedrete.


Y como muestra del folclore rural, símbolo de una España profunda a dos pasos de la Gran Vía, sepa el improbable lector que, en una finca próxima, un cartelón de notables dimensiones avisaba: Guarda gitano. Javi. Nosotros, caminantes que éramos y gente de paz que estaba de paso, no profesos en la orden de Monipodio, pasamos de largo charlando de nuestras cosas.

Ya de regreso a Collado Mediano, en la dehesa de la Jara, entre fresnos y encinas, entramos a ver un espléndido alcornoque (quercus suber), dizque de unos 300 años de edad, según una tomografía que se le hizo en 2014. Tiene un porte tan majestuoso que despierta admiración, y goza de una salud que para nosotros quisiéramos los que estamos en edad provecta y no alcanzaremos, ni de coña, la suya, por mucha farmacopea que inventen los humanos.

No podía faltar en estas andanzas un rato de asueto para aliviar la carpanta tras tanto trajín caminero, con el bocata que siempre viaja en el fondo de la mochila. Teníamos por recostadero una roca y por manteles los verdes prados, y todo el horizonte por alojamiento. Si alguno de los presentes aspira a más es porque nunca ha caminado por prados, montes y veredas, ni ha respirado el olor que desprende el tomillo cuando tus botas montañeras pasan sobre él. 

Así que, amigo lector, no te quedes en casa que hay mucho que disfrutar fuera del asfalto. Sacúdete la pereza, cálzate las chirucas, coge el morral y ve a conocer la naturaleza antes de que las hordas negacionistas de Trump conviertan el planeta en un erial con alambradas y no tengas más horizonte que la pantalla de tu Iphone.

jueves, 5 de enero de 2017

Comencemos bien.-


Todavía no habíamos terminado en casa de comer los últimos langostinos de estas fiestas cuando, entre mis lecturas, me encontré con esta frase: La vida es una enfermedad mortal de transmisión sexual. Que, a punto de empezar un nuevo año, uno se perciba irremediablemente enfermo de vida, y que, precisamente, el foco de contagio esté allí donde más gustirrinín le da al personal, no es reflexión apropiada para estos últimos días de jolgorio y paga extra. La impertinencia merecería algún tipo de reprensión por lo inapropiada. Pero, si hemos de ser justos, a nadie se debe culpar de la salida de tono si no es a este jubilata que se mete en lecturas raras durante estas fechas navideñas. Bien es verdad que, como impenitente lector, un servidor acostumbra a leer cosas como ésta y algunas más inapropiadas, sin consideración a estas pasadas alegres fiestas de paz, amor y tópicos habituales.

Andaba un servidor tan contento porque, por fin, se había terminado ese año tan ingrato de 2016 (“Año bisiesto, año siniestro”, dicen) y porque el gobierno de la nación, en su generosidad sin límites, nos había subido un cuartillo de punto la pensión, aunque no todo son albricias mientras fundimos los flecos de la extra de navidad. Si uno ha de ser sincero, aparte lecturas raras, el único problema que ha perturbado un tantico la paz doméstica en estas postrimerías del uno y nacimiento del otro año, ha sido que el número de langostinos sobre la mesa era impar y nosotros éramos pares. Andábamos peleándonos, a fuerza de corteses, sobre que ambos queríamos ceder al otro el derecho a disfrutar de aquel marisco desparejado. Al final, por no llegar a las manos por exceso de generosidad, la santa y yo decidimos echárselo a los gatos que andan por la vecindad.

Ya digo, esperábamos el año nuevo con cierta ilusión. Y para que ésta no se desbaratase a la primera de cambio, decidimos poner entre paréntesis las brutalidades habituales de la humanidad (explotación de niños, guerras y carnificios de inocentes y otros etc. tan habituales que ya ni salen en los telediarios) y fijarnos sólo en los dimes y diretes de los políticos y sus aledaños, sus vuelcos de fortuna, y su predestinación a ser carnaza de los media y las redes sociales. Y la primera pieza que se ha cobrado el año es la del heroico reconquistador de la isla Perejil, aquel Trillo-Figueroa que gritó un trepidante “¡Viva Honduras!” en El Salvador. Lo del Yak 42 no es para broma, y menos la indignidad de las autoridades responsables, así que en esta bitácora no se hará coña al respecto.

Lo de Podemos y su juego de las sillas a ver quién se queda sin una donde plantar el culo ya venía del año pasado, y por eso le hemos dedicado menos atención, aparte que andamos con el corazón partío entre pablistas y errejonistas; claro que se nos han escapado varios snif, snif con la tierna carta del señor Iglesias a aquella anciana militante a la que también partieron el corazón. Como este jubilata no ve lo de Juego de Tronos, no puede opinar sobre quién asume qué papel en este remake de los Siete Reinos, así que queda a discreción del improbable lector.

De la Gestora del Psoe, con la sucursal que les ha salido unos portales más abajo en Ferraz, poco se puede esperar. Es espectáculo que dio lo mejor de sí el pasado bisiesto, cuando defenestraron a Pedro, expulsándolo de la comunión de los fieles, y anda ahora desterrado como condotiero sin mesnada para asaltar el susanato.

El señor Rajoy, habitual en este circo, no nos dará muchas sorpresas con su política económica. Una vez descubierta la poción mágica: echo a uno que cobraba 3 y contrato a tres que cobran 1/3 cada uno, las estadísticas de empleo se me ponen por las nubes, y no hay más que dejarlo correr. Lo más gracioso de sus ocurrencias es verle hacer jogging con aires de Aquiles tardígrado y pasmo en la mirada que se empeñan en sacar por la tele. No estoy muy seguro (tan ocupado he estado con los langostinos), pero creo que los nuevos en el gobierno todavía no han hecho los suficientes méritos para despertar el jolgorio twitterino; solo hay que esperar y darles un poco de tiempo a que se aclimaten.

Y, por no dejar a otro de los grandes en el tintero, paso con frecuencia por delante de la sede de Ciudadanos, cerca del puente de Ventas, y siempre me pregunto quién coños pagará el alquiler del local y el personal que trabaja allí. Confío en que no les montarán un desahucio y así puedan dedicarse a sus equidistancias sin angustias presupuestarias. Para una derecha civilizada que parece quieren ser, sería una lástima verles con los muebles en la calle.

Por lo demás, no nos queda más que esperar y ver qué dará de sí este 2017. Por las pintas, debe de ser de la misma casta que los anteriores, así que ojo al dato. Quien avisa no es traidor ni mal amigo, así que amigo lector, amiga lectora (por aquello de la igualdad de género), ojo avizor. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Divagaciones de ocioso.-


En esta misma bitácora, un sobrino de mi santa (y, por lo tanto, mío en usufructo) me dejó hace años un comentario que recuperé el otro día por azar. Contaba él, a propósito de la gente que se siente defraudada leyendo cosas como la presente, lo que sigue: Un tipo me reclamó los 38 segundos de su vida que había perdido viendo un dibujo animado mío que colgué en mi página Web. De haber podido, se los habría devuelto, pero, eso sí, convertido en rana. A mí, francamente, me parece excesivo convertir en rana a todos los lectores a quienes la lectura de esta bitácora haya defraudado y lleguen a exigirme resarcimiento. La algarabía de croares iba a ser ensordecedora.

Más bien, si es que no tenían bastante castigo con leer las cosas de aquí, les pondría a desentrañar frases culteranistas del tipo:

De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío…

Se iban a enterar de lo que es leerse la fábula de Polifemo y Galatea de un tirón y quedarse ayuno de comprensión y con las entendederas en estado de shock. Seguro que sería un alivio para ellos descubrir que, aquí - dicho a la pata la llana - don Luis de Góngora y Argote nos está diciendo que Polifemo vivía en una gruta. Lo de llamar formidable bostezo de la tierra a la espelunca aquella es un hallazgo que ni el galardonado con el premio de oratoria parlamentaria de este año hubiese  caído en ello.

Y, puesto que, de una forma u otra, siempre salen a relucir las ocurrencias de los políticos en ejercicio del poder, he descubierto que también ellos guardan una cierta relación con otro ilustre barroco: don Francisco de Quevedo y Villegas. Me explico: Don Mariano (hombre de notables ocurrencias) se fue a Nueva York para poder escribir un twit de esos hablándonos del “universo visual de José Luis Borges”, a propósito de una exposición en el Instituto Cervantes. Desliz del que no queda libre nadie que viaje a Nueva York dispuesto a poner twitters. Cosa que es, si bien se mira, una nonada.

El flamante nuevo ministro de Asuntos Exteriores, señor Dastis, fue un poco más allá en respuesta a una interpelación parlamentaria sobre el exilio económico de nuestros jóvenes. Para el gobierno, por lo visto, eso de irse a buscarse la vida por esos mundos es una muestra de inquietud y amplitud de miras, aparte que “irse fuera enriquece”.  Que el país se gaste millones en la preparación de sus jóvenes y que éstos sean explotados en sus conocimientos por países que no gastaron un céntimo en su formación es, por lo visto, amplitud de miras. Siempre pueden volver a casa por Navidad, con una tableta de turrón bajo el brazo. La cosa del ministro ya no sabemos si fue necedad o pura desconexión de la realidad social.

Allá por el S. XII, don Chrétien de Troyes escribió Perceval o la historia del Grial hablando de un caballero galés de nobles sentimientos y gran corazón. Por estos pagos, ese caballero de nobles sentimientos es concejal del PP en el ayuntamiento de Madrid. Con toda su buena intención, en plan cuñado generalmente bien informado, nos advierte de que “el autor del atentado terrorista en Berlín fue un refugiado paquistaní”. Premisa mayor de la que se concluye que todos los refugiados pueden ser terroristas, seguida de la admonición “no hay peores ciegos que los que no quieren ver”. Por lo cual, ACNUR le da una colleja en buen plan recordándole la conveniencia de que los cargos públicos sean prudentes en sus mensajes. Y aquí ya no estamos ante una necedad venial, sino ante pura y dura ideología de cerrojo y alambrada con concertinas.

Es esa contumacia en los despropósitos la que recuerda a este jubilata – aunque sea traído por los pelos – lo que dijo el señor de La Torre de Juan Abad, o sea, Quevedo, en su Origen y definición de la necedad: “El repetir uno en un mismo día y en una misma conversación una misma cosa, por la primera vez se le atribuye a falta de memoria, y a la segunda se declara por necedad venial, y a la tercera reincidencia se confirma por necedad entera con bordón y esclavina y notoria falta de caudal”. No se sabe bien si tanta insistencia en la necedad es por falta de caudal de sentido común o por desbordamiento de torpezas, pero cada día tenemos una perla, sea tuitera, sea parlamentaria, y siempre por exceso de palabras y falta de reflexión.

Pero no crea el improbable lector que esto de los despropósitos es atributo exclusivo de los hombres públicos, también entre los de a pie suele darse. Estuvimos la otra mañana en la Fundación Juan March visitando Escuchar con los ojos. Arte sonoro en España 1961-2016. Y por especial deferencia, nos acompañaba don José Iges, comisario de la exposición, quien iba desentrañándonos el sentido de la muestra. Visualizar las obras sonoras en una exposición y hacernos comprender sus cualidades más allá de lo puramente sonoro, en relación con las tecnologías, con el medio expositivo, con la memoria colectiva y con el silencio…, era cuestión que nos tenía pendientes de sus explicaciones.

Una señora del grupo se acercó para decirle que acababa de ver dos fotos de mujeres desnudas en la muestra y que a ver qué pintaban allí. Nuestro guía, como discreto, improvisó una disculpa ocasional y siguió con sus explicaciones. Algunos fuimos a ver aquello y resultó ser un desnudo de mujer en pie, que despertaba tanto interés como si estuviera en hábitos de ursulina. ¡Es una indecencia!, dijo la señora. Una compañera y yo nos miramos sorprendidos y los ojos nos hacían chirivitas de perplejidad. Si aquella dama escandalizada – pensé yo – hubiese llegado a ver El origen del mundo, de Coubert, seguro que se cae espatarrada de la impresión. En fin, estoy seguro de que el comisario de la exposición debió anotar este incidente en su anecdotario particular.

Y, por no alargarme más, sepa el improbable lector que no le odiaré si siente que pierde un tiempo precioso leyendo las cosas de este jubilata y me pide resarcimiento. No le desearé que se convierta en rana por tantos minutos cuantos dedicó a la lectura; ni siquiera le desearé que se convierta en sapo de esos que son besados por princesas de cuento y se transforman en príncipes azules. Ya hay demasiados ociosos de sangre azul con cargo al presupuesto.