miércoles, 24 de febrero de 2021

De sombras chinescas. -


 En mis largas caminatas de jubilata ocioso y peripatético, acostumbro a caminar por Arturo Soria y paso con frecuencia por delante de la embajada china, oculta, tras su alto muro, liso, sin fisuras, a toda mirada indiscreta. Frente a ella, en una praderita de hierba, bajo unos pinos, suele ponerse un grupo de meditación de nombre Falun Dafa, que protesta silenciosamente por las torturas que el gobierno chino inflige a los adeptos a dicha secta o movimiento religioso, aunque uno ignora todo sobre ella, su filosofía y las vicisitudes de sus adeptos. Puestos a mantener un aséptico escepticismo, ni siquiera puede uno afirmar la certeza de tales atropellos que ellos denuncian. Aunque sí me despiertan cierta conmiseración al ver las fotos de personas con el cuerpo lacerado.

Muchas veces he pasado junto a ellos y nunca me he atrevido a observarles con mirada de curioso paseante, y menos a fotografiarles, hasta hoy que escribo sobre ello. Un servidor siempre siente cierto pudor ante las manifestaciones de tipo religioso, cualesquiera que sean, y evita interferir en sus ritos, ni siquiera con la natural curiosidad de quien gusta de los espectáculos cuanto más exóticos, más entretenidos.


Pero esta vez, sí. Esta vez observo a los meditantes, leo sus carteles, fotografío, cojo un puñado de sus folletos para ver de qué va, y todo ello se lo cuento al improbable lector, por si suscita su interés durante los minutos que dure la lectura de esta entrada en la bitácora. 

Total, para su conocimiento, le contaré al improbable - pero siempre paciente lector - que este movimiento fue fundado por un señor chino de nombre Li Hongzhi en el año 1992, que se hizo muy popular en China, logrando millones de adeptos – según la información que ellos transmiten – y que fue prohibido el 20 de julio de 1999 por no ajustarse a la ideología oficial. Enseña sencillos ejercicios físicos y de meditación tradicional china para lograr un estilo de vida saludable; se rige por los principios de Verdad-Benevolencia-Tolerancia y pretende que sus adeptos sean gente amable, honesta y paciente.


Todo lo cual debe entenderse como información tomada de sus folletos y carteles, sin que este jubilata pueda contrastarla para saber hasta donde llega la certeza. Viendo su actitud pacífica y de meditación interior, no parece un enemigo de talla frente al poderoso Estado chino. Aunque sus proclamas del tipo: ¡El Cielo protege al pueblo chino y acabará con el Partido Comunista Chino! ¡Renuncie al PCCh para su seguridad y paz!, no son como para que la burocracia del partido no le preste atención y actúe de forma expeditiva, como acostumbra.

Es el problema de estas sobras chinescas, porque el ocioso paseante no sabe delimitar sus perfiles y ha de optar entre lo emocional y lo racional, sin saber a ciencia cierta si las fotos de torturados son testimonios ciertos o un apoyo gráfico para evidenciar la bondad de Falun Dafa frente a la dureza del sistema comunista (comunista en lo ideológico, neoliberal en lo económico – doble dictadura –) chino.

Con esas dudas, el paseante continúa su camino y deja vagar su pensamiento porque sabe que la mente, en proceso libre, suele elaborar ensoñaciones, no está obligada a un pensamiento riguroso y ayuda a dar un paso tras otro, calle adelante. En sus rutinas, no es consciente de que siempre pasa por los mismos lugares y es, después de todo, como ese hámster aprisionado en su jaula que se afana trepando por la rueda que le lleva a ninguna parte, pensando alcanzar la libertad, pero dándole vueltas sin fin a la noria de su infortunio. 

Infortunio del buey atado al pesebre, eso sí, con los bienes materiales satisfaciendo sus necesidades más elementales de alimento, alojamiento y seguridad... Y con el espíritu en vuelo libre mientras callejea por los lugares donde suele.

lunes, 1 de febrero de 2021

Al hilo del mural morado.-


Este barrio nuestro de la Concepción ha estado un par de semanas en el candelero, no porque su parque del Calero haya sido arrasado por la borrasca Filomena y así siga a finales de enero, o por sus habituales basuras amontonadas junto a los contenedores haciendo paisaje. Lo ha sido por un mural feminista, en gama de morados para hacer juego, que querían borrar nuestros políticos dextrógiros del distrito de Ciudad Lineal. 

Al final, la cosa ha quedado en agua de borrajas. En el barrio no ha gustado la broma del borrón y cuenta nueva. Habiendo tanta tapia donde pintar lo que tuvieran a bien, ¿Qué necesidad había de emborronar lo ya pintado? Total, que no han tenido la suficiente habilidad ni redaños para sacar adelante el asunto, así que mejor lo dejamos, han debido pensar. Y hacen bien, porque ocasiones de malgastar su tiempo de políticos municipales y el dinero del contribuyente no faltarán. 

Y no es por nada, que bien está el mural donde está y no pide pan. Es porque así nuestro barrio ha ganado cierta notoriedad y, a lo mejor, las autoridades competentes le dedican un poco más de atención, nos arreglan las aceras, sanean el parque, recogen las basuras, y otros pequeños detalles por el estilo. Pero nos conformaremos con haber sido noticia de escándalo durante quince días, día más o menos. Han sido nuestros quince minutos de gloria, que a todos alcanza, según me comentaba mi vecino el depre, quien, aparte sus neuras habituales, últimamente cultiva con esmero la de la pandemia y apenas se deja ver.

Prácticamente a diario paso por delante del polideportivo y veo esos iconos feministas. La verdad, pocos rostros soy capaz de reconocer, que yo de santorales no ando muy allá. Sean laicos o religiosos. Lo que sí me ha llamado la atención – y no debiera – es que una torpeza política haya convertido este mural en campo de batalla ideológico y en templo de laicidad, patrimonio de la humanidad si nos ponemos trascendentes. Lo que se dice ir a por lana y volver trasquilado.

De todas esas damas retratadas, a la que sí reconozco es a doña Rigoberta Menchú, por quien mi profesor/tutor de Historia de América (cuando yo hacía Geografía e Historia en la UNED) no tenía ninguna simpatía. Él había hecho durante varios años trabajos de campo en la América hispana y conocía el paño. Lo menos que le reprochaba, y el sabría por qué, era que había inflado su currículum de mujer progresista en beneficio de una carrera prometedora lejos de su país.

De la francotiradora rusa - por mentar alguna otra - Lyudmila Pauliuchenko, tampoco sé más que lo que he leído en los artículos panegíricos sobre las damas retratadas. Por lo visto, en Odessa fue el terror de los soldados nazis con su puntería y fría habilidad para cazarlos entre las ruinas. De francotiradores, sólo uno he conocido personalmente, y hacía gala de ello. Fue visitando Armenia y era nuestro guía, Edgar, quien fue francotirador en el anterior conflicto de Armenia con Azerbaiyán por Nagorno Karabag. Mi impresión al respecto queda reflejada en estas líneas que escribí en mi diario de viajes: Muestra bastante agresividad frente a los turcos y, a lo largo del viaje, no dejará de hacer chistes de mal gusto y pesados, a cada paso para mostrar su animosidad. Esto fue en abril de 2017.

Claro que para mostrar animosidad y franca enemistad no hay que ser francotirador armenio o ruso, basta que uno de rienda suelta a simplismos ideológicos elevados a categoría. El resultado ha sido, después de unos millares de tuiters y alborotos en redes sociales de masa, poner en los altares mediáticos, por un ratito, a un barrio que sobrevive con resignación a la desidia municipal. Y mientras somos reyna por un día, los jubilatas del barrio nos paseamos tan orgullosos por delante de la tapia morada de polideportivo de la Conce. Y las señoras que andan por la cincuentena, por lo menos las más progres, van y se hacen selfis delante de los iconos feministas. 

Y el barrio sigue su habitual run-run. A la espera de que algún iluminado alumbre una genialidad que vuelva a darnos fama en los mass-media, tan necesitados como están de pasto fresco. Que lo de la pandemia ya aburre un poquito, oiga.

miércoles, 20 de enero de 2021

Filomena.-

 


Citarizat cantico dulcis Filomena: Ameniza con su cántico el dulce ruiseñor… Pero mira por dónde, fueron a darle tan hermoso nombre de Filomena a una borrasca que nos ha dejado la capital mesetaria como las estepas rusas, cuando el General Invierno – como decía el general Kutúzov – derrotó a las tropas napoleónicas. Aquí no ha derrotado al más victorioso ejército europeo con su manto de nieve/hielo, sino que ha puesto en evidencia las vergüenzas municipales con su desidia e inoperancia.

Mientras escribo esta entrada a la bitácora, la borrasca/macho Gaetán (por aquello de la equidad de género, las hay hembra, una, y macho la siguiente, en armoniosa alternancia alfabética) se está instalando sobre nuestras cabezas y promete trombas de agua. Grandes aguaceros que lloverán sobre lo helado, cegarán los imbornales de las calles, arrastrarán las ramas arrancadas por la precedente y, con suerte, se llevarán calle abajo todas las basuras acumuladas en torno a los contenedores.


No hay mal que por bien no venga. Lo que la ineptitud municipal no alcanza, Gaetán lo resolverá por las bravas. Eso, aparte de las horas de emisión que va a ocupar en todas las cadenas televisivas, un poco saturadas ya de tanta estadística del Coronavirus que nos asalta por oleadas. Y mientras Filomena se va entre suaves temperaturas y Gaetán nos entra como un oleaje arrebatador, nosotros, parapetados tras las por fin bien surtidas estanterías del súper del barrio, no entendemos por qué nos toca vivir estos tiempos tan sin sosiego.


Es la economía, estúpido
, creo que dijo Bill Clinton: Es el cambio climático, cuñao, que no te enteras, podríamos decir. Pero vaya usted y cuéntele eso al personal, harto de confinamientos. 
Después de casi doce meses de encierros domiciliarios, o por barrios, o perimetrales; aparte los teletrabajos, los ERTES, los toques de queda, las consignas contradictorias, las estadísticas fluctuantes; amén las perpetuas descalificaciones entre políticos, no está la Magdalena para tafetanes. La gente lo que quiere es terracita al aire libre y parranda, si puede ser. Un carpe diem de ir tirando, de comamos y bebamos que mañana ya veremos cómo nos las apañamos... Y lo que adelante va atrás no queda.

Este jubilata, que se está tomando la edad provecta y las circunstancias adversas con un cierto estoicismo, dentro de lo que su temperamento le permite, disipa su vida y su tiempo en faenas domésticas (al alimón con la santa) que dan como resultado una casa aseada y provista con suficiencia, una cocina simple y sabrosa. Eso en cuanto al sustento del vivir diario.

En cuanto al ocio (entre otros más actuales), existe un pequeño invento que ya los romanos cultivaban: la lectura. Perdone el improbable lector: luce lucernae operam dare, decían aquellos impenitentes lectores que se pasaban la noche leyendo y estudiando a la luz de la lamparilla de aceite. Nosotros somos unos privilegiados con eso de las luminarias. Es cierto que, desde que el ministro Soria se inventó eso de subastar la energía eléctrica por horas – a cambio de suculenta puerta giratoria –, nos cuesta los ojos de la cara. Pero nadie negará que las lámparas led no son descanso para la vista.

Otra cosa es a qué lecturas se dedique uno, a veces no confesables. No por nefandas, sino por la rareza y anacronía que entrañan en sí. No diré cualas, pero sí que, de tarde en tarde, alimentan mi pequeño glosario de palabras regaladas y son una fuente de diversión modesta. 

A modo de ejemplo vaya ésta: melcocha, que es un dulce hecho con miel espesada por cocimiento. Venía en este texto: … y que la gente que ahora se hace para el cielo es de a pie, gente menuda, gente afeminada y de melcocha, que ni un papirote sufre por Dios. Y esta otra: sacomano, que es tanto como pillaje, saqueo. Y en su contexto: ¡Como meteremos sacomano al mundo, y cómo meteremos a cuchillo toda esa gente adúltera y fornicaria, y usurera, y logrera, y tramposa, y homicida, y rebelde, y cruel, y hazañadora, y bellaca!  Y es que aquellos frailes predicadores eran de lo más truculento.

¡Ah! Los anteriores son textos citados por don Julio Caro Baroja. Para mí que es el único erudito que se ha leído los tratados teológicos, morales, devocionales y sermonarios de cuando los Austria eran tan devotos como fornicadores. Tal Felipe IV, que lo mismo andaba de pingos por los pasadizos del convento de San Plácido, buscando beneficiarse de la novicia Margarita, como tenía correspondencia mística con sor María de Ágreda, ante quien se confesaba pecador y responsable de los males del reyno como justo castigo divino. 

Sin tantos escrúpulos morales, ahora tenemos por ahí un Borbón emérito ya ex fornicario a fuerza de edad, pero como no nos lo cuente un influencer/youtuber de esos que se van a Andorra para no pagar impuestos, casi no nos enteramos.

viernes, 1 de enero de 2021

Estrenando año, a ver qué pasa.-

 Anda este jubilata últimamente preocupado por la sequía de esta bitácora. Y con razón, porque pasan las semanas y no se encuentra material de provecho que llevarse al teclado del ordenador. No porque estos tiempos de confinamiento a ratos y según conveniencia comercial no den asunto a tratar; es porque los asuntos con que nos forrajean el pesebre mediático son tan repetitivos y previsibles que no hay por donde exprimirles un poco de originalidad. 

Lo más original que ha ocurrido estas pasadas fiestas navideñas ha sido que al Raphael le han montado un espectáculo de lucimiento ante cinco mil añorantes y se ha armado la de dios es cristo por si aquella multitud era potencialmente propagadora del Covif-19 (o alguna de sus mutaciones). La discusión sobre si sí era contaminante o, al contrario, la multitud estaba bajo control y era más inocua que una reunión familiar de seis miembros, ha ocupado horas y días de pantalla. Mayor provecho no se le podía haber sacado al recital raphaelino.

Además de los sesudos análisis médicos en los medios afines y adversos al evento, y el habitual guirigay en Twitter y demás rebaño de redes sociales, todos ellos han cumplido su función sobradamente: hacer olvidar al personal sus auténticos problemas: el diario vivir de cada día sin tomar conciencia de que somos manipulados como cobayas de neurona moldeable. 

Pero desde esta bitácora no nos pondremos transcendentes, menos aún a primeros de año. Antes bien, el pesimismo antropológico que aquí se practica – siempre en defensa propia – nos lleva a mirar estas pequeñeces con una cierta condescendencia: el material humano no da más de sí y los de clases pasivas ya no estamos en edad de elucubrar sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, como hacían los teólogos bizantinos. Aparte que nos da un poco lo mismo.

Aquí, en esta bitácora, practicamos la intranscendencia para no complicarle la existencia al improbable lector. Y, de tarde en tarde, y si está en nuestras manos, nos vamos burlando de las pequeñas realidades que nos toca vivir mientras el tiempo se toma su tiempo. Si, por equivocación, nos ponemos pensadores – que a veces sí, aunque sólo un ratito –, es filosofía de mesa camilla fácilmente digerible. Basta con cambiar de canal.

Claro que, tras esta confesión de intranscendencia, los que llevamos impresa la fecha de caducidad no podemos dejar de reflexionar sobre el paso del tiempo (acabamos de cambiar de año) y los acontecimientos consiguientes. Éstos sepultados por aquél, “…Al igual que las dunas al amontonarse unas sobre otras ocultan las primeras, así también en la vida los sucesos anteriores son rapidísimamente encubiertos por los posteriores”. Un servidor lo atestigua por simple observación.  Nihil enim semper floret. Aetas succedit aetati, porque nada es vigoroso para siempre y a un día sucede otro día. Y es que nuestros clásicos (en este caso Marco Aurelio y Marco T. Cicerón) son una fuente de sabiduría para nosotros…, con la ventaja de estar al alcance de la mano gracias al


Google ese que ha convertido en innecesarias las enciclopedias. 

Y, por ir dándole fin a estas notas, con esto se ha terminado el año. Lo hemos vivido como hemos podido y, a lo que parece, le sobrevivimos, con la esperanza de que el que está comenzando sea un algo más benigno. Despedimos el anterior sin pena y recordando eso que repite la mi santa tantas veces: Año bisiesto, año siniestro

Y aquí en casa, por dispersar nuestra atención de tanta fatiga Coronavirus como nos invade a través de los medios de comunicación, le dijimos adiós al 2020 escuchando L’ infedeltà delusa, de Haydn. Una burla, un juguete musical. 

Vamos a ver si termina, de una vez, esta broma pesada de la pandemia. ¡Coño!

martes, 8 de diciembre de 2020

¡Salvemos la Navidad!


 Quizás el improbable lector recuerde aquella frase de J. F. Kennedy: No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país. Me ha venido a las mientes en estas semanas previas a las navidades y me he preguntado: ¿Qué puedo hacer yo por salvar la Navidad?, cuestión que tanto preocupa a nuestros políticos locales.

Porque esa es la cuestión que debemos plantearnos todos: ¿Qué vamos a hacer para que estas navidades no sean ruinosas para la hostelería y el comercio en general? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a soportar para que la economía patria no se resienta? 

Sacrificios no tan arduos, ya que serán más llevaderos desde la inauguración de ese inconmensurable “hospital de pandemias” que la sutil señora Ayuso ha mandado abrir cerca del aeropuerto, por si el Covid19 llega volando de tierras extrañas. Y también, es justo decirlo, pensando en los madrileños, que la susodicha Ayuso piensa en todos sus súbditos. Y ello para el caso de que las aglomeraciones, ocasionadas por el patriótico deseo de que no se hunda el negocio de los sufridos hosteleros y comerciantes, nos obligue al gregarismo y amontonamiento en calles, terrazas, restaurantes, tiendas y chiringos donde se venda cualquier cosa que saque del ralentí a la maltrecha economía nacional. Y, como consecuencia, se nos agarre a las vías respiratorias el virus patógeno ese. Pero consumir es salvar España, según nos dicen las autoridades, así que echémonos a la calle, compremos y gastemos, que mañana ya veremos…

Las aglomeraciones serán inevitables, pero con las preceptivas mascarillas, eso sí. Siempre. Y guardando la distancia social, claro. Aunque nos tengamos que apretar un poquito, como cuando el recién pasado Black Friday, que no cabíamos en los Primark, los Media Markt y los corteingleses de toda la vida.  Todo por salvar la Navidad.

Por dar ejemplo, la santa y yo esperamos con impaciencia la paga extraordinaria para fundirla en el Ahora Más del barrio. Vamos a exprimir la tarjeta de crédito hasta dejarle secas las ubres, participando alegremente de la pandemia consumista del compra, gasta, desecha, derrocha, consume, y vuelta a quemar rueda. Y el que venga detrás que arree.

Todo sea porque el IBEX 35 no se resienta. Y quien dice el IBEX 35 (que nuestra economía de pensionistas no da para tan altos vuelos), dice el bar de debajo de casa, el restaurante de a 10 € el menú, el ya dicho Ahorra Más, el Mercadona, el Aldi, el Hiper Usera, el Día y tanto otros de cuyos nombres no quiero acordarme. Todos, todos ellos ansiosos por que vayamos con nuestra VISA de jubilatas a dejarles miajas de nuestras pensiones. Así contribuiremos al esfuerzo común para mantener la felicidad social y el engranaje económico. Dulce et decorum est pro patria mori, por decirlo cultamente. 

Y como siempre hay imponderables, pudiera ocurrir que, además del avieso Covid-19 y el esfuerzo consumista agotador, el Niño Jesús – según la viñeta que encabeza esta entrada – nos salga Niña. Entonces, a lo mejor, nos convendría repensar la navidad.

Pero eso será después de que funcione, por fin, la vacuna.

domingo, 29 de noviembre de 2020

De sólidos y líquidos.-



Sobre mi mesa de jubilata improductivo hay actualmente dos libros que voy leyendo al alimón, sin conexión aparente entre ellos, pero que sirven de excusa para el título de esta entrada. Uno de ellos es la
Regla de los monjes, de Benito de Nursia; el otro, Sobre la educación en un mundo líquido, de Zygmunt Bauman.

Y, antes que nada, una excusa obligada. Más que otra cosa, para que el improbable lector no se me mosquee ante esta aparente exhibición de ocioso cultureta. Y es la que sigue: Los expatriados del mundo laboral por causa de la edad no tenemos otra alternativa para ocupar nuestras mentes que la siguiente: O bien le damos caña al intelecto para que el ocio vacuo no nos lo oxide, o, por el contrario, vegetamos de la parte de las neuronas hasta que el alzheimer del desuso las atrofie y terminemos en vegetales bípedos, embobados ante una pantalla de tele. Así que estamos obligados a engrasar las conexiones neuronales, amén los preceptivos paseos diarios para que la artrosis no nos atasque las articulaciones.  El resto son minucias de supervivencia que practicamos por mero hábito.

De los sólidos aludidos en el título, la edición bilingüe de la regla benedictina, regalo de mi amigo Chusma Celarius (como él se denomina a veces en nuestra correspondencia); de los líquidos, las conversaciones de Zygmun Bauman con Ricardo Mazzeo, préstamo de mi amigo Luisote. Ambos (amistades a un lado, y sin ánimo de señalar), tipos fuera de norma, si se tiene en cuenta el tipo de lecturas a que me empujan. Ninguno de ellos parece que hagan caso de la advertencia de Bauman respecto a “Lo que los ciudadanos del mundo moderno líquido descubren pronto es que en ese mundo no hay nada destinado a perdurar, mucho menos para siempre… Todo lo que brota o se hace, sea o no humano, es desechable y existe sólo hasta próximo aviso.

Es cierto que Benito de Nursia nació en el S. VI, y el hombre, por muy santo y fundador que fuera, no tuvo medio de imaginar nuestra actual sociedad de consumo del “lo quiero para ya” y la fragilidad de compromiso ético (y de cualquier otro). Por eso escribió una colección de normas que regularan la vida monástica en común. Y si el lector desapasionado y tocado de agnosticismo las lee como un prospecto de uso, descubre que son el puro sentido común, entreverado de empatía por la debilidad humana. Es una regla hecha para durar, firme y disciplinada, pero no rígida (… nihil asperum, nihil grave, nos constituturos speramus: “…esperamos no establecer nada duro ni gravoso”). Eso aparte que el sometimiento a ella es voluntario: decides vivir de una determinada forma y aceptas la norma que la rige. No es tan complicado, aunque un poco difícil de asimilar por una sociedad de posmodernidad licuada.

Y, si hubiese que hacer un parangón entre la sociedad de compromisos provisionales que nos habita y las formas de monacato que dejó dichas el de Nursia, podríamos adscribirnos a las dos categorías últimas de monjes: la de los Giróvagos y la de los Sarabaítas. Giróvagos por la incapacidad de adaptarnos a una norma duradera y exigente, yendo de un compromiso provisional a otro, como los monjes giróvagos iban de un monasterio a otro, hasta que la disciplina les pesaba y cambiaban de nido. Sarabaítas, por la agrupación temporal, sin grandes vínculos. Siempre lejos de la soledad comprometida y cerca del bullicio de las gentes, a modo de masa gelatinosa que se adapta sin mayores problemas a las realidades que conforman el momento siempre presente y siempre fluyente.

Algunas reflexiones más, a propósito de estas lecturas, se quedan en el tintero y no se verterán en esta bitácora por no cansar al siempre paciente lector, que no está para monsergas. En último caso, tomemos ejemplo del lema de la universidad de Cervera: lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir. Frase (si non è vero è ben trovato) muy a propósito para dar fin a esta entrada.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

A propósito de la conspiranoia 5G.-

 


El caso es, improbable y caro lector, que las conspiranoias actualmente en circulación ya fueron objeto de un cuento, no sé si futurista o distópico, que escribí hace bastantes años. Lo he rescatado de la papelera donde conservo mis genialidades literarias y te lo ofrezco, por si encuentras un rato para leerlo. El texto es más largo de lo habitual en las publicaciones de esta bitácora, pero el asunto lo exigía. Se titula Ponte el Chip y dice así:

– Oiga usted, me haga el favor ¿Dónde es para lo del chip?

El Gobierno de turno, ni rojo ni azul, sino suavemente sonrosado, entendido en términos políticos, no cromáticos, estaba contento. La campaña en los medios de comunicación había desequilibrado ligeramente el presupuesto nacional del año en curso, pero los resultados estaban a la vista. No había cadena de televisión, periódico de tirada nacional o provincial, programa de radio o conexión en la Red donde no apareciesen los sketches anunciadores.

– ¿Se refiere usted al implante voluntario de chips? – pregunto, a su vez la recepcionista. Ésta había pasado todos los controles de calidad con excelente puntuación. Pelo azabache, ojos claros, un metro sesenta y ocho –ni muy alta, ni muy baja, para que agradase a todo el mundo– sonreía con su sonrisa más profesional y acogedora a aquel ciudadano despistado y algo timorato.

El Gobierno de turno, ya se ha dicho que políticamente sonrosado - de polifacéticas tendencias neoprogresistas, neoconservadoras, neoliberales y neosocialistas -, en efecto, tenía todas las razones para estar satisfecho. Su campaña para el sometimiento voluntario de los ciudadanos, estaba dando el mejor de los resultados. No había más que ver cómo, lo que en términos demagógicos se había llamado el pueblo soberano, corría a las oficinas de información, con ánimo de someterse al implante.

– Pero, oiga usted ¿Eso duele? – quiso saber, con un dejo de duda, aquel ciudadano que quería, pero no lo tenía muy claro.

La recepcionista, cuerpo de modelo post campaña anti anorexia, enfundado en su uniforme azul azafata, hizo un mohín cómplice al individuo dubitativo. Con gesto amistoso, le oprimió delicadamente el dorso de la mano izquierda y le envolvió con su mirada luminosa. Usando el registro de voz más persuasivo que tenía, le animó: – Para nada, caballero. Los poderes públicos velan por el bienestar de cada uno de nosotros y el tratamiento es seguro en un cien por cien.

– Indoloro, incoloro, inodoro e insípido, como el agua de manantial – Le aseguró, a la vez que le colgaba de la solapa una tarjeta codificada para acceder al Complejo.

Lo que popularmente se empezaba ya a conocer como El Complejo –técnicamente I.C.V.C (Instituto para el Control Voluntario del Ciudadano) – era un organismo estatal de gestión privada, dotado de presupuestos ilimitados, dirigido por gestores formados en Yale y Harvard, adeptos a la Escuela de Chicago y masterizados cum laude en la Universidad Neo-Post-Comunista de Pekín. El Complejo era el responsable de la campaña de sensibilización ciudadana frente a los terrores del mundo actual y, en último caso, el responsable de la política del Gobierno en este delicado campo.

El ciudadano despistado y timorato cruzó las puestas de El Complejo y entró en un gran vestíbulo acristalado. Allí, nada más pasar el umbral, un miembro de Seguridad, un metro ochenta y cinco, torso de culturista, traje oscuro, gafas negras, pelo engominado (oscuro) - que también había pasado el control de calidad con excelente puntuación - le hizo un gesto perentorio.

– Stop. Vaya allí, tome su número del expendedor y espere. No pase de la raya azul.

– No, si yo sólo vengo por lo del chip ¿Sabía usted? – Se excusó el individuo. Dio algunos pasos torpes, sin saber bien dónde ir.

– Espere, atienda al display y no moleste –. El de Seguridad cogió por el cogote al individuo, le llevó en volandas hasta la raya azul y le puso de cara al panel luminoso. Luego, solícito, fue en ayuda de una viejecita temblona que tenía cara de despiste:

– Usted, abuela, quieta aquí hasta que salga su número.

“Un edificio inteligente para un ciudadano inteligente”. Las pantallas de plasma, situadas estratégicamente, lanzaban este mensaje cada 5 minutos, envuelto en las alegres notas de La Primavera, de Vivaldi, y mostrando idílicos paisajes boscosos. Paisajes creados con ingeniería digital, ya que los auténticos hacía tiempo que habían sido talados para dar paso a campos de golf de jugosa hierba.

Los dirigentes del Complejo tenían a gala la perfecta organización del mismo. Una vez que el ciudadano traspasaba la raya azul, era pan comido. Se le colgaba del cuello un GPS que, mediante suaves descargas eléctricas, le indicaba el camino, desde que se inscribía voluntariamente, hasta el quirófano de implantes. No tenía que pensar, sólo dejarse llevar mansamente.

– Oiga, oiga, a mí que no me jodan, ¿eh? ¡A ver si me voy a electrocutar! El timorato aquel no las tenía todas consigo. Le habían explicado el funcionamiento del GPS que le colgaron al cuello. Mediante leves descargas eléctricas, el aparato indicaba el camino a seguir. El timorato quería quitárselo y salir corriendo; además, tenía ganas de orinar. Pero en los protocolos del I.C.V.C. no se contemplaban tales contingencias. Así que se lo colocaron a la fuerza, le aumentaron la intensidad de las descargas, para que fuese más dócil, y otro miembro de Seguridad –metro noventa y cinco, rasgos orientales, traje oscuro y envergadura de luchador de Sumo (excelentes prestaciones, según los controles de calidad) – le agarró por los sobacos y, otra vez en volandas, le puso ante el circuito establecido.

– De flente. Siga instlucciones. No moleste–. Al ciudadano cohibido le pareció que aquella mole trabucaba erres y eles, pero no dijo nada. Por si acaso.

Cada vez que el inseguro ciudadano aquel se salía del circuito o dudaba adónde ir, recibía una descarga que le orientaba hacia la derecha o la izquierda, o de frente, según el programa establecido.

– Como puede observar en este catálogo, caballero, disponemos de chips con las más variadas prestaciones –. Quien así habla es un empleado meritorio. Con contrato temporal, pero notables expectativas de éxito. Fibroso, un metro ochenta, ágiles reflejos de yudoca, pelo rubio engominado y traje oscuro. Su control de calidad está en fase experimental, pero es prometedor.

Primero, observa detenidamente al ciudadano indeciso, luego, ojea el informe confidencial elaborado por los servicios de investigación del I.C.V.C.:

– De acuerdo con sus pautas de comportamiento, usted es adicto a la nicotina, abusa de los hidratos grasos, nunca vota en las elecciones generales y veranea en Benidorm. No practica ninguna religión ¿No es así?

– Pero si yo sólo vengo por lo del chip...– insiste, monotemático, el ciudadano, que se siente desbordado y con la vejiga llena. Se lo piensa, y añade: –...Y, además, me casé por la Iglesia.

  Bien –. El meritorio en fase experimental de control de calidad, da por terminada la conversación. – Vaya al Departamento de Decisiones, donde le aconsejarán respecto al chip que más se acomode a su caso.

Una vez en el pasillo, un ordenanza de cabeza afeitada, un metro setenta, traje gris, control de calidad suficiente para su menester, le toma del brazo, le orienta hacia la escalera mecánica y le empuja con firmeza: – Suba la escalera, gire a la izquierda, llame en la segunda puerta y espere. Observe las instrucciones del GPS.

– Pero es que yo quiero mear. ¿Me hace el favor, un servicio? – El ciudadano, que sigue sin tenerlas todas consigo, tiene una súplica en los ojos y le tiembla un poco la voz.

Obedezca las instrucciones. No moleste –. El ordenanza se pasa la mano por el occipucio brillante, da media vuelta y se aleja.

El Departamento de Decisiones es amplio, luminoso y bien ventilado. Hay 20 puestos de atención al público donde se van acomodando las personas que ya han recorrido la primera fase del circuito. Los empleados, tantas mujeres como hombres, a partes iguales, de acuerdo con el principio de no discriminación sexual, se afanan en sus mesas de trabajo y en los puestos de atención. Ellos, entre un metro setenta y un metro ochenta y cinco; ellas, desde un metro sesenta hasta un metro setenta y cinco. Ellos, traje azul oscuro, corbata rosa con topitos; ellas, traje de chaqueta verde pistacho sin estridencias, pañuelo Loewe al cuello. Todos, excelente puntuación en los controles de calidad.

– Por aquí, caballero, haga el favor –. El ciudadano aturullado, que siente la vejiga a reventar, no se atreve a preguntar por el retrete. Le atiende una trigueña, un metro setenta y dos, pelo recogido en un moño bajo, y suave carmín en los labios.

– Después del implante, usted será una persona feliz –. En los ojos de la trigueña hay chispitas de alegría. – ¿Ya ha decidido qué tipo de chip quiere que le implantemos? –. Con discreción, ojea en pantalla el informe confidencial y le pregunta: –¿Quiere abandonar ese antiestético vicio del tabaco? El modelo AN-027 es eficacísimo. ¿O, quizás, prefiere terminar con la ingesta abusiva de hidratos grasos? El modelo TO-111 es definitivo.

El ciudadano timorato no lo tiene claro. Por debajo de la mesa, mueve impaciente las piernas y se sujeta el bajo vientre con ambas manos Sólo le gustaría salir de allí y encontrar un urinario; luego, en la calle, encender un cigarrillo y tomarse un café. Se le ve asustado.

– Ah, ya veo – La empleada, ante los gestos de intranquilidad del tipo, cree adivinar cuáles son sus temores. – Tiene usted razón, hoy en día, la inseguridad es terrible. Uno no sabe si le van a poner una bomba los terroristas o le van a secuestrar los delincuentes. Pero el Gobierno ha pensado en todo: un implante del chip CTA00783H20 le garantiza su seguridad personal.

– La policía siempre sabrá dónde está usted. Además, no tendrá que hacer declaración del IRPF en la Agencia Tributaria: el chip registra sus ingresos automáticamente y vierte los datos en el ordenador central de Hacienda. Si viaja en avión, se ahorrará los tediosos e interminables trámites de seguridad. Si comete una infracción de tráfico, ésta quedará registrada en la DGT, pero tiene un 40 % de descuento. En cuanto a los Bancos, siempre estarán dispuestos a ofrecerle un préstamo a un interés razonable, por ser ciudadano libre de toda sospecha. Y, lo que es muy importante, ya no tendrá que llevar encima tarjetas de crédito: bastará con pasarle un detector, para que la compra quede automáticamente registrada. Usted será un ciudadano feliz y despreocupado. El I.C.V.C. le facilitará la vida y ya no tendrá que tomar decisiones, sólo dejarse llevar. Junto con las prestaciones del CTA00783H20, recibirá gratuitamente las del AN-027 y las del TO-111. Firme aquí.

Apenas pasada media hora desde la firma del contrato, un doctor de aspecto nórdico, un metro noventa y uno de estatura, bata de blancura impoluta, dentadura marfileña - inmejorables prestaciones según los controles de calidad -, le acompaña fuera del quirófano, tras el implante del chip, y le estrecha con energía la mano.

– Es usted un hombre nuevo. Nuevo y feliz –. La sonrisa del doctor tiene brillos de constelaciones.

– Oiga, amigo –, suplica aquel ciudadano recién implantado –. Un retrete, por lo que más quiera. Por Dios ¿es que aquí no hay un retrete?

Y el doctor, de repente serio, profesional: – Siga las indicaciones para la salida. Circule. No moleste.

 

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Iniciando la aventura (otra vez).-


 Esta mañana, al levantarme de la cama y mirarme en el espejo para ver con qué cara empieza el día, he caído en la cuenta de que acabo de cumplir 75 años. Aparte de sentirme un poco como bicho raro por haber sobrevivido tres cuartos de siglo, de inmediato he echado la vista atrás para ver si tanta longevidad había merecido la pena. La verdad es que, si había llegado hasta aquí sobreviviendo a mis propios errores y derrotas, el revisionismo intrahistórico no tenía mucho sentido.

Y no lo tiene, improbable y caro lector, porque lamentarse a toro pasado de lo que uno pudo hacer y no hizo, de lo que pudo ser y no fue, de los sueños esfumados y de las realidades tóxicas vividas, es una pérdida de tiempo. Además de una clara imposibilidad de enmienda: en la vida, la marcha atrás no existe. Por eso, este jubilata septuagenario no piensa irse al rincón de llorar viejas añoranzas, sino que siente cierta curiosidad por saber qué le deparan los próximos 75 años por vivir. Incluso aunque sean menos.

Aunque por la experiencia vivida – ese saco de vivencias que vamos cosechando por el camino – tampoco es que lo porvivir vaya a deparar mayores sorpresas. Más bien volverá a ser un cúmulo de reincidencias, una especie de karma loco girando sobre sí mismo, reencarnando los mismos errores, las mismas ilusiones, los mismos terrores y decepciones, y los mismos afanes por nadar y guardar la ropa. Un poco más viejo, eso sí, que el padre Cronos sigue devorándonos con tesón.

Y por decir que uno vivió y recuerda algo de lo vivido, de mi juventud recuerdo esa obsesión existencialista que me duró algunos años, alimentándome de las fijaciones existenciales de don Miguel de Unamuno, entre otros pensadores depravados.

Lecturas, por cierto, poco recomendables para un joven como era yo, en edad de ir a los guateques del domingo por la tarde. Pero que las traigo a colación porque, en aquel lejano entonces, me devanaba los sesos como don Quijote con los libros de caballerías (La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece…, leía el pobre hidalgo a la luz del candil mientras pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio); Y don Miguel (el Unamuno, no el Cervantes) confesaba en sus Recuerdos de niñez y mocedad: “Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo naciera - y el nacer es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi suceso cardinal en el futuro —, esto de que yo naciera es cosa que sé de autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante acto de mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que apoyarme para creerlo, en el testimonio ajeno. Don Miguel tenía esas cosas y a mí me daban que pensar…

Y si un día me nacieron sin pedirme parecer, recién terminada la II guerra mundial, otro día me nací yo por mi cuenta a la jubilación, ese líquido amniótico en el que floto desde entonces. Y para soportar la angustia vital, herencia unamuniana y de otros socráticos corruptores de la juventud, como Ciorán o Sartre, decidí montarme una bitácora por la que llevo navegando ya 11 años. Bitácora que me permite ser superficial, con el beneplácito de los dioses y de los amables lectores que suelen darse una vuelta por aquí de vez en cuando. Y para dejar constancia del hecho, y terminar con estas confidencias al improbable lector, aquí queda la primera entrada que se registró el 16 de enero de 2009, a las 21,41 h.

“Sospecho que un blog para un jubilata jubilante, en el fondo, es como bajar al bar todas las tardes a echar la partida. Pero si te molestan los ruidos de los parroquianos y la cochambre propia del bareto del barrio, eso del blog es el gran invento. Delante de tu pantalla, navegas por los océanos internauticos, ves mundos que nunca encontrarías en los palos de la baraja, vas y vienes por mil islas hechas de electrónica e imaginación y, cuando te cansas, un leve ¡clic! y el mundo desaparece de tu vista. Y encima, tienes tu propio libro de bitácora.

"Prefiero llamarlo "bitácora" y no "blog", que, al fin y al cabo, uno siente escasa simpatía por el mundo anglosajón, aunque reconoce que, puestos a inventar, se les da mejor que a nosotros. Se ve que el "Que inventen ellos", aparte su originalidad, es un lastre que arrastramos. Pues, eso, decía que uno dispone de su bitácora y en ella va dejando constancia de lo que ve y vive, dentro de esta galaxia Internet y en la vida corriente. Por lo demás, que dure y que lo veamos.”

Y, por hoy ya vale, que cumplir años le pasa a cualquiera. Tampoco es para tanto.  

viernes, 25 de septiembre de 2020

Cuervo blanco.-


Improbable pero siempre estimado lector, si en estos hermosos días de septiembre paseas – con permiso de la Ayuso y la pandemia – por el parque del Buen Retiro, puedes ver una exposición en el Palacio de Cristal. 

Si tienes curiosidad y lees el cartel explicativo de la entrada (ya no dan folletos en papel, que por lo visto te llenan de coronavirus), te llamará la atención su largo título: A un cuervo y los huracanes que, desde lugares desconocidos, traen de vuelta olores de humanos enamorados

Y si te ocurre lo que a este jubilata, leerás y te quedarás in albis; así que mejor entramos y echamos un vistazo, a ver si por el contexto llegamos a alcanzar su significado. Y, aunque no puedas desentrañarlo, al menos habremos visto una de esas curiosas exposiciones a que nos tiene acostumbrados el Museo Reina Sofía. No olvidemos que el mundo actual es confuso, cambiante y muy complejo, y el arte que da forma estética a sus expresiones resulta, a veces, de difícil comprensión. No hay que acomplejarse por ello, hay que verlo con ojos de niño y selfi de turista que pasaba por allí.


Así que entremos y veamos el nido que ha montado el cuervo blanco, aunque mejor debería hablarse de un bowerbird. Grandes enramadas dan acceso al lugar. Pueden significar tanto el bosque donde se esconde el nido, como el propio nido que te envuelve. Un juego dentro/fuera que se acomoda muy bien con la estructura acristalada del propio palacio: estamos dentro, pero nos envuelve el boscaje exterior que se asoma a través de los paneles de cristal, dándonos cobijo. Esta ambivalencia, interior/exterior, siempre ha dado mucho juego en el arte y es un recurso socorrido para espíritus de estética de manual. A un servidor le funciona, y lo aconseja.

Ese cuervo blanco, que puede verse en una esquina del recinto, antropomorfo, vestido con impoluto traje de chaqueta, blanco como cal, y cabeza de pájaro, le recuerda a un servidor al cuervo blanco de Apolo y el episodio mítico de Coronis. Ya se sabe, esos dioses del panteón greco-romano, enamoradizos y celosos. Coronis decía que quería mucho, mucho (como la trucha al trucho) a Apolo, pero se la pegaba con un simple mortal. El cuervo blanco se chivó al dios y éste, en un arrebato de celos, mató a Coronis. Luego, para castigar al cuervo por irse del pico, convirtió su plumaje de blanco en negro, negro de ala de cuervo, y su voz la convirtió en graznido. Pero este cuervo blanco que nos invita a su nido, no parece maledicente y sí acogedor.

Lo cierto es que el palacio de cristal, esa bombonera luminosa que acoge la exposición, viene a ser como ese nido ornamentado que fabrica el pájaro bowerbird   para atraer a la hembra de su vida. El visitante, con curiosidad de hembra curiosa y enamoradiza, entra en el nido a ver qué tal, y ve las grandes flores colgadas del techo con sus estambres y pistilos coloridos, la enramada tupida, las guirnaldas suspendidas en las columnas y hasta, si es observador, los comederos con alpiste para los pájaros. Y en el centro del recinto, dos largas patas doradas, de ave zancuda con fuertes garras, cuyo cuerpo no se ve porque ha trastechado por sobre la estructura superior del palacio acristalado. 

Petrik Halilaj, kosovar él, es quien ha montado esta instalación, nido de amor donde el visitante deambula buscando ángulos insólitos desde los que hacerse selfis con esas flores coloridas, tan acogedoras que entran ganas de esconderse bajo ellas. Que esta instalación, y sus demás obras (según parece), hagan referencia a la situación personal del artista, a sus vivencias de niñez durante la guerra albano-kosovar, a los conflictos culturales-religiosos de la ex Yugoslavia, o a su condición de homosexualidad asumida y exhibida frente a los prejuicios de su propia sociedad, son cosas que al visitante se le escapan y le pillan un poco a trasmano. No se olvide que sólo pasaba por allí y le picó la curiosidad.

Lo de las flores, tan vistosas ellas, el dicho visitante sí lo entiende; lo del cuervo antropomorfo, trajeado en blanco (aunque no tenga idea del asunto lamentable de Corolis y Apolo), más o menos, también lo entiende; lo de que el pájaro/hombre lleve un madero en las manos, como para ir construyendo el nido, puede que también. Entonces, ¿Qué más se le puede pedir al curioso que paseaba por el Retiro y tuvo la ocurrencia de entrar a la exposición?

Lo dicho. Si paseas por el Retiro un día de estos, entra, improbable pero siempre amigo lector. Disfruta de la luz que se adueña del recinto, de las flores y bellos etcéteras que ha colgado el artista, y no te olvides hacer unas cuantas fotos para enviar a tus amistades vía guasap. Te envidiarán al verte libre de coronavirus en el nido florecido, y quedarás como persona culta. Si es que esto sirve de algo.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Como viajar.-

Invierno en la Acrópolis. Ante el Erecteion
El otro día, durante nuestro habitual paseo enmascarillado de cada noche, la mi santa me recordó aquella anécdota en nuestro segundo viaje a Grecia, allá por el lejano 1979. Por aquellos años setenta, aún éramos aprendices de viajeros y veíamos el mundo con ojos ingenuos de súbditos recién salidos de una dictadura sin horizontes, gris y plomiza, moral y mortalmente mezquina. Lo que hizo, por el contrario, que el mundo fuera un universo maravilloso que estábamos dispuestos a explorar en la medida de nuestros recursos económicos. Los ahorros anuales, gastados en viajes, era la mejor riqueza que podíamos acumular en nuestra reciente vida de pareja.

En aquellos años de viajeros noveles, no conocíamos aún a doña Alexanda David-Néel, intrépida viajera que llegó en 1924 a la ciudad prohibida de Lhasa, disfrazada de mendiga y acompañada de su hijo adoptivo el lama Yongden. Pero, intuitivamente, ya sabíamos con qué espíritu y predisposición se debe viajar: Celui qui voyage sans rencontrer pas l’autre il ne voyage pas, il se déplace. Nosotros no queríamos desplazarnos, sino conocer cómo era la gente, su forma de vivir, su cultura y su historia… Queríamos ser viajeros, no turistas de masa. Y todos los viajes de nuestra vida han tenido algo de aprendizaje, uniendo lo útil a lo agradable.

Ya en mis lecturas de juventud, don Miguel de Unamuno me había advertido sobre lo pernicioso de esa forma de turismo que él llamaba “topofobia”: uno llega a un lugar para salir precipitadamente hacia otro, en una concatenación de huidas para coleccionar sitios apenas hollados con una noche de hotel. Luego, ante los amigos, presumir de haber estado en los cinco continentes, pero ignorando qué vio dónde o cómo eran sus gentes.

También mi viejo y nunca olvidado dentista, el doctor Dióscoro, se burlaba de esa gente que cogía el coche y se hacía 100 kilómetros para ir a comerse un par de huevos fritos - decía - a un restaurante, por ahí a tomar vientos en casa dios.  

Nosotros queríamos limpiarnos las telarañas mentales de una España que aún no sabía ser europea y empezamos a viajar con los ojos y con la mente bien abiertos. Nuestra primera salida fue a conocer a nuestros vecinos, a Portugal, en 1976, fresca aún la Revolución de los Claveles. Fue la experiencia necesaria. Con una bolsa de dos asas llena de ropa, un viaje en tren nocturno hasta Lisboa, sin moneda local, sin alojamiento reservado, deambulamos todo el día por la ciudad buscando una pensión que nos quisiera alquilar una habitación para pasar la noche. Os retornados, las gentes huidas de las colonias portuguesas tras su independencia, ocupaban todos los alojamientos y el país, que estaba en bancarrota, los había realojado por hoteles, pensiones, hostales. Recorrimos el país hacia el norte, en trenes de cercanías y autobuses comarcales, alojandonos en casas particulares y pensiones, comiendo en restaurantes populares (las típicas casas do pasto), en mesas compartidas, para terminar saliendo del país por Valença do Miño.  Fue nuestro bautismo de fuego. No nos arredró la experiencia de novatos.

Aprendimos a ser previsores en lo sucesivo y planificar los viajes. Estuvimos en Grecia al año siguiente y subimos a la Acrópolis, pisamos las piedras del Partenón con amor reverencial, como quien cumple un voto largamente aplazado. Luego vino Egipto, al que regresé 48 años después, y al año siguiente, regresamos a Grecia.

En la colina de Licavetos
Paseábamos por Atenas en aquel segundo viaje. La ciudad moderna, capital del país tras la independencia, levantada deprisa, sin un plan urbanístico claro, bulliciosa de sus gentes, ruidosa de vida callejera, estaba llena, según decía un amigo nuestro, “de piedras rotas”. Pero, a nosotros, las “piedras rotas” nos encantaban. Te parabas a observarlas y ellas te contaban la historia de nuestra cultura europea, de nuestro pensamiento, de nuestro destino, de todo lo que somos por lo que sus habitantes, desde veinticinco siglos atrás, habían sido.

Aquella mañana – recordaba la santa en nuestro paseo nocturno el otro día –, caminábamos desde la plaza de Monasterakis, donde tomábamos unos kebabs sabrosos, pringosos, que escurrían la grasa por entre los dedos que había que chupar con frecuencia par no mancharse la camisa. En el barrio de Plaka, ante su tienda, un comerciante, al oírnos hablar, nos gritó entre risas: ¡Españoles!:Castañetas, Real Madrid.  Supimos que ese era el legado cultural que la España de Fraga Iribarne quería transmitir al mundo del turismo de masas: Castañuelas, toros y fútbol. Spain is different! Tuvimos la impresión de estar estigmatizados. Pero sabemos que todo viajero paga un precio por viajar, así que nos ajustamos, Teresa la peineta y el mantón de manila, yo la montera y el capote de paseíllo torero (imaginariamente), contestamos con un irónico ¡Que Dios te ampare, hermano! y seguimos nuestro camino.

Seis cuadernos de notas con nuestras primeras escapadas y otros tantos libros de viajes, encuadernados por mí, y manuscritos cada noche en el hotel, conservo en nuestra biblioteca.  Cuando el Covid19, o los siguientes en numeración, no nos dejen salir de casa, siempre podremos convertir en futuras lecturas nuestro lejano pasado viajero. Y si la autoridad y el tiempo lo permiten, seguiremos viajando. 

Mientras el cuerpo aguante.