martes, 20 de febrero de 2018

Para viajar basta con existir.-


(Lo del título es cosa de Bernardo Soares, un otro yo de Fernando Pessoa).

Según nos cuenta Saramago, Ricardo Reis sobrevivió nueve meses a Pessoa. Lo cual, para un heterónimo, es mucho vivir. Quiere poco y tendrás todo, quiere nada y serás libre, eso dice Reis en una de sus odas. Incluso los que no somos poetas ni literatos, sabemos que, tras el médico Reis (según Saramago), o el poeta Reis (según Pessoa), hay un juego de espejos que hace de algunas vidas una forma de literatura. Y la de Fernando Pessoa fue una vida hecha de heterónimos que le servía de yos, a través de los cuales vivía distintas vidas literarias como si fuesen la suya propia.

Tenía este jubilata una espina clavada en su amor propio desde que, hace ya años, se echó a la cara el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, y descubrió que era incapaz de leerlo. Lo intentó leyéndolo como si se tratase de una novela, pero no era eso. Lo intentó como si fuera un poemario en prosa, y se atascó en el epígrafe 80: Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Lo intentó leyéndolo a saltos, como Cortázar aconsejaba que se leyera su Rayuela, y le faltó poco para descalabrarse. Así que cogió el tocho de 597 páginas, lo catalogó, le puso en el lomo un tejuelo y lo colocó en la estantería después de un Pérez-Reverte y por delante de un Puértolas, Soledad. Y allí se quedó, hibernando, varios años.

Hasta que en el Reina Sofía se ha inaugurado la exposición: Pessoa. Todo arte es una forma de literatura. Ahora sí que sí, pensó el jubilata que me sirve de alter ego en esta bitácora. Ahora es el momento de hincarle el diente. Y no importó que el desasosiego fuese de Pessoa o de su semi-heterónimo Bernardo Soares. Seguro que una visita reposada a la exposición ayudaría a comprender al Pessoa disperso en cien heterónimos o concentrado en un libro desasosegante por lo disperso de sus textos; y, por fin, ayudaría a leer con algún provecho su Libro del desasosiego.  Con esa ilusión, y armado de un cuaderno de notas y un boli, el jubilata se plantó en el edificio Sabatini a ver qué veía y qué entendía de lo visto.

Resulta que las vanguardias pictóricas portuguesas son como las vanguardias del resto de países europeos en el primer tercio del siglo XX: un totum revolutum donde se entrecruzan, se dispersan, se mimetizan o se contradicen. Al final, si el espectador cae en la cuenta, resulta que tanto ismo es el resultado de la desazón de aquellos artistas que transitaban del siglo XIX al XX en plena crisis de identidad. Y, si alguien sabía de identidades en crisis, ese era Pessoa. Por eso, según confiesa él mismo, el origen de sus heterónimos estaba en el profundo rasgo de histeria que había en él. Sentía vivir vidas ajenas en él de forma incompleta, como una forma de no-yos sintetizados en un yo postizo, en una búsqueda de identidad en la alteridad.  

Te cuento lo anterior, improbable y paciente lector, para que te hagas cargo de la perplejidad de este jubilata. Pues mientras caminaba por las salas, leía los complejos textos de Pessoa y veía los cuadros de Amadeu de Souza-Cardoso, de Guilherme de Santa-Rita y otros pintores à la page, los cuales se adaptaban a los cánones vanguardistas que les llegaban de París. No sabía un servidor cómo resolver la ecuación de los ismos “pessoianos” (Paulismo, Interseccionismo, Sensacionismo), así que fui a consultarlo con mi alter ego, el jubilata que sale mucho en esta bitácora. Porque los escribidores aficionados también nos desdoblamos en heterónimos, pseudónimos y alter-egos; forma sutil de culpar a los otros yo de los propios defectos y atrevimientos en eso de la escritura.

Y decidimos que, con discreción, deberíamos salir de este berenjenal poético-artístico-filosófico en que don Fernando Pessoa, con sus textos, y el Reina Sofía, con su exposición, – a lo mejor, sin proponérselo – nos había metido. Pero como el prurito cultureta nos puede, hemos dejado aquí un texto contradictorio que el señor Pessoa dejó escrito en la revista Orpheu, en 1916: Existir no es necesario. Sentir es lo necesario. Date cuenta de que esta frase es totalmente absurda. Dedícate a no comprender con toda tu alma.

En eso le hemos hecho caso el jubilata y mi ortónimo. Dos veces hemos visitado la exposición y en ninguna de ellas hemos llegado a comprender. Y no es que sea absurda la cosa, es que nos falta un hervor poético.

jueves, 1 de febrero de 2018

Quijorna: caminos, caleras y más.-

Ruta trazada por Juan F. Romero

No piense el improbable lector que estas notas camineras le llevarán por la exótica ruta de la seda o por la red viaria que los incas llamaban de Tanhuantinsuyo. Aquí se propone, más modestamente, una caminata por caminos en torno a la vieja cañada de ganados segoviana, la que pasa por Quijorna, población próxima a Brunete y Villanueva de la Cañada.


Quijorna, pequeña población al S.O de la provincia de Madrid, es de nueva planta. Quedó arrasada en la guerra civil por los bombardeos de  la artillería en 1937, cuando la célebre batalla de Brunete. De aquella desolación solo quedó en pie la cabecera de la iglesia parroquial, en gótico del S. XVI, y los cuerpos inferiores de la torre. Merece la pena una visita a la plaza, empedrada con buen granito, donde se ubican el ayuntamiento y la iglesia parroquial. Y se si presta atención a la zona ajardinada, se verá un cartel donde se advierte a los dueños de los perros: Si el perro es tuyo, ¿por qué la caca es de todos?

La propuesta y planificación de esta caminata fue cosa de Juan F. Romero, uno de los integrantes del veterano Trío de los Tejos, que aún andamos a la caza y disfrute de caminos, parajes y paisajes. La presentación y descripción técnica de la marcha es cosa suya. Este jubilata, a su modo, cuenta lo que vio y cómo lo vio, ya que el paisaje no es solo la suma de los parajes,  su relieve y orografía, su red de caminos y arroyos, su flora y su fauna, sino la percepción que el caminante tiene del conjunto, su goce estético y el aprendizaje y disfrute de la naturaleza.

A la salida del pueblo, junto al arroyo que le da nombre, pasa la Cañada Real Segoviana. Camino amplio y llano, con junqueras que crecen junto al arroyo y, a poco que observe el caminante, una gran cantidad de conejeras excavadas en la tierra arcillosa, a uno y otro lado. Estos parajes de monte bajo, de carrascas y matorral son paraíso de cazadores. De hecho, aquí, en el S. XVIII, hubo un coto real y todavía queda un vestigio en forma de mojón en una bifurcación de caminos, en el que se dice: BEDADO DE CAZA 1793. Se ve que por aquí entretenía sus ocios de gobierno don Carlos IV.

Estas son tierras pobres, donde la agricultura se reduce al cultivo de cereal de secano. Campos que, en tiempos, eran esquilmados por las bandadas de perdices que abundaban en los cazaderos. 
Si el caminante observa los parajes en torno al camino, verá algunas sementeras que ya empiezan a pujar en estos días de invierno. El verdear brillante de los brotes de cereal destaca sobre los colores pardo-arcillosos de las tierras alomadas, y, si extiende la vista, diseminadas en el paisaje, verá las chaparras formando matas de un verde oscuro que se recortan contra el horizonte. A lo lejos, las cadenas montañosas del Sistema Central perfilándose bajo un cielo de un azul crudo, al que el sol invernal, bajo en el horizonte, todavía no ha dado esa luminosidad matizada de los días de primavera.

Agricultura de subsistencia, pasados los días gloriosos de la Mesta y su riqueza ganadera – no olvide el caminante que está sobre la Cañada Real Segoviana – las caleras han sido la industria que trajo algo de riqueza a estas tierras. Por aquí abundan las canteras de calizas, de donde se extraía la materia prima para los hornos. Según lo leído en algún artículo, en el Archivo de Protocolos, hay documentos que acreditan que, ya en 1566, las obras del Escorial se abastecían de cal de las canteras de Vétago. Y en 1718, se compraron 2000 fanegas  de cal para la construcción del puente de Toledo en Madrid.

A unos 3,5 k del pueblo, tomando un desvío hacia la izquierda de la cañada, el caminante curioso podrá conocer el horno en mejores condiciones de todos los que se conservan por la zona y, al lado, una cantera para la extracción. Se trata de un horno cilíndrico, construido en mampostería, sobre el que descansa otro cuerpo troncocónico abombado hecho en ladrillo. El conjunto, en la distancia, recuerda una botella puesta en pie. Recubierto de arcilla refractaria al interior, tiene una techumbre de ladrillo abovedada y con un gran hueco para la salida de humos. Aparte de su boca de acceso, por donde se cargaba el combustible, hay varios respiraderos para el control de la combustión. 


Respecto a su utilidad, un folleto que editó el ayuntamiento lo designa como el horno de cal mejor conservado. Pero según el artículo Procesos comerciales e industriales. Hornos de cal de Quijorna, (que puede leerse en Internet) sería un horno cerámico, propiedad del ceramista Antonio Salvador de Orodea. Los expertos tienen la última palabra, y el caminante puede ir, verlo, y sacar sus propias conclusiones, si tiene elementos de juicio.

Pero no es éste el único horno de aquellos contornos, aunque sí el mejor conservado. Por aquellos parajes, si el caminante observa, verá restos de viejos hornos arruinados, escombreras donde se vertía los restos quemados de las hornadas, y trazas de canteras de pequeño tamaño a pie de horno, como quien dice. Verá la curiosidad de una higuera que ha nacido dentro de un horno. Y, casi sin darse cuenta, se pondrá a los pies de la cuesta de Vétago. Aquí el bosque de encinas se aprieta y vuelve más tupido. Todavía alcanzamos a coger algunas bellotas del suelo – aquellas que no han querido los jabalíes –  y probar su sabor dulce-astringente.

El caminante, mientras holla con sus botas camineras los antiguos caminos y avizora los paisajes con mirada golosa, también viaja con la imaginación. Con el puñadito de bellotas en la mano, mientras las va escamondando a pequeñas dentelladas, tiene un recuerdo para el caballero de la Triste Figura cuando su cena frugal con los cabreros: 

Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas…

Y así, subimos la cuesta del Vétago hasta enlazar con el camino de Los Llanos. Allí cerca, el rebosadero del canal de Picadas, que lleva el agua desde el embalse del mismo nombre hasta una estación de tratamiento en Majadahonda. Construcción cilíndrica de cemento, antiestética, pero, sin lugar a dudas, útil. Aquí nuestra marcha cambia de sentido, orientándose hacia Qujorna, que puede verse en la distancia. Fuente Villanos se llama el arroyo que nos muestra el camino de vuelta, que nos llevará hasta un lugar digno de ser visitado: una mina de caolín o de feldespato. El caminante es lego en la materia y no puede afirmar si es lo uno o lo otro.

En un punto de nuestra ruta, a la izquierda según sentido de la marcha, sale un camino que lleva directo a la boca de la mina. Al comienzo del mismo, a la izquierda, un solitario olivo o acebuche bastante deteriorado, con algunas ramas secas y horadado su tronco por pequeños agujeros, como nidos de pájaros carpinteros. 


La mina tiene un acceso incómodo, irregularmente escalonado, pero no peligroso. Su interior está excavado a pico en la roca viva, con galerías laterales. ¿Mina? ¿Depósito de municiones en la línea de fortificaciones durante la guerra civil? Las opiniones son distintas según dónde encuentres información. Un servidor, acostumbrado a ver las muestras de ingeniería militar a lo largo del frente del Guadarrama, no imagina que la bocamina quedase tan toscamente trabajada, sin un arranque en obra abovedada, para darle consistencia, y con un acceso tan irreguar. Casi hay que trepar para alcanzar la boca.

Tendremos ocasión de ver unos kilómetros más abajo una galería fortificada. Junto a una casamata alargada, de la que quedan en pie las paredes, puede verse una entrada a una galería horadada en el terraplén próximo. Un túnel de unos 10 metros, en zigzag (posiblemente para amortiguar las ondas explosivas en caso de sufrir un ataque de artillería), con salida por el otro extremo.

Allí comemos, junto al arroyo al pie de la fortificación. Sentados sobre la hierba húmeda, vamos dando cuenta de los bocatas y algún pequeño trago de vino para enjuagar el pasapán. Por el entorno, retamas, lentisco, pequeñas matas de tomillo salsero, juagarzo (una variedad de estepa o jara que un servidor no conocía), zarzas…, y tantas especies herbáceas que pueden ser un paraíso botánico, pero que el caminante (más bien yacente ya, porque se ha dejado deslizar sobre el suelo, usando la mochila como respaldo) ignora, aunque agradece. Mientras los compañeros charlan, este jubilata, acomodado en decúbito supino – o sea, panza arriba –, mira el cielo y observa las nubes lenticulares que parecen haberse quedado colgadas, como sin prisas, a merced de alguna corriente de aire que las moldea como nubes de azúcar.


Regresamos a Quijorna, tomamos café en un bar del pueblo, charlamos un rato, tomamos el coche y regresamos a la capital. Quedan en el recuerdo los olores húmedos del monte, la visión de la montaña con nieve allá a lo lejos, el camino entre encinas y el sabor (aún) dulce y acerbo de las bellotas cogidas al paso. 
Y de las hilachas de estos recuerdos y sensaciones iremos tirando, mientras nos atufamos en la gran ciudad, hasta que volvamos a calzar las botas camineras.

sábado, 20 de enero de 2018

Aniversarios y divagaciones.-


 No es que el recién pasado año 2017 – en opinión de quien esto escribe –  merezca el esfuerzo de ser recordado. Ni éste que acaba de empezar lleve trazas de merecerlo en cuanto finiquite; el tiempo lo dirá. Pero uno y otro tienen algo en común: sendas celebraciones. El pasado año se debería haber celebrado – teóricamente, porque a nadie pareció interesarle – el centenario de la Revolución Bolchevique y la instauración del comunismo. Esa utopía milenarista de tan corto recorrido, promisoria del paraíso para los parias en la tierra, y que tanto asustó (por poco tiempo, es verdad) a nuestro sistema capitalista. Y este año que ha empezado a rodar tiene, también, una celebración pendiente: el cincuenta aniversario de Mayo de 68. Ya veremos si alguien se acuerda. De momento, en Francia, ni los escolares recuerdan al gran filósofo de aquel momento: Jean Paul Sartre.

Un servidor, como niño de derechas que fue, de los comunistas sólo sabía que comían curas y tenían rabo y cuernos. El imaginario popular franquista no daba más de sí y hube de esperar a la universidad para alcanzar el aggionamento ideológico. En cuanto a Mayo del 68, también este portazo histórico me pilló a traspiés: estaba a punto de terminar la mili con el grado y empleo de cabo furriel. Hacer estadillos para la cocina, repartir chuscos a la tropa y llevar el cuadrante de servicios fueron actividades que aplastaban la imaginación bajo las ordenanzas y la burocracia cuartelera. Pasó bastante tiempo hasta que me enteré que Sous les pavés il-y-a des playes

Ser de familia católica de derechas y defender a la patria repartiendo chuscos me frustraron la ansiada progresía a la que aspiraba mi generación. Por su culpa, me quedé en reaccionario de izquierdas y jubilata descreído. Descreído de todos los credos y sus estrecheces mentales. Aunque, como buen marrano, hago como que creo en los dogmas imperantes y sobrevivo en mi rincón.

Y, puesto que para sobrevivir en nuestro medio social hay que tomar credo y partido, no los hay mejores que aquéllos previamente condenados al fracaso. Te liberan de la obligación del triunfo y de la frustración por no alcanzarlo. Por eso, con la brizna de idealismo que siempre germina en los descreídos, este jubilata, desde su juventud, tomó partido por ese Sócrates irónico, marrullero, incontinente verbal, partero de ideas, que liaba al personal hasta hacerle aceptar como propios argumentos que él, previamente, había puesto en su boca.  No es extraño que, en el Gorgias, el retórico Callicles le reprochara esa absurda afición a la filosofía: Mas cuando veo a un anciano filosofando todavía y que no ha renunciado a ese estudio, le considero merecedor de ser castigado con el látigo, Sócrates. El nefando ministro Wert debió tener presente aquella advertencia al demediar las humanidades en el currículo escolar. Así los niños no serán inútiles filósofos, sino hábiles consumidores.

Y, como si fuera una premonición, Callicles ya le advierte al viejo Sócrates de que cualquier sicofante podría acusarle de haberle causado un perjuicio y dar con sus huesos en la cárcel: Y cuando comparecieras ante los jueces, por vil y despreciable que fuera tu acusador, serías condenado a muerte si le pluguiera… De esa advertencia a beber la cicuta, solo había un paso que Sócrates dio con entereza. Él no lo lamentó y nosotros tampoco, porque nos quedó uno de los diálogos platónicos más hermosos: Fedón, o de la inmortalidad del alma. Claro que, opinará el improbable lector, esas viejas historias no son tan aleccionadoras como la de oír al señor Rato, ante la comisión del Congreso, dando caña a Sus Señorías, a propósito del hundimiento de Bankia: ¡Es el mercado, idiotas!

Cuestión de idiocia colectiva, esa de no comprender que los dineros públicos están para tapar errores del sistema. Eso lo saben el señor Rato y el selecto club del Ibex-35. Lo que, a lo mejor no saben, o les importa un carajo, es que Mayo del 68 ya no es más que el abuelo marchoso del 15 M, del que quedan algunas consignas reconvertidas en slogans, buenos para imprimir en una camiseta con aquello del prohibido prohibir y similares.

Y, como de divagaciones se trata aquí, acaba de venir a la memoria la noticia que dio el otro día un plumífero de la Prensa pesebre: El cadáver presentaba lesiones compatibles con un atropello. Lo que me hizo recordar aquella otra noticia de hará por lo menos un año, en la que se decía que el cadáver presentaba heridas incompatibles con la vida. Un servidor querría ser compatible con estos desbarajustes idiomáticos, pero como ha leído en su momento El dardo en la palabra, de don Fernando Lázaro Carreter, a más de Viajes con Heródoto, de Kapuscinski, sabe que el periodismo es otra cosa, así que sus gustos resultan incompatibles con los voquibles de la prensa de mogollón. Ya hace bastante con entretener al personal a fuerza de decir poco, para no aburrir.

viernes, 5 de enero de 2018

Propósitos y utopías.-


Como en años anteriores, éste nuevo que acaba de comenzar, me he hecho propósitos parecidos, pero con la intención de no cumplirlos. Puede parecer una pérdida de tiempo y una inconsecuencia, sin embargo, tiene su lógica. Llevo toda la vida haciendo buenos propósitos para cada año nuevo que comienza, y jamás he conseguido llevarlos a término. Por eso, he pensado que sería más consecuente, a la vista de la experiencia acumulada, hacerlos y no cumplirlos a propio intento. Así soy fiel al rito anual y me evito el cargo de conciencia por el incumplimiento. Prometo y no cumplo (como la casta política), pero sin intención de engaño. Lo cual da una gran tranquilidad de espíritu y sosiego interior, tan necesarios para entrar con pie firme en las kalendas ianuarias y en las utopías sociales que nos trae la posmodernidad y que vienen pegando fuerte.

Y uno de mis propósitos más firmes es convencerme de la bondad de esa terminología de la posverdad. Herramienta que sirve para readaptar la vulgar realidad a un mundo de virtualidades donde las cosas no aparezcan tal como debieran ser sino como convenga que sean. No sé si el improbable lector me entiende. Porque la tendencia es forjar un mundo sin disidencias, apto para producir y consumir. Lo cual se consigue mediante el acreditado procedimiento de no llamar a las cosas por su nombre y renombrarlas, a ser posible, con tecnicismos sacados de la angliparla para integrarlos en el acervo común.

Nombrar la realidad es tanto como definirla, eso lo sabían ya los peripatéticos de la Academia ateniense hace 25 siglos. Y si la realidad es lo que nosotros decimos de ella, si ocultamos la precariedad laboral, la injusticia, la desesperanza, las emigraciones forzosas, la avaricia de los poderosos bajo un lenguaje impersonal y descafeinado, tendremos un mundo feliz, un parado satisfecho, un marginal contento con su suerte, un jubilata que no piensa, un emigrado olvidado en su patera y miles de individuos con pensamiento hueco. Pero para eso hay que empezar por crear una utopía donde instalarnos: una Sinapia, una Tabarnia o una Catalunya Llure, tanto más da cómo se la llame: lo importante es que nos creamos una a nuestra medida.

Una vez creada y creída esa utopía – eutopía para los adeptos – nos instalaremos en ella como la Mildred Montag de Fahrenheit 451 dentro de su televisor interactivo. Interactuemos con los programas programados al caso hasta descubrir que las ficciones de la tele, las falacias de la prensa adicta y la propaganda del sistema son más verdad que la realidad misma. Solo nos queda renombrar la realidad para que los problemas dejen de serlo por el simple procedimiento de llamarlos de otro modo. ¿Qué tal, por ejemplo, Nesting?

¿Que el fin de semana no puedes salir de casa a tomarte unas cervezas con los compis porque el sueldo solo da para la supervivencia? No importa, no lo llames sueldo de mierda; llámalo Nesting. Según los gurús del aguántate con lo que tengas, no salir de casa rebaja la ansiedad e ilumina la mente. No es que no tengas pasta suficiente, es que quedarse en casa todo el fin de semana alivia mucho el espíritu y da nuevas fuerzas para currar el lunes.

¿Qué vives realquilado en una habitación de 3x3 con derecho a cocina? Enhorabuena, no eres un homeless, estás marcando tendencia Tiny House. Vives como una rata en su agujero, pero a la moda. Además, es tendencia muy acreditada desde los tiempos históricos de la antigua Grecia. Ya Diógenes el Cínico vivía en un tonel tan a gusto que hasta se permitió decirle a Alejandro Magno que se apartara a un lado porque no le dejaba llegar los rayos del sol. Era un practicante del Tiny house ese en plan pasota y ecologista con calefacción solar incluida.

¿Que la cale es un lujo que no te puedes permitir este invierno? Es una percepción errónea y negativa que te hará infeliz. Es cuestión de gestionar bien el termostato. Tapas las rendijas de la ventana, precintas con papel adhesivo los quicios de la puerta, te echas dos mantas y ya.  Optimizando el termostato alejas el fantasma de la penuria energética y eres más cool que la leche.

Claro que, si de verdad quieres vivir feliz y plenamente integrado en nuestra sociedad, debes practicar el Job sharing. Compartes el salario y el trabajo y eres la persona más dichosa del planeta. Trabajas lo mismo, pero por la mitad de sueldo; la otra mitad la cobra otra persona que curra a tu lado. ¿No es para sentirse feliz? Dos trabajadores por el precio de uno y un sueldo de mierda a repartir entre ambos. 

Aunque esto último no debes pensarlo porque molestaría al señor Seligman. La psicología positiva te ayudará a ser feliz con tu suerte y a sonreír ante las estrecheces. Repite el mantra Es lo que hay, hasta que la conformidad se instale en tus meninges. Además, también puedes llamarlo salario emocional. Cobras menos, pero hay buen rollito, puedes tener horario flexible y el empleador no te amarga las horas de trabajo. Te pagan con buen trato lo que te escatiman del sueldo porque, al fin y al cabo, el dinero no lo es todo, te dicen quienes acumulan las riquezas.

En esas elucubraciones andaba metido este jubilata la primera madrugada del primer día del año. Le despertó un olor acre y venenoso que se estaba colando por la ventana entreabierta. Procedía de un contenedor de papel que hay instalado en la esquina. Se ve que un conciudadano, en ejercicio de su real gana y porque le salió del gonadario, le había prendido fuego para festejar el nuevo año. 

Negándose a aceptar que este sea un hecho premonitorio del alcance que tendrá la estupidez humana a lo largo del año recién estrenado, a un servidor le dio por pensar todo lo que antecede, y así lo dice. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

Maniobras de distracción en torno al 24-Dic.

El caso es que la otra mañana (19-D) me fui a Muface a pedir un talonario de recetas médicas. Los jubilatas, ya se sabe, somos consumidores compulsivos de medicinas, y por eso…

Según iba por la calle, camino del metro, la ropa se me impregnó de ese sutil aroma a Navidad que flota en el ambiente estos días: un entreverado de feliz beatitud, contaminación atmosférica y ofertas del Primak. Al respirar, junto con el dióxido de carbono habitual, el espíritu de paz, amor y fraternidad cristiana - con un regusto de tarjetas de crédito quemando rueda, hay que decirlo – me invadió los pulmones. El corazón se me ensanchó y me dejé arrastrar por los buenos sentimientos que se suponen aledaños a la alegría que debe imperar de aquí al año nuevo.

El metro, Línea 7 por más señas, iba apretado de personal: son navidades y había convocada una huelga. Siguiendo mi deplorable costumbre, me dediqué a contar la gente que viaja abducida por su teléfono móvil. No en todo el vagón, que iba petado y no me alcanzaba la vista; sólo la gente de mi alrededor. Se trata de una estadística casera que un servidor acostumbra a llevar sin más objeto que demostrarse a sí mismo lo evidente: que la masa, conectada a un chisme electrónico, pierde conciencia de su ser en el mundo real. Esta vez la cuenta salió redonda: 10 seres ellos/ellas (por no discriminar géneros) eran transportados por el tren suburbano y por los pixeles que desprendían las pantallas. Tan solo uno/una (por no ofender sensibilidades) iba leyendo un libro de esos de papel impreso. Quien esto suscribe, por no destacar ni por un extremo ni por otro, acostumbra a llevar un E-book, siguiendo la recomendación de Horacio: In medio uirtus.

Andaba a medio camino entre los vistazos discretos al personal aferrado a las respectivas pantallitas y las aventuras de Julien Sorel, sus amores con madame Rênal y su ansia de ser un nuevo Napoleón, cuando se empezó a oír una cantinela que llegaba desde el fondo del vagón. Presté atención ante la insistencia de la cantinela y olvidé por un momento a los felices wasapeadores y los resquemores anti burgueses de Sorel. Poco a poco, llegué a entender la letrilla de aquella especie de melopea que sonaba como una monodia basada en apenas tres o cuatro notas.  Una mujer negra, puro despojo de ser humano, con todas las acreditaciones de drogata, recorría los vagones canturreando:

Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé…
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé..

Una especie de tonadilla reiterativa, monótona e insistente que emitía un ser enfermo, desgreñado, sucio y en estado de ruina. Observé a aquella mujer en puro andrajo humano, observé a la gente de mi alrededor. La mujer negra no movía a piedad sino a repulsión; llevaba en la mano costrosa unas pocas monedas. Y la gente, que estaba a lo suyo, se apartaba con discreción cuando pasaba por su lado. Yo hice igual, me estrujé contra los viajeros de alrededor y la dejé pasar. Era el espíritu de la navidad.

Se alejó entre la indiferencia y el asquito que produce el roce de la miseria y la pérdida de dignidad humana. En lo que me alcanzó la vista, nadie le dio ni una pieza de cobre ni le dedicó una mirada. Yo tampoco le di nada, aunque la miré como quien mira a un desahuciado. Muchos ni levantaron la cabeza de la pantalla, pasó la navidad hecha ruina por su lado y ni se enteraron. Los que sí, escondieron la vista en el teclado del móvil e hicieron como que no. El pasillo que se había abierto al paso del ser en descomposición de humanidad, se fue cerrando insensiblemente. Los cuerpos recuperaron esa pequeña burbuja de aislamiento personal que suele acompañarlos incluso en las aglomeraciones.

Tras dejar de oír el Por favó me pue… todo volvió a su ser en el vagón. Las pantallas volvieron a hacer guiños a sus adeptos. Saqué una libretica que siempre llevo en la bolsa y anoté la letrilla que canturreaba la mujer negra ante la indiferencia general. De la música, sencilla y rítmica, no me acuerdo, que soy duro de oído y frágil de memoria musical. Hecha mi anotación y confirmada mi estadística de abducidos, me sumergí de nuevo en las aventuras de Julien Sorel. Aquella mujer negra, despojo de alguien que inmigró un día a este país esperando encontrar el paraíso, ya no es más que una anécdota que sirve para rellenar una entrada en esta bitácora.

No me haga reproches el improbable lector. Yo, al menos, la miré a la cara.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Alternativas a la Navidad.-

Nuestra sociedad actual, para olvidar sus problemas, ofrece dos opciones contrapuestas: O bien eres constitucionalista o, por el contrario, eres independentista. O rindes pleitesía al 155 o te buscas un exilio mediático en Bruselas..., o, puestos a lo peor, te las arreglas con las estrecheces de Estremera.
 
Aunque, ahora que caigo…. No es eso. No es eso… Hoy el propósito de la bitácora no iba de ese frenesí bipolar que secuestra nuestra percepción de la realidad. Íbamos a hablar de la navidad. Recapacitemos…. ¡Ah! Sí…, ya recuerdo. Da capo, retomemos desde “Nuestra sociedad”:

Nuestra sociedad actual ofrece dos opciones contrapuestas: O te gusta la navidad o la odias. O te das un baño de espumillones y abetos plastificados, de consumo y papásnoel en los grandes almacenes, o te escondes por los rincones hasta que escampe tanta alegría. 

Yo soy de los segundos. Llevo tanto tiempo en la disidencia que he llegado a desarrollar estrategias de supervivencia tales que, si bien no son cómodos exilios bruselenses, tampoco son rejas estremeras: hago como si la navidad no existiese y miro para otro lado. Echándole un poco de empeño, suele funcionar.

Este jubilata, que lleva muchos turrones comidos a lo largo de su vida, lo tiene claro. Quizás el improbable lector no ha caído en ello, pero las fiestas de navidad tienen un aire de déjà vu, una especie de eterno retorno. Todos los años igual, hasta el empalago. 

Ya desde su invención, cuando los tiempos del emperador Augusto y aquel episodio de una pareja de okupas en un establo, donde la coima fue a parir un chavalillo que, según su carta astral, iba para rey de Judea pero se quedó en mesías justiciable. Y luego vino eso de los pastores y los villancicos de “Hacia Belén va una burra, rin-rin, yo me remendaba…”. Sin olvidar, tampoco, al avieso rey Herodes, quien llevaba muy a mal la competencia desleal en las cosas del trono, y mandó a sus sicarios que desbrozaran de competidores el camino. Organizó una degollina aparatosa pero ineficaz. Como consecuencia, los pobres perroflautas del pesebre belenesco tuvieron que huir – no en patera, que aún no se habían inventado, sino a lomos de burro, que aún no existían los Animalistas – a Egipto.  Pues esa historia, una vez conocida desde niño, repetida hasta la saciedad, es todos los años el mismo Belén. Sólo cambian los anuncios comerciales.

Después de darle vueltas al asunto, por si alguien quisiera desconectar de tan entrañables y machaconas fechas, brindo al curioso lector algunas alternativas perfectamente innecesarias pero que servirán para hacernos olvidar las navidades durante estos días. Pero si el lector es de los que viven la preceptiva alegría navideña como si fuera de obligado cumplimiento, que deje aquí la lectura. Lo que sigue es sólo para descarriados.

Antes que nada, se impone un pacto de silencio. Simplemente, no hablemos de estas fiestas. Hagamos como si no existieran y dejarán de existir. La cosa viene a ser como la damnatio memoriae de los romanos: se las condena al olvido. Solo que aplicarla requiere algunos pequeños detalles, como es borrar cualquier alusión que haga referencia a ella: por ejemplo, quitar las luminarias de las calles, suprimir el turrón, desterrar el cava de nuestras mesas, los regalos de papá Noel y los Reyes Magos, los anuncios de la lotería nacional y otras pequeñeces. 

También sería conveniente suprimir la paga extra de navidad, lo cual, con ayuda de la ministra Báñez, supondrá poco esfuerzo. De hecho, a los jubilados se nos acaba la célebre hucha de las pensiones y, no pasado mucho tiempo, desaparecerá la extra, y con ella la opción a comprar mazapanes y sidra el Gaitero. Será un trabajo menos que habremos de tomarnos para olvidar la navidad.

Otra posibilidad, muy socorrida en estos tiempos, aunque bastante manoseada y con efectos secundarios, sería que Cartagena se declarase cantón independiente de España. O Al-Andalus taifa soberana, tanto da. No es original, pero los resultados están a la vista con lo de Cataluña: llevamos meses dando vueltas a esa noria. No hay día que no se hable de ello. Los fervores patrióticos, los kilómetros de banderas de frontera a frontera, harían olvidar las fiestas entrañables de estas fechas. Un presidente cartaginés, o andalusí - para el caso es igual - exiliado en Rabat y abriendo, día sí y día también,  los telediarios de Al Jazeera sería una baza inestimable para desbaratar la cena de noche buena.

Una solución barata y sin usar la tarjeta de crédito, avalada por la experiencia personal durante lustros – que a este jubilata le va bien – es hacer vida de barrio. No ir más allá de la M30, no llegar siquiera a Ventas – territorio comanche – y mucho menos asomar por Manuel Becerra, que ya es campo minado de asechanzas navideñas.  No poner la tele para huir de los anuncios publicitarios. Llevar una lista de la compra al súper y pasar ante las estanterías de mazapanes, polvorones, guirlaches y otras gollerías de la gula pecadora como un anacoreta junto a un puticlub, vista al frente y paso largo. Jode (dicho en román paladino), esa es la verdad, pero con años de práctica se consigue.

Ya le digo al improbable lector, remedios haylos, pero quede advertido que viene a ser como jurar que se pondrá a régimen después de Reyes: el propósito no falta, pero éstos que corren no son tiempos heroicos y la perseverancia no es un valor muy apreciado. El infierno está empedrado de buenos propósitos, que dijo Bernardo de Claraval.

En casa ya hemos iniciado el proceso de desconexión por los langostinos, arriando la bandera de Pescanova.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Andanzas y meditaciones del Calero.-


El caso es, querido aunque improbable lector, que el otro día volví a tropezarme en el parque con mi vecino el depresivo. Iba yo al DIA, comisionado por mi santa, a comprar unas cajas de leche descremada y crucé el Calero. El Calero no es El Retiro, pero es el parque de nuestro barrio. Es, para que el lector se haga una idea, como El Retiro, pero en plan modesto. O sea, en plan barrio. 

El parque del Calero – y perdóneseme la insistencia – es al barrio de la Concepción como El Retiro es a Madrid: su pulmón verde, su espacio de esparcimiento, su circuito de perros domésticos y de jubilatas quemando colesterol. Es, en fin, lugar de socialización, de disfrute de un trozo de naturaleza domesticada, donde mi vecino el depresivo pone en práctica, a su modo, los consejos de su médico de la cabeza, que no de cabecera: “Usted, Fulano, camine mucho y piense poco”.

Y mi vecino, que aunque depresivo es muy suyo, sigue las instrucciones del loquero al cincuenta por ciento. Camina mucho parque arriba y parque abajo: entre el tornavoz ("auditorio", lo llamamos en el barrio para darnos importancia) y la comisaría. Puede pasarse toda la mañana dando vueltas, arrastrando los pies, con aire pesaroso y mirada ausente, hasta que la mujer le pone un wasap: “Fulano, que ya está la mesa puesta”, y sube a casa.

Respecto al otro cincuenta por ciento, o sea: lo de pensar poco, la verdad es que no hace mucho caso. Depresivo, pero no irreflexivo, acostumbra a decir, en un arranque de autoafirmación insospechado. Lo de deprimirse es algo sobrevenido por culpa de un Ere que le puso en la puta calle a los cincuenta y un años: demasiado viejo para competir en el mercado laboral y demasiado joven para aspirar a una jubilación de supervivencia.

Lo de la depre, tras dos años en la cola del INEM, estaba cantado. Fata obstant, acostumbra a decir. Como ya conté una vez anterior, tiene sus puntas y ribetes de latinista. Lo de reflexivo, lo es por inclinación natural.  Por mucho que lo dictamine un miembro del Ilustre Colegio de Psicólogos, mi vecino no puede ir contra su propia naturaleza: Es maníaco depresivo por inducción y caviloso a jornada completa por convicción. Su cabeza es una olla a presión con la espita obturada y es capaz de triturar una obsesión durante horas, días, noches, hasta que la mujer le prepara un coctel de pastillas y le deja aparcado en el salón de casa como un felpudo: home sweet home.

El caso es que, cuando yo iba a DIA a cumplir el mandado de la santa, me crucé en su camino. Estaba el hombre, con su habitual gesto de pesadumbre, mirando una caca de perro (“una mierda”, dijo él) que había espachurrado con la suela de su zapato izquierdo.“Al que nace pa martillo, del cielo le caen los clavos, …Y, encima, me he dejado las pastillas en casa”, me dijo, como disculpándose, nada más verme. Yo ya sabía lo que significaba, que en su cabeza se estaban formando nubarrones y no escamparía en horas. Le di unos golpecitos amistosos en la espalda y le dije: Nada, hombre, las estadísticas dicen que un peatón tiene un 27% de probabilidades de pisar una mierda de perro al año. Tú acabas de entrar en la estadística.

Todo lo que sea posible que ocurra, ocurrirá” me respondió. Sabia reflexión, dije. No es mía, es de Leibniz, contestó. Y es que el hombre tiene esas cosas; desde que le agarró la depresión, le dio por leerse, por orden alfabético, todos los filósofos que hay en la biblioteca municipal del distrito. Lo cual es otra forma de retroalimentar su depre, ya que no puede charlar con los jubilatas que echan la partida en el Asturleonés. 

A ver, si le hablan del último gol del Messi, él trata de razonarlo desde el sistema de causalidad aristotélico y los contertulios del bar se hacen un lío. Así que prefiere dar vueltas por el parque. Eso sí, sorteando heces de perro (menos ese día, que hizo bingo), latas  vacías de cerveza, bolsas de plástico, papeles y otros desechos cuya abundancia por los suelos es un indicador del grado de felicidad de nuestra sociedad de consumo.

¿Sabías que un opinólogo – me dijo mientras restregaba el zapato pringoso de heces contra el bordillo – ha hablado en el último número de L´Express del triángulo de poderes? Yo miré el reloj. Obsesivo y monotemático como es, me iban a dar las mil: como me cierren DIA la parienta me va a chorrear. Pues sí, -continuó, ignorando mi gesto de impaciencia – hay tres modelos utópicos de sociedad: el tecnológico, el populista y el empático. Según el primero, la tecnología y el mercado impondrán un control progresivo de la vida y la política, aumentando las diferencias entre una minoría que controlará el poder, la economía y la riqueza, y una mayoría sumida en la precariedad. Según el modelo populista, que rechaza las consecuencias de la mundialización, fomentando secesionismos, nacionalismos, totalitarismos identitarios o religiosos…

“Ya, pero es que como me cierren la tienda, mi mujer me chilla” – le insistí, para que abreviara. “Esa es una contingencia menor que en nada afecta al devenir social – me replicó. El hombre estaba metido en harina y mis problemas conyugales le traían al pairo –, donde se vislumbra el tercer modelo utópico, el empático…” “Vale, tío – le corté, ya nervioso –, pero yo ya tengo bastantes problemas con llegar a fin de mes con la jodida pensión. Y, además - y aquí me pasé tres pueblos – tienes mierda en el calcetín”. 

Mi vecino el depre me miró con ojos de carnero a punto de degüello, luego miró su calcetín pringoso, empezó a ponerse triste, triste, y hasta juraría que se le escapó una lágrima. Arrastrando los pies, se fue camino de casa, a chutarse un pastillazo, según prescripción, dada su poca resiliencia ante la adversidad.

Tuve cargo de conciencia toda la tarde, con la putada que le había hecho, y hasta llegué a deprimirme un poco. A lo mejor era contagioso, pensé. Por si acaso, me prometí que, la próxima vez que lo viera por el parque, le pediría la dirección de su médico.

Al DIA llegué a tiempo, menos mal. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

La inteligencia y otros asuntos de poco interés.-

Sepa el lector, aunque improbable no por eso menos estimado, que un anaquel (lo de anaquel se dice aquí por no perder el uso) lleno de libros dentro de una habitación, una ventana a la calle y un concierto para piano de Schumann pueden ser lo más próximo al paraíso que se puede permitir un simple mortal. La habitación vale tanto como el claustro materno para un nonato: te acoge y protege; la ventana, la necesaria comunicación con el mundo exterior: te aísla a la vez que te comunica con él. Y la música, en este caso un concierto de Clara Schumann, es el líquido amniótico en el que flota la imaginación del voluntario enclaustrado. Con tan poco, un mundo a la medida.

¡Vaya! Esta vez el jubilata se ha puesto intimista - pensará el improbable lector -. Intimista y exquisito, para llamar la atención. Pero, no. Es que está un tantico harto del mundo exterior y, de vez en cuando, decide replegarse para sus adentros, a ver si se olvida por un rato de esas afueras tan ingratas que le toca vivir. No es que lo consiga del todo, pero al menos el intento da pábulo (pábulo, otro término que muere de inanición) a la redacción de esta entrada a la bitácora.

Pues viene al caso el título por una entrevista que hicieron a una filósofa, doña Catherine Malabou (que no tengo el gusto de conocer, no se vaya Vd. a creer) en L´Express. – Y aquí se impone un inciso para que el lector no se haga una idea equivocada: el autor de la bitácora no pretende aparentar que sabe, sólo habla de leídas, con el agravante de que, siendo su memoria inmediata débil, lee y olvida. Por eso, para no olvidar – el olvido es la aniquilación –, escribe y pretende que los demás lo lean, como si buscase refugio en intelectos ajenos.

Pretende ser, a lo mejor influido por las pelis de ciencia-ficción, como un alien alimentándose de la masa encefálica de los lectores. Pero en buen plan. O sea: se lanza una idea; ésta, al ser leída, se aloja en el sistema neuronal del lector y allí vive tan ricamente, sin molestar. Y al jubilata, que se reconoce flaco de memoria, olvidadizo – y, por lo tanto, aniquilable – le ilusiona saberse huésped de mentes más despiertas.

Volviendo al asunto, habla doña Catherine de la gran plasticidad del cerebro, incluso a edades avanzadas. Nuestras conexiones neuronales son capaces de cambiar de forma, de tamaño y de volumen bajo el efecto de la experiencia y la educación. Y, aunque los circuitos neuronales estén ya formados, pueden remodelarse y crear otros nuevos. Lo cual quiere decir que, incluso a estas edades que nos vemos obligados a tener algunos, somos capaces de comprensión, aprendizaje y adaptación. Porque resulta que la inteligencia humana es un intercambio continuo entre el exterior y nuestro cerebro, que se adapta, asimila e integra los resultados de su adaptación. La inteligencia tiene mucho que ver con la educación, la realización personal y el afecto; aunque aquí no se habla de inteligencia emocional.

La inteligencia se define en términos de equilibrio: todos envejecemos físicamente, pero mucho más despacio en el plano mental. La edad nos va desmanguillando – Mme. Malabou no usa esta expresión popular; yo, sí – este cuerpo que se ha de comer la tierra, o quemar la incineradora, pero nuestra mente se mantiene activa. Se produce un desfase entre nuestro deterioro físico y nuestra actividad mental, dando como resultado un desdoblamiento asimétrico. Y, precisamente, la inteligencia consiste en equilibrar estos dos aspectos: en acomodar nuestro envejecimiento corporal a la juventud de nuestro espíritu. 

Cosa, por otro lado (lo del desfase entre cuerpo y mente) que un servidor ya se lo había oído decir a un traumatólogo cuando me mandaron hacer un estudio de la pisada, porque la artrosis de mi cadera me hacía renquear. Decía el galeno del problema que se estaban encontrando los de su profesión ante el desfase entre el deterioro físico y la agilidad mental de cada vez más especímenes humanos de nuestra edad. Lo que podría solucionarse – esto ya es de mi cosecha – integrando nuestra capacidad cognoscitiva en un sistema de inteligencia artificial que nos librase de las taras físicas a la vez que mantenía la actividad cerebral. Cosa de ciencia-ficción que ya se contempla en algunas teorías sobre IA (inteligencia artificial) leídas en algún papel serio.

El caso es que también le preguntaban a Mme. Malabou sobre avances cibernéticos y la superación de los humanos por parte de los cada vez más perfectos cerebros electrónicos. Sostiene que, aunque las máquinas nos han sobrepasado cuantitativamente (son capaces de cálculo a una velocidad que no está a nuestro alcance), aún no lo han hecho cualitativamente: todavía no son capaces de crear como lo haría un artista o un pensador. Porque se trataría de crear, no de imitar.

La inteligencia artificial, dice, llegaría a equipararse a la humana el día que fuese capaz de equivocarse y reparar sus errores. Cosa que, hasta ahora, un servidor nunca a nadie se lo había oído decir: humanizar las máquinas a través de la capacidad de error y rectificación. Mira por donde, una de nuestras flaquezas, el cometer errores, es algo que no está al alcance del chisme cibernético más perfecto que pueda darse y, por extraño que parezca, nos hace superior a él. Nuestra debilidad nos hace superiores a los dioses del monoteismo – el error es una cualidad que no se da en su naturaleza – y la inteligencia artificial más puntera.

Pues, sí, lector paciente. En tales andurriales andaban las elucubraciones del jubilata estos días en que, según informes económicos publicados por algún medio, cada español debe 24.455 €, si repartimos la deuda pública entre los ciudadanos de esto que se sigue llamando España. No extraña que algunos quieran levantar fronteras en el Ebro para que los impagos queden de este lado. 

Por lo que a un servidor y demás pensionistas respecta, con nuestros ingresos no llegaríamos a cubrir la apuesta ni aun acudiendo a un comedor social de aquí al final de nuestros días. No hace falta ser muy inteligente para adivinarlo.