lunes, 20 de julio de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, II.- Las rutinas del veraneante.-

Vivimos un verano que tiene todas las pintas de ser un crematorio a fuego lento, un anticipo de aquellas calderas de Pedro Botero con que nos amenazaban a los que un día fuimos niños de doctrina y hoy estamos en edad provecta. Esos “provectos” a los que en tiempos pasados se llamaba “viejos” y hoy se les denomina seniors, jubilados, tercera edad, en una colección de eufemismos que intenta ocultar la jodienda de los deterioros físicos y el paso del tiempo. Un lifting verbal para ocultar las arrugas vitales que el tiempo nos va dejando.

No es una queja que este jubilata se crea con derecho a hacer - la de ser jubilado rugoso  mental y físicamente -, ni tienen motivos para ello, por lo menos mientras la pensión nos mantenga por encima del nivel de subsistencia; cosa que va ocurriendo hasta tanto los gobernantes actuales no se terminen de cepillar la hucha de las pensiones, que paso sí llevan de ello. Es más bien la constatación de un par de evidencias: que este verano hace un calor del carajo y que un servidor va para setentón. 

En ninguna de las dos tiene parte responsable. O sí, según se mire: En lo del calor, cosa del cambio climático, como individuo de la especie animal (variedad Sapiens omnivoro) que está esquilmando el planeta, alguna participación tiene; en cuanto a lo de la edad, por la simple razón de haber vivido todo ese tiempo, algo está contribuyendo. Aunque, bien mirado, es una responsabilidad impuesta por las circunstancias. Si uno fuera jupiteriano o venusino, seguro que las circunstancias serían otras y las responsabilidades, distintas. Pero nunca sabremos si allí hay consumo compulsivo, vacaciones estivales y jubilados ociosos y con las ideas torrefactadas.

Le preguntaron a Buda en cierta ocasión por qué, cada día, a la caída del sol, sentado a los pies de un ailanto, se abstraía mirando una ramita que mecía el viento. Así todos los atardeceres, hasta que el cielo se estrellaba. Intrigaba a sus discípulos aquella rutina tan sin sustancia en un hombre capaz de dar respuestas a  grandes angustias de la humanidad como es el afán de eternidad del hombre a pesar de su finitud. Buda les respondió que en el leve mecer de aquellas hojas se concentraba el sentido de la existencia humana.

No sabemos si sus seguidores entendieron la parábola. Este jubilata tampoco está seguro de haber dado con la respuesta, pero la anécdota le sirve perfectamente para justificar una vida de veraneante rutinario. Lejos de los ruidos de la capital del reino, despertándose a la amanecida con el canto de los pájaros (ese jodido mirlo que vive en nuestro pequeño jardín y empieza a alborotar en cuanto despunta el primer rayo de sol), ese chopo airoso que se ve desde la cama, meciéndose contra el azul del cielo y acariciando las  nubes madrugadoras que lo cruzan, son un anticipo de las pequeñas rutinas diarias.

No hay mucho que hacer estos días de canícula (más que canícula, gran perra, que dijo Chus),  si no es calarse el panamá, coger un bastón de punta herrada y echarse a los caminos, buscando la sombra de los robles y los fresnos. O si no, acercarse a la orilla del río, ese pobre Lozoya tan menguado de agua que baja este año, y pasear bajo los pinos de la orilla. En los pastizales próximos, cubiertos por una capa de hierba amarillenta y reseca, las vacas, indiferentes al paso del caminante, sestean bajo los árboles. El paseante, ocioso y sudoroso, se sienta en la orilla del río y, como un nuevo Buda abstraído en el suave mecer de la ramita de ailanto, observa, ve, oye y saborea el murmullo del agua.

No es mucho. El jubilata no tiene la grandeza del maestro Buda, ni ve en el mecerse de las ramas el sentido de la existencia humana, solo busca un poco de frescor mientras piensa en la hucha de las pensiones y en que en cuatro días será setentón: el tiempo de ocio es mucho y da para estas rumias.  

Aunque sí se siente uno un poco franciscano y es cierto que le gustaría departir un rato con los animalejos que habitan el bosque. Pero el hermano arrendajo o el hermano rabilargo, revoloteando entre las ramas del robledo, no gustan de la compañía humana, ni se fían un pelo. La hermana vaca pasa muy mucho del bípedo del sombrero y la garrota, y la hermana cigüeña es gente de altos vuelos y no da pie a una conversación con un vulgar veraneante.

El otro día, sin ir más lejos, cerca del arroyo Aguilón estaba un lagarto verde que se dejó observar durante casi diez minutos. “Hermano lagarto”, le decía con amor fraternal, “charlemos de nuestras cosas”. Él se limitaba a mirarme de hito en hito, no muy convencido de la fraternidad que yo le ofrecía. Bien por desconfianza natural, bien porque yo no dominaba el lenguaje con que Francisco de Asís hablaba al hermano lobo y a la hermana oveja, el lagarto hizo un quiebro y se perdió por una resquebrajadura.

Sin interlocutores, volví a acordarme de la hucha de las pensiones y de lo necesario que me resultaría un lifting de esos que planchan las arrugas de la vida. 

miércoles, 8 de julio de 2015

Crónicas de Frigiscalpia, I.- Vivimos sobre un museo.-


No estoy seguro de haber escuchado nunca antes el sonido de un rabel, pero sí estoy seguro de que no había tenido uno en mis manos hasta el pasado domingo, día 5 de julio, cuando se inauguró el Museo del Traje Hermanas Miñambres que está en el mismo edificio de nuestro apartamento de alquiler.
El dueño del rabel me lo puso en las manos, pisé sus tres cuerdas con las yemas de los dedos y no se me ocurrió otra que rascarlas con el arco. Nunca lo hubiera hecho, ¡pobre animalito!: empezó a quejarse con estridencias descompuestas hasta que lo devolví a quien bien lo sabía tañer.

Una vez en poder de su amo – estábamos celebrando la inauguración con presencia de varias agrupaciones folclóricas de estas sierras – acompañó, alegre, junto con un pandero, una serie de coplas que cantaban los de Arrabel. Una sí recuerdo, porque hacía alusión a un tejo y con ciertas malicias de doble sentido de connotaciones eróticas. La copla decía así:

En lo alto tu tejado,
Relumbrando un tejo vi.
Nadie daba con el tejo,
Yo con el tejo di.

En la visita a la sala de exposiciones algo aprendí que, posiblemente, el improbable lector ya sabía. Y ello es la diferencia entre un mantón de Manila y un manto de ramo: el primero se hizo popular en España gracias a llamado "galeón de Manila", que hacía la ruta entre Filipinas y Panamá, llevando los tejidos de seda china con la que se confeccionaban estos mantones. El segundo es el pañolón usado en el medio rural hecho de fina lana merina y adornado con un ramo de flores bordadas en una de sus esquinas. De unos y otros hay muestras en la exposición. 


También puede verse una Maya entronizada con su rico ajuar. Si no recuerdo mal, en Colmenar Viejo y en El Molar se siguen celebrando estas fiestas, a la que Caro  Baroja dedicó alguno de sus estudios del folclore peninsular. También en el libro sobre "La Ruta del Arcipreste", de Guillermo Gª Pérez se habla de ello.


No estará de más decir que este pequeño museo es fruto del empeño personal de las hermanas Miñambres, al que llevan años dedicadas, tanto recogiendo material como clasificándolo según sus lugares de origen, para reproducir trajes fieles en su diseño a los usados hace no tantas generaciones en el medio rural. Han sido años de esfuerzo y labor discreta. 

Nosotros, la santa y yo, en estos últimos veranos, las hemos visto afanarse día tras día para equipar el museo, organizarlo, instala luces, montar vitrinas. Siempre con ayuda de familiares o amigos que han aportado sus conocimientos técnicos o han cedido materiales etnográficos que sirven para poner en contexto el conjunto de la sala. Ha sido un proyecto estrictamente privado, sin ayudas oficiales y con más ilusión que medios.

Aunque somos veraneantes ociosos, por el simple privilegio de vivir en el piso de arriba, hemos podido asistir al comienzo de la andadura de esta sala de exposiciones que recibe el nombre de Museo del Traje Hermanas Miñambres. Y lo interesante del asunto no es solo que dos mujeres hayan puesto todo su empeño y sus conocimientos en recoger, clasificar y exhibir prendas de época y de uso habitual en el medio rural hace no más de tres generaciones, sino que el evento es ocasión para descubrir que aún existen personas que mantienen vivo el entusiasmo por recuperar y mantener tradiciones que hemos dado por perdidas desde que el pueblo soberano vive enganchado al Wasap y otros artilugios electrónicos.

En efecto, para la inauguración se dieron cita agrupaciones como La Trocha, grupo de baile del mismo pueblo de Rascafría, cuyas coreografías monta María Miñambres, Entresierras, que monta talleres de música tradicional y enseña a tocar instrumentos como la zamfoña, el grupo de cantos tradicionales Arrabel, o los Miguelitos, grupo de gaiteros de Getafe.  

Pues ya lo sabe el lector, improbable o habitual de esta bitácora, nuestras vacaciones veraniegas van más allá de la vida relajada que se supone en los veraneantes a tiempo completo. Mientras soportamos los calores africanos que nos invaden, nos vamos culturizando de cultura popular.

¡Ah! Y si el improbable lector se da una vuelta por Rascafría, no deje de visitar la exposición: Sábados de 18 a 19 h., domingos de 12 a 13 h.

sábado, 27 de junio de 2015

Legiones de idiotas.-


Dicho sea sin ánimo de señalar. Además, la ocurrencia de contar a los idiotas por legiones no es de un servidor, que no se atrevería a tanto; es cosa de don Umberto Eco, quien aseguraba el otro día en Turín, cuando presentó su novela Número Cero, que vivimos la invasión de los necios a través de Internet, y que “la prensa debería crear un filtro para mejorar la calidad de la información en los medios”. Razón no le falta a don Umberto.

Pero es tiempo perdido. No es ya que quienes usamos las redes sociales nos queramos igualar a los premios Nobel, y como tales, dar rienda suelta a nuestras vulgares opiniones como si brotaran de la mismísima fuente Castalia, es que la prensa (televisiva, impresa, radiofónica) anda más bien despreocupada de criterios de calidad a la hora de dar una información veraz, instructiva y contrastada. Salvo aquellas excepciones que sean al caso. Da la impresión de que han hecho suya aquella frase de Lope de Vega: “… porque como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”. En necio nos hablan y como necios satisfechos lo repetimos en wasaps, twitters, facebooks y demás anglomasificadores de la vulgarización popular.

Cosas de jubilata desocupado lo que sigue, sépalo el improbable lector: En pocos días se me han cruzado ante los ojos lectores la queja por la existencia de tanto bobo internautico acreditado, expresada por don Umberto, y esa noticia sobre el cambio de nombre de un pueblo de Burgos porque el apellido Matajudíos (Castrillo de,) ofendía la común sensibilidad popular, instalada en un buenismo sin compromiso ni criterio. Según la prensa, oída, vista o leída, los sufridos vecinos de este lugar tenían cargo de conciencia porque ellos nunca han matado judíos, ni las crónicas dicen que sus antepasados lo hubiesen hecho. Dicen, para justificar la execrable denominación de “matajudíos”, que fue cosa de un escribano del S. XVII, quien trabucó el nombre de “motajudíos” en “mata…” Escribano del que no se sabe quién fue, ni su nombre, ni - en caso de haber existido - él puede salir de la tumba para dar razón de ese quid pro quo. 

Si algún periodista, antes de escribir de nombres atribuidos a supuestas matanzas o escribanos hipotéticos, se hubiera tomado la molestia de informarse un poco (bastaba con recurrir a Internet) sobre toponimia histórica, hubiera descubierto con sorpresa que “Mata” como topónimo remite a lugar de matorral o monte bajo. Un servidor, sobrado de tiempo, ya lo digo, ha estado huroneando en publicaciones especializadas, que las hay en Internet, y comprueba que los autores, en general, llegan a esa conclusión de signo topobotánico: un topónimo “Mata” se refiere a un lugar de matorral o monte bajo, y muchas veces va seguido de un apellido al que hace alusión por su pertenencia, abundancia o determinada característica orográfica: Así, Matajudíos habría que entenderlo como un monte propiedad de judíos; Matallana por monte o terreno llano; Matalebreras por lugar abundante en liebres.

Y si a los bien pensantes le suena mal lo de Matajudíos y quieren cambiarlo, allá van éstos que he encontrado y que también merecerían ser purgados: Matapijos y Matafrailes. Hay un Sentil de Matapijos cerca de Frómista, creo, y un puente de Matafrailes en el término de Canencia, en el valle de Lozoya. Si un servidor fuese un pijo, el improbable lector esté seguro de que me iba a poner como un basilisco al verme amenazado por un topónimo; si fuese un fraile en riesgo de asesinato toponímico, excomulgaba al mismísimo sursuncorda. Pero, si me parase a averiguarlo durante cinco minutos - por más pijo o fraile que fuera - descubriría que en “matapijos” hay una elisión: “mata de piojos”, y “matafrailes” hace alusión a tierras propiedad del vecino monasterio cartujo de El Paular. Lo de “piojos” tampoco es lo que parece, una cuestión de pediculosis, sino que hace referencia a esas matas con bolitas que se pegan a la ropa como si fueran piojos, según leo en Transmisión oral en la toponimia menor palentina.

Total, que a los pobres vecinos de Castrillo de Matajudíos los tenían en un sinvivir con el asunto de marras hasta que han decidido cambiarse el nombre. Que sea por muchos años. Si alguien se hubiera tomado la molestia de hacer averiguaciones y aconsejarles, no hubieran tenido necesidad de renunciar a su propia historia ni renegar de ella por culpa de dimes y diretes. Pero ya puestos a cambiar el nombre, en lugar de Mota de Judíos (por el cerro próximo), hubieran estado más acertados – en la modesta opinión de este jubilata atrevido – en llamarlo Mata de Judíos. El topónimo hubiera quedado claro hasta para los bienintencionados más lerdos que se escandalizan de un nombre cuyo significado ignoran. Estará de acuerdo conmigo el improbable lector que no es buena idea mover de lugar los topónimos que llevan ahí toda la vida.

Dicho lo dicho, espero comprensión por parte de don Umberto al haberme metido en camisas de once varas toponímicas y hablar a boca llena. También la espero del paciente lector. Pero es que, teniendo esto de la Internet a mano, uno no puede aguantarse sin largar con entusiasmo desmedido y sin ciencia ni conciencia. Y es que los arbitristas internauticos somos legión, señor Eco. 

martes, 16 de junio de 2015

Arroyo de la Gargantilla: caminata con tejos.-


Quienes han hecho de los tejos un espectáculo de moda ecológica, suelen acercarse a Valhondillo a ver el tejo milenario que, con sus entrañas carcomidas y todo, lleva con dignidad de viejo dios vegetal su lentísimo proceso de automoribundia (dicho sea con permiso de Ramón Gómez de la Serna). A este anciano venerable, que tiende su ramaje sarmentoso en torno, como queriendo cubrir pudorosamente su vientre hueco a las miradas de los curiosos, se le calcula una edad que pudiera llegar a los 2.000 años.

Lo que, de ser cierta tanta longevidad, significa que era apenas un plantón recién brotado cuando Cesar Augusto vino a Hispania el año 26 a.n.e. para hacerse cargo de la guerra contra astures y cántabros. Pacata erat fere omnis Hispania (casi toda Hispania estaba pacificada), dice el historiador Lucio Anneo Floro. Derrotados los pueblos montañeses, muchos guerreros preferían envenenarse con una pócima de simientes de tejo antes que entregarse.

También Julio César, en su libro VI de la Guerra de las Galias, nos cuenta que Catuvolco, rey de la mitad de los Eburones, agobiado por los años y no soportando ya las fatigas de la guerra, se suicidó con jugo de tejo: …taxo, cuius magna in Gallia Germaniaque copia est, se exanimavit. (se suicidó con tejo, del cual hay gran cantidad en la Galia y en Germania).

¿Y qué tiene eso que ver con el arroyo de la Gargantilla que se menciona en el título?, se preguntará el improbable lector. Aparte de ser un prurito cultureta de este jubilata, estas viejas historias tienen en común con el citado arroyo la alusión a los tejos, en el primer caso, y su presencia, en el segundo,  porque aparecen próximos a su cauce, ladera arriba. No tan abundantes, ni mucho menos, como los de la Galia y Germania que nos cuenta Julio César, pero haylos. Por eso, el veterano Trío de los Tejos (o sea, Juan, Guillermo y un servidor) decidimos hacer una caminata arroyo arriba para verlos. Es cierto que son tejos que pueden considerarse en plena juventud, ya que tendrán en torno a 80 años, así, a ojo de buen cubero, pero todos sanos, luciendo su porte verde negruzco en manchas dispersas entre los pinos.

Para que el lector curioso de esta afición a los tejos se haga una idea, describiré con brevedad el recorrido que hicimos, siguiendo el itinerario y datos que me ha pasado el amigo Juan F. Romero, y cuyo mapa he incluido: Comenzamos en la pista asfaltada entre San Rafael y El Espinar. Entre la fuente de la Yedra y la de Peña Morena tomamos sendas paralelas al arroyo de la Gargantilla hasta el collado del mismo nombre (1.648 m.), viendo tachones de tejos aquí y allá. Según estimaciones aproximadas, puede que haya una docena larga de ejemplares por el entorno. Desde allí, por pista de tierra, subimos hasta las Lagunillas, pasando por la fuente de los Goyatos.

Si el lector es amigo de disfrutar de la naturaleza, no puede dejar de acercarse a este paraje de las Lagunillas. Grandes praderías verdes, enmarcadas por el bosque de pinos y un azul limpio con nubes algodonosas flotando perezosamente en el cielo. En la planicie verdeante, pequeñas lagunas donde el ganado va a beber. Vacas apacibles y pacedoras, junto con sus crías, yeguas y algún toro semental, forman una estampa idílica donde incluso los caminantes tienen su lugar mientras sosiegan el paso y llenan sus castigados pulmones de urbanita con el aire limpio que ha pasado por el filtro de los pinares.

Desde el collado de las Lagunas (1.670 m.) puede divisarse la sierra de Malagón con sus aereogeneradores y la zona de Cueva Valiente. Tras pasar una puerta metálica, iniciamos la bajada por un camino empinado. A su derecha, y muy próxima, vimos la fuente de los Tejos, a la que llamamos así porque comienza en ella el arroyo de la tejeda de los Poyales, mencionada en una entrada anterior (1 septiembre, 2011. Véase epígrafe "Tejos" de esta bitácora). Una chapa con letras perforadas la llama “fuente del esportón”. Parece que el vaso de esta fuente lo hicieron empleando como horma un esportón, cuyo hueco recubrieron de cemento que el paso y las inclemencias del tiempo han desmoronado. El lugar es lugar de tejos y es más propio este epónimo que no el de una vulgar espuerta.

Siguiendo de cerca el curso del arroyo del Prado Goyato, bajamos hacia el camino del Ingeniero, viendo algunos buenos ejemplares de tejos, y paramos a comer en una pradería, a la sombra de los pinos, mientras una colonia de “arañitas paticortas y panzonas, pero inofensivas” (según pone Juan en sus notas), nos estuvieron correteando por la ropa. El bocata estuvo, según costumbre en el monte, de cinco tenedores; la conversación, distendida, de altura. Lo que se deja dicho aquí por presumir un poco. No en vano estábamos en torno a los 1.500 m de altitud, con la mente bien oxigenada, y porque los temas de la conversa siempre son de interés entre veteranos de la vida y de la montaña.

En nuestra conversación surgió la cuestión de la importancia que suele darse a las primeras citas entre los profesionales y los aficionados a la geobotánica. La existencia de estas tejedas era bien conocida por gabarreros, forestales y montañeses de El Espinar, ya que fueron esquilmadas en los años 40 como consecuencia el hambre y el frío que se pasaba en aquellos tiempos de escasez, y rebrotaron de nuevo, según nos explicó Guillermo. Pero en lo que se refiere a registros escritos, no tenemos conocimiento de que se mencionasen antes de que en esta bitácora se hablase de ellos en la entrada: "Los tejos de los Poyales". Mérito que, modestamente, nos arrogamos el Trío de los Tejos aquí presente. 

Pues bien, vistos los tejos a la subida y a la bajada y comprobada su buena salud, disfrutado el paseo por el pinar, descansados y bien conversados, bajamos a la pista asfaltada de El Espinar a San Rafael, tomamos nuestro coche y fuimos a Cercedilla para tomar el tren que nos acercó a la capital. 

Allí, el calor y el habitual tufillo a carburantes. Un servidor - no podía por menos - tuvo un recuerdo añorante para las vacas de las Lagunillas y su plácido rumiar. 

sábado, 6 de junio de 2015

¡Que vienen, que vienen..!.-

En estos días más veraniegos que primaverales dedico las horas altas de calor, agazapado en la penumbra de mi cuarto de estudio, a la relectura de las ocurrencias poético-filosóficas de ese maestro apócrifo que fue Juan de Mairena. Nunca nadie dijo cuáles eran los títulos académicos de Mairena para ejercer la docencia, ni siquiera aquel viejo profesor de instituto llamado Antonio Machado Ruiz, que parecía conocerle tan bien. 

Según parece, Mairena fue profesor de gimnasia y de retórica, además de un sofístico por convicción didáctica, que impartía sus charlas en la que iba a ser la Escuela Popular de Sabiduría Superior. Proyecto que no pasó de tal porque su maestro, Abel Martín, para quien reservaba la cátedra de Poética y Metafísica, murió joven.

Sumergirme en la lectura de sus sentencias y donaires, pasados ya casi cuarenta años del primer contacto (el ejemplar que uso lo compré el 03.V.77), ha sido como volver a las aulas. Solo que, por no caer en el anacronismo, no lo he hecho como alumno oficial, ni siquiera como oyente de esa Escuela Popular de Sabiduría Superior, sino como leyente. O sea, desde la distancia en el tiempo y por libro interpuesto. Lo cual me permite seguir las enseñanzas del maestro a mi aire, pausadamente, como corresponde a un jubilata. Y lo que es más importante para un leyente, que ni siquiera ha pagado las tasas de matrícula, que la lectura le permite divagar y no seguir el ritmo que marca el maestro. Lo cual, a veces, empuja a uno a la dispersión.

Y así, cuando leí: y el bruto más espeso se carga de razón…, me pareció que había una conexión entre este texto y el revuelo político de estos días port-post-electorales. Me acordé de la argumentación zafia que corre por redacciones de papel y tele, tertulias, declaraciones políticas y conversaciones callejeras de gente asustadiza.  Todo ello a propósito de las hordas de extrema izquierda de Podemos que, según aquéllos, están asaltando las instituciones con pactos torticeros y malas artes totalitarias.

Desbarata, y mucho, el sosiego y el buen discurso de la lectura encontrase esa barahúnda de acusaciones contradictorias, según las cuales, todos estos movimientos surgidos del 15M y de las movilizaciones ciudadanas son, alternativa, indistinta y simultáneamente: nazis, comunistas, etarras, chavistas-bolivarianos, fascistas de la Marcha sobre Roma, castristas, añorantes del emirato, antisistema, viola-monjas quema-iglesias, anti taurinos, talibanes y descamisados con coleta. 

En el fondo, todos sabemos a qué se debe esa cacofonía descalificadora. Que mucha gente amachambrada en las instituciones desde hace quinquenios se iba a quedar sin su cómodo trabajo, ya lo sospechábamos cuando depositamos el voto el 24-M. Que los ciudadanos cambiemos de opción política y los mandemos al olvido no es como para despepitarse y soltar enormidades por esa boca. ¿Sus ex-señorías se han quedado sin sillón? No olviden que era prestado. Además, ¿no ha salido España de la crisis? Pues nada, ya encontrarán otro trabajo, aunque sea de camarero en un chiringuito de playa. 

No alboroten el gallinero; sepan que ustedes no son imprescindibles para que esta sociedad funcione. Piensen que los cementerios están llenos de personajes imprescindibles, de quienes nadie se acuerda. Ni puñetera falta que hace. Tomen ejemplo del modestísimo Miguel de Cervantes, que ni sus huesos se identifican en la huesa común donde  se supone que deberían estar.

Lo que uno pediría, si le dejaran, es lo siguiente: Ya que el miedo a quedarse sin poltrona, sin coche oficial y con el culo de la Gürtel o la Púnica al aire, es tan fuerte como para lanzar tantas invectivas a Podemos y sus franquicias, que al menos lo hicieran manteniendo una cierta coherencia lógica en las tandas de insultos. Aunque solo sea por lástima de las masas asustadizas que se espeluznan ante el temor a la muerte del Mesías neoliberal, escarnecido por los anticristos podemismas; ya es bastante complicada la vida de la gente como para, encima, acojonar al personal con esas burreces que andan soltando a boca llena. Y también, un poco, por respeto a los que observamos el espectáculo de despropósitos sin opción a opinar y ser escuchados.

Rebuznos apocalípticos, los llamaba el maestro Mairena. Rebuznos que retumban por todo el pesebre hispano alborotando el plácido rumiar del rebaño patrio. Rebuzna, que algo queda, podríamos decir parafraseando el dicho de Calumnia, que…, etc. Aunque tanto mejor sería que depusieran esa actitud rebuznante y recordaran lo que en el Quijote se dice en  aquel episodio, cuando los de un pueblo se pusieron a la greña con los del pueblo vecino por rebuznos de más o menos de sus alcaldes: No en balde rebuznaron el uno y el otro alcalde. En fin, no den pábulo a que Sancho tenga que decir de ustedes: Tan a pique están de rebuznar un alcalde como un regidor.

La política, señores – sigue hablando Mairena – es un actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el “apoliticismo”, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis “hacer política”, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros. 

Juan de Mairena era un hombre cabal. Ya te digo, improbable lector.

miércoles, 27 de mayo de 2015

La realidad según se mire.-


Tras estas últimas elecciones municipales y autonómicas, los periodistas le preguntaron a la ya casi exalcaldesa de Madrid una cuestión que debía tener su enjundia, pero que por lo que se ve, de puro obvia que era, este jubilata ha olvidado. La señora Botella, con su habitual facundia discursiva contestó que ella no iba a “hipotizar” sobre el pasado. Nada de lo dicho en aquella entrevista – tanto por parte de los plumíferos del micro como por parte de la edil, ¿o hay que decir “edila”? – sería digno de recordatorio si no fuera porque doña Botella aseguró que no pensaba “hipotizar” sobre la cuestión planteada.

Palabra de la que tomé buena nota por si me servía para un pequeño diccionario que me estoy haciendo, por pura curiosidad, sobre términos en letargo, en desuso, pero rescatados de vez en cuando, o, simplemente, sonoros aunque poco habituales; aparte neologismos con pedigrí, siempre que no sean angloparláticos. “Palabras Regaladas”, le llamo a este juguete de la lengua que me he inventado. Cualquier término en castellano me sirve a condición de que no me lleguen en tropel como razzia de moros (que me agobiaría mucho), sea sugerente, inusual y con buena sonoridad. Piense el improbable lector en la palabra oficleido que descubrí visitando un museo, o serendipia, cuando andaba buscando un libro extraviado en las estanterías, como ya se habló aquí en la entrada anterior de esta bitácora jubilata.

¿Por qué no “hipotizar”, aunque sea palabra a salto de mata e inventada para la ocasión por la ya casi desalcaldada alcaldesa de Madrid? Lo malo, pensando en ello, fue que no se trataba de un neologismo ni de palabra con raigambre y enjundia lingüística que figure en el diccionario de Corominas. “Hipotizar” fue un arranque de majeza cañí, un pronto verbal que le dio a la desalcaldable doña Ana cuando se vio asediada de micrófonos y preguntas. No hay por qué reprochárselo, es su forma de ver la realidad política y expresarla.

No puede decirse que un servidor esté muy interesado en la percepción de la realidad política pasada por el filtro de ciertas ideologías, pero sí en la forma en que expresan esa realidad. O sea, en la manipulación del lenguaje para hacer que éste diga otra cosa distinta a lo que la simple experiencia nos parece estar advirtiendo. Por poner un ejemplo, sin ánimo de enredarse uno en el berenjenal más de lo imprescindible, esa consigna numantina que recorre estos días la portavocía de los genoveses y que viene a decir que – aunque la puñetera realidad diga que se han dado un batacazo – son el partido más votado.

Según y cómo, o sea, mire usted. Uno echa mano de una aritmética elemental y empieza a hacer cálculos con los dedos: treinta y cinco millones de ciudadanos estaban llamados a las urnas; doce pasaron mucho de la papela, así que veintitrés son los que votaron, de los cuales, seis millones optaron por el vuelo de la gaviota. Total, veintinueve millones, de los cuales,  doce porque se la refanfinfla y diecisiete porque miraron para otro lado, ninguno de ellos les dio su voto. Millón arriba, millón abajo, que uno no es estadístico, pero así se hace una idea de a qué llaman mayorías los jefes del cotarro.

Quizás es que, como dijo el inefable Floriano en un vídeo promocional de la cúpula genovesa, les “faltó piel”. A un servidor, que en estos casos de propaganda obvia barrunta lo que no debería, le vino a las mientes esa canción de Juan del Encina que los de Atrivm Mvsicae cantaban en su vinilo Codex Gluteo: ¿Si abrá en este baldrés / mangas para todas tres? / Tres moças d´aquesta villa /desollavan una pija /para mangas a todas tres… / desollavan una pija / y faltóles una tira / para mangas a todas tres. 

Ya se ve que no es problema sólo de algunos mandamases el hecho de que se pongan a desollar una pija y les falte piel para hacer mangas y capirotes, también las mozas del pueblo llano solían encontrarse con esos problemas. Solo que ellas insistían: ...Y faltóles un pedaço / una yba a buscallo / para mangas a todas tres.


Vayan, vayan ustedes y busquen el trozo de piel que le falta a la pija antes de embaulársela. Aquí no tenemos ninguna prisa hasta dentro de cuatro años. 

domingo, 17 de mayo de 2015

Serendipia, o sea.-

De verdad, ha sido casual el tropiezo con ese voquible estrambótico de “serendipia”, término que el improbable lector no encontrará en el diccionario de la Real Academia. Un servidor se ha dado de bruces con esa palabreja por pura chiripa (eso es lo que viene a significar) mientras buscaba un libro perdido en este barullo que es nuestra biblioteca doméstica.

Andaba buscando como un frenético – el ocio excesivo le obliga a uno a dar en manías obsesivo-compulsivas irrefrenables – la biografía que sobre sí mismo escribió el doctor Diego Torres de Villarroel, quien fue catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, disciplina que enseñó durante cinco años, allá por los años treinta de mil setecientos, en tiempos de Felipe V. Claro que él era más aficionado a la astrología que a la matemática (de la cual confiesa que sabía poco) y se ganaba muy bien la vida haciendo almanaques anuales donde hacía predicciones. Es célebre su predicción de la muerte de Luis I, en 1724, quien reinó poco más de doscientos días. Serendipia, feliz coincidencia, que le dio fama de adivino en su época: feliz coincidencia, entiéndase, para él, que vendía sus almanaques como churros en día de feria.

Y serendipia sobre serendipia, también dicen que adivinó la fecha de la Revolución Francesa: “Cuando los mil contarás / con los trescientos doblados / y cincuenta duplicados / con los nueve dieces más…” Eche la cuenta el improbable lector y verá que la cifra da 1790.  Con su fama de mago vino a dar en la casa de la condesa de Arcos a propósito de un fenómeno sobrenatural, un poltergeist , como aquella célebre película de terror, que le valió vivir pensionado durante dos años al amparo de la dicha condesa.

Pero lo cierto es que el libro no se ha dejado ver ni vivo ni muerto. Hurgando en las estanterías altas, feliz casualidad, aparecieron las sentencias y donaires de Juan de Mairena, de don Antonio Machado. De pie sobre la banqueta – equilibrio poco recomendable para un jubilata que hace un año y pico se perniquebró – abierto el libro al azar, la vista tropezó con  la “dialéctica de Martínez”. El maestro Mairena proponía a su discípulo Martínez que hiciese unas diserciones dialécticas sobre la desnudez del cuerpo humano y la libertad de los pájaros. Que el vestido presupone una desnudez previa, o que la jaula pajarera implique un ansia de vuelo libre son nociones que el improbable lector no puede negar ¿Cómo va a saber el pájaro lo que es volar libremente si no ha sufrido un encierro previo? ¿Cómo puede el individuo ser consciente de su desnudez previa si no fuera por el posterior invento del vestido que lo cubre?

De la desnudez humana y la jaula como prisión de vuelos libres a la campaña de elecciones municipales y autonómicas de estas semanas no hay más que deslizarse por una serendipia para darse cuenta de que algo tienen en común, aunque sea por pura casualidad o simple coincidencia. La campaña política viene a ser como los ropajes que cubren la desnudez de las promesas que los políticos hacen a sus posibles votantes. Es de conocimiento del común de ciudadanos que las promesas de campaña, habitualmente, no se cumplen, como es de todos conocidos que, bajo estos ropajes de la promesa fácil, está la desnudez del pronto olvido.

Tiene los políticos en campaña la ventaja de que todos necesitamos verlos vestidos de bellas promesas para ser conscientes de su desnudez de posteriores cumplimientos, aunque sea a toro pasado y con reincidencia manifiesta. Cosa verdaderamente no achacable a los tales (lo de las promisiones y sus incumplimientos), sino a sus votantes, que olvidan, promesa incumplida tras promesa prometida, que el rey se pasea ufano, en pelota picada y con el bolo colgando, por más que sus asesores de imagen quieran convencernos que viste de armiños.

En cuanto a la libertad del vuelo y la jaula que lo limita, dice el alumno Martínez en su disertación que “hay un vuelo coetáneo de las jaulas, un vuelo enjaulado, digámoslo así, pero libre, no obstante, para volar dentro de su jaula, a los cuatro puntos cardinales”. En estos días previos a las votaciones, los ciudadanos, con las alas que les (nos) da la papeleta de voto, vuelan dentro de la jaula a los cuatro vientos, ilusos de libertad, inconscientes de que los alambres que los enjaulan están bien urdidos (urdir: “maquinar y disponer algo con cuidado”, en sentido figurado) por quienes perpetúan el sistema.

Y los perpetuadores del sistema – teorías de la conspiración a un lado – no son solo banqueros, especuladores financieros, corporaciones transnacionales, políticos a sueldo del amo, ideólogos bien untados, estómagos agradecidos, voceros y paniaguados del mejor de los mundos posibles, sino los propios enjaulados. Con su (nuestro) voto dan consistencia a esta jaula a la que damos el bonito nombre de democracia representativa, sin que a nadie se le ocurra abrir la puerta, a ver qué hay del otro lado. Que a lo mejor, el vuelo libre nos marea por falta de límites, o a lo peor es que nuestras alas no dan más que para un vuelo gallináceo. Sea como fuere, dentro de la jaula nos sentimos jodidos, pero seguros.

Como quiera que sea, estas reflexiones fuera de lugar son fruto de una serendipia, un encuentro casual entre la búsqueda de un libro extraviado en las estanterías y el natural pesimismo que sobreviene con el paso del tiempo y eso que llamamos experiencia: o sea, ese peine que la vida nos da para peinarnos cuando ya estamos calvos.  O sea.

viernes, 8 de mayo de 2015

El epíteto homérico.-



Andaba este servidor, jubilata ocioso, buscado asunto para una nueva entrada que colgar en la bitácora, cuando me tropecé con Homero. Bueno, en realidad, con un librito titulado Homero, de José M. Pabón (editado en formato 8º y tapa dura por Labor, en 1947). Por aprovechar la mañana, me había ido a dar una vuelta por la feria del libro antiguo y de ocasión, recién inaugurada, sin idea preconcebida, un poco a ver qué  me encontraba.

El librito de marras no puede decirse que sea una joya bibliográfica, apenas costó 5 euros, pero tenía la particularidad de tener adherido, en su contraportada, un exlibris de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.  La viñeta representa un templo clásico, coronado por frontón triangular sostenido por un arquitrabe con triglifos y metopas que se sustenta sobre un tetrástilo de orden dórico. Ante la escalinata donde se apoyan las columnas, el escudo de la escuela de ingenieros de caminos flanqueado por sendas figuras femeninas cubiertas con el peplo clásico. Total, que lo compré más por el exlibris que por su contenido, recordando aquella colección fallida que empecé hace decenios y que abandoné al poco tiempo debido a que era un capricho caro que mi sueldo de funcionario no me podía costear.

Pero, claro, cuando uno es más lector que bibliómano no se interesa tanto de la  belleza formal del libro cuanto de su lectura. Aunque también, también se disfruta – y mucho – del placer de tener en las manos estos objetos rectangulares hechos de papel y tinta donde se ocultan mundos accesibles solo a quienes se zambullan entre sus hojas. Pues eso, que ya que lo había comprado, no estaba de más leerlo.

Consta de un estudio preliminar sobre el mundo homérico y de varios fragmentos de la Ilíada y la Odisea. Cosa de unas pocas horas de lectura que pueden sacarse de cualquier rato de ocio. 

Hacía tantos años que no leía ninguno de estos poemas épicos que me llamó la atención la forma en que el poeta llama a los héroes y dioses, con epítetos que actualmente nos sonarían grandilocuentes. Pero una vez que el lector se deja arrastrar por el poema (más bien prosa en castellano, ya que un servidor de griego clásico anda ayuno) descubre la belleza que hay en llamar a Atenea “ojizarca” (la de los ojos azules), o al rencoroso Aquiles “el de los pies ligeros”, o a la diosa Iris “la de los pies de viento”, o a Eos, la aurora, “la de los dedos rosados”, o hablar de los “Aqueos de hermosas grebas”.

Y si es a Ulises, en la Odisea, se  le llama indistintamente “divino”, “tracero”, “pacientísimo” (diez años dando tumbos por el Mediterráneo requería muchísima paciencia); y en el encuentro que éste tiene con Atenea en las costas de Ítaca, la diosa le llama no sin cierta admiración “malvado, retorcido, cargado de ardides, ni aun estando en tu patria habías de cesar en tus engaños…”, aunque ella también reconoce de sí misma tener fama entre los dioses de ser “tracera y astuta”. De pillo a pillo el diálogo entre la diosa y el héroe. Y puestos a no ahorrar hermosos epítetos, a Eumeno, el porquero de Ulises – no confundir con el porquero de Agamenón, del que habla el maestro Mairena – le llama “divino porquerizo”.

Pero no solo se encuentran calificativos que hermosean a los personajes, porque en la querella entre Agamenón y Aquiles menudean los insultos. Cuando Agamenón tiene que devolver la esclava Criseida, hija de un sacerdote del dios Febo “el flechador”, y en compensación le arrebata a Aquiles su esclava Briseida, éste, que era de temperamento colérico, le espeta: “Borracho con ojos de perro y corazón de cierva”. Sin embargo, no todo son gestos heroicos y luchas descomunales. La despedida de Héctor y Andrómaca en las puertas Esceas, antes de salir aquél a enfrentarse con Aquiles, es un episodio de tanta ternura que sorprende. Quizás el improbable lector de esta bitácora debería dedicar un poco de tiempo al libro VI de la Ilíada y leer este episodio.

Volviendo a los epítetos homéricos, tuve la mala ocurrencia de hacer una transposición de la edad de bronce de los héroes aqueos y troyanos a nuestra edad de grafeno y wasap. Me puse a pensar qué tal sentaría decir, por ejemplo, de doña Cospe “diosa ojigarza, tú que riges el sublime consejo castellano-manchego”; o advertir al don Mariano, como Apolo le advierte a Diomedes, "No te iguales en tu pensamiento a los dioses, oh, prócer de franca mirada”, y no, no me cuadraba, así que no seguí con el experimento. 

Son tiempos los nuestros en que no se depredan ciudades  tomadas al asalto, ni los dioses bajan del Olimpo a luchar por tirios o troyanos. Bastan una contabilidad B, unas  tarjetas black, un sobre que cambia discretamente de manos para acumular botines en apacibles paraísos fiscales. Ni Agamenón robará la esclava a Aquiles, ni éste matará con saña a Héctor y morirá por una flecha del pusilánime Paris, valiente entre las sábanas y cobarde en la lucha, ni el trapacero Odiseo se pasará diez años dando vueltas como una peonza, perseguido con saña por Poseidón. No, todo es más discreto, un apaño donde no caben los grandes gestos.

Por eso, por olvidar la mediocridad malintencionada de quienes arrasan derechos sociales e infantilizan a las masas, volví a la lectura, a emocionarme con las palabras con las que el viejo rey Príamo suplica a Héctor mientras éste espera, fuera de las murallas, el envite de Aquiles: “Héctor, no te quedes ahí, hijo querido… compadécete de mí, desdichado, a quien el padre Crónida consumirá en la vejez extrema con duro destino, después de contemplar mil desgracias…”

Pues, eso, ¿quién no quiere tener un libro por amigo?

jueves, 30 de abril de 2015

Mientras ladran los perros.-

En estos días que todos los perros del pensamiento económico único ladran a los hijos de Atenea; en estos días que las ménades furiosas del austericidio, presas de locura mística por la ingestión de sobredosis de crack neoliberal, escupen su rabia contra la frágil Syriza; en fin, en estos días en que la prensa afín al no me toquéis el chiringuito que me juego las habichuelas, enseña sus dientes de perro guardián de las esencias del sistema y ayuda a despedazar a la víctima propiciatoria que nació en las urnas griegas, este jubilata se ha fugado a un mundo paralelo y lejano.

No es porque aquel mundo al que hemos huído temporalmente fuese mejor, sino porque la distancia en el tiempo ha suavizado sus aristas y nos ha dejado lo que merece ser conservado. Por situarnos en un espacio de ahora mismo y en un tiempo de aquel entonces, aquí se habla de algunos monasterios medievales visitados por tierras del Midi y el Rosellón-Languedoc en las dos primeras semanas de este mes.

Íbamos buscando – aparte otros intereses viajeros – las huellas de aquellos antiguos “perfectos” cátaros, quienes buscaban desprenderse de los bienes materiales y criticaban a la iglesia romana por su riqueza, poderío y alejamiento de la recta doctrina cristiana. Como es sabido, el papa Inocencio III predicó la cruzada contra albigenses, en 1208, y ésos terminaron pasados a cuchillo o en la hoguera, como el último Perfecto conocido del Languedoc, Guillaume Bélibaste, a quien convirtieron en chicharrones en el castillo de Villerouge-Termenès en 1321.  Lo que casi obliga a hacer una pirueta en el espacio-tiempo – al estilo de las pelis de ciencia ficción – y descubrir ciertos paralelismos: también actualmente la ortodoxia, no religiosa sino económica, no tolera interpretaciones heréticas y envía a la hoguera a estos nuevos perfectos que predican la esperanza de “otro mundo es posible”.

Pero no, este jubilata quería hablar de viejos monasterios de fundación carolingia donde un maestro cantero dejó su impronta en forma de capiteles, modillones o canecillos. Uno de esos artesanos del cincel y la maceta que fue esculpiendo personajes bíblicos, evangélicos y animales míticos por tierras que abarcan desde Navarra, Cataluña, Sur de Francia y la Toscana italiana. Por si el improbable lector no lo supiera, aquí se habla del llamado Maestro de Cabestany. Un maestro cantero, o quizás una escuela de cantería (el área geográfica es muy extensa para una sola persona) cuyas señas personales pudimos ver en dos de los monasterios que visitamos: Sainte-Marie-D´Orbieu, en Lagrasse, tierras del Rosellón, y en St-Papoul, en Castelnaudary, por tierras tolosanas.

Quien observa sus obras cae en la cuenta de que tienen unas características específicas y comunes a todas ellas: grandes ojos almendrados, dispuestos de forma oblicua, cuyos globos oculares están muy marcados y resaltados por los trepados en las comisuras de las pupilas. Frente estrecha y cabelluda, cabeza de forma triangular y bocas de labios estrechos. Sus manos son grandes, descomunales, de dedos muy largos, y los ropajes caen en pliegues al modo de las esculturas clásicas, dando cierta sensación de volumen y movimiento.

Sería una buena peregrinación, para quien tuviera tiempo y medios, y humor para ello, recorrer las viejas iglesias y abadías donde fue dejando muestras de su originalidad. En Cataluña, San Juan de las Abadesas, San Pedro de Roda o Peralada. En el norte de Italia, Prato, Sant Casciano… Y, por supuesto, en el sur de Francia, Sant-Hilaire, Cabestany, o los ya visitados por nosotros  Lagrasse y Saint-Papoul.

Por cierto que San Papoul se hizo célebre en la zona por un milagro curioso. Era discípulo de San Sernin, obispo de Toulousse, quien, a su vez, era maestro del San Fermín pamplonica que echa el capotico a los mozos que corren el encierro. Pues eso, el santo Papoul fue martirizado por el original sistema de rebanarle el cráneo como si fuera una tapadera; finalizada la faena del verdugo, él cogió su cráneo debajo del  brazo y se fue tan campante hasta donde se fundó el monasterio en su honor.

No se sabe si esa trepanación a lo bestia limitó su capacidad cognitiva el tiempo que anduvo con el cráneo en la mano. No debió ser así, ya que al lugar donde vino a ser enterrado le llamaban el país de Cucaña por la riqueza de sus tierras. De haber vivido el santo en nuestros días, seguro que hubiera elegido la Marca España - reino de Jauja donde se ata a los chuchos fieles con ristras de chorizos - para aposentarse. Un país donde el milagro de la recuperación económica es ladrado a los cuatro vientos por los perros guardianes del sistema. Un milagro económico, vamos, gracias a la trepanación craneal colectiva.

Ladran, luego divagamos.

martes, 21 de abril de 2015

Desentrañando a Mr. Fontaner


Recién regresado de un viaje por el Midi, el Languedoc y la Provenza, me encuentro con una invitación para un pase privado de la proyección (que ni es corto ni largo, sino todo lo contrario) de Míster Fontaner.

Se trata de una obra original, realizada en interiores y con medios artesanales, familiar en el sentido más estricto, que se mueve entre la crítica social y el absurdo casero. Un primer pase de la película lleva a la conclusión inmediata de que aquello no tiene ni pies ni cabeza, hasta que algunos detalles, sabiamente semidesvelados al espectador que desconoce las claves, dan la pista sobre otras lecturas más profundas. Todo ello adobado con un extraño sentido del humor que los iniciados podríamos llamar “tomasino”, y una visión absurda de la vida y las relaciones interclasistas que se mueve entre el absurdo existencialista de Beckett y el absurdo marxista de Groucho.

Puede parecer mentira que una película con tan escaso tiempo de proyección – apenas  36 minutos –, tan limitada de escenarios – un cuarto de baño, una cocina, un salón de clase media alta –, y de medios materiales – una caja de herramientas y una barra de pan –,  sea capaz de presentar varios niveles de lectura en función de la visión de partida que adopte el espectador. Porque, hay que decirlo sin ambages, es una obra para espectadores avezados. Si el improbable lector de esta bitácora es un cinéfilo de palomitas y refresco en vaso de papel encerado, cuando la vea anunciada en cartelera, mejor váyase al bingo. La lectura de los cartones bingueros no exige mayor desentrañamiento.

Porque, tras esa aparente anécdota del fontanero que va a arreglar un grifo, se esconde una reflexión en clave de humor de las complejas relaciones que pueden establecerse entre un trabajador de bajo estrato social y un miembro de la clase media profesional. La aparente falta de profesionalidad del primero, vista desde la perspectiva del segundo, y los permanentes desencuentros a que da lugar esa falta de sintonía interclasista, dan origen a unos diálogos en el más puro despropósito.

Puede entenderse, si el espectador lo quiere así, un nivel de lectura en el cual se evidencia un deseo irresistible, por parte de Mr. Fontaner, de tomar posesión, siquiera simbólicamente, de la confortabilidad burguesa del dueño de la casa. Obsérvese que se pone el albornoz (blanco impoluto, un símbolo de distinción) de la madre del propietario y hasta toma posesión de su bañera so pretexto de mera inspección profesional antes de acometer la tarea. Obsérvese también el aparentemente anodino gesto de abrir el frigo y encontrarse un bacalao al ajoarriero del que toma posesión, no simbólicamente, como el albornoz, sino gástricamente. Y lo que podría interpretarse como el culmen de la envidia de clase: el uso del retrete para defecar y  la siesta en el confortable tresillo del salón burgués.

Pero si el espectador tiene un sentido social crítico, observará que el profesional de la fontanería se esfuerza en dignificar su profesión comparándola con la de arquitecto. Entre ambas, aparte las grandes diferencias de consideración social evidentes, establece un nexo de unión en cuanto a las habilidades técnicas que las equiparan. Además, y es significativo de la diferencia entre la conciencia profesional de uno y el sentido puramente crematístico del otro, Fontaner quiere expedir una factura con IVA, mientras que el dueño del piso la quiere en negro, evidenciándose el egoísmo de la clase burguesa frente a la honradez del modesto autónomo.

Y aunque los aparentemente absurdos diálogos entre ambos protagonistas despierten la sonrisa del espectador o les lleven a la franca carcajada, la intencionalidad semiótica del autor va mucho más lejos.  Los despropósitos del diálogo muestran, si el espectador quiere verlo, la confirmación del desencuentro lingüístico. 

Si la lengua común sirve de nexo de unión en un intercambio verbal, todo a lo largo de la proyección se viene a mostrar lo contrario. El propietario del piso no entiende las motivaciones en las que el trabajador se apoya para defender sus criterios profesionales, por más que éste le dé cumplida cuenta empleando sus limitados recursos orales.  La lengua común no une, sino que separa en función del espacio social que ocupe cada cual.  Para un marxista no grouchista, la solidaridad interclasista no existe. Para un marxista grouchesco, siempre nos quedará el fuego de artificio que provoca un diálogo chispeante. El espectador elegirá entre ambos.

Para terminar, habrá que ver si el autor, con sus recursos artesanales y su extraña visión del mundo, decide emplear los próximos diez y siete años en darnos otra pequeña joya filmográfica tan fresca en su aparente sencillez como compleja en la visión de las relaciones sociales; eso sí, trufada con diálogos donde el disparate aparente esconda una visión del mundo que podríamos llamar, y que perdone el improbable lector si suena pedante, woodyallerianamente filosófica. 

domingo, 29 de marzo de 2015

De hoz en hoz.-


Me contaba un amigo que, días atrás, había enviado a una amiga suya el enlace de la anterior entrada que yo había colgado en la bitácora (Visita obligada al Reina). Aquélla, después de leerla, le contestó diciendo que el autor era “un cascarrabias en el museo”. No es que uno sea, precisamente, la alegría de la huerta – la timidez no es buena socializadora –, pero nunca me había visto a mí mismo como gruñón o quisquilloso. Claro que el lector suele ver en el escribidor, a través de sus textos, defectos que éste ignora porque tiene una estima tan alta de sí mismo como para atreverse a escribir y publicarlo. Vamos, una especie de selfi, como los que este jubilata, injustamente tachado de cascarrabias, reprochaba a algunos visitantes de museo.

Por eso, para no verme fustigado por los lectores, esta vez prefiero hablar de la marcha que hicimos los de Senda Clara por la hoz del río Guadiela hasta la del río Cuervo, con final en Solán de Cabras. Y, por que nadie diga que soy gruñón, no hablaré de otra cosa que no sea esas impresiones que el paisaje deja en el caminante. Porque, si de algo puede uno presumir es de su afición a saborear los mil matices visuales, sonoros y hasta olfativos que el entorno desprende, de la misma forma que el catador es capaz de saborear en un buen vino sus matices visuales, aromáticos y gustativos. Salvando todas las distancias, claro. No se puede equiparar a un enólogo de fina nariz con un machaca que calza unas polvorientas botas de montaña y carga un macuto a las costillas.

Hablando de matices olfativos, quizás el caminante apresurado no se para muchas veces a oler el bosque, y debería hacerlo. No huele igual un pinar que un terreno de maquia, con sus plantas aromáticas que van desprendiendo sus aromas a cada pisada: ese olor a tomillo, a romero o a jara. Y en nuestra caminata – sépalo el improbable lector – olía a boj. Todo el sotobosque estaba cuajado de arbustos de boj. Es el suyo un olor penetrante, un poco como agrio, con un punto de amargor, como el de esas ramitas de sabor astringente que uno va mordisqueando mientras camina, pero matizado por el frescor del bosque.

La comparación del olor a boj con las características organolépticas del vino (así lo llaman los expertos) no está traída por los pelos, no vaya Vd. a creer. La uva sauvignon de los buenos vinos bordeleses tiene una molécula que desprende el mismo aroma que este arbusto. Con la ventaja para el caminante de que puede respirar a pleno pulmón litros y más litros de aire aromatizado sin cogerse un pedal que lo deje bolinga.

También, en nuestra caminata por el hondón de la Hoz de Beteta, encontramos matas de avellanos, pero los pobres estaban desnudos de follaje porque aún no ha penetrado en estas tajaduras calizas el calor del sol de primavera. Lo mismo les ocurría a los tilos centenarios arrimados a los paredones labrados a fuerza de erosión y siglos, con raíces agarradas a la roca como manos sarmentosas y ramaje de tonos oscuros, disparado en brazos irregulares buscando la luz que haga brotar sus hojas.  Y, curiosidades que tiene la naturaleza cuando la dejan a su aire, esas pequeñas plantas carnívoras (Pinguicula Mundi dicen los botánicos que se llama) tan mustias y tan fanés que estaban, sin insectos que llevarse a los pétalos. Las vimos con respeto, no por su voracidad, sino por su fragilidad.

Sí daba pena ese inmenso y hermoso pinar de pino negral, con sus bolsas de procesionarias agarradas a las ramas. Verlos infectados producía una  impresión penosa, con esos millares de bolsones algodonosos de los que brotarán, en cuanto se meta el calor, millares y más millares de orugas que van a devorar el bosque. Se ve que las autoridades de Castilla-La Mancha tienen cosas de más preocupación que cuidar sus bosques. La plaga de procesionarias promete ser un finiquito más voraz que el de Bárcenas, diferido hasta que entren los calores. Si doña Cospe no lo remedia. Que no lo remediará, porque mantener su clientela política es más importante que ocuparse de unas puñeteras orugas que ni dan sobresueldos ni largan por esa boca. Pero no es asunto que venga al caso en este momento.

Caminar junto a un río, el Guadiela, de aguas azules, y al pie de un paredón calizo tiene la ventaja de que, para subir al altiplano, hay que hacer un ascenso de unos 300 m. por un camino serpenteante muy a propósito para despertar las ganas de darle un tiento al bocata que todo senderista avisado lleva en la mochila. Pero no, en lo alto del mirador del Armentero entretuvimos las ganas con algún picoteo, mientras disfrutábamos de las hermosas vistas sobre los farallones que ha labrado el río. De allí, atrochando por el pinar, hasta la hoz del río Cuervo con la pretensión de acercarnos al promontorio conocido como Castillo de los Siete Condes. No pudo ser porque el tiempo apremiaba, así que comimos, teniendo la visión de la garganta de Solán frente a nosotros. Y de allí, en paralelo a la hoz, a la cruz de mismo nombre, desde donde podíamos divisar el balneario y embotelladora de Solán de Cabras a nuestros pies.

El regreso a casa, tres horas de bus, fue buena ocasión para cerrar los ojos, descabezar un sueño y soñar que el caminante es un ser un tanto rarito, si bien se mira. Capaz de darse un madrugón y chuparse unos centenares de kilómetros por carreteras secundarias. Total, para meterse en una especie de túnel  boscoso entre paredones y caminar unos kilómetros para darse un sobo laderón arriba para seguir caminando por tierras donde no hay más que árboles y matorral. Todo para terminar en un lugar perdido donde te espera de nuevo el bus que te llevará a casa, sudoroso y cansado. 

Pero el caminante, aunque, en opinión de sus amistades asfaltícolas, sea raro como un gato verde, sabe que, en cuanto pueda, se calzará las botas y volverá a patear esos caminos perdidos por el culo del mundo. Sarna con gusto no pica, dicen.