miércoles, 27 de julio de 2016

Rutinas veraniegas, II.- Lecturas.


Por más que este jubilata intente no dar palo al agua en todo el verano, nunca ha conseguido estar ocioso en eso de la lectura y la caminería. Leer y caminar (nunca revueltas: cada cosa en su momento) son dos actividades que llenan las horas veraniegas.

Imagínese el lector, ocasional o habitual, de esta bitácora qué duro sería si tuviese que estar mano sobre mano desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche – de la siesta nada se dice, que tiene entidad propia y sus propias maneras de existencia – sin un puñado de letras de imprenta que echarse al coleto del intelecto. Y así durante semanas y con estos calores.

Pues eso. A la hora de planificar la estancia veraniega en este pueblo serrano, aparte el ajuar doméstico  y la munición de boca que hay que traer para eso de la higiene en el vestir y la supervivencia, no puede faltar en el hondón de la maleta un puñado de libros para pasar las horas de la tarde, las horas de canícula; esas horas aperreadas en las que uno no tiene ni ánimos para tirar de su propio cuerpo y queda desparramado en el sofá, con la mente ensopada y su yo transcendental reducido a la inconsciencia. Esas horas, precisamente, son las más propias para despabilar y darle caña al intelecto para que avive el seso y despierte.

Quien esto escribe, lector habitual y un tanto anárquico, así lo hace. Las tardes de verano, mientras el sol amurria a los pájaros y recalienta los caminos, se dedica a leer cualquier cosa que tenga letras de molde. Y ese “cualquier cosa” no lo entiendas, amigo lector, como desmerecimiento del valor de las lecturas que uno se mete entre pecho y espalda, sino como esa falta de criterio que aqueja a un servidor a la hora de racionalizar sus lecturas según temas de interés cultural, narrativo, formativo o informativo. Para que quede más claro: sobre la mesita auxiliar hay una mezcolanza de libros, cada uno por sí interesante según su género, pero dispares, cuya lectura se van alternando aleatoria y caprichosamente. Estamos en verano y uno puede darse esos gustos.

Leer a Heródoto (más tras la visita a Irán/Persia que hicimos esta primavera,  y de la que quedó constancia en esa bitacora) y sus guerras médicas no deja de ser una lección sobre el conocimiento que éste tenía de la naturaleza humana. Cuando los Argivos quieren quedar al margen de la expedición de castigo que Jerjes planea contra Atenas y los lacedemonios, Heródoto dice comprenderlos (a los habitantes de Argos) y afirma que, si todos los seres humanos reuniesen en un mismo lugar todas las desgracias que les aquejan, con objeto de intercambiarlas entre sí, una vez vistas las desgracias del prójimo, cada cual se volvería a casa con las suyas propias por considerarlas más llevaderas. 

No dejaban de ser prudentes los ciudadanos de Argos a tenor de lo que cuenta el historiador griego, ya que, según sus cálculos, las huestes persas eran tan descomunales (5.283.220 individuos: infantería, caballería, tropas auxiliares, marinería, sirvientes, esclavos, personal auxiliar para las acémilas y el equipaje, familia –viajaban con mujeres, amantes e hijos–) que cuando llegaron al río Escamandro, cerca de Troya, agotaron sus aguas para dar de beber a la tropa. Y dice que en tierras tracias había un lago de más de 5 k de perímetro que quedó seco sólo con dar a beber a las acémilas que llevaban la impedimenta.

Aunque Heródoto resulta aquí un tanto hiperbólico (en alguna nota leída a pie de página se dice que el ejército persa no debió superar los trescientos mil efectivos), también sabe ser prudente, pues afirma: “Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me siento obligado a creérmelo todo a rajatabla (y que esta afirmación se aplique a toda mi obra)”. ¿Se da cuenta el improbable lector de esta bitácora de por qué hay que leer durante las vacaciones? Hay más sentido común en un libro de lance – éste  fue comprado en una librería de ocasión – que en las promesas de estabilidad política de estas últimas semanas.

La Sombra, de Galdós, es una obrita menor y poco conocida, pero viene a ser como la primera novela freudiana de la literatura española. Que un tal doctor Anselmo se vea corroído de celos porque el mítico personaje Paris (ese que le sopló la dama al rey Agamenón y fue causa de la guerra de Troya) salte de un cuadro de asunto mitológico para ligarse a la legítima esposa del doctor, es cosa de psiquiatra. La obsesión de protagonista es tal que se cree acosado por un Paris burlón que promete aparentar cornificarle (no deja de ser un personaje/mito sin entidad física, así que de consumar coitos, nada). Su finalidad, según el obsesivo marido, es labrar su desprestigio social y hacerle el hazmerreir de la buena sociedad madrileña de la época. Tal fijación lleva al lector a desearle al doctor Anselmo un cornificio en toda regla; eso aunque solo sea por lo mal que trata a la pobre y santa esposa que no gana para soponcios y sobresaltos por culpa de los celos del marido. 

Menos mal que el autor-narrador toma una actitud distante y crítica respecto a su personaje e  introduce la necesaria lucidez en el relato. Resulta tan irritante el protagonista con sus obsesiones, que el lector estaría dispuesto a saltar dentro del relato y darle de patadas en el culo. Y si no lo hace no es por la imposibilidad metafísica de trasladarse de la realidad a la ficción, sino porque a estas horas hace un calor del carajo (son las cinco de la tarde) y uno no está para sofocos ni siquiera imaginarios.

Y así transcurren las tardes veraniegas y las horas caniculares. Eso a pesar de que el vizconde de Chateaubriand (en sus Memorias de Ultratumba), tras ser retenido en Baviera varios días por problemas de pasaporte, después de cruzar a Bohemia se pasea por el bosque en plena noche y tiene un soliloquio con la luna (ella calla, solo está ahí): Un petit morceau de la lune qui entreluisaiet me fit plaisir… O lune! Vous avez raison, mais si je parlais bien de vos charmes, vous savez les services que vour me rendiez: vous éclariez mes pas alors que je me promenais avec mon fantôme d´amour…

De verdad, si no fuese uno tan convencional, también este jubilata se pasearía por el bosque a la luz de la luna en soliloquios alunados y románticos, mientras el cine de verano en el frontón escupe sus músicas y diálogos enlatados, y el respetable público asistente, subyugado por la trepidante acción fílmica, come pipas de girasol. Y tal…


lunes, 11 de julio de 2016

Rutinas veraniegas. I.- El rumor del Artiñuelo.


Una de las rutinas más arraigadas en este veraneante setentón, una vez instalado en Rascafría, es dedicar una de sus primeras visitas (seguirán otras a lo largo del verano) al arroyo Artiñuelo. Por si el lector ocasional no lo sabe, el Artiñuelo es el arroyo que nace en el collado de la Flecha, en los Carpetanos, a casi 2000 metros de altitud, y atraviesa Rascafría para rendir su curso en el río Lozoya, que transcurre casi a los pies del pueblo.

Es riachuelo de gran belleza en su trayecto de montaña y en su curso medio, y ha sido encauzado en su recorrido por el pueblo, ya en su tramo final. Como nace en los acuíferos que forman los neveros invernales, en verano acusa el cansancio del estiaje y, llegado agosto, se convierte en un hilillo de agua que se va remansando en las charcas de su trayecto final, como si le faltase fuerzas para llegar a la desembocadura.Pero ahora, estos primeros días de julio, aún baja brioso y cantarín, como aquellos antiguos caminantes que hacían su camino con el hato al hombro y entretenían las horas y las leguas con alguna coplilla en los labios.

Este jubilata, a modo de pleitesía estética, al día siguiente de  habernos instalado, se ha calzado las botas montañeras y ha subido por mitad del robledal, por la desconocida y casi cegada senda Viator, hasta el camino que salta por encima de la vieja presa colmatada del arroyo. Luego, al pie del paredón de piedra, resquebrajado y herido de hendiduras por las que manan las heridas de agua que el tiempo ha ido  abriendo en sus juntas, ha prestado oído al silencio del bosque.

Quizás el improbable lector no haya caído en ello porque es más asfaltícola que boscófilo (palabro para la ocasión y a no repetir), pero  el bosque está lleno de silencios rumorosos. Oír el silencio es un privilegio que se alcanza tras largas caminatas por esos montes, hechas con la humildad y perseverancia del neófito, y es aprendizaje que cada cual ha de hacer sin manual de instrucciones y por su cuenta. Cuando, tras bastantes años de noviciado y centenares de horas de paciente escucha, uno aprende a oír, descubre que el silencio del bosque es ese espacio donde no hay un átomo de aire que no tenga dentro su propia música.

Descubre, asombrado, esa sinestesia que le hace percibir la mínima melodía del aroma que desprende el piorno en flor; descubre, como una revelación, esa leve danza que la flor del espino albar emite para atraer al abejorro que acarreará su polen. Y, si se acerca al arroyo, se sienta a su orilla y escucha su rumor sin pausa, verá, oirá y saboreará, todos los sonidos, frescor y destellos que corretean cauce abajo. Porque el arroyo de montaña – que lo sepas, lector –, en medio del bosque, es el continuum de las composiciones musicales barrocas. Es un fluir de apenas unas notas que se repiten, caracolean entre la espuma, parecen enroscarse unas en otras, para saltar de piedra en piedra cauce abajo y dar paso a nuevas notas que jugarán los mismos juegos indefinidamente.

Mientras el caminante percibe el murmurar silencioso del agua, el robledal entonará su melodía hecha del vibrar imperceptible de sus hojas, de las notas que el pájaro carbonero emite llamando a la compañera, del paso apresurado de un corzo entre el ramaje, el lagarto que se esconde entre la hojarasca, o de la esquila de la vaca en el pastizal, y de tantos y tantos pequeños sonidos, chasquidos, siseos que el oído apenas consigue percibir y que, todos juntos, forman un lenguaje musical que se ofrece al oído de quien se deja mecer como un nonato dentro de ese gran vientre maternal que es la naturaleza.

También es verdad – bucolismo y ensoñaciones aparte - que el caminante se ve comido de moscas y ha de reconocer, mal que le pese, la imperfección de los paraísos terrenales; así que piensa con el clásico: et in Archadia ego…, incluso en la Arcadia las moscas son un coñazo. Te resulta forzoso reconocer que para ellas, las moscas, no eres el rey de la creación sino un cacho de carne jadeante (monte arriba y con estas edades uno resopla con esfuerzo…) cuyas glándulas sudoríparas segregan sabrosos jugos salobres que las vuelven locas. Te bailan delante de los ojos y alguna, más atrevida, pretende libar en tus lacrimales; otras, desvergonzadas, se te quieren colar por los caños de la nariz y las hay que pretenden la espeleología por tus conductos auditivos. Talmente como si fueras una vulgar vaca… En fin: Aquí, gozando de las incomodidades del campo, solía decir el difunto primo Paco.

Sentado al pie de la vieja presa del Artiñuelo, oyendo los saltos del agua cauce abajo, sintiendo sus prisas por abandonar aquella angostura de las montañas, no he dejado de recordar aquellos versos de no sé qué poeta con ribetes y puntillas de ecologista:

Bullicio de espuma y piedra,
Orillas de risco y bosque,
Rumor oscuro y aguas claras,
El arroyo huye.

Desde los altos neveros,
Lejos, aún, la lenta llanura,
Las cumbres con su silencio
Acunan su andadura.

No corras, murmura el viento,
¡Sosiega!, grita el monte,
Aguas abajo serás río
Que enturbiarán los hombres.


lunes, 27 de junio de 2016

Cuando el respetable pide caenas.-

Debió ser el 5 de mayo de 1814 cuando Fernando VII salió triunfante de Valencia hacia Madrid. La plebe enfervorizada, que veía partir al Deseado, desunció el tiro de caballos de la carroza regia para, como acémila colectiva, tirar de aquélla con entusiasmo. Camino real adelante, ¡Vivan las caenas!, dicen que decía el pueblo soberano.  

Debió ser un 23 de junio (transcurridos ya un par de siglos) cuando los rubios hijos de la pérfida Albión votaron aquello que se había dado en denominar Brexit, a lo que, según dicen, siguió su contrario, que por nombrarlo de algún modo, llamaron Bregret. Incluso, se comentaba en los mentideros periodísticos hispanos, la colonia gibraltareña lamentó, cuestión de apenas un cuarto de hora, estar bajo la enseña de la Union Jack.

Según parece, también aquel mes de junio de aquel mismo año, un día 26, un conglomerado de pueblos sumisos que vivía al norte del monte Calpe - al que los anglos conocían como the Rock - fue a las urnas para decidir que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer; que los experimentos políticos, con gaseosa; y que produce menos desazón un  trinque como los de toda la vida de dios que no un sorpasso de cuatro bolivarianos irredentos, o las ocurrencias de unos sociatas desnortados. Ese día, según cuentan, las gaviotas se pusieron moradas de revolotear por los azules peninsulares.

Este jubilata, claro está, habla de oídas y no por autoridad. Tales sucedidos debieron ocurrir en tiempos pretéritos y solo queda testimonio de ellos en viejos centones de polvorientas bibliotecas. Hoy en día, demócratas de toda la vida, los ciudadanos razonan sus actos políticos y no tiran, como animales de traílla, del carruaje de un individuo de corona en colodrillo, ni premian a quienes esquilman las arcas públicas en ejercicio de su derecho de pernada, consolidado por el hábito del mando a perpetuidad.

Y dirá el improbable lector que a qué coños viene emplear ese lenguaje tan afectado. Pues viene, con su licencia, a que un servidor anda estos días embebido en la lectura de La Fontana de Oro, de Galdós, (también conocido como don Benito el Garbacero), y se le salen por todas las costuras del teclado los modos literarios decimonónicos. Pero será por poco rato, que Galdós es muy escritor y mucho escritor, y otros no sabemos ni apreciar la belleza verdeante de un campo de alcachofas.

Por eso, lector improbable o habitual, no te tomes muy en serio lo que aquí se dice. Pero que lo sepas: este jubilata, aficionado a las viejas historias, echa de menos un Manifiesto de los Persas, redactado por serviles que lo justifiquen, previo a ese acarreo de millones de votos populares que tiran con entusiasmo del carromato de una política neoliberal por  los malos caminos de una Europa que se resquebraja.

Claro que, según se ha dicho más arriba, esto de los votos tirando de un carro traqueteante, en realidad se trata de algo que sucedió en tiempos pretéritos. A partir de ahora, aquí, en estos tiempos, ataremos los perros con longaniza o con largas ristras de chorizos, según se mire. Y por muchos años, que la soberanía popular así lo demanda.

jueves, 16 de junio de 2016

Días de campaña.-

Hay formas y formas de enfrentarse a la campaña electoral en curso, y una de ellas es olvidarse - a modo de higiene mental - de los dimes y diretes de los candidatos; cerrar los oídos a sus previsibles ¡Y tú más! aprovechando venezuelas y otros espantajos basados en lugares comunes que sirven para un roto y un descosido; no hacer caso del manual de tópicos para mentes con paladar de grano gordo, con sus marrullerías de serie y cutrez manifiesta; y, en fin, dedicar todo ese tiempo a hacer algo provechoso: por ejemplo, rascarse la barriga al sol o ponerse al día en algunas lecturas. Más ahora que tenemos tan reciente la feria de libro del Retiro y hace un calorcillo primaveral.

Este jubilata, a pesar de lo dicho más arriba, confiesa que sí ha dedicado un tiempo a ver qué decían los candidatos en el debate a 4 que retransmitieron por varias cadenas. Y lo que más ha gustado, con mucho, – y supongo que a la mayoría de telespectadores – ha sido descubrir que existe una España de ensueño y tul ilusión, donde las cosas van bien y podrán ir aún mejor con dos pequeñas condiciones: Que siga Rajoy atornillado a la poltrona presidencial (condición sine qua non) y que ahorremos en gastos sociales unos 10 mil milloncejos de nada.  Lo que no tenemos muy claro – un servidor al menos – es en qué lugar del cosmos insoldable está esa España de reino de Cucaña, donde los trabajadores se chutan en vena contratos fijos y embaúlan en sus cuentas corrientes pastizales de puerta giratoria, mientras por los azules cielos de la patria vuelan  gaviotas benefactoras.

Quien estuvo un poco plasta, con esa insistencia como de melopea, fue el candidato socialista porque – decía -, en las anteriores elecciones, el señor de azul y el chaval de morado se pusieron de acuerdo para que no prosperara su investidura. Extraños compañeros de cama que hace el oportunismo político, aunque fuese en un fornicio interesado, ocasional, de aquí te pillo y aquí te mato, donde el placer, si lo hubo, consistió joder a un tercero. No fue extraño, a tanto oírselo repetir, que el chico de la coleta pusiese cara compungida y filosófico ademán de “No es eso, no es eso” orteguiano. Aliados naturales, o algo parecido, socialistas y podemitas no estaban, a juicio de Pablo Iglesias, para navajeos rencorosos, sino para un juego de floretes con  punta roma y fintas de exhibición. Pero el pobre Pedro estaba muy dolido por la pasada infidelidad del chaval de la coleta con el señor mayor de azul, y todos lo echamos de ver.

El chico Albert fue, al parecer de este jubilata, un verso libre muy dado al estribillo venezolano y ripio iraní. Si al menos hubiese declamado sus gorgoritos de esencias hispanas en octavas reales, los endecasílabos en rima consonante hubieran maquillado esa obsesión por el chándal bolivariano de Maduro que resulta ya tan monótona como el tetrástrofo monorrimo del mester de clerecía. Monorrima que en Gonzalo de Berceo queda muy propio, pero en un joven cool como Rivera suena a monserga, flojera intelectual y falta de imaginación. Lástima, porque a algunos nos gustaría para España una derecha progresista (si se puede ser conservador y su contrario), culta y comprometida con el fair play; alejada de ese sabor a sobaquina y resabios de arribaspañacoño de la derechona de toda la vida. Se ve que nos queda mucho camino por recorrer y pocas ganas de enmienda.

No es que un servidor quiera dar lecciones a los políticos, que este jubilata está ya solo para opinar sin que se le exijan responsabilidades, pero a lo mejor hubieran necesitado leerse el tratado de urbanidad que Erasmo de Rotterdam escribió para Enrique de Borgoña: De ciuilitate morum puerilium. Lo que recomienda para ser un niño bien criado podría servir para los políticos en campaña: Sint exporrecta supercilia, non aducta, quod est toruitatis… Frons ítem hilaris et explanata… Estén las cejas distendidas, no contraídas, que es cosa de torvedad; la frente, asimismo, alegre y despejada, mostrando en sí un alma bien avenida con su conciencia… Las mejillas tíñalas el pudor natural y biennacido, no afeite ni color postizo.

Vamos, que a nadie desagradaría ver a los aspirantes a monclovita in puris naturalibus, pero no mostrando las vergüenzas que Naturaleza ocultó pudorosamente, sino el aspecto afable que nace de una buena educación y respecto por el oponente. Oponente que, a la postre, ideologice como ideologice, en cuanto le pasen los trastos de gobernar va a tener que apuntarse a eso del pragmatismo y el cómo me las maravillaría yo, si quiere sobrevivir cuatro años amarrado al machito.

sábado, 4 de junio de 2016

Un paseo por los Campos Ardientes.-


Un amigo al que hace unos días le envié por wasap una foto de una cantera griega de la antigua ciudad de Cuma, diciéndole que estaba visitando a la Sibila, me trasladó una pregunta para la adivina: “Ya que estás ahí, pregunta a quién votamos”; y me anticipó: “Yo creo que ni la Sibila lo sabe”. Cumplí con el mandado, esperé con paciencia en el húmedo túnel de sección trapezoidal donde acuden los demandantes en busca de oráculo, y al cabo de una larga e inquieta espera en aquella espelunca donde llegan los olores acres de las solfataras próximas, un fámulo del templo me trajo la respuesta, que, más o menos, entendí así: Suffragii exitum, uotum mittas aut non, anceps erit tibi. Puede imaginar el ocasional lector las vueltas que le di a la frasecita de marras.

Regresé a Varcaturo, lugar donde me he alojado estos días de estancia en tierras napolitanas, estrujándome las neuronas disponibles. No sabía cómo responder a mi amigo que, al parecer, quedaba impaciente en Madrid, esperando una respuesta que le sacase de dudas a la hora de votar el próximo día 26. Por si acaso, con mis rudimentos latinos, después de oídas aquellas palabras enigmáticas, acudí a Virgilio a ver qué dice en su libro VI de la Eneida a propósito de la Cumana y sus oráculos. Y encontré esto a la misma entrada del túnel, grabado en una placa de mármol: Excisum Euboicae latus ingens rupis in atrium quo ducunt aditus centum ostia centum unde ruunt totidem uoces responsa Sybillae. No querría cansar al lector, ya improbable, ya casional o quizás habitual de esta bitácora, pero Virgilio no me sacó de dudas: En la gran ladera de la roca eubóica está excavada una cueva a la que llegan cien accesos, cien puertas donde se escuchan las voces susurrantes, las respuestas de la Sibila.

Total, como tenía que darle una contestación a mi amigo para decirle que tanto si se votaba como si no, las cosas saldrían bien o mal, le escribí:  “Si votas, acertarás o no. Si no votas, acertarás o no”, una respuesta sibilina que me sirvió para salir del paso. Él no se lo pensó apenas un minuto, porque me respondí con rapidez: “Nos ha jodido la adivina. Déjalo y disfruta de tu viaje”. Y eso he hecho… más o menos.

Es difícil disfrutar, así, en plan turista de manada, cuando uno camina por los Campos Flégreos, entre antiguas ciudades sometidas a bradisismo, un poco como le sucedía a Castroforte del Baralla en la Saga/Fuga de J. B. Solo que aquí no es consecuencia de las imaginaciones de un novelista, sino que la tierra se hunde o eleva sobre el nivel del mar a causa del vulcanismo que afecta a toda esta zona. Para ver si percibía el fenómeno, me acodé cerca del Macellum de Pozzuoli, en cuyo centro hay un tholos, templo circular dedicado a Serapis, según los ilustrados dieciochescos. Allí, en la base de las columnas, se aprecian las huellas de moluscos de cuando la tierra queda por debajo del nivel del mar y se filtran las aguas. Pero me di cuenta de que necesitaría, al menos, un año para ver cómo la tierra oscila centímetro arriba, centímetro abajo.

Ya antes, tras la respuesta sibilina de marras, había tomado la vía sacra y subí a la acrópolis cumana, siguiendo la huella de los viejos templos. Vi la piscina sagrada, los vestigios del pequeño templo de Diana, a través de cuya ventana de la cella podía verse la luna llena en determinadas fechas, y los restos del que debió ser espléndido templo de Febo-Apolo. También aquí, nos cuenta Virgilio en su Eneida, libro VI, que Dédalo aterrizó, huido del laberinto cretense con sus alas hechas de cera y plumas de aves, y las dedicó al dios: Redditis his primus terris tibi Phoebi sacrabit remigium alarum posuitque inmania templa. Ofreció en el templo sus “remos alados”, dice poéticamente Virgilio. 


Y ya, como peregrino y admirador de las viejas culturas y sus religiones, terminé de subir la vía sacra hasta lo alto del cerro. Allí está el gran templo de Júpiter, del que solo quedan en pie dos sólidos arcos en ladrillo. Me dejé llevar por la soledad del lugar y sus bellas vistas sobre el mar, con la punta de Miseno al fondo. Recordé que allí tuvo la base naval una escuadra romana, de la que Plinio el Viejo era almirante, de donde salió para rescatar a los huidos de Pompeya, cuando la erupción del Vesubio el año 79 de nuestra era. No pude por menos que recordar lo que Plinio el Joven  le escribió al historiador Tácito, a propósito de cómo fue la muerte de su tío: Petis ut tibi auunculi mei exitum scribam, quo uerius tradere posteris possis (me pides que te escriba sobre la muerte de mi tío, para que así puedas contarselo a la posteridad con más conocimiento).

La droga de los mitos clásicos – en aquellas tierras uno no debe resistirse a ellos – me llevó a visitar el lago D´Averno. Dicen que los pájaros no volaban sobre él porque se asfixiaban a causa de las emanaciones sulfurosas de sus aguas. Es un pequeño lago de agua dulce que ocupa el cráter de un antiguo volcán y que puede pasearse todo alrededor, cuyas orillas están cubiertas de granados en flor, madroños, higueras, fresnos, robles, y viñedos que se mantienen desde época romana. Fue Virgilio, el inevitable Virgio, quien le dio fama de lugar tenebroso, como boca de acceso al infierno por donde entró Eneas para consultar el futuro: Procul, procul este profani, conclamat uates totoque absistite luco (lejos, lejos de aquí, profanos, clama la adivina, y retiraos del bosque sagrado).

Este jubilata, siguiendo las amables indicaciones de la Sibila, se alejó del lago y se acercó a una pizzería. Era casi la hora de la cena. Dudoso entre tanta suculencia, acabó inclinándose por una pizza capricciosa y una cerveza Moretti. Quedaban muchos días por delante…


lunes, 16 de mayo de 2016

Aprendiendo palabras.-

Eso de empezar el texto con un gerundio es como para no seguir leyendo. Más aún cuando se reincide: se comienza el título con uno y se termina la frase con otro. Pero, por favor, ocasional lector, no lo tomes a mal, de alguna forma hay que arrancar.

Por eso es bueno aprender palabras nuevas, sobre todo cuando el aprendizaje se hace a partir de la actividad política nacional. Ya que la vida política de esta España, "este país" o como quiera que se le llame, no da más de sí, moviéndose entre el déjà vu y el escándalo nuestro de cada día, al menos que nos enseñen nuevas expresiones. Será lo único interesante que uno saque de la política nacional.

Y haciendo un  inciso, aunque viene al caso, este jubilata se lo pasó muy bien oyendo/viendo la tertulia de La Noche en 24 Horas en la que un podemita decía de vez en cuando “este país, este país” y un contertulio en vena patriótica le iba contando las veces que no decía “España”. “Oiga, fulano - le reconvenía al final de la perorata - usted acaba de no decir “España” seis veces seguidas”, y adoptaba un gesto de dignidad nacional ofendida bajo su canoso bigote. El otro seguía a lo suyo, que para eso tenía cancha libre y nadie le interrumpía con el manido: ¡Y tú, Venezuela!

También me recuerda la cosa – la política y los sentimientos patrióticos dan mucho juego – cuando, a veces, he comprado productos catalanes en el súper, he leído la etiqueta, y ponía made in Spain, como cosa de país extranjero. En esos casos me ha dado por pensar si no recuerdan que aquellas tierras empezaron a tener entidad propia siendo la Marca Hispánica carolingia. Pero eso de la fibra patriótica es algo muy de cogérsela con papel de fumar, que incluso me han censurado con tachaduras la publicación de una entrada, que llamé “La lupara y la tecla”, porque me permití alguna ligereza zarzuelera en asunto tan serio.

Bueno, sigamos… Lo que de verdad me ha llamado la atención, y posiblemente lo único de interés en la vida política de estas últimas semanas, es que los podemitas, por boca de su mesías, han puesto en circulación una palabra que, como italiana que es, suena la mar de bien: Sorpasso. Francamente, me ha reconfortado saber que no recurrían a la habitual angliparla para introducir nuevos conceptos. Sorpasso = adelantamiento

Se ve que sus inventores quieren dar un acelerón y adelantar a otros competidores en el número de votos y, por ende, escaños. Lo que, a renglón seguido, ha provocado un solidario gesto de compasión de las fuerzas conservadoras hacia la exigua Izquierda Unida. Nunca hasta ahora los ciudadanos habíamos asistido a unas muestras de preocupación tan desinteresada de la derecha española respecto al porvenir de nuestro pequeño partido comunista y de ese muchacho descarriado, de nombre Alberto Garzón. Según se lamentan apenados tertulianos de pesebre mediático y políticos dextrógiros en precampaña, la caperucita roja de Izquierda Unida va a ser triturada entre las moradas fauces podemitas y entonces, ¿qué va a ser de nuestros entrañables izquierdistas de toda la vida?

Y eso que la parábola para ejemplificar el supuesto desastre de la izquierda tradicional marxista ya está implícita en la palabra sorpasso; pero, claro, hay que caer en ello, y los voceros del cotarro patrio están demasiado ocupados intentado salvar del naufragio a nuestra pobre izquierda descarriada. Sorpasso es el título de aquella película de Dino Risi en la que un Vittorio Gassman/Pablo Iglesias, cuarentón y a por todas, invita a subir en su descapotable a un estudiante en época de exámenes, Jean-Louis Trintignant/Alberto Garzón, para correr locas aventuras durante el ferragosto romano.En plan jóvenes alocados, se toman unos botellines, pisan el acelerador, se lo pasan de p. m. y se dan una castaña que deja al ingenuo estudiante para el arrastre. A poco que se observen las concomitancias, hasta lo de los exámenes y el ferragosto coinciden: elecciones y en verano, que no se pueden manifestar con más claridad las coincidencias que el hado dispone.

Claro que nuestra derecha está más por Los Santos Inocentes, trinque ibérico y cortijo en paraíso fiscal. Lo suyo es tener a jornal a Paco el Corto y a Régula para que no vivan por encima de sus posibilidades, mientras el señorito va a sus cacerías offshore de contratos amañados, comisiones al 3%, recortes laborales, austericidio y defensa de los valores tradicionales. Pero, como parece haber ignorado el sorpasso de Dino Risi tanto como haber olvidado el final de los Santos Inocentes, luego se lleva una sorpresa cuando el tonto del lugar, el pobre Azarías, cuelga al señorito de una encina porque le ha matado la milana, y éste, mientras da zapatetas en el aire, nos hace recordar aquello que decía de sí mismo el poeta François Villon:

Au bout de la corde d´une toise
Mon cou saura ce que mon cul pèse
(En el extremo de la cuerda de una toesa, mi cuello sabrá lo que mi culo pesa)


Y ya sabemos que nuestros próceres del "todo por la pasta" se nos han puesto un poco fondones tras estos últimos años de barra libre.


sábado, 7 de mayo de 2016

Primero de Mayo: una derrota sin prisas.-


Este Primero de Mayo pasado un servidor se ha acercado a participar en la manifa que los sindicatos y partidos de izquierdas relictos acostumbran a hacer para celebrar el Día del Trabajo. Armado de mi cuaderno de notas, boli y cámara fotográfica, he bajado al centro de la ciudad a  ver si me daba un baño de multitudes proletarias enfervorizadas.

Multitudes, lo que se dice multitudes, más bien eran pocas; aunque sí en plan fiestero, como corresponde a la celebración del día del santo patrón, aunque sea laico. Ha sido, si al jubilata se le permite la licencia, una bonita exhibición de folclore obrerista, con sus banderas rojas y tricolores, sus pancartas y sus consignas con ripio, sin que faltasen batucadas, que convierten cualquier manifestación reivindicativa en un bailongo rítmico y cachondón.

Con una especie de afán entomológico (el ocasional lector perdonará lo impropio del término en este caso) el observador ha tratado de identificar y definir las diversas sub especies en que se divide la izquierda a partir de los grupúsculos ideológicos presentes, identificables por sus siglas. No es que los haya clasificado a todos, ni puede hablarse de sus peculiaridades con conocimiento de causa, pero sí que se ha hecho una identificación siquiera somera de algunos. 

Sirvan como ejemplos al caso: Partido Trabajador Democrático cuyos componentes, no abundantes pero sí entusiastas, coreaban “Obrero despedido, patrón colgado”, “Nativa o extranjera, la misma clase obrera”; la primera consigna, una variedad de ley del Talión de dudosa efectividad; la segunda, signo de aggiornamento de la sensibilidad social.  También había banderas de un P.C.E. (Leninista) que coreaba la habitual “El pueblo unido, jamás será vencido”; consigna sorprendente en un grupúsculo del atomizado Partido Comunista de toda la vida. También coreaba “Revolución, revolución, es nuestra solución”, mientras los curiosos consumistas de novedades les fotografiaban con sus smartphone de moda. Aquello era la pura banalización de viejos ideales, como si se tratase de una performance.

Como no, ahí estaban escasos en número, pero dignos, el P.C.E e I.U con el bueno de Alberto Garzón tras su pancarta, flanqueado por las cámaras de los medios que luego habrán dicho vaya usted a saber qué cosas, según las conveniencias del consejo de administración de la empresa para la que trabajen: “Uno de Mayo, orgullo proletario”, coreaban. Aseptico.

También U.G.T., junto a su desclasado pariente socialista, paseaba sus colores y consignas habituales. No deja de sorprender que hubiera algunas tímidas pancartas del P.S.O.E., quizás de algunos irreductibles que querían hacer honor a sus tradicionales y un tanto herrumbrosas siglas de Socialista y Obrero. De gerifaltes del partido y otros bien aposentados en el stablishment no vi rastro, quizás porque son conscientes de aquella máxima del evangélico que dice: no se puede servir a dos señores (Mateo 6:24). Sometidos a servidumbre, qué mejor amo al que servir que aquel que engrasa las puertas giratorias, aunque sea con unto de reformas laborales.

También había una representación escueta de jubilatas, identificados con chalecos reflectantes, en cuyo dorso estaba escrito: Yay@flauta. Con esa acomodaticia @ utilizada para identificar “ellos y ellas” sin discriminación de género. Como si los derechos igualitarios de hombres y mujeres tuvieran como primera necesidad cargarse el equilibrado armazón del idioma, por su estigma sexista. 

Este servidor de Vd., que siente gran simpatía por el yayoflautismo, colectivo ciudadano de individuos provectos pero marchosos, al verlos marcados con la @ de "los/las", andaba dándole vueltas en el magín a este asunto: Que  se empieza por discriminar entre miembros y miembras, se continúa por poner una @ en la espalda del viejerío cañero, y se remacha con un intento de Congreso de los diputados y las diputadas en la Casa de todos, para terminar por no entender ni jota del bello discurso que hizo la discreta pastora Marcela ante la tumba del estudiante enamorado, y pastor fingido,  Grisóstomo, según se cuenta en la primera parte del Quijote. O, a lo mejor, el proceso degradante de lenguaje a neolengua ha hecho el camino al revés, que uno ya no lo tiene tan claro.

Un tanto melancólico, este jubilata escéptico, con los ardores sociales harto entibiados después de haber comprendido lo sin prisas que el sistema desdibuja las reivindicaciones ciudadanas y las convierte en un paseillo folclórico, ha regresado a casa para comer. 

Y, como uno, en el fondo y la forma, no deja de ser un pequeño burgués - aunque progre -, se ha cogido de la mano con la santa y ambos nos hemos ido a pasear el Retiro por la tarde. Todo ello en la confianza  de que al menos, de momento, nos irán echando el forraje mensual en el pesebre de las pensiones. Más ahora que estamos a punto de entrar en campaña electoral bis.

miércoles, 27 de abril de 2016

Irán de nuevo.-


Lo primero que aprende el viajero curioso cuando camina por aquellas tierras, y que los autóctonos se encargarán de recordarle, es que el pueblo iraní no es árabe. Es pueblo de religión musulmana y confesión chiita, pero de raíces indoeuropeas, como nosotros, no semíticas. Lo que les diferencia radicalmente de la cultura árabe, ya que tras de sí tienen una larga tradición cultural que les viene desde las antiguas ciudades-estado mesopotámicas. 

En el 500 a.n.e. el imperio aqueménide se extendía desde las orillas del río Indo hasta – según nos cuenta Heródoto – el Danubio en tierra de Tracios, nuestros actuales vecinos rumanos. Si se tiene en cuenta que Alejandro Magno les devolvió la visita y conquistó su imperio, produciéndose una simbiosis entre el helenismo y la cultura persa, verse como viajero en aquel país es un poco como visitar a parientes lejanos de los que perdimos el contacto hace tiempo. Eso aparte la propaganda política adversa, interesada, por razones estratégicas del imperio y sus satélites, en presentárnoslos como satanes instigadores del Eje del Mal. Conviene no olvidar el tronco cultural común y las diferencias impuestas por razones geopolíticas; un aviso para caminantes por si se viaja con los prejuicios bien asumidos.

Y conocerlos no defrauda si uno, además de visitar sus mezquitas, zocos y viejas ciudades en adobe, presta atención a su cultura. 
Algo que sorprende es la pervivencia de la vieja religión mazdeísta persa. Ahouda Mazda era dios al que ya invocaban los emperadores persas. Sus invocaciones pueden verse en placas esculpidas en letra cuneiforme en los palacios de Persépolis: El gran dios es Ahoura Mazda, que creó el cielo, que creó el mundo, que creó al hombre, que creó la felicidad de los hombres, que hizo rey a Jerjes… Por supuesto, este jubilata es incapaz de leer textos cuneiformes en persa antiguo, en babilonio o en elamita, pero se fía de lo que le cuentan los arqueólogos.

Y si el viajero apercibido sigue las huellas de este vieja religión monoteísta (hay algunos dioses menores, pero son comparsa, quizás emanaciones) no podrá por menos que admirar en Yazd las Torres del Silencio. Cuatro cerros pelados cuya cima está cercada por un muro circular, hecho de sillarejos y tapial y en cuyo centro hay un gran pozo. Son los viejos cementerios zoroástricos. Para esta religión, ecologista avant la lettre, que adoraba a los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua, contaminar la pureza de los elementos naturales con la carroña de los cadáveres humanos era impío. Por eso los exponían en estos lugares elevados donde las aves carroñeras se encargaban de mondarlos y, luego, los huesos eran arrojados a los pozos abiertos al efecto.

Y si el viajero piensa que aquello solo es pura arqueología, se sorprenderá al saber que en esta misma ciudad existe un Templo del Fuego zoroástrico donde se conserva viva una llama encendida. Adoradores del fuego, los mazdeístas, según la tradición, cuando la invasión árabe, ocultaron el fuego eterno en un templo  rupestre y lo han mantenido vivo durante siglos. Actualmente, en este templo levantado hace unos 70 años, se mantiene viva la llama. 

Solo que el encanto poético queda un poco mal parado cuando el visitante se entera de que una instalación de gas se encarga de que la llama eterna siga viva. Los adelantos técnicos hacen milagros, pero matan la imaginación. Pero si quiere ver un antiguo templo del Fuego, no deje de observarlo cuando visite en el farallón de Naqsh-e Rustam los bajorrelieves de las tumbas de los reyes aqueménidas.



Y si el improbable lector piensa que el Paraíso es asunto de invención bíblica, va desencaminado, es invención persa. Ellos convirtieron lugares desérticos en paraísos haciendo aflorar el agua, construyendo albercas y surtidores y llenándolos de verdor. Desde las lejanas montañas hicieron construcciones subterráneas, a veces de centenas de kilómetros, con pozos de acceso cada tanta distancia, para levantar vergeles. Y en ellos, el sempiterno ciprés, árbol sagrado. 

Todavía en Abarkuh se conserva un gran ciprés cuatro veces milenario, y de unos dieciseis metros de contorno en su tronco, aunque en la memoria colectiva persa se conserva el recuerdo del de Kachmar, plantado por el propio Zoroastro, según se menciona en el Shahanameh, libro de los Reyes Persas.

Paraíso y poesía, en esta cultura van de la mano. No puede entenderse la poesía persa si no se oye el rumor cercano de un surtidor y se respira el olor de azahar que desprenden los naranjos, o se disfruta de la abundancia de los granados y pistachos. Desde el iwan de un palacio campestre, con una alberca de agua clara corriendo a los pies y dos ringleras de cipreses enmarcándola, dejarse llevar por el espíritu sufí de compenetración con la naturaleza hace que el canto a la amada y al vino transcienda en una visión espiritual. 

Eso, al menos, pudimos entender ante la tumba del poeta Haffe (“Quien sabe el Corán de Memoria”, significa). Aquí está el corazón palpitante de amor de los persas, nos dijo nuestro guía ante su túmulo, guardado bajo un templete de cúpula octogonal sustentada por columnas, y nos recitó uno de sus gacel o poesía de amor místico. A propósito alguien del grupo recordó la influencia del sufismo en  san Juan de la Cruz:
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia transcendiendo.
Yo no supe dónde estaba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo
toda ciencia transcendiendo.

Por eso, transcienda el improbable lector de esta bitácora toda consigna interesada y mediocrizadora (con perdón por la palabreja), levante el vuelo de su curiosidad y, cada vez que se ponga de viaje trate de entender a las gentes del país visitado. Recuerde lo que dijo Alexandra David-Néel: Celui qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace. Y si los modos de vida de otras culturas no le interesan, pues ahí tiene el bufé libre del hotel, y buen provecho le haga.