lunes, 16 de mayo de 2016

Aprendiendo palabras.-

Eso de empezar el texto con un gerundio es como para no seguir leyendo. Más aún cuando se reincide: se comienza el título con uno y se termina la frase con otro. Pero, por favor, ocasional lector, no lo tomes a mal, de alguna forma hay que arrancar.

Por eso es bueno aprender palabras nuevas, sobre todo cuando el aprendizaje se hace a partir de la actividad política nacional. Ya que la vida política de esta España, "este país" o como quiera que se le llame, no da más de sí, moviéndose entre el déjà vu y el escándalo nuestro de cada día, al menos que nos enseñen nuevas expresiones. Será lo único interesante que uno saque de la política nacional.

Y haciendo un  inciso, aunque viene al caso, este jubilata se lo pasó muy bien oyendo/viendo la tertulia de La Noche en 24 Horas en la que un podemita decía de vez en cuando “este país, este país” y un contertulio en vena patriótica le iba contando las veces que no decía “España”. “Oiga, fulano - le reconvenía al final de la perorata - usted acaba de no decir “España” seis veces seguidas”, y adoptaba un gesto de dignidad nacional ofendida bajo su canoso bigote. El otro seguía a lo suyo, que para eso tenía cancha libre y nadie le interrumpía con el manido: ¡Y tú, Venezuela!

También me recuerda la cosa – la política y los sentimientos patrióticos dan mucho juego – cuando, a veces, he comprado productos catalanes en el súper, he leído la etiqueta, y ponía made in Spain, como cosa de país extranjero. En esos casos me ha dado por pensar si no recuerdan que aquellas tierras empezaron a tener entidad propia siendo la Marca Hispánica carolingia. Pero eso de la fibra patriótica es algo muy de cogérsela con papel de fumar, que incluso me han censurado con tachaduras la publicación de una entrada, que llamé “La lupara y la tecla”, porque me permití alguna ligereza zarzuelera en asunto tan serio.

Bueno, sigamos… Lo que de verdad me ha llamado la atención, y posiblemente lo único de interés en la vida política de estas últimas semanas, es que los podemitas, por boca de su mesías, han puesto en circulación una palabra que, como italiana que es, suena la mar de bien: Sorpasso. Francamente, me ha reconfortado saber que no recurrían a la habitual angliparla para introducir nuevos conceptos. Sorpasso = adelantamiento

Se ve que sus inventores quieren dar un acelerón y adelantar a otros competidores en el número de votos y, por ende, escaños. Lo que, a renglón seguido, ha provocado un solidario gesto de compasión de las fuerzas conservadoras hacia la exigua Izquierda Unida. Nunca hasta ahora los ciudadanos habíamos asistido a unas muestras de preocupación tan desinteresada de la derecha española respecto al porvenir de nuestro pequeño partido comunista y de ese muchacho descarriado, de nombre Alberto Garzón. Según se lamentan apenados tertulianos de pesebre mediático y políticos dextrógiros en precampaña, la caperucita roja de Izquierda Unida va a ser triturada entre las moradas fauces podemitas y entonces, ¿qué va a ser de nuestros entrañables izquierdistas de toda la vida?

Y eso que la parábola para ejemplificar el supuesto desastre de la izquierda tradicional marxista ya está implícita en la palabra sorpasso; pero, claro, hay que caer en ello, y los voceros del cotarro patrio están demasiado ocupados intentado salvar del naufragio a nuestra pobre izquierda descarriada. Sorpasso es el título de aquella película de Dino Risi en la que un Vittorio Gassman/Pablo Iglesias, cuarentón y a por todas, invita a subir en su descapotable a un estudiante en época de exámenes, Jean-Louis Trintignant/Alberto Garzón, para correr locas aventuras durante el ferragosto romano.En plan jóvenes alocados, se toman unos botellines, pisan el acelerador, se lo pasan de p. m. y se dan una castaña que deja al ingenuo estudiante para el arrastre. A poco que se observen las concomitancias, hasta lo de los exámenes y el ferragosto coinciden: elecciones y en verano, que no se pueden manifestar con más claridad las coincidencias que el hado dispone.

Claro que nuestra derecha está más por Los Santos Inocentes, trinque ibérico y cortijo en paraíso fiscal. Lo suyo es tener a jornal a Paco el Corto y a Régula para que no vivan por encima de sus posibilidades, mientras el señorito va a sus cacerías offshore de contratos amañados, comisiones al 3%, recortes laborales, austericidio y defensa de los valores tradicionales. Pero, como parece haber ignorado el sorpasso de Dino Risi tanto como haber olvidado el final de los Santos Inocentes, luego se lleva una sorpresa cuando el tonto del lugar, el pobre Azarías, cuelga al señorito de una encina porque le ha matado la milana, y éste, mientras da zapatetas en el aire, nos hace recordar aquello que decía de sí mismo el poeta François Villon:

Au bout de la corde d´une toise
Mon cou saura ce que mon cul pèse
(En el extremo de la cuerda de una toesa, mi cuello sabrá lo que mi culo pesa)


Y ya sabemos que nuestros próceres del "todo por la pasta" se nos han puesto un poco fondones tras estos últimos años de barra libre.

sábado, 7 de mayo de 2016

Primero de Mayo: una derrota sin prisas.-


Este Primero de Mayo pasado un servidor se ha acercado a participar en la manifa que los sindicatos y partidos de izquierdas relictos acostumbran a hacer para celebrar el Día del Trabajo. Armado de mi cuaderno de notas, boli y cámara fotográfica, he bajado al centro de la ciudad a  ver si me daba un baño de multitudes proletarias enfervorizadas.

Multitudes, lo que se dice multitudes, más bien eran pocas; aunque sí en plan fiestero, como corresponde a la celebración del día del santo patrón, aunque sea laico. Ha sido, si al jubilata se le permite la licencia, una bonita exhibición de folclore obrerista, con sus banderas rojas y tricolores, sus pancartas y sus consignas con ripio, sin que faltasen batucadas, que convierten cualquier manifestación reivindicativa en un bailongo rítmico y cachondón.

Con una especie de afán entomológico (el ocasional lector perdonará lo impropio del término en este caso) el observador ha tratado de identificar y definir las diversas sub especies en que se divide la izquierda a partir de los grupúsculos ideológicos presentes, identificables por sus siglas. No es que los haya clasificado a todos, ni puede hablarse de sus peculiaridades con conocimiento de causa, pero sí que se ha hecho una identificación siquiera somera de algunos. 

Sirvan como ejemplos al caso: Partido Trabajador Democrático cuyos componentes, no abundantes pero sí entusiastas, coreaban “Obrero despedido, patrón colgado”, “Nativa o extranjera, la misma clase obrera”; la primera consigna, una variedad de ley del Talión de dudosa efectividad; la segunda, signo de aggiornamento de la sensibilidad social.  También había banderas de un P.C.E. (Leninista) que coreaba la habitual “El pueblo unido, jamás será vencido”; consigna sorprendente en un grupúsculo del atomizado Partido Comunista de toda la vida. También coreaba “Revolución, revolución, es nuestra solución”, mientras los curiosos consumistas de novedades les fotografiaban con sus smartphone de moda. Aquello era la pura banalización de viejos ideales, como si se tratase de una performance.

Como no, ahí estaban escasos en número, pero dignos, el P.C.E e I.U con el bueno de Alberto Garzón tras su pancarta, flanqueado por las cámaras de los medios que luego habrán dicho vaya usted a saber qué cosas, según las conveniencias del consejo de administración de la empresa para la que trabajen: “Uno de Mayo, orgullo proletario”, coreaban. Aseptico.

También U.G.T., junto a su desclasado pariente socialista, paseaba sus colores y consignas habituales. No deja de sorprender que hubiera algunas tímidas pancartas del P.S.O.E., quizás de algunos irreductibles que querían hacer honor a sus tradicionales y un tanto herrumbrosas siglas de Socialista y Obrero. De gerifaltes del partido y otros bien aposentados en el stablishment no vi rastro, quizás porque son conscientes de aquella máxima del evangélico que dice: no se puede servir a dos señores (Mateo 6:24). Sometidos a servidumbre, qué mejor amo al que servir que aquel que engrasa las puertas giratorias, aunque sea con unto de reformas laborales.

También había una representación escueta de jubilatas, identificados con chalecos reflectantes, en cuyo dorso estaba escrito: Yay@flauta. Con esa acomodaticia @ utilizada para identificar “ellos y ellas” sin discriminación de género. Como si los derechos igualitarios de hombres y mujeres tuvieran como primera necesidad cargarse el equilibrado armazón del idioma, por su estigma sexista. 

Este servidor de Vd., que siente gran simpatía por el yayoflautismo, colectivo ciudadano de individuos provectos pero marchosos, al verlos marcados con la @ de "los/las", andaba dándole vueltas en el magín a este asunto: Que  se empieza por discriminar entre miembros y miembras, se continúa por poner una @ en la espalda del viejerío cañero, y se remacha con un intento de Congreso de los diputados y las diputadas en la Casa de todos, para terminar por no entender ni jota del bello discurso que hizo la discreta pastora Marcela ante la tumba del estudiante enamorado, y pastor fingido,  Grisóstomo, según se cuenta en la primera parte del Quijote. O, a lo mejor, el proceso degradante de lenguaje a neolengua ha hecho el camino al revés, que uno ya no lo tiene tan claro.

Un tanto melancólico, este jubilata escéptico, con los ardores sociales harto entibiados después de haber comprendido lo sin prisas que el sistema desdibuja las reivindicaciones ciudadanas y las convierte en un paseillo folclórico, ha regresado a casa para comer. 

Y, como uno, en el fondo y la forma, no deja de ser un pequeño burgués - aunque progre -, se ha cogido de la mano con la santa y ambos nos hemos ido a pasear el Retiro por la tarde. Todo ello en la confianza  de que al menos, de momento, nos irán echando el forraje mensual en el pesebre de las pensiones. Más ahora que estamos a punto de entrar en campaña electoral bis.

miércoles, 27 de abril de 2016

Irán de nuevo.-


Lo primero que aprende el viajero curioso cuando camina por aquellas tierras, y que los autóctonos se encargarán de recordarle, es que el pueblo iraní no es árabe. Es pueblo de religión musulmana y confesión chiita, pero de raíces indoeuropeas, como nosotros, no semíticas. Lo que les diferencia radicalmente de la cultura árabe, ya que tras de sí tienen una larga tradición cultural que les viene desde las antiguas ciudades-estado mesopotámicas. 

En el 500 a.n.e. el imperio aqueménide se extendía desde las orillas del río Indo hasta – según nos cuenta Heródoto – el Danubio en tierra de Tracios, nuestros actuales vecinos rumanos. Si se tiene en cuenta que Alejandro Magno les devolvió la visita y conquistó su imperio, produciéndose una simbiosis entre el helenismo y la cultura persa, verse como viajero en aquel país es un poco como visitar a parientes lejanos de los que perdimos el contacto hace tiempo. Eso aparte la propaganda política adversa, interesada, por razones estratégicas del imperio y sus satélites, en presentárnoslos como satanes instigadores del Eje del Mal. Conviene no olvidar el tronco cultural común y las diferencias impuestas por razones geopolíticas; un aviso para caminantes por si se viaja con los prejuicios bien asumidos.

Y conocerlos no defrauda si uno, además de visitar sus mezquitas, zocos y viejas ciudades en adobe, presta atención a su cultura. 
Algo que sorprende es la pervivencia de la vieja religión mazdeísta persa. Ahouda Mazda era dios al que ya invocaban los emperadores persas. Sus invocaciones pueden verse en placas esculpidas en letra cuneiforme en los palacios de Persépolis: El gran dios es Ahoura Mazda, que creó el cielo, que creó el mundo, que creó al hombre, que creó la felicidad de los hombres, que hizo rey a Jerjes… Por supuesto, este jubilata es incapaz de leer textos cuneiformes en persa antiguo, en babilonio o en elamita, pero se fía de lo que le cuentan los arqueólogos.

Y si el viajero apercibido sigue las huellas de este vieja religión monoteísta (hay algunos dioses menores, pero son comparsa, quizás emanaciones) no podrá por menos que admirar en Yazd las Torres del Silencio. Cuatro cerros pelados cuya cima está cercada por un muro circular, hecho de sillarejos y tapial y en cuyo centro hay un gran pozo. Son los viejos cementerios zoroástricos. Para esta religión, ecologista avant la lettre, que adoraba a los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua, contaminar la pureza de los elementos naturales con la carroña de los cadáveres humanos era impío. Por eso los exponían en estos lugares elevados donde las aves carroñeras se encargaban de mondarlos y, luego, los huesos eran arrojados a los pozos abiertos al efecto.

Y si el viajero piensa que aquello solo es pura arqueología, se sorprenderá al saber que en esta misma ciudad existe un Templo del Fuego zoroástrico donde se conserva viva una llama encendida. Adoradores del fuego, los mazdeístas, según la tradición, cuando la invasión árabe, ocultaron el fuego eterno en un templo  rupestre y lo han mantenido vivo durante siglos. Actualmente, en este templo levantado hace unos 70 años, se mantiene viva la llama. 

Solo que el encanto poético queda un poco mal parado cuando el visitante se entera de que una instalación de gas se encarga de que la llama eterna siga viva. Los adelantos técnicos hacen milagros, pero matan la imaginación. Pero si quiere ver un antiguo templo del Fuego, no deje de observarlo cuando visite en el farallón de Naqsh-e Rustam los bajorrelieves de las tumbas de los reyes aqueménidas.



Y si el improbable lector piensa que el Paraíso es asunto de invención bíblica, va desencaminado, es invención persa. Ellos convirtieron lugares desérticos en paraísos haciendo aflorar el agua, construyendo albercas y surtidores y llenándolos de verdor. Desde las lejanas montañas hicieron construcciones subterráneas, a veces de centenas de kilómetros, con pozos de acceso cada tanta distancia, para levantar vergeles. Y en ellos, el sempiterno ciprés, árbol sagrado. 

Todavía en Abarkuh se conserva un gran ciprés cuatro veces milenario, y de unos dieciseis metros de contorno en su tronco, aunque en la memoria colectiva persa se conserva el recuerdo del de Kachmar, plantado por el propio Zoroastro, según se menciona en el Shahanameh, libro de los Reyes Persas.

Paraíso y poesía, en esta cultura van de la mano. No puede entenderse la poesía persa si no se oye el rumor cercano de un surtidor y se respira el olor de azahar que desprenden los naranjos, o se disfruta de la abundancia de los granados y pistachos. Desde el iwan de un palacio campestre, con una alberca de agua clara corriendo a los pies y dos ringleras de cipreses enmarcándola, dejarse llevar por el espíritu sufí de compenetración con la naturaleza hace que el canto a la amada y al vino transcienda en una visión espiritual. 

Eso, al menos, pudimos entender ante la tumba del poeta Haffe (“Quien sabe el Corán de Memoria”, significa). Aquí está el corazón palpitante de amor de los persas, nos dijo nuestro guía ante su túmulo, guardado bajo un templete de cúpula octogonal sustentada por columnas, y nos recitó uno de sus gacel o poesía de amor místico. A propósito alguien del grupo recordó la influencia del sufismo en  san Juan de la Cruz:
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia transcendiendo.
Yo no supe dónde estaba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo
toda ciencia transcendiendo.

Por eso, transcienda el improbable lector de esta bitácora toda consigna interesada y mediocrizadora (con perdón por la palabreja), levante el vuelo de su curiosidad y, cada vez que se ponga de viaje trate de entender a las gentes del país visitado. Recuerde lo que dijo Alexandra David-Néel: Celui qui voyage sans rencontrer l´autre il ne voyage pas, il se déplace. Y si los modos de vida de otras culturas no le interesan, pues ahí tiene el bufé libre del hotel, y buen provecho le haga.


domingo, 17 de abril de 2016

Irán y regreso.-


O Persia, que algunos no queríamos tanto visitar tierras de Ayatolás como conocer aquellos lugares por los que paseó su curiosidad intelectual el viajero y geógrafo Heródoto, o por donde Jenofonte y sus Diez Mil hicieron su Anábasis desde el mar Egeo hasta casi llegar a Babilonia y su Catábasis de regreso desde Cunaxa (allí Artajerjes II derrotó al pretendiente Ciro el Joven) hasta el mar Negro: (“Thalassa, thalassa”, gritaban entusiasmados los hoplitas griegos cuando por fin vieron el mar). Fue un viaje de ida y vuelta por el imperio persa como mercenarios a sueldo del pretendiente al trono persa Ciro el Joven.

Nosotros, menos aventureros, íbamos armados de nuestras maletas, cámaras fotográficas y las habituales raciones de prejuicios culturales de todo viajero. Hicimos nuestra particular anábasis desde Bilbao, pasando por Estambul para tocar tierras iraníes en Teherán, viajando cómodamente en aviones de la Turkish Airlines. Nuestra obligada catábasis, arrastrando la derrota del cansancio, se inició desde la ciudad sureña de Shiraz, a unos doscientos kilómetros del Golfo Pérsico, con un salto en Estambul y regreso a la patria en Bilbao. De allí, cada cual a su casa.

Para ser más exactos con las cuestiones geográfico-históricas, habría que decir que Jenofonte se movió más por tierras actualmente turcas e iraquíes, mientras que nosotros alcanzamos el corazón del imperio persa, ya que, como Alejandro Magno - pero sin incendiar palacios - visitamos Persépolis y Pasargada. Solo que nosotros no queríamos destronar ningún Artajerjes histórico ni Ayatolá actual. Nos conformamos con visitar sus ciudades (Teherán, el santuario de Qom, Kashan, Yazd, Esfaham, Shiraz), museos, mezquitas, jardines, palacios… y, en la medida de lo posible, observar a sus gentes y costumbres.

Lo de hablar del exotismo de la plaza Naqs-e Jahan, en Esfaham, sus zocos y mezquitas, o de esas Torres del Silencio de la antigua religión zoroástrica en Yazd, la que llaman novia del desierto,  la más antigua población de barro habitada desde hace 3000 años, daría para otras entradas en esta bitácora. Al viajero curioso le gustaría, en esta ocasión, hablar de la gente que vio en sus andanzas, de su talante y costumbres y de la impresión que sacó – subjetiva y sin valor demostrativo – del porvenir del régimen ayatoliano, a la luz de lo observado.

Que en los restaurantes no haya alcohol (a nadie puede extrañarle en un país islámico) pero sí coca-cola o similares, al viajero le dejaba caviloso. Que haya visto por las calles de Teherán algún Burger con su emblema cocacolero en tierras donde el Kebab es plato nacional, habla de que el bloqueo mantenido por el imperio USA al régimen iraní se guarda mucho de impedir la sutil filtración de los usos y modos de vida consumistas, a la espera de una mayor implantación.

Las gentes, amables, observan con curiosidad al extranjero. A veces un adulto es el que pregunta, a veces envían a alguna niña o niño, tímidos y sonrientes, de esos que estudian inglés en el cole, a preguntar: You are from…? En general el intercambio de saludos es inmediato y, sobre todo, el retratarse con los forasteros toda la familia es una especie de deporte popular. 

Y algo que llama la atención, es la cantidad de palitos extensibles de selfi que pueden verse en manos de esta gente, muchos más por kilómetro cuadrado de lo que los usamos aquí. Armados de sus móviles en el extremo del selfi, se fotografían ellos, fotografían cualquier objeto que llame su curiosidad, fotografían a los extranjeros mezclados al alimón con la familia iraní. A este jubilata le invitaron dos jovencitas a fotografiarse junto a ellas y luego andaba caviloso a ver qué interés podían tener unas chicas tan guapas para retratarse con él. Una compañera de viaje tuvo la respuesta: Es que es la experiencia frente a la juventud…, Ah, bueno, siendo así se entiende, pensé yo.

Lo que me hizo recordar que en el palacio de Chehel Sotum de Esfaham, hubo ocasión de ver una curiosa pintura de carácter filosófico (el sufismo y el mazdeísmo están muy presente en esta cultura) que representaba  el diálogo entre un anciano y una jovencita de ojos rasgados. Aquél muestra dos dedos, simbolizando el carácter dualista y contradictorio de la razón, mientras que ésta solo uno para indicar la simplicidad del sentimiento que nace del corazón.

En cuanto al omnipresente velo que cubre la cabeza de las mujeres, es obligatorio por ley, incluso para las extranjeras. Pero hay sutiles formas de protesta, como el llevarlo de colores vistosísimos y sujeto casi en el occipucio, en una especie de equilibrio inestable, y con el pelo suelto. Si la coquetería femenina se mide por el maquillaje, las jóvenes iraníes son coquetas al máximo, más teniendo en cuenta que son mujeres de rasgos regulares, boca de grana y grandes y hermosos ojos, con cejas depiladas; y, cosa que sorprende, es frecuente ver jóvenes con la nariz operada para conseguir un trazo recto. Hasta el punto, comentaron, que algunas se ponían un apósito para simular que se habían operado…

En algunas conversaciones discretas surgió el asunto del velo y, sobre todo las jóvenes de extracción burguesa y las universitarias, manifestaban su radical rechazo. Pero, para que se sepa cuál es la ideología dominante, no hay ciudad donde no se exhiban grandes retratos del Ayatolá Jomeini con su rostro severo. Como si su omnipresencia significara estabilidad del régimen hasta la consumación de los siglos. Solo que el pueblo persa tiene una larguísima tradición de miles de años en los que ha visto caer imperios que el tiempo ha reducido a arqueología. 

También este jubilata, observando aquellos retratos omnipresentes, recordaba que vio, a lo largo de sus viajes, los de Leonidas Brezhnév en la Rusia soviética de los años ochenta; los que mostraban la perenne juventud y ondita en el pelo de Nicolae Ceausescu, cuando visitamos Rumanía en 1982, y los del momificado en vida Fidel Castro por las calles de la Habana. Sin olvidar los omnipresentes símbolos del franquismo de su niñez y juventud que ahora suenan a decimonónico y polvoriento. 

De la misma forma, Jomeini y su régimen teocrático se convertirá en tópico para añorantes. Y lo que puede llegar a ser el colmo de la mediocridad, a este viajero no le cabe duda de que su efigie se verá sustituida, como mucho en una generación, por la del sonriente Coronel Sanders, fundador del Kentuchy Fried Chicken. De momento los Burgers yanquis ya se va abriendo paso en las ciudades inaríes entre chadores y palitos de selfi.

martes, 22 de marzo de 2016

El espectador y lo sublime.-

Para qué nos vamos a engañar, a este jubilata las cosas sublimes le dejan con la mosca detrás de la oreja y le despiertan como una socarronería plebeya que dice mal de sus años de formación académica. Lo que no quita para que sienta como un vibrato de emoción estética ante una obra de arte hermosa. 

Sirva como ejemplo de lo que quiero decir la contemplación de esa joya del Correggio llamada Noli me tangere, con su enorme carga místico-erótica que se desprende de la tensión amorosa entre la carnal Magdalena y el apolíneo Cristo recién resucitado; del dulce erotismo que flota entre ambos, oscilando entre un sí, pero no…; de la pasión amorosa del Cristo indeciso entre los goces que ofrece la hembra rendida a sus pies y los gozos celestiales. Es, dicho en román paladino, un “Quién fuera tu lobo, Caperucita...". No sé si me explico.

Viene al caso porque el pasado fin de semana fui a ver la exposición del augusto Jean-Auguste-Dominique Ingres y recibí una fuerte descarga de tensión estética, aunque decirlo esté mal en un pensionista de medios pelos. Nunca antes había sentido mayor aprecio por Ingres, a quien consideraba dentro de la recta ortodoxia academicista, de fino dibujo y delicado trazo pictórico, pero aficionado a los temas históricos del clasicismo y uno de los padres del Art Pompier tras Jacques-Louis David, su maestro.

Y puestos a confesar desvaríos, no estará de más recordar que en esta misma bitácora se ha profesado una considerable admiración por la temática pompier, de la que son testimonio sendas entradas sobre Jean-Léon Gérôme y nuestro compatriota  Ulpiano Checa, cuyo museo puede visitarse en Colmenar de Oreja. También Ingres en su versión académica es un maestro del gesto heroico, del desnudo clásico y del erotismo que transpiran las hijas de Afrodita en su insinuante abandono.

Admiraba un servidor, en la escena muy  de manual pompier, titulada Aquiles recibiendo los embajadores de Agamenón, el atrevimiento del pintor cuando observé la torsión serpentina de Patroclo. Un cuerpo con un sí es no es de sinuosidad femenina, como desvelando el entreverado equívoco de  una amistad no tan viril entre Aquiles y él. Aunque, para que nadie dudase de lo heroico de la escena, Ingres pinta a este efébico Patroclo tocado con un casco guerrero muy bien empenachado. 

Lo que me llevó a confirmar la sospecha que ya tuve cuando vi, hace cinco años en el Thyssen, la exposición sobre Gérôme. A saber: que tanto desnudo heroico encubría una vía de escape de la libido burguesa decimonónica. Las escenas históricas o épicas eran una honrosa justificación para desvelar lo que la pudibundez de la época ocultaba bajo levitas, macferlanes, refajos, corsés de ballenas y miriñaques: el cuerpo humano en todo su esplendor; eso sí, con un casco de guerrero para hacer de un efebo de femenil contraposoto un héroe homérico. Si la capa todo lo tapa, el casco empenachado tapa cualquier sospecha de erotismo en los ojos del espectador decimonónico… y lo justifica en nombre del Arte.

Y como la cosa en esta visita andaba en clave erótico-heroica, la escena de Ruggero libera a Angélica (un episodio del Orlando Furioso, de Tasso) no me defraudó. Un Ruggiero armado hasta los dientes, montado en un hipogrifo rampante, atraviesa, con su fálica lanza, la garganta de una serpiente marina. Mientras, Angélica, en su espléndida desnudez, en una torsión imposible, gira la cabeza y la vista hacia el heroico caballero en un gesto de erótico abandono que es todo un ofrecimiento de toíta tuya, mi amor... Y no era para menos, que ya don Quijote le advierte al cura de su aldea que la tal Angélica fue una doncella andariega, distraída y un tanto antojadiza y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias como de la fama de su hermosura. Una casquivana, vamos, que se lió con un pajecillo boquirrubio que no tenía dónde caerse muerto.

Me dirá el improbable lector que Ingres es mucho más que un pintor académico e historicista, que sus retratos son de una perfección que admira; que, al fin y al cabo, de esto comía, de hacer retratos, aunque a él lo que le gustaba es la pintura histórica. Eso sin hablar de sus desnudos femeninos de ambiente orientalizante. 

Y ya metidos en harina, ya me gustaría hablar, ya, de la gran odalisca, o del baño turco con su muestrario de carnes femeninas en mil posturas. También me gustaría hablar del homenaje que le dedicó Man Ray al fotografiar la sinuosa espalda de Kiky de Montparnasse como si fuese el violín de Ingres, pero la cosa no da para tanto. Preferiría hablar de una obra suya que no conocía hasta esta visita y que tiene su enjundia: El sueño de Ossian.

Como sin duda el improbable lector sabe, los Cantos de Ossian fue una falsificación del poeta escocés Mcpherson en 1761, que se tuvieron por ciertos hasta la muerte del poeta. No había espíritu romántico de la época que no los aceptara como genuina representación del “espíritu del pueblo”. Incluso el mismísimo Goethe los incluyó en su célebre Las tribulaciones del joven Werther, y hasta son el detonante del lamentable fin del protagonista.

El propio Napoleón I sintió admiración por estos mitos celtas y fue motivo de que Ingres pintara su sueño de Ossian para la estancia del emperador en su palacio de Montecavallo, en Roma. En él, Ossian, con manto rojo y túnica verde, apoyado sobre el arpa, sueña con la saga de Fingal y los héroes celtas que aparecen en un cielo nebuloso de grises y azules pálidos que representan el mundo sin consistencia material.

Hasta los emperadores se dejan embaucar, pensaba un servidor. Y también pensaba en nuestro abate Marchena, quien, pocos años después de lo de Ossian, falsificó un episodio del Satiricón de Petronio, en buen latín y con notas cultas a pie de página que incluso se editó en Suiza. No quedó docto filólogo que no se tragase el embuste, hasta que hubo que declarar el engaño porque aquello pasaba de marrón oscuro y estaba poniendo en ridículo a la intelectualidad de la época.

Hubiese sido un buen asunto, la escena prostibularia que describe Marchena, para que Ingres pintase uno de sus cuadros historicistas: Quid est, inquit, mulier impudentissima? Falsis me pollicitationibus ludis, nocteque prossima fraudas? Ya que pintó aquel tondo enmarcando un gineceo turquesco lleno de carnalidad, podía haber pintado un lupanar pompeyano. Bastaba con ponerles en la cabeza una galea cristata a los clientes para pasar de puteros a heroicos hijos de Rómulo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un paseo sonoro desde mi ventana.-


Nunca antes había hecho un paseo sonoro, ni había oído hablar de mapas sonoros. Hasta que Raquel, tutora del curso Senior UNED “Historia cultural, una visión sonora”, nos habló de ello y nos propuso un curioso experimento: Recorrer las calles de Lavapiés, hasta el patio del museo Reina Sofía, el diseñado por Jean Nouvel, y regreso. 

En ese paseo pausado y silencioso que hicimos los participantes, sufrí  - al igual que Saulo cayó del caballo camino de Damasco -  un batacazo que rompió el  odioso ruido, denso y agresor, en fragmentos que resultaron sonidos perfectamente identificables uno a uno. Fue un golpe con fractura de uno de mis tópicos más queridos y consolidados: Madrid es un cúmulo de ruidos insoportables. Fue una especie de pérdida de la inocencia y motivo de cavilaciones posteriores, como si los jubilatas no tuviéramos la vida ya bastante complicada con las mil tareas que nos echamos para ahuyentar los síntomas de la vejez .

Por supuesto, viviendo en una ciudad tan ruidosa como Madrid, hasta ahora había sido incapaz de diferenciar entre el ruido y los sonidos que lo conforman en una melé de cacofonías y agresiones acústicas. Ni siquiera sospechaba que tal cosa pudiera hacerse, separar sonidos, identificarlos y tratar de integrarlos no ya como ruido bruto y amorfo, sino como un paisaje sonoro y con relieves y pliegues acústicos. Por buscar un símil, esos sonidos, con sus acordes disonantes, sus tonos, sus ritmos dispares y contrapuestos, podrían emplearse como una paleta de colores para reflejar los distintos matices que conforman la abstracción de un paisaje cambiante.

Así, el ruido, que se define como un sonido inarticulado, sin ritmo ni armonía y confuso, pasa del caos sin lógica aparente, a ser, para un oído atento, un cosmos racionalizado donde cada uno de sus componentes sonoros ocupa un lugar dentro del universo acústico. 

Y ya que tenía entre las manos un nuevo juguete, como si fuera un niño curioso de la novedad, decidí hurgarle las tripas, ver sus resortes y engranajes, para tratar de entender su funcionamiento. Pero como los experimentos – sobre todo si se es principiante – conviene hacerlos con gaseosa y algunas precauciones para no desparramar las burbujas, el mío lo hice desde la ventana de mi estudio.

Con ese atrevimiento que nace de la fe del neófito, manipulé la prueba en la confianza de que los dioses todo lo perdonan, salvo la estupidez. Decidí dejar que se mezclasen los sonidos que se producen “naturalmente” en la calle con el artificio de los que yo, voluntariamente, provoqué. A saber: el ordenador estaba conectado a Radio  Suiza Clásica, y al pie de la grabadora puse un despertador de petaca, de cuerda, que me acompaña desde que tenía 24 años. Por poner un límite temporal a este paseo sonoro estático (eran los sonidos los que iban y venían, yo estaba sentado en la silla de mi estudio), la duración fue de cuatro minutos treinta y tres segundos.

A decir verdad, la grabación fue un tanto chapucera, por la pobreza de medios y por la incompetencia técnica de un servidor, pero el oído sí estuvo atento. Aun a riesgo del tópico, los ruidos del tráfico, bastante amortiguados porque es calle de poco tránsito, eran el vaivén continuo que hace el oleaje, con picos de intensidad cuando pasaba un autobús, como cuando el mar rompe contra un acantilado. Como sonido melodioso, que destacaba tenuemente sobre aquellos ruidos sordos en forma de ondas un tanto anárquicas, el Quinteto La Trucha, de Schubert. 

Conviene advertir que no había intencionalidad en la elección de esa pieza, es lo que echaban por la radio en ese momento. Sí era intencional la presencia del tic-tac del reloj, con su ritmo mecánico y persistente, que ponía un poco de equilibrio en el arrítmico paisaje sonoro de aquellos 4´33´´. Producía la sensación de que el tiempo del reloj, regular, siempre igual a sí mismo, era de la misma sustancia que el resto de los sonidos que se habían reunido aleatoriamente (con intencionalidad y sin ella).

Con su tozudez de mecanismo cronómetro, el tic-tac sometía a medida la discordancia de frenazos acelerones ruidos de motores, piar de pájaros, vibraciones del aire, quejidos de la silla rotatoria donde tenía aposentadas mis postrimerías, y esa caprichosa presencia de una música radiada que exigía recogimiento, mientras el oído captaba, entre la amalgama de sonidos discordantes, el balanceo melódico del piano que parecía dibujar el fluir de las aguas donde nada despreocupadamente una trucha.

Con todo y haber sido esclarecedor el experimento de desmenuzar los ruidos hasta discriminar y estratificar sonidos, un servidor sigue con sus querencias de toda la vida. Por eso, entre silencios que ya John Cage nos dijo que no existen, no olvidaba la alabanza que fray Luis de León hace de una vida retirada de bullicios y voceríos vanos:

Qué descansada vida  
la del que huye del mundanal ruïdo  
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido...

De forma que este jubilata, como vive anclado en el estruendo del asfalto y no tiene vida recoleta, aprovecha las escapadas por las sendas de los montes para escuchar los sonidos que nacen del silencio de la naturaleza. Y hasta, a ratos, se para a ver las truchas deslizarse por las aguas en las pozas de los arroyos. Mientras, en su cabeza suena la melodía del piano con la que Schubert nos habla de aquella trucha cuya paisaje sonoro es un puro rumor fluctuante.

Nada que ver con la sinfonía brutal del tráfico en horas punta.

jueves, 25 de febrero de 2016

Con permiso.-


Anda un servidor tan contento estos días, más bien estas semanas, porque el país está a su aire, ingobernado (no ingobernable, ¡cuidado!); o, hablando con más propiedad, gobernado al ralentí. Esto es, con un gobierno al pairo mientras se hace el relevo de guardia. Una especie de interregno donde aún no se sabe si el que está por venir será chicha o limonada; si nos gobernará un centro-izquierda/centro-derecha (tan modositos ellos), o bien un centro-derecha/derecha/centro-izquierda, o quizás lo contrario. O a lo mejor al revés. Cualquier cosa es posible. Menos que entren en el gobierno los “antisistema”. O sea, de los podemitas votados por cinco millones de ciudadanos ni hablamos, que dan yuyu y los mercados se ponen de morros.

Sea como fuere, esta experiencia que nos equipara a los belgas en cuanto al funcionamiento del país sin instituciones con capacidad ejecutiva, es algo muy de agradecer. El experimento demuestra que un país puede funcionar con su run-run habitual durante un tiempo considerable sin necesidad de gobernantes voluntariosos dispuestos a sacarnos de la crisis siguiendo la más estricta ortodoxia neoliberal. 


Y, si nos apuran un poco, pudiera resultar, como en el Ensayo sobre la lucidez, del maestro Saramago, que la gente se acostumbrase a vivir y organizar la sociedad sin clase política. Claro que, por otro lado, tiene el inconveniente -como en la novela- que, pagados de su imprescindibilidad, se volviesen conspiranoicos e intentasen recuperar el poder a cualquier precio.

Aparte el ruido mediático que meten para que no les olvidemos, parece que el ciudadano de a pie está tranquilo y agradece bastante este respiro de mar en calma, y se dedica a sus asuntos de siempre. Los políticos, mientras el ciudadano está a sus afanes, hacen sus cuentas y tantean alianzas en un juego  como de patio de colegio: ahora te ajunto (decíamos de críos), ahora no; si quitas esto de tu programa, quito yo esto del mío y hacemos pachas.

Mecido por la calma chicha de estas últimas semanas, mientras se intercambian cromos, este jubilata se ha dedicado a retomar viejas lecturas de cuando el maestro Azorín caminaba los caminos polvorientos de aquella España del Diecinueve finisecular; deambulaba por aquellas ciudades donde nunca pasaba nada, aparte el tiempo monótono, tedioso y de muy lento transcurrir. Solo alguien como él era capaz de pasear sus calles y descubrir paisajes humanos con sabor a  indiferencia, a conformidad, a mediocridad: Yo veo las vidas opacas, grises y monótonas de los señores de los pueblos en sus casinos y en sus boticas.

Dicen que su escritura es impresionista, que con cortas pinceladas, describe paisajes, personajes y sentimientos. Que bastan unos adjetivos, separados por sendas comas, para dar vida a esas nimiedades que él veía en sus paseos por las viejas ciudades españolas y los caminos: La noche va llegando: por Poniente, el cielo se ilumina con suavidades nacaradas. La llanura inmensa, monótona, gris, sombría, está silenciosa: aparecen tras una loma las techumbres negruzcas del poblado.

Intente el improbable lector, si le apetece, descubrir aquella vieja España provinciana bajo las actuales autopistas. De ella no queda más que la memoria en escritores como Azorín, Baroja o el denostado don Benito “el garbancero”, como le llamaba el deslenguado Valle-Inclán. Sin embargo, si quiere conocer alguno de los males que aquejaban a aquella sociedad, no tiene más que mirar a la situación política actual. Verá que los del 98 veían en la política de su tiempo parecidas lacras a las que vemos nosotros: palabrería sin sustancia, disfrute de prebendas, favoritismo en forma de adjudicaciones a empresarios amiguetes, trapisondas de los partidos para ocultar la corrupción, gentes en el límite de la pobreza… 

En cuestiones de mezquindad política, mutatis mutandis, tenemos lo que ellos tenían. Solo nos falta un Azorín minucioso que nos lo quiera contar con concisión, con expresividad, con unos pocos trazos precisos. A lo mejor hay un poco de poesía en el muladar.


domingo, 14 de febrero de 2016

Quién paga los platos rotos.-

En estos pasados días carnavaleros de titirimundis callejeros acogotados por la pesada maquinaria oficial anti Gora-Alka-Edarra, que hila poco fino en cuanto alguien se sale del camino trillado, preocuparse por la salud económica del Deutsche Bank parece cosa de frívolos ociosos. Más todavía cuando quien lo hace no tiene idea de provecho sobre ese mundo de las altas finanzas; ni ideas, ni conocimientos, aunque sí una cierta preocupación que le reconcome porque, si el Deutsche peta, nos encontraremos ante un déjà vu que nos va a salir por un ojo de la cara, como el que aún estamos pagando. Y además, no habrá cuerpo social que aguante otro envite parecido.

La cosa fue que, huroneando por Internet a la busca de información paralela, o divergente, de la que se cocina en los pesebres mediáticos, mediatizados por los capitales de la industria de la información, o por el fondo de reptiles de las zahúrdas ministeriales, este jubilata fue a dar con una noticia económica sobre los malos resultados del Deutsche Bank, ese acorazado desde el que la Alemania industriosa enseñorea Europa. Dice la noticia que el 2015 fue el año con las mayores pérdidas de su historia, con un agujero en su casco de 6.700 millones de euros.

Uno, en su ignorancia de estas materias, no tiene muy claro qué significa eso de que “los CDS (acrónimo de credit default swaps) del gigante bancario alemán se han disparado hoy 32 puntos hasta los 222 puntos básicos”, y que la prima de riesgo del Deutsche se ha cuadruplicado. Pero ignorar las claves de esa parlería economicista no impide que, a quien lo lea, se le pongan los pelos como escarpias si se para a pensar que ya en el 2008 nos hablaron de credits defaults, subprimes, bonos basura, y de unos tales Lheman Brothers y Goldman Sachs (que debían ser una especie de Deutsche Bank, pero en versión yanqui). Un pepinazo en su línea de flotación hizo que todo el mundo capitalista se pringara de la mierda acumulada en su sentina, y todavía hiede ocho años después.

Imagino la cara de susto que se le pondrá al improbable lector cuando se entere que los swaps sobre la deuda subordinada de un banco tan serio como el Deutsche, orgullo de la economía alemana, ascendieron 56 puntos hasta los 441. Por su culpa, los títulos de la deuda de más riesgo del banco alemán bajaron hasta un mínimo de 70 céntimos, el Dax germano bajó un 3,3% al cierre de la bolsa y aquí, el Ibex 35, un 4,44%, lo que nos tiene la economía en un sinvivir. 

Además, ya sabemos que cuando el Ibex 35 se constipa, los políticos serviles de Hispanistán le ponen parches Sor Virginia que pagamos los hispanistanes a escote. Así que, cumpliéndose la teoría del aleteo de la mariposa que levanta huracanes, como llegue a petar el gigante alemán, aquí nos va a sacudir tal maremoto el chiringuito playero que no va a quedar títere con cabeza.

Por eso, de verdad, un servidor entiende a los políticos de la casta: Entre el sinvivir de los casos de corrupción, las Ritas a las que hay que blindar ante las pesquisas judiciales, los flacos resultados electorales que no dan para apalancar la sinecura del cargo - por un lado -, y el Presidente del Eurogrupo, el impronunciable Jeroen Dijsselbloem, exigiendo un nuevo recorte de 10.000 millones de euros a España - por el otro -, amén el pufo que puede suponernos el desparrame del Deutsche, echar mano de unos titiriteros callejeros (encima contratados por la roja de la Carmena) es un recurso inmejorable para que el respetable no se entere de la misa la media.

Pero ya sabemos que el capitalismo es como la hidra a la que Hércules iba cortando cabezas: por cada una cercenada, le salían dos. Y si no, no hay más que venir a mi barrio. En la sucursal del Deutsche Bank de la Avenida Donostiarra están haciendo obras de remodelación, y eso a pesar de todos los credits defaults swaps, del agujero de 6.700 millones de euros y de sus batacazos en Bolsa. Y si la cosa de la macroeconomía se hace de nuevo añicos, pues no pasa ná; aquí estamos para pagar los platos rotos y lo que ustedes gusten mandar. Siempre se podrá echar mano de algún antisistema con rastas o de algún titirivaina a los que colgar el sambenito goralkaetarra... y el retablillo de don Cristobal y sus héroes de cachiporra continuará como si nada.

Ante todo y sobre todo, en defensa de los valores de Occidente. Claro está.

viernes, 5 de febrero de 2016

Después de haber solazado la vista...

Estos días pasados este servidor llevaba dándole vueltas al magín, a ver si encontraba un asunto para la bitácora, pero ¡Quia! Y no es por falta de noticias o sucesos sucedidos últimamente – el patio patriotico está tal que da para que cualquier contertulio todólogo o bloguero iluminado sienten plaza de hábiles remedia-patrias –, sino por obturación de los mecanismos mentales; esos conductos por donde fluían esas ocurrencias que el atrevido lector de esta bitácora ha tenido ocasión de ver cada vez que se daba una vuelta por aquí

Pudiera ser, piensa uno de sí mismo, caviloso, que el escribidor de esta bitácora se meta en demasiados charcos y berenjenales, embarrando fuentes de aguas claras y hozando huertos ajenos como un gorrín silvestre. Y no me refiero, ya se ha dicho, a la falta de asuntos de que hablar, puesto que el magma del caldero ibérico no anda falto de ruidos políticos, de borbotones y bullangas donde meter la cuchara de mis opiniones, sino al mal uso que este jubilata hace de la única herramienta que le suele sacar de apuros: la imaginación, esa loca de la casa, como la llamaba Teresa de Cepeda en Las Moradas.

Decía de ella (de la imaginación) la de Ávila que era la “tarabilla” del molino, esa pieza de madera que se pasaba el día haciendo ruido para avisar del funcionamiento de las ruedas: la tarabilla parlotea sin tregua, luego el molino está dale que le das a la molienda. Pues bien, esa tarabilla instalada en su caja craneal es la que lleva bastantes días avisandole con su silencio que el molino del escribidor, ese donde lleva a moler sus opiniones, se había atorado. 

Por ver si desatascaba el conducto por donde fluyen las palabras escritas, este jubilata se ha pasado los días de turbio en turbio (citar el Quijote sin citarlo a las claras es marchamo de culto, así que no perdamos ripio) leyendo algún clásico de la lengua castellana, a ver si, al codearse con los buenos literatos, se le pegaba alguna habilidad literaria que le sacase del apuro. Pero ni la riqueza, ni la hermosura, ni el buen decir son cosas que se peguen con el simple roce: si uno nace para martillo, del cielo le caen los clavos, y mejor que se aguante.

Y ya que a grandes males les corresponden grandes remedios, ¿por qué no meterse una rayita de cultismo barroco sin cortar? Y allí fue recurrir al inefable Gracián, abrir su Criticón al azar y leer: Después de haber solazado la vista… no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros trinos, gorjeos, fugas pausas y melodías, con que hacían  en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces, saludando lisonjeras siempre al sol  que nace. Y la pregunta inmediata: ¿Pero con ese estilo literario voy a escribir la entrada de hoy? Seguro que los improbables lectores mandan la bitácora al cajón de correo no deseado, y va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Y eso que la censura que hace el padre Antonio Liperí del libro es de lo más positiva: Contiene,  dice el censor,  muchos y saludables documentos morales, declarados con sutil ingenio y con ingeniosa sutileza, y con un lenguaje gravemente culto y dulcemente picante; y cuanto más picante, más dulce y más provechoso para la buena política y reformación de costumbres, pudiendo preciarse su autor de que miscuit utile dulci, cosas bien dificultosas de juntar. 

Oxímoros incluidos, no están las prisas de los lectores actuales como para pararse en finezas conceptuales ni en cascadas de sutiles ingeniosidades, tipo: Señoreaba el centro una  agradable fuente, equivoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas ya linfas. Ibanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro… Y disculpe el lector tanta insistencia, que ya acabo con las citas.

Si ese mismo lector al que se ha pedido disculpas en el párrafo anterior, ha llegado hasta aquí, sepa que hay días en que uno no debería ponerse ante la pantalla del ordenador y sí ante la de la tele, a ver si, saturadas sus neuronas de intrascendencias visuales, deja de dar la coña y no lanza ese puñado de caracteres binarios al océano internautico. Que la Red es un sumidero, ya lo sabemos, pero contaminar  a sabiendas el universo virtual con palabrería vana es, cuando menos, un acto de vanidad estúpido.

Pero nos gusta tanto ser estúpidos cuando no sabemos ser otra cosa, con tal de alcanzar los quince minutos de gloria que nos prometió el gurú del Pop-Art... Otro día, para desengrasar, a lo mejor nos inspiramos en ese decir conciso de aquel minimalista del lenguaje que fue Azorín.