martes, 13 de noviembre de 2018

El artista en su caverna.-



Ya lo decía Platón en La República, a propósito del conocimiento que los humanos tenemos de la realidad: somos como esclavos encadenados en el fondo de una caverna que confunden las sombras con las realidades de las que no son más que un reflejo. Pero, a lo mejor, a esa alegoría hay que darle la vuelta cuando se trata de entender una obra como la de Guillermo Serrano.

La realidad que creemos ver en el bullicio de la calle o en la soledad de nuestra intimidad no es más que un reflejo distorsionado y poco fiel de lo que realmente se oculta tras esos personajes desasosegantes, y a veces deprimentes, que pueblan los cuadros de Guillermo. Hay dos realidades, si el improbable lector se toma la molestia de observar, que caminan en paralelo y que dan sentido la una a la otra. La realidad lúcida, y por eso inquietante, del artista – a lo mejor, conviene más el término de “visionario” –, y lo que podríamos llamamos realidad experimental, la que percibimos a través de los sentidos. La primera desasosiega al espectador con su expresividad descarnada, la segunda da certezas, pero, en realidad, ésta es un reflejo engañoso de aquélla.  

Claro que, si el jubilata en oficio de escribidor no abandona su ensimismamiento y explica de qué va la cosa, el sufrido lector no sabrá a qué viene tanta palabrería y pasará muy mucho de seguir leyendo este texto. Por eso, como decía Pepe Isbert desde el balcón del ayuntamiento: os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar
Y la explicación que os voy a dar, porque os la debo, para poneros en situación, es que la santa y un servidor hemos estado en la Casa de Vacas visitando el Salón de Otoño de la Asociación Española de Pintores y Escultores.  Y allí, en el acceso lateral a la sala, nos hemos encontrado con el cuadro que representa a una pareja de viejos, solitarios, desesperanzados, encerrados en esa cocina tan desangelada como sus moradores. La cena, la llama el autor porque, dice, es un título obvio; si no es más que una pareja de viejos cenando en su cocina, para qué vamos a maquillar la realidad de estos dos solitarios que se hacen compañía por simple proximidad física en una cocina destartalada...

Por aquello de que el pintor, del que aquí se habla, forma parte de nuestro patrimonio familiar, este jubilata ha seguido sus pasos desde hace años y observa con curiosidad, y con una cierta desazón, su obra. La desazón no es por lo azaroso de la adaptación del artista al biotopo cerrado y excluyente de las galerías, las exposiciones, los marchantes y al principio fluctuante de que es arte todo aquello que llamamos arte. Siempre estará a tiempo de quebrar los pinceles y hacer una oposición a registrador de la propiedad, por ejemplo: a otros les ha ido muy bien. Recurso vulgar, donde los haya, pero que da status y hasta puede abrirte las puertas de una carrera política exitosa.

La desazón, decía, llega por la contemplación de esos ambientes sombríos, por esos personajes de ojos hueros que pueblan calles bulliciosas o locales abarrotados, donde no hay alegría colectiva sino una suma de individuos cada cual aislado en su vacío. Son algo así como escenas de costumbrismo urbano pasadas por el tamiz de un expresivismo despojado de toda alegría. Son seres con aspecto de zombis indefensos que parecen buscar la felicidad en el gregarismo de los lugares de moda, mientras que cada cual lleva su vacío personal a la fiesta colectiva. 

Estos no van a pasearse por el callejón del Gato, como lo hacían los esperpentos de don Ramón, ni son risibles y tragicómicos, como don Friolera, sino que se arraciman en el bullicio de Malasaña, en los ambientes más cool, dejando al espectador una sensación de masa fluctuante y ansiosa de novedades a la manera de esa modernidad líquida de la que hablaba el señor Bauman, siempre más citado que leído.

En resumen, esas escenas multitudinarias o domésticas que vemos en los cuadros de Guillermo, nos hacen pensar en un mundo lleno de soledades e incomunicación. Los ojos sin pupilar de sus personajes miran pero no ven y, a lo mejor por eso, se agrupan en una adición de individuos que buscan la felicidad en la suma de soledades. En el fondo es una mirada irónica del artista sobre una sociedad urbana que se cree libre y feliz por la simple agregación de individuos que hacen lo mismo, que van a los mismos lugares, que piensan lo mismo.

Ya supongo que el improbable y paciente lector pensará a qué viene esta disertación a propósito de un cuadro de un pintor novel, pero tenga en cuenta que hasta en las mejores familias hay individuos peculiares. Y en la nuestra nos ha tocado uno que lo sacamos en letras virtuales, para que se sepa. Y, además, es de pincel prolífico. Ya se sabe lo que dicen los evangelios sinópticos: no se enciende una luz para ponerla debajo del celemín.

Pero, si al lector, improbable, paciente, o simplemente curioso, no le convencen las opiniones que aquí se han vertido, sepa que puedo ofrecerle otras que se acomoden a su gusto. Aquí somos grouchomarxistas y nuestros principios no son amovibles sino fluctuantes y acomodaticios. Como las multitudes en los cuadros de Guillermo. 

lunes, 29 de octubre de 2018

Esas mujeres...


Hace unos días ha muerto Carmen Alborg, ministra que fue de Cultura. Recuerdo que mi por entonces jefa bajó un día a la sede central del ministerio, la vio y, cuando subió al “Histórico” (así lo llamábamos usualmente), comentó que la nueva ministra parecía una pilingui. Lo de pilingui me sonó a españolada de las pelis de destape, de cuando Alfredo Landa; entendí bien el sentido despectivo de “ligera de cascos” y “perdida”, y la ministra me cayó francamente bien desde entonces. Se me ocurrió pensar que también a George Sand, quien vestía pantalones y fumaba cigarros, y encima era querindonga de Chopín, las paisanas de Valdemossa la pondrían de pilingui y de putana, pero en su dialecto.

Si a mi jefa,  - mujer conservadora y, según expresión de los que militábamos la progresía, más de derechas que don Pelayo -, la Alborg le caía mal, era indicio de que teníamos una ministra fuera de horma. Con su melena roja suelta y sus alamares tipo Moschino (Si no puedes ser elegante, sé extravagante), su desinhibición, su verba fluida y su fama de mujer culta, fue una ventana que se abría en la zahúrda ministerial para ventilar el olor a papel timbrado rancio. Luego, allá por el 96, también del siglo pasado, nos vino a ser ministra doña Espe Aguirre, condesa consorte de Bornos – ahí es nada – y liberal en estado puro, pero ya no era lo mismo. La ventana del oreo ministerial, como mucho, quedó entornada y con tufillo a privaticemos servicios públicos.  

También uno de estos días pasados, he ido a la Juan March (así dicen los habituales) a ver la exposición Lina Bo Bardi, Tupi or not tupi, una hibridación italo/brasileña. Doña Achilina Bo, emigrada de Italia en 1946, arquitecta de vocación y profesión, quiso además, integrar la cultura europea con la expresión de arte popular brasileño. Lo que me recordó una exposición vista hace años, dedicada a Tarsila do Amaral (de quien escribí una entrada allá por el 2009, que puede leerse pulsando en el enlace anterior) artista que hizo el viaje de ida y regreso, desde su Brasil hasta el París de las vanguardias, para volver a su tierra natal y tratar de integrar las dos culturas en los movimientos Pao Brasil y Antropofagia.

Ambas artistas, con unos decenios de diferencia, propusieron una antropofagia cultural, cuyo manifiesto hizo Oswaldo de Andrade, marido que fue de Tarsila: una digestión del modelo cultural europeo para apropiarse de él y asumirlo como expresión del arte brasileño. Una fusión de las vanguardias europeas y las costumbres populares de la población india, negra y mestiza. Una puesta en valor de la cultura popular brasileira una vez asumida la cultura colonial europea. Por eso llamaron antropofagia al proceso de masticar y digerir una cultura superior para asimilarla a la popular de su país.

Y perdóneme el improbable lector por hablarle de estas cuestiones de tan poco interés para la vida diaria. Son expresión de los hábitos culturetas del jubilata, el cual, según las usuales doctrinas del envejecimiento activo, ha de buscar metas que mantengan su sistema neuronal en ebullición para no ser una carga social. Porque, además de guisar, hacer la compra en el súper y darle al estropajo salvauñas, sépase que los jubilatas de hogaño le damos al intelecto con una habilidad polifacética que para sí hubieran querido anteriores generaciones. 

Por eso, hoy estamos por divagar sobre mujeres de las que tenemos alguna noticia por haber sido un referente cultural en los tiempos que les tocó vivir. Y por eso mismo, a menudo, para saber de estas mujeres, de sus obras y su proyección cultural, uno no tiene más remedio que acudir a museos, exposiciones puntuales o textos, lugares donde se guarda memoria de ellas. A veces, tenemos la impresión de que, por haberse atrevido a romper la horma, ha habido que cosificarlas y reducirlas a eso que llamamos obras de arte, y colgarlas en las salas de exposición, no sea que su ímpetu nos obligue a reflexionar sobre lo que una mujer puede hacer cuando se libra a su capacidad creadora. 

Son como la mujer de Lot, convertida en estatua de sal porque no respetó la norma y giró la cabeza para saber qué ocurría a sus espaldas.  Estas mujeres de las que venimos hablando, también volvieron la cabeza para ver de dónde venían y así saber hacia dónde querían ir, solo que la sociedad al uso no pudo convertirlas en estatuas para reprender su atrevimiento.

Lo que, mira por donde, viene al pelo para recordar esta frase de Dorothea Tanning (de sus obras y su época habla una exposición actual en el Reina): Puedes ser mujer y ser artista; pero lo primero no lo puedes remediar, y lo segundo es lo que eres en realidad. Según parece, ella rechazaba la definición de “mujer artista”. La verdad es que nadie nunca habla de “hombre artista”; se es artista, hombre o mujer. Lo primero es lo que importa, y lo segundo, accesorio.

No querría acabar estas divagaciones de pensionista ocioso sin hablar – hablar por hablar, por pasar el rato – de la pintora italiana Sofronisba Anggisola.  Esta pintora fue una rara avis en la corte de Felipe II. Fue dama de compañía de Isabel de Valois y la acompaño a la Corte española, donde pintó algunos retratos, como el del propio Felipe II o el de Ana de Austria. Puede uno verlos en el Museo del Prado. Pero lo que es menos conocido aún que su pintura, es que anduvo metida en una revuelta palaciega que organizaron las damas de la reina en el alcázar de Madrid, sede de la corte.

Uno se imagina la corte del rey Felipe II como lugar triste, aburrido, de mucho rezo y de pisar quedo, pero no debió ser así, a lo que parece. Tenían las damas la costumbre de ligar con los barbilindos cortesanos desde las ventanas de las estancias de la reina, hasta que el aposentador de la Casa de la Reina, el marqués de Ladrada, mandó poner celosías para evitar tanto descoco. Decía el marqués en un informe al rey: aunque yo conocí a algunas damas bien desasosegadas, ninguna comparación hay a lo de ahora, porque tienen la mayor maestría para insolencias que se pudiera hallar en el mundo”. Lo cierto es que las damas se lo tomaron a mal, y algunas, entre las que estaba Sofonisba, empezaron a romper cierres y celosías.

El rey, que a lo mejor le llamaron el Prudente por eso, decidió inhibirse en esa revuelta de faldas y mandó que fuese la propia reina quien pusiese orden en asuntos que correspondían a su Casa. Porque una cosa es administrar un imperio que se extendía de sol a sol, y otra muy distinta, y asaz complicada, poner paz en el gineceo de Palacio.

domingo, 14 de octubre de 2018

Faunario humano.-


Leyendo (perdóneseme el gerundio inicial) un tocho divulgativo referido a las lagunas que presenta la teoría darwiniana de la evolución del Homo Sapiens y antecesores, me entero de que los humanos somos primates (eso ya lo sabía, pero no) del suborden de los simios. Solo que ahora, no sé si los zoólogos y también los paleontólogos, dicen, además, que somos haplorrinos. Esto es: con ventanas nasales secas y no un hocico húmedo, como los estrepsirrinos. 

Por lo que un servidor llega a entender, somos primates de nariz simple, carecemos de membranas alrededor de las narinas y de vibrisas en el hocico. Así que magínese el improbable lector a qué situación hemos llegado como especie: no somos más que bípedos sin morros húmedos y de nariz seca. Tanto homo sapiens como presumimos ser, para llegar a vernos clasificados según una cuestión de simples narices. Más de tres millones de años evolucionando – se supone – paso a pasito, desde el Austrolopithecus, pasando por el Afarensis, el Robustus y otros; siguiendo por el Erectus, el Neanderthalensis…, y cuando llegamos a la culminación de la especie en el Sapiens, resulta que ésta nos da ejemplares de tanto relumbrón como el Trump o el Villarejo, o jubilatas septuagenarios, según el nicho ecológico donde se desarrollen.

Pensando (otro gerundio que se cuela) estaba en estas cuestiones cuando me descubrí a punto de cumplir los 73 años. Un servidor ya sabía que le venían rondando desde hacía tiempo, pero no tan apresurados. También sabía lo del acertijo que le propuso la Esfinge a Edipo, lo del animal que por la mañana anda a cuatro patas, al medio día con dos y por la noche con tres. Y también sabía que, según se iban acumulando los años, terminaría siendo ese animal (racional, a pesar de todo) que acabaría andando a tres patas. Lo que no sabía es que, de la mañana a la noche, el pequeño australopiteco con el que me identifico, que nadaba en el líquido amniótico materno, terminara convertido en un sapiens de clases pasivas que no recuerda haber recorrido toda la cadena evolutiva – del afarense al neandertal – y, mucho menos, que se haya tomado tres millones de años para hacerlo.

Lo que me recuerda (recordar, cuestión de vivir la vida hacia atrás, ya que hacia adelante no hay mucho margen) que también don Miguel se quejaba en sus Recuerdos de niñez y mocedad, o como quien dice, cuando fue ese animal edípico que andaba a cuatro patas y luego a dos:

Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo naciera -y el nacer es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi suceso cardinal en el futuro-, esto de que yo naciera es cosa que sé de autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante acto de mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que apoyarme, para creerlo, en el testimonio ajeno. Lo cual me consuela, haciéndome esperar no haber de tener tampoco en lo por venir noticia intuitiva directa de mi muerte.

Aceptando (un gerundio más), y siguiendo (y otro) con el símil evolutivo: que habiendo sido un homúnculo sin conciencia y sin consciencia de que lo hubieran nacido, el animal sapiens de tres patas que soy actualmente se siente un tanto decepcionado de que lo pusieran en este pícaro mundo sin advertencia previa, como esas instrucciones que vienen con los medicamentos y cuya lectura es recomendable antes de la primera ingesta. Nacerle a uno sin haberle previamente pedido parecer, dotarle de conciencia y consciencia para complicarle la existencia, y echarle en mitad de la charca embarrada que suele ser la vida, es – que don Miguel me perdone – una putada.

Y más todavía cuando, según vas viviendo la vida, le vas cogiendo gusto. Es como engancharse a la heroína, vives en tu mundo nebuloso, pero terminas hecho un trapo. Cuando te das cuenta, no hay metadona que te salve, porque la vida mata. El único consuelo (que a la mass-media le sienta bien) es que, para olvidar la finitud como ser vivo, se han inventado los smartphones, el consumismo, las modas de temporada, el patriotismo irredento, los colorines de los anuncios y otros mil sucedáneos del nada por aquí, nada por allá y ¡Hop!, el conejo que sale de la chistera.

Concluyendo (y último gerundio). No se vaya a creer el improbable lector que este jubilata mira con resquemor hacia el pasado y con temor hacia el futuro (dure lo que dure), es que le gustaría poder haber pasado por la vida en pura inopia, como la austrolopiteca afarense Lucy, que anda ya por los tres millones y pico de años y sigue igual a sí misma, sin preocuparse de trascendencias, como lo hacía el caviloso de Unamuno. Ese don Miguel, tantas veces citado hoy, quien se preguntaba si el gato acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado. Acaso los humanos, allá en el interior de su caparazón, además de Homo Sapiens sean también inteligentes. Chi lo sa! 

Y es que la ecuación de la vida a ver quién la resuelve…

sábado, 29 de septiembre de 2018

Confesiones de un ex-Diputado.-



En estos días que las cloacas del poder desbordan
por las alcantarillas del periodismo que se alimenta del fondo de reptiles, esta historia, absolutamente ficticia aunque verosímil, sale a la luz para que el improbable lector tenga una idea de cómo funciona el tinglado. 
Si no acaba de entender sus entresijos, no se preocupe, la puñetera realidad política de cada día es aún más complicada. En eso está el truco, en que el respetable se haga un lío y cambie de canal.

"Hasta entonces lo tenía todo: Acta de Diputado, influencias en el negocio de la construcción, negocios en B y una amante de buen ver y mejor palpar. Pero los envidiosos arruinaron mi carrera política.

El Acta, de mi propiedad propia y privada, me la gané a pulso. Los ciudadanos me la dieron gracias a mi habilidad y mi tesón. Porque ha de saber Vd. que entré en los círculos políticos por la base, de botones como quien dice, para llevar los cafés y la prensa al Jefecillo de la Agrupación de Barrio. Éste, a su vez, todas las tardes le llevaba las pantuflas y los chismorreos de los afiliados – que yo le contaba – al Semijefe, a su chalet de Las Rozas.

El Semi, llamado así por los rencorosos a los que yo espiaba, despachaba una vez por semana con el Quasijefe, y le contaba los chismes por cauce reglamentario. El Quasijefe tenía un despacho en Torre Pissarro con moqueta de lana inglesa y secretaria eficiente y bien entetada para lucimiento personal del gerifalte. El Semi, desnatado políticamente y bastante cremoso de ambiciones, lustraba los zapatos italianos del Quasijefe, mientras influía para colocar a sus amigos. A cambio, éstos conseguían votos y voluntades para que el Semi heredase el despacho del Quasijefe, incluida moqueta de lana inglesa y secretaria eficiente y bientetada.

El Quasijefe lo sabía, pero no le importaba, porque aspiraba a la Presidencia de la Consejería Técnica de la Caja de Ahorros Mantua Carpetana, oficialmente responsable de la promoción social de viviendas. Un primo suyo era presidente de la Junta de Portavoces de la Comunidad. Éste había ultimado un proyecto de ley que liberaba varios millones de metros cuadrados para la construcción. Y, casualmente, se trataba de unos eriales propiedad de la familia en el culo de la ciudad, donde se iba a realojar a  miles de marginales y emigrantes.

Mientras estudiaba la carambola político/urbanista/social, el Quasijefe rendía pleitesía los lunes y jueves al Segundo Jefe, de quien esperaba grandes apoyos. No en  vano, la mujer del Segundo Jefe había salido elegida Concejala de los Pobres en la renovación de los cargos municipales; y esto, gracias a los votos de las agrupaciones locales, que el Quasijefe controlaba a través del Semijefe, en connivencia con el Jefecillo de la Agrupación, al que yo llevaba el café, la prensa y las habladurías.

El Segundo Jefe, a su vez, tenía sus ambiciones  puestas en las prerrogativas del Supremo Jefe. Éste manejaba el hacha de los ceses fulminantes con gran habilidad y nadie perturbaba sus privilegios e influencias. Por eso, el Segundo Jefe planeaba una escisión del ala más progresista bajo el nombre de Renovadores con Base. Ironía geométrica basada en el teorema de: altura partida por la base y  me llevo el 3% de comisión.

El Supremo Jefe, con discreción política, jugaba al golf una vez al mes con el Presidente Patrio, en un club exclusivo de Marbella. Cultivaba su amistad a la espera de la alternancia en el poder y nada  perturbaba esa plácida espera.

Yo, en la base de la base – como ya le he dicho – hacía de botones, felpudo y consejero viperino, según las circunstancias. Hasta que mi inteligencia me llevó a ocupar el puesto de Jefecillo de la Agrupación, tras una votación tumultuosa y amañada en la que puse en evidencia la ineptitud de mi antecesor.

Ascendido a pantuflero y correveidile vespertino del Semijefe, le impliqué en negocios de juegos, bingos y máquinas tragaperras. Él recibía pingües comisiones de los empresarios del ramo en calidad de presidente honorario, y yo le presionaba para ser incluido en las listas de diputados a la Comunidad Autónoma. Pero, como él tenía otros compromisos con más influencias políticas, rechazó mi candidatura. Y yo, entonces, pasé información confidencial a una periodista trepa; estalló el escándalo de las tragaperras y el Semi se esfumó en  el limbo de los fracasados.

Por mi labor callada, canalla y eficaz, el Partido me asignó el papel de Semijefe y empecé a visitar asiduamente al Quasijefe en su despacho de Torre Pissarro. Éste, empeñado en alcanzar la Consejería de la Caja Mantua Carpetana, me prometió su cargo - moqueta inglesa y secretaria buenorra incluidas - si la Asamblea aprobaba la recalificación del nuevo paraíso terrenal. Entonces, contraté la empresa de detectives El Sabueso Sutil y, en pocas semanas, sabía de todas las debilidades de los diputados: negocietes promiscuos político/financieros, homosexualidades vergonzantes, ineptitudes manifiestas, utilización de bienes públicos como patrimonio familiar, etc, etc, etc.

Con tacto y habilidad moví voluntades, y la ley recalificadora salió adelante. El Quasijefe me incluyó en la lista de candidatos y me eché de amante a su secretaria por aquello del prestigio social. Todo perfecto y según el horario previsto. Lástima tanto envidioso como hay suelto.

Vistas mis habilidades negociadoras, mis compadres de Partido, con voluntad unánime, me recomendaron al Segundo Jefe. Ellos estaban interesados en alejarme de sus zonas de influencia - ¿sabe usted? - y querían ver en qué quedaba la aventura secesionista que él apadrinaba.  Así me convertí en jefe de filas de Renovadores con Base y el poder iba llegando a mis manos. El Gremio empresarial del Hormigón me nombró su asesor emérito, los Promotores Inmovilistas me pedían consejo antes de comprar terrenos, y el Empresariado Ex-agrícola me regalaba parcelitas en yermos recalificables.

La semana previa a las votaciones autonómicas, el Segundo Jefe le exigió al Quasijefe una participación en el negocio de la promoción social. A cambio le daría su voto, indispensable para lograr la Presidencia de la Caja Mantua Carpetana. Y dicen que no fue ajena a esa pretensión su mujer, la Concejala de los Pobres, que creía haber ganado la concejalía por méritos propios, y no por turbulencias de socapa y mano izquierda.

El Quasijefe, de acuerdo con mi amante, su antigua secretaria, me presionó para que liderara la secesión de Renovadores con Base. Así, el Supremo Jefe creería estar ante una traición del Segundo Jefe y le defenestraría ipso facto. Entonces, el voto para la Presidencia de la Mantua Carpetana sería emitido por una Comisión Gestora de la Caja - cuyos miembros debían favores al padre del Quasijefe –, yo llegaría a lo más alto de mi prestigio político y él se alzaría con el santo y la limosna.

Pero los entresijos de la política se mueven por extraños vericuetos, como usted no ignora. Llegó el día de las elecciones, saqué mi Acta de Diputado, proclamé la secesión de Renovadores con Base y fui el hombre más solicitado por los medios de comunicación. Me llamaban de la tele oficial; me llamaban de las cadenas privadas; se me rifaban las emisoras de radio y la prensa. Asustados, me llamaban mis jefes con promesas o amenazas. La gente, por la calle, se paraba a mi paso y me llamaba de todo... y me gustó.

Visto el ascendente social que los medios me estaban dando, empezaron a temer que las bases del partido me aclamasen como renovador de la ética ideológica; por eso, el Supremo Jefe, el Segundo Jefe y el Quasijefe se conjuraron para perderme. Para ello, recurrieron al Jefecillo de Agrupación de Barrio, un trepa sin escrúpulos a quien yo había puesto. Él sacó a la luz mis chismorreos, el degüello político del Semijefe anterior, los trapicheos inmobiliario y el golpe de mano de los Renovadores con Base. Y hasta mi amante, ex-secretaria del Quasijefe, me denunció por acoso sexual interruptus, violencia de género muy de moda y que escandalizaba mucho en aquellos días.

Me reclamaron el Acta de diputado – ya sabe Vd. cuánto me presionaron -,  pero me negué. Así que, con mi acreditación bajo el brazo, emigré a esta república centroamericana en la que ejerzo mis habilidades políticas. Debido a mi experiencia en el mundo inmobiliario, me contrataron para lavar la fachada patriótica de un militar golpista. 

Con la prensa y la televisión en manos de la oligarquía, he lanzado la campaña de “patria, justicia y pan” que ha calado hondo en el populacho. He convertido al espadón sanguinario en líder carismático, y me he retirado a mi finca. Aquí me dedico al cultivo ecológico de especies botánicas exóticas. Y, aunque mis explotaciones de cannabis sin pesticidas son un negocio floreciente, no consigo olvidar que un día fui diputado autonómico. Miro el Acta enmarcada en plata, y una lágrima de nostalgia corre por mis mejillas."

Si el improbable lector no ha entendido gran cosa, insista, insista en la lectura, que esta historia es un reflejo del juego político actual. Y si, ni aún así se aclara, es porque hay un comisario de la brigada político-social que todo lo enmaraña con sus kilómetros de grabaciones y trampas saduceas. ¡¡¡No se desanime, coño!!!

sábado, 15 de septiembre de 2018

Palinodia o retractación (o no).-


Como el improbable y paciente lector ya sabe, una palinodia es una oda en la que el poeta se retracta de una afirmación ofensiva anterior. Eso dicen que le pasó al poeta Hestesícoro porque escribió un poema echando a Helena la culpa de la guerra de Troya. Lo cual no tiene nada de extraño, teniendo en cuenta la misoginia de la época. Pero, por la razón que fuese, los dioses se lo tomaron a mal y le castigaron con la ceguera, porque, según dijeron, la bella no abandonó a su marido Menelao voluntariamente, sino que fue raptada por Paris. El caso es que el pobre Hestesícoro pidió perdón a la ofendida y recobró la vista. En agradecimiento, escribió la palinodia (nueva oda) ensalzando la belleza y las virtudes de Helena: donde dije digo, digo Diego y pelillos a la mar.

Y en esas estamos. A un servidor, perpetrador habitual de este blog, siempre hay algún lector –  no por improbable menos descontento – que cada vez que uno (escribidor desnortado que es) se sale del camino trillado de las andanzas por los montes, de las elegías veraniegas y de las visitas a los museos y libros y otras cuestiones sin trascendencia, y se mete en opiniones de política patria y sus barrizales, le empiezan a chorrear críticas: Que si no se moja, que si no toma partido y nada en ambigüedades, que si es ciudadano de Ekidistán, que si dice “Estado” en vez de  “España” por miedo a molestar…

Como ya sabemos, la fama, aunque sea al nivel casero de un blog personal, es muy adictiva y, en cuanto pasas quince días sin escribir jota y sin que te lean; o lo que es peor, te pongan a caer del burro por lo escrito, te da un bajón de órdago. En esos casos, nada mejor que escribir una palinodia para contentar a los descontentos y recobrar la buena disposición del lector enfurruñado. 

Solo que, si bien se mira, no deja de ser como echarle un roto a un descosido, ya que el lector, así al por mayor y sin entrar en detalles, es multiforme, proteico y mil-leches. Basta que quieras contentar a uno para disgustar a ciento, de forma que, por hacer de bombero, haces de incendiario, y con el agua de apagar un incendio das pábulo (cuánto me gusta el palabro) a cien hogueras. Total, que lo de la palinodia es un coñazo.

Así que, mil veces estimado aunque improbable e indignado lector (si eres de esos), desde este blog no se va a cantar ninguna palinodia ni retractar por opiniones sobre la polvareda política que ¡Ay dolor de la patria mía! nos está atufando el convivir ciudadano. Que cada palo aguante su vela y coja el viento de través como pueda.

Eso no, al prójimo, por muy adverso que sea en sus opiniones o preferencias políticas, desde aquí no se le tratará sin respeto ni educación. Respeto y educación que dicen mejor de quien los ofrece que de quien los recibe. Aunque conviene deja claro que la ironía, el humor carpetovetónico, incluso el comentario de mala uva y a contrapié, son armas permitidas en los escritos. Y si no, léase al señor de la Torre de Juan Abad, o sea don Francisco de Quevedo cuando dice: Todos los que parecen estúpidos, lo son, y, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen. O lo que dice el admirado don Pío: Solo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Lo que me recuerda que este jubilata tiene 104 amigos en el Facebook ese, e incluso me ha salido recientemente uno que se dedica al vudú. Pero eso ya es regar fuera del tiesto.

Revenons à nos moutons, que dicen los franceses; o no nos andemos por las ramas, que decimos en Carpetovetonia (para los proclives a la indignación patriótica, obsérvese que no he dicho: España). El caso es que, hablando del estupidiario político, como parece que lo de la Diada y los lacitos amarillos, de momento, nos está dando un respiro, ahora tenemos un nuevo juguete: los títulos académicos de Sus Señorías. Esos masters de ciencia ficción que ponen en entredicho el valor científico de nuestra universidad pública, donde se regalan títulos mastericios a quienes acreditan el desempeño de un cargo en el PP o el PSOE , y la obsesión que le ha entrado a la derecha mediática por leer tesis doctorales tan aburridas como la del monclovita Pedro Sánchez, que, como sigan por ese camino, la van a convertir en un best seller.

Nunca en lo que llevamos de democracia coronada (contradictio in terminis, decían los escolásticos), a la casta política le habían importado un carajo las cuestiones académicas y sus titulaciones, hasta que se descubrió lo de doña Cifuentes y su masterización por enchufe. A partir de entonces, y hasta no sabemos cuándo, un currículo académico de cualquier Su Señoría con escaño es una charca donde se pueden pescar ranas y gazapos. Y si son tesis doctorales, miel sobre hojuelas. 

Con lo cual, un servidor  está en un vivo sin vivir en mí. Porque he ido a la caja de zapatos donde guardo los títulos académicos para comprobar que siguen incólumes, y, ¡Ay, horror!, no aparece el de la licenciatura en Geografía e Historia, expedido por la UNED. Miedo me da como se enteren el Sr. Casado y los del pesebre mediático . Porque yo, lo de pagar la matrícula de nuevo, no pienso hacerlo. Prefiero perder el escaño y conservar la pensión.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Regreso a la rutina.-

 Rutina: Costumbre o hábito adquirido de hacer algo de un modo determinado, que no requiere tener que reflexionar o decidir. Eso, según el diccionario. Pues será así para los señores académicos porque, lo que es a este jubilata, aunque la rutina no requiera reflexión o decisión, volver a ella le está costando lo que no está en los escritos.

A lo mejor, en tiempos de don Francisco Silvela, eso de que, en agosto, Madrid era Baden-Baden, pues debió ser cierto. A condición de tener la familia en la playa y disponer de buenos duros para el desmelene agosteño, se entendía. Situación que no se suele dar entre las actuales clases pasivas, que llevamos la familia incorporada (en mi caso, la santa) y con la pensión a medio descongelar por especial gracia del señor Sánchez, actual inquilino de la Moncloa.

Pero no se trataba de eso.

Se trata de que no voy a sofocar al improbable lector contándole nuestras cuitas de readaptación a la rutina de la vida asfalteña. Por eso, ahí queda un cuentecito malintencionado que viene muy a la ocasión. Y dice así:


 La misantropía es una forma de amor, pero a la inversa. Se odia al género humano en general, así, a bulto, sin entrar en detalles, igual que otros se privan por la pasta italiana sin mayores raciocinios. Por eso, Tulio Prudente acostumbraba a pasear todos los días por las playas de Benidorm, para reforzar su amor inverso a sus congéneres.

Despacito, paseaba por la orilla del mar observando a las hembras humanas, orgullosas de sus mamas brillantes al aire, embadurnadas de aceites con sabores a coco, guayaba y otros ungüentos exóticos. Cuando veía a alguna especialmente llamativa, tetitiesa, tostadita y pringosa de aceites, se acercaba con disimulo y, con un golpe certero de su pie, la llenaba de arena. Ella, con chillidos inarticulados, se ponía rápidamente en pie y empezaba a dar saltitos histéricos y sacudirse con energía. El binomio mamario empezaba a balancearse arriba y abajo con vértigos descompasados, y los especímenes masculinos circundantes segregaban  testosterona que los ponía a bramar; eso ante la indiferencia de sus respectivas hembras legítimas, quienes embrutecían sus meninges ojeando la casquería sentimental del cuore en cuatricromía.

Otras veces, se paraba a observar a las larvas humanas, de uno u otro sexo, que correteaban, palita de plástico en la mano, como infusorios a la orilla de aquella charca salobre. Si alguno estaba haciendo castillos con esos cubos almenados de Todo a Cien, él se acercaba y, con la mejor de sus sonrisas, espachurraba los torreones asimétricos y las murallas deleznables de arena. A veces, la cría humana lloriqueaba desconsolada y él, después de mirar a izquierda y derecha, y si nadie le veía, presionaba con la punta del pie sobre sus nalgas para hacerla caer de bruces. El animalejo bípedo se daba de narices contra el agua, echaba un buchito de aquel caldo salino y salía corriendo, entre berridos de pánico, a ponerse bajo la protección de la morsa humana a la que identificaba como progenitora.

Estos pequeños gestos liberaban sus fobias y ponían de buen humor a Tulio Prudente, hasta el punto de sentir una especie de gratitud por sus congéneres. Cuando este sentimiento enfermizo de gratitud le embargaba hasta la felicidad, huía hacia su hotel, se encerraba en su habitación y encendía el televisor.  Normalmente, una sesión de un par de horas era suficiente para actuar de repulsivo; así, recobraba su desprecio por el género humano, y al día siguiente, volvía a pasear por la playa dispuesto a enarenar glándulas mamarias pringosas, encelar machos adiposos y patear con disimulo crías humanas.

Tras quince días de tan inocentes entretenimientos, volvía a la oficina, donde sus compañeros le tenían en gran estima por su carácter plácido y hombría de bien. Tulio, que era allí un modelo de convivencia, siempre pasó por hombre cabal y él se sentía feliz.

lunes, 20 de agosto de 2018

Serpientes de verano.-


Así solían llamarse, en tiempos, las noticias que fabricaban los medios de comunicación en verano para llenar papel diario, faltos de noticias de interés porque todo el mundo estaba de vacaciones agosteñas. Los hechos noticiables eran escasos y aburridos y las rotativas no tenían con qué alimentar el papel continuo, así que se inventaba una serpiente que devoraba bañistas (dicho a modo de ejemplo), y ya tenían materia para ir aguantando durante las semanas de agosto, hasta que el Invicto volvía de pescar salmones en Asturias.

Siguiendo esa dinámica, este jubilata ha ido llenando sus vacaciones serranas escribiendo cartas al improbable lector desde la casa y museo donde suele vacar estos últimos veranos. Eso hasta que la santa y un servidor nos hemos ido unos días a Pamplona, huyendo de los ruidos a puro decibelio asesino y del incivismo de las fiestas agosteñas en Rascafría. Fiestas patronales que llenan nuestra calle Ibáñez Marín de meadas y clínex húmedos alineados en la tapia, como fusilados, con menosprecio al decoro y la higiene pública, y el pobre arroyo Artiñuelo que convierten en un vertedero de envases y plásticos.

Claro está, son subjetivaciones - digámoslo así - y gruñidos de un jubilata setentón, así que el improbable lector no tiene por qué tomárselos al pie de la letra. Ya se sabe, llegados a cierta edad nos volvemos reaccionarios de izquierdas (como suele decir Raúl) y no tenemos aguante.

Pues resulta que, seis días en la capital del Reyno de Navarra, leyendo el diario (así llaman popularmente por estas tierras al Diario de Navarra), han sido como un toque de atención de la realidad que se está viviendo estos días en ambos reinos: el de la patria chica y el de España (dicho sea sin que hablar de ellos, los reinos, signifique tomar partido por tal opción).

Y como si fuesen las vidas paralelas de las que hablaba Plutarco, en ambos reinos, dos noticias, cada cual en su terreno, han llamado la atención de este lector y le han hecho dar vueltas al majín. En Pamplona, la serpiente (o sapo) que se ha tragado el gobierno cuatripartito con lo del Gaztetxe Maravillas, comuna libertaria montada en el antiguo palacio del Marqués de Rozalejo, propiedad de gobierno de Navarra, ocupado por una amalgama de gente de Bildu, anti sistemas puros, okupas en ejercicio, feminismo de brega, radical/nacionalistas, anarquismo y cualquier desencantado con el sistema capitalista. Una especie de falansterio de fraternidad universal – propiedad de todos los navarros, pero usufructuado por los anti – en el que no cabemos los que cobramos pensión, o viven de su nómina y pagan IRPF, ni otros subyugados por el capitalismo y el Estado centralista, sin previa y explícita renuncia a ellos.

Doña Uxue Barkos, presidenta de la comunidad foral y miembro de Garoa Bai – una especie de sucursal del PNV en Navarra – tiene que lidiar con sus socios de gobierno EH Bildu/Podemos, por un lado, y con la ciudadanía por el otro. En medio, el célebre Gaztetxe Maravillas, un paraíso igualitario desalojado por los forales el pasado día 20 y reokupado horas después, con dejación de obligaciones (y consentimiento, según malas lenguas) por parte del gobierno foral, ya que ha renunciado a un nuevo desalojo, primero, y recuperación, después, de la propiedad pública. No puede considerarse que el uso actual del inmueble por personas distintas del propietario sea un mantenimiento contrario a la voluntad del titular", ha dicho el juez en su auto. Si el cuatripartito se la envaina, el juez no tiene más qué decir, así que los forales quietos paraos. Y los ciudadanos, maravillados. 

Lo del paralelismo plutarquiano venía al caso porque aquí, o sea, en todo el Estado español, a Pedro Sánchez también le están saliendo unos granos independentistas que le tienen todo el verano en un puro rasca-rasca. Eso del Torra incitando a sus huestes a atacar al injusto Estado español es para amargarle las vacaciones a cualquier pedrosánchez; más si el conglomerado PP/Ciudadanos entra al juego y le hacen bullying al buen chaval que es Pedro en pleno patio de recreo. 

La cosa es de tratamiento antidepresivo si todos se ponen de acuerdo (independentistas catalanistas y nacionalistas españolistas) para joderle el verano y la gobernanza al bueno de Sánchez. Quien, como ya sabemos, es hombre de maneras tranquilas y de diálogo con no importa qué agitadores de banderas. Por esas cosas de la política, resulta que tanto montan los Puigdemones/Torra enrabietados de amarillo como los Casado/Albert, aprendices  de líderes carismáticos de unidad de destino en lo universal.

Y este jubilata, que le da demasiadas vueltas a las cosas, pensaba, en pura teoría y por tratar de entender: ¿Podrá extrañar a nadie que un Estado soberano, aunque solo sea por puro instinto de supervivencia, replique con contundencia a una amenaza de agresión tan explícita? ¿Qué dirá a sus ciudadanos si, como el cuatripartito navarro, se la envaina, calla y otorga? ¿Qué autoridad tendrá para exigir el cumplimiento de las leyes a sus gentes? Amarillo me pongo de darle vueltas a tanto interrogante sin respuesta clara.

Por eso, regresamos a Rascafría, donde confiamos que los servicios municipales de limpieza hayan limpiado los purines de tanta vejiga juvenil como desaguó en nuestra tapia; hayan restituido la limpieza del cauce del sufrido Artiñuelo, y un servidor pueda hacer largas caminatas por robledales y pinares. Que tampoco pide mucho este jubilata: disfrutar de la naturaleza por unos días más y poner entre paréntesis las cosas de la política, hasta que septiembre nos asenderee por los caminos habituales del día a día.

martes, 31 de julio de 2018

Cartas estivales desde el museo; III.- Canícula, más bichos y lecturas.-



Querido aunque improbable lector:

El verano avanza con ese aire cansino de persona fatigada por el calor, como arrastrando las zapatillas puestas en chancleta. La canícula se va instalando en las largas y tediosas tardes que parecen no tener fin. Un gorrión pía, aburrido, en una rama próxima, y su monótono piar es como esa gota de sudor que te corre por la frente, sin encontrar una mano perezosa que la limpie. Desde nuestra casa sobre el museo se ve, a través del balcón, entreabierto por si entrara una brizna de frescor, el nogal, con sus hojas sesteando, meciéndose perezosas, bajo el peso de esos calores que nos golean con la insistencia y la regularidad de las campanadas del reloj municipal: tam, tam, tam, tam…

Al sobresalto, sobrevenido por la rotura del silencio, a causa de esa urgencia en marcar unas horas que, no obstante, se deslizan cansinas, el libro se te desliza de las manos, los párpados se te abren con la sorpresa de lo imprevisto y caes en la cuenta de que don Marcel Proust te estaba contando, despacito, muy despacito, con minuciosa añoranza de viejo que desgrana sus recuerdos de juventud, sus besos y caricias a Albertina: “Je veux prende un bon baiser, Albertine.- Tant que vous voudrez” me dit-elle avec toute sa bonté… “Encore un? – Mais vous  savez que ça me fait un grand, grand plaisir. – Et à moi encore mille fois plus, me répondit-elle.

Sin lugar a dudas, este hedonismo de esteta, desgranándose en pequeños placeres sensuales, tanto más placenteros cuanto más morosa es su satisfacción, leído en horas en que todo cristiano viejo está digiriendo el cocido, no es lo más apropiado ni para disfrutar el placer de una lectura intrascendente, ni para arrancarnos de la vulgaridad de nuestra existencia de veraneantes soñolientos y sudorosos.

Pero, de verdad, querido, paciente y siempre improbable lector, si las horas caniculares pasan lentas, perezosas, torpes, las primeras horas de la mañana son rientes, fresquitas, y hasta yo diría que pizpiretas y gozosas. Nosotros, la santa y yo, a las ocho de la mañana ya estamos dando un paseo por el camino de El Paular, respirando ese sabor a humedad que sube de los prados y se desprende de la arboleda de junto a la carretera.  

En el pequeño jardín de nuestra casa y museo, a veces, cuando vamos a salir, el petirrojo que se ha instalado allí desde hace semanas, viene a darnos los buenos días y se contonea ante nosotros, confianzudo. Da saltitos a nuestros pies, nos muestra su pechera rojiza, juega a esconderse entre los rosales; luego, con menudo aleteo, se posa sobre la verja y comienza a exhibirse - un saltito aquí, otro allá - como diciendo ¿Habéis visto nada más bonito que yo? Es, nos parece a nosotros, como un  niño presumido y un tanto irresponsable, ya que por allí suelen merodear un par de gatos cimarrones, cuyo sustento depende de su habilidad predadora y no de la comida envasada de supermercado.

También hay, entre la vegetación que cubre el paredón que cierra el jardín en su parte posterior, un mirlo con el que yo tengo algunas cuestiones pendientes por derechos de usufructo no bien deslindados. 

Sepas, improbable lector, que dentro del recinto hay unas matas de frambuesas que, estos días pasados, han dado sus frutos como pequeñas moras de gránulos rojizos, y nos las hemos estado disputando en dura competencia. Yo espero a que vayan madurando, día tras día, para irlas picoteando en la mata (aplazado placer proustiano, como los lentos besitos a Albertina, podríamos decir), mientras que él, sin respetar el lento proceso de maduración que marca la madre naturaleza, se comporta como un tragaldabas y come sin discriminación táctil, olfativa o gustativa. 

Si alguna vez le he sorprendido en plena tragadera, emprende el vuelo, lanzando unos graznidos de alarma que no se compadecen con la musicalidad habitual de estas aves, y se pierde por los vericuetos de la maleza. Yo creo que lo hace como diciendo: ¡Que te den!, estúpido bípedo humano y torpe, que como más deprisa que tú y no me pillas.

Me gustaría contarte, amigo lector improbable pero siempre presente en la intención de estas cartas, alguna más de las menudencias veraniegas de este jubilata, pero por hoy basta. Me temo que, si éstas mías te llegasen escritas sobre un folio, éste se te caería de las manos. No sabemos si por el tedio causado por las nonadas que en él puedas leer, o porque los calores veraniegos piden más bien cervecita y piscina, y déjeme usted de rollos…

Como quiera que sea, quedo tuyo afmo.,

viernes, 20 de julio de 2018

Cartas estivales desde el museo, II. Bichos.-



Querido aunque improbable lector:

Esta vez me gustaría hablarte de insectos, cánidos y otras divagaciones. Aunque no estoy seguro de que por ese orden.

Subía la otra mañana, con la fresca, por el camino del robledal que lleva desde las Arreturas hacia la pista que cruza la subida al puerto del Reventón. Apenas eran las ocho de la mañana, el bosque olía a silencio y a los restos del frescor de la noche pasada, cuando sentí espeluznárseme el vello de los brazos y ponérseme carne de gallina. Y no era por el frío, sino por una sensación como de alerta que me sobrevino de forma, digamos, tan imprevista como irracional. 

Antes de ser consciente de ningún peligro, percibí el ruido de un animal deslizándose sigilosamente por entre el matorral del sotobosque por sobre el talud del camino y que me cerraba el paso a mis espaldas, en caso de yo querer retroceder. Pensé: algún perro asilvestrado que me sale al camino, y saqué el artilugio espanta-perros que llevo para las ocasiones. Es un mecanismo que emite ultrasonidos. Los perros son tan sensibles a ellos que se alejan con el rabo entre las patas y no tienes que defenderte de ellos a bastonazos.

El animal, agazapado a mis espaldas, entre las matas, se mantuvo a distancia prudencial. Pero mi sensación de peligro permanecía; la respiración entrecortada, los músculos en tensión, los ojos asustadizos, intentaba localizar de dónde vendría el posible riesgo… ¡Joder!, me dije con la sorpresa previa al pánico: Ante mí, un lobo adulto, el jefe de la manada por su aspecto, me miraba a varios metros de distancia, camino arriba. A un lado, un poco por detrás suyo una loba y dos lobeznos. Una familia lobuna que acababa de tropezarse con el desayuno, se me ocurrió pensar con un resto de humor negro, previo al terror incontrolable que empezó a apoderarse de mí.

Pero, vaya usted a saber por qué me dominé, me acordé del Pobrecito de Asís y su diálogo con el hermano lobo, así que controlé mis ansias de salir corriendo monte abajo, forma segura de convertirme en despensa ambulante de la troupe lobuna. Decidí hablarle, siempre con el artilugio espanta-perros a mano. Con voz pausada, controlando los trémolos de miedo que querían escapárseme de la garganta, le dije: Tengamos la fiesta en paz, amigo lobo. Sepas que, si me coméis, mi carne tendrá sabor a plomo; al plomo que os van a meter en el cuerpo en cuanto mis congéneres descubran vuestra fechoría. Harán batidas con escopetas y fusiles de mira telescópica hasta daros caza y os dejarán la piel como un colador. En el mejor de los casos, apresarán a los lobeznos, que terminarán  en una reserva, convertidos en espectáculo para turistas y en eunucos sobrealimentados. Los adultos habréis perdido la vida y ellos, los pequeñuelos, la libertad y, lo que es peor, la dignidad de animales salvajes. Así que, amigo lobo, cada cual por su camino y este encuentro como que no ha tenido lugar.

Según le hablaba, su mirada, de feroz y calculadora – no olvidemos que yo era su presa y él quería cobrarla sin riesgos – fue adquiriendo una expresión así como reflexiva. Sus colmillos, que hasta el momento asomaban amenazantes, en gesto previo al ataque, se fueron ocultando tras los belfos. Puede notar que el animal se distendía. Avanzó hacia mí con gesto de amo de la situación, me olisqueó la media ortopédica que llevo en la pierna izquierda, y, para no perder la dignidad ante los suyos, al pasar, me golpeó con su flanco en mi pierna, de modo que me hizo perder ligeramente el equilibrio.

A un gesto suyo, se agrupó la pequeña manada: él delante, la hembra con los dos cachorros después, y el lobo joven cerrando la comitiva. La loba, me fijé entonces, tenía las mamas colganderas, como de haber criado a sus retoños, y se le marcaba el costillar bajo la piel. Los lobeznos, por lo que parecía, debían haberle exprimido las ubres sin consideración hasta dejar a la madre en los huesos. Ella volvió la cabeza hacia mí, me miró con ojos golosos y hambres atrasadas. Se le notaba que, gustosa, hubiese arriesgado la vida con tal de llevarse a las fauces unas chuletas de jubilata, aunque la carne estuviese acecinada por la edad y con sabor a plomo futuro de escopetas al acecho.

En nada se parecía a la mirada del chucho abandonado con el que me tropecé el otro día cerca de las piscinas municipales. A las ocho y media de la mañana estaba saliendo de casa para iniciar una marcha desde las Arreturas hacia la presa colmatada del Artiñuelo, por su margen derecho, cuando vi aquel perro abandonado cerca de la piscina municipal. El tercero que veo en los días que llevamos aquí. Era un dálmata, tumbado sobre el asfalto, al calor de los primeros rayos de sol, que se levantó nada más verme – tenía un aspecto bastante perjudicado, el pobrete –, y, con esa mirada de pena perruna que se les pone a los animales de compañía que han perdido al amo, se echó a un lado para que el rey de la creación pasara sin ser molestado, y me miró como si esperara un poco de compasión por mi parte.

Tengo yo una relación ambivalente con los perros. Por un lado, de fobia, consecuencia de cuando me he tropezado con alguno de sus congéneres en medio de algún camino. Animales agresivos que te enseñan los dientes, gruñen, y defienden un territorio que, si fuesen seres racionales, sabrían que es público y de libre tránsito. De otro lado, en cuanto que animales de compañía, les tengo una cierta simpatía. Siempre sin olvidar que no dejan de ser una especie invasora del espacio doméstico, pues casi no hay casa en la ciudad que no tenga alguno; se cagan por las calles y sus sucios dueños (con las excepciones que haya lugar) no recogen las heces. Si en vez de un perro, o a la vez, hubiese un par de niños en cada casa, la pirámide poblacional ensancharía por la base y los viejos seríamos una especie en extinción y no en expansión, como en estos últimos decenios.

Quienes sí me caen simpáticas, son las luciérnagas. Suelen encender sus luces fosforescentes, como minúsculos semáforos entre la hierba y por las tapias, a la caída de la noche. En el jardín de nuestra casa sobre el museo, siempre vemos alguna. Las hembras lucen sus galas luminiscentes a la espera de los machos que sobrevuelan buscando acoplamiento, y nuestro pequeño jardín se ilumina de puntitos de fosforescencia, como una verbena en miniatura. Lástima que la contaminación lumínica del alumbrado público les hace dura competencia y distrae a los machos de su función reproductora. Aunque aún está por saberse si hay algún luciérnago enamorado contra natura de una farola municipal.

¡Ah! No se me olvide decírtelo, improbable aunque imprescindible lector: el encuentro con los lobos de la otra mañana, fue cosa de la imaginación fabuladora, a la que dejé que se desbocara mientras chuzaba camino arriba y así me distrajera de los sudores y afanes camineros. La loca de la casa, la llamaba Teresa de Ávila, y no debía de faltarle razón, ya que sigue sus propios vericuetos mentales sin lógica aparente. En este caso, inventó, porque le vino en gana, la historia que te acabo de contar. Así que, de lo dicho, menos lobos, Caperucita.

Pero, si algún día, lector carísimo, te tropiezas con algún lobo en algún andurrial perdido, recuerda a Francisco de Asís y el lobo de Gobbio, según nos cuenta Rubén Darío:

…Francisco, con su dulce voz, 
alzando la mano al lobo furioso,
dijo: ¡Paz,  hermano lobo! El animal  
contempló al varón de tosco  sayal;
dejó su aire arisco, 
cerró las abiertas fauces 
agresivas, y dijo: 
Está bien, hermano Francisco.

Y si las suaves palabras franciscanas no funcionan con el lobo, tú, por si acaso, invoca al poverello d’Asís para que interceda, porque la cosa es peliaguda. Y si tampoco, date por jodido, hermano.

Por hoy no tengo más qué contarte, lector amigo. En nuestra casa, cada tarde, se instala el calor y, mientras tecleo esta carta, de las axilas, aunque bien lavadas, sale un leve tufo a sobaquina. Perdona la vulgaridad que antecede y el abuso de confianza al sincerarme contigo sobre materia tan poco apta para una confidencia, fruto, sin duda agraz, de la amistad que te profeso. 

Piensa que hubiera sido peor - lo digo en mi descargo - si hubiese hecho una descripción morosa del dicho fenómeno de sudoración al estilo de Marcel Proust, quien invirtió unas 30 páginas para describir, con minuciosidad de entomólogo, el beso en las mejillas sonrosadas que le dio a su amiguita Albertina. Lo digo porque estoy leyendo Du côté de Guermantes, lectura muy veraniega, apta para tiempos de lento discurrir de las horas caniculares.

Quedo tuyo afmo.,