miércoles, 19 de noviembre de 2014

Música y silencio.-


La santa y un servidor ya estábamos echando de menos la asistencia a los conciertos del Auditorio Nacional algunos domingos por la mañana, cuando el tarifazo que nos ha impuesto el ministro de la cosa de la cultura nos lo permite. A la inauguración de la temporada no pudimos acudir porque estábamos de viaje, pero, por fin, este domingo pasado hemos hecho nuestra particular rentrée de la temporada  de conciertos de la OCNE.

No sé si alguna vez se ha dicho en esta bitácora, pero se dice ahora: este jubilata es bastante tradicional en cuestión de música clásica. No tanto porque (aparte su particular tríada capitolina: Bach, Brahms, Beethoven) piense que esta triple divinidad representa la quintaesencia de la armonía del universo, cuanto por la falta de una formación musical sólida. Un servidor, sabedor de esas carencias, no está dispuesto a levantarse en armas por la Suite nº 5 para chelo del Divino Bach, frente al la Pavane de Monsieur Fauré, ni a odiar a Luis de Pablo por su incomprensible Sueños (creo recordar), que un día, para desesperación, tropezó en las orejas de quien esto escribe, allá en el Teatro Real hace unos decenios.

Consciente de tantas lagunas como un servidor tiene en su educación musical, hace ya mucho tiempo que decidí dejar de cogérmela con papel de fumar – no se me malinterprete: la afición melómana – y abrir la mente a las nuevas expresiones musicales que nacieron en el siglo XX, como la dodecafonía, el cromatismo o la hipertonalidad. Por cierto, ese concepto de hipertonalidad no había llegado a mis entendederas hasta este último concierto en el Auditorio, Treno a las víctimas de Hiroshima, del polaco Penderecki: 52 instrumentos de cuerda transmitiéndonos el horror, la angustia y el lamento de los habitantes de aquella ciudad, masacrados en aras de la eficacia bélica.

Esta obra Treno (Lamento), por lo leído después en casa, originalmente se tituló 8´37”. Lo cual, por complicarle la vida a este melómano en zapatillas, me ha hecho recordar esa otra titulada 4´33”, con su triple Tacet, de John Cage. Interpretar una obra triplemente silenciosa en una sala de concierto sin que el respetable se lo tome a mal, tiene su riesgo. A menos que aquél esté advertido de que la mudez del piano le pone en la obligación de ser el intérprete coral del silencio musical. Silencio lleno de sonidos que nacen del rebullir inquieto del espectador en las sillas, de las toses a medio sofocar, del leve crepitar de las hojas del programa en busca de una explicación coherente al silencio del intérprete… 

Los sonidos involuntarios de la masa de asistentes sustituyen a la creatividad del compositor porque, nos viene a decir mister Cage, el silencio puro no existe. Él ya hizo la prueba en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard y descubrió, en medio del silencio atronador, los graves y los agudos de su propia circulación sanguínea y su sistema nervioso. 

Lo cual, puestos a divagar un poco más, desmontó a posteriori una experiencia estética que este jubilata vivió en su visita al desierto de Wadi Rum, en Jordania, junto a la formación rocosa que llaman Los Siete Pilares de la Sabiduría. El beduino que guiaba dijo que si éramos capaces de permanecer callados unos minutos, oiríamos el silencio en estado puro. Un servidor lo oyó; oyó que no había ningún sonido y experimentó, al cerrar los ojos, que estaba en el instante 0´-01” antes del nacimiento del Universo.

Bien es verdad que en aquellos años (exactamente, era la semana santa de 1996) un servidor no había oído hablar de la cámara anecoica de Harvard ni del experimento de John Cage. De entonces acá ha llovido bastante y ha habido tiempo de escuchar obras de Arnoldo Schoenberg y enterarse de qué es eso de la atonalidad y descubrir que ya no es capaz de avanzar un par de notas antes de terminar la frase, como en las composiciones clásicas, porque no existe un núcleo tónico en torno al que organizar la composición.

En fin, que uno ya no puede escuchar con oídos  inocentes la Ofrenda musical del Padre Eterno J. S. Bach sin oír los engranajes de la cámara anecoica de su propio cerebro, donde rebullen conceptos de difícil comprensión como los dichos de “atonalidad”, “hipertonalidad”, “cromatismo”. Uno ya no puede oír, con la sensación de placidez que da la ignorancia, el Capricho para piano, coro y orquesta del Sordo Divino, sin que por entre sus conexiones neuronales le corra  esa advertencia del dicho Arnoldo: “la incapacidad del acorde tonal para imponerse sobre los demás”.

Un servidor tampoco pide tanto, sólo escuchar un poco de música “clásica-clásica”. Menos mal que a Treno siguió el Concierto para piano y orquesta nº 2, de Liszt.  Las manos de la pianista Katia Buniatishvili corrían sobre el teclado con la precisión de quien domina el mundo sonoro y desvela todos los secretos que el melenudo Franz ocultó entre el marfil de las teclas. Además, Katia se nos apareció escultural con un vestido ceñido y escotado, de lamé rojo, que era una gloria verla. La verdad, no solo hizo vibrar al respetable con su interpretación, es que, encima,  la tía estaba como un queso.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Nosotros / Los Otros.-


El problema de estos tiempos confusos que vivimos es que uno nunca está seguro de si conceptos como “democracia”, “derecho a decidir”, “reivindicación” valen lo mismo o no en función de quienes los esgriman como argumentos. Este jubilata lleva tiempo nadando en esa perplejidad y apenas consigue mantenerse a flote entre los escollos y aristas que les han salido a estos grandes conceptos, antes puertos de seguro refugio y hoy garrotes con que abrir la crisma al vecino si difiere en su interpretación.

Si democracia es el gobierno del “demos”, del pueblo, uno entiende, ante todo, que se trata de una cuestión de solidaridad: entre todos nos damos las leyes que rigen la sociedad, y los recursos sociales son comunes en función de necesidades y capacidades, con independencia de la extracción social de cada cual o de su lugar de residencia o procedencia.

Un servidor, que es un tanto jacobino – vaya por delante tan vergonzosa confesión – siempre ha creído en la necesidad del Estado en cuanto garante del principio de solidaridad interclasista. Pero, desde que el muro de Berlín se fue al garete y el neoliberalismo se quedó sin competidor que le hiciera sombra, el Estado-nación, dicen los ideólogos del sistema, se ha convertido en una maquinaria pesada y devoradora de recursos que entorpece el libre ejercicio del mercado y el capital.

Todos sabemos cómo se empezó a vaciar de contenidos al estado. Entre nosotros, la U.E. asumió competencias que antes eran regalías de sus estados miembros; y lo hizo, en contra de nuestras esperanzas, para preocuparse más de la libre circulación de bienes y servicios que de los derechos, supuestamente ya consolidados, de sus ciudadanos. Derechos que va esquilmando a fin de que la libre empresa no tenga cortapisas. Ahora estamos en un proceso a largo plazo por el cual la Europa de los Estados-nación está dando paso a una Europa de las Regiones, a una fragmentación basada en razones identitarias. Lo que llaman naciones sin estado, pero con identidad propia. Cada ciudadano en su tribu.

Ventajas para la ideología neoliberal: que así se rompe la solidaridad entre los pueblos de un Estado-nación y se priva a éste de parte de sus recursos fiscales. Eso significa, por una parte, – ya digo que son elucubraciones de un jubilata descorazonado – que el Estado ya no puede atender a las necesidades comunes (educación y sanidad gratuitas, transportes públicos, etc.) y por otra, que cada Región se desinteresa de la suerte de otros pueblos con los que convivía y consume, por lo tanto, menos recursos fiscales para mantener la solidaridad. Lo que significa menos gravámenes a las empresas; lo que significa más desregulación, más capitales para la inversión, menos trabas para la especulación financiera.

Pero este es asunto que, para ser aceptado por el ciudadano común, necesita apoyarse en algo tan visceral como la cuestión identitaria, la comunidad de destino, la noción de territorio, tradición y lengua. Todo ello debidamente agitado en las cocteleras nacional-regionalistas, se convierte en el bálsamo de Fierabrás que curará de todas las supuestas ofensas ocasionadas por quienes, hasta el telediario de ayer, eran conciudadanos y hoy son "los otros" frente a "nosotros"; son sospechosos de mala fe, opresores, aprovechados que se han llevado por la cara las riquezas fruto de nuestros esfuerzos. Y si no, échese un vistazo al mapa de Europa: los padanos frente a los indolentes sureños de Italia; los flamencos industriosos frente a los walones ineptos, en Bélgica; los ucranianos rusófonos contra crimeanos, o viceversa; catalanes irredentos frente a murcianos, manchegos, andaluces…, eso que llamamos, de momento, España. Y, sobre todos ellos, el ojo vigilante de J. P. Morgan.

A modo de ilustración
Claro que, por encima de todo, quién lo duda, está el “derecho a decidir”, la libre expresión democrática de un pueblo frente al estado devorador de recurso y opresor; nosotros nos ocupamos de lo nuestro. Lo que a nadie le explican, porque no conviene, es que el sacrosanto derecho a decidir su propio destino es una cáscara vacía. Los políticos que se elijan a un lado u otro del Ebro, los que se elijan en Escocia o Inglaterra, serán distinta casta sacerdotal, pero aquí y allá profesan en la misma creencia neoliberal y obedecen al mismo dios Mercado.   

En 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín; en 9 de noviembre de 2014 se empieza a levantar otro muro en el Ebro. Otros muros identitarios irán surgiendo en Europa; si no, al tiempo. Este jubilata ya no sabe si se abre o se cierra un paréntesis histórico, pero aborrece de las fronteras.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Caminata asfalteña.-

Este sábado pasado tenía pensado hacer una marcha con el club de montaña por el Alto Tajo, pero la excursión no cuajó. Un tanto frustrado por quedarme sin disfrutar de aquellos parajes naturales, decido sustituirla por una paseata por los asfaltos madrileños, auxiliado por la cámara fotográfica y un pequeño bloc de notas para tratar de ver con ojos curiosos de paisajista la monótona sucesión de calles, edificios y grandes vías con las que me cruzaré al paso de mis zapatillas deportivas. Como el recorrido lo conozco, no llevo mapas ni brújula, aunque sí – deformación de caminante avezado – tomo nota de las calles por las que camino y los horarios, así como observo construcciones en ladrillo, cemento o similares, sin olvidar una referencia a la fauna asfaltícola que puede observarse a lo largo del recorrido.

La cosa es como sigue: 09:50 a.m. Salida de casa y subida por Virgen del Val. El viejo mercado de San Pascual lo están remodelando y pasará a ser explotado por una cadena de distribución alimentaria muy conocida en el barrio. Al final de la calle, el bar Los Peques con su pizarra a la entrada, donde cada mañana se escribe un texto curioso. El de hoy:-  “Cariño, después de tantos años, ¿todavía te gusto? – No, todavía no”. 10:06 a.m. Juan Pérez Zúñiga con su parquecillo y la fuente que llamamos “de Manzanillo”; una especie de pecera de cristal horrorosa, iniciativa del antiguo alcalde Álvarez del Manzano. 10:15 a.m. Esquina con Arturo Soria. Sigue en pie, como patrimonio protegido, el antiguo chalet  ALMA (en el frontispicio). Uno de los escasos vestigios de la Ciudad Lineal diseñada por aquel célebre arquitecto. Desmantelado su pequeño parque, el edificio es un esqueleto triste y sin alma donde seguro que los huesos de don Arturo no encontrarían reposo. 

La calle Arturo Soria es, hoy día, una vía saturada de tráfico, en la que las antiguas casas individuales han sido sustituidas por bloques de lujo y chalés adosados. Apenas quedan restos de los viejos pinares, aunque conserva bulevares arbolados todo a lo largo de su recorrido. En el cruce con Hernández Tejada, un muchacho negro vende bolsas de pañuelos en el semáforo a los conductores. Es el primer espécimen de este tipo que veré a lo largo del recorrido. El resto de la fauna bípeda local son paseantes madrugadores, con abundancia de jubilados y monjas. Sorprende la cantidad de instituciones religiosas que hay en esa calle, en un alarde de interpretación interesada que, del mandato sobre la pobreza evangélica, predicaba su fundador hace veintiún siglos. Se ve que la fuerza del mensaje se ha diluido un tanto con el paso del tiempo.

10:50 a.m. Cuesta del Sagrado Corazón. Cruce sobre la M 30. Desde el puente, una panorámica del primer gran proyecto de ingeniería viaria que tuvo Madrid. Kilómetros de asfalto de sur a norte, como una enorme arteria por la que circula el torrente de vehículos que, cada mañana, forma trombos y atascos.Hoy no, que es fiesta.

La Cuesta emboca en Caídos de la División Azul, donde las casas elegantes viven discretamente tras sus ventanas. El caminante está de paso y allí solo es un extraño, indiferente a las heroicidades a que alude la calle y a la burguesía que allí habita. 11:15 a.m. Pza. Duque de Pastrana, que cruzo de cuatro zancadas para entrar en la calle Dolores Sánchez Carrascosa. A la espalda de la plaza, un curioso edificio con bóvedas bulbosas al que nunca me he acercado.

En seguida, Mateo Inurria, que me lleva hasta la plaza de Castilla, 11:19 a.m. Allí, el gran depósito del Canal YII, el pirulí dorado e inútil de Calatrava en medio de la plaza, y las dos torres inclinadas que llaman Puerta de Europa. 

La Castellana, 11:22 a.m., con pocos viandantes y menos tráfico. En la esquina con Alberto Alcocer, un pobre renquea sobre su muleta pidiendo en el semáforo. Los conductores cierran la ventanilla. El negocio no es precisamente el de las pasadas Torres Kío, donde los Albertos dieron el pelotazo. 11:37 a.m. Estadio Bernabeu, varios desangelados Homer y Bart Simpson  de goma espuma y otros industriosos de la supervivencia intentan sacar unas perras a los devotos que visitan la catedral del futbol. Estos modestos emprendedores autónomos tienen poco que hacer frente a la máquina financiera de Florentino Pérez y sobreviven de las migajas.

11:56 a.m. Joaquín Costa. Como quien dice, acabo de doblar el cabo y mi camino toma la orientación de mi barrio. Pero antes hay que pasar por la plaza República Argentina, con la fuente y sus delfines saltarines. Cuando aquel asunto Matesa del franquismo, se dijo que era igual que esta fuente: todos los peces gordos estaban fuera. Parece como si no hubiera pasado el tiempo. 

En la esquina de Serrano, una mujeruca con abrigo talar y pañuelo a la cabeza, se empeña en el oficio de reunir algunas monedas en el semáforo, mientras los conductores ponen cara de estar en otros asuntos. En el 48 de Joaquín Costa, un monasterio cisterciense de RR. MM. Bernardas. El lugar más sorprendente y a despropósito para un monasterio de clausura.
A las 12:11 a.m. en Avenida de América. De aquí, de cabeza al metro.

Temperatura durante el circuito: en torno a los 9 grados. Cielo despejado y viento suave y fresco. Paisaje ciudadano: sucesión interminable de asfalto, edificios dispares estética y funcionalmente. Fauna: bípedos aislados o en grupos dispersos, algunos sobreviviendo en condiciones adversas. Paisaje sonoro: ruido de vehículos de tracción mecánica y fragmentos de conversación al paso; ocasionalmente, un zureo de paloma. Paisaje olfativo: ligeramente acre; a veces, bocanadas de aire fresco. Impresión general: sábado por la mañana y nada que hacer. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

La literatura o la vida.-

Imagínese el improbable lector  qué cara pondría si le dijese que este sábado pasado me he acercado al Museo Arqueológico, a las salas de Prehistoria, con la peregrina intención de ver la industria lítica del Paleolítico Medio. Raro, ¿no? Más que raro, ganas de llamar la atención; o aún peor, una desconexión total con el mundo exterior, una manifiesta incapacidad de adaptación al medio. 

Pero los que ejercemos en clases pasivas disponemos de todas las horas del reloj para ir tapando los huecos que va produciendo la vida a su paso. Una vez cumplidas las funciones elementales de la supervivencia, como son la comida y el sueño, el resto son casilleros vacíos que deben rellenarse de gestos en apariencia inútiles  - inútiles porque de ellos no se deriva ninguna consecuencia práctica, como el ganar dinero o trabajar para que otros lo ganen –, sin mayor objeto que la justificación de nuestro estar en el mundo.

Puesto que los jubilatas ya no somos Homo oeconomicus ni  Homo faver, sino una subespecie de Homo sapiens, variedad otiosus, aunque solo sea por justificar lo de “sapiens”, nos damos una vuelta de vez en cuando por museos y exposiciones de la capital del reino. Y sí, es verdad que este sábado pasado estuve deambulando por entre las vitrinas dedicadas a la Prehistoria. Y todo porque este verano, en el mercadillo de los miércoles en Rascafría, le compré al marroquí que suele montar su tenderete de pulseras, pendientes y otros aderezos low cost, un par de puntas líticas prehistóricas.

Se trata de dos puntas labradas sobre lascas obtenidas mediante la técnica que los arqueólogos llaman Levallois: un núcleo de piedra del que se obtienen lascas arrancadas mediante percutores rudimentarios al golpear sobre él con el ángulo de incidencia apropiado. A euro me costó cada pieza; el marroquí me dijo que se las traían de la zona del Atlas, y me mostró una caja llena de raederas, raspadores y otros utensilios prehistóricos por el estilo. 

Yo me acordé del individuo neandertal que las fabricó y del escaso margen comercial  – no se olvide, a euro la pieza - que debió quedarle al pobre a pesar de su habilidad en la talla. Ciertamente, la obsolescencia programada no entraba entre sus planes, ya que de entonces acá han pasado más de cuarenta  mil años (tirando por lo bajo) y las dos puntas siguen tan ternes. Eso sí, la funcionalidad la han perdido desde el Calcolítico o, por lo menos, desde la Edad del Bronce.

Ahora bien, estas piezas, si hay suerte y nadie desbarata el yacimiento, terminan en un museo; y si no la hay, en un mercadillo y en manos de un jubilata ocioso que hace de ello una buena excusa para pasar una mañana en el Museo Arqueológico y recordar viejas nociones de cuando era universitario y le mareaban con la periodización del Paleolítico y tenía que aprenderse las láminas de industria lítica desde los bifaces hasta las hachas pulimentadas. Y total para qué, ni al neandertal de mis puntas de flecha le aprovechó gran cosa su habilidad, ni a este jubilata, en la vida práctica, le fue de utilidad distinguir entre una herramienta lítica musteriense y otra magdaleniense o solutrense.

Quizás el improbable lector se pregunte qué necesidad había de titular esta entrada “La literatura o la vida”, cuando se ha dado la tabarra con las piedras prehistóricas. Como todo lector se merece una explicación, confesaré que el título de marras se me ocurrió a raíz de una conversación que tuve con un amigo. 

Éste aseguraba que él jamás lee literatura de los años 50 (que es cuando él nació) en adelante. Afirmaba que la literatura producida a partir de esas fechas nunca será tan rica en vivencias como las que ha vivido a lo largo de su vida; que aquélla es un falseamiento de una realidad que él conoce por experiencia, estudio y observación, infinitamente más interesante en cuanto que la realidad social, conocida a través de las ciencias sociales, da una visión más acabada y cierta del mundo que conocemos. No hubo posibilidad de entendimiento, menos cuando los que vemos en la literatura un escape a la mediocridad ambiente, debemos reconocer nuestra incapacidad para aceptar una realidad que se nos hace cada vez más compleja e inabarcable.

Feliz aquel neandertal que tallaba sus herramientas líticas a la boca de la cueva, ignorando que, unos pocos miles de años después, el Neolítico iba a sentar las bases de la sociedad compleja que ahora conocemos. Más le hubiera valido no evolucionar y seguir cazando mamuts. Nosotros ahora andaríamos con un taparrabos, pero dichosos en nuestra dulce inocencia roussoniana. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Unos días en Menorca.-


¿Quién, cuando se habla de unas cortas vacaciones en Menorca, no piensa inmediatamente en calas recoletas, toalla playera, crema solar y rebozo de arena con panza al sol, vuelta y vuelta? Pues, en este caso, de eso, muy poco; a pesar de que íbamos en un viaje de turismo social con Mundo Senior, sin más obligaciones que tomar el sol y pasear. La santa y un servidor nos hemos dedicado a recorrer la isla, disfrutar de sus paisajes y – rarezas de jubilatas pasados de vueltas – observar las distintas formas de poblamiento que se han dado en ella. Quizás no sea la forma más habitual de aprovechar un viaje a un lugar de turismo de masas, pero sí es muy interesante.

Quizás el improbable lector no lo sepa, pero un servidor se lo cuenta, el 123 a. C., Quinto Cecilio Metelo desembarcó con tropas romanas cerca del cabo más septentrional de la isla (hoy, Cap de Cavallería), en un lugar llamado Sanitja, donde estableció un campamento del que aún se conservan restos. La visita no es recomendable en tiempo de tramontana, como cuando fuimos nosotros, porque puedes terminar arrastrado como una hoja seca.

Pero los asentamientos más antiguos hay que datarlos en la cultura megalítica, en torno al 1000 a. C. La isla está llena de vestigios de la cultura talayótica y enterramientos en navetas. Si uno se da una vuelta por Binissafullet puede hacerse una idea de aquellos asentamientos al ver un talayot, una taula y restos de habitaciones circulares (“cercles” los llaman allí) que fueron habitadas de forma continuada hasta romanos y árabes. Muy cerca, en el parque megalítico de Trepucó, hay un talayot que los ingenieros militares franceses reformaron en 1781 para instalar artillería y lo fortificaron con un muro en forma de estrella, defensa militar típica de la época.

Lo cual nos dio la pista para conocer que, a partir de 1756 y durante algunos años, la isla estuvo en manos francesas. Consecuencia de esta corta dominación es la fundación de la población de Sant Lluís. Fue decisión del gobernador Conde de Lannion para agrupar a la población dispersa en las alquerías de los alrededores. Aparte un pequeño museo etnológico instalado en un viejo molino de viento, el pueblo no tiene más interés que el hecho de que sus calles se trazaron en planta ortogonal, puro racionalismo dieciochesco.

Y ya puestos, era obligada la visita al próximo Es Castell. Su trazado urbanístico es obra del ingeniero militar inglés Patrick Maekelar, quien lo diseñó a partir de la gran Plaza de Armas (hoy, Plaza de la Explanada), en uno de cuyos extremos está la estatua en bronce dedicada a un pregonero inglés, con su casaca, calzas cortas y tricornio. Su traza respondía más a necesidades militares que habitacionales de una población civil. Pero el asentamiento original nació en tiempos de nuestro Carlos I y V de Alemania, como arrabal del castillo de San Felipe, en la desembocadura del puerto de Mahón.

Para descansar de tanta racionalidad urbanística lo propio era acercarse a Binibèquer Vell, un antiguo villorrio de pescadores, hoy un complejo turístico donde se ha mantenido la típica forma constructiva de la antigua aldea, con callejuelas retorcidas por donde no cabría un borriquillo con serones. Casitas blancas y apiñadas unas sobre otras, puertas y ventanas azules, y una sensación – si no fuese porque sabemos que la iniciativa turística lo hizo “typical” a propósito – de estar callejeando por una medina norteafricana.

Los palacios de la nobleza local están muy bien representados en Ciudadela. Nosotros visitamos el palacio Salort, de la familia Martorell. Tiene el edificio una fachada neoclásica coronada por un gran frontón soportado por pilastras acanaladas, rematadas por capiteles jónicos. Hacia la plaza Des Borns tiene una bellísima logia de gusto italiano. 

Y esa catedral construida en gótico catalán, mandada levantar por Alfonso III en S. XIV, con una portada neoclásica adosada a su fachada de poniente, nos hizo recordar (salvando las distancias en cuanto a monumentalidad) a la que Ventura Rodríguez diseñó para la catedral de Pamplona. A este jubilata siempre le ha parecido (salvo opinión autorizada) un pastiche esto de ocultar la fachada de un templo medieval con una especie de retablo pétreo neoclasicista. Siempre me ha parecido que los próceres del Siglo de las Luces se avergonzaban del legado arquitectónico heredado de los siglos oscuros en que la religión del Galileo prevalecía sobre la diosa Razón.

Pero no vaya a pensar el improbable lector que la cosa fue solo de piedras viejas. Hubo unos ratos de playa y brazadas en el mar. También visitamos un par de veces el parque natural de la Albufera d´Es Grau y observamos su vegetación donde abundan los acebuches y lentiscos, entre otras especies. Pero la cosa daría para otra entrada, así que solo se deja dicho para que quede constancia.

Y, además de todo esto, nos quedaba por practicar el gran deporte del jubilado, modelo IMSERSO:  el asalto al autoservicio del hotel: Platos llenos a rebosar con todas las suculencias de colesterol y grasas que ofrece la cocina en serie; abundancia de postres dulces con total menosprecio del sobrepeso y la diabetes; aplicación a rajatabla de la máxima “de lo que no cuesta se llena la cesta”, y bailongo agarrao por la noche. A decir verdad, aquí se habla del jubilata-tipo (modelo Imserso) y de sus previsibles comportamientos, con todas las salvedades que hagan al caso.

Pero sí es cierto que regresamos a casa con las inevitables ensaimadas menorquinas. ¿Se ha visto algo más entrañable y castizo que una turba de jubilados caminando por el aeropuerto cargados de ensaimadas? Mientras siga siendo así, el mundo seguirá siendo un lugar habitable.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

Las aficiones raras.-

Dicen por ahí que todo es opinable y el título de esta entrada también lo es. Solo que aquí se ha optado por este título como concesión a la galería. Si por raro se entiende “escaso”, “poco frecuente”, o expresión similar, entonces sí lo es. Pero no por referirse a aficiones estrafalarias, de tal manera que quien las practica sea un bicho inclasificable para el que no existe casilla entomológica en la que encuadrarlo. Son, por decirlo así, rarezas inocentes, inofensivas y cultivadas en la intimidad y sin ánimo de escandalizar.

Viene al caso porque algún improbable lector le ha reprochado a este jubilata esa afición tan suya a hacer presa en el estupidiario político patrio. Entrada sí, entrada también, se acaba hablando en esta bitácora de las genialidades con que el faunario político autóctono y sus adyacentes andan tocando las meninges al paisanaje, y la cosa acaba siendo previsible. 

“Hoy el jubilata hablará de tal”, piensa el sufrido lector. Es decir, con el material que tenemos a mano: Esta semana podríamos hablar de ese consejero de sanidad de Madrid que llegó a la conclusión de que un guante que tocó una cara nos ha traído la plaga bíblica del ébola; o del putiferio que se ha organizado con las tarjetas negras (¿por qué coños “black”?) de los consejeros de la extinta Caja Madrid y actual sumidero de recursos públicos que es Bankia.

Pero no, esta vez este jubilata tiene el firme propósito de hablar - con circunloquios; o sea, mareando un poco la perdiz -  de una de sus aficiones raras que cultiva con mimo. ¿Alguna vez el lector que pasea por esta bitácora ha oído hablar de una modestísima revista que se llama Mélissa? Melisa (μέλισσα, en griego) es tanto como abeja. Es el título de una publicación bimensual en latín editada en Bruselas por Guy Licoppe y Françoise Deraedt en colaboración con la Maison d´Érasme y la Academia Latina de Roma.  Pues bien, a fuer de jubilata rarito, un  servidor está suscrito a ella y, encima, la lee.  

Los asuntos que en ella se proponen (históricos, filológicos, literarios…) uno podría encontrarlos en otras publicaciones de divulgación cultural, solo que aquí sus autores los escriben en latín. Lo que significa – pásmese el lector inadvertido – que el latín no es la lengua muerta de que nos hablaban en el bachiller (a los que hacíamos Letras), o en la Facultad, sino una lengua tan ágil y fresca como para expresar cualquier idea o noticia de la más inmediata actualidad.  Y no vaya a pensarse que es cosa, eso de cultivar latines actuales, de cuatro sesentones con la chaveta mal encajada, porque es lengua hablada en la actualidad en Europa y América (al menos) por gente docta que la usa como vehículo de comunicación habitual.

Algunos no llegaremos a tanto; a doctos, digo, pero nos sentimos privilegiados ahora que ya balbucimos la lengua y somos capaces de comprender de corrido una conversación y las lecciones impartidas en ese idioma que, durante siglos, fue común al mundo mediterráneo y, hasta el S.XVIII, fue lengua científica.

En estos tiempos en que los más cultos europeos se expresan en latín, se pregunta este jubilata, por qué la política educativa de este país ha casi borrado de los planes de enseñanza las Humanidades, como antiguallas inútiles, convirtiendo los centros docentes en un apéndice del mercado laboral; lugares donde no  se forma universitarios, sino que se fabrica técnicos. Y mira que ya nos lo advirtió don José en su “La barbarie del “especialismo”, donde nos explicaba que la Técnica nace de la cópula entre el capitalismo y la ciencia experimental, pero que no toda técnica es ciencia. Así, los técnicos que salen de las aulas son fuerza de trabajo en reserva, no intelectos operativos.

Pero a ver quién se lo explica al verboso ministro y ex tertuliano Sr. Wert, qui, mea quidem sententia, acumine ingenii non excellet. 

martes, 7 de octubre de 2014

Cobayas.-


“Gracias por haber participado en esta investigación clínica. Quizás usted no recuerde haber dado su consentimiento, pero fue enrolado en diciembre de 2007, al comienzo de la gran depresión. Su tratamiento no ha sido administrado por médicos o enfermeras, sino por políticos, economistas y ministros de finanzas. En el marco de este estudio le han hecho seguir, lo mismo que a millones de personas, uno de los dos protocolos experimentales siguientes: austeridad o reactivación. La austeridad es un medicamento destinado a reducir los síntomas de la deuda y del déficit para tratar la recesión. Consiste en disminuir los gastos gubernamentales en materia de cobertura médica, de asistencia a los parados y de ayuda a la vivienda.”

“Si ha recibido una dosis experimental de austeridad, habrá notado, seguramente, profundos cambios en el mundo que le rodea. Si, en cambio, forma parte del grupo de la reactivación, su vida, posiblemente, no ha sido alterada por el paro y la recesión. Incluso es posible que se encuentre con mejor salud que antes de la crisis…”

Así comienza el artículo Cuando la austeridad mata (Las consecuencias sanitarias de las políticas económicas), publicado por Le Monde diplomatique este mes de octubre. Es lo que tiene dejar de rascarse el ombligo con las noticias domésticas tan llenas de fervores nacional-periféricos que hacen olvidar la realidad de los males sociales, que uno acaba enterándose de haber sido sometido a un experimento quirúrgico-económico. Bueno, un servidor y también el improbable lector: todos convertidos en conejos de indias a los que nos han extirpado derechos sociales: hoy te privatizo hospitales, mañana te recorto ayudas a la dependencia, anteayer te podé los derechos laborales, y así.

El artículo toma los dos ejemplos europeos más contrapuestos del experimento: Islandia y Grecia. El segundo es ese tratamiento para caballos que la Cirujana de Hierro Merkel y su equipo de guardia nos ha impuesto para salvarnos del virus que, previamente, nos inocularon cuando lo de Lehman Broders y las subprimes aquellas. 

Dice el refrán español que quien bien te quiere te hará llorar, y mucho nos deben querer el FMI, el BE, la UEE y sobre todo nuestro gobierno cuando nos tienen quejumbrosos con lo amargo de su medicina. Pero ya se sabe que lo hacen para curarnos de aquel absurdo optimismo de cuando nos creíamos que la educación, la sanidad, los derechos laborales, eran un bien que nos habíamos ganado con el esfuerzo de  las generaciones que nos precedieron; bienes que pensábamos dejar en herencia a las siguientes generaciones. Ahora sabemos que no era más que un préstamo con intereses usurarios que nos vemos obligados a devolver, so pena de desahucio.

Pero no, no éramos más que lustrosas ratas de laboratorio en las que experimentar nuevos medicamentos que demuestren la eficacia de la ideología neoliberal. Y con el fin de que aceptemos la medicación sin rechistar, ahí está la sabia advertencia que a los ciudadanos del Sur hizo la doctora Merkel, quien dijo refiriéndose a Grecia: Estos países pueden ver que el camino iniciado por Grecia no es fácil. Por lo tanto, harán lo que puedan por evitarlo.  Claro aviso para convalecientes díscolos. Por eso nuestro Mariano sigue el tratamiento con tanta sumisión.

Por eso, también, esa resistencia que nació de las asambleas callejeras, de los 15 M, de los Rodea-el-Congreso y mareas de distintos colores que han brotado como sarpullido un poco por todas partes. Un virus resistente, una especie de inmunodeficiencia que por estas tierras recibe el nombre de Podemos, y en Grecia, de Syriza. Si siguen tomándonos por conejillos de indias, quizás estos sarpullidos terminen convirtiéndose en un ébola inmune a toda la farmacopea neocon y a ver qué hacen los Marianos de plantilla con la sanidad desmantelada. “Los experimentos, con gaseosa”, dijo Eugenio D´Ors.

Un servidor, desde su atalaya jubilata, así lo ve y así lo dice. ¿No será contagioso,verdad, doctora?

miércoles, 1 de octubre de 2014

Paraísos.-



El CCCM viene a ser como la CCCP de la extinta Unión Soviética, pero en plan club privado donde se retiran a sestear los viejos elefantes de la política. Es pura coincidencia lo de las iniciales CCC pero unas y otras son un paraíso a su modo. La CCCP (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) aspiraba a ser el paraíso igualitario donde cabrían todos los desheredados de la tierra. El CCCM (Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid) es un paraíso excluyente donde solo caben unos pocos privilegiados.

Diez, exactamente, contando al exministro Ruiz Gallardón. Precisamente ese que hace unos días nos dijo que dejaba todos sus cargos públicos y se retiraba de la política. Claro que, gente que sabe de estas cosas, como Iñaki Gabilondo, ya nos lo pronosticó más o menos así: “Gallardón dice que se va de la política, mañana lo tendremos otra vez”. La verdad, joden los profetas que aciertan. Sobre todo porque algunos ciudadanos ya nos habíamos hecho la ilusión de que don Alberto se retiraría a sus lares para escribir sus memorias y demostrarnos qué lumbrera pierde la Patria con el desaire que le ha hecho Mariano.

Uno se pregunta qué utilidad tiene eso de la CCCM y, según parece, es que se dedican a asesorar en cuestiones de legislación a los municipios madrileños y la comunidad autónoma. Lo cual debe ser algo de absoluta necesidad  para el buen funcionamiento de la cosa pública de la administración madrileña en general; y no hay por qué dudar de ello, para algo fue invento de doña Espe, la Lideresa carismática. 

Lo que no se entiende bien – este jubilata, al menos, no lo alcanza con sus entendederas – es por qué políticos de postín que rompen la baraja y dicen que se van del todo, al día siguiente se montan de nuevo en el coche oficial y se apoltronan en un chiringuito hecho a su medida. Dos ejemplos tenemos en casa: la susodicha doña Espe, quien dijo que dejaba la política y se iba a cuidar a su mamá, y terminó de presidenta del PP en Madrid; y ahora don Alberto, quien no ha tenido tiempo ni de deshacer las maletas de ministro y ya es flamante Consejero consultor de un club exclusivo, por cuya pertenencia le pagamos 5.500 € (impuestos aparte) todos los ciudadanos de esta provincia.

El improbable lector me echará en cara que no hable de otros que han hecho otro tanto o parecido. Le aseguro, sin faltar a la verdad, que un servidor está hecho un barullo y solo recuerda unos pocos. Así, a bote pronto, ahí está el inefable Arias Cañete, que dejó un ministerio anodino por una poltrona en la Eurocámara, más cómoda y con mejor paga. Aparte que le van a nombrar, según dicen, comisario de Acción Climática y Energía, que es como darle las llaves del gallinero a la zorra.


Que hay otros muchos de otro signo político, haberlos haylos. Antiguos dirigentes socialistas, ahora viejos y gordos a quienes cualquier Podemos callejero les espeluzna y no aspiran más que a una vida confortable y a los menos alborotos posibles. En estos momentos me viene a las mientes el señor Leguina, consocio de Gallardón en la CCCM, y don Felipe (el González, no el VI), quien preside un comité de sabios de la Unión Europea y, en sus ratos, asesora a Carlos Slim, el hombre más rico de Méjico y de parte del universo. Que cada cual vaya engrosando la lista a su gusto. Pero que no se olvide: a todos ellos les pagamos su feliz jubilación con largueza. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

El estrafalario peso de la púrpura.-

A veces, en esta bitácora se escapa algún texto burlesco cuando se habla de personajes públicos y este jubilata no siente la necesidad de excusarse por ello. Todo el mundo entiende que la burla que un quídam hace de los poderosos no es más que el peaje que éstos han de pagar por estar en el candelero y disponer de parcelas de poder que ejercen no siempre (o muy pocas veces)  a favor de quienes le pusieron allí con sus votos. Y no digamos si se trata de la casta que llegó a lo más alto de su escala jerárquica sin el concurso de sus feligreses o adeptos, sino encumbrados por especial favor del dedo divino.

Claro que, por si las moscas, un servidor, antes de meter el dedo en el ojo a un personaje, se ha parado a mirar si en el suyo propio hay una paja o una viga evangélica, o una simple catarata. Y descubre que puesto a reírse de estos estrafalarios personajes con los que se topa de vez en cuando, también cuenta con una buena dosis de rarezas en sus propias alforjas. Esas pueden ser cosa de la edad, de la esclerosis neuronal tras tantos quinquenios de actividad, o del simple capricho por ser original frente a tanta mansedumbre mass media como uno observa por ahí cuando se finiquita un banquero o cualquier personaje conspicuo y forrado de pasta.

Pues eso, antes de hablar de ese purpurado obispo de Valencia de la foto, que quiere pasar por ser un cardenal renacentista con su corte y no es más que un anacronismo, un vejete ridículo embuchado en metros y metros de capa roja como un chorizo sobrado de pimentón, un servidor quiere confesar que también es un tanto estrafalario, o friki, en sus gustos. 

Ya hace algún tiempo confesé mi gusto por el latín, lengua que estudio desde hace algunos años, y mi lamentable desconocimiento de la angliparla. Pero, puestos a ser originales, piénsese que el inglés lo habla hasta la alcaldesa de Madrid; o sea, una vulgaridad de aeropuerto y carta menú de chiringuito playero. Aparte que Xavier de Bradomín ya se lo dijo a la Niña Chole cuando navegaba hacia Tierras Calientes, que el inglés era lengua de mercaderes, piratas y herejes.

El caso es que el amigo Chus, también jubilata, también aspirante a chamullar la lengua de Cicerón, me envía las fotos de marras y trae a colación un texto de Erasmo que viene al caso. Se trata de Abbatis et eruditae colloquium (Coloquio entre el abad y la mujer culta). En la pelea dialéctica que mantienen, el abad dice a Magdalia que las Letras son tarea impropia de la mujer, de la misma forma que las alforjas lo son para un buey. Ella, con ironía, le responde: Atqui negare non potes, quin magis quadrent cliteliae bovi, quam mitra asino aut sui: “Pero no puedes negar que le cuadran mejor las alforjas al buey que la mitra al asno o al cerdo”.

No querría un servidor comparar a un mitrado con una acémila o un gorrín, cosa que sí hace Erasmo, pero lo de este obispo tan sobrado de capa roja como escaso de modestia es para tomárselo a coña. A estas alturas del telediario, no parece que la dignidad de un cargo haya que medirla por la longitud de la capa magna que exhibe, sino por la honradez con que se ejerce ese cargo. Si de púrpuras se trata, seguro que te la venden por docenas de varas en cualquier corteinglés. La cantidad es cuestión de potencia en la tarjeta de crédito, y no una muestra de dignidad.


A propósito de tantos metros de púrpura, he echado un vistazo al evangelio de Mateo en la Vulgata – uno, entre otras, tiene esa rareza de ver qué dicen los libros sagrados de los cristianos –,  allí donde Jesús dice a su gente (en latín, ya que estamos en ello): Et qui voluerit inter vos primus esse, erit vester servus: “Y el que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo”. A ver quién es el guapo que se pone a servir a los prójimos liado en tantos metros de oropeles y vestiduras, aparte que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Pero ya vale de dar la coña con los príncipes de la Iglesia, sus ropajes y sus teologías. Nuestra sociedad tiene cosas de más urgencia de qué preocuparse y pasa de armiños. Además, en cuestión de coña anticlerical, Erasmo de Rotterdam lo hacía con más ingenio. Pero siquiera en eso este jubilata es erasmiano, en que prefiere una mujer inteligente a un asno purpurado.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El teatro del mundo.-

El improbable lector perdonará por este título tan barroco que me ha salido, pero a uno le viene a las mientes la carreta de las Cortes de la muerte, guiada por un diablo, con la que se tropezó don Quijote. Iban en ella un ángel, un emperador, un cupido, una dama y un caballero, entre otros personajes, y todos ellos – ya nos lo dejó advertido don Pedro Calderón de la Barca – representaban el gran teatro del mundo. Figurantes que, terminada la función, dejan de interpretar sus papeles. Se despojan de sus ropajes, de forma que ya no hay distinción entre el príncipe de la Iglesia y el criado, el diablo y el rey, quedando todos ellos en simples mortales. El simbolismo quedaba claro: la muerte a todos nos iguala una vez acabada la comedia de la vida.

Durante esta última semana, en la comedia de la vida que nos hacen vivir de figurantes, este jubilata se ha encontrado con dos personajes de quienes no sospechaba que tuviesen corazón: el gran banquero (con nombre de pillaje) de este país que podemos llamar Expaña, que sí lo tenía – corazón, digo – porque un infarto le fundió los plomos, y el emperador Calígula. Del primero no hay más que hablar, ya se ha encargado de su panegírico la Prensa sumisa; y en cuanto al segundo, aquí se habla del que nos legó Albert Camus.

Del programa de la obra.
Ese Calígula, no atrabiliario, como nos cuenta Suetonio en su Vida de los doce Césares, sino cuerdo hasta la crueldad como método. Un Calígula que quiere llevar la lógica hasta sus últimas consecuencias, por encima de la vida y del sufrimiento humano. 

Si, según le exigen sus consejeros aúlicos, el erario público, la buena marcha del sistema económico, están por encima de los propios sentimientos de un emperador, entonces, incluso la vida ha de quedar supeditada a este supremo fin. Así lo entendió Calígula. El ser humano tiene una importancia secundaria; sus sentimientos, sus emociones, su vida toda, tienen un valor escaso y pueden sacrificarse en interés de un sistema que exige todo tipo de sacrificio para su perfecto funcionamiento.

Conocida la premisa – la economía es el supremo bien – no hay límites morales, políticos, de justicia, de humanidad, que impidan sacar la conclusión que la vida, la compasión, el sufrimiento, se pueden violentar hasta la aniquilación.

Pero el banquero nuestro y el emperador romano no se parecen tanto como podría pensarse. El primero tenía una víscera cordial que se le fundió de tanto acumular pasta y poder; el segundo – al menos, el personaje de Camus – tenía un corazón atormentado, era de una sensibilidad enfermiza, y no estaba interesado en el vulgar dinero, sino en ejercer el poder hasta sus últimas consecuencias: su propia muerte, al comprender lo inalcanzable de sus sueños. El primero se conformaba con ser el Master number One de las finanzas y no contaba con morirse; el segundo buscaba una muerte desmesurada y pasar a la Historia. Calígula muere gritando ¡A la Historia, Calígula, a la Historia!, mientras que de nuestro gran banquero sólo nos queda la libreta de ahorros que cada cual tiene en un cajón de la mesilla de noche.

Vulgar destino el de estos tiempos en los que la mezquindad de los poderosos sacrifica la humanidad al logro económico, faltos de un Calígula desmesurado y clarividente, sacrificado por sus propias víctimas, que sólo aspiraba a un imposible.

Aunque no se trata más que de un juego en el escenario de la vida, por esta vez, este jubilata se ha puesto trascendente. Es que leer a Camus o ver su teatro te hace preguntar por el sentido de la vida y de la sociedad que vivimos, aunque solo sea un ratito. Metafísico estás, le decía Babieca a Rocinante; Es que no como, le contestaba éste en aquel soneto de Cervantes. Y es verdad, tampoco nosotros no comemos más que ideología elaborada, digerida y envasada en las cocinas del pensamiento único, y estamos ayunos de ideas que tengan sustancia.

Claro que siempre nos quedará la venganza poética, y podremos acabar como Calígula, gritando (en francés, que queda más patético): Je suis encore vivant!

Pero, coño, qué se habrán creído.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El jubilata como activo tóxico.-

Estos días pasados andaba un servidor leyendo un artículo de Le Monde diplomatique  (nº 725, Agosto 2014) que lleva por título Devenez actionnaire… d´un individu (Conviértase en accionista… de un individuo). La idea que se propone es utilizar al ser humano como inversión capitalista. Y, según parece, la cosa funciona.

Dicho de forma elemental por quien ignora the technical economist´s angliparla, además de no tener muy claro el funcionamiento de la mentalidad neocapitalista, se trata de lo siguiente: Un individuo se contrata como si fuese una inversión en capital humano y pone a la venta acciones sobre sus ganancias futuras entre varios inversores. Éstos le adelantan una determinada cantidad de dinero (varios miles de euros, o dólares) con los que el tipo hace estudios en una universidad de prestigio, o bien se coloca como directivo en una gran empresa, o monta su propio negocio lucrativo. Durante los siguientes 10 años, o los que se acuerde en el contrato de inversión, el tipo entregará el dinero equivalente al 7% (o lo que se estipule) de sus ingresos líquidos como dividendos a los accionistas.

Con ese fin, existen en América compañías como Upstat, Pave o Lumni, donde se pueden firmar estos contratos de capital humano.  Por supuesto, de partida se exige disponer de un buen currículo o presentar unos proyectos atractivos que ofrezcan la suficiente garantía a juicio de los expertos financieros. Así, la fuerza de trabajo pasa de ser una mercancía (caso de un contrato laboral corrientito) a ser producto financiero, transformable en múltiples títulos de propiedad con los que se puede especular.

Según parece, es un negocio bastante corriente en el mundo del fútbol. Un club hace un contrato millonario a una lumbrera del balompié y, para no arriesgar todo su capital, vende acciones de ese fichaje a un fondo buitre. Cuando el futbolista sea revendido a un nuevo club, los especuladores que hicieron la inversión ganarán una plusvalía con la reventa del contrato. Tiene la ventaja de que, siendo una e indivisa la gallina de los goles de oro, su valor de mercado puede dividirse en títulos y éstos ser dispersados entre distintos fondos especulativos.

Dándole vueltas al asunto, este jubilata había pensado en convertirse en capital humano fraccionable en títulos financieros, de forma que, con el capital inicial entregado por los inversores, pudiese mejorar su mediocre nivel de vida. A cambio, aceptaría el compromiso de pagarles el 3% de la pensión hasta el finiquito por defunción. Pero para lograrlo, es fundamental algo de ingeniería financiera que escapa a mis conocimientos de vulgar jubilado.

Lo ideal sería fraccionar estos títulos y mezclarlos, pongamos por caso, con los de un futbolista de postín; tal como hicieron con las hedge funds los especuladores de Wall Street al mezclar hipotecas incobrables con productos financieros sólidos.  Así disfrazados, sería suficiente con que agencias de calificación tipo Standard and Poor’s o Moodys le diesen una valoración AAA+. Seguro que los especuladores a corto me los quitarían de las manos. 

El riesgo que se corre es que, con tanto jubilata a dos velas como hay por el mundo, muchos decidiesen hacer lo mismo que yo tengo pensado. Entonces nos encontraríamos ante un caso – bien conocido tras la última crisis financiera – de productos financieros tóxicos; o, como se les ha dado en llamar, bonos basura. La falta de liquidez llevaría a una nueva crisis económica en la que los bancos de inversión quedarían descapitalizados, ahogándose en el albañal de sus mefíticas subprimes.

Aunque, bien pensado, tampoco es tanto riesgo, y, el negocio, sustancioso. Un jubilata espabilado puede hacerse una pasta con eso de la titulización si coloca, digamos, diez mil títulos a quince euros la unidad. Si, como consecuencia, los activos tóxicos jubilatas ponen en riesgo los fondos especulativos bancarios, no importa. Siempre habrá gobernantes majaderos que saldrán al rescate, inyectando unos miles de milloncejos de euros para que el sistema bancario no pete. 

De verdad, me lo estoy pensando…