viernes, 3 de mayo de 2019

Panorama desde la terraza.-



-El problema de España – me dijo mi vecino el depre tres días antes del intento de suicidio – está en la mala fe de sus políticos. 

La última campaña electoral, con sus garrotazos dialécticos al estilo de la pintura goyesca, con las piernas atoradas en el barrizal del insulto y la descalificación, le habían traído por la calle de la amargura.

Y es que los entresijos de la política son alimento habitual de su decaimiento anímico y por eso los cultiva con morosidad y constancia. Siempre que me lo encuentro en el parque, siempre, es motivo de conversación y lamento. Porque, la verdad sea dicha, mi vecino el depre necesita de los políticos, cuanto más odiosos, mejor, como el drogata necesita del caballo: cuanto más cortado con mierda, más le pone.

Por eso, su habitual pesimismo respecto a la clase política en particular y al género humano en general, no hacía prever el casi fatal desenlace. Es el suyo un pesimismo estándar que palía con los cócteles de antidepresivos que le prepara su mujer y las largas paseatas por el parque del Calero. “Camine mucho”, es la consigna. “Piense poco”, es la regla de oro de su psicólogo personal, el cual viene a ser como el coaching que entrena las neuras de mi vecino. La verdad, nada hacía prever esa ventolera que le dio por tirarse de lo alto de la terraza.

-Usted que suele hablar en latín con él – me dijo el comisario que llevaba las negociaciones con el pre suicida– acérquese pausadamente. Háblele con familiaridad y sin levantar la voz. Convénzale para que se baje del pretil y no haga más el gilipollas.

Por lo visto, alguien le había comentado al policía nuestra manía de hablar en latín coloquial durante nuestros encuentros fugaces en el parque. Por eso debió pensar que dos tipos tan raros, seguro se entenderían bien. 

-Ni latín, ni latón – dijo el presidente de la comunidad de vecinos – Un par de hostias bien dadas…

Mi vecino el depre, en un descuido de su mujer, había cogido las llaves de la terraza, había subido, se había encaramado al pretil y juraba que se iba a tirar al patio: cinco alturas que garantizaban un despachurramiento contra el suelo, con informe de forense y orden de levantamiento de cadáver por parte del juez. Una primicia para el pesebre mediático, que esos días andaba escaso de asuntos, pasadas ya las deyecciones noticiables de la última campaña.

A cuatro voces que pegó en plan histérico: “Me tiro, joder, que me tiro”, haciendo ademán de dejarse caer al vacío, la terraza de nuestra finca y las colindantes se llenaron de vecinos y curiosos. Docenas de móviles haciendo selfis con el suicida al fondo, encaramado en el antepecho. El depre en equilibrio inestable sobre la balaustrada; media comisaría del distrito haciendo barrera entre el suicidante y el personal curioseante. En la calle, dos o tres ambulancias del Samur, varios vehículos del 112, un camión de bomberos con escala, coches de policía destellando en azules, jubilados, parados de larga duración, ociosos en general y paseantes ocasionales haciendo tapón en la calzada, coches dando bocinazos, conductores cabreados (“Que se tire de una vez el mamón ese”).

- Por lo que más quieras – le decía al depre su mujer, con lágrimas en los ojos y desgarro en el ademán, mientras éste hacía equilibrios sobre el pretil – Por lo que más quieras…

-Que le hable en latín, coño – me insistió el comisario – a ver si tenemos la fiesta en paz con ese pirao.

Yo, la verdad, desde que soy jubilata he perdido todo protagonismo, así que me sentía como el relator ese que quería ponerle Sánchez al Torra para hablar de independencia sí o no. Orgulloso de mi papel sí me sentía, aunque todas las miradas se las llevaba mi vecino, haciendo equilibrios sobre el murete de la terraza.

- Cave, amice, noli cadere – le dije, avanzando dos pasos.

- Siste! – replicó – Vade retro! Noli progredere! Que me tiro, ¿eh? Mira que me tiro. O me miserum, mala merces insania, sed ómnium pessimum malum solitudo…

- Venga, Fulano – le repliqué – ¿No ves que ni dios te entiende?

Y así seguimos un rato. A veces en latín culinario, a veces en buen castellano. El caso era, según insistía el comisario por lo bajinis, que le diera largas, a ver si entraba en razón y se apeaba del murete.

Y mientras, la mujer, con cara de susto: Por lo que más quieras, Fulano… Por lo que más quieras…

Tras un buen rato pensándoselo, mi vecino el depre dudó si abandonaría la vena clásica, puesto que la masa de curiosos solo entendía la prosa corriente y se le escapaban las sutilezas de la verba latina. Incapaz de decidir entre el romántico “Adiós, mundo cruel”, en plan Don Álvaro o la fuerza del Sino, y el histriónico “Qualis artifex pereo” neroniano, la verdad es que perdió mucho de su vis dramática. Y yo me di cuenta. Y él se dio cuenta de que yo me había dado cuenta. Falto de espectacularidad y dramatismo, no era plan suicidarse.

Se irguió sobre el pretil, miró al fondo del patio, que quedaba muy, muy abajo, hizo ademán de tomar impulso, se oyó un ¡Ohhh! colectivo – a medio camino entre la expectación y el horror – y el ya ex suicida se lanzó del murete. Pero no hacia las fauces del patio, sino al terrazo de la terraza. Se oyó un ¡¡Ahhhh!! de alivio.

-Ya lo decía yo: ni latines, ni leches – gruñó el presidente de la comunidad – Un par de hostias a este imbécil y cada uno a su casa.

Los presentes empezaron a felicitarme y a darme palmaditas. Todos querían hacerse selfis conmigo. Todo el mundo me miraba con simpatía, excepto la mujer del depre, en quien sorprendí una mirada como de resquemor. Y me pareció raro, ya que, desde hacía tiempo, ella me ponía ojitos amorosos. Se ve que ya se había hecho al papel de viuda consolable, y yo le había chafado la oportunidad. Debió ser por eso lo de la mirada de través…

Todo ha vuelto a la normalidad en la escalera. Mi vecino el depre se da largas paseatas por el Calero, se toma sus cócteles de antidepresivos, sufre estupendamente con los debates políticos de la Sexta, execra a TV13 y sus tertulianos, y, de vez en cuando, cuando yo bajo al DIA, echamos unas parrafadas y hablamos sobre lo mal que va el país. Y su mujer, definitivamente, tiene una mirada de reproche cada vez que ella y yo coincidimos en el ascensor.

Pero a mi santa no le he dicho nada de todo esto. Para una vez que tiene un héroe en casa...  

miércoles, 10 de abril de 2019

Libro viejo.-



¿El improbable lector recuerda a qué huele una librería de viejo? ¿A papel amarillento y rancio, a rincón no ventilado, a espelunca penumbrosa, a silencio y paso del tiempo? Puede. Pero, sobre todo, huele a viejas lecturas dormidas y a letra impresa acurrucada en montones de libros apilados por las esquinas; a rimeros de libros apoyados contra las paredes desconchadas, o bien, ordenados en ringleras en viejas estanterías que se comban bajo el peso de tantas historias. 

Pero también huele a continentes inexplorados, donde el lector – si se decide a conquistarlos – encontrará ríos torrenciales de palabras; a enormes desiertos de apariencia inhóspita, pero donde una mirada al texto hace aflorar mil imágenes imaginadas; a montañas infranqueables de páginas y páginas que llevan con esfuerzo a las cumbres más placenteras de la lectura. Ante cada librería de viejo hay – fíjate bien, improbable pero siempre amigo lector – un ángel flamígero que no te arrojará del paraíso en nombre de ningún Yahvé cabreado, sino que te invitará: Entra, husmea, ojea y hojea: Tolle, lege!

Pero no creas que las encontrarás, las librerías de viejo, digo, en las grandes calles comerciales, junto a los primark o los burgerking de consumo rápido; las encontrarás discretamente sobreviviendo en alguna de esas calles del casco viejo de tu ciudad o en un barrio sin pedigrí. Allí están, esperando que algún lector, mientras pasea sus ocios, se tropiece con ellas al azar, meta las narices por el hueco de la puerta, se decida a entrar y empiece a curiosear. Cada título impreso en el lomo, cada nombre de autor en la portada, son pequeños cebos que atraen la mirada y despiertan el apetito de lectura del curioso.

Déjate atrapar y te convertirás en ese pez sorprendido, que, con el cebo de la curiosidad, se traga el anzuelo de la lectura. Entonces, las palabras, los párrafos, los capítulos, las páginas numeradas que se suceden ordenadamente unas a otras, serán como el sedal que tira de ti y te arrastra por la trama de la historia que tienes ante tus ojos. Cuando termines el libro, habrás descubierto un mundo nuevo, habrás vivido una aventura sin moverte de tu rincón de lectura preferido. Y, lo mejor de todo, se te despertará el apetito de nuevas lecturas en viejos libros que dormían el sueño polvoriento de los olvidados, hasta que tú fuiste a rescatarlos de la indiferencia y el abandono.

Eso le suele pasar a este jubilata en sus flaneos (perdone, por Dios, hermano; pero lo del flâneur gabacho a un servidor le gusta mucho) por las calles de Lavapiés tras las clases Senior en la UNED. Callejear sin rumbo, curiosear dondequiera te lleven tus zapatos, espiar al paso los balcones, observar el grafiteo de las paredes, las fruterías con verduras exóticas, los tropecientos restaurantes pakistaníes e indios con sus aromas especiados, y, mira qué casualidad: una librería de viejo…

Subes por la calle de la Fe y, en una puerta de calle que da a un tabuco de aspecto descuidado, ves un cartel colgado: Fotocopias, encuadernación, vida laboral, curriculum vitae y otros servicios más que dice ofrecer. En el suelo, al pie de un expositor rojo que debió conocer tiempos de mayores glorias comerciales, donde se exhiben libros “Semana de la gastronomía”, hay un folio protegido por una funda de plástico, donde dice que esto es la Librería 7 Colores

Entras, el empleado está abducido por la pantalla de un smartphone de esos. “Buenos días – dices -, ¿puedo echar un vistazo?” Y el tipo: “Buee…”. La pantalla le reclama antes de terminar el “Bueeeeno…”, así que te deja a tu aire. Te mueves entre libros que cumplieron su ciclo vital y ven pasar con somnolencia el tiempo. Dormitan en ese limbo del olvido que forman las estanterías pegadas a las paredes y los rimeros amontonados en el suelo. Curioseas los títulos de los lomos, haces unas fotos y, lector que eres, buscas algo que te llame la atención: Las veladas de Santa Eufrosina, de don Julio Caro Baroja. Colección de relatos nacidos de una estancia del autor en la Academia de España en San Pietro in Montorio. Está editado por la editorial familiar de los Baroja, la Caro Raggio, en 1995. ¡Bingo! Pagas – esta vez el empleado sí te hace caso – guardas en el macuto la pieza cobrada y te vas.

Sigues tu flaneo, ahora por la calle Ave María con giro a la derecha por la calle de la Esperanza arriba. A la altura del número 5, una puerta cristalera, un cartel LAVAPIES NO SE VENDE. Pegada al montante de la derecha, una estantería vertical llena de libros a 1 € la pieza. Al pie, una banasta de plástico y libros que se regalan; junto a ella, un tiesto con una planta esmirriada. Arriba, una pizarra, y escrito con tiza: Librería Eleutheria y el horario comercial. Eleuteria: Libertad.

Al interior, los libros parecen estar cómodos en sus estanterías. Entra luz por los ventanales. Incluso hay unos silloncitos donde uno puede sentarse a leer. La persona que está allí pudiera pasar por uno de aquellos anarquistas, apóstoles de la libertad individual por encima de las normas sociales. Tiene mediana edad, con una melena partida por una calvicie en lo alto del cráneo. Unas gafitas de intelectual ácrata, aspecto amable y atención concentrada en un portátil en el que va catalogando los libros que tiene sobre la mesa. Pido permiso, fotografío, curioseo.


El local parece ser un híbrido de librería y vivienda: hay una barra en escuadra dividiendo lo que parece ser una cocina del resto del lugar, un microondas, una cafetera (creo recordar) y utensilios domésticos. El lugar invita a quedarse, pedir un café al dueño y charlar de los problemas del barrio, de la turistificación, de los fondos buitre que expulsan a los inquilinos para montar esas pateras turísticas de extranjeros que van y vienen por los empedrados del barrio, arrastrando una maleta con ruedinas y guiándose por el Google Maps para encontrar su alojamiento provisional.

Pero no es el caso. Hoy es el día de husmeo de librerías. No saldrás de ésta sin pagar el óbolo correspondiente a cambio de La Conquista de Madrid. Paletos, provincianos e inmigrantes. Abierto el libro al azar, estos párrafos: Gloria Fuertes, en uno de esos ripios con que hizo el traje lúcido y ñoño de Madrid, escribió:

No puedo decir: Madrid es mi tierra,
tengo que decir mi cemento,
y lo siento.

Y añade el autor: Está claro que para estos madrileños a tiempo parcial, Madrid sólo puede ser su cemento. No hay que dudarlo un instante, la cosa promete 229 páginas de entretenida lectura. También esta pieza va al macuto. 

Entre la calle Tres Peces y Torrecilla del Leal,un Café Cultural la Infinita, una invitación a un cafelito y una ojeada a las nuevas adquisiciones. Luego, subes por Torrecilla del Leal, sales a la calle Magdalea, Antón Martín, calle de Atocha, y estás de lleno en el tráfago de gente y vehículos. Vas corriendo al metro para huir a tu barrio, palpando la caza de hoy y anticipando el placer de las lecturas.

Pero no olvidas otros cazaderos de viejos libros que ya descubriste hace tiempo, y de los que queda una referencia en forma de entrada en esta bitácora .(se puede ver aquí). Se trata de La casquería Libros al peso, en el mercado de San Fernando, en la calle Embajadores. Tomas lo que te apetece y te lo pesan en una báscula, como quien compra medio kilo de higadillos de pollo. O la librería Nicolás Moya, librería médica, en la calle Hortaleza. Librería que, por cierto, tiene los días contados y el destino de cuyo local será convertirse en una de esas tiendas donde se venden cruasanes y bollería rica en colesterol y pizas al corte. Comida rápida para turistas escasos de euros y de tiempo porque hay que verlo todo, todo, ya que estamos visitando esta ciudad tan cara. 

Respecto a eso del ángel flamígero, custodio de las viejas librerías, del que se ha hablado más arriba, no se lo tome el presunto lector al pie de la letra. Era una forma de llamar su atención. Aunque este jubilata algunos sí ha visto en sus correrías. Lástima que un tanto alicaídos...

domingo, 10 de marzo de 2019

Lugares donde nunca vamos.-


Seguro que el improbable lector ha hecho alguna vez una excursión a un lugar donde no va nadie. A un lugar que no sale en las guías turísticas, alejado de las grandes rutas viajeras. Pues no es el único. También nosotros. El otro fin de semana fuimos a visitar Totanés, pueblo a 30 k de Toledo. 

¿Que no le suena el nombre? Este jubilata sí tenía noticias de este pueblo manchego porque, en su lejana infancia, allá por los años cincuenta del siglo pasado, le llevaron una vez a visitar a su tío Eloy, maestro de escuela rural que allí desasnaba chavales. Y, como resulta que hay en ese lugar una rama familiar Azaña con la que me une un lejano parentesco, y tengo en el barrio una amiga y prima que es de aquel pueblo, consanguínea de tercera o cuarta hornada, pues decidimos que estaría bien visitarlo.

Quienes fuimos a visitar el pueblo estábamos seguros de que don Quijote tampoco tuvo noticias de él. Ni pasó por allí camino del Toboso para ver a la sin par Dulcinea, quien, por cierto, resultó ser una moza un tanto hombruna. Aldonza Lorenzo se llamaba, hija de Lorenzo Corchuelo, y era fama que tenía muy buena mano para salar puercos. Pero nosotros, por aquellos andurriales, no buscábamos las huellas de Rocinante ni damas que servir. Buscábamos un crómlech.

¿Un crómlech en mitad de la Mancha? Pues ya ve el sorprendido lector qué capricho el de nuestros antepasados neolíticos. A dos kilómetros escasos del pueblo, próximo al cauce de un arroyo seco, sobre una superficie de roca granítica.

Se trata de un círculo de piedras sin labrar (ortostatos, para los que saben de esas cosas), puestas en pie por mano humana. Su edad aún no se conoce, ya que todavía no se ha hecho su datación arqueológica. Según parece, corresponde a la época megalítica, aproximadamente entre 2.500 a 1.000 antes de nuestra Era. Se supone, y está por ver, que tiene una orientación astronómica, señalando el equinoccio de primavera, relacionado con las tareas agrícolas. Las preguntas que suscita respecto a su construcción, antigüedad, funcionalidad, quedan a la espera de los trabajos arqueológicos posteriores. Suponiendo que haya dotación económica, claro está. Porque, ¿a quién le preocupan unas cuantas piedras en círculo, aparecidas en un lugarón manchego? Solo a algunos entusiastas sin afanes de lucro, como a los miembros de Cota 667, que son quienes han hecho los primeros estudios y lo han puesto en valor.

Ya se sabe cómo es esta España nuestra, le das una patada a un canto en medio de un erial y te aparece un trilobites que andaba por el lecho marino durante el Ordovícico. O aparecen vestigios de una antigua explotación agrícola romana. Y resulta que el nombre del pueblo de Totanés deriva del gentilicio Totta, posible dueño de aquel dominium. Y puede que el lugar – también está por averiguar – fuese un punto en la vía romana que iba desde Toledo hasta Mérida. Y visitas la plaza del pueblo junto a la iglesia, y allí hay un verraco celtibérico que ve pasar los siglos con la impasibilidad que le da estar tallado en granito.

Y sigues con tu deambular por el lugar y descubres que este pueblo fue, en el S. XVI, señorío de don Hernando Dávalos, comunero toledano a quien Carlos V le confiscó sus tierras porque era “movedor de novedades”. Don Hernando era partidario de las Comunidades de Castilla que se sublevaron contra el emperador porque les llenó la corte de extranjeros que no respetaban las leyes y usos de la Castilla. Y sobre estas tierras confiscadas por el emperador al comunero, en 1528, el matrimonio Carrillo-Osorio constituyó un mayorazgo. Comprar el lugar les costó un cuento (un millón) y cuatrocientos mil maravedíes, un pastón para la época.

Si el improbable lector imagina que con esto se acaban las prendas de Totanés, pues se equivoca. Tiene, además, un paisano ilustre, Fray Sebastián de Totanés, que allá por 1717 fue destinado por la Orden Franciscana a Filipinas. Allí el buen fraile aprendió el tagalo y sistematizó la lengua en una gramática que llamó Arte de la lengua Tagala y manual del Tagalog, que fue editada en 1745 y reeditada por tres veces en 120 años. Gracias a esta gramática, la lengua tagala se extendió por el archipiélago, predominando sobre el resto de las lenguas. 

Seguro que el actual presidente filipino, Duterte, no tiene pajolera idea de que se debe a un fraile español la extensión de la lengua oficial. Cambiará - como pretende - el nombre del país para que no recuerde su pasado colonial (como si la historia pudiese borrarse con un decreto presidencial), pero el apellido Totanés allí queda entre la población, ya que el fray Sebastián lo puso a todo bicho viviente que fue cristianando durante los años que vivió allí.

En conmemoración, en una plaza a la entrada del pueblo, han levantado una estatua, obra de Jorge Lancero, que representa al franciscano. La verdad es que la estatua anonada un poco al visitante con su talla descomunal y queda un tanto alejada de la humildad franciscana que se le supone al frailuco.

¿Más que ver? Pues si es viajero por lugares donde nunca suele ir la gente, eche un vistazo a su iglesia parroquial y admire su artesonado mudéjar. Verá en la nave central un entablamiento horizontal que recibe el nombre del alfaje, cruzado por vigas de pared a pared que llaman jácenas, y sobre ellas un segundo orden de vigas perpendiculares que llaman jaldetas. Amén de lacerías mudéjares y decoración geométrica barroca en el ábside. Todo lo cual se dice aquí para que se sepa que este jubilata y viajero curioso se llevó la lección bien aprendida.

Y, hablando de trilobites, como se habló de ellos hace un rato, es porque hay un pequeño museo, en la casa de la cultura, con una colección paleontológica y arqueológica que fue reuniendo un vecino del pueblo: don Ildefonso Recio Valverde. Pero no, no fuimos a visitarlo. Ya no nos quedaba tiempo. Solo se dice que la colección existe, por si el improbable lector se deja caer por Totanés.

Nosotros fuimos a Cuerva y localizamos el antiguo alfar de un viejo artesano, vimos el horno árabe que se usaba para cocer las piezas, una pileta donde se amasaba el barro, una especie de alberca que se llenaba con el barro limpio de impurezas, y docenas de piezas que allí están, a la espera de que alguien pase por allí y se lleve algunas de recuerdo. 


Un servidor, en recuerdo de una olla maja que compró allí hace más de 20 años, esta vez se llevó un cántaro adornado con motivos florales y con su tapa bellamente decorada. La olla maja, por cierto, la coceó un sobrino de la mi santa, chaval de dormir inquieto, que hizo noche en casa, y desde entonces andaba yo con las ganas…

sábado, 23 de febrero de 2019

Papeles y papelera.-


En casa somos urbanitas muy ecologistas, y puede que ingenuos. Tenemos un cubo para los restos orgánicos, una bolsa para los plásticos y envases, otra para los papeles, un rincón para los vidrios, una bolsa ocasional para la ropa reciclable, y paciencia bastante para poner cada basura con sus congéneres. Eso una vez que hemos aprendido el trabalenguas de los colores de los contenedores que el municipio pone a nuestra disposición. Es una profusión de recipientes necesitada de un máster no presencial – tipo Pablo Casado – en la Universidad Rey Juan Carlos, para discernir su uso con conocimiento de causa.

En lo que llamamos “el despachito”: una habitación mini para mis retiros lectores y escribidores, internáuticos, melómanos y de múltiples divagaciones sin clasificación posible, hay una papelera al pie de la mesa. Allí van a parar todos los papelotes, una vez reciclados en anotaciones por el reverso. Allí las copias desechables de la impresora, notas de compra y recordatorios, y ocurrencias esporádicas que apunto para no olvidar y que luego no sé qué aplicación darles.

Mira por dónde, en el vaciado último de la papelera, me encuentro unas hojas del periódico La Razón. Llegaron a casa como envoltorio de unos cuadernillos de un libro que estoy restaurando en el taller de encuadernación. Dicho sea lo de restaurar como licencia que me tomo por el hecho de estar remendando un libro que he desmontado y del que hablaré más tarde. A lo mejor…

A propósito de esa rareza de La Razón en casa, forzoso es confesar que uno tiene sus fobias. Fobias cultivadas con dedicación, como el Cándido de Voltaire cultivaba su huerto. Dicho sea en honor a la verdad: un servidor es fóbico a la prensa patriótica, entre otras fobias confesables. 

En la página 25 de La Razón, domingo día 3 del presente, salta a los ojos este anuncio publicitario: ¡Orgullosos de nuestra Guardia Civil!, en color verde picoleto. Y en letras rojas, para que más destaque: Reloj Homenaje “Duque de Ahumadaimpresionante cronógrafo de alta relojería con el emblema de la Guardia Civil y la bandera de España grabados en la esfera. Al lado del reloj, a su izquierda, una navaja con los colores de la bandera en la hoja. Navaja táctica Guardia Civil.Diseño español”, advierte, por si hubiese dudas.

Este jubilata, que cumplió su cupo militarista y patriótico con la jura de bandera franquista, siendo un conscripto veinteañero, siempre ve con recelo estos fogonazos de fervor decimonónico; los años vividos y recorridos siempre le llevan a sospechar negocio o apaño interesado tras tanto trémolo: dicen “Patria” y piensan “Pasta”.

Venciendo el natural recelo, resulta que sí; que, sin lugar a dudas, son objetos a la venta por 150 € la pareja (reloj y navaja). ¡Ah! En efecto, me digo aliviado: solo es eso: negocio. ¡Haber empezado por ahí! El truco está claro: Te ponen una bandera de España para que se te agiten las tripas patrióticas y se te obnubile el raciocinio, y, como quien no quiere la cosa, te sacan ciento cincuenta patacones por dos objetos perfectamente inútiles. Objetos que puedes comprar en tienda de chinos por la cuarta parte de ese precio. Sin enseña patriótica, claro. De ahí el sobre coste.

Un servidor ve esa navaja con su Todo por la patria impreso en la hoja y recuerda aquel Viva mi dueño que, según Valle Inclán, estaba grabado en las cachicuernas que los majos con calañés y patilla de boca de jacha, llevaban en la faja. De cuando la reina castiza, o sea, de antes de la Gloriosa.... 

Nueva vuelta al ruedo ibérico – piensa el jubilata con desánimo –, con su baza de espadas y su corte de los milagros. Nuevo regreso a los espejos deformantes del callejón del Gato, donde un Abascal a caballo por los eriales castellanos, nos da la contrafigura de don Friolera, tronando con dignidad de fantoche: En el cuerpo de Carabineros no hay cabrones ¡Friolera!

Pero en la papelera hay más papelorio. Esta vez, un par de hojas de un periódico gratuito, de esos que publican en cada distrito madrileño. Éste, de Lavapiés, Latina y Embajadores, de cuando voy a los cursos de la UNED Senior. Yo los traigo a casa y mi santa, que se lee hasta los prospectos de la farmacia, va devorándolos, columna a columna, artículo de opinión a artículo de opinión. Una vez exprimido su jugo, terminan en mi papelera.

Y va y me dice: Pues en un artículo ponen a caer de un burro a Aristóteles. Yo frunzo el ceño, hay mitos intocables y por ahí no paso. Rescato el papelorio de la papelera y leo: Y cómo no mencionar de entre los engendros a Aristóteles, quien consideraba que la educación debía ser para las clases sociales más altas… y que no valía la pena educar a los esclavos y a las mujeres. Entre los engendros de los que abomina la articulista no está solo el Estagirita, porque también da un repaso a Tomás de Aquino y a Agustín de Hipona por aquello de que le niegan la inteligencia y relegan a la mujer a la procreación. Ob imbecilitate sexu, creo que decían los medievales: a causa de la natural debilidad de su sexo. 

A la articulista, doña Eunice, se le nota súper mega cabreada con tanto machismo como ha sufrido la mujer desde el Génesis. Aunque parece que muestra cierta benevolencia hacia Platón, por aquello de que, en su República, dice más o menos: Los hijos… nacerán de la unión libre entre ambos sexos, ya que entre ellos habrá comunidad de mujeres, siendo todas para todos, de modo que los hijos sean comunes y los padres no conozcan a sus hijos.

Este jubilata da un respiro a su indignación al saber que el señor Aristón (Platón para los conocidos) se salvaba del anatema feminista gracias a haber sido un antecesor remoto (unos 25 siglos, así a ojo) del poliamor, tan en boga entre todo este elenco de plurisexualidades que disfrutamos. Plurisexualidades, por cierto, de las que otros disfrutan, pero de la que este jubilata tiene un conocimiento de oídas y poco claro, debido a la edad provecta que le habita. Y a que sus hábitos son otros.

Aparte esos papeles impresos, en el vuelco de la papelera aparecen trozos arrugados de cuartillas con algunas notas de puño y letra bastante incomprensibles. Son fruto fragmentario de lecturas a medio digerir del tipo: “La mayoría de nuestras impresiones del mundo las percibimos a través de la vista. La imagen se construye a partir de fragmentos de información”. “La consciencia surge de la actividad neuronal, pero no toda actividad neuronal genera acciones identificables con la conciencia". Y cosas así... todo por haber leído La paradoja de Darwin con escaso provecho y muchos interrogantes. 

No es extraño que, estos fragmentos de ignorancia, hayan terminado en la papelera. Y que perdone el improbable lector. También los jubilatas tenemos nuestros demonios domésticos y los sacamos a ventilar, aunque su destino final sea el contenedor de reciclaje. 

lunes, 4 de febrero de 2019

Diálogo en el Calero.-


La creación literaria – le decía yo a mi vecino el depre, como si fuera cosa de mi invención – es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración.

Lo que no le dije es que esta frase yo se la había oído decir a Cela en una entrevista que le sacaron por la tele. De eso hace la intemerata de años. De cuando la tele era estatal, en blanco y negro, y salía la carta de ajuste al terminar la programación por la noche. La cosa venía a cuento porque un servidor ha sufrido estas últimas semanas una sequía de inspiración y anda tirando de retales.

A la busca de materia literaria para mis entradas en la bitácora, he pasado días dando vueltas por el parque del barrio, el Calero. Pensaba que el material humano que por allí transita me daría ocasión para una descripción costumbrista de las clases medias de medio pelo que por aquí abundan, o abundamos. Así que bajé, paseé y observé el faunario humano. Más bien mediocre, como esas ganaderías que lidian en plazas de toros de tercera.

Y fue allí, en el parque del barrio, donde me tropecé, como es habitual por otra parte, con mi vecino el depre, quien ejerce de tal en su triple vertiente peripatética, vocacional y existencial. El hombre estaba dando la enésima vuelta a la fuente ornamental del parque, según el consejo de su psicólogo de plantilla: “Usted, fulano, camine mucho y piense poco”. Recomendación que seguía en el primer cincuenta por ciento. El otro cincuenta por ciento se le iba en cavilaciones.

Así que me lo encontré en plena peripatesis (con perdón), cabizbajo y meditabundo, deprimente y depresivo: cabizbundo y meditabajo, expresión de su cosecha, con un aquél de ironía que él se permite en sus momentos de estado hipomaniaco. Porque será un ciclotímico sin redención, pero suele gasta un sutil sentido del humor en los momentos álgidos, que solo alcanzamos a entender quienes le conocemos. Y, además, es más culto que todo el colectivo jubilata que pasea sus perros y sus ruinas físicas por el parque.

Nada más verme, antes que yo le hablara de la sequía de mi fuente Castalia, él, mirándome con sus habituales ojos perrunos de tristeza animal, me saludó: Ut vales, domine?  Yo, que conozco su humor latinista, le respondí: Bene valeo, amice. Ac tu quoque? Y él: Heus, Res omnia male se habent; o sea, lo habitual en él: pesimista y tristuroso (con perdón, otra vez). Doleo valde, le replique. Y él, un tanto temeroso: Hispanicam linguam loquemur, quaeso…, me sugirió. Así que volvimos al español. Había al lado nuestro un caduco en silla de ruedas, afín a Vox, que, al oírnos hablar aquella jerigonza, nos miraba como a inmigrantes ilegales venidos a robarle la pensión. A mí me pareció de perlas, lo de volver a la lengua del imperio, porque mis latines no van mucho más allá de las fórmulas de salutación habituales.

Me invitó a dar con él otra vuelta a la fuente del parque, la n+1, según sus cuentas. Yo, que necesitaba un escuchante para mis cuitas de escribidor en seco, le espeté en mi mejor francés: Tout le talent d’écrire ne consiste après tout que dans le choix des mots... Que el talento de escribir no consiste más que en elegir las palabras apropiadas, fue frase que le pirateé a Flaubert, callándome su autoría, claro. Es autor al que mi vecino el depre odia por la perra vida que el novelista dio a Madame Bovary, mujer infeliz con la que él empatiza hasta la transustanciación.

Pero ya se sabe cómo son los depresivos, unos egoístas. Sólo quieren cultivar sus enfermizas obsesiones a expensas de quienes les rodean, aunque éstos tengan sus propias cuitas. Como era mi caso. Así que me empezó a hablar de sus angustias ante el cariz que iba tomando la política internacional, en este caso, de Venezuela. Tema que no por manido da menos juego y se presta a mil elucubraciones de periodistas de pesebre y políticos de rabieta.

“Diosdado Cabello – me dijo mi vecino el depre, con un punto de inquietud –, jefe de la Asamblea Nacional Constituyente Venezolana, no se anduvo con sutilezas de neolengua: ¡Váyanse bien largo al carajo!, le espetó a Sánchez el otro día, cuando…”

“Ya, ya, – respondí sin convicción. Y aprovechando los puntos suspensivos de su frase a medio hilvanar, metí mi cuchara: El caso es que llevo tres semanas sin escribir una jota. Y eso que soy hombre de gran facundia literaria, aunque me esté mal el decirlo”. Y ya aproveché para colar una nueva cita; esta vez de Wilde: No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo, pero ya ves… – Y puse un trémolo de desánimo, como empatizando con la tristura reglamentaria de mi interlocutor.

Él, a su vez, se coló por entre mis puntos suspensivos para retomar la frase donde yo se la había cortado. (Ya íbamos por la vuelta n+7 a la fuente ornamental): “…Un servidor, aunque depresivo de natural, es observador siempre asombrado del gallinero político, y me quedé con una duda: El plazo de 8 días, que nuestro bello Pedro Sánchez dio al camionero Maduro para que convocara elecciones generales en Venezuela, ¿Tiene prórroga como la exhumación del dictador patrio que iba a ser para ya? Porque, si es así, el chavista puede disfrutar de un largo mandato, salvo que Trump y su troupe tengan otros planes para el petróleo de aquel país…”

Sí, efectivamente se le notaba preocupado con que la exhumación del fiambre inquilino del Valle de los Caídos y las elecciones venezolanas se aplazasen ad Kalendas graecas, según latinizó, mirando de reojo al caduco de Vox, quien no nos quitaba ojo. Éste, en plan campeador sobre silla de ruedas, y con el oído atento, rodaba detrás nuestra a cada vuelta que dábamos a la fuente ornamental, (Íbamos ya por la vuelta n+13).

Fue imposible seguir la conversación. Mi vecino el depre empezó a acojonarse con el de Vox pisándonos los talones, así que pretextó que era la hora de tomar su coctel de antidepresivos y se despidió a la francesa. A mí apenas me dio tiempo de soltarle mi última cita literaria: “El escritor es aquel al que escribir le resulta más difícil que a los demás”. De Thomas Mann, dije por lo bajinis, pero él ya no me oyó.

martes, 15 de enero de 2019

En consecuencia.-


Ahora que, en Andalucía, con el nuevo gobierno dextro/extremo, por fin se han encauzado dos de los más graves problemas que aquejaban a la doliente España, a saber: la caza y la decadencia de las corridas de toros, podemos dedicarnos a asuntos de menor enjundia, una vez sosegadas las tripas patrióticas con la victoria. 

Aun así, no es cosa menor, o, dicho de otra manera – al viejo estilo Rajoy – es cosa mayor buscar algún asunto para tratar en la bitácora sin verse obligado a hablar de política. Pero no hay otra que discernir sobre si Vox es peligroso material fascio sin conservantes ni colorantes, o solo populista reaccionario con un toque folclórico y racial, aparte los resabios antifeministas. Este jubilata, que se ha alimentado estas pasadas fiestas navideñas de turrón y política televisada, confiesa estar un tanto harto de uno y otra. De aquél quedan unos restos por casa que iremos mordisqueando de vez en cuando; de ésta no se puede decir lo mismo, por lo indigesta.

No hay hora ni día en que no se nos hable de la reconquista de Andalucía por las mesnadas de Casado/Abascal. Nada se dice aquí, por sabido, del señor Rivera y sus bandazos estratégicos a estribor. No hay comentarista, locutor, tertuliano o pécora de redes sociales que no haga una exégesis de los 19 puntos que Vox ha puesto sobre la mesa de negociaciones. Estrategia para darle cuerda al PP, como a esos pajaritos sujetos por la pata al hilo del que tira el niño a capricho. No hay bastantes improperios en la lengua española para que las hordas guasapeantes, tuiteras o feisbuksianas tilden de falsos, tramposos, cobardes, flojos de convicción democrática, a los de la política anaranjada. 

De verdad, vivimos instalados en un sinvivir, improbable pero no menos apreciado lector. Un tormento de Sísifo, eso de empujar el pedrusco de la política nacional cuesta arriba para que caiga rodando una y otra vez. Una demasía y una aburrición, si se me permite decirlo así.

Huye en todo la demasía. Porque siempre dañó más lo más que lo menos, dice Critilo en El Criticón de Gracián. Es lo que tienen los políticos nuestros, que no leen a Baltasar Gracián y no se aprovechan de sus doctos consejos. Si tuviesen un momento de sosiego en sus afanes por conquistar o reconquistar el solar hispano, sabrían que son contingentes, como los lugareños de Amanece, que no es poco, similares a un puñado de polvo en el camino de la Historia, que el viento de los tiempos barrerá de un soplo. Dicho sea sin ponernos trascendentes, aunque sí un poco poéticos. Pasado algún tiempo, de ellos no quedará más que la “maldita hemeroteca” dando fe de sus contradicciones, engaños, apaños y palabrería vacua. No serán más que El sueño del caballero, de Pereda, pero en versión televisada y con anuncios de por medio. Efímeros y sinsustancia como la moda, pero cargados de autosuficiencia. Cargantes.

Y perdone el improbable lector que, en tiempos de políticos que exhiben la sonrisa de triunfador atornillada a la jeta y llevan el rictus del éxito incrustado en los morros, el jubilata se vaya por los cerros de Úbeda del barroquismo. 

Ya lo dice también Gracián, en tiempos de higos, higas. Una higa, un corte de mangas, una peineta que el ciudadano, pasando de sus obligaciones cívicas, le hace a la casta cuando ésta le presenta el cimbel de la urna… Y luego, las manos a la cabeza cuando el no voto de la abstención despierta la hidra marxista… Ah, no, la otra: la ultra nacionalista. 

En consecuencia..., este jubilata hubiera querido hablar de la idea tranquila que ha decidido forjarse de España a través de lecturas sosegadas. Por eso, uno se sitúa lejos del griterío mediático, de Abascales recorriendo la estepa castellana a uña de caballo o de Rufianes con ironías de jayán con verba de navaja cabritera. 

Uno descubre, sin demasiado asombro, que los mitos fundacionales de lo que, comúnmente, llamamos patria (o patrias, cada cual la suya, y a veces encontradas, porque cada patria necesita un enemigo exterior para su subsistencia), son una creación cultural forjada a través del tiempo por grupos humanos que defienden su verdad como única. Una manera colectiva de entender el mundo y expresarlo culturalmente, según esa visión romántica del Volksgeist de Herder. 

Nulla dies sine línea, que decía Plinio el Viejo. Hay que leer todos los días, puñetas.

martes, 1 de enero de 2019

Ya vienen los Reyes (Magos).-


Escrito hace ya unos años, cuando el reinado del papa Ratzinguer, este cuento sigue teniendo vigencia a condición que el improbable lector no se muestra muy exigente. Y aunque ya nadie se acuerde de cuando Benedicto mandó al paro al buey y la mula, y a los magos los cambió de ubicación, espero que a ningún lector le moleste dedicarle diez minutos de lectura. 


Verídica historia de los Magos, del buey y la mula.
(Como nadie te la ha contado)

Resultó un buen día que los Reyes Magos no venían de Oriente, como habíamos creído toda la vida. 
Sucedió que, según la tradición popular, no avalada canónicamente, los Reyes Magos de Oriente se pusieron en camino siguiendo una estrella. Desde las llanuras del Ganges, desde los desiertos del Eufrates, desde las lejanas fuentes del Nilo, los tres Magos comenzaron su singladura hacia el Próximo Oriente. Siguiendo la estela de aquel astro luminoso, cada uno por su cuenta, se pusieron en camino, convergiendo en un punto indeterminado del que la religiosidad popular no dice media palabra. Desde allí, donde quiera que fuese aquel lugar, los tres viajaron en la misma caravana hacia una aldehuela de Judea, de nombre Betlem, donde, según los libros sagrados, había nacido un niño de una virgen.

Así lo venían haciendo desde hace, al menos, dos milenios, hasta el año de gracia de MMXIII. Aquel año, cuando llegaron al Portal con sus ofrendas de oro, incienso y mirra, el Sumo Sacerdote les dijo que no, que tanto la tradición como la devoción popular estaban muy equivocados. Que ellos, realmente, de donde procedían era de la lejana Tartessos, allá donde las columnas de Hércules, donde comienza el Mare Ignotum.

Perplejos, se retiraron a deliberar y consultar los arcanos escritos. Según los sánscritos libros védicos, de acuerdo con las tablillas cuneiformes conservadas en los zigurats de Uruk, y según las tradiciones orales de allende las fuentes del Nilo, ellos, de toda la vida de dios, de donde venían era del Extremo Oriente. Así se lo hicieron saber al Sumo Sacerdote de blancas vestiduras. Pero éste, que era infalible en sus dictados, insistió en que no; insistió en que, según los libros revelados de la verdadera religión, ellos venían de Tartessos y no había más que hablar y que aquello eran habas contadas. Si no les gustaba, que pidieran el finiquito y se buscaran la vida.

“Pues para este viaje no hacían falta alforjas”, dicen que comentó Baltasar. “¡Jó!”, se limitó a opinar Gaspar. “Y ahora ¿qué puñetas hacemos?”, se preguntó Melchor. Era ésta, puede suponerse, una pregunta retórica, ya que la cosa había quedado bastante clara: De ahora en adelante, y a efectos de la cristiandad toda, ellos procedían de la tierra más occidental, de la lejana Bética; exactamente, donde los linces en extinción llevaban una vida de estricta supervivencia.

“No sé de qué os quejáis”, les dijo la mula, “Lo nuestro sí que es una putada. Dicen que nosotros nunca hemos existo”. Fue entonces cuando los Reyes Magos se dieron cuenta que el buey y la mula ya no estaban junto al pesebre del Portal y calentando con su aliento al niño recién nacido, sino en un corral anejo. La mula, con ese mal carácter que tienen los de su especie, tenía un cabreo como para no dicho y lanzaba cagamentos como coces; el buey, sin embargo, sumiso como todos los castrados, mugía bajito su pena al verse desahuciado de las leyendas piadosas.

En efecto, el buey y la mula habían dejado de existir porque el Sumo Sacerdote de albas vestiduras así lo había dicho. Estaba en conexión directa, vía Wifi, con la divinidad, y sus enseñanzas eran, a efectos de controversia teológica, incuestionables. Aunque desde el punto de vista doctrinal aquello no tenía vuelta de hoja, desde el punto de vista práctico exigía una estrategia para su solución. Y la estrategia fue, acorde con los tiempos que corrían, de tipo comercial.

Es cosa sabida que el Portal era un chamizo de cuatro adobes mal ensamblados y una techumbre de ramas y barro. Tras dos milenios de uso, comenzaba a amenazar ruina y existía el problema de que las autoridades civiles le retiraran el permiso de habitabilidad, mandasen derruir el lugar sacro y, por consiguiente, diesen al traste con el santo negocio.

Por ello, para recabar fondos con qué rehabilitarlo, una comisión de teólogos, siguiendo las rectas doctrinas neoliberales,  dictaminaron que no era contrario al dogma convertir al buey y la mula en picadillo. Su carne, debidamente sazonada, y con los controles sanitarios pertinentes, abastecería todos los burger de la Tierra, No en vano se llevaba veinte siglos representando los dichosos animalitos por doquier, así que los había por millares. Había suficiente como para inundar de carne todos los fats food de la cristiandad durante una larga temporada. Las gentes que acudían en peregrinación a estos comederos no tendrían la menor duda de que las hamburguesas estaban divinas.

Visto que aquellos eran tiempos de reajustes económicos e ideológicos, los Reyes Magos prescindieron de sus coronas, de sus mantos y oropeles y optaron por instalarse en las playas de Huelva, donde montaron un chiringuito de lo más cutre – estética portal de belén – para guiris nórdicos. Allí van capeando la crisis. Eso sí, fieles a la tradición, cada navidad toman un vuelo low cost y se presentan en Belén. Y en vez de incienso, oro y mirra, le llevan una ración de pescaítos fritos y cervecita bien fría, que el bolsillo no permite más alegrías, oiga usted...