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sábado, 29 de septiembre de 2018

Confesiones de un ex-Diputado.-



En estos días que las cloacas del poder desbordan
por las alcantarillas del periodismo que se alimenta del fondo de reptiles, esta historia, absolutamente ficticia aunque verosímil, sale a la luz para que el improbable lector tenga una idea de cómo funciona el tinglado. 
Si no acaba de entender sus entresijos, no se preocupe, la puñetera realidad política de cada día es aún más complicada. En eso está el truco, en que el respetable se haga un lío y cambie de canal.

"Hasta entonces lo tenía todo: Acta de Diputado, influencias en el negocio de la construcción, negocios en B y una amante de buen ver y mejor palpar. Pero los envidiosos arruinaron mi carrera política.

El Acta, de mi propiedad propia y privada, me la gané a pulso. Los ciudadanos me la dieron gracias a mi habilidad y mi tesón. Porque ha de saber Vd. que entré en los círculos políticos por la base, de botones como quien dice, para llevar los cafés y la prensa al Jefecillo de la Agrupación de Barrio. Éste, a su vez, todas las tardes le llevaba las pantuflas y los chismorreos de los afiliados – que yo le contaba – al Semijefe, a su chalet de Las Rozas.

El Semi, llamado así por los rencorosos a los que yo espiaba, despachaba una vez por semana con el Quasijefe, y le contaba los chismes por cauce reglamentario. El Quasijefe tenía un despacho en Torre Pissarro con moqueta de lana inglesa y secretaria eficiente y bien entetada para lucimiento personal del gerifalte. El Semi, desnatado políticamente y bastante cremoso de ambiciones, lustraba los zapatos italianos del Quasijefe, mientras influía para colocar a sus amigos. A cambio, éstos conseguían votos y voluntades para que el Semi heredase el despacho del Quasijefe, incluida moqueta de lana inglesa y secretaria eficiente y bientetada.

El Quasijefe lo sabía, pero no le importaba, porque aspiraba a la Presidencia de la Consejería Técnica de la Caja de Ahorros Mantua Carpetana, oficialmente responsable de la promoción social de viviendas. Un primo suyo era presidente de la Junta de Portavoces de la Comunidad. Éste había ultimado un proyecto de ley que liberaba varios millones de metros cuadrados para la construcción. Y, casualmente, se trataba de unos eriales propiedad de la familia en el culo de la ciudad, donde se iba a realojar a  miles de marginales y emigrantes.

Mientras estudiaba la carambola político/urbanista/social, el Quasijefe rendía pleitesía los lunes y jueves al Segundo Jefe, de quien esperaba grandes apoyos. No en  vano, la mujer del Segundo Jefe había salido elegida Concejala de los Pobres en la renovación de los cargos municipales; y esto, gracias a los votos de las agrupaciones locales, que el Quasijefe controlaba a través del Semijefe, en connivencia con el Jefecillo de la Agrupación, al que yo llevaba el café, la prensa y las habladurías.

El Segundo Jefe, a su vez, tenía sus ambiciones  puestas en las prerrogativas del Supremo Jefe. Éste manejaba el hacha de los ceses fulminantes con gran habilidad y nadie perturbaba sus privilegios e influencias. Por eso, el Segundo Jefe planeaba una escisión del ala más progresista bajo el nombre de Renovadores con Base. Ironía geométrica basada en el teorema de: altura partida por la base y  me llevo el 3% de comisión.

El Supremo Jefe, con discreción política, jugaba al golf una vez al mes con el Presidente Patrio, en un club exclusivo de Marbella. Cultivaba su amistad a la espera de la alternancia en el poder y nada  perturbaba esa plácida espera.

Yo, en la base de la base – como ya le he dicho – hacía de botones, felpudo y consejero viperino, según las circunstancias. Hasta que mi inteligencia me llevó a ocupar el puesto de Jefecillo de la Agrupación, tras una votación tumultuosa y amañada en la que puse en evidencia la ineptitud de mi antecesor.

Ascendido a pantuflero y correveidile vespertino del Semijefe, le impliqué en negocios de juegos, bingos y máquinas tragaperras. Él recibía pingües comisiones de los empresarios del ramo en calidad de presidente honorario, y yo le presionaba para ser incluido en las listas de diputados a la Comunidad Autónoma. Pero, como él tenía otros compromisos con más influencias políticas, rechazó mi candidatura. Y yo, entonces, pasé información confidencial a una periodista trepa; estalló el escándalo de las tragaperras y el Semi se esfumó en  el limbo de los fracasados.

Por mi labor callada, canalla y eficaz, el Partido me asignó el papel de Semijefe y empecé a visitar asiduamente al Quasijefe en su despacho de Torre Pissarro. Éste, empeñado en alcanzar la Consejería de la Caja Mantua Carpetana, me prometió su cargo - moqueta inglesa y secretaria buenorra incluidas - si la Asamblea aprobaba la recalificación del nuevo paraíso terrenal. Entonces, contraté la empresa de detectives El Sabueso Sutil y, en pocas semanas, sabía de todas las debilidades de los diputados: negocietes promiscuos político/financieros, homosexualidades vergonzantes, ineptitudes manifiestas, utilización de bienes públicos como patrimonio familiar, etc, etc, etc.

Con tacto y habilidad moví voluntades, y la ley recalificadora salió adelante. El Quasijefe me incluyó en la lista de candidatos y me eché de amante a su secretaria por aquello del prestigio social. Todo perfecto y según el horario previsto. Lástima tanto envidioso como hay suelto.

Vistas mis habilidades negociadoras, mis compadres de Partido, con voluntad unánime, me recomendaron al Segundo Jefe. Ellos estaban interesados en alejarme de sus zonas de influencia - ¿sabe usted? - y querían ver en qué quedaba la aventura secesionista que él apadrinaba.  Así me convertí en jefe de filas de Renovadores con Base y el poder iba llegando a mis manos. El Gremio empresarial del Hormigón me nombró su asesor emérito, los Promotores Inmovilistas me pedían consejo antes de comprar terrenos, y el Empresariado Ex-agrícola me regalaba parcelitas en yermos recalificables.

La semana previa a las votaciones autonómicas, el Segundo Jefe le exigió al Quasijefe una participación en el negocio de la promoción social. A cambio le daría su voto, indispensable para lograr la Presidencia de la Caja Mantua Carpetana. Y dicen que no fue ajena a esa pretensión su mujer, la Concejala de los Pobres, que creía haber ganado la concejalía por méritos propios, y no por turbulencias de socapa y mano izquierda.

El Quasijefe, de acuerdo con mi amante, su antigua secretaria, me presionó para que liderara la secesión de Renovadores con Base. Así, el Supremo Jefe creería estar ante una traición del Segundo Jefe y le defenestraría ipso facto. Entonces, el voto para la Presidencia de la Mantua Carpetana sería emitido por una Comisión Gestora de la Caja - cuyos miembros debían favores al padre del Quasijefe –, yo llegaría a lo más alto de mi prestigio político y él se alzaría con el santo y la limosna.

Pero los entresijos de la política se mueven por extraños vericuetos, como usted no ignora. Llegó el día de las elecciones, saqué mi Acta de Diputado, proclamé la secesión de Renovadores con Base y fui el hombre más solicitado por los medios de comunicación. Me llamaban de la tele oficial; me llamaban de las cadenas privadas; se me rifaban las emisoras de radio y la prensa. Asustados, me llamaban mis jefes con promesas o amenazas. La gente, por la calle, se paraba a mi paso y me llamaba de todo... y me gustó.

Visto el ascendente social que los medios me estaban dando, empezaron a temer que las bases del partido me aclamasen como renovador de la ética ideológica; por eso, el Supremo Jefe, el Segundo Jefe y el Quasijefe se conjuraron para perderme. Para ello, recurrieron al Jefecillo de Agrupación de Barrio, un trepa sin escrúpulos a quien yo había puesto. Él sacó a la luz mis chismorreos, el degüello político del Semijefe anterior, los trapicheos inmobiliario y el golpe de mano de los Renovadores con Base. Y hasta mi amante, ex-secretaria del Quasijefe, me denunció por acoso sexual interruptus, violencia de género muy de moda y que escandalizaba mucho en aquellos días.

Me reclamaron el Acta de diputado – ya sabe Vd. cuánto me presionaron -,  pero me negué. Así que, con mi acreditación bajo el brazo, emigré a esta república centroamericana en la que ejerzo mis habilidades políticas. Debido a mi experiencia en el mundo inmobiliario, me contrataron para lavar la fachada patriótica de un militar golpista. 

Con la prensa y la televisión en manos de la oligarquía, he lanzado la campaña de “patria, justicia y pan” que ha calado hondo en el populacho. He convertido al espadón sanguinario en líder carismático, y me he retirado a mi finca. Aquí me dedico al cultivo ecológico de especies botánicas exóticas. Y, aunque mis explotaciones de cannabis sin pesticidas son un negocio floreciente, no consigo olvidar que un día fui diputado autonómico. Miro el Acta enmarcada en plata, y una lágrima de nostalgia corre por mis mejillas."

Si el improbable lector no ha entendido gran cosa, insista, insista en la lectura, que esta historia es un reflejo del juego político actual. Y si, ni aún así se aclara, es porque hay un comisario de la brigada político-social que todo lo enmaraña con sus kilómetros de grabaciones y trampas saduceas. ¡¡¡No se desanime, coño!!!

viernes, 2 de septiembre de 2016

Ética, estética y política.-



No será un servidor quien insista sobre lo del caso Bárcenas ni saque una letanía de nombres del PP con los sobresueldos que trincaban, o sobre cogían, o como quiera que sea la denominación técnica que convenga al caso. Hiede a alcantarilla sin ventilar. El asunto sobrepasa la capacidad de comentarios de esta modesta bitácora, aparte que insistir en ello aquí sería una redundancia en tono menor que no aportaría nada, así que este jubilata decide ir por libre y fijarse en un aspecto que a nadie parece interesar.

Si le digo al improbable lector que esta calamidad política de sobre cogedores se debe – no lo afirmo, solo lo supongo – a que en la sede de la Gaviota nadie ha leído con provecho a Platón o Aristóteles, seguro que se me descojona entre espasmos de risa.

Pues, mire usted, dándole vueltas al asunto, me ha parecido que no era tanto disparate. Ya sé que un político leyendo La República de Platón o los Libros de Política de Aristóteles, en lugar de tuitear desde el escaño, es una imagen atípica, atópica y anacrónica. El escaño es – según sus detentadores – esa plaza de político de carrera que se adquiere en propiedad y, con todas las sinecuras y prebendas habidas al caso, sirve para aplaudir a los primeros espadas propios, abuchear a los de enfrente, darle al botón del sí o del no según la consigna recibida, y bostezar durante las largas sesiones de debate. Aparte el trinque de la pasta, cuando hay ocasión y merecimientos, que no todos se aferran al trinquete.

Pero, no. La política es algo digno y tiene mucho que vez con la ética, la justicia y con la sabiduría. No tiene más que leerse lo que dice Platón en su Carta VII: “Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que  de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente  filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra”.

Ya sé que pretender de los políticos que sean filósofos o amantes desinteresados de la justicia es pedir peras al olmo, pero, al menos, no deberían olvidar lo que afirma Aristóteles. Éste asegura que la política va estrechamente unida a la moral porque el fin último del Estado es la virtud; política es la formación moral de los ciudadanos y del conjunto de los dirigentes necesarios para su ejercicio. La política, como ejercicio moral, es un conjunto de normas que rigen las relaciones sociales porque su objeto es alcanzar la virtud, y la justicia es su mayor exponente. Total, que ser político, justo y virtuoso viene a ser lo mismo. Ahora, vaya usted a Génova, 13 y trate de explicárselo.

Pero, para este jubilata, que ve el asunto como muy complicado de entender por la grey neocon, no se trata de comportamientos éticos, sino de pura cuestión estética. ¿Puede nadie imaginarse nada más antiestético que el trinque de sobres llenos de pasta? Esos señores tan importantes que se ensobran en el bolsillo puñados de pasta gansa, la verdad es que quedan de lo más antiestético y vulgar. Y resulta estéticamente impresentable que, quienes acaparan dineros que no se han ganado limpiamente, sean los mismos que exigen sacrificios a los ciudadanos y les recorten derechos sociales. A este jubilata le parece de lo más necio, tosco y ordinario, aparte otras consideraciones.

Por eso, aunque solo sea por no quedar feos ante los ciudadanos, los políticos deberían entender el ejercicio de la política como una cuestión ética, donde lo que importa no es el medrar, sino el bien común de todos los miembros de la sociedad. Lo mismo que visten trajes caros y van a su trabajo aseados y bien perfumados, deberían andar con los entresijos de la conciencia sin cascarrias. Porque, aunque no se lo crean, la vulgaridad de “todo por la pasta” es algo muy antiestético y ordinario, y la gente de a pie se está dando cuenta.

Como decía aquel personaje: ¡Un poco de por favor!

domingo, 30 de noviembre de 2014

La importancia de llamarse Nicolás.-

En su obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, Oscar Wilde hace burla de la sociedad victoriana de su tiempo, tan  encorsetada, tan estrecha dentro de sus costuras, en la que un mozo calavera decide aprovechar las convenciones sociales para medrar en sociedad utilizando a su conveniencia esas mismas normas. Llamarse Jack no es relevante, pero hacerse pasar por Ernesto le permite cortejar a una lady de alcurnia y abrirse un hueco en la buena sociedad.

Nada más lejos que pretender una comparación entre esta España actual (Patio de Monipodio o Corte de los Milagros, a elegir) y la  seria Inglaterra victoriana (Ernest en inglés, dicen, suena parecido a Eamest “serio”). Lo cual debe entenderse dicho en favor del solar patrio, ya que no necesitamos imitar los usos de la hipócrita Albión para encontrarnos con situaciones parejas. Nos basta con recurrir a nuestra particular cosecha de pícaros y milagreros y, en un juego de birlibirloque, cambiar un Ernesto por un Nicolás o una Sor Patrocinio, según tomemos la picaresca por la vía secular o la mística. En este caso, es la primera la que nos interesa, porque en la corrala celtibérica, donde se arremolinan y hacen algarabía tanto teles privadas y públicas como prensa adicta a la mano que le da de comer, nos ha aparecido milagrosamente un pequeño aprendiz de brujo que tiene alborotado el cotarro nacional: El pequeño Nicolás.

Así lo ve Tomás Serrano. 
Este jubilata se hace cargo que no es lo mismo un Ernest wildenesco que un Nicolás manchego; no es lo mismo un dandy anglosajón que un chaval de verbo fácil y en mangas de camisa. Pero eso sí, es muy nuestro. Un producto typical spanish, como los chorizos de Cantimpalo, del que no hay por qué avergonzarse. Ellos producen tipos como el doctor Livingston que abren, con sus descubrimientos, los mercados de África a la voracidad expansionista del capitalismo inglés; nosotros, más de andar por casa, nos gloriamos de una especie autóctona universalmente conocida: el pícaro, el hambrón que medra en una sociedad donde la pasta se la llevan unos pocos y todos los demás pagamos a escote.

Nadie niega que el chaval no tenga su mérito. A medio camino entre el pícaro cervantino y el esperpento valleinclanesco, es lo más interesante que nos está ocurriendo en la vida pública de estos últimos tiempos. En esta Corte de los Milagros con parada y fonda en Génova 13, donde Mariano I (ni sí ni no, sino todo lo contrario) rige con mano firme el allá te las compongas, el pequeño Nicolás se nos ha aparecido como la Monja de las Llagas en la corte de Isabel II para amilagrarnos con su verbosidad, sus contactos – reales o supuestos – sus selfies junto a los caretos más conspicuos de la patria. Dispuesto a desfacer entuertos (como el de Cataluña), a remendarle el virgo de su buen nombre a una princesa en apuros por culpa de un juez rigorista, y otras fazañas de andante caballería a cambio de un sustancioso estipendio, es el personaje de moda, el modelo a imitar para todos los jóvenes que van por el mercado laboral hambreando un curro mal pagado.

Con toda sinceridad lo confieso, si fuese joven y no jubilata, querría ser un Petit Nicolás con jeta y palabrería, manipulador y narcisista, antes que un número en la cola del paro, un aspirante a emigrar previa patada en el culo propinada por la madre patria. Por eso, el picaruelo Nicolás tiene toda mi admiración, porque hay que tener los compañones bene pendentes para ponerse al mundo por montera y ser pícaro ingenioso entre pícaros correosos, encantador de serpientes entre tanta víbora hocicuda que puebla la casta; en fin, hay que ser Rinconete entre hampones con tarjeta black  y Sor Patrocinio de las Llagas en la corte milagrera de Trinca la Pasta. Un figura.

Quizás el improbable lector me eche en cara estos símiles literarios empleados, pero piense que la literatura es maestra de la vida. Otros ya nos contaron en términos de ficción lo que vivieron en su época, y quizás solo por eso su época merezca ser recordada. Seguro que la nuestra, que toma los interesados oráculos del dios mercado por verdades inamovibles, no merecerá ser recordada sino porque hubo en ella algún Ginés de Pasamonte que le robó el rucio a algún Sancho mientras éste dormía amachambrado con sus talegas de dinero. Y, además, lo hacía por la cara, a la vista de todos, como un juego de manos de nada por aquí-nada por allá y ¡Hale hop! comisioncita que me levanto.  

Dicen que la Monja de las Llagas, sor Patrocinio, en tiempos de la Reina Cachonda, fue responsable de la caída del gobierno Narváez. A lo mejor, aquí y ahora, el Pequeño Nicolás, con sus fantasías y manipulaciones, le da una patada al palo del sombrajo y se viene abajo el chiringuito, dejando con las vergüenzas al aire a más de un personaje. Está por verse.

Por si acaso, no está de más recordar lo que decía Valle-Inclán:
“Tiene sobre Isabel mucho dominio
La milagrosa monja Patrocinio.
Quien el motivo averiguar anhele,
Cambie la P de Patrocinio a L.”

miércoles, 1 de octubre de 2014

Paraísos.-



El CCCM viene a ser como la CCCP de la extinta Unión Soviética, pero en plan club privado donde se retiran a sestear los viejos elefantes de la política. Es pura coincidencia lo de las iniciales CCC pero unas y otras son un paraíso a su modo. La CCCP (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) aspiraba a ser el paraíso igualitario donde cabrían todos los desheredados de la tierra. El CCCM (Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid) es un paraíso excluyente donde solo caben unos pocos privilegiados.

Diez, exactamente, contando al exministro Ruiz Gallardón. Precisamente ese que hace unos días nos dijo que dejaba todos sus cargos públicos y se retiraba de la política. Claro que, gente que sabe de estas cosas, como Iñaki Gabilondo, ya nos lo pronosticó más o menos así: “Gallardón dice que se va de la política, mañana lo tendremos otra vez”. La verdad, joden los profetas que aciertan. Sobre todo porque algunos ciudadanos ya nos habíamos hecho la ilusión de que don Alberto se retiraría a sus lares para escribir sus memorias y demostrarnos qué lumbrera pierde la Patria con el desaire que le ha hecho Mariano.

Uno se pregunta qué utilidad tiene eso de la CCCM y, según parece, es que se dedican a asesorar en cuestiones de legislación a los municipios madrileños y la comunidad autónoma. Lo cual debe ser algo de absoluta necesidad  para el buen funcionamiento de la cosa pública de la administración madrileña en general; y no hay por qué dudar de ello, para algo fue invento de doña Espe, la Lideresa carismática. 

Lo que no se entiende bien – este jubilata, al menos, no lo alcanza con sus entendederas – es por qué políticos de postín que rompen la baraja y dicen que se van del todo, al día siguiente se montan de nuevo en el coche oficial y se apoltronan en un chiringuito hecho a su medida. Dos ejemplos tenemos en casa: la susodicha doña Espe, quien dijo que dejaba la política y se iba a cuidar a su mamá, y terminó de presidenta del PP en Madrid; y ahora don Alberto, quien no ha tenido tiempo ni de deshacer las maletas de ministro y ya es flamante Consejero consultor de un club exclusivo, por cuya pertenencia le pagamos 5.500 € (impuestos aparte) todos los ciudadanos de esta provincia.

El improbable lector me echará en cara que no hable de otros que han hecho otro tanto o parecido. Le aseguro, sin faltar a la verdad, que un servidor está hecho un barullo y solo recuerda unos pocos. Así, a bote pronto, ahí está el inefable Arias Cañete, que dejó un ministerio anodino por una poltrona en la Eurocámara, más cómoda y con mejor paga. Aparte que le van a nombrar, según dicen, comisario de Acción Climática y Energía, que es como darle las llaves del gallinero a la zorra.


Que hay otros muchos de otro signo político, haberlos haylos. Antiguos dirigentes socialistas, ahora viejos y gordos a quienes cualquier Podemos callejero les espeluzna y no aspiran más que a una vida confortable y a los menos alborotos posibles. En estos momentos me viene a las mientes el señor Leguina, consocio de Gallardón en la CCCM, y don Felipe (el González, no el VI), quien preside un comité de sabios de la Unión Europea y, en sus ratos, asesora a Carlos Slim, el hombre más rico de Méjico y de parte del universo. Que cada cual vaya engrosando la lista a su gusto. Pero que no se olvide: a todos ellos les pagamos su feliz jubilación con largueza. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

El jubilata como activo tóxico.-

Estos días pasados andaba un servidor leyendo un artículo de Le Monde diplomatique  (nº 725, Agosto 2014) que lleva por título Devenez actionnaire… d´un individu (Conviértase en accionista… de un individuo). La idea que se propone es utilizar al ser humano como inversión capitalista. Y, según parece, la cosa funciona.

Dicho de forma elemental por quien ignora the technical economist´s angliparla, además de no tener muy claro el funcionamiento de la mentalidad neocapitalista, se trata de lo siguiente: Un individuo se contrata como si fuese una inversión en capital humano y pone a la venta acciones sobre sus ganancias futuras entre varios inversores. Éstos le adelantan una determinada cantidad de dinero (varios miles de euros, o dólares) con los que el tipo hace estudios en una universidad de prestigio, o bien se coloca como directivo en una gran empresa, o monta su propio negocio lucrativo. Durante los siguientes 10 años, o los que se acuerde en el contrato de inversión, el tipo entregará el dinero equivalente al 7% (o lo que se estipule) de sus ingresos líquidos como dividendos a los accionistas.

Con ese fin, existen en América compañías como Upstat, Pave o Lumni, donde se pueden firmar estos contratos de capital humano.  Por supuesto, de partida se exige disponer de un buen currículo o presentar unos proyectos atractivos que ofrezcan la suficiente garantía a juicio de los expertos financieros. Así, la fuerza de trabajo pasa de ser una mercancía (caso de un contrato laboral corrientito) a ser producto financiero, transformable en múltiples títulos de propiedad con los que se puede especular.

Según parece, es un negocio bastante corriente en el mundo del fútbol. Un club hace un contrato millonario a una lumbrera del balompié y, para no arriesgar todo su capital, vende acciones de ese fichaje a un fondo buitre. Cuando el futbolista sea revendido a un nuevo club, los especuladores que hicieron la inversión ganarán una plusvalía con la reventa del contrato. Tiene la ventaja de que, siendo una e indivisa la gallina de los goles de oro, su valor de mercado puede dividirse en títulos y éstos ser dispersados entre distintos fondos especulativos.

Dándole vueltas al asunto, este jubilata había pensado en convertirse en capital humano fraccionable en títulos financieros, de forma que, con el capital inicial entregado por los inversores, pudiese mejorar su mediocre nivel de vida. A cambio, aceptaría el compromiso de pagarles el 3% de la pensión hasta el finiquito por defunción. Pero para lograrlo, es fundamental algo de ingeniería financiera que escapa a mis conocimientos de vulgar jubilado.

Lo ideal sería fraccionar estos títulos y mezclarlos, pongamos por caso, con los de un futbolista de postín; tal como hicieron con las hedge funds los especuladores de Wall Street al mezclar hipotecas incobrables con productos financieros sólidos.  Así disfrazados, sería suficiente con que agencias de calificación tipo Standard and Poor’s o Moodys le diesen una valoración AAA+. Seguro que los especuladores a corto me los quitarían de las manos. 

El riesgo que se corre es que, con tanto jubilata a dos velas como hay por el mundo, muchos decidiesen hacer lo mismo que yo tengo pensado. Entonces nos encontraríamos ante un caso – bien conocido tras la última crisis financiera – de productos financieros tóxicos; o, como se les ha dado en llamar, bonos basura. La falta de liquidez llevaría a una nueva crisis económica en la que los bancos de inversión quedarían descapitalizados, ahogándose en el albañal de sus mefíticas subprimes.

Aunque, bien pensado, tampoco es tanto riesgo, y, el negocio, sustancioso. Un jubilata espabilado puede hacerse una pasta con eso de la titulización si coloca, digamos, diez mil títulos a quince euros la unidad. Si, como consecuencia, los activos tóxicos jubilatas ponen en riesgo los fondos especulativos bancarios, no importa. Siempre habrá gobernantes majaderos que saldrán al rescate, inyectando unos miles de milloncejos de euros para que el sistema bancario no pete. 

De verdad, me lo estoy pensando…

domingo, 8 de junio de 2014

España cañí.-


A veces compramos en una frutería del barrio, regentada por un matrimonio marroquí. Camino de la frutería, en la misma calle, pero un poco más abajo, un ultraderechista montó hace unos años una tienda de parafernalia patriótica, llena de insignias rojigualdas y todos esos adminículos que un español de orden no puede dejar de lucir sin ser gravemente sospechoso de la más aviesa rojez. Verbi gratia: collares y arneses para perro con la bandera de España; llaveros, ceniceros, pulseras, cintas para atar en el retrovisor de coche, todo ello con la enseña patria, y otros muchos objetos perfectamente inservibles, pero muy útiles para españolear con un par de…bien puestos. 

Porque un español en ejercicio de su españolidad a ultranza puede pasar por ser un hortera acreditado cuando luce esos complementos patrióticos, pero lo hace para demostrar que tiene más cojones que el cura de Villalpando, al lucirlos. Dicho sea sin meterse en averiguaciones sobre el volumen gonádico del clero rural, ni valorar el gusto dudosamente estético del patriotismo ultradextrógiro. El mal gusto, por racial y españoleante que sea, no deja de ser una horterada de tanto tamaño como los compañones del clérigo de misa y olla que tanta fama dio al pueblo de Tierra de Campos en tiempos pasados.

Estas semanas, que en la capital del reino se celebran las corridas de toros de las ferias de San Isidro, al pasar por delante de la tienda Patria, he visto en el escaparate un cartel alusivo a la españolidad de la cosa esa de la tauromaquia. Representa una cabeza de toro y una leyenda que dice: “ESTO ES ESPAÑA ¡Viva la Fiesta Nacional!”. De verdad, leído así de sopetón, he sentido como una vaharada de esencia españolista, me han entrado ganas de cuadrarme en mitad de la acera, levantar el brazo y dar el grito de rigor: ¡¡Presente!! No lo he hecho porque soy un rojelio resentido, de esos que critican la encomiable labor de desguace nacional de los chicos de la Gaviota azul genovesa, aparte  que esas cosas del todo por la patria me dejan más bien al fresco. Quiero decir, que el por Dios, por la Patria y la Tauromaquia no me motivan gran cosa, solo me admira la pervivencia de tanta vetustez.

Aunque, como se trata de un bien de interés cultural, me ha picado la curiosidad y he estado huroneando por Internet, a ver cómo se sustenta (económicamente hablando) tanta cultura como emana del cornúpeta hispánico. He descubierto la página oficial de la Comunidad de Madrid, a través de la cual se pueden solicitar ayudas económicas para el festejo taurino, así como las críticas que la progresía perroflauta, los nacionalismos periféricos  y el rojerío en general hacen a fiesta de tanta raigambre y “tan nuestra”, que diría La Razón, cargada de idem.

Según dicen, 564 millones de euros nos cuesta mantener la Fiesta Nacional  – Wert la querría con mayúsculas, y hoy estoy por complacerle – en sus diversas vertientes (corridas de toros, escuelas de tauromaquia, toros de fuego, de la Vega, enmaromados, vaquillas y charlotadas en general) cada año. 47 euros anuales por familia, dicen los que suelen echar este tipo de cuentas. ERC – que además de republicanos son catalanistas y antiespañoles, razones para no fiarse de ellos ni de sus números, nos advertiría un patriota – dice que 700, de los cuales 129,6 proceden de la Comunidad Europea, a través de la política agraria común.

Reconozco en esta cifra, de ser cierta, una admirable justicia poética. El IV Deutschebundesbank Reich, con Mein Frau Merkel al frente de sus Financepanzers nos está subvencionando la juerga de dar capotazos al morlaco, muy en contra de su rígida moral luterana, y con grave escarnio de su tradicional laboriosidad y sentido del ahorro. También la pérfida Albión se rasca la británica faltriquera para subvencionar con la pasta de la City los ¡Ooolééé! y ¡Viva la puta que te parió! , con que el respetable aclama en el coso al matador pinturero tras una faena de antología. 

Que el improbable lector no me diga que el asunto no tiene bemoles. La banca germánica nos desguaza los logros sociales y nosotros les gastamos las perras en juergas taurinas; los británicos, dueños a contra fuero del Peñón y sus monos autóctonos, pagan la banda de música que interpreta España cañí mientras el maestro y su cuadrilla hacen el paseillo por el albero. Cosas veredes, Mío Çid que farán fablar las piedras…

Ciertamente, declarar las corridas de toros de interés cultural - y que ellos nos las mantengan - es un puyazo en todo lo alto del morrillo de la culta Europa. Lástima que el ministro de la Cosa de la Cultura no les haga el salto de la rana, como lo hacía el Cordobés, delante de sus europeos hocicos.  Si a eso le añadiésemos las bendiciones de monseñor Rouco, más patriótico, imposible.

sábado, 20 de octubre de 2012

Un punto filipino.-


Ser un punto filipino es una locución anticuada que se empleaba mucho en mi cada vez más lejana juventud. Solía decirse de la persona que es desvergonzada y poco escrupulosa. También, según he leído, se decía de aquellos peninsulares que vivían en Filipinas sin oficio ni beneficio conocidos, pero dándose mucho postín. De cualquier forma que sea, la primera acepción  era la más popular.

Algo tenemos en común españoles y filipinos. No sólo porque Filipinas fue colonia española hasta que los yanquis, so capa de derecho a la independencia del archipiélago, lo descolonizaron de aquella España obsoleta de fines del XIX para colonizarlo en provecho propio. Lo que, aun no viniendo a cuento, me recuerda a aquel profesor de geometría de mis tiempos bachilleres, quien nos decía que dos líneas paralelas prolongadas en el infinito terminarían por encontrarse. Si es cierta tal teoría no lo sé, que soy de letras.

Pero en mis últimas lecturas paralelas, descubro que sí, que Filipinas y España tienden a encontrarse, no en el infinito, sino en un tiempo más o menos próximo. Y diré por qué, que uno no quiere hablar a humo de pajas y, aunque mal trabadas, este jubilata tiene sus razones.

Leo en Le Monde diplomatique que el gobierno filipino ha establecido unas Zonas Económicas Especiales agro-industriales (biodiesel a partir de la caña de azúcar) para atraer capitales extranjeros en condiciones privilegiadas: ventajas fiscales con exoneración de impuestos de 6 a 8 años; capacidad para repatriar sus capitales y maquinaria sin contraprestación; empleo de su propia policía; por supuesto, nada de sindicatos ni derechos de huelga. Estas zonas económicas especiales son grandes extensiones de territorios declarados previamente “improductivos”, muchos de ellos tras expulsar de sus tierras a los campesinos que mantenían una producción agrícola de subsistencia. El artículo, por si al improbable lector le interesa, es mucho más denso y puede leerse en el número 703-59e. année. Octobre 2012 (pp. 6-7), de esa publicación. Yo lo traigo a colación para ilustrar el paralelismo que pretendo.

En esta España llevamos ya meses oyendo hablar de Eurovegas y no aburriré al improbable lector con información que puede encontrar en las hemerotecas y en la Red, sin ir más lejos. Pero sale de ojo que, entre las Zonas Especiales Económicas de Filipinas y el Eurovegas, de previsible instalación en los eriales madrileños, hay tantos paralelismos que parecen calcados, salvadas algunas diferencias como es el tipo de explotación en uno u otro caso: exenciones fiscales, suspensión de algunas leyes molestas  y supresión de derechos laborales; Todo ello vienen a ser como el lubricante que estimula el buen funcionamiento de la máquina capitalista.

El gobierno filipino apuesta por los nuevos carburantes, aun a costa de la remontada de los precios de los productos agroalimentarios y del hambre de sus campesinos. Los jerifaltes de aquí apuestan por casinos, hoteles, campos de golf y otros derivados del ladrillo que tanto añoran y trajo años de gloria especulativa y corrupción. Uno y otros, dicen, pretender incrementar la actividad productiva y crear puestos de trabajo. Dos ejemplos paralelos que, prolongados en el tiempo, terminan coincidiendo en un interés sin escrúpulos por explotar recursos con el mínimo coste y las máximas ganancias.

Mira por dónde, aun estando tan lejanos geográficamente, y ya sin el viejo galeón de Manila que nos una, tenemos un bonito paralelismo convergente. Filipinas, país en vías de desarrollo, acabará cruzándose con España, país en vías de subdesarrollo. Y coincidirán en aquel punto donde la voracidad capitalista fagocita derechos sociales y los intereses privados prevalecen sobre los públicos al desagregar parte del territorio nacional para imponer la ley del gang, previo el vacío legal amigablemente consensuado. 

Ya sé que tampoco esto viene al caso, pero este jubilata no entiende el crujir de dientes patriótico-político-mediático  por aquello de una futurible Cataluña CiUma(r)sista y ex-pañola, mientras, por otro lado, se exhibe esa desvergonzada despreocupación ante la extraterritorialidad de los eriales madrileños donde montarán el chiringuito de la ruleta, bajo imperio de la ley del oeste.  A ver por qué hay que españolizar las gentes cataláunicas y desespañolizar parte de las tierras madrileñas, por muy secarral que sean; deberían explicárselo al personal, que lo tienen hecho un lío.

Mientras patriotizan o despatriotizan solares patrios, el apaño de Eurovegas sigue su curso. Y si no acabábamos de creérnoslo, ahí está el mister Adelson banqueteado por doña Espe en su mansión de Malasaña y recibido por el baranda monclovita. Es sabido que dios los cría y ellos se juntan para hacer de su capa un sayo; mientras, el pueblo soberano anda como puta por rastrojo. 

Un punto filipino, oiga, el míster de las tragaperras. Claro que los políticos del ladrillo y pasta fácil no le van a la zaga.

domingo, 3 de junio de 2012

Con la conciencia tranquila


Yo no se al improbable lector, pero a este jubilata, cada vez que oye decir “Mi conciencia está muy tranquila”, le entran ganas de mover la susodicha conciencia a palos, a ver si con cuatro meneos bien dados aquélla sale de su atonía y empieza a servir para algo, aparte de para justificar los enjuagues de su propietario.

No hay en esta Expaña nuestra un prohombre (o una promujer, por aquello de la equiparación de géneros o sexos) que no recurra a la frasecita de marras cada vez que les pillan con los dedos hurgando dentro del cajón de los dineros públicos.

Esta jubilata lleva perdida la cuenta de cuántos políticos o representantes de instituciones públicas se han atrincherado en el argumento de "tengo la conciencia tranquila" para justificar lo injustificable: que los recursos públicos, cuando son administrados más a favor del interesado que del bien común, no son cuestión de conciencia individual, sino de malversación pura y dura. Eso como poco, cuando no se trata de un simple latrocinio ejercido sobre los recursos de la ciudadanía.

Creo que debería quedar absolutamente claro lo siguiente: la conciencia individual, tranquila o no,  no es un resorte de precisión que nos advierte de la inmoralidad de un acto en la esfera de lo público. Los actos de un personaje público, en cuanto ejerce como tal, no se deben regir por una conciencia personal y acomodaticia, sino por el respeto a la legalidad, a la norma establecida y al bien común. Como quien dice, use usted de su conciencia en la esfera privada, le diga lo que le diga ésta, que a nadie le importa, pero en cuanto individuo con responsabilidades públicas, son otras las voces las que dirán si usted obró bien o mal.

A estas reflexiones andaba yo dándole vueltas cuando le oí decir al Presidente del Consejo General de Poder Judicial que tenía la conciencia muy tranquila, tras airearse en los medios eso de que se gastó ciertos dineros del erario en viajes a Marbella, que se alojó en hoteles de categoría y que llevó a un acompañante, todo a cargo de dineros que no salieron de su bolsillo. Mira qué bonito ejemplo en tiempos de escasez y recortes económicos en las instituciones del Estado. Quizás el hecho de ocupar la cúspide de la magistratura estatal le haga creer que tiene privilegios de los que no goza el pueblo mezquino, pero ha olvidado aquella máxima de que la mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino parecerlo.

Y aquí la impresión general es que las castas privilegiadas, instaladas en el poder en supuesta representación del pueblo, ni son decentes ni se molestan en parecerlo. ¿Usted vacía de recursos una Caja de Ahorros, como la CAM que se quedó con parte de mis ahorros, para construir aeropuertos inservibles, para montar Fórmulas 1, para enladrillar la costa? Lo hizo con la mejor de las intenciones y su conciencia está muy tranquila. ¿Que por el camino han aparecido unos Gúrteles para desviar dineros públicos en favor de amiguetes? Nada, debilidades humanas. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo. Lo primero es la familia.

¿Qué usted subvencionó ONG´s urdanganirescas? ¿A quién mejor que a un yerno del rey le vamos a confiar nuestros dineros, más cuando lleva el título de duque de Palma? Mi conciencia está tranquila porque el nombre de la ciudad se lo merece.

Y así desde el alcalde de Villatordillos de los Eriales hasta el magistrado supremo de la nación. Que el improbable lector vaya añadiendo los casos que recuerde; a mí se me escapan de tantos como son.

La conciencia privada es la medida de valor universal, aplicada a los intereses del país cuando éstos colisionan con mis intereses particulares. Ésta podría ser la norma que éstos siguen para hacernos creer que "mi dios y mi conciencia" están por encima de los ciudadanos. ¡¡Y una mierda!! se nos ocurre pensar a los que tenemos que aguantar los dictados de su conciencia y sufrir sus consecuencias.

Este jubilata propondría, no por ética o moral, sino por estética, que dejaran de echar mano a la conciencia cada vez que tengan que justificar lo que, a los ojos del más elemental sentido común, no es más que una tropelía en mayor o menor grado.

Ténganlo claro de una puñetera vez, su conciencia nos importa un carajo. Nos conformamos con que no metan mano al cajón ¿Vale?

jueves, 8 de marzo de 2012

Emprendedor ¡Para la crisis!

Ya sé que llego un poquito tarde, pero los jubilatas somos lentos de neurona. La idea de la campaña aquella de la Comunidad de Madrid ¡Para la crisis! fue tan brillante que no me resisto a comentarla, aunque sea con tanto retraso.
Parece ser, con eso del desempleo galopante, que las autoridades autonómicas decubrieron un campo de infinitas posibilidades donde ponerle remedio. No se trataba de reindustrializar el país, lo que hubiera supuesto una grave colisión con los intereses exportadores de doña Merkel (al diablo mejor no pisarle el rabo); ni se trataba de potenciar la agricultura de nuestros secanos -que nos lo venden más barato de por esos mundos subdesarrollados); ni siquiera de resucitar la cabaña ganadera (que ya te viene toda la carne envasada); ni siquiera de insuflar nuevo fuelle al ladrillo, cuando el banco no está por la labor del crédito hipotecario. La cosa era mucho más ingeniosa y no comprometía a nada. Era la acreditada táctica de predicar en lugar de dar trigo; de regalar consejos y dar palmaditas en la espalda.
Se trataba de animar a la gente a ser emprendedora y hacer de cada parado un empresario. La cosa, si no lo entiendo mal, funcionaba así: tomas una familia con todos o parte de sus miembros en paro y les dices, mediante hábil campaña publicitaria: ¡Sea emprendedor! Las autoridades, con grandes dosis de optimismo oficial, animan al parado a que emprenda negocios, funde su empresa, se enriquezca, explote a sus trabajadores (la nueva ley de regulación laboral se lo ofrece en bandeja)), desgrave cuanto más rico más impuestos y disfrute de paraísos fiscales... si llega a tener éxito. Si no, como en el parchís, otra vez a la casilla de salida. Al ser gente en riesgo de exclusión social, seguro que no pierden nada por intentarlo. Todo menos ser un lastre en las colas del INEM.

A un servidor, como jubilata en activo, se le ha pasado la hora de ser emprendedor y no tiene otra opción que ir de mirón. Ahora, como no hay obras públicas que mirar desde la valla, he decidido observar las señales de emprendimiento empresarial que abundan por mi barrio. De momento, ricos, ricos de SICAV y negocios Gürtel no abundan mucho por este barrio de la Concepción, pero todo se hubiese andado si hubiese funcionado la campaña de los Emprendedores esos.

Porque materia prima sí hay. Basta con parase a leer la publicidad que echan los nuevos empresarios y que abunda por marquesinas del bus, farolas, semáforos, buzones de comunidades, parabrisas de coches y bocas de Metro. Y sí, he descubierto que mi barrio está lleno de emprendedores. Gente que aguza el ingenio, por ejemplo, para pintar un piso por 390 € y cobrar al final de la fanea. Además, garantizan el buen hacer del trabajo y la limpieza de ejecución. Alguien así, con esos precios de saldo chino, no puede menos que forrarse en cuatro días y hacerse un capitalito en las Islas Caimán de aquí a cuatro meses.

Con eso de ser emprendedores al estilo neoliberal, los chapuzas de antaño se reciclan en "Manitas"; empresarios habilidosos que, con las mínimas infraestructuras (una caja de herramientas), te arreglan muebles, enchufes, persianas; te montan tarimas flotantes, apañan grifos... Además, siguiendo las rectas doctrinas de desregulación neoliberal, no te expedirán factura, con lo que te ahorras el IVA.

También los hay más tradicionales, para quienes la actitud emprendedora se limita a repetir pautas ya marcadas. Es el caso del emprendedor tipo "Compro piso en esta zona", que ya no tiene aquel fuste del Pocero de Seseña o del Florentino Pérez, quienes tan gloriosamente transitaron por el cemento patrio. Aquél se limita a comprar por X y verder por X+1 . No es original pero al menos no molesta en las listas del paro. No hay por qué minusvalorarlo, todos adoran al dios Capital y tienen derecho a buscarse un huequecito en su regazo.

No se vaya a creer el improbable lector que sólo hay emprendedores autóctonos, tambien haylos exóctonos, pero con las mismas ganas de tañer la lira ante el altar del becerro de oro. Es el caso de los curanderos originarios del África profunda, llegados en patera para emprender una nueva vida llena de oportunidades. Son chamanes en contacto con las fuerzas de la Naturaleza que lo mismo te curan un matrimonio desvencijado por el tedio, que te hacen un apaño favorable en un juicio por desahucio, o te arreglan la cosa esa fláccida de entrepierna, o te sacan de la droga en un decir ¡Jesús! Todo ello garantizado al 100% de eficacia.

O quien te vende carne joven de mujer emigrante para eso del trato venéreo, que es negocio suculento y no hay que ser muy emprendedor, pues se trata de empresa de acreditada solvencia. Solo hay que ser bastante hijoputa, pero eso no está reñido con la ética capitalista. Además, puticlub o cajera de un supermerecado, todo es mercado laboral, y en todas partes te putean.

Tienen los emprendedores, además, otra ventaja social. A saber, que al pasar de empleados por cuenta ajena a empresarios, se acaba la explotación laboral por pura eliminación de una de las clases sociales, la más conflictiva. Cada cual es amo de sí mismo y de su chiringuito. Se acabó el malestar social, el patrón explotador, el proletario ocioso. Todo son ganancias y Milton Friedman sonreirá gozoso en su tumba.
¡Ah, si Mariano le diera un empujuncito al invento este!

jueves, 6 de octubre de 2011

Patas para un banco.-

Recuerdo... (Inciso: los jubilatas recordamos mucho otros tiempos y, si nos apuran, estaríamos dispuestos a jurar que nada como aquellos tiempos pasados); recuerdo, digo, que mi infancia y juventud estuvieron gobernadas por el omnipresente nacional-catolicismo: una amalgama de ideología nacionalista excluyente y de moralina religiosa oscurantista. Hablar mal del Régimen o tocarse "ahí" eran graves ofensas al invicto caudillo y al dios cristiano, y estaba castigado con penas de cárcel y de perpetuo infierno. Un agobio enorme, oiga, como si le faltara a uno el oxígeno, encerrado en un ascensor bloqueado entre dos pisos.

Criados en aquella ideología de tonos grises, por fin entró una bocanada de aire fresco el día que llegamos a la democracia, tras pagar el peaje de la Transición. Esa transición a la que siempre ponderaron como modélica y que -por lo que se ve- fue un apaño conveniente para los que estaban en el ajo. Nosotros, ya pueblo soberano, aunque poco avisado de lo que nos estaba ocurriendo, no cabíamos en la camisa de puro gozo. Por si fuera poco, un buen día, en el Politburó de Bruselas dijeron que Europa ya no acababa en los Pirineos y nos dieron entrada en aquel selecto club. Pasamos de súbditos franquistas a ciudadanos europeos: un salto en el vacío. Pero el ascensor se había puesto en marcha.

Personalmente, el día que me supe ciudadano europeo me puse eufórico y andaba como chico con zapatos nuevos. Se acabaron los corsés ideológicos (polítos y religiosos) y decirse europeo era ser uno de los pocos privilegiados de este mundo. Pero duró lo que duró...

Los que antes creímos en la idea de Europa, creíamos formar parte de una Europa de los ciudadanos. Estábamos equivocados. Ahora sabemos que entramos a formar parte de la Europa de los mercaderes. No nos igualábamos en derechos, nos igualaban en cuanto que consumidores de un mercado común. Los mercaderes compraban en Alemania y vendían en España; o al revés, según conviniera. Puestos a vender, nosotros también vendíamos. Vendíamos nuestras costas e ingentes toneladas de ladrillo. Mientras duró... Aún seguimos vendiendo turismo. Mientras dure...

De aquellos polvos de aparente riqueza nos quedan estos lodos de recesión económica. De nuevos ricos que nos creíamos (y vivíamos como tales) pasamos a formar parte de los denostados PIGS que gastan lo que no tienen y viven a costa del honrado pueblo alemán (a la Merkel me remito), que paga nuestras deudas con su laboriosidad, y de los préstamos financieros de los Mercados. Esos Mercados sin rostro a los que, al parecer, tan preocupados tenemos con nuestra incapacidad para devolverles las riquezas que en nosotros invierten desinteresadamente.

No sé si el improbable lector ha caído en lo gracioso del caso: si antes nos dominaba una ideología autoritaria, ahora nos domina la dictadura del mercado con su ideología de agiotismo perpetuo, un engendro de mil fauces que dan en llamar Economía de Mercado. Es tanto o más omnipresente que el obsoleto franquismo lo fue en sus tiempos. La economía de mercado rige nuestras vidas, nuestro trabajo, nuestras cuentas de ahorros, todos nuestros afanes. Economía financiera (tanto da decir "de mercado") ha convertido a los trabajadores en mercado laboral, a los países en tributarios de deuda soberana, a las instituciones políticas "democráticas" en mamporreros de los especuladores bursátiles, a los seres humanos en mercancías, al mundo en un basurero.


Economía de mercado, para un ciudadano de a pie -como es este jubilata- es ese dios Moloch Baal de fauces siempre abiertas al que hay que apaciguar ofreciéndole en sacrificio largas listas de parados, logros sociales que suponíamos inalienables, rescates de Cajas de Ahorros hundidas por administradores codiciosos, salarios anémicos. Y, cuando así lo exija, nuestra dignidad, la poca que nos quede después de alimentar hasta la náusea a ese dios tragaldabas.

La economía de mercado es un dios omnipresente, omnipotente, que habla todas las lenguas del mundo y rige todos sus destinos: desde el subsahariano de patera hasta el broker de la City, pasando por el jubilata de pensión congelada, o el político neocon que cierra hospitales para ajustarse a la ortodoxia presupuestaria, todos estamos a merced de tal dios.

Un servidor, ingenuamente, se confiesa siervo forzoso del Moloch Mercado. Acepta, resignado, su destino de víctima, aunque no profesa -que se la imponen- la fe del Mercado. Pero ¡coño! dejen ya de hablarme a todas horas de economía de mercado, de agencias de rating, de hedge funds, de deuda soberana, de recortes presupuestarios, de foreng curency, de rescates, de IBEX 35, de G-8, de PIB, de IPC, de FMI, de BCE y de toda esa bárbara jerga economicista que embota el entendimiento y acojona el espíritu.

Porque, sépanlo ustedes: este jubilata, en su supina ignorancia de asuntos económicos, tiene el íntimo convencimiento de que lo hacen para liarle. Y por ahí sí que no pasa.

sábado, 9 de abril de 2011

Peleando por la puta pela (con perdón).-


Los jubilatas, aparte nuestra pensión, solemos disponer de ciertas cantidades de pasta bancaria que hemos depositado en cajas de ahorro. Lo que llamamos "los ahorrillos de toda la vida" y que cuidamos como a la niña de nuestros ojos. A veces, esos "ahorrillos de toda la vida" duermen el sueño de los justos en una cuenta a plazo fijo que te renta el 1,6% (menos el 18% de impuestos), o en migajas de productos financieros, de esos que proporcionan enormes beneficios a los banqueros y - por razones de alta finanza, incomprensibles para los simples mortales - pérdidas a los pequeños ahorradores. Luego, el jubilata se muere y los herederos se compran un coche o se van de vacaciones a Cancún con los dineros tan celosamente guardados.

Esto en el mejor de los casos. Puede ocurrirte que la pasta bancaria, que creías tan segura en la sucursal de tu barrio, resulta que corre grave riesgo de disolverse en la nada, si en que la caja de ahorros empieza a hacer agua. Y en esas estamos.

Media vida guardando ahorros en la Caja del Mediterráneo y resulta que empiezas a leer sobre sus problemas financieros y se te ponen los pelos como escarpias. Fracasada su fusión con Caja Astur, Caja Extremadura y Caja Cantabria, le pide al Gobierno de la Nación (o sea, a todos nosotros, como siempre) 2.800 millones de euros para reflotar el banco ¡Ay, mis ahorros de toda la vida!, clama el jubilata.

Aparentemente, no pasa nada. Su escaso peso financiero, el de la CAM, no pondrá en peligro el sistema bancario español, según parece. El Estado la interviene, los consejeros son sustituidos por otros, nombrados por el Banco de España, aquí paz y después gloria. El jubilata respira con algo de alivio. Pero, como pertenece a la extinta categoría de los socialistas utópicos, con mayor inclinación por los falansterios que por los bancos, siempre ha sido partidario de que el Estado ponga orden en el sistema financiero y en tantas otras cosas que atañen a la recta administración del bien común.

Pero ¡coño! va y lee que un don Fulano, Pere Joan Devesa, vocal en el consejo de la CAM a propuesta de la Generalidad Valenciana (¡Esas amistades peligrosas...!), va el otro domingo - como quien dice, durante la misa mayor - y vende todas sus cuotas participativas: 6.176 acciones. ¡Coño! se dice de nuevo el jubilata, mis 794 cuotas participativas (los "ahorrillos de toda la vida", no se olvide) no van a valer un carajo como el Consejo de Administración de la CAM se fumigue todas las acciones que poseen sus miembros, con lo que está tronando. Total, que hacemos junta de accionistas la santa y yo (en régimen de bienes gananciales hasta que la Banca nos separe) y decidimos que lo convertiremos en dinero, si llegamos a tiempo, y nos lo gastamos en pipas Facundo.

En la sucursal me miran como a un bicho raro: un jubilata histérico que intenta recuperar, sin respetar la lógica del mercado, el calcetín de sus ahorros. Me dicen que, para vender mis acciones, tengo que hablar con el director de la sucursal. Me niego. Nunca he intercambiado palabra con tan ilustre funcionario; además, temo que me de una lección de economía financiera y me convenza de que la CAM es el mejor de los mundos posibles y yo un necio avariento. Así que insisto, yo quiero mis euros y gastármelos en pipas Facundo, aunque me de de narices con la lógica capitalista.

Al socarie de estas angustias financieras, uno empieza a leer y se entera, tarde, de que la CAM es un ladrillo agujereado. Algunos ya se preguntan ¿Por qué el Estado tiene que salir al rescate con dineros públicos? Al fin y al cabo, el sistema financiero español no se resentirá si se deja caer a la CAM. Otros se preguntan, y yo entre ellos ¿Qué pasa con los administradores de la Caja del Mediterráneo, los que la llevaron a esta situación? ¿No deberían rendir cuentas? ¿No hay un hueco en las cárceles para una larga estancia, como han hecho los islandeses con sus banqueros? ¿Todos los españolitos pagaremos la torpe política de inversiones de esos señores? El jubilata, que lo ignora todo sobre ingeniería financiera, pero tiene rudimentos de latín, se pregunta, como Cicerón: Quousque tandem abuteris patientia nostra...?

El jubilata está que no vive. A lo único que aspira es a rescatar sus euritos y gastárselos en pipas Facundo, hasta el último céntimo. Aunque se de un atracón de pipas de girasol. Aunque los dietistas y los banqueros se confabulen contra uno. En casa tenemos bicarbonato.

miércoles, 26 de enero de 2011

Cosas que he leído sobre el negocio de la salud.-

Un servidor -nunca lo ha ocultado- pertenece a esa gran mayoría de ciudadanos a los que los desaguisados que cometen con nosotros le rebosan por todas las costuras intelectuales y no sabe bien dónde echar el remiendo para que el traje le siga sirviendo, aunque sólo sea para taparle sumariamente las vergüenzas de la ignorancia.
Lo digo porque uno, que es jubilata y, en razón de los desperfectos físicos propios de la edad, modesto consumidor de medicamente, se ha echado a la cara un interesante artículo sobre el negocio de la industria farmacéutica en el campo de la salud pública. Bien es verdad que las articulistas hablan del gran negocio del medicamento en Francia, pero las líneas generales son aplicables a cuarquier país europeo y nosotros somos píldoras del mismo frasco.
Principio básico de las farmacéuticas: toda persona sana es un enfermo que se ignora. Razón más que suficiente para invetar enfermedades.
El danés Mikel Borch-Jacobsen, historiador de la psiquiatría, escribió Enfermedades a la venta, obra en la que dice, entre otras cosas que, en tiempos, se creía que los medicamentos estaban para curar enfermedades, actualmente se crean enfermedades para vender medicamentos, y las enfermedades que no requieren de un medicamento bajo patente, no existen.
Pone algún ejemplo: en 2007, Pfizer lanzó Lyrica, para mujeres maduras con síntomas débiles de fatiga general, dolores musculares difusos, sin ningula lesión orgánica observable. Pero como un buen tratamiento no hace daño a nadie, Lyrica se vende en todo el mundo y ha recaudado 1.800 millones de dólares en un solo año. Eso a pesar de su probada inutilidad y los efectos secundarios que produce: insomnio y obesidad.
Los variados estados anímicos por los que pasa cualquier humano se cubren bajo el paraguas de la "depresión", de forma que hay antidepresivos para todos los gustos: para el mal de amores, la tristeza, la fatiga o la angustia vital. Así la timidez y el retraimiento social o el temor a hablar en público se agrupan bajo el "síndrome de ansiedad social"; las explosiones de cabreo al volante son "perturbaciones explosivas intermitentes"; ese mal humor, previo a la regla, que se les pone a las mujeres en edad fértil, es una "perturbación dysphorica premenstual"... Y así. Por supuesto, no hay síntoma sin medicamento. Dígame qué tripa le duele y yo le invento la correspondiente enfermedad con su tratamiento. Luego, la sanidad pública se hará cargo de los gastos.
Y no solo es eso; es que se inventan medicamentos que son copia de otros que, con el paso del tiempo, han pasado a ser genéricos y con precios fijados por los poderes públicos: por lo tanto, más baratos. El proceso es fácil. se les hace un lifting y se les pone cara nueva. Basta con añadirle una vitamina -por ejemplo- al principio activo del viejo medicamento y ¡Hop! ya tenemos un nuevo medicamento blindado por una patente de laboratorio. Como quien dice, se le añade un placebo y se vende como un nuevo hallazgo de la industria farmacéutica. Por ejemplo, el Prozac, que en Fracia es genérico (aquí, no lo sé), ha sido reemplazado por el Zolft o el Deroxat, mucho más caros por ser nuevos.
¿Los ensayos clínicos? Los laboratorios no están obligados, salvo para patologías graves, a comparar su nuevo producto con otro preexistente y demostrar que son más eficaces. Incluso han llegado a ocultar sus ensayos clínicos cuando son negativos, como Merch con su antidepresor Vioxx, retirado del mercado en 2004 y presunto responsable de la muerte de unas 30 mil personas en EE.UU. Hay más ejemplos, pero con un botón de muestra ya vale.
Y, en cuanto a las enfermedades olvidadas, como el mal de chagas, el dengue o la enfermedad del sueño, y tantas otras endémicas en sociedades pobres -véanse los boletines de emiten Médicos Sin Fronteras- no exite investigación para ponerles remedio porque no existe mercado que asuma sus costes. Los laboratorios farmacéuticos son parte del engranaje del mercado financiero y es cosa sabida que las grandes corporaciones están para repartir beneficios, no para salvar a la humanidad de sus males. Faltaría más.
Según lo veo yo, ahora que los financieros ya no se conforman con manipular a los gobiernos desde la sombra, sino que están tomando posesión de ellos y dirigen su política social y económica, sería el momento para que los dirigentes de la industria farmacéutica se hiciesen cargo directamente de la salud pública, sin políticos intermediarios. Algo nos ahorraríamos.
El personal de asfalto seguiría siendo rata de laboratorio para cualquier experimento que redunde en beneficio de quienes controlan las finanzas, las políticas de salud pública y cualquier otra actividad social digna de ser exprimida.
Por si acaso me he quedado más en la anécdota que en la noticia, propongo al improbable lector de esta bitácora que lea el artículo y el informe. Los puede encontrar en Le Nouvel Observateur, nº 2410, del 13 al 19 de enero de 2011.
Un servidor se ha dado por enterado.