viernes, 30 de enero de 2009

Vivir del cuento.


Vivir del cuento es una ilusión muy extendida. Incluso a mí me hubiese gustado que me tocara esa bicoca, como a quien le toca la primitiva. Y ya que uno no es muy exigente, igual hubiese aceptado que lo de vivir del cuento fuese en sentido figurado o en el literal.
La primera posibilidad nunca estuvo a mi alcance: nunca formé parte del mundillo de famosos entrevistables o alimentadores del papel cuché con sus exhibiciones de casquería sentimental. La naturaleza no me predestinó al famoseo, y la necesidad hizo de mí un burócrata.
Ya que no podía vivir de ello en sentido figurado, haciendo de figurante cotizado, no me hubiese importado vivir del cuento en sentido literal, o literario. Porque, como solían decir nuestros abuelos: debajo de una mala capa suele haber un buen bebedor. Y debajo de la capa parda burocrática resulta que había un escribidor de cuentos, o de relatos, si se prefiere.
La Olivetti 88 del despacho no sólo servía para machacar papel timbrado y pasar a limpio la literatura administrativa, también servía, en ratos de ocio -o de ausencia del jefe de sección- para dar forma a las historias que se me pasaban por la cabeza. Que fuesen buenas o malas, en eso no me meto, pero que, bajo el plomizo mundo burocrático aleteaba una chispa de imaginación, eso sí que es cierto. Así que escribía oficios, traslados, informes…, y, a escondidas, cuentos.
Desde entonces, años llevo en ese empeño. Se me ocurre una idea, no importa que absurda, y ¡Zás! de la chistera de la imaginación surge una historia que termina en el papel; bueno, desde hace unos cuantos años, en la pantalla del ordenador. La historia de marras, bien enhebrada y zurcida, va al archivo de “Mis Textos” y, desde allí, a los correos electrónicos que envío a mis amistades y conocidos en general.
Reconozco que la gente es discreta: casi nadie dice si mis relatos les gustan o no. Supongo que lo hacen para no animarme o para no ofenderme. Está feo reenviar un correo al autor con el comentario “tu cuento es una mierda”, y, por otro lado, es una falta de consideración muy grade decirle “qué bien escribes, deberías publicar”. Despertar vanas esperanzas, para qué. Porque, gente que escribe, la hay a puñados así, así… En cuanto a gente que se cree con derecho a ser publicada: no habría bosques suficientes en toda España para hacer pasta de papel.
Y, como a mí alguna vez me han dicho lo de “deberías publicar”, estuve un tiempo enviando mis cuentos a concursos de relatos allí donde había una convocatoria. Y convocatorias las hay muchas, muchas, muchas. No hay ayuntamiento, casa de la cultura, biblioteca pública, asociación cultural, institución pública o privada, que no organice un certamen literario con su puñadito de euros de premio, su diplomita con grecas y, lo que es mejor, su predisposición a publicar los relatos premiados.
Con más fe que esperanza, en los últimos años he gastado en DIN A4 y sellos de correo dinero suficiente como para ser mi propio editor. Que yo sepa, sólo una vez me comunicaron que un relato breve mío había sido seleccionado y se publicaría. ¡Me puse más contento…! Luego me enteré que el mío era uno de los doscientos cincuenta seleccionados, con todos los cuales se iba a editar un libro que se vendería para recaudar fondos para no sé qué asociación benéfica. Nunca he visto la publicación y me temo que hubiera tenido que escarbar un buen rato hasta encontrar el mío.
Como desagravio a aquel pobre relato breve, he decidido colgarlo aquí en mi bitácora. La ilustración que le acompaña, tan ingenua, es de mi jovencísima colaboradora Paula Serrano, a quien no le importa ver asociado su prometedor nombre con los cuentos de este frustrado gran cuentista.

Amor en breve.-
"Era Merodio Fernández un hombre de talante enamoradizo, pero no lograba encontrar una mujer a su medida. Desesperado, puso un anuncio en el periódico: “Se ofrece corazón vacante, cálido, generoso y amplio. Interesadas preguntar por M. F”. Como la oferta era muy ventajosa, recibió proposiciones de muchas mujeres solitarias: todas interesadas en ocupar la vacante en propiedad. Él, afanosamente, dedicó un par de semanas a estudiar los currículos sentimentales de las aspirantes, y todas ellas le gustaban. Incapaz de decidirse por ninguna en concreto, optó por realquilar su corazón por habitaciones. Como tenía un corazón tan amplio, le cupieron los amores de once mujeres. Desde entonces, Merodio va, cada mañana, habitación por habitación, besa en la boca a cada uno de sus amores y se marcha al trabajo tan feliz.”

martes, 27 de enero de 2009

Pájaros y pardales


Ya que uno tiene tiempo para tantas cosas, ha montado en la ventana de la cocina un pequeño comedero para los gorriones: una de esas tazas planas de porcelana que se usan, o se usaban en tiempos para beber el vino de ribeiro en las tascas. Cada mañana, lo llena de migas de pan, trocitos de galletas, restos de bollería del desayuno, o lo que tenga a mano y a lo que los gorriones no le hagan ascos. Lo pone en el alfeizar y se queda un rato observando.
Al poco, aparecen uno o dos gorriones y empiezan a comer como desaforados. Escarban con sus picos y, este trozo quiero, este no quiero, van expurgando lo que supongo son para ellos los bocados más suculentos. Pero el banquete en exclusiva les dura poco. Empiezan a aparecer otros hasta formar una pequeña bandada (hasta diez, he llegado a contar). Entonces, aquello es un guirigay de aleteos, picotazos, empujones, modelo “quítate tú, que me pongo yo”. Los machos, grisáceos y como encorbatados con su mancha negra en la garganta y el pecho, se ponen agresivos. Los más fuertes –enseguida se nota que hay una jerarquía– agreden a los más débiles, les picotean en la cabeza para expulsarlos y ocupan el mejor lugar en el banquete. Los más tímidos, dan vueltas alrededor, atrapan algún trozo que los dominantes han tirado en su afán con quedarse con los mejores bocados, y lo van desmenuzando en un rincón. A veces, algún espabilado le quita el bocado de la boca al vecino y sale volando por temor a la represalia.
A pesar de su agresividad, de que son desconfiados y de que suelen hacer gala de bastante mala leche, a mí me caen simpáticos y les sigo alimentando.
El comportamiento social de estos pájaros (passer domesticus, es su nombre genérico) tiene sus paralelismos si se compara con el de alguna categoría de humanos. Me refiero, por si no lo sabíais, a nuestros políticos (digamos: passer politicus). También ellos, encorbatados y con sus trajes grises, se alimentan en un gran comedero, el de la Cosa Pública, donde se reúnen según un orden jerárquico y pían con gran algarabía. Cuando la jerarquía entre ellos no parece estar tan clara, hay un aleteo nervioso, se ponen agresivos, se picotean unos a otros y terminan organizando un guirigay mayúsculo.
Pero también hay diferencias de comportamiento que, en mi modesto parecer, favorecen a los gorriones frente a los políticos: no se espían entre los pájaros de la misma bandada ni “judicializan” (¡joder con la palabreja!) sus querellas. A veces, los individuos de la especie passer politicus se embellecen con plumaje ajeno y asemejan aves del paraíso, pero al verlos hozar en el comedero, enseguida se echa de ver que son gurriatos. A pesar de todo, también les alimento con mi voto cada cuatro años. El resto del tiempo, les observo.
Los gorriones son bastante más simples en su comportamiento: llegan al comedero, se pelean a ver quién come más y más deprisa, de paso, se dan algún picotazo y, cuando no queda una miga, se van con aire fresco.
Por lo demás, unos y otros producen suciedad y ruidos y, de vez en cuando, hacen saltar las alarmas. Como dice el refrán popular: son iguales pájaros que pardales.

domingo, 25 de enero de 2009

Una visita al Museo del Prado.


Una de las aficiones que solemos practicar los jubilados culturetas es la de visitar museos. Como nos salen gratis… Por poco precio cultivamos el espíritu, el intelecto y desarrollamos el sentido estético.
Somos europeos ¿No? ¡Pues que se note!
Viene al caso porque en el Prado, sábados y domingos, hay visitas guiadas en las que se comenta una obra de los fondos del museo, distinta cada mes. Media hora antes de comenzar, uno va, se apunta, le dan un pinganillo y puede ir a la sala correspondiente a disfrutar de las explicaciones que una experta en arte va dando a pie de obra.
Este sábado pasado, o sea, ayer, hemos asistido Teresa y yo al comentario de un cuadro de la escuela flamenca: La Fuente de la Gracia y el Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, de la escuela de Jan van Eyck y de fecha anterior a 1430. Ya el título da idea de que estamos ante una obra alegórica cargada de simbología y de militancia católica. Parece ser que es el panel central de un tríptico, cuyas tablas laterales han desaparecido, pintado por encargo de los duques de Borgoña, quizás comprado por Juan II, donado por Enrique IV de Castilla al monasterio de El Parral (Segovia), que formó parte de los fondos de la R.A.S. Fernando y que, desde 1872, forma parte de los fondos del Museo del Prado.
Esta Fuente de la Gracia, desde el punto de vista estilístico e iconográfico, se relaciona con el gran tríptico El Cordero Místico de los hermanos Van Eyck, que tuvimos la fortuna de ver hace años en la iglesia de San Bavón, en Gante. Está montado como una escenografía a semejanza del teatro religioso de la época, con tres registros, enmarcados por arquitecturas góticas. Un primer registro, el celestre, presidido por Dios Padre (a sus pies el cordero místico), enmarcado por la Virgen y san Juan Evangelista. Un segundo registro, musical, con dos grupos de músicos tañedores, a derecha e izquierda, y otros dos de cantores. Uno de los instrumentos resulta curioso: un ángel tañe una especie de enorme flauta con cuerdas (instrumento “cordófono”, porque se tañe con arco. Su nombre: flauta marina), que a tamaño real debía de tener unos dos metros de longitud. Es un extraño híbrido entre flauta descomunal y violín (uno, al verlo, se acordó de los Luthiers y sus extraños instrumentos). El resto son más conocidos: arpa, laúd, salterio, viola, órgano portátil. El tercer registro representa la disputa entre la Antigua y la Nueva Ley (o entre la Sinagoga y la Iglesia). A la derecha de la escena, los representantes de la Iglesia en pie: el papa Martín V (el cual mandó dar matarile al herético Jan Hus, aprovechando la convocatoria del concilio de Constanza, al que asistió Hus con un salvoconducto que garantizaba su inmunidad), el emperador y otros personajes religiosos y laicos; a la izquierda, los representantes del Antiguo Testamento con el Sumo Sacerdote con los ojos vendados (simbolizando su ceguera ante la verdad revelada del cristianismo) y el resto de los hebreos en actitud gesticulante y de desconcierto.
Desde el punto de vista formal, se trata de una composición simétrica, con el punto de fuga sobre la tiara del Dios Padre entronizado y la arquitectura gótica con el gablete central. El conjunto de las escenas enmarcan, en forma circular, al cordero místico sobre la fuente de la vida: una pila octogonal, simbolizando un baptisterio, y sobre ella una custodia. Un ave fénix y un pelícano, ambos simbolizando los sacramentos del bautismo y la eucaristía. Los trajes de los personajes son a la moda borgoñona y se relacionan con la industria pañera flamenca. Por último, la luz incide sobre el conjunto entrando por la izquierda de la escena y estableciendo un juego de luz y sombra que da más sensación de realismo a la composición, aunque está muy lejos de los fuertes contrastes luminosos del barroco.
Quien quiera saber más, todavía está a tiempo de acercarse al Prado y apuntarse a la visita. Ánimo, que no duele ni nada.

viernes, 23 de enero de 2009

Sólo son cuentos.- Semblanzas, 2.

El artista Adalberto.

En su ciudad, todo el mundo admiraba a Adalberto Rus Morillo.
Desde niño había mostrado un temperamento artístico que desarrolló de forma autodidacta y llegó a ser el orgullo de su familia.
Con 14 años le colocaron de mancebo de botica. Como no tenía estudios, doña Flora la boticaria lo tenía para hacer recados, despachar bicarbonato y aspirinas, y poco más. Pero él era muy despierto y apañado. Leía todos los periódicos que llegaban a la farmacia y se veía los santos de las revistas. Además, en sus ratos libres, aprendió a hacer esculturas con lo que encontraba en los contenedores y con las piezas viejas del taller de motos de su padre.
Así, con tesón y habilidad, y sin darse cuenta, practicó el hiperrealismo crítico, la abstracción figurativa y otras tendencias de vanguardia. De eso la boticaria no tenía ni idea, a pesar de que había estudiado Farmacia en Salamanca. Pero ella, que se las daba de instruida, por aquellos días se había echado un novio intelectual. Cuando éste vio las cosas que hacía Adalberto, descubrió que estaba ante un genio. Le ayudó a montar una exposición en la Casa de la Cultura y escribió la crítica en el periódico local.
Gracias a él la gente se dio cuenta de que Adalberto practicaba “una estética articulada desde el despojo de las cosas generadas por la sociedad de consumo”. Y como bien dijo su madre en una entrevista que le hicieron para la radio, "en casa no se lo podían de creer".
Los vecinos, que hacían cola para ver la exposición, empezaron a hablar del “verismo aspectual crítico” que traslucían los chismes de desecho ensamblados por Adalberto. Y en los bares se aseguraba que nunca la transvanguardia había calado tan hondo en el sentir popular. La gente, en fin, se hinchaba a comprar medicinas en la farmacia para tener ocasión de saludar al artista.
Él, agradecido, desde el mostrador de la botica, daba lecciones de estética por amor al arte. Como aquella vez que una señora fue a comprar unos potitos para el nieto y le enseño un tostador de pan que tenía las tripas al aire. Adalberto, entonces, le habló de la belleza que en sí mismos tienen los materiales de desecho, una vez descontextualizados estéticamente de su funcionalidad primigenia.
La señora, entusiasmada, hizo un tapete a punto de cruz y puso el tostador encima de la tele, para que lo vieran las visitas de cumplido.
Desde entonces, en aquella ciudad la gente no tira los chismes viejos sin consultar a Adalberto, y el chatarrero del barrio se ha convertido en marchante de arte.

miércoles, 21 de enero de 2009

Un Mesías para las masas.

Si este circo global que es nuestra sociedad fuese una película de ciencia-ficción, estaríamos ante un fenómeno de subducción colectiva: la Obamización, si se me permite la palabreja. Una especie de feliz histeria universal, según la cual un nuevo Mesías nos ha sido dado para salvación de la Humanidad. Un Mesías negro que viene a predicarnos la buena nueva del final de la Era Bush y sus tropelías, la nueva aurora de la fraternidad universal bajo los auspicios de un capitalismo regenerado con dineros públicos, el cierre de los guantánamos demasiado evidentes y la disolución en la nada mediática de todos lo males subsiguientes al 11-S y al auge del Eje del Mal con su morisma ignorante y fanática.
Ya sabíamos, por los libros de historia, del poder taumatúrgico de los reyes medievales. También sabíamos de la curación por la palabra y que la fe mueve montañas. Pero no sabíamos, hasta ahora, que los votos de un pueblo solipsista como el norteamericano fuesen a traernos la salvación universal, la justicia y la paz entre los pueblos. O lo que quiera que las gentes enfervorizadas supongan que va a traernos la nueva Era Obama.
Por mí, bienvenido sea. No seré yo quien le quite la ilusión a nadie, ni quien se enfrente con el fervor de los adeptos a los líderes carismáticos. Bienvenidos sean los Mesías sacramentados por el sufragio universal. Yo sólo soy un improductivo y no imparto doctrina.
Pero me hago algunas preguntas. ¿Qué pasará con el regalo que, según leo en la prensa, le hace Wall Street al flamante nuevo presidente? ¿Hay que devolver los favores o basta con el “santa Rita, Rita, lo que se da no se quita"? ¿Y qué pasa con el “capitalismo del desastre”? ¿Seguirá provocando nuevas guerras para lograr nuevas ganancias? ¿Y qué pasa con la sobreexplotación de los recursos naturales? ¿Multiplicará el nuevo Mesías los peces de los mares que esquilman los buques factoría, o es demasiado pedir? ¿Y qué pasa con la crisis de sobre producción que vivimos? Porque el armamento se puede gastar en nuevas guerra, pero ¿A quién venderemos los coches, si quienes los fabrican van al paro? ¿Y todos los cachivaches que salen de nuestras factorías? Por cierto ¿alguien se acuerda de san Carlos Marx? Algo profetizó sobre las crisis cíclicas de sobre producción del sistema capitalista. Estamos inmersos en una y nadie le pone una vela a aquel santo ateo.
En fin ¡Obamicémonos! Dice mi amiga Rosa en su blog. Admiro su fe. Ha ejercido el periodismo toda su vida y, a pesar de que yo la suponía curada de espantos y de espejismos, está ilusionada con la obamización. No sólo cree en ella: nos incita a que creamos y nos ilusionemos, y lo hace de una forma imperativa: ¡Obamicémonos! Más que una invitación a participar del estado de gracia colectivo, es una exigencia de optimismo y a mí, lo juro, hasta me enternece tanta ilusión como pone en ello.
Bienvenidos sean los Mesías, no importa el color de su piel, si traen garantía de calidad. Por mí que no quede. Por eso, obamicémonos, siquiera un ratito, a ver qué pasa.

lunes, 19 de enero de 2009

Los Tejos del Retiro



La Agrupación Aire Libre organizó el sábado pasado una visita botánica, con un apéndice cultural, por el parque del Retiro. El propósito era conocer los ejemplares de tejo (taxus baccata) que hay diseminados por el parque: 52, según el inventario que ha hecho Guillermo García, simpatizante de la Agrupación. Inventario que sigue abierto, ante la posibilidad de que puedan descubrirse otros ejemplares, desconocidos hasta ahora.
Nuestra primera parada ha sido en el jardín del Parterre, frente al Casón del Buen Retiro, para ver el ejemplar de árbol más impresionante de todo el parque: el ahuehuete, o ciprés mejicano; también falso tejo (taxodium mucronatum), que si no es una taxácea pura, tiene en común con éstas la forma de sus hojas, aciculadas y opuestas sobre el tallo.
El mejor ejemplar de tejo que puede verse en el Retiro es el que está junto al palacio Velázquez. Es un árbol de gran porte, con tres pies, muy frondoso, que está catalogado como árbol singular por la Comunidad de Madrid. Crece en una esquina de este palacio, edificio que se construyó para la exposición Metalúrgica y Minera de 1887.
Pero de todos los visitados, algunos ejemplares no son taxus bacata, sino que pertenecen a la variedad cefalo taxus. Éstos están en el paseo que bordea la Rosaleda y se diferencian con facilidad de los bacata porque sus hojas son más grandes y bastas, y el fruto aparece en forma de racimos como de uvas. Los frutos del taxus bacasa están formados por un arilo rojo y carnoso, que envuelve un pequeño grano de simiente.
De todos los ejemplares visitados en el recorrido, el más hermoso para mí es uno que descubrimos hace meses cerca de la plaza Costa Rica, muy próximo a la estatua de fray Pedro Ponce de León, del que tengo una bonita fotografía hecha en aquella ocasión.
Todos los ejemplares vistos han crecido sin podas apreciables, salvo uno que está muy dañado, pero en los jardines de Herrero Palacios (antiguo zoo) hay varios tejos “topiados”, esto es, sometidos a poda ornamental para darles formas geométricas y decorativas, como el que se ve en la foto, con ese lamentable aspecto de tarta de bodas.
La excursión botánica ha dado de sí más de lo que aquí cuento, pero no es cuestión de alargarse. Si se quiere saber más sobre estos tejos del Buen Retiro, en el Boletín de la Sociedad Ateneísta de Aire Libre (del Ateneo de Madrid), en su número 40, diciembre 2008, Guillermo García Pérez ha publicado el artículo “Los Tejos del Buen Retiro", con fotografías y un plano sobre el que se sitúan los ejemplares inventariados hasta ahora.
No hay más que animarse e ir a explorar un poco. La aventura tiene el éxito garantizado.

domingo, 18 de enero de 2009

Sólo son cuento.- Semblanzas, 1


Juntapalabras.-
Desde que era niño dijeron de él que era disléxico, pero la verdad es que era muy tímido. Al hablar no le salían las palabras y se atropellaba. Por eso, cada vez que iba a decir algo, tomaba aliento, como los buceadores a pulmón libre, y soltaba toda la frase seguida, sin descansar hasta el punto final. Luego boqueaba, como un pez cuando lo sacan del agua, respiraba y sonreía como pidiendo disculpas. Por esa razón los vecinos le llamaban “manolojuntapalabras”; así, todo seguido y sin mayúsculas. Y a él no le parecía mal.
- Qué, juntapalabras ¿A dónde vas, hombre? –, le decía el ciego que se ponía en la boca del metro.
Él se pensaba bien lo que iba a decir, tomaba aliento y respondía deprisa:
- VoyaverunapelículaquesetitulaLosHéroesdelEquinoccioalcineAvenida –. Y aunque lo decía de un tirón, él sí pronunciaba las mayúsculas, que para eso había sacado en el instituto buenas notas en gramática y ortografía.
Un día decidió que iba a coleccionar palabras. Como las decía tan de sopetón, pues claro, se le terminaban enseguida y necesitaba muchas más. Por este motivo fue a los lugares donde la gente hablaba sin parar. Un día fue al fútbol, pero la gente gritaba tanto que las palabras que se trajo rebotaban mucho y se salían de la caja donde las guardó, así que tuvo que tirarlas por la ventana. Ese día en la vecindad, con tanto griterío como sonaba por la calle, pensaron que jugaba la selección nacional.
Otro día, estando en campaña electoral, fue a oír a un político. Como hablaba tan bien, se llevó una bolsa enorme de palabras para su colección. El político, que se quedó sin palabras, como además tampoco tenía ideas, se quedó sin mensaje y la gente no le volvió a votar. Lo malo fue que, como las palabras estaban huecas, a manolojuntapalabras se le empezaron a secar y a arrugarse. Total, que tuvo que echarlas a un contenedor para reciclar.
Tuvo suerte el día que conoció a aquella foníatra. Le enseñó a hablar separando las sílabas como con guiones y da gusto oírle cómo se expresa.
- Qué, juntapalabras -, le dice el ciego del metro - ¿De paseo?
- Pu-es-no-que-he-que-da-do-con-u-nos-a-mi-gos-en-el-Re-ti-ro – Dice él muy clarito.
Y el ciego, de vez en cuando, le regala un cupón. Pero nunca le ha tocado.

Largo y estrecho.

Desde el verano pasado que estuvimos unos días en su casa, un amigo asturiano y yo andamos metidos en una pelea, no sé si decir que semántica o de puro empecinamiento. Y la cosa no es tan baladí como podría parecer a primera vista, porque tiene mucho que ver con la gastronomía... o con la manduca, según apreciaciones de uno u otro.En estos tiempos, en los que "restaurar" ya no designa la restauración de objetos artísticos o repristinación de antigüedades, sino al ennoblecido arte de la cocina, la forma como se denominen las comidas que hacemos en casa tienen su importancia, mal que le pese al amigo Cote-Mel. Para eso están las sutilezas idiomáticas.Yo sostengo que, con frecuencia no regular -aproximadamente una vez por semana-, degustamos un menú "estrecho y largo"; él afirma que comemos "las sobras", o como mucho, cuando baja sus decibelios polemizadores, que comemos una "ropavieja". Este amigo mío no acaba de entender que, si el cocinero ha pasado a "restaurador", los fogones a "laboratorio", el peroleo a "alquimia" y el restaurante a "templo de la gastronomía" -e incluso existe el exclusivo cielo donde refulgen las estrellas Michelín-, es una desconsideración llamar "sobras" a nuestros menús "estrechos y largos", o de "degustación".Presentar en la mesa cuatro o cinco platos con alimentos no consumidos en el día de su elaboración, con sus cualidades gustativas y nutritivas intactas, aunque, eso sí, en pequeñas cantidades, no puede considerarse una comida hecha con ¨"sobras", sino un menú que es "largo" por el número de viandas presentado, y "estrecho" por la exigüidad de su contenido.Ya digo que llevamos meses en esta pelea dialéctica, que va pareciéndose bastante a las discusiones de los teólogos bizantinos sobre el sexo de los ángeles. Es la nuestra una discusión reiterativa y masturbatoria en la que cada cual se auto complace en sus propias posturas. Claro que, como dijo Jacques Lacan: Seuls les crustacés à pinces ne se masturbent pas. Aunque nadie ha demostrado, hasta ahora, que no lo hagan mentalmente.

Sólo son cuentos.- Oficios raros, 1

El cuenta mierdas.-
Eran los años del desarrollismo franquista cuando apareció la convocatoria en el boletín oficial del ayuntamiento. El nombre de la ciudad no viene al caso, porque fue un puesto de funcionario municipal de efímera existencia, aunque de recuerdo perdurable entre los niños de mi generación que vivíamos allí. Se trataba de cubrir una plaza de “Contador de heces caninas”, según rezaba la convocatoria. La reindustrialización, el turismo y la liberalización de costumbres trajeron al consistorio una amplitud de miras que nadie hubiera sospechado pocos años antes y que se tradujo en nuevas preocupaciones por el bienestar ciudadano.
El “cuenta cacas” según se le llamaba entre los miembros de aquella burguesía provinciana, era un funcionario de bajo rango que tenía como misión ir por las calles anotando las heces de los perritos domésticos que, por entonces, empezaron a ponerse de moda entre las damas de las mejores familias. Tener un caniche, o un chihuahua, o un perro de aguas comenzaba a ser muy bien visto entre los miembros de la burguesía acomodada, y era un signo de prestigio social, de buen nivel económico y de refinamiento. Y la aritmética decía que, cuantos más perritos, más heces caninas en las calles, y una elemental observación sociológica concluía que, cuantas más mierdas de perro, mayor nivel económico y más se acercaba la ciudad al nivel europeo.
El “Contador de heces caninas”, según se denominaba en el escalafón municipal; o “cuenta cacas” según la pudorosa clase media, o bien el “caca can”, término acuñado por las señoritas de buena familia; o, por fin, el “cuenta cagadas” o “cuenta mierdas” para los chavales de la calle y el pueblo llano, como ya he dicho, era un funcionario de bajo rango pero muy imbuido de sus obligaciones oficiales y que hacía su trabajo con profesionalidad y eficacia administrativa. Recorría las calles céntricas de la ciudad y, con ayuda de una vara de mimbre, iba señalando las heces perrunas mientras las contaba. Al llegar al final de la acera, sacaba una libreta de tapas de hule y, con números gordos y trazo inseguro, anotaba, por ejemplo: Avenida del Generalísimo, acera izquierda, 27 mierdas. Luego se pasaba a la acera de la derecha e iniciaba otro recuento. Las competencias de su cargo se limitaban a la zona centro, donde vivía la gente acomodada.
Pero ya se sabe que la gente corriente nunca está satisfecha y se pasa la vida protestando. En los barrios obreros y de clase modesta también querían tener su contador de heces caninas porque, si bien se trata de perros callejeros y mil-leches, allí todo el mundo pagaba tasas municipales, decían los vecinos, muy puestos en razón. Como el municipio no tenía dotación presupuestaria para otra plaza, y además la gente de orden no quería que la horda roja tuviera los mismos privilegios, se llegó a un consenso que convenía a todos. Y fue que cada 19 de marzo, día de San José Obrero, el funcionario contador bajaba a los barrios periféricos. Precedido del alguacil que tocaba la turura para avisar que se procedía al recuento, el cuenta mierdas aparecía ante la expectación popular. Con su chaquetilla de dril, su gorra de plato y su vara de mimbre, y con gran prosopopeya, procedía al recuento. Los críos, que éramos multitud, nos apiñábamos detrás de él. Él oficiaba el recuento con empaque de burgomaestre: empezaba a puntear con la vara y a contar mierdas en voz alta; luego, las anotaba en su libreta de tapas de hule, mientras que la chavalería se desgañitaba cantando:

“El cuenta mierdas / ya viene, madre,
por la calle arriba / y “pué” que no tarde.
Saque “usté” al perro / para que cague.”

Porque, para no ser menos que los barrios elegantes, teníamos a gala cuantas más mierdas, mejor; que incluso había vecinas que robaban las mierdas de otra calle y las ponían delante de casa para presumir.
Todavía ahora, cuando paseo por el parque del Calero y veo las cacas de los perros, me acuerdo del contador de heces caninas de mi infancia y me pongo a tararear bajito lo de “El cuenta mierdas ya viene, madre...”

viernes, 16 de enero de 2009

¿Por qué un blog?

Llevo días preguntándomelo. La respuesta más obvia, la menos complicada, es que pretendo contar cosas que me salen al paso y reflejar mis aficiones y opiniones. Tengo cosas que decir y las digo. Pero no se las digo a alguien que está frente a mí, a alguien con quien puedo dialogar, no. Las digo a nadie en especial, a cualquiera que pase por aquí y se tome la molestia de echar un vistazo, aunque ni siquiera tengo la certeza de que pase alguien y mis letras sean leídas. A pesar de no tener esa certeza de un lector, escribimos. Pero, la verdad es que, cuando colgamos ese tipo de cosas, es porque nos volvemos un poco exhibicionistas y pensamos que tanta originalidad como guardamos en nuestras vidas corrientes ha de ser conocida. Ya que no mejores, por lo menos somos distintos a los demás y queremos que eso se note.
Facebook, blogs, foros, chats, correos electrónicos… Nos pasamos media vida pendientes de la pantalla, cada vez más metidos en el mundo virtual, mientras que el mundo real queda del otro lado de la ventana. Y, claro, me pregunto ¿Por qué renunciamos al mundo real? ¿Porque nos sobrepasa, porque se rige por mecanismos que no controlamos?Pienso que este mundo virtual es un mecanismo para encauzar nuestros impulsos sociales y hacerlos inocuos. Volcar nuestras preocupaciones en este mundo internaútico nos libera de salir a la calle a encontrarnos con los demás y hacer piña (por ejemplo, contra el miserable comportamiento de los Estados democráticos frente a la impunidad israelí). Lo dicho. Un desaguadero por donde se van nuestros impulsos; una forma sutil de control, sin necesidad de policía. Montas un blog, dices lo que se te pase por las meninges y parece que estás salvando al mundo. Pura ficción que da una apariencia de sentido a nuestros actos.Ya ¿y, si no, qué? Piensa uno.
Prometo ser bueno este año recién estrenado y no ser tan pesimista en mis apreciaciones del mundo que me rodea. Al fin y al cabo, pertenecemos a esa pequeña parte de la humanidad que abre el grifo y sale agua limpia; da al interruptor y se enciende la luz, la cocina, el calentador; vamos con una tarjeta de plástico y nos permitimos los caprichos que nos apetecen; nos ponemos enfermos y tenemos médicos y medicinas; tiramos la ropa a cada temporada; vamos de copas, de viaje, de restaurante…. Vivimos como dioses. Y si la tele nos habla de una guerra lejana, con cambiar de canal, listo.¡Ah! que había dicho que me iba a reformar… Lo seguiré intentando.

A la guerra, zapatilla

Casi parece un chiste la entradilla, pero no. Esta mañana he ido a la “manifa” para protestar contra la guerra de exterminio que mantiene Israel contra los palestinos de Gaza desde hace tres semanas. No es que uno sienta una especial simpatía (ni especial, ni de ningún tipo) por Hamás (acrónimo de Harakat al-Muqáwama al-Islamiya), organización a la que la Human Rights Watch acusó de crímenes contra la humanidad en 2002, y la Unión Europea declaró organización terrorista el 21-12-2005.Según criterio comúnmente aceptado, un voto no legitima a una organización terrorista. No obstante, no lo aplicamos de igual forma al Estado de Israel. Ya hemos olvidado que Isaac Shamir, Primer Ministro en 1983/84 y 1986/92, procedía de la organización terrorista sionista Irgun y fue responsable de los asesinatos del ministro de Estado inglés para Oriente Medio lord Moyne y del representante de la ONU para la zona, Folke Bernadotte, en 1948. Esta misma organización terrorista fue responsable de la voladura del hotel King David en julio de 1946, donde murieron 91 personas. También hemos olvidado que el padre de la patria israelí Ben Gurión no veía nada inmoral en desplazar a las comunidades palestinas para lograr tierras donde se instalasen las comunidades judías. Ejemplo práctico de esta política: la matanza de Derr Yessim, donde las organizaciones terroristas Irgun y Stern arrasaron la aldea y aniquilaron a las 254 personas que no pudieron huir. Y los ejemplos abundan, no hay más que dar un repaso a los libros de historia en lo que respecta al nacimiento del Estado de Israel.En fin, uno, que es ciudadano pacífico y se horroriza ante los sufrimientos del pueblo palestino y la frialdad de sicario con que Israel elimina a sus vecinos en nombre de la seguridad de sus ciudadanos, decide que está a favor del más débil. Por eso, sale esta mañana de domingo a la calle y se manifiesta en paz. Su rabia y su impotencia no van más allá que a lanzar simbólicamente –ni piedras tiene a mano- esa zapatilla, que cuelga de un palo que lleva un manifestante (como se ve en la foto), contra los tanques israelíes.
Y ya está bien, que esta bitácora no nació para el compromiso político, sino para ir dejando impresiones de la vida diaria de un jubilata. Jubilata que, como el romano Terencio, piensa: Homo sum, nihil humanum alienum a me puto. Por eso lo de la entrada de hoy.

Nieva en el barrio

Pensábamos que eso de nevar se quedaba, como mucho, para los pueblos de la Sierra. Cada invierno que ha ido pasando, si queríamos ver nieve, teníamos que subir a Navacerrada, a Cotos o a cualquier otro puerto de montaña. Hoy la tenemos en la puerta de casa y, para personas que nacimos allá por los mediados del siglo pasado, viene a ser como retroceder hasta la infancia, cuando había que abrir caminos paleando nieve para llegar a la fuente pública o a la tienda. Y, encima, no dejábamos de ir a la escuela porque si no íbamos, en casa nos caneaban.
Ya sé que en estos casos, la foto que acompaña al comentario ha de ser de algún lugar tópico de puro emblemático -Cibeles, por ejemplo-, pero también nieva en los barrios y por eso dejo esta foto del mío, el Barrio de la Concepción; un barrio, para mi gusto, cómodo para vivir, bien comunicado y con abundancia de servicios (mercados, colegios, polideportivo, un bonito parque, bien comunicado por metro y bus). Habitado por jubilatas que llegaron aquí, siendo jóvenes, cuando se construyó allá por los años cincuenta del pasado siglo, y también por inmigrantes que han ido rellenando las bajas que el tiempo ha ido causando entre la población envejecida.

Lo dicho:inutilidad manifiesta.

El caso es que, desde diciembre pasado, yo tenía un bonito blog (una bitácora lo llamé) que había logrado montar con mucho esfuerzo y poca ciencia informática. Pues bien, parece ser que el condenado anda flotando por ahí, por el universo amniótico intenáutico, pero desconectado del cordón umbilical que le mantenía amarrado a mi teclado.
Y como tengo tanto de tesonero como de inútil, he vuelto a abrir otro donde voy a ir colgando todas mis "genialidades" de estas últimas semanas. Éste, por lo menos, tiene un correo electrónico útil. No como el anterior, que era inexistente.
En fin, con paciencia, pienso ir reconstruyendo éste y espero que no se emancipe antes de la mayoría de edad, como ha ocurrido con el anterior.
A ver qué pasa esta vez.

Otoño en Pamplona

Teresa y Marijose junto a un tejo que está en los jardines de la Media Luna, una mañana de invierno.
El tejo es un árbol emblemático, que puede llegar a vivir dos mil años y tanto simboliza la vida, debido a su longevidad, como la muerte, ya que todo él es venenoso, a excepción del arilo carnoso que envuelve la simiente.
Por supuesto, en este caso se trata de un tejo cultivado, de jardín. Los hay espléndidos en plena naturaleza. En la Sierra de Madrid hay ejemplares milenarios, así como en otros lugares del Sistema Central.
Alguno de ellos los hemos fotografiado en nuestras andanzas montañeras y pienso colgar aquí su imágen para que, quien quiera que ojee esta bitácora, pueda conocerlos. Ya daré alguna información más y os contaré que el amigo Guillermo es un experto conocedor de esta especie y ha escrito varios artículos sobre el particular

Iniciando la aventura

Sospecho que un blog para un jubilata jubilante, en el fondo, es como bajar al bar todas las tardes a echar la partida. Si te molestan los ruidos de los parroquianos y la cochambre propia del bareto del barrio, eso del blog es el gran invento. Delante de tu pantalla, navegas por los océanos internaúticos, ves mundos que nunca encontrarías en los palos de la baraja, vas y vienes por mil islas hechas de electrónica e imaginación y, cuando te cansas, un leve ¡clic! y el mundo desaparece de tu vista.Y encima, tienes tu propio libro de bitácora. Prefiero llamarlo "bitácora" y no "blog", que al fin y al cabo, uno siente escasa simpatía por el mundo anglosajón, aunque reconoce que, puestos a inventar, se les da mejor que a nosotros. Se ve que el "Que inventes ellos", aparte su originalidad, es un lastre que arrastramos.
Pues, eso, decía que uno dispone de su bitácora y en ella va dejando constancia de lo que ve y vive, dentro de esta galaxia Internet y en la vida corriente.
Por lo demás, que dure y que lo veamos.