martes, 22 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 4. Faunario político estival.

Hasta este retiro serrano llega la noticia de que un cura cavernario ha culpado a las alcaldesas Ada Colau y Carmena de los atentados terroristas de Barcelona, por rojas y comunistas. 

Lo que me ha hecho recordar que, por razones que no vienen al caso, ya que al improbable lector le tendrían sin cuidado, este jubilata y su santa hemos tenido que pasar unos días en Madrid en pleno ferragosto. Ha sido buena ocasión para tomar el pulso, con poca convicción y más que nada por sacudirme de encima la feliz ignorancia canicular, a eso que por estos pagos llamamos “la política”. 

Y lo primero que ha llamado la atención – y no debería, porque es cosa de manual – han sido algunas venezuelas con que los patriotas de guardia han apedreado a “la Carmena”, o sea, a nuestra alcaldesa. Lo de “venezuelas” (así, en plural y sin mayúscula quiere significar el argumentario sacado del libro de instrucciones que el Partido en el Poder consulta cada vez que quiere oponerse en plan torvo – o sea, siempre – a cualquier decisión política que tome el rojerío podemita. 

Pues eso, que choca un tantico eso de que a “la Carmena” la acusen de usar tácticas estalinistas porque se le ha ocurrido la peregrina idea de regalar libros a los recién nacidos, como si quisiera ideologizarlos desde la cuna para que sean buenos marxistas el día de mañana. Ya se sabe, los libros los carga el diablo.

Y, según parece, cuando la alcaldesa se ha enterado de las críticas aviesas, ha esbozado una de esas sonrisas esquinadas que acostumbra, a medio camino entre el desdén y coña, y se ha preguntado en voz alta hasta dónde llega la necedumbre e ignorancia de algunos paniaguados de la política. Pues, según explica la señora, eso de regalar libros a bebés es detalle que ella ha tomado, no del Maduro bolivariano, sino del alcalde de Nueva York porque el gesto le había parecido muy guay. Aunque la verdad sea dicha, y es cosa sabida, si usted quiere conocer una institución podrida de estalinismo, ahí tiene la alcaldía de New York, todos ellos comunistoides e infiltrados de Kim Jong-Un en la patria de los guantánamos y las libertades.

A un servidor, que pasó la varicela rojo/progre en su juventud, y es en la actualidad un reaccionario de izquierdas (y gracias) con dos quinquenios de jubilación a sus espaldas, no le parece tan mal eso de que los nenes de teta tengan, junto al pezón materno, un librico. Aunque no sepan leer aún, que se vayan acostumbrando despacito, despacito, a saber que existen. No sea que, el día de mañana, lleguen a presidentes de gobierno y solo lean el Marca. Dicho sea sin señalar al palacio de la Moncloa.

Yo comprendo que eso de los libros, en tan tierna edad, pueda ser demasía y quizás convenga empezar por un sonajero. Pero, tranquilícese el improbable lector, si a un roró le pone Vd. el Libro Rojo de Mao – un suponer – junto al biberón, lo más seguro es que opte por éste antes que por aquél. Y cuando llegue a la adolescencia, estará más interesado en un IPad que en el Gran Salto Adelante maoista o en la estatalización del petróleo bolivariano. 

Ya sería un milagro que, llegado a la edad de este jubilata, se dedicase a leer la Sinapia, esa utopía que habla de una Ispania  a la inversa, donde la propiedad privada está prohibida y todos los actos de la vida están reglamentados; donde el territorio está geometrizado, de forma que no hay ocasión para las catalunyas llures; donde la iglesia y el estado tienen como objetivo que sus súbditos alcancen la felicidad en este mundo y en el otro. Eso sí, con todo reglamentado, racionalizado y sin opción a queja.

Francamente, yo desaconsejaría a “la Carmena” que a un recién nacido le regalase una Sinapia. Las fuerzas vivas se iban a poner como fieras al ver cómo coartaba la libertad de estos tiernos aspirantes al disfrute de la sociedad neoliberal. Pero ya puestos, también le desaconsejaría que regalase ninguno de esos libros de autores a los que se podría denominar socialistas utópicos avant la lettre, del tipo Tomás Moro, con su Utopia, o Tomaso Campanella, con su Ciudad del Sol

Porque, desengañémonos, detrás de cada utópico hay un totalitario que, de entrada, prohíbe la moneda y la propiedad privada; reglamenta  la familia incluso a la hora de copular (los niños son propiedad de la sociedad y no se los puede fabricar de cualquier forma); los estamento sociales son rígidos y cada cual cumple una función encaminada al bien social; la libertad de pensamiento se reduce a las doctrinas reconocidas por la autoridad. Y así todo…

Y del Rousseau bienintencionado a Charles Fourier y sus falansterios, o desde Carlos Marx y su Capital, con los trabajadores controlando los medios de producción, hasta Skinner y su Walden Dos (esas absurdas lecturas de juventud), hay libros indigestos que no está bien regalar a un niño de teta. Pero aparte eso, las posibilidades son enormes.

Piénsese, por vía de ejemplo, en todas las historias de la factoría Walt Disney, tan azucaradas y sin malicia, con las que imbuir en la mente de los pequeñuelos la recta inclinación por la libertad de consumo en un mundo feliz. Pero, si no fuese suficiente, siempre quedaría el recurso a una dosis razonable de soma huxelyano en el bibe de los lactantes, para hacer de los futuros ciudadanos epsilones bobos pero satisfechos con su horizonte mental.

¡Mira que regalar libros tendenciosos a los neonatos…! Pero qué ocurrencias las de la alcaldesa. De eso al islamismo radical, un paso.


lunes, 7 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 3.- Por amor al arte.

Me gustaría contarle al improbable, o puede que habitual lector, alguna de mis andanzas de curioso veraneante durante estas últimas semanas. Y si se las cuento no es porque las andanzas hayan sido por las veredas y caminos serranos, entre yeguadas y vacadas, arrendajos y rabilargos – de ello habrá otras ocasiones –, sino por los pueblos del valle.

De Rascafría a Oteruelo, pedanía de aquél, hay unos 3 kilómetros por la antigua cañada, hoy camino natural  que recorre el valle hasta el Cuadrón, de cómodo tránsito entre arboleda  y prados. En Oteruelo del Valle, en las antiguas escuelas, cerca de la carretera, existe la Sala Permanente Luis Feito, donde pueden verse expuestas obras del pintor, quien donó 120 de las suyas al municipio en 2004. La asociación Luis Feito, todos voluntarios, responsables de su gestión sin lucro ni interés económico, ha tenido el buen criterio de abrir la sala un par de horas los fines de semana de este mes de julio para que el viajero, veraneante o simple aficionado a los asuntos culturales se acerque por allí y disfrute con su contemplación.

Luis Feito nació aquí en 1929, hijo de una vecina del pueblo y de un oriundo de Mieres que vino a establecerse a estas tierras. Si el lector se ha sentido interesado alguna vez por las vanguardias artísticas en la España del franquismo gris plomo, sabrá que Feito fue uno de los fundadores del grupo El Paso en 1954, junto con Canogar, Juana Francés, Antonio Prieto, Antonio Saura (va dicho de memoria), y algunos otros, que rompieron con la atonía del arte oficial – si es que el franquismo mostró interés en ello – y nos descubrieron otras formas de expresión artística como era la pintura matérica y la expresión de las texturas, o el expresionismo abstracto y otras aberraciones de aquel rojerío progre.

Como la sala es de dimensiones reducidas (la antigua escuela municipal de niñas), suelen montar pequeñas exposiciones con un número limitado de obras que van rotando. En la visita que hizo este jubilata hubo ocasión de ver una colección de grabados donde el color prevalece sobre las formas y es el referente básico de la expresión artística. También había varias serigrafías y uno de los cuadros originales. Llama la atención la existencia de una serie inspirada en la muerte de Julio César, basada en textos de historiadores de la época: “…stella crinita per septem continuos dies fulsit exoriens circa undecimam horam.” (Apareció un cometa siete días seguidos hacia la hora undécima. Suetonio). Amplios trazos de puros colores rojos y negros que se entrecruzan, aludiendo a la sangre derramada y el sufrimiento por la muerte violenta.

Charlé un rato con el voluntario que abrió aquel día, quien me dijo que no disponen de ayudas económicas y que todo el trabajo de la asociación es por puros motivos culturales. También me dijo que ellos ofrecen la posibilidad de que se exhiban los fondos en aquellas instituciones o museos que quieran hacerse cargo del embalado, traslado y seguros de transporte, pues su falta de recursos no les permite más. 

Y fue él quien me puso en contacto con la Fundación Meirat, en Lozoya del Valle, a 10 kilómetros de Rascafría. Un taller artesanal de fabricación de papel a partir de fibras naturales de lino, según las tradiciones de siglos anteriores al invento del papel mecánico que utilizamos en nuestras publicaciones actuales, tan saturado de lignina y componentes ácidos.

La visita al taller que hicimos la santa y yo colmó las expectativas. Augusto, su propietario y director de la fundación, nos mostró el proceso de elaboración, desde el mezclado de fibra de lino, agua y aglutinantes naturales, hasta la formación de las láminas de papel en formetas que, por su tamaño, se manipulan mediante una pequeña grúa, su apilado entre remails para que descarguen el agua, y posterior prensado. Es papel es neutro, de grueso gramaje, de un blanco impoluto, que se utiliza en bellas artes, tanto para acuarela como acrílicos, impresión, grabado…

Esta fundación, entre otras actividades, se ocupa de la recopilación de conocimientos de la fabricación del papel artesanal en cualquier lugar del mundo, con independencia de la cultura, los sistemas de producción, las tradiciones empleadas. Y como curiosidad: tiene en su haber el record de fabricación del papel a mano más largo del mundo. Fue en la plaza Mayor de Madrid, en 2016, con la colaboración de vecinos del Valle de Lozoya y los alumnos del Instituto San Isidro.

En Alameda del Valle, a un kilómetro de Oteruelo, una antigua herrería que hoy está dedicada a la forja artística, situada entre la parte posterior de la iglesia y el río. Allí, Ricardo es ya la tercera generación que se dedica a trabajar el hierro con ayuda de una fragua con su fuelle accionado a mano, que construyo el herrero a principios del S. XX. La verdad es que me colé en la herrería por pura curiosidad, porque paso a menudo por delante y veo las muestras que tiene en la fachada. Ricardo me dejó curiosear y hacer fotos, me enseñó el documento administrativo que autorizaba la apertura del negocio en 1913, algunos certificados de sus exposiciones en tierra mexicanas, y otros países de la América Central. 

Me dijo que le habían sacado varias veces en los papeles: El País, El Mundo, en la tele… Además, da cursos de forja los fines de semana a los que acude gente de toda España. Me mostró orgulloso la dedicatoria autógrafa del libro de Julio Vías, quien le dedica un capítulo en su obra Sierra de Guadarrama, viejos oficios para la memoria. Tenía allí el hombre una cama con adornos de forja, con su buen baldaquino, que me animó a comprarle, pero un servidor es veraneante de paso (como las cigüeñas) y el piso nuestro madrileño no da para tales ostentaciones.

Y si el curioso paseante se acerca al monasterio de El Paular estos meses de verano, podrá disfrutar de ARTIS, una muestra de arte actual en las antiguas celdas monacales. Tendrá ocasión de departir con los artistas, muchos de ellos vinculados al valle, y sabrá que el arte es una actividad que se desarrolla en nuestro entorno, sin que nos percibamos de ella, necesitada de un espacio donde hacerse presente. 

La santa y yo asistimos a una breve exposición que hizo Juan Ramón Martín, arquitecto de formación y escultor vocacional, quien emplea el hierro como materia con la que expresar los contrastes entre peso y levedad. Los profanos allí presentes tratamos de comprender cómo la masa es  capaz de transmitir emotividad, y para ello nos puso el parangón del toro-masa-amenaza, frente a impala-levedad-huida. El volumen reducido a formas esquemáticas nos hizo recordar la abstracción que podemos ver ya en los objetos paleolíticos, en un largo trazo en el tiempo que nos une a nuestros antepasados. Y, para refrescarnos la memoria, ahí cerca, en Pinilla del Valle, pueden verse las excavaciones arqueológicas de nuestros parientes neandertales.

A lo mejor, alguien puede sorprenderse de que en plena canícula veraniega el jubilata se encuentre con actividades que solemos llamar “culturales”, cuando lo oportuno y que de verdad presta en estos días de pertinaz insolación, es tumbarse panza arriba en el césped de la piscina, practicar la barbacoa de chuletitas y panceta, o filosofar sobre las cosas del fútbol con la cervecita helada en una charla distendida en la terraza del bar. Pero si el torero se sorprendía de que hubiese “gente pa tó” – incluso filósofos –, que el lector de esta bitácora no se sorprenda si este jubilata, en sus andanzas, encuentra gente que hace cosas por amor al arte.

El valle es acogedor y da cabida a todo quisque. A saber: al veraneante ocioso en su jugo agosteño; al caminante huidizo de multitudes por entre robledos o pinares; a la chavalería que enmarrana el cauce del Artiñuelo con toda clase de envases (por lo que parece, nadie las habló de que el principio básico de la ecología es usar las papeleras); al pequeño negocio de vender grasas suculentas en forma de kebab y “salchipapas” junto al cine de verano; a los grupos familiares de ciclistas que pedalean por los caminos (familia que pedalea unida, permanece unida); a la congregación de jubilados que, con fe y buen paso, hace cada mañana tempranito la ruta del colesterol Rascafría – El Paular aller-retour…

Y si todo lo anterior puede parecerle rutinario y el lector es un espíritu fuerte, amante de experiencias fuera de lo común, en el monasterio de El Paular, por lo leído estos días atrás en algún anuncio, se imparten cursos de coaching espiritual. Queda garantizado el subidón…