miércoles, 9 de abril de 2014

Tocando de oído.-


El tiempo es una apisonadora que avanza lentamente. Cuando alguien ha sufrido una avería física que tiene fecha de caducidad, sabe que con paciencia y alguna dosis de optimismo las cosas vuelven a su ser. Lo de la paciencia es inevitable, lo del optimismo es opcional, pero conveniente; una y otro no curan las averías del cuerpo, pero ayudan a sobrellevarlas, mientras el transcurso del tiempo va haciendo el resto.

Tras dos meses y medio ejerciendo de perniquebrado a tiempo completo, tras gastar tres juegos de tacos para las muletas, la invalidez es un huésped molesto que empieza a hacer las maletas y a poner cara de querer irse sin que, quien lo lleva sufriendo durante tantas semanas, lamente su ausencia. Porque, la verdad sea dicha, ser un inválido es un coñazo. En este caso, el paso del tiempo es un aliado y el calendario un amigo plasta que camina despacito pero inexorablemente; mientras,  los osteoblastos van soldando el hueso y el paciente (paciente y optimista por conveniencia) se entera de algunos entresijos de su anatomía.

Este jubilata, la verdad, hasta que no se ha visto en esta situación, ni sabía que tenía osteoblastos, ni que estos se generasen en el periostio y la médula ósea. De la geografía anatómica, sus mecanismos y sus funciones, por lo que se ve, tenemos conocimientos más bien escasos. Se nos tiene que romper algo para que nos enteremos. Así que, como quien dice, tocamos de oído. Nuestro cuerpo es un instrumento complejo que usamos con el mismo desconocimiento que un sordo melódico puede tener para discriminar entre el sonido de una tuba y el de un fagot. 

Lo del símil musical me ha venido a las mientes leyendo un articulito según el cual, una experiencia hecha con varios violinistas afamados, demuestra que éstos son incapaces de distinguir –tocando a ciegas – entre un Stradivarius y un violín de factura actual. Imagínese el improbable lector cómo los simples mortales vamos a ser capaces de conocer todas las teclas que conforman esta especie de orquesta que es nuestra anatomía. A ver quién coños es capaz de pararse a pensar que, cuando nos tomamos el pinchito de tortilla, estamos empleando músculos masticadores con nombres tan raros como masetero, temporal, pterogoideo inferior y superior. Masticamos, tragamos, y lo que ocurra en el interior de nuestras tripas es cosa de mecánica digestiva que no nos compete.

De la misma manera, el inválido provisional cojea por la vida ignorante de que osteoblastos y periostio están remendando su peroné. No tiene otra obligación que llenar las horas mientras la rueda del tiempo avanza lenta pero tenaz, los osteoblastos hacen su trabajo y el calendario se va llenando de crucecitas hasta formar un cementerio de tumbas bien alineadas, cada día con su cruz encima.

El día que el jubilata convaleciente pueda caminar sobre sus dos pies va a tener un serio problema,  porque a ver de qué va a hablar en su bitácora. Chascarse un hueso es un enorme fastidio, pero le da materia de entretenimiento y, con un poco de habilidad, puede sacar materia para hablar de ello durante dos meses y medio. O más, depende de su habilidad narrativa y de la paciencia del sufrido lector. Hoy, sin ir más lejos, los osteoblastos esos, con su labor discreta, han sido excusa perfecta. Mañana, quizás, las sorprendentes aventuras de la rehabilitación  le den materia para dos o tres semanas más.


Y cuando no, ahí están los políticos con sus genialidades diarias para ser materia de inspiración. Sin ir más lejos, podría haber hablado de la lideresa Espe y su aventura del carril bus (acabo de leer "La rebelión de los pinjos"), pero ya ha corrido mucha tinta con eso. Hablar de los osteoblastos, sin duda, es mucho más original.

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