miércoles, 1 de marzo de 2017

Deslocalización: Solo para emprendedores.-

Era un negocio evidente, pero había que caer en ello. La penúltima crisis económica que estábamos viviendo hizo que dos tercios de los jóvenes con titulación académica pasásemos, sin solución de continuidad, de la universidad al paro; de allí a los contratos de aprendizaje sin remuneración y de éstos a la emigración, para terminar regresando – los jóvenes titulados éramos una plaga en este mundo globalizado – a casa de nuestros padres para que nos mantuvieran. Como no íbamos a estar mano sobre mano, nos apuntábamos a un módulo de FP a ver si como fontaneros teníamos salida…, pero la burbuja inmobiliaria, que gozaba de inmejorable salud desde hacía más de dos décadas, no dejaba resquicios más que para alguna chapuza.

El problema llegó a ser acuciante. Si las nuevas generaciones no trabajaban, los jubilados no cobraban la pensión; si éstos no tenían dinero, no podían alimentar a los jóvenes en paro. Un problema social en bucle para el que las autoridades políticas no veían solución.  De ahí el programa de jóvenes emprendedores. Era una ocurrencia ingeniosa para evitar un estallido social. Además, no costaba al erario un euro. La idea subyacente era: Joven, ya ves cómo está el patio, así que aguza el ingenio y búscate la vida. Monta una empresa y a quien Dios se la de, san Pedro se la bendiga.  Si lo logras y sobrevives,  nosotros, instalados en el poder, te aplaudiremos.

Además, como la pirámide poblacional se estaba invirtiendo y estábamos llegando al 41% de población mayores de sesenta y cinco años, las previsiones eran de llegar a un colapso demográfico, económico y social en un par de décadas. Los viejos, en esos años, eran como una plaga de langostas. Improductivos y cobrando la pensión, estaban devorando los escasos recursos de que aún disponía el sistema productivo: las camas de los hospitales, los centros de salud, las residencias para ancianos, los centros de ocio para mayores, los viajes del Imserso… No había parque público cuyos bancos no estuviesen ocupados por viejos de baba caediza y taca-taca tomando el sol, o por jubilatas jugando a las cartas, o, simplemente, con los paseos saturados de humanos caducos dejándose llevar por donde quería el perrito que tiraba de la correa. Por las calles de la ciudad deambulaban enjambres de ruinas humanas con el cerebro carcomido por el altzheimer y la policía empleaba todos sus efectivos en restituirlos a sus respectivos domicilios. Las aceras eran un embotellamiento de sillas de ruedas, cada una con su viejo inválido encima. La sociedad era un geriátrico al borde del colapso.

A los jóvenes de mi generación no nos quedaba más horizonte que el botellón de kalimocho, y eso a altas horas de la noche, cuando la plaga de vetustos estaba roncando en sus camas, enchufados a la botella de oxígeno o atiborrados de pastillas. Durante el día, como he dicho, las hordas de carcamales llenaban el parque y no había espacio vital suficiente para nosotros los jóvenes. Hasta que surgió la idea. Estábamos un par de amigos y yo enroscados a una litrona, a la que habíamos añadido un franco de alcohol etílico para alegrar la noche, cuando pasó por nuestro lado una ochentona desorientada y con senilidad aguda.

– Sinvergüenzas – gruñó con su boca llena de arrugas, al vernos darle al octanaje de la birra – Más os valdría estar trabajando. ¡Inútiles!

– ¿Por qué no emigras, vieja? – dijo uno de mis amigos.

– A ésta como no la deslocalices…– comentó el otro, con ingenio etílico.

Precisamente, esa era la idea: deslocalizar viejos. Nunca se nos hubiera ocurrido si no llega a ser por los chupitos de alcohol de etileno. Y es que las grandes ideas nacen en los momentos más insospechados y debido a la confluencia de elementos azarosos, como el alcohol de quemar que le birlé a mi madre y el deambular desorientado de la vieja que nos increpó. De repente, habíamos descubierto la llave con la que entrar en el mundo de los negocios. Acabábamos de dar el gran paso de jóvenes en paro a prometedores empresarios.

Una prospectiva de mercado nos demostró la viabilidad del proyecto. Todos los estudios sobre cargas familiares eran unánimes: los viejos son un estorbo. Tener en casa un anciano enfermo crónico y dependiente es un lastre de difícil solución para los hijos o familiares con ocupaciones laborales. Hay que cambiarles el pañal higiénico todos los días, ponerles el babero para darles la comida, llevarlos al médico o a urgencias cada dos por tres, contratar una persona por horas para que le cuide… Encima, como pertenecen a antiguas generaciones de baja cualificación laboral, siempre estuvieron mal pagados y tenían una pensión de mierda; eso cuando no se trababa de viejas amas de casa semianalfabetas – centenares de miles de ejemplares, ya sin utilidad práctica – a las que el Estado pasaba una ayuda de subsistencia porque nunca cotizaron. En fin, una mina sin explotar. La deslocalización de este material humano de desecho auguraba pingües beneficios.

Evidentemente, nuestro modelo empresarial fueron las grandes firmas de distribución y prêt-à-porter (tipo H&M, Indesit, El Corte Inglés, Carrefour…), quienes hacía ya años habían deslocalizado la industria textil buscando el ahorro de costes de producción y el aumento de beneficios. Si se deslocalizaba la producción para abaratar el coste de los salarios, ¿por qué no deslocalizar el material humano deteriorado por la edad? El ahorro en los costes de atenciones sociales y sanitarias podía suponer un respiro económico para las familias con miembros a su cargo, cuya fecha de caducidad aunque próxima, era de imprevisible cumplimiento. Los viejos viven demasiado, y si padecen una dependencia severa, son eternos

 En fin de cuentas, la materia prima era abundante, la idea era original y los costes de producción, mínimos. Bastaba un puñado de becarios, algunos profesionales sanitarios y unos cuantos expertos en agencias de viajes. Un contrato basura y una expectativa de ganancias extra por objetivos cumplidos, y la empresa disponía de personal dispuesto a todo por conservar su puesto de trabajo.

El país elegido para deslocalizar jubilados sin autosuficiencia era un paraíso: Bangladés. Era un auténtico paraíso para los negocios. Con un salario inferior al dólar por día y trabajador, un régimen laboral desregularizado, mano de obra dócil y abundante, mantener residencias de ancianos tenía un coste sin competencia. Más teniendo en cuenta la permisividad de las autoridades respecto a las normas de seguridad de los edificios. Si alguno se caía por defectos de construcción, carecía de salidas de emergencia en caso de incendio, o cualquier imprevisto, bastaba un soborno para olvidar el incidente.

Los familiares, con tal de deshacerse del abuelo con incontinencia de orina, o de la tía solterona a su cargo y más pobre que las ratas, se apuntaban a la deslocalización de sus miembros más caducos. Podían deslocalizar aquel material familiar en proceso de desguace vital por un modesto coste. Nuestra empresa se quedaba con la pensión del individuo deslocalizado mientras éste viviera. Por pequeña que fuera, y dados los mínimos costes de manutención, instalaciones, exacciones fiscales, y servicio de personal, el balance anual en la cuenta de resultados decía que las ganancias centuplicaban la inversión original. La ecuación era sencilla, a más viejos, más ganancias. Además, esta materia prima, con un 41% de población de mayores en el país de producción geriátrica, y en continuo incremento, su suministro estaba garantizado a unos precios sin competencia y por un espacio de tiempo indefinido.

Una vez montado el negocio de exportación geriátrica, todo han sido años de bonanza económica para nuestro grupo empresarial, que se ha expandido por Tailandia y Vietnam ante el incremento de la demanda de plazas. Actualmente ofrecemos precios sin competencia, ya que hemos negociado salarios inferiores a 87 centavos de dólar por operario y día.

Por eso, nunca entenderé a esos jóvenes faltos de iniciativas, siempre quejándose y perdiendo su juventud en botellones y discotecas. Yo pasé de la litrona a ser miembro de la gran patronal por una idea brillante que puse en práctica. Y es que las autoridades, cuando era joven, tenían toda la razón: quien está en el paro y no es capaz de buscarse la vida, es un parásito social que no merece el apoyo de las instituciones.

Eso sí, conviene que, cuando el  hoy joven improductivo llegue a viejo, el Estado le pase una prestación social sustitutoria para que el negocio funcione. No se puede dejar todo el peso de la economía en manos de los emprendedores como yo. Alguna compensación habíamos de tener por tanto esfuerzo ¿No? 

4 comentarios:

  1. Un cuento cruel. Convertir a los viejos en chatarra es inhumano, pero a lo mejor necesario. Vaya usted a saber.

    ResponderEliminar
  2. Juan es genial la idea, pero sin meter a los viejos políticos.

    ResponderEliminar
  3. Daniel "iunior"5 de marzo de 2017, 14:30

    ¡Menuda historia de mántica-ficción! Menos mal que los "emprendedores" (en el sentido fonético -o sea, feo- de la expresión, no en el sentido etimológico, que casi contradice ese sentido ya generalizado) no tienen tiempo para leer; tu fábula podría pasar de "índice" a "factor" de los nuevos tiempos en menos que canta un jubilata.

    ResponderEliminar