viernes, 19 de diciembre de 2025

Esto es Navidad.-

 


De verdad se lo digo al improbable y siempre grato lector. A este jubilata le hubiera gustado mucho escribir (como solía hacerlo en tiempos) un cuento de navidad para estas señaladas fechas navideñas que empezaron a otearse en el horizonte allá por el mes de octubre, cuando en el Ahorra Más de mi barrio empezaron a aparecer los turrones. Fue una floración repentina y exuberante de envoltorios de colorines de polvorones, figuritas de mazapán, mantecado, tabletas de turrón duro, blando y guirlache, incluso de roscones de reyes en las estanterías. Dulces precursores de navidad  que invitaba a llenar el carrito de la compra en un feliz anticipo de estas entrañables fiestas que asomaban la patita consumidora al reclamo de la tarjeta de crédito.  

Claro que precursores de estas fiestas no fueron solo los mazapanes y turrones del súper, en lo que respecta a la iniciativa privada, sino también lo fueron esos árboles cilíndricos como enormes cucuruchos recubiertos de espumillón verde-abeto y cuajados de bombillitas de colores destellantes que los munícipes locales empezaron a hacer brotar en plazas y espacios públicos. Una encomiable competición  por ver quien la tenía más larga; quiero decir, a ver qué alcalde levantaba el pirulí navideño de más metros de altura, más vistoso y mejor iluminado que el resto del gremio alcaldesco.


Lo dicho, encomiable competición que, a más de agradar a los ciudadanos que ya estaban procesando su sistema neuronal en modo navidad, atraen a miles y miles de bípedos de lueñes lugares que llegan arrastrando su maleta de ruedinas con su monótono traqueteo sobre el embaldosado de las aceras. Y como música de fondo, un sabroso runruneo de caja registradora que engrasa la maquinaria del sistema económico neoliberal y hace que nuestras democracias vayan por la senda de la paz social.

Pues eso, improbable y caro lector, que quería escribirte un cuento navideño para felicitarte las fiestas, tal y como lo vine haciendo durante muchos años, pero no encuentro manera de abordar el asunto. Creí que, una vez pasado el Black Friday ese y sus afanes a precio de ganga, vendrían unas semanas de sosiego antes de que en el ambiente se esparciese ese tufillo que anticipa la alegría del cosquilleo navideño. Confiado en ello, me he dedicado a mi vieja afición de flaneur capitalino, buscando ese ¡Clic! que despierta la imaginación y te inspira una pequeña historia que ni el Borges las escribiera tan originales.

Pero no, antes de ponerme en ambiente, hicieron eclosión los turrones del súper y empezaron a brotar los árboles municipales de esqueleto metálico, más todos los miles de luminarias que han dejado las calles comerciales como un ascua.

Entonces no pude menos de imaginar a la sagrada familia, ella con su preñez avanzada, él tirando de la maleta con ruedas, localizando un Uber con la aplicación del móvil para que los llevara hasta el alojamiento Airbnb que habían contratado desde Galilea junto con un vuelo low cost en Vueling.

Y en previsión de un parto anticipado a la fecha prevista por el ginecólogo allá en Belén, traían contratada una póliza médica de una afamada empresa supranacional propietaria de la cadena de hospitales Ruber y asociados, que garantizaba asistencia las veinticuatro horas del día, con los más modernos paritorios y epidural incluida para que la madre no sufriese en el parto.

Lo que no cubría el seguro era la asistencia del buey y la mula a ambos lados de la cuna porque la ley de protección animal no consiente que los cuadrúpedos ungulados pernocten fuera de su nicho ecológico. En su lugar, se podía contratar, como sustitutos a dos robots biónicos dotados de IA que mugían o relinchaban a gusto del usuario. Solo que ellos, José y María, no podían permitirse ese dispendio porque la carpintería proporcionaba unos ingresos más bien modestos. Por eso decidieron contratar un buey y una mula de peluche que producían un bonito efecto de intimidad familiar.

Pero eso, claro está, en caso de que María se pusiera de parto durante las vacaciones navideñas. De no ser así, el seguro les exoneraba de los gastos del paritorio y el alquiler de los peluches.

Poco más te puedo decir, caro lector. Si ves por la Puerta del Sol, la Plaza Mayor o por la calle Preciados, o sus aledaños, una pareja enamorada, ella en avanzado estado de buena esperanza y él con largas barbas proféticas, seguro que son ellos. Trátalos con simpatía y, si es posible, os hacéis un selfi juntos, que no volverás a ver una pareja tan famosa, aunque discreta, como esta de la sagrada familia.

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

La rueda de madera. -



 Amigo y muy apreciado aunque improbable lector. 

Sepas que este relato, entresacado de los que escribí hace años, hace referencia a un episodio de mi niñez, cuando viajaba en aquellos antiguos trenes de vapor y, antes de salir de la estación, un ferroviario iba golpeando con un martillo las ruedas por ver si alguna estaba defectuosa, por el sonido. Eso al menos, supongo que era la razón de revisarlas una a una antes de iniciar un largo recorrido. 

Total, que el cuento dice así:

Una de las cosas que más me fascinaban, siendo yo niño, era la rueda de madera del tren. Me enteré de su existencia por primera vez cuando tenía cinco años, y de todas las veces que he viajado en ferrocarril, no recuerdo que jamás la hayan encontrado.

En aquellos años de mi infancia, la verdad es que se viajaba poco. Montar en el tren para ir desde el pueblo donde vivíamos hasta la capital, era una aventura que me llenaba de emoción. Siempre me desvelaba la noche anterior al viaje.  Había que madrugar y caminar hasta la estación, casi un kilómetro, cargando con las maletas y los bultos. A mí, el camino se me hacía interminable. Agarrado a la mano de mi padre, tiraba de él, ansioso por llegar cuanto antes y subirme al tren. Yo era entonces un mocoso, y el mundo era muy grande y estaba lejos. Tan lejos, que sólo en ferrocarril se podía llegar hasta él.

Un tren de aquellos, con su humeante y negra máquina de vapor, a los ojos de un niño, era un ser que imponía temor y causaba admiración. Todo él tan enorme, hecho de hierros rechinantes y maderas traqueteantes, humaredas de vapor y carbonilla que te entraba en los ojos. Verlo bufar como un toro furioso y a punto de embestir, impresionaba muchísimo. Pero aquel monstruo tenía un punto débil: la rueda de madera.

Cuando recorríamos el andén para ver cual era nuestro vagón, siempre, siempre, se veía a un ferroviario que andaba buscando la rueda de madera.  Con su martillo de mango largo, iba golpeando las ruedas de los vagones, una a una: ¡Clinng! sonaba una rueda; pasaba a la siguiente, golpeaba y ¡Clinng! sonaba también aquella; y la siguiente, y la otra, y la otra… ¡Clinng! ¡Clinng...! Yo, la primera vez que lo vi,  observé con curiosidad enorme aquel repiqueteo, hasta que mi padre me dijo:

– Están buscando la rueda de madera.

Según parece, cuando hicieron el tren, sin darse cuenta, pusieron una rueda de madera en un vagón. Y para que el tren no descarrilara, había que encontrarla y sustituirla por otra de hierro. Pero, por más que buscaban la rueda de madera, no conseguían dar con ella.

– ¿Y, cómo van a saber cuál es la rueda de madera? – pregunte yo intrigado a mi padre.

– Pues por el ruido – me contestó muy serio.

Estaba claro que si las ruedas de hierro hacían cling-cling, en cuanto el ferroviario golpeara con su martillo la de madera, ésta no haría ¡Clinng!, sino ¡Cróc! o algo parecido. Pero creo que, por lo menos en mis años de infancia, la rueda no apareció nunca.  Y sé bien lo que me digo porque, con el tiempo, me hice mayor y empecé a viajar en tren todas las semanas. Como hice el bachillerato en la capital, donde vivía en una pensión, iba yo los fines de semana al pueblo en tren. Pasaron años, y un buen día, sin saber bien por qué –ya a punto de terminar el bachillerato– me acordé de la rueda de madera de mi infancia. Me fijé y, a pesar de tanto tiempo transcurrido, seguían buscándola. Antes de que arrancara el tren, sentado en el compartimiento y enfrascado en mis lecturas, alcanzaba a oír el cling-cling del martillo en su búsqueda infructuosa.

Luego, fue pasando el tiempo y le perdí la pista a la dichosa rueda. A lo mejor es que ya la han encontrado. Como la RENFE se ha modernizado tanto…