Es el título de una redacción que nos propuso la
profe en el taller de Memoria: Se me cayó el anillo en el desagüe. Una
redacción que hemos de entregar pasadas las vacaciones de semana santa y que,
en principio, no parece ser asunto que tenga entidad como para imaginar una
historia con interés suficiente para que el lector le dedique su atención.
Se ve que ese es el intríngulis. Obligar a nuestro grupo de ancianos a estrujarse las meninges e imaginar y describir una situación que, de puro vulgar, no llegaría a la categoría de anécdota. Por eso, después de darle vueltas, se me ocurrió que, si hacía una descripción minuciosa del incidente, la cosa podía resultar. Y éste es el resultado que aquí dejo por si el improbable lector quiere dedicarle unos minutos de su tiempo.
“Cuando se me escurrió y cayó el anillo por el
desagüe, lo primero fue poner cara de lelo. Lo sé porque, sin razón aparente,
levanté un segundo la vista y vi mi cara con gesto de pasmo reflejada en el
espejo. Es ese gesto entre premonitorio y de resignación anticipada que se te
pone en el rostro cuando, instintivamente, sabes que el pequeño drama que se
representa ante tus ojos asombrados terminará en tragedia doméstica. También
presientes que tú no podrás remediarlo porque no sabrás reaccionar a tiempo. Tu
cerebro no dará su orden a tu mano con la suficiente antelación como para que
ésta atrape el objeto a punto de ser engullido por la boca negra del desagüe. Y
sabes, además, que eres espectador sin voluntad de acción porque la escena se
desarrolla ante tus ojos asombrados como quien observa el desarrollo de los
hechos sobre un escenario. Prevé el desenlace y no puede modificar el guion. Y
eres víctima porque de esa pequeña tragedia doméstica tú sufres las consecuencias
por la pérdida de un objeto de valor, más que económico, sentimental. Y, lo que
es peor, te sientes responsable por ser el depositario descuidado de ese
pequeño tesoro de metal brillante que recibiste de manos de alguien que te
quería y te lo regaló como prenda de cariño.
Todo eso yo lo pensaba y veía como a cámara lenta mientras
mi imaginación estaba previendo el resultado final: el anillo se fue deslizando
todo a lo largo del dedo enjabonado, vi cómo rebotaba con pequeños saltos sobre
el esmalte del lavabo, dio exactamente vuelta y media en torno al desagüe y,
antes de yo reaccionar y atraparlo con la mano, pegó un saltito apenas
perceptible, casi alegre, podría decirse, y el agujero se lo tragó no sin que
antes el anillo lanzara un pequeño destello de adiós. Limpiamente, como quien
se sabe el camino, se fue tubo abajo.
Con ambas manos apoyadas sobre los bordes del
lavabo, con la mirada fija en el negro agujero del fondo del vaso, incapaz de
reaccionar ante un hecho consumado, sólo tuve un absurdo recuerdo de una
canción infantil que las niñas, cuando mi infancia, solían cantar en corro:
Al cruzar el arroyo de Santa Clara
Se me calló el anillo dentro del agua…
Total, que he dado parte al seguro, ha venido un fontanero, ha desmontado la tubería y he recuperado la sortija.
No quiero ni imaginar lo que hubiera dicho Fernanda si llega a enterarse de que había perdido su anillo de compromiso..."
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