Hoy al medio día nos ha visitado una tormenta que
ha bajado las temperaturas y nos ha dejado unos buenos aguaceros. Se ha
refrescado el ambiente, los suelos, y ha humedecido el bosque. Un alivio
térmico que se agradece.
Con la tarde recién lavada, doy un paseo por la
finca de los Batanes. En el lago artificial del bosque finlandés, observo las
gotas que van cayendo del ramaje sobre la lámina de agua que espejea. Cada
gota, al contacto con la superficie, dibuja sobre ella una serie de círculos
concéntricos cuyo radio va ampliándose como una serie de pequeñas olas
circulares y simétricas, de una simetría perfecta. Si cae alguna otra gota
desde otra rama próxima, ese círculo en expansión interfiere sobre otro caído
en un lugar próximo. El choque entre ambos es suave, interfiriendo las pequeñas
ondas entre sí, saltando una sobre otra para seguir cada cual su propia
expansión sin deformarse y, en las intersecciones, se producen pequeños rombos
instantáneos que desaparecen según se aleja cada onda a partir del centro
geométrico donde cayó la gota de agua.
Observando este curioso fenómeno físico, uno
descubre la belleza que hay en la perfección geométrica producida por una
simple gota de agua que cae de una rama que cimbrea sobre el lago artificial.
La arboleda que lo rodea, reflejada con nitidez sobre la superficie como sobre
un espejo horizontal, parece descomponerse y vibrar con el simple contacto de
una minúscula gota de agua. Su imagen se rompe en formas angulosas y quebradas
como por efecto de un espejo cuyo cristal se hubiera rajado al caerse al suelo;
como a capricho de un pintor cubista que convierte la armonía de la naturaleza
en formas geométricas distorsionadas e irregulares.
Luego, si el observador es paciente y su mente se
desliza sin prisas sobre el paisaje, verá cómo, poco a poco, todo vuelve a su
ser: la lámina del lago recupera su perfecta horizontalidad tranquila; el
reflejo de la arboleda en torno se aquieta y muestra la imagen inversa del
bosque que se asoma al espejo de agua; las nubes, perezosas, recorren sin
prisas el fondo azul, y todo es quietud.
Hasta que una nueva pequeña gota, que se ha ido
formado por condensación, se descuelga como sin prisas desde una rama angulosa,
cae sobre la superficie del agua recién sosegada, rompe su equilibrio, y el
observador se queda fascinado, viendo, de nuevo, los círculos concéntricos como
mínimas réplicas de un movimiento sísmico en miniatura.
Si una gota de agua puede captar la atención del
caminante y fascinarle hasta perder la noción del tiempo, como ocurrió al monje
Virila al oír canto de un ruiseñor, habrá que dar fe a lo que dice Giner de los
Ríos cuando afirma que a la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida
entera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario