lunes, 1 de julio de 2013

Visita al Sofidou.-

Cuando se inauguró el Museo Reina Sofía en 1992, los que andábamos de progres empezamos a llamarlo el “Sofidou”. Un híbrido de Sofía y Pompidou, porque nos parecía que este museo nuestro había nacido a imitación del Georges Pompidou de Paris. Una apreciación injusta pero muy nuestra, esa de ensalzar lo ajeno desprestigiando lo propio. Lo cierto es que el Reina, cuando lo visito de tarde en tarde, siempre me produce alguna alegría cultural y estética, si el improbable lector permite ese prurito cultureta a este jubilata.

Eso de ver la exposición dedicada a Salvador Dalí resultaba un agobio de visitantes que uno no está dispuesto a soportar ni por el mejor artista del mundo. El disfrute de la obra de arte es un goce personal, intransferible y silencioso, alejado de las muchedumbres curiosas y de las manadas turísticas. Un placer en solitario, una especie de onanismo estético, si se permite tan mala comparación; o, si se prefiere, un bis a bis con la obra contemplada. Los testigos sobran.

Total, pasando mucho de Dalí, terminé viendo De la revuelta a la posmodernidad. Es ese tipo de muestras en que el esteticismo tradicional se va al carajo; se rompen los esquemas de esa mirada conformista del espectador ante la obra consagrada, y entra en juego no sólo una mirada inquisitiva, sino la curiosidad, el afán por entender qué coños significan esas imágenes, esos recortes de prensa, esas fotos o esos montaje audiovisuales que a uno le suenan a camelo, a pseudo-arte. Es que el sentido estético  pequeño burgués, del que todos estamos preñados, no sirve y tenemos que habilitar otros nuevos paradigmas para comprender lo que tenemos ante los ojos. Porque es lo que tienen eso que llamamos vanguardias (en el sentido más amplio): no están solo para ser vistas, sino para ser comprendidas, tomando como referencia el medio sociocultural en que fueron creadas.

Una sorpresa encontrarse con escenas de La batalla de Argel, 1967, de Gillo Pontecorvo, referida a la crudelísima guerra de independencia de Argel en la que la potencia colonizadora cometió todo tipo de tropelías. Esa vergüenza histórica que arrastran los franceses desde entonces y que aún les duele como una infamia colectiva. Cada pueblo tiene las suyas, así que nada que reprocharles.

Una curiosidad esas fotografías de estructuras tubulares en lo que me ha parecido el Paseo del Prado, tan sólidas y efímeras. Inmediatamente me han hecho recordar el “homenaje tubular” de aquel personaje de Torrente Ballester en La saga-fuga de J.B. Personaje que empezó a ensamblar tubos en el sótano de su casa y terminó desbordándola toda ella, hasta convertir el armazón en una enorme maraña geométrica que parecía fuese a deglutirla, como a una mosca atrapada en una tela de araña.

En un rincón, del Equipo Crónica, un “espectador de espectadores”, un muñeco de papel maché policromado, sentado, a tamaño natural, que parece observar a los visitantes, pero sabemos que mira sin ver, como nosotros miramos la realidad muchas veces; no nos enteramos de lo que estamos viendo y viviendo, aunque parezca que sí. Somos un espectador con la mirada vacía ante un mundo farragoso y difícilmente comprensible.

Y la mirada que la mujer tiene sobre sí misma tras la revolución feminista rompe con la visión patriarcal y falocrática del mundo. Esta visión patriarcal ha negado sistemáticamente la capacidad de la mujer de representarse a sí misma, controlando sus decisiones (autonomía política, jurídica, económica…). Incluso la historia del arte es sometida a crítica, ya que siempre  consideró a la mujer como objeto de representación estética. En la muestra, un grupo de fotografías representa varias poses de una mujer desnuda: enorme matorral en el pubis, pechos tan caídos como naturales, rostro uno entre miles, pero ella misma: sin depilación, sin tetas siliconadas, sin afeites en la cara. Como se vería cada cual desnudo ante el espejo, corriente, pero único. Una especie de antiesteticismo que denuncia el engaño del cuerpo femenino tomado como objeto de deseo y uso.

Del arte povera italiano, que también se muestra en la exposición, este jubilata recuerda de cuando era joven – uno siempre se recuerda como joven, fueran 20 o 40 los años que tuviera entonces – haber visto, en el Palacio de Cristal del Retiro, una exposición dedicada a Michelangelo Pistoletto, especialmente, La Venus de los trapos. Tuvo su origen el arte povera en los años 60, cuando Italia pasaba de la miseria de posguerra a la industrialización. Es un rechazo a la tecnificación deshumanizadora y a la pérdida de valores tradicionales mediante el empleo de materiales de uso corriente: telas, hojas, madera, papel… y todos aquellos objetos relacionados con una forma de vida natural. Es la estética de lo obsoleto que se fija en lo perecedero y en la fragilidad de los objetos. Es la creatividad a partir de los medios más modestos y anodinos.

En esta amalgama de corrientes, digamos artísticas en cuanto reflejan una visión más lúcida del mundo, dos visiones de la posmodernidad: La atrofia de los sentidos corporales (olfato, gusto, tacto) a favor de la hipertrofia de lo audiovisual, con preeminencia del gran icono comunicador que es la televisión. Y en una sala, con el nombre de Textos autocensurados, un gran, enorme, panel de papel xerografiado (creo) y arrugado como formando una ola que se desmorona. Atornillados a la pared, a modos de cuadernillos, bloques de papel tamaño folio que el espectador puede ir arrancando, doblando, rompiendo, arrugando, y echar en un recipiente de metacrilato. Una contribución a la creatividad artística (no sé si eso es una performance) a la que este jubilata, a punto ya de terminar la visita, se unió con entusiasmo. 

Allí, un grupo de escolares adolescentes franceses, con mucha aplicación, plegaban hojas en pliegues geométricos o las desgarraban con mucho miramiento. Un servidor arrancó una hoja de la pared, la arrugó, comprobó que la arruga era bella dentro de su informidad, y la echo a la papelera. Satisfecho de su capacidad creativa efímera y un poco absurda, se fue.

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