No sé si, quien esto lea, ha tenido necesidad de usar
alguna vez los retretes de los centros de enseñanza pública. En sus paredes suele
haber un muestrario harto explícito del desahogo de las fantasías sexuales más
extravagantes que uno pueda imaginar. Este jubilata, inasequible al desaliento
a pesar de los años acumulados, acostumbra cada curso a matricularse en alguna
asignatura de la UNED Senior. Y, como prostático que soy, de vez en cuando he
que desaguar en una de esas cabinas bastante cochambrosas del centro asociado
Gregorio Marañón, en Lavapiés, al que asisto.
Hace ya años que, alguna vez, se me ha ocurrido pensar si podría escribir una entrada en el blog sobre este asunto, e incluso he tomado
alguna fotografía para dar testimonio fehaciente. Como quien dice, he hecho
previamente el trabajo de campo in situ, lo que no es muy estimulante,
dado las estrecheces de estos evacuatorios y lo poco grata que es la cartelería
de las paredes, aparte esa sensación de cochambre y cutrez en la que te ves
envuelto.
Pero si uno
lee lo que las mentes desbridadas dejan escrito en la soledad e impunidad de
estos retretes, más las réplicas, que suelen ser agresivas, ofensivas y más
calurientas si cabe, uno ha de pensárselo dos veces para molestar al sufrido
lector haciendo una relación literal de aquella palabrería gráfica, escatológica
en demasía. Escatológica a fuerza de dar rienda suelta a fantasías que brotan
en la intimidad del retrete, lejos de la presión social que impone las buenas
maneras y la ocultación de las imaginaciones más desbarradas que a cada cual se
le ocurren en sus adentros.
Lo cual es una lástima. Lo digo porque,
vulgaridades y desahogos soeces aparte, creo que hasta se podría hacer un estudio
sociológico, o psicológico, o lingüístico (los expertos sabrán) con el material
allí recopilado, entre las cuatro paredes de los retretes de una universidad
popular. Saldrían a la luz un montón de frustraciones, perversiones mentales,
fantasías sexuales latentes evacuadas con ayuda de un boli, suficientes como para una tesis
doctoral.
Así, la literatura de retrete suele ser la hermana
soez y contrahecha de otra forma de expresión literaria que, tratando de temas
similares, es aceptada por provenir de autores consagrados. Valga como ejemplo El
cipote de Archidona, de Cela, o su Izas, rabizas y colipoterras,
dedicada a las putas del Rabal de Barcelona. Y eso sin meternos en
averiguaciones sobre lo que se conoce como “literatura licenciosa”.
Claro que este género de literatura licenciosa usa
de la perversión sexual, entendido lo de perversión como una desviación de la
moral sexual tradicional, para poner en evidencia la hipocresía del orden
establecido y la religión. En ese aspecto, los autores franceses del dieciocho
y diecinueve son maestros. Uno no tiene que más que leer La Religiosa,
de Diderot para ver cómo se ataca con saña la hipocresía religiosa a través de
la historia de una monja a la que meten en clausura por imposición paterna. Ésta
se encuentra con un ambiente de clausura agobiante, donde el monjío se libera
de tanta opresión a través del lesbianismo, empezando por su priora, que
intenta seducir a la novicia. O Justina
y los infortunios de la virtud, del marqués de Sade, donde la protagonista
es esclava sexual en un convento de franciscanos, mientras los frailes predican
la castidad desde el púlpito.
No hace mucho leí Gamiani, dos noches de
pasión de Alfred Musset, donde el trío encamado al retortero se cuentan mutuamente su
iniciación sexual y, en el caso de la seductora y la seducida, tienen en común
haber sido objeto de la depravación de gente de religión, encenagada en la débauche.
A poco que se lea ese tipo de literatura, el
lector cae en la cuenta que la depravación sexual de la gente del clero es un
tópico al que recurren casi todos los autores. Porque, por lo visto, la tesis
de este género literario es denunciar la opresión ideológica de la Iglesia
sobre la sociedad, y para ello se recurre a algo tan manido como son las
desviaciones y el abuso sexual desde quienes detentan el poder moral sobre la
población de creyentes.
Para terminar, recuerdo haber leído en Caro Baroja
algo sobre la religiosidad en la España de los Ss. XVII y XVIII, que el teólogo
jesuita Tomás Sánchez de Ávila escribió De sancto matrimonii sacramento.
En él se describen con todo lujo de detalles todas las variantes posibles de
intimidad sexual en un matrimonio, a fin que el confesor supiera a qué atenerse
cuando oía a alguien en confesión. Lo cual tuvo un efecto no deseado por el autor,
ya que los seminaristas lo leían para, con intención pecaminosa, enterarse de
los asuntos del sexo que no estaban a su alcance por personal experiencia. De
ahí el dicho popular entre gente de iglesia: Si quieres saber más que el
demonio, lee a Sánchez en De Matrimonio.
Si bien se mira, la diferencia entre el grafiti obsceno
en la pared del retrete y la buena literatura erótica, que vienen a decir lo
mismo, estriba en que lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se dice. Y
si no, ahí quedan estas coplillas sicalípticas y en tono festivo de nuestro
fabulista don Félix de Samaniego, tomadas de su Jardín de Venus:
Una abadesa, en Córdova, ignoraba
que
en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado,
un mancebo, de monja disfrazado;
Que,
el tunante, dormía,
para
estar más caliente,
cada
noche con una monja diferente.
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