Por si alguna vez el improbable lector, que supongo habituado a lecturas con enjundia, no se ha tropezado con un relato absurdo, aquí le dejo uno. La lectura es como la vida, conviene probarlo todo. Ya lo dijo hasta el Arcipreste de Hita: Probar todas las cosas, el Apóstol manda. Quise probar la sierra, hice loca demanda. Y aunque el de Hita no parece satisfecho de su experiencia serrana, al menos nos dejó una obra literaria para las generaciones posteriores. Un servidor no aspira a tanto, solo a entretener unos minutos a quien quiera que lea esto que se dice a continuación:
Eficacia, seriedad y discreción. Así decía el prospecto
que cayó en mis manos meses atrás. Acababa de salir de una depresión que había
arruinado mi vida y buscaba la mejor forma de acabar con todo limpiamente. Me
habían echado del trabajo, mi mujer se divorció de mí y se quedó con el piso;
mis hijos reclamaban una pensión y me quedé sin amigos. Morirme era la mejor
solución, pero no tengo práctica.
Por eso, cada día compraba la prensa y me leía todos los anuncios por
palabras. Sabía, porque me lo sugirió el quiosquero, que había empresas que te
quitaban de en medio con discreción. Pero, como era una actividad ilegal, era
difícil encontrar una dirección o un teléfono de contacto. Había que escarbar
mucho entre los centenares de anuncios de sexo y de servicios atípicos para
encontrar lo que me interesaba.
Así que, todas las mañanas compraba la prensa nacional y leía la letra
menuda de los anuncios, pero sin éxito. Hasta que un día, en uno de esos
folletos que te dan a la entrada del metro, leí lo siguiente: LA IRREMEDIABLE S.A.:
EFICACIA, SERIEDAD Y DISCRECIÓN; y
venía un teléfono. Llamé y me dieron cita.
- Oiga – les pregunte – ¿Es aquí donde matan desesperados?
- Caballero – me respondieron –, matar es ilegal. Nosotros, previa petición,
eliminamos estorbos. Eso es todo.
- Y eso ¿Sale muy caro? – Tenía yo esa preocupación. No había forma de
aplazar los pagos, por razones obvias, y la familia me había arruinado.
- Antes de firmar el contrato, caballero, – me informaron – acostumbramos a
hacer un estudio de la solvencia de nuestros clientes.
Educados sí que eran en aquel negocio. Y previsores. Así que, al cabo de
una semana, me citaron los de La Irremediable
S.A.
- Nuestros peritos nos informan que Vd. es un insolvente económico –. El
empleado revisaba mi expediente, y ante mi abatimiento, añadió: - Pero no debe
desanimarse, amigo; siempre hay una solución.
Después de algunos días de negociación, llegamos a un acuerdo: podía donar
mis órganos a su empresa, y ésta los vendería al mejor postor. Tenían práctica
y el trasplante de órganos era un negocio floreciente, si se tenían contactos. Pero, previamente, debía entregar un anticipo en especie. Un día me
llamaron con urgencia a la pensión donde vivía, me metieron en una ambulancia y,
de allí, en un quirófano. Me extirparon un riñón para un millonario saudí,
según me dijeron.
- Para lo que va a vivir, con uno le basta –, me informó amablemente el
empleado.
Visto así, la cosa era razonable. Lo malo era que, según el estudio de
costes que me enseñaron, no era suficiente para cubrir gastos.
- No se preocupe, caballero –, me dijeron. – Nuestro deseo es dar el mejor
servicio, y Vd. quedará satisfecho. La Irremediable S.A.
siempre cumple.
Unas semanas después vinieron a buscarme con un taxi, me metieron en un
avión y, para cuando estuve de vuelta, ya no traía el bazo.
- Ha hecho un gran servicio a la humanidad –me dijeron, entre sonrisas–.
Una aportación a la causa de la libertad en el mundo.
Según parece, mi bazo se lo pusieron a un científico americano que
trabajaba en la industria de armamento. Pero a mí me preocupaba que el contrato de finiquito vital –que así lo
llamaban ellos– estuviera aún sin firmar, e hice alguna discreta reclamación.
En La Irremediable
S.A., siempre educados, siempre serviciales, me informaron
que éste entraría en vigor cuando llevase ingresado el cincuenta por ciento del
coste. Un par de donaciones más, y era cosa hecha.
La cosa parece que empezó a llevar buen camino el día que me extirparon la
córnea del ojo izquierdo. –Para un niño que ha quedado ciego, me comentaron,
con su discreción habitual–. A los pocos días, una donación de médula espinar y
20 cms. de tendón del brazo izquierdo. Una noche, con toda urgencia, en un
quirófano clandestino dejé medio hígado, y, algunos días después, metro y medio
de intestino delgado.
De esto hace ya tres meses y nadie viene a matarme, según lo acordado. Creo
que en La Irremediable S.A.
me han estafado, así que mañana, sin falta, voy a la Oficina del Consumidor y
les denuncio. De mi no se ríe nadie.
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