domingo, 20 de noviembre de 2016

Nuestro mundo, un cristal que se hace añicos.-


Quién iba a decirnos que una conjunción astral, fatalidad cósmica provocada por los humanos, nos traería a un mismo tiempo a Trump y a los cristales rotos (metafóricamente) del Palacio de Cristal del Retiro, pero así ha sido: No por casualidad forjamos nuestro destino y luego decimos que es cosa del azar. 

Dicho lo dicho, seguro que el improbable lector quedará perplejo si ve que en el mismo saco de esta bitácora se meten cataclismos cósmicos, azares, cachiza de cristales rotos y políticos reaccionarios recién estrenados. Debe perdonar el desvarío. Poner en orden las ideas es cosa difícil.

Hágase cargo el lector, que aunque improbable, paciente: llega el cronista, entra en el Palacio de Cristal y se lo encuentra deshabitado de objetos que tengan intencionalidad artística; sólo la escueta estructura de metal y cristal que hace de recipiente. Un vacío por dentro donde el espacio está ocupado por sonidos como de cristales rotos que despuntan entre las voces. Una intención de que la propia estructura del edificio sea parte de la escultura sonora que ha ideado un señor de nombre… (A ver, un momento, que lo vea en el folleto...) Un tal Lotahr Baumgarten que este jubilata no tiene el gusto de conocer, pero de quien espera que le sorprenda con una visión original del mundo confuso que vivimos.

¿Qué se puede hacer en una bombonera decimonónica acristalada y vacía? ¿Qué opinión formarse respecto al título de la muestra: El barco se hunde, el hielo se resquebraja? El visitante, ante la nada material con que han vestido el lugar, opta por sentarse en una silla a ver de qué va. Observa con la vista y con el oído – no sabe nada del artista y su obra, pero tiene mucha veteranía en estos avatares y sabe esperar –, recorre el lugar con la mirada y aguza el oído para discriminar sonidos porque, según sospecha, ahí está el busilis. Sabe que el sonido ocupa un espacio y es cuestión de localizarlo mientras sus ojos hacen un paseo sonoro por el recinto.

Hay gente que charla y niños que corretean y chillan. Hay ruidos aleatorios, espontáneos, de origen humano y otros – algo así como chasquidos – hechos con intencionalidad. Hay montones de selfis autocomplacidos, hay un deambular sin objeto y una aparente despreocupación respecto a esa “escultura sonora” que es la intención  última de esta instalación artística.

Entre el barullo de los visitantes, si uno presta atención, empieza a discriminar, cada vez con más nitidez, esos chasquidos como de cristales rotos; mira al acristalamiento del techo, y nada, éste sigue en su lugar. El título de la exposición da la pista: …el hielo se resquebraja. No es ruido de vidrios hechos añicos, estamos ante una escultura sonora inspirada en el deshielo del río Hudson, grabado en audio entre 2001 y 2005. ¿Con qué intención? Hacer que ese romperse de los hielos, en una trasposición de imágenes acústicas, sea un romperse del edificio acristalado. Provocar la sensación de que ese desmoronamiento simbolice la destrucción del propio mundo que hemos construido. Descubrir que nuestro mundo es frágil y que bastan unos bonos basura y un quebrar de Lheman Bhothers para que nuestro barco se hunda; ese Titanic de la economía mundial que choca contra un glaciar de la ambición a la deriva y naufraga entre hielos que se resquebrajan.

¡Ah! El autor se ha puesto trascendente y nos da un toque de atención respecto a nuestra fragilidad como sociedad. Pero los niños siguen correteando y los visitantes adultos “autoselfiseándose” para dejar constancia de que la instalación sonora de Lothar Baumgarten ha existido alguna vez porque ellos estuvieron allí y se autorretrataron sonrientes y olvidadizos de que, de entre los hielos resquebrajados y sobre el barco que hace agua, ha aparecido un Donald Trump, especie de Moisés bíblico con mucha pasta, que llevará a las clases medias americanas, y a nosotros tras ellas, al cruce del Mar Rojo que se abrirá a su paso gracias al cambio climático debidamente negado. Esta es una fatalidad cósmica – como se decía al principio – de nuestra propia cosecha.

Pero no todos los paisajes sonoros de este cronista transcurren entre cristales rotos. También existe el optimismo de la técnica aplicada al sonido. Basta visitar la Fundación Telefónica y oír/ver su 1, 2, 3… ¡Grabando! Desde el fonoautógrafo hasta el mundo digital hay todo un camino de progreso que nos habla del ingenio humano para registrar, cada vez con más perfección, el sonido. Un encuentro amoroso entre la música y la tecnología que ha producido vástagos cada vez más perfectos, pasando por los fonógrafos, los gramófonos, los discos, los magnetofones, hasta los CDs y los MP3.

Pero no es sólo cuestión de perfección técnica, sino de percepción, porque nuestra relación con la música ha cambiado. Hasta la invención de estos aparatos, el sonido era algo efímero, pura fugacidad que se agotaba en su propia ejecución. Estas máquinas lo que hicieron fue aprisionar lo fugaz y obligarlo a un eterno retorno de reproducciones, como en la Invención de Morel, esa novela de Bioy Casares. El Fugitivo enamorado de Faustine, hace que su amor perdure indefinidamente más allá de la muerte, gracias a la máquina que reproduce sus vivencias que una vez fueron grabadas. Nosotros nunca pudimos asistir a la grabación de Así habló Zaratustra por Von Karajan (hecho irrepetible), pero su reproducción por Decca nos permitió oírlo las veces que quisimos en Una odisea del espacio, de Kubric.

Parece, amigo lector (improbable o no) que a este jubilata los paseos sonoros de este otoño le llevan por mundos extraños. Pero no hay por qué alarmarse por el temor a los extravíos: estos paseos son, sobre todo, dentro de su cabeza y absolutamente inofensivos.


sábado, 12 de noviembre de 2016

Cuando todo es normal.-

Estas semanas atrás pensábamos que el mundo sería inhabitable y se nos abrirían las carnes si salía elegido Donald Trump. Pues ya está hecho, las clases medias americanas se han cabreado y nos han parido este híbrido capitalista/antisistema, ¿y ahora, qué? ¿Nos echamos a temblar o nos quedamos a ver el espectáculo que promete? Un servidor se ha palpado sus viejas carnes bajo la ropa por ver si las tenía muy laceradas tras el nombramiento del susodicho, y descubre con incredulidad que ni un rasguño, ni una magulladura, aparte las naturales flaccideces propias de la edad.

Por reducir la cuestión a magnitudes domésticas, nada como buscar un parangón del Trump ese con un personaje similar, pero de cosecha propia, que lo sitúe dentro de límites mentales abarcables por un beneficiario de clases pasivas. Y casi sin pensárselo, surge el paralelismo entre Jesús Gil y Donald Trump: ambos enriquecidos con la especulación mobiliaria, ambos deslenguados y ostentóteos, ambos populacheros y vulgares, ambos elegidos por el pueblo soberano (sí, sí, por ese pueblo dotado de raciocinio) para cargo público: el uno alcalde de Marbella, el otro presidente de los EEUUAA. Cada cual en su esfera, pero de similares hechuras. Lástima que por este camino de las vidas paralelas no pueda uno seguir porque ya lo han explotando los de la prensa.

Lo que sí admira a este jubilata es que los bienpensantes del sistema se echen las manos a la cabeza y canten jeremiadas, amenazándonos con los terrores del milenio porque un ricachón yanqui que va de tremebundo vocifere enormidades.  A este jubilata, sentado en su rincón de observar el mundo, le parece, para empezar a poner las cosas en su sitio, que lo de Trump – una vez silenciada la trompetería - no será tan diferente para la supervivencia del sistema tal como lo conocemos, porque no es cuestión de calidad sino de cantidad; él no será peor que lo que nos toca vivir, sino más bruto.

Antes hubo otros como él. Así, como ejemplo fácil, el susodicho Jesús Gil en estos pagos y Berlusconi en Italia. Ambos habrían pasado por personajes antisistema si la palabra hubiese estado de moda en aquellos entonces. Pero todos sabemos que aquel campechanote Y tal y tal, no era más que el subproducto de una España del ladrillo y el pelotazo, como el sátiro Berlusconi lo fue de la corrupción política y financiera italiana y de la podredumbre y agotamiento de la democracia cristiana. Ambos, en la medida de sus posibilidades, hicieron de su vida un espectáculo gratuito y dieron mucho juego a la prensa, tan necesitada de aumentar su audiencia, creando un caldo de cultivo donde germinaran, como infusorios, legiones de  papanatas que aplaudieran las ocurrencias de uno y otro. Solo se asustaban los timoratos, se escandalizaban los bobos, mientras que la gente del común admiraba los huevos que le echaban a la vida aquellos fantoches. Trump, por el estilo, dice a las gentes desencantadas lo que quieren oír y exhibe riquezas horteras, fama televisera y una colección de tías buenas: el ideal al que aspira cualquier parado en la cuneta laboral.

Entre calificarlo como “antisistema”, como dice por boca de ganso algún político español, o “subproducto del sistema”, creo que lo segundo le conviene más. Dicen los que saben de estas cosas que estamos asistiendo a algunos síntomas de agotamiento del sistema: el Brexit, los nacionalismos tipo Le Pen o los neofascismos de algunos países europeos, sin contar la desesperanza de las clases medias (que se enrabietan y votan lo que votan). Si partimos del supuesto que la hidra capitalista regenera y multiplica sus cabezas cada vez que le cortan una, el míster Donald es un producto típico del Todo a 100 del capitalismo populista. Alguien que por poco precio desvía la indignación contra el sistema y encauza las frustraciones de las masas hacia objetivos que no son la causa de sus males sino su consecuencia. Lo del muro contra México es de manual.

No puede este jubilata ponerse docto en material tan compleja, pero le resulta claro que Trump está ahí, dispuesto a alborotar un rato el cotarro internacional y desviar atenciones, mientras esa máquina de acumular riquezas que llamamos el sistema, inventa un bálsamo de Fierabrás que sirva para bizmar las magulladuras de una sociedad que ya no cree en instituciones, idearios políticos ni nobles ideales, porque todo ha sido arrasado por la apisonadora neoliberal y convertido en bonos convertibles o fluctuaciones de Bolsa.

Quien esto escribe, pasado el primer susto, mantiene su habitual pesimismo de plantilla. Las masas medias americanas vociferarán contra inmigrantes o musulmanes bajo la mirada complacida del nuevo presidente, pero sus empresas seguirán deslocalizándose para terminar en Monterrey o cualquier otro estado mexicano, a pesar del muro que el antisistema Trump dice querer levantar. El TTIP seguirá su camino porque a los que han puesto los dineros para la campaña antisistema de Trump así les interesa. En el futuro gobierno de Trump entrarán como en tromba destacados antisistema ultraconservadores, banqueros, empresarios y negacionistas del cambio climático. El sistema, por no darle más vueltas, se disfraza un ratito de antisistema para seguir su imparable camino hacia un mundo globalizado en forma de paraíso fiscal exclusivo.


Pasados estos alborotos, las cosas volverán a su cauce, aunque con otra vuelta de tuerca que nos acogote un poco más. Todo seguirá su plácido discurrir hacia el control de las masas/ganglio amorfo. Y no lo digo por ser adivino, sino porque esa misma mañana del triunfo de Trump, mientras digería lo de las angustias antisistema, una empresa de las de venta por teléfono ha llamado a casa para ofrecernos calcetines relajantes. No los hemos comprado, pero saber que los mercados siguen a lo suyo nos ha dado mucha tranquilidad.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La Prensa doméstica.-

Leer periódicos en estos últimos tiempos, en cuanto se refiere a la política y sus aledaños, es cosa bastante deprimente. Más desde que forman causa común políticos del turno de alternancia en el poder, financieros de los medios de comunicación, periodistas domesticados y demás interesados en la continuación del estado de cosas actual.

Dándole vueltas al asunto, he recordado que en el fondo del cajón de la memoria del disco duro, conservaba un relato que vendría al pelo. El improbable lector caerá enseguida en la cuenta de que la originalidad de esta historia - si no verdadera, sí verosímil - no es mucha, ya que suena a parodia de la novela de Orwell, titulada 1984, y su célebre Ministerio de la Verdad. Pero uno lee la prensa escrita y parece como si toda ella estuviese sometida a las directrices de ese Departamento que, a lo mejor, en el nuevo gobierno de don Mariano tiene otro nombre, pero similares funciones.

El improbable lector, si sabe disculpar la escasa imaginación con que fue escrito el relato, podrá entretenerse un rato, que no es poco…

La Habitación 101.-

Los amigos se lo decían. La familia también. Los conocidos, los compañeros de trabajo, todos. Todo el mundo se lo venía diciendo desde hacía ya tiempo. Incluso en la junta de vecinos, el administrador le advirtió:
 – Mire usted, Fulano, esas cosas que escribe en el periódico no están bien.
Pero Fulano no hacía caso a nadie. Era un crítico del sistema. Según decían, tenía una pluma brillante y mordaz, y, además, una columna diaria en un periódico de prestigio. Allí, con ironía e ingenio, ponía en evidencia a los poderes públicos. Ridiculizaba sus discursos, era mordiente con sus corruptelas e incongruencias y no había Ministerio donde, de Subdirector General para arriba, no se echaran a temblar cada vez que Fulano les sacaba en su columna.
Se sentía tan seguro que ni siquiera se mordía la lengua a la hora de criticar al Ministerio de la Verdad. El Ministerio de la Verdad había nacido en la última remodelación ministerial, cuando un escándalo político-financiero de magnitudes hasta entonces nunca conocidas, había hecho caer al gobierno.
Con el pragmatismo que caracteriza a la clase política, el nuevo gobierno, al adjudicar las nuevas Carteras, decidió crear el Ministerio de la Verdad.  Dado que la corrupción es una característica inherente a todo tipo de Poder (democrático, oligárquico, autocrático),  este ministerio tendría por misión velar por el buen nombre del Poder. Las noticias sobre cualquier escándalo: cohechos, tráfico de influencias, negocio de armas, transfuguismo por imperativo crematístico, licitaciones amañadas, sobres bajo cuerda, cajas B, y un interminable etcétera, serían filtradas a través suyo.
Cada noticia, siguiendo los cauces marcados por la veracidad informativa oficial, debería darse de forma que no alterase el normal transcurrir de la ciudadanía. La paz social, basada en la desinformación, debía quedar garantizada ante cualquier escándalo, desde el simple cohecho de un concejal pueblerino hasta el braguetazo extramatrimonial del Subsecretario del Ministerio de la Familia y Asuntos Religiosos. Y el Ministerio de la Verdad tenía esa alta responsabilidad.
– Don Fulano –, le decía cada noche el becario que repartía la correspondencia en la redacción –, aquí le dejo los papeles del ministerio. Y soltaba en la cesta de la correspondencia varios sobres con membrete ministerial.
Y es que en la mesa de Fulano se acumulaban las citaciones, oficios admonitorios, amistosas notas extraoficiales, requerimientos y todo tipo de comunicaciones administrativas producidas por las oficinas del Ministerio de la Verdad. Se decía, incluso, que en las dependencias ministeriales existía un Negociado especializado en la interpretación y exégesis de los textos que Fulano publicaba a diario.  Dichos textos eran cotejados con el manual de estilo redactado por el ministerio. Cuando a la verdad oficial no se le correspondía la interpretación periodística de Fulano, se cursaba el correspondiente documento oficial, siguiendo el trámite que marca el procedimiento administrativo.
– Oye, Fulano – le aconsejaba un colega bienintencionado – ándate con ojo, no vayas a terminar en la Habitación 101.
Y es que en los medios periodísticos existía la creencia en la Habitación 101. Nadie, a ciencia cierta, sabía de su existencia. Eran rumores que se propagaban por las redacciones de los periódicos, por las cátedras de las universidades, por los platós de las televisiones, por las empresas editoriales y, en general, por cualquier lugar donde se pudiera generar y difundir  una opinión que disintiese de la del Ministerio de la Verdad.
Por si acaso, todo el mundo consultaba el manual de estilo, que el Ministerio de la Verdad repartía con profusión, siempre acompañado con un “Saluda” del Director Gral. de la Recta Opinión. También Fulano tenía uno en un cajón de su mesa de despacho, encuadernado en piel y con cantos dorados, regalo especial del propio Ministro.  Era un privilegio exclusivo. Su verba ácida y la incisiva mordacidad de sus artículos le habían hecho acreedor a esta atención tan personal. Incluso, en ocasión memorable, recibió la llamada personal del Sr. Ministro:
– Fulano – le dijo entre otras cosas – con lo bien que usted escribe, se iba a aburrir mucho en la Habitación 101. 
Pero el Sr. Ministro era un político campechano y todos sabían que nadie le ganaba a bromista en el Hemiciclo, así que Fulano no se sintió amenazado.
Y Fulano seguía escribiendo sus crónicas de la corrupción urbanística, política, financiera. Por su culpa, un día tenía que cesar el alcalde que había adjudicado a dedo una obra a su yerno. Otro día, una inmobiliaria del Gerente de Urbanismo se declaraba en quiebra. Fulano había averiguado que no existía el terreno donde, supuestamente, se iban a construir tres mil viviendas, cuyos adjudicatarios llevaban ya dos años pagando letras.
El día que destapó el asunto de los coches de lujo, se organizó una trifulca monumental en el Congreso de los Diputados. El cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición llevaba años vendiendo coches oficiales -robados en los emiratos árabes- a los presidentes autonómicos, a los alcaldes de las capitales y a los delegados del gobierno. Además la fina nariz periodística de Fulano había descubierto que un sobrino de la ex mujer del Presidente del Supremo Tribunal para el Control de la Pureza en la Aplicación de las Leyes, tenía una empresa donde se blindaban todos los coches que aquel cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición vendía a la clase política.
Nada más salir la crónica de Fulano, el Ministro de la Verdad tuvo que sufrir la interpelación parlamentaria más dura de su vida. Con razón, el Portavoz de la Oposición se preguntaba desde la tribuna del Congreso qué utilidad tenía despilfarrar el dinero del contribuyente en tal Ministerio de la Verdad, si el susodicho sufrido contribuyente, encima, se veía obligado a soportar en toda su crudeza la realidad de la corrupción política.
Aquella misma noche, Fulano no apareció por la redacción. De su casa había salido, a la redacción no había llegado. Según decían, se había encontrado con dos amigos y se lo habían llevado de copas…
Cuando a Fulano lo introdujeron en la Habitación 101, vio ante sí un encerado de cinco metros de largo por uno y medio de alto. Al lado, un palé con paquetes llenos de barritas de tiza. En el ángulo superior izquierdo de la pizarra, esta frase: Nunca diré la verdad sin permiso, que ya lleva escrita un millón cuatrocientas ochenta y tres mil doscientas veintiocho veces. Cada vez que completa el encerado, éste se borra automáticamente y él empieza de nuevo a escribir a partir del ángulo superior izquierdo: Nunca diré la verdad….

Según parece, todavía tiene para tres años más. 

jueves, 27 de octubre de 2016

Entre cenizas.-


Cuando he sabido – a propósito de las incineraciones –  lo del documento llamado Instructio ad resurgendum in Christo, me ha parecido que ya iba tardando la Iglesia Católica en poner un poco de orden en esa moda de convertir en humo y cenizas los restos del finado y luego andar repartiéndolos por tierra, mar y aire. Aparte ese dudoso gusto por dividirlo en mini lotes que se regalan como recuerdo a los allegados para que sean exhibidos en ostensorios o conservados en píxides sobre la repisa del televisor.

Resulta harto contradictorio – si uno es creyente - incinerar un cuerpo, esparcir las cenizas por montes, ríos y riveras o repartirlas en frasquitos entre los deudos, y luego pretender que el día postrimero, al son de la trompeta del ángel pregonero, acuda el finado al Valle de Josafat con el cuerpo íntegro. Si le dispersaron las pavesas a los cuatro vientos, ya me dirás cómo se las apaña… De ahí la razonable preocupación del Vaticano porque, si las cenizas se esparcen caprichosamente, a ver quién es el guapo que consigue reunirlas y acudir en su integridad física al Juicio Final. Eso sin contar el quebranto económico, cuando las parcelas de los camposantos queden sin usuarios por falta de demanda y tengamos nueva burbuja inmobiliaria a ras de suelo.

Aparte esas postrimerías, este jubilata andaba dándole vueltas a otro asunto que podría parecer marginal, aunque es tan escatológico como el anterior. Se trata, de esa preocupación que nos ha entrado a todos con lo de la implosión del Psoe y la fragmentación de sus restos. Hay que imaginarse el cuerpo socialista fragmentado en corpúsculos exánimes, dispersos a los cuatro vientos del universo político: Los del PSC que no rotundo; los de la Gestora que abstención; Pedro Sánchez que no es no, y además, puerta; el susanato que sí porque lo manda el Comité; parte de la militancia con las 74.000 firmas, que no a la abstención y sí al no; los viejos elefantes del felipismo que sí por responsabilidad política; los de la Patria ante todo, que también abstención; los de siempre no al PP corrupto, que no, no y no. Y así, entre todos la mataron y ella sola se murió. Solo queda por saber qué harán con sus cenizas.

Verdaderamente así no hay cuerpo que sobreviva a la incineración, más cuando los vecinos meten fuego a la casa común. Ni abstencionistas ni noístas han caído en la cuenta de que el edificio, fundado en 1879, estaba un poco decrépito y ha bastado una pelea de patio de vecindad para que aparecieran todas las carcomas del vigamen, las fallas en los cimientos, las goteras del tejado y los desconchones en las yeserías del salón. Solo nos queda saber quién tañerá las campanas por el muerto, si don Mariano oficiará los responsorios, y en qué crematorio (Génova o Ferraz) lo convertirán en pavesas para que cada cual se lleve su puñadito de recuerdo.

Aquí el jubilata no quiere alargarse más en asunto tan luctuoso porque nadie le ha dado vela en ese entierro. Quizás la Congregación para la Doctrina de la Fe, que tan acreditada experiencia tiene sobre lo de hacer chicharrones de heréticos y cenizas de judaizantes, sea el organismo más a propósito para explicar por qué la diáspora sociata debe enterrar con respeto y no incinerar entre broncas el viejo cuerpo al que dio forma el patriarca Pablo Iglesias.

Aparte que Gonzalo de Berceo, en su poema sobre los signos del juicio final, dejó bien claro eso de irse al Otro Barrio de una pieza: 

El día postrimero, como diz el propheta, 
el ángel pregonero sonará la corneta, 
oírlo han los muertos, quisque en su caseta, 
correrán al Juicio quisque con su maleta.

viernes, 14 de octubre de 2016

Cáscaras de arte.-

Cartel anunciador en la fachada.

-¿Te ha gustado la exposición? Me preguntó la santa nada más que llegué a casa.

Me quedé perplejo. Si le hubiese contestado que no, seguro que me habría replicado: Entonces, ¿por qué vas a ver esas cosas raras al Reina? Si le hubiese respondido que sí, pero que, bueno…, que gustar, gustar, no era la palabra exacta, me hubiese exigido respuestas más claras. Y yo no lo tenía nada claro. Más bien, cada vez que visito una exposición en el Museo Reina Sofía, salgo preguntándome por qué se llama Arte a lo que los conocedores definen como tal, y qué debemos entender por Arte los no iniciados para que quepa en nuestro estrecho casillero mental. ¡Con lo fácil que fue, desde el punto de vista de satisfacción estética, la visita que hice a la exposición de Caravaggio en el Thyssen!

Acceso a las salas.
Pero, claro está, si uno va a visitar la muestra titulada Marcel Broodthaers. Una retrospectiva, más vale ahorrarse los aquí inaplicables epítetos de: “¡Qué bonito!”, “¡Precioso!”, o sus contrarios: “Pues vaya camelo”, o “No entiendo nada”. Más cuando uno se entera de que el autor fue un poeta fracasado quien, a sus cuarenta años, cogió los cincuenta ejemplares no vendidos de su Pense-Bête y los encriptó en yeso. La expresión artística pasó de la palabra escrita a los objetos perecederos que uno puede encontrar en el cubo de la basura orgánica. Así, el espectador no sabe si por fina ironía, el artista exhibe un Moule des moules (un molde de mejillones), donde las cáscaras de este molusco se muestran compactadas, como recién volcadas de una marmita. Y el espectador se devana los sesos tratando de comprender por qué monsieur Marcel, belga él, se fue a la rue des Moules bruselense y se llevó todas las cáscaras de mejillón del restaurante para enmoldarlas en un perol.

Un bonito caldero lleno de cáscaras de mejillón
Este jubilata, que tiene muchas exposiciones vistas en su vida – otra cosa es que, además, hayan sido comprendidas – recuerda el arte povera y su emblemática Venus de los trapos, de Pistoletto, y esas modestísimas construcciones, hechas de tablillas, cartones o alambres, del constructivismo ruso, y ha aprendido que cualquier material de uso, o de desecho, puede contener un significado artístico dependiendo del contexto en que se reubiquen y según la intencionalidad del artista. Es cosa sabida que los objects trouvés o arte encontrado, empezaron por alguna  de las genialidades de Duchamp, y desde que éste colgó un urinario en una exposición en Nueva York, basta con clavar una rueda de bicicleta sobre una banqueta – descontextualizar, dicen que lo llaman – para que el espectador se dé de bruces con una chocante expresión del movimiento estático que le descoloca sus prejuicios sobre el Arte.

Es, según parece, un problema de relación entre el objeto y su representación que depende del cambio de significado: deja de ser "util" para convertirse en "arte". En su “Ladrillos ensamblados”, Broodthaers nos lo está diciendo: los materiales prácticos, producidos industrialmente, pierden su función al ser considerados obra de arte. Y al espectador, que deja su papel pasivo de mero curioso para hacerse intérprete de las intenciones del autor, no le queda otra que tratar de comprender por qué un objeto industrial como un ladrillo, reproducido por miles de millares, se convierte en obra de arte única como por ensalmo, solo porque así lo ha dispuesto el artista.

El proceso, según supone el observador perplejo, vendría a ser: descontextualización de un producto de su utilidad práctica, con la consiguiente pérdida de la funcionalidad original; presentación del mismo objeto como "artístico" mediante un artificio (sala de exposiciones, catálogo, crítica especializada, marchartes, valor de mercado del artista, apreciación económica de la obra…), lo que provoca un cambio de percepción: de objeto de uso pasa a ser considerado obra de arte. De valor de uso pasa a cobrar un valor de signo: significa "obra de arte", genialidad, originalidad..., y su apreciación económica se dispara.

Hay por ahí un librito, L´oeuvre et le produit, de un profesor de tecnología francés que lo explica muy bien, incluso para un profano en esa materia como un servidor. Nos dice que la función y la utilidad  de un objeto dependen de un referente cultural y de uno práctico, que varían según el lugar, las circunstancias y la época. Así, un objeto industrial, presentado en un museo, abolida su función de utilidad, es aceptado como obra de arte. Ese cambio de apreciación cuenta también con otros factores, como el que él llama “de afectividad”, que es el valor subjetivo que se da al objeto y le hace cambiar de estatuto: de producto utilitario a objeto “artístico”, para pasar de ser un producto de uso corriente a un objeto “bello”, “raro”, “curioso”, “único”…

Exhíbalo en una galería de arte afamada, póngale Vd. precio, consiga la crítica favorable de algún gurú del Arte con mayúscula, y espere a los inversores. Se lo quitarán de las manos.

Aquí el cuadro y taburete con cáscaras de huevo.
A decir verdad, no parece que éste sea el caso de Marcel Broodthaers. No parece un mercader del arte, sino un outsider de difícil calificación para el profano. Este jubilata se quedó un rato mirando la obra Cuadro y taburete con huevos que era justamente eso: unas docenas de cáscaras de huevos pegadas al tablero y sobre el taburete. Es como si el autor estuviese diciendo: si fueses rico y caprichoso, ¿pagarías algo por esto? Pues de eso se trata, de poner en cuestión el valor comercial del arte.

Una patria hecha de cáscaras vacías.
Aparte que la utilización de materiales orgánicos de desecho ayudan a desmontar mitos burgueses bien arraigados. En su caso, la bandera belga hecha con cáscaras de huevo habla del nacionalismo colonialista. O su Il faut sauver le Congo: huevos pintados de negro sobre un editorial de Le Soir, que es un toque de atención a la negra historia de la Bélgica  colonial. 


Cañones en la sala de estar.
O, para terminar, la colección de armas de fuego en un jardín de invierno al gusto decimonónico, que nos habla de la guerra y el confort burgués, la guerra como espectáculo. Vista en tierra ajena, la guerra es espectáculo y hasta negocio. Dulce inexpertis bellum, que decía el maestro Erasmo.

En los jardines del Reina.
Más turbulencias mentales tuvo este servidor tras la visita al Reina, pero no es cuestión de cansar al sacrificado lector con elucubraciones de jubilata temoso. Lo que sí me quedó claro es la cantidad de obras de arte en potencia que arrojamos al cubo de la basura, por ejemplo, cuando rompemos los huevos para hacer una tortilla de patatas o tiramos los restos de una paella. 
Vale, es coña.

La próxima vez que visite una exposición de arte contemporáneo, lo haré cuando mi santa esté por ahí con sus amigas. Así me ahorraré contestar algunas preguntas embarazosas.

martes, 4 de octubre de 2016

Rotos y descosidos.-


¿El improbable lector de esta bitácora ha leído alguna vez la Batracomiomaquia? ¿…? No importa. Aunque le suenan campanadas de viejos textos escolares, este jubilata tampoco. Lo que no le impide ver un paralelismo entre el heroísmo bufo de la lucha batracio-ratonil y el Psoecidio auto infligido del aparato socialista.

Como esta bitácora no sienta cátedra de ciencia política y se mueve en la confortable charca de la opinión común, sea permitido largar pareceres y conclusiones sin más autoridad que la que confieren las noticias oídas y leídas en los medios de comunicación. A lo que se añade la rumia mental de quien sobre esto escribe y opina.

No queda muy claro, en esto de la automoribundia del Psoe, quién es el rey de las ranas, de nombre Physignathos o Hinchamejillas, y quién el príncipe de los ratones, Psicharpax o Robamigas. O más bien, sí, teniendo en cuenta  que esto es pura fábula esópica, pero en clave de coña. 

Digamos que Susana Díaz es  la rana reina de la taifa andalusí que lleva sobre su espalda a Pdr Schz, supuestamente para ayudarle a cruzar la charca de la tercera sesión de investidura. De repente, aparece una culebra de agua en forma de Mariano reclamando abstención, la reina de la charca, que llevaba al ratón sobre la chepa, se pone a salvo sumergiéndose en un mar de dimisiones de la Ejecutiva, y el ratón Robamigas se ahoga en el Comité Federal en forma de resignación del cargo, pero con la satisfacción del deber cumplido. Como consecuencia, hay guerra entre ratones y ranas.

La batalla campal entre batracios y múridos, críticos y sanchistas se resuelve gracias a un deus ex machina que equilibra las fuerzas; o al menos, en eso andan los contendientes, aunque la militancia socialista dentrambos bandos aún no tiene claro el desenlace. Pero sí tiene claro que, en la charca política, las guerras intestinas las pierden los dos bandos y la cosa quedará en lamentable Psoecidio colectivo, mientras las gaviotas azules esperan con paciencia a devorar los restos.

El ciudadano de a pie a quien aún siguen interesando estas cosas de la política nacional, a pesar de sus corrupciones, saqueos de caudales públicos, desvergüenzas y mamandurrias, sinecuras y escaños, cuchilladas traperas entre miembros de la familia, “no-es-noes” o abstenciones “por el bien de España”, y todo el folclore tradicional del Ruedo Ibérico; el ciudadano de a pie, digo, llega a la penosa conclusión de que tanto vale un roto socialdemócrata como un descosido neoliberal, de que tirios y troyanos, gaviotas, batracios y múridos, tienen más la vista puesta en el ceño del IBEX 35, del FMI y otros dioses todopoderosos del mercado, que preocupados por el bien común y las caducas teorías roussonianas del contrato social.

A esa conclusión ya llegó algún descreído el día que el arcangélico Zapatero, al grito de ¡Quién como Dios Mercado!, humilló la cerviz, presentó – y aprobó, junto con su cordial oponente neocon – la modificación del artículo 135 de la inane Constitución española, y convirtió a los habitantes de Espagnistán en rehenes de la deuda soberana.

Y volviendo a la fábula ratonil que da excusa a esta entrada, en la Batracomiomaquia no se cuenta, pero en la Automoribundia psoética sí, todos a una montan una Gestora tricotosa, cuya finalidad es echar unas costuras que zurzan los sietes que le han salido al sobretodo familiar; ponerle unas lañas al puchero, hecho pedazos, donde se cuecen los garbanzos que alimentan a la familia socialista; soltar, entre puntada y puntada, alguna balandronada, a ver si cuela, tipo: presentaremos la candidatura más potente que puedan imaginar.

Esperemos que el remiendo de Susana remedie el roto de la manta que arropa a la familia socialista, y que lo haga con las herramientas apropiadas. Porque si no, no les quedará otra que hacer la travesía del desierto a pelo. Y eso sin olvidar que esas travesías suelen ser largas: ahí tienen a las tribus de Israel que marearon la perdiz durante cuarenta años por el desierto de Sinaí. Ellos, al menos, tenía el maná del cielo, pero éstos, ni agua para el mal trago.

En fin, al menos, no olviden ponerse el dedal para dar las puntadas. Ya se sabe lo que dice el refrán: Costurera sin dedal, cose poco y cose mal.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Mayoría silenciosa vocinglera.-


Quince días lleva esta bitácora en silencio, y no es por falta de asuntos de que tratar, sino por una especie de pudor que le ha entrado a este jubilata tras leer en la Internet una entrevista hecha en El Mundo a Gabriel Tortella, doctor economista e historiador, experto en historia económica. Y es que un servidor le tiene mucho respeto al señor Tortella. No en vano gracias a su manual Introducción a la economía para historiadores, aprendí las pocas nociones sobre economía que se agazapan en mi bosque neuronal. Eso fue cuando en quinto curso – en los heroicos tiempos de estudiante en la UNED – me tocó estudiar Historia Económica de España. Se ve que el manual de alguna utilidad debió ser, puesto que aprobé la asignatura y hasta entendí algunos conceptos de macroeconomía.

Le preguntaban a don Gabriel sobre la independencia de Cataluña y él mantenía la tesis de que nunca ha existido una Cataluña-Estado, ni hay fundamentos históricos para sostener tal. Lo que me trajo a la memoria – perdóneme el improbable lector el excurso – algo que dejó escrito un lector ocasional en esta misma bitácora a propósito de tema parecido, si no el mismo. Citando de memoria, venía a decir que patria es un grupo de gente unido en torno a un error histórico y el odio a sus vecinos. Definición que, en mi opinión (no necesariamente acertada), sirve para cualquier patriotismo, sea centralista, periférico, hetero u homo,  bisexual, transexual, neutro, epiceno o ambiguo: cuando se oiga un redoble de tambor y un himno patriótico cantado con fervor por las masas, ¡Temblad, carnes malditas!

Vuelvo al asunto. Claro que el ilustre profesor hablaba también de otros temas de actualidad, cuya responsabilidad (la de las contestaciones del entrevistado) habría que achacárselas al entrevistador, profesional muy inquirente, que quería exprimir las plusvalías periodísticas a su entrevistado. Y hablaba de la mayoría silenciosa, manipulable por publicistas y estadistas, mercaderes y políticos, que era igual de manipulable pero menos silenciosa que antes gracias a los medios de comunicación, cada vez más poderosos, que esta mayoría utiliza con profusión. Entiéndase: Internet, wasap, twitter, facebook y toda la retahíla de redes sociales que nos enmarañan. Decía, textualmente: “Todo el mundo tiene un blog y dice todo tipo de disparates. Yo espero no ser de esa mayoría silenciosa a la que desprecio. Y lo digo bajito.”

Y aquí es donde este jubilata se sintió aludido, en lo de pertenecer a una masa despreciable y decir todo tipo de disparates a través de un blog. Para ver si entraba en esa categoría de masa silenciosa, manipulable a la par que vocinglera, dediqué unos minutos de mi vida a hacer una auto introspección, para observarme en mi condición de ser-en-la-sociedad, en plan heideggeriano. 

La conclusión no fue muy alentadora: a la fuerza ahorcan, pues como individuo cuento poco y soy objeto de todo tipo de manipulación, desde las ofertas en el súper (cuando voy a comprar), pasando por las tertulias de la Sexta, el Informe Semanal de TV1, las consignas de los poderes políticos, la industria textil cuando compro unos vaqueros made in Inditex, o los empleados “asustaviejas” que van de puerta en puerta para cambiarte el contrato del gas o la electricidad. Eso sin contar el vocerío que organizo en las redes sociales con los comentarios en Facebook o las “ocurrencias”, que diría don Mariano en funciones, que cuelgo en esta bitácora. Total, pertenezco a una clase social de medios pelos, vivo en un barrio de viejos pro PP, soy jubilata ya sin hucha de las pensiones y chapoteo en la mayoría silenciosa vocinglera, ¿Cabe mayor mediocridad?

No sería lo malo la conciencia de pertenencia a una masa moldeable a conveniencia, cuya opinión va de un extremo a otro, como las mareas, arrastrada por cuatro ideas mal digeridas, fabricadas al azar por expertos manipuladores de mass media; ni que, por pura honradez intelectual, un entrevistado se vea en la obligación de llamarnos mayoría silenciosa despreciable; lo peor es que no tenemos remedio y seguiremos siendo masa populosa, manipulable tremending toping mientras tengamos un iPad de esos entre las manos. Ya lo decían los clásicos latinos: Contra stulticiam, et Dii frustra pugnant, Incluso los dioses luchan inútilmente contra la ignorancia.


Ahora bien, pertenecer al rebaño libera de responsabilidades y mala conciencia, y con ciento cuarenta caracteres puedes enviar un twit que te haga famoso por veinticuatro horas. No me digas, improbable lector, que no es confortable…