martes, 16 de noviembre de 2010

Una alegoría de Lucas Jordán.-

Hacía ya tiempo que no nos acercábamos al Museo del Prado, y este fin de semana hemos ido. Pero no a hacer esas interminables colas para ver la exposición de Monet, sino para disfrutar viendo y oyendo las explicaciones sobre una pintura de Luca Giordano, llamado también Luca fa Presto por sus contemporáneos (como quien dice: "Lucas el Rápido", por su soltura en el trazo, su facilidad con los pinceles y por su enorme producción). Lucas Jordán para los españoles, era una máquina de pintar, de pincelada rápida y algunos dicen que descuidada, pero de una vistosidad e imaginación sorprendentes. También se le achacó ser un copista de grandes maestros e imitador de coetáneos, debido a su facilidad para aprender y reproducir técnicas y estilos de maestros como Rafael o Rubens.
Este pintor napolitano aprendió el oficio con José Rivera, el Españoleto y recibió la influencia de la obra de Caravaggio. También trabajó con Pietro da Cortona y aprendió de la Escuela Veneciana la luz y el colorido, que tanto influyó en sus obras. En 1692 vino a España, a trabajar en la corte de Carlos II, donde se relacionó con Claudio Coello y Carreño de Miranda. Vamos, que era un krak de la pintura, dicho en terminología actual.
Su obra Rubens pintando la Alegoría de la Paz la datan aproximadamente en 1660, pero se ignora quién se la encargó. Formó parte del patrimonio del VII Marqués del Carpio, Gaspar de Haro y Guzmán, quien fue embajador ante el Vaticano y, luego, en Nápoles, y que negoció, a la par del embajador francés, la paz de Nimega en 1679. También formó parte de la colección del Marqués de la Ensenada, cuyos herederos se la vendieron a Carlos III, pasando, a partir de entonces, a formar parte de la colección real.
Esta alegoría de la paz puede entenderse si nos situamos en su contexto histórico, en un siglo lleno de guerras entre las naciones europeas y con la monarquía austriaca en el ojo del huracán: El S. XVII hereda la guerra del siglo anterior, que se conoce como de los Ochenta Años (terminada en 1648), sufre la guerra de religión de los Treinta Años (finalizada con la Paz de Wesfalia), más la guerra de veinte años con Francia y Tregua de Ratisbona, en 1684. Un siglo turbulento salpicado de frágiles treguas y decaimiento del poderío español, es lo que conoció Lucas Jordán. En fin, para hacerse idea es mejor acudir a los manuales de historia, y uno entenderá que Jordán pintase esta alegoría.


Como obra de su tiempo, pleno barroco, la profusión de personajes alegóricos, la distribución de masas y volúmenes, el dinamismo que envuelve a la obra, le dan una complejidad que requiere tiempo y observación para poder apreciarla en todas sus facetas. Uno, que no pasa de simple y asombrado espectador, dirá lo que buenamente pueda de ella, procurando mantener un mínimo de racionalidad en su explicación.
La composición se divide en dos ambientes bien diferenciados:
Uno, interior y en penumbra, el más próximo al espectador, enmarcado por el muro de la izquierda y la columna de la derecha. Rubens, ataviado como caballero y con la venera de Santiago en su ropaje, pinta la alegoría de la Paz, representada por Venus/Afrodita, quien rechaza con un gesto a Marte/Ares, dios de la guerra, tras la columna. Rubens está con los pinceles en la mano, en actitud reflexiva, modo de expresar que la pintura no es un bajo oficio mecánico, sino un arte liberal. No se olvide que, en la mentalidad estamental de la época, el trabajo manual es propio de gente baja, de menestrales, por lo que el pintor no está dando pinceladas, sino pensando cómo representar el mundo mental que aparece ante su imaginación y ante nuestros ojos tras ser plasmado por él. De ahí que aparezca con símbolos de la Orden de Santiago (nunca perteneció a ella), para mostrar su dignidad y merecimiento social.
El otro ambiente, exterior y más luminoso, donde se ven sendos cañones que atruenan con sus disparos, las columnas del templo de Jano, dios romano protector de la Urbe en caso de guerra (sus puertas permanecían abiertas durante la actividad bélica), y el propio Marte, rechazado por la Paz.
Sobre el pintor vuelan la Fama, que hace sonar su trompeta, Atenea/Minerva, diosa de la sabiduría, y la Abundancia. Todas ellas cualidades de tiempos de paz. Las musas, con instrumentos musicales (una de ellas tañe un laúd, y una ménade una pandereta) contraponen sus sonidos al estrépito de los cañones.
En el ángulo inferior izquierdo, una “Vanitas”, símbolo de la fugacidad de los dones de la paz, y un amorcillo que hace pompas de jabón, para mostrar la fragilidad de sus logros. Casi en el centro de la composición, abajo, en primer plano, un amorcillo con alas de mariposa que tiene en la mano la cinta atada a las patas de una paloma en actitud de elevar el vuelo. Es también de un simbolismo complejo, ya que tanto significa que va a darle suelta como que la impedirá que eleve el vuelo. Vamos, una paz bajo caución.
La complejidad de la mente barroca es algo que se escapa a la linealidad del pensamiento actual. Visto el cuadro, resulta tan abigarrado para nuestra mente racionalizadora y utilitaria que nos perdemos en él. Hay que pensar que el cuadro que pinta Rubens – dentro del cuadro de Jordán – es una realidad ficticia dentro de la realidad física de la composición que estamos viendo. Es como un juego de espejos donde las alegorías aparecen físicamente representadas, a la vez que reflejadas en el lienzo desde el punto de vista de Rubens. Uno, enseguida, piensa en Las Meninas, donde se emplea, con más complejidad, el mismo artificio, o en la Venus del Espejo.
En cuanto al movimiento de la composición, uno casi es incapaz de apreciar todas las fuerzas dispares, centrífugas y centrípetas que le dan dinamismo y lo convierten en un torbellino de energías. Si no, obsérvese en el ángulo izquierdo la disposición de la Paz/Venus/Afrodita y la Musa a sus pies que arrastran la vista en línea oblicua ascendente, introduciéndonos en la composición, hasta que el brazo derecho de la diosa y el izquierdo de la musa coronada de flores, tras la columna, nos empujan a rodear ésta y mirar hacia el exterior, donde está Marte, quien se inclina obligándonos a seguir, con su gesto, la mirada hacia arriba y la izquierda, hasta las diosas que flotan sobre el pintor. Como quien dice, prácticamente hemos recorrido todo el cuadro sin darnos cuenta de las fuerzas que nos movían a ello. Si miramos al angelote que lanza la paloma, veremos que su disposición oblicua hacia la izquierda, en equilibrio inestable, y la paloma en vuelo, nos llevan, de forma imperceptible, hasta posar la mirada sobre el pintor, tan lleno de dignidad. Son dos fuerzas contrapuestas que cierran la composición como en un óvalo. ¿A que sí?
Con esto, vale. Es mejor ir la museo (la obra está en la galería central, muy cerca de La familia de Carlos IV, de Goya. Ya que estamos al lado, mírese un rato y observe ¡qué familia!), sentarse en el banco frontero y observar con ojos críticos y curiosos. Si el continuo pasar de turista te lo permite, claro está.
Una semana de estas tenemos que acercarnos a la iglesia de San Antonio de los Alemanes a ver las pinturas de Francisco Rizi y Carreño de Miranda, donde también Lucas Jordán pintó los paramentos por encargo de Carlos II. Si se tiene ocasión, también hay que visitar el Casón del Buen Retiro, para ver su bóveda pintada con la alegoría de la monarquía hispana. Nosotros la vimos hace meses. Un alucine de simbolismos ¿Sabéis que la monarquía austriaca se dice descendiente de Hércules? Cuanto más decaimiento, más relumbrón. Casi nada.
El texto me ha salido un poco largo, pero me gustó tanto la visita que no me he resistido a hablar de ella. Perdone el improbable lector tanta monserga.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Río abajo.-


En 17 de enero pasado, dejé constancia de una marcha con el grupo de montaña del CSIC, que hicimos por el Manzanares, río arriba, desde los aledaños de Colmenar Viejo hasta Manzanares el Real. Esta vez, con la agrupación Aire Libre del Ateneo de Madrid, hemos hecho una marcha río abajo, siguiendo su curso durante una buena cantidad de kilómetros, hasta tropezarnos con la cerca del monte del Pardo. Tramo todo él – recorrido en uno y otro sentido – que corresponde al Parque Natural de la Cuenca Alta del Manzanares.
Quienquiera que vea el Manzanares a su paso por Madrid, embalsado, urbanizado, domesticado y colector de detritus, al que varias depuradoras liberan de su servidumbre de cloaca capitalina, pensará que no merece la pena dedicar una paseata a este río. Pero está en un error. El Manzanares, desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa y su paso por la Pedriza hasta el embalse de Santillana, es un bonito río de montaña que se suaviza curso abajo en un trazo ya sinuoso, encajándose en su discurrir por tierras graníticas, hasta convertirse en un río remansado que forma meandros y arenales cuando entra en tierras del Monte del Pardo, pocos kilómetros más allá del puente de la Marmota.
Esta vez comenzamos a caminar en el Vado del Arcipreste, cerca del puente romano del Batán, bajo el viaducto de la carretera de Cerceda. De este lugar dice Juan Ruíz: “Cerca de aquella sierra hay un lugar muy honrado/ muy santo y muy devoto, de la Virgen del Vado”. En las proximidades, los indicadores nos dicen que por allí pasa una vía pecuaria y el GR 124, sobre el que transcurre parte del camino de Santiago que han trazado desde Madrid.
Como digo, en este tramo hay zonas en las que el río se encaja profundamente. Son tierras graníticas muy erosionadas y cubiertas por un bosque autóctono a veces ralo, a veces denso, donde el curso se adapta a las sinuosidades del terreno, buscando las tierras llanas. Su desnivel entre cotas apenas es apreciable, ya que en una distancia de unos 20 kilómetros, de aquí a Madrid, apenas alcanza una diferencia de nivel de unos 40 metros, de ahí su discurrir pausado.
Los parajes, en todo lo que alcanza la vista, ya digo, están cubiertos por especies propias del bosque mediterráneo, con abundancia de carrascas y enebros de la miera, especialmente, y algún pino disperso, y un sotobosque que jaras, lentisco, rosales silvestres y plantas aromáticas: tomillo, cantueso, y tantas otras especies que desconozco, que dan al paisaje esos tonos pardo-grisáceos y esa belleza discreta de las tierras castellanas. Abajo, en las orillas del río, un bosque de ribera con alamedas y saucedas. A veces, una mancha brillante de amarillos, ocres y oros viejos de algún grupo de chopos en todo su esplendor otoñal.
Todo a lo largo del río, pueden apreciarse los restos de viejos molinos hidráulicos y batanes, que fue una industria floreciente hasta que, a principios del pasado siglo, se represó el río en la presa del Grajal y se construyó la central hidroeléctrica de Navallar, que alimentó de fluido eléctrico a Colmenar. La electricidad dio paso a un tipo de industria más acorde con los tiempos y la energía hídrica fue cayendo en desuso.
Pero ahí están los viejos edificios en buena piedra granítica para dar testimonio de la industria que, desde la edad media, nació y se desarrolló al amparo de la fuerza motriz que proporcionaban las aguas del río.
Cerca de la presa del Grajal, el viejo puente medieval con un arco de medio punto, construido en granito bien labrado. Según leo, corresponde a un camino militar andalusí – para defensa de estas tierras frente a las incursiones cristianas durante la Edad Media – que unía Talamanca del Jarama con el valle del Tietar. Junto a él, y en paralelo, un moderno puente que salva las dos orillas y permite acercarse con coche a estos parajes. Este es un lugar de cómodo caminar, ya que vamos sobre el mismo trazado del canal, que llaman senda de la presa del Grajal.
La caminata, kilómetros más allá, a ratos, se convierte en un rompepiernas porque, aunque vamos río abajo, la irregularidad del terreno nos obliga a bajar hasta las orillas del río para, inmediatamente, volver a subir cerro arriba, por caminos a veces muy erosionados por efectos de las malditas motos de montaña que erosionan el terreno con la misma fuerza que una excavadora. Los montañeros nunca hemos entendido que se pueda disfrutar de la naturaleza montados sobre una máquina ruidosa y pestífera que abre grandes rodadas en los caminos, convirtiéndolos en desaguaderos por donde corren las aguas de lluvia arrastrando piedras y tierra en suspensión y provocando cárcavas que degradan el terreno. Y si no, véase la foto de la izquierda.

Paramos a comer en el puente medieval de la Marmota (en algún lugar he leído que del S. XVIII y no tengo medio de contrastar la información), junto a la tapia que delimita los montes del Pardo. La verdad es que la embocadura de este puente es un poco chocante, ya que, aunque salta el río con un arco de medio punto perfecto, su apoyo sobre la margen izquierda es un poco irregular, quizás para salvar la pendiente. El camino que baja hacia el puente, que presenta todavía restos de la vieja calzada romana, hace un quiebro bastante brusco a la derecha para adaptarse a su acceso y de ahí que el pavimento no mantenga la horizontalidad que se espera de todo puente bien trazado.
Sentados sobre unas rocas, mientras damos cuenta de los bocadillos, nos llenamos los ojos de paisaje y disfrutamos de la soledad de estos parajes. Frente a nosotros, el curso del río se desliza mansamente, ya en terrenos del Pardo vedados al caminante. A lo lejos, el río parece detener su curso entre arenales y semeja un estuario ya en su desembocadura. Pero es una ilusión falsa. Todavía le queda por atravesar la capital y salir en busca del Jarama, del que es tributario.
Regresamos hacia Colmenar Viejo siguiendo la tapia del Pardo y bordeando el cerro de la Marmota, primero, y luego por caminos llanos que se prestan a la charla larga y tendida, como nuestro paso de caminantes avezados. Arriba, algunos edificios para servicio del Canal y, cruzando el camino, antiguos aliviaderos en desuso.
A lo mejor, algún día, hacemos el camino del río entre Madrid y su desembocadura en el Jarama, si la maraña de carreteras, autopistas, vías férreas, nos lo permite.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Hoy hablamos de prensa y culos.-


No sé si por la tele o por algún periódico, me he enterado de que Sakira va a ser la burbuja dorada que alegre nuestras navidades de cava y turrón de supermercado, que a poco más vamos a llegar en nuestros dispendios.
Pues bien, aunque uno anda ya por edad provecta, reconoce su fascinación por el culín de la burbujita de las próximas navidades. Así que, por qué no, hablemos de culos y de prensa.
Allá en los años sesenta del siglo pasado, las alusiones literarias al trasero humano se resolvían en cultos eufemismos que enmascaraban tan rotunda realidad. La culta perífrasis latina que lo definía como ea corporis pars quae nominare non convenit, o sea, “esa parte del cuerpo que no es conveniente nombrar”, tenía su correlato castellano en el famoso dicho: “aquel lugar donde la espalda pierde su honesto nombre”. Éramos entonces muy educados, pero incapaces de llamar culo al culo; esto es, incapaces de llamar por su nombre a las cosas que de verdad importaban.
Bien mirado, aquellos, eran tiempos de subterfugios e hipocresía social; mientras que estos actuales, son tiempos de desinhibición y prensa gratuita.
¡Qué gran invento, eso de la prensa gratuita! El ciudadano de a pie ya no tiene excusas para sacudirse las telarañas mentales mientras viaja en el transporte público. Siempre tendrá a mano un periodiquillo, con grandes titulares, que le informe de la más acuciante actualidad.
Porque ¿qué actualidad puede haber más acuciante las próximas navidades que los vaivenes del culo de Shakira? Esa cantante contorsionista, de culito respingón y carnes bien dispuestas, que es un monumento de utilidad pública. Porque, desengáñese el improbable lector, los traseros de los famosos son un bien público, patrimonio cultural de la sociedad del ocio. Esas nalgas prietas, de simétrica perfección, son un logro social del que todos nos sentimos copropietarios; aunque, por tratarse de un bien escaso, su disfrute queda en manos de unos pocos privilegiados.
El glúteo, digan lo que quieran los pudibundos -si alguno queda-, es el nuevo objeto de culto de la sociedad de la imagen y, en cuanto ideal erótico, un valor intrínseco en sí. Aunque, también es cierto que los traseros más celebrados –ahí está la prensa, que informa y no miente-, están sometidos a las fluctuaciones del mercado por razones externas a su propia esencia, como son la publicidad y la fama. No obstante, aunque se puede especular con su valor de mercado, no ocurre así con su valor estético: éste no es mensurable en euros o dólares. Porque no todo es vil metal: una cosa es la configuración, turgencia y proporción de los traseros de Mónica Belucci o Jennifer López -pongamos por caso- y otra muy distinta la fama, y por ende, el caché de sus propietarias.
Traseros famosos los hay para todos los gustos: masculinos como el de Antonio Banderas o Eduardo Noriega; femeninos, como los de las ya dichas Shakira o Mónica - sin olvidar, para los añorantes, el anca poderosa de Sofía Loren -; y otros muchos que son epicenos o ambiguos, pelo y pluma, de los que la prensa especializada da cumplida cuenta. Todos ellos forman un cosmos de belleza carnal del que bien pudiera abstraerse la noción estética de culo ideal, digna del universo platónico, equivalente a las nalgas de la Venus calipigia, de las que los estetas decadentes siguen enamorados.
Y aunque hay malintencionados que acusan a la prensa de bajas miras, más vale en portada culo de famosa que discurso de político. Por lo menos, en las próximas navidades.

sábado, 30 de octubre de 2010

Orweliana: La Habitación 101.-


Los amigos se lo decían. La familia también. Los conocidos, los compañeros de trabajo, todos. Todo el mundo se lo venía diciendo desde hacía ya tiempo. Incluso en la junta de vecinos, el administrador le advirtió:
– Mire usted, Fulano, esas cosas que escribe no están bien.
Pero Fulano no hacía caso a nadie. Era un crítico del sistema. Según decían, tenía una pluma brillante y mordaz, y, además, una columna diaria en un periódico de prestigio. Allí, con ironía e ingenio, ponía en evidencia a los poderes públicos. Ridiculizaba sus discursos, era mordiente con sus corruptelas e incongruencias y no había Ministerio donde, de Subdirector General para arriba, no se echaran a temblar cada vez que Fulano les sacaba en su columna.
Se sentía tan seguro que ni siquiera se mordía la lengua a la hora de criticar al Ministerio de la Verdad. El Ministerio de la Verdad había nacido en la última remodelación ministerial, cuando un escándalo político-financiero de magnitudes hasta entonces nunca conocidas, había hecho caer al gobierno.
Con el pragmatismo que caracteriza a la clase política, el nuevo gobierno, al adjudicar las nuevas Carteras, decidió crear el Ministerio de la Verdad. Dado que la corrupción es una característica inherente a todo tipo de Poder (democrático, oligárquico, autocrático), este ministerio tendría por misión velar por el buen nombre del Poder. Cualquier escándalo: tráfico de influencias, negocio de armas, transfuguismo por imperativo crematístico, licitaciones amañadas, etc., etc., serían filtrados a través suyo.
La noticia, siguiendo los cauces de la veracidad informativa oficial, debería darse de forma que no alterase el normal transcurrir de la ciudadanía. La paz social debía quedar garantizada ante cualquier escándalo, desde el simple cohecho de un concejal pueblerino hasta el braguetazo extramatrimonial del Subsecretario del Ministerio de la Familia y Asuntos Religiosos. Y el Ministerio de la Verdad tenía esa alta responsabilidad.
– Don Fulano –, le decía cada noche el becario que repartía la correspondencia en la redacción –, aquí le dejo los papeles del ministerio. Y soltaba en la cesta de la correspondencia varios sobres con membrete ministerial.
Y es que en la mesa de Fulano se acumulaban las citaciones, oficios admonitorios, amistosas notas extra oficiales, requerimientos y todo tipo de comunicaciones administrativas producidas por las oficinas del Ministerio de la Verdad. Se decía, incluso, que en las dependencias ministeriales existía un Negociado especializado en la interpretación y exégesis de los textos que Fulano publicaba a diario. Dichos textos eran cotejados con el manual de estilo redactado por el ministerio. Cuando a la verdad oficial no se le correspondía la interpretación periodística de Fulano, se cursaba el correspondiente documento oficial, siguiendo el trámite que marca el procedimiento administrativo.
– Oye, Fulano – le aconsejaba un colega bienintencionado – ándate con ojo, no vayas a terminar en la Habitación 101.
Y es que en los medios periodísticos existía la creencia en la Habitación 101. Nadie, a ciencia cierta, sabía de su existencia. Eran rumores que se propagaban por las redacciones de los periódicos, por las cátedras de las universidades, por los platós de las televisiones, por las empresas editoriales y, en general, por cualquier lugar donde se pudiera generar y difundir una opinión que disintiese de la del Ministerio de la Verdad.
Por si acaso, todo el mundo consultaba el manual de estilo, que el Ministerio de la Verdad repartía con profusión, siempre acompañado con un “Saluda” del Director Gral. de la Recta Opinión. También Fulano tenía uno en un cajón de su mesa de despacho, encuadernado en piel y con cantos dorados, regalo especial del propio Ministro. Era un privilegio exclusivo. Su verba ácida y la incisiva mordacidad de sus artículos le habían hecho acreedor a esta atención tan personal. Incluso, en ocasión memorable, recibió la llamada personal del Sr. Ministro:
– Fulano – le dijo entre otras cosas – con lo bien que usted escribe, se iba a aburrir mucho en la Habitación 101. Pero el Sr. Ministro era un político campechano y todos sabían que nadie le ganaba a bromista en el Hemiciclo, así que Fulano no se sintió amenazado.
Y Fulano seguía escribiendo sus crónicas de la corrupción urbanística, política, financiera. Por su culpa, un día tenía que cesar el alcalde que había adjudicado a dedo una obra a su yerno. Otro día, una inmobiliaria del Gerente de Urbanismo se declaraba en quiebra. Fulano había averiguado que no existía el terreno donde, supuestamente, se iban a construir tres mil viviendas, cuyos adjudicatarios llevaban ya dos años pagando letras.
El día que destapó el asunto de los coches de lujo, se organizó una trifulca monumental en el Congreso de los Diputados. El cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición llevaba años vendiendo coches oficiales -robados en los emiratos árabes- a los presidentes autonómicos, a los alcaldes de las capitales y a los delegados del gobierno. Además la fina nariz periodística de Fulano había descubierto que un sobrino de la ex mujer del Presidente del Supremo Tribunal para el Control de la Pureza en la Aplicación de las Leyes, tenía una empresa donde se blindaban todos los coches que aquel cuñado de un primo de la mujer del Jefe de la Oposición vendía a la clase política.
Nada más salir la crónica de Fulano, el Ministro de la Verdad tuvo que sufrir la interpelación parlamentaria más dura de su vida. Con razón, el Portavoz de la Oposición se preguntaba desde la tribuna del Congreso qué utilidad tenía despilfarrar el dinero del contribuyente en tal Ministerio de la Verdad, si el sufrido contribuyente, encima, se veía obligado a soportar en toda su crudeza la realidad de la corrupción política.
Aquella misma noche, Fulano no apareció por la redacción. De su casa había salido, a la redacción no había llegado. Según decían, se había encontrado con dos amigos y se lo habían llevado de copas…
Cuando a Fulano le introdujeron en la Habitación 101, vio ante sí un encerado de cinco metros de largo por uno y medio de alto. Al lado, un palet con paquetes llenos de barritas de tiza. En el ángulo superior izquierdo de la pizarra, esta frase: Nunca diré la verdad sin permiso, que ya lleva escrita un millón cuatrocientas ochenta y tres mil doscientas veintiocho veces. Cada vez que completa el encerado, éste se borra automáticamente y él empieza a escribir por el ángulo superior izquierdo: Nunca diré la verdad….
Según parece, todavía tiene para siete años más.

miércoles, 20 de octubre de 2010

DNI

Qué pesado es el señor del blog este, pensarán los improbables lectores que lean esta entrada. Verán en ella que vuelvo a hablar de asuntos jubilatas. Conste que no es por obsesión enfermiza, que uno lleva con mucha sandunga lo de las artrosis repartidas por su aparato locomotor y no acostumbra a quejarse; es porque la realidad – en este caso la realidad burocrática – se empeña en mostrarme, a veces como por casualidad, que algunas formas de vida que uno conoció han terminado en el baúl del olvido. Incluso para la Administración, cuyo tempo es más lento que el de la propia sociedad.
El asunto es que este lunes pasado he ido a la comisaría de Ventas a renovar el carné de identidad. El que he tenido durante los últimos 10 años mostraba a un hombre con pelo negro (todo el pelo en su sitio) y barba negra y bien poblada. Cada vez que lo sacaba para identificarme, siempre tenía el temor de que me lo rechazaran porque aquel retrato mantenía una lozanía que no se correspondía con mi fisonomía actual. Venía a ser como la obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, pero con la trama invertida. Al paso de los años yo acumulaba arrugas, perdía pelo y ganaba canas, mientras que la foto del DNI seguía mostrando la tersura de la piel y las pilosidades cabelludas y barbadas negras y al completo. Un drama.
Es lo que tienen las fotos, que son un espejo de efecto retroactivo: te muestran como eras la primera vez que fuiste a Grecia, o cuando viajaste en un falucho por el Nilo el año de la tos… Y de todas las fotos, la peor la del carné. Porque las otras las guardas en un cajón y te olvidas de ellas. Si un mal día tienes un acceso de añoranza por les beaux vieux temps (siento debilidad por los decires gabachos), vas, las sacas, las miras como quien desempolva reliquias venerables. Luego, y por este orden, sueltas una lágrima emocionada por la lozanía perdida, a continuación te cabreas y las vuelves a guardar en la caja de zapatos de donde nunca debieron salir. Pero la del carné, de verdad, es una jodienda permanente: llevas en la cartera la cara de alguien que fue pero ya es otro.
Bueeeno… Lo de la foto de carné ha sido una salida por la tangente. Cuando te das cuenta que hasta la administración territorial ha cambiado, y que el municipio donde te inscribieron recién nacido no consta como tal en la base de datos de la policía, entonces sabes que formas parte de la historia. Y formar parte de la historia – la que se escribe con minúsculas – significa que llevas mucho tiempo vivido.
Nací en una aldea de labradores, en Navarra, que no tenía entidad suficiente para ser ayuntamiento y dependía del de Galar. Galar (que también es uno de mis apellidos) era la cabecera municipal de la cendea del mismo nombre, en la Cuenca de Pamplona, que agrupaba a una docena de aldeas. Me inscribieron en su registro y siempre ha constado en mi documento de identidad que yo era nacido en “Beriáin-Galar”. Al informatizar el Ministerio del Interior los datos de filiación, como Beriáin ya tiene su propio ayuntamiento desde hace muchos años, no consta en la base de datos policial un municipio “Beriáin-Galar” y va y resulta que no me pueden expedir el DNI.
Porque, a efectos de la Administración, no existe un municipio con tal denominación y el DNI (que es un documento muy serio) no puede expedirse incompleto. Como, de acuerdo con la base de datos de Interior, he nacido en un municipio inexistente, me temo que mi nacimiento hay que ubicarlo en el limbo de los lugares sin entidad. Así que, de momento, y mientras la autoridad competente no decida sobre si he nacido o no en un ayuntamiento que aún no existía – Beriáin – cuando vine al mundo, soy un apátrida de patria chica.
Como quien dice, la reforma provincial llevada a cabo por el ministro de Fomento Javier de Burgos, en 1833, me pilla muy a trasmano; la reforma territorial en Comunidades Autónomas de la Constitución de 1978, me pilló ya talludito. Entre medias, mi aldea ha pasado de pedanía a municipio y en mi carné seguía constando una entelequia territorial inexistente a efectos de identificación de mi persona.
Total que, de momento y hasta que la autoridad decida si he nacido en un municipio que se constituyó años después de venir yo al mundo, ando técnicamente indocumentado; o, si se prefiere, con un documento de identificación donde consta un lugar sin existencia legal. Nacido en un no-lugar, estos días llevo una no-existencia legal que me tiene en un ¡ay!
¿Quién ha dicho que la vida del jubilata carece de emociones…?

jueves, 14 de octubre de 2010

Teoría de la tercera edad.-


Pensaba estos días que vivimos unos tiempos en los que nos movemos en categorías prefijadas por pura convención social; encasillamientos en los que nos instalamos y que actúan como certezas que nos liberan de la molestia de pensar. Esa sensación, al menos, es la que he sentido ante algo tan trivial como es haber recibido estos días la tarjetita del abono de transportes de la tercera edad, ésa que certifica – de hecho – que uno ha llegado a los 65 años y es irremisiblemente un jubilado teórico y práctico y a todos los efectos.
Condición de jubilado que lleva aparejadas algunas ventajas sociales (transporte casi gratuitos, viajes del INSERSO, entradas libres a los museos…– Todo eso mientras el programa de festejos neocom no vaya metiendo la tijera –) y un montón de achaques que van tomando posesión de la persona humana (como dicen por ahí) de cada cual; molestos okupas que un día se te instalan en los entresijos del cuerpo y del alma como si fueses una casa en lento proceso de ruina, y no los desalojas por muchas visitas que hagas a la farmacia o al gerontólogo de guardia.
Cuando llegué el otro día al estanco y me dieron el documento de marras, respiré tranquilo, como si, por fin, abandonase ese limbo de imprecisión en el que me he movido estos tres últimos años. Porque un individuo como un servidor, que se jubiló anticipadamente, es un elemento social que aún estaba en edad laboral pero al que la legislación vigente le había permitido esa vía de escape. Vía que uno aprovechó no porque el trabajo le resultara una actividad insufrible – más bien lo contrario: resultaba hasta gratificante y razonablemente bien pagada –, sino por el íntimo convencimiento de que el trabajo asalariado es, simple y llanamente, una maldición bíblica. Un dios justiciero – o rencoroso – según la perspectiva de cada cual, condenó a la humanidad a dedicar gran parte de su vida al trabajo del que otros, menos alcanzados por la maldición bíblica, sacan provecho.
“ In sudore vultus tui vesceris pane, donec reverteris in terram” (Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra), eso, al menos, es lo que – según la Vulgata Latina – dice el Génesis que dijo ese dios bíblico al que – en ese mismo Libro – se dice fue el primer hombre sobre la tierra. Un pesimismo antropológico que siempre he tenido muy presente, con independencia de las connotaciones religiosas en las que se sustentaba. Claro que, en mi descargo, puedo decir que la razón de ver en el trabajo una maldición divina y no una oportunidad de progreso no es del todo mía. A los de mi generación nos educaron dentro de una rancia cultura católica que impregnaba todos los aspectos de nuestras vidas. Si en lugar de haber vivido una infancia y juventud nacional-católicas hubiese nacido en una sociedad calvinista ginebrina, ahora no sería un jubilata que arrastra el lastre del pesimismo social, sino que sería un broker, un banquero intoxicador de economías domésticas mediante subprimes, un acaparador de stock-options o un traficante de armas.
Ya se sabe cuál es la justificación moral del capitalismo: el éxito en los negocios es un signo cierto de predestinación divina. Si triunfas en la vida, si acumulas riquezas, es que Dios te ha señalado con su dedo como a uno de sus elegidos; si eres un asalariado de medios pelos, ese mismo dios te da la espalda. Y no te digo si eres un parado de larga duración: esta vida no es más que un anticipo del infierno por venir.
Si Calvino hubiese tenido sentido del humor, hubiese dicho a los suyos: Al que nace pa´ martillo, del cielo le caen los clavos. Pero el humor les está vedado a los fanáticos religiosos.
Tercera edad, a lo que íbamos. En el juego de la Oca de la vida, la ficha acaba de caer en esa casilla y la etiqueta correspondiente ya es para el resto de lo por vivir. Para huir de ese encasillamiento hay subterfugios muy cotizados: "por dentro me siento joven, estoy lleno de proyectos, mi reloj biológico marca 15 años menos…" Y todas esas técnicas de libro para el refuerzo de la autoestima y negación de la evidencia. Pero la técnica más socorrida en nuestra sociedad es la de la hiperactividad. El abuelo de boina y charla pausada al sol ha dejado paso al jubilata dinámico; el que se monta un blog, el que va al gimnasio, viaja, estudia idiomas, devora actividades culturales.
Cualquier cosa menos una vida sin objetivos. Una huída hacia delante en busca de una juventud que se quedó atrás. Cualquier cosa vale, menos pararse, hacer introspección y pensarse a sí mismo como un ser que algo debe a la sociedad y que ésta le reclama: Puesto que ya no produce, al menos que consuma.
Mira por dónde, uno, de repente, se ve a sí mismo bajo una perspectiva heideggeriana: el jubilado no es más que un ser-para-el-consumo. ¿Para qué sirve un individuo improductivo y con una asignación mensual? La respuesta es evidente: para consumir. En la medida que consume, compra, gasta, justifica su existencia como ser social. De cualquier otra forma, la sociedad no podría soportar el coste de su mantenimiento. Porque la esencia social del jubilata no es ser (improductivo) sino tener (objetos de consumo) en la medida que su jubilación se lo permite.
Eso sí, es fundamental que no piense demasiado. “No piense usted, que la caga”, es lo que le dijo el teniente, según nos contaba Mariano, cuando hacía las milicias universitarias. De ahí lo recomendable de la hiperactividad; quien se dispersa en mil proyectos no tiene tiempo para la reflexión y, falto de mirarse por dentro, no descubre el truco: es utilizado como engranaje de la gran máquina que va triturando lo que el sistema productivo elabora y la publicidad nos incita a consumir.
Pero basta de filosofías de bolsillo. De cualquier forma que uno se sienta, con estas edades u otras, lo que sí es recomendable, para sentirse despreocupadamente feliz, es tener presente el lema de la vetusta universidad de Cervera: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.
Ignarus sum, ergo felix! (Libro de Los Proverbios, apócrifo).

sábado, 9 de octubre de 2010

En torno al Abantos.-



La sierra madrileña no sólo tiene parajes de gran belleza, es que además está cargada de historia. Para caminar por ella no bastan un par de buenas botas y un bocadillo de buen tamaño; es necesario, además, pararse a observar vestigios de antiguas construcciones que siguen en pie y apreciar la existencia de actividades que modificaron el entorno natural. Por eso, el montañero, para disfrutar plenamente de sus andanzas, debe aunar en su caminata el gusto por la naturaleza y el interés cultural. Este es un aspecto que la Agrupación Aire Libre suele cuidar en sus salidas cada vez que hay ocasión para ello.
Esta vez nos hemos movido por parajes que rodean al Abantos. Salimos de la Fuente de las Negras, en los pinares próximos a Peguerinos, siguiendo la antigua cañada real leonesa (creo, que en mis notas no queda claro), para seguir la pista que sube suavemente hasta dar con la cerca del monasterio del Escorial. Esta cerca, construida en piedra en seco (ajustada sin argamasa) la mandó levantar Felipe II, en 1580, para delimitar el bosque real como lugar de caza. Tiene unos 52 kilómetros de perímetro en torno al monasterio, y su interior estaba vedado a los lugareños que habitaban en los alrededores. Dos siglos después, Carlos III ordenó a su arquitecto Juan de Villanueva que reforzara la cerca, elevándose ésta de 1,20 m a 2,5.
Imposibilitados de cualquier actividad económica en el interior del recinto, el paisanaje se dedicó a la explotación del bosque no reservado para el ocio real, ni a las grandes fincas que pasaron a manos privadas tras la Desamortización de Mendizábal. La diferencia entre la vegetación de las fincas preservadas (bosque autóctono; fresno, encina y roble especialmente) y las de libre explotación (convertidas posteriormente en pinares de repoblación) es una muestra de su distinto uso, ya que el bosque autóctono se fue talando para el carboneo: encinares y robledos terminaron convertidos en carbón vegetal, repoblándose posteriormente con el pino común o de Valsaín y otras especies. Según parece, existe una fotografía de primeros del S. XX, antes de su repoblación como pinar, donde se ve toda la ladera del Abantos pelada. Más o menos como la dejaron con el incendio – la voracidad especulativa, ya se sabe – hace unos cuantos años.
Ya cerca del Abantos, saltando un portillo de la cerca, uno puede acercarse a ver el pozo de las nieves de Cuelgamuros, que está a 1670 m de altitud. Fue construido en 1609, tiene 14 m de profundidad y 8 de diámetro, protegido por una sólida construcción en piedra con tejado a dos vertientes. Allí se podían almacenar hasta 230 toneladas de nieve, que luego se bajaba a lomos de acémilas hasta el monasterio o para la venta. Parece que este pozo estuvo en uso hasta 1934. El abandono de su explotación supuso la ruina del edifico que, hace unos años, fue restaurado.
El Abantos (“los” abantos, puntualiza Juan) es un mogote de 1753 m. a plomo sobre El Escorial. El nombre le viene del término “abanto”, que designa a los buitres. Aunque por el lado escurialense tiene aspecto de un pico abrupto, tomado desde Cuelgamuro es un paseo cuesta arriba, sin mayores esfuerzos, siguiendo la cerca de piedra.
Del Abantos al puerto de Malagón no hay más que dejarse llevar por la suave pendiente descendente de la pista. Allí, en el puerto, volvemos a encontrarnos con otro pozo de nieve. Solo que éste está prácticamente cegado y, del edificio que lo protegía, se aprecian apenas los arranques de los muros. Muy próximo y en tierras de Ávila, el pequeño embalse del Tobar. Bajando por la pista asfaltada, llegamos a Los Llanillos, área recreativa sombreada por unos airosos fresnos y cubierta de pinos laricios y silvestres. Buen lugar para dar buena cuenta del bocata y charlar sin prisas.
Y, ya puestos, antes de bajar al pueblo, visitamos el Arboreto Ceballos, junto a la pista forestal asfaltada. Este arboreto recoge una muestra de la vegetación autóctona española y recorrer sus senderos con un guía del parque resulta muy didáctico. Aparte los ejemplares de árboles, arbustos, matorral, uno puede ver reconstruida una antigua carbonera, o el clásico sistema de sangrado de los pinos laricios para recoger su resina. Incluso uno puede conocer cuáles son las plagas más habituales del pinar (procesionaria, escolítidos) y la forma de control de ambas.
Pues, eso, que terminamos nuestra jornada andariega a la entrada del pueblo, nos recoge el bus y nos pone en el tráfago madrileño en un rato. Con la mente puesta en la próxima salida, que será a la Sierra de San Vicente, uno guarda las botas y los arreos del monte y se va a la ducha.

domingo, 3 de octubre de 2010

29 de septiembre, 2010

La otra semana leí un artículo muy interesante en Le Nouvel Observateur, núm. 2393: Les affranchis de Wall Street, donde se ponía en evidencia que los responsables de la última crisis financiera (la que estamos pagando nosotros, no se olvide nunca, por interposición de políticos mediocres y cobardes) están en libertad y más soberbios que nunca. Tras dos años de desatar la crisis, ningún responsable de la crisis de las subprime (créditos inmobiliarios de alto riesgo) ha ido a juicio. Dick Fuld, presidente de Lehman Brothers, cuya quiebra fue el desencadenante del pánico mundial, está libre. Lloyd Blankfein, el patrón de Goldman Sachs, que mezcló productos financieros con las famosas subprime para hacerlos más apetecibles a los inversores, está libre.
Aquellos responsables de las grandes empresas financieras que pasaron por los tribunales norteamericanos, en su mayoría, han quedado libres porque los jurados populares se sentían sobrepasados por la complejidad de los procesos. Pero no bastaba con eso, la impunidad les sienta bien. La culpa es de la “mala suerte” (Dick Fuld, ex patrón de L. Brothers, mantiene que la caída fue causada por las fuerzas incontroladas del mercado y la incorrecta percepción, alimentada por rumores, de que la institución no tenía fondos para hacer frente a sus obligaciones financieras), o es culpa del “gobierno”. Ya se sabe, Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal, era partidario de los valores autocorrectores del mercado. Y así nos fue.
Lo anterior viene a propósito de la huelga general de este 29 de septiembre pasado. ¿Quién paga la crisis? Coño, pues la gente, qué cosas me dices… Descapitalizamos el Estado, o sea, a todos los ciudadanos, para inyectar dinero a los bancos, no sea que se nos hundan y a ver qué hacemos entonces de nuestras tristes vidas sin libreta de ahorros. Y luego, para que no se nos hunda el chiringuito estatal, bajamos sueldos, pensiones, subamos impuestos y, de paso, nos vamos cargando los derechos sociales que queden. Inyectas deporte en grandes dosis, me vas belenestebanizando al personal, y ya tienes un cóctel nutritivo para el funcionamiento neuronal del pueblo soberano.
A propósito de la convocatoria, han corrido muchos comentarios sobre la utilidad de los sindicatos, sobre sus connivencias con el Poder y su escasa efectividad. No olvidemos que viven de dineros públicos, ya que con los aportes de su afiliación no les llegaría ni para el taxi. Son, a juicio de muchos, una herramienta obsoleta y cara. Es como pedalear en una bicicleta de piñón fijo detrás del Ferrari del presidente de la patronal. Pero, aunque los trabajadores no tengan mejor herramienta, es la única de la que disponemos de momento, a menos que los ciudadanos seamos capaces de otras formas de movilización que sustituyan a sindicatos de pacotilla y políticos corruptos e ineptos. Que, de momento, no.
Ya imagino que habrá alguno de mis improbables lectores que tengan ganas de colgarme una notita diciendo: “Háblenos usted de sus lecturas, de sus caminatas montañeras y deje de meterse en camisas de once varas sociales, que no sabe de qué van”. Pues, hombre, no. Me tengo por ciudadano bastante bien informado, y lo que atañe a la sociedad en la que vivo me afecta. Y no es sólo una cuestión social, sino también humana: no se puede mirar para otro lado e instalarse en un limbo de indiferencia y aceptar el enriquecimiento desmedido a costa del empobrecimiento de las clases medias en este apéndice que llamamos Europa y en el que vivimos, y la miseria neta de un tercio de la humanidad en el resto del mundo.
A nadie le gusta ver disminuido su sueldo a causa de un paro y prefiere que la huelga la hagan otros. Es, como poco, cortedad de miras: no es buen negocio, por no perder el pan de hoy, alimentar la injusticia de mañana. Por si acaso, lo dejo dicho: ya cumplí con mi cuota de huelgas generales mientras estaba en activo. Por lo menos, quedó claro que no contaban con mi silencio ni con mi beneplácito.
Si alguno de los improbables lectores no está de acuerdo con lo que digo, que perdone la perorata y siga mi consejo, si le apetece: enchúfese al telecinco que más le plazca y olvide todo lo dicho aquí. Ésta - de momento, y siguiera en su aspecto formal - es una sociedad libre

domingo, 26 de septiembre de 2010

Algo de "cult fiction".-

Lo digo así, entrecomillado, para que nadie imagine que me adorno con plumas ajenas. Soy – cosas de la edad y del devenir histórico – de esos que llegaron demasiado tarde a la educación en angliparla, a pesar de tantos cursos hechos en Adams o CCC con más voluntad que provecho. Lo cual no le impide a uno toparse, a cada paso, con la omnipresente lengua que enseñorea las transacciones capitalistas del imperio neocom. No hablo de la publicidad o la moda (como eso de cambiar “Pasarela Cibeles” por Madrid Fashion Week, que a un servidor le suena a provincianismo acomplejado), hablo de la literatura que cae en las manos de todo lector al que le mueve más la bulimia lectora que el sano criterio selectivo.
Bulimia lectora, creo que la expresión le va bien a la actitud del devorador de literatura de ficción. Un desbarajuste de alimentación libresca, un chute de tinta en vena para que el subidón sea subitáneo. Lo malo, como en todo desarreglo alimentario, es que se devora con prisas y sin comedimiento cualquier cosa que a uno le llegue a las manos y la vista, y luego se encuentra con que está fagocitando algo tan raro como unos relatos de cult fiction. No es que tengan mal sabor, es que, cuando el bulímico del papel impreso empezó a leer-devorar, ni sabía que existiese un género exclusivo, tan anglosajón él, bajo el que se amparaba una determinada forma de narrativa.
Digo mal. Bajo la etiqueta de cult fiction no solamente se acoge una determinada literatura de ficción sino a sus autores, digamos que, de alguna forma, marginales por estar fuera de los grandes circuitos editoriales. Por vía de ejemplo a contrario, el prolífico Vázquez Figueroa nunca será un autor de cult fiction, Paulo Coelho, tampoco; o Ken Follet, o Michel Houellebecq (a éste lo cito para que se me note la culturilla). Si usted, señor autor afamado, tiene una factoría de best sellers en su casa, o sus obras llenan las estanterías de la FNAC, o le llueven los contratos con las editoriales y entrevistas en la tele, se siente. Usted es famoso, rico, o las dos cosas a la vez; pero nada de cult fiction.
Y eso que, según mi diccionario escolar de inglés, la palabreja podría traducirse como “narrativa de culto”. ¿”Narrativa de culto”? Yo también me liaba al principio; los libros de Coelho o de Follet tienen una enorme masa de adeptos que rinde culto a su superproducción libresca; entonces ¿por qué llamar autor de cult fiction a quien es seguido por cuatro lectores raritos? Mira que son complicados en el mundo anglosajón… Pero, sin ayuda del diccionario escolar, fui capaz de entenderlo cuando me di cuenta de la sutileza: El lector-masa no suele tener criterios personales claros a la hora de comprar un libro. Va a la FNAC, al Corte – por un suponer – y se lleva puesta la novela de moda, el autor en candelero, el título de más tirón. El lector adicto a la “narrativa de culto” (pero en inglés), busca una determinada lectura, normalmente de autor poco conocido por el gran público, y así cree cultivar un gusto literario que le da exclusividad. Va por la vida de original, es alguien fuera de lo habitual, o -como dice el propio texto- un snob (otra vez en inglés, que nunca aprendí en CCC).
Por llevar la cuestión al solar hispano, El viaje de Turquía, atribuido por Marcel Bataillon a Andrés Laguna; Don Diego de noche, de Salas Barbadillo, ¿Entran dentro del género cult fiction? Porque, seguro, vas a las estanterías de un centro comercial y no los encuentras.
– Te estás pasando tres pueblos – dirá el improbable lector –, eso es cosa de filólogos, no de lectores en el Metro.
Pero, ¿y Carnivoricios: Devoradores de historias, Humorada futurista o Felicidad de oficio, son relatos clasificables como “narrativa de culto”? Porque estos relatos y algunos más vienen recogidos en la antología Mira qué te cuento, de Fumeke. Y, en mi opinión, este escasamente conocido cuentista, que se oculta bajo un seudónimo que apesta a cajetilla de Ducados, sí que podría entrar en el corralito de marras: Por autor marginal, por fabulador ingenioso y estupendo narrador, muchas de cuyas historias podrían englobarse en ese subgénero de anticipación denominado “futuro distópico”, tan desconocido del gran público. Un autor con todas las cualidades como para que esos cuatro lectores raritos, entre los que me encuentro, andemos por las librerías de barrio o escarbemos en los fondos editoriales arrumbados, a ver si damos con un ejemplar; no como coleccionistas, sino para disfrutar de esos extraños mundos que desarrolla ante los ojos asombrados del lector.
Cuando caí en ello, leyendo a Fumeke, digo, me di cuenta de que me ocurría lo que a aquel personaje de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo. Yo, igual: iba de lector de cult fiction (sin tener pajolera idea de inglés) desde hacía algún tiempo, y no lo sabía.
Por cierto, el libro de relatos que ha motivado las reflexiones del texto anterior, lleva por título genérico Aflter hours y ahora mismo lo miro en mi diccionario escolar.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Sequía imaginativa.-

Me ocurre a veces: hablo de esos días, o semanas, de sequía imaginativa, cuando los dedos se posan sobre el teclado a la espera de una orden del cerebro para empezar a escribir, pero la orden no llega. Nunca he sabido bien por qué la imaginación es tan caprichosa: a veces, parece incapaz de susurrarte una historia con sentido, y a la vez, está haciendo trastadas absurdas, como poniendo a prueba tu sensatez. Para que se me entienda, pondré el ejemplo de una jugarreta muy reciente:
Iba yo el otro día por la calle y una señora, modelo lavadora, se interpuso en mi camino, ocupando toda la acera. De repente, veo que a mi imaginación le nace la idea de ponerle la zancadilla, de forma que la masa carnosa de aquella señora se desparramaba sobre la acera entre grandes gritos de la interesada. Solo de pensarlo, mi imaginación se partía de risa, mientras que yo estaba todo apurado mirando a un lado y a otro por si alguien se había dado cuenta de sus intenciones. Y esto, digamos, en el ámbito doméstico, donde la cosa no tiene mayor transcendencia.
Peor fue en otra ocasión, estando de vacaciones en Jordania. Volábamos de Akaba a Amán, en un vuelo interior de apenas media hora. Yo miraba interesado por la ventanilla cuando ella, mi imaginación, decidió secuestrar el avión, y yo empecé a asustarme porque la cosa iba en serio. No sé de dónde sacó un par de subfusiles ametralladores, de esos que llamaban naranjeros, y hasta media docena de bombas de mano P.O.2, una antigualla. Eran de esas bombas de baquelita que existían en el ejército franquista cuando yo fui soldado de reemplazo.
Aparte del natural acojone, no salía de mi asombro porque, una vez puestos a secuestrar, podía haber imaginado material bélico más moderno, pero se ve que mi imaginación no está interesada en ese tipo de ferretería de matarile y le bastaban aquellos chismes con 50 años de antigüedad.
La cosa se empezó a complicar porque los piratas aéreos de mi imaginación, cuando se vieron tan pobremente dotados para un trabajo de tanta precisión, empezaron a protestar. Mi imaginación se cabreó con ellos y estaba empeñada en que le obedecieran, pero ellos, alegando que eran profesionales, se declararon en huelga hasta que les proporcionaran una ferretería bélica más en consonancia con un trabajo de tanta responsabilidad.
Lamentablemente, nunca conocí el desenlace del secuestro, ya que nuestro avión aterrizó al poco. Nos empaquetaron a todo el grupo en un autobús y nos llevaron al hotel. Mi imaginación no volvió a dar señales de vida en el resto del viaje. La última vez que la vi aquel día, andaba perdida por el bufé del comedor, metiendo los dedos en todos los platos y relamiéndose de gusto…

domingo, 12 de septiembre de 2010

Pagar impuestos.-


Y uno pensaba que ya no se escandalizaría de nada… Se ve que la edad no cura de la ingenuidad, sólo aísla de la realidad social. Es lo que se me ocurrió pensar cuando, hace unos días, oí en un programa de TVE, a propósito de las fiestas en Valladolid, que se había celebrado un botellón multitudinario en el que se recogieron hasta 15 toneladas de basura.
Preguntaban a algunos participantes de tan cultural evento si les parecía normal lo de llenar de desperdicios las vías públicas. Algunos de ellos se justificaban diciendo que, bueno, era una vez al año y no era para tanto… Lo más sorprendente, para antiguallas como yo, que siguen creyendo en el civismo ciudadano como supremo valor social, fue oír a un niñato afirmar – con todo el aplomo que nace de la ignorancia y el desprecio a las normas de convivencia – que él tenía derecho a ensuciar las calles porque para eso estaban los servicios de limpieza del ayuntamiento. Item más: que tanto él como sus padres pagaban impuestos y, por lo tanto, convertir los espacios públicos en un basurero era un derecho adquirido. El fenómeno aquel no lo dijo con estas palabras, pero lo dijo de forma que quedó claro para todos nosotros: tengo derecho a enmierdar las calles con mis desperdicios y vosotros tenéis la obligación de aguantaros porque para eso pagamos a los servicios de limpieza mis papás y yo.
Pues bueno, pues vale. No hay vuelta de hoja y es mejor mirar para otro lado y que los barrenderos se escuernen limpiando la mierda de ciudadanos tan cumplidores de sus obligaciones fiscales. No sea que se nos cabreen y evadan impuestos y, encima, sigan convirtiendo las calles en un lugar merdulento.
Ya, – dirá el improbable lector – monsergas de jubilata cascarrabias.
Pero este jubilata, al ver al chaval aquel expresarse con tanto desparpajo, lo primero que pensó es que el coleguita, de pagar impuestos, nada. Más bien tenía – lo digo por la edad – aspecto de ser él mismo un impuesto con patas. Un impuesto para sus papás, quienes le pagaban estudios, casa, ropa y comida, caprichos y todas las necesidades, reales o inducidas, que tipos como él generan. En cuanto a los poderes públicos en general (Estado, Comunidad Autónoma, Municipio…), tenían que asumir los gastos que se derivaban de su educación (mala y cara, a lo que se ve, pero educación, al fin y al cabo), de su atención sanitaria y de todos los servicios que la sociedad pone a disposición de cada uno de los ciudadanos, incluida la recogida de basuras.
Este jubilata, que tiene mucho tiempo para darle vueltas al caletre, pensaba si no sería mejor dar una buena educación a los futuros ciudadanos, de forma que, pasados algunos años, necesitásemos menos barrenderos y más profesores. Todos ganábamos: las calles estarían limpias porque ya no habría tanto insolente insolidario enmarranándolas, y a los barrenderos, a falta de darle al escobón, habría que reconvertirlos en educadores. Nuestra sociedad ganaría unos grados en civismo y cultura.
Aprovechando que este año es año de perdonanza y el señor Rajoy ha ido al Señor Santiago a encomendarle los males de la patria mía (tales como el paro y la plaga ZP, que parecen no tener fin) y su milagrosa resolución celestial, no estaría mal que los papás del chaval ese le invitasen a ir en peregrinación a Compostela. Una vez allí, en lugar de abrazar al apóstol, debería acercarse al pórtico de la gloria, ponerse frente al santo d´os croques y darse un buen tozolón contra la columna, a ver si así entraba en su mollera que pagar impuestos es un deber ciudadano, no un derecho de pernada.
De lo visto y oído en aquella entrevista, recuerdo como el más sensato al barrendero, quien dijo que lo que faltaba era educación. Qué buen maestro hubiese hecho, de haberle pagado con nuestros impuestos, no el carrito de la basura y la escoba, sino los estudios.

domingo, 5 de septiembre de 2010

... Y fueron felices.-


La capacidad de ubicuidad imaginaria de los niños es un don del que yo disfruté durante mi infancia franquista, cuando la mesa escasa y la carencia de alimentos se suplían con leche en polvo y queso amarillo de la ayuda americana, a la vez que la voracidad imaginativa se alimentaba de los cuentos maternos. Sin aparente esfuerzo, aquel niño que alguna vez fui, saltaba desde la famélica y muy patriótica reserva espiritual de Occidente hasta el mundo de los sueños donde podía ser indistintamente príncipe, sastrecillo valiente o apuesto caballero.
¡Ah! Aquellas madres de derechas, de escapulario al pecho, novena a Santa Rita y Primeros Viernes de mes que, amorosamente, contaban a sus retoños unas terribles y, a veces, incongruentes historias de niños abandonados en medio de bosques plagados de brujas y ogros; de estúpidas princesitas que se levantaban de la cama ojerosas por culpa de un guisante debajo del colchón; de príncipes hermafroditas que besaban remilgosos a bellas durmientes; de caperucitas irresponsables que cruzaban sombrías florestas habitadas por lobos hambrientos y falaces; de príncipes-sapo que incitaban a puras doncellas a escabrosas relaciones de zoofilia con la excusa de un beso redentor; o, en fin, de enanitos asexuados que jamás se pasaron por la piedra a la ñoña de Blancanieves a pesar de que ocasiones no faltaban para ello... Mundos irreales que hacían olvidar los agujeros en las suelas de los zapatos, las culeras remendadas en los fondillos del pantalón, o los regletazos del maestro en el pulpejo de los dedos...
Jamás me pregunté por qué los cuentos infantiles, oídos una y otra vez, terminaban con la muletilla de “...y fueron felices y comieron perdices” A lo que, con cierta malicia, se añadía a veces aquello de “y a mí no me dieron porque no quisieron”. Y uno, niño sentado a la mesa de manteles pobres, era feliz con la feroz inocencia de quien sabe que al lobo de Caperucita le estaba bien empleado que le rajaran la tripa para sacar a la abuelita incólume - quizás por indigesta a causa de su provecta edad - y se la llenaran de piedras, la tripa, que no la abuelita.
Y no me cuestionaba tampoco el hecho de que príncipes y princesas, felizmente casados y gozosos herederos de fabulosos reinos sin revoluciones bolcheviques, pasasen el resto de su vida comiendo suculentas perdices mientras que el niño hambriento de mundos fantásticos que yo era, saciaba sus hambres infantiles con un tazón de leche ensopada con pan moreno y edulcorada con sacarina.
Y durante las diarreas estivales, que dejaban al niño que yo era en los huesos, y el agua de limón era el remedio más socorrido, y al niño soñador se le marcaban las costillas como tiernos sarmientos y se le agrandaban los ojos brillantes de fiebre y de mundos imaginarios, la madre lo transportaba dulcemente hasta su cuento preferido, allí donde Pulgarcito robó las botas de siete leguas al gigantón y daba enormes saltos que le llevaban hasta la casa de sus papás; ésos que, pasado el tiempo de la niñez, descubrió horrorizado que eran unos desnaturalizados porque abandonaron a su prole en medio del bosque.
Muchas veces me he preguntado a qué dios cruel se le ocurrió inventar la infancia, con ese maravilloso don de la bilocación que me permitía estar en la escuela cantando la tabla del siete – la más difícil, con mucho – y matando dragones, en el mundo de Irás y No Volverás, para salvar de sus garras a aquella vecinita mocosa de las trenzas negras y los lazos rojos, que jugaba a las muñecas en cuclillas, mostrando en su inocente indiferencia unos muslos sonrosados que al niño-paladín le perturbaban con premonitorios deseos.
Cierro los ojos, salgo de mí mismo, abandono este cuerpo de hombre hecho de materia orgánica y de frustraciones y me zambullo en el líquido amniótico de aquella matriz primordial que me aísla de un universo que detesto y que me niego a comprender. Buceo en el claustro materno de la imaginación infantil y me acomodo en un rincón desde el que observo sin ser visto. Soy de nuevo el niño que no sabía de la existencia de horarios laborales, de Agencias Tributarias o de los mil suplicios que los humanos inventan para vivir en sociedad. Soy, de nuevo, el pequeño y tímido niño que construía paraísos en una España muerta de hambre y de glorias guerreras; libre en tierras donde los campesinos sudaban las cosechas y los miedos al glorioso Movimiento; feliz en una familia de derechas que remendaba dignamente su pobreza y educaba a su prole en el temor de Dios y del Satán comunista.
En fin... ese reino de Irás y no Volverás al que, ahora jubilata y escéptico, me asomo estos días porque he visto a un niño en el parque del Calero trotando a caballo sobre el palo de una fregona.

lunes, 30 de agosto de 2010

Una caminata por la sierra del Perdón.-

La sierra del Perdón (o Erreniega) es una pequeña sierra que apenas supera los mil metros de altitud y separa la cuenca de Pamplona de las tierras de Valdizarbe, que tienen en Puente la Reina su población más conocida por ser un hito en el camino de Santiago. Son tierras cerealistas y de buenos vinos, de un perfil alomando, atravesadas por el camino francés y el río Arga.
Ya que estaba pasando unos días en Pamplona, decidí hacer una marcha, siguiendo el camino de peregrinos hasta remontar el perfil de la sierra, para abandonarlo acto seguido, con la idea de seguir todo el cordal del monte, siguiendo el parque eólico, hasta su cota máxima, 1.035 m, y desde allí, bajar de nuevo hacia la cuenca. Una marcha circular que me llevó seis horas y media de caminata con sus preceptivas paradas para disfrutar del paisaje, tomar fotos y comer el bocacillo en el atrio de la iglesia de Arlegui.
El camino francés, por donde transitan los peregrinos, sale de Pamplona por la c/ Fuente del Hierro y se dirige recto hacia Cizur Menor, paralelo a la carretera. Allí, uno toma caminos de tierra que le llevan por entre tierras cerealistas recién cosechadas, que forman enormes manchas amarillentas enmarcadas por los verdes intensos de la vegetación y el macizo verdigrís que forma la barrera del Perdón.
Antes de emprender la subida a Zariquiegui, uno deja a su derecha el antiguo lugar de Guendulain, donde pueden verse, aún en pie, el castillo-palacio, obra del S. XVI, que fue cabo de armería del linaje Ayanz, y la sólida iglesia que también está abandonada.
Zariquiegui es un pueblecito a media ladera del Perdón, con una hermosa iglesia de portada románica, un parquecillo y una fuente muy apropiada para que los peregrinos repongan fuerzas antes de encarar el tramo final de subida. La mañana que pasé por allí la placita junto a la iglesia estaba invadida de una bulliciosa multitud peregrinil, así que me comí una fruta, me refresqué en la fuente y continué mi caminar, que uno no pertenecía al rebaño jacobeo y no le movía ningún fervor religioso o similar, sino el puro disfrute del paisaje y la soledad.
En el alto del Perdón, donde antaño había un hospital de peregrinos y hoy puede verse el llamativo grupo escultórico de concheros medievales cosificados en imágenes de chapa metálica, cuyo perfil, visto en la distancia, asemeja a un grupo de caminantes inmóviles en el tiempo, había, también, gran cantidad de peregrinos. Desde aquí, los modernos peregrinos de calzón corto y mochila abultada, bajan, por un mal camino de cascajo suelto, hacia Legarda y Muruzábal. Yo abandoné aquí la grey jacobípeta para seguir mi camino en solitario, monte arriba. Aquí, uno puede subir por la carreterilla asfaltada, lo que es un coñazo, o elegir el camino GR que transita bajo los eólicos. Aunque las aspas pasan zumbando muy por encima de la cabeza, uno se siente un don quijote liliputiense al que los enormes cilindros metálicos, que parecen gruñir a cada pasada de las aspas, han reducido a la condición de bípedo insignificante y atemorizado.
Cuerda adelante, uno llega a la capilla de Santa Cruz, una ermita horrorosamente fea y de una hechura arquitectónica lamentable. La única piedad que puede despertar – pensaba al pararme en ella a descansar – es por el desaguisado que supone su presencia en lo alto del monte. Monte que, por cierto, no da idea del bosque tan tupido que contiene. Hay gran cantidad de pino laricio, coscoja, carrascas, encinas, formando un boscaje impenetrable.
Antes de emprender la bajada, disponía de dos alternativas: o me iba a Subiza o a Arlegui. Un poste, con la indicación “Arlegui GR 220”, me indicaba el camino. Por Subiza y Beriáin fui hace un par de años, así que esta vez me decidí por Arlegui, al que bajé por un camino que abre su huella entre la vegetación tupida del entorno. El sol aprieta con fuerza y se agradece caminar entre el follaje que forma bóveda sobre la cabeza del caminante.
El atrio de la iglesia me dio refugio durante el rato del bocadillo. A la salida del pueblo, el paisaje se abría en grandes campos segados y resecos, la escombrera de la mina de potasas a un lado, y la carretera como única posibilidad para llegar a Salinas de Pamplona. Desde la salida de Arlegui, hasta llegar a Noáin (que era mi propósito), pasando por Salinas, el sol caía como plomo derretido y no había una triste sombra. Ni un alma por aquellos andurriales. “¿No querías soledad?”- iba yo pensando – “Pues jódete y camina”. Encima, me extravié en un polígono industrial y, en lugar de Noáin, terminé en el poblado de Potasas de Beriáin.
De aquí, al autobús, y del autobús a la ducha. Debajo del chorro de agua fría, ni me acordaba ya de la calorina pasada.
Es lo que nos suele pasar a los andarines recalcitrantes, que no nos enmendamos…

miércoles, 25 de agosto de 2010

intermitencias veraniegas.-

Aunque parezca lo contrario, uno no está en la lista de abonados ausentes, sino que pasa el verano viviendo unas semanas en casa y otras corriendo por esas tierras del solar hispano, allá donde puede aliviarse de los calores madrileños. O, por lo menos, lo intenta. De ahí que la bitácora parezca un tanto abandonada.
Como cada año, pasamos varios días en Navarra, en la patria chica, recuperando las raíces que nos recuerdan de dónde somos. Uno llega allí hablando el madrileño internacional y regresa con acento y expresiones propias de la navarrería original. Una inmersión que a uno le deja el cuerpo y el alma reconfortados para el resto del año.
Cada estancia en Navarra la aprovechamos para recorrer alguna zona que aún no conocemos, a pesar de tratarse de una provincia de tan poca extensión territorial. Lo que me recuerda aquella jota: Un navarrico en la escuela / mirando el mapa lloró / porque pintaron pequeña / la tierra que tanto dio. Ya se sabe cómo somos y cómo nos vemos: tierra pequeña y corazón grande. Pero no se pretende aquí de hacer patriotismo localista, sino contar algo sobre las impresiones que uno saca de estos viajes.
Y a fuer de sincero, debe uno confesar que siempre regresa con la lamentable impresión que produce saber que su pueblo – en tiempos fue aldea de labradores – hoy es un arrabal de Pamplona donde la especulación inmobiliaria ha cometido los mayores desafueros, hasta despersonalizar aquel pueblecito donde uno pasó largas épocas de su infancia en casa del abuelo, a la que llamaban “casa Lecáun”, porque de Lecáun era originaria la familia. El abuelo Francisco, en 1912, compró la casa y las tierras a los herederos del general Oráa, cuya casa palaciega y escudo aún se pueden ver a la entrada del pueblo. En casa Lecáun nací y mi tío José recordaba muchas veces que, cuando mi madre estaba a punto de parirme, el abuelo le envió con la yegua a buscar al médico a Galar, cabecera de la cendea a la que pertenecía Beriáin, mi pueblo. Así que voy presumiendo de aldeano, lo mismo que otros presumen de ser de capital.
Razones no faltan, que este pueblo tiene una larga historia. Ya desde el S. XII hay constancia histórica de su existencia y existe una tradición oral que oí contar a mis mayores: la que en vascuence se llama Astelen iru burugorri (el lunes de las tres cabezas rojas). En 1127 se consagró la catedral de Pamplona. Tres prelados que iban a participar en la consagración, al llegar a Beriáin se encontraron con que un desbordamiento del río Elorz (el río “al revés” lo llaman allí, porque parece ir del llano a la montaña) les impedía continuar camino y fueron alojados en las casas del pueblo y agasajados. Quedaron tan satisfechos por la acogida de los aldeanos, que consagraron la iglesia del pueblo un día antes que la catedral pamplonesa, el 11 de abril de aquel 1127.
También en Beriáin nació don Marcelino Oráa, que luchó durante la francesada a las órdenes del guerrillero Espoz y Mina y, cuando la primera carlistada, luchó como coronel del ejército cristino contra el general Zumalacárregui, y terminó su carrera militar siendo capitán general y gobernador de las Filipinas.
También, siendo yo niño, era famoso el soguero, quien, estando un día en Pamplona con mi tío Braulio, fueron a cruzar una calle y el guardia municipal les mandó cruzar por la raya. Como eran aldeanos y no sabían de pasos de peatones, cruzaron haciendo equilibrios mientras pisaban sin que las alpargatas se les salieran de la raya y uno le comentaba al otro: Jó, si pintarla harían más anchica
También tiene Beriáin la balsa de la Morea, una pequeña laguna endorreica donde hasta hay una escuela de windsurf y sirve de playa sin necesidad de ir a San Sebastián a darse un chapuzón.
Actualmente, todo el término municipal es una zona fuertemente industrializada, que comenzó con la apertura de las minas de potasas en 1958 en el Arre o monte comunal. Antaño dedicado al cultivo del cereal y la vid, el término es un conglomerado de naves industriales y barriadas de chalés adosados a cuál más impersonal y antiestético, convirtiéndose en barrio dormitorio de Pamplona, que está a penas a 10 kilómetros.
En fin… cuando uno se pone a escribir sin método a ver qué sale, pues se le despierta la añoranza y se pone pesado con historias del abuelo Cebolleta. Por eso, de momento, prefiero dejarlo aquí y cuelgo alguna de las fotos, incluida la de casa del abuelo – que aún sigue en pie – donde aún se pueden apreciar vestigios de lo que fue un pueblo típico de la zona media de Navarra.
¡Ah! que no se me olvide. Existe un libro titulado Beriáin. Aspectos de su historia, sociedad y lengua (Siglos XII-XIX), de Pablo Torres Istúriz, editado en 2002. No podía ser de otra forma, hasta un historiador tenemos en nuestro pueblo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Agosto, playa y familia.-


Un servidor, tan poco amigo de tópicos, ha ido a dar con el más habitual en estos días veraniegos. ¿No quieres caldo? Tres tazas: agosto, playa y familia. Aunque tampoco quiere pasar por desagradecido, que la familia le ha tratado bien, la playa era estupenda para los largos paseos, y agosto es inevitable dondequiera que uno lo pase. Lo que fastidia un poco es que los tres a la vez…
Ya que hemos pasado allí ocho días, me he dedicado a hacer sociología parda, de esa que hacemos los jubilatas con total impudinad desde la altura de lo ya vivido; esa que nos permite largar opiniones fundamentadas en el único patrimonio que se incrementa con la edad: la experiencia. Experiencia trufada de cierto escepticismo irónico que es como las antiparras a través de las cuales vemos el mundo que nos rodea.
El paseo tempranero que dábamos la santa y yo mientras los servicios de limpieza peinaban la playa hasta dejarla con la cara limpia, daba para la observación del material humano que encontrábamos a diario. Enseguida me llamó la atención ese espécimen de bañista acaparador, que, a las ocho de la mañana, ya coloca las hamacas y la sombrilla eligiendo el mejor lugar en primera línea de playa. Observé que era el colectivo jubilata el encargado de tal tarea. Unos jubilatas ventripotentes, tostaditos, de calzón olvidadizo de las modas, que acotaban un trocito de arena, justamente donde el agua lamía la orilla. Con la habilidad de un agrimensor, delimitaban su espacio clavando la sombrilla como los exploradores decimonónicos clavaban la bandera en lugares ignotos y tomaban posesión en nombre de su país. Estos, los jubilatas, más modestos, tomaban posesión en nombre de la familia (toda la caterva familiar propia de tales fechas…). A un lado y otro de la sombrilla, sendas hamacas, esterillas sujetas con montoncitos de arena; una porción de playa bien señalizada que defendían con su presencia hasta tanto bajase el resto de la tribu.
Recorriendo el paseo marítimo, lleno de tiendas con artículos playeros mil, me llamó mucho la atención que la mayoría de los anuncios tuviesen textos en cirílico. Enseguida supe la razón: aquello está lleno de rusos procedentes de la madre Rusia. En mi vida había visto tantos desde que, en tiempos de Bresniev, visité la ya extinta URSS, allá por el año 1982 ¡Coño, qué joven era uno entonces, que hasta tenía pelo y todo! Tenía juventud, pelo y unas ganas enormes de ver cómo era el paraíso soviético, donde eran tan avanzados que ya prohibían fumar en los bares. Se ve que el capitalismo le va a la zaga en ese avance social, para que luego digan… Pero, bueno, es otra historia. Dejo aquí una foto de aquella memorable visita.
Ver a las rusas, rubias como ninfas, de piel sonrosada hasta la transparencia, torrándose sobre la arena, me daba un poco de lástima. Pobres criaturas, disfrutando de la sociedad de consumo y ansiosas por llevarse como recuerdo un cáncer de piel o un melanoma. Pero ya se sabe, los rusos actuales son los nuevos ricos de Europa y tienen prisa por disfrutar de las ventajas del turismo de masas.
Los hoteles donde se alojan tienen ese aire un tanto kitsch tan del gusto de los parvenus, con sus enormes arquitrabes pseudo clasicistas, con sus altísimas columnatas dóricas o jónicas y su frontón, al estilo del Partenón griego, con sus estatuas de escayola descabezadas; o esa portada a medio camino entre el arte egipcio y el art déco. Un arte pompìer que es el signo distintivo de las clases medias emergentes, recién instaladas en el sistema capitalista, necesitadas del reconocimiento social de los habitantes de esta vieja Europa pasota.
Me hubiese gustado mucho hacer un estudio sociológico de las mamas que se lucían con tanta generosidad, pero me dio un poco de apuro. Las había grandes, como de matronas o amas de cría, fláccidas como odres vacíos, enhiestas como sólo los cirujanos plásticos saben modelarlas con total desprecio de la ley de la gravedad. Pero ya digo que no quería entretenerme mucho en su contemplación, no fuera que sus propietarias se mosqueasen y me confundieran con un mirón, cuando en realidad a uno le movía el puro interés científico-sociológico. Pero a ver quién es el guapo que lo explica sin que suene a excusa…