viernes, 19 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, II.- Monodias y recuerdos camineros.-


Decía en la entrada anterior que nuestros días veraniegos se pasan en caminatas y poco más, lo que no es cierto del todo. También aquí en el valle hay ofertas culturales – pocas, pero las hay – que aprovechamos cuando se presentan. Restaurantes, bares, piscina municipal, senderismo, paseos a caballo, pesca de la trucha, paisajes, es la clásica oferta de ocio que ofrece Rascafría en verano; pero pasan desapercibidas a ojos del veraneante de manual algunas actividades que muestran un intento por subir unos peldaños la calidad de estas ofertas. Y no me refiero a mejorar la gastronomía o la calidad de las cervezas, sino a alimentar la curiosidad cultural de quienes pasamos las semanas de verano aquí.

El improbable lector, si es que vive en Madrid, ya sabrá de la proximidad de la antigua cartuja de El Paular (a 2 kilómetros escasos de Rascafría), desde los años cincuenta monasterio benedictino en las zonas de clausura,  y con un hotel de lujo ocupando parte de las antiguas dependencias monásticas. En su claustro se instalaron hace ya años las pinturas, dispersas durante décadas, de Vicente Carducho con el ciclo fundacional de la Orden Cartuja. Algún día, si viene al caso, volveremos a hablar de ellas, pero hoy no. Lo que este jubilata quiere contar al improbable, pero fiel lector (una afirmación un tanto contradictoria), es que asistimos el pasado 6 de este mes a un concierto de música antigua.

La iglesia del monasterio, con una acústica excelente, fue el lugar donde el grupo de voces masculinas Salve Mater “Pro Musica Antiqua” cantó un repertorio de cánticos medievales en santuarios hispanos de peregrinación. Se trataba de monodias y primitivas polifonías asociadas a lugares de peregrinación o a antiguos monasterios: Santa María de Ripoll, Santo Domingo de Silos, Ntrª Señora del Manzano de Castrogeriz, el santuario de Villalcázar de Sirga… y, cómo no, Santiago de Compostela.

Para quien ha experimentado esa afición jacobípeta que a uno le empuja a calzarse las botas y recorrer los viejos caminos de peregrinación, escuchar el Salve, festa dies o el Dum Pater familias contenidos en el Códice Calixtino es como rememorar esa llamada que sintieron los antiguos peregrinos y que hoy – más laicos o directamente descreídos – sentimos los actuales caminantes que un día, sin saber bien lo que esperábamos de esta experiencia, nos lanzamos a  recorrer tierras que tienen otro sabor cuando se hace a golpe de calcetín, cargados con mochila, solazo sobre la cabeza y ampollas en los pies.

A este jubilata, que tiene sus ribetes de esteta y espiritualidad difusa, le emocionó especialmente oír el Sancta Maria Stela do dia…, esa cantiga que compuso Alfonso X el Sabio dedicada a la Virgen de Villalcázar de Sirga. De Villalcázar, un servidor tiene recuerdos aún muy vivos. El primero, quizás por los años ochenta del siglo pasado, fue alcanzar a ver los tejados y las torres del santuario antes de descubrir la población. 

Entonces el caminante transitaba por una carreterilla que ofrecía paisajes castellanos infinitos, resecos y polvorientos. Como el pueblo estaba en una hondonada, uno no llegaba a verlo, tras horas de caminata, hasta que empezaba a divisar las torres de la colegiata y los tejados del caserío; luego, el pueblo, con su color terroso de teja árabe, de adobe y tapial,  iba tomando forma, presidido siempre por la mole del templo. El segundo recuerdo fue la bronca que tuvimos la santa y yo con el cura del lugar cuando, algunos años después, llegamos matados al refugio y él nos trató de mochileros y de gente descreída y abusona porque aprovechábamos la hospitalidad de la Iglesia y ni siquiera íbamos a visitar a la Virgen de Sirga.

Cosas del clero, que no entiende más que de dogmas, ritos y liturgias e ignora la emoción del peregrino descreído, pero sensible a tanta belleza como despiertan las viejas monodias medievales. Porque – y ya acabo por hoy – quien esto escribe ha recorrido esos caminos como peregrino escéptico, cantando, a grito pelado por los páramos de la vía francígena, a Santa María la Real de Villalcázar,  según le cantaba el Rey Sabio:

Sancta María, Stella do día
mostra-nos vía
 pera Deus e nos guía.
Ca ver  faze-los errados
que perder foran per pecados
entender de que mui  culpados
 son; mais por ti son perdoādos
da ousadia  
que lles facia
fazer folia
mais que non deveria …


¡Qué sabrán los curas de misa y olla!

lunes, 15 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, I.- Domicilio provisional.-


A veces este jubilata se siente un privilegiado. Decía don Francisco Silvela: Madrid, con dinero, en agosto y sin la familia, Baden-Baden. Se ve que ilustre prócer no vivía en un barrio popular, torrado por un sol inmisericorde y con el asfalto en ebullición. De ser así, su opinión hubiera sido otra, incluso sin parienta y con libertad para echar unas canas al aire.

Huyendo del calor mesetario, de la contaminación permanente, de los ruidos que se cuelan por las ventanas abiertas, hacemos la mudanza provisional a la Sierra y nos instalamos en Rascafría, muy cerca del arroyo Artiñuelo, detrás del ayuntamiento. Es como estar en medio del pueblo y en las afueras. El Artiñuelo nos hace de barrera geográfica: a un lado, la plaza de la Villa con sus tiendas, terrazas y bullicio, al otro, nosotros. El puente de la Manola (pasarela, más bien) comunica los dos ambientes. Bastan unos pasos para pasar de la soledad y el rumor del arroyo al ajetreo de un pueblo de sierra que se va llenando de veraneantes.

La vida aquí se organiza en pequeñas rutinas, como de personas habituadas a un transcurrir sin grandes alteraciones. Para ser claros, como jubilados en vacaciones. Los galenos se lo han advertido al jubilado: pasee usted, haga vida al aire libre, es la mejor medicina. Y el jubilado, que prefiere calzarse las deportivas antes que tomar mejunjes de farmacia, pasea. Pasea por la mañana con la santa y pasea por la tarde. Mano a mano, o mano de la mano, toman el camino que lleva al Paular y el puente del Perdón. Temprano, a eso de las ocho ya están dándole a la zapatilla. Antes de salir, un vaso de agua, y, para el camino, una pieza de fruta.

El jubilado es gente madrugadora y de hábitos higiénicos. Se desayuna con la fresca de la mañana, el rocío de los prados, la humedad de la arboleda, el rumor del río y el canto de los pajaritos. El café y la bollería quedan para el regreso, una hora después. Y por la tarde, ya tarde, cuando el sol ya no castiga tanto, nuevo paseo. Esta vez hasta el centro de interpretación de la naturaleza, junto al puente del Perdón. Allí, un rato a la sobra de los abedules, sentados sobre el banco fresco de piedra, y viendo a las modorras en el cercado de enfrente.

Las modorras, en nuestro lenguaje coloquial, son las ovejas. Un animal gregario y bastante corto de entendederas. Aquí, frente al centro de interpretación, hay una buena docena, de raza negra, que pasan el día con el hocico pegado al suelo, paciendo la hierba. Están a pleno sol, nadie se acordó de esquilarles los vellones que les cuelgan como si estuviesen embuchadas en un abrigo peludo, y cuando pastan lo hacen formando un revoltijo apelotonado y juntando todas las cabezas. Verlas amontonadas en el mismo espacio, habiendo tanto prado donde comer, con el sol de la tarde cayendo a plomo sobre sus lomos lanudos, nos da mucha risa. Con tantas risas, se nos olvida que también los humanos somos gregarios y nos gusta despersonalizarnos en el anonimato de las grandes multitudes, como diluyendo nuestros temores personales en la masa amorfa. Y si no se me cree, no hay más que acercarse a las Presillas y ver la muchedumbre de bañistas desparramados por las praderas. 

Sin embargo, nuestro paseo es por parajes donde camina poca gente. El camino de la finca de los Batanes trascurre entre grandes chopos, abedules, coníferas. La pelusa que han ido soltando los chopos estas últimas semanas ha dejado el pavimento como con manchas de nieve. El lago artificial que hay a un lado – se llega a él por un caminito entre coníferas – también tiene su superficie cubierta de la pelusa de los chopos, con grandes manchones blancos, que le dan un aire raro, como de espejo  de agua sucio a grandes ronchas. Pero sigue siendo un lugar con mucho romanticismo. Uno puede sentarse ante el embarcadero y dejar que los ojos paseen sobre el agua, y entorno al lago, por las matas de carrizos y la vegetación boscosa que lo circunda.

Camino adelante, la chopera da paso a matas de avellanos que hacen de este tramo un lugar umbrío y siempre fresco. Al final de la finca, las ruinas del antiguo colegio de San Benito, donde la Sección Femenina inculcaba en las educandas el santo temor de dios, la sumisión al esposo y a las convenciones, y las normas al uso del saber estar en el estamento social que les correspondía por herencia familiar o matrimonio. De aquel programa de educación doméstica ya solo quedan las tapias y algunas abuelas sesentonas. Si éstas aprovecharon aquellas enseñanzas, hoy estarán bien instaladas en familias burguesas.

El regreso al pueblo, por un ancho camino que bordea el río Lozoya, de charla apacible, mientras las moscas nos acosan con su insistencia de insectos glotones. Gozamos - como acostumbraba a decir el primo Paco el de León – de las incomodidades del campo.


Pero no se haya a creer que sólo de plácidos paseos se rellena el tiempo de vacaciones. El jubilata tiene otras aficiones, pero hablar de ellas quedará para otra ocasión, si el improbable lector tiene la paciencia de leerle. 

lunes, 1 de julio de 2013

Visita al Sofidou.-


Cuando se inauguró el Museo Reina Sofía en 1992, los que andábamos de progres empezamos a llamarlo el “Sofidou”. Un híbrido de Sofía y Pompidou, porque nos parecía que este museo nuestro había nacido a imitación del Georges Pompidou de Paris. Una apreciación injusta pero muy nuestra, esa de ensalzar lo ajeno desprestigiando lo propio. Lo cierto es que el Reina, cuando lo visito de tarde en tarde, siempre me produce alguna alegría cultural y estética, si el improbable lector permite ese prurito cultureta a este jubilata.

Eso de ver la exposición dedicada a Salvador Dalí resultaba un agobio de visitantes que uno no está dispuesto a soportar ni por el mejor artista del mundo. El disfrute de la obra de arte es un goce personal, intransferible y silencioso, alejado de las muchedumbres curiosas y de las manadas turísticas. Un placer en solitario, una especie de onanismo estético, si se permite tan mala comparación; o, si se prefiere, un bis a bis con la obra contemplada. Los testigos sobran.

Total, pasando mucho de Dalí, terminé viendo De la revuelta a la posmodernidad. Es ese tipo de muestras en que el esteticismo tradicional se va al carajo; se rompen los esquemas de esa mirada conformista del espectador ante la obra consagrada, y entra en juego no sólo una mirada inquisitiva, sino la curiosidad, el afán por entender qué coños significan esas imágenes, esos recortes de prensa, esas fotos o esos montaje audiovisuales que a uno le suenan a camelo, a pseudo-arte. Es que el sentido estético  pequeño burgués, del que todos estamos preñados, no sirve y tenemos que habilitar otros nuevos paradigmas para comprender lo que tenemos ante los ojos. Porque es lo que tienen eso que llamamos vanguardias (en el sentido más amplio): no están solo para ser vistas, sino para ser comprendidas, tomando como referencia el medio sociocultural en que fueron creadas.

Una sorpresa encontrarse con escenas de La batalla de Argel, 1967, de Gillo Pontecorvo, referida a la crudelísima guerra de independencia de Argel en la que la potencia colonizadora cometió todo tipo de tropelías. Esa vergüenza histórica que arrastran los franceses desde entonces y que aún les duele como una infamia colectiva. Cada pueblo tiene las suyas, así que nada que reprocharles.

Una curiosidad esas fotografías de estructuras tubulares en lo que me ha parecido el Paseo del Prado, tan sólidas y efímeras. Inmediatamente me han hecho recordar el “homenaje tubular” de aquel personaje de Torrente Ballester en La saga-fuga de J.B. Personaje que empezó a ensamblar tubos en el sótano de su casa y terminó desbordándola toda ella, hasta convertir el armazón en una enorme maraña geométrica que parecía fuese a deglutirla, como a una mosca atrapada en una tela de araña.

En un rincón, del Equipo Crónica, un “espectador de espectadores”, un muñeco de papel maché policromado, sentado, a tamaño natural, que parece observar a los visitantes, pero sabemos que mira sin ver, como nosotros miramos la realidad muchas veces; no nos enteramos de lo que estamos viendo y viviendo, aunque parezca que sí. Somos un espectador con la mirada vacía ante un mundo farragoso y difícilmente comprensible.

Y la mirada que la mujer tiene sobre sí misma tras la revolución feminista rompe con la visión patriarcal y falocrática del mundo. Esta visión patriarcal ha negado sistemáticamente la capacidad de la mujer de representarse a sí misma, controlando sus decisiones (autonomía política, jurídica, económica…). Incluso la historia del arte es sometida a crítica, ya que siempre  consideró a la mujer como objeto de representación estética. En la muestra, un grupo de fotografías representa varias poses de una mujer desnuda: enorme matorral en el pubis, pechos tan caídos como naturales, rostro uno entre miles, pero ella misma: sin depilación, sin tetas siliconadas, sin afeites en la cara. Como se vería cada cual desnudo ante el espejo, corriente, pero único. Una especie de antiesteticismo que denuncia el engaño del cuerpo femenino tomado como objeto de deseo y uso.

Del arte povera italiano, que también se muestra en la exposición, este jubilata recuerda de cuando era joven – uno siempre se recuerda como joven, fueran 20 o 40 los años que tuviera entonces – haber visto, en el Palacio de Cristal del Retiro, una exposición dedicada a Michelangelo Pistoletto, especialmente, La Venus de los trapos. Tuvo su origen el arte povera en los años 60, cuando Italia pasaba de la miseria de posguerra a la industrialización. Es un rechazo a la tecnificación deshumanizadora y a la pérdida de valores tradicionales mediante el empleo de materiales de uso corriente: telas, hojas, madera, papel… y todos aquellos objetos relacionados con una forma de vida natural. Es la estética de lo obsoleto que se fija en lo perecedero y en la fragilidad de los objetos. Es la creatividad a partir de los medios más modestos y anodinos.

En esta amalgama de corrientes, digamos artísticas en cuanto reflejan una visión más lúcida del mundo, dos visiones de la posmodernidad: La atrofia de los sentidos corporales (olfato, gusto, tacto) a favor de la hipertrofia de lo audiovisual, con preeminencia del gran icono comunicador que es la televisión. Y en una sala, con el nombre de Textos autocensurados, un gran, enorme, panel de papel xerografiado (creo) y arrugado como formando una ola que se desmorona. Atornillados a la pared, a modos de cuadernillos, bloques de papel tamaño folio que el espectador puede ir arrancando, doblando, rompiendo, arrugando, y echar en un recipiente de metacrilato. Una contribución a la creatividad artística (no sé si eso es una performance) a la que este jubilata, a punto ya de terminar la visita, se unió con entusiasmo. 

Allí, un grupo de escolares adolescentes franceses, con mucha aplicación, plegaban hojas en pliegues geométricos o las desgarraban con mucho miramiento. Un servidor arrancó una hoja de la pared, la arrugó, comprobó que la arruga era bella dentro de su informidad, y la echo a la papelera. Satisfecho de su capacidad creativa efímera y un poco absurda, se fue.

lunes, 24 de junio de 2013

Culturizando jubilatas.-

Inscripción del mosaico de la Casa de Hippolytus
A veces, el jubilata se levanta de la cama, pone en marcha sus articulaciones artríticas, comprueba que las averías de ayer son las mismas de hoy y, con ese optimismo que da la edad, confía que sigan siendo las mismas de mañana durante muchos mañanas más. Comprobado el razonable funcionamiento de la máquina corporal, empieza a activar las neuronas. Con satisfacción, comprueba que también éstas mantienen una actividad razonablemente eficaz. Hecha la inspección rutinaria, ya puede ir al servicio, deslegañar el ojo somnoliento, preparar el café del desayuno y dedicarse a sus quehaceres.

El jubilata cree – con la misma fe que otros ponen en la Biblia – en la máxima latina mens sana in corpore sano,  que podrían traducirse, para uso propio, en una razonable curiosidad intelectual y un cuerpo con los achaques absolutamente imprescindibles. Para cultivar lo de la mens, y dentro de los cursos UNED Senior, prepara una bolsa con libreta y boli, una botella de agua y una gorra para el sol, y se va a Alcalá de Henares a visitar el yacimiento arqueológico de la antigua Complutum, junto a la antigua vía Carpetana, al pie del cerro del Viso. Fue esta ciudad fundada unos 100 años antes de nuestra era y, en tiempos de Augusto, fue una colonia donde se asentaron los veteranos de guerra.
Es curioso el afán de pervivencia de los asentamientos humanos, ya que la primera localización de un poblado carpetano (Combouto) hay que situarlo en lo alto del cerro del Viso. La conquista romana obligó a los carpetanos a bajar al llano y cambiar sus costumbres belicosas por las agrícolas. Sobre este emplazamiento junto al Henares, se estableció el municipio romano en tiempos republicanos. Los visigodos también se asentaron aquí y quedan restos de una necrópolis. Tras la invasión árabe, se construyó una alcazaba sobre el cerro para, definitivamente, bajar otra vez al llano con la reconquista, desplazándose el antiguo asentamiento hacia la actual ubicación de Alcalá, donde había una ermita dedicada a los niños Justo y Pastor, martirizados en tiempos de Diocleciano, según cuenta la historia piadosa.
Maqueta de la Casa de Hippolytus

Como en asuntos de arqueología un servidor está en niveles medianejos, no hará una descripción del lugar. Mejor si el improbable lector entra en Internet y ve una reproducción en 3D de la vieja ciudad romana. Aprenderá más. Lo que sí contaré al improbable lector es lo interesante que resulta la visita a la Casa de Hyppolitus. Es ésta una villa suburbana utilizada como colegio de jóvenes pertenecientes a la clase dirigente de los decuriones de Complutum; algo así, visto con ojos actuales, como un colegio para niños pijos, donde se formaba a las élites municipales. Una institución educativa que podría parecerse a lo que pretende el ministro Wert con la nueva ley de educación: la educación es cosa de ricos.

Escena marina
Antes que nada, hay que decir que la Casa de Hippolytus, realmente, pertenecía a la rica familia de los Annios, y que el nombre lo recibe del artista que construyó el gran mosaico que ocupa la zona central del edificio, un distribuidor desde el que se accedía al resto de las dependencias. Allí, el artista dejó constancia de su buen hacer con una gran cartela donde puede leerse: ANNIORUM HIPPOLYTUS TESSELLAV (IT): Hipólito lo pavimentó para los Annios.

Que un artista haga trabajos lujosos para ricos no tiene nada de especial; lo que sí lo tiene es que aquél montó un gran mosaico donde puede verse una escena marina absolutamente impensable en este secarral alcarreño, tan alejado del mar Mediterráneo, en el que se inspira. Los arqueólogos dicen que estos artistas musivarios eran profesionales ambulantes, como aquellos célebres canteros medievales que levantaron las grandes catedrales, y que plasmaban programas iconográficos llegados de tan lejanos, como en este caso, correspondientes al norte de África.

Puede verse aquí representada la piscifauna mediterránea, con esa obsesión que en historia del arte se llama horror vacui. No hay espacios en blanco y toda la superficie está cubierta con ejemplares de peces que abundaban en el mare nostrum en aquellos tiempos. Tres angelotes, erotes es el nombre que se les da, lanzan la red desde una barquichuela, en una escena amable, de puro entretenimiento, donde el afán de la pesca no es más que una excusa para embellecer una casa de lujo y servir de goce estético a sus moradores.

Tiene el lugar unas termas con una piscina polilobulada, un jardin al estilo griego, con varias exedras donde se impartían lecciones al aire libre, una letrina comunitaria… Lo de la letrina compartida es cosa que choca actualmente, pero si uno ha visitado la antigua ciudad helenística de Éfeso, en la costa turca, verá que las costumbres sociales – por rarunas que nos parezcan actualmente – eran similares a ambos extremos del Mediterráneo. La sala cacatoria era lugar de encuentro y socialización de gente ociosa y bien situada socialmente, hasta el punto de que había quien enviaba por delante a un esclavo a que ocupase uno de los evacuatorios para guardarle el sitio y calentarle el asiento. 

Un refinamiento tal, lo de cagar y hacer tertulia a la vez, no se ha visto en los tiempos actuales hasta la película de Buñuel, El discreto encanto de la burguesía. Actualmente, lo de las tertulias abunda mucho en los medios de comunicación, pero las defecaciones - que las hay - son mentales, lo que le quita mucha emoción al asunto.
Ventisquero en Cabeza de Hierro Menor
En cuanto a lo del corpore sano que decía al principio, ya casi no queda espacio, pero diré que este sábado pasado el jubilata se fue a hacer la Cuerda Larga entre el puerto de Navacerrada y el de Morcuera, 20 k haciendo cumbres por encima de los dos mil metros de altitud, y se le quedó el cuerpo como un reloj. Los achaques artríticos no hicieron acto de presencia, aunque sí había un par de rebaños de capra hispánica que nos observaban con curiosidad desde los riscos.
Subiendo a Bailanderos
Pero no era por nosotros, que ya están acostumbradas al trasiego montañero, era por los bocadillos que llevábamos en el morral. 

domingo, 16 de junio de 2013

Una escapada alcarreña.-


Quizás el improbable lector ignore quién era don Cerebruno. No se inquiete por eso, nuestro conocimiento de la Historia está lleno de lagunas. De aquí a diez años – por poner un caso actual – habremos olvidado la existencia de un tal Rajoy y ese olvido no nos hará más ignorantes, aunque sí un poco más felices.

Don Cerebruno, aquitano y natural de Poitiers, – puede creerme el lector bajo palabra – era personaje de más enjundia. Fue el tercer obispo de Sigüenza allá entre 1156 y 1166 y dio un gran impulso a la construcción de su catedral así como a las murallas románicas que cercaban la villa. Como aquellos no debían ser tiempos de austeridad para todos y pasta en Suiza para cuatro, el señor obispo promocionó intramuros, además, la construcción de la iglesia de San Vicente en la Travesaña Alta y la de Santiago en la calle Mayor, ambas con hermosas portadas románicas.

Con lo dicho, ya le pongo al lector sobre la pista: la santa y yo hemos pasado un par de días en Sigüenza y hemos recorrido sus calles medievales, su alameda neoclasicista junto al río Henares, su barrio barroco donde se alojaban los niños cantores de la catedral. Hemos contemplado, desde el Mirador de la Ronda – del otro lado del arroyo del Vadillo –, el paseo de ronda que sigue la línea del lienzo oriental de la muralla, con las puertas del Sol y del Toril. Este muro discurre entre el castillo cimero (antigua alcazaba musulmana, luego palacio episcopal, actualmente Parador Nacional) y la catedral. 

Un poco frikis de las piedras con historia, pocas hemos dejado que escapasen a nuestra curiosidad. Incluso bajamos a Nª Srª de las Huertas por asomarnos a una necrópolis que se supone de los primeros pobladores cristianos tras la toma de la villa en 1124, y, por encima de los enterramientos, los restos de una calzada romana.

Pero, cuando se habla de esta ciudad levítica y señorial de  Sigüenza, inmediatamente todo el mundo piensa en el célebre Doncel, enterrado en la capilla de los Vázquez de Arce. La tradición lo llama “doncel” quizás por su apostura y juventud, pero no hay tal. Al hombre poca doncellez debía quedarle ya, pues, a sus 25 años, cuando murió en 1486, era hombre casado y con un hijo. Según la historia, murió en la vega de Granada, luchando contra la morisma, y trasladaron sus restos a Sigüenza, de donde era natural su familia.

Visto tan rico enterramiento donde yace, bien puede aplicársele lo que el Don Juan de Zorrilla comentaba con sorna ante la tumba del Comendador: “No os podéis quejar de mi / aquellos a quienes maté/ Si buena vida os quité, / mejor sepultura os di”. Para ser sinceros, por ningún hecho de armas o de letras se le recordaría si no fuera por aquel monumento funerario tan rico. No solo rico por la labra y los materiales nobles de que está hecho, sino porque testimonia un cambio de actitud cultural: es un caballero armado con todos sus arreos militares, pero no es un yaciente medieval aferrado a su mandoble, sino un hombre culto, recostado  y absorto en la lectura de un libro. Es un hombre del Renacimiento que aúna armas y letras en su persona, un espíritu refinado.

Habrá que esperar un par de siglos para que Don Quijote, éste sí caballero famoso por sus hechos, haga el parangón entre armas y letras en un discurso memorable. Pero es historia que va por otros derroteros. Quítesenme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas…, aseguraba el hidalgo en oficio de caballero andante, pero nosotros ya no estábamos allí para oírselo decir porque nos habíamos ido a Palazuelos.

Palazuelos es un pueblo a 7 kilómetros de Sigüenza y camino de Atienza. Es un lugar muy digno de visitar porque tiene una muralla de dos kilómetros de perímetro y un castillo, mandados levantar por don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana. Precisamente ese que en mis tiempos bachilleres quería beneficiarse a la vaquera de la Finojosa, a la moça de Loçoyuela y cuantas zagalas le salían al paso, aparte de componer sonetos fechos al itálico modo.

Esta villa, actualmente con 25 habitantes, tiene unas cuantas cosas interesantes para dedicarle toda una mañana: un pequeño museo, una tradición aún viva, una fuente de siete caños, y más cosas, pero uno no se puede alargar en mayores informaciones. En la calle San Roque, Anselmo del Olmo ha ido recogiendo herramientas y objetos de forja que ha reunido en un pequeño museo del Herraje. Hombre amable por demás, nos enseña la colección, explica la utilidad de algunas herramientas y agradece al visitante que deje un comentario en el libro de visitas.

Además, nos cuenta la tradición que los vecinos mantienen viva en el pueblo: la quema del boto. La tradición quiere que la peste, declarada en el S. XVI, no atravesó sus murallas porque los vecinos se encomendaron a san Roque.

En agradecimiento hicieron el voto de quemar un boto. Es éste un recipiente hecho con la piel de una cabra, cubierto de pez en su interior, y que se usaban para trasportar el vino. La noche del 15 al 16 de agosto (la que va de la Virgen a San Roque), se cuelga sobre la puerta de la muralla y se le prende fuego. La Asociación Cultural la Quema del Boto sigue cumpliendo el rito. El problema, nos contó don Anselmo, es que ya no hay botos, y los que aún hacen algunos artesanos en Burgos, salen muy caros.

Lo de la fuente de los siete caños es un ejemplo vivo de aprovechamiento de recursos naturales. Servía para suministrar agua a los vecinos y para abrevadero del ganado. De allí el agua llegaba al lavadero extramuros y, por una acequia, hasta las huertas, para el riego. Lo que en jerigonza actual llamaríamos optimización de recursos hídricos. En sus tiempos, simplemente, una forma inteligente de dar utilidad al manantial que alimenta la fuente.

Por no cansar más al lector, mejor una sugerencia ¿En vez de leer esto, por qué no aprovecha un fin de semana y hace una visita por aquellas tierras? Quedará sorprendido. 

lunes, 10 de junio de 2013

¿Cuánto vales?

¿Alguna vez el improbable lector se ha preguntado cuánto vale? Mejor dicho, ¿en cuanto le valoran las instituciones, los bancos, los empresarios, las grandes cadenas de distribución?  Lo habitual es pensar que a uno la sociedad lo valora por lo que tiene, como aquella copla de Estrellita de Palma que se oía por la radio en mi lejana infancia: Tanto tienes, tanto vales…, conviene más un marqués que tenga caudales…etc.
Pero  no es eso lo que a este jubilata le está preocupando. Con ello ya contamos. Cuanto más lujoso es tu coche, el barrio en el que vives,  las marcas de ropa que vistes, más valorado eres. Cuanto mayor es tu status social, laboral, cultural, tanto más vales. El mundo es “ansí”, decía una novela de Pío Baroja, y no parece que aquél haya cambiado demasiado en cuanto a la apreciación que tiene de cada uno de los individuos que lo componen.

Lo que a este jubilata le llama la atención, y no sabe bien cómo explicarlo, es cuánto vale para el banco donde tiene sus ahorros. Y no ya que esta valoración dependa de los dineros que tiene depositados en la entidad, sino, rizando el rizo ¿cuánto vales muerto para el banco? Al improbable lector le parecerá una pregunta rara, pero no es tan absurda como pudiera imaginarse a primera vista.

Para que quien tenga la curiosidad de seguir leyendo, se haga una idea, vea lo que sigue: Según Ibercaja Banco, a día 20 de mayo de 2013, un servidor, si se muriese hoy, o de aquí al próximo 20 de junio, vale 319,29 euros del alma. Es esa la diferencia entre el último ingreso de 100 euros al capital acumulado en una cartilla de “seguro de ahorro previsión” a fecha 20 de mayo, y el capital por fallecimiento. Si la defunción se produjese dentro de los  treinta días a partir del 20 de junio, mi valor como difunto aumentaría en 9 euros. Y así sucesivamente; por cada mes más que viva, mi valor  cadavérico – digámoslo tal que así –  se va incrementando en 9 euritos devaluados. Eso contando desde el 20 de marzo de 2009, cuando deposité mis primeros 100 euros. O sea, en cuatro años mi valor de defunción cotiza 319,29.

Todavía no he echado la cuenta – con las prisas por escribir esto me he olvidado de ese pequeño detalle – de cuántos centenares de años debería seguir estando vivo para que Ibercaja Vida S.A. considerase que mi fallecimiento vale lo que el señor Bárcenas tiene depositado en los bancos suizos. Así a ojo, han de pasar algunos siglos y, la verdad, no sé si merece la pena aplazar mi defunción tanto tiempo solo por ser dueño de un cadáver personal e intransferible multimillonario. En lo que este jubilata lleva vivido, ya ha pasado por dos grandes depresiones económicas (más los inherentes ciclos depresivos intermedios de baja intensidad) y, visto lo visto, no está muy interesado en pasar por una tercera, y menos con el ganado que nos gobierna o similares en el futuro.

En un ejercicio de realismo, este jubilata ha de reconocer que como difunto no vale gran cosa. Poco más de 300 euros. Vivo, al menos, lo cotizan en algo más de cuatro veces ese valor, lo que no es gran cosa, pero sirve para ir aplazando el sepelio algunos años más a la espera de la lenta revalorización funeraria.

Pero lo que más le duele a uno no es el poco aprecio económico que hace el banco de sus restos mortales – 9 euros mensuales, francamente, son una mierda –, sino de la poca consideración que le tienen en vida. ¿Con qué estado de ánimo va uno a encarar el resto de su vida sabiendo que con cuatro putos duros le van a despachar a la otra? 

domingo, 2 de junio de 2013

Marcha montañera por la Sierra de La Puebla.-


La de hoy ha sido una bonita marcha por la sierra de la Puebla, en la sierra Norte de Madrid, la que antes se llamaba la Sierra Pobre. En estos pueblos serrano, antaño, se vivía con recursos muy escasos, de ahí el nombre que le dieron tradicionalmente. Según le dijeron a un amigo mío, "vivían de lo que no comían". Desde hace años, con las ayudas de la entonces hada madrina, hoy madrastra, Comunidad Europea, se remozaron todos estos pueblos; sus casas están construidas en lajas de piedra de los entornos y tienen una belleza que podríamos llamar neo-rústica. De un rusticismo al gusto de la mentalidad ciudadana, muy a propósito para atraer turismo rural y amantes de la buena cocina serrana.

El puerto de la Puebla, a 1650 m de altitud, es un pequeño puerto bien conocido por los montañeros madrileños. Desde aquí uno puede subir a la Peña de la Cabra o tomar el sentido norte y girar al este para hacer toda la cuerda hasta la Tornera, y, quien esté dispuesto a alargar la caminata, hasta la Centenera.

Nuestro grupo, Senda Clara, inició la subida hacia un macizo rocoso de nombre Gustarellano, 1770 m., para continuar, cuerda adelante, hasta el Porrejón, que está en la cota 1827. Ésta es una marcha muy aérea, siempre cumbreando por las crestas, desde la que pueden verse los Carpetanos, en este día cubiertos por las nieblas. A su izquierda, el macizo nevado del Peñalara. Siguiendo con la vista la dirección suroeste, podía verse la Cuerda Larga y la Pedriza y la Cabrera. Y si uno alarga su vista por el llano, se tropieza con el Cerro San Pedro, solitario y enhiesto en medio de la llanura; más a su izquierda el bulto que forman las cuatro torres de Madrid levantadas como homenaje al orgullo financiero de la capital en ese momento previo a la burbuja del cemento. Del otro lado, mirando a tierras de Guadalajara, el Cerrón, el Santuy y el Pico del  Lobo. Extendiendo la vista hacia su derecha, el macizo soberbio del Ocejón.  


Del Porrejón, siempre caminando entre calizas, que los pliegues orográficos levantaron hasta casi la verticalidad, el perfil de la sierra tiene, en la distancia, el aspecto de cuchillas y dientes de sierra y forman un paisaje agreste y de gran belleza. Como esta es una marcha que se parece mucho al movimiento de un tobogán, tan pronto subimos algún pico como bajamos a algún collado, poniendo a prueba las piernas de los montañeros. 

Pues eso, que del Porrejón bajamos al collado de las Palomas para subir al siguiente pico, el Pinhierro y bajar, a continuación, al collado Llano. De aquí al Tornera, nuestro objetivo, que es la máxima altitud que alcanzaremos, a 1864 m. Alcanzar este pico nos supuso un continuo baja y sube por pequeñas crestas que parecían no tener fin, hasta coronar.

Pero las vistas desde el pico compensaban cualquier esfuerzo empleado en la subida. El día estaba soleado y la profundidad de campo que alcanzaban nuestros ojos nos permitió disfrutar de la vista de todos los macizos montañosos que he dicho. Por si fuera poco, en la cumbre nos estaba esperando un rebaño de cabras, quienes nos miraban con curiosidad mientras resoplábamos en los últimos metros. No hubo confraternización. Ellas en sus riscos, nosotros junto al vértice geodésico. Sabíamos que, en cuanto nos fuéramos de allí, una vez comido el bocadillo, se acercarían a ver si se podían aprovechar de nuestras sobras. Solo que el montañero suele llevar  un ecologista dentro de su mochila y no dejamos restos, como dicen que está ocurriendo en el Everest, donde los desechos se amontonan por toneladas.

En el trayecto no nos ahorramos cruzar por pedreras y canchales, entre calizas, cuarcitas y pizarras. Los prados de altura verdeaban y veíamos con frecuencia ranúnculos, esas pequeñas flores de un amarillo intenso que van tachonando la pradería. De vez en cuando, jacintos silvestres. En las laderas orientadas al medio día empezamos a ver grandes manchas de brezo en flor.

La cuerda de estos montes forma un arco tendido en sentido oeste-sur-este y desde ella se aprecia que las laderas fueron repobladas por pino en terrazas, de los que se ven grandes manchas. Habrá que bajar mucho hacia la población de La Puebla de la Sierra para que el bosque autóctono de roble melojo se deje ver. Por encima de éste, el bosque degradado ha dejado paso a las matas de cantueso en flor, tomillo y jara pringosa.

Desde lo alto de la Tornera hasta Puebla de la Sierra hay una bajada a huevo con un desnivel, así, a ojo, de unos 700 metros, por terreno irregular donde la amortiguación de las rodillas se somete a una dura prueba. La mía derecha, bastante artrítica, acusó el esfuerzo más de lo que a un servidor le hubiese gustado.

Tuvimos un buen día de sol, vistas soberbias y buena compañía, ¿qué más se podía pedir  en esta primavera que se resiste a dejar los flecos del invierno?

domingo, 19 de mayo de 2013

Filosofeando.-


Anda estos días el jubilata haciendo filosofía de mesa camilla, forma de decir que está dándole vueltas al cupo de intelecto que le ha correspondido en suerte. Ya que tiene en su haber una no sobrada, pero sí suficiente, capacidad natural para la reflexión - que la naturaleza le otorgó gratuitamente - y mucho tiempo para dedicarle, lleva unos días leyendo textos que hablan de textos filosóficos. El improbable lector dirá: ¿Y a mí, qué? Pues eso – piensa el jubilata – como al poco probable lector le tiene sin cuidado, razón de más para dedicarse a sus filosofancias, con independencia de ser leído o no.  

Decir que actualmente no se hace gran Filosofía al estilo de los sistemas filosóficos clásicos (como los de Aristóteles, Kant, Hegel…) no es decir gran cosa. La tendencia en esta sociedad posmoderna y pos-cualquier-cosa es la de ocuparse de temas que tienen más que ver con asuntos culturales y éticos, como la sociedad líquida que ha perdido sus referentes éticos, o los problemas éticos que plantea el mercado globalizado, o los que plantea la investigación biológica, o la tecnología. La filosofía, aunque siga interesada en la comprensión total  del mundo y del ser, parece más dedicada a la parcelación por especializaciones. Vivimos en tiempos de especialización y cada campo es un cosmos en el que investigar, sin que nadie se atreva a integrarlos todos en un gran sistema que los abarque.

Aparte los límites que, según parece, se imponen hoy en día al pensamiento filosófico, dada la complejidad de nuestra sociedad, resulta que la filosofía se mueve en un campo ambivalente, a medio camino entre la ciencia y la literatura. Como la ciencia, se mueve por conceptos; pero, mientras que aquélla da explicaciones verificables por experimentación, la filosofía no puede hacer demostraciones empíricas. Solo puede convencer o seducir mediante el recurso a técnicas de lenguaje que se asemejan a la literatura. Ha de manejar sus conceptos de tal forma que capten la atención del lector para hacerlos comprensibles, de la misma forma que un novelista nos presenta un relato verosímil pero no demostrable por referencia a la realidad. Un penoso destino el del filósofo de hoy, obligado a transformar su proceso intelectual en un relato comprensible para el hombre actual, poco dado a reflexionar sobre conceptos conspicuos, quien necesita de una “historia” atractiva a su imaginación para no perderse en abstracciones de difícil desentrañamiento.

Lo dicho aquí arriba tiene que ver con que, según una reseña sobre la obra del filósofo alemán Odo Marquard (a quien el jubilata no tiene el gusto de conocer), la filosofía ha de adoptar un estilo ligero para hacerse representable. Según este autor, es tan breve la vida y tan escasa la capacidad de atención de los humanos en general, que la única vía de la filosofía para hacerse comprensible es la de la ligereza en su exposición. Esto es, expresar sus conceptos de forma que cada hijo de vecino sea capaz de comprender sus presupuestos. Lo que debe ser la hóstrica de difícil, eso de expresar un pensamiento complejo de una forma liviana para que los individuos, acostumbrados a vivir en una sociedad cambiante, gaseosa y con escasos fundamentos sólidos, sean capaces de leer y entender cosas de tanta seriedad.

El jubilata – como se ha dicho más arriba – al menos se pone a la tarea y lo intenta. Decepcionado por esa falta de adecuación entre el discurso de políticos, economistas, tertulianos verbosos, sesudos analistas de realidades fluctuantes, y la dura realidad social que vivimos como una losa, piensa que la filosofía, en su grado más elemental y adecuado a las entendederas de un profano, le proporciona asideros sólidos contra los envites de neolenguas, falacias interesadas, medias-verdades y todas esas tropelías que están cometiendo con el lenguaje para embrutecer nuestra capacidad de discernimiento.

De consolatione Philosophiae, lo llamaban los antiguos. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Cuando viajas en Metro.-


Este jubilata viaja mucho en metro. Es un transporte rápido, para los pensionistas sigue siendo barato (de momento) y te comunica con cualquier punto de la ciudad. Pero cada vez resulta más penoso. Y no por el hacinamiento en horas punta, por el olor a sobaquillo, o porque te sientas parte del rebaño. No. Es por los desheredados sociales con los que te tropiezas a cada paso, cada vez en mayor número y cada vez más próximos a las clases medias. Es por lo enormemente cruel que resulta ver la indiferencia con que les negamos su presencia entre nosotros.

Un servidor, como cualquier otro usuario (que no cliente), lleva ya mucho tiempo acostumbrado a soportar la bullanga de los músicos ambulantes que se sacan unas perras mientras lees en un rincón. Uno, claro está, sabe que en el vagón de metro no se va a tropezar con un Alfredo Kraus cantando romanzas, ni con un Rostropovich interpretando una suite de Bach al violonchelo. Sabe que el músico ambulante toca su instrumento con más o menos habilidad y que está allí por necesidad, aunque él preferiría actuar en una sala de concierto o en un grupo rok de moda. Así que el jubilata no se queja de ello. Cada cual sobrevive como puede, aparte que eso de echarle una moneda no es preceptivo. 

El viajero sabe también que hay mucha picaresca, individuos que hacen del pedigüeñismo ambulante una forma de vida y te cuentan milongas con una oratoria que para sí la quisieran esos Castelares de torpe verbo de las Cortes. A estos pedigüeños, aunque solo sea por su habilidad retórica, habría que socorrerlos como a especie autóctona, folclórica y de interés cultural.

Pero hay otros marginados, recién incorporados al elenco de los supervivientes en medio hostil. Son esas personas que un día no muy lejano tuvieron casa, trabajo, familia..., y la crisis social y económica ha convertido –de repente y sin darles una preparación adecuada –  en pobres de pedir, faltos de la mínima habilidad para este menester. Gente que, a lo mejor, hasta gozaba de una flamante hipoteca, de unas letras del coche, veraneaba en Benidorm, y ahora se ve desahuciada por la sociedad.

El problema, a ojos de este jubilata, no es tanto la pobreza económica que se ven obligados a soportar, sino el desprecio al que los sometemos. Desprecio que no se manifiesta en gestos de desdén o incomodidad cuando pasan por nuestro lado; es el desprecio de ignorarlos, de negarles su derecho a que los veamos como nuestros semejantes. El viajero está a lo suyo, enfrascado en su lectura, en su iPodid, MP3 (o como se llame); el pobre de reciente factura se pone a su lado, desgrana con torpeza mil disculpas por verse obligado a pedir, termina sus excusas balbucientes, espera una mano que le suelte una moneda mientras recorre el vagón, y nadie le ha visto pasar. Es la indiferencia en estado puro. Es algo tan cruel como vender la sanidad pública a un empresario amiguete, pero en la esfera de lo privado. Y, además, no nos sentimos culpables, como el político neoliberal cuando nos acogota para sacarnos de la crisis en la que sus amos nos metieron.

Excusará el improbable lector si este jubilata le asegura que se conmueve – con la edad se nos afloja la lágrima – cuando ve a aquel hombrecito de chaqueta raída y barba entrecana recitar un poema de Rosalía de Castro, primero en gallego, luego en castellano, con vocecilla casi inaudible. Como el hombre es menudito y de poco bulto, se le ve aprisionado entre las espaldas de los viajeros, contra las que choca su hilillo de voz: “Figueiriñas que prantei / prados, ríos, arboredas /pinares que move o vento…”.  Cuando termina, nadie se ha dado cuenta. Mira a su alrededor, ve la indiferencia en el gesto aburrido de los viajeros y, despacito, comienza a abrirse camino hacia el final del coche, echa una mirada apenada, y, cuando se abren las puertas, se va.

Este jubilata, para no castigar con su indiferencia a estos desheredados, ha decidido que les va a dar unas monedas. No porque el gesto resuelva la injusticia social, ni porque aspire a conseguir un sitial en el paraíso cuya llave tiene Rouco Varela. Piensa hacerlo para que el otro, el expulsado social, ejerza su derecho a ser reconocido como persona en el gesto de quien le pasa una mínima ayuda.

Por cierto, este poema de las Figueiriñas…, de Rosalía de Castro, es la canción del emigrante. Muy a propósito para quien, como el hombrecillo que la recita en el metro, se ve expulsado de su casa, de su trabajo, de su puesto en la sociedad, que eran su patria. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Una de percebes.-


Para un profano, un percebe es un molusco con aspecto de pedúnculo rematado por una uña, aferrado a una roca. Hervido con agua y sal, sin más aditamentos y puesto en el plato, resulta sabroso al paladar, sobre todo si se acompaña con un ribeiro blanco y bien frío. Eso en lo que respecta a la gastronomía.

Pero en lo que respecta a la política, el asunto percebe pierde toda su gracia y se convierte en una especie indigesta. El percebe político, lo mismo que el de mar, se agrupa en grandes colonias, solo que en el primer caso las llamamos partidos mayoritarios. Sus individuos se aferran a la roca del poder y aguantan todos los embates con el único objeto de sacar provecho de su situación y perdurar indefinidamente, aunque las tormentas sociales arrecien y la resaca del cabreo social sea un murmullo sordo que se va encrespando cada vez más.

También está el percebe conformista, el que no se atreve a moverse de su sitio por miedo a perder pequeñas ventajas que, de todas formas, le van arrebatando a pocos y con la amenaza de que, si se mueve y protesta, le sobrevendrán mayores males. Es esa masa social temerosa a la que los tiburones (financieros, banqueros, empresarios depredadores, políticos serviles) están diezmando a grandes bocados.

La idea del percebe, entendido como especie gregaria aferrada a su parcela de poder (caso del político), o a sus temores ante peores tiempos (caso de la masa social), no es mía. Yo sólo la aprovecho porque me viene al pelo. La idea, digo, es de mi amiga Rosa María Artal, quien ha publicado Salmones contra percebes. Cómo ganar la partida a quienes rechazan cambios políticos y sociales. 

En un juego irónico nos propone esta alegoría de salmones remontando la corriente en busca de aguas limpias, frente a percebes amarrados al pedrusco del poder o del temor al cambio. Dos formas en las que los individuos estamos viviendo la sociedad actual. O somos atrevidos y luchamos por el cambio a mejor de la sociedad, o somos temerosos y nos escudamos en la masa compacta como única defensa a nuestra fragilidad individual, y a ver cómo capeamos el temporal.

Este jubilata, cuya pensión no alcanza para muchas degustaciones, también había pensado algo sobre el paralelismo entre casta política y moluscos. Solo que él se había inclinado más por los lamelibranquios, esos bivalvos acéfalos, encerrados en su doble concha que les impide todo contacto con la realidad exterior. ¿Se imagina el improbable lector un percebe sensible ante las cuestiones sociales? Si es un acéfalo, ¿con qué va a pensar? Pues imagínese un político acéfalo lamelibranquio, perpetuado en las agarraderas del poder, mostrando alguna sensibilidad ante los desahucios o el paro.

No negaba don Miguel de Unamuno – puesto que no tenía experiencia en contrario – que quizás los cangrejos, en el interior de su caparazón, resolviesen raíces cuadradas. Nosotros, que no hilamos tan fino como él, tenemos el convencimiento de que estos bivalvos (“acéfalos”, no lo olvidemos) que llamamos políticos, bajo su doble caparazón, son incapaces de entender la desmoralización en que estamos sumidos los ciudadanos. 

Ellos se limitan a asomarse un poco entre sus conchas y asegurar, desde su acefalia congénita,  que la virgen del Rocío creará puestos de trabajo - como dijo esa devota de  las soluciones celestiales, la nunca fogueada en el mercado laboral ministra de Trabajo Báñez -, o que los números macroeconómicos abren una esperanza de recuperación económica, como anda diciendo el aprendiz de brujo Montoro. Eso cuando no nos ilumina con su presencia - a través de  la plasmatoria del televisor - don Rajoy pidiendo paciencia a seis millones de parados porque esto, tal como él lo está montando, en cuatro días queda resuelto el asuntillo y volvemos a ser un país de siesta y birra para todos.

Como el jubilata que esto escribe está convencido de que los galápagos no hacen trigonometría, los cangrejos no resuelven raíces cuadradas y los lamelibranquios (bivalvos encapsulados y sin cabeza)  de la política están embarullando las cuentas para que siempre nos salga a pagar, prefiere enfrascarse en la lectura de Salmones contra percebes. Así, al menos, la fábula de salmónidos y moluscos le aclarará un poco las ideas. Y, ya puestos, opte por nadar contra corriente como un salmón, aunque un poco reumático, que la edad no perdona, oiga.