domingo, 22 de septiembre de 2013

Un bloguero de antaño.-


El improbable lector sabrá perdonar el anacronismo y el despropósito de suponer que antaño, antes de la invención de Internet y las redes sociales – incluso antes de la invención de la electricidad –, existían blogueros interesados en hablar de lo divino y lo humano, como actualmente lo hacemos los miles de internautas que nos hemos montado un blog a la medida de nuestro ego.

Este jubilata lo dice porque se evidencia una cierta similitud entre ambos casos -como se dirá-, aunque bien es verdad que un poco traída por los pelos. Piense, sin embargo, el lector, por unos momentos, en el paralelismo que existe entre aquellos viejos arbitristas de los S. XVI y XVII en nuestras Españas de los Austria y los tertulianos actuales que, tras sesudos análisis de la actualidad más inmediata, imparten urbi et orbi (ya que vamos a hablar de latines…) soluciones clarividentes a las que nuestros gobernantes no llegan con toda su caterva de asesores.

Estos preclaros tertulianos, como aquellos arbitristas antañones, desmenuzan,  con bien trabadas razones, los males que nos aquejan y proponen soluciones que, de ser tomadas en cuenta por los gobernantes, convertirían a este país en el Reino de Jauja, donde se ataban los perros con longaniza. Pero ni los arbitristas arbitraron soluciones efectivas para los males del antiguo régimen, ni los tertulianos actuales dan con una solución que remedie la decadencia borbónica actual… Pero dejémoslo aquí, que con el cambio de agujas nos hemos ido por otra vía.

Si al improbable lector se le dijese que el autor latino Aulus Gellius es al actual bloguero lo que el Homo Antecesor al urbanita actual, a lo mejor se lo tomaba por mala parte y se rebotaba. Pero sea paciente, que los jubilatas le damos muchas vueltas a las cosas y encontramos concomitancias y parecidos donde otros, más apresurados, no ven más que un patinar de neuronas.

Fue Aulus Gellius un hombre culto de su tiempo (S II, en tiempos del emperador Adriano), que estudió en Roma retórica, gramática y filosofía. Para ampliar conocimientos hizo lo que actualmente podríamos llamar un Erasmus de tres años en Atenas, donde conoció a los más afamados maestros de la época. Quiso dejar constancia del cúmulo de lecturas, notas de curso e investigaciones en un conjunto de escritos que llamó Noctes Atticae (Las Noches Áticas) que forman 20 libros donde da noticias de todos los saberes que llegó a alcanzar. En el prefacio dice que “Commentationes hasce ludere ac facere exorsi sumus”  en la campiña Ática.

Pero no entienda el improbable lector que se trata de 20 libros llenos de materias abstrusas, sino comentarios de una relativa brevedad - escritas en latín entreverado de griego -, donde nos habla asuntos comunes de la época y de conversaciones que tenía con sus maestros y condiscípulos sobre materias de lo más variado. Sirva de ejemplo éste: nos cuenta la curiosidad de por qué las mujeres romanas no juraban por Hércules, ni los hombres por Cástor; sin embargo, unas y otros juraban por Pólux. O este otro, donde explica que en el conuiuium (el banquete) no era aconsejable que hubiese menos de tres ni más de nueve comensales, evitando así que la conversación decayese (por falta de interlocutores) o se convirtiese en un alboroto (por exceso de ellos), y que los temas a tratar fuesen de agradable conversación; ni muy serios, propios de los oradores en el Foro, ni necios, propios de gente sin cultura.

“¡Pues, vaya!” Dirá el improbable lector, “¿A quién coños puede importarle eso?” Pues sí que importa. Gracias a que don Aulo Gelio se pasaba sus noches atenienses escribiendo sus recuerdos y conversaciones con amigos y maestros, conocemos actualmente autores cuyas obras se han perdido con el transcurrir de los siglos. Digamos que esa especie de diario o memorias personales nos han transmitido conocimientos que de otra forma se habrían perdido y que enriquecen un poco más nuestro acervo cultural.

Imagínese el lector escéptico que el ínclito don Aulio hubiese conocido Internet. Hubiese pasado sus noches áticas no escribiendo con un cálamo sobre papiro, sino dándole a la tecla para colgar las entradas en su blog, hablando de todo aquello que conformaba su sociedad, su forma de entender el mundo, y dando opiniones de tanto o más valor que lo hacemos actualmente los blogueros.

 Y ya puestos a establecer concomitancias, un jubilata – con tiempo y ganas – puede llegar a ser bloguero y latinista, sin que exista contradicción entre ambos. Lo de darle a la bitácora semanal, en eso estamos desde hace cuatro años; en cuanto a los latines, lleva más tiempo, pero de eso andamos sobrados los jubilatas. Lo que importa es no quedarse sentado, viendo pasar el tiempo hasta que la Parca nos llame a filas. Que ya se dijo en antiguos latines: Quid iuuat deos inuocare dum hic quietus sedes? Qui ipse se iuuare non uult auxilium deorum non meret. (¿De qué sirve invocar a los dioses mientras estás ahí sentado? Quien no se ayuda a sí mismo no merece la ayuda de los dioses).

Por lo demás, un servidor aspira a una modesta latiniparla de forma que no se diga de él lo que – según cuenta don Julio Caro Baroja – dijo el papa Pío VI de un teólogo aragonés tras leer su tratado teológico deslavazado y farragoso: Quis est iste qui tanta et tam barbare loquitur? (¿Quién es éste que dice tantas y tales barbaridades?).

domingo, 15 de septiembre de 2013

11 de Septiembre.-

Hay fechas que se nos están haciendo míticas a fuerza de eventos cuyo denominador común no es otro que haber coincidido en un determinado día. Es lo que le está pasando a los Once de Septiembre, que parece que el mundo se pone patas arriba  y todo quisque habla de ellos como si fuesen el final del calendario maya o el comienzo de una nueva era. Un servidor ha tenido la curiosidad de ir a la Wikipedia a ver qué decía al respecto. Sorprende la cantidad de sucedidos a lo largo de la historia en tal fecha. Se podría hacer una tesis doctoral.

Pero este jubilata tiene pretensiones más modestas y solo hablará de los Once de Septiembre que ha vivido. Empezando por aquel aciago de 1973, cuando el heroico espadón Pinochet, bajo los auspicios de la CIA y con la bendición de la Casa Blanca, derrocó a Salvador Allende, y propició la experimentación de las teorías de los Chicago boys en las cobayas chilenas.

La cosa ya venía cantada desde el 6 de noviembre de 1970 – dos días después de que Salvador Allende ocupara la presidencia democráticamente – cuando Nixon, ante el Consejo Nacional de Seguridad USA, dijo: “No podemos consentir que la América latina piense que puede iniciar este camino sin sufrir las consecuencias”. Un desastre bien programado que permitió, según nos ha explicado Naomi Klein en La doctrina del Schock. El auge del capitalismo del desastre, instalar el sistema socio-económico  neoliberal del que disfrutamos con sus beneficios de democracia hueca, recortes sociales, paro, corrupción de alta calidad y paraísos fiscales. Nada que, por otra parte, no sepa el improbable lector, pero conviene recordarlo de vez en cuando.

Lo del 2001 y las Torres Gemelas fue de órdago. El belicoso pueblo usamericano, acostumbrado siempre a llevar la guerra fuera de sus fronteras, se encontró con que se la traían a casa y de sopetón. Nuevo schock que ha justificado la pérdida de la privacidad individual y ha constreñido la libertad de los ciudadanos en nombre de la seguridad, mientras fomenta nuestro temor enfermizo a terroristas alkaedianos y fanáticos de toda laya. Se ha escrito tanto sobre el particular que un servidor no tiene mucho que decir al respecto. Solo diré que, harto de que me aterrorizasen con el bombardeo continuo desde los medios de comunicación, acostumbraba a leer el blog francés Réseau Voltaire,  desde donde se propalaban todas las teorías conspiranoicas antiyanquis y ponía en evidencia episodios oscuros como lo del avión – o misil balístico, según ellos – que se empotró en el Pentágono y del que nadie dio explicaciones.

Y aquí, recién horneado, tenemos el 11-S de la Diada, esa fiesta de fervor patriótico-étnico-lingüístico. Según parece, las masas gozosas de allende el Ebro formaron una cadena humana (el pueblo soberano ama las "caenas") para reclamar independencia. Este jubilata, gustosamente se apuntaría a esa independencia a condición que nos independizásemos de la Troika comunitaria, el monoteísmo neolibreral de Milton Friedman, la voracidad empresarial y toda la parafernalia de recortes sociales, equilibro presupuestario según el Artº 135 de la prostituida Constitución Española, colas infinitas del paro, corrupción, evasiones fiscales consentidas y gobernantes ineptos y mendaces. El Etcétera es mucho más largo, pero aquí lo dejo.

Pero, por lo que este jubilata entiende, las masas cataláunicas a lo más que aspiran es a construirse la República Independiente de Ikea, con gobernantes calcaditos a los que quieren dejar aquende el Ebro. 

Es decir: un partido burgués conservador, sobre trincante, confesional católico y entusiasta de las medidas antisociales de uso común a entrambos lados de la frontera. Francamente, para ese viaje no hacían falta alforjas ni cadenas humanas. Ni por mucho que se les caiga la lágrima patriótica cantando Els Segadors. Himno que, por otra parte, como todos los patrióticos, tiene allá en el fondo de sus fervores como un rataplán tipo paso-de-la-oca que se parece como una gota de agua al Oriamendi, al Montañas Nevadas o al Lili Marleen que cantaba la rubia muchachada de la Wehrmacht hitleriana. Ya sé que el improbable lector me acusará de herir sensibilidades que están a flor de piel, pero le juro por todo lo jurable que a un servidor los chunda-chunda patrióticos le horripilan hasta la irracionalidad.

Por eso, si por aquello de la independencia empiezan a sonar tambores de guerra, hagan el favor de olvidarme. Porque uno, a lo más que llegó fue a cabo furriel en la mili y ya le han convocado a demasiadas cruzadas en lo que lleva vivido. Empezando desde niño, que éramos la reserva espiritual de Occidente en permanente cruzada contra el Satán soviético, que luego, ya ves, no era para tanto.

En cuanto a la actualidad, el improbable lector no tiene más que recordar la Cruzada contra el Eje del Mal del 2003, mediante la cual el Trío de las Azores (con el Chema Aznar flequillo al viento) nos incitaba a luchar contra Sadán, aquel moro infiel que terminó ahorcado de malos modos. Anteriormente, en 2002, el inefable ministro Trillo nos había organizado otra cruzada contra la morisma por el peñón de Perejil y no llegamos a las manos con el tradicionalmente "pueblo amigo marroquí" porque el gran hermano  yanqui tenía intereses estratégicos en la zona y a ver si nos dejamos de chiquilladas.

Eso por no hablar de la cruzada permanente contra la pérfida Albión a causa de esa protuberancia rocosa llamada Peñón de Gibraltar, que viene a ser la válvula de escape cada vez que al suelo patrio le aparece una erupción purulenta tipo Bárcenas, Iñaki emborbonado, cajas de ahorro en derribo u otros mil despropósitos que nos estallan a cada dos por tres, y que, dicho sea de paso, dan mucho juego.


Un servidor, para terminar, tiene el privilegio de contar con su personal 11-S. Es el día en que le han operado de cataratas. Fuerza es decir que, a la operación, el jubilata iba con mucha ilusión porque últimamente lo veía todo como asaz turbio. 

El oftalmólogo me dijo que con la lente implantada vería las cosas más claras, pero me temo que fue promesa de político en campaña. Por más esfuerzos que un servidor hace no logra ver el panorama con nitidez. No sé si achacarlo a la merdulencia generalizada que impregna la vida nacional, al oftalmólogo que no me implanto una lentilla de color rosa, o a mi única neurona activa, gripada por la edad y un uso inmoderado.

sábado, 7 de septiembre de 2013

31.-

Tras dos meses fuera de la capital mesetaria y preolímpica, lo primero que se encuentra uno en la Prensa es el alborozo del gobierno porque el paro ha bajado en 31 desempleados durante el mes de agosto. ¡Albricias, Mariano! Ya solo nos quedan por colocar cuatro millones seiscientos noventa y ocho mil setecientos ochenta y tres, según las últimas estadísticas.

Sin ser economista ni nada, si uno hace una sencilla división, le sale que, para dejar el contador de parados a 0, y al ritmo de 31 por mes, necesitaríamos un millón quinientos sesenta y seis mil doscientos sesenta y un meses; lo que equivale a decir que tardaríamos ciento treinta mil quinientos veintiún años y nueve meses; un embarazo muy, muy largo. Pero, como de aquí a cien años, todos calvos, el problema no deja de ser una minucia.

Si llego a saber que la cosa del empleo les  iba tan bien a la señora Báñez y su santa patrona, ni me molesto en volver de vacaciones. Porque este jubilata se ha pasado un par de meses desconectado de toda noticia política por aquello de recuperar un poco de optimismo para afrontar el nuevo curso. Quizás el improbable lector piense que es una actitud egoísta eso de aparcar las preocupaciones políticas durante tanto tiempo. Sin embargo, un servidor es de la opinión que la política debería ser una ocupación, no una preocupación constante. Pero hemos llegado a una situación en que aquélla – la política – es como las muelas, que uno se acuerda de ellas cuando duelen, y nos están doliendo todos los días. ¿Alguien aguantaría un dolor de muelas permanente sin ponerle remedio?

Pues un servidor se ha olvidado de las caries, el mal aliento político y las podredumbres durante un par de meses ¿Y qué? Regresa y se encuentra las cosas de la vida pública donde las dejó, como fosilizadas. El asunto Barcenario sigue donde estaba, aunque sin discos duros, el paro sigue a lo suyo y sin remedio en los próximos ciento treinta mil años. Don Rajoy sigue, inasequible al desaliento, la táctica que dicen seguía su paisano el Invicto, quien tenía en su despacho una mesa con dos cajones. En uno estaban los problemas que resolvería el tiempo; en el otro, los que el tiempo había resuelto. Con una pequeña diferencia, que aquél confiaba en el brazo incorrupto de Santa Teresa, y éste –por Báñez interpuesta – en la Virgen del Rocío. Ambos yerran porque, si la vida política es un dolor permanente de muelas, a quien deberían acudir es a Santa Apolonia, especialista en esos asuntos, según el santoral católico.

De todas formas, no se vaya a creer el improbable lector que he estado tan desconectado como presumo. Ya sabía de la última genialidad de la patronal patria, proponiendo reducir los sueldos a media jornada e incrementar las horas trabajadas sin contraprestación económica. La jugada resulta de antología: pago menos sueldos, aumento la producción a costa del trabajador, cotizo menos a la seguridad social, tengo más ganancias y, como resultado, evado más. Aparte lo de considerar privilegiados a los trabajadores que tienen contrato indefinido, que es para nota si  consiguen convencer al personal de que aquello a lo que aspiramos como derecho para todos sea un privilegio insoportable de algunos.

Creía que solo aquí, en esta cosa costrosa que deberíamos dejar de llamar España - siquiera por no deshonrarla -, la patronal era cavernaria y egoísta, pero hete aquí que  cuecen habas a calderadas en otros países de la próspera Europa. Como muestra, este botón, leído en Le Monde diplomatique de este mes. En 2005, el entonces presidente de la Federación de la Industria Alemana (BDI), Michael Rogowski, dijo (traducción de mi cosecha): La mano de obra tiene un coste, como la carne de cerdo. En el ciclo comercial los precios suben cuando el cerdo escasea. Cuando hay mucho cerdo, los precios bajan.

No es extraño que la patronal española diga lo que dice cuando sabe de buena tinta que en el mercado laboral hay 4.698.783 cerdos/trabajadores estabulados, esperando que algún patrono los compre aunque sea a precio de saldo. Así nos tienen el país, convertido en fábrica de chorizos.

jueves, 29 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, y V.- Fiestas patronales y cochambre.-




El improbable lector que haya seguido estas crónicas veraniegas me habrá oído hablar de la tranquilidad que se respira en este pueblo serrano, de los largos paseos por el monte y por los caminos aledaños, de la placidez y belleza que se respiran a las orillas del Lozoya y de otros pequeños placeres campestres, suficientes para colmar los deseos de sosiego, silencio y naturaleza de este jubilata en vacaciones. Pero desengáñese, no todo, durante este verano en el valle, iba a ser dar bucólicos paseos por robledales y dehesas viendo el apacible rumiar de las vacas u oyendo el murmullo de los arroyos en los pinares umbríos. En los pasados días de mediados de agosto hemos estado en plenas fiestas patronales, que es tanto como decir bullanga hasta las tantas de la madrugada en la plaza de la Villa, borracheras de tamaño natural, estallido de petardos con nocturnidad y alivios de vejiga alcohólica en los rincones más oscuros de nuestra calle.

Que a este jubilata le gusten el silencio y la soledad de los montes no significa que el pueblo soberano no tenga derecho a la fiesta. Faltaría más. Llegan las fiestas patronales, y Rascafría, hasta entonces plácido pueblo de vacaciones, se convierte en una máquina de ruidos fiesteros fuera de control. La plaza de la Villa, cada noche, es el lugar donde una orquesta, con mejor voluntad y empeño que destreza  musical, encabrita su megafonía a tope de decibelios desbocados, haciendo saltar en mil pedazos el sueño nocturno de los que estamos en edad de sopitas y a las once en la cama.

No sería eso tan malo, si al ruido no se unieran la juerga alcohólica – verdadero espíritu de la fiesta – y el incivismo en forma de basuras y orines por doquier. Aunque es algo que no debiera extrañar a este jubilata gruñón y malhumorado por la falta de descanso nocturno; no debiera extrañarle, digo, el indisoluble trinomio de alcohol, ruido y cochambre que vienen a ser la “Marca España” de toda fiesta celtibérica, y que es como la santísima trinidad de todo jolgorio que se precie en el solar patrio.

Hay, junto a una pasarela sobre el Artiñuelo, una estatua en broce, de tamaño natural, que representa a la Manola (“Puta”, le ha escrito en la espalda algún cabestro), una lavandera de este pueblo a la que dedicaron este homenaje, posiblemente porque era una mujer serrana trabajadora y popular entre los suyos. En opinión de este jubilata – opinión de poco peso – en la plaza de la Villa de Rascafría también debería levantarse un monumento a Julito, lo mismo que en la madrileña plaza de Jacinto Benavente hay otro dedicado a un barrendero de los de antaño. Julito es el barrendero municipal al que puede verse cada mañana con su traje de faena impoluto limpiando todas las basuras que el pueblo, en ejercicio de sus soberanas ganas de fiesta,  ha ido tirando al suelo a lo largo del día y la noche. No digo que, en estos días fiesteros, él solo se limpie las calles del pueblo, tarea imposible, pero sí que es representativo de los servicios de limpieza municipales y héroe silencioso y esforzado de la higiene pública, sin la cual este hermoso pueblo estaría más cerca de una gorrinera que de un poblamiento bípedos civilizados.


Y aunque al improbable lector, lo que digo a continuación, pueda parecerle de un naturalismo crudo, no lo dejaré en el tintero: nuestra calle, calle con pavimento de tierra, cada noche de fiesta, al amparo de la oscuridad, es el lugar al que podría llamarse, por puro recochineo, un ninfeo; pero no un ninfeo de aguas cantarinas al estilo de las fuentes romanas, sino de ninfas meonas y flojas de esfínter; porque aquí, en la tapia de nuestra casa, detrás de nuestro coche, vienen las mozas a aliviar su vejiga y dejarnos el presente del clínex húmedo y los humores acuosos de las partes del bajo vientre, cuando no los tampones higiénicos pringosos de...  Los mozos, por el contrario, parecen sentir debilidad por la tapia trasera del frontón, que les sirve de aliviadero de los repentes urinarios. También desde casa tenemos hermosas vistas sobre ese evacuatorio de las urgencias mingitorias del recio mocerío.

Algunas fotos testimoniales de tanta cochambre las tengo, pero ésta no es una bitácora escatológica y le ahorro al lector el desagrado de su visión. Con don Quijote diríamos aquello de Sancho hermano, huele  y no a ámbar. Aquí, en nuestra calle  Ibáñez Marín, para no insistir más, durante las fiestas huele a meo de alta graduación alcohólica.

Y eso por no hablar del pobre Artiñuelo, nuestro arroyo serrano cuyo cauce, tras los días de fiestas, se ha convertido en un basurero espontáneo. Ya se sabe de otras veces, el arroyo es la primera víctima del incivismo carpetónico. A él han ido a parar envases de chuches, de refrescos y cerveza, vasos de plástico, un palet de una obra, un banco desvencijado, un somier, restos de globos de los niños, un cepellón con las plantas arrancada al jardincillo, cartones, papeles…Y eso que, como ha escrito la alcaldesa en el programa de fiestas: Nuestras fiestas patronales 2013 se estrenan con el reconocimiento de Rascafría como el corazón del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, núcleo de la mayor riqueza medioambiental… Pues, por lo que se ve, al pobre Artiñuelo de poco le ha servido. Si se llega a colar una errata que dijera  merdoambiental, lo clava.

Sería injusto si únicamente hablase de incivismo. También estas fiestas son motivo para manifestaciones folclóricas y actos culturales. Existe aquí un grupo folclórico llamado La Trocha, compuesto por una rondalla y bailarines, que montan exhibiciones de bailes regionales y se acompañan con canciones populares. El día de fiesta grande bailaron ante la imagen de la virgen agosteña, que procesionan por las calles el pueblo, y danzaron un complicado paso de baile entrelazando las cintas de colores en torno a una vara tenida en alto. Este año, además,  han confeccionado trajes regionales en papel y nos han hecho una muestra de danzas charras salmantinas, jotas y seguidillas. Es curioso, porque prácticamente todas sus componentes son mujeres, quienes mantienen viva la tradición de las manifestaciones festivas de antaño.

En el salón de actos del Ayuntamiento ha podido verse una exposición de pintura organizada por la asociación cultural Luis Feito, de Oteruelo, donde se exhiben cuadros de tipo paisajístico, retratos y alguna abstracción figurativa. El valle del Lozoya siempre ha sido un acicate para la pintura paisajística de caballete, pero los plenaeristas no parecen abundar mucho por estos parajes. Debe ser que la fotografía digital ha convertido esta actividad artística en una antigualla.

El otro día, en la iglesia parroquial, el cuarteto vocal Ercolani  nos alegró el oído con un recital de madrigales amorosos del S.XVI. Un servidor, oídas las finezas de amor que los madrigalistas dedicaban a sus amadas, no conseguía hacerse a la idea de imaginar a Claudio Monteverdi cantándole Ch´ami la vita mia a una de esas mozas perfumadas en kalimocho que vienen a desaguarse, en cuclillas y con nocturnidad, junto a la tapia de casa. Ni, a esos efluvios de vejiga, yo me atrevería a llamarlos, según canta Giovanni Pierluigi da Palestrina, Chiare fresche e dolci acque.


En fin, en palabras de Pierre Certon, madrigalista francés: Je ne l´ose dire. No, yo tampoco me atrevería a jurarlo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Jubilata en vacaciones, IV.- El Artiñuelo, un arroyo guay.-

Olmo cerca del collado de la Flecha.
Un servidor tiene debilidad por el Artiñuelo, eso que ni siquiera llega a río discretito y que en plena agostada se convierte en un hilo de agua cuando su cauce atraviesa el pueblo. En estos momentos, cuando escribo esta croniquilla vacacional, su murmullo entra por el balcón abierto y produce un sonido refrescante y apaciguador. Sé que en la capital mesetaria andan cerca de los 40 grados; aquí, al pie de casa, el Artiñuelo no solo nos regala su música acuática, también produce una corriente de aire fresco y húmedo y, si levanto la vista de la pantalla y miro hacia él, veo el trazo verde de la arboleda que crece en sus orillas, las ramas altas que se mecen con sosiego y hasta puedo imaginar las pequeñas truchas que nadan en sus pozas. 

Si a eso se añaden las campanadas que el reloj del ayuntamiento va desgranando con parsimonia, es como si hubiese regresado a aquellos años de infancia que pasé por estos lugares. Solo que ahora sí soy consciente de estos pequeños regalos que hace la naturaleza a quien  quiere apreciarlos. Entonces, niño, el paisaje era donde uno vivía, el medio donde se estaba sin cuestionar su valor estético, tan natural como el aire que se respira; ahora, adulto y jubilata, el paisaje lleva una gran carga de apreciación estética y subjetiva; uno ya no vive espontáneamente inmerso en él, sino que lo aprecia como un equilibrio que la naturaleza hace para mantenerse en su puridad frente a las agresiones de la especie humana que allí donde ve un lugar bello, ve una urbanización parcelable con la que especular económicamente.

Definitivamente, le he cogido cariño a este arroyo de montaña que se domestica en el trazo que cruza el pueblo. Domesticado y todo, este tramo tiene una belleza singular. Además de la vegetación de rivera que le es propia, como las salicáceas, fresnos y matorral, tiene unos chopos añosos, de piel arrugada por los años, servales de cazador, tilos, negrillos y algún madroño… Su cauce, a su paso por Rascafría, es un pequeño vergel.
A su paso por Rascafría

Visto su trazo en el mapa, desde su nacimiento al pie del Collado de la Flecha hasta su desembocadura en el río Lozoya, cerca del lugar que llaman Las Suertes, tiene una longitud de unos seis o siete kilómetros con un desnivel que va desde los 1.900 a los 1.100 metros (en términos aproximados). Tiene como tributario, en torno a los 1.600 m de altitud, al arroyo de la Cancha Redonda, el cual, en su cruce con la pista, luce los tejos más hermosos de estos contornos.
Una de las fuentes del arroyo

El otro día decidí que iba a subir hasta su nacedero, tarea ardua por lo abrupto del lugar y el matorral que es casi intransitable. Mi proyecto era modesto para un montañero, ya que pretendía atacar solamente el trazado superior, el que va desde la pista (a unos 1.600 m de altitud) hasta el pie del collado donde tuviese la fuente más alta.  Para ello tomé el camino que sube hacia el Reventón, que nace a la altura del polideportivo, hasta llegar al Carro del Diablo, donde tomé la pista hacia la derecha. Por cierto que este Carro del Diablo (una piedra caballera característica) a mí siempre me ha parecido una tortuga que soporta sobre su lomo un bolo achatado, como una esfera terrestre irregular. Por alguna razón que ignoro, me recuerda a la cosmogonía de alguna vieja cultura, en la que se representa al universo soportado por una tortuga primigenia.
El Carro del Diablo

Seguí la pista unos dos kilómetros hasta que ésta se cruza con el Artiñuelo. De allí, a huevo, tó p´arriba, por donde pude, entre cambrones, enebros rastreros y zarzas. En estos casos, seguir las huellas que abre el ganado es muy útil. Tienen la costumbre estos animales de abrir entre el matorral pequeños senderos discontinuos para sus desplazamientos en busca de pastos y para llegar a los arroyos a hacer la aguada. No son una autopista, pero ayudan a sortear la maleza y avanzar unos pasos.

Según las enseñanzas montañeras, uno debe alejarse del cauce de los arroyos, siempre enmarañados y muchas veces encajados entre rocas, y subir la loma, por lo general mucho más despejada. Así lo hice, con el arroyo a la vista, hasta llegar a los prados de altura, alomados y cubiertos de hierba jugosa. Lo demás era cuestión de zapatilla y resoplido cuesta arriba.
El Artiñuelo,visto desde la pista hacia abajo

Según se gana altura, el cauce principal se va estrechando y ya solo corre un hilillo de agua. Este arroyo, como cualquier río adulto, dispone de una cuenca acuífera surcada por una retícula de pequeños manaderos encharcados y arroyitos que van aportando caudal, de forma que la fuente más alta hay que considerarla la original. A lo mejor no es la que aporta más caudal, pero como convención resulta útil. Pero a la cumbre no llegué. El pepito grillo de la prudencia me hizo recordar que ando en edad provecta y artrítico de remos, y por aquellos andurriales no había más animal humano que un servidor, así que me eché monte abajo, hasta la pista.

Pista adelante, llegué hasta el cruce con la que sube a las Calderuelas y me entretuve un rato charlando con el bombero forestal que tiene allí una caseta de vigilancia (Collado Vihuelas es la denominación que dan a este punto de observación). Me dijo que era geógrafo de profesión y estaba con contratos de cuatro meses; o sea, este país dilapidando capital humano, del que andamos sobrados.
Puente  a la entrada del pueblo.

Bajé al pueblo a todo correr, aunque me paré un momento a saludar al roble centenario que hay al borde del camino. Como un servidor conoce estos andurriales, acorté pista –siempre un poco aburrida – atrochando, para entrar por el barrio de las Matillas, por el camino junto al Artiñuelo que pasa cerca de las ruinas del molino del Cubo. Por cierto que hay en un prado cercano un mostajo esplendoroso, que está catalogado como árbol singular.


No sé qué opinará el improbable lector, pero a este jubilata el Artiñuelo le parece un arroyo serrano de lo más guay. Es bravío en el monte, umbrío y agreste desde la vieja presa colmatada por los materiales de arrastre, doméstico y risueño mientras cruza el pueblo, y manso hasta su desembocadura en el Lozoya. Y eso es así, de su natural, sin asesor de imagen.

martes, 30 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, III ¿Cuánta carne devora la carretera?


Antes de que el improbable lector se pregunte qué diablos es eso de la carretera devorando carne, haga el favor de tener un poco de paciencia y siga leyendo. Este jubilata habla de oídas, pero no a humo de pajas.

El pasado día 13 de julio, los agentes forestales del parque natural dieron una charla-coloquio en el salón de actos del ayuntamiento de Rascafría (fuimos cuatro gatos, también hay de decirlo). Su título, si no recuerdo mal, era Fauna atropellada en el Valles del Lozoya. Y quién mejor que la guardería forestal para saber cuántas víctimas (animales no humanos, se entiende) se toma la carretera en estos parajes de la Cuenca del río Lozoya y Sierra Norte.

Empezaron con ese empeño en los años noventa del siglo pasado, hasta que, bajo la dirección de expertos, iniciaron un estudio sistemático de campo. Este estudio se desarrolló entre 2009 y 2011, basándose en los restos de vertebrados que aparecían sobre el asfalto de las dos carreteras que atraviesan el Valle, la M-611 (de Rascafría a la Morcuera) y la M-604 (con arranque en la autovía de Burgos y hasta el Puerto de Navacerrada).

Para este muestreo tomaron varios tramos significativos de carretera entre las cotas 1100 y 1400 m. de altitud e hicieron recorridos a pie cada nueve días, anotando las especies atropelladas, así como el número de individuos. Un poco como la DGT cuando nos dice los accidentes ocurridos cada fin de semana, pero en plan fauna periclitada bajo las ruedas de los coches.

Ya le digo al improbable lector que lo que aquí se dice puede contener errores. Tomar notas mientras un biólogo te habla de especies animales y da cifras es un poco complicado, y uno no está seguro de haber anotado con precisión. Algo se le escapa siempre al escuchante, que ya perdió esa habilidad de cuando tomaba apuntes en sus tiempos de universitario. Por si acaso, dejo aquí el enlace de su publicación en la revista Munibe, (espero que funcione).

Pero los datos, si no completos, dan una idea sorprendente de la cantidad de fauna que muere en las carreteras. Para que el improbable lector se haga una idea de que conducir por una carretera de montaña no es un entretenimiento inocente, ahí van los siguientes datos:

En los tres años del estudio se hicieron 934 recorridos a pie, en los que se invirtieron 550 horas. Puestos los resultados en solfa estadística, la cosa quedó así: Hubo 632 atropellos. De ellos: 123 anfibios; reptiles, 160; aves, 191; mamíferos, 80; no identificados, 67. Estos últimos – un poco el no sabe/ no contesta, de las encuestas – son bichejos tan destrozados por las ruedas de los coches que solo se apreció un manchón sanguinolento, o un puñado de plumas imposibles de asociar a una especie determinada de aves.

De los anfibios, los individuos atropellados pertenecían a pocas especies, la mayoría, sapos; de las aves, contabilizaron hasta 25 especies. Algo se dijo del ganado suelto por la carretera, pero no recuerdo si produjeron accidentes y cuántos animales sufrieron daños; de cualquier forma, no era significativo. Se ve que los caballos y las vacas miran a ambos lados antes de cruzar, o son tan grandes que el conductor los ve desde lejos y le da tiempo a frenar. Aparte que llevan un chip identificativo y si los cogen por ahí sueltos le crujen al amo, por irresponsable.

Hechos los cálculos en kilos de carne devorados por la carretera, salían 864 al año. Esto es, la carretera se comporta como un superpredador. Es el mayor enemigo de las especies autóctonas de estos bosques. 

Para establecer una comparación con los accidentes automovilísticos, según datos de la Guardia Civil para el periodo 2007/2011,  hubo 19 accidentes y una víctima no mortal en estas mismas carreteras. Y eso que los fines de semana hay más domingueros al volante por estos confines que infusorios en una charca.

Algo más dijeron a modo de queja, que quiero dejar dicho aquí. Y es esa irresponsabilidad burocrática de la Comunidad Autónoma de Madrid, que a veces ha rociado de herbicidas las cunetas, con  el daño de envenenamiento para tanto reptil y otra fauna menuda que por allí pulula. O, como aquella vez, que se dio una alarma leve de procesionaria por estos pinares y no tuvieron mayor ocurrencia que fumigar desde una avioneta la zona afectada.

Es como si nuestra sociedad, dada la alarma de corrupción política, y, para remediarlo, mandase fumigar con Zotal el interior de la sede nacional del Finiquito Diferido y Simulado. No es para dicho cómo quedarían los caros trajes de  los conspicuos personajes que allí manipulan los destinos patrios; y ellos, qué peste a desinfectante ¿No? Claro que,lo del último párrafo está un poco traído por los pelos, ya que hablábamos de fauna atropellada, no de depredadores.

Aunque – seamos optimistas, que es consigna de estos tiempos – habría una ventaja con lo del Zotal y los del finiquito: el dinero sucio quedaría blanqueado como por arte de birlibirloque.

viernes, 19 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, II.- Monodias y recuerdos camineros.-


Decía en la entrada anterior que nuestros días veraniegos se pasan en caminatas y poco más, lo que no es cierto del todo. También aquí en el valle hay ofertas culturales – pocas, pero las hay – que aprovechamos cuando se presentan. Restaurantes, bares, piscina municipal, senderismo, paseos a caballo, pesca de la trucha, paisajes, es la clásica oferta de ocio que ofrece Rascafría en verano; pero pasan desapercibidas a ojos del veraneante de manual algunas actividades que muestran un intento por subir unos peldaños la calidad de estas ofertas. Y no me refiero a mejorar la gastronomía o la calidad de las cervezas, sino a alimentar la curiosidad cultural de quienes pasamos las semanas de verano aquí.

El improbable lector, si es que vive en Madrid, ya sabrá de la proximidad de la antigua cartuja de El Paular (a 2 kilómetros escasos de Rascafría), desde los años cincuenta monasterio benedictino en las zonas de clausura,  y con un hotel de lujo ocupando parte de las antiguas dependencias monásticas. En su claustro se instalaron hace ya años las pinturas, dispersas durante décadas, de Vicente Carducho con el ciclo fundacional de la Orden Cartuja. Algún día, si viene al caso, volveremos a hablar de ellas, pero hoy no. Lo que este jubilata quiere contar al improbable, pero fiel lector (una afirmación un tanto contradictoria), es que asistimos el pasado 6 de este mes a un concierto de música antigua.

La iglesia del monasterio, con una acústica excelente, fue el lugar donde el grupo de voces masculinas Salve Mater “Pro Musica Antiqua” cantó un repertorio de cánticos medievales en santuarios hispanos de peregrinación. Se trataba de monodias y primitivas polifonías asociadas a lugares de peregrinación o a antiguos monasterios: Santa María de Ripoll, Santo Domingo de Silos, Ntrª Señora del Manzano de Castrogeriz, el santuario de Villalcázar de Sirga… y, cómo no, Santiago de Compostela.

Para quien ha experimentado esa afición jacobípeta que a uno le empuja a calzarse las botas y recorrer los viejos caminos de peregrinación, escuchar el Salve, festa dies o el Dum Pater familias contenidos en el Códice Calixtino es como rememorar esa llamada que sintieron los antiguos peregrinos y que hoy – más laicos o directamente descreídos – sentimos los actuales caminantes que un día, sin saber bien lo que esperábamos de esta experiencia, nos lanzamos a  recorrer tierras que tienen otro sabor cuando se hace a golpe de calcetín, cargados con mochila, solazo sobre la cabeza y ampollas en los pies.

A este jubilata, que tiene sus ribetes de esteta y espiritualidad difusa, le emocionó especialmente oír el Sancta Maria Stela do dia…, esa cantiga que compuso Alfonso X el Sabio dedicada a la Virgen de Villalcázar de Sirga. De Villalcázar, un servidor tiene recuerdos aún muy vivos. El primero, quizás por los años ochenta del siglo pasado, fue alcanzar a ver los tejados y las torres del santuario antes de descubrir la población. 

Entonces el caminante transitaba por una carreterilla que ofrecía paisajes castellanos infinitos, resecos y polvorientos. Como el pueblo estaba en una hondonada, uno no llegaba a verlo, tras horas de caminata, hasta que empezaba a divisar las torres de la colegiata y los tejados del caserío; luego, el pueblo, con su color terroso de teja árabe, de adobe y tapial,  iba tomando forma, presidido siempre por la mole del templo. El segundo recuerdo fue la bronca que tuvimos la santa y yo con el cura del lugar cuando, algunos años después, llegamos matados al refugio y él nos trató de mochileros y de gente descreída y abusona porque aprovechábamos la hospitalidad de la Iglesia y ni siquiera íbamos a visitar a la Virgen de Sirga.

Cosas del clero, que no entiende más que de dogmas, ritos y liturgias e ignora la emoción del peregrino descreído, pero sensible a tanta belleza como despiertan las viejas monodias medievales. Porque – y ya acabo por hoy – quien esto escribe ha recorrido esos caminos como peregrino escéptico, cantando, a grito pelado por los páramos de la vía francígena, a Santa María la Real de Villalcázar,  según le cantaba el Rey Sabio:

Sancta María, Stella do día
mostra-nos vía
 pera Deus e nos guía.
Ca ver  faze-los errados
que perder foran per pecados
entender de que mui  culpados
 son; mais por ti son perdoādos
da ousadia  
que lles facia
fazer folia
mais que non deveria …


¡Qué sabrán los curas de misa y olla!

lunes, 15 de julio de 2013

Jubilata en vacaciones, I.- Domicilio provisional.-


A veces este jubilata se siente un privilegiado. Decía don Francisco Silvela: Madrid, con dinero, en agosto y sin la familia, Baden-Baden. Se ve que ilustre prócer no vivía en un barrio popular, torrado por un sol inmisericorde y con el asfalto en ebullición. De ser así, su opinión hubiera sido otra, incluso sin parienta y con libertad para echar unas canas al aire.

Huyendo del calor mesetario, de la contaminación permanente, de los ruidos que se cuelan por las ventanas abiertas, hacemos la mudanza provisional a la Sierra y nos instalamos en Rascafría, muy cerca del arroyo Artiñuelo, detrás del ayuntamiento. Es como estar en medio del pueblo y en las afueras. El Artiñuelo nos hace de barrera geográfica: a un lado, la plaza de la Villa con sus tiendas, terrazas y bullicio, al otro, nosotros. El puente de la Manola (pasarela, más bien) comunica los dos ambientes. Bastan unos pasos para pasar de la soledad y el rumor del arroyo al ajetreo de un pueblo de sierra que se va llenando de veraneantes.

La vida aquí se organiza en pequeñas rutinas, como de personas habituadas a un transcurrir sin grandes alteraciones. Para ser claros, como jubilados en vacaciones. Los galenos se lo han advertido al jubilado: pasee usted, haga vida al aire libre, es la mejor medicina. Y el jubilado, que prefiere calzarse las deportivas antes que tomar mejunjes de farmacia, pasea. Pasea por la mañana con la santa y pasea por la tarde. Mano a mano, o mano de la mano, toman el camino que lleva al Paular y el puente del Perdón. Temprano, a eso de las ocho ya están dándole a la zapatilla. Antes de salir, un vaso de agua, y, para el camino, una pieza de fruta.

El jubilado es gente madrugadora y de hábitos higiénicos. Se desayuna con la fresca de la mañana, el rocío de los prados, la humedad de la arboleda, el rumor del río y el canto de los pajaritos. El café y la bollería quedan para el regreso, una hora después. Y por la tarde, ya tarde, cuando el sol ya no castiga tanto, nuevo paseo. Esta vez hasta el centro de interpretación de la naturaleza, junto al puente del Perdón. Allí, un rato a la sobra de los abedules, sentados sobre el banco fresco de piedra, y viendo a las modorras en el cercado de enfrente.

Las modorras, en nuestro lenguaje coloquial, son las ovejas. Un animal gregario y bastante corto de entendederas. Aquí, frente al centro de interpretación, hay una buena docena, de raza negra, que pasan el día con el hocico pegado al suelo, paciendo la hierba. Están a pleno sol, nadie se acordó de esquilarles los vellones que les cuelgan como si estuviesen embuchadas en un abrigo peludo, y cuando pastan lo hacen formando un revoltijo apelotonado y juntando todas las cabezas. Verlas amontonadas en el mismo espacio, habiendo tanto prado donde comer, con el sol de la tarde cayendo a plomo sobre sus lomos lanudos, nos da mucha risa. Con tantas risas, se nos olvida que también los humanos somos gregarios y nos gusta despersonalizarnos en el anonimato de las grandes multitudes, como diluyendo nuestros temores personales en la masa amorfa. Y si no se me cree, no hay más que acercarse a las Presillas y ver la muchedumbre de bañistas desparramados por las praderas. 

Sin embargo, nuestro paseo es por parajes donde camina poca gente. El camino de la finca de los Batanes trascurre entre grandes chopos, abedules, coníferas. La pelusa que han ido soltando los chopos estas últimas semanas ha dejado el pavimento como con manchas de nieve. El lago artificial que hay a un lado – se llega a él por un caminito entre coníferas – también tiene su superficie cubierta de la pelusa de los chopos, con grandes manchones blancos, que le dan un aire raro, como de espejo  de agua sucio a grandes ronchas. Pero sigue siendo un lugar con mucho romanticismo. Uno puede sentarse ante el embarcadero y dejar que los ojos paseen sobre el agua, y entorno al lago, por las matas de carrizos y la vegetación boscosa que lo circunda.

Camino adelante, la chopera da paso a matas de avellanos que hacen de este tramo un lugar umbrío y siempre fresco. Al final de la finca, las ruinas del antiguo colegio de San Benito, donde la Sección Femenina inculcaba en las educandas el santo temor de dios, la sumisión al esposo y a las convenciones, y las normas al uso del saber estar en el estamento social que les correspondía por herencia familiar o matrimonio. De aquel programa de educación doméstica ya solo quedan las tapias y algunas abuelas sesentonas. Si éstas aprovecharon aquellas enseñanzas, hoy estarán bien instaladas en familias burguesas.

El regreso al pueblo, por un ancho camino que bordea el río Lozoya, de charla apacible, mientras las moscas nos acosan con su insistencia de insectos glotones. Gozamos - como acostumbraba a decir el primo Paco el de León – de las incomodidades del campo.


Pero no se haya a creer que sólo de plácidos paseos se rellena el tiempo de vacaciones. El jubilata tiene otras aficiones, pero hablar de ellas quedará para otra ocasión, si el improbable lector tiene la paciencia de leerle. 

lunes, 1 de julio de 2013

Visita al Sofidou.-


Cuando se inauguró el Museo Reina Sofía en 1992, los que andábamos de progres empezamos a llamarlo el “Sofidou”. Un híbrido de Sofía y Pompidou, porque nos parecía que este museo nuestro había nacido a imitación del Georges Pompidou de Paris. Una apreciación injusta pero muy nuestra, esa de ensalzar lo ajeno desprestigiando lo propio. Lo cierto es que el Reina, cuando lo visito de tarde en tarde, siempre me produce alguna alegría cultural y estética, si el improbable lector permite ese prurito cultureta a este jubilata.

Eso de ver la exposición dedicada a Salvador Dalí resultaba un agobio de visitantes que uno no está dispuesto a soportar ni por el mejor artista del mundo. El disfrute de la obra de arte es un goce personal, intransferible y silencioso, alejado de las muchedumbres curiosas y de las manadas turísticas. Un placer en solitario, una especie de onanismo estético, si se permite tan mala comparación; o, si se prefiere, un bis a bis con la obra contemplada. Los testigos sobran.

Total, pasando mucho de Dalí, terminé viendo De la revuelta a la posmodernidad. Es ese tipo de muestras en que el esteticismo tradicional se va al carajo; se rompen los esquemas de esa mirada conformista del espectador ante la obra consagrada, y entra en juego no sólo una mirada inquisitiva, sino la curiosidad, el afán por entender qué coños significan esas imágenes, esos recortes de prensa, esas fotos o esos montaje audiovisuales que a uno le suenan a camelo, a pseudo-arte. Es que el sentido estético  pequeño burgués, del que todos estamos preñados, no sirve y tenemos que habilitar otros nuevos paradigmas para comprender lo que tenemos ante los ojos. Porque es lo que tienen eso que llamamos vanguardias (en el sentido más amplio): no están solo para ser vistas, sino para ser comprendidas, tomando como referencia el medio sociocultural en que fueron creadas.

Una sorpresa encontrarse con escenas de La batalla de Argel, 1967, de Gillo Pontecorvo, referida a la crudelísima guerra de independencia de Argel en la que la potencia colonizadora cometió todo tipo de tropelías. Esa vergüenza histórica que arrastran los franceses desde entonces y que aún les duele como una infamia colectiva. Cada pueblo tiene las suyas, así que nada que reprocharles.

Una curiosidad esas fotografías de estructuras tubulares en lo que me ha parecido el Paseo del Prado, tan sólidas y efímeras. Inmediatamente me han hecho recordar el “homenaje tubular” de aquel personaje de Torrente Ballester en La saga-fuga de J.B. Personaje que empezó a ensamblar tubos en el sótano de su casa y terminó desbordándola toda ella, hasta convertir el armazón en una enorme maraña geométrica que parecía fuese a deglutirla, como a una mosca atrapada en una tela de araña.

En un rincón, del Equipo Crónica, un “espectador de espectadores”, un muñeco de papel maché policromado, sentado, a tamaño natural, que parece observar a los visitantes, pero sabemos que mira sin ver, como nosotros miramos la realidad muchas veces; no nos enteramos de lo que estamos viendo y viviendo, aunque parezca que sí. Somos un espectador con la mirada vacía ante un mundo farragoso y difícilmente comprensible.

Y la mirada que la mujer tiene sobre sí misma tras la revolución feminista rompe con la visión patriarcal y falocrática del mundo. Esta visión patriarcal ha negado sistemáticamente la capacidad de la mujer de representarse a sí misma, controlando sus decisiones (autonomía política, jurídica, económica…). Incluso la historia del arte es sometida a crítica, ya que siempre  consideró a la mujer como objeto de representación estética. En la muestra, un grupo de fotografías representa varias poses de una mujer desnuda: enorme matorral en el pubis, pechos tan caídos como naturales, rostro uno entre miles, pero ella misma: sin depilación, sin tetas siliconadas, sin afeites en la cara. Como se vería cada cual desnudo ante el espejo, corriente, pero único. Una especie de antiesteticismo que denuncia el engaño del cuerpo femenino tomado como objeto de deseo y uso.

Del arte povera italiano, que también se muestra en la exposición, este jubilata recuerda de cuando era joven – uno siempre se recuerda como joven, fueran 20 o 40 los años que tuviera entonces – haber visto, en el Palacio de Cristal del Retiro, una exposición dedicada a Michelangelo Pistoletto, especialmente, La Venus de los trapos. Tuvo su origen el arte povera en los años 60, cuando Italia pasaba de la miseria de posguerra a la industrialización. Es un rechazo a la tecnificación deshumanizadora y a la pérdida de valores tradicionales mediante el empleo de materiales de uso corriente: telas, hojas, madera, papel… y todos aquellos objetos relacionados con una forma de vida natural. Es la estética de lo obsoleto que se fija en lo perecedero y en la fragilidad de los objetos. Es la creatividad a partir de los medios más modestos y anodinos.

En esta amalgama de corrientes, digamos artísticas en cuanto reflejan una visión más lúcida del mundo, dos visiones de la posmodernidad: La atrofia de los sentidos corporales (olfato, gusto, tacto) a favor de la hipertrofia de lo audiovisual, con preeminencia del gran icono comunicador que es la televisión. Y en una sala, con el nombre de Textos autocensurados, un gran, enorme, panel de papel xerografiado (creo) y arrugado como formando una ola que se desmorona. Atornillados a la pared, a modos de cuadernillos, bloques de papel tamaño folio que el espectador puede ir arrancando, doblando, rompiendo, arrugando, y echar en un recipiente de metacrilato. Una contribución a la creatividad artística (no sé si eso es una performance) a la que este jubilata, a punto ya de terminar la visita, se unió con entusiasmo. 

Allí, un grupo de escolares adolescentes franceses, con mucha aplicación, plegaban hojas en pliegues geométricos o las desgarraban con mucho miramiento. Un servidor arrancó una hoja de la pared, la arrugó, comprobó que la arruga era bella dentro de su informidad, y la echo a la papelera. Satisfecho de su capacidad creativa efímera y un poco absurda, se fue.