miércoles, 22 de junio de 2011

Compro oro.-











"Como ave precursora de primavera, en Madrid aparece la violetera, que pregonando, parece golondrina que va piando..." No sé si el improbable lector conocerá esa canción tan madriles. Tampoco sé si, en su ciudad, con eso de la crisis económica, las aceras se han cubierto no de golondrinas volanderas anunciando una primareva de abundancia y birra para todos, sino de un crudo invierno de recesión, con bandadas de gurriatos en paro a los que la necesidad empuja a enfundarse los cartelones de hombre-anuncio y repartir papeletas de un amarillo purpurina (penoso remedo del noble metal) con la consigna "Compro oro".
No estoy muy seguro de si el batacazo de la economía financiera fue precursor, o sus barruntos fueron el previo origen de la proliferación de esta bandada de pardales que pía su falta de trabajo digno por las calles de nuestra ciudad. Lo cierto es que hay una relación de causa a efecto: cuanto mayor la iniestabilidad laboral, cuanto mayor dificultad para encontrar trabajo, mayor el número de humiles pájaros desempleandos dándole al pío-pío de "compro oro, ofrezco la mejor tasación".


Uno, que vive en esta babel capitalina, casi acaba por acostumbrarse a todo y a todos: a los jóvenes que se plantan en la Puerta del Sol y deciden reinventar una democracia, sin burocracias partidistas y sin corrupcción. Incluso se acostumbra a los que, de repente, han sacado sus credenciales de demócratas de toda la vida -que recuerdan a aquellos duros de calamita sobredorada de Alfonso XIII- y, a través del TDT Party, se desgañitan "¡¡Kaleborroca, kaleborroca!!" y exigen del Ministro de la Porra mano dura contra la jauría perroflauta. También se acostumbra (qué remedio) a los incívicos que arrancan papeleras de madrugada, tras el botellón finde; y al jubilata que juega plácidamente a la petanca en el parque del Calero; y al inmigrante africano que se saca unas moneditas ofreciendo La Farola delante de la puerta del DIA...


Como la adaptación al medio es condición indispensable para vivir en esta barahúnda de Tócame-Roque, quien esto escribe también se ha acostumbrado a tropezarse con ese tropel de anunciadores del "compro oro". Va por la calle Alcalá, en el cruce de Conde Peñalver con Goya, y se da de bruces con una bandada de infra-trabajadores que, por un puñadito de euros diarios (sin cotrato ni seguro), reparte papelinas con la consigna que invita a hacerse con dinero rápido cuando la necesidad aprieta.


Y si pasea por Sol, ahora que los Indignados la han dejado expedita, la bandada de hombres-anuncio le acosa a cada paso. Uno le pone la papela en la mano y, antes de llegar a una papelera donde echarla, otro más vuelve a ofrecerle otra nueva papela; dos pasos más allá, un tercero, y hasta un cuarto se las ofrecen de nuevo. De tal forma que, si uno quisiera venderles oro a cada uno de los patrones que les comisionan, necesitaría ser dueño de un Potosí para atender el requerimiento de todos ellos.


Ya sé que es inútil decirlo, pero no dejaré de hacerlo: Este jubilata, oro, lo que se dice oro, no tiene, aparte un Dupont que le regaló la santa cuando ambos éramos jóvenes y el amor se demostraba con regalos caros. A estas alturas de la vida el oro no significa gran cosa; basta con caminar de la mano, que los regalos caros ya son innecesarios. Aun así, el Dupont no pienso vendérselo a los merecaderes de oro, buitres de la necesidad ajena.


Sé tambíén que, por algún armario, anda rodando un trozo de puente dental con fundas de oro, de cuando aún no se habían inventado los implantes. Pero tampoco eso quiero vendérselo a esos carroñeros que le roen las tripas a quienes no puede llegar a fin de mes, o les vence el alquiler de un cuarto en una mala pensión, o han de solventar cualquier penuria económica por la vía rápida.


Estos mercaderes del oro a pequeña escala, predadores de economías domésticas anémicas, son carroñeros en lo más bajo de la escala trófica que engullen aquellas pequeñas joyas familiares, con más valor emocional que crematística. Pero, gramo a gramo, van drenando el metal hacia los enormes sumideros donde el oro se acuña en barras y se guarda en cajas de seguridad de quienes nos aseguran que la recesión económica exige sacrificios sociales, renuncias a derechos consolidados y mayor productividad, según la mágica fórmula de más horas de trabajo por menor sueldo.


De repente, el jubilata se da cuenta de que vive en una sociedad dominada por una escala bien organizada de depredadores: Desde el gran predador que devora economías de países en riesgo, pasando por el político depredador de votos cautivos, hasta el avechucho de uña retorcida que malpaga a los hombres-reclamo del "compro oro" y araña hasta las últimas hilachas del metal con que da lustre al gran becerro de oro de la economía de mercado.


Este jubilata, harto de la vulgaridad crematística que todo lo enseñorea, abre de nuevo el Cántico de Salomón y lee, saboreando cada palabra: Venter tuus sicut acervus tritici, vallatus liliis. Duo ubera tua sicut duo hinnuli gemelli caprae: Tu vientre es como montón de trigo, rodeado de lirios; tus dos pechos como dos cabritillos gemelos.


Esto sí es oro fino, oiga.

4 comentarios:

  1. Gracialiano Pontejo. Catedrático de latín del IES. Campo Grande. Valladolid.22 de junio de 2011, 18:58

    Respecto a esta última traducción, permítame que le diga que o se es fino o no, pero a medias no creo que se quedara el venerado Salomón.
    Mire usted, como catedrático de instituto de latín, le pido que se corrija: o dice "Tu barriga es como..." junto a "tus dos tetas...", o, como parece lógico pensar que se escribió originalmente, "Tu vientre es como..." y "tus dos ubres...". Quizás "tus dos pechos..." es demasiado para la época, pero ya sabe que Salomón era sabio y hablaba con exquisita propiedad. No achabacanemos lo poco que nos queda sin perturbar... Un saludo.

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  3. Vale por lo de "tus dos pechos", o, para ser fiel al texto de Fray Luis de León: "los dos pechos tuyos".
    De todas formas, gracias por la corrección.

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  4. Vender las "joyas de la abuela"... por aquí se sabe mucho del tema... En fin, me recordó a un viejo tango, "Antiguo reloj de cobre". Es la historia de un tipo que tiene que empeñar el reloj de marras que su padre le prestaba para jugar cuando niño. "Cuatro pesos sucios por esa reliquia...", dice el tango.

    Albur!!

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